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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="verdana">     <p align="center"><font size="4"><b>Los que sobraban.    <br> Historia de la eutanasia social en la Alemania nazi, 1939-1945.</b></font>    <br> Aly, G&ouml;tz.    <br> Barcelona: Cr&iacute;tica, 2014. 368 pp.</p>     <p align="center"><i>Sven Schuster<sup>1</sup></i></p>     <p><sup>1</sup>Profesor de Historia de la Universidad del Rosario. Doctorado y Postdoctorado en Historia de Am&eacute;rica Latina de la Universidad Cat&oacute;lica de Eichst&auml;tt-Ingolstadt, Alemania.  <a target="_blank" href="mailto:svenb.schuster@urosario.edu.co">svenb.schuster@urosario.edu.co</a></p> <hr>     <p align="center"><b>C&oacute;mo citar esta rese&ntilde;a</b></p>     <p>Schuster, Sven. Rese&ntilde;a de <i>Los que sobraban. Historia de la eutanasia social en la Alemania nazi, 19391945 </i>de G&ouml;tz Aly. <i>Memoria y Sociedad </i>19, no. 38 (2015): 109-112.</p> <hr>     <p>Cuando los alemanes se refieren a la capitulaci&oacute;n del 8 de mayo de 1945 hablan frecuentemente de la &laquo;hora cero&raquo;. As&iacute;, los libros de texto nos ense&ntilde;an que la derrota del Tercer Reich significaba el inicio de una nueva era democr&aacute;tica y capitalista para el oeste, y totalitaria y socialista para el este. Como sabemos, ambos sistemas se dedicaron a construir ciertos imaginarios colectivos sobre el significado de la dictadura nazi, pero los dos interpretaron el a&ntilde;o 1945 como la gran ruptura hist&oacute;rica.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Por un lado, las &eacute;lites de la Alemania oriental construyeron una tradici&oacute;n antifascista representada por la constante resistencia comunista desde los a&ntilde;os veinte. El nuevo Estado socialista ser&iacute;a entonces el heredero leg&iacute;timo de esta lucha noble, sin v&iacute;nculos estructurales con el Tercer Reich. Las &eacute;lites del oeste, por otro lado, aceptaron la herencia de la dictadura nazi, pero solo en la medida que quedaba claro que el pueblo habr&iacute;a sido seducido por &laquo;fuerzas oscuras&raquo;. La &laquo;gente com&uacute;n&raquo; s&iacute; habr&iacute;a colaborado hasta cierto punto, aunque no en los peores cr&iacute;menes, pero en general fueron enga&ntilde;ados y deslumbrados por una ideolog&iacute;a poderosa. Adem&aacute;s, el mito de la &laquo;hora cero&raquo; implicaba que despu&eacute;s de 1945 todos habr&iacute;an tenido los mismos chances  de movilidad social, ya que el dinero hab&iacute;a perdido su valor. De todos modos, se  les &laquo;olvid&oacute;&raquo; mencionar que muchos alemanes hab&iacute;an invertido sus ahorros en  inmuebles u otros bienes materiales ya antes del fin de la guerra. En las  primeras dos d&eacute;cadas de la RFA tambi&eacute;n se hizo caso omiso de las continuidades  estructurales y personales en todos los &aacute;mbitos. Supuestamente, la campa&ntilde;a de &laquo;desnazificaci&oacute;n&raquo; impuesta por los vencedores de la guerra habr&iacute;a solucionado el &laquo;problema&raquo;.