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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Simulación de actos jurídicos: Teoría, acción y los efectos de su declaración]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[From this analysis concerning the most debated issues of the theory of simulation of legal acts, which has been developed by scholars and Colombia's highest Courts, one may conclude that simulation is the agreement between two or more people to legally portray the existence of a contract, or parts thereof, in disagreement with their real intention. The action of simulation can be attempted by the contracting parties or by third parties to whom certain and actual damages are caused. Whoever claims the simulation bears the burden of its proof. In this area, the Court has a lower demand of factual consistency and more freedom to appreciate the evidence in order to find and declare the truth behind the apparent business.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[   <font face="verdana" size="2">  <font size="4">     <br>    <p align="center"><b>Simulaci&oacute;n de actos jur&iacute;dicos: Teor&iacute;a,    <br> acci&oacute;n y los efectos de su declaraci&oacute;n</b></p></font>  <font size="3">     <p align="center"><b>Simulation of legal acts: Theory, action and effects of its declaration</b></p></font>      <p>Carolina Deik Acosta-Madiedo*    <br> Pontificia Universidad Javeriana (Colombia)</p>      <p>*Abogada especialista en Derecho administrativo de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogot&aacute; y candidata a Mag&iacute;ster en Derecho de la Universidad de Harvard, EE.UU. Es profesora auxiliar de Derecho Constitucional Colombiano I y Contrataci&oacute;n Estatal en la Pontificia Universidad Javeriana y actualmente trabaja para la firma Estudios Palacios Lleras S.A. <a href="mailto:carodeik@hotmail.com">carodeik@hotmail.com</a>.</p>      <p><i>Fecha de recepci&oacute;n: </i>19 de enero de 2010     <br> <i>Fecha de aceptaci&oacute;n: </i>6 de julio de  2010</p>  <hr>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Resumen</b></p>      <p><i>De este an&aacute;lisis sobre los aspectos m&aacute;s controversiales y conflictivos de la teor&iacute;a de la simulaci&oacute;n de actos jur&iacute;dicos, desarrollada por la doctrina y la jurisprudencia ordinaria, se concluye que la simulaci&oacute;n es el acuerdo entre dos o m&aacute;s personas para fingir jur&iacute;dicamente la existencia de un negocio, o de sus elementos. La acci&oacute;n de simulaci&oacute;n puede ser intentada por las partes del negocio o por terceros perjudicados por aqu&eacute;l, y quien la alegue tendr&aacute; la carga de demostrarla. En este &aacute;mbito se facilita la labor judicial de encontrar la verdad detr&aacute;s del negocio aparente y declararla, haciendo desaparecer el negocio o sus elementos ficticios, pues el juez tiene mayor libertad de apreciaci&oacute;n probatoria y menor exigencia de congruencia f&aacute;ctica.</i></p>      <p><b>Palabras Clave: </b>Simulaci&oacute;n, legitimaci&oacute;n, inter&eacute;s, valoraci&oacute;n probatoria.</p>  <hr>      <p><b>Abstract</b></p>      <p><i>From this analysis concerning the most debated issues of the theory of simulation of legal acts, which has been developed by scholars and Colombia's highest Courts, one may conclude that simulation is the agreement between two or more people to legally portray the existence of a contract, or parts thereof, in disagreement with their real intention. The action of simulation can be attempted by the contracting parties or by third parties to whom certain and actual damages are caused. Whoever claims the simulation bears the burden of its proof. In this area, the Court has a lower demand of factual consistency and more freedom to appreciate the evidence in order to find and declare the truth behind the apparent business.</i></p>      <p><b>Key words: </b>Simulation, legitimation, interest, evidence appreciation.</p>  <hr>  <font size="3">     <br>    <p><b>1. INTRODUCCI&Oacute;N</b></p></font>      <p>La doctrina dominante, con Savigny (1879) a la cabeza, sostiene que la voluntad es el principal elemento de todo negocio jur&iacute;dico. No s&oacute;lo es acertada esta posici&oacute;n, sino que podr&iacute;amos incluso decir que la voluntad es lo que da sentido y raz&oacute;n de ser a la ciencia del derecho, la cual no hace m&aacute;s que realizar y dotar de consecuencias jur&iacute;dicas el querer del individuo. Esa voluntad se exterioriza mediante la declaraci&oacute;n, que es simplemente uno de sus medios de revelaci&oacute;n. As&iacute;, cuando la voluntad y la declaraci&oacute;n entran en conflicto, debe prevalecer aqu&eacute;lla, puesto que la declaraci&oacute;n de una voluntad no verdadera no es m&aacute;s que una mera apariencia de declaraci&oacute;n (Savigny, 1879), en atenci&oacute;n a que la declaraci&oacute;n sin voluntad es tanto como la voluntad sin declaraci&oacute;n.</p>      <p>As&iacute; pues, lo normal es que la voluntad expresada por las partes de un negocio jur&iacute;dico refleje de manera m&aacute;s o menos fidedigna el deseo de los contratantes. Si bien esto ocurre las m&aacute;s de las veces, existen ocasiones en las cuales la deseada identidad entre la voluntad y la exteriorizaci&oacute;n de la misma ante el conocimiento de terceros se quiebra deliberadamente, y es all&iacute; cuando aflora la figura de la simulaci&oacute;n.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Si bien la doctrina y la jurisprudencia de tiempo atr&aacute;s han sentado las bases de la teor&iacute;a de la simulaci&oacute;n, perfilando las caracter&iacute;sticas y elementos del fen&oacute;meno simulatorio, las posibilidades y maneras de intentar la acci&oacute;n de simulaci&oacute;n y los efectos de la misma, lo cierto es que el asunto no ha sido del todo pac&iacute;fico, ni mucho menos inmutable. En efecto, la confusi&oacute;n entre la simulaci&oacute;n y figuras jur&iacute;dicas como la nulidad, el contrato de mandato, el fraude de ley, el testaferrato en sentido lato, entre otras, as&iacute; como en relaci&oacute;n con sus efectos, ha llevado, muy a pesar de la opini&oacute;n de los puristas, al error de aplicar extensivamente a la simulaci&oacute;n algunas reglas y principios ajenos e inaplicables, con evidente desmedro de esta teor&iacute;a y notorias inconsistencias en su implementaci&oacute;n. Todo lo anterior hace menester acometer un estudio sobre el estado de la jurisprudencia y la doctrina en este punto, que se detenga en los asuntos m&aacute;s controvertidos y confusos de la teor&iacute;a con el fin de delimitar sus contornos y arrojar algunas luces sobre los principios y reglas que en efecto la gobiernan. Con este fin, en este art&iacute;culo se desarrollar&aacute;n los siguientes apartados: introducci&oacute;n, concepto de simulaci&oacute;n, el campo de la simulaci&oacute;n, la simulaci&oacute;n frente a los principios generales del derecho, las caracter&iacute;sticas de la simulaci&oacute;n, la acci&oacute;n de simulaci&oacute;n y los efectos de la declaraci&oacute;n de simulaci&oacute;n, seguidos de un apartado final en el que se plantear&aacute;n las principales conclusiones de lo aqu&iacute; analizado.</p>  <font size="3">     <br>    <p><b>2. CONCEPTO DE <i>SIMULACI&Oacute;N</i></b></p></font>      <p>El fen&oacute;meno simulatorio consiste en el acuerdo de dos o m&aacute;s personas para fingir jur&iacute;dicamente un negocio, o algunos elementos del mismo, con el fin de crear ante terceros la apariencia de cierto acto jur&iacute;dico elegido por las partes, y sus efectos de ley, contrariando el fin del acto jur&iacute;dico concreto.</p>      <p>Dado que los contratantes no siempre disimulan del mismo modo, existen dos especies de simulaci&oacute;n: la absoluta y la relativa. Se produce la primera cuando las partes buscan el prop&oacute;sito fundamental</p>      <blockquote>     <p>de crear frente a terceros la apariencia de cierto acto jur&iacute;dico y los efectos propios del mismo, obran bajo el rec&iacute;proco entendimiento de que no quieren el acto que aparecen celebrando, ni, desde luego, sus efectos, d&aacute;ndolo por inexistente. La declaraci&oacute;n oculta tiene aqu&iacute;, pues, el cometido de contradecir frontalmente y de manera total la p&uacute;blica, y a eso se reducen su contenido y su funci&oacute;n (Corte Suprema de Justicia, 1969).</p> </blockquote>      <p>Es decir, aqu&iacute; la negociaci&oacute;n es toda fingida, de manera que una vez corrido el velo que cubre el contrato simulado, no queda absolutamente nada.</p>      <p>&quot;En el segundo, en cambio, de la voluntad que declararon algo es verdad, y de ah&iacute; que descubierto el enga&ntilde;o, se halla que si bien las partes no quisieron el convenio aparente en la forma en que aparece, s&iacute; son reales algunos de sus efectos&quot; (Corte Suprema de Justicia, 2006); como ocurre, por ejemplo, cuando se simula la persona del contratante, las modalidades ciertas del negocio, su naturaleza o su contenido (esto es, el precio, la fecha, las cl&aacute;usulas accesorias, el objeto, etc.). En esta situaci&oacute;n, a diferencia de la anterior, existen dos actos que, seg&uacute;n De La Morandiere (1966), deben ser contempor&aacute;neos. Uno de ellos es aparente y ostensible, pero carece de fuerza obligatoria y sirve de capa al otro, real y efectivo. Este &uacute;ltimo, denominado acto velado, escondido, disimulado, tendr&aacute; plena eficacia cuando no afecte los intereses de terceros y no infrinja la ley, como se acepta uniformemente (C&aacute;mara, 1958).