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</front><body><![CDATA[ <html> <head> <title></title> </head> <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>UN ENFOQUE ECON&Oacute;MICO PSICOL&Oacute;GICO DEL COMPORTAMIENTO DE REBA&Ntilde;O</b></p></font> <font face="Verdana" size="2">    <p align="right"><b>Laurens Rook</b>*</p>     <p>* Candidato a Ph.D. en el Department of Organization and Personnel  Sciences, de la RSM   Erasmus University, Rotterdam. El autor agradece a Daan van Knippenberg, Sophie Schweizer y a dos  &aacute;rbitros an&oacute;nimos por sus valiosas sugerencias y comentarios. Tambi&eacute;n, agradece  a Nachoem Wijnberg, Van Jan Ende y Wilfred Dolfsma por los comentarios al  borrador de este art&iacute;culo. Tomado del <i>Journal  of Economic Issues</i>, XL(1),  marzo de 2006. Se publica con autorizaci&oacute;n de la <i>American Association</i><i> for Evolutionary Economics</i>. Traducci&oacute;n de Alberto Supelano.</p><hr>     <p>El <i>comportamiento de reba&ntilde;o</i> se refiere al fen&oacute;meno de personas que  siguen a una multitud durante un per&iacute;odo dado, a veces &quot;incluso sin considerar  informaci&oacute;n individual que sugiere otra cosa&quot; (Banerjee 1992, 798). El  comportamiento de reba&ntilde;o fue uno de los primeros temas que estudi&oacute; la psicolog&iacute;a  social (Van Ginneken 1992). Economistas como Thorstein Veblen (1899) y  soci&oacute;logos como Georg Simmel ( &#91; 1904&#93;  1957) lo aplicaron a cambios s&uacute;bitos en el  comportamiento del consumidor, como la moda y las novedades pasajeras. M&aacute;s  recientemente, los temas relacionados con el comportamiento de reba&ntilde;o han vuelto  a captar la atenci&oacute;n de los economistas y estudiosos de la administraci&oacute;n. En  2003, Marlene Fiol y Edward O&#8217;Connor, por ejemplo, argumentaron que la decisi&oacute;n  de los individuos de hacer algo que alguien m&aacute;s est&aacute; haciendo se puede aplicar a  los procesos de toma de decisiones en ambientes organizativos. En el enfoque  econ&oacute;mico, sin embargo, este concepto difiere del comportamiento de reba&ntilde;o en  psicolog&iacute;a social. Los investigadores en ciencias sociales de hoy en d&iacute;a  enfrentan entonces concepciones incompatibles del comportamiento de reba&ntilde;o.</p>     <p>Sin embargo, el comportamiento de reba&ntilde;o no se puede entender plenamente desde  una sola perspectiva. Lo que John R. Commons (1934) argument&oacute; para la econom&iacute;a  y la psicolog&iacute;a en general tambi&eacute;n se puede aplicar al estudio de este tipo de  comportamiento. Aunque ambas disciplinas se preguntan <i>qu&eacute;</i> es el comportamiento de reba&ntilde;o, la perspectiva econ&oacute;mica se centra  en los efectos de largo plazo para estudiar el valor de la participaci&oacute;n en el  comportamiento de reba&ntilde;o y cuantificar sus beneficios; y considera las motivaciones  de este comportamiento atendiendo a las elecciones a que dan lugar. Con respeto  a este enfoque econ&oacute;mico convencional, Geoffrey Hodgson concluye que muchos  economistas consideran dadas las motivaciones y preferencias individuales,  porque, de este modo, &quot;los aspectos esenciales de la personalidad y la  motivaci&oacute;n humana son independientes de las relaciones sociales con los dem&aacute;s&quot; (1993,  236). Desde la perspectiva psicol&oacute;gica se intenta explicar el valor subjetivo  del comportamiento de reba&ntilde;o <i>per se</i>. Al  preguntar &quot;por qu&eacute;&quot; y &quot;cu&aacute;ndo&quot; ocurre el comportamiento de reba&ntilde;o, concibe sus  motivaciones de manera m&aacute;s amplia, en t&eacute;rminos de los procesos involucrados. No  obstante, con respecto al enfoque psicol&oacute;gico convencional Jaap van Ginneken  (2003, 2004) concluy&oacute; que, de ese modo, los psic&oacute;logos prestan poca atenci&oacute;n a  la influencia del entorno institucional. Especialmente cuando se estudia el  comportamiento de reba&ntilde;o en un ambiente empresarial, es necesario responder &quot;por  qu&eacute;&quot; y &quot;cu&aacute;ndo&quot;, a nivel individual e institucional, para entender &quot;c&oacute;mo&quot; y &quot;cu&aacute;nto&quot;.</p>     <p>Este escrito primero aclara el  problema del comportamiento de reba&ntilde;o a trav&eacute;s del desarrollo hist&oacute;rico del  concepto en econom&iacute;a y en psicolog&iacute;a social; por ello se centra en las  diferencias entre ambos enfoques. Luego propone un enfoque psicol&oacute;gico econ&oacute;mico  integrado del comportamiento de reba&ntilde;o que intenta superar las diferencias  te&oacute;ricas y metodol&oacute;gicas. Para mostrar su importancia e ilustrar los problemas  te&oacute;ricos y metodol&oacute;gicos que debe superar, se aplica a la toma de decisiones en  presencia de pensamiento de grupo, una forma de comportamiento de reba&ntilde;o que tiende  a ser m&aacute;s problem&aacute;tica en ambientes institucionales.</p>     <p><b>LA HISTORIA DEL</b><b> COMPORTAMIENTO DE REBA&Ntilde;O</b> </p>     <p><b>El comportamiento de reba&ntilde;o en la  econom&iacute;a</b></p>     <p>El  comportamiento de reba&ntilde;o atrajo la atenci&oacute;n de investigadores como Veblen, que  estudi&oacute; los cambios s&uacute;bitos en el comportamiento del consumidor, como las novedades  pasajeras y la moda.  En su famoso estudio de 1899 sobre <i>La  teor&iacute;a de la clase ociosa</i>, analiz&oacute; patrones de consumo conspicuo en los que  las personas act&uacute;an haciendo comparaciones con personas similares que est&aacute;n en mejor  situaci&oacute;n para expresar fortaleza pecuniaria. No obstante, en el campo de la econom&iacute;a  se consider&oacute; que el consumo era una actividad pasiva sin valor real para la  sociedad y la econom&iacute;a, y no se le dio mucha atenci&oacute;n (Dolfsma 2000), tampoco  al comportamiento de reba&ntilde;o.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>A comienzos de la d&eacute;cada de 1950,  Harvey Leibenstein introdujo en econom&iacute;a la met&aacute;fora de la carroza de la banda de  m&uacute;sicos de la psicolog&iacute;a social. El fen&oacute;meno de adhesi&oacute;n, que originalmente se refer&iacute;a  a una carroza llena de m&uacute;sicos a la que segu&iacute;a una gran multitud, no se defin&iacute;a  en t&eacute;rminos de lo que era sino en t&eacute;rminos de sus efectos. Leibenstein defini&oacute; la <i>adhesi&oacute;n</i> como &quot;el grado en que se  incrementa la demanda de una mercanc&iacute;a debido a que los dem&aacute;s tambi&eacute;n consumen esa  misma mercanc&iacute;a&quot; (Leibenstein 1950, 189). Con base en los enfoques psicol&oacute;gicos  de la influencia social, explic&oacute; las motivaciones del comportamiento de reba&ntilde;o  como &quot;el deseo de las personas de comprar una mercanc&iacute;a para estar &lsquo;en la jugada&#8217;,  para concordar con personas con las que desean asociarse, para estar a la moda  o tener estilo, o para aparentar ser &lsquo;uno de ellos&#8217;&quot;. Durante varias d&eacute;cadas,  este art&iacute;culo y su tratamiento del comportamiento de reba&ntilde;o en el consumo fue  una excepci&oacute;n a menudo muy citada en el campo de la econom&iacute;a (Dolfsma 2000)<sup><a name="nr1"></a><a href="#1">1</a></sup>.</p>     <p>Es notable que durante varias d&eacute;cadas  fueron los soci&oacute;logos en vez de los economistas quienes exploraron el tema del  comportamiento de reba&ntilde;o. Los economistas, sin embargo, mostraron gran  disposici&oacute;n a integrar los marcos sociol&oacute;gicos en su disciplina. Dos corrientes  de investigaci&oacute;n, una relacionada con la difusi&oacute;n de las innovaciones y la otra  relacionada con el an&aacute;lisis de las redes sociales, llegaron a ser muy influyentes  en la econom&iacute;a. Igual que en econom&iacute;a, en la investigaci&oacute;n sobre la difusi&oacute;n de  innovaciones la atenci&oacute;n se centr&oacute; en el grado en que se adoptaban o no se adoptaban  las innovaciones y con qu&eacute; efectos (Rogers &#91; 1962&#93;  1995). Everett Rogers defini&oacute;  la <i>difusi&oacute;n</i> como &quot;el proceso mediante  el cual se comunica una innovaci&oacute;n mediante ciertos canales, a trav&eacute;s del tiempo,  entre los miembros de un sistema social&quot; (5). Puesto que las innovaciones se  difund&iacute;an principalmente a trav&eacute;s de curvas en forma de S y el sistema social daba  regularidad y estabilidad al comportamiento humano, los procesos de difusi&oacute;n se  pod&iacute;an predecir en alto grado. Rogers hizo una revisi&oacute;n amplia y exhaustiva de la  investigaci&oacute;n acerca de la difusi&oacute;n. Entre otras cosas, encontr&oacute; que la opini&oacute;n  dominante sobre la difusi&oacute;n de las innovaciones y la capacidad de innovaci&oacute;n de  los miembros del sistema social eran las principales variables independientes.  Es interesante que no haya incluido ninguna investigaci&oacute;n psicol&oacute;gica sobre los  procesos de difusi&oacute;n, contagio y liderazgo. No obstante, su estudio fue una  obra cl&aacute;sica y las ideas que desarroll&oacute; en el libro se aplicaron en disciplinas  distintas de la psicolog&iacute;a, como la sociolog&iacute;a, conectadas especialmente con los  an&aacute;lisis del comportamiento colectivo de las redes sociales.</p>     <p>En los a&ntilde;os setenta y ochenta, el  enfoque del comportamiento colectivo basado en las redes sociales lleg&oacute; a ser muy  influyente en econom&iacute;a. En 1973, en su an&aacute;lisis de los aspectos fundamentales del  comportamiento colectivo, Mark Granovetter subray&oacute; la importancia de los v&iacute;nculos  d&eacute;biles en los procesos de difusi&oacute;n. En general, la fortaleza de los v&iacute;nculos interpersonales  dentro de grandes redes de relaciones se pod&iacute;a definir como &quot;una combinaci&oacute;n de  la cantidad de tiempo, la intensidad emocional, la intimidad y los servicios  rec&iacute;procos que caracterizan el v&iacute;nculo&quot; (1361). Un v&iacute;nculo d&eacute;bil, alguien que  no es muy cercano y similar a uno mismo, a menudo serv&iacute;a como puente entre  diferentes grupos de personas, lo que implicaba que &quot;todo lo que se difunde puede  llegar a un mayor n&uacute;mero de personas y atravesar una mayor distancia social  cuando pasa a trav&eacute;s de v&iacute;nculos d&eacute;biles que cuando pasa a trav&eacute;s de v&iacute;nculos  fuertes&quot; (1366). Por ejemplo, era m&aacute;s probable que el comportamiento de reba&ntilde;o relacionado  con la adopci&oacute;n de innovaciones surgiera a trav&eacute;s de los v&iacute;nculos d&eacute;biles de  las relaciones con personas distintas de uno mismo.</p>     <p>Adem&aacute;s, en 1978 Granovetter  tambi&eacute;n propuso un modelo de umbral del comportamiento colectivo, donde las  personas ten&iacute;an la opci&oacute;n binaria de participar o no en una acci&oacute;n. La decisi&oacute;n  depend&iacute;a de los gastos y beneficios percibidos con respecto a un umbral o &quot;del  n&uacute;mero o proporci&oacute;n de otras personas que deben decidir antes de que decida otro  actor; este es el punto donde los beneficios netos empiezan a ser mayores que  los gastos netos para ese actor particular&quot; (1420). Si alguien llegaba al  umbral personal en una situaci&oacute;n dada, habr&iacute;a efectos de adhesi&oacute;n cuando la  persona decidiera unirse al reba&ntilde;o. De nuevo, se pensaba que el n&uacute;mero de  personas que ya participa en una acci&oacute;n dada motiva el comportamiento de reba&ntilde;o.  El modelo ten&iacute;a dos supuestos b&aacute;sicos: individuos racionales e informaci&oacute;n  completa.</p>     <p>En la d&eacute;cada de 1980, Ronald Burt  (1982, 1987) desarroll&oacute; otro argumento acerca de la difusi&oacute;n de innovaciones. Con  base en diversas teor&iacute;as de la psicolog&iacute;a social (Festinger, Schachter y Back 1950;  Homans 1950, 1961), argument&oacute; que en situaciones ambiguas se recurre a otras  personas que sirven como grupo de referencia para llegar a una soluci&oacute;n que tenga  sentido en ese contexto especial. En tales situaciones, las personas no siguen  a otras debido al intercambio de informaci&oacute;n sino que se unen a la multitud porque  observan que las personas que forman parte de su grupo de referencia ya la  adoptaron. M&aacute;s precisamente, el comportamiento de reba&ntilde;o ocurre si alguien &quot;que  puede remplazarlo en sus relaciones de rol si fuera eliminado de la estructura  social&quot; participa en una acci&oacute;n particular (1987, 1294). Por consiguiente, las innovaciones  simplemente se difund&iacute;an a trav&eacute;s de personas &quot;estructuralmente equivalentes&quot; a  las otras, es decir, que ocuparan &quot;la misma posici&oacute;n en la estructura social y  &#91; estuvieran&#93;  tan pr&oacute;ximas que &#91; tuvieran&#93;  el mismo patr&oacute;n de relaciones con los  ocupantes de otras posiciones&quot; (1291).