</p>     <p>Finalmente, con el cambio generacional del 68 se debati&oacute; de manera m&aacute;s cr&iacute;tica la problem&aacute;tica de las continuidades, por lo menos en el oeste. Estudiantes radicales e intelectuales de izquierda eran los primeros en atacar la visi&oacute;n encubridora popularizada despu&eacute;s de 1945. Uno de ellos fue el joven G&ouml;tz Aly, en esa &eacute;poca estudiante de Ciencia Pol&iacute;tica en la Universidad Libre de Berl&iacute;n y miembro de varios grupos comunistas, como las &laquo;C&eacute;lulas Rojas&raquo;. En la ret&oacute;rica ideologizada de la &eacute;poca, los disc&iacute;pulos de la izquierda revolucionaria quer&iacute;an mostrar que la  RFA era nada m&aacute;s que la sucesora igualmente &laquo;fascista&raquo; del &laquo;Capitalismo Monopolista de Estado&raquo; organizado por Hitler. Desde entonces se han ofrecido varias explicaciones para la &eacute;poca, como las diferentes teor&iacute;as del totalitarismo, en la tradici&oacute;n de Hannah Arendt; la tesis de la &laquo;singularidad del holocausto&raquo;, que sostiene la &laquo;no-comparabilidad hist&oacute;rica&raquo; del genocidio por la forma centralizada y burocr&aacute;tica de su ejecuci&oacute;n; la tesis del pueblo &laquo;seducido&raquo; por un peque&ntilde;o grupo de demagogos vers&aacute;tiles en el manejo de la psicolog&iacute;a colectiva; hasta la tesis de la &laquo;culpa colectiva&raquo;, formulada en 1996 por Daniel Goldhagen.</p>     <p>Todas estas teor&iacute;as tienen en com&uacute;n que son muy c&oacute;modas, porque buscan la  culpa en fuerzas supra-individuales, discursos, grandes ideolog&iacute;as, el antisemitismo eliminatorio, etc., transformando los sucesos entre 1933 y 1945 en una especie de &laquo;no lugar&raquo; hist&oacute;rico. En la perspectiva &laquo;singularista&raquo;, por ejemplo, el Tercer Reich y el holocausto aparecen como &laquo;anomal&iacute;as&raquo; hist&oacute;ricas completamente descontextualizadas, en cuanto Goldhagen ve la causa principal en el antisemitismo colectivo.</p>     <p>En medio de estos debates reaparece la figura de G&ouml;tz Aly en los a&ntilde;os ochenta, primero como periodista y polit&oacute;logo, despu&eacute;s como historiador. En esa &eacute;poca ya hab&iacute;a publicado algunos estudios sobre el Tercer Reich, el holocausto y la eutanasia. Sin embargo, pocos se dar&iacute;an cuenta de la alta calidad de estos trabajos, especialmente de su primer gran estudio sobre el programa de eutanasia nazi, publicado en 1989. En los a&ntilde;os noventa, no obstante, empieza a ganar un p&uacute;blico m&aacute;s amplio, pero al mismo tiempo se est&aacute; alienando cada vez m&aacute;s del mundo acad&eacute;mico, como ejemplifican numerosas peleas con historiadores establecidos en las universidades. Finalmente, en 2005, sale su libro m&aacute;s conocido hasta ahora, <i>Hitlers Volksstaat </i>(en castellano: <i>La utop&iacute;a nazi: C&oacute;mo Hitler compr&oacute; a los alemanes, </i>2006).</p>     <p>Este libro caus&oacute; un gran debate en Alemania, provocando tanto reacciones hostiles como afirmativas. Como nadie antes, Aly hab&iacute;a desmantelado el mito de la &laquo;hora cero&raquo; tan c&oacute;modo para amplios sectores de la sociedad alemana, pero sobre todo hab&iacute;a mostrado que la dictadura nazi era econ&oacute;micamente conveniente para la mayor&iacute;a de la gente. M&aacute;s que grandes ideolog&iacute;as y militarismo, era el &laquo;Estado de bienestar de Hitler&raquo; que garantiz&oacute; la cohesi&oacute;n del sistema hasta el &uacute;ltimo a&ntilde;o de la guerra. Considerando que el actual Estado alem&aacute;n se constituye como &laquo;Estado de bienestar&raquo; en oposici&oacute;n expl&iacute;cita a su antecesor, no parece raro que el libro resultara tan provocador para muchos lectores. Sin embargo, debido a su extenso cuerpo de fuentes, incluyendo cientos de documentos oficiales y semioficiales, cartas, leyes, decretos, estad&iacute;sticas, etc., result&oacute; extremamente dif&iacute;cil refutar sus tesis centrales.