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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This paper claims that the study method of human education cannot not assume that man is a single entity, as man is composed by multiple dualities. Education is framed within radical human realities. First, a distinction is made between act of being and essence. After showing the dualities of the act of being human (or transcendental dualities) and those of essence, the paper highlights the dualities: education-personal love, education-family, male-female, masculine education-feminine education, parents-children and the consequent dualities: paternal-filial, home-school, educate-learn, enterprise-university and finally human personal education-divine personal education.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Las dualidades de la educaci&oacute;n</b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>The dualities of education</b></font></p>     <p align="right">Teor&iacute;a de la Educaci&oacute;n </p>     <p><b>Juan Fernando Sell&eacute;s<sup>1</sup></b></p>     <p><sup>1</sup>Profesor adjunto,   Departamento de Filosof&iacute;a, Universidad de Navarra.<a href="mailto:jfselles@unav.es">jfselles@unav.es</a></p> <hr size="1">     <p><b>Resumen</b></p>     <p>Este trabajo sostiene que el m&eacute;todo de estudio de la educaci&oacute;n humana no puede suponer que el hombre sea simple, puesto que est&aacute; conformado por pluralidad de dualidades. Encuadra la educaci&oacute;n dentro de las dualidades radicales humanas. Primero, distingue entre acto de ser y esencia en el hombre. Tras mostrar las dualidades del acto de ser humano (las trascendentales) y las de la esencia, se centra en la exposici&oacute;n de las dualidades educaci&oacute;n-amor personal, educaci&oacute;n-familia, las de var&oacute;n-mujer, las de educaci&oacute;n masculina-educaci&oacute;n femenina, las de padres-hijos y la consecuente dualidad educativa paterno-filial, la dualidad hogar-colegio, la de educar-aprender, las de empresa-universidad, y por &uacute;ltimo, la de educaci&oacute;n personal humana-educaci&oacute;n personal divina. </p>     <p><b>Palabras clave:</b> Filosof&iacute;a de la educaci&oacute;n, antropolog&iacute;a de la educaci&oacute;n, educaci&oacute;n diferenciada, educaci&oacute;n personal, dualidad.</p> <hr size="1">     <p><b>Abstract</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>This paper claims that the study method of human education cannot not assume that man is a single entity, as man is composed by multiple dualities. Education is framed within radical human realities. First, a distinction is made between act of being and essence. After showing the dualities of the act of being human (or transcendental dualities) and those of essence, the paper highlights the dualities: education-personal love, education-family, male-female, masculine education-feminine education, parents-children and the consequent dualities: paternal-filial, home-school, educate-learn, enterprise-university and finally human personal education-divine personal education. </p>     <p><b>Key words:</b> Philosophy of education, anthropology of education, differentiated education, personal education, duality.</p> <hr size="1"> <font face="verdana" size="3"><b>1. Planteamiento:</b><b>&iquest;qu&eacute; son las dualidades humanas?</b></font>     <p>El hombre no es un ser simple<sup><a href="#1" name="s1">1</a></sup>, sino complejo. Pero lo peculiar de la complejidad humana radica en que los diversos elementos que la componen conforman pares, es decir, dualidades. Por eso se puede afirmar que el hombre es un ser dual<sup><a href="#2" name="s2">2</a></sup>, lo cual en modo alguno equivale a admitir un dualismo entre asuntos irreconciliables, por ejemplo al estilo plat&oacute;nico (almacuerpo), o al estilo cartesiano (res cogitans-res extensa), etc. Por el contrario, las diversas dimensiones humanas se unen entre s&iacute; con estrechos v&iacute;nculos, con la peculiaridad de que quien tiene la funci&oacute;n vinculante es siempre el miembro superior sobre el inferior, nunca a la inversa. Este modelo explicativo acerca de lo humano ha sido puesto de relieve por Leonardo Polo. En este trabajo se seguir&aacute; dicho planteamiento, intent&aacute;ndolo aplicar a la educaci&oacute;n.</p>     <p>Existe en el hombre -como en todo lo creado- al menos la distinci&oacute;n real entre acto de ser y esencia, seg&uacute;n palabras de los fil&oacute;sofos<sup><a href="#3" name="s3">3</a></sup>, que en el campo de la antropolog&iacute;a se puede tomar como equivalente a la distinci&oacute;n entre la persona y aquello de que esta dispone, o sea, entre lo que Marcel llamar&iacute;a ser y tener<sup><a href="#4" name="s4">4</a></sup>. M&aacute;s a&uacute;n, se puede indicar del hombre que es doblemente dual, porque lo es tanto en su intimidad, en su ser, como en sus manifestaciones, en su tener. En efecto, la intimidad humana (lo que caracteriza a cada quien como persona novedosa) est&aacute; conformada por distintos rasgos, o sea, no todo en el coraz&oacute;n humano est&aacute; en el mismo plano ni vale lo mismo. Por ejemplo, el amar personal es superior al conocer personal. Y, a su vez, tampoco las diversas facultades o potencias que conforman la esencia humana son iguales, sino jer&aacute;rquicamente distintas y duales entre s&iacute; (i. e., no es lo mismo la inteligencia que la voluntad). A la par, dentro de cada potencia de la esencia humana no todo es lo mismo ni equivalente. As&iacute;, no tiene el mismo valor, por ejemplo, una idea conocida que un h&aacute;bito cognoscitivo adquirido, pese a que ambos son propios de la inteligencia. Tampoco tiene el mismo alcance, por ejemplo, un acto de querer que la virtud de la amistad, a pesar de ser ambas de la voluntad. En suma, el hombre es complejo. Y tal vez por eso resulta dif&iacute;cil conocer la realidad humana.</p>     <p>Para hacerse cargo de la complejidad humana, es pertinente distinguir en el hombre, de menos a m&aacute;s, entre estas cuatro dimensiones: naturaleza, esencia, instrumentos nativos de la persona y acto de ser personal. Con una breve descripci&oacute;n de ellos, cabe decir que la naturaleza humana es la dotaci&oacute;n biol&oacute;gica que recibimos de nuestros padres: se trata de la &quot;vida recibida&quot;. Por su parte, la esencia humana es aquello que cada persona a&ntilde;ade a lo que tiene a su disposici&oacute;n que es de &iacute;ndole inmaterial y que por eso no puede perder, a saber, los h&aacute;bitos cognoscitivos adquiridos con que dotamos a nuestra inteligencia, y las virtudes adquiridas con que perfeccionamos nuestra voluntad: estos dones conforman la &quot;vida a&ntilde;adida&quot;. De manera que la persona puede hacer crecer su naturaleza humana hasta cierto punto (aunque con la muerte la pierde), y puede, por otra parte, desarrollar irrestrictamente su esencia (que no pierde al morir). Por otro lado, la persona humana cuenta con unos instrumentos nativos (h&aacute;bitos), que tambi&eacute;n puede desarrollar: uno de ellos le sirve para conocer y gobernar nuestra esencia y naturaleza humanas (la sind&eacute;resis, en terminolog&iacute;a medieval); otro para advertir la existencia de la realidad fundamental externa (h&aacute;bito de los primeros principios, seg&uacute;n la denominaci&oacute;n aristot&eacute;lica); y otro para alcanzarnos a conocer a nosotros mismos como personas distintas (h&aacute;bito de sabidur&iacute;a). A estas altas instancias cognoscitivas humanas se les puede llamar &quot;vida cognoscitiva habitual superior&quot;. Por &uacute;ltimo, la persona humana es cada quien, lo &iacute;ntimo, lo irreductible, el coraz&oacute;n humano, el esp&iacute;ritu, o, en lenguaje escol&aacute;stico, el acto de ser, a lo que nosotros podemos llamar, sin m&aacute;s, &quot;vida personal&quot;.</p>     <p>De manera que la expresi&oacute;n &quot;dualidades humanas&quot; que encabeza el t&iacute;tulo de este trabajo significa que el hombre no es simple, sino conformado por duplicidades de rasgos reales, en los que hay que subordinar lo menos a lo m&aacute;s importante. Seg&uacute;n esa vinculaci&oacute;n, el miembro inferior debe servir al superior, y el superior favorecer al inferior. Si esto es as&iacute;, ninguna realidad humana se podr&aacute; explicar de modo cabal aislada o anal&iacute;ticamente, sino reunitiva o sist&eacute;micamente<sup><a href="#5" name="s5">5</a></sup>. Por ejemplo, no ser&aacute; suficiente explicaci&oacute;n la que trata del acto de imperar, propio de la raz&oacute;n en su uso pr&aacute;ctico, sin el h&aacute;bito que es origen de este acto, a saber, la prudencia. Tampoco ser&aacute; suficiente entender, por poner otros ejemplos, la sociedad sin la &eacute;tica, o el lenguaje sin el pensamiento, o la &eacute;tica sin la libertad personal, etc. </p>     <p>Pues bien, de cara a nuestro prop&oacute;sito, habr&aacute; que vincular la educaci&oacute;n con algunas dimensiones superiores a ella, por ejemplo, la familia, y con otras inferiores, la sociedad, pongamos por caso. En suma, si la educaci&oacute;n es una realidad humana, para comprenderla ser&aacute; oportuno seguir este planteamiento dual. As&iacute;, hablar de educar a los ni&ntilde;os, a los adolescentes o a los j&oacute;venes, no podr&aacute; tomarse como un fin en s&iacute;, sino teniendo en cuenta que el fin de esos periodos educativos radica en que deben ser educados en orden a alcanzar la madurez, porque el fin del ni&ntilde;o, adolescente o joven, no es ser ni&ntilde;o, adolescente o joven, sino llegar a ser un hombre maduro<sup><a href="#6" name="s6">6</a></sup>. Adem&aacute;s, la vinculaci&oacute;n entre lo inferior y lo superior en el hombre debe entenderse de manera que lo inferior jam&aacute;s puede ser explicado sin lo superior, pero no al rev&eacute;s. Por ejemplo, el amar es superior al querer, porque amar, que es personal e implica aceptar y dar, es desbordante, mientras que el querer, que es de la voluntad, es b&uacute;squeda de aquello de lo que se carece. Por eso, desde el amar se explica el querer, porque los bienes a los que este tiende se pueden convertir en dones si los acepta el amar personal. Pero no al rev&eacute;s, es decir, por muchos bienes que alguien quiera para s&iacute; o para otro, no necesariamente estos se convierten en dones a menos que se otorguen y acepten personalmente.