</p>     <p>A mediados de los ochenta, la  met&aacute;fora de la carroza de la banda de m&uacute;sicos del comportamiento de reba&ntilde;o se conect&oacute;  de nuevo a una l&iacute;nea de investigaci&oacute;n econ&oacute;mica, relacionada con el concepto  reci&eacute;n introducido de rendimientos crecientes. Mientras que los efectos de adhesi&oacute;n  interactuaban con las fuerzas de mercado tradicionales, como el precio, para generar  distintos patrones de consumo en el nivel micro, autores como Paul David (1985)  y Brian Arthur (1988, 1989, 1994) subrayaron que, en el nivel macro, los efectos  de adhesi&oacute;n pod&iacute;an resultar en incrementos de los rendimientos y en externalidades  de red en el consumo, lo que llevaba a una evoluci&oacute;n m&aacute;s o menos estable de las  preferencias de consumo promedio y de los patrones de producci&oacute;n relacionados (ver  tambi&eacute;n Bell 2002). En particular, el comportamiento de reba&ntilde;o pod&iacute;a llevar a la  &quot;dependencia de la trayectoria&quot; en el sentido de que el bien que se adoptaba primero  debido a un evento hist&oacute;rico anterior pod&iacute;a obtener una ventaja irreversible de  primero en mover. Adem&aacute;s, una vez que un grupo de actores hab&iacute;a tomado colectivamente  la decisi&oacute;n de que un producto dado ten&iacute;a los mejores beneficios en cuanto a compatibilidad  y n&uacute;mero de usuarios, el comportamiento de reba&ntilde;o se pod&iacute;a instalar en toda una  industria (David 1985; Arthur 1988, 1989, 1994). Robert Frank y Philip Cook  (1988) argumentaron que cuando dicha colectividad era renuente a adoptar otros productos,  m&aacute;s nuevos y quiz&aacute;s mejores, se pod&iacute;a llegar a una sociedad donde el &quot;ganador  toma todo&quot;<sup><a name="nr2"></a><a href="#2">2</a></sup>.</p>     <p>El enfoque de los rendimientos crecientes  llev&oacute; a que se pasara de los efectos de adhesi&oacute;n, que se centraban en formas de  comportamiento de reba&ntilde;o inestables y de corto plazo, a los efectos de red,  estables y de largo plazo. Acu&ntilde;ado por Michael Katz y Carl Shapiro y casi al  mismo tiempo por Joseph Farrell y Garth Saloner (1985), el <i>efecto de red</i> se defini&oacute; as&iacute;: &quot;Hay muchos productos para los que la  utilidad que se deriva del consumo aumenta con el n&uacute;mero de agentes que los consumen.  &#91; ...&#93;  La utilidad que se deriva del consumo de esos bienes depende del n&uacute;mero  de usuarios que participan en la misma &lsquo;red&#8217;&quot; (Katz y Shapiro 1985, 424). El  efecto de red supon&iacute;a informaci&oacute;n completa y actores racionales, y que los  individuos ten&iacute;an motivaciones y expectativas id&eacute;nticas acerca de los  beneficios de los bienes. Debido a la disponibilidad de informaci&oacute;n completa,  el problema de elegir entre esos bienes era claro; el proceso de toma de  decisiones era plenamente racional y se entend&iacute;a en t&eacute;rminos de valoraci&oacute;n de las  ganancias y p&eacute;rdidas futuras. Por consiguiente, el &quot;porqu&eacute;&quot; del efecto de red  era simple: igual que en el enfoque de redes sociales, las motivaciones del  comportamiento de reba&ntilde;o estaban relacionadas con el n&uacute;mero de personas que ya  participaban en una acci&oacute;n dada.</p>     <p>El enfoque de los rendimientos  crecientes luego llev&oacute; a que se trasladara la atenci&oacute;n del comportamiento de reba&ntilde;o  entre consumidores al comportamiento de reba&ntilde;o relacionado con los productos. Este  concepto se aplic&oacute; a la literatura sobre la difusi&oacute;n de innovaciones para  responder preguntas b&aacute;sicas. Giovanni Dosi (1982), por ejemplo, pregunt&oacute; por  qu&eacute; surgen ciertos desarrollos tecnol&oacute;gicos en vez de otros; Eric Abrahamson y  Lori Rosenkopf (1993, 1997) preguntaron por qu&eacute; ciertas innovaciones se  difunden plenamente y se vuelven dominantes, mientras que otras se difunden  parcialmente o no se difunden; por &uacute;ltimo, David (1985) y Arthur (1988, 1989,  1994) preguntaron por qu&eacute; ciertas innovaciones t&eacute;cnicamente inferiores tienen &eacute;xito  mientras que otras, t&eacute;cnicamente superiores, son un fracaso. Estas preguntas  mostraron claramente que, en vez de describir el comportamiento humano, el  reba&ntilde;o ahora se refer&iacute;a a la tecnolog&iacute;a, a la que se sumaba una base abstracta e  instalada de usuarios que buscaban obtener beneficios y evitar p&eacute;rdidas. Por ello,  Abrahamson (1991) concluy&oacute; que la investigaci&oacute;n sobre el comportamiento de reba&ntilde;o  desde la perspectiva de los rendimientos crecientes estaba sesgada en favor de  la innovaci&oacute;n (ver tambi&eacute;n Abrahamson y Rosenkopf 1993).</p>     <p>Con un enfoque de modelos, Abhijit  Banerjee mostr&oacute; en 1992 que las personas pod&iacute;an seguir a otras aunque la  informaci&oacute;n privada y las motivaciones individuales sugirieran hacer otra cosa.  Sin embargo, la psicolog&iacute;a del comportamiento de reba&ntilde;o de ese enfoque segu&iacute;a siendo  igual: el n&uacute;mero de otras personas que consum&iacute;an el bien era evidencia de que  ten&iacute;an acceso a mejor informaci&oacute;n que uno mismo. Por ello, el actor estaba m&aacute;s dispuesto  a amoldarse (Jones 1994, Bernheim1984). Mediante &quot;cascadas informativas&quot; basadas  en informaci&oacute;n imperfecta, Sushil Bikhchandani, David Hirschleifer e Ivo Welch  (1992) tambi&eacute;n modelaron esta situaci&oacute;n. Las cascadas informativas ocurr&iacute;an &quot;cuando,  luego de observar las acciones de quienes estaban adelante, para un individuo era  &oacute;ptimo seguir el comportamiento del individuo anterior sin tener en cuenta su  propia informaci&oacute;n&quot; (994). De hecho, la conformidad localizada pod&iacute;a surgir observando  simplemente las acciones de otros y suponiendo que ellos ten&iacute;an informaci&oacute;n m&aacute;s  valiosa que uno mismo. Aunque estos trabajos de modelaci&oacute;n supon&iacute;an informaci&oacute;n  incompleta, a&uacute;n supon&iacute;an que los individuos eran totalmente racionales<sup><a name="nr3"></a><a href="#3">3</a></sup>.</p>     <p>En oposici&oacute;n al enfoque del  comportamiento de reba&ntilde;o basado en los rendimientos crecientes, en un estudio  de difusi&oacute;n de 1993 Abrahamson y Rosenkopf definieron los procesos de adhesi&oacute;n  como &quot;procesos de difusi&oacute;n mediante los cuales las organizaciones adoptan una  innovaci&oacute;n, no debido a la valoraci&oacute;n individual de la eficiencia o los rendimientos  de la acci&oacute;n sino a la presi&oacute;n de adhesi&oacute;n ejercida por el <i>n&uacute;mero </i>de organizaciones que ya participan en esta acci&oacute;n&quot; (488).  Usando modelos de umbral, argumentaron que las presiones de adhesi&oacute;n pod&iacute;an ser  institucionales, de modo que el hecho de que una mayor&iacute;a de organizaciones hubiera  adoptado una innovaci&oacute;n parec&iacute;a normal y leg&iacute;timo, o pod&iacute;an ser competitivas, de  modo que el hecho de que una mayor&iacute;a de organizaciones hubiera adoptado una  innovaci&oacute;n parec&iacute;a incrementar su ventaja competitiva. En ambos casos, si la  ambig&uuml;edad de la informaci&oacute;n aumentaba, las consideraciones puramente econ&oacute;micas  se volv&iacute;an menos importantes y las consideraciones sociales, especialmente el  n&uacute;mero absoluto de organizaciones que participaban en la acci&oacute;n, se volv&iacute;an m&aacute;s  importantes. El nivel de ambig&uuml;edad, por tanto, moderaba el efecto del n&uacute;mero  de organizaciones que participaban en una acci&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En un estudio posterior, de 1997,  Abrahamson y Rosenkopf argumentaron que las organizaciones no ten&iacute;an igual acceso  a igual informaci&oacute;n. Algunas organizaciones de la red social que adoptaban una  innovaci&oacute;n ten&iacute;an mayor acceso a la informaci&oacute;n, de modo que la posici&oacute;n en la  red influ&iacute;a en el grado de presi&oacute;n de adhesi&oacute;n para que otras las siguieran.  Estos modelos de umbral s&oacute;lo inclu&iacute;an el n&uacute;mero de organizaciones que ya hab&iacute;an  adoptado una innovaci&oacute;n. Aunque reconoc&iacute;an claramente que era m&aacute;s atractivo seguir  a unas organizaciones que a otras y que los diferenciales de estatus pod&iacute;an cumplir  alg&uacute;n papel, no comprobaban si otras motivaciones diferentes de la presi&oacute;n de la  mayor&iacute;a incid&iacute;an en la decisi&oacute;n de unirse a la carroza de m&uacute;sicos ni cu&aacute;ndo era  m&aacute;s probable que existieran tales motivaciones.</p>     <p>Resumiendo, excepto <i>La teor&iacute;a de la clase ociosa</i> de Veblen  (1899) y el art&iacute;culo de Leibenstein (1950), en econom&iacute;a se entend&iacute;a que el comportamiento  de reba&ntilde;o estaba motivado por el n&uacute;mero de actores que ya participaba en una  acci&oacute;n dada. No se probaban explicaciones basadas en otras motivaciones. Durante  varias d&eacute;cadas, los supuestos b&aacute;sicos de los modelos de comportamiento de reba&ntilde;o  fueron la existencia de informaci&oacute;n completa y de actores racionales<sup><a name="nr4"></a><a href="#4">4</a></sup>.  Aunque Banerjee (1992) y Bikhchandani <i>et  al</i>. (1992) desarrollaron algunos modelos basados en informaci&oacute;n incompleta,  a&uacute;n trataban a los actores como agentes racionales. Estos conceptos adolec&iacute;an  de lo que Veblen denomin&oacute; &quot;psicolog&iacute;a hedonista asociativa&quot; (1900) y &quot;c&aacute;lculo  hedonista&quot; (1909), por cuanto &quot;el comportamiento humano se concibe e interpreta  como una respuesta racional a las exigencias de la situaci&oacute;n en que se  encuentra la humanidad&quot; (1909, 623). Los estudios que mencionaban explicaciones  del comportamiento de reba&ntilde;o con motivaciones alternativas no inclu&iacute;an factores  diferentes del tama&ntilde;o de la mayor&iacute;a en sus modelos (Abrahamson y Rosenkopf  1993, 1997). Por consiguiente, el conocimiento econ&oacute;mico del comportamiento de reba&ntilde;o,  derivado principalmente de los enfoques de modelos que requer&iacute;an supuestos  restrictivos para ser operativos, dejaban de lado todo el conjunto de  consideraciones psicol&oacute;gicas subyacentes.</p>     <p><b>EL COMPORTAMIENTO DE REBA&Ntilde;O EN  PSICOLOG&Iacute;A SOCIAL</b></p>     <p>Los  primeros psic&oacute;logos que estudiaron las masas y las multitudes, como Gustave Le  Bon (1895) y Gabriel Tarde (1903), estaban obsesionados por la irracionalidad  de las masas. Tem&iacute;an  que las emociones impulsivas, irracionales y primitivas de algunos individuos formaran  una conciencia colectiva criminal (ver Van Ginneken 1992 para un estudio de  estos primeros psic&oacute;logos). La imitaci&oacute;n se entend&iacute;a como una especie de hipnosis  colectiva llamada &quot;sonambulismo social&quot; (Tarde &#91; 1903&#93;  1962, 84) que llevaba a  que las personas se involucraran en acciones multitudinarias &quot;de unidad mental&quot;  (Le Bon &#91; 1895&#93;  1947, 23). La idea de hipnosis colectiva, que se entend&iacute;a como  una forma de contagio social, era un medio para explicar el comportamiento de reba&ntilde;o  como un comportamiento irracional e inconsciente. John Turner (1991, 8)  argument&oacute; que la investigaci&oacute;n experimental moderna de la influencia social  tambi&eacute;n empez&oacute; con este supuesto. En 1924, Floyd H. Allport, por ejemplo, encontr&oacute;  que las personas moderaban sus opiniones sobre ciertos temas en presencia de  otras y explic&oacute; este hecho como un instinto de sometimiento al grupo.</p>     <p>En la d&eacute;cada de 1930, el estudio de la convergencia en grupos demostr&oacute; la  importancia de los &quot;marcos de referencia&quot; en el an&aacute;lisis del comportamiento  colectivo. Muzafer Sherif (1935, 1936) mostr&oacute; que las normas sociales pueden surgir  como una respuesta colectiva en grupos que enfrentan situaciones nuevas y ambiguas.  Estas normas sociales serv&iacute;an como marco de referencia compartido para esa  situaci&oacute;n particular. En sus estudios cl&aacute;sicos del efecto autocin&eacute;tico, una  ilusi&oacute;n &oacute;ptica de movimiento que ocurr&iacute;a cuando una luz fija se prend&iacute;a y se  apagaba, Sherif mostr&oacute; que los individuos que emit&iacute;an juicios perceptuales extremos  en aislamiento usaban los juicios de los dem&aacute;s para tener un marco de  referencia compartido menos extremo cuando participaban en conjunto. M&aacute;s  precisamente, converg&iacute;an gradualmente a las normas sociales de otros miembros  del grupo.