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<article-title xml:lang="es"><![CDATA["ALGUIEN QUE CUIDE DE MÍ" PARA UNA LECTURA CRÍTICA SOBRE LOS DISCURSOS DE IGUALDAD DE GÉNERO]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="es"><p><![CDATA[Este trabajo plantea la pregunta por las causas de las resistencias femeninas a la recepción de los discursos de igualdad de género. En su hipótesis central afirma que tales resistencias obedecen a límites propios del discurso y que, en consecuencia, éste no puede ser considerado como universalmente aceptable. Los límites que se identifican en el texto se centran en las condiciones sociales y económicas de posibilidad, en las barreras que genera el discurso victimizante, en la pervivencia del privilegio de seguridad y en las consecuencias que sobre las estructuras sociales resultan del proceso de asimilación de los nuevos roles de género.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b>&#147;ALGUIEN QUE CUIDE DE M&Iacute;&#148;   PARA UNA LECTURA CR&Iacute;TICA SOBRE LOS DISCURSOS DE IGUALDAD DE G&Eacute;NERO</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>   <b>Adriana Mar&iacute;a Serrano L&oacute;pez*</b></p>     <p>* Fil&oacute;sofa de la Pontificia Universidad Javeriana, profesora e investigadora de las facultades de Ciencia   Pol&iacute;tica y Gobierno, y de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario. Realiz&oacute; una   Maestr&iacute;a en Estudios del Desarrollo en el IUED, adscrito a la Universidad de Ginebra, Suiza. Este   art&iacute;culo fue desarrollado dentro del proceso del proyecto institucional de investigaci&oacute;n &#147;Sobre los   discursos de igualdad de g&eacute;nero: l&iacute;mites del discurso y resistencias culturales&#148;, que se encuentra   en ejecuci&oacute;n. El principal colaborador para la elaboraci&oacute;n de este texto fue Carlos Eduardo Oliveros   L&oacute;pez, asistente de investigaci&oacute;n. Tesista de Ciencia Pol&iacute;tica y Gobierno, y de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario. Para comentarios dirigirse a: <a href="mailto:cantarito89@yahoo.com">cantarito89@yahoo.com</a></p>     <p align="center">   Recibido: 15/02/2006 Aprobado evaluador interno: 28/04/2006 Aprobado evaluador externo: 17/04/2006</p>       <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p><b>Abstract</b></p>     <p>   This article raices questions about the causes of femine resistance and lack of acceptance of   gender equality discourses. As its central hypothesis the article emphasizes the fact that such   resistance is a result of the limits of the femine discourse and because of this, it can not be   considered as a universal dissertation. The limits found in the text focus on: the possible social   and economic conditions, barriers created by the victimization discourse, the survival of the   security privilege, and the consequences caused by the establishment of new gender roles in   social structures.</p>     <p>   <b>Key words:</b> gender, equality, victimization, security privilege, patriarchal system.</p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p>   <b>Resumen</b></p>     <p>   Este trabajo plantea la pregunta por las causas de las resistencias femeninas a la recepci&oacute;n de   los discursos de igualdad de g&eacute;nero. En su hip&oacute;tesis central afirma que tales resistencias   obedecen a l&iacute;mites propios del discurso y que, en consecuencia, &eacute;ste no puede ser considerado   como universalmente aceptable. Los l&iacute;mites que se identifican en el texto se centran en las   condiciones sociales y econ&oacute;micas de posibilidad, en las barreras que genera el discurso   victimizante, en la pervivencia del privilegio de seguridad y en las consecuencias que sobre las   estructuras sociales resultan del proceso de asimilaci&oacute;n de los nuevos roles de g&eacute;nero.</p>     <p>   <b>Palabras clave:</b> g&eacute;nero, igualdad, victimizaci&oacute;n, privilegio de seguridad, sistema patriarcal.</p>       <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p>&#147;Alguien que cuide de m&iacute;:   Que quiera matarme&#133;   Y se mate por m&iacute;&#148;. Cristina y los Subterr&aacute;neos</p>     <p><font size="3" face="verdana"><b>Introducci&oacute;n</b></font></p>      <p>   El ep&iacute;grafe que encabeza este escrito es el coro de una canci&oacute;n presentada   a finales de los a&ntilde;os ochenta por una mujer joven, bella y exitosa. Se refiere,   por supuesto, a la pareja que desea. No es un tango de los a&ntilde;os treinta, no es   un bolero de los cincuenta. Es m&uacute;sica pop, hija de nuestra era que, sin   embargo, muestra un deseo y una actitud que no corresponden a los   imaginarios de la igualdad entre los sexos, mucho menos a los idearios te&oacute;ricos de los discursos feministas.</p>     <p>   Esta canci&oacute;n coincide con otras y con diversas formas de expresi&oacute;n   cultural que, a trav&eacute;s de novelas, pel&iacute;culas de cine, programas de televisi&oacute;n   o videos, reconfirman una tendencia y un deseo com&uacute;n que no parece   orientarse con exactitud por los ideales de la igualdad sexual, o cuando   menos, no en todos los campos. La aceptaci&oacute;n de tales expresiones culturales parece provenir tanto de hombres como de mujeres.</p>     <p> &iquest;Por qu&eacute;? La nuestra es la era de la igualdad. Todos los discursos y las       publicaciones, los proyectos pol&iacute;ticos y las exigencias internacionales conducen       hacia la igualdad en todos los sentidos. Una de las dimensiones de esa       igualdad es la de los g&eacute;neros. Parecer&iacute;a evidente que la cultura apoyara al       un&iacute;sono este prop&oacute;sito. Y de hecho, lo hace: en los discursos, en las leyes, en   las alocuciones oficiales, en las encuestas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   No obstante, cuando entramos a preguntar por el deseo colectivo, en   especial el de las mujeres, por sus imaginarios de familia, de afecto, de   autorreconocimiento, resurgen algunas de las respuestas del pasado y se   afirman exigencias que habr&iacute;an parecido m&aacute;s acordes al cl&aacute;sico sistema   patriarcal: &#147;alguien que cuide de m&iacute;&#148;.</p>     <p>   Este escrito se propone plantear la pregunta sobre las causas de las   resistencias de algunas mujeres a la recepci&oacute;n de los discursos de igualdad   de g&eacute;nero<sup><a href="#1" name="s1">1</a></sup>.</p>     <p>La experiencia nos dice que la relaci&oacute;n entre hombres y mujeres ha   cambiado, y que tanto los roles de g&eacute;nero, como su naturaleza y jerarqu&iacute;a,   entran de nuevo al campo de la reflexi&oacute;n y salen de lo que en el pasado se   hab&iacute;a establecido, por milenios, como parte del sentido com&uacute;n: &#147;Las relaciones   entre lo masculino y lo femenino ya no son lo que eran. La modificaci&oacute;n de   conjunto de las relaciones en la familia es una mutaci&oacute;n sin precedentes, tal   vez la m&aacute;s importante de todos los cambios que afectan a nuestra civilizaci&oacute;n en los albores del tercer milenio&#148;, plantea Georges Duby<sup><a href="#2" name="s2">2</a></sup>.</p>     <p>   Los discursos que han acompa&ntilde;ado y en parte producido estos cambios,   abogan, de formas ambiguas, imprecisas, y en algunos casos contradictorias,   por la igualdad de los sexos<sup><a href="#3" name="s3">3</a></sup>. Pero, pese a que se hayan dado muchas   transformaciones (pol&iacute;ticas, jur&iacute;dicas, educativas y de costumbre) a este   respecto, es posible observar en nuestros d&iacute;as algunas resistencias a la   recepci&oacute;n de este tipo de discursos, y, sobre todo, a su plena asimilaci&oacute;n dentro de la vida cotidiana. En palabras de Kathleen Newland:</p>     <p> &#147;Pero los cambios se desarrollan en algunos terrenos con mayor rapidez que en otros. En       el terreno legislativo, por ejemplo, donde basta una firma para disponer la igualdad, las       mujeres han logrado progresos considerables, pero el progreso es ya menos espectacular   a la hora de hacer que la ley se cumpla&#148;<sup><a href="#4" name="s4">4</a></sup>.</p>     <p>   Es decir, el cambio cultural no ha marchado al mismo ritmo que el cambio   pol&iacute;tico y legal. Resulta com&uacute;n que se mantengan actitudes de protecci&oacute;n de   los hombres hacia las mujeres (y que &eacute;stas las reclamen), actitudes de servicio   de las mujeres hacia sus maridos, tendencias a reproducir modelos de roles   femeninos y masculinos tradicionales.</p>     <p>Podr&iacute;an afirmarse muchas cosas al respecto. En primer lugar, que se trata   de un cambio demasiado reciente y que ello explica el hecho de que su asimilaci&oacute;n se encuentre a&uacute;n en proceso. Y eso es cierto.</p>     <p>   En efecto, los cambios se inician de una forma reconocible a partir de los   primeros tiempos de la era industrial, se consolidan parcialmente en las   proximidades de la Primera Guerra Mundial, y s&oacute;lo adquieren amplias   dimensiones pol&iacute;ticas y cubrimiento masivo en la segunda mitad del siglo XX:</p>     <p> &#147;La igualdad sexual es, despu&eacute;s de todo, una adici&oacute;n reciente a los principios b&aacute;sicos del       derecho, que no comenz&oacute; a abrirse paso para incorporarse a las constituciones de nueva   planta hasta comienzos de este siglo, y no se hizo com&uacute;n hasta mediados del mismo&#148;<sup><a href="#5" name="s5">5</a></sup>.</p>     <p>   Si tenemos en cuenta que, por su parte, las estructuras patriarcales (el   discurso cl&aacute;sico en el que el var&oacute;n tiene prerrogativas de mando sobre la   mujer)<sup><a href="#6" name="s6">6</a></sup> se remontan a, y pueden ser rastreadas en textos como la Biblia, y en   estudios del comportamiento que se refieren a culturas anteriores a &eacute;sta,   podemos decir que hablamos de un cambio significativo y reciente, que a&uacute;n   est&aacute; en v&iacute;as de asimilaci&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Podr&iacute;a decirse, igualmente, que se trata en este caso de un cambio de tal   magnitud, que compromete las bases de las estructuras sociales. &Eacute;stas, a su   vez, ordenan privilegios, mecanismos de relaci&oacute;n y de reproducci&oacute;n del   sistema, por lo que resulta natural que se presenten resistencias al proceso.   Y esto tambi&eacute;n es cierto.</p>     <p>   Recordaremos nada m&aacute;s que al orden simb&oacute;lico del patriarcado se remiten instituciones   como los parlamentos, los estados, la idea de la ley igual para todos, los tribunales, los   ej&eacute;rcitos, las instituciones consideradas modernas y que se siguen considerando   indispensables. &#133;El miedo a que el patriarcado arrastre en su ca&iacute;da a instituciones todav&iacute;a   indispensables para el orden social m&aacute;s elemental, provocando caos o respuestas reaccionarias   o err&oacute;neas resistencias est&aacute;, pues, bien fundamentado<sup><a href="#7" name="s7">7</a></sup>.</p>     <p>La mayor&iacute;a de los &oacute;rdenes culturales tienen como uno de sus elementos   de base la separaci&oacute;n de roles entre los sexos. De esta separaci&oacute;n dependen   las estructuras familiares, el ordenamiento de la producci&oacute;n, de la distribuci&oacute;n   de bienes, los derechos diferenciados al goce de la riqueza, los privilegios de   acci&oacute;n, los c&aacute;nones morales de comportamiento, etc. Por lo mismo, un   cambio en la concepci&oacute;n de los roles de g&eacute;nero implica p&eacute;rdidas de privilegios,   rupturas o reestructuraciones violentas de las instituciones familiares,   desplazamiento de los centros de protecci&oacute;n, producci&oacute;n, distribuci&oacute;n, goce   de bienes, etc. Y es absolutamente comprensible que un cambio tal engendre   todo tipo de resistencia por parte de quienes pueden sufrir las consecuencias nocivas o limitantes de la nueva situaci&oacute;n o el nuevo ordenamiento.</p>     <p>   Podr&iacute;a finalmente afirmarse que el peso del h&aacute;bito social posee una inercia   que dif&iacute;cilmente puede ser vencida por un cambio de las convicciones en   menos de un siglo de reapropiaci&oacute;n de la organizaci&oacute;n social. Y esto tambi&eacute;n   es cierto. Pierre Bourdieu<sup><a href="#8" name="s8">8</a></sup> nos presenta el concepto de &#147;habitus&#148;. &Eacute;ste afirma   que las costumbres reiteradas que configuraron, a partir del orden social, el   comportamiento de los individuos de una cultura, entran a hacer parte de su   propia visi&oacute;n del mundo y se introyectan de tal manera que una persona se   convierte normalmente en un tipo determinado de &#147;encarnaci&oacute;n&#148; de su   estructura social, y que cada vez le resulta m&aacute;s dif&iacute;cil, y en algunos casos   imposible, el trastocar sus comportamientos, sus conceptos y su l&oacute;gica de   acci&oacute;n o relaci&oacute;n.</p>     <p>   Nuestra cultura, entre otras, se form&oacute; bajo la visi&oacute;n patriarcal del mundo,   y aunque se han dado cambios importantes, es de esperarse que la inercia del   habitus imponga resistencias a la asimilaci&oacute;n plena de los mismos:</p>     <p>   El feminismo ha alcanzado la forma en que la cultura instala la l&oacute;gica del g&eacute;nero en nuestra   percepci&oacute;n y en nuestra conciencia. Hoy sabemos que, en todas las culturas, la diferencia   sexual aparece como una especie de &#147;fundamento c&oacute;smico&#148; de la subordinaci&oacute;n o de la   opresi&oacute;n de las mujeres; que el entramado de la simbolizaci&oacute;n se efect&uacute;a a partir de lo   anat&oacute;mico y de lo reproductivo, y que todos los aspectos econ&oacute;micos, sociales y pol&iacute;ticos   de la dominaci&oacute;n masculina heterosexual se justifican en raz&oacute;n del lugar distinto que ocupa   cada sexo en el proceso de la reproducci&oacute;n sexual<sup><a href="#9" name="s9">9</a></sup>.</p>     <p>   Este argumento sobre la rigidez del habitus se ve adem&aacute;s respaldado por   los hechos: si observamos a las nuevas generaciones, aquellas que a&uacute;n no han   introyectado de forma plena la estructura del orden social, vemos que son normalmente m&aacute;s abiertas al cambio y presentan en su mayor&iacute;a (aunque no   sin excepciones) menor resistencia a la recepci&oacute;n de los discursos objeto de   nuestro estudio.</p>     <p>   No obstante, y reconociendo todas estas variables, se mantiene la pregunta   sobre las causas del fen&oacute;meno. Descontado el hecho de que es comprensible   su existencia, ello no muestra con claridad las causas de fondo de las   resistencias a la recepci&oacute;n de los discursos de igualdad de g&eacute;nero, y ese es el   problema sobre el que queremos pensar en este documento.