</p>     <p>Con todo, lo superior en lo humano no queda desvinculado o aislado, sino que requiere ser dualizado con una realidad superior a la humana, en rigor, con Dios. Es, pues, pertinente proceder seg&uacute;n el modelo expositivo de las dualidades para explicar lo humano, porque multitud de pluralidades humanas est&aacute;n constituidas as&iacute;: var&oacute;n-mujer, esposoesposa, padres-hijos, hermano-hermana, discentedocente, etc. Pues bien, en este trabajo vamos a tener en cuenta algunas de estas dualidades m&aacute;s vinculadas con la educaci&oacute;n. Con todo, este planteamiento se ofrece a modo de propuesta, que como toda ella, es de libre aceptaci&oacute;n. De manera que quien prefiera entender la educaci&oacute;n aisladamente, es decir, sin buscar sus v&iacute;nculos con otras realidades humanas superiores e inferiores, es muy libre de llevar a cabo ese otro estudio.</p>     <p>Vamos a empezar por exponer las dualidades humana m&aacute;s altas, tal vez las m&aacute;s dif&iacute;ciles de alcanzar. Por eso se pide al comprensivo lector un poco de paciencia en la lectura del ep&iacute;grafe siguiente. Luego, se proceder&aacute; a atender la educaci&oacute;n en la medida en que se vincula con otras dimensiones humanas superiores e inferiores a ella.</p>     <p><font face="verdana" size="3"><b>2. &iquest;Cu&aacute;les son las principales dualidades humanas?</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>A continuaci&oacute;n, se explican brevemente las dualidades del acto de ser personal humano (apartado a). Seguidamente, se tendr&aacute;n en cuenta las dualidades de los h&aacute;bitos innatos humanos (apartado b). En cercer lugar, se expondr&aacute;n las dualidades de la esencia humana (apartado c). Por &uacute;ltimo, se prestar&aacute; atenci&oacute;n a la distinci&oacute;n entre naturaleza y esencia humana (apartado d). Se atiende en primer lugar a estas sucintas explicaciones sobre las dualidades b&aacute;sicas humanas porque sin ellas -como se ver&aacute;- es dif&iacute;cil comprender el sentido de la educaci&oacute;n humana, pues para entenderla hay que arrojar luz sobre ella desde lo superior y, a su vez, esta alumbra o dota de sentido a otras dimensiones humanas menores. </p>     <p>a) Las dualidades del acto de ser personal humano. Por una parte, la intimidad del acto de ser personal humano es una (somos una persona, no dos o m&aacute;s; tambi&eacute;n los esquizofr&eacute;nicos...), pero la persona que cada quien es est&aacute; conformada por diversos rasgos que, vinculados entre s&iacute;, constituyen dualidades, siendo unos miembros inferiores a los otros <sup><a href="#7" name="s7">7</a></sup>.</p> <ul>       <p>1. El inferior de entre ellos es la co-existencia. Esta indica que la noci&oacute;n de persona significa apertura personal hacia la intimidad, o sea, que, a distinci&oacute;n de los dem&aacute;s seres creados, la persona es un a&ntilde;adido de ser que consiste en no ser aislado o en solitario, sino abierto personalmente. En esa apertura &iacute;ntima la persona humana nota que se abre a s&iacute; misma, pero no encuentra en su intimidad una persona distinta que coexista con ella.</p>       <p>2. Superior a ese rasgo &iacute;ntimo es la libertad personal, que a&ntilde;ade sobre la co-existencia la apertura hacia la trascendencia. La libertad personal, la actividad del esp&iacute;ritu, tambi&eacute;n indica que el ser del hombre no es necesario, sino libre, y, obviamente, lo libre es superior a lo necesario. Abrirse a la trascendencia indica que una persona sola es imposible, es decir, que la persona est&aacute; constitutivamente abierta a otras personas y, sobre todo, a la que pueda aceptar de modo &iacute;ntegro su libertad personal.</p>       <p>3. M&aacute;s alto que la libertad personal es el conocer personal, tema al que se dirige la libertad, pues una libertad que no tenga como norte el propio sentido personal, la verdad novedosa e irrepetible que cada quien es y est&aacute; llamado a ser, no es libertad personal ninguna, sino libertinaje despersonalizante. A su vez, el conocer personal tampoco carece de tema, y este es aquel Conocer o Verdad personal que pueda dotar de sentido completo al propio sentido o conocer personal humano<sup><a href="#8" name="s8">8</a></sup>.</p>       <p>4. Por encima del conocer personal humano radica en nuestra intimidad el amar personal. Esto es lo m&aacute;s activo en la persona humana y lo que arrastra tras s&iacute; a las dem&aacute;s dimensiones; de tal modo que, en virtud de ella, se puede decir que, aunque el hombre no es simple, tiene un car&aacute;cter simplificante. En efecto, de ella depende en mayor medida lo que de ordinario se denomina&quot;unidad de vida&quot;. Por lo dem&aacute;s, tambi&eacute;n el amar personal humano queda referido a una Persona distinta susceptible de aceptar enteramente nuestro &iacute;ntimo amor personal.</p>     </ul>     <p>En suma, al acto o, por mejor decir, al co-acto de ser personal lo podemos llamar &quot;vida personal&quot;; es cada quien, cada persona. No hay dos personas humanas iguales, por lo que, en cuanto tales, carece de sentido clasificarlas en g&eacute;neros (por ejemplo, en &quot;persona masculina&quot; o en &quot;persona femenina&quot;<sup><a href="#9" name="s9">9</a></sup>), o en tipos (por ejemplo, en tipos psicol&oacute;gicos: &quot;personas idealistas&quot;, &quot;pragm&aacute;ticas&quot;, &quot;cient&iacute;ficas&quot;, &quot;rom&aacute;nticas&quot;<sup><a href="#10" name="s10">10</a></sup>, etc.). Tal co-acto personal est&aacute; constituido por dos dualidades: una inferior, conformada por la co-existencia que se dualiza con la libertad personal; y una superior, conformada por el conocer personal que se dualiza con el amar personal. A la par, la dualidad inferior se dualiza con la superior. Y por si fuera poco, cada uno de los miembros de esas dualidades se vincula con realidades personales trascendentes.</p>     <p>b) Las dualidades de los h&aacute;bitos innatos. Atendamos ahora a unas realidades tan humanas como poco tenidas en cuenta (tanto a lo largo de la historia del pensamiento como en la actualidad), que median entre el acto de ser humano y la esencia humana: los h&aacute;bitos innatos. Estos son los instrumentos cognoscitivos m&aacute;s altos de que dispone la persona humana para abrirse a las realidades m&aacute;s importantes. La persona humana cuenta con tres aperturas (h&aacute;bitos innatos) que, de mayor a menor, son: el h&aacute;bito de sabidur&iacute;a, el de los primeros principios y la sind&eacute;resis (todos ellos seg&uacute;n su denominaci&oacute;n cl&aacute;sica). Como la sind&eacute;resis mira hacia -y est&aacute; estrechamente vinculada a- la esencia humana, se rese&ntilde;ar&aacute; al tratar de esta. Describiremos sucintamente, por tanto, los dos h&aacute;bitos innatos superiores, para que, m&aacute;s abajo, se exponga y capte su relevancia de cara a la educaci&oacute;n.</p> <ul>       <p>1. Del h&aacute;bito de sabidur&iacute;a cabe decir que, mediante &eacute;l, cada persona humana llega a saber que, como persona, es radicalmente distinta de las dem&aacute;s, o sea, que somos nuevos e irrepetibles (o, por as&iacute; decir, que tras crearnos a cada uno se ha roto el molde). Nos sabemos distintos como persona; sin precedentes ni consecuentes. Por medio de este h&aacute;bito, cada persona va alcanzando progresivamente durante su vida -si lo desea- su sentido personal, aunque jam&aacute;s logra desvelarlo por completo (asunto reservado a Dios y que &eacute;l concede enteramente en la otra vida solo a qui&eacute;n busca y acepta tal sentido). Este h&aacute;bito alcanza a conocer el sentido personal de cada quien, pero no lo desvela por entero, sencillamente porque es inferior a la persona y no es la persona<sup><a href="#11" name="s11">11</a></sup>. Adem&aacute;s, como el h&aacute;bito est&aacute; abierto a la propia intimidad personal, y esta es co-existente con las dem&aacute;s personas (creadas e increadas), nos abre las puertas para conocer la intimidad de dichas personas. Este h&aacute;bito y su progresiva activaci&oacute;n dependen de cada persona. Con otras palabras: el h&aacute;bito de sabidur&iacute;a se vincula con el acto de ser personal humano, es decir, con los trascendentales personales aludidos m&aacute;s arriba. Como cada persona humana es distinta, carece de sentido vincular este h&aacute;bito a lo que es de orden natural o esencial, es decir, a lo que es com&uacute;n a los dem&aacute;s hombres (por ejemplo, lo masculino, lo femenino, etc.).</p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>2. El h&aacute;bito de los primeros principios es la apertura cognoscitiva innata con que cuenta cada persona humana hacia los actos de ser reales externos, o sea, a las realidades externas que son principiales, es decir, a los fundamentos de orden real extramental (a los que se han llamado tradicionalmente primeros principios). Estos principios existen m&aacute;s all&aacute; de la persona y con independencia de ella. La persona humana los advierte sin que pueda interferir en el ser de aquellos. En efecto, con este h&aacute;bito sabemos que el universo existe de modo persistente y que la raz&oacute;n de su existencia no est&aacute; en sus manos, sino en las del ser que es su Creador. Como es obvio, ni el ser de uno ni el del otro est&aacute;n en poder de la persona humana, ni esta puede cambiarlos o aniquilarlos a su capricho. Por eso, la apertura de este h&aacute;bito es cognoscitiva respecto de realidades que son superiores al propio h&aacute;bito, no manipulables, por tanto, por &eacute;l<sup><a href="#12" name="s12">12</a></sup>. Con otras palabras: este h&aacute;bito se vincula o dualiza con sus temas propios: el ser del universo y el ser divino; el uno depende creaturalmente del otro. Asimismo se subordina al h&aacute;bito de la sabidur&iacute;a, porque conocer actos de ser necesarios es inferior a conocer actos de ser libres. Y, a su vez, a este h&aacute;bito se subordina la sind&eacute;resis, porque los temas de esta no son ning&uacute;n acto de ser, sino la esencia humana, y es claro que una esencia es inferior a un acto de ser. Pues bien, como veremos, este h&aacute;bito es distinto en el var&oacute;n y en la mujer, y eso tiene una neta repercusi&oacute;n para atender a la distinta educaci&oacute;n de uno y otra. </p>     </ul>     <p>En resumen, los tres h&aacute;bitos innatos conforman el conocimiento humano superior del que la persona humana dispone -no el que ella es- y que ella puede incrementar. La vida que ejercemos seg&uacute;n ellos se puede denominar &quot;vida cognoscitiva habitual superior&quot;. </p>     <p>c) Las dualidades de la esencia humana. La esencia humana tambi&eacute;n es dual; m&aacute;s a&uacute;n, est&aacute; conformada por m&uacute;ltiples dualidades. De m&aacute;s a menos son las siguientes: el h&aacute;bito innato de la sind&eacute;resis, al que se puede denominar &quot;el yo&quot;, que constituye el &aacute;pice de la esencia humana. Las laderas de la esencia humana son la voluntad y la inteligencia. Las explicaremos brevemente a continuaci&oacute;n, porque las diversas implicaciones educativas de estas dimensiones para el var&oacute;n o la mujer, a las que despu&eacute;s atenderemos, tambi&eacute;n son ingentes.