</p>     <p>La noci&oacute;n de &quot;grupos de referencia&quot; lleg&oacute; a ser muy importante en psicolog&iacute;a  social. En 1942, Herbert Hyman fue el primero en usar el t&eacute;rmino y lo defini&oacute;  como grupos que dan a los individuos un punto de referencia para definir sus  actitudes y creencias personales, y su propia valoraci&oacute;n social (ver tambi&eacute;n  Hyman y Singer 1968). Theodore Newcomb (1943) tambi&eacute;n cre&iacute;a que los grupos de  referencia ejerc&iacute;an una fuerte influencia sobre los individuos. Encontr&oacute; que  para los estudiantes de primer a&ntilde;o del Bennington College, su familia  (principalmente conservadora) serv&iacute;a al comienzo como grupo de referencia. Cuanto  m&aacute;s tiempo permanec&iacute;an en Bennington, m&aacute;s cambiaban sus actitudes hacia los compa&ntilde;eros  (m&aacute;s liberales) que se convert&iacute;an en su nuevo grupo de referencia (Newcomb  1943). El estudio posterior revel&oacute; que el &uacute;ltimo grupo de referencia cambiaba permanentemente  a los estudiantes: veinticinco a&ntilde;os despu&eacute;s todav&iacute;a eran liberales (Newcomb,  Koenig, Flacks y Warwick 1967).</p>     <p>En la d&eacute;cada de 1950, Solomon  Asch abandon&oacute; el supuesto de que el comportamiento de reba&ntilde;o era inconsciente e  irracional. Asch cre&iacute;a que la convergencia en grupos se deb&iacute;a entender como  intentos racionales de los individuos para dar sentido a la realidad social, de  modo que compart&iacute;an sus percepciones de la realidad social con un grupo de  referencia. En sus famosos experimentos de las l&iacute;neas (Asch 1951, 1952, 1956),  en presencia de un grupo mayoritario, los individuos que participaban en una  tarea de percepci&oacute;n simple e inequ&iacute;voca, juzgaban cu&aacute;l de tres l&iacute;neas era  similar a una l&iacute;nea de referencia. La mayor&iacute;a, en forma deliberada y un&aacute;nime,  daba una respuesta equivocada, y muchos participantes se amoldaban al punto de  vista del grupo mayoritario, a pesar de que sab&iacute;an claramente que la respuesta  era incorrecta. Sin embargo, a muchos participantes esto les ocasionaba un  fuerte conflicto mental, que resolv&iacute;an pensando que la posici&oacute;n mayoritaria deb&iacute;a  ser correcta. Algunas variaciones experimentales (1951) mostraron que la  unanimidad de los miembros del grupo ten&iacute;a m&aacute;s importancia que el tama&ntilde;o  factual de la mayor&iacute;a. Una mayor&iacute;a un&aacute;nime de tres era mucho m&aacute;s influyente que  una mayor&iacute;a de ocho en la que el participante era acompa&ntilde;ado por un disidente. D&eacute;cadas  despu&eacute;s, John Turner (1991) resumi&oacute; estos resultados en la afirmaci&oacute;n de que en  los procesos de influencia social &quot;el consenso importaba m&aacute;s que el n&uacute;mero&quot;  (15).</p>     <p>En  los a&ntilde;os cincuenta, se desarrollaron varias teor&iacute;as para abordar el &quot;porqu&eacute;&quot;  del comportamiento de reba&ntilde;o. Como Burt (1987) reconoci&oacute;, la antigua noci&oacute;n de  contagio se situaba en el n&uacute;cleo de muchas de estas teor&iacute;as. Sin embargo, en  esas teor&iacute;as, el contagio se dej&oacute; de entender un proceso irracional e  inconsciente. En su teor&iacute;a de la comunicaci&oacute;n social informal, Leon Festinger  (1950) afirm&oacute; que las &quot;presiones de uniformidad&quot; influ&iacute;an en las personas en  grupos que se reun&iacute;an cara a cara. Una de esas presiones ser&iacute;a que los individuos  participaban en comprobaciones de la realidad social que les proporcionaban opiniones  y creencias v&aacute;lidas. En este proceso, las personas confiaban en otras personas  que compart&iacute;an una opini&oacute;n o creencia dada. En este proceso de validaci&oacute;n s&oacute;lo  importaban las opiniones y las creencias de los grupos de referencia relevantes,  personas muy similares con respecto a los temas relevantes. John Turner (1991) concluy&oacute;  que una segunda presi&oacute;n ser&iacute;a que la uniformidad se concibiera como algo deseable  o necesario para que el grupo se encaminara hacia un objetivo particular. Esta  presi&oacute;n ser&iacute;a mayor si los miembros del grupo compartieran la percepci&oacute;n de la  necesidad y dependieran m&aacute;s del grupo para lograr ese objetivo particular compartido  (20). As&iacute;, cuanto mayor fuese la cohesi&oacute;n del grupo, m&aacute;s uniformes ser&iacute;an las  opiniones y creencias del grupo (Festinger, Schachter y Back 1950).</p>     <p>En 1954, Festinger perfeccion&oacute; sus  ideas en la teor&iacute;a de la comparaci&oacute;n social. Esta teor&iacute;a primero abord&oacute; el  problema de por qu&eacute; las personas usan a otras como grupo de referencia. Sobre  todo en situaciones inciertas, las personas constantemente hac&iacute;an comparaciones  con otras para evaluar sus opiniones y su desempe&ntilde;o. Si comparaban sus  habilidades con las de otras, hab&iacute;a una tendencia unidireccional hacia arriba  (hip&oacute;tesis IV), que las orientaba hacia otras cuyo desempe&ntilde;o era ligeramente  mejor y, por consiguiente, ten&iacute;an m&aacute;s prestigio, estatus y &eacute;xito. El supuesto central  de la teor&iacute;a era la &quot;hip&oacute;tesis de semejanza&quot;, que dec&iacute;a que &quot;dada una gama de personas  posibles para hacer la comparaci&oacute;n, se escoger&aacute; a una cercana a la habilidad u  opini&oacute;n propia&quot; (corolario III A, 121). Esto pod&iacute;a ser informativo y servir  para precisar las opiniones acerca de uno mismo y de la realidad social, as&iacute;  como para estimular el mejoramiento del desempe&ntilde;o personal. Las personas pod&iacute;an  crear as&iacute; un consenso informativo con el grupo de referencia con respecto al tema  en evaluaci&oacute;n y aumentar la semejanza, o participar en acciones cada vez m&aacute;s  similares a las del grupo de referencia. Albert Bandura (1965) y sus colegas  (1963a, 1963b) suministraron evidencia adicional en favor de esta idea  mostrando que la observaci&oacute;n directa de un modelo exitoso llevaba a imitar ese  modelo.</p>     <p>En el marco de la influencia social, el &quot;porqu&eacute;&quot; de la imitaci&oacute;n se pod&iacute;a  explicar a partir del deseo de comprobaci&oacute;n de la realidad social mediante grupos  de referencia relevantes en situaciones inciertas. Sin embargo, hubo mucho  debate sobre el &quot;cu&aacute;ndo&quot;. Morton Deutsch y Harold Gerard (1955) propusieron un  modelo de proceso dual de la influencia social. Distinguieron entre dos tipos  de conformidad social y argumentaron que las personas se pod&iacute;an amoldar a una  mayor&iacute;a para ajustarse a las expectativas positivas de otros (&quot;influencia social  normativa&quot;) o para aceptar informaci&oacute;n obtenida de otros como evidencia acerca  de la realidad (&quot;influencia social informativa&quot;). Era necesario revisar los estudios  cl&aacute;sicos de la influencia social teniendo en cuenta esta diferencia, y Deutsch  y Gerard replicaron los experimentos de Asch (1951, 1952, 1956) desde esta  perspectiva. Encontraron que la conformidad depend&iacute;a del grado de dependencia  normativa o informativa de los individuos con respecto a los grupos, del grado  de relevancia de un grupo como punto de referencia en una situaci&oacute;n dada y del grado  en que el individuo se sent&iacute;a involucrado en esa situaci&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En la d&eacute;cada de 1970, sin  embargo, Serge Moscovici acus&oacute; al marco convencional de la influencia social  por tener un sesgo conformista. El enfoque convencional se caracterizaba por un  enfoque unidireccional &quot;de arriba hacia abajo&quot; que no dejaba espacio para que  los individuos muy persuasivos, como los dirigentes pol&iacute;ticos, influyeran en los  grupos. Tambi&eacute;n supon&iacute;a que en situaciones de influencia social los individuos siempre  se amoldaban a las normas sociales preestablecidas o a las percepciones dominantes  de la realidad. Esto confund&iacute;a la influencia social con las relaciones de poder,  en las que quienes carecen de poder obedecen a los que s&iacute; lo tienen, y no  dejaba campo al cambio social, que era ante todo el resultado de desviaciones producidas  por minor&iacute;as. En tercer lugar, la teor&iacute;a de la influencia social convencional  supon&iacute;a que la incertidumbre cognitiva acerca de la realidad social llevaba a la  conformidad en situaciones dadas. En cambio, Moscovici (1976) propuso que el &quot;conflicto  social&quot; estaba en el centro de la influencia social. El conflicto social llevaba  a la incertidumbre y, luego, a la disposici&oacute;n para coincidir con el punto de  vista contrario (Moscovici y Zavalloni 1969). Esto explicaba el poder de las minor&iacute;as  para influir en las mayor&iacute;as: aquellas pod&iacute;an generar conflicto social e incertidumbre  en la sociedad. La mayor&iacute;a estar&iacute;a dispuesta a reducirlos acerc&aacute;ndose al punto  de vista minoritario (ver tambi&eacute;n Maass y Clark 1984).</p>     <p>Moscovici desarroll&oacute; sus ideas en  la teor&iacute;a de la conversi&oacute;n (1980), en la que reconoc&iacute;a que las mayor&iacute;as y las  minor&iacute;as ejerc&iacute;an influencia social. Las mayor&iacute;as impon&iacute;an la conformidad a  trav&eacute;s de los mecanismos de comparaci&oacute;n social, mientras que las minor&iacute;as  estimulaban la conversi&oacute;n mediante los mecanismos de validaci&oacute;n. Quien no concordara  con una minor&iacute;a tratar&iacute;a de entender por qu&eacute; se desviaba del punto de vista  minoritario entendiendo cuidadosamente los argumentos de la minor&iacute;a. Las  presiones de la mayor&iacute;a, en cambio, provocar&iacute;an respuestas heur&iacute;sticas tales como  &quot;la mayor&iacute;a siempre tiene raz&oacute;n&quot;. Quien no concordara con una mayor&iacute;a tratar&iacute;a  de entender por qu&eacute; se desviaba del punto de vista de la mayor&iacute;a, suponiendo  que la mayor&iacute;a deb&iacute;a estar mejor informada, y participar&iacute;a en un proceso de  comparaci&oacute;n con la disposici&oacute;n a hacer concesiones a la mayor&iacute;a (ver tambi&eacute;n  Maass y Clark 1984; Martin y Hewstone 2001, 2003). La teor&iacute;a de la conversi&oacute;n fue  entonces un enfoque en el que el proceso de validaci&oacute;n/conversi&oacute;n representaba la  influencia social informativa, mientras que el proceso de  comparaci&oacute;n/conformidad representaba la influencia social normativa. Por  consiguiente, la teor&iacute;a de la conversi&oacute;n fue un producto de la teor&iacute;a cl&aacute;sica de  la influencia social y de sus su cr&iacute;ticas (Martin y Hewstone 2003, Turner 1991).</p>     <p>Un debate relacionado de los a&ntilde;os  setenta se refer&iacute;a a la idea de &quot;cambio riesgoso&quot;. En 1968, James Stoner  descubri&oacute; que, en promedio, los grupos tend&iacute;an a tomar decisiones m&aacute;s riesgosas  que las individuos. Esto llev&oacute; a investigar el proceso m&aacute;s general de  polarizaci&oacute;n de grupo (Moscovici y Zavalloni 1969, Janis 1972, Lamm y Myers 1978)<sup><a name="nr5"></a><a href="#5">5</a></sup>.  Tambi&eacute;n ocasion&oacute; un cambio de paradigma en la teor&iacute;a de la influencia social y llev&oacute;  a reformular el supuesto b&aacute;sico de los estudios cl&aacute;sicos de la conformidad de  Allport (1924), Sherif (1935, 1936) y Asch (1951, 1952, 1956), que, en los grupos,  los miembros converg&iacute;an hacia el promedio de sus opiniones iniciales. En vez de  ello, era usual que en los grupos hubiera polarizaci&oacute;n, es decir, que la respuesta  de los miembros fuera m&aacute;s extrema despu&eacute;s de la interacci&oacute;n de grupo, en la misma  direcci&oacute;n de su respuesta antes de la interacci&oacute;n. Esto explicaba por qu&eacute; las  acciones de grupo se pod&iacute;an desbordar y llevar a un comportamiento de reba&ntilde;o  extremo y perjudicial, e incluso excesivo, incluidos los tumultos (Reicher  1984a, 1984b; Moscovici 1985).</p>     <p>A finales de los a&ntilde;os ochenta y comienzos  de los noventa, Turner integr&oacute; la influencia de la minor&iacute;a y de la mayor&iacute;a en la  teor&iacute;a de la auto-categorizaci&oacute;n, una teor&iacute;a en la que el comportamiento de  grupo consist&iacute;a en individuos que actuaban juntos en t&eacute;rminos de identidades compartidas  (Hogg y Turner 1987, Turner 1991). La conciencia de la identidad de una persona  se categorizaba de acuerdo con la pertenencia al grupo y a la distinci&oacute;n miembro  del grupo-ajeno al grupo. Debido a la polarizaci&oacute;n de grupo, la pertenencia a un  grupo particular llevaba a un alejamiento deliberado de otros grupos, tanto  mayoritarios como minoritarios (Hogg y Turner 1987, Wetherell 1987, Turner y  Oakes 1989). Por tanto, Turner y sus colegas entendieron los procesos de influencia  como efectos de la manera en que las personas se defin&iacute;an y se categorizaban a  si mismas y a sus identificaciones sociales. En cuanto a los procesos de influencia,  los grupos de referencia cumpl&iacute;an un papel crucial en la teor&iacute;a de la auto-categorizaci&oacute;n.  