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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Hamlet, en el principio de la modernidad: el juicio al rey]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="2">       <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><font size="4"><b>Hamlet, en el   principio de la modernidad: el juicio al rey<a href="#_ftn1" name="_ftnref1" title="">*</a></b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p> </font>    <p align="center"><font size="3" face="Verdana"><b>Hamlet, at the beginning of Modernity: The Trial of the King</b></font></p>  <font face="Verdana" size="2">    <p>&nbsp;</p>  </font>    <p><font size="2" face="Verdana"><i><b>Mario Yepes Londoño</b></i>**</font></p>  <font face="Verdana" size="2">    <p>&nbsp;</p> </font>     <p><font size="2" face="Verdana">** Profesor titular en la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia hasta el a&ntilde;o 2003, donde fund&oacute; la Escuela de Teatro en 1975. Maestro en Arte Dram&aacute;tico Honoris Causa y Mag&iacute;ster en Ciencia Pol&iacute;tica de la misma Universidad. Actualmente docente de c&aacute;tedra en las Universidades de Antioquia y Nacional de Colombia, Sede Medell&iacute;n. E-Mail: <a href="mailto:mayepes@epm.net.co"> mayepes@epm.net.co </a></font></p> <font face="Verdana" size="2">    <p>&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p>Entre los muchos momentos y aspectos   que pueden interesar en <i>Hamlet   </i>hay   algunos puntos que vuelven a salir desordenadamente a la superficie por<i> </i>diversos est&iacute;mulos. Una   vez son &eacute;stos, otra vez son aquellos, pero siempre<i> </i>renuevan el inter&eacute;s por la totalidad   de esta obra literaria de Shakespeare. Digo<i> </i>literaria porque entre nosotros es   casi imposible acudir a puestas en escena<i> </i>de cl&aacute;sicos, a menos que se recurra   a las mismas versiones cinematogr&aacute;ficas,<i> </i>vistas y o&iacute;das una y otra vez.</p>     <p>Quiero tratar aqu&iacute; uno de esos puntos que considero particularmente inquietante: las razones del aplazamiento, que no de la indecisi&oacute;n, del protagonista para ejercer la venganza. De aqu&iacute; se desprender&aacute; lo que se anuncia en el t&iacute;tulo de este art&iacute;culo: en el curso de la obra, Hamlet adelanta un verdadero proceso para juzgar al Rey de Dinamarca, su t&iacute;o, acusado de asesinar al viejo monarca y padre del pr&iacute;ncipe.</p>      <p>Este de la indecisi&oacute;n y la duda es un tema que ha desvelado a lectores, espectadores, actores y directores, para no hablar de las terminantes palabras de los cr&iacute;ticos, durante siglos. Se habla de Hamlet como el paradigma de la duda y de la "indecisi&oacute;n" y de que &eacute;stas ser&iacute;an las marcas esenciales de su car&aacute;cter. Conclu&iacute;do el asunto. De aqu&iacute; se desprender&iacute;a que todo lo que le pase a Hamlet a partir de su primer regreso a Dinamarca se debe a que es un ser irresoluto; y, encima, en la com&uacute;n creencia, melanc&oacute;lico seg&uacute;n el significado terrible de su tiempo, decididamente loco nada fingido para lectores superficiales de hoy, y que esas dos caracter&iacute;sticas lo van a volver presa f&aacute;cil de esp&iacute;ritus m&aacute;s vivos y resueltos como el Rey y Laertes. Resuelto el problema para actores simples y para lectores de frases c&eacute;lebres: Hamlet es un car&aacute;cter irresoluto, apocado, perpetuamente con la mano en el considere, incapaz de decidirse a la venganza o en cambio a disponer de su propia vida, de hablar arrastrado y movimientos torpes, cuando no se halla detenido contemplando una calavera. Tal visi&oacute;n es heredada de otros lectores del pasado: un autor an&oacute;nimo del siglo XVIII citado en la edici&oacute;n Norton, postula que, dado el error de Shakespeare al ceñirse tanto a su plan de poner a Hamlet a fingir la locura (con lo cual pondr&iacute;a en tan grave peligro su vida y su proyecto de venganza), cometi&oacute; un grave absurdo: el de que un joven y noble pr&iacute;ncipe como el dan&eacute;s, valiente y resuelto como deb&iacute;a serlo, no mata de inmediato a su t&iacute;o como correspond&iacute;a; tal absurdo s&oacute;lo tiene una explicaci&oacute;n, dice el autor, y es que seguramente Shakespeare tuvo que considerar el hecho de que una inmediata decisi&oacute;n de venganza hubiese puesto fin prematuro a la obra teatral; que al caer en cuenta de tal cosa, Shakespeare hizo bien, pero que entonces tendr&iacute;a que haber encontrado una buena raz&oacute;n para haber aplazado la venganza de Hamlet (Cf. Anonymous, 1963).<a href="#_ftn3" name="_ftnref3" title="">[1]</a></p>      <p>Pero no es lo mismo la duda que la indecisi&oacute;n. La duda es la virtud de la raz&oacute;n, de aquella que no se satisface con la fe ni se deja enredar a perpetuidad en las trampas de la propia ideolog&iacute;a. El que duda no es necesariamente indeciso: puede perfectamente arribar a conclusiones para la acci&oacute;n justa, incluso cuando &eacute;sta parece para otros impulsiva cuando el personaje alcanza la convicci&oacute;n. Que Hamlet duda, creo que es evidente en ciertos momentos cuando el texto es expl&iacute;cito. Que se halla perpetuamente "indeciso", lo dudo. Duda, incluso hasta el punto de permitirse poner trampas de duda a sus interlocutores, por ejemplo cuando sus amigos fieles le cuentan por primera vez que apareci&oacute; el espectro de su padre y les somete a minucioso interrogatorio. Duda cuando se plantea, en el m&aacute;s famoso soliloquio (Ser o no ser) la conducta frente a la conservaci&oacute;n de la vida, y el riesgo del castigo eterno, una consideraci&oacute;n que ya hab&iacute;a iniciado desordenadamente en el primer mon&oacute;logo de la obra. Duda de la oportunidad y validez de matar al Rey cuando lo encuentra orando, y entonces tiene excelentes razones para no decidirse por el asesinato en ese momento.</p>      <p>Prefiero decir que, incluso en estos casos extremos, Hamlet duda porque razona. Y razona a velocidades y con una precisi&oacute;n inalcanzables para quienes lo rodean, cuando se permite dejar salir los pensamientos enigm&aacute;ticos que son su coraza y su afilado estilete verbal, enfrentado con aquellos a quienes eventualmente señalar&aacute; <i>decididamente </i>como objeto de su venganza mientras busca su oportunidad para dar los &uacute;ltimos golpes: el Rey, Rosencrantz y Guildestern, a cada quien por sus ganados m&eacute;ritos. A estos y a Polonio, a Osric, incluso a Laertes pese al afecto profundo que le tiene, a todos los pastorea burlonamente mientras observa y calcula c&oacute;mo se va jugando la partida. Con el viejo consejero del Rey, padre de su amada Ofelia y de Laertes, el Pr&iacute;ncipe cae en una de esas trampas a la manera de aquellas puestas por el destino de la tragedia cl&aacute;sica y que lo van a arrastrar a la agon&iacute;a de una venganza a la que se resiste por las pot&iacute;simas razones que veremos: Hamlet no sabe en el primer momento (pero &#191;lo intuye?) que la estocada sobre el tapiz de Arras ha traspasado a Polonio, pero s&iacute; es consciente de que est&aacute; matando a un