</p> <ul>       <p>1. El yo es lo m&aacute;s alto, activo, de la esencia humana. Equivale a lo que la tradici&oacute;n medieval denomina sind&eacute;resis<sup><a href="#13" name="s13">13</a></sup>. Este h&aacute;bito es esa apertura nativa de cada persona a su esencia y naturaleza humanas, es decir, es nuestra apertura a nuestra inteligencia, voluntad y a todas las funciones y facultades de nuestro cuerpo. Es lo que activa tanto la inteligencia como la voluntad, aunque las activa de modo distinto y m&aacute;s a una que a otra. El yo no es la persona, sino de la persona. No es la persona, porque conozco mi yo, pero no s&eacute; enteramente qui&eacute;n soy como persona, entre otras cosas porque &quot;el yo pensado no piensa&quot;<sup><a href="#14" name="s14">14</a></sup>, es decir, no es pensante, personal. El yo es el v&iacute;nculo de uni&oacute;n (la apertura cognoscitiva) entre la persona y las facultades superiores humanas. Si el yo activa esas potencias, tendr&aacute;, por tanto, dos dimensiones: una que active la inteligencia y otra distinta que active la voluntad. Las activa porque ellas son nativamente tabula rasa (seg&uacute;n el decir de Arist&oacute;teles), es decir, pasivas. Adem&aacute;s, las desarrolla progresivamente. Tambi&eacute;n el propio yo madura o se perfecciona. Como las dimensiones del yo que activan cada una de esas potencias son distintas, no podr&aacute;n ser sino jer&aacute;rquicamente diversas. Efectivamente, la que activa la voluntad es superior, pues se emplea m&aacute;s a fondo activando esta potencia que la que activa la inteligencia. En efecto, la inteligencia es m&aacute;s aut&oacute;noma en su actividad. En cambio, si no respaldamos constantemente nuestra voluntad, esta no quiere. Para notar la distinci&oacute;n entre ese respaldo y el querer propio de la voluntad se puede recurrir a la expresi&oacute;n&quot;querer querer&quot;: el primer &quot;querer&quot; es la actividad del yo sobre la voluntad; el segundo &quot;querer&quot; es el acto propio de la voluntad<sup><a href="#15" name="s15">15</a></sup>. Este h&aacute;bito, como se ver&aacute;, se encuentra de modo distinto en el var&oacute;n y en la mujer, lo cual tiene una peculiar relevancia para explicar la distinta educaci&oacute;n debida a la humanizaci&oacute;n masculina o femenina. Y no solo es distinto en esos dos tipos de encarnar lo humano, sino tambi&eacute;n en la multiplicidad de los llamados &quot;tipos ideales&quot;<sup><a href="#16" name="s16">16</a></sup> </p>       <p>2. La voluntad es la facultad inmaterial superior de la esencia humana. Es superior a la inteligencia, aunque no en estado de naturaleza, sino en su progresiva activaci&oacute;n. Se vincula, por una parte, con el bien real sin restricci&oacute;n<sup><a href="#17" name="s17">17</a></sup>; por otra, con el yo, que la activa y es superior a ella. Por otro lado, la inteligencia, en concreto la raz&oacute;n pr&aacute;ctica, se dualiza con la voluntad, pues es inferior a ella (por eso la prudencia<sup><a href="#18" name="s18">18</a></sup>-virtud superior de ese uso racional- es inferior a la justicia y la amistad<sup><a href="#19" name="s19">19</a></sup> -virtudes superiores de la voluntad-). La tradici&oacute;n filos&oacute;fica medieval destaca varias dualidades en esta potencia, unas superiores a otras: voluntas ut natura-voluntas ut ratio<sup><a href="#20" name="s20">20</a></sup>, por una parte, y voluntad de fin-voluntad de medios<sup><a href="#21" name="s21">21</a></sup>, por otra. En la actividad de la voluntad tambi&eacute;n se puede advertir una dualidad b&aacute;sica: la conformada entre sus actos y sus virtudes. Asimismo, existe otra que cuesta m&aacute;s de detectar: la conformada por la imbricaci&oacute;n de sus virtudes entre s&iacute; (por ejemplo, la que media entre la virtud de la piedad-que mira al pasado- y la del honor -que mira al futuro-; o la que media entre la virtud de la tolerancia -que respeta un bien dado por alguien- y la de la inconformidad respecto del bien dado porque se considera insuficiente -y, en consecuencia, busca a&ntilde;adir mejores propuestas que las que se tienen-). </p>       <p>3. La inteligencia (raz&oacute;n, entendimiento, pensamiento, etc.) es la facultad inmaterial inferior de la esencia humana. Segunda tras la voluntad. De entrada es pasiva, pero a distinci&oacute;n de la voluntad, cuando se activa, en algunas de sus v&iacute;as lo consigue con un solo acto. La tradici&oacute;n filos&oacute;fica medieval distingui&oacute; tambi&eacute;n en torno a ella varias dualidades: raz&oacute;n te&oacute;rica-raz&oacute;n pr&aacute;ctica<sup><a href="#22" name="s22">22</a></sup>, entendimiento posible-entendimiento agente<sup><a href="#23" name="s23">23</a></sup>; raz&oacute;n inferior-raz&oacute;n superior<sup><a href="#24" name="s24">24</a></sup>, raz&oacute;n te&oacute;rica-intelecto<sup><a href="#25" name="s25">25</a></sup>, raz&oacute;n pr&aacute;ctica-sind&eacute;resis<sup><a href="#26" name="s26">26</a></sup>, etc. Asimismo, fueron manifiestas para dicha tradici&oacute;n las dualidades de objeto-operaci&oacute;n inmanente<sup><a href="#27" name="s27">27</a></sup>, acto-h&aacute;bito<sup><a href="#28" name="s28">28</a></sup>, las de sus actos con los actos de la voluntad, y la de cualquiera de sus actos con la verdad<sup><a href="#29" name="s29">29</a></sup>. En cambio, se dualizaron en menor medida sus actos entre s&iacute;, sus h&aacute;bitos entre s&iacute;, y sus h&aacute;bitos con las virtudes de la voluntad. </p>     </ul>     <p>En s&iacute;ntesis, a las diversas dualidades que conforman la esencia humana tambi&eacute;n las podemos llamar&quot;vida a&ntilde;adida&quot;, porque constituyen el desarrollo que cada persona educe de una dotaci&oacute;n inmaterial que ha recibido en herencia por parte del Creador, y que no es su acto de ser, sino que depende de &eacute;l.</p>     <p>d) La dualidad entre naturaleza y esencia humanas. Es pertinente distinguir realmente otra dualidad en el hombre: la que media entre la naturaleza y la esencia humanas.&quot;Esencia&quot; denota perfecci&oacute;n y, en consecuencia, la podemos predicar -como se ha indicado- de la inteligencia y de la voluntad, una vez que estas son desarrolladas (con h&aacute;bitos y virtudes, respectivamente) y, asimismo, del yo. En cambio, &quot;naturaleza&quot; es un t&eacute;rmino que podemos usar para designar aquello que hemos recibido como dotaci&oacute;n corp&oacute;rea, es decir, el cuerpo humano, o sea, al soporte org&aacute;nico de todas nuestras funciones biol&oacute;gicas (vegetativas, motrices) y potencias sensibles (sentidos externos e internos, apetitos, sentimientos sensibles).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En resumen, por naturaleza se puede entender la&quot;vida recibida&quot; de nuestros padres, la herencia biol&oacute;gica con que cuenta cada persona humana desde la fecundaci&oacute;n, que se desarrolla en la embriog&eacute;nesis y que cambiamos o matizamos cada uno a lo largo de la vida (i. e., los deportistas ejercitan m&aacute;s unos m&uacute;sculos que otros seg&uacute;n sea su especialidad deportiva). La naturaleza humana se subordina o dualiza con la esencia humana (por ejemplo, un desorden en los apetitos y sentimientos sensibles dificulta la adquisici&oacute;n de virtudes). A distinci&oacute;n del acto de ser personal, de los h&aacute;bitos innatos y de la esencia humana, lo que caracteriza los diversos elementos de la naturaleza humana, m&aacute;s que la subordinaci&oacute;n de unos a otros (aunque se puede hablar de cierta jerarqu&iacute;a entre ellos), es la sincron&iacute;a entre todos ellos, es decir, la palmaria imbricaci&oacute;n y refluencia existente entre s&iacute; (todas las funciones y facultades dependen del sistema    <br> nervioso central, que conforma una unidad). </p>     <p><font face="verdana" size="3"><b>3. Las dualidades educaci&oacute;n-amor personal y educaci&oacute;n-familia</b></font></p>     <p>Se ha indicado que tanto el acto de ser personal como la esencia humana est&aacute;n conformados por diversas dualidades. Por otro lado, es neta la pluralidad de facetas en la naturaleza humana (nutrici&oacute;n, reproducci&oacute;n celular, desarrollo, multitud de movimientos, pluralidad de sentidos externos e internos, de apetitos, de sentimientos). Pues bien, si la educaci&oacute;n consiste en engendrar espiritualmente la vida humana generada biol&oacute;gicamente, de cara a entenderla es pertinente tener en cuenta alguna de las dualidades m&aacute;s altas del acto de ser humano y, asimismo, alguna otra de la esencia humana, para poder vincular la educaci&oacute;n con aquellas. Seguidamente atenderemos, pues, y de modo sint&eacute;tico, a dualizar la educaci&oacute;n con lo m&aacute;s alto del acto de ser y de la esencia humanos. Respecto de lo primero, se vincular&aacute; la educaci&oacute;n con el amor personal humano (apartado a). Y respecto de lo segundo, ser&aacute; pertinente vincular la educaci&oacute;n con la familia (apartado b).</p> <ul>       <p>a) La dualidad educaci&oacute;n-amor personal. Si atendemos al rasgo superior de la intimidad personal humana (acto de ser), el amor, en &eacute;l se pueden distinguir, al menos, dos miembros, siendo uno superior al otro: el aceptar y el dar personales. En efecto, en nosotros, como en toda criatura personal, es superior el aceptar al dar, pues se da si se acepta y en la medida en que se acepta. Traemos a colaci&oacute;n esta sobresaliente dualidad del n&uacute;cleo personal humano porque es pertinente vincular la educaci&oacute;n con ella, es decir, explicar la educaci&oacute;n de acuerdo con su subordinaci&oacute;n a esos dos miembros del amar personal humano, ya que la educaci&oacute;n, como toda manifestaci&oacute;n humana, nace de la intimidad personal, la manifiesta y se encamina a ella. Por tanto, hay que explicar la educaci&oacute;n en orden a su origen y fin. La tesis es que la educaci&oacute;n, si es personal, nace del amor personal, manifiesta el amor personal y se encamina al amor personal, de tal manera que si se desvincula la educaci&oacute;n del amor personal, esta carece de sentido personal. Dicho m&aacute;s prosaicamente: quien no ama no educa; o de modo positivo: quien m&aacute;s ama (Dios, las madres, los padres, etc.).