Robin Martin y Miles Hewstone (2001) mostraron claramente que la &quot;influencia fluye  &uacute;nicamente a partir de individuos que se categorizan como similares a uno mismo  en dimensiones relevantes para el tema de influencia. Otras personas similares dan  validaci&oacute;n consensual a las opiniones propias y, por tanto, el desacuerdo con tales  individuos puede llevar a que haya influencia. Las personas que no son  similares no proporcionan validaci&oacute;n consensual y por ello es poco probable que  sean una fuente de influencia&quot; (224).</p>     <p>En suma, en psicolog&iacute;a social el  comportamiento de reba&ntilde;o se entendi&oacute; inicialmente como un proceso irracional e  inconsciente (Le Bon &#91; 1895&#93;  1947; Tarde &#91; 1903&#93;  1962; Allport 1924). Pero el estudio  de la convergencia en grupos llev&oacute; a pensar que este fen&oacute;meno era el resultado de  intentos racionales de los individuos para dar sentido a la realidad social (Sherif  1935, 1936). En este proceso eran esenciales los grupos de referencia: las  personas los usaban para poner a prueba sus percepciones de la realidad social  en situaciones inciertas (Hyman 1942; Festinger 1950, 1954). Era muy probable  que las personas que tuvieran un poco m&aacute;s de &eacute;xito, estatus o prestigio sirvieran  como puntos de referencia (Festinger 1954; Bandura <i>et al</i>. 1963a, 1963b; Bandura 1965). La investigaci&oacute;n primero se  centr&oacute; en la influencia de la mayor&iacute;a. El tama&ntilde;o de la mayor&iacute;a no era  importante, pero s&iacute; lo era el nivel de consenso con el grupo (Asch 1951, 1952,  1956). Luego se demostr&oacute; que una minor&iacute;a tambi&eacute;n pod&iacute;a influir en una mayor&iacute;a  (Moscovici 1976). Esto se relacion&oacute; con la polarizaci&oacute;n de grupo, el hallazgo  de que las personas se amoldan a un punto de vista extremo y no al punto de  vista promedio del grupo (Stoner 1968, Moscovici y Zavalloni 1969, Manis 1972,  Lamm y Myers 1978). En los a&ntilde;os ochenta y noventa, se combin&oacute; la influencia de  la mayor&iacute;a y de la minor&iacute;a en modelos de proceso dual de la influencia social. Era  probable que hubiera influencia de la mayor&iacute;a cuando se estaba motivado para seguir  heur&iacute;sticas (&quot;la mayor&iacute;a siempre tiene raz&oacute;n&quot;), mientras que era probable que  hubiera influencia de la minor&iacute;a cuando se estaba motivado para escudri&ntilde;ar cuidadosamente  los argumentos, aunque fuesen divergentes (Moscovici 1980; Maass y Clark 1984).  Para mantener la identidad personal y social, las personas tambi&eacute;n se guiaban  por el deseo de estar en l&iacute;nea con los grupos de referencia relevantes (Hogg y  Turner 1987, Wetherell 1987, Turner y Oakes 1989, Turner 1991). La observaci&oacute;n estrecha  de sus acciones llevaba a una actualizaci&oacute;n continua del comportamiento, lo que  a menudo llevaba al comportamiento de reba&ntilde;o con respecto al grupo de  referencia observado si se percib&iacute;a que era similar (Martin y Hewstone 2001, 2003).</p>     <p><b>UN ENFOQUE PSICOL&Oacute;GICO ECON&Oacute;MICO DEL  COMPORTAMIENTO DE REBA&Ntilde;O</b></p>     <p>Aunque  hay acuerdo entre los economistas y los psic&oacute;logos en torno a lo que se refiere  el <i>comportamiento de reba&ntilde;o</i>, la  historia del concepto en ambas disciplinas no s&oacute;lo muestra grandes diferencias  te&oacute;ricas con respecto a los supuestos b&aacute;sicos sino tambi&eacute;n grandes diferencias  metodol&oacute;gicas. Un  enfoque psicol&oacute;gico econ&oacute;mico integral del comportamiento de reba&ntilde;o podr&iacute;a  ayudar a superar estas diferencias. La manera de hacerlo en la pr&aacute;ctica se  ilustrar&aacute; mediante un ejemplo de pensamiento de grupo, un caso especial del  comportamiento de reba&ntilde;o en grupos de toma de decisiones (Janis 1972, 1982). Primero  se examinar&aacute;n los problemas te&oacute;ricos esenciales y luego las principales  consecuencias metodol&oacute;gicas.</p>     <p>En el nivel te&oacute;rico, un primer  supuesto importante del enfoque econ&oacute;mico es la existencia de actores  racionales. A pesar del intenso debate sobre la racionalidad limitada en  econom&iacute;a (Simon 1957, 1959, 1979, 1986; March y Simon 1958), en el enfoque del comportamiento  de reba&ntilde;o basado en los rendimientos crecientes y las redes sociales se mantiene  el supuesto de plena racionalidad (Granovetter 1973, 1978; Burt 1982; David 1985;  Farrell y Saloner 1985; Katz y Shapiro 1985; Burt 1987; Arthur 1988, 1989,  1994). Los psic&oacute;logos y muchos otros economistas, en cambio, tienen una visi&oacute;n  compatible con la noci&oacute;n de racionalidad limitada. Suponen que las limitaciones  institucionales y humanas llevan a que las personas adopten soluciones satisfactorias  en vez de soluciones &oacute;ptimas. En su trabajo seminal de 1991, Susan Fiske y  Shelley Taylor describieron a los seres humanos como &quot;avaros cognitivos&quot;, lo  que quiere decir que las personas tienden a actuar de manera racional y coherente  pero tambi&eacute;n prefieren menos esfuerzo a mucho esfuerzo. Por consiguiente, suelen  preferir soluciones simples frente a soluciones complicadas. Una soluci&oacute;n  simple es confiar en heur&iacute;sticas como &quot;la mayor&iacute;a siempre tiene raz&oacute;n&quot; o &quot;el  consenso es bueno&quot;. Cuando se siguen tales heur&iacute;sticas se puede llegar al pensamiento  de grupo.</p>     <p>Originalmente, Irving Janis  defini&oacute; el <i>pensamiento de grupo</i> como &quot;un  modo de pensar que adoptan las personas cuando est&aacute;n profundamente involucradas  en un grupo cohesivo, cuando los esfuerzos de los miembros por llegar a la  unanimidad anulan su motivaci&oacute;n para valorar de manera realista los cursos de  acci&oacute;n alternativos&quot; (1972, 9). Hoy ese fen&oacute;meno se percibe como una forma muy  conocida y excesiva de <i>b&uacute;squeda de acuerdos</i> dentro de los grupos, que eventualmente lleva a malas decisiones o a fiascos.  Algunos casos de fiascos en la toma de decisiones de los dirigentes del  gobierno de Estados Unidos durante graves crisis internacionales de la era  nuclear son evidencia de ese fen&oacute;meno, incluidos la invasi&oacute;n de Bah&iacute;a de  Cochinos, la Guerra  de Corea, Pearl Harbour, la   Guerra de Vietnam y la crisis cubana de los misiles (Janis 1972),  el esc&aacute;ndalo de Watergate (Janis 1982), la controversia del gimnasio en Kent  State University (Hensley y Griffin 1986), y el accidente del transbordador  espacial Challenger (Esser y Lindoerfer 1989). El concepto de pensamiento de  grupo muestra que las soluciones satisfactorias a veces llevan a que los grupos  tomen decisiones perjudiciales, cuando no se escrutan cuidadosamente los argumentos.  As&iacute;, muestra cu&aacute;n importante es tener en cuenta la racionalidad limitada de los  individuos en el an&aacute;lisis del comportamiento de reba&ntilde;o.</p>     <p>Un segundo supuesto fuertemente  relacionado acerca del comportamiento de reba&ntilde;o en econom&iacute;a es la existencia de  informaci&oacute;n completa, que permite que los individuos siempre tomen decisiones racionales  y &oacute;ptimas. Abrahamson y Rosenkopf (1993, 1997) mostraron que el comportamiento  de reba&ntilde;o, sin embargo, es causado simplemente por informaci&oacute;n incompleta y  ambigua, que produce incertidumbre acerca de la realidad social, la cual se puede  reducir observando las acciones de otros para llegar a un consenso (Deutsch y  Gerard 1955, Crano 1970, Nemeth 1986, Hogg y Turner 1987, Hogg 2000). En  situaciones dif&iacute;ciles, las personas conf&iacute;an en las opiniones y las acciones de  grupos de referencia similares porque esperan compartir y confirmas sus opiniones  y creencias personales (Festinger 1950, 1954; Bar&oacute;n, Vandello y Brunsman 1996).  Adem&aacute;s, si hay gran semejanza entre el individuo y el grupo, es m&aacute;s probable  que se vea a la mayor&iacute;a como grupo de referencia relevante y, en consecuencia,  es m&aacute;s probable que haya conformidad (Allen 1965; Allen y Wilder 1977; Hogg y  Turner 1987; Turner 1987, 1991; Turner y Oakes 1989).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El deseo de semejanza y de  consenso con otros puede ser peligroso si no se basa en una semejanza y un  consenso verdaderos. En efecto, la ilusi&oacute;n de unanimidad es uno de los s&iacute;ntomas  de pensamiento de grupo, junto a la ilusi&oacute;n de invulnerabilidad, la creencia en  la moralidad inherente al grupo, la racionalizaci&oacute;n colectiva, los estereotipos  de intrusos, la autocensura, la presi&oacute;n contra los disidentes y los guardianes  mentales autoelegidos (Janis y Mann 1977, 132). No es sorprendente que los  s&iacute;ntomas de pensamiento de grupo se relacionen estrechamente con la existencia  de informaci&oacute;n incompleta y ambigua, y con la incertidumbre consiguiente acerca  de la realidad social. Irving Janis y Leon Mann (1977) argumentaron que estos factores  pueden generar deficiencias en el proceso de toma de decisiones de grupo, como la  revisi&oacute;n incompleta de las alternativas y los objetivos, la renuencia a reexaminar  las elecciones preferidas o las alternativas rechazadas, la b&uacute;squeda y el  procesamiento de informaci&oacute;n deficientes y la falla para elaborar planes de  contingencia. Hoy muchos economistas y psic&oacute;logos coinciden en la existencia y  la importancia de la informaci&oacute;n incompleta en el comportamiento de reba&ntilde;o, y  los enfoques de modelaci&oacute;n econ&oacute;mica recientes tratan el problema (Banerjee  1992; Bikhchandani et al.. 1992; Abrahamson y Rosenkopf 1993, 1997).</p>     <p>Sin embargo, al no tener en cuenta  la racionalidad limitada, incluso estos modelos de informaci&oacute;n imperfecta  pierden mucho poder explicativo, lo que se ve especialmente en las explicaciones  limitadas de las motivaciones del comportamiento de reba&ntilde;o. Con las notables excepciones  de Veblen y Leibenstein, los economistas explican el comportamiento de reba&ntilde;o mediante  el n&uacute;mero absoluto de personas que participan en una acci&oacute;n dada<sup><a name="nr6"></a><a href="#6">6</a></sup>	.  En cambio, psic&oacute;logos como Asch (1951, 1952, 1956) sostienen que lo que suele presionar  para llegar a la conformidad no es el n&uacute;mero efectivo de la mayor&iacute;a sino la  necesidad de consenso. Los estudios de Arie Kruglanski y sus colegas muestran  que es exactamente esta necesidad de consenso en un grupo la que genera ocasionalmente  el pensamiento de grupo (Kruglanski, Webster y Klem 1993). Sobre todo bajo  tensi&oacute;n, los grupos manifiestan una &quot;necesidad cognitiva de cierre&quot;, el &quot;deseo de  una respuesta definida sobre un tema, una respuesta frente a la confusi&oacute;n y la  ambig&uuml;edad&quot; (Kruglanski 1989, 14). El deseo de consenso de un grupo no deja entonces  campo a la disensi&oacute;n, lo que suele llevar al rechazo de los disidentes  (Kruglanski y Webster 1991) y al &quot;congelamiento&quot; de la exactitud de las opiniones  (Kruglanski 1989). Por tanto, como proponen Janis y Mann (1977), junto a las  deficiencias estructurales de la organizaci&oacute;n, las principales condiciones para  que haya pensamiento de grupo son la cohesi&oacute;n de grupo y un contexto  situacional provocador, determinado por ejemplo por una fuerte tensi&oacute;n ante amenazas  externas con pocas esperanzas de una mejor soluci&oacute;n que la del l&iacute;der, baja  autoestima producida por fracasos recientes, dificultades en la tarea de tomar decisiones  o dilemas morales.</p>     <p>En lo anterior s&oacute;lo se han  criticado los supuestos econ&oacute;micos subyacentes en el comportamiento de reba&ntilde;o.  Esto tiene que ver con diferencias elementales en el enfoque de la investigaci&oacute;n  de la econom&iacute;a y la psicolog&iacute;a, diferencias que tienen serias consecuencias  metodol&oacute;gicas y determinan por qu&eacute; ambas disciplinas son tan diferentes. En  esencia, la econom&iacute;a se ocupa de preguntas referentes al &quot;cu&aacute;nto&quot;, mientras que  la psicolog&iacute;a trata de responder preguntas sobre el &quot;por qu&eacute;&quot; y el &quot;cu&aacute;ndo&quot;.  Los temas de la racionalidad, la informaci&oacute;n y las motivaciones relacionados  con el &quot;por qu&eacute;&quot; y el &quot;cu&aacute;ndo&quot; dominan en la psicolog&iacute;a, lo que explica por qu&eacute;  esta disciplina ha desarrollado en estas &aacute;reas mallas m&aacute;s finas que la econom&iacute;a.  