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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[David M. Friedman, Con mentalidad propia. Historia cultural del pene (Barcelona: Península, 2007), 362 p.]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <font face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif" size="2">     <p align="right">RESE&Ntilde;A</p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><font size="4"><b>David M. Friedman, <i>Con   mentalidad propia. Historia   cultural del pene</i> (Barcelona:   Pen&iacute;nsula, 2007), 362 p. </b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><b>Alex&aacute;nder Hincapi&eacute; Garc&iacute;a*</b></p>     <p>&nbsp;  </p>     <p>*Candidato a Doctor en Educaci&oacute;n de la Universidad de Antioquia. Becario de Colciencias. </p>     <p>Direcci&oacute;n de contacto: <a href="mailto:alexdehg@yahoo.es">alexdehg@yahoo.es</a></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p> </font> <hr size="1"> <font face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif" size="2">     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p>''<i>En una cultura donde la virgen simbolizaba todo lo puro, el pene era el referente   de todo lo malo. Lo que defin&iacute;a la santidad de Mar&iacute;a era su ausencia de contacto con   un pene</i>''<sup><a href="#1">1</a><a name="b1"></a></sup>. Una frase sentenciosa que, poco despu&eacute;s de iniciar el recorrido del libro   aqu&iacute; rese&ntilde;ado, se&ntilde;ala una de las tantas divisiones  &#8212;y oposiciones &#8212; culturales con las   cuales Occidente ha persistido en producirse a s&iacute; mismo. David M. Friedman elabora   un trabajo de historia cultural que tiene por objeto un <i>&oacute;rgano</i>, probablemente conocido   por todos, pero ignorado como objeto de conocimiento por la historiograf&iacute;a  &#8212;m&aacute;s   atenci&oacute;n parece haberle merecido al psicoan&aacute;lisis y a la antropolog&iacute;a en su aspecto   simb&oacute;lico, auncuando menos en su determinaci&oacute;n material &#8212;. Parad&oacute;jicamente, ese <i>&oacute;rgano</i> tan <i>conocido</i>, deseado tanto como vilipendiado y fetichizado al l&iacute;mite del   paroxismo que lo imagina capaz de desflorar la inocencia de ni&ntilde;os, ni&ntilde;as y mujeres, se nos muestra en este trabajo como un gran desconocido por la ciencia hist&oacute;rica.</p>     <p>Dicho lo anterior, una investigaci&oacute;n que construye su objeto de conocimiento   hist&oacute;rico jugando en la frontera con los referentes epist&eacute;micos que deciden lo que se   puede articular como conocimiento y lo que se rechaza por heterodoxo, fantasm&aacute;tico   o, sencillamente, por <i>obvio</i>, es una investigaci&oacute;n inscrita en los modos de producci&oacute;n   de saber de la historia cultural. Burke propone nombrar el campo de la historia cultural   como una <i>''variedad 'antropol&oacute;gica' de la historia''</i><sup><a href="#2">2</a><a name="b2"></a></sup>. Esta <i>nueva</i> forma de hacer   historia, m&aacute;s que ser una rama de la historiograf&iacute;a cl&aacute;sica, responde a la conjunci&oacute;n   de trabajos provenientes de la cr&iacute;tica literaria, la filosof&iacute;a, el psicoan&aacute;lisis, la sociolog&iacute;a,   la pedagog&iacute;a y la psicolog&iacute;a social y cultural; trabajos que requieren otras formas de acercamiento hist&oacute;rico, disolviendo las barreras disciplinares y concentr&aacute;ndose en elaborar conocimiento a partir de objetos que, provisionalmente, podr&iacute;amos llamar los objetos abyectos de la <i>historia</i>. En este sentido, Ute Daniel<sup><a href="#3">3</a><a name="b3"></a></sup> ser&aacute; m&aacute;s enf&aacute;tico y dir&aacute; que lo que se entiende por <i>nueva</i> historia cultural no es <i>una</i> disciplina parcelaria de la historiograf&iacute;a, sino que justamente indica la necesidad de apertura de la historiograf&iacute;a hacia las ciencias de la cultura o hacia los estudios culturales.