</p>      <p>Una clase de simulaci&oacute;n relativa, la m&aacute;s intrincada en la doctrina, es la <i>interposici&oacute;n de persona, </i>en la cual en el negocio figura un sujeto distinto del interesado, un titular fingido o testaferro. Sin embargo, hasta hoy existe confusi&oacute;n en &eacute;sta debido a una extensi&oacute;n err&oacute;nea del t&eacute;rmino <i>testaferro, </i>puesto que los juristas e int&eacute;rpretes han asimilado al contratante que interviene en el negocio jur&iacute;dico de modo aparente, por un lado, con el mandatario que obra en nombre propio y se vuelve titular nominal de los derechos adquiridos, por el otro; cuando la realidad es que el segundo se convierte jur&iacute;dicamente en <i>verdadero </i>titular de los derechos resultantes del contrato (Ferrara, 1960). Para Coste (1891), s&oacute;lo es posible hablar de verdadera simulaci&oacute;n por interposici&oacute;n de persona cuando, por efecto de un contrato simulado, alguien aparece investido de todos los derechos de propietario y as&iacute; se oculta la realidad de un contrato; pero no cuando el mandatario act&uacute;a <i>propio nomine </i>sin revelar al tercero que act&uacute;a en ejercicio de un mandato, ni cuando hay verdadera transferencia de derechos pero que, por defecto de una forma de publicidad, tal negocio no se comunica a terceros.</p>  <font size="3">     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>    <p><b>3. EL CAMPO DE LA SIMULACI&Oacute;N</b></p></font>      <p>El espectro de la simulaci&oacute;n cobija, al menos en teor&iacute;a, a la mayor&iacute;a de los negocios jur&iacute;dicos. Empero, existen unos cuantos casos en los cuales la simulaci&oacute;n como situaci&oacute;n de hecho carece de efectos, generalmente los actos de derecho de familia, a saber: (I) el matrimonio, el cual las partes podr&iacute;an tener inter&eacute;s en simular para evadir posibles inhabilidades y prohibiciones de ley, no puede ser afectado por este fen&oacute;meno por ser un acto de car&aacute;cter institucional cuya estabilidad resulta imperativa; (II) el divorcio y la separaci&oacute;n de cuerpos, por iguales razones; y (III) el reconocimiento de hijos naturales. Para C&aacute;mara (1958), tampoco es posible la simulaci&oacute;n en los siguientes actos jur&iacute;dicos: (IV) el testamento, la aceptaci&oacute;n y la repudiaci&oacute;n de una herencia, por ser actos unilaterales, en los cuales a lo sumo proceder&iacute;a la reserva mental; (V) la constituci&oacute;n de personas jur&iacute;dicas cuando se requiera la intervenci&oacute;n del Estado en su formaci&oacute;n; (VI) los actos judiciales; y (VII) los actos en los cuales un funcionario p&uacute;blico plasma su voluntad, los cuales no pueden ser impugnados por ser simulados.</p>      <p>Ferrara (1960) coincide en se&ntilde;alar los &quot;actos de potestad del Estado&quot; y los &quot;actos con intervenci&oacute;n de autoridad p&uacute;blica&quot; como categor&iacute;as de actos <i>no simulables, </i>aclarando que los segundos se circunscriben a la intervenci&oacute;n <i>integrante </i>del funcionario p&uacute;blico, donde &eacute;ste interviene como parte en el negocio jur&iacute;dico, complet&aacute;ndolo y perfeccion&aacute;ndolo con su declaraci&oacute;n de voluntad; as&iacute; como la intervenci&oacute;n <i>constitutiva </i>de derechos, como el caso del reconocimiento de personas jur&iacute;dicas. Por el contrario, en los casos en que la intervenci&oacute;n es meramente <i>autorizante y certificadora </i>(el caso de notarios y otros oficiales p&uacute;blicos llamados al ejercicio de la funci&oacute;n notarial) s&iacute; puede ocurrir la simulaci&oacute;n.</p>      <p>El mismo autor sostiene que los actos complejos en s&iacute; mismos son susceptibles de reserva mental colectiva por parte de los varios sujetos del negocio jur&iacute;dico, pero no de simulaci&oacute;n, salvo que al acto complejo se una la voluntad de otra parte contratante, como ocurrir&iacute;a si varios cond&oacute;minos fingen enajenar un bien a un tercero.</p>  <font size="3">     <br>    <p><b>4. LA SIMULACI&Oacute;N FRENTE A LOS PRINCIPIOS GENERALES DEL DERECHO</b></p></font>      <p>4.1.&nbsp;<b>La simulaci&oacute;n frente al principio de relatividad de los contratos</b></p>      <p>El contrato legalmente celebrado es ley para los contratantes, como lo dispone el c&eacute;lebre art&iacute;culo1602 del C&oacute;digo Civil colombiano, y como se desprende de la m&aacute;xima latina <i>res inter alios acta, </i>por virtud de la cual un contrato no puede beneficiar ni perjudicar a personas extra&ntilde;as al mismo. De hecho, el concepto de &quot;tercero&quot;, a la luz del derecho contractual, se define por oposici&oacute;n al de &quot;parte&quot;, por ser precisamente quien no interviene en la formaci&oacute;n y celebraci&oacute;n del contrato, ni se obliga para con una &quot;parte&quot; a dar, hacer o no hacer alguna cosa, ni resulta beneficiado por un compromiso asumido en ese sentido por quien s&iacute; es &quot;parte&quot; del contrato, en t&eacute;rminos del art&iacute;culo 1495 del C&oacute;digo Civil.</p>      <p>Sin embargo, como bien lo destaca P&aacute;jaro (2005), el car&aacute;cter absoluto de esta afirmaci&oacute;n es puesto en entredicho cada vez m&aacute;s ante las complejas relaciones jur&iacute;dicas del mundo moderno, a saber: el contrato de transporte de cosas, donde el remitente o destinatario puede ser un sujeto por entero ajeno al contrato, el seguro de vida o el seguro de da&ntilde;os contratado por el tomador en beneficio de un tercero, el contrato de fiducia mercantil celebrado en provecho de un tercero beneficiario, la estipulaci&oacute;n en favor de tercero, etc.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Sin embargo, m&aacute;s all&aacute; de estos t&iacute;picos ejemplos de relativizaci&oacute;n de la m&aacute;xima citada, lo cierto es que la legitimaci&oacute;n en la causa que tiene un tercero para incoar la acci&oacute;n de simulaci&oacute;n se erige como claro reconocimiento de la posibilidad de que los efectos de un contrato se extiendan a personas, en principio, completamente ajenas a su celebraci&oacute;n.</p>      <p>4.2.&nbsp;<b>La simulaci&oacute;n frente al principio <i>Nemo auditur</i></b></p>      <p>En general, los principios de la justicia y del equilibrio en las relaciones contractuales, el de la apreciaci&oacute;n de los m&oacute;viles neg&oacute;ciales, la protecci&oacute;n de la buena fe y el rechazo del dolo han sido interpretados por la Corte Suprema de Justicia (1998) como una clara muestra de que las &quot;reglas morales penetran profundamente las estructuras jur&iacute;dicas, dotando los fines patrimoniales o econ&oacute;micos que persiguen de contenidos axiol&oacute;gicos&quot;.</p>      <p>Bajo este rasero es, precisamente, que se perfila el art&iacute;culo 1525 del C&oacute;digo Civil, en virtud del cual &quot;no podr&aacute; repetirse lo que se haya dado o pagado por un objeto o causa il&iacute;cita a sabiendas&quot;. Sin embargo, existe consenso en cuanto a que esta prohibici&oacute;n no resulta aplicable al fen&oacute;meno de simulaci&oacute;n, por dos razones, principalmente: (I) porque, como es sabido, no puede extenderse v&iacute;a anal&oacute;gica una disposici&oacute;n de tipo sancionatorio; y (II) porque ello conducir&iacute;a a consecuencias indeseables, como el afianzamiento de negocios simulados, aparejados con el &quot;enriquecimiento injusto del simulante demandando quien, de todas formas, es coautor, o por lo menos c&oacute;mplice, del acto il&iacute;cito&quot; (Corte Suprema, 1998). Esta postura jurisprudencial ha sido sostenida de manera uniforme desde una sentencia del 18 de diciembre de 1964, reiterada, entre otras ocasiones, en 1994, cuando se sent&oacute; que</p>      <blockquote>     <p>Si se llegara a admitir la aplicaci&oacute;n de la regla <i>Nemo auditur </i>en el campo de la simulaci&oacute;n, sobrevendr&iacute;a el caso de que el simulante actor, advertido por ello del posible insuceso de su pretensi&oacute;n, procurar&iacute;a omitir u ocultar en su demanda toda referencia al m&oacute;vil il&iacute;cito y alegar&iacute;a una causa simulandi l&iacute;cita y tambi&eacute;n ficticia. En este supuesto corresponder&aacute; al simulante demandado descubrir y probar el verdadero m&oacute;vil il&iacute;cito, a fin de evadir la restituci&oacute;n de los bienes recibidos en apariencia. Esto ser&iacute;a escandaloso, y resultar&iacute;a doblemente inmoral que al demandante se le rechazara su acci&oacute;n por alegar un m&oacute;vil il&iacute;cito y que, en cambio, al demandado se le permitiese acudir a ese mismo m&oacute;vil para exonerarse de la restituci&oacute;n y consolidar el enriquecimiento injusto, obteniendo as&iacute; un premio a su deslealtad y a su mala fe. Ser&iacute;a contrario a la justicia y a la m&aacute;s simple l&oacute;gica que entre las partes simulantes no pudiera alegarse la simulaci&oacute;n il&iacute;cita como acci&oacute;n, pero que s&iacute; se la pudiese invocar y hacer valer como excepci&oacute;n &#91;...&#93; Denegar la repetici&oacute;n o la restituci&oacute;n de bienes en materia de simulaci&oacute;n il&iacute;cita, equivaldr&iacute;a a hacer ilusoria la acci&oacute;n correspondiente, y ello cuando la propia ley da margen al negocio simulado, reconoci&eacute;ndole efectos jur&iacute;dicos entre las partes que lo conciertan. Esa denegaci&oacute;n quebrantar&iacute;a aquel principio que ordena preferir la realidad a la apariencia (plus valere quod agitur quam quod simulator)...</p> </blockquote>  <font size="3">     <br>    <p><b>5. CARACTER&Iacute;STICAS DE LA SIMULACI&Oacute;N</b></p></font>      <p>La Corte Suprema de Justicia (2000), sobre la base del art&iacute;culo 1766 del C&oacute;digo Civil, ha delineado las principales caracter&iacute;sticas de la simulaci&oacute;n. Ellas coinciden, a grandes rasgos, con lo que C&aacute;mara (1958) denomin&oacute; &quot;elementos constitutivos&quot; de la simulaci&oacute;n, y que se remontan a los &quot;requisitos del negocio simulado&quot; expuestos por Ferrara (1940), aunque lo cierto es que la Corte no cita al autor argentino ni al c&eacute;lebre jurista italiano. Las caracter&iacute;sticas son las siguientes:</p>      <p>5.1. <b>Acuerdo entre las partes</b></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La doctrina y la jurisprudencia exigen acuerdo entre las partes para realizar el negocio aparente, para fingir ante terceros la realidad de su convenio, de manera que todas las partes del contrato act&uacute;en conscientemente con el fin de crear una ilusi&oacute;n ante terceros. Es precisamente &eacute;ste el elemento que diferencia a la simulaci&oacute;n del dolo y de la reserva mental, que ocurre cuando tal fin proviene y se concreta por una sola de las partes.