Es interesante, como muestran Alexa Albert e Yngve Ramstad (1997, 885), que ya  en 1934 Commons subrayara que los economistas, buscando respuestas a preguntas acerca  del &quot;por qu&eacute;&quot; en vez del &quot;cu&aacute;nto&quot;, se deb&iacute;an concentrar en obtener  conocimientos de las verdaderas razones por las que ocurren las cosas en vez de  centrarse en los efectos del comportamiento. Para la psicolog&iacute;a, sin embargo,  el argumento puede plantearse al rev&eacute;s. Jaap Van Ginneken (2003, 2004) ha  argumentado repetidamente que la psicolog&iacute;a padece la debilidad de negar las  caracter&iacute;sticas estructurales de la orientaci&oacute;n social de las personas, entre ellas  el ambiente institucional. Con referencia a Commons, esto se puede explicar por  el enfoque exclusivo en preguntas acerca del &quot;por qu&eacute;&quot; y el &quot;cu&aacute;ndo&quot; y la omisi&oacute;n  de preguntas acerca del &quot;cu&aacute;nto&quot;. Temas tales como la influencia de la din&aacute;mica  relacionada con un sector o industria o de las normas y reglas institucionales  sobre los individuos se relacionan con el dominio del &quot;cu&aacute;nto&quot; en la econom&iacute;a, lo  que explica por qu&eacute; la econom&iacute;a ha desarrollado en estas &aacute;reas mallas m&aacute;s finas  que la psicolog&iacute;a.</p>     <p>Una primera e importante complicaci&oacute;n  metodol&oacute;gica de estas diferencias en el enfoque de la investigaci&oacute;n es que la econom&iacute;a  y la psicolog&iacute;a usan unidades de an&aacute;lisis diferentes. Herbert Simon dijo que &quot;los  economistas se interesan relativamente poco en la microeconom&iacute;a descriptiva o  comprensi&oacute;n del comportamiento de los agentes econ&oacute;micos individuales&quot; (1959,  254). Este explica por qu&eacute;, para muchos macroeconomistas, la unidad de an&aacute;lisis  m&aacute;s peque&ntilde;a es la firma. Hodgson (1993) sostuvo que los economistas que toman al  individuo como unidad de an&aacute;lisis tambi&eacute;n toman como dadas las motivaciones y  preferencias individuales. Con respecto al an&aacute;lisis del comportamiento de reba&ntilde;o,  todos los estudios presentan este problema. Las concepciones econ&oacute;micas  contempor&aacute;neas de este fen&oacute;meno a&uacute;n adolecen de lo que Veblen llam&oacute; &quot;psicolog&iacute;a  hedonista asociativa&quot; (1900) y &quot;c&aacute;lculo hedonista&quot; (1909). El individuo y las  personalidades de grupo son eliminadas de la secuencia de eventos, lo que lleva  a entender los fen&oacute;menos desde el punto de vista del resultado (probable) de la  acci&oacute;n.</p>     <p>Sin embargo, la renuencia a  explicar las estructuras institucionales ha llevado a una clara ruptura de la psicolog&iacute;a  con las orientaciones sociales respecto de los m&eacute;todos de an&aacute;lisis que se utilizan.  Robert Dipboye (1990) compar&oacute; cuidadosamente la investigaci&oacute;n experimental y de  campo en psicolog&iacute;a. La mayor parte de la investigaci&oacute;n psicol&oacute;gica social se ha  realizado en el ambiente artificial del laboratorio. La investigaci&oacute;n  experimental busca ante todo incrementar la validez interna de las preguntas &quot;porqu&eacute;&quot;  y &quot;cu&aacute;ndo&quot; bajo investigaci&oacute;n. Pero es dif&iacute;cil generalizar los resultados del  laboratorio a la pr&aacute;ctica institucional. Por su parte, la mayor parte de la  investigaci&oacute;n econ&oacute;mica institucional se ha realizado en campo. La investigaci&oacute;n  de campo entre quienes toman decisiones dentro de una instituci&oacute;n incrementa la  validez externa de los resultados pero adolece de poca validez interna. Esto  crea tensi&oacute;n metodol&oacute;gica acerca del m&eacute;todo apropiado de an&aacute;lisis as&iacute; como  sobre la exactitud y la generalizaci&oacute;n de los resultados. En general, se puede  argumentar que las fortalezas de un m&eacute;todo compensan las debilidades del otro  (Dipboye 1990, De Cremer y Van Knippenberg 2002). Por tanto, para que sea tan  coherente y poderoso como sea posible, un marco psicol&oacute;gico econ&oacute;mico integrado  del comportamiento de reba&ntilde;o debe usar un enfoque que acoja diversos m&eacute;todos;  en el que, por ejemplo, los modelos de umbral exploratorios o los estudios de  caso cualitativos se puedan confirmar con estudios de laboratorio, y los  resultados de esos estudios del laboratorio, a su vez, se puedan reproducir en estudios  de campo (Earley y Mosakowski 2000).</p>     <p>El ejemplo de la salida de Intel  de la industria de memorias de acceso aleatorio din&aacute;mico, DRAM (para un  an&aacute;lisis detallado, ver Burgelman 1994) ilustra no s&oacute;lo en qu&eacute; medida difieren los  an&aacute;lisis econ&oacute;micos y psicol&oacute;gicos unilaterales sino tambi&eacute;n en qu&eacute; medida se  incremente el poder explicativo integrando ambas perspectivas. Desde una  perspectiva econ&oacute;mica convencional basada en el marco de la difusi&oacute;n de  innovaciones de Rogers (&#91; 19621 1995), el de Intel es un caso ejemplar de &eacute;xito del  primero en mover y de salida de una empresa exitosa. La historia es la siguiente.  Intel introdujo la primera DRAM y fue el primero en mover en la industria de  semiconductores. Su DRAM se convirti&oacute; en el dise&ntilde;o dominante, e Intel mantuvo  su posici&oacute;n de liderazgo durante casi una d&eacute;cada. Cuando la industria de DRAM  madur&oacute;, entraron al mercado competidores japoneses con costos menores e Intel  perdi&oacute; la ventaja competitiva, aunque logr&oacute; obtener beneficios con su  tecnolog&iacute;a de DRAM como segundo o tercero en mover. No obstante, Intel se  rezag&oacute; gradualmente en la competencia, y durante la recesi&oacute;n de mediados de los  ochenta la DRAM  produjo p&eacute;rdidas. Las DRAM eran percibidas como la tecnolog&iacute;a esencial de Intel  y parte de su identidad corporativa, de modo que la compa&ntilde;&iacute;a era reacia a renunciar  a ellas y pens&oacute; en inversiones adicionales. Pero los microprocesadores se hab&iacute;an  convertido en la parte m&aacute;s rentable de Intel, de modo que la compa&ntilde;&iacute;a decidi&oacute; no  invertir m&aacute;s en la industria de DRAM y salir de ella (Burgelman 1994).</p>     <p>Este an&aacute;lisis particular de la salida  de Intel de la industria de DRAM se centra en la pregunta de &quot;cu&aacute;ntos&quot;  beneficios obtuvo la compa&ntilde;&iacute;a con su tecnolog&iacute;a de DRAM en las diferentes etapas  de desarrollo en comparaci&oacute;n con sus competidores. Al centrarse en la firma como  unidad de an&aacute;lisis en relaci&oacute;n con el nivel de la industria en vez del an&aacute;lisis  de los individuos dentro de la compa&ntilde;&iacute;a, y al centrarse en la pregunta de &quot;cu&aacute;nto&quot;  y no en las preguntas relacionadas con el &quot;por qu&eacute;&quot; y el &quot;cu&aacute;ndo&quot;, ning&uacute;n  psic&oacute;logo aceptar&iacute;a jam&aacute;s ese estudio de caso. Sin embargo, este an&aacute;lisis de la  salida de Intel tampoco es convincente para los economistas que tienen en  cuenta los efectos del ambiente institucional sobre las instituciones. Los  economistas institucionalistas toman deliberadamente a las instituciones como  unidad de an&aacute;lisis y explican el &quot;porqu&eacute;&quot; y el &quot;cu&aacute;ndo&quot; de los fen&oacute;menos que  surgen en la interacci&oacute;n entre instituciones e individuos. Las organizaciones  son contextos situacionales espec&iacute;ficos para el comportamiento humano, m&aacute;s  espec&iacute;ficamente, para el &quot;individuo institucionalizado&quot; (Hodgson 2000, 2003).</p>     <p>El marco de la econom&iacute;a  institucional se adapta particularmente a una psicolog&iacute;a econ&oacute;mica integrada  del comportamiento de reba&ntilde;o, puesto que compensa la debilidad psicol&oacute;gica de ignorar  el entorno institucional. El hecho de que la econom&iacute;a institucional tome  deliberadamente a las instituciones como unidad de an&aacute;lisis genera, a primera  vista, una amplia brecha con los psic&oacute;logos, que toman al individuo como unidad  de an&aacute;lisis. Pero mir&aacute;ndola m&aacute;s de cerca, se puede superar debido a que las  instituciones se pueden definir como &quot;pautas de comportamiento y h&aacute;bitos de pensamiento  comunes, de car&aacute;cter rutinario y durable, que se asocian con personas que interact&uacute;an  en grupos o colectividades m&aacute;s grandes&quot; (Hodgson 1993, 253). C&oacute;mo funciona esto  en el an&aacute;lisis del comportamiento de reba&ntilde;o se muestra sutilmente en otro  estudio de caso psicol&oacute;gico (poco frecuente) de la salida de Intel de la  industria de DRAM, que analiza el problema en t&eacute;rminos del pensamiento de grupo  (para un an&aacute;lisis detallado, ver Turner, Pratkanis y Samuels 2003).</p>     <p>Desde la perspectiva del pensamiento  de grupo, la pregunta es por qu&eacute; y en qu&eacute; circunstancias el personal de Intel  tom&oacute; la decisi&oacute;n de retirarse de la industria de DRAM. El personal de Intel se  enfrent&oacute; a una fuerte cohesi&oacute;n de grupo y a un contexto situacional provocador  determinado por una gran tensi&oacute;n ante amenazas externas. Esos dos factores eran  condiciones para que surgiera el pensamiento de grupo (Janis 1972, 1982). La fuerte  cohesi&oacute;n de grupo dentro de Intel fue ocasionada por la identidad de la  compa&ntilde;&iacute;a como <i>la</i> primera y muy innovadora  compa&ntilde;&iacute;a de la industria de memorias DRAM. La amenaza colectiva fue una importante  crisis para la compa&ntilde;&iacute;a ocasionada por la p&eacute;rdida de terreno ante los competidores  japoneses durante la recesi&oacute;n econ&oacute;mica de mediados de los ochenta. Intel era  muy reacia a abandonar las DRAM porque determinaban su identidad colectiva como <i>la</i> compa&ntilde;&iacute;a de memorias del mundo.  Los s&iacute;ntomas de pensamiento de grupo se presentaron cuando las personas que  tomaban decisiones en Intel intentaron revivir el negocio de DRAM e invertir fuertemente  en esa industria cuando Intel estaba perdiendo dinero. Sin embargo, el pensamiento  de grupo se evit&oacute; porque la compa&ntilde;&iacute;a destruy&oacute; la vieja identidad como compa&ntilde;&iacute;a  de memorias y construy&oacute; una nueva identidad como la compa&ntilde;&iacute;a de microprocesadores.  Esta modificaci&oacute;n de la identidad corporativa la hizo aceptable para el personal  de Intel y para que Intel saliera de la industria de DRAM (Turner, Pratkanis y  Samuels 2003).</p>     <p>El ejemplo de la salida de Intel del  negocio muestra el incremento del poder explicativo que surge de la integraci&oacute;n  de ambas perspectivas. Con el tiempo, la compa&ntilde;&iacute;a tom&oacute; la decisi&oacute;n  estrat&eacute;gicamente prudente, pero dif&iacute;cil, de salir de la industria de DRAM a  pesar de los s&iacute;ntomas de pensamiento de grupo que podr&iacute;an haber ocasionado una  estancia m&aacute;s prolongada y quiz&aacute; desastrosa en ese negocio. La adici&oacute;n de preguntas  acerca del &quot;por qu&eacute;&quot; y el &quot;cu&aacute;ndo&quot; a la pregunta acerca del &quot;cu&aacute;nto&quot; en el  an&aacute;lisis del comportamiento de reba&ntilde;o contribuye a la comprensi&oacute;n del individuo  institucionalizado. El caso de Intel muestra cu&aacute;n esencial puede ser este  personaje en los procesos de toma de decisiones. En el caso de Intel, cada individuo  institucionalizado dentro de la compa&ntilde;&iacute;a se caracterizaba por la identidad social  de ser miembro de <i>la</i> compa&ntilde;&iacute;a de  memorias l&iacute;der en el mundo y una identidad propia m&aacute;s modesta pero fuertemente  relacionada. De hecho, el manejo adecuado del individuo institucionalizado fue lo  que permiti&oacute; que Intel evitara el pensamiento de grupo mediante la metamorfosis  de una identidad social positiva en otra identidad social muy positiva (Turner  et al. 2002). Para resumir con las palabras de Walton H. Hamilton, el caso de  la salida de Intel de la industria de DRAM muestra claramente que &quot;es  necesario, por tanto, que la teor&iacute;a econ&oacute;mica parta de una teor&iacute;a aceptable del  comportamiento humano. &#91; ...&#93;  En su lugar, se debe utilizar una teor&iacute;a de las  motivaciones que est&eacute; en armon&iacute;a con las conclusiones de la psicolog&iacute;a social  moderna&quot; (1919, 316, citado en Hodgson 2000, 317).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>CONCLUSI&Oacute;N</b></p>     <p>La  historia del comportamiento de reba&ntilde;o en econom&iacute;a y psicolog&iacute;a muestra que este  fen&oacute;meno se ha estudiado desde distintos &aacute;ngulos. En 1934 Commons reconoci&oacute; la diferencia  estructural entre la econom&iacute;a y la psicolog&iacute;a: en general, los economistas se  centran en los efectos del comportamiento de reba&ntilde;o y m&aacute;s espec&iacute;ficamente en el  problema de c&oacute;mo beneficiarse de ese comportamiento. Los psic&oacute;logos, por su  parte, intentan responder por qu&eacute; y cu&aacute;ndo las personas se sienten motivadas a  participar en el comportamiento colectivo. En consecuencia, estas disciplinas  estudian el comportamiento de reba&ntilde;o en niveles diferentes. Los economistas se  concentran en los procesos de nivel macro manteniendo constantes las  motivaciones y preferencias individuales, mientras que los psic&oacute;logos se  concentran en los procesos de nivel micro ignorando los efectos de una acci&oacute;n en  dada sobre el nivel institucional. Hasta ahora, esos supuestos han producido  resultados d&eacute;biles.