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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[La conexión cubana: Narcotráfico, contrabando y juego en Cuba entre los años 20 y comienzos de la Revolución]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="2">     <p>    <br></p>     <p>    <br></p>     <p><font size="3"><b>       <center>     La conexi&oacute;n cubana. Narcotr&aacute;fico, contrabando y juego en Cuba entre los a&ntilde;os 20 y comienzos de la Revoluci&oacute;n   </center> </b></font></p>      <p><a name="f1">    <br></a></p>     <p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<center><img src="/img/revistas/inno/v15n25/25a09f1.jpg"></center></p>      <p>    <br></p>     <p>En su m&aacute;s reciente trabajo, el profesor Eduardo S&aacute;enz Rovner refleja un punto de quiebre frente al tema que ven&iacute;a trabajando desde hace una d&eacute;cada, circunscrito a la historia empresarial colombiana, espec&iacute;ficamente a las relaciones entre el sector industrial y el Estado durante el periodo de 1940 a 1957.</p>     <p> No obstante, la tesis central de sus investigaciones sigue presente, y es que no existen posiciones d&oacute;ciles u obedientes en las relaciones de poder, tal como lo expres&oacute; en sus libros <i>Colombia a&ntilde;os 50. Industriales, pol&iacute;tica y diplomacia</i> (2002) y <i>La ofensiva empresarial. Industriales, pol&iacute;ticos y violencia en los a&ntilde;os 40 en Colombia</i> (1992). En ellos desmitifica la supuesta posici&oacute;n sumisa de un pa&iacute;s como Colombia en v&iacute;a de desarrollo, frente a los bienes y servicios for&aacute;neos, y prueba que lo que existe es un poder nacional que negocia y defiende los intereses de unos sectores espec&iacute;ficos, entregando y sacrificando a aquellos que no tienen quien los represente y proteja, pero que de ning&uacute;n modo significa una imposici&oacute;n resignada al pensamiento pol&iacute;tico, econ&oacute;mico e ideol&oacute;gico de una potencia como los Estados Unidos.</p>     <p> En este nuevo libro, S&aacute;enz defiende una vez m&aacute;s esta idea, cuando dice que &ldquo;Cuba no fue una simple v&iacute;ctima, sino que jug&oacute; un papel muy activo en el fen&oacute;meno del narcotr&aacute;fico. El comercio internacional de drogas ilegales va m&aacute;s all&aacute; de la demanda de los pa&iacute;ses consumidores; adem&aacute;s, un pa&iacute;s o una regi&oacute;n no se vuelve sede de redes de narcotraficantes por simple proximidad geogr&aacute;fica a los mercados&rdquo; (p. 24). Asimismo, Sa&eacute;nz analiza otros fen&oacute;menos como el contrabando y el juego en la isla.</p>     <p> Para demostrar esta idea, el autor examina la condici&oacute;n econ&oacute;mica, pol&iacute;tica, social y judicial de Cuba. El punto de partida de su an&aacute;lisis es la prohibici&oacute;n norteamericana a la producci&oacute;n y venta de alcohol en los a&ntilde;os veinte, y el punto de llegada, los primeros a&ntilde;os de la Revoluci&oacute;n Cubana. Para esto recurri&oacute; a documentaci&oacute;n in&eacute;dita ubicada en el Archivo Nacional de Cuba y en los Archivos Nacionales de Estados Unidos, principalmente los relacionados por el Departamento de Estado y la agencia americana antinarc&oacute;ticos o Federal Bureau of Narcotics (FBN), adem&aacute;s de peri&oacute;dicos cubanos y americanos. Cabe destacar la mirada estrat&eacute;gica que S&aacute;enz utiliz&oacute; al consultar los comunicados de los embajadores brit&aacute;nicos durante el periodo, relacionados en la publicaci&oacute;n de University Publications of America con el t&iacute;tulo British Documents of Foreign Affairs: Reports and Papers from the Foreign Office Confidential Print, ya que en cierta medida se convierte en una observaci&oacute;n ajena a las circunstancias, pero con un diagn&oacute;stico agudo sobre la situaci&oacute;n cubana. Todo esto complementado con una extensa bibliograf&iacute;a secundaria de libros y art&iacute;culos de autores americanos y latinos. Es precisamente esa rigurosidad en el manejo abundante de fuentes lo que convierte la lectura del libro en un momento de goce para el lector, al dejarle una sensaci&oacute;n de haber conocido y entendido algo que seguramente asum&iacute;a de forma diferente. Adem&aacute;s, cabe destacar el anexo de 16 fotograf&iacute;as de distintos lugares y personajes que aparecen a lo largo de su narraci&oacute;n, lo que enriquece a&uacute;n m&aacute;s la lectura.