</p>      <p>Si bien el dolo es conocido de sobra en la teor&iacute;a del derecho civil, la reserva mental merece una breve alusi&oacute;n. En &eacute;sta, al igual que en la simulaci&oacute;n, se declara una cosa que no se quiere con el prop&oacute;sito de enga&ntilde;ar; pero lo que separa a un figura de la otra es que en la reserva mental es uno de los contratantes quien oculta su verdadera voluntad <i>frente al otro, </i>sin que ello reste eficacia al contrato; mientras que en la simulaci&oacute;n existe un acuerdo entre las partes dirigido a ocultar <i>de los terceros </i>el negocio real, que por tanto es inoponible a quienes resultaron asaltados en su buena fe. Ahora bien, mientras que en derecho can&oacute;nico la reserva mental es causal de la nulidad del matrimonio, el principio no puede trasportarse al campo del Derecho Civil, donde se trata de negocios jur&iacute;dicos y no de sacramentos (Ferrara, 1960).</p>      <p>El criterio generalizado sobre la necesidad del acuerdo simulatorio se ha explicado en estos t&eacute;rminos:</p>      <blockquote>     <p>La simulaci&oacute;n en un contrato solamente puede ofrecerse cuando quienes participan en &eacute;l se conciertan para crear una declaraci&oacute;n aparente que oculte ante terceros su verdadera intenci&oacute;n que puede consistir, en descartar inter partes todo efecto negocial (simulaci&oacute;n absoluta), o en que se produzcan otros efectos distintos, en todo o en parte, de los que surgen de la declaraci&oacute;n aparente (simulaci&oacute;n relativa). Cuando uno s&oacute;lo de los agentes, mediante el contrato persigue una finalidad u objeto jur&iacute;dico que le oculta al otro contratante, ya no se da el fen&oacute;meno simulatorio, porque esta reserva mental (prop&oacute;sito in mente retento) no convierte en irreal el contrato celebrado en forma tal que &eacute;ste pueda ser declarado ineficaz o dotado de efectos distintos de los que corresponden al contrato celebrado de buena fe por la otra parte; &eacute;sta se ha atenido a la declaraci&oacute;n que se le ha hecho; carece de medios para indagar si ella responde o no a la intenci&oacute;n interna de su autor, y esa buena fe merece protecci&oacute;n (Corte Suprema de Justicia, 1971).</p> </blockquote>      <p>Es cierto que algunos autores discrepan de esta postura, como lo hace Fourcade (1887), quien sostiene que hay muchas hip&oacute;tesis en las que no participan las dos partes en la apariencia. No obstante, rechazamos de plano esta afirmaci&oacute;n, pues con ella desaparecer&iacute;a el l&iacute;mite entre la simulaci&oacute;n, por un lado, y el dolo y la reserva mental, por el otro.</p>      <p>5.2. <b>Fin de enga&ntilde;ar a terceros</b></p>      <p>Como es evidente, el fin deliberado de dicho acuerdo debe ser enga&ntilde;ar a terceros. Sin embargo, contrario a la idea de Wolf sobre el requisito de la &quot;consumaci&oacute;n del enga&ntilde;o&quot;, la consecuci&oacute;n del fin perseguido no es un elemento esencial para que se configure la simulaci&oacute;n. M&aacute;s aun, ese fin de enga&ntilde;ar puede tener &quot;o no como prop&oacute;sito el da&ntilde;o o fraude, que es asunto diferente y que antes se sol&iacute;a confundir&quot; (Corte Suprema de Justicia, 2000); pues, como bien lo anota C&aacute;mara (1958), es importante no mezclar el prop&oacute;sito de enga&ntilde;ar a terceros -que no al otro contratante- con la intenci&oacute;n de da&ntilde;ar, ya que si bien el fraude es de la naturaleza de la simulaci&oacute;n, no es de su esencia.</p>      <p>Existen posiciones aisladas que determinan como &uacute;nico objeto de la ficci&oacute;n la intenci&oacute;n il&iacute;cita, como lo hace Vampr&eacute; (1920), quien define la simulaci&oacute;n como la declaraci&oacute;n enga&ntilde;osa de voluntad para producir efectos diversos del ostensiblemente indicado, &quot;con intenci&oacute;n de violar derechos de terceros o disposiciones de la ley&quot;. Y lamentablemente, en la pr&aacute;ctica es as&iacute; las m&aacute;s de las veces: la simulaci&oacute;n absoluta suele tener car&aacute;cter fraudulento y tiende a causar perjuicio a terceros, frustrando leg&iacute;timas expectativas; mientras que la simulaci&oacute;n relativa suele servir para disfrazar una ilegalidad. Aun as&iacute;, la doctrina mayoritaria reconoce que la simulaci&oacute;n relativa y la absoluta &quot;puede(n) tener objetivos l&iacute;citos y hasta generosos&quot; (C&aacute;mara, 1958). Entre nosotros, tanto la Corte Suprema de Justicia (2008) como la Corte Constitucional (2004) han reconocido que en la simulaci&oacute;n no siempre encontramos tintes il&iacute;citos o de inmoralidad, sino que puede tratarse de un contrato genuinamente concluido pero disfrazado ante terceros -sin lesi&oacute;n para &eacute;stos- en cuanto a su naturaleza, sus condiciones particulares o la identidad de sus agentes. Tal ser&iacute;a del caso de un altruista que hace una cuantiosa donaci&oacute;n y, para mantener el anonimato, se vale de un contrato simulado ante terceros; o de quien desea conservar ciertas apariencias sociales y por ello enajena conservando ante los ojos de los dem&aacute;s la propiedad de sus bienes; o del industrial que finge enormes ventas de un nuevo producto para incentivar su comercializaci&oacute;n; o de quien, para sustraerse de las insistencias y molestas atenciones de un aspirante a heredarle, simula insolventarse. Por eso la jurisprudencia ha distinguido, por un lado, al deudor moroso que oculta los bienes por instinto de conservaci&oacute;n, con el fin de vender tales bienes a precio comercial y, con ello, honrar sus deudas; y por el otro, a quien efectivamente comete fraude. En esta categor&iacute;a se enmarca quien, simulando una venta, dona bienes a su hijo favorito con el fin de frustrar los derechos de sus legitimarios (Corte Suprema de Justicia, 2006); quien esconde una donaci&oacute;n para evadir el pago de impuestos; o quien simula un negocio para evadir las prohibiciones de orden p&uacute;blico sobre incapacidades. Hip&oacute;tesis como &eacute;stas fueron, probablemente, las que condujeron en su momento a Ferrara (1960) a afirmar que la simulaci&oacute;n &quot;es <i>incolora </i>y se califica seg&uacute;n los fines de los que la emplean.&quot;</p>      <p>Este segundo elemento de la simulaci&oacute;n hace imperioso distinguir entre el negocio simulado y el negocio <i>in fraudem legis. </i>Este &uacute;ltimo no es para nada aparente, sino que es efectivamente el negocio deseado por las partes, s&oacute;lo que al celebrarlo ellas tienen el prop&oacute;sito de violar indirectamente la ley, no en su contenido sino en su esp&iacute;ritu, con el fin de conseguir el resultado que la ley quer&iacute;a impedir. Con &eacute;ste se muda el estado de hecho regulado por la ley, pero los contratantes <i>no fingen jur&iacute;dicamente </i>el acto que realizan, sino que recurren <i>realmente </i>a ciertas formas jur&iacute;dicas para obtener ulteriores consecuencias que por otras v&iacute;as legales ser&iacute;an inalcanzables. Por eso, en los actos <i>in fraudem legis </i>lo que hay es una simulaci&oacute;n en sentido econ&oacute;mico, pero no jur&iacute;dico (Ferrara, 1960).</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>5.3. <b>Disconformidad intencional entre las partes</b></p>      <p>Es de la esencia de la simulaci&oacute;n que exista discordancia entre el contrato deseado por las partes, de haberlo, y lo que se muestra al p&uacute;blico, que es un contrato ilusorio que disimula su real y oculta voluntad &quot;bien de no celebrar contrato alguno, o de celebrar uno diferente o con estipulaciones distintas del pregonado o, en fin, con otra persona, de la que se hace figurar como parte&quot; (Corte Suprema de Justicia, 2000). As&iacute;, el acto simulado es la consecuencia de un proceso en el que hay deliberaci&oacute;n de los autores, siendo &eacute;ste el rasgo que distingue a la figura del error, el cual se caracteriza porque la disconformidad entre los contratantes es involuntaria (C&aacute;mara, 1958).</p>  <font size="3">     <br>    <p><b>6. ACCI&Oacute;N DE SIMULACI&Oacute;N</b></p></font>      <p>La acci&oacute;n de simulaci&oacute;n se ha estructurado, tambi&eacute;n, a partir de la interpretaci&oacute;n jurisprudencial de la Corte Suprema de Justicia (1935) sobre el art&iacute;culo 1766 del C&oacute;digo Civil, en relaci&oacute;n con sus manifestaciones, clases, efectos, naturaleza, titulares, etc. A partir de all&iacute; se han erigido las caracter&iacute;sticas de esa &quot;acci&oacute;n dirigida a la comprobaci&oacute;n judicial de una realidad jur&iacute;dica escondida tras el velo creado deliberadamente por los estipulantes, que causa al actor una amenaza a sus intereses&quot; (Corte Suprema, 2000). El fin de la acci&oacute;n es, pues, obtener la revelaci&oacute;n del acto oculto que se configur&oacute; a partir de la genuina expresi&oacute;n de voluntad de las partes.</p>      <p>6.1. <b>Legitimaci&oacute;n en la causa e inter&eacute;s para actuar</b></p>      <p>Seg&uacute;n el profesor argentino C&aacute;mara (1958), en esta materia el derecho com&uacute;n no sufre variaci&oacute;n alguna, pues simplemente se aplica el antiguo apotegma <i>pas d'interêt, pas d'action, </i>y rigen</p>      <blockquote>     <p>&#91;...&#93; los principios generales para incoar cualquier acci&oacute;n: tiene que haber inter&eacute;s para interponer la demanda ante la justicia o para contradecirla. Nuestro C&oacute;digo (el argentino), conforme a la doctrina y legislaci&oacute;n general, no introduce ninguna limitaci&oacute;n. Todo sujeto poseedor de un derecho regularmente constitu&iacute;do (sic), cualquiera sea -contratante, heredero o tercero-, est&aacute; facultado para hacer declarar judicialmente la simulaci&oacute;n de cualquier acto cuyo carecer ficticio le ocasione o pueda ocasionarle perjuicio &#91;...