</p>     <p>   Ahora bien, el centro de la pregunta se vuelve hacia este fen&oacute;meno en   tanto se presenta entre mujeres. Cuando se encuentran resistencias por parte   de los hombres en contra de la transformaci&oacute;n del sistema patriarcal, la causa   ser&iacute;a enteramente evidente: se trata de perder privilegios, de alterar la   estructura de la propia identidad de g&eacute;nero, y de ser, adem&aacute;s, reconocidos   como &#147;victimarios&#148; dentro de los procesos hist&oacute;ricos del pasado. No hace   falta, por tanto, buscar demasiado las causas de las resistencias masculinas   (aunque ello podr&iacute;a ser un valioso objeto de investigaci&oacute;n).</p>     <p>   Resulta m&aacute;s interesante el hecho de que algunas mujeres se opongan a los   discursos de igualdad, que simplemente no los asimilen, o que sostengan a   nivel micro (y en algunos casos, a nivel macro) la reproducci&oacute;n del sistema   patriarcal. En efecto, el discurso declara a la mujer como v&iacute;ctima del pasado,   y las modificaciones que pide dentro del orden social se inclinan expresamente   a devolverle posibilidades de acci&oacute;n, libertades y derechos que   corresponder&iacute;an a su naturaleza, pero que le fueron negados por las   estructuras sociales anteriores.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Este es nuestro problema: &iquest;por qu&eacute; hay mujeres que se resisten a aceptar   y a asimilar en su comportamiento (total o parcialmente) los discursos de   igualdad de g&eacute;nero? Si estos cambios son en su favor, si ellas son las grandes   beneficiarias de este proceso, &iquest;por qu&eacute; en ciertos casos aparecen m&aacute;s como   obst&aacute;culo que como entusiastas protagonistas del mismo? &iquest;Qu&eacute; explica el   hecho de que ciertas madres contempor&aacute;neas, muchas profesionales,   independientes, etc., no obstante eduquen a sus hijos dentro de los roles   tradicionales de g&eacute;nero y reproduzcan un sistema que, a juicio de los nuevos   discursos, es causa de explotaci&oacute;n, vejaci&oacute;n y maltrato? Estas son nuestras   preguntas y el n&uacute;cleo del asunto que queremos explorar.</p>     <p>   Una vez expuesto nuestro planteamiento es necesario hacer una aclaraci&oacute;n.   Aunque resulta evidente desde el t&iacute;tulo que no asumimos aqu&iacute; una posici&oacute;n feminista cl&aacute;sica, dado que intentamos elaborar una cr&iacute;tica de los discursos   de igualdad de g&eacute;nero, este trabajo no trata de presentar una postura te&oacute;rica   que se oponga a ciertos niveles de transformaci&oacute;n de los roles de g&eacute;nero,   hecho que reconocemos como inevitable, irreversible, y, en muchos casos,   deseable. No desconocemos ni aprobamos algunas situaciones tales como el   maltrato dom&eacute;stico o la discriminaci&oacute;n. Los hombres no deben tener el   derecho de golpear a sus mujeres (ni las mujeres a los hombres), y una mujer   cuyas capacidades y estudios son equivalentes a los de los hombres de su   entorno debe, como ellos, ser reconocida por su poder de acci&oacute;n, de decisi&oacute;n   o de reflexi&oacute;n, sin que se tenga en cuenta, ni para bien ni para mal, su   identidad sexual.</p>     <p>   Porque en efecto consideramos que los nuevos roles de g&eacute;nero son   necesarios e inevitables, tratamos de reconocer las causas por las cuales este   proceso de cambio se ha visto obstaculizado en la cultura para que, reconocidas   las causas, sea posible reformular los t&eacute;rminos y catalizar el proceso en el   sentido que mejor convenga al ordenamiento social. Esta es la justificaci&oacute;n   del ejercicio que hemos realizado, y una propuesta para investigaciones   futuras que vengan a confirmar o a falsear las hip&oacute;tesis que aqu&iacute;   presentaremos<sup><a href="#10" name="s10">10</a></sup>. La discusi&oacute;n est&aacute; abierta, no s&oacute;lo para feministas o para   hombres que se reconocen como &#147;culpables&#148; de dominaci&oacute;n. Est&aacute; abierta   para todos porque a todos nos concierne y sus consecuencias nos tocan en   cada uno de los aspectos fundamentales de la vida individual y colectiva.</p>     <p>   Esperamos que estas propuestas detonen la discusi&oacute;n y generen todo tipo   de argumentos. Ellos enriquecer&aacute;n nuestro estudio y la experiencia   comunitaria de una transformaci&oacute;n fundamental para el orden social   colombiano y para la humanidad: el cambio de concepci&oacute;n contempor&aacute;neo   de los roles e identidades de g&eacute;nero.</p>     <p><font size="3" face="verdana"><b>Las respuestas feministas</b></font></p>      <p>   El fen&oacute;meno que nos ocupa ya ha sido observado en el pasado por los   te&oacute;ricos de la igualdad de g&eacute;nero<sup><a href="#11" name="s11">11</a></sup>. Algunos de los discursos feministas   afirman que existen mujeres que se niegan a la transformaci&oacute;n de los roles,   a los cambios en la concepci&oacute;n de la identidad femenina y masculina (y   homosexual, en cualquiera de sus variables) y, en suma, al que se espera   llegue a ser el nuevo orden del mundo. Ante este hecho hallamos diversas   respuestas y explicaciones que, pese a su variedad, se orientan en general   hacia el mismo supuesto: se trata de un efecto nocivo del sistema patriarcal   cuyas redes de dominaci&oacute;n no se quedan en la opresi&oacute;n exterior de las   mujeres, sino que pasan a constituir los elementos b&aacute;sicos de su   autorreconocimiento a trav&eacute;s de la dominaci&oacute;n simb&oacute;lica.</p>     <p>   Varios textos refrendan esta afirmaci&oacute;n. Florence Thomas, entre otras,<sup><a href="#12" name="s12">12</a></sup>   afirma:</p>     <p>   Muchos se preguntar&aacute;n por qu&eacute; no fuimos capaces de operar esta revoluci&oacute;n hace tiempo   (y digo muchos y no muchas porque las mujeres ya conocen, o por lo menos intuyen, la   respuesta a esta pregunta). Es necesario mencionar o recordar la coherencia, la cobertura,   y la sutileza de la ideolog&iacute;a patriarcal, que no dej&oacute; nada por fuera y perme&oacute; todo,   absolutamente todo el tejido cultural. Este hecho permiti&oacute;, y permite todav&iacute;a, la complicidad   y participaci&oacute;n de las mujeres en su propia dominaci&oacute;n<sup><a href="#13" name="s13">13</a></sup>.</p>     <p>   En otras palabras: el sistema patriarcal domina a las mujeres desde sus   propios cerebros, y una vez vencidos los obst&aacute;culos exteriores (l&eacute;ase   econ&oacute;micos, pol&iacute;ticos, normativos) es necesario continuar el proceso de   emancipaci&oacute;n o &#147;empoderamiento&#148; de las v&iacute;ctimas del var&oacute;n venciendo las   malformaciones que &eacute;ste dej&oacute; en su autoestima, en su concepci&oacute;n del mundo   y de sus derechos y deberes como ser humano. En palabras de Cinta   Canterla:</p>     <p>&#147;La violencia f&iacute;sica sobre las mujeres es s&oacute;lo la punta del Iceberg de la violencia simb&oacute;lica   que el sistema cultural (elaborado por hombres) ejerce sobre ellas. Y dentro de este sistema, el estado pol&iacute;tico y jur&iacute;dico que segrega&#148;<sup><a href="#14" name="s14">14</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Este supuesto general se expresa a trav&eacute;s de m&uacute;ltiples variables.   Encontramos, por ejemplo, textos dedicados a la demostraci&oacute;n de que el   lenguaje es en s&iacute; mismo androc&eacute;ntrico, y de que el cambio de mentalidad   implica una adaptaci&oacute;n del lenguaje mismo para incluir a la mujer, gramatical y verbalmente hablando.</p>     <p>   Dicho en otras palabras: no s&oacute;lo nos movemos mal en el sistema cultural patriarcal porque   no lo hemos creado nosotras ni est&aacute; hecho a nuestra medida; es que adem&aacute;s ha sido creado &#147;contra nosotras&#148; esto es, para mantenernos subordinadas. Estamos condenadas, pues, a realizar la cr&iacute;tica de todo el aparato patriarcal (con su divisi&oacute;n de los &aacute;mbitos en p&uacute;blico y privado, con sus distintos modos de socializar a los varones y a las mujeres, con su peculiar forma de entender la autonom&iacute;a, la igualdad y la justicia, sus extra&ntilde;os conceptos de raz&oacute;n y compasi&oacute;n, etc.) teniendo que usar un lenguaje y un pensamiento patriarcales llenos de trampas para nosotras<sup><a href="#15" name="s15">15</a></sup>.</p>     <p>   Estas teor&iacute;as han obligado en algunos casos a adaptar los textos escolares   (expresi&oacute;n de la dominaci&oacute;n) para que incluyan en sus ejemplos tanto ni&ntilde;os   como ni&ntilde;as. Igualmente, han forzado la reestructuraci&oacute;n de algunos programas   de ense&ntilde;anza, dada la afirmaci&oacute;n de que son en s&iacute; mismos discriminadores y faloc&eacute;ntricos:</p>     <p> &#147;Los profesores, los libros de texto, la elecci&oacute;n y el contenido de los cursos tienden, todos         y cada uno de ellos, a reforzar las expectativas tradicionales acerca de la funci&oacute;n de la mujer,         y a disuadir a las muchachas de adquirir los conocimientos te&oacute;ricos y pr&aacute;cticos que necesitan   para traspasar los l&iacute;mites que aqu&eacute;lla implica&#148;<sup><a href="#16" name="s16">16</a></sup>.</p>     <p>   Asimismo, se exige la expresi&oacute;n discriminada por g&eacute;nero. No se debe   hablar de &#147;ni&ntilde;os&#148; en general, bajo el supuesto de que tal sustantivo incluye   a la clase completa de individuos, sino que han de nombrarse de continuo &#147;los ni&ntilde;os&#148; y &#147;las ni&ntilde;as&#148;. Esto, llevado a los discursos pol&iacute;ticos o de grupos sociales, trae consigo la norma de hacer menci&oacute;n directa de &#147;los estudiantes&#148; y &#147;las estudiantes&#148;, de &#147;los asistentes&#148; y &#147;las asistentes&#148;, etc. Incluso se llega a editar los textos remplazando la &#147;a&#148; que indica femenino y la &#147;o&#148; que indica masculino por el denso s&iacute;mbolo &#147;@&#148;, que tiene la intenci&oacute;n de incluir tanto a unas como a otros dentro del grupo de los lectores<sup><a href="#17" name="s17">17</a></sup>.</p>     <p>   La afirmaci&oacute;n fundamental es la de que dejar de nombrar expresamente   a la mujer produce una violencia simb&oacute;lica de negaci&oacute;n, gracias a la cual lo   que no se dice no existe o carece de valor dentro del imaginario colectivo<sup><a href="#18" name="s18">18</a></sup>.   En consecuencia, si se nombra lo femenino, &eacute;ste ganar&aacute; importancia y sentido dentro del orden social.</p>     <p>   Igualmente encontramos textos dedicados a demostrar que la ciencia es   androc&eacute;ntrica<sup><a href="#19" name="s19">19</a></sup>. No s&oacute;lo porque la enorme mayor&iacute;a de los cient&iacute;ficos   reconocidos son de hecho hombres, sino adem&aacute;s porque el contenido mismo   de la ciencia desconoce los valores y la visi&oacute;n propios de lo femenino. Francesca Gargallo sostiene:</p>     <p>   Falocr&aacute;tico o patriarcal era el orden global que abarcaba desde la experiencia religiosa hasta   las reglas econ&oacute;micas, desde la dimensi&oacute;n binaria del yin y el yan hasta la cliterectom&iacute;a,   desde la explotaci&oacute;n de las clases hasta el racismo, el colonialismo y la hambruna&#133; El   hombre era el paradigma de la humanidad. Pero era un paradigma que de-sexuaba a la   humanidad que le imped&iacute;a reconocer la existencia de sexos distintos en su historia y de una diferente percepci&oacute;n sexuada del mundo real y simb&oacute;lico<sup><a href="#20" name="s20">20</a></sup>.</p>     <p>   Florence Thomas confirma: &#147;Pudimos entender, as&iacute;, que la ciencia no era   sino la visi&oacute;n parcial del hombre (enti&eacute;ndase var&oacute;n) acerca de la realidad, a pesar de que hubiera sido elevada a la categor&iacute;a de universal&#148;<sup><a href="#21" name="s21">21</a></sup>.</p>     <p>   Seg&uacute;n estas lecturas, la ciencia emp&iacute;rica que sostiene la estructura del   saber contempor&aacute;neo desconoce valores relacionados con la sensibilidad,   con la emoci&oacute;n, con la capacidad de acogida de la vida en su unidad propia,   para exacerbar en cambio las capacidades anal&iacute;ticas, que &#147;cortan&#148; al objeto de estudio, lo mutilan, lo agreden (tipo de actividad que se entiende como   propia de lo masculino). El hecho de que la ciencia misma responda a   estructuras de pensamiento coherentes con valores tradicionales de los   varones pone al margen el desarrollo y el reconocimiento de la importancia y la pertinencia de otros valores, los femeninos entre ellos<sup><a href="#22" name="s22">22</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Para consolidar el argumento se recurre a otros tipos de conocimiento,   acopiados por culturas en donde la unidad, la relaci&oacute;n mutua de los   elementos y la armon&iacute;a entre ellos, concentran el sentido de los fundamentos   explicativos. Se afirma, en resumen, que la ciencia occidental contempor&aacute;nea   colabora, por su car&aacute;cter masculino, a la dominaci&oacute;n simb&oacute;lica de la mujer.   Y esto hace comprensible el que a&uacute;n existan mujeres que, dado que no han   podido liberarse de tal visi&oacute;n del mundo, acepten de buen grado y reproduzcan en sus hijos y allegados el sistema patriarcal.</p>     <p>   De la misma forma tenemos estudios sobre el androcentrismo de la   historia. Se encuentra que la mayor parte de relatos hist&oacute;ricos de los diversos   pa&iacute;ses y sus respectivas culturas excluyen la menci&oacute;n de la acci&oacute;n e intervenci&oacute;n   femenina, o la relegan a segundos y terceros planos de importancia,   consolidando tanto en hombres como en mujeres la idea de que &eacute;stas &uacute;ltimas   carecen de relevancia dentro de los procesos del devenir humano en general.   Con ello se facilita el que algunas mujeres sigan sometidas al sistema patriarcal y consideren que &eacute;se y no otro es el orden natural del mundo:</p>     <p>   Durante mucho tiempo, la historia fue la historia de los hombres, a los que se conceb&iacute;a como   representantes de la humanidad. Muchos trabajos &#151;para el periodo contempor&aacute;neo se   cuentan por millares&#151; han mostrado que las mujeres tambi&eacute;n tienen una historia y son   agentes hist&oacute;ricos de pleno derecho. Pero ya no se trata &#151;atolladero te&oacute;rico que puede   llevar a contrasentidos hist&oacute;ricos&#151; de estudiarlas aisladamente, como si estuvieran en el   vac&iacute;o, sino m&aacute;s bien de proponer un enfoque sexuado del siglo, de introducir en la historia global la dimensi&oacute;n de la relaci&oacute;n entre los sexos...<sup><a href="#23" name="s23">23</a></sup>.