</p>     <p> El libro tiene un pr&oacute;logo bastante provocador, en donde aparece una de las dos &uacute;nicas referencias a colombianos inmersos en el narcotr&aacute;fico, y que ten&iacute;an nexos con familias de abolengo en el pa&iacute;s. &ldquo;A finales de diciembre de 1956, los hermanos Rafael y Tom&aacute;s Herr&aacute;n Ol&oacute;zaga fueron capturados en La Habana con un cargamento de hero&iacute;na avaluado en 16.000 d&oacute;lares&rdquo; (p. 17).</p>     <p> El relato de S&aacute;enz Rovner empieza con una explicaci&oacute;n sobre c&oacute;mo la prohibici&oacute;n de la fabricaci&oacute;n y venta de bebidas alcoh&oacute;licas promulgada por una enmienda constitucional, y complementada por una ley del Congreso americano en 1919, foment&oacute; que Cuba, dada su proximidad con los Estados Unidos, se convirtiera en un espacio propicio para el contrabando de licores, especialmente de ron. As&iacute; fue como La Habana, en su car&aacute;cter de ciudad cosmopolita gracias al comercio del az&uacute;car, lider&oacute; esta econom&iacute;a subrepticia. En 1924 el Consulado General de los Estados Unidos en La Habana dec&iacute;a que &eacute;sta se hab&iacute;a convertido en la base principal para las operaciones de contrabando de licores, de narc&oacute;ticos e inmigrantes ilegales.</p>     <p> Ante estos fen&oacute;menos, las medidas para combatirlo no se hicieron esperar, y en 1926 se firmaron tres tratados entre Cuba y los Estados Unidos con el &aacute;nimo de controlar esta situaci&oacute;n. Sin embargo, la cosa no funcion&oacute; bien, dada la corrupci&oacute;n y debilidad de las autoridades cubanas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> S&aacute;enz identifica c&oacute;mo la inestabilidad pol&iacute;tica de Cuba durante la primera mitad del siglo XX, reflejada en el hecho que entre 1902 y 1958 no hubo un a&ntilde;o sin conspiraciones, levantamientos o asesinatos pol&iacute;ticos, propici&oacute; un clima apto para que la corrupci&oacute;n prosperara, y por ende los traficantes de narc&oacute;ticos tuvieran un espacio m&aacute;s que ventajoso para su actividad. As&iacute;, en la d&eacute;cada de los treinta, a consecuencia de la Gran Depresi&oacute;n y por ende la brutal ca&iacute;da del precio del az&uacute;car, surgieron revueltas sociales entre 1933 y 1934 que generaron el derrocamiento de gobiernos como el de Gerardo Machado a manos de Ram&oacute;n Grau San Mart&iacute;n, quien luego renunciar&iacute;a por &ldquo;las presiones norteamericanas, sumadas a la falta de apoyo de las fuerzas armadas bajo la direcci&oacute;n de Batista&rdquo; (p. 61).</p>     <p> Entre tanto, el comercio de narc&oacute;ticos &ndash;morfina, hero&iacute;na y coca&iacute;na&ndash; se incrementaba desde los laboratorios europeos legales, principalmente los ubicados en Alemania, Gran Breta&ntilde;a, Francia, Holanda y Suiza. La forma de operar era por medio de los marineros que compraban peque&ntilde;as cantidades en bares de puertos europeos para luego venderlas en La Habana, y de ah&iacute; reexportarlas hacia los Estados Unidos. A pesar de las denuncias constantes de los norteamericanos a trav&eacute;s de los informes del Federal Bureau of Narcotics, dirigido por Harry Anslinger, Cuba tard&oacute; once a&ntilde;os en ratificar la Convenci&oacute;n de la Sociedad de las Naciones sobre narc&oacute;ticos que tuvo lugar en Ginebra en 1936, y en la que se obligaba a la creaci&oacute;n en cada pa&iacute;s signatario de una polic&iacute;a especializada para combatir el tr&aacute;fico y consumo de narc&oacute;ticos, aduciendo que este mecanismo policial ya estaba presente en la isla.