testigo entremetido, a un informante del Rey, quiz&aacute;s al Rey mismo que (digo yo) podr&iacute;a haberse deslizado all&iacute; por alg&uacute;n pasaje secreto, despu&eacute;s de la escena de la capilla; en seguida, comprobada la identidad del viejo, se da cuenta de que con esta nueva peripecia acaba de iniciar el camino, de consecuencias tr&aacute;gicas, de la certeza recientemente conseguida frente al escenario de los comediantes. Polonio muerto es privar al Rey de su informante m&aacute;s acucioso, y hora Rey y Hamlet saben que toda la informaci&oacute;n del inevitable juego mortal vendr&aacute; de la confrontaci&oacute;n; mejor dicho, dado lo desigual de la lucha (para ambos: por un lado el poder, por el otro la inteligencia), de la capacidad de cada uno para afrontar las trampas del otro. La Reina es otra cosa; el lenguaje de Hamlet frente a ella est&aacute; controlado por el mandato perentorio y la vigilancia del padre espectral. Ofelia es aquella a quien quiz&aacute; no deseara tratar del modo como lo hace, pero Ofelia es peor tratada que todos porque para Hamlet ella es tal vez el &uacute;nico obst&aacute;culo serio, el &uacute;nico atractivo s&iacute;mbolo de vida que podr&iacute;a alejarlo de su senda de muerte, y por eso tiene que ser decididamente removido, sin vacilaci&oacute;n posible, pero con un dolor que ning&uacute;n circunstante de Elsinor puede apreciar, dolor que s&oacute;lo veremos nosotros, los que leemos, y Horacio (su alter ego siempre), sobre todo en la escena inicial del cementerio. Porque la escena siguiente junto a la tumba de Ofelia, con todo y su dolor aut&eacute;ntico, es vista por los otros como una profanaci&oacute;n, que corresponde a la locura diagnosticada por su antagonista, y entonces Hamlet no se niega a la representaci&oacute;n a que se debe: act&uacute;a como un loco furioso. As&iacute; nos lo muestra la desmesura de sus lenguajes. Nueva coherencia de su actuaci&oacute;n que llega a la confrontaci&oacute;n personal y violenta con Laertes, que empuja un grado m&aacute;s arriba la certeza de &eacute;ste y del Rey: hay que quitarlo de en medio.</p>      <p>Estamos hablando, incidentalmente, de una cuesti&oacute;n de lenguajes diversos, verbales y no verbales, del personaje, que Shakespeare le plantea al actor que represente al protagonista. El lenguaje de cada una de las relaciones de Hamlet es una clave excelente para juzgar sus afectos, o mejor dicho la elecci&oacute;n que hace de afectos supervivientes y de afectos enterrados. Esto, que parece tan obvio para cualquier personaje literario o teatral, en ning&uacute;n caso llega a ser tan extremo como en <i>Hamlet</i><b>. </b>Porque es tan distinto el trato verbal y m&aacute;s a&uacute;n el de sus acciones con aquellos a quienes quiere, que el que usa con los enemigos identificados, que llega a establecer dos c&oacute;digos de imposible intercambio. Entre los primeros, que adem&aacute;s no representan cuestionamiento a su proyecto: Horacio, los guardias viejos del tiempo de su padre que lo llevan ante el espectro, los comediantes y los sepultureros, con ellos Hamlet es directo, sin sombras, sin burlas aunque franco para señalar. As&iacute;, en el caso de los actores, cuyo respetuoso y discreto afecto por el Pr&iacute;ncipe es correspondido por &eacute;ste con camarader&iacute;a en el reconocimiento personal a cada uno, con demostraci&oacute;n de aprecio por el oficio cuando cita textos y situaciones dram&aacute;ticas, y con sincero inter&eacute;s did&aacute;ctico cuando ataca los que ve como defectos del desempeño profesional; aqu&iacute; el que habla es, por supuesto, Shakespeare, continuador, con las escenas aludidas, de un di&aacute;logo cr&iacute;tico del oficio, con mordacidades que se extend&iacute;an por todo Londres, de una obra a la otra, de un escenario al otro, de una taberna a la otra. Y est&aacute;, finalmente, el lenguaje de los mon&oacute;logos; en <i>Hamlet </i>o en cualquiera de sus obras, el lenguaje destinado por Shakespeare para hablar el personaje consigo mismo y con la historia, con todos nosotros. El mon&oacute;logo es el foro m&aacute;ximo de la ret&oacute;rica y de la hondura deliberante en el teatro del Renacimiento, en Inglaterra, en España, en Francia. Aqu&iacute; est&aacute;n al mismo tiempo dos instancias: el juicio del personaje sobre la propia acci&oacute;n, y el juicio sobre los dem&aacute;s; en <i>Hamlet</i>, por fuerza, porque &eacute;l ha de decidir por s&iacute; y ante s&iacute;, el mon&oacute;logo es el &aacute;mbito y el discurso del proceso a los inculpados. <i>Hamlet duda porque razona, digo, pero</i> <i>igual se podr&iacute;a decir que razona porque duda. </i>Lo contrario ser&iacute;a un discurso flu&iacute;do, pero sin la sustancia del permanente cuestionamiento. Que esta es la clave de la Ilustraci&oacute;n humanista, caracter&iacute;stica de la Edad Moderna que surgi&oacute; del Renacimiento para alcanzar su culminaci&oacute;n en el siglo XVIII, pero hunde sus ra&iacute;ces m&aacute;s hondas en el gran pensamiento disidente de la Edad Media, es decir, en el que recogi&oacute; la tradici&oacute;n ortodoxa y se permiti&oacute; dudar de ella, particularmente desde el siglo XII.<a href="#_ftn4" name="_ftnref4" title="">[2]</a> Riqueza de la heterodoxia que pertenece a los dos tiempos, y que jam&aacute;s tendr&aacute; la ortodoxia recalcitrante anclada en el puerto seguro de sus certezas y de la Verdad que cree pertenecerle desde siempre y para siempre; la que, posey&eacute;ndola, hace buenos <i>per se </i>a quienes la profesan y por ello creen que todo les est&aacute; permitido.</p>      <p>Podemos suponer con alguna intuici&oacute;n surgida de la lectura, que hay en Shakespeare un barrunto de esta riqueza cuando toma la leyenda (o la historia) del pasado —lo hizo en otras varias obras—, leyenda perteneciente a otro mundo, el de la temprana Edad Media, y la re-presenta en ese mundo pret&eacute;rito, pero los personajes evocados y resucitados sobre la escena son puestos a discurrir (a confrontar su pensamiento y sus acciones) frente al p&uacute;blico de los siglos XVI y XVII. No parece interesarle a Shakespeare el anacronismo, sino ese di&aacute;logo de la cultura; desde su momento, rodeado de personajes de la nobleza, la burgues&iacute;a y el pueblo de Londres que juntos y mezclados presenciaban el teatro de la era Isabelina como nos lo testimonia Ben Jonson, Shakespeare nos pone a pensar, como a su p&uacute;blico, en la supervivencia o en la decadencia de las instituciones y de los valores en el transcurso de la historia. No le estoy atribuyendo a Shakespeare gratuitamente ese prop&oacute;sito. Es que basta leerlo para comprobar que a cada paso sus personajes, los ilustrados pero tambi&eacute;n los que alcanzan la relevancia por la elevaci&oacute;n de sus acciones, no se limitan a vivir sus vivencias y sus hazañas sino que las escudriñan, las propias y las ajenas, y las analizan con minucioso detenimiento, a partir de los cuestionamientos de una &eacute;poca que, como la suya del Renacimiento, lo estaba interrogando todo y comprobando la breve vida de ciertas verdades eternas. Pero no es un examen arbitrario o general de una &eacute;poca asomada sobre otra. En la elecci&oacute;n de los temas de Shakespeare hay una constancia que se puede rastrear de una pieza en otra: la historia, las luchas por el poder (incluso las de &iacute;ndole popular) en Inglaterra o dondequiera que le sirva la par&aacute;bola; las f&aacute;bulas que se ocupan del amor, de la lealtad entre los hombres y las familias, la evoluci&oacute;n de los derechos, la admiraci&oacute;n por el saber, por el valor, por la moderaci&oacute;n y el ejercicio discreto del poder. Shakespeare es un hombre del Renacimiento y consciente de confrontar con &eacute;ste la herencia del pasado, del inmediato y del remoto, que el poeta, como otros esp&iacute;ritus agudos, reconoce vigente en las mentalidades que lo rodean, en la mayor&iacute;a que, como es notorio, suele hallarse m&aacute;s en el pasado que en el presente.