&#93;</p> </blockquote>      <p>Por su parte, la Corte Suprema colombiana (2000) establece que &quot;am&eacute;n de las partes en el contrato o sus herederos, es titular de dicha acci&oacute;n el tercero, cuando el acto fingido le acarrea un perjuicio cierto y actual.&quot; Al rompe surgen dos grandes diferencias con nuestro sistema: la primera, que en Colombia la doctrina s&iacute; introduce limitaciones para interponer la demanda, puesto que en el caso de la simulaci&oacute;n el inter&eacute;s para actuar est&aacute; calificado al quedar ligado inescindiblemente al perjuicio real y determinante de los derechos del que se diga lesionado; la segunda, corolario de la anterior, es que entre nosotros no est&aacute; facultado para accionar quien considere que el car&aacute;cter ficticio del acto le &quot;puede ocasionar&quot; tal perjuicio, pues la Corte es clara al exigir que el acto fingido ocasione un perjuicio CIERTO y ACTUAL, nunca eventual ni futuro como parece sostenerlo C&aacute;mara.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En efecto, para la Corte Suprema (1998), &quot;el derecho de donde se derive el inter&eacute;s jur&iacute;dico debe existir, lo mismo que el perjuicio, al tiempo de deducirse la acci&oacute;n, porque el derecho no puede reclamarse de futuro...en las acciones de esa naturaleza tales principios sobre el inter&eacute;s para obrar en juicio se concretan en el calificativo de leg&iacute;timo o jur&iacute;dico, para significar, en s&iacute;ntesis, que al intentar la acci&oacute;n debe existir un estado de hecho contrario al derecho. Esta premisa ha llevado a la Corte a negar la existencia de inter&eacute;s en la causa, por ejemplo, cuando la simulaci&oacute;n deja de tener relevancia a causa de negocios jur&iacute;dicos posteriores que alteran o diluyen las implicaciones o el perjuicio efectivo de la simulaci&oacute;n; pero la ha avalado cuando, para citar un caso, el c&oacute;nyuge afectado discute la veracidad de la venta de bienes que pertenecen a la sociedad conyugal con el fin de reintegrarlos a la masa social una vez disuelta &eacute;sta, o cuando mediante actos simulados se transfieren en vida los bienes a los hijos matrimoniales para desconocer los derechos herenciales de los extramatrimoniales.</p>      <p>Tampoco podemos aceptar, de entrada, la definici&oacute;n de &quot;inter&eacute;s&quot; acogida por el citado profesor argentino, para quien &quot;el inter&eacute;s en estas demandas no mira al provecho que se espera obtener del litigio, sino, por el contrario, a la necesidad de que se halla el actor de invocar la tutela judicial para restablecer la verdad, as&iacute; como que la situaci&oacute;n anormal y embarazosa desaparezca&quot; (C&aacute;mara, 1958). De lo anterior deriva una apariencia de que para demandar basta el inter&eacute;s por defender la verdad en abstracto, como si pudiese desvincularse del perjuicio, que es, en &uacute;ltimas, el requisito cardinal para accionar en Colombia. Para hacer justicia al mencionado autor, lo cierto es que &eacute;ste vincula el concepto de <i>inter&eacute;s </i>a la titularidad del derecho subjetivo existente, el cual debe <i>ser o poder ser </i>afectado por el acto ficto. Pero C&aacute;mara (1958) no llega a exigir, como sucede en Colombia, un perjuicio cierto y actual a dicho derecho subjetivo, ni mucho menos que su &quot;ejercicio se halle impedido o perturbado por el acto ostensible, y que la conservaci&oacute;n de ese acto le cause un perjuicio&quot; (Corte Suprema, 2000).</p>      <p>Bajo estas premisas es que debe entenderse la afirmaci&oacute;n de la Corte Suprema (2000) en el sentido de que &quot;todo aquel que tenga un inter&eacute;s jur&iacute;dico, protegido por la ley, en que prevalezca el acto oculto sobre lo declarado por las partes en el acto ostensible, est&aacute; habilitado para demandar la declaraci&oacute;n de simulaci&oacute;n. Ese inter&eacute;s puede existir lo mismo en las partes que en los terceros extra&ntilde;os al acto, de donde se sigue que tanto aqu&eacute;llas como &eacute;stos est&aacute;n capacitados para ejercitar la acci&oacute;n&quot;, quedando librado al juez del caso el an&aacute;lisis de la relaci&oacute;n procesal y de la posici&oacute;n jur&iacute;dica del demandante con el fin de determinar su inter&eacute;s para actuar en el caso concreto. Este inter&eacute;s, en los casos de litisconsorcio necesario por pasivo, deber&aacute; ser acreditado por el tercero-actor frente a una cualquiera de las partes del negocio fingido, por ejemplo, demostrando su calidad de acreedor de una u otra parte (Corte Suprema, 2000). Esto es suficiente porque, en el caso de la declaraci&oacute;n de simulaci&oacute;n, la cuesti&oacute;n litigiosa habr&aacute; de resolverse de manera uniforme para todos los litisconsortes (art. 51 C.P.C.), haciendo imperativa la integraci&oacute;n del contradictorio, donde la demostraci&oacute;n del perjuicio actual y cierto no se exige frente a cada demandado sino a causa del negocio simulado en s&iacute;. Con esto bastar&aacute; para entender que el actor tiene un inter&eacute;s serio y actual que ha sido amenazado con el acto de simulaci&oacute;n que se incoa.</p>      <p>En Colombia, la divisi&oacute;n entre legitimaci&oacute;n en la causa e inter&eacute;s para actuar, tenue pero existente en el derecho procesal, parece disolverse del todo en materia de simulaci&oacute;n. Tan es as&iacute; que en buena medida la doctrina y la jurisprudencia han acudido al concepto de inter&eacute;s para actuar al momento de determinar los contornos de la legitimaci&oacute;n en la causa para accionar por simulaci&oacute;n. Veamos: &quot;&#91;...&#93; el inter&eacute;s <u>y de all&iacute; la legitimaci&oacute;n</u> para disputar la simulaci&oacute;n de la venta, era cuesti&oacute;n que no pod&iacute;a descartarse a secas&quot; (Corte Suprema, 2006). Este tribunal ha encontrado dicho &quot;inter&eacute;s&quot;, por ejemplo, en la lesi&oacute;n sufrida por la parte demandante a ra&iacute;z de la venta simulada de un bien perteneciente a la sociedad conyugal pero que, seg&uacute;n ella, nunca hab&iacute;a salido del patrimonio social; o en el perjuicio sufrido por la acreedora de una sociedad contra la cual ya hab&iacute;a intentado infructuosamente el cobro coactivo de varios t&iacute;tulos ejecutivos insolutos, porque el bien objeto del contrato simulado era el &uacute;nico activo sobre el cual pod&iacute;a intentarse el cobro.</p>      <p>Es evidente que la legitimaci&oacute;n en la causa para accionar en simulaci&oacute;n debe acompasarse con las disposiciones especiales que rijan la materia precisa, as&iacute; como con las presunciones de ley que est&eacute;n vigentes. As&iacute; se hizo, en efecto, en la citada sentencia de 2006, en la cual, pese a ser un caso de simulaci&oacute;n, se concluy&oacute; que</p>      <blockquote>     <p>&#91;...&#93; a fin de establecer si realmente la demandante estaba habilitada para impugnar la venta, debi&oacute; ser el art&iacute;culo 1793 del C&oacute;digo Civil, seg&uacute;n el cual se reputan <i>&quot;adquiridos durante la sociedad los bienes que durante ella debieron adquirirse por uno de los c&oacute;nyuges, y que de hecho no se adquirieron sino despu&eacute;s de disuelta la sociedad&quot;, </i>previsi&oacute;n que acompasa con lo expresado en el art&iacute;culo 1792 del mismo ordenamiento, que prev&eacute; c&oacute;mo no conforma ese haber la especie adquirida durante ella &quot;a <i>t&iacute;tulo oneroso, cuando la causa o t&iacute;tulo de la adquisici&oacute;n&quot; </i>la haya precedido.</p> </blockquote>      <p>6.2. <b>Prueba de la Simulaci&oacute;n: </b>carga, medios de prueba y valoraci&oacute;n judicial</p>      <blockquote>     <p>6.2.1. <b><i>Carga de la prueba</i></b></p> </blockquote>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Los negocios jur&iacute;dicos gozan de presunci&oacute;n de veracidad, puesto que se reputan aut&eacute;nticos y leg&iacute;timos en tanto no se demuestre lo contrario. En ese sentido, la carga de demostrar la disparidad entre la voluntad interna, real y su exteriorizaci&oacute;n ontol&oacute;gica <i>(voluntas aparente) </i>radica en quien pretende desvirtuar la presunci&oacute;n. As&iacute; las cosas, cuando quien alega la simulaci&oacute;n falla en demostrarla, &quot;habr&aacute; de estarse mejor a la realidad de aqu&eacute;llo que se hizo p&uacute;blico, criterio que es usual expresar con el conocido adagio latino: <i>In dubio benigna interpretatio adhiben da est, tu magis negotium valet quam pereat&quot; </i>(Corte Suprema, 1992).</p>      <blockquote>     <p>6.2.2. <b><i>Medios de prueba</i></b></p> </blockquote>      <p>Para Rocha (1967), la t&eacute;cnica probatoria de la acci&oacute;n de simulaci&oacute;n debe centrarse en demostrar la voluntad privada, haci&eacute;ndola prevalecer sobre la externa que se revela al p&uacute;blico, sin perjuicio de los terceros de buena fe. En &uacute;ltimas, dice este autor, &quot;hay que demostrar o probar aquella voluntad privada que es la que contiene la verdadera de las partes&quot;.</p>      <blockquote>     <p>Y como tambi&eacute;n lo tiene definido la doctrina jurisprudencial de la Corte, en orden a establecer si sobre un contrato determinado se obr&oacute; simuladamente, el juzgador debe proceder a investigar, ante todo, la existencia del respectivo acuerdo, para pasar luego a analizar el derecho que asista al actor para promover la respectiva acci&oacute;n, y rematar definiendo, con vista en las pruebas del plenario, si la simulaci&oacute;n tuvo lugar o no (Corte Suprema de Justicia, 2004).</p> </blockquote>      <p>Pues bien, existe plena libertad probatoria para demostrar el m&oacute;vil o <i>causa simulandi </i>que dio lugar al negocio simulado -que es especialmente importante en el caso de la simulaci&oacute;n absoluta-, as&iacute; como la simulaci&oacute;n misma del contrato, bien sea demostrando que no existe nada, o que existe un negocio distinto del que se elev&oacute; a escritura p&uacute;blica o que se dio a conocer a terceros.