</p>     </ul>     <p>Una necesaria precisi&oacute;n: el amar personal del que aqu&iacute; se trata no es equivalente al querer de la voluntad humana. Tampoco el conocer personal hay que reducirlo al de la inteligencia humana. El amar personal es uno de los radicales que conforma el acto de ser personal, mientras que la voluntad -tambi&eacute;n la inteligencia- pertenecen a la esencia humana. Es claro que ninguna persona se reduce a su inteligencia y a su voluntad, por muy dotadas y desarrolladas que estas sean. La persona es acto; las facultades, potencias. Adem&aacute;s, esas facultades humanas superiores est&aacute;n nativamente en cero, o sea, en estado de naturaleza son potencias pasivas, como las describen los pensadores<sup><a href="#30" name="s30">30</a></sup>, pues es obvio que nadie nace docto o virtuoso. Pero no menos manifiesto es que una persona humana lo es desde el inicio de su existencia, pues de no serlo en ese momento no lo ser&iacute;a nunca. La persona es activa, no potencial. El acto activa a la potencia, no a la inversa. La potencia se desarrolla merced al influjo sobre ella del acto, no a la inversa. Con el correr del tiempo, cada persona humana activar&aacute; esas potencias, y esta es la primera &quot;educaci&oacute;n&quot; que cada quien educe de sus facultades m&aacute;s altas.</p>     <p>Tener en cuenta al amor personal para vincularlo con la educaci&oacute;n conlleva inexorablemente, aunque secundariamente, atender a la vinculaci&oacute;n de la educaci&oacute;n con los dem&aacute;s rasgos capitales que conforman el co-acto de ser humano: el conocer personal, la libertad personal y la co-existencia-con (las dem&aacute;s personas), porque el amor personal es inescindible de aquellos. De manera que, de prescindir de esos, la educaci&oacute;n tambi&eacute;n careceria de sentido personal. En efecto, una educaci&oacute;n que no alcance a conocer personalmente a la persona que se va a educar no es educaci&oacute;n personal. Tampoco lo es una educaci&oacute;n que no sea personalmente libre, como no lo es una educaci&oacute;n que no sea ejercida por personas (co-existencias) o en las que estas no se empleen como tales. En suma, si se considera como una actividad interna propia de la esencia humana, la educaci&oacute;n se debe dualizar internamente con un miembro superior a ella, propio del acto de ser humano, a saber, el amar personal (tambi&eacute;n con los dem&aacute;s rasgos aludidos de la intimidad humana: co-existencia, libertad y conocer personales). Con esto se da raz&oacute;n de que, si el amor personal es netamente felicitario, el fin de la educaci&oacute;n es la felicidad<sup><a href="#31" name="s31">31</a></sup>.</p> <ul>       <p>b) La dualidad educaci&oacute;n-familia. Del hombre se puede decir, a nivel de intimidad, que es familia (co-existencia-con), y, a nivel de manifestaciones, que tiene familia. Lo primero afecta al ser; lo segundo, a la esencia humana. Tomada la familia en este segundo sentido, cabe decir que es la primera manifestaci&oacute;n humana en orden de importancia, y que la educaci&oacute;n es la segunda. Si la educaci&oacute;n se considera como una actividad externa, del orden de las manifestaciones humanas, debe dualizarse externamente con un miembro superior a ella, que es manifestativo y propio de la esencia humana: la familia<sup><a href="#32" name="s32">32</a></sup>.</p>       <p>No est&aacute; de m&aacute;s hoy recordar que la familia la constituye la uni&oacute;n estable entre var&oacute;n y mujer de por vida. En el matrimonio, el amor esponsal manifiesta la unidad de la dualidad de la naturaleza y esencia humanas -var&oacute;n-mujer-, y a la par, la comuni&oacute;n coexistencial propia de cada persona. En efecto, lo que en ellos se une no es solo el cuerpo y su psicolog&iacute;a, sino las mismas personas, de modo que cabe hablar de co-personas o de co-existencias. Del amor matrimonial en sus manifestaciones propias en la naturaleza y esencia humanas se ha dicho que la distinci&oacute;n entre var&oacute;n-mujer estriba en que el var&oacute;n da amor para recibirlo, mientras que la mujer recibe amor para darlo<sup><a href="#33" name="s33">33</a></sup>. Si bien eso se puede predicar en cierto modo de la esencia humana, sin embargo, la clave en ambos c&oacute;nyuges a nivel personal no est&aacute; en el dar sino en el aceptar. En efecto, lo primero en el ser humano (var&oacute;n-mujer), tambi&eacute;n en el matrimonio, no es dar sino aceptar. Lo que se acepta no es algo de alguien, sino a alguien<sup><a href="#34" name="s34">34</a></sup>, a una persona distinta<sup><a href="#35" name="s35">35</a></sup>. </p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Bien entendido que ambos son aceptaci&oacute;n y donaci&oacute;n, pues de lo contrario no ser&iacute;an personas. En suma, de su uni&oacute;n, lo primero en ambos no es dar, sino aceptar. Pero se da m&aacute;s aceptar si media el hijo, porque en ese caso los padres no solo se aceptan entre s&iacute;, sino que co-aceptan a una nueva persona. Y cuantos m&aacute;s hijos, m&aacute;s aceptaci&oacute;n. </p>       <p>Lo m&aacute;s alto de la esencia humana no es la sociedad, sino la familia. La sociedad tiene como v&iacute;nculo de cohesi&oacute;n a la &eacute;tica, mientras que el enlace de la familia es el amor personal, y es claro que el amor es superior a la &eacute;tica, porque la &eacute;tica es del &aacute;mbito de las manifestaciones humanas, mientras que el amor personal es del &aacute;mbito trascendental,&iacute;ntimo. Adem&aacute;s, la &eacute;tica, aun siendo una manifestaci&oacute;n humana muy importante, no es la &uacute;nica ni la primera. En efecto, en el hombre la educaci&oacute;n es m&aacute;s amplia que la &eacute;tica, pues engloba ense&ntilde;anzas y aprendizajes que son m&aacute;s que &eacute;ticos, pues son familiares. Efectivamente, la educaci&oacute;n depende m&aacute;s de la familia que de la &eacute;tica, pues esta dice m&aacute;s con relaci&oacute;n a la sociedad, mientras que la familia es la base de lo social. La educaci&oacute;n familiar deriva de la intimidad personal (que no es sensible), y se manifiesta al exterior (pues se percibe por los sentidos). </p>       <p>Por lo dem&aacute;s, familia y educaci&oacute;n son el origen y el fin de todas las dem&aacute;s manifestaciones humanas sensibles: &eacute;tica, sociedad, lenguaje y trabajo, etc. Por eso, para entenderlas, estas se deben subordinar a la educaci&oacute;n como a su origen y fin. En efecto, sin educaci&oacute;n familiar no se origina ni &eacute;tica, ni sociedad, ni lenguaje, ni trabajo. Y, a la par, se conforma la &eacute;tica, se establece la sociedad, se fragua el lenguaje y se trabaja para educarse, en el sentido de humanizarse. Si se desgaja cualquiera de esas manifestaciones humanas de la educaci&oacute;n, carece de fin, de sentido<sup><a href="#36" name="s36">36</a></sup>.</p>     </ul>     <p><font face="verdana" size="3"><b>4. La dualidad var&oacute;n-mujer</b></font></p>     <p>En primer lugar, parece obligado en la actualidad llevar a cabo una advertencia previa en este ep&iacute;grafe: de lo que a continuaci&oacute;n se va a tratar en modo alguno es &quot;pol&iacute;ticamente correcto&quot;. Pero como &quot;la pol&iacute;tica&quot; no es lo primero en el hombre, y dado que su &quot;correcci&oacute;n&quot; no est&aacute; actualmente garantizada, es pertinente ser un poco &quot;inconformes&quot; con lo pol&iacute;ticamente establecido, aunque solo sea por el intento de formular una propuesta de mayor calado que cualquier oferta pol&iacute;tica en orden a descubrir la verdad. Por tanto, lo que seguidamente se formula, como propuesta que es, es de libre aceptaci&oacute;n y, desde luego, est&aacute; abierto a ser contrastado con ulteriores averiguaciones.</p>     <p>Realizada esta advertencia, hay que aludir seguidamente al t&oacute;pico habitual que defiende la &quot;igualdad&quot; entre el var&oacute;n y la mujer. Si el vocablo &quot;igualdad&quot; se usa para explicar algo as&iacute; como que ambos son personas y que, por serlo, son dignas y deben tener las mismas oportunidades pol&iacute;ticas, sociales, laborales, etc., no hay ning&uacute;n inconveniente en su empleo. Es m&aacute;s, todav&iacute;a queda mucho que trabajar en esa direcci&oacute;n. Sin embargo, tomado en rigor, es pertinente reparar en que la &quot;igualdad&quot; no es real, sino exclusivamente mental. En efecto, ninguna realidad es igual a otra ni puede serlo. En cambio, todo &quot;A&quot; pensado es igual a todo otro &quot;A&quot; pensado, sencillamente porque es el mismo &quot;A&quot; pensado, solo que pensado dos veces. Pues bien, si lo real no es igual, a la fuerza es distinto; y si lo es, necesariamente es jer&aacute;rquicamente distinto. De modo que hablar de&quot;igualdad&quot; entre el var&oacute;n y la mujer es, simplemente, una abstracci&oacute;n mental. As&iacute; para no incurrir en confusiones entre lo mental y lo real, lo mejor es intentar descubrir c&oacute;mo es lo distinto realmente, que, en lo creado, no parece ser sino seg&uacute;n jerarqu&iacute;a.</p>     <p>Tomemos, pues, en consideraci&oacute;n, en este ep&iacute;grafe, la distinci&oacute;n y jerarqu&iacute;a en la dualidad var&oacute;n-mujer, tanto en lo que ata&ntilde;e a su naturaleza y esencia como en lo que respecta a los h&aacute;bitos innatos. Luego, en el siguiente ep&iacute;grafe, pasaremos a esbozar la dualidad educativa de ambos. Por lo dem&aacute;s, carece de sentido preguntar por la distinci&oacute;n jer&aacute;rquica a nivel de acto de ser personal entre var&oacute;n y mujer, porque a nivel personal -como se ha dicho- no cabe hablar de &quot;persona masculina&quot; o de &quot;persona femenina&quot;, sencillamente porque todas son distintas. Adem&aacute;s, si lo son, ser&aacute;n jer&aacute;rquicamente distintas, y ello entre mujeres y varones. Ahora bien, s&oacute;lo Dios conoce la jerarqu&iacute;a entre las personas, pues s&oacute;lo &eacute;l conoce enteramente la intimidad personal de cada quien<sup><a href="#37" name="s37">37</a></sup>. Adem&aacute;s, esa jerarqu&iacute;a no est&aacute; detenida (detenido en el hombre solo es el conocimiento abstractivo), sino susceptible de crecimiento y elevaci&oacute;n<sup><a href="#38" name="s38">38</a></sup>.