</p>      <p>Podemos hacer el ejercicio mental de reconstruir el que hizo Shakespeare a su vez, frente a las fuentes legendarias de Hamlet. Deteng&aacute;monos por un momento en cu&aacute;les son. En primer lugar, acude a la cr&oacute;nica recientemente publicada en ingl&eacute;s (en 1570, seis años despu&eacute;s del nacimiento de Shakespeare), cuyo t&iacute;tulo original era <i>Histoires prodigieuses  extraites de plusieurs fameux</i> <i>auteurs</i>, escrita por el franc&eacute;s Francois de Belleforest (1530 1583). La obra, como hab&iacute;a ocurrido con la de Rafael Hollinshed sobre los hechos hist&oacute;ricos de los reyes de las islas brit&aacute;nicas, tuvo un &eacute;xito inmediato, particularmente entre los dramaturgos ingleses: como es bien sabido, &eacute;ste fue el momento de la tremenda competencia de los teatros de Londres, estimulada por empresarios audaces del tipo de Philip Henslowe, quienes formaban verdaderas f&aacute;bricas de libretos en una suerte de talleres de escritura dramat&uacute;rgica, en un momento en el cual florecieron tantos talentos. Un p&uacute;blico insaciable se beneficiaba de esa dura competencia, en la cual los varios teatros regentados por Shakespeare y sus amigos llevaban la mejor parte. Dramaturgos y p&uacute;blicos exig&iacute;an nuevas y truculentas historias, y ese era el vac&iacute;o que llenaban cr&oacute;nicas como las que comentamos.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Uno de los "fameux auteurs" de los que habla el t&iacute;tulo de Belleforest era el autor verdadero de la fuente primaria de <i>Hamlet</i>: &eacute;ste era un historiador dan&eacute;s del siglo XII (1150-1206) llamado <i>Hvad</i><b>, </b>m&aacute;s conocido por el seud&oacute;nimo con el cual firm&oacute; las Cr&oacute;nicas: <i>Saxo Grammaticus</i><b>. </b>La obra se llam&oacute; <i>Gesta</i> <i>danorum</i>, o <i>Historia danica</i>, que en nueve libros recog&iacute;a la historia y tradiciones danesas.</p>      <p>En realidad, Belleforest s&oacute;lo retom&oacute;, con variantes y algunos cortes, la cr&oacute;nica de Saxo Grammaticus. Esta es una cl&aacute;sica cr&oacute;nica medieval de los primeros siglos, de lucha por el poder entre los "b&aacute;rbaros" de una misma familia pol&iacute;tica, una historia &eacute;pica salpicada de detalles escabrosos, algunos de ellos humor&iacute;sticos. Veamos una s&iacute;ntesis: <i>Rorik </i>es el anciano y respetado rey de Dinamarca. Entre sus capitanes tiene a dos campeones, dos hermanos llamados <i>Horwendil y Feng</i>; el primero, maestro en el arte que, como dice el mismo texto, corresponde a todo guerrero n&oacute;rdico ambicioso y emprendedor: la pirater&iacute;a. Por petici&oacute;n de Rorik, Horwendil gobierna la lejana provincia de Jutlandia durante tres años, pero no abandona la pr&aacute;ctica de bucanero, que le da fama de valeroso, lo cual despierta la ambiciosa competencia de <i>Koll</i>, rey de Noruega, quien desea emular sus hazañas. Este Koll es, por supuesto, el referente para el Fortinbr&aacute;s de Shakespeare. Finalmente llegan, por mutuo acuerdo, a concertar un combate singular, en el cual, pese al valor de Koll, se concluye con la muerte de &eacute;ste y, tal como convinieran los duelistas, con la retirada de ambos ej&eacute;rcitos y el entierro del ca&iacute;do en una hermosa tumba por cuenta del vencedor. Horwendil toma la decisi&oacute;n de cubrirse las espaldas mediante la muerte de Sela, valiente guerrera y pirata, hermana del derrotado noruego Koll. El producto del enorme bot&iacute;n resultante de ambas expediciones fue compartido por Horwendil con su rey Rorik, quien, agradecido, lo mantiene en el gobierno de Jutlandia y le da por mujer a su hija <i>Geruth </i>(de donde <i>Gertrudis</i>). Con ella tuvo un hijo: <i>Amleth </i>(<i>Hamblet </i>en la versi&oacute;n de Belleforest).</p> </font>     <blockquote>       <p><font face="Verdana" size="2">Tanta dicha despert&oacute; los celos en Feng, el     cual, por lo tanto, resolvi&oacute; acechar a su hermano a traici&oacute;n, mostrando as&iacute; que     la bondad no se encuentra a salvo ni entre los de su mismo hogar. Y, prestad     atenci&oacute;n, cuando se le present&oacute; la oportunidad de asesinarle, su sangrienta     mano saci&oacute; la desenfrenada pasi&oacute;n de su alma. Enseguida tom&oacute; a la esposa del     hermano al que hab&iacute;a dado cruel muerte, y agreg&oacute; as&iacute; el incesto al     desnaturalizado asesinato. Porque quien cede a una iniquidad pronto cae v&iacute;ctima     de la siguiente, pues su primera es un incentivo para la segunda. As&iacute; mismo     vel&oacute; la monstruosidad de su acci&oacute;n con tal resoluta astucia, que cre&oacute; una     simulada buena voluntad para excusar su crimen y disculp&oacute; el fratricidio con     muestras de justicia por su parte. Gerutha, dec&iacute;a &eacute;l, aunque tan apacible que     no le har&iacute;a a nadie el m&aacute;s leve de los daños, era odiada con el peor de los     odios por su marido, y que hab&iacute;a sido para salvarla que hab&iacute;a matado a su     hermano, ya que consideraba vergonzoso que una dama tan d&oacute;cil y pac&iacute;fica     tuviese que sufrir el pesado desd&eacute;n de su esposo. Ni fallaron en su intenci&oacute;n     las mansas palabras; porque en las cortes, donde a veces son favorecidos los     tontos y preferidos aquellos que poseen una lengua ponzoñosa, a las mentiras no     les hace falta respaldo. Ni tampoco retuvo de ignominiosos abrazos las manos     que hab&iacute;an dado muerte al hermano, y prosigui&oacute; con igual maldad sus perversas e     impiadosas acciones.<a href="#_ftn5" name="_ftnref5" title="">[3]</a></font></p> </blockquote> <font face="Verdana" size="2">     <p>(Cu&aacute;nta sabidur&iacute;a en el texto sobre   los procederes para alcanzar la meritocracia en las cortes, piensa uno a la luz de su propio tiempo sombr&iacute;o).