</p>     <p>   Para responder a tal necesidad se han creado publicaciones tales como La   historia de las mujeres, o la Historia de la vida cotidiana, como mecanismos para   recuperar y visibilizar socialmente el papel femenino dentro de las sociedades   y sus transformaciones. Y esto sin contar, por supuesto, con la historia del proceso de emancipaci&oacute;n del llamado &#147;sexo d&eacute;bil&#148;, tanto a nivel mundial, como en los diversos pa&iacute;ses:</p>     <p> &#147;Apenas hoy empezamos a conocer esta historia tuya, la historia de tus resistencias, de tus         rebeld&iacute;as que hacen parte de las historias no oficiales, inesperadas, que s&oacute;lo ahora estamos   develando gracias a la mirada cr&iacute;tica que construimos poco a poco sobre el saber oficial&#148;<sup><a href="#24" name="s24">24</a></sup>.</p>     <p>   Se han creado editoriales que se centran en la publicaci&oacute;n de textos   feministas o de g&eacute;nero, y se han conformado grupos de estudio e investigaci&oacute;n   para profundizar en los temas y dar contenido a nuevos textos e   interpretaciones. Y esto con la intenci&oacute;n expresa de combatir los obst&aacute;culos que impiden a algunas mujeres liberarse de su condici&oacute;n de opresi&oacute;n.</p>     <p>   Estos son s&oacute;lo algunos de los aspectos y las variantes de la explicaci&oacute;n que   dan distintos tipos de feminismo sobre el problema que nos ocupa, a saber:   la causa de las resistencias de algunas mujeres a la recepci&oacute;n de los discursos de igualdad de g&eacute;nero.</p>     <p>   Ante ellos, y no sin antes reconocer una parte de su exactitud y pertinencia,   queremos, no obstante, objetar: encontramos insuficiente la explicaci&oacute;n de   las causas de resistencia y estimamos como problem&aacute;tico el supuesto del cual parte o, en cualquier caso, como discutible.</p>     <p>   A continuaci&oacute;n detallaremos las reservas que guardamos con respecto al   argumento b&aacute;sico: que el sistema patriarcal se configur&oacute; como una forma de   dominio unilateral de los hombres sobre las mujeres, y que tal dominaci&oacute;n   incluye sus propias mentes, al punto de convertirlas en c&oacute;mplices del proceso de su explotaci&oacute;n, vejaci&oacute;n y esclavitud.</p>     <p> <font size="3" face="verdana"><b>Sobre los supuestos</b></font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Al tipo de respuesta enunciado queremos llamarlo aqu&iacute; &#147;el discurso de la   victimizaci&oacute;n&#148;. Tal discurso es heredero de su nacimiento hist&oacute;rico, en el que   se vinculan los primeros movimientos feministas con procesos pol&iacute;ticos m&aacute;s   amplios que provienen del socialismo. Aparecen en estas lecturas dos   personajes antag&oacute;nicos: la v&iacute;ctima y el victimario. En el caso del socialismo,   el primero corresponde a la clase obrera o trabajadora y el segundo a la clase burguesa o terrateniente. En el caso de los primeros feminismos, el victimario viene a ser el var&oacute;n y la v&iacute;ctima, la mujer.</p>     <p>   Es innecesario recorrer aqu&iacute; de forma detallada las descripciones de los   cientos de aspectos con respecto a los cuales se muestra que no hay igualdad   de derechos entre hombres y mujeres: asuntos pol&iacute;ticos, de propiedad, de   acceso a la educaci&oacute;n, de prerrogativas de mando, de reconocimiento social, de libertad de acci&oacute;n, etc. La lista parece interminable.</p>     <p>   Lo que resulta interesante para nuestro planteamiento es el hecho de que   el punto de partida del proceso provenga de la estructura jur&iacute;dica: lo que se pide (se exige, en algunos casos) es la igualdad de derechos efectivos.</p>     <p> &iquest;En nombre de qu&eacute; viene esta exigencia? De las cartas constitucionales           que afirman que los derechos all&iacute; consignados corresponden a todos los           ciudadanos, sin discriminaci&oacute;n alguna. Y ello incluye la discriminaci&oacute;n por           sexo. Durante alg&uacute;n tiempo esto no implic&oacute; contradicci&oacute;n ni incoherencia           con el hecho de que las mujeres no tuvieran los mismos derechos que los           hombres, puesto que &eacute;stas no eran propiamente ciudadanas. Y por tal raz&oacute;n,           el primer gran movimiento feminista que registra la historia como exitoso es           el de las sufragistas, puesto que lo que ganaban con ello no era simplemente           el derecho al voto, sino el reconocimiento en tanto que ciudadanas, y con ello   el acceso a la carta constitucional como un todo<sup><a href="#25" name="s25">25</a></sup>.</p>     <p>   Una vez reconocida la mujer como ciudadana de pleno derecho, la lectura   de la ley permite identificar faltas contra la justicia en el facto de la diferencia   entre las posibilidades de acci&oacute;n de hombres y mujeres. Y de all&iacute;, junto con   las influencias socialistas, surge esta imagen de la mujer-v&iacute;ctima, que teniendo   en s&iacute; misma las condiciones que le dar&iacute;an acceso a la igualdad de oportunidades, es injustamente limitada y oprimida por el sistema patriarcal<sup><a href="#26" name="s26">26</a></sup>.</p>     <p>   Uno de los ataques m&aacute;s s&oacute;lidos a la l&iacute;nea de flotaci&oacute;n de la democracia liberal es el que se   deriva de la situaci&oacute;n de las mujeres en los estados en los que est&aacute; asentada. Pues si se realiza   un an&aacute;lisis emp&iacute;rico de las condiciones econ&oacute;micas reales de las mismas, de su autonom&iacute;a   personal, de su disfrute de los bienes jur&iacute;dicos, de su participaci&oacute;n pol&iacute;tica, etc., lo primero   que salta a la vista es que sigue estando sometida, como colectivo, a una violencia de g&eacute;nero,   que va desde la sutil falta de presencia de las mismas en los libros de textos escolares, hasta   los malos tratos y violaciones, pasando por el lugar subalterno y degradado que suele ocupar en la prostituci&oacute;n y la pornograf&iacute;a. Y ante esta evidencia emp&iacute;rica es imposible no   acabar pregunt&aacute;ndose qu&eacute; clase de Estado democr&aacute;tico es &eacute;ste que hace que las mujeres   sigan viviendo en muchos casos bajo un verdadero terrorismo que atenta gravemente contra sus derechos<sup><a href="#27" name="s27">27</a></sup>.</p>     <p>   Los discursos que parten de estas posturas afirman entonces que se ha   dado a lo largo de buena parte de la historia un sistema de ordenamiento   social que va en contra de los intereses de las mujeres, que las explota, las   oprime y las reduce tanto en sus capacidades intelectuales como econ&oacute;micas,   pol&iacute;ticas, sexuales y dem&aacute;s<sup><a href="#28" name="s28">28</a></sup>. Se afirma que este sistema fue creado por   hombres, y que alcanz&oacute; tales niveles de desarrollo que lleg&oacute; a convertir a las   v&iacute;ctimas en c&oacute;mplices del proceso, dado que las condicion&oacute; de tal modo que   ellas no pod&iacute;an siquiera imaginar otro orden posible de sociedad. La pervivencia   de esta &#147;enajenaci&oacute;n&#148; es lo que explica, a juicio de las teor&iacute;as herederas de este   supuesto, la existencia en el mundo actual de mujeres que siguen siendo de   una u otra forma &#147;machistas&#148;, esto es, que se apegan al sistema patriarcal y se resisten a las transformaciones a favor de la igualdad entre los sexos.</p>     <p>   Duele mirar la cantidad de mujeres que son c&oacute;mplices de los guerreros, la cantidad de   mujeres que prefieren vivir mal acompa&ntilde;adas que solas, la cantidad de mujeres que no   conocen su propia historia, que ignoran las luchas pol&iacute;ticas, civiles y legales que hoy les   permiten una relativa existencia como sujetas de derecho. No las culpo. S&eacute; que detr&aacute;s de   ellas existe una enorme maquinaria que se encarga de reproducir ese tipo de ceguera y de ignorancia<sup><a href="#29" name="s29">29</a></sup>.</p>     <p>   Y este es propiamente el discurso de la victimizaci&oacute;n femenina ante el cual queremos presentar algunas objeciones.</p>     <p>   En primer lugar, tal discurso supone impotencia de acci&oacute;n y de influencia   de las mujeres dentro de la formaci&oacute;n misma del sistema<sup><a href="#30" name="s30">30</a></sup>. Al estilo de   Rousseau, tendr&iacute;amos que pensar en una situaci&oacute;n ideal en la cual se   hubiesen dado las condiciones para que los hombres crearan un orden social   sin verse afectados por o sometidos a la influencia de las mujeres de su   entorno. Sus madres, esposas, hijas tendr&iacute;an que haber quedado fuera del   campo de decisi&oacute;n, pero luego, una vez creado el sistema, ellas tendr&iacute;an que   haberse sometido al mismo. &iquest;Debemos suponer que todas las mujeres fueron sometidas por la violencia? &iquest;No existen, no conoc&iacute;an o imaginaban las   mujeres que hubiesen otros mecanismos distintos a la fuerza f&iacute;sica por medio   de los cuales eliminar a su opresor o influir en sus decisiones? Todo esto parece muy poco probable y la historia nos demuestra lo contrario.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Para no sufrir la influencia femenina durante la creaci&oacute;n del sistema   patriarcal, los hombres tendr&iacute;an que haber estado sin mujeres. Y eso es   biol&oacute;gicamente imposible. Si hay un hombre, una mujer lo dio a luz, luego,   cuando menos, ha tenido una madre. Y si el grupo ha de mantenerse tendr&aacute;   que haber esposas y madres, y por lo mismo, hermanas, suegras, o sus equivalentes dentro de las diversas concepciones de parentesco.</p>     <p>   Desechemos entonces los dos supuestos que se muestran insuficientes.   No es probable que las mujeres desconozcan tipos de poder diferentes a la   fuerza f&iacute;sica o que los hayan desconocido en el pasado. Y no parece posible   que se haya dado un per&iacute;odo de la historia en el que los hombres hayan estado fuera del contacto y la influencia de las mujeres.</p>     <p>   Y sin embargo, teniendo la capacidad para influir en los hombres, y   partiendo de que el sistema en su conjunto las oprime y explota, las mujeres   entran en el orden patriarcal y llegan a introyectarlo a tal punto que ellas se convierten en las principales reproductoras del mismo.</p>     <p> &iquest;C&oacute;mo explicarlo? O bien no se dieron cuenta de que el sistema las           explotaba hasta que ya era muy tarde, o bien eran incapaces de usar su           influencia, o bien no creyeron que condujese en modo alguno a su explotaci&oacute;n. &Eacute;stas parecen ser las alternativas razonables.</p>     <p>   Las dos primeras resultan poco halag&uuml;e&ntilde;as: si un orden social   evidentemente agresor impide a las mujeres hacer muchas cosas que   supuestamente se consideran buenas o deseables, y permite a los hombres   hacerlas (esto es, otorga privilegios notables a un grupo social sobre otro), el   hecho de que las mujeres no se dieran cuenta de que ello implicaba   limitaciones y sometimiento har&iacute;a pensar que no eran arbitrariamente   consideradas como inferiores, sino objetivamente inferiores a los hombres,   puesto que ellos (a juicio del discurso) s&iacute; fueron conscientes de tales ventajas   a su favor. Algunas posturas parecen apoyar esta afirmaci&oacute;n de la incapacidad   de comprensi&oacute;n femenina. Al respecto un ejemplo tomado del texto de   Kathleen Newland:</p>     <p>&#147;La legislaci&oacute;n libanesa sobre la condici&oacute;n personal, seg&uacute;n el Grupo de Derechos de las   Minor&iacute;as radicado en Londres, es tan complicada que para la mayor&iacute;a de las mujeres result&oacute; siempre demasiado enrevesada como para comprenderla, y no digamos para combatirla&#148;<sup><a href="#31" name="s31">31</a></sup>.</p>     <p>   En el segundo caso, bajo el supuesto de que las mujeres ten&iacute;an capacidad   de influencia, conoc&iacute;an tal capacidad, se vieron afectadas por un trato   desfavorable por parte de individuos que estaban bajo tal influencia, y no   ejercieron su poder, muestra una incapacidad similar a la anteriormente   presentada.</p>     <p>   El discurso de victimizaci&oacute;n supone entonces un cierto nivel de inferioridad   real de las mujeres del pasado con respecto a los hombres.</p>     <p>   La &uacute;ltima opci&oacute;n niega el discurso de victimizaci&oacute;n como un todo: el   sistema no explotaba particularmente a las mujeres, ellas no lo percibieron   como un obst&aacute;culo y, en consecuencia, no s&oacute;lo no se opusieron a &eacute;l, sino que   se convirtieron en las transmisoras y defensoras del mismo. En tal caso, las   mujeres son tan capaces como los hombres de velar por sus intereses, pero   no son realmente v&iacute;ctimas.</p>     <p>   Este es el que se&ntilde;alamos como el primer vac&iacute;o de los supuestos del   discurso victimizante.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   En segundo lugar, y asumiendo como ciertas las afirmaciones a prop&oacute;sito   de la dominaci&oacute;n masculina, aparecen algunos factores de dif&iacute;cil explicaci&oacute;n,   a saber: la estructura de privilegios femeninos dentro del sistema patriarcal.   Resulta extra&ntilde;o hablar de un sistema de explotaci&oacute;n dentro del cual una de   las caracter&iacute;sticas que define la identidad del explotador sea la de ser   proveedor, esto es, la obligaci&oacute;n de mantener econ&oacute;micamente al explotado<sup><a href="#32" name="s32">32</a></sup>.   De hecho, la reputaci&oacute;n social del individuo masculino se refleja en la calidad   de vida que pueda ofrecer a su &#147;sometida&#148; y a su prole. En un interesante   art&iacute;culo de Mara Viveros que trata sobre la identidad masculina encontramos:</p>     <p>En Armenia llaman cumplidor al hombre capaz de asumir con responsabilidad todos sus   deberes en todos los &aacute;mbitos de su desempe&ntilde;o social: el cumplidor es el buen trabajador,   el padre responsable y el proveedor econ&oacute;mico para su mujer y sus hijos<sup><a href="#33" name="s33">33</a></sup>. ... &#147;El trabajo   autoriza al var&oacute;n a afirmar las caracter&iacute;sticas asignadas tradicionalmente a su rol de   proveedores para la familia, aportando seguridad material, brindando una posici&oacute;n social   y sirviendo de intermediario con el mundo exterior: &#145;Para m&iacute; el trabajo es responsabilidad   y es el medio que me permite pagarles el estudio a mis hijos y tener a mi familia con cierto nivel, con ciertas comodidades&#146;<sup><a href="#34" name="s34">34</a></sup>.</p>     <p>   En la cultura popular, en los medios de propaganda y en los comentarios   de sentido com&uacute;n, se afirma que un hombre que posee amplios medios   econ&oacute;micos puede contar con la compa&ntilde;&iacute;a de las m&aacute;s bellas mujeres; que las   mujeres reclaman del hombre que las pretende regalos, invitaciones y dem&aacute;s   pruebas de su capacidad econ&oacute;mica; que las mujeres usan el cr&eacute;dito de su   marido para adquirir bienes suntuarios, etc. No podr&iacute;a entonces tratarse en   modo alguno de explotaci&oacute;n econ&oacute;mica del hombre sobre la mujer.