</p>     <p>Por supuesto, no era la primera vez que alguien hab&iacute;a descrito el Tercer Reich como una &laquo;dictadura de conveniencia&raquo;, en la cual las clases bajas y medias aparec&iacute;an como &laquo;ganadoras&raquo; de un sistema que buscaba nivelar las diferencias sociales. En esta perspectiva, el antisemitismo y el militarismo eran ciertamente fuerzas poderosas para movilizar las masas, pero las nuevas posibilidades de consumo, los servicios sociales, la repartici&oacute;n de los bienes robados de los jud&iacute;os, y la construcci&oacute;n y consiguiente eliminaci&oacute;n de los &laquo;enemigos del pueblo&raquo; eran factores m&aacute;s importantes. No obstante, a diferencia de los trabajos de muchos otros historiadores, los libros de Aly no solo suelen ser extremamente bien sustentados en fuentes primarias, sino tambi&eacute;n bien escritos.</p>     <p>Su libro m&aacute;s reciente, <i>Los que sobraban. Historia de la eutanasia social en la Alemania nazi, </i>publicado en 2013 en alem&aacute;n y en 2014 en castellano, tiene que ser juzgado como parte de este corpus m&aacute;s amplio entonces. En &eacute;l se re&uacute;nen los resultados de 30 a&ntilde;os de trabajo, apoy&aacute;ndose en documentos oficiales y cientos de cartas de familiares de las v&iacute;ctimas de la tristemente c&eacute;lebre &laquo;acci&oacute;n T4&raquo;, en la cual fueron eliminadas m&aacute;s de 200.000 personas discapacitadas f&iacute;sica o ps&iacute;quicamente en nombre de la &laquo;pureza racial&raquo;. A diferencia de otros estudiosos del tema, Aly muestra que el programa de eutanasia nazi no estaba tan impregnado por ideas &laquo;cient&iacute;ficas&raquo;, como uno podr&iacute;a pensar, sino m&aacute;s bien por utilitarismo. En muchos casos, las preocupaciones de los m&eacute;dicos eugenicistas eran solo un pretexto para matar a personas indefensas concebidas como &laquo;par&aacute;sitos&raquo;. Sobre todo despu&eacute;s de la invasi&oacute;n de Polonia en 1939, era cada vez m&aacute;s evidente que la eliminaci&oacute;n de la &laquo;vida sin valor&raquo; segu&iacute;a una l&oacute;gica econ&oacute;mica. El motor detr&aacute;s del programa bio-pol&iacute;tico nazi no era en primer lugar la ideolog&iacute;a sino un materialismo social-darwinista brutal. El ej&eacute;rcito necesitaba las camas de los hospitales y la comida ten&iacute;a que ser racionada. No hab&iacute;a entonces lugar para &laquo;carga humana&raquo;, a no ser en las c&aacute;maras de gas o en las salas de operaciones de los neurocirujanos nazis que sujetaron a miles de ni&ntilde;os y adolescentes a sus experimentos letales.</p>     <p>El libro es sin duda brillante, pero definitivamente no cumple con algunas reglas de la historiograf&iacute;a acad&eacute;mica convencional. Aunque sea muy bien documentado y resultado de una investigaci&oacute;n profunda, es deliberadamente pol&eacute;mico, sobre todo en las partes que trazan l&iacute;neas directas entre las pr&aacute;cticas m&eacute;dicas de la &eacute;poca nazi con las de la  RFA. Incluso en el campo institucional, por ejemplo en la gen&eacute;tica y la neurociencia, hab&iacute;a continuidades escandalosas. Muchos de los peores criminales del Tercer Reich, considerados grandes &laquo;expertos&raquo; en sus &aacute;reas tanto en la  RFA como en la rda, nunca fueron condenados. Muy al contrario, los resultados cient&iacute;ficos obtenidos a partir de experimentos en seres humanos fueron incluidos en varios manuales de medicina en la &eacute;poca de la posguerra (56-57, 66, 190).