</p>     <p>Amleth empez&oacute; desde muy joven a   planear su venganza y a preparar las armas que emplear&iacute;a contra su t&iacute;o Feng, y   de toda acechanza se precavi&oacute; fingi&eacute;ndose tonto. Algunos cortesanos no le   cre&iacute;an, pero &eacute;l desarmaba la desconfianza de todos contestando siempre la   verdad de manera ingenua. Sin embargo, un cortesano muy amigo de Feng, convence   a &eacute;ste de que es necesario espiar a Amleth para sorprenderlo cuando no se   comporte como tonto y cuando pueda revelar alg&uacute;n plan de venganza contra Feng,   como cree el cortesano que debe ocurrir en la cabeza de Amleth. Para este amigo   de Feng, s&oacute;lo la madre de Amleth es garant&iacute;a de que el hijo abandone toda   desconfianza y fingimiento de tonter&iacute;a, ya que &eacute;ste le contar&iacute;a todo. As&iacute; se   hizo: Feng fingi&oacute; que sal&iacute;a a hacer un largo viaje y desapareci&oacute; por un tiempo,   mientras el cortesano cumpl&iacute;a con la Reina y Amleth una escena pintiparada a la   de Shakespeare de la muerte de Polonio en el cuarto de Gertrudis. Lo que sigue   es casi id&eacute;ntico, tambi&eacute;n: Feng, finge que ha regresado; averigua in&uacute;tilmente   por su cortesano y amigo, pero no cree la explicaci&oacute;n sincera de Amleth de lo   que hizo, verdaderamente, con el cad&aacute;ver de aquel, en un procedimiento    horrendo. Pero firme en su desconfianza, Feng decide enviar a Amleth, custodiado   por dos hombres, donde el rey de Bretaña con la orden de que lo mate; aqu&iacute;   Shakespeare se apoy&oacute; &iacute;ntegramente en la leyenda de Saxo, para reproducir   anal&oacute;gicamente en su obra lo que sigue, es decir el episodio del intento de   asesinato de Hamlet, al enviarlo el Rey dan&eacute;s a Inglaterra custodiado por   Rosencrantz y Guildestern, y el final inesperado que le da Hamlet. En la   Cr&oacute;nica, no s&oacute;lo Amleth cambia la orden de su muerte por la de sus custodios,   sino que cuando el rey bret&oacute;n la cumple, Amleth finge estar muy disgustado por   la que llama injusta muerte de sus acompañantes, y obtiene una indemnizaci&oacute;n   del rey de Bretaña. Adem&aacute;s, agrega una solicitud, supuestamente de Feng, para   que el rey de Bretaña d&eacute; su hija en matrimonio a Amleth. All&iacute; se queda &eacute;ste un año,   pero vuelve a Jutlandia para consumar su venganza, como lo hace de manera   terrible y envolviendo en ella a todos los cortesanos menos a su madre que, antes bien, le ayuda en la estratagema desarrollada.</p>     <p>Como vemos, una historia simple que   s&oacute;lo se acompleja cuando aparecen en la leyenda los cuidadosos enredos que   forja Amleth para preparar durante largo tiempo el escenario y la utiler&iacute;a de   la venganza sangrienta. No hay en la leyenda ninguna consideraci&oacute;n de derecho   ni de moral respecto de la acci&oacute;n de Amleth, y s&oacute;lo se hace la alabanza de su   astucia y su valor. Amleth no necesita averiguar nada porque todo lo sabe desde   el principio: el asesinato de su padre por el t&iacute;o, la seducci&oacute;n de su madre por   &eacute;ste mismo, y la prosecuci&oacute;n "con igual maldad (de) sus perversas e   ignominiosas acciones". Parad&oacute;jicamente, en esta Cr&oacute;nica que s&iacute; es directamente   un relato medieval de un hecho sucedido siglos atr&aacute;s, no hay intervenciones   sobrenaturales para bien ni para mal, ni espectros que regresen a reclamar   venganza, ni juicios supeditados a la intervenci&oacute;n y la sanci&oacute;n divinas, como   ser&iacute;a m&aacute;s l&oacute;gico esperar de un episodio, de un mundo y de un cronista (monje,   con seguridad, no lo s&eacute; pero me atrevo a jurarlo) que se hallaban inmersos en   todos los condicionamientos de la acci&oacute;n de la iglesia cristiana medieval, y   que, encima, cargaban a&uacute;n m&aacute;s pr&oacute;ximamente la herencia de supersticiones y   creencias de las antiguas culturas n&oacute;rdicas. En cambio, Shakespeare s&iacute; las pone   y de manera bien condicionante de la acci&oacute;n dram&aacute;tica, hasta el punto de que la   indagaci&oacute;n de Hamlet sobre la verdad de lo dicho por el espectro de su padre ocupar&aacute; buena parte de sus pensamientos y sus esfuerzos.</p>     <p>&#191;Qu&eacute; busca Shakespeare? Este tema se une con el planteado, el de la famosa duda e "indecisi&oacute;n" de Hamlet.</p>     <p>Planteo redondamente que   Shakespeare, quien hubiera podido acogerse totalmente a la leyenda y no   encartarse con espectros y cosas de ultratumba, pone de manera deliberada en su   obra <i>Hamlet   </i>—como en   otras— este conflicto precisamente para desarrollar un discurso sobre un debate   que se hallaba al orden del d&iacute;a, no s&oacute;lo en Inglaterra sino en toda la   Cristiandad, como uno de los cruciales para el humanismo de la &eacute;poca, en el   contexto complejo, imposible de ignorar, de la lucha de Reforma y Contrarreforma.   Como en Macbeth, como en varias obras de la Cr&oacute;nica Hist&oacute;rica, Shakespeare pone   los espectros y las brujas para cuestionarlos y desmontarlos. Pone en debate no   s&oacute;lo la supuesta existencia de tales apariciones, ya de santos, ya de malignos   personajes, que gobernar&iacute;an las vidas de los hombres y, por extensi&oacute;n en   algunos casos, las de las naciones (creencias que algunos reformados atribu&iacute;an   a supervivencias del pensamiento "papista"),<a href="#_ftn6" name="_ftnref6" title="">[4]</a> sino que esto le sirve   para situar el conflicto de la averiguaci&oacute;n de la verdad del crimen de su   padre, en el terreno jur&iacute;dico human&iacute;stico: es decir, en el de las <i>decisiones </i>(inclu&iacute;da la decisi&oacute;n de   la venganza social) tomadas tras la plena convicci&oacute;n del acusado <i>por razones</i> <i>demostrables</i>. &#191;Demostrables ante   qui&eacute;n? Ante &eacute;l mismo, ante Hamlet, quien razonablemente se ver&iacute;a a s&iacute; mismo   como el titular de la legitimidad y, en consecuencia, del correcto ejercicio de   la legalidad y de la justicia. El hecho es que se hallaba en solfa y en   suspenso la justicia por la carencia no s&oacute;lo de legalidad sino de legitimidad   de Claudio, el rey en funciones pero usurpador, asesino y, por si faltara un   impedimento legal originado en el orden moral religioso, adem&aacute;s ad&uacute;ltero e   incestuoso. De haberse exigido la indagaci&oacute;n por la muerte del Hamlet padre,   Claudio se hubiese visto en parecido predicamento al de Edipo: revelado ante   Corte y pueblo como el asesino obligado a indagar. Si bien Edipo, a diferencia   de Claudio, estaba ciego sobre su origen y las causas de su tragedia. A Claudio   era necesario juzgarlo, declararlo incompetente, impedido e indigno de ejercer   la autoridad y en consecuencia, derrocarlo. &#191;Matarlo? &#191;Cab&iacute;a todo esto? ¡Si el   Rey mismo era la Naci&oacute;n, la soberan&iacute;a, la justicia, la ley, el poder por si   faltara algo eficaz! S&iacute;, por todo lo dicho, pero sin obviar el proceso. De no ser as&iacute;, no hubiese aparecido la historia del crimen.</p>     <p>Ustedes se preguntar&aacute;n de d&oacute;nde   puedo sacar tal conclusi&oacute;n. Me dir&aacute;n: la orden del espectro es matar a Claudio.   