</p>     <p>Mientras continua el debate abierto por historiadores como Peter Burke, Ute   Daniel, Joan W. Scott, Giovanni Levi o Roy Porter con respecto a los l&iacute;mites entre la   historiograf&iacute;a y la historia cultural, nosotros modestamente tenemos por prop&oacute;sito   introducir el trabajo de David M. Friedman, publicado en ingl&eacute;s con el t&iacute;tulo: <i>A mind   of Its own</i>. &Eacute;ste trabajo resulta interesante para el lector hispanoamericano porque,   entre otros aspectos, no teoriza el m&eacute;todo de la historia cultural sino que lo explora, lo define y lo establece, temporalmente, a partir de un objeto: el pene.</p>     <p>El libro est&aacute; dividido en seis cap&iacute;tulos que, efectivamente, logran desarrollar lo   que prometen. El cap&iacute;tulo inicial se titula: ''La vara del diablo''. Aqu&iacute; se inicia trazando   preguntas desde la pr&aacute;ctica de la caza de brujas, que tuvo su punto &aacute;lgido entre los   siglos XIV y XVII. Durante el ejercicio de esa pr&aacute;ctica que cobr&oacute; la vida de miles de mujeres    &#8212;y otros tantos hombres &#8212;, si la impiedad era una fuente de preocupaci&oacute;n, tambi&eacute;n   lo era el diablo y sus intempestivas seducciones, las mismas que se imaginaron   con un car&aacute;cter carnal y er&oacute;tico. No era, pues, infrecuente que a las mujeres acusadas   de brujer&iacute;a se les indagase por los atributos, m&aacute;s que viriles, bestiales del demonio.   Entre tortura y tortura terminaban confesando de manera un&aacute;nime que todas contemplaron   el pene del diablo. Sin embargo, no todas coincid&iacute;an, en general destaca   que el <i>&oacute;rgano</i> de Sat&aacute;n fue descrito como negro, con escamas, de gran tama&ntilde;o y   capaz de eyaculaciones m&aacute;s potentes que las de cualquier hombre. Simult&aacute;neamente,   otras mujeres acusadas de brujer&iacute;a afirmaban que el diablo lo ten&iacute;a peque&ntilde;o, si acaso   del tama&ntilde;o de un dedo, y para nada grueso. Un inquisidor ''&#91;...&#93; <i>lleg&oacute; a la conclusi&oacute;n   de que Sat&aacute;n complac&iacute;a mejor a unas brujas que a otras</i>''<sup><a href="#4">4</a><a name="b4"></a></sup>. Lo que parece claro es que   la <i>imaginaci&oacute;n antropol&oacute;gica</i> trabajaba incesantemente en la comprensi&oacute;n del pene   sin ser satisfecha, convincentemente, por las declaraciones forzadas de las mujeres victimizadas.</p>     <p>Friedman se pregunta &iquest;Qu&eacute; explicaci&oacute;n podemos dar frente a la tragedia de   esas desdichadas mujeres? A primera vista la respuesta no parece lejana: la <i>misoginia</i>  puede cumplir las expectativas de respuesta para muchos. Sin embargo, Friedman   vuelve m&aacute;s complejo su argumento al se&ntilde;alar que aunque parezca un discurso simp&aacute;tico   se&ntilde;alar al pene como un instrumento del demonio, no es tan graciosa y tampoco   hay respuestas sencillas que aclaren la intrincada relaci&oacute;n que cada hombre tiene   con su <i>&oacute;rgano</i> y con el de los otros. Si la idea de que el diablo posee un &oacute;rgano viril,   descomunal o modesto, aparece como una distorsi&oacute;n para el sistema de creencias   vigentes, tambi&eacute;n es vigente que los hombres se relacionan con el pene a trav&eacute;s de   complejas formas imaginativas que no est&aacute;n separadas del contexto cultural, la &eacute;poca   y el momento hist&oacute;rico que reactualiza dicha relaci&oacute;n. Friedman, atento a este procedimiento,   indaga por la relaci&oacute;n hist&oacute;rica de las culturas con el pene, preferentemente   en el mundo jud&iacute;o del antiguo testamento, aunque igualmente en la Grecia Cl&aacute;sica, en   pensadores como Plat&oacute;n y Arist&oacute;teles, en el Imperio Romano y, posteriormente, en el   advenimiento del cristianismo donde tom&oacute; forma, por ejemplo, la fantas&iacute;a rectora que   informaba que todos los penes eran demon&iacute;acos, excepto el de Jes&uacute;s que no pod&iacute;a   ser visto ni imaginado, aunque aparec&iacute;a en muchas representaciones iconogr&aacute;ficas invitando a (des)cubrirlo.</p>     <p>El segundo cap&iacute;tulo se titula: ''El cambio de marchas'' y recurre a otras fuentes.   