</p>     <p>Aparte de esto, el libro tiene una dimensi&oacute;n personal. Aly, como padre de una hija discapacitada, se pregunta constantemente sobre el significado de la eutanasia para la sociedad actual, y sobre las consecuencias bio&eacute;ticas del programa para el diagn&oacute;stico prenatal, por ejemplo. En un pa&iacute;s como Alemania, en el que el aborto es permitido y los m&eacute;todos para detectar malformaciones cong&eacute;nitas son cada vez mejores, pero que al mismo tiempo propaga la inclusi&oacute;n social de los discapacitados, esto es un asunto serio. En algunos pasajes, el lector, ya conmocionado por descripciones de brutalidad innombrable, se enfrenta con situaciones a&uacute;n m&aacute;s perturbadoras. Aly cuenta c&oacute;mo en los a&ntilde;os ochenta llevaba a su hija discapacitada a un m&eacute;dico pediatra en Berl&iacute;n -un se&ntilde;or viejo, amable y competente-. En el consultorio, sin embargo, se da cuenta de que el viejito es de hecho uno de los protagonistas de sus estudios; como joven m&eacute;dico asistente les hab&iacute;a suministrado inyecciones letales a decenas de ni&ntilde;os y adolescentes en el marco de la eutanasia (156).</p>     <p>Son estas partes, a veces dif&iacute;ciles de aguantar, las que distinguen el libro claramente de una historia acad&eacute;mica &laquo;normal&raquo;, pero la constante reflexi&oacute;n acerca del significado de esos hechos para nuestra sociedad tambi&eacute;n es su mayor logro. En este sentido, Aly, quien tambi&eacute;n era uno de los iniciadores del monumento oficial para las v&iacute;ctimas de la eutanasia en Berl&iacute;n, entiende su libro como un lugar de memoria que quiere recordar los nombres de algunos de los m&aacute;s de 200.000 asesinados entre 1939 y 1945, los cuales han sido olvidados o incluso retenidos por la burocracia alemana, alegando la &laquo;protecci&oacute;n de datos&raquo;. As&iacute;, entre los cap&iacute;tulos, el lector encuentra p&aacute;ginas enteras con listas de los nombres e informaciones personales de las v&iacute;ctimas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Aunque el libro presente muchas facetas nuevas del programa de eutanasia, no se concentra en los hechos mismos ni en el contexto internacional eugen&eacute;sico. Para algunos lectores con pocos conocimientos de la &laquo;prehistoria&raquo; de esta ciencia, conocida como &laquo;higiene racial&raquo; en Alemania, y cuyos or&iacute;genes remontan a la segunda mitad del siglo XIX, esto puede ser un punto cr&iacute;tico. En este sentido, es dif&iacute;cil de entender por qu&eacute; el autor no hace referencia a las pr&aacute;cticas eugen&eacute;sicas en Inglaterra o Estados Unidos entre los a&ntilde;os veinte y treinta, por ejemplo. Sin embargo, hay que reconocer tambi&eacute;n que el libro quiere ser, en primer lugar, una historia social del fen&oacute;meno, para poder entender mejor la organizaci&oacute;n interna de la sociedad nacionalsocialista. As&iacute;, muestra c&oacute;mo tanto los m&eacute;dicos c&oacute;mo los familiares de las v&iacute;ctimas reaccionaron a la oferta de facilitar una &laquo;buena muerte&raquo;. Esta propuesta pocas veces lleg&oacute; de manera directa y no hubo un decreto oficial de Hitler para empezar la eutanasia, pero muchos sab&iacute;an de la existencia del programa y entregaron voluntariamente a sus seres queridos. Como