Pero no. La orden del espectro es venganza. Siempre hemos entendido —todos— que   esa orden, y el juramento reiterado de Hamlet, significa ajusticiar a Claudio   con la muerte. La inveterada Ley del Tali&oacute;n. Pero en el texto, el espectro   nunca dice esto expl&iacute;citamente, y esto no puede ser una casualidad en el texto   de Shakespeare. Creo que cabe hacerse la pregunta de si Shakespeare deja   deliberadamente esta ambigüedad para poder justamente dar el juego a Hamlet de   discurrir acerca de la justicia, de la oportunidad y de la validez de una u   otra forma de ejercer la venganza social, y adem&aacute;s de, como le ordena el   espectro, <i>no     dejar </i>"[...] que el t&aacute;lamo real de Dinamarca sea un lecho de lujuria y criminal incesto".<a href="#_ftn7" name="_ftnref7" title="">[5]</a></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Cabe hacerse esta pregunta porque el   hecho incontrovertible es que Hamlet hace a lo largo de la obra toda clase de   esfuerzos para encontrar el momento oportuno de juzgar a su t&iacute;o; desdeña varias   oportunidades (por lo dem&aacute;s, &#191;cu&aacute;ntas, en las elipsis de la obra, aparte de las   que el texto nos presenta?) para cumplir la venganza en los t&eacute;rminos primitivos   y con la justicia arcaica; y no lo hace. Pero nunca vuelve a hablar del   juramento (&uacute;nicamente vuelve a referirse a la orden del espectro no cumplida,   cuando &eacute;ste lo acosa en la escena de la alcoba de Gertrudis), y s&oacute;lo se plantea   la utilidad de matar al Rey cuando se le ofrece la oportunidad &uacute;nica de   encontrarlo solo y abatido en la capilla donde Claudio reza abrumado por el   remordimiento. Espera para juzgar a Claudio. A &eacute;l le corresponde por lo que   acabo de decir, porque &eacute;l es ahora la legalidad y la legitimidad. Veamos por qu&eacute; Shakespeare hace que Hamlet se empeñe en el proceso.</p>     <p>Este Hamlet, que ya no es el Amleth   de la cr&oacute;nica danesa de Saxo Grammaticus, el Amleth arrastrado y pestilente   joven pr&iacute;ncipe que se presenta as&iacute;, como de verdad eran los locos, los leprosos   y otros vagos y despose&iacute;dos (medievales y de siempre cuando est&aacute;n dejados a su   suerte), en fin los candidatos a la <i>"narrenschiff", </i>sino que ahora es el   Hamlet de Shakespeare, situado ante su p&uacute;blico en la vaguedad temporal   legendaria de un pasado indefinido, pero es un hombre que razona en el presente   de la era isabelina (<i>act&uacute;a</i><b>, </b>cierto, pero no se limita   a actuar, lenta o desenfrenadamente, sino que razona antes y despu&eacute;s de la   acci&oacute;n), este Hamlet que en su propio &aacute;mbito vive y razona como un estudiante   de filosof&iacute;a educado en Wittenberg, un <i>scholar </i>y un reformado, acaba de   escuchar al espectro de su padre decirle que debe vengar su infame muerte a   manos del hermano y que debe preservar la vida y la integridad de la esposa.   Shakespeare, en plan de escribir su analog&iacute;a dramat&uacute;rgica, se plantear&iacute;a qu&eacute;   hacer: &#191;Seguir la leyenda?  &#191;Poner a Hamlet, con o sin espectro, a simplemente   matar a su t&iacute;o, como lo reclama el citado an&oacute;nimo del siglo XVIII? Es decir, &#191;a comportarse como el "b&aacute;rbaro" medieval de la leyenda?</p>     <p>Shakespeare tiene aqu&iacute; un dilema   may&uacute;sculo: porque su Hamlet pertenece por igual al tiempo de la Cr&oacute;nica de Saxo   Grammaticus y a la del propio Shakespeare, como pasa con cualquier personaje   del arte. Resulta que Shakespeare, a&uacute;n acosado por la voraz demanda de su   p&uacute;blico, no escribe nunca simplemente piezas como divertimentos sino piezas de   reflexi&oacute;n filos&oacute;fica. &Eacute;l, que se hab&iacute;a convertido en la s&iacute;ntesis de las m&aacute;s   opuestas tendencias del teatro ingl&eacute;s y era el m&aacute;s eficaz (al lado de Marlowe y   John Ford) en mantener ese equilibrio, compet&iacute;a por igual con los teatros   populares o con los arist&oacute;cratas que s&oacute;lo se mov&iacute;an en la ligera cuerda de la   farsa y el drama truculento al uso, y compet&iacute;a con el sesudo y ret&oacute;rico teatro   de los "<i>university     witts</i>"   que era, c&oacute;mo no, un teatro did&aacute;ctico, un teatro que hizo del buen decir, del   hondo razonar y a&uacute;n de la pirotecnia del eufuismo, su gala y su raz&oacute;n de perdurar.</p>     <p>Shakespeare, como es notorio, se   resuelve por su propia visi&oacute;n de la leyenda, por su tendencia a poner en   discusi&oacute;n con los alcances ilustrados de una minor&iacute;a de su &eacute;poca, los capitales   problemas propuestos. Como en el teatro todo debe ser planteado, no s&oacute;lo como   proposiciones filos&oacute;ficas sino como conflictos materiales entre fuerzas en pugna,   que propongan personajes y acci&oacute;n sobre la escena, el Amleth medieval estar&aacute;   representado por el conflicto de la venganza y los procedimientos para   alcanzarla. El <i>Hamlet   </i>del   siglo XVII, casi una analog&iacute;a del   anterior, que ha de resolver el conflicto de cu&aacute;l identidad sobreviva, si la de   Amleth o la de Hamlet, estar&aacute; representado con el conflicto de la creencia o no   en las explicaciones de ultratumba, <i>y</i> <i>sobre todo por el conflicto del     derecho</i>,   resuelto ya no a la manera b&aacute;rbara y primaria del pirata dan&eacute;s sino del   pr&iacute;ncipe ilustrado. Y por all&iacute; alrededor ten&iacute;a Shakespeare toda clase de   modelos para observar, desde monarcas ilustrados que escuchaban a Erasmo y a   Leonardo Da Vinci (tambi&eacute;n a Maquiavelo), y m&aacute;s o menos empezaban a apartarse   de las pr&aacute;cticas feudales de señores de horca y cuchillo; hasta, al pie de &eacute;l,   al monarca tambi&eacute;n ilustrado que decapitaba a troche y moche a esposas   insumisas o paridoras de hembras, pero previas todas las formalidades de una   justicia en la cual, otra vez, se reun&iacute;an la legislaci&oacute;n secular y la religiosa   pero ahora en la misma testa coronada. Todos estos modelos, pese a todo lo que   se halle en juego, como en el caso de Enrique VIII, o como en el de Isabel   I respecto de Mar&iacute;a Estuardo, y pese al despotismo mon&aacute;rquico, no abandonan el   juego del derecho. Ellos son la justicia de otro orden, repito, despu&eacute;s de la   superaci&oacute;n, al menos formal, del modelo feudal y aunque todos se encuentren   siempre en la tentaci&oacute;n de comportarse como b&aacute;rbaros para mantenerse en el   poder absoluto. En <i>Hamlet</i> se encuentra ya un   principio de cr&iacute;tica a esa tradici&oacute;n vacilante. La venganza primaria, arcaica,   el llamado de la sangre a la cual lo convoca el espectro del padre, se funde   aqu&iacute;, como una imagen maravillosa de la transici&oacute;n entre dos culturas, con la   venganza social de la edad moderna, que empieza con la justicia del monarca y   que ser&aacute; la forma garantista m&aacute;s avanzada hasta que llegue la idea de la   separaci&oacute;n de los poderes, cosa que s&oacute;lo se empezar&aacute; a lograr a partir del   momento en el cual el pueblo soberano decapite al soberano detentador de la justicia insuficiente y arbitraria.