</p>     <p> No obstante, S&aacute;enz es claro al manifestar que no se puede aseverar la existencia de una alianza de los gobiernos cubanos de la &eacute;poca con traficantes de narc&oacute;ticos. &Eacute;l argumenta que durante la Segunda Guerra Mundial y los primeros a&ntilde;os de la posguerra, bajo los gobiernos de los presidentes Ram&oacute;n Grau San Mart&iacute;n (1944-1948), Carlos Pr&iacute;o Socarr&aacute;s (1948-1952) y Fulgencio Batista (1940-1944, 1952-1956), el fen&oacute;meno de corrupci&oacute;n no represent&oacute; que los tent&aacute;culos del tr&aacute;fico de narc&oacute;ticos salpicaran a la clase dirigente del pa&iacute;s. Para &eacute;l, la participaci&oacute;n se dio en mandos medios del Ejecutivo, y sobre todo en la Rama Judicial; &ldquo;el problema de la impunidad en cuanto al narcotr&aacute;fico en Cuba durante el segundo gobierno de Batista estuvo m&aacute;s relacionada con el poder judicial que con el ejecutivo y que, en algunos casos clave, el gobierno s&iacute; colabor&oacute; para aprehender y deportar varios criminales extranjeros&rdquo; (p. 181). Por ejemplo, en el gobierno de Grau fue deportado el famoso mafioso Lucky Luciano, ante las presiones del gobierno americano por las acusaciones de Anslinger de traficar con narc&oacute;ticos, situaci&oacute;n que nunca fue comprobada, y que S&aacute;enz ratifica con la revisi&oacute;n que &eacute;l mismo hizo de innumerables documentos sobre el tema.</p>     <p> Para el autor, el cuestionamiento a los presidentes cubanos gir&oacute; alrededor del est&iacute;mulo que le dieron al negocio del juego, es decir, a las apuestas y los casinos ubicados en los hoteles, espacios manejados por mafiosos americanos, quienes se hab&iacute;an trasladado a Cuba luego de que el senador por Tennessee, Estes Kefauver, impulsara en 1950 una resoluci&oacute;n para crear un comit&eacute; que investigara el crimen organizado en los Estados Unidos. La dictadura de Batista expidi&oacute; una ley en 1955 que otorgaba beneficios tributarios para la construcci&oacute;n de nuevos hoteles, y facilitaba la instalaci&oacute;n de casinos en los mismos y en los clubes nocturnos. Adem&aacute;s cre&oacute; el Banco de Desarrollo Econ&oacute;mico y Social (Bandes), que financiaba a inversionistas nacionales y extranjeros hasta el 50% de la inversi&oacute;n en hoteles nuevos. Entre 1952 y 1958 se abrieron 28 nuevos hoteles, entre ellos El Riviera, del reconocido mafioso jud&iacute;o Lansky. Sin embargo, el autor advierte que la actividad del juego no fue llevada a Cuba por los mafiosos y que por el contrario dicha cultura se remonta a la &eacute;poca colonial.</p>     <p> En todo caso, S&aacute;enz deja claro que &ldquo;las empresas tur&iacute;sticas no eran empresas fachadas dedicadas a lavar d&oacute;lares provenientes del narcotr&aacute;fico&rdquo; (p. 145), en la medida en que los ingresos de una y otra actividad no ten&iacute;an comparaci&oacute;n, ya que los casinos superaban ampliamente a los narc&oacute;ticos y eran un negocio legal.</p>     <p> La relaci&oacute;n entre la mafia americana y el negocio de narc&oacute;ticos tuvo sus nexos hasta cuando en 1956 los Estados Unidos, a trav&eacute;s del Narcotics Control Act, incrementaron las penas por narcotr&aacute;fico, sin oportunidad de beneficios de libertad bajo palabra y periodos de prueba. &ldquo;Fue entonces cuando se reunieron los mafiosos norteamericanos en Apalachin, en el estado de Nueva York, y la mayor&iacute;a de ellos decidi&oacute; desvincularse de las operaciones de drogas; los que no, operar&iacute;an los negocios de alto nivel de la importaci&oacute;n de la hero&iacute;na a trav&eacute;s de los sicilianos y los franceses de origen corso...&rdquo; (p. 185).