</p>     <p>Especialmente, el an&aacute;lisis de las  motivaciones subyacentes al comportamiento de reba&ntilde;o ha sido una gran debilidad  en econom&iacute;a. Excepto <i>La teor&iacute;a de la clase  ociosa</i> de Veblen y un art&iacute;culo de Leibenstein, los economistas s&oacute;lo han  explicado y comprobado las presiones de la mayor&iacute;a causadas por el n&uacute;mero de personas  que ya participan en una acci&oacute;n dada como motivaciones individuales del  comportamiento de reba&ntilde;o<sup><a name="nr7"></a><a href="#7">7</a></sup>.  La investigaci&oacute;n psicol&oacute;gica sobre la influencia social, sin embargo, ha  mostrado repetidamente que el tama&ntilde;o de la mayor&iacute;a no es tan importante como el  grado de unanimidad con un grupo de referencia (Asch 1951, 1952, 1956). Si las  personas sienten un fuerte consenso con el grupo de referencia observado, es  m&aacute;s probable que se orienten hacia ese grupo, sin importar cu&aacute;n grande o  peque&ntilde;o sea (Festinger 1950, 1954). Si las personas deciden orientarse hacia un  grupo de referencia minoritario, lo har&aacute;n en su mayor parte despu&eacute;s de un cuidadoso  an&aacute;lisis racional de los argumentos; si deciden orientarse hacia un grupo de  referencia mayoritario lo har&aacute;n en su mayor parte porque lo desean (Deutsch y  Gerard 1955; Moscovici 1976, 1980; Maass y Clark 1984; Turner 1991; Martin y  Hewstone 2001, 2003). Las caracter&iacute;sticas de los grupos de referencia diferentes  del tama&ntilde;o tienen entonces una importancia esencial. Por otra parte, una gran debilidad  de la investigaci&oacute;n psicol&oacute;gica es la omisi&oacute;n de las influencias institucionales  sobre las acciones individuales y las motivaciones. Casi no se ha prestado atenci&oacute;n  a los efectos de largo plazo ni a las influencias institucionales sobre el comportamiento  de reba&ntilde;o (Van Ginneken 2003, 2004).</p>     <p>Para que sea una herramienta  anal&iacute;tica poderosa, el enfoque psicol&oacute;gico econ&oacute;mico integrado del  comportamiento de reba&ntilde;o debe cubrir ambas &aacute;reas, las causas y los efectos del  comportamiento, explicando los procesos de nivel macro y micro. En ambientes institucionales,  se debe reconocer especialmente al individuo institucionalizado (Hodgson 2000,  2003) que se deriva de las instituciones sociales y de la identidad propia (Turner  1991). El conocimiento de las motivaciones subyacentes al comportamiento del individuo  institucionalizado &ndash;el &quot;porqu&eacute;&quot; y el &quot;cu&aacute;ndo&quot;&ndash; debe ayudar a incrementar el  poder explicativo con respecto a las preguntas acerca del &quot;c&oacute;mo&quot; para abordar el  comportamiento de reba&ntilde;o y del &quot;cu&aacute;nto&quot; para beneficiarse de &eacute;l. Por ejemplo, un  individuo institucionalizado puede esforzarse por llegar al consenso con un  grupo de referencia que admira, esperando que el incremento de la identidad institucional  incremente la identidad propia y, por consiguiente, puede ser menos cr&iacute;tico  hacia el comportamiento real del grupo de referencia (Turner, Pratkanis y  Samuels 2003). Si otras personas compartieran esta actitud, el grupo se podr&iacute;a  polarizar y decidir participar en el comportamiento de reba&ntilde;o, aunque sea potencialmente  peligroso para la instituci&oacute;n como un todo (Kruglanski 1989; Kruglanski y Webster  1991; Kruglanski, Webster y Klein 1993). El enfoque psicol&oacute;gico econ&oacute;mico integrado  puede generar conocimientos detallados sobre la exactitud de las motivaciones de  las decisiones individuales y de grupo de participar en el comportamiento de reba&ntilde;o.  Esto no s&oacute;lo ayuda a valorar las maneras como las personas que toman decisiones  deben enfrentar las presiones de reba&ntilde;o dentro de las instituciones sino  tambi&eacute;n a estimar cu&aacute;nto se beneficiar&iacute;an las instituciones participando en el  comportamiento de reba&ntilde;o o evit&aacute;ndolo.</p>     <p><b>NOTAS AL PIE</b></p>     <p><a href="#nr1">1</a><a name="1"></a> Aunque el marco de la econom&iacute;a  institucional es particularmente adecuado para un enfoque econ&oacute;mico psicol&oacute;gico  integrado del comportamiento de reba&ntilde;o, la econom&iacute;a convencional sigui&oacute; una  ruta diferente que la alej&oacute; de la psicolog&iacute;a social.</p>     <p><a href="#nr2">2</a><a name="2"></a> El primer ejemplo fue la historia de la  videograbadora, en la que compet&iacute;an el VHS y el Beta. Brian Arthur (1988, 1989,  1994) sostuvo que el VHS se tom&oacute; casi todo el mercado debido a la pura suerte  en las etapas iniciales de adopci&oacute;n. El segundo ejemplo fue la historia del teclado  de la m&aacute;quina de escribir, en el que compet&iacute;an el QWERTY y el Dvorak. Paul  David (1985) argument&oacute; que el teclado QWERTY lleg&oacute; a ser dominante debido a  &quot;accidentes hist&oacute;ricos&quot; en las primeras etapas de difusi&oacute;n. Ambos ejemplos han generado  controversia en los &uacute;ltimos a&ntilde;os (Liebowitz y Margolis 1994; Cusumano,  Mylonadis y Rosenbloom 1997).</p>     <p><a href="#nr3">3</a><a name="3"></a> George Akerlof (1970) fue el primero en  introducir modelos basados en informaci&oacute;n incompleta en econom&iacute;a (ver tambi&eacute;n  Akerlof 1980).</p>     <p><a href="#nr4">4</a><a name="4"></a> Granovetter  1973, 1978; Burt 1982; David 1985; Farrell y Saloner 1985; Katz y Shapiro 1985;  Burt 1987; Arthur 1988, 1989, 1994.</p>     <p><a href="#nr5">5</a><a name="5"></a> En la siguiente secci&oacute;n se examina en detalle el  pensamiento de grupo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#nr6">6</a><a name="6"></a> Granovetter 1978; Burt 1982, 1987; Jones 1984;  David 1985; Farrell y Saloner 1985; Katz y Shapiro 1985; Arthur 1988, 1989,  1994; Banerjee 1992; Bikhchandani et al. 1992; Abrahamson y Rosenkopf 1993,  1997; Bernheim 1994; Bell 2002.</p>     <p><a href="#nr7">7</a><a name="7"></a>  Granovetter 1978; Burt 1982; Jones 1984; David  1985; Farrell y Saloner 1985; Katz y Shapiro1985; Burt1987; Arthur 1988, 1989,  1994; Banerjee 1992; Bikhchandani <i>et al</i>.  1992; Abrahamson y Rosenkopf 1993, 1997; Bernheim 1994; Bell 2002.</p><hr>     <p><b>REFERENCIAS BIBLIOGR&Aacute;FICAS</b></p>     <!-- ref --><p>1. Abrahamson,  Eric (1991) &quot;Managerial Fads and Fashions: The Diffusion and Rejection of  Innovations&quot;, <i>The Academy of Management  Review</i>, 16: 586-612.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000066&pid=S0121-4772200700010000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>2. Abrahamson,  Eric, and Lori Rosenkopf (1993) &quot;Institutional and Competitive Bandwagons:  Using Mathematical Modeling as a Tool to Explore Innovation Diffusion&quot;, <i>The Academy of Management  Review</i>, 18 (July): 487-517.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000067&pid=S0121-4772200700010000800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>3. Abrahamson,  Eric and Lori Rosenkopf (1997) &quot;Social Network Effects on the Extent of  Innovation Diffusion: A Computer Simulation&quot;, <i>Organization Science,</i> 8 (May-June): 289-309.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000068&pid=S0121-4772200700010000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p>4. Akerlof,  George A. (1970) &quot;The Market for &#8216Lemons&#8217;: Quality Uncertainty and the Market  Mechanism&quot;, <i>The Quarterly Journal of  Economics</i>, 84 (August): 488-500.</p>     <!-- ref --><p>5. Akerlof,  George A. (1980) &quot;A Theory of Social Custom, of which Unemployment May Be One  Consequence&quot;, <i>The Quarterly Journal of  Economics</i>, 94: 749-775.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000070&pid=S0121-4772200700010000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>6. Albert,  Alexa and Yngve Ramstad (1997) &quot;The Social Psychological Underpinnings of  Commons&#8217;s Institutional Economics: The Significance of Dewey&#8217;s Human Nature and  Conduct&quot;, <i>Journal of Economic Issues</i>,  31: 881-916.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000071&pid=S0121-4772200700010000800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>7. Allen,  Vernon L. (1965) &quot;Situational Factors in Conformity&quot;, en L. Berkowitz (editor) <i>Advances in Experimental Social Psychology</i>,  vol. 2, New York:  Academic Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000072&pid=S0121-4772200700010000800006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>8. Allen,  Vernon L. and David A. Wilder (1977) &quot;Social Comparison, Self-Evaluation, and  Conformity to the Group&quot;, en Jerry M. Suls and Richard L. Miller (editores) <i>Social Comparison Processes</i>, 187-208,  Washington, D.C.: Hemisphere.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000073&pid=S0121-4772200700010000800007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>9. Allport,  Floyd H. (1924) <i>Social Psychology</i>, New York: Houghton,  Mifflin.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000074&pid=S0121-4772200700010000800008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>10. Arthur,  W. Brian (1988) &quot;Competing Technologies: An Overview&quot;, en G. Dosi, C. Freeman,  R. Nelson, G. Silverberg, and L. Soete (editores) <i>Technical Change and Economic Theory</i>, London: Pinter.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000075&pid=S0121-4772200700010000800009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>11. Arthur,  W. Brian (1989) &quot;Competing Technologies, Increasing Returns, and Lock-in by  Historical Events&quot;, <i>Economic Journal</i>,  99: 116-131.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000076&pid=S0121-4772200700010000800010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>12. Arthur,  W. Brian (1994) <i>Increasing Returns and  Path Dependence in the Economy</i>, Ann Arbor, Mich.: University   of Michigan Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000077&pid=S0121-4772200700010000800011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>13. Asch,  Solomon E. (1951) &quot;Effects of Group Pressure upon the Modification and  Distortion of Judgments&quot;, en M. Guetzkow (editor) <i>Groups, Leadership, and Men</i>, Pittsburgh,   Pa.: Carnegie Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000078&pid=S0121-4772200700010000800012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>14. Asch,  Solomon E. (1952) <i>Social Psychology</i>. Englewood  Cliffs, N.J.: Prentice-Hall.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000079&pid=S0121-4772200700010000800013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>15. Asch,  Solomon E. (1956) &quot;Studies of Independence  and Conformity: A Minority of One against a Unanimous Majority&quot;, <i>Psychological Monographs: General and  Applied</i>, 70: 1-70.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000080&pid=S0121-4772200700010000800014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>16. Bandura,  Albert (1965) &quot;Influence of Model&#8217;s Reinforcement Contingencies on the Acquisition  of Imitative Responses&quot;, <i>Journal of  Personality and Social Psychology</i>, 1: 589-595.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000081&pid=S0121-4772200700010000800015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>17. Bandura,  Albert, Dorothea Ross and Sheila A. Ross (1963a) &quot;A Comparative Test of the  Status Envy, Social Power, and Secondary Reinforcement Theories of  Identificatory Learning&quot;, <i>Journal of  Abnormal and Social Psychology</i>, 67: 527-534.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000082&pid=S0121-4772200700010000800016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>18. Bandura,  Albert, Dorothea Ross and Sheila A. Ross (1963b) &quot;Vicarious Reinforcement and  Imitative Learning&quot;, <i>Journal of Abnormal  and Social Psychology</i>, 67: 601-607.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000083&pid=S0121-4772200700010000800017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>19. Banerjee,  Abhijit V. (1992) &quot;A Simple Model of Herd Behavior&quot;, <i>The Quarterly Journal of Economics</i>, 107 (August): 797-817.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000084&pid=S0121-4772200700010000800018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>20. Baron,  Robert S., Joseph A. Vandello and Bethany Brunsman (1996) &quot;The Forgotten  Variable in Conformity Research: Impact of Task Importance on Social Influence&quot;, <i>Journal of Personality and Social  Psychology</i>, 71: 915-927.