</p>     <p>De todos es conocido que entre el var&oacute;n y la mujer median distinciones corp&oacute;reas y ps&iacute;quicas abundantes. A las primeras las hemos llamado naturaleza; a las segundas, esencia. No obstante, no se suele reparar en la distinci&oacute;n entre var&oacute;n y mujer a nivel de los h&aacute;bitos innatos. De manera que procederemos, en primer lugar, a recordar las diferencias entre ambos en el plano de la naturaleza (subt&iacute;tuloa); luego, pasaremos a repasar sucintamente las distinciones entre ambos en la esencia (subt&iacute;tulo b), y, en tercer lugar, intentaremos indagar acerca de la distinci&oacute;n que media entre ambos en lo que respecta a la disposici&oacute;n natural de h&aacute;bitos innatos (subt&iacute;tulo c).</p>     <p>a) La distinci&oacute;n var&oacute;n-mujer en la naturaleza humana. Las distinciones corp&oacute;reas entre el var&oacute;n y la mujer, por lo dem&aacute;s obvias (y ello desde la formaci&oacute;n del embri&oacute;n<sup><a href="#39" name="s39">39</a></sup>), corresponden a lo que hemos llamado &quot;vida recibida&quot; (de nuestros padres). Estas constituyen la dotaci&oacute;n natural en nosotros y por eso se pueden denominar naturaleza. Tales distinciones afectan a las todas las funciones y potencias humanas con soporte org&aacute;nico (funciones vegetativas, movimientos sensibles, sentidos externos e internos, apetitos sensitivos, sentimientos sensibles, etc.). En s&iacute;ntesis, se puede decir que la distinci&oacute;n m&aacute;s radical entre el var&oacute;n y la mujer en el plano de la naturaleza estriba en que la dotaci&oacute;n natural del var&oacute;n es superior a la de la mujer. Basta para ello atender a algunas manifestaciones de primera magnitud como son las manos, el rostro o la cabeza. Es claro que el rendimiento corporal del var&oacute;n es superior al de la mujer (como se puede ver, por ejemplo, en las Olimpiadas). La dotaci&oacute;n neuronal entre var&oacute;n y mujer es distinta<sup><a href="#40" name="s40">40</a></sup> (esto no indica que el var&oacute;n sea m&aacute;s inteligente que mujer, porque la inteligencia carece de soporte org&aacute;nico, ya que el cerebro es el &oacute;rgano de los sentidos internos: percepci&oacute;n sensible, imaginaci&oacute;n, memoria cogitativa o proyectiva).    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   Para ratificar lo que precede, se puede proceder a un elenco fenomenol&oacute;gico de ejemplos para notar las distinciones som&aacute;ticas. As&iacute;, en la visi&oacute;n, la mujer percibe de modo m&aacute;s abarcante que el var&oacute;n, cuya visi&oacute;n queda m&aacute;s referida a un &uacute;nico objeto. Pero atender a un solo objeto ayuda m&aacute;s a centrar la atenci&oacute;n de la inteligencia. Tambi&eacute;n la mujer es m&aacute;s detallista, no solo en lo que ve, sino tambi&eacute;n en lo que recuerda; pero quedarse en los detalles no beneficia a la inteligencia. La imaginaci&oacute;n del var&oacute;n suele ser m&aacute;s formal y geom&eacute;trica, etc. Los psic&oacute;logos llegan a distinguir en la mujer varias decenas de miedos o temores (sentimientos sensibles) que no se dan en los varones. Las distinciones se podr&iacute;an multiplicar recurriendo a libros que, por lo dem&aacute;s, han hecho fortuna en nuestros d&iacute;as. Pero como no es este nuestro cometido, tal vez sirva con lo indicado.</p>     <p>b) La distinci&oacute;n var&oacute;n-mujer en la esencia humana. Las distinciones en la esencia humana entre ambos, no menos manifiestas que las precedentes, son m&aacute;s bien perfeccion es con que cada persona dota a sus facultades superiores inmateriales (inteligencia, voluntad) y a su yo. Estas no son, pues, recibidas, sino a&ntilde;adidas, por lo que las hemos llamado &quot;vida a&ntilde;adida&quot;. Como estas son perfecciones, y la filosof&iacute;a cl&aacute;sica ha reservado tradicionalmente el nombre de esencia para designar lo perfecto, se les puede otorgar el nombre de esencia humana.</p> <ul>       <p>1. La sind&eacute;resis, yo, o &aacute;pice de la esencia humana. En cuanto a este h&aacute;bito, es claro -por lo dicho m&aacute;s arriba- que en el caso de la mujer est&aacute; m&aacute;s unido o cercano a su inteligencia, voluntad y cuerpo que en el del var&oacute;n, es decir, a la mujer le resulta m&aacute;s f&aacute;cil atravesar de luz o sentido esas potencias superiores as&iacute; como las acciones humanas que ella ejerce con su cuerpo (se trata, en rigor, de personalizarlas). Ya se ha indicado que la inteligencia, la voluntad y este h&aacute;bito innato conforman la esencia humana. Ahora bien, como la esencia humana es lo distintivo de la humanidad de los hombres, lo que precede se&ntilde;ala que la mujer tiene m&aacute;s facilidad para humanizarse que el var&oacute;n, aunque si se deshumaniza, tambi&eacute;n lo acusa en mayor medida que &eacute;l. En suma, en cuanto al yo, la mujer es m&aacute;s servicial, compasiva, sacrificada, generosa, constante, reunitiva, atractiva, convocadora, sist&eacute;mica, etc. De manera que en la sind&eacute;resis la mujer aventaja al var&oacute;n.</p>       <p>2. La voluntad y la inteligencia. Si la inteligencia rige y gobierna la sensibilidad, y esta act&uacute;a de modo distinto en el var&oacute;n y en la mujer, alguna repercusi&oacute;n debe haber en el modo de proceder de la inteligencia de ambos. A la par, si la voluntad impulsa o retrae el proceder de la sensibilidad, y esta es distinta en ambos tipos humanos, alguna variaci&oacute;n se debe percibir en la actividad de la voluntad en cada caso. Si se atiende a lo dicho m&aacute;s arriba, precisamente porque la naturaleza de la mujer est&aacute; menos dotada que la del var&oacute;n, la esencia de la mujer se vuelca m&aacute;s en aquella para protegerla (tambi&eacute;n por eso la mujer mide mucho m&aacute;s las cosas seg&uacute;n su corporeidad que el var&oacute;n). De esa manera, la mujer alcanza a disponer de h&aacute;bitos de la raz&oacute;n pr&aacute;ctica y de virtudes en la voluntad m&aacute;s activados que el var&oacute;n. De modo que lo que era una desventaja en la dotaci&oacute;n de la naturaleza femenina se puede convertir -si la mujer se empe&ntilde;a- en una ingente ventaja en la esencia femenina (o en una gran desventaja si se decanta por el plano negativo de los vicios). Si bien se mira, lo que antecede tambi&eacute;n indica otra cosa: que en el caso de la mujer, la persona tiene m&aacute;s facilidad para esencializar (perfeccionar) las potencias espirituales humanas, inteligencia y voluntad, y tambi&eacute;n el yo, que el var&oacute;n. Fenomenol&oacute;gicamente: la inteligencia masculina, en su desarrollo, suele ser m&aacute;s objetiva que la femenina, y ello indica que est&aacute; menos personalizada. En cuanto a los dos usos cl&aacute;sicos de la raz&oacute;n, el var&oacute;n es m&aacute;s te&oacute;rico, cient&iacute;fico, constructor, especializado, etc. En cambio, la mujer es m&aacute;s bien pr&aacute;ctica. Y, seguramente, la raz&oacute;n pr&aacute;ctica es superior a la te&oacute;rica, porque implica m&aacute;s dificultad. Por su parte, la voluntad de la mujer, como recuerda el proverbio latino<sup><a href="#41" name="s41">41</a></sup>, suele ser m&aacute;s extremosa que la del var&oacute;n (es decir, m&aacute;s virtuosa o viciosa); y tambi&eacute;n m&aacute;s cambiante (tanto para bien como para mal).</p>     </ul>     <p>&nbsp;</p>     <p>c) La distinci&oacute;n var&oacute;n-mujer en los h&aacute;bitos innatos superiores. La distinci&oacute;n entre var&oacute;n y mujer a nivel de h&aacute;bitos innatos se da en la sind&eacute;resis y en el de los primeros principios, pues ya se ha dicho que el h&aacute;bito de sabidur&iacute;a depende de cada quien, y como ese quien es distinto en cada caso, e independientemente de la masculinidad o feminidad, tambi&eacute;n el h&aacute;bito de sabidur&iacute;a lo ser&aacute;. Reparemos concisamente en esa diversidad. </p> <ul>       <p>1. En cuanto al h&aacute;bito de los primeros principios de ambos, sucede al rev&eacute;s de lo que acaece en la sind&eacute;resis: el var&oacute;n aventaja a la mujer. En efecto, en el var&oacute;n el h&aacute;bito de los primeros principios guarda mayor distancia en altura respecto de la sind&eacute;resis que en la mujer. Es sabido que con este h&aacute;bito se fragua la metaf&iacute;sica, o sea, el estudio de los actos de ser reales extramentales y sus caracter&iacute;sticas propias. Tal vez no sea demasiado extra&ntilde;o que en esta disciplina filos&oacute;fica no hayan destacado tanto las mujeres como en otras que miran a la esencia humana o al acto de ser humano. </p>       <p>2. Por &uacute;ltimo, suele decirse que la mujer es m&aacute;s intuitiva que el var&oacute;n, entendiendo por tal tipo de conocimiento el saber acerca de las personas. Es evidente que -por lo dicho- en la mujer resalta m&aacute;s el h&aacute;bito de sabidur&iacute;a sobre el de los primeros principios que en el var&oacute;n, porque en ella el h&aacute;bito principial est&aacute; menos dotado. Pero eso no quiere decir que la mujer sea m&aacute;s sabia, sin m&aacute;s, que el var&oacute;n, pues ya se ha indicado que este h&aacute;bito depende de la respuesta personal de cada quien-var&oacute;n o mujer- a la b&uacute;squeda del propio sentido personal que otorga el Creador.</p>     </ul>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="verdana" size="3"><b>5. La dualidad educaci&oacute;n masculina-educaci&oacute;n femenina</b></font></p>     <p>Si se repara en la distinci&oacute;n real entre la naturaleza, esencia y h&aacute;bitos innatos entre el var&oacute;n y la mujer, se capta enseguida la conveniencia de que, por el bien de ambos, y al menos en buena parte de la vida<sup><a href="#42" name="s42">42</a></sup>, la educaci&oacute;n de ellos es mejor que sea, seg&uacute;n hoy se declara, diferenciada. O si se quiere: educar para &quot;igualar&quot; lo desigual denota ignorancia por parte de quien iguala, y trato inadecuado para los igualados.