</p>      <p>Aun as&iacute;, la prueba indiciaria suele ser la &uacute;nica v&iacute;a a la que puede acudir con relativas posibilidades de &eacute;xito la parte actora -o quien excepciona simulaci&oacute;n- para satisfacer la carga probatoria de demostrar los hechos en los cuales se fundamentan sus pretensiones o excepciones; lo anterior en virtud del sigilo que suele rodear al acto velado, que dif&iacute;cilmente podr&aacute; demostrarse mediante pruebas directas cuando no se haya elevado a escrito (Corte Suprema, 1998). Y es que si la prueba se dificulta cuando las partes del contrato simulado despliegan su mayor esfuerzo por destruir todo rastro que permita revelar la realidad, lo que resulta virtualmente imposible es demostrar directamente el m&oacute;vil psicol&oacute;gico concreto, racional y econ&oacute;mico que impulsa la simulaci&oacute;n. Por eso &eacute;ste, en opini&oacute;n de jurisprudencia, &quot;constituye &#91;...&#93; una categor&iacute;a superior en materia indiciaria, pues su presencia en las distintas formas de simulaci&oacute;n es siempre visible&quot; (Corte Suprema, 2006). En estos casos, reviste la mayor utilidad esta prueba indirecta, en la que a ciertos hechos indicadores que quedan plenamente acreditados en el expediente, luego de una operaci&oacute;n de inferencia l&oacute;gica, se les reconoce la posibilidad de generar conocimiento de otro hecho: el desconocido (art. 249 C.P.C.).</p>      <p>La jurisprudencia y la doctrina han reconocido como indicios de simulaci&oacute;n, en esencia, los siguientes: las dificultades econ&oacute;micas del vendedor para la &eacute;poca de la celebraci&oacute;n del contrato; la falta de capacidad del comprador aparente para adquirir el bien (insolvencia, no mera iliquidez); la venta en bloque de los bienes que integran el patrimonio del demandado o la enajenaci&oacute;n simult&aacute;nea de otros bienes para insolventarse; las condiciones en las que se efectu&oacute; el pago (por ejemplo, no tiene un grado alto de verosimilitud que se convenga pagar el valor total de un contrato cuantioso en efectivo en la sede de la Notar&iacute;a en un pa&iacute;s como Colombia, donde los hurtos est&aacute;n a la vuelta de la esquina); la estrecha relaci&oacute;n afectiva o de parentesco entre las partes del negocio impugnado; el momento en el cual se realiz&oacute; el negocio (suele analizarse la existencia de embargos o procesos ejecutivos en curso, la disoluci&oacute;n de un matrimonio, la reciente creaci&oacute;n de la sociedad a la cual se le transfieren los bienes, etc.); que el precio del negocio sea irrisorio frente al comercial o que sea el mismo precio por el cual el vendedor adquiri&oacute; el bien a&ntilde;os atr&aacute;s; la falta de acreditaci&oacute;n de movimientos bancarios de las partes; la tardanza en inscribir la escritura que protocoliz&oacute; el negocio aparente; la falta de necesidad de gravar o enajenar; la falta de exteriorizaci&oacute;n de la calidad de comprador o socio supuestamente adquirida por virtud del negocio, etc.</p>      <p>Dos de estos indicios merecen especial menci&oacute;n: el pago de un precio irrisorio y el parentesco. Sobre el primero, la Corte Suprema de Justicia (2006), en un caso en que una de las pretensiones era la declaratoria de simulaci&oacute;n absoluta de un contrato de compraventa, reconoci&oacute; que aun si el precio estipulado es irrisorio, si el demandado logra demostrar que efectivamente se pag&oacute; un valor superior, hay lugar a reconocer la existencia del precio. Esto, sumado a otras pruebas, puede dar lugar a tener por real el contrato mismo, as&iacute; como la voluntad de las partes de que el negocio cumpla su funci&oacute;n econ&oacute;mica jur&iacute;dica; s&oacute;lo que en este evento el contrato estar&aacute; afectado de simulaci&oacute;n relativa en relaci&oacute;n con el precio. Sobre el segundo, esto es, el parentesco, diremos que la sola prueba del parentesco o amistad &iacute;ntima entre los contratantes no permite colegir la ausencia de intenci&oacute;n de contratar, porque la apreciaci&oacute;n de los indicios comprende una actividad m&uacute;ltiple que parte del examen de varios hechos indicadores y no uno solo de ellos (Corte Suprema, 2006).</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Si bien este medio probatorio es el m&aacute;s usual en procesos de esta naturaleza, lo cierto es que proceden todos los que contiene la ley. De hecho, en casos suelen ser esenciales los testimonios de las partes, quienes por contradicciones, o incluso a ra&iacute;z de curiosas coincidencias entre las versiones de quienes sostienen tesis opuestas, dan lugar a que el juez descubra el fen&oacute;meno simulatorio. A manera de ejemplo, en sentencia del 17 de enero de 2006, la Corte Suprema encontr&oacute; que ambas partes en el proceso de simulaci&oacute;n utilizaron expresiones en sus testimonios con las cuales admitieron que el bien en cuesti&oacute;n ten&iacute;a la condici&oacute;n de un bien perteneciente a la sociedad conyugal, en lugar de tratarse de un bien propio, que era precisamente lo sostenido por la parte demandada para evitar su reintegro a la sociedad conyugal.</p>      <p>Incluso del comportamiento de las partes, de la conducta procesal asumida por &eacute;stas, o hasta de las cl&aacute;usulas pactadas en el contrato puede deducirse la simulaci&oacute;n. Esto &uacute;ltimo sucedi&oacute; en el a&ntilde;o 2000, cuando se analiz&oacute; un contrato de &quot;compraventa con pacto de retroventa&quot; cuyas cl&aacute;usulas daban lugar a suponer que se trataba de un mutuo con garant&iacute;a real, puesto que se alud&iacute;a a variaciones en el precio a causa de &quot;un pr&eacute;stamo adicional&quot; (revelando que hab&iacute;a existido un pr&eacute;stamo inicial), as&iacute; como del pago de intereses, retenci&oacute;n de la posesi&oacute;n -retentio possessionis&quot; por pago de impuestos y servicios p&uacute;blicos-, etc. En esta oportunidad, del texto de la escritura misma se evidenciaron pactos incompatibles con el contrato supuestamente celebrado y que, en cambio, insinuaban la existencia de otro que en efecto se hab&iacute;a celebrado.</p>      <blockquote>     <p>6.2.3. <b><i>Valoraci&oacute;n</i></b></p> </blockquote>      <p>Ha sostenido la Corte Suprema (2005) de manera reiterada que</p>      <blockquote>     <p>&#91;...&#93; en materia de simulaci&oacute;n la nominada 'congruencia f&aacute;ctica', no ha de ser tan estricta que siempre deba mantenerse milim&eacute;tricamente ajustada a los perfiles exactos definidos en la demanda, pues en tanto que se mantenga lo medular, es posible la introducci&oacute;n de otros factores antecedentes de la consecuencia jur&iacute;dica pedida, a condici&oacute;n s&iacute;, de que aparezcan plenamente probados en el curso del juicio y que el demandado haya podido razonablemente controvertirlos. En la acci&oacute;n de simulaci&oacute;n, es preciso ver sus particulares fines y objetivos para ajustar la congruencia a las necesidades pr&aacute;cticas del instituto. &#91;...&#93; As&iacute; las cosas, el fundamento f&aacute;ctico en la simulaci&oacute;n est&aacute; constituido por la revelaci&oacute;n de una voluntad real, y tal evidencia emp&iacute;rica, de ser descubierta, vendr&iacute;a a ser la causa de que se diga en la sentencia, a manera de mandato, que el acto oculto est&aacute; llamado a gobernar a los contratantes.</p> </blockquote>      <p>As&iacute; las cosas, en la acci&oacute;n de simulaci&oacute;n, el juez tiene mayor amplitud al momento de fallar, sin por ello vulnerar el imperativo de congruencia, pues no es necesario que desde la demanda misma el actor formule impecablemente las s&uacute;plicas, ni que enumere taxativamente los hechos que probar&aacute; para acreditar la simulaci&oacute;n, ni que &eacute;stos permanezcan inmutables durante el proceso. Por el contrario, para que el juez declare la simulaci&oacute;n basta que la intenci&oacute;n del actor se deduzca del libelo por una interpretaci&oacute;n l&oacute;gica basada en el conjunto de la demanda (Corte Suprema, 2009), que tales hechos aparezcan probados en el proceso como fruto de la actividad y controversia de las partes, y que ellos doten al juez de convicci&oacute;n sobre la voluntad real de las partes, diferente de la declarada.</p>      <p>Y es que la sola apreciaci&oacute;n de la prueba indiciaria implica que &quot;la libertad que de ordinario tiene el juzgador en su an&aacute;lisis adquiere una connotaci&oacute;n mayor, puesto que su labor dial&eacute;ctica se concentra en un juicio de valor &quot;l&oacute;gico-cr&iacute;tico, en el que partiendo de lo conocido, arriba el hombre a lo desconocido, resultando as&iacute; que la apreciaci&oacute;n del fallador se encuentra determinada por tal juicio y no por la objetividad de los hechos&quot; (Corte Suprema, 1941).</p>      <p>En lo que s&iacute; debe tener cuidado el juez es en hacer una ponderaci&oacute;n razonada del m&eacute;rito de los medios de prueba en su conjunto para determinar si los medios allegados bastan para encontrar probada la simulaci&oacute;n, pues cuando la prueba sea indiciaria, &eacute;stas y las conjeturas deben tener el suficiente m&eacute;rito para fundar en el juez la firme convicci&oacute;n de la simulaci&oacute;n del negocio. Esto s&oacute;lo ocurrir&aacute; cuando las inferencias o deducciones sean graves, precisas y convergentes (Corte Suprema, 2003), dado que al tenor de los art&iacute;culos 248 y 250 del C&oacute;digo de Procedimiento Civil, para los indicios sean tenidos como tales se requiere la plena prueba del hecho indicador y, adem&aacute;s, que del conjunto de ellos aparezca &quot;su gravedad, concordancia y convergencia, y su relaci&oacute;n con las dem&aacute;s pruebas que obren en el proceso&quot;. Por el contrario, &quot;un &uacute;nico indicio &#91;...&#93; por su soledad y falta de convergencia carecer&iacute;a de la contundencia necesaria que condujera a afirmar que aquel contrato fue aparente&quot; (Corte Suprema, 2004).