</p> </font>     <blockquote>       <p><font face="Verdana" size="2">En lo relativo a las relaciones entre     derecho y poder vale el siguiente principio general: en las sociedades     occidentales, desde el medioevo, la elaboraci&oacute;n del pensamiento jur&iacute;dico se     hizo esencialmente en torno al poder real. El edificio jur&iacute;dico de nuestra     sociedad fue elaborado bajo la presi&oacute;n del poder real, para su provecho y para     servirle de instrumento o de justificaci&oacute;n. El derecho en Occidente es un     derecho comisionado del rey. Por cierto todos saben, porque se habl&oacute;     insistentemente de ello, que los juristas han ejercido un gran papel en la     organizaci&oacute;n del poder real. No hay que olvidar que la reactivaci&oacute;n del derecho     romano en el siglo XII fue el gran fen&oacute;meno en torno al cual y a partir del     cual se reconstituy&oacute; el edificio jur&iacute;dico que se hab&iacute;a desorganizado despu&eacute;s de     la ca&iacute;da del imperio romano. La resurrecci&oacute;n del derecho romano fue     efectivamente uno de los instrumentos t&eacute;cnicos que constituyeron el poder mon&aacute;rquico     autoritario, el administrativo y absoluto [...] As&iacute; pues la formaci&oacute;n del     edificio jur&iacute;dico se hizo en torno al personaje del rey, a petici&oacute;n y en     provecho del poder real. Y cuando en los siglos siguientes este edificio     jur&iacute;dico haya escapado al control del soberano, cuando se le haya puesto en     contra, entonces los l&iacute;mites de este poder y sus prerrogativas ser&aacute;n puestos en     discusi&oacute;n. En otras palabras, creo que el personaje central en todo el sistema     jur&iacute;dico occidental es el rey (Foucault, 1991, pp. 35-36).</font></p> </blockquote> <font face="Verdana" size="2">     <p>El Hamlet moderno tiene razones de   conveniencia pol&iacute;tica para aplazar la ejecuci&oacute;n de su t&iacute;o, mientras lo juzga en   un tribunal que, por seguridad, previamente s&oacute;lo conocen &eacute;l mismo y Horacio,   obrando como un estadista que ha asumido la administraci&oacute;n de justicia que, por   entonces, nadie m&aacute;s que &eacute;l podr&iacute;a tomar en sus manos con toda legitimidad.   Entre esas razones no es la menor la posibilidad de la invasi&oacute;n noruega,   retaliatoria, alegada por su t&iacute;o para armarse, desestimada luego tras los tratos   diplom&aacute;ticos y extrañamente desestimada por el propio Hamlet cuando ve a   Fortinbr&aacute;s cruzar el pa&iacute;s. Pero existe porque todos han de saber que se trata   del retorno a&uacute;n no producido del p&eacute;ndulo, m&aacute;s inevitable ahora cuando el   vencedor dan&eacute;s, Hamlet padre, fue vencido por su propia sangre y cuando el   matador no parece tener las trazas de rival digno. Como existe frente a Hamlet   la opci&oacute;n de poder que es Laertes, favorito en ciernes de Claudio, aunque a la   popularidad de Laertes le teme tanto el Rey como a la de Hamlet. Pero la mayor   consideraci&oacute;n pol&iacute;tica debe de ser el derecho para quien, como Hamlet, tantos   razonamientos &eacute;ticos pronuncia sobre lo privado y sobre lo p&uacute;blico a lo largo de su proceso mental.</p>     <p>Se funden, pues, las dos justicias,   la arcaica y la moderna precoz, en una sola mano: la de Hamlet. Razonando,   entonces (y secretamente porque no hay de otra), secretamente en lo hondo de su   conciencia, y cuando hay lugar frente a Horacio, recobrando su derecho a   ejercer justicia formal, superando primero el atentado personal del Rey contra   &eacute;l y el exilio forzado, superando incluso su propia repugnancia, en sus   espl&eacute;ndidos soliloquios-alegatos, &eacute;l procesa a su madre y a su t&iacute;o. &#191;Por qu&eacute;?   Insistamos: Hamlet, cuyo desd&eacute;n por el poder es apenas consecuente con su   renuncia de una vida plena, sabe que es la &uacute;nica opci&oacute;n que le queda a   Dinamarca, antes de que se produzca la invasi&oacute;n noruega, para recuperar el   orden y sanear la monarqu&iacute;a. Hamlet desdeña el poder; incluso reflexiona sobre   la inutilidad de la guerra que anima a noruegos y polacos, lo cual es otro   indicativo del abandono del pensamiento b&aacute;rbaro; pero en cambio para &eacute;l la   justicia es un imperativo. Pero &eacute;l mismo ha de comprobar, en el colmo de la   salvaje acumulaci&oacute;n confusa de encontradas peripecias y anagn&oacute;risis que es la <i>cat&aacute;strofe </i>aristot&eacute;lica de esta   tragedia, que &eacute;l, Hamlet, juez "natural" y forzado verdugo de los   conspiradores, a quienes pretende ajusticiar en el terrible momento de la   &uacute;ltima anagn&oacute;risis (cuando toda la conspiraci&oacute;n final se le revela), se ha   convertido en el juzgado y perseguido por obra de su propio af&aacute;n de justicia,   de los errores de su procedimiento (aceptar la trampa del duelo); convertido en   una nueva v&iacute;ctima del mismo viejo orden de su padre y de su t&iacute;o, de la vieja   "barbarie" que sigue intacta en los otros, y en el ajusticiado por la m&aacute;s vieja   justicia inclemente: la del poder que s&oacute;lo ha visto el desaf&iacute;o a su   permanencia. Un segundo despu&eacute;s de que muera, entrar&aacute; Fortinbr&aacute;s de Noruega a   recoger, sin esfuerzo, la tard&iacute;a justicia de la recuperaci&oacute;n de la soberan&iacute;a perdida en el pasado por su padre, a manos del padre de Hamlet.</p>     <p>En el comienzo del proceso, Hamlet duda del espectro y del mandato:</p>     <p>Es importante la actitud del Hamlet   inicial, del que se enfrenta a Horacio, Marcelo y Bernardo cuando &eacute;stos vienen   a contarle la aparici&oacute;n del espectro, en la escena II del acto I. La impresi&oacute;n   es fuerte, pero todo su inter&eacute;s se dirige a constatar la coherencia del informe   de los tres. Luego vendr&aacute; la escena IV del mismo acto, cuando al fin se enfrenta con el fantasma de su padre.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Le crey&oacute; (¡c&oacute;mo no!) en un comienzo,   en un contexto preciso de la noche y la compañ&iacute;a de dos temerosos escuderos y   de un inescrutable Horacio, <i>scholar   </i>como &eacute;l   mismo pero tambi&eacute;n como &eacute;l un hombre de dos tiempos y de dos culturas en   conflicto. Pero luego inicia su pesquisa con todos los apercibimientos   posibles: locura protectora, observaci&oacute;n c&iacute;nica de los dem&aacute;s, provocaci&oacute;n a   todos y, <i>last     but not least</i>,   el teatro, la trampa que arma para que el acusado se descubra. Es claro al fin   de cuentas, que Hamlet tiene m&aacute;s fe en el discernimiento resultante de la   observaci&oacute;n del sospechoso cuando contempla la representaci&oacute;n de su acci&oacute;n, que   en la voz de ultratumba, as&iacute; sea &eacute;sta supuestamente la de su padre. Ahora bien,   resulta que no una sino dos veces se le aparece el espectro, y que la segunda   ocurre cuando se halla Hamlet acusando a su madre, y que en ambos casos   demuestra creer en la aparici&oacute;n. No veo contradicci&oacute;n fundamental en sus dos   reacciones, la repetida de creencia en el espectro y la de escepticismo, la que   he llamado racional de dudar (o al menos de no adelantar la acci&oacute;n de venganza   contra