</p>     <p>a) La educaci&oacute;n de la naturaleza y esencia humanas. Si la esencia de la mujer (su sind&eacute;resis-o yo-, voluntad e inteligencia) est&aacute; m&aacute;s unida a la naturaleza femenina que la esencia del var&oacute;n a la naturaleza masculina, y ello desde el inicio de su vida hasta el fin de sus d&iacute;as, las mujeres ser&aacute;n m&aacute;s protectoras de la corporeidad humana y, en consecuencia, m&aacute;s serviciales, mejores cuidadoras, m&aacute;s reunitivas, convocadoras, etc., en una palabra, m&aacute;s humanas (si quieren, claro), y es obvio que es muy bueno que por el bien de todos no pierdan esa gran cualidad y que se las eduque foment&aacute;ndola. En cambio, debido a la mayor distancia entre la esencia y la naturaleza en el caso de los varones, estos ser&aacute;n m&aacute;s objetivos, de manera que les costar&aacute; m&aacute;s personalizar sus relaciones humanas (laborales, de amistad, etc.) y, en cambio, les ser&aacute; m&aacute;s f&aacute;cil atender a los problemas externos trat&aacute;ndolos de modo m&aacute;s imparcial tal cual    <br>   ellos son y buscarles soluci&oacute;n, asunto que implica prestar un buen servicio t&eacute;cnico, productivo, cultural, etc. Por tanto, conviene que se les eduque en esa direcci&oacute;n y que no pierdan esa faceta.    <br>   Para ejemplificar lo que precede tomemos como ejemplo la educaci&oacute;n en el &aacute;mbito familiar. Si bien entre marido y mujer a nivel de acto de ser es m&aacute;s persona quien m&aacute;s acepta, sin embargo, a nivel de esencia y naturaleza hay que tener en cuenta aqu&iacute; lo que se ha dicho acerca de la dualidad entre var&oacute;n-mujer. En efecto, rep&aacute;rese en que es claro que la esposa es m&aacute;s esposa que el esposo esposo. Tambi&eacute;n m&aacute;s madre que el padre padre (hasta corp&oacute;reamente). Por el contrario, si la esposa pierde en fidelidad conyugal o la madre en dedicaci&oacute;n maternal, pierde m&aacute;s ella que el esposo o el padre<sup><a href="#43" name="s43">43</a></sup>. Adem&aacute;s, el matrimonio es como una fraternidad adquirida, superior a la natural, porque es personal. Por eso, se puede hablar entre ellos de hermano- hermana, y tambi&eacute;n aqu&iacute; -como en la fraternidad natural- se ve que la esposa es m&aacute;s hermana que el esposo hermano. Ahora bien, ser hermano es segundo-dual- respecto de ser hijo. &iquest;Cabe decir, entonces, que la esposa es m&aacute;s hija que el esposo hijo? No necesariamente, porque la filiaci&oacute;n personal es propia del acto de ser, no de la esencia y naturaleza humanas. Visto desde otro enfoque: a nivel natural y esencial, quien m&aacute;s aprende y educa es la esposa; a nivel trascendental, en cambio, quien m&aacute;s acepta.</p>     <p>b) La educaci&oacute;n de los h&aacute;bitos innatos. De no tener en cuenta los h&aacute;bitos innatos, carecen de sentido para la educaci&oacute;n al menos dos cosas: 1) la educaci&oacute;n personalizada, o sea, educar a cada quien como persona distinta que es, y 2) la educaci&oacute;n diferenciada, es decir, el dar raz&oacute;n de una distinta educaci&oacute;n para el var&oacute;n y para la mujer. Demos raz&oacute;n de ello.</p> <ul>       <p>1. La clave de la educaci&oacute;n respecto delh&aacute;bito de sabidur&iacute;a radica en intentar saber en cierto modo mediante este h&aacute;bito qu&eacute; persona novedosa e irrepetible se es, y con qu&eacute; personas novedosas e irrepetibles en cada caso se co-existe (como padre, madre, hijo/a, esposo/a, novio/a, amigo/a, profesor/a, alumno/a, etc.). Se trata de intuir en cierta medida el ser que tanto uno como los dem&aacute;s estamos llamados a ser (vocaci&oacute;n personal, se denomina cristianamente) y responder personalmente, en consecuencia, y ayudar a responder a los dem&aacute;s<sup><a href="#44" name="s44">44</a></sup>. La activaci&oacute;n del h&aacute;bito de sabidur&iacute;a depende de cada persona<sup><a href="#45" name="s45">45</a></sup>. Como no hay dos personas humanas &quot;iguales&quot;, carece de sentido hablar aqu&iacute; de educaci&oacute;n personalizada para varones como distinta de otra para mujeres. En efecto, no es que las personas de los varones sean distintas como tales a las de las mujeres, sino que no existen dos personas &quot;iguales&quot;, ni entre varones, ni entre mujeres (ni entre las personas ang&eacute;licas y las divinas). En suma, sin este h&aacute;bito no cabe educaci&oacute;n personalizada independientemente de que el educando sea var&oacute;n o mujer. </p>       <p>2. Por lo que respecta al h&aacute;bito de los primeros principios, si este guarda mayor distancia de la sind&eacute;resis en el var&oacute;n que en la mujer, &iquest;por qu&eacute; raz&oacute;n se tiene este que perder su mayor capacidad cognoscitiva? De otro modo: &iquest;a qu&eacute; obedece que la metaf&iacute;sica sea la disciplina filos&oacute;fica m&aacute;s en crisis desde hace varias d&eacute;cadas?</p>     </ul>     <p>Es claro que al intentar uniformar o igualar la educaci&oacute;n de lo diverso, quien tiene las de perder es lo superior: en el caso de los varones, la filosof&iacute;a primera; en el de las mujeres, lo m&aacute;s humano de la esencia humana. En este segundo caso -y en contra de lo que propugnaban las precedentes tendencias feministas &quot;igualitaristas&quot;- tiene las de perder la educaci&oacute;n femenina. De modo que quien denuncia que nuestro mundo est&aacute; demasiado tecnificado y poco humanizado, algo importante ha advertido; y quien denuncia la crisis en la filosof&iacute;a primera se ha percatado de algo todav&iacute;a m&aacute;s importante. La soluci&oacute;n del primer problema es educativa, y debe ser encomendada en mayor medida a la mujer; la del segundo, asimismo educativa, conviene delegarla en mayor parte al var&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="verdana" size="3"><b>6. La dualidad padres-hijos y la dualidad educativa paterno-filial</b></font></p>     <p>Se tratar&aacute; en primer t&eacute;rmino de la dualidad padres-hijos (secci&oacute;n a) y, en segundo lugar, la respectiva    educaci&oacute;n paterno-filial (secci&oacute;n b).</p>     <p>a) La dualidad padres-hijos. Es m&aacute;s (ontol&oacute;gicamente) ser hijo que ser padre, porque todas las personas humanas somos en la intimidad -o acto de ser- hijos, no padres. En cambio, en la esencia y naturaleza humanas podemos ser tanto hijos como padres, pero es claro que el acto de ser es superior a la esencia y naturaleza humanas. A nivel deacto de ser somos hijos de Dios. A nivel denaturaleza y esencia humanas caben padres e hijos. Por lo dem&aacute;s, como la naturaleza humana no se confunde con la esencia humana, algunos de los padres seg&uacute;n la naturaleza no pasan de meros progenitores, y algunos de los hijos naturales se vuelven descastados. Tambi&eacute;n en la esencia humana cabe paternidad y filiaci&oacute;n. Baste pensar, por ejemplo, en un buen maestro en una rama del saber y en su disc&iacute;pulo predilecto. A pesar de estos matices, en el orden de lanaturaleza y de la esencia humanas tambi&eacute;n es m&aacute;s ser hijo que ser padre, porque el hijo puede a&ntilde;adir sobre el padre.</p>     <p>Lo primero de los padres respecto de la nueva persona, fruto de su uni&oacute;n, el hijo, no es dar sino aceptar. Lo que ambos aceptan es un nuevo don personal. El hijo, a su vez, es un nuevo aceptar respecto de los padres y, en consecuencia, un dar. Ahora bien, si lapersona del hijo desborda enteramente la acci&oacute;n biol&oacute;gica y psicol&oacute;gica conyugal de los padres, hay que sostener que ambos padres son aceptar respecto de otro Dar personal superior que otorga ese nuevo don. A la par, el hijo no se entiende sino como un nuevo aceptar y dar, desde luego en lo natural respecto de sus padres naturales<sup><a href="#46" name="s46">46</a></sup>, pero por encima de ellos, y en lo personal, respecto de Quien le ha otorgado el ser personal que &eacute;l es.</p>     <p>Es tradicional admitir que el fin del matrimonio es doble: la procreaci&oacute;n, y el amor yayuda mutua entre los esposos<sup><a href="#47" name="s47">47</a></sup>. Ahora bien, si el amar personal es aceptar y no cabe aceptar sin dar y viceversa, conviene a&ntilde;adir -como se ha indicado- que no cabeaceptar ni dar sin don. Del mismo modo que no cabe regalar y aceptar el regalar si no media un regalo (aunque sea un libro, por ejemplo), tampoco cabe aceptar y dar personales sin abrirse a un don personal. Eso es elhijo: un don personal. Esto ayuda a comprender que abrirse al hijo sea el primer fin del matrimonio, porque sin la apertura a &eacute;l, el dar y el aceptar entre esposos no es tan personal (aceptante y otorgante) como puede ser, porque prescinde de la aceptaci&oacute;n y otorgamiento respecto de la persona del hijo. Si el amor de los esposos es personal estar&aacute;n abiertos al don personal por excelencia: el hijo<sup><a href="#48" name="s48">48</a></sup>. Si el fin de los padres es el hijo, una gran pena de los padres es no poder tener hijos<sup><a href="#49" name="s49">49</a></sup>; y otra no peque&ntilde;a, que el hijo deje mucho que desear como hijo (no en cuanto a deficiencias f&iacute;sicas o ps&iacute;quicas, sino en cuanto a morales y personales, es decir, filiales).</p>     <p>En consecuencia, paternidad y maternidad significan para ambos padres, primero coaceptar, y en segundo lugar co-dar. Si la persona es don a la par que co-existencia, no es que la paternidad sea donaci&oacute;n de la vida para el hijo y que la maternidad sea aceptaci&oacute;n de ella, sino que ambos aceptan al hijo    y, consecuentemente, se dan a &eacute;l conjuntamente. Si los padres se dualizan con el hijo, su cometido es servir. Esto concuerda con la afirmaci&oacute;n de que el servicio a la vida es el cometido fundamental de la familia<sup><a href="#50" name="s50">50</a></sup>. Si ser hijo es lo primero, cualquier relaci&oacute;n familiar ser&aacute; segunda respecto de la filiaci&oacute;n. Tambi&eacute;n por ello, lo peor que les puede suceder a los padres es perder al hijo<sup><a href="#51" name="s51">51</a></sup>. Solo la supuesta familia que desconoce el infinito valor de una vida humana se retrotrae de la generaci&oacute;n, si es que esta est&aacute; en su poder, pero ese retraimiento (ordinariamente ego&iacute;sta), no deja de ser ciego respecto del ser personal<sup><a href="#52" name="s52">52</a></sup> ajeno y propio. Ahora bien, si los dem&aacute;s carecen de sentido personal &uacute;ltimo y uno tiene poder sobre ellos, &iquest;qu&eacute; impide tomarlos como objetos de uso e incluso de abuso?