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000085&pid=S0121-4772200700010000800019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>21. Bell, Ann M. (2002)  &quot;Locally Interdependent Preferences in a General Equilibrium Environnient&quot;, <i>Journal of Economic Behavior &amp;  Organization</i>, 47: 309-333.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000086&pid=S0121-4772200700010000800020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>22. Bernleim,  B. Douglas (1994) &quot;A Theory of Conformity&quot;, <i>The  Journal of Political Economy</i>, 102 (October): 841-877.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S0121-4772200700010000800021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>23. Bikhchandani,  Sushil, David Hirschleifer and Ivo Welch (1992) &quot;A Theory of Fad, Fashion,  Custom and Cultural Change as Informational Cascades&quot;, <i>Journal of Political Economy</i>, 100: 992-1026.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000088&pid=S0121-4772200700010000800022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>24. Burgelman,  Robert A. (1994) &quot;Fading Memories: A Process Theory of Strategic Business Exit  in Dynamic Environments&quot;, <i>Administrative  Science Quarterly</i>, 39: 24-56.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000089&pid=S0121-4772200700010000800023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>25. Burt,  Ronald S. (1982) <i>Toward a Structural  Theory of Action: Network Models of Social Structure, Perception and Action</i>,  London, N.J.:  Academic Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000090&pid=S0121-4772200700010000800024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>26. Burt,  Ronald S. (1987) &quot;Social Contagion and Innovation: Cohesion versus Structural  Equivalence&quot;, <i>American Journal of  Sociology</i>, 92: 1287-1335.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000091&pid=S0121-4772200700010000800025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>27. Commons,  John R. (1934) <i>Institutional Economics:  Its Place in Political Economy</i>, New    York: Macmillan.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000092&pid=S0121-4772200700010000800026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>28. Crano,  William D. (1970) &quot;Effects of Sex, Response Order, and Expertise in Conformity:  A Dispositional Approach&quot;, <i>Sociometry</i>,  33: 239-252.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000093&pid=S0121-4772200700010000800027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>29. Cusumano,  Michael A., Yiorgos Mylonadis and Richard S. Rosenbloom (1997) &quot;Strategic  Maneuvering and Mass-Market Dynamics: The Triumph of VHS over Beta&quot;, en Michael  L. Tushinan and Philip Anderson (editores), <i>Managing  Strategic Innovation and Change: A Collection of Readings</i>, 75-98, Oxford: The Oxford Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000094&pid=S0121-4772200700010000800028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>30. David,  Paul A. (1985) &quot;Clio and the Economics of QWERTY&quot;, <i>American Economic Review</i>, 75 (May): 332-337.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000095&pid=S0121-4772200700010000800029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>31. De  Cremer, David and Daan L. Van Knippenberg (2002) &quot;How Do Leaders Promote  Cooperation? The Effects of Charisma and Procedural Fairness&quot;, <i>Journal of Applied Psychology</i>, 87:  858-866.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000096&pid=S0121-4772200700010000800030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>32. Deutsch,  Morton, and Harold B. Gerard (1955) &quot;A Study of Normative and Informational  Social Influence upon Individual Judgment&quot;, <i>Journal  of Abnormal and Social Psychology</i>, 51: 629-636.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000097&pid=S0121-4772200700010000800031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>33. Dipboye,  Robert L. (1990) &quot;Laboratory vs. Field Research in Industrial and  Organizational Psychology&quot;, <i>International  Review of Industrial and Organizational Psychology</i>, 5: 1-34.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000098&pid=S0121-4772200700010000800032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>34. Dolfsma,  Wilfred (2000) &quot;Life and Time of the Veblen Effect&quot;, <i>History of Economic Ideas</i>, 8: 61-82.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000099&pid=S0121-4772200700010000800033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>35. Dosi,  Giovanni (1982) &quot;Technological Paradigms and Technological Trajectories&quot;, <i>Research Policy</i>, 11: 147-162.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000100&pid=S0121-4772200700010000800034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>36. Earley, P. Christopher and Elaine Mosakowski (2000) &quot;Creating Hybrid  Team Cultures: An Empirical Test of Transnational Team Functioning&quot;, <i>Academy</i><i> of Management</i><i> Journal</i>, 43: 26-49.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000101&pid=S0121-4772200700010000800035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>37. Esser,  James K. and Joanne S. Lincloerfer (1989) &quot;Groupthink and the Space Shuttle  Challenger Accident: Toward a Quantitative Case Analysis&quot;, <i>Journal of Behavioral Decision Making</i>, 2: 167-177.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000102&pid=S0121-4772200700010000800036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>38. Farrell,  Joseph and Garth Saloner (1985) &quot;Standardization, Compatibility, and Innovation&quot;, <i>The RAND Journal of Economics</i>, 16  (Spring): 70-83.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000103&pid=S0121-4772200700010000800037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>39. Festinger,  Leon (1950) &quot;Informal Social Communication&quot;, <i>Psychological Review</i>, 57: 271-282.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000104&pid=S0121-4772200700010000800038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>40. Festinger, Leon (1954) &quot;A  Theory of Social Comparison Processes&quot;, <i>Human  Relations</i>, 7: 114-140.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000105&pid=S0121-4772200700010000800039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>41. Festinger, Leon,  Stanley  Schachter and Kurt W. Back (1950) <i>Social  Pressures in Informal Groups</i>, Stanford: Stanford University  Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000106&pid=S0121-4772200700010000800040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>42. Fiskc,  Susan T. and Shelley E. Taylor (1991) <i>Social  Cognition</i>, New York:  McGraw-Hill.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000107&pid=S0121-4772200700010000800041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>43. Fiol, C.  Marlene and Edward J. O&#8217;Connor (2003) &quot;Waking Up! Mindfulness in the Face of  Bandwagons&quot;, <i>Academy of Management Review</i>,  28: 54-70.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000108&pid=S0121-4772200700010000800042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>44. Frank,  Robert H. and Philip J. Cook (1988) <i>The  Winner-Take-All Society: HOW More and More Americans Compete for Ever, Fewer,  and Bigger Prizes, Encouraging Economic Waste, Income Inequality, and an  Impoverished Cultural Life</i>, New York: The Free Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000109&pid=S0121-4772200700010000800043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>45. Granovetter,  Mark S. (1973) &quot;The Strength of Weak Ties&quot;, <i>The  American Journal of Sociology</i>, 78: 1360-1380.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000110&pid=S0121-4772200700010000800044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>46. Granovetter,  Mark S. (1978) &quot;Threshold Models of Collective Behavior&quot;, <i>The American Journal of Sociology</i>, 83: 1420-1443.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000111&pid=S0121-4772200700010000800045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>47. Hensley,  Thomas R. and Glen W. Griffin (1986) &quot;Victims of Groupthink: The Kent State   University Board of  Trustees and the 1977 Gymnasium Controversy&quot;, <i>Journal of Conflict Resolution</i>, 30: 497-531.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000112&pid=S0121-4772200700010000800046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>48. Hodgson,  Geoffrey M. (1993) <i>Economics and  Evolution: Bringing Life Back into Economics</i>, Cambridge,  U.K., and Ann   Arbor, Mich.: Polity Press and University of Michigan Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000113&pid=S0121-4772200700010000800047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>49. Hodgson,  Geoffrey M. (2000) &quot;What Is the Essence of Institutional Economics?&quot;, <i>Journal of Economic Issues</i>, 34: 317-329.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000114&pid=S0121-4772200700010000800048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>50. Hodgson,  Geoffrey M. (2003) &quot;John   R. Commons  and the Foundations of Institutional Economics&quot;, <i>Journal of Economic Issues</i>, 37: 547-576.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000115&pid=S0121-4772200700010000800049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>51. Hogg,  Michael A. (2000) &quot;Subjective Uncertainty Reduction through  Self-Categorization: A Motivational Theory of Social Identity Processes&quot;, <i>European Review of Social Psychology</i>, 11,  edited by Wolfgang Stroebe and Miles Hewstone, 223-255, Chicester: Wiley.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000116&pid=S0121-4772200700010000800050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>52. Hogg,  Michael A., and John C. Turner (1987) &quot;Social Identity and Conformity: A Theory  of Referent Information Influence&quot;, en Wiliam Doise and Serge Moscovici (editores) <i>Current Issues in European Social  Psychology</i>, vol. 2, 139-182, Cambridge and Paris: Cambridge University  Press and &Eacute;ditions de la   Maison des Sciences de l&#8217;Homme.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000117&pid=S0121-4772200700010000800051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>53. Homans,  George C. (1950) <i>The Human Group</i>, New York: Harcourt,  Brace &amp; World.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000118&pid=S0121-4772200700010000800052&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>54. Homans,  George C. (1961) <i>Social Behavior: Its  Elementary Form</i>, New York:  Harcourt, Brace &amp; World.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S0121-4772200700010000800053&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>55. Hyman,  Herbert H. (1942) &quot;The Psychology of Status&quot;, <i>Archives of Psychology</i>, 269: 5-86.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000120&pid=S0121-4772200700010000800054&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>56. Hyman,  Herbert H. and Eleanor Singer (1968) <i>Readings</i><i> in  Reference Group Theory and Research</i>, New    York: The Free Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S0121-4772200700010000800055&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>57. Janis,  Irving L. (1972) <i>Victims of Groupthink</i>,  Boston:  Houghton Mifflin.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000122&pid=S0121-4772200700010000800056&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>58. Janis,  Irving L. (1982) <i>Groupthink:  Psychological Studies of Policy Decisions and Fiascoes</i>, Boston: Houghton Mifflin.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S0121-4772200700010000800057&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>59. Janis,  Irving L. and Leon Mann (1977) <i>Decision  Making: A Psychological Analysis of Conflict, Choice, and Commitment</i>, New York: Free Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000124&pid=S0121-4772200700010000800058&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>60. Jones,  Stephen R. G. (1984) <i>The Economics of  Conformism</i>, Oxford:  Basil Blackwell.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0121-4772200700010000800059&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>61. Katz,  Michael L. and Carl Shapiro (1985) &quot;Network Externalidades, Competition, and  Compatibility&quot;, <i>The American Economic  Review</i>, 75 (June): 424-440.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S0121-4772200700010000800060&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>62. Kruglanski,  Arie W. (1989) <i>Lay Epistemics and Human  Knowledge: Cognitive and Motivational Bases</i>, New York: Plenum Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0121-4772200700010000800061&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>63. Kruglanski,  Arie W. and Donna M. Webster (1991) &quot;Group Members&#8217; Reactions to Opinion  Deviates and Conformists at Varying Degrees of Proximity to Decision Deadline  and of Environmental Noise&quot;, <i>Journal of  Personality and Social Psychology</i>, 61: 212-225.