su t&iacute;o) mientras el sospechoso no se delate a s&iacute; mismo, con su reacci&oacute;n   frente a la imagen animada de su crimen contemplada en la escena. No veo   contradicci&oacute;n sino, por el contrario, incluso una relaci&oacute;n de necesidad entre   ambas reacciones. Hamlet necesita comprobar, precisamente porque antes ha   cre&iacute;do con su vieja mentalidad, con el antiguo r&eacute;gimen de su conciencia, aquella   conciencia alimentada por la cultura pre-universitaria y pre-reformada, la   formaci&oacute;n de su infancia, seguramente supersticiosa, que le sigue acompañando y   que subyace a su raz&oacute;n posteriormente alimentada por los aires de la filosof&iacute;a   alemana. En su &aacute;nimo obra esa formaci&oacute;n del pasado, la mentalidad medieval que   incluso sabemos nosotros hoy, en el siglo XXI, c&oacute;mo sigue viva, y de   manera tan estremecedora como creencia impresa en la conciencia, que a Hamlet   le hace reaccionar con jaculatorias e increpaciones; pero en su &aacute;nimo tambi&eacute;n   obran la reci&eacute;n adquirida ciencia y la religi&oacute;n reformada que ve como herencia   del <i>papismo   </i>aquellas   supersticiones. Hamlet vive ese conflicto, el de las pesadillas confirmadas y el de la raz&oacute;n que quiere pensar con otros referentes.</p>     <p>Es aqu&iacute; donde se presenta el   conflicto mayor. Porque a&uacute;n si uno cree en los espectros, razonan Hamlet y sus   compañeros, tambi&eacute;n puede ser que el aparecido no sea la Sombra del padre sino   otro espectro usurpador, uno de los que tambi&eacute;n se dan en el reino de las   sombras, dicen, que engañan a los hombres vivos para llev&aacute;rselos al abismo del   mar o a las tinieblas. (Me atrevo a especular: o que sea una voz nada   escatol&oacute;gica sino bien del m&aacute;s ac&aacute;, un mensajero testigo del crimen que quiere   desvelarlo, actor o tramoyista, que se presenta como fantasma; casos se han   visto). Es perfectamente posible que haya algo de cierto en lo dicho por el   espectro, quiz&aacute; ese entremetido informador encubierto, porque el propio Hamlet   ya ha observado con sus propios ojos la precipitud con la cual la Corte ha   pasado de las pompas f&uacute;nebres a los jolgorios del nuevo matrimonio e   instauraci&oacute;n delpoder de Claudio. Y esos, que un momento antes Hamlet acaba de   ver solamente como signos de un mal gusto "b&aacute;rbaro" y prueba de un amor muy fr&aacute;gil   por su padre, ahora empiezan a cobrar otro sentido. Hamlet no s&oacute;lo resiente lo   dicho por el espectro, sino que su esp&iacute;ritu refinado, que s&oacute;lo encuentra par y   confidente en su condisc&iacute;pulo Horacio, desprecia los excesos imperiales y las   demostraciones guerreras y los cañonazos y trompeter&iacute;a fuera de lugar, los   banquetes y org&iacute;as <i>"que     nos</i> <i>hacen censurar por       otras naciones"</i>, dice el Pr&iacute;ncipe.<a href="#_ftn8" name="_ftnref8" title="">[6]</a></p>     <p>Ese temor de portarse como un   b&aacute;rbaro, como el b&aacute;rbaro de su t&iacute;o, como el b&aacute;rbaro que &eacute;l mismo era antes de   Wittenberg, si procediera de inmediato contra el usurpador y asesino, es lo que   lo demora <i>a&uacute;n     cuando ya ha tomado</i>   <i>su   decisi&oacute;n de la venganza, porque es verdad que la toma desde el primer</i> <i>momento, como un       compromiso con su padre a quien no puede desconocer</i> <i>en el deber ni en el amor; porque         en ese momento de la jura, el momento del</i> <i>terror metaf&iacute;sico, Hamlet pertenec&iacute;a m&aacute;s al reino y a la cultura de su padre.</i></p>     <p>Aqu&iacute; hay un conflicto interior del   cual da cuenta el propio espectro cuando, en la escena en el dormitorio de   Gertrudis, le reclama a Hamlet que ha vuelto "para aguzar tu casi embotada   resoluci&oacute;n". Hamlet, pese a su primera decisi&oacute;n y a esta reconvenci&oacute;n, s&oacute;lo   ahora est&aacute; seguro de que debe acelerar los acontecimientos. Pero no todo est&aacute;   resuelto en su mente. El <i>Amleth</i> o el <i>Hamblet </i>de las cr&oacute;nicas   medievales, el hijo del pirata osado, no duda ni razona con discursos porque   pertenece a otro contexto hist&oacute;rico en el cual los caballeros y pr&iacute;ncipes no se   distinguen por la acci&oacute;n verbal e intelectual sino por la capacidad de   conservar el poder con base en la acci&oacute;n intr&eacute;pida, y <i>simplemente obra con     una inmediatez justificada por la claridad sobre la ocurrencia de los hechos</i>; puede ser cauto y   previsivo en sus estrategias pero va derecho a la acci&oacute;n, no porque podamos   decir que para el b&aacute;rbaro o pirata no existan frenos morales de ninguna   especie, o porque sean irracionales, sino <i>porque Amleth est&aacute; seguro de la     evidencia de que su t&iacute;o mat&oacute; a su padre y</i> <i>no duda de que debe obrar seg&uacute;n la       justicia del ojo por ojo y porque no tiene</i> <i>ante quien, ni legislaci&oacute;n, ante los cuales responder por sus actos.</i></p>     <p>Ahora bien, cuando Hamlet conf&iacute;a en   saber la verdad tras lo que ocurrir&aacute; en la representaci&oacute;n, no est&aacute; esperando   ciertamente que la propia representaci&oacute;n (inducida por &eacute;l mismo), le ofrezca   una versi&oacute;n m&aacute;s atendible que la del espectro de su padre. No nos lo muestra   Shakespeare de este modo. Hamlet toma tres precauciones como acusador y juez:   Primera, no se fijar&aacute; tanto en la escena de los actores (en la reconstrucci&oacute;n),   puesto que &eacute;l mismo ha escrito el inserto que ha metido entre una obra conocida   (la de Gonzago), como en la reacci&oacute;n del espectador principal, de aquel de   quien sospecha: el Rey. Segunda, para garantizar la objetividad, pide a Horacio   que &eacute;l tambi&eacute;n observe a  Claudio. Tercera, para no perderse detalle, habr&aacute; dos   representaciones: una muda, tan s&oacute;lo de acciones, muy breve, tanto que motiva   el comentario de Ofelia ("'tis brief, my lord") y la respuesta de Hamlet: ("as   woman's love"), y otra representaci&oacute;n mayor, con texto en verso. Quiz&aacute;   -especulemos- Hamlet- Shakespeare esperaba que no fuese necesaria la segunda   versi&oacute;n y que el Rey, a su vista, se agitara y descompusiera hasta el punto de abandonar el lugar  para delatarse definitivamente, como ocurre en la segunda.</p>     <p>Lo concreto es que la escena toda de   la representaci&oacute;n de los comediantes constituye no s&oacute;lo la reconstrucci&oacute;n del   crimen, sino la audiencia final del proceso que adelanta Hamlet como titular de la justicia leg&iacute;tima.</p>     <p>&#191;Hay en la duda y el aplazamiento de   la justicia de Hamlet, razones morales relacionadas con el inevitable castigo   en la otra vida que le dicta la ideolog&iacute;a? O, por el contrario, la venganza de   Hamlet, &#191;ser&aacute; la aceptaci&oacute;n de un mandato del cielo enviado por medio del   espectro, como dice un autor del siglo XVIII?