Agust&iacute;n de Hipona, Tom&aacute;s de Aquino, Leonardo da Vinci y Rousseau, entre otros, son   las fuentes que constituyen el archivo de este trayecto. El cambio de marchas responde,   si se quiere, a una desmultiplicaci&oacute;n en los modos posibles de acercamiento   a este <i>&oacute;rgano</i>. As&iacute;, Agust&iacute;n de Hipona y Tom&aacute;s de Aquino, anclados en las formas   de producci&oacute;n de conocimiento medieval, confirmaban por v&iacute;a filos&oacute;fica el car&aacute;cter   maligno del pene; Leonardo da Vinci lo indag&oacute;, de cierto modo, como un naturalista   interesado por el funcionamiento intr&iacute;nseco de este <i>&oacute;rgano</i> deslig&aacute;ndose de su efecto   social y Rousseau, embelesado con los espl&eacute;ndidos, vigorosos, viriles y bronceados   cuerpos masculinos, estuvo m&aacute;s preocupado, por razones <i>iluministas</i>, de la disipaci&oacute;n de las fuerzas masculinas en la masturbaci&oacute;n.</p>     <p>El tercer cap&iacute;tulo, sin ning&uacute;n desperdicio intelectual, se titula ''La vara de medir''.   Aqu&iacute; se aborda la problem&aacute;tica relaci&oacute;n entre raza, sexo y naci&oacute;n, en gran parte,   situada en el contexto norteamericano, aunque partiendo de los referentes europeos que, inicialmente, se encargaron de las taxonom&iacute;as corporales de las <i>criaturas</i> que iban <i>conociendo</i> durante todo el proyecto colonial. El cap&iacute;tulo se va a centrar, preferentemente, en la hist&oacute;rica (im)posibilidad de <i>integraci&oacute;n</i> social del var&oacute;n negro en la cultura norteamericana; dicha (im)posibilidad depende, entre otras cosas, de la <i>interpretaci&oacute;n</i> cultural sobre el var&oacute;n negro <i>due&ntilde;o</i> de un descomunal pene que amenaza la castidad de la naci&oacute;n y la pureza de la pareja heterosexual blanca. Ciencia, religi&oacute;n y creencias populares se re&uacute;nen para dar forma a una desacreditaci&oacute;n end&eacute;mica que preserva, en el rechazo y el asco, la fascinaci&oacute;n por la bestialidad concedida al var&oacute;n negro. Friedman apunta que la raza y el sexo, en la naci&oacute;n Norteamericana, se sit&uacute;an en una intersecci&oacute;n: ''<i>Y ese lugar es el pene negro</i>''<sup><a href="#5">5</a><a name="b5"></a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El cuarto cap&iacute;tulo, de una manera sugerente, pasa revista al pene en el psicoan&aacute;lisis.   Conceptos como la <i>envidia del pene</i> y la <i>ansiedad de castraci&oacute;n</i>, son examinados   con olfato hist&oacute;rico, no para concederles el <i>lugar de la verdad</i>, sino para situarlos   como acontecimientos que se donaban para interpretar la cultura. Otro cambio de   marchas que desplazaba el lugar del pene a la psique, era all&iacute; donde habr&iacute;a que buscar   el malestar que este &oacute;rgano generaba  &#8212;y genera &#8212;. Sin embargo, Freud no fue un   revolucionario, en vez de realizar un llamamiento de impugnaci&oacute;n cultural, se dedic&oacute;   a tratar el malestar, no de la cultura, sino de sus pacientes: ''<i>El pene freudiano fue   psicoanalizado, pero jam&aacute;s politizado</i>''<sup><a href="#6">6</a><a name="b6"></a></sup>, aunque Freud supo muy bien que el malestar   subjetivo es cultural y, por lo tanto, anticip&oacute; el feminismo que encontr&oacute; su m&aacute;xima en la idea de que lo personal es pol&iacute;tico.</p>     <p>El quinto cap&iacute;tulo, titulado ''El ariete'', sin decirlo expresamente, muestra la   capacidad de las luchas por la representaci&oacute;n pol&iacute;tica para producir un conocimiento   <i>justificatorio</i> de sus embates pol&iacute;ticos. Un <i>ariete</i> se define como un arma sencilla,   b&aacute;sicamente un tronco grueso, que se usa para causar da&ntilde;o en el acto de una penetraci&oacute;n   siempre invasiva. Esta fue la <i>interpretaci&oacute;n</i> que el pene recibi&oacute; por parte   del feminismo. Se declaraba: si Freud se equivoc&oacute; en aquello del orgasmo vaginal, si   realmente el orgasmo de la mujer depende del cl&iacute;toris, entonces el pene no es la &uacute;nica   herramienta para