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000128&pid=S0121-4772200700010000800062&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>64. Kruglanski,  A. W., Donna M. Webster and Adena Klem (1993) &quot;Motivated Resistance and  Openness to Persuasion in the Presence or Absence of Prior Information&quot;, <i>Journal of Personality and Social Psychology</i>,  65: 861-876.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0121-4772200700010000800063&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>65. Lamm,  Helmut and David G. Myers (1978) &quot;Group-Induced Polarization of Attitudes and  Behavior&quot;, en Leonard Berkowitz (editor), <i>Advances  in Experimental Social Psychology</i>, vol. 11, 145-195, New York: Academic  Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S0121-4772200700010000800064&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>66. Le Bon,  Gustave (1895) <i>Les lois psychologiques de  l&#8217;&eacute;volution des peuples</i>. Translation: <i>The Crowd: A Study of the Popular Mind</i>, London: Ernest Benn, 1947.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0121-4772200700010000800065&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>67. Leibenstein,  Harvey (1950) &quot;Bandwagon,  Snob, and Veblen Effects in the Theory of Consumers&#8217; Demand&quot;, <i>Quarterly Journal of Economics</i>, 64:  183-207.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S0121-4772200700010000800066&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>68. Liebowitz,  S. J. and Stephen E. Margolis (1994) &quot;Network Externality: An Uncommon Tragedy&quot;, <i>The Journal of Economic Perspectives</i>,  8 (Spring): 133-150.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S0121-4772200700010000800067&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>69. Maass,  Anne and Russell D. Clark (1984) &quot;Hidden Impact of Minorities: Fifteen Years of  Minority Influence Research&quot;, <i>Psychological  Bulletin</i>, 95: 428-450.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000134&pid=S0121-4772200700010000800068&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>70. March,  James G. and Herbert A. Simon (1958) <i>Organizations</i>,  New York: Wiley and London: Chapman &amp; Hall.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S0121-4772200700010000800069&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>71. Martin,  Robin and Miles Hewstone (2001) &quot;Conformity and Independence in Groups: Majorities and  Minorities&quot;, en Michael A. Hogg and R. Scott Tindale (editores), <i>Blackwell Handbook of Social Psychology  (Group Processes)</i>, 209-234. Malden,   Mass.: Blackwell Publishers.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000136&pid=S0121-4772200700010000800070&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>72. Martin,  Robin and Miles Hewstone (2003) &quot;Majority versus Minority Influence: When, not  Whether, Source Status Instigates Heuristic or Systematic Processing&quot;, <i>European Journal of Social Psychology</i>,  33: 313-330.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S0121-4772200700010000800071&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>73. Moscovici,  Serge (1976) <i>Social Influence and Social  Change</i>, London:  Academic Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000138&pid=S0121-4772200700010000800072&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>74. Moscovici,  Serge (1980) &quot;Toward a Theory of Conversion Behavior&quot;, en Leonard Berkowitz (editor), <i>Advances in Experimental Social  Psychology</i>, vol. 13, 209-239, New York: Academic Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000139&pid=S0121-4772200700010000800073&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>75. Moscovici,  Serge (1985) <i>The Age of the Crowd: A  Historical Treatise on Mass Psychology</i>, Cambridge  and Paris:  Cambridge University Press and &Eacute;ditions de la Maison des Sciences de l&#8217;Homme.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000140&pid=S0121-4772200700010000800074&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>76. Moscovici,  Serge and Marisa Zavalloni (1969) &quot;The Group as a Polarizer of Attitudes&quot;, <i>Journal of Personality and Social Psychology</i>,  12: 125-135.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000141&pid=S0121-4772200700010000800075&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>77. Nemeth,  Charlan Jeanne (1986) &quot;Differential Contributions of Majority and Minority  Influence&quot;, <i>Psychological Review</i>, 93:  23-32.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000142&pid=S0121-4772200700010000800076&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>78. Newcomb,  Theodore M. (1943) <i>Personality and Social  Change</i>, New York:  Dryden Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S0121-4772200700010000800077&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>79. Newcomb,  Theodore M., Kathryn E. Koenig, Richard Flacks, and Donald P.  Warwick (1967) <i>Persistence and Change: Bennington College  and Its Students after 25 Years</i>, New    York: Wiley.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000144&pid=S0121-4772200700010000800078&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>80. Reicher,  Stephen D. (1984a) &quot;The St Pauls Riot: An Explanation of the Limits of Crowd  Action in Terms of a Social Identity Model&quot;, <i>European Journal of Social Psychology</i>, 14: 1-21.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S0121-4772200700010000800079&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>81. Reicher,  Stephen D. (1984b) &quot;Social Influence in the Crowd: Attitudinal and Behavioral  Effects of De-individuation in Conditions of High and Low Group Salience&quot;, <i>British Journal of Social Psychology</i>, 23:  341-350.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000146&pid=S0121-4772200700010000800080&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>82. Rogers, Everett M. (1962) <i>Diffusion of Innovations</i>. Reimpresi&oacute;n, New    York: The Free Press, 1995.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S0121-4772200700010000800081&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>83. Sherif,  Muzafer (1935) &quot;A Study of Some Social Factors in Perception&quot;, <i>Archives of Psychology</i>, 27: 1-60.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000148&pid=S0121-4772200700010000800082&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>84. Sherif,  Muzafer (1936) <i>The Psychology of Social Norms</i>,  New York:  Harper Brothers.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S0121-4772200700010000800083&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>85. Simmel,  Georg (1904) &quot;Fashion&quot;, <i>American Journal  of Sociology</i>, 62 (May 1957): 541-558. Publicado originalmente en <i>International Quarterly</i>, 10: 130-155.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000150&pid=S0121-4772200700010000800084&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>86. Simon,  Herbert A. (1957) <i>Models of Man, Social  and Rational: Mathematical Essays on Rational Human Behavior in a Social  Setting</i>, New York: Wiley &amp; Son and London: Chapman &amp;  Hall.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S0121-4772200700010000800085&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>87. Simon,  Herbert A. (1959) &quot;Theories of Decision Making in Economics and Behavioral  Science&quot;, <i>The American Economic Review</i>,  49 (June): 253-283.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000152&pid=S0121-4772200700010000800086&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>88. Simon,  Herbert A. (1979) &quot;Rational Decision Making in Business Organizations&quot;, <i>American Economic Review</i>, 69: 493-513.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S0121-4772200700010000800087&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>89. Simon,  Herbert A. (1986) &quot;Rationality in Psychology and Economics&quot;, <i>The Journal of Business</i>, 59, The Behavioral  Foundations of Economic Theory (October): S209-S224.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000154&pid=S0121-4772200700010000800088&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>90. Stoner,  James A. F. (1968) &quot;Risky and Cautious Shifts in Group Decisions: The Influence  of Widely Held Values&quot;, <i>Journal of  Experimental Social Psychology</i>, 4: 442-459.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000155&pid=S0121-4772200700010000800089&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>91. Tarde,  Gabriel (1903) <i>The Laws of Imitation</i>.  Reimpresi&oacute;n,  Gloucester, Mass.: Peter Smith, 1962.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000156&pid=S0121-4772200700010000800090&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>92. Turner,  John C. (1991) <i>Social Influence</i>, Pacific Grove:  Brooks/Cole.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000157&pid=S0121-4772200700010000800091&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>93. Turner,  John C. (1987) &quot;A Self-Categorization Theory&quot;, en John C. Turner, Michael A.  Hogg, Penelope J. Oakes, Stephen D. Reicher and Margaret S. Wetherell (editores), <i>Rediscovering the Social Group: A  Self-categorization Theory</i>, 42-67, Oxford: Blackwell Publishers.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000158&pid=S0121-4772200700010000800092&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>94. Turner,  John C. and Penelope J. Oakes (1989) &quot;Self-Categorization Theory and Social  Influence&quot;, en Paul B. Paulus (editor), <i>The  Psychology of Group Influence</i>, 233-275, Hillsdale, N.J.: Erlbaum.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000159&pid=S0121-4772200700010000800093&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>95. Turner,  Marlene C., Anthony R. Pratkanis and Tara Samuels (2003) &quot;Identity  Metamorphosis and Groupthink Prevention: Examining Intel&#8217;s Departure from the  DRAM Industry&quot;, en S. Alexander Haslam, Daan van Knippenberg, Michael J. Platow  and Naomi Ellemers (editores), <i>Social  Identity at Work: Developing Theory for Organizational Practice</i>, 117-136. New York and Hove:  Psychology Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000160&pid=S0121-4772200700010000800094&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>96. Van  Ginneken, Jaap (1992) <i>Crowds, Psychology,  and Politics</i>, New York: Cambridge University  Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000161&pid=S0121-4772200700010000800095&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>97. Van  Ginneken, Jaap (2003) <i>Collective Behavior  and Public Opinion: Rapid Shifts in Opinion and Communication</i>, New York: Lawrence  Erlbaum.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000162&pid=S0121-4772200700010000800096&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>98. Van  Ginneken, Jaap (2004) &quot;Social Orientations&quot;, en Jeroen Jansz and Peter van  Drunen (editores) <i>A Social History of  Psychology</i>, Oxford:  Blackwell University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000163&pid=S0121-4772200700010000800097&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>99. Veblen,  Thorstein B. (1899) <i>The Theory of the  Leisure Class</i>, New York: Dover.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000164&pid=S0121-4772200700010000800098&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>100. Veblen,  Thorstein B. (1900) &quot;The Preconceptions of Economic Science&quot;, <i>The Quarterly Journal of Economics</i>, 14  (February): 240-269.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000165&pid=S0121-4772200700010000800099&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>101. Veblen,  Thorstein B. (1909) &quot;The Limitations of Marginal Utility&quot;, <i>The Journal of Political Economy</i>, 17 (November): 620-636.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000166&pid=S0121-4772200700010000800100&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>102. Wetherell,  Margaret S. (1987) &quot;Social Identity and Group Polarization&quot;, en John C. Turner,  Michael A. Hogg, Penelope J. Oakes, Stephen D. Reicher, and Margaret S.  Wetherell (editores) <i>Rediscovering the  Social Group: A Self-Categorization Theory</i>, 142-170. Oxford: Blackwell Publishers.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000167&pid=S0121-4772200700010000800101&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></body></html>           ]]></body><back>
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