</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Para determinar lo anterior es menester analizar si los contraindicios y las pruebas allegadas al proceso por el demandado tienen la virtualidad de neutralizar los alegados por la parte demandante y, en consecuencia, para descartar la simulaci&oacute;n alegada. As&iacute;, verbigracia, al indicio de la <i>retentio posesionis </i>alegado por el actor puede opon&eacute;rsele la prueba de la posesi&oacute;n efectiva del bien por quien alega haberlo adquirido a trav&eacute;s del negocio atacado, o la condici&oacute;n de simple tenedor que tiene el vendedor por la prueba de un contrato de arrendamiento con el comprador. Igualmente, frente al indicio de la falta de recursos econ&oacute;micos del adquiriente para la &eacute;poca del negocio impugnado, cabe la prueba de la celebraci&oacute;n concomitante de un contrato de mutuo para pagar el precio del bien. Tambi&eacute;n convendr&iacute;a analizar la tardanza del demandante en formular el reclamo, las condiciones que pueden conducir al demandante a presentar la demanda, o las posibles denuncias del demandante en relaci&oacute;n con incumplimientos del contrato por parte del demandado, con lo cual habr&iacute;a que descartar la inexistencia del mismo; todo esto para determinar si existen suficientes hechos indicativos de la seriedad de la negociaci&oacute;n.</p>      <p>Ahora bien, precisamente por la libertad de valoraci&oacute;n probatoria que se acent&uacute;a en procesos de simulaci&oacute;n por las razones arriba expuestas, se ha aceptado de manera relativamente pac&iacute;fica en la jurisprudencia que &quot;la Corte, en esa labor valuativa como tribunal de casaci&oacute;n, no puede, por regla general, quebrar los fallos de segunda instancia&quot; (Corte Suprema de Justicia, 2006); porque la apreciaci&oacute;n del juez de instancia es intocable en casaci&oacute;n. En efecto, es aqu&eacute;l el encargado de determinar la existencia, convergencia y el grado de credibilidad que comporta el conjunto de indicios, aplicando las reglas de la l&oacute;gica y de la experiencia.</p>      <p>S&oacute;lo excepcionalmente puede la Corte pronunciarse al respecto, cuando la estimaci&oacute;n se ve al rompe como arbitraria, contraevidente o contraria a la l&oacute;gica, por errores &quot;evidentes y trascendentes&quot; (Corte Suprema, 1998) que afloran sin necesidad de grandes esfuerzos racionales o intelectuales, como cuando se suponen o pretermiten ciertos hechos que dan lugar a deducir cierta conjetura o dejar de hacerlo, o cuando existe un quiebre en el juicio l&oacute;gico jur&iacute;dico de inducci&oacute;n del hecho desconocido a partir del hecho conocido por inexistencia de un v&iacute;nculo de causalidad entre uno y otro. Por eso no basta que las pruebas arrojen varias posibles conclusiones contrapuestas y que el juez superior no est&eacute; de acuerdo con la opci&oacute;n elegida por el de instancia, pues en estos casos la presunci&oacute;n de legalidad y acierto que ampara las sentencias judiciales debe prevalecer.</p>  <font size="3">     <br>    <p><b>7. EFECTOS DE LA DECLARACI&Oacute;N DE SIMULACI&Oacute;N </b></p></font>      <p>7.1. <b>Efectos generales</b></p>      <p>Los efectos de la simulaci&oacute;n dependen, sin lugar a dudas, de la especie de simulaci&oacute;n que se declare. En efecto, mientras que la simulaci&oacute;n absoluta conlleva ineludiblemente a que todo el negocio desaparezca del mundo jur&iacute;dico en atenci&oacute;n a que &quot;la simulaci&oacute;n absoluta, <i>per se, </i>de suyo y ante s&iacute;, envuelve la inexistencia del negocio jur&iacute;dico aparente, <i>per differentiam, </i>la simulaci&oacute;n relativa, presupone la ineludible existencia de un acto dispositivo diferente al aparente&quot; (Corte Suprema, 2009), de manera que en &eacute;sta s&oacute;lo se disuelve lo ficticio, quedando en pie aquello que las partes realmente quisieron celebrar con los derechos y obligaciones inherentes a dicho tipo negocial, a menos que concurra alguna circunstancia de ley que obligue al juez a restarle fuerza jur&iacute;dica al negocio deseado. En uno u otro caso, el juez que la declare debe ordenar las restituciones mutuas y la glosa en ese sentido de la escritura p&uacute;blica que contenga el acto simulado para revelar ante los terceros la realidad que subyace a dicha exteriorizaci&oacute;n de la voluntad.</p>      <p>Adem&aacute;s, es l&oacute;gico que una vez develada la simulaci&oacute;n, no existe raz&oacute;n jur&iacute;dica que justifique que el propietario aparente retenga bienes ajenos, por lo cual procede devolver las cosas al estado anterior o, de ser imposible, restituirlas, por ejemplo, restituyendo en lo posible los derechos de los acreedores defraudados con la simulaci&oacute;n (Corte Suprema, 2006).</p>      <p>En este sentido se erige el C&oacute;digo Civil en la norma que constituye el fundamento legal de la teor&iacute;a de simulaci&oacute;n, desarrollada v&iacute;a jurisprudencial desde el 27 de julio de 1935, y que versa as&iacute;:</p>      <blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>ART&Iacute;CULO 1766. </b>SIMULACI&Oacute;N. Las escrituras privadas, hechas por los contratantes para alterar lo pactado en escritura p&uacute;blica, no producir&aacute;n efecto contra terceros.</p>      <p>Tampoco lo producir&aacute;n las contraescrituras p&uacute;blicas, cuando no se ha tomado raz&oacute;n de su contenido al margen de la escritura matriz, cuyas disposiciones se alteran en la contraescritura, y del traslado en cuya virtud ha obrado el tercero.</p> </blockquote>      <p>La Corte Constitucional (2004), al declarar la constitucionalidad de esta norma, no s&oacute;lo descart&oacute; la supuesta vulneraci&oacute;n del principio de la buena fe, contenido en el art&iacute;culo 83 de la Constituci&oacute;n Pol&iacute;tica, sino que adem&aacute;s abord&oacute; el principal problema de este fen&oacute;meno, que radica en determinar la eficacia que debe otorg&aacute;rsele al aspecto secreto del acuerdo simulatorio frente al ostensible. Concluy&oacute;, pues, que resultaba ajustado a toda l&oacute;gica que los efectos de lo acordado en t&eacute;rminos modificatorios de un acuerdo inicial s&oacute;lo afectar&aacute;n a las partes de tal acuerdo, que evidentemente no quer&iacute;an seguirse rigiendo por el contrato inicial. Y consider&oacute; que no pod&iacute;an tener efectos <u>contra terceros sino s&oacute;lo a favor de &eacute;stos,</u> precisamente para atajar esta modalidad de simulaci&oacute;n por acto posterior secreto, para materializar el principio de buena fe y para proteger</p>      <blockquote>     <p>a los terceros ajenos al acuerdo contenido en documento privado, que en virtud a la modalidad escogida por quienes los suscriben se torna desconocido para los primeros &#91;...&#93; Lo contrario implicar&iacute;a dejar abierta la puerta a la interpretaci&oacute;n subjetiva de los aspectos inherentes a las obligaciones civiles y comerciales en cuanto tocan con los terceros, con el consecuente impacto en la econom&iacute;a procesal.</p> </blockquote>      <p>Por eso, la Corte Constitucional acogi&oacute; la postura jurisprudencial consistente en que los terceros pueden acudir a la declaraci&oacute;n hecha en la escritura p&uacute;blica o a lo pactado por los contratantes en la contraescritura, seg&uacute;n su conveniencia.</p>      <p>Esta consecuencia parece derivar de lo que en su momento expres&oacute; Ferrara (1940), y es que</p>      <blockquote>     <p>&#91;...&#93; los mismos principios que se aplican a la reserva mental y que nadie osa discutir, se deben aplicar a la simulaci&oacute;n, ya que &eacute;sta no es m&aacute;s que una reserva mental bilateral, y as&iacute; como la reserva mental es ineficaz para el contratante que la ignora, as&iacute; tambi&eacute;n la simulaci&oacute;n que es una reserva com&uacute;n y consensual de ambos contratantes respecto a terceros, debe ser ineficaz en cuanto a &eacute;stos. Ni el acreedor, ni ning&uacute;n otro que la pruebe puede valerse de ella, como tampoco podr&iacute;a beneficiarse de su demostraci&oacute;n en el otro caso. Podemos suponer que los simulantes forman agrupados una unidad con relaci&oacute;n al p&uacute;blico y que hacen una declaraci&oacute;n falsa reserv&aacute;ndose mentalmente otra voluntad contraria que hacen constar en forma documental. En tal caso, deber&aacute; aplicarse por analog&iacute;a el principio de que la reserva mental carece de valor jur&iacute;dico.</p> </blockquote>      <p><i>7.2. </i><b>Simulaci&oacute;n y nulidad</b></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En esencia, la voluntad por s&iacute; sola no basta para generar efectos jur&iacute;dicos, y el ordenamiento jur&iacute;dico protege s&oacute;lo las determinaciones serias de voluntad manifestadas de buena fe y con un inter&eacute;s l&iacute;cito, con algunas excepciones que abordar&eacute; m&aacute;s adelante. Por ello, la simulaci&oacute;n absoluta, que apareja la inexistencia del acto jur&iacute;dico, es excluyente por incompatible con una declaraci&oacute;n de nulidad, &quot;no pudi&eacute;ndose predicar de un mismo acto dispositivo que es simult&aacute;neamente inexistente e inv&aacute;lido&quot; (Corte Suprema, 2009).</p>      <p>Sin embargo, no ocurre lo mismo en el caso de la simulaci&oacute;n relativa, en la que s&iacute; existe un negocio vedado que, de no cumplir los requisitos legales de validez, debe anularse. Lo anterior no implica aplicar las normas sobre nulidad al fen&oacute;meno mismo de la simulaci&oacute;n, pues de tiempo atr&aacute;s qued&oacute; superada la teor&iacute;a de la simulaci&oacute;n-nulidad, en la que el acto aparente era nulo y carente de efectos por virtud de la m&aacute;xima <i>quod nullum est, nullum producit effectum; </i>mientras que el acuerdo secreto ten&iacute;a y tiene plenas consecuencias siempre que no atente contra el orden p&uacute;blico y los derechos de terceros. Hoy, por el contrario, los conceptos de simulaci&oacute;n y nulidad se encuentran claramente diferenciados: mientras que en la primera no existe vicio alguno en el negocio jur&iacute;dico, 'en la nulidad, en cambio, la voluntad de las partes persigue en todo caso la efectividad del acto, pero &eacute;ste surge viciado radicalmente en su causa o en su objeto, o sin la solemnidad exigida por la ley para que nazca a la vida del derecho' (Corte Suprema, 1951).