muestran alrededor de 90% de las cartas de los familiares de las v&iacute;ctimas, ellos sab&iacute;an muy bien que algunas de las cl&iacute;nicas eran en realidad mataderos pero lo aceptaron. Cuando los m&eacute;dicos les dec&iacute;an que exist&iacute;a un &laquo;tratamiento&raquo; para su hija o su hermano, el cual era muy peligroso y frecuentemente terminaba con la muerte del paciente, lo entend&iacute;an como lo que era: una referencia sutil a una &laquo;muerte digna&raquo;. Las palabras del m&eacute;dico les daban entonces alivio y les quitaban el sentimiento de culpabilidad. Al final pod&iacute;an decirse a s&iacute; mismos que no era un &laquo;asesinato&raquo; sino una &laquo;terapia&raquo; (111-115).</p>     <p>Pese a la gravedad de los hechos, insiste Aly, no deber&iacute;amos juzgar a los familiares de las v&iacute;ctimas con los criterios morales del presente. Tener un hijo discapacitado en la Alemania nazi podr&iacute;a ser una dura carga socioecon&oacute;mica, sobre todo si consideramos que las familias que no participaron en el programa y reclamaron a sus familiares en las cl&iacute;nicas frecuentemente fueron castigadas financieramente o incluso declaradas &laquo;racialmente contaminadas&raquo;. No obstante, como muestran casos espec&iacute;ficos, era posible rescatar a los familiares, y algunas veces de hecho pas&oacute;. En general, el gobierno no quer&iacute;a que la poblaci&oacute;n viera la &laquo;acci&oacute;n T4&raquo; como algo compulsorio, su existencia deber&iacute;a ser m&aacute;s bien un &laquo;secreto abierto&raquo;. Como muestran las altas tasas de participaci&oacute;n y aceptaci&oacute;n, tampoco era necesario ejercer mucha coerci&oacute;n (30-31, 161).</p>     <p>Para concluir, y esto es sin duda el aspecto m&aacute;s interesante del libro, Aly describe de manera bien documentada c&oacute;mo la eutanasia preparaba el terreno para el holocausto. As&iacute;, sostiene que la inmensa autoagresi&oacute;n, desencadenada primero en los treinta por las esterilizaciones masivas y a partir del a&ntilde;o 39 intensificada por la eutanasia, es un factor clave para entender por qu&eacute; muchos alemanes eran tan indiferentes al infligir dolor y muerte hacia otros pueblos u otras &laquo;razas&raquo;. Personas que hab&iacute;an experimentado en carne propia la agresividad biopol&iacute;tica del Estado totalitario tampoco tendr&iacute;an merced con el sufrimiento del &laquo;otro&raquo;, considerado un &laquo;ser infrahumano&raquo; (292295). Hay que recordar que las primeras c&aacute;maras de gas de la Alemania nazi no se encontraron en campos de concentraci&oacute;n en las periferias del Reich, sino dentro de cl&iacute;nicas en peque&ntilde;as ciudades alemanas como Bernburg, Brandenburg, Grafeneck, Hadamar, Hartheim y Pirna-Sonnenstein. Fue en medio de esta &laquo;normalidad alemana&raquo; que m&eacute;dicos asesinaron a sus &laquo;pacientes&raquo; con mon&oacute;xido de carbono (16, 49-50). A partir del programa de eutanasia los nazis aprendieron entonces dos cosas fundamentales: 1) la eliminaci&oacute;n de grandes grupos de personas por medio de gas ser&iacute;a t&eacute;cnicamente viable; 2) la mayor&iacute;a de la poblaci&oacute;n lo aceptar&iacute;a. En este sentido, el libro de Aly no solo es clave para tener una idea de la mec&aacute;nica social del Tercer Reich, sino para entender cu&aacute;les factores posibilitaron la &laquo;soluci&oacute;n final&raquo;.</p> </font>      ]]></body>
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