</p>     <p>   Los discursos se detienen en el hecho de que las mujeres no pod&iacute;an   trabajar, pero dejan de lado un detalle que a nuestro juicio es altamente   significativo: el hombre ten&iacute;a la responsabilidad de mantener a su mujer. De   hecho, en los casos de orfandad la mayor de las hermanas asume el papel de   la madre, es decir, se ocupa de la crianza de los hermanos menores, y el   hermano mayor asume las responsabilidades de manutenci&oacute;n, esto es, el   papel del padre. &iquest;Podemos hablar seriamente de un sistema de explotaci&oacute;n   en el que quien aporta toda la base de manutenci&oacute;n econ&oacute;mica es el supuesto   explotador? &iquest;Cu&aacute;l es la explotaci&oacute;n? &iquest;En qu&eacute; consiste?</p>     <p>   Si las mujeres no deb&iacute;an trabajar era fundamentalmente a causa de que su   supervivencia deb&iacute;a estar garantizada por los varones que las ten&iacute;an a su   cargo, bien se tratase de sus padres, sus hermanos o sus maridos<sup><a href="#35" name="s35">35</a></sup>. La gran mayor&iacute;a de los privilegios masculinos en el hogar provienen de la justificaci&oacute;n   de que es el hombre quien &#147;mantiene&#148; a la familia.</p>     <p>   Y esto hace problem&aacute;tico sostener la afirmaci&oacute;n de la explotaci&oacute;n femenina,   y en consecuencia, el discurso de victimizaci&oacute;n.</p>     <p>   Adem&aacute;s del anterior, existe otro privilegio femenino dentro del sistema   patriarcal, que resulta a&uacute;n m&aacute;s delicado y de m&aacute;s dif&iacute;cil explicaci&oacute;n: el   privilegio de seguridad y protecci&oacute;n. Podr&iacute;amos incluso afirmar que el de   manutenci&oacute;n no es m&aacute;s que un aparte de este gran privilegio, a saber: el de   que las mujeres deben estar siempre protegidas por un var&oacute;n hasta el punto   de que el reconocimiento social de la virilidad de un hombre depender&aacute;,   entre otras cosas, de su capacidad efectiva para cuidar de las mujeres a su   cargo<sup><a href="#36" name="s36">36</a></sup>.</p>     <p>   Desde la estructura patriarcal son los hombres los que van a la guerra, son   ellos los que asumen las tareas de mayor riesgo f&iacute;sico, son ellos los que en caso   de emergencias tienen el &uacute;ltimo nivel de derecho a la autoprotecci&oacute;n, puesto   que la prioridad est&aacute; dada para las mujeres y los ni&ntilde;os. Incluso una buena   parte de las reglas de cortes&iacute;a y caballerosidad provienen de la misma fuente:   ceder el lugar m&aacute;s c&oacute;modo a las damas, ayudarlas a subir escalones, a   descender de veh&iacute;culos, defenderlas de los comportamientos agresivos o   atrevidos de hombres irrespetuosos, etc.</p>     <p>   Algunos feminismos de corte radical interpretan este tipo de gestos y   acciones como una demostraci&oacute;n de que los hombres consideran a las   mujeres incapaces de cuidar de s&iacute; mismas.</p>     <p>   Si algo he aprendido en mi vida y en conversaciones en [Cyberateos], es que la mujer no   se librar&aacute; del yugo del machismo completamente hasta que deje de esperar la caballerosidad   en un hombre, &#147;La caballerosidad es el primer paso hacia el machismo&#148; aunque a muchas   mujeres acostumbradas a los buenos tratos se les dificulte entender. La idea es que una mujer   verdaderamente independiente no espera a que un hombre llegue a abrirle la puerta, ella   misma la abre con la misma destreza que un hombre podr&iacute;a; ella no es ninguna impedida,   y al usar esa &#147;ayuda&#148; sin una raz&oacute;n espec&iacute;fica (como ser&iacute;a el usar una silla de ruedas, donde   s&iacute; lo veo oportuno), se le dice que por el hecho de ser mujer ella debe esperar ese trato del   hombre, que a la larga resultar&aacute; en sumisi&oacute;n<sup><a href="#37" name="s37">37</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>No obstante, se sigue hablando del femenino como del &#147;sexo d&eacute;bil&#148; y, por   lo mismo, como de un grupo de la poblaci&oacute;n que debe ser protegido y   salvaguardado. Queremos insistir en este punto: cuando se da prioridad de   cuidado a las mujeres sobre los hombres se afirma impl&iacute;citamente que la vida   de las mujeres resulta indispensable, en tanto que la de los hombres ser&iacute;a, comparativamente, dispensable.</p>     <p> &iquest;C&oacute;mo podemos pensar en un sistema de explotaci&oacute;n y esclavitud dentro           del cual se forja un ordenamiento social que obliga al explotador a mantener           a la v&iacute;ctima, a cuidar de ella, y en caso de que ello sea necesario, a dar la vida   para que ella se salve?</p>     <p>   Algunos pensadores de los discursos feministas afirman que los hombres   van y deben ir a la guerra porque es su invento, porque se trata de una   actividad t&iacute;picamente masculina dado que las mujeres no tienen valores   como la competencia, la agresividad y el placer por la agresi&oacute;n<sup><a href="#38" name="s38">38</a></sup>. M&aacute;s all&aacute; de   lo que la historia puede decirnos sobre las mujeres y sobre la naturaleza   misma de la guerra, esta objeci&oacute;n podr&iacute;a ser parcialmente pertinente en caso   de acciones ofensivas. Pero en cuanto a las defensivas, en aquellos casos en   los que una poblaci&oacute;n, sin provocaci&oacute;n alguna recibe un ataque y en donde,   por lo mismo, no son los hombres quienes han provocado el proceso, &iquest;por   qu&eacute; resultar&iacute;a evidente que son ellos y no las mujeres quienes deban ponerse   en peligro para proteger la vida de los dem&aacute;s? &iquest;Hace parte esto del sistema   de explotaci&oacute;n patriarcal? &iquest;C&oacute;mo? &iquest;En qu&eacute; sentido?</p>     <p>   Se afirma igualmente que las mujeres son v&iacute;ctimas de la guerra, que &eacute;sta   las convierte en viudas, que les arrebata a sus hijos, y que las hace con   demasiada frecuencia objeto de violaciones y vejaciones como bot&iacute;n de   guerra. Esto es lamentablemente cierto, pero no s&oacute;lo no altera al argumento   sino que lo confirma. La violaci&oacute;n sistem&aacute;tica de mujeres en los   enfrentamientos militares obedece a la l&oacute;gica de la humillaci&oacute;n del enemigo.   Los combatientes violan a las mujeres como prueba de la impotencia de su   contrincante para defenderlas, y con ello niegan su hombr&iacute;a. Se trata de   humillar a quien ten&iacute;a bajo su responsabilidad el cuidado de las mujeres   tomadas, mostr&aacute;ndole hasta qu&eacute; punto fracas&oacute;.</p>     <p>Cierto, las mujeres quedan viudas; sus maridos mueren. Las mujeres   pierden a sus hijos; sus hijos mueren. Las mujeres sufren, cierto; los hombres   mueren, son mutilados, heridos, castrados, cegados. Muchas mujeres mueren   en las guerras. Eso es verdad. Y tambi&eacute;n es verdad que sus parientes varones   tienen que haber muerto antes que ellas tratando de defenderlas. Tal es el   orden y la exigencia social de las estructuras patriarcales. Las mujeres se ven   sometidas al desplazamiento forzoso. Eso es igualmente preciso. Sus maridos   e hijos se quedan tratando de proteger su tierra, o mueren intentando defender a su familia.</p>     <p> &iquest;Cu&aacute;l es el sistema de explotaci&oacute;n patriarcal? No resulta de f&aacute;cil   comprensi&oacute;n.</p>     <p>   Las mujeres no deben trabajar, pero los hombres deben mantenerlas. Las   mujeres deben quedarse en casa, en el lugar m&aacute;s seguro, pero los hombres   deben enfrentar al mundo con todos sus riesgos y caer en &eacute;l si es necesario   para cuidar de su familia. Las mujeres no deben participar en pol&iacute;tica,   actividad que hasta hace un poco m&aacute;s de un siglo implicaba defensa militar,   ataques directos, atentados, sabotajes, envenenamientos, agresiones. Esa es   una actividad reservada a los hombres. &iquest;Cu&aacute;l es el sistema de explotaci&oacute;n   patriarcal? No resulta en absoluto evidente. Afirmamos en suma que los   privilegios femeninos en la estructura social del patriarcado surgen como   obst&aacute;culos para aceptar sin m&aacute;s los argumentos que provienen del discurso   de victimizaci&oacute;n.</p>     <p>   <font size="3" face="verdana"><b>Efectos secundarios</b></font></p>      <p>   Hemos planteado algunas objeciones al discurso, a partir del   reconocimiento de los argumentos b&aacute;sicos, tratando de se&ntilde;alar las debilidades   que observamos en los mismos. Querr&iacute;amos ahora volver sobre los hechos   para se&ntilde;alar algunos efectos secundarios, algunas consecuencias poco   deseables del proceso de transformaci&oacute;n de las concepciones de g&eacute;nero y de   los discursos mismos, que podr&iacute;an explicar hasta cierto punto las reservas   que guardan algunas mujeres al respecto, y que las inclinan a conservar   posturas u opiniones m&aacute;s cercanas al tradicional sistema patriarcal.</p>     <p>   En primer t&eacute;rmino nos detendremos en uno de los aspectos que se estima   como m&aacute;s desarrollado y ben&eacute;fico respecto al cambio en los roles de g&eacute;nero:   la inclusi&oacute;n definitiva (y probablemente irreversible) de la mujer en el mundo   de la productividad econ&oacute;mica, hecho que, se reconoce, no proviene exclusivamente de las reivindicaciones pol&iacute;ticas femeninas, sino adem&aacute;s de   las exigencias del mercado y del sistema de producci&oacute;n<sup><a href="#39" name="s39">39</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Innegablemente, las estad&iacute;sticas nos muestran que las mujeres se han   convertido, en particular a partir de la segunda mitad del siglo XX, en parte   integral de los renglones productivos de la sociedad. Esto ha tra&iacute;do para ellas   independencia econ&oacute;mica, y, gracias a ello, libertades y derechos a los cuales   no pod&iacute;an tener acceso en tanto que dependientes, y esto podr&iacute;a verse en   gran medida como una consecuencia deseable:</p>     <p>   Es frecuente, entre autores de las m&aacute;s variadas tendencias &#151;entre analistas que consideran   como &uacute;nicos factores determinantes las dimensiones materiales y como &uacute;nicos &iacute;ndices   expresivos las referencias cuantitativas, descuidando as&iacute; la esfera de las significatividades&#151;   afirmar que la liberaci&oacute;n de la mujer empez&oacute; en el momento en que &eacute;sta se integr&oacute;   socialmente en el &aacute;mbito productivo. Es cierto que la evoluci&oacute;n del complejo proceso   industrializador determin&oacute; coyunturalmente la vinculaci&oacute;n de la mujer a la esfera econ&oacute;mica   en cuanto unidad productiva, y que as&iacute; la mujer accedi&oacute; a ser realidad para unos par&aacute;metros   de medida que le confirieron (y le confieren) un &#147;valor social&#148;. No cabe duda: la integraci&oacute;n   de la mujer en el mercado laboral reconocido socialmente (por el hombre) estableci&oacute; las   bases para una modificaci&oacute;n de las relaciones humanas. Esta modificaci&oacute;n se sit&uacute;a en   diferentes niveles interrelacionados; de ellos hay dos que parecen especialmente significativos,   siendo por eso mismo los m&aacute;s conocidos. La vinculaci&oacute;n de la mujer a la esfera econ&oacute;mica   socialmente reconocida la ha &#147;sacado&#148; del hogar, lo cual le ha conferido una independencia   econ&oacute;mica que le permite asumir una autonom&iacute;a humana frente al c&oacute;nyuge. Al mismo   tiempo, esta integraci&oacute;n de la mujer en el mercado de trabajo inici&oacute; una presencia en el   espacio p&uacute;blico que, de alguna manera, la condujo a influir en decisiones de orden laboral   y pol&iacute;tico. Estas modificaciones son substancialmente positivas, y probablemente han   constituido factores determinantes para que el campo de los posibles abierto por las   precursoras haya dejado un residuo de realidad con pertinencia hist&oacute;rica<sup><a href="#40" name="s40">40</a></sup>.</p>     <p>   La contrapartida viene del hecho de que, siendo las mujeres tan capaces   como los hombres para responder econ&oacute;micamente por su manutenci&oacute;n y   la de los suyos, y al haber perdido el hombre la obligaci&oacute;n social de proveer   la subsistencia de su pareja, una de las consecuencias ha sido el fen&oacute;meno de   la &#147;doble jornada&#148;. Las mujeres, que se liberaron del dominio opresor del   var&oacute;n que las obligaba a permanecer en casa y cumplir con las labores del   hogar, deben en la actualidad, en muchos casos, cumplir con su quehacer   productivo y llegar a sus hogares a realizar las tareas propias de un ama de casa<sup><a href="#41" name="s41">41</a></sup>. Algunas mujeres consideran que tal cambio no es propiamente una   ganancia.</p>     <p>   Este problema se podr&iacute;a solucionar, a juicio de ciertos discursos, si el   hombre participara tanto como la mujer en el cuidado de la casa y de los hijos.   Esto viene ocurriendo de hecho en algunos sectores de la poblaci&oacute;n. No   obstante, el problema seguir&iacute;a existiendo en el caso de las familias   monoparentales, cuyo n&uacute;mero es indudablemente creciente.</p>     <p>   Otro efecto secundario ha sido la transformaci&oacute;n de las estructuras   familiares. El hecho de que la mujer pueda mantenerse a s&iacute; misma y a sus   hijos, ha tra&iacute;do como consecuencia el que no est&eacute; dispuesta a mantener   relaciones maritales dentro de las cuales se vea cohibida o limitada. Dado que   indudablemente en muchos casos la pareja estable implica concesiones   indeseables, las separaciones, los divorcios, las familias monoparentales y   dem&aacute;s fen&oacute;menos conexos han crecido notablemente y en paralelo con la   inserci&oacute;n creciente de las mujeres en el mundo laboral. Las nuevas estructuras   familiares, que pueden traer consigo importantes ventajas para el   ordenamiento social, piden sin embargo lentos y complejos procesos de   adaptaci&oacute;n, y la creaci&oacute;n de mecanismos alternativos para la soluci&oacute;n de   necesidades del grupo humano que eran resueltas previamente por la familia   tradicional. La ausencia de las madres exige la creaci&oacute;n de m&uacute;ltiples   instituciones de remplazo, tales como guarder&iacute;as y colegios. La p&eacute;rdida de   unidad familiar exige regulaciones jur&iacute;dicas complejas del traspaso de bienes   patrimoniales. La ruptura de las familias extensas requiere de la formaci&oacute;n de   nuevos mecanismos para el establecimiento de redes sociales de apoyo.</p>     <p>   Durante el proceso de adaptaci&oacute;n del orden social a las nuevas necesidades   que impone la reciente geograf&iacute;a de la estructura familiar, los vac&iacute;os   institucionales producen da&ntilde;os sociales, puesto que no todas las madres que   trabajan tienen acceso a instituciones de remplazo, no todos los grupos   familiares complejos cuentan con respaldo jur&iacute;dico para orientar con justicia   el traspaso de los bienes patrimoniales, no todas las familias que han perdido   sus redes de apoyo pueden acceder a grupos alternos que cumplan con esta   funci&oacute;n.