</p>     <p>En suma, los padres lo son en funci&oacute;n del hijo: la filiaci&oacute;n es superior realmente a la paternidad. Con todo, existe una filiaci&oacute;n superior a la que guardan los hijos respecto de sus padres naturales: la que guarda cada quien (tambi&eacute;n cada padre) respecto de Aquel de quien todos son personalmente hijos<sup><a href="#53" name="s53">53</a></sup>. La filiaci&oacute;n que cada quien como persona mantiene con su Origen personal es superior a la que mantiene cada hijo natural respecto de sus padres naturales<sup><a href="#54" name="s54">54</a></sup>. Por lo dem&aacute;s, cuando un hombre capta que es hijo, intuye que en &eacute;l no se consuma la filiaci&oacute;n; en consecuencia, que caben multiplicidad de hijos y que es muy bueno que existan muchos. Si ese descubrimiento lo lleva a su paternidad familiar, advertir&aacute; que es mejor tener varios hijos<sup><a href="#55" name="s55">55</a></sup>, tambi&eacute;n por razones educativas. Pero esto &uacute;ltimo conecta con la educaci&oacute;n, una noble dama que sin pedir honra para s&iacute; honra a quienes educa<sup><a href="#56" name="s56">56</a></sup>.</p>     <p>b) La dualidad educativa paterno-filial. Si es primero la filiaci&oacute;n que la paternidad, los padres est&aacute;n llamados a aprender m&aacute;s que el hijo, si saben y quieren educar al hijo, pues est&aacute;n en funci&oacute;n de &eacute;l. Si lo primero en los padres respecto del hijo no es dar, sino aceptar, es claro que en ellos aprender es antes y superior a ense&ntilde;ar. De modo que quien no aprende de la nueva persona no educa, y esto es extensible a los diversos &aacute;mbitos del aprendizaje humano (acto de ser, h&aacute;bitos innatos, esencia y naturaleza). Por su parte, si es primero aprender que educar, es notorio que lleva ventaja el hijo a sus padres, y ello a todo nivel: personal, porque tiene que aprender del ser personal de dos personas, no solo de una (como sus padres); habitual, porque debe acrisolarse su conocimiento de la realidad fundante y, asimismo, su yo debe madurar; esencial, porque parte de cero; natural, porque aprende hasta a respirar. Se ve claro que quien m&aacute;s acepta es quien m&aacute;s aprende: ganancia propia; y que quien m&aacute;s aprende es quien puede educar: ganancia para los dem&aacute;s. </p>     <p>Si lo primero es ser hijo y las dem&aacute;s relaciones familiares est&aacute;n en funci&oacute;n de la filiaci&oacute;n, se comprende que quien es mal hijo acaba siendo mal c&oacute;nyuge<sup><a href="#57" name="s57">57</a></sup>, mal padre, mal hermano, etc. Si la paternidad se dualiza con la filiaci&oacute;n, los padres solo pueden ser buenos padres si son buenos hijos, porque aceptar un nuevo hijo, respecto del cual ellos solo otorgan la naturaleza corp&oacute;rea, es aceptar que tambi&eacute;n ellos son personalmente hijos respecto de su Origen personal. A su vez, tal hijo solo ser&aacute; buen hijo si se parece en esa filiaci&oacute;n a tales padres, es decir, no en que se parezca biol&oacute;gicamente a sus proge- nitores, sino en ser buen hijo de esa Fuente personal respecto de la cual tanto &eacute;l como sus padres son hijos. Como ese amor personal de los padres arrastra tras de s&iacute; el conocer personal de ellos (tambi&eacute;n su libertad y co-existencia), es deber de estos ir intuyendo qu&eacute; nueva persona es el hijo y cu&aacute;l est&aacute; llamada a ser, y ayudarle en esa l&iacute;nea (y, desde luego, no poner impedimentos para que alcance su fin personal).</p>     <p>Si la educaci&oacute;n es segunda respecto de la familia, lo segundo por parte de los padres tras la generaci&oacute;n del hijo es facilitar el desarrollo de la naturaleza humana de dicho hijo e ir educando su esencia en orden a la direcci&oacute;n personal del mismo. En efecto, si el fin de los padres es el hijo, este fin no se reduce a engendrar, sino que comprende la generaci&oacute;n, la crianza y la educaci&oacute;n. Efectivamente, la educaci&oacute;n es otra generaci&oacute;n, pues consiste en ayudar a nacer la vida afectiva, sensitiva, intelectual, &eacute;tica... del educando. Generaci&oacute;n y educaci&oacute;n van, por tanto, ligadas; una contin&uacute;a a la otra; o, si se prefiere, una se dualiza con la otra<sup><a href="#58" name="s58">58</a></sup>. Por ello, el hijo es, en todo periodo de su vida, ese don personal que refuerza e incrementa el dar y el aceptar de los esposos, es decir, su amor personal.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="verdana" size="3"><b>7. La dualidad hogar-colegio</b></font></p>     <p>Los padres son educadores por ser padres, porque-ya lo hemos visto- la educaci&oacute;n nace del amor personal y de la familia o, si se quiere, se dualiza con ellos. En la primera etapa de la vida de los hijos, cualquier otra persona ser&aacute; educador si colabora en esa tarea de los padres y bajo su consentimiento. Cuando el hijo pueda ser autosuficiente, la educaci&oacute;n correr&aacute; m&aacute;s de su cuenta, si bien la ayuda e influencia que reciba de otros educadores la tendr&aacute; mientras viva (porque siempre es co-existencia) y, mientras tanto, puede seguir aprendiendo de sus padres, si ello es posible, en especial de los temas nucleares de la existencia humana. </p>     <p>Por parte de los padres, para educar se requiere saber educar. Eso compromete a la inteligencia. El conocer personal debe sacar partido de la inteligencia en orden a la educaci&oacute;n. Se aprende en orden a una direcci&oacute;n<sup><a href="#59" name="s59">59</a></sup>. Si esa finalidad no falta, aunque el aprender sea amargura, el fruto ser&aacute; dulzura<sup><a href="#60" name="s60">60</a></sup>. Respecto de los ni&ntilde;os, quien mejor puede saber educar son los padres, pues son los que m&aacute;s pueden conocer personalmente a sus hijos. A la par, saber educar es bueno, pero se requiere tambi&eacute;n querer hacerlo. Eso compromete a la voluntad. El amor personal debe sacar partido de la voluntad en orden a la educaci&oacute;n. En efecto, dado que el amor se refiere a la persona, el protagonismo lo tienen de nuevo los padres, porque la familia es el &aacute;mbito natural en el que se ama a cada quien por su ser. Si la clave del educar es aceptar, el fin de la educaci&oacute;n no puede ser sino la persona, porque aceptar lo es respecto de personas. Por tanto, el fin de la educaci&oacute;n no estiba principalmente en otras variantes, como pueden ser el incremento cultural de la sociedad, la eficacia t&eacute;cnica y productiva<sup><a href="#61" name="s61">61</a></sup>, la mejora del nivel de vida social, etc., porque cada persona es superior a la sociedad, a la cultura, a la t&eacute;cnica, la econom&iacute;a, etc. </p>     <p>La familia, los padres -los dos- tienen responsabilidad natural inalienable de educar<sup><a href="#62" name="s62">62</a></sup>. Es la familia la primera escuela -en el tiempo y en importancia- en los sentimientos, es decir, de la afectividad, cometido principal de la ni&ntilde;ez. Por lo dem&aacute;s, lo que se aprende en la infancia es m&aacute;s permanente<sup><a href="#63" name="s63">63</a></sup>. Si los afectos o son estables, luego no se pueden educar los sentidos internos, porque los afectos se vinculan a ellos. Por eso, la familia tambi&eacute;n es la primera escuela de la imaginaci&oacute;n<sup><a href="#64" name="s64">64</a></sup>, sentido que se desarrolla durante la infancia. A su vez, si los sentidos internos no se formalizan, posteriormente no se pueden adquirir conocimientos racionales objetivos (verdades<sup><a href="#65" name="s65">65</a></sup>), porque la imaginaci&oacute;n debe estar al servicio de la inteligencia. Este es el cometido educativo m&aacute;s apropiado en la&eacute;poca de la adolescencia. A la par, si no se educa la raz&oacute;n, no se pueden adquirir virtudes, porque la raz&oacute;n pr&aacute;ctica (en concreto la prudencia) se dualiza con ellas. Por eso, la clave del siguiente periodo, la juventud, es la educaci&oacute;n en virtudes<sup><a href="#66" name="s66">66</a></sup> humanas humanas y sociales, y ello hasta la madurez. Por &uacute;ltimo, se debe educar en la integraci&oacute;n de los precedentes logros, asunto que conforma la personalidad<sup><a href="#67" name="s67">67</a></sup> o, si se quiere, el yo de cada quien en la madurez.</p>     <p>La primera instituci&oacute;n, por lo dem&aacute;s natural, que tiene encomendada la educaci&oacute;n integral de la persona su la familia. Ello es as&iacute; -salvo casos excepcionales- por motivos de amor, pues los mejores amigos, los que m&aacute;s aman a los hijos, son los padres; por conocimiento de los mismos y hasta por motivos de tiempo, pues los padres conviven (o deber&iacute;an hacerlo) m&aacute;s tiempo con ellos, en todas sus facetas, y m&aacute;s que los distintos educadores escolares. Todo ello repercute en beneficio de la propia educaci&oacute;n escolar, pues esta mejora en la medida en que mejora la familia o, visto como norma negativa, nunca podr&aacute; alcanzar su fin la educaci&oacute;n escolar si no lo alcanza la familia. La primera escuela es la familia, y no solo temporalmente, sino en orden de importancia. Por eso, el colegio no debe ser sino una prolongaci&oacute;n de la familia. Y solo en la medida en que lo sea, ser&aacute; eficaz, es decir, cumplir&aacute; su misi&oacute;n y tendr&aacute; raz&oacute;n de ser. El colegio (o la instituci&oacute;n escolar que haga sus veces) es dual respecto del hogar, y es mejor colegio no cuanto m&aacute;s ingl&eacute;s, matem&aacute;ticas o inform&aacute;tica ense&ntilde;e..., sino cuanto m&aacute;s se dualice con cada familia. La familia es ra&iacute;z y fin del colegio. El colegio es por y para las familias, no a la inversa.</p>     <p>De lo anterior se deduce que la educaci&oacute;n escolar no debe sustituir a la familiar, sino reforzarla y potenciarla. Por ello, en manos de los padres est&aacute; el derecho de crear asociaciones educativas (guarder&iacute;as, escuelas, colegios, institutos, escuelas de capacitaci&oacute;n profesional, etc.) que refuercen e incrementen la orientaci&oacute;n educativa que ellos llevan a cabo con sus hijos. Y como la familia es la base de la sociedad<sup><a href="#68" name="s68">68</a></sup>, y por ello del Estado, labor de este es subsidiar las iniciativas de esas instituciones intermedias en aquellos cometidos adonde no llegue la iniciativa privada. En consecuencia, si mandar es servir, el fin primario del Estado es el servicio a la familia, y el secundario, el servicio a la educaci&oacute;n. Cuando un Estado subordina la familia y la educaci&oacute;n a sus leyes positivas e intereses de gobierno, y no se subordina &eacute;l a la familia y a la educaci&oacute;n y a sus &quot;leyes&quot; naturales, procede incorrectamente, porque esa actitud es injustificable y llamada al fracaso (algo as&iacute; como intentar basar la pir&aacute;mide de lo social por el v&eacute;rtice</p>     <p><font face="verdana" size="3"><b>8. Educar-aprender. Las dualidades educativas sociales</b></font></p>     <p>En la base de toda educaci&oacute;n social est&aacute; el que entre la dualidad educar-aprender siempre es superior prender; por tanto, este es el origen y fin de cualquier educaci&oacute;n. Atenderemos primero a esto (divisi&oacute;n a) y en segundo lugar, a las diversas instituciones educativas sociales y a su dualizaci&oacute;n (divisi&oacute;n b).