</p>      <p>En efecto, una vez develada la realidad del negocio jur&iacute;dico celebrado por v&iacute;a de la declaraci&oacute;n judicial de simulaci&oacute;n relativa, compete al juez analizar los contornos del verdadero contrato, para que cuando &eacute;ste est&eacute; viciado de nulidad absoluta as&iacute; lo declare el juez. Esta declaraci&oacute;n puede ocurrir incluso de oficio si aparece probado en el proceso el vicio de nulidad absoluta (art&iacute;culo 2&deg; de la Ley 50 de 1936) o si existe convicci&oacute;n de la existencia de la simulaci&oacute;n absoluta; pero s&oacute;lo puede declararse relativamente nulo el contrato si &eacute;sta fue alegada como excepci&oacute;n y todas las partes del contrato han sido convocadas al proceso.</p>      <p>Sobre lo &uacute;ltimo conviene revisar el texto del art&iacute;culo 306 del C&oacute;digo de Procedimiento Civil, seg&uacute;n el cual</p>      <blockquote>     <p>&#91;...&#93; Cuando se proponga la excepci&oacute;n de nulidad o la de simulaci&oacute;n del acto o contrato del cual se pretende derivar la relaci&oacute;n debatida en el proceso, el juez se pronunciar&aacute; expresamente en la sentencia sobre tales figuras, siempre que en el proceso sean parte quienes lo fueron en dicho acto o contrato; en caso contrario, se limitar&aacute; a declarar si es fundada o no la excepci&oacute;n.</p> </blockquote>      <p>Es decir que si todas las partes del contrato est&aacute;n presentes en el proceso, el juez declarar&aacute; la nulidad o simulaci&oacute;n del acto o contrato, pero si al proceso no comparecen todas las partes que intervinieron en la formaci&oacute;n del acto jur&iacute;dico, el juzgador s&oacute;lo podr&aacute; acoger como fundada la excepci&oacute;n, con lo cual se enervan las pretensiones del actor, impidiendo &quot;que los contratos nulos o simulados puedan producir los efectos que los litigantes persiguen o que lleguen a causar ulteriores perjuicios&quot; (Corte Suprema de Justicia, 2001). Entiendo que esta postura es la m&aacute;s acertada, puesto que de entrada parece un contrasentido que si el juez encuentra probado lo ficticio del negocio, aun as&iacute; est&eacute; obligado a reconocerle los efectos jur&iacute;dicos pretendidos por las partes. De lo anterior dedujo la Corte en esa oportunidad que</p>      <blockquote>     <p>&#91;...&#93; no es menester que el demandado proponga expresamente la excepci&oacute;n de simulaci&oacute;n absoluta para que el juzgador pueda abordar su estudio y declararla probada, si es del caso, pues tal excepci&oacute;n puede ser declarada aun (sic) de manera oficiosa, s&oacute;lo que en tal hip&oacute;tesis, no produce ning&uacute;n otro efecto distinto al de enervar las pretensiones de la demanda.</p> </blockquote>      <p>Veamos, para ilustrar este punto, algunos ejemplos. En el caso de una venta simulada para ocultar una donaci&oacute;n, una vez declarada la simulaci&oacute;n relativa, si el juez observa que la donaci&oacute;n se realiz&oacute; sin las formalidades exigidas para ello -como, por ejemplo, sin la insinuaci&oacute;n-, debe anular el contrato cuando as&iacute; se haya solicitado o excepcionado (o incluso de oficio cuando el vicio es de nulidad absoluta). Algo similar ocurri&oacute; en el seno del m&aacute;ximo tribunal de lo ordinario cuando se devel&oacute; el acuerdo real -contrato de mutuo con garant&iacute;a- que estaba detr&aacute;s del aparente contrato de compraventa con pacto de retroventa, pues en dicha oportunidad la Corte Suprema de Justicia (2000) consider&oacute; que la garant&iacute;a sobre el inmueble no pod&iacute;a subsistir por s&iacute; misma por ser contraria al art&iacute;culo 2422 del C.C., &quot;al que remite el art. 2448, en el sentido de que no puede estipularse que el acreedor tenga facultad de disponer del bien dado en garant&iacute;a o de apropi&aacute;rselo por medios distintos de los que el art&iacute;culo 2422 prescribe y sin que valga ninguna estipulaci&oacute;n&quot; en contrario. Por eso en dicha oportunidad se declar&oacute; la nulidad relativa y adem&aacute;s la nulidad absoluta del contrato real por objeto il&iacute;cito de la aludida garant&iacute;a y, por ende, de la tradici&oacute;n.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><i>Contrario sensu, </i>cuando se realice una transferencia del dominio que el juez entienda como querida por las partes pero a trav&eacute;s de un negocio distinto del exteriorizado por las mismas, la transferencia misma de la propiedad debe permanecer inc&oacute;lume si no concurre una causa que aconseje lo contrario. As&iacute; ocurrir&aacute; en el caso en que, por ejemplo, al descorrer el velo constituido por un fingido contrato de compraventa entre una sociedad y uno de sus socios se encuentre que la voluntad de las partes estaba encaminada a hacer un aporte a la sociedad para aumentar el patrimonio social con el fin de mejorar la capacidad de contrataci&oacute;n de &eacute;sta ante organismos estatales. As&iacute;, salvo que exista un motivo de ley que obligue anular el acto, la transferencia de la propiedad debe mantenerse.</p>      <p><i>7.3. </i><b>Efectos de la simulaci&oacute;n cuando hay terceros de buena fe</b></p>      <p>Ahora bien, es menester dejar en claro que, en ocasiones, pese a que se observen claramente los elementos que configuran la simulaci&oacute;n, el juez debe denegar las pretensiones si encuentra que</p>      <blockquote>     <p>de aniquilarse la venta simulada y disponerse la consiguiente anotaci&oacute;n en el protocolo y el registro, se vulnerar&iacute;an los derechos de los terceros que contrataron con el sedicente comprador &#91;...&#93; Dicho sincopadamente, los acreedores del comprador simulado y propietario aparente, por ser terceros, y de buena fe exenta de culpa, no pueden ser alcanzados por los efectos de la simulaci&oacute;n absoluta (Corte Suprema, 2006).</p> </blockquote>      <p>Estos terceros pueden, en cambio, invocar la mera apariencia que motiv&oacute; su actuar de buena fe para que obtengan la protecci&oacute;n que, de tiempo atr&aacute;s, les ha profesado el ordenamiento jur&iacute;dico para proteger la estabilidad de las transacciones y la seguridad jur&iacute;dica. En efecto, ha dicho la Corte Suprema (2008) que</p>      <blockquote>     <p>lo aparente no est&aacute; llamado a generar efecto alguno entre las partes y, frente a terceros, in casu, dentro del marco de circunstancias concretas se definir&aacute;n las diferentes hip&oacute;tesis que pueden suscitarse entre &eacute;stos conforme deriven derechos del titular real o del titular aparente en la cual, por principio se privilegia el inter&eacute;s de quien actu&oacute; de buena fe con base en la apariencia en preservaci&oacute;n de &eacute;sta, la regularidad y certidumbre del tr&aacute;fico jur&iacute;dico y de las relaciones jur&iacute;dicas negociales &#91;...&#93;</p> </blockquote>      <p>Asunto que abordar&eacute; a continuaci&oacute;n.</p>      <p>As&iacute; las cosas, si bien en principio se protege al acreedor del vendedor aparente, la doctrina ha reconocido que en los casos en los cuales los acreedores del comprador aparente hayan promovido de buena fe &quot;<u>la ejecuci&oacute;n</u> sobre los bienes simuladamente adquiridos por su deudor, son considerados de la misma condici&oacute;n que los terceros que hayan adquirido de buena fe, confiando en la eficacia del negocio simulado&quot; (Betti, 1935). En estos casos, al igual que si el bien objeto del negocio simulado fue embargado o adjudicado por liquidaci&oacute;n de una sociedad conyugal, el negocio se volver&aacute; intangible, sin que por ello los simulados negocios jur&iacute;dicos adquieran la calidad de reales convenciones con entidad para producir efectos entre las partes. Lo que ocurre es sencillamente que &quot;el actor carece de inter&eacute;s jur&iacute;dico para formular sus s&uacute;plicas&quot; (Corte Suprema, 1998), as&iacute; que no ser&aacute; posible recomponer el patrimonio del vendedor simulado sino, por el contrario, la declaraci&oacute;n de simulaci&oacute;n debe ajustarse para provocar el menor da&ntilde;o posible a los acreedores del propietario real. Lo anterior podr&iacute;a lograrse, por ejemplo, reconociendo el derecho de aqu&eacute;llos a perseguir los remanentes de los procesos ejecutivos promovidos contra el propietario aparente. Esta conclusi&oacute;n es congruente con lo que se ha dicho sobre la necesidad de que, una vez descubierta la simulaci&oacute;n, los bienes sean detentados por su verdadero propietario y queden afectados a la prenda general de los acreedores de &eacute;ste.</p>  <font size="3">     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>    <p><b>CONCLUSI&Oacute;N</b></p></font>      <p>A manera de conclusi&oacute;n diremos que la simulaci&oacute;n de actos jur&iacute;dicos consiste en el acuerdo de dos o m&aacute;s personas para fingir jur&iacute;dicamente ante los dem&aacute;s la existencia de un negocio, o algunos elementos del mismo, con el fin de crear ante terceros la apariencia de cierto acto jur&iacute;dico elegido por las partes, y sus efectos de ley, en deliberada discordancia con la voluntad real de las partes. Su campo abarca la mayor&iacute;a de negocios jur&iacute;dicos, salvo algunos casos en los que la ley ha optado por dar prelaci&oacute;n a la estabilidad del negocio sobre la necesaria identidad entre la voluntad de las partes y la declaraci&oacute;n de la misma.