</p>     <p> Los nexos de Cuba con el tr&aacute;fico de narc&oacute;ticos tiene su g&eacute;nesis durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando surgi&oacute; la necesidad de mano de obra barata para trabajar en las plantaciones azucareras, y se introdujeron trabajadores chinos, conocidos como coolies, y con ellos el consumo del opio. En los primeros 50 a&ntilde;os del siglo XX aparecen redes con enlaces en M&eacute;xico, Medio Oriente, Pa&iacute;ses Andinos y Francia. El puerto de Marsella era paso intermedio para la coca&iacute;na y hero&iacute;na tra&iacute;das de Turqu&iacute;a hacia Cuba, y luego introducidas a los Estados Unidos y Canad&aacute;. Los franceses de origen corso, due&ntilde;os de clubes nocturnos en La Habana, traficaban con estas sustancias a trav&eacute;s de la provincia de Camag&uuml;ey. La coyuntura para que individuos de origen andino hayan tenido chance en este negocio fue la situaci&oacute;n generada por la Segunda Guerra Mundial, al dejar por fuera del circuito comercial a los europeos y &aacute;rabes que estaban ocupados en otros menesteres, quiz&aacute;s m&aacute;s productivos como la guerra. Lo curioso es que en esta parte de la historia, Colombia a&uacute;n no tiene presencia en este circuito, las referencias son a Per&uacute;, Bolivia, Chile y Argentina. Realmente el fen&oacute;meno del narcotr&aacute;fico que tiene como puente a Cuba para llegar a los Estados Unidos, durante el periodo de estudio escogido por S&aacute;enz, muestra un negocio todav&iacute;a muy peque&ntilde;o, en el que los traficantes ten&iacute;an sus couriers, lo que en nuestro lenguaje se conoce como &ldquo;mulas&rdquo;, para el env&iacute;o de algunos gramos, libras y kilos, sin llegar a la modalidad de hoy d&iacute;a, que se hace en toneladas.</p>     <p> La &uacute;ltima parte del libro hace un examen sobre la pol&iacute;tica de antinarc&oacute;ticos agenciada por los Estados Unidos a trav&eacute;s del Federal Bureau of Narcotics y la revoluci&oacute;n cubana en cabeza de la figura de Fidel Castro. La conclusi&oacute;n es que la cooperaci&oacute;n dur&oacute; hasta cuando el pensamiento pol&iacute;tico ideol&oacute;gico de las partes lo permiti&oacute;, es decir, el primer a&ntilde;o y medio de la revoluci&oacute;n; una vez se rompieron relaciones, los Estados Unidos asumieron el tr&aacute;fico de narc&oacute;ticos como un instrumento de agresi&oacute;n a Cuba, al acusarla de utilizar este mecanismo como un proyecto comunista para minar a la sociedad americana, lo que convirti&oacute; el problema en justificaci&oacute;n para una intervenci&oacute;n militar de los Estados Unidos. Desde luego que todo esto fue una excusa con el objetivo de evitar que los cubanos exportasen la revoluci&oacute;n al resto del continente.</p>     <p> Es claro entonces que el clima de anarqu&iacute;a pol&iacute;tica y corrupci&oacute;n generalizada, sumado a la integraci&oacute;n econ&oacute;mica de Cuba al comercio internacional, junto con las migraciones de chinos, espa&ntilde;oles, &aacute;rabes, franceses y americanos contribuyeron a que el narcotr&aacute;fico se fortaleciese en la isla. Por lo tanto, el narcotr&aacute;fico en Cuba fue un negocio de inmigrantes que requiri&oacute; capital y conexiones internacionales.</p>     <p> Una de las conclusiones que cabe destacar del trabajo de S&aacute;enz es que desmitifica que en la Cuba prerrevolucionaria el narcotr&aacute;fico fuera un tipo de negocio permitido. Pero sin lugar a dudas, lo m&aacute;s significativo es poner en evidencia que el narcotr&aacute;fico no es un fen&oacute;meno contempor&aacute;neo cuyo origen corresponda a la iniciativa de algunos colombianos, circunstancia que solo se desarrollar&aacute; en forma sistem&aacute;tica y organizada a partir de 1960 en el pa&iacute;s. Es de suponer que este libro es el preludio de futuros trabajos sobre el tema por parte del profesor S&aacute;enz, lo que contribuir&aacute; a una mayor claridad sobre las verdaderas ra&iacute;ces del mal que estigmatiza a Colombia en el mundo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>    <br></p>     <p><b><i> Fabi&aacute;n Ricardo Acu&ntilde;a Calder&oacute;n     <br> Profesor de la Escuela de Administraci&oacute;n y Contadur&iacute;a, Universidad Nacional de Colombia</i></b></p> </font>      ]]></body>
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