</p>     <p>a) La dualidad educar-aprender. Educar es aceptar y, correlativamente, dar. Si el educar es personal, el aceptar es personal y el dar es asimismo personal: darse. Si el que educa no acepta a cada una de las personas a quienes educa como quienes son, distintas, en rigor, no educa personalmente. A su vez, solo tiene sentido educar si se es aceptado como una persona distinta e irrepetible. As&iacute;, un buen profesor es el que es irreemplazable. A la par, es in&uacute;til que un profesor d&eacute; mucho en una clase en la que, por lo que sea, se le acepte poco. Donde no se acepta, sobra el dar. Para el alumno que no aprovecha la oportunidad de aceptar a quien se le entrega y lo que se le da, no pocas veces su mejor maestro es el tiempo, porque este termina matando a todos sus malos estudiantes (coloquialmente suele decirse que la vida ya deprueba bastante). Con todo, si bien el sentido com&uacute;n admit&iacute;a anta&ntilde;o que &quot;quien escucha y no aprende, ser&aacute; fuerza que no hable&quot; <sup><a href="#69" name="s69">69</a></sup>, actualmente los expertos en no escuchar parecen los m&aacute;s dados a opinar...</p>     <p>Se aprende si se acepta. Si el que aprende no acepta a la persona que educa, podr&aacute; aprender ciertas nociones, pero, en rigor, no aprendepersonalmente, es decir, no se alcanza a conocer progresivamente a s&iacute; y a los dem&aacute;s como persona. De los buenos profesores se aprende m&aacute;s personalmente que del contenido de sus materias; por eso, respecto de ellos, carece de sentido no ir a sus clases y estudiar por libre sus apuntes. A la vez, solo tiene sentido aprender si se es aceptado. Por ello, los mejores alumnos son los que se saben m&aacute;s aceptados personalmente por los profesores, y viceversa. En suma, lo primero en la educaci&oacute;n (como en la familia) tampoco es dar sino aceptar. Aceptar es estar cada vez abierto personalmente, es decir, estar abiertoco-existencial, libre, cognoscitiva y, sobre todo, amorosamente.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>b) Las dualidades educativas sociales. En la sociedad existen tres instituciones educativas fundamentales que, por orden de menor a mayor importancia, son: la empresa, las instituciones de ense&ntilde;anza y la familia. La clave de la econom&iacute;a es la empresa; la de la educaci&oacute;n es la universidad, y la de la sociedad es la familia. Esas son las tres bases de lo social. Y lo que esas tres tienen en com&uacute;n es la unidad<sup><a href="#70" name="s70">70</a></sup>, aunque esta debe ser m&aacute;s estrecha en la familia. Sin esas tres bases, la sociedad se tambalea. Sin embargo, no se tambalea por igual si se da&ntilde;a una u otra de esas bases. La superior es la familia; en segundo lugar, la universidad, porque, tras la familia, lo m&aacute;s importante es la educaci&oacute;n, y la cumbre de la educaci&oacute;n es la universidad; en tercer lugar, la empresa, porque esta se debe subordinar, por este orden, a la familia y a la universidad.</p>     <p>En efecto, no est&aacute;n las tres en el mismo plano. Las tres educan, pero no en el mismo nivel de importancia. La familia es la garant&iacute;a de las dem&aacute;s, y a ella se deben subordinar la universidad y la empresa. A su vez, la universidad es superior a la empresa, sencillamente porque el saber es superior al hacer y a la producci&oacute;n, y el primero debe dirigir y orientar al segundo. Por eso la empresa se debe subordinar a la universidad, no al rev&eacute;s. La cumbre de la educaci&oacute;n institucionalizada es la universidad<sup><a href="#71" name="s71">71</a></sup>. Lo que la describe es la b&uacute;squeda de la verdad al nivel m&aacute;s elevado accesible al saber humano. El fin propio de una universidad no es ense&ntilde;ar a los alumnos o servir a la sociedad, sino servir a la verdad (la universidad se dualiza con ella). El ahondar cada vez m&aacute;s en la verdad no se logra solo por an&aacute;lisis de las diversas especialidades, sino reuniendo, es decir, con la s&iacute;ntesis. Por ello, una universidad sin interdisciplinariedad, es decir, en la que sus diversas especialidades no est&eacute;n aunadas por las humanidades (en el fondo, por la filosof&iacute;a, que es la &uacute;nica que las puede aunar y ordenar), es &quot;pluridiversidad&quot;, no universidad.</p>     <p>Por la raz&oacute;n que precede, se entiende que es muy bueno que una universidad cuente con una asociaci&oacute;n de amigos (empresarios, trabajadores, profesionales, etc.) o de antiguos alumnos, que aporten recursos para su florecimiento. No es misi&oacute;n del Estado crear universidades, sino secundariamente, pues su labor primaria es subsidiar la iniciativa universitaria privada. Y todav&iacute;a es mejor que una universidad cuente con un instituto deestudios sobre la familia, que forme a las familias y a los formadores familiares en todo el mundo. &iquest;Se da eso de hecho hoy en d&iacute;a? En alguna instituci&oacute;n, s&iacute;; en la mayor parte, no. &iquest;Se da, en suma, la interdisciplinariedad? No es nada f&aacute;cil conseguir este objetivo. De manera que se puede repetir aquello de &quot;discurr&iacute; por todas las m&aacute;s c&eacute;lebres Universidades sin poder descubrirla (sabidur&iacute;a), que aunque muchos son sabios en lat&iacute;n, suelen ser grandes necios en romance&quot;<sup><a href="#72" name="s72">72</a></sup>. Al parecer, el lat&iacute;n hoy lo representan las especializaciones que crean unos lenguajes muy t&eacute;cnicos e incomunicables entre s&iacute;; y el romance, la filosof&iacute;a<sup><a href="#73" name="s73">73</a></sup>.</p>     <p><font face="verdana" size="3"><b>9. La dualidad educaci&oacute;n personal humana-educaci&oacute;n personal divina</b></font></p>     <p>La educaci&oacute;n personal humana favorece la elevaci&oacute;n personal, que es divina. Si bien crecer en humanidad est&aacute; en nuestras manos, pues equivale a perfeccionar nuestra esencia humana, sin embargo, ser elevado como persona no est&aacute; en manos de cada quien. &iquest;A qui&eacute;n corresponde esta labor educativa tan personal? Quien eleva es Dios. Por eso, en rigor, Dios es quien m&aacute;s educa; al &uacute;nico que se le puede llamar Maestro. En consecuencia, quien m&aacute;s aprende personalmente es quien est&aacute; m&aacute;s abierto, como persona, a Dios. En segundo lugar, aprende m&aacute;s quien m&aacute;s abierto est&aacute; personalmente a las dem&aacute;s personas, pues no hay realidad creada superior a la personal<sup><a href="#74" name="s74">74</a></sup>. En tercer lugar, aprende m&aacute;s quien m&aacute;s abierto est&aacute; al ser del mundo, porque el hombre tambi&eacute;n co-existe con &eacute;l.</p>     <p>El futuro de la sociedad, de la humanidad, nos lo jugamos con el futuro de la educaci&oacute;n. Eso es as&iacute; hasta econ&oacute;micamente, pues los pa&iacute;ses con menos renta per c&aacute;pita son aquellos en que las instituciones intermedias y el Estado dedican menos recursos a la ense&ntilde;anza y, consecuentemente, son los que tienen un porcentaje m&aacute;s elevado de analfabetismo e ignorancia en todos los &oacute;rdenes, tambi&eacute;n en el religioso. Tambi&eacute;n por eso, aquellos Estados que han promovido una educaci&oacute;n institucionalizada atea o laicista son los m&aacute;s despersonalizados. Como la &eacute;tica y el trabajo son manifestaciones externas de la previa comprensi&oacute;n personal propia, tales pa&iacute;ses son los que m&aacute;s disfunciones laborales y sociales albergan. No se olvide que el peor enemigo del hombre es siempre laignorancia, y la peor ignorancia es la personal. Uno s&oacute;lo se sabe tal persona distinta si acepta el saber personal que Dios le revela, pues -como se ha indicado- s&oacute;lo Dios ense&ntilde;a cu&aacute;l es nuestro ser personal<sup><a href="#75" name="s75">75</a></sup>.</p>     <p>&iquest;C&oacute;mo debe ser la educaci&oacute;n? Si la educaci&oacute;n es un dar correlativo de un aceptar, se debe educar en la responsabilidad. De modo parejo a como un buen empresario es el que sabe ofrecer lo que verdaderamente vale la pena ser ofrecido, es decir, lo que posibilita crecer en virtudes sociales, el buen educador es el que sabe ofrecer lo que vale la pena ser ofrecido y seg&uacute;n las necesidades del educando, a saber, lo que le permita desarrollar las virtudes de su esencia y lo que le permita alcanzar su sentido personal. A su vez, el mejor aprendizaje del discente lleva a educar al docente, porque a trav&eacute;s de lo que se le ense&ntilde;a capta m&aacute;s que lo ense&ntilde;ado. Por el contrario, de modo parejo a como un empresario que se acostumbra a ofrecer superficialidades (preservativos, por ejemplo), aunque gane con ello mucho dinero es un mediocre, el profesor que se habit&uacute;a a dar temas triviales se vuelve adocenado. De manera similar, el alumno que suele pedir (aprobados generales, por ejemplo) sin ofrecer nada a cambio es un rampl&oacute;n<sup><a href="#76" name="s76">76</a></sup>. </p>     <p>Si educar y aprender son aceptar, y aceptar es la dimensi&oacute;n superior del amar, educar y aprender son manifestaciones del amar personal. Quien m&aacute;s ama es quien m&aacute;s educa. Como el amar arrastra tras s&iacute; alconocer personal, quien m&aacute;s ama a las personas es el que mejor las conoce. Por eso carece de sentido la universidad masificada, porque no se pueden conocer personalmente profesor-alumnos. Quien educa conoce a las personas como novedosas e irrepetibles que son. Quien m&aacute;s ama es quien m&aacute;s intuye la persona que es cada quien, es decir, qu&eacute; proyecto es cada quien como persona. Por eso, quien m&aacute;s educa ayuda a descubrir el sentido de la vida de cada quien y a encauzar esfuerzos en orden a la consecuci&oacute;n del fin