el orgasmo, probablemente ni si quiera sirva para lograr la satisfacci&oacute;n   er&oacute;tica de mujer alguna. Ese fue el primer recurso para afirmar, por ejemplo,   que si lo personal era pol&iacute;tico, era porque la asimetr&iacute;a de la c&oacute;pula, asimetr&iacute;a que todo var&oacute;n explota, se sirve del pene como un arma de dominaci&oacute;n sobre las mujeres, no s&oacute;lo en el &aacute;mbito privado sino tambi&eacute;n en la esfera p&uacute;blica. El pene, pues, aparec&iacute;a denunciado por el feminismo como el <i>ariete</i> destructor del cuerpo de las mujeres y de la feminidad. De hecho, las <i>interpretaciones</i> m&aacute;s politizadas se ensa&ntilde;aron de tal forma que convirtieron a todos hombres, violadores o no, en virtuales enemigos de las mujeres: tener un pene era ya ser culpable de algo, aunque no se supiera muy bien de qu&eacute;. ''<i>Y tan opresivo llega a ser el simple acto de la penetraci&oacute;n, que la diferencia entre un marido y un criminal sexual es pr&aacute;cticamente imposible de discernir</i>''<sup><a href="#7">7</a><a name="b7"></a></sup>. De manera curiosa el feminismo, que ha visto en el pene un <i>ariete</i>  &#8212;y denunci&aacute;ndolo como un &oacute;rgano infausto y villano &#8212;, se propone a s&iacute; mismo como un <i>ariete pol&iacute;tico</i> que destruye toda forma de argumentaci&oacute;n racional y pone en el centro del debate pol&iacute;tico el malestar emocional, como si de &eacute;l emanara un ''<i>conocimiento verdadero</i>''.</p>     <p>El cap&iacute;tulo final: ''El bal&oacute;n a prueba de pinchazos'', aborda principalmente el   auge de la <i>medicalizaci&oacute;n</i> del pene. Ya no se trata del pene demonizado, racializado,   racionalizado, psicoanalizado o politizado, sino del pene objeto de la industria farmac&eacute;utica   que lo medicaliza con la promesa de rehacer la masculinidad humillada.   Si el viril vaquero que defend&iacute;a a la prole de los bandidos es, en la actualidad, una   graciosa figura, si el hombre contempor&aacute;neo, compartiendo la esfera p&uacute;blica con la   mujer, percibe su masculinidad amenazada, la industria farmac&eacute;utica ofrece hacerse   cargo de esa masculinidad teniendo por correlato el &oacute;rgano que antes pareciese due&ntilde;o   de s&iacute; mismo: ''<i>El pene sol&iacute;a tener mentalidad propia. Pero ya no es as&iacute;. La industria   de la erecci&oacute;n ha reconfigurado el &oacute;rgano, sustituyendo el melindroso original por un   modelo m&aacute;s fiable. Pero la etiqueta con el precio de esta nueva herramienta de poder sigue escondida. Llegar&aacute; el d&iacute;a en que sabremos si somos capaces de coste&aacute;rnosla</i>''<sup><a href="#8">8</a><a name="b8"></a></sup>.</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="3"><b>Notas al pie</b> </font></p>     <p><sup><a href="#b1">1</a><a name="1"></a></sup>. David M. Friedman, <i>Con mentalidad propia. Historia cultural del pene</i> (Barcelona: Pen&iacute;nsula, 2007), 15.</p>     <p>   <sup><a href="#b2">2</a><a name="2"></a></sup>. Peter Burke, <i>Formas de historia cultural</i> (Madrid: Alianza, 2000), 242.</p>     <p><sup><a href="#b3">3</a><a name="3"></a></sup>. Ute Daniel, <i>Compendio de historia cultural</i> (Madrid: Alianza, 2005).</p>     <p>   <sup><a href="#b4">4</a><a name="4"></a></sup>. David M. Friedman, <i>Con mentalidad propia. Historia cultural del pene</i>, 12.</p>     <p><sup><a href="#b5">5</a><a name="5"></a></sup>. David M. Friedman, <i>Con mentalidad propia. Historia cultural del pene</i>, 148.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   <sup><a href="#b6">6</a><a name="6"></a></sup>. David M. Friedman, <i>Con mentalidad propia. Historia cultural del pene</i>, 207.</p>     <p><sup><a href="#b7">7</a><a name="7"></a></sup>. David M. Friedman, <i>Con mentalidad propia. Historia cultural del pene</i>, 235.</p>     <p>   <sup><a href="#b8">8</a><a name="8"></a></sup>. David M. Friedman, <i>Con mentalidad propia. Historia cultural del pene</i>, 320.</p>     <p>&nbsp;</p> </font>      ]]></body>
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