</p>     <p>   Algunas personas en general, y algunas mujeres en particular, consideran   por tanto que el cambio de roles de g&eacute;nero y sus consecuencias no son, en   ciertos casos, tan convenientes para el orden social como un todo.</p>     <p>Otro efecto secundario del proceso de transformaci&oacute;n de los roles de   g&eacute;nero ha sido la erosi&oacute;n de una buena parte de los valores morales   tradicionales con respecto a la sexualidad, y el temor que tal erosi&oacute;n provoca   en algunos grupos de la poblaci&oacute;n, que a&uacute;n no pueden imaginar nuevos tipos   de moralidad. Mientras para algunos este cambio de valores es un triunfo de   la civilizaci&oacute;n, una ruptura de los viejos tab&uacute;es que trae consigo nuevas y   enriquecidas versiones de las relaciones de pareja, junto con la opci&oacute;n de una   elecci&oacute;n m&aacute;s libre y equilibrada del compa&ntilde;ero de vida; para otros, los m&aacute;s   conservadores, este cambio es una prueba de la degeneraci&oacute;n del mundo   social. Para estos &uacute;ltimos se trata de un cambio desfavorable, y dado que ven   su origen en las transformaciones de los roles de g&eacute;nero, miran con sospecha y desagrado este fen&oacute;meno y guardan profundas reservas al respecto.</p>     <p>   Un hecho hist&oacute;rico determinante al respecto ha sido la aparici&oacute;n de los m&eacute;todos artificiales de control de la natalidad:</p>     <p> &#147;Ello quiere decir que ha terminado, o empieza a terminar, el control por parte del otro sexo             del cuerpo femenino fecundo y de sus frutos. A este resultado han contribuido el desarrollo             econ&oacute;mico, que ha desatado muchos v&iacute;nculos de dependencia familiar, y la medicina, con   la disminuci&oacute;n de la mortalidad infantil, y los m&eacute;todos anticonceptivos...&#148;<sup><a href="#42" name="s42">42</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Mecanismos que ofrecen altos porcentajes de eficacia en la prevenci&oacute;n de   embarazos, sin limitar los contactos sexuales, han transformado &#151;cuando   menos en las culturas occidentales contempor&aacute;neas&#151; la concepci&oacute;n del   valor del sexo. Mientras que a lo largo del siglo XIX y en los inicios del siglo   XX &eacute;ste fue considerado primariamente como un medio para la reproducci&oacute;n   humana y social, a partir de la aparici&oacute;n de &#147;la p&iacute;ldora&#148;, y m&aacute;s adelante con   el perfeccionamiento de las t&eacute;cnicas contraceptivas, el placer se convierte en   el valor primario asociado a la sexualidad, desplazando la procreaci&oacute;n a un   segundo nivel. La contracepci&oacute;n facilita adem&aacute;s la inclusi&oacute;n estable de la   mujer en los sistemas de producci&oacute;n, al permitirle controlar el n&uacute;mero de   hijos y con ello los posibles per&iacute;odos de interrupci&oacute;n de su quehacer laboral.   Gracias a este cambio se hace posible el acceso de las mujeres a libertades y   derechos sexuales de los que carec&iacute;an en el pasado. Tal libertad parece ser una   consecuencia deseable.</p>     <p>   Ahora bien, junto con este cambio se producen procesos sociales en los   cuales los valores morales tradicionales sobre el sexo desaparecen: se pierde   la necesidad de exigir virginidad a las futuras esposas, se pierde parcialmente la gravedad del adulterio, desaparece la figura del hijo bastardo, se fractura   la separaci&oacute;n entre las identidades sexuales dando paso a diversos niveles de   reconocimiento social de identidades no heterosexuales.</p>     <p>   El sexo, pensado como placer, surge como un centro simb&oacute;lico de   particular utilidad para la publicidad y venta de mercanc&iacute;as de toda naturaleza   y, en consecuencia, se masifica y se expresa de formas cada vez menos sutiles.   El cine, la m&uacute;sica, las propagandas, se ven invadidos por referencias directas   o indirectas al sexo y al placer sexual.</p>     <p>   Esta evidente y marcada ruptura con los antiguos valores produce   temor y rechazo en las poblaciones m&aacute;s tradicionalistas, en particular ante   los hechos que de ello se siguen: la creciente cantidad de madres solteras, de   segundas y terceras nupcias, los matrimonios homosexuales, la aparici&oacute;n   de bares gay, las expresiones crecientes de liberalidad sexual, la precocidad   de las relaciones prematrimoniales, el turismo sexual, los casos frecuentes de   pederastia, el crecimiento y desarrollo de las redes de trata de blancas y de   prostituci&oacute;n, etc.</p>     <p>   Algunas personas, que a&uacute;n no pueden imaginar nuevas normas de   moralidad alternativas, estiman que el cambio trae consigo una degeneraci&oacute;n   del orden social que en el largo plazo podr&iacute;a resultar nefasta. En consecuencia,   se refugian en los valores tradicionales, en las estructuras heredadas del   sistema patriarcal.</p>     <p>   Finalmente, y acerc&aacute;ndonos a un fen&oacute;meno que corresponde tanto a los   hechos como a los discursos de igualdad, observamos otro efecto secundario   del proceso de transformaci&oacute;n de los roles de g&eacute;nero, que se refiere a las   afirmaciones y actitudes de agresividad y de ruptura entre los grupos sociales   masculinos y femeninos. Si bien una parte de los cambios efectivos en las   estructuras sociales, jur&iacute;dicas y econ&oacute;micas obedece a factores ajenos a los   discursos de igualdad, las justificaciones de buena parte de estos cambios se   han servido hist&oacute;ricamente de argumentos que provienen de ellos, y, en   particular, del planteamiento de la victimizaci&oacute;n. Este discurso, bien vale la   pena reconocerlo, ha sido operativo y eficaz dentro de una parte del proceso   de transformaci&oacute;n.</p>     <p>   No obstante, el discurso de la victimizaci&oacute;n supone y plantea abiertamente   una lucha entre los hombres y las mujeres, afirmando que el acceso creciente   de estas &uacute;ltimas a sus derechos implica un cierto tipo de enfrentamiento   contra el victimario tradicional, esto es, contra el var&oacute;n. Algunas feministas   tratan de negar esta creencia:</p>     <p>Muchas mujeres y casi todos los hombres le tienen miedo o desprecio a las feministas porque   tienen una idea equivocada de lo que significa el feminismo y de lo que queremos las   feministas. Es m&aacute;s, muchas personas creen que el feminismo es la otra cara de la moneda   del machismo, porque les han hecho creer que el feminismo es el odio a los hombres, como el machismo es el desprecio por las mujeres, aunque est&eacute; disfrazado de caballerosidad<sup><a href="#43" name="s43">43</a></sup>.&nbsp;</p>     <p> En Siete mitos sobre el feminismo, Florence Thomas afirma:</p>     <p> &#147;Primer mito: las feministas han declarado la guerra a los hombres. Ninguna feminista             declara la guerra a nadie. Construyen la vida y otra manera de vivirla. Creo que tenemos             suficiente con las guerras que nos han declarado los hombres en las cuatro esquinas del   planeta&#148;<sup><a href="#44" name="s44">44</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Las citas anteriores confirman que existe una idea com&uacute;n que relaciona a   las feministas con ese enfrentamiento entre hombres y mujeres. Tal idea   proviene sin duda de sus comunes formas de expresi&oacute;n que se plantean   continuamente en t&eacute;rminos de la &#147;lucha&#148; por la liberaci&oacute;n, y la desconfianza contra los hombres. En el mismo libro de Florence Thomas encontramos:</p>     <p> &#147;No olvidemos que, en este caso, el opresor muy a menudo es el hombre que creemos amar             y el padre de nuestros hijos e hijas, hecho que explica en gran parte lo desgarrador que             significa para muchas de nosotras pasar de la casualidad de haber nacido mujer a la   conciencia cr&iacute;tica de lo que significa ser mujer en una sociedad patriarcal&#148;<sup><a href="#45" name="s45">45</a></sup>.</p>     <p>   Esta actitud, llevada a extremos, plantea la conveniencia de mantener   relaciones exclusivamente entre mujeres<sup><a href="#46" name="s46">46</a></sup>, hasta el punto de afirmar que la   libertad y el crecimiento de &eacute;stas como seres humanos s&oacute;lo puede darse con   propiedad dentro de sus relaciones mutuas, esto es, excluyendo sus nexos   con los hombres:</p>     <p>   Muchas mujeres han optado por vivir cultivando relaciones con otras mujeres y reduciendo   las relaciones con los hombres al m&iacute;nimo indispensable; algunas han hecho de esto una   opci&oacute;n pol&iacute;tica fuerte. Dicen estas mujeres: &#147;Nuestras vidas han mejorado. Tenemos m&aacute;s   tiempo, m&aacute;s seguridad, m&aacute;s energ&iacute;as, m&aacute;s libertad. La relaci&oacute;n con otras mujeres nos ha   vuelto m&aacute;s inteligentes y m&aacute;s aut&oacute;nomas. El d&iacute;a en que nos dimos cuenta de que los   hombres nos resultaban superfluos, fue un gran d&iacute;a&#148;. Se puede decir m&aacute;s: es en la relaci&oacute;n   de mujer con mujer donde se forma el sentido libre de la diferencia femenina; sin ella lo que   habr&iacute;a ser&iacute;a un reflejarse en el otro y no podr&iacute;amos hablar de libertad femenina<sup><a href="#47" name="s47">47</a></sup>.</p>     <p>Por estas razones, con frecuencia el discurso feminista se ve asociado en   el imaginario com&uacute;n con actitudes agresivas y recriminatorias (que, por   dem&aacute;s, no coinciden con los valores cl&aacute;sicos de la feminidad) ante las cuales aparecen resistencias y prevenciones de todo tipo.</p>     <p>   Muchas mujeres no parecen estar dispuestas a entrar en conflicto con sus   padres, sus hermanos, sus parejas y sus hijos por el hecho de ser varones, ni   consideran que tal postura sea justa, equilibrada o pol&iacute;ticamente correcta.   Muchas mujeres no se muestran de acuerdo con las actitudes de agresividad   en contra de lo masculino, fuente por dem&aacute;s de su atracci&oacute;n, complemento   de su concepci&oacute;n de familia y de realizaci&oacute;n personal. Para ilustrar este punto   recurrimos a un estudio de Cornelia Butler sobre las novelas en Latinoam&eacute;rica,   objetos que reflejan el imaginario colectivo:</p>     <p>   En m&aacute;s de la mitad de las novelas de Am&eacute;rica Latina, el argumento respond&iacute;a a uno de estos   dos esquemas: una hero&iacute;na demasiado independiente hallaba la felicidad someti&eacute;ndose,   finalmente, a un var&oacute;n dominador; o bien un hombre descarriado se ve&iacute;a inducido a   abandonar el mal camino por el ejemplo de una mujer amante y paciente que nunca se   quejaba ni le hac&iacute;a objeto de reproches.</p>     <p>   En este mundo de ficci&oacute;n, la felicidad no se obtiene por el propio esfuerzo sino gracias a la   intervenci&oacute;n milagrosa de un var&oacute;n atractivo. La ra&iacute;z de los problemas es siempre personal,   y tales problemas no tienen nunca su origen en las opresivas circunstancias sociales. El   matrimonio es siempre el objetivo final de una mujer; la maternidad m&aacute;s bien que una seria   carga es una recompensa o el fruto de una decisi&oacute;n<sup><a href="#48" name="s48">48</a></sup>.</p>     <p>   El mismo texto presenta un estudio sobre las revistas contempor&aacute;neas   para mujeres:</p>     <p>   Un signo claro de la falta de liberaci&oacute;n es la obsesi&oacute;n que muestra la mayor&iacute;a de estas revistas   de nuevo cu&ntilde;o por el arte de atraer y manejar a los hombres. Una caracter&iacute;stica que las   distingue fundamentalmente de sus predecesoras: una actitud desenfadada, casi mercenaria   respecto al sexo. Su idea de cu&aacute;l sea el objetivo &uacute;ltimo de una mujer no ha cambiado   (conseguir un hombre), pero el arsenal de las mujeres se ha ampliado. El camino para   alcanzar el coraz&oacute;n del hombre ha dejado de pasar por su est&oacute;mago<sup><a href="#49" name="s49">49</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Las madres no presentan una marcada disposici&oacute;n a limitar sus afectos   por sus hijos varones so pretexto de que se trata de potenciales dominadores.   De hecho, tienden m&aacute;s bien a reproducir los modelos patriarcales al educar   a sus hijos dentro de los c&aacute;nones tradicionales de la concepci&oacute;n de lo masculino y lo femenino: son normalmente las madres las que obligan al hijo   var&oacute;n a proteger a sus hermanas y a &eacute;stas a tener cierto tipo de cuidado y   servicio para con los varones de la casa.</p>     <p>   M&aacute;s all&aacute; de las inclinaciones o preferencias afectivas de las mujeres, lo que   aqu&iacute; nos interesa presentar es el hecho de que, se quiera o no, la reproducci&oacute;n   humana y social requiere del concurso de los dos sexos<sup><a href="#50" name="s50">50</a></sup>. Por tanto, los   discursos que de una u otra forma plantean rupturas entre estos grupos   sociales de mutua dependencia podr&iacute;an generar escisiones en el orden   cultural. Si bien esto no es un hecho (o no lo es de forma masiva), resulta claro   que no ser&iacute;a deseable. Ciertos niveles de intuici&oacute;n con respecto a este   potencial problema podr&iacute;an justificar parcialmente las reservas que guardan   algunas mujeres sobre la plena asimilaci&oacute;n de los discursos de igualdad de   g&eacute;nero.</p>     <p>   Si a esto sumamos la p&eacute;rdida parcial del privilegio de manutenci&oacute;n y la   amenaza de la p&eacute;rdida del privilegio de seguridad, creo que podr&iacute;a hacerse   m&aacute;s comprensible y menos deleznable la actitud de rechazo de algunas   mujeres ante los mencionados discursos, y su apego a una parte o la totalidad   de los valores y las estructuras &#147;machistas&#148;, esto es, patriarcales.</p>     <p>   <font size="3" face="verdana"><b>Alternativas</b></font></p>      <p>   Hasta el momento hemos presentado el problema, a saber: las resistencias   que presentan algunas mujeres a la recepci&oacute;n de los discursos que abogan   por la igualdad de g&eacute;nero; las explicaciones que tales tipos de discurso dan   al hecho en cuesti&oacute;n, las debilidades que observamos en los supuestos b&aacute;sicos   de estas respuestas, y los efectos secundarios del proceso que podr&iacute;an   justificar de otro modo el fen&oacute;meno objeto de nuestro estudio.</p>     <p>   Queremos finalmente proponer una respuesta propia, discutible y sujeta   a variaciones y ajustes, tal y como debe ser toda afirmaci&oacute;n de una investigaci&oacute;n.   Nuestra propuesta es la siguiente: unidas a la costumbre, a los privilegios que   se quiere conservar, a la inercia del &#147;habitus&#148;, pensamos que las causas de las   resistencias a la recepci&oacute;n del proceso de asimilaci&oacute;n de las concepciones de   igualdad de g&eacute;nero pueden estar dadas por los l&iacute;mites propios del discurso.