<a href="#_ftn9" name="_ftnref9" title="">[7]</a> La conducta de los   &uacute;ltimos momentos, cuando importa m&aacute;s a Hamlet el perd&oacute;n, nunca conseguido   finalmente, de Laertes, es una clave: no aparece un solo momento de   arrepentimiento o de invocaci&oacute;n a Dios. Quiz&aacute; sea &eacute;ste tambi&eacute;n uno de sus rasgos de reformado, de creyente en la predestinaci&oacute;n a la salvaci&oacute;n.</p>     <p>Por otra parte, tambi&eacute;n vale la pena   considerar un Hamlet que sabe desde el primer momento de la decisi&oacute;n tomada   ante sus amigos, creyese o no en el espectro, que esa acci&oacute;n equivale a un   suicidio o por lo menos a una aventura de enorme peligro, y se demora mientras   rompe ciertas ataduras, en primer lugar Ofelia, quiz&aacute; Horacio, quiz&aacute; su madre,   y mientras escoge el momento propicio, cosa nada despreciable dado el poder de su enemigo.</p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>Notas</b></font></p>     <p><a href="#_ftnref1" name="_ftn1" title="">*</a> Una   primera versi&oacute;n de este texto fue presentado en la Nueva Escuela Lacaniana de   Medell&iacute;n, en di&aacute;logo con los psicoanalistas Juan Fernando P&eacute;rez y Mar&iacute;a Cristina Giraldo en octubre de 2001.</p>     <p><a href="#_ftnref3" name="_ftn3" title="">[1]</a> El   autor an&oacute;nimo de 1736, dice el editor Hoy, ha sido presentado a veces como Sir Thomas Hanmer, opini&oacute;n controvertida por C.D. Thorpe, agrega el mismo Hoy.</p>     <p><a href="#_ftnref4" name="_ftn4" title="">[2]</a> Sobre   esto, incluso la idea de un Renacimiento temprano en el siglo XII,   v&eacute;anse los notables ensayos de Jacques Le Goff (1995 y 1986). Y en cuanto a los   aspectos pol&iacute;ticos relacionados con el surgimiento de nuevas instituciones   sociales precursoras del Estado moderno entre los siglos XI y XII, v&eacute;ase Dossier, 1984; tambi&eacute;n v&eacute;ase: Strayer, 1981.</p>     <p><a href="#_ftnref5" name="_ftn5" title="">[3]</a> Saxo   Grammaticus: AMLETH.   Cr&oacute;nica   original, inclu&iacute;da en la <i>Gesta Danorum </i>o <i>Historia     danica, </i>que   sirvi&oacute; de base a Francois de Belleforest (Cr&oacute;nica HAMBLET) y   luego a Shakespeare para la creaci&oacute;n de <b>Hamlet</b>.   Traducida al ingl&eacute;s por Oliver Elton. De: "Las Fuentes de Hamlet", editado por   Israel Gollancz, Oxford University Press, Londres, 1926; reeditado por Cyrus   Hoy, en Norton Critical Edition. Traducci&oacute;n de Nicol&aacute;s Naranjo Boza, impreso en   el programa de mano de la temporada de <b>Hamlet</b>,   puesta en escena del Teatro El Tablado, dirigida por Mario Yepes Londoño. Medell&iacute;n, 1993.</p>     <p><a href="#_ftnref6" name="_ftn6" title="">[4]</a> "The   papists in former times have publicly both taught and written that those   spirits which men sometime (<i>sic) </i>see   and hear be either good or bad angels, or else the souls of those which either   live in everlasting bliss or in purgatory, or in the place of damned persons;   and that divers of them are those souls that crave aid and deliverance of men   [...]" (Cf. Lavater, citado en: Hoy, 1963, pp. 111-112).</p>     <p><a href="#_ftnref7" name="_ftn7" title="">[5]</a> Hamlet, I:v.</p>     <p><a href="#_ftnref8" name="_ftn8" title="">[6]</a> Hamlet, I: iv.</p>     <p><a href="#_ftnref9" name="_ftn9" title="">[7]</a> Cf.   Dennis, citado en: Hoy, 1963, p. 145. Dennis trae una curiosa   anotaci&oacute;n: "But indeed Shakespeare has been wanting in the exact distribution   of poetical justice not only in his <i>Coriolanus</i>,   but in most of his best tragedies, in which the guilty and the innocent perish   promiscuously; as Duncan and Banquo in <i>Macbeth</i>, as   likewise Lady Macduff and her children; Desdemona in <i>Othello;   </i>Cordelia,   Kent, and King Lear in the tragedy that bears his name; Brutus and Portia in <b><i>Julius     Caesar</i></b>, and young Hamlet in the <i>Tragedy of Hamlet </i>[...]".</p>     <p>&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>     <p><b><font size="3">Referencias bibliogr&aacute;ficas</font></b></p>     <!-- ref --><p>1. Anonymous. (1963). Some remarks   on the Tragedy of Hamlet Prince of Denmark (London, 1736). En: Cyrus Hoy (Ed.).   <i>Hamlet:   An authoritative</i>   <i>text,   intellectual backgrounds, extracts from the sources, essays in criticism</i>. New York-London: W.W. Norton and Company, Inc.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000065&pid=S0121-5167200900010000900001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>2. Dennis, John. (1963). An Essay on   the Genius and Writings of Shakespeare (London, 1712). En: Cyrus Hoy (Ed.). <i>Hamlet: An     authoritative</i>   <i>text,   intellectual backgrounds, extracts from the sources, essays in criticism.</i> New York-London: W.W. Norton and Company, Inc.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000066&pid=S0121-5167200900010000900002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>3. Dossier, Robert. (1984). <i>La infancia de Europa</i>. Barcelona: Labor. Traducci&oacute;n de Monserrat Rubi&oacute; i Lois.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000067&pid=S0121-5167200900010000900003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>4. Foucault, Michel. (1992). <i>Genealog&iacute;a del racismo</i>. Madrid: La Piqueta. Traducci&oacute;n del franc&eacute;s por Alfredo Tzveibely.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000068&pid=S0121-5167200900010000900004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>5. Lavater, Lewes. (1963). Of Ghosts   and Spirits Walking by Night. (Traducido al ingles por "R.H." en 1572). En:   Cyrus Hoy (Ed.). <i>Hamlet:     An</i> <i>authoritative text,       intellectual backgrounds, extracts from the sources, essays</i> <i>in criticism</i>. New York-London: W.W. Norton and Company, Inc.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000069&pid=S0121-5167200900010000900005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>6. Le Goff, Jacques. (1995). <i>La vieja Europa y el   mundo moderno</i>. Madrid: Alianza Editorial. Traducci&oacute;n de Mauro Armiño.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000070&pid=S0121-5167200900010000900006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>7. Le Goff, Jacques. (1986). <i>Los intelectuales en la   Edad Media</i>. Barcelona: Editorial Gedisa. Traducci&oacute;n de Alberto L. Bixio.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000071&pid=S0121-5167200900010000900007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>8. Shakespeare. (1963). <i>Hamlet</i>. En: Cyrus Hoy (Ed.). New York-London: W.W. Norton and Company, Inc. (Norton Critical Edition).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000072&pid=S0121-5167200900010000900008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>9. Strayer, Joseph. (1981). <i>Sobre los or&iacute;genes medievales del Estado moderno. </i>Barcelona: Ariel. Traducci&oacute;n de Horacio V&aacute;squez Rial.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000073&pid=S0121-5167200900010000900009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>  </font>      ]]></body><back>
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