</p>      <p>La acci&oacute;n para develar la realidad que yace tras el velo del contrato simulado puede ser intentada bien por las partes (gracias a la excepci&oacute;n del principio <i>Nemo auditur) </i>o bien por terceros que hayan sufrido perjuicios ciertos y reales a ra&iacute;z del contrato simulado (como excepci&oacute;n a la aplicaci&oacute;n estricta de la teor&iacute;a de la <i>relatividad de los contratos), </i>y quien la alegue deber&aacute; demostrar la existencia de los hechos que acreditan la simulaci&oacute;n. Se ha visto que, a ra&iacute;z del sigilo con el que suelen actuar las partes, la principal prueba suele ser la indiciaria, pero lo cierto es que proceden todos los medios de prueba estipulados en la ley. A su vez, en este &aacute;mbito se acent&uacute;a la libertad apreciativa del acervo probatorio por parte del juez de instancia -que en principio es intocable en casaci&oacute;n- y el principio de congruencia f&aacute;ctica se aten&uacute;a, dotando al juez de mayores posibilidades para auscultar la verdad detr&aacute;s del negocio aparente. Por &uacute;ltimo, en caso de prosperar las pretensiones, el negocio desaparecer&aacute; del mundo jur&iacute;dico, o desaparecer&aacute;n los elementos ficticios del mismo, salvo que tal declaraci&oacute;n pueda afectar los derechos de los terceros de buena fe, o que el negocio real vulnere el ordenamiento jur&iacute;dico.</p>  <hr>  <font size="3">     <br>    <p><b>REFERENCIAS</b></p></font>      <!-- ref --><p>Betti, E. (1935). <i>Teor&iacute;a general del negocio jur&iacute;dico. </i>Madrid: Editorial Revista de Derecho Privado.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S0121-8697201000020001400001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>C&aacute;mara, H. (1958) <i>Simulaci&oacute;n en los actos jur&iacute;dicos. </i>Buenos Aires: Roque Depalma Editor.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000150&pid=S0121-8697201000020001400002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Constitucional (2004). <i>Sentencia n&deg; C-071 del 3 de febrero de 2004 </i>(expediente D-4692). Ponente: &Aacute;lvaro Tafur Galvis. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S0121-8697201000020001400003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (1941). <i>Sentencia del 24 de abril de 1941. </i>Citado Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (2006). <i>Sentencia del 17 de enero de 2006 </i>(expediente n&deg; 02850). Ponente: Manuel Isidro Ardila Vel&aacute;squez. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000152&pid=S0121-8697201000020001400004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (1951). <i>Sentencia del 29 de agosto de 1951 </i>(LXX, 74). Citado Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (1998). <i>Sentencia del 17 de noviembre de 1998 </i>(expediente n&deg; 5016). Ponente: Rafael Romero Sierra. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S0121-8697201000020001400005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (1969). <i>Sentencia del 21 de mayo de 1969.</i>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000154&pid=S0121-8697201000020001400006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (1971). <i>Sentencia del 29 de abril de 1971 </i>(t. CXXXVIII, p. 314). Citado Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (2006). <i>Sentencia del 2 de febrero de 2006 </i>(expediente n&deg; 16971). Ponente: Pedro Octavio Munar Cadena. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000155&pid=S0121-8697201000020001400007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (1992). <i>Sentencia del 24 de junio de 1992 </i>(expediente n&deg; 3390). Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000156&pid=S0121-8697201000020001400008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (1994). <i>Sentencia del 24 de febrero de 1994. </i>Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000157&pid=S0121-8697201000020001400009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (1998). <i>Sentencia del 23 de abril de 1998 </i>(expediente n&deg; 4544). Ponente: Jorge Antonio Castillo R&uacute;geles. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000158&pid=S0121-8697201000020001400010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (1998). <i>Sentencia del 17 de noviembre de 1998 </i>(expediente n&deg; 5016). Ponente: Rafael Romero Sierra. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000159&pid=S0121-8697201000020001400011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (2000). <i>Sentencia del 19 de junio de 2000 </i>(expediente n&deg; 6266). Ponente: Jorge Santos Ballesteros. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000160&pid=S0121-8697201000020001400012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (2000). <i>Sentencia del 27 de julio de 2000 </i>(expediente n&deg; 6238). Ponente: Jorge Santos Ballesteros. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000161&pid=S0121-8697201000020001400013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (2001). <i>Sentencia del 10 de septiembre de 2001 </i>(expediente n&deg; 5961). Ponente: Jorge Antonio Castillo R&uacute;geles. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000162&pid=S0121-8697201000020001400014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (2003). <i>Sentencia del 24 de noviembre de 2003 </i>(expediente n&deg; 7458). Ponente: Carlos Ignacio Jaramillo Jaramillo. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000163&pid=S0121-8697201000020001400015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (2004). <i>Sentencia del 19 de mayo de 2004 </i>(expediente n&deg; 7145). Ponente: C&eacute;sar Julio Valencia Copete. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000164&pid=S0121-8697201000020001400016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (2005). <i>Sentencia del 15 de diciembre de 2005 </i>(expediente n&deg; 19728-02), no publicada a&uacute;n oficialmente. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000165&pid=S0121-8697201000020001400017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (2006). <i>Sentencia del 17 de enero de 2006 </i>(expediente n&deg; 02850). Ponente: Manuel Isidro Ardila Vel&aacute;squez. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000166&pid=S0121-8697201000020001400018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (2006). <i>Sentencia del 6 de abril de 2006 </i>(expediente 1747-01). Ponente: Cesar Julio Valencia Copete. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000167&pid=S0121-8697201000020001400019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (2006). <i>Sentencia del 17 de julio de 2006 </i>(expediente 11001-3103-004-1992-0315-01). Ponente: C&eacute;sar Julio Valencia Copete. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000168&pid=S0121-8697201000020001400020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (2006). <i>Sentencia del 4 de septiembre de 2006 </i>(expediente 050013103007-1997-5826-01). Ponente: Edgardo Villamil Portilla. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000169&pid=S0121-8697201000020001400021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (2008). <i>Sentencia del 29 de octubre de 2008 </i>(expediente C-5200131030032000-00288-01). Ponente: Jaime Alberto Arrubla Paucar. Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000170&pid=S0121-8697201000020001400022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (2008). <i>Sentencia del 30 de julio de 2008 </i>(expediente 41001-3103-004-1998-00363-01). Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000171&pid=S0121-8697201000020001400023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci&oacute;n Civil y Agraria (2009). <i>Sentencia del 6 de mayo de 2009 </i>(expediente 11001-3103-032-2002-00083-01). Ponente: William Nam&eacute;n Vargas. Bogot&aacute;. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000172&pid=S0121-8697201000020001400024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Coste (1891). <i>De la convention de prete-nom. </i>Par&iacute;s.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000173&pid=S0121-8697201000020001400025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>De La Morandiere, L.J. (1966). <i>Pr&eacute;cis de Droit Civil. </i>Par&iacute;s: Librairie Dalloz.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000174&pid=S0121-8697201000020001400026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ferrara, F. (1940). Simulazione. En Torino, <i>Nuevo Digesto Italiano, </i>XII, 1<sup>a </sup>parte.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000175&pid=S0121-8697201000020001400027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ferrara, F. (1960, reimpresi&oacute;n.). <i>La simulaci&oacute;n de los negocios jur&iacute;dicos. </i>Madrid: Editorial Revista de Derecho Privado.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000176&pid=S0121-8697201000020001400028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Fourcade (1887). <i>De la simulaci&oacute;n en droit civil et en droit fiscal. </i>Par&iacute;s. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000177&pid=S0121-8697201000020001400029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>P&aacute;jaro Moreno, M.E. (2005). <i>La relatividad del contrato y los terceros. </i>Bogot&aacute;: Universidad Externado de Colombia.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000178&pid=S0121-8697201000020001400030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Rocha Alvira, A. (1967). <i>De la Prueba en Derecho. </i>Bogot&aacute;: Lerner. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000179&pid=S0121-8697201000020001400031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Savigny, F. C. (1879). <i>Sistema del derecho romano actual. </i>Madrid. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000180&pid=S0121-8697201000020001400032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Spencer, V. (1920). <i>Manual de direito civil brasileiro. </i>R&iacute;o de Janeiro.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000181&pid=S0121-8697201000020001400033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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