</p>     <p>&Eacute;sta es una afirmaci&oacute;n problem&aacute;tica y controvertible. Se trata de reconocer   como limitada e hist&oacute;ricamente situada a una teor&iacute;a que pretende sustentarse   en los derechos humanos y que por lo mismo se afirma como universal y   atemporal. Resulta necesario, por lo mismo, se&ntilde;alar con claridad cu&aacute;les   ser&iacute;an esos l&iacute;mites que, pretendemos, existen y ponen coto a las pretensiones de universalidad del discurso.</p>     <p>   En primer t&eacute;rmino, podemos hablar de una limitaci&oacute;n que proviene de las   condiciones sociales de producci&oacute;n y de ordenamiento social, hist&oacute;rica y   geogr&aacute;ficamente determinadas: se trata del sistema de producci&oacute;n industrial y del ordenamiento urbano de la sociedad.</p>     <p>   Hoy, gracias a las l&oacute;gicas econ&oacute;micas, sociol&oacute;gicas y pol&iacute;ticas, como la modernizaci&oacute;n, la   industrializaci&oacute;n, la urbanizaci&oacute;n, y &uacute;ltimamente la internacionalizaci&oacute;n de la econom&iacute;a, las   condiciones materiales para una verdadera revoluci&oacute;n de la condici&oacute;n de las mujeres se han   dado, y ellas, apoyadas por los aportes de las teor&iacute;as feministas, los estudios de g&eacute;nero y   las demandas de los movimientos sociales de mujeres, se han visibilizado y constituido en sujetos pol&iacute;ticos y de derecho<sup><a href="#51" name="s51">51</a></sup>.</p>     <p>   A este respecto, uno de los sucesos hist&oacute;ricos determinantes que marc&oacute; la   inclusi&oacute;n de las mujeres en los renglones productivos de la sociedad fue la Primera Guerra Mundial:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   La guerra se convierte en una guerra moderna, en una guerra total que moviliza todos los   esp&iacute;ritus y se libra en dos frentes: el battlefront y el homefront, el primero casi exclusivamente   masculino; el segundo, donde las feministas, con mayor o menor &eacute;xito tratan de implicarse, mayoritariamente femenino<sup><a href="#52" name="s52">52</a></sup>.</p>     <p> &#133;a comienzos del a&ntilde;o 1918 su n&uacute;mero llega a 400.000, esto es, un cuarto de la mano de obra               total (un tercio en la regi&oacute;n parisina), y se erigen en verdaderos s&iacute;mbolos de la movilizaci&oacute;n               femenina en Francia, as&iacute; como de la penetraci&oacute;n de las mujeres en sectores tradicionalmente   masculinos<sup><a href="#53" name="s53">53</a></sup> .</p>     <p>   La salida de los sistemas de econom&iacute;a de subsistencia, la integraci&oacute;n en   procesos de producci&oacute;n en serie, que dependen de econom&iacute;as de intercambio,   y la consecuente formaci&oacute;n y ampliaci&oacute;n de los grandes centros urbanos,   generan cambios significativos con respecto a dos aspectos particulares de   especial relevancia para nuestro tema. De un lado, la producci&oacute;n industrial   y el mercado de servicios abren campos de producci&oacute;n que no requieren directamente del uso de una marcada fuerza f&iacute;sica ni implican elevados   niveles de riesgo, y que, por lo mismo, son accesibles para las mujeres. De otro   lado, los centros urbanos concentran instituciones y redes de protecci&oacute;n que   reducen notablemente el nivel de peligrosidad del ambiente, y proveen   estructuras de remplazo a la presencia de la madre en el hogar para el cuidado   b&aacute;sico de subsistencia de los hijos. Finalmente, los centros urbanos, que   funcionan con econom&iacute;as de intercambio, facilitan el acceso a m&eacute;todos   confiables de contracepci&oacute;n, con lo cual se cataliza el proceso de inserci&oacute;n de las mujeres, de una forma estable, al proceso de producci&oacute;n.</p>     <p>   Dado que hemos afirmado que una de las condiciones previas de   subsistencia del orden social patriarcal trataba de garantizar los bienes y la   protecci&oacute;n de las mujeres y su prole, al establecerse un sistema en el cual su   actividad puede, sin riesgo, proveerlas, y hacerlo de forma estable (gracias a   la contracepci&oacute;n), proporcion&aacute;ndoles simult&aacute;neamente los medios para   asegurar el cuidado de sus hijos, en tales condiciones se hace innecesaria la   dependencia de las mujeres, y por tanto, tiende a aumentar su receptividad   a los discursos de igualdad. Bajo esta afirmaci&oacute;n podr&iacute;amos suponer que s&oacute;lo   en la medida en la que las mujeres puedan proveer por s&iacute; mismas (con la   ayuda del sistema) los medios para satisfacer sus necesidades b&aacute;sicas de   subsistencia y con el m&iacute;nimo de garant&iacute;as que hacen paralelo con aquellas   que recib&iacute;an del sistema patriarcal, tender&aacute;n a aceptar y defender propuestas   relacionadas con la igualdad de g&eacute;nero. En consecuencia, en caso de no   contar con tales condiciones, tender&aacute; a reproducirse por parte de las mujeres   el modelo social tradicional, los roles de g&eacute;nero adscritos a tal modelo, y las   formas de comportamiento &#147;machistas&#148;. Este es el primer l&iacute;mite del discurso de igualdad de g&eacute;nero: las condiciones sociales de posibilidad.</p>     <p>   En segundo t&eacute;rmino, podemos afirmar que una parte de las resistencias   puede obedecer a l&iacute;mites que provienen de los contenidos y las formas del   planteamiento tal y como se han presentado hist&oacute;ricamente hasta nuestros d&iacute;as. Nos referimos con esto al discurso de la victimizaci&oacute;n.</p>     <p>   En el caso de mujeres que trabajan, que de hecho se encuentran en   condici&oacute;n de responder por sus necesidades y las de sus hijos, y que por   tanto, han asimilado una parte de los discursos de igualdad, se observa sin   embargo, el rechazo al discurso de victimizaci&oacute;n. Podemos proponer varias   causas de este fen&oacute;meno. Inicialmente, el plantear el problema en esos   t&eacute;rminos obliga a las mujeres a afirmarse como &#147;v&iacute;ctimas&#148;, lo que supone una   condici&oacute;n de inferioridad. Dentro de los &oacute;rdenes sociales se dan de continuo   negociaciones entre hombres y mujeres, m&aacute;s a&uacute;n a partir de la inclusi&oacute;n de &eacute;stas en el campo laboral. La posici&oacute;n de v&iacute;ctima reduce los m&aacute;rgenes de maniobra, porque pone las decisiones de las negociaciones reiteradas en manos de uno de los actores y del reconocimiento de su culpabilidad hist&oacute;rica para que finalmente otorgue alguna &#147;oportunidad&#148; a quien explot&oacute; y limit&oacute; en el pasado. La v&iacute;ctima depende de la presi&oacute;n que pueda ejercer sobre la conciencia del victimario, de quien en algunos aspectos reconoce que depende, o con respecto al cual se encuentra en condiciones de debilidad. Luego, pese a lo que pueda parecer a simple vista, para algunas mujeres fen&oacute;menos como &#147;la ley de cuotas&#148; y similares, en vez de abrir espacios de acci&oacute;n, afirman p&uacute;blicamente que &eacute;stas no podr&iacute;an acceder a puestos de decisi&oacute;n por sus capacidades propias y que por lo mismo se les debe reservar un cupo en los centros de responsabilidad en los que se les ha de recibir. Y esto es, desde cualquier punto de vista, inconveniente dentro del proceso de negociaci&oacute;n.</p>     <p>   Pero, adem&aacute;s, esta victimizaci&oacute;n termina neutralizando algunas de las   herramientas de influencia tradicionales del g&eacute;nero femenino como son la   apelaci&oacute;n a su propia debilidad y a su capacidad de atracci&oacute;n, a su feminidad,   para &#147;salirse con la suya&#148;.</p>     <p>   ...a pesar de que las mujeres de todos los pa&iacute;ses reconocen la autoridad del var&oacute;n, incluso   a nivel dual, son m&aacute;s numerosas las veces en que se &#147;salen con la suya&#148; que las que no,   vali&eacute;ndose de su talento femenino para convencer al hombre.</p>     <p>   La idea de que en los grupos de dos, o en los grupos familiares, el &#147;verdadero&#148; poder es el   controlado por la superior capacidad emocional de la mujer, es virtualmente contraria a la   teor&iacute;a de los ambientalistas, de los psic&oacute;logos de la conducta y de las feministas. Pues   semejante idea subraya el aspecto positivo, engendrador de poder, de la feminidad y   supone que la disminuci&oacute;n de la conducta femenina, deseada por las feministas, obligar&iacute;a   a las mujeres a tratar a los hombres en t&eacute;rminos masculinos, y esto conducir&iacute;a inevitablemente   a una disminuci&oacute;n del verdadero poder de la mujer<sup><a href="#54" name="s54">54</a></sup>.</p>     <p>   Jos&eacute; Lorite Mena explica este hecho vali&eacute;ndose de argumentos etol&oacute;gicos:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   La hembra aparece sexualmente a trav&eacute;s de aquellas se&ntilde;ales que la hacen atrayente para   el macho. Al mismo tiempo, y de una manera compensatoria, la hembra ha inhibido   adaptativamente aquellos &oacute;rganos, estructuras o se&ntilde;ales que frente al macho no estimulan   la atracci&oacute;n sino la competencia. Aparecer sexualmente, para la hembra, implica,   compensatoriamente, desaparecer agon&iacute;sticamente<sup><a href="#55" name="s55">55</a></sup>.</p>     <p>   La met&aacute;fora etol&oacute;gica explica que el tipo de poder que la mujer tiene sobre   el hombre proviene primariamente de la atracci&oacute;n que pueda inspirar en &eacute;ste y en el hecho de no provocar en &eacute;l la competencia que tendr&iacute;a con los   miembros de su propio sexo. La autoafirmaci&oacute;n de la debilidad y de la   dependencia es con frecuencia una herramienta de manipulaci&oacute;n gracias a   la cual las mujeres han conseguido hacer valer su voluntad.</p>     <p>   Herramienta que curiosamente se repite y aparece en el hecho mismo   del discurso de victimizaci&oacute;n, pero que conduce, a trav&eacute;s de &eacute;l, a la   p&eacute;rdida de eficacia de este mecanismo de acci&oacute;n: porque la mujer afirma   carecer de fuerza f&iacute;sica el hombre realiza los trabajos manuales que   implican cargas de objetos pesados, manejo de animales agresivos,   enfrentamientos con grupos sociales atacantes. La victimizaci&oacute;n femenina   utiliza este mecanismo, pero pide la igualdad y &eacute;sta implica el reconocimiento   de la paridad de potencia entre hombres y mujeres, y neutraliza por tanto la   posibilidad de seguir utilizando en el futuro este medio de negociaci&oacute;n que   ha sido tradicionalmente eficaz. Porque muchas mujeres no est&aacute;n dispuestas   a limitar esta capacidad de influencia se resisten, no a la igualdad de   oportunidades en asuntos econ&oacute;micos, sociales, sexuales o pol&iacute;ticos, pero s&iacute;   a la afirmaci&oacute;n de la victimizaci&oacute;n orientada al fin de la igualdad plena entre   hombres y mujeres.</p>     <p>   De otro lado, otra causa de rechazo a los discursos de victimizaci&oacute;n   proviene de la experiencia directa y de la percepci&oacute;n de casos concretos de   la memoria hist&oacute;rica. La victimizaci&oacute;n implica reducir la imagen de las   mujeres del pasado, que asumieron y transmitieron el sistema patriarcal   (madres, abuelas), bajo la mirada compasiva que las considera como humilladas,   manipuladas y c&oacute;mplices del mecanismo que produjo su propia explotaci&oacute;n<sup><a href="#56" name="s56">56</a></sup>.   Esto no coincide con la biograf&iacute;a de buena parte de nuestras antecesoras, a   quienes en justicia reconocemos como personas capaces, brillantes, potentes,   due&ntilde;as de sus decisiones y de una parte de las de sus parejas. La memoria de   las mujeres del pasado nos remite m&aacute;s bien al poder de acci&oacute;n y de influencia   que a la imagen de la v&iacute;ctima sometida. Y muchas mujeres no est&aacute;n   dispuestas a negar o a poner en entre dicho la fuerza, determinaci&oacute;n y poder   de acci&oacute;n de sus progenitoras en nombre del discurso de victimizaci&oacute;n.</p>     <p>   Pero final y fundamentalmente, porque muchas mujeres no est&aacute;n de   acuerdo con la idea de negar o poner en duda, negociar o perder el privilegio   de seguridad. Si, de hecho podemos encontrar casos de mujeres que son o   quieren ser mantenidas econ&oacute;micamente por sus parejas (de donde viene el   sue&ntilde;o popular del &#147;marido rico&#148;, y una parte de los imaginarios de ascenso social a trav&eacute;s de un matrimonio exog&aacute;mico con respecto a la clase social, que   se muestra en las telenovelas, en el cine y en relatos similares), vemos con   mayor frecuencia el reclamo de protecci&oacute;n y la confirmaci&oacute;n por parte de las   mujeres del suyo como &#147;sexo d&eacute;bil&#148;.</p>     <p>   Muchas mujeres exigen tratamientos de caballerosidad: el hombre debe   dar el primer paso dentro del cortejo, debe cuidar de la mujer, debe ser   respetuoso y delicado (&#147;detallista&#148;), debe defender a su pareja, debe cuidar   tanto de ella como de sus hijos, debe ponerse en riesgo si es necesario para   protegerla de abusos o maltratos de cualquier naturaleza. Estas exigencias   siguen enteramente presentes dentro del campo social, y con mayor raz&oacute;n   cuando no hablamos simplemente de la mujer sino de la madre<sup><a href="#57" name="s57">57</a></sup>.</p>     <p>   En suma, son los hombres quienes primariamente deben asumir las   actividades de m&aacute;s alta peligrosidad (salvo si las mujeres quieren voluntaria   y libremente ejecutarlas), tales como la defensa f&iacute;sica del territorio. Claramente   estas exigencias no responden al principio de igualdad entre los sexos puesto   que las mujeres reciben mayores beneficios que los hombres al verse excluidas   de las acciones de riesgo y cobijadas por el imaginario social que obliga al   var&oacute;n a protegerlas.</p>     <p>   En Colombia, por ejemplo, se ha intentado proponer que tanto mujeres   como hombres presten servicio militar obligatorio: si las mujeres quieren ser   iguales en cuanto a los derechos, deber&iacute;an ser iguales tambi&eacute;n en cuanto a los   deberes. Y uno de ellos es el servicio militar.</p>     <p>   La propuesta nunca ha podido avanzar, y lo m&aacute;s que se ha permitido   plantear, y no ha sido aprobado, es la posibilidad de que ellas presten un   servicio &#147;social&#148; obligatorio; es decir, en los centros urbanos y fuera de las   zonas o situaciones de alto nivel de riesgo:</p>     <p>   La Iniciativa de Mujeres Colombianas por la Paz (IMP), manifest&oacute; su rechaz&oacute; al proyecto   de ley que modifica el servicio militar obligatorio y que busca incorporar a las filas del ej&eacute;rcito   a las mujeres &#147;cuando las circunstancias del pa&iacute;s lo exijan&#148;. Esta iniciativa fue presentada por   el Ministerio de Defensa, el pasado 24 de abril en la Comisi&oacute;n Segunda de Senado y va para   primer debate... Insistimos en que el Estado no puede bajo ning&uacute;n pretexto y mucho menos   el de la igualdad y equidad involucrar a la poblaci&oacute;n civil en el conflicto armado ya que esto   conduce a m&aacute;s v&iacute;ctimas y muertes y apoyamos la objeci&oacute;n de conciencia de todos aquellos   j&oacute;venes, hombres y mujeres que decidan no prestar el servicio militar ni ir a la guerra.   Insistimos en que las mujeres no parimos hijos para la guerra sino para la paz y nos negamos   a ser reclutadas y a ser actoras del conflicto.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>De la misma manera, se ver&iacute;a afectada la libertad de conciencia de las mujeres que por   diferentes razones no pudieran o se rehusaran a prestar este servicio social, puesto que se   les reclutar&iacute;a obligatoriamente. Es decir, objetar en este sentido se castiga con la minimizaci&oacute;n   de la libertad individual. Pero la objeci&oacute;n de conciencia de las mujeres puede ser producto   menos de sus convicciones personales como del hecho de ser madre. Si contemplamos el   problema no como el reclutamiento de mujeres sino como el reclutamiento de madres,   podremos ver mejor la desproporci&oacute;n de las pol&iacute;ticas de gobierno frente a la guerra, y del   absurdo del reclutamiento obligatorio a madres que no pueden prestar servicios sociales.   Es m&aacute;s, con la crianza y manutenci&oacute;n de sus propios hijos est&aacute;n ya llevando a cabo un &#147;servicio social&#148;<sup><a href="#58" name="s58">58</a></sup>.</p>     <p>   La sociedad no tolera la idea de enviar al frente de batalla a mujeres.   Algunas van por su voluntad, tanto a favor como en contra de las instituciones   del Estado, o forzadas por la situaci&oacute;n de violencia de su regi&oacute;n. Pero de ah&iacute;   a aprobar pol&iacute;ticamente el que las ni&ntilde;as que terminan su bachillerato, tanto   como los varones, sean sometidas a entrenamiento militar y eventualmente   enviadas a combate, hay un abismo. La sociedad colombiana no tolera ni siquiera la propuesta.</p>     <p>   Lo que destacamos en suma es el hecho de que las mujeres no parecen   estar dispuestas a perder el derecho a la protecci&oacute;n por parte de los hombres.   Llevado al l&iacute;mite, el discurso de victimizaci&oacute;n sostiene este privilegio, dado   que la mujer debe ser tratada de una forma diferencial &#151;l&eacute;ase preferencial&#151;   , mientras se equilibra la estructura social (equidad); pero esto deber&iacute;a   conducir te&oacute;ricamente a la igualdad, no s&oacute;lo de derechos sino de deberes. Y   muchas mujeres (y hombres) no est&aacute;n dispuestas a asumir, ni personalmente   ni en su prole, estas obligaciones y la p&eacute;rdida de los privilegios que provienen del sistema patriarcal.</p>     <p>   As&iacute;, el l&iacute;mite que tratamos de se&ntilde;alar proviene de la formulaci&oacute;n de la   propuesta de igualdad en t&eacute;rminos de victimizaci&oacute;n y de la necesidad de   conservar en el nuevo ordenamiento de los roles de g&eacute;nero, cuando menos, el privilegio de protecci&oacute;n femenina propio de las estructuras tradicionales.</p>     <p>   En &uacute;ltimo lugar hablaremos de los l&iacute;mites que imponen al discurso las   consecuencias del cambio de los roles de g&eacute;nero con respecto a las estructuras   familiares. Las nuevas formas de familia, tal y como lo se&ntilde;alamos   anteriormente, exigen estructuras sociales que resuelvan las necesidades de   las que se ocupaba la familia tradicional. Mar&iacute;a Jes&uacute;s Izquierdo plantea que   las propuestas feministas generan un choque entre las mujeres &#147;individualistas&#148; y las &#147;familistas&#148; puesto que lo que conviene a las primeras se convierte en un obst&aacute;culo de acci&oacute;n para las segundas:</p>     <p>   Las medidas de acci&oacute;n positiva favorecen los intereses de aquellas mujeres que adoptan el   modelo individualista, las que quieren ejercer una profesi&oacute;n y tener autonom&iacute;a econ&oacute;mica.   Sin embargo, esas mismas medidas son contrarias a los intereses de aquellas mujeres que   adoptan el modelo familista y se convierten en amas de casa&#133; [aun m&aacute;s] las amas de casa   son precisamente aquellas a quienes perjudica la acci&oacute;n positiva. Las amas de casas con su   trabajo silenciado, cubren las deficiencias del Estado de bienestar. Hacen cola en la Seguridad   Social, resuelven los tr&aacute;mites con la Administraci&oacute;n, se encargan de que los ni&ntilde;os vayan a   la escuela, llevan ropa limpia a los enfermos en los hospitales&#133;. Compensan con trabajo a&ntilde;adido la p&eacute;rdida de valor adquisitivo de los salarios de sus hombres<sup><a href="#59" name="s59">59</a></sup>.</p>     <p>   En el sistema patriarcal el ordenamiento de parte de la producci&oacute;n, de la   distribuci&oacute;n de bienes, de la protecci&oacute;n de los d&eacute;biles o enfermos, de las   obligaciones de solidaridad en casos de emergencia, y dem&aacute;s necesidades   sociales proven&iacute;a de las redes familiares. La transformaci&oacute;n de los roles ha   tra&iacute;do la disoluci&oacute;n o mutaci&oacute;n de esta instituci&oacute;n de base, y en consecuencia,   entre las comunidades dentro de las cuales no existen o no se han desarrollado   suficientemente las instituciones capaces de proveer soluciones a las antedichas   necesidades, encontraremos oposici&oacute;n y resistencia a la recepci&oacute;n de nuestro objeto de estudio.</p>     <p>   Y &eacute;stos son, en suma, los que queremos se&ntilde;alar como l&iacute;mites del discurso   y como causa fundamental de las resistencias de algunas mujeres a la recepci&oacute;n de los discursos de igualdad de g&eacute;nero.</p>     <p> <font size="3" face="verdana"><b>Post escriptum</b></font></p>      <p> &#147;Alguien que cuide de m&iacute;, que quiera matarme&#133;y se mate por m&iacute;&#148;. La                 letra de esta canci&oacute;n es un reflejo de necesidades de subsistencia de los                 grupos sociales. Y aunque el mundo contempor&aacute;neo requiera indudablemente                 de un serio replanteamiento de las relaciones y los roles de g&eacute;nero, que nos                 aproxime a la paridad, tales cambios s&oacute;lo pueden realizarse con eficacia si se                 tienen en cuenta su condici&oacute;n hist&oacute;rica, su pertinencia y sus l&iacute;mites. Pero,                 ante todo, las necesidades sociales a las que debe responder. La violaci&oacute;n de                 esta conciencia de limitaci&oacute;n del discurso obstaculiza su acci&oacute;n y su plena   asimilaci&oacute;n dentro del entramado social.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Proponemos entonces que se piense una forma de paridad que parta de   las condiciones del entorno, que se formule bajo t&eacute;rminos ajenos al discurso   de victimizaci&oacute;n, que respete el privilegio de seguridad y ofrezca razonables   concesiones a cambio de &eacute;l. Proponemos que se piensen y se estudien   tambi&eacute;n las implicaciones que las transformaciones de las que hablamos   traen para el sexo masculino, para la dependencia mutua, para las nuevas   estructuras familiares y sociales. Proponemos que la inclusi&oacute;n de las mujeres   en espacios que les estaban restringidos en el pasado considere la inclusi&oacute;n   de los hombres en los territorios que hab&iacute;an estado vedados para ellos.   Proponemos pensar nuevas feminidades y masculinidades bajo la l&oacute;gica de   la complementariedad y la justicia tanto para unas como para otros.   Proponemos la posibilidad de pensar a la sociedad colombiana en particular,   y humana en general, como la unidad indisoluble de sus miembros, de tal   manera que no sea preciso exigir prerrogativas que sacrifiquen a unos en   nombre de otros: que en pol&iacute;tica no se espere que las mujeres aboguen   primariamente por sus intereses, dejando de lado los intereses sociales y   nacionales; que en educaci&oacute;n se capacite a las personas y se haga investigaci&oacute;n   desde distintas perspectivas del conocimiento sin recriminar o despreciar   algunas de ellas por criterios de g&eacute;nero; que el lenguaje pueda utilizarse   libremente, sin la obligaci&oacute;n de hacer diferencias entre los seres humanos para que ellos se sientan reconocidos como conjunto.</p>     <p>   En suma, proponemos un tipo de reflexi&oacute;n sobre el g&eacute;nero que incumba   a todos, que acoja a todos, que preocupe a todos, sea cual fuere su sexo, su   identidad o inclinaci&oacute;n. Esa es nuestra propuesta y la intenci&oacute;n con la cual   fue escrito este documento.</p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p><sup><a href="#s1" name="#1">1</a></sup> Sobre el concepto de g&eacute;nero nos serviremos de una definici&oacute;n que aparece en el texto de Martha   Lamas, &#147;Una oposici&oacute;n binaria b&aacute;sica, la de hombre/mujer, genera una simbolizaci&oacute;n de todos los aspectos de la vida. El g&eacute;nero es el conjunto de ideas sobre la diferencia sexual que atribuye   caracter&iacute;sticas &#145;femeninas&#146; y &#145;masculinas&#146; a cada sexo, a sus actividades y conductas, y a las esferas   de la vida&#148;. Marta Lamas (2002), &#147;La antropolog&iacute;a feminista y la categor&iacute;a g&eacute;nero&#148;, en Cuerpo, diferencia sexual y g&eacute;nero, M&eacute;xico D.F.: Taurus, p. 57.</p>     <p>   <sup><a href="#s2" name="#2">2</a></sup> Thomas, Florence (2001), La mujer tiene la palabra, Bogot&aacute;, Aguilar, p. 7.</p>     <p>   <sup><a href="#s3" name="#3">3</a></sup> Es preciso en este punto hacer una aclaraci&oacute;n. Evidentemente existen m&uacute;ltiples corrientes te&oacute;ricas   dentro del campo de los discursos de g&eacute;nero. No nos ser&iacute;a posible en este breve texto hacer un an&aacute;lisis   diferenciado de las posturas del feminismo de la igualdad, de sus rupturas te&oacute;ricas con el feminismo   de la diferencia, o del proceso de surgimiento del ecofemismo. Declaramos abiertamente que el   prop&oacute;sito de responder a cada una de estas posturas rebasa ilimitadamente las posibilidades y   pretensiones de este escrito. Por tanto, nos veremos obligados a pasar por alto discusiones internas   del cuerpo te&oacute;rico y a hacer algunas generalizaciones que, senso estricto, pueden resultar francamente   irrespetuosas. No es esa nuestra intenci&oacute;n. Tratamos de tomar, en cualquier caso, algunos elementos   comunes a la gran mayor&iacute;a de estos discursos, y elaboramos la cr&iacute;tica de los fundamentos   argumentativos.</p>     <p>   <sup><a href="#s4" name="#4">4</a></sup> Newland, Kathleen (1982), La mujer en el mundo moderno, Madrid, Alianza Universidad, p. 16.</p>     <p><sup><a href="#s5" name="#5">5</a></sup> Ib&iacute;d., p. 29.</p>     <p>   <sup><a href="#s6" name="#6">6</a></sup> Nos serviremos del concepto de patriarcado enunciado en Goldberg Steven, (1976), La inevitabilidad   del patriarcado, Madrid, Alianza Editorial, p. 31: &#147;Por patriarcado entendemos toda organizaci&oacute;n   pol&iacute;tica, econ&oacute;mica, religiosa o social, que relaciona la idea de autoridad y de liderazgo principalmente   con el var&oacute;n, y en la que el var&oacute;n desempe&ntilde;a la gran mayor&iacute;a de los puestos de autoridad y   direcci&oacute;n&#148;.</p>     <p>  <sup><a href="#s7" name="#7">7</a></sup> Graziani, Francesca y otros (1996), &#147;(Ha ocurrido y no por casualidad). El final del patriarcado&#148;,   en El viejo topo, No. 96, Barcelona, Sottosopra/Librer&iacute;a de Mujeres de Mil&aacute;n, p. 49.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s8" name="#8">8</a></sup> Bourdieu, Pierre (1975), El oficio del soci&oacute;logo: presupuestos epistemol&oacute;gicos, M&eacute;xico, Siglo Veintiuno.</p>     <p>   <sup><a href="#s9" name="#9">9</a></sup> Lamas, op. cit., p. 70.</p>     <p><sup><a href="#s10" name="#10">10</a></sup> De hecho, este art&iacute;culo sirve como presentaci&oacute;n de las hip&oacute;tesis b&aacute;sicas de un proyecto de   investigaci&oacute;n en curso sobre las causas de las resistencias femeninas a la recepci&oacute;n de los discursos   de igualdad de g&eacute;nero, adelantado en las facultades de Ciencia Pol&iacute;tica y Gobierno, y de Relaciones   Internacionales de la Universidad del Rosario en Bogot&aacute;. Tal proyecto espera confirmar o falsar a   trav&eacute;s del trabajo de campo (grupos focales, historias de vida, entrevistas en profundidad), la   pertinencia de las afirmaciones que aqu&iacute; aparecen b&aacute;sicamente a t&iacute;tulo de planteamientos te&oacute;ricos no confirmados.</p>     <p><sup><a href="#s11" name="#11">11</a></sup> Como ya hab&iacute;amos se&ntilde;alado    en la nota 3, hacemos aqu&iacute; algunas generalizaciones que pasan por alto    las discusiones internas de diferentes posturas te&oacute;ricas. Reiteramos    que nuestra intenci&oacute;n no es la de desconocer o negar tales matices, sino    la de centrarnos en los elementos comunes a la gran mayor&iacute;a de los discursos    que se ocupan de este problema. Pedimos, en consecuencia, excusas a los te&oacute;ricos    que no vean reflejado en este texto el cuerpo coherente de su sistema argumentativo.</p>     <p> <sup><a href="#s12" name="#12">12</a></sup> Newland, op. cit., p. 16. Ramos    y Vera, op. cit., p. 7.</p>     <p>   <sup><a href="#s13" name="#13">13</a></sup> Thomas, op. cit., pp. 24-25.</p>     <p><sup><a href="#s14" name="#14">14</a></sup> Canterla, Cinta, Mujer y derechos humanos: universalismo y violencia simb&oacute;lica de g&eacute;nero, en Dolores   Ramos Mar&iacute;a y Vera Mar&iacute;a Teresa, (2002), Discursos, realidades, utop&iacute;as, la construcci&oacute;n del sujeto femenino en los siglos XIX y XX, Barcelona, Anthropos, Colecci&oacute;n Cultura y Diferencia, p. 17.</p>     <p>   <sup><a href="#s15" name="#15">15</a></sup> Cantela, op. cit., p. 23.</p>     <p>   <sup><a href="#s16" name="#16">16</a></sup> Newland, op. cit., p. 46.</p>     <p><sup><a href="#s17" name="#17">17</a></sup> <a href="http://www.bib.uab.es"target="blank">http://www.bib.uab.es/pub/educar/0211819Xn29p91.pdf</a></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   <sup><a href="#s18" name="#18">18</a></sup> Ramos y Vera, en op. cit., p. 12.</p>     <p>   <sup><a href="#s19" name="#19">19</a></sup> Algunos de los discursos de g&eacute;nero matizan esta posici&oacute;n para afirmar que no es la ciencia misma   la que es androc&eacute;ntrica, sino las personas que se han servido de ella o que la han formulado. En   otros casos, como los que citamos en este texto se llega incluso a considerar que las l&oacute;gicas anal&iacute;ticas   son, por su naturaleza androc&eacute;ntricas, dado que la tendencia femenina se relaciona m&aacute;s   fuertemente con la uni&oacute;n que con la separaci&oacute;n. Esta &uacute;ltima posici&oacute;n suele presentarse entre los   te&oacute;ricos del feminismo de la diferencia y los expositores del ecofeminismo, entre otros.</p>     <p>   <sup><a href="#s20" name="#20">20</a></sup> Gargallo Francesca (2004), Las ideas feministas latinoamericanas, Bogot&aacute;, Departamento Ecum&eacute;nico   de Investigaci&oacute;n, Ed. Desde Abajo, p. 24.</p>     <p>   <sup><a href="#s21" name="#21">21</a></sup> Thomas, F. op. cit., p. 24.</p>     <p><sup><a href="#s22" name="#22">22</a></sup> Mill&aacute;n de Benavides, Carmen y Estrada, &Aacute;ngela Mar&iacute;a (2004), Pensar (en) g&eacute;nero: teor&iacute;a y pr&aacute;ctica para nuevas cartograf&iacute;as del cuerpo, Bogot&aacute;, Editorial Acad&eacute;micas, Pontificia Universidad Javeriana, p. 52.</p>     <p>   <sup><a href="#s23" name="#23">23</a></sup> Duby, Georges y Perrot, Michelle (2000), Historia de las mujeres, v. 5, El siglo XX, Madrid, Taurus,   p. 26.</p>     <p><sup><a href="#s24" name="#24">24</a></sup> Thomas, pp. 23-24.</p>     <p><sup><a href="#s25" name="#25">25</a></sup> Duby y Perrot, op. cit., p. 31.</p>     <p>   <sup><a href="#s26" name="#26">26</a></sup> Izquierdo, Mar&iacute;a Jes&uacute;s (1996), &iquest;Conflicto entre los sexos o conflicto estructural? Sobre la tendencia   del tribunal de Luxemburgo, en El viejo topo, No. 97, Barcelona, p. 56.</p>     <p><sup><a href="#s27" name="#27">27</a></sup> Canterla, op. cit., p. 18.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   <sup><a href="#s28" name="#28">28</a></sup> Thomas, op. cit., p. 21.</p>     <p>   <sup><a href="#s29" name="#29">29</a></sup> Ib&iacute;d., p. 45.</p>     <p>   <sup><a href="#s30" name="#30">30</a></sup> Canterla, op. cit., p. 18.</p>     <p><sup><a href="#s31" name="#31">31</a></sup> Newland, op. cit., p. 38.</p>     <p>   <sup><a href="#s32" name="#32">32</a></sup> Podr&iacute;a presentarse aqu&iacute; la objeci&oacute;n de que tambi&eacute;n en el caso de la esclavitud, el &#147;amo&#148; aporta los   alimentos y provee de las habitaciones de los esclavos. Respondemos a tal afirmaci&oacute;n con el   argumento de que en ning&uacute;n caso las comodidades que el amo brinda al esclavo, m&aacute;s all&aacute; de la   mera subsistencia, son reconocidas como deberes ante el grupo social. Mientras que el marido   obsequia a su esposa con joyas, vestidos lujosos, o autos elegantes, lo que le reporta indudablemente   prestigio social y reconocimiento dentro del sistema patriarcal; el amo se limita a proveer la mera   subsistencia de sus esclavos. Afirmamos en suma, que se trata de fen&oacute;menos diferentes, que deben   ser analizados por separado.</p>     <p><sup><a href="#s33" name="#33">33</a></sup> Viveros, Mara (2001), &#145;Masculinidades&#146; diversidades regionales y cambios generacionales en Colombia, Bogot&aacute;, CES, Universidad Nacional, p. 55.</p>     <p>   <sup><a href="#s34" name="#34">34</a></sup> Ib&iacute;d., p. 90.</p>     <p>   <sup><a href="#s35" name="#35">35</a></sup> Cabe anotar que existen matices para esta afirmaci&oacute;n seg&uacute;n el tipo espec&iacute;fico de producci&oacute;n de   la sociedad a la que se haga referencia en cada caso. Existen sistemas de organizaci&oacute;n comunitaria   de la producci&oacute;n, la distribuci&oacute;n y la propiedad, dentro de los cuales las mujeres juegan un rol   fundamental dentro de la generaci&oacute;n de bienes. Algunas de estas comunidades son, con todo,   patriarcales. En la mayor&iacute;a de los casos encontraremos que si bien las mujeres colaboran con la   producci&oacute;n agr&iacute;cola, de un lado no se ocupan del ganado (fuente indispensable de alimento), dado   que la protecci&oacute;n del mismo implica altos riesgos. De otro lado, son los hombres los que mantienen   la seguridad de la aldea, o del grupo, y con ello se erigen en la fuerza que permite que los bienes   no s&oacute;lo se produzcan sino que se conserven para el beneficio de la sociedad en cuesti&oacute;n.</p>     <p><sup><a href="#s36" name="#36">36</a></sup> Duby y Perrot, op. cit., p. 50.</p>     <p>   <sup><a href="#s37" name="#37">37</a></sup> <a href="http://humano.ya.com/webfeminista/sicologia1.htm"target="blank">http://humano.ya.com/webfeminista/sicologia1.htm</a>, 15/08/2005.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s38" name="#38">38</a></sup> Este tipo de comentario compete primariamente a los feminismos de la diferencia y al ecofeminismo.   Otras posturas provenientes del feminismo de la igualdad afirmar&aacute;n que las mujeres deber&iacute;an tener   el &#147;derecho&#148; (no el &#147;deber&#148;) de ir a la guerra y de ocupar cargos de alto nivel dentro de los comandos militares.</p>     <p><sup><a href="#s39" name="#39">39</a></sup> Newland, op. cit., p. 18.</p>     <p>   <sup><a href="#s40" name="#40">40</a></sup> Lorite Mena, Jos&eacute;, (1987), El orden femenino: origen de un simulacro cultural, Barcelona, Textos y Temas,   Antropolog&iacute;a, Editorial Anthropos, pp. 16-17.</p>     <p><sup><a href="#s41" name="#41">41</a></sup> Ib&iacute;d., p. 21.</p>     <p><sup><a href="#s42" name="#42">42</a></sup> Graziani, op. cit., p. 46.</p>     <p><sup><a href="#s43" name="#43">43</a></sup> <a href="http://www.apse.or.cr/webapse/03mujer.htm"target="blank">http://www.apse.or.cr/webapse/03mujer.htm</a></p>     <p>   <sup><a href="#s44" name="#44">44</a></sup> Thomas, F., op. cit., p. 91.</p>     <p>   <sup><a href="#s45" name="#45">45</a></sup> Ib&iacute;d., pp. 25-26.</p>     <p>   <sup><a href="#s46" name="#46">46</a></sup> Aclaremos en este punto que la postura que describimos a continuaci&oacute;n se limita a lecturas   absolutamente radicales, no compartidas por una gran parte de los discursos feministas o de g&eacute;nero.</p>     <p>   <sup><a href="#s47" name="#47">47</a></sup> Graziani, F., op. cit., p. 50.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s48" name="#48">48</a></sup> Butler, Cornelio (1973), The passive female and social change: A cross-Cultural Analysis of women fiction, University of Pittsburgh Press, pp. 97-98.</p>     <p>   <sup><a href="#s49" name="#49">49</a></sup> Ib&iacute;d., p. 99.</p>     <p><sup><a href="#s50" name="#50">50</a></sup> Nos referimos aqu&iacute; al sexo, a la reproducci&oacute;n, al hecho biol&oacute;gico, y no al g&eacute;nero, al que ya hemos   se&ntilde;alado desde el comienzo del texto como un fen&oacute;meno mucho m&aacute;s complejo de car&aacute;cter primariamente social y cultural.</p>     <p><sup><a href="#s51" name="#51">51</a></sup> Thomas, pp. 40-41.</p>     <p>   <sup><a href="#s52" name="#52">52</a></sup> Duby y Perrot, op. cit., p. 54.</p>     <p>   <sup><a href="#s53" name="#53">53</a></sup> Ib&iacute;d., p. 55.</p>     <p><sup><a href="#s54" name="#54">54</a></sup> Goldberg, op. cit., p. 27.</p>     <p>   <sup><a href="#s55" name="#55">55</a></sup> Lorite Mena, op. cit., pp. 30-31.</p>     <p><sup><a href="#s56" name="#56">56</a></sup> Recordemos aqu&iacute; la cita n&uacute;mero 13.</p>     <p><sup><a href="#s57" name="#57">57</a></sup> Ib&iacute;d., pp. 36-37.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s58" name="#58">58</a></sup> <a href="http://www.mujeresporlapaz.org/vocesseis13.htm"target="blank">http://www.mujeresporlapaz.org/vocesseis13.htm</a>, Voces de mujer, No. 6, 01/05 2003.</p>     <p><sup><a href="#s59" name="#59">59</a></sup> Izquierdo, op. cit., p. 57.</p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1">      <p>   <font size="3" face="verdana"><b>Referencias</b></font></p>      <!-- ref --><p>   BOURDIEU, PIERRE (2000), &#147;La dominaci&oacute;n masculina&#148;, Barcelona, Anagrama.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000247&pid=S0122-4409200600010000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   BOURDIEU, PIERRE (1975), &#147;El oficio del soci&oacute;logo: presupuestos epistemol&oacute;gicos&#148;, M&eacute;xico,   Siglo Veintiuno.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000248&pid=S0122-4409200600010000800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   BUTLER FLORA, CORNELIO (1982), &#147;The passive female and social change: A cross-Cultural   Analysis of women fiction&#148;, en Ann Pescatello (coord.), Female and male in Latin   America, Pitsburg, PA: University of Pittsburgh Press, 1973. Citado por Kathleen   Newland, La mujer en el mundo moderno, Madrid, Alianza Universidad.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000249&pid=S0122-4409200600010000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   BUTLER, JUDITH (2001), Sujetos de sexo/g&eacute;nero/deseo, en El g&eacute;nero en disputa: el feminismo y   la subversi&oacute;n de la identidad, M&eacute;xico, Paid&oacute;s.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000250&pid=S0122-4409200600010000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>CANTERLA, CINTA (2002), &#147;Mujer y derechos humanos: universalismo y violencia simb&oacute;lica   de g&eacute;nero&#148;, en Mar&iacute;a Dolores Ramos y Mar&iacute;a Teresa Vera (coords.), &#147;Discursos,   realidades, utop&iacute;as&#148;, la construcci&oacute;n del sujeto femenino en los siglos XIX y XX, colecci&oacute;n Cultura y Diferencia, Barcelona, Editorial Anthropos.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000251&pid=S0122-4409200600010000800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   COBO BED&Iacute;A, ROSA (1993), &#147;Mujer y poder: el debate feminista en la actual filosof&iacute;a espa&ntilde;ola&#148;,   Revista Internacional de Filosof&iacute;a Pol&iacute;tica, No. 1, Madrid.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000252&pid=S0122-4409200600010000800006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   DUBY, GEORGES y MICHELLE PERROT (dir.) (2000), Historia de las mujeres, vol. 5, El siglo XX,   Madrid, Taurus.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000253&pid=S0122-4409200600010000800007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   FOUCAULT, MICHEL (1997), &#147;El cuerpo&#148;, en Historia de la sexualidad, vol. 8, La inquietud en s&iacute;,   Madrid, Siglo XXI.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000254&pid=S0122-4409200600010000800008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   GARGALLO, FRANCESCA (2004), Las ideas feministas latinoamericanas, Bogot&aacute;, Departamento   Ecum&eacute;nico de Investigaci&oacute;n, Ed. Desde Abajo.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000255&pid=S0122-4409200600010000800009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   GOLDBERG, STEVEN (1976), La inevitabilidad del patriarcado, Madrid, Alianza Editorial.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000256&pid=S0122-4409200600010000800010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   GRAZIANI, FRANCESCA, SANDRA DE PERINI y otras (1996), &#147;(Ha ocurrido y no por casualidad). El   final del patriarcado&#148;, en El viejo topo, No. 96, Barcelona, Sottosopra/Librer&iacute;a de   Mujeres de Mil&aacute;n.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000257&pid=S0122-4409200600010000800011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   IZQUIERDO, MAR&Iacute;A JES&Uacute;S (1996), &#147;Conflicto entre los sexos o conflicto estructural&#148;, en El viejo   topo, No. 97, Barcelona.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000258&pid=S0122-4409200600010000800012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   LAMAS, MARTA (2002), &#147;La antropolog&iacute;a feminista y la categor&iacute;a g&eacute;nero&#148;, en Cuerpo, diferencia   sexual y g&eacute;nero, M&eacute;xico, Taurus.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000259&pid=S0122-4409200600010000800013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   LORITE MENA, JOS&Eacute; (1987), &#147;El orden femenino&#148;. Origen de un simulacro cultural, Coll: Autores,   Textos y Temas, Barcelona, Antropolog&iacute;a, Editorial Anthropos.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000260&pid=S0122-4409200600010000800014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   MILL&Aacute;N DE BENAVIDES, CARMEN y &Aacute;NGELA MAR&Iacute;A ESTRADA (2004), Pensar (en) g&eacute;nero: teor&iacute;a y   pr&aacute;ctica para nuevas cartograf&iacute;as del cuerpo, Bogot&aacute;, Editorial Acad&eacute;micas, Pontificia   Universidad Javeriana.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000261&pid=S0122-4409200600010000800015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> NEWLAND, KATHLEEN (1982), La mujer en el mundo moderno, Madrid, Alianza Universidad.  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000262&pid=S0122-4409200600010000800016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>RAMOS, MAR&Iacute;A DOLORES y MAR&Iacute;A TERESA VERA (coords.) (2002), &#147;Discursos,    realidades, utop&iacute;as&#148;, la construcci&oacute;n del sujeto femenino    en los siglos XIX y XX, colecci&oacute;n Cultura y Diferencia, Barcelona, Editorial    Anthropos.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000263&pid=S0122-4409200600010000800017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   ROBINSON, VICTORIA (1997), &#147;Introducing Women&#146;s Studies&#148;, en V. Robinson y D. Richardson,   Introducing Women&#146;s Studies, London, MacMillan.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000264&pid=S0122-4409200600010000800018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   THOMAS, FLORENCE (2001), La mujer tiene la palabra, Bogot&aacute;, Aguilar.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000265&pid=S0122-4409200600010000800019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   VIVEROS, MARA (2001), &#147;&#145;Masculinidades&#146;. Diversidades regionales y cambios generacionales   en Colombia&#148;, en Mara Viveros, Jos&eacute; Olavaria y Norma Fuller, &#147;Hombres e identidades   de g&eacute;nero&#148;. Investigaciones desde Am&eacute;rica Latina, Bogot&aacute;, CES, Universidad Nacional.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000266&pid=S0122-4409200600010000800020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p>Internet:</p>     <p> &#149; <a href="http://humano.ya.com/webfeminista/sicologia1.htm"target="blank">http://humano.ya.com/webfeminista/sicologia1.htm</a>, 07/05/2005</p>     <p> &#149; <a href="http://www.apse.or.cr/webapse/03mujer.htm"target="blank">http://www.apse.or.cr/webapse/03mujer.htm</a>, 07/05/2005.</p>     <p> &#149; <a href="http://www.bib.uab.es/pub/educar/0211819Xn29p91.pdf"target="blank">http://www.bib.uab.es/pub/educar/0211819Xn29p91.pdf</a>, 07/05/2005.</p>     <p> &#149; <a href="http://www.mujeresporlapaz.org/vocesseis13.htm"target="blank">http://www.mujeresporlapaz.org/vocesseis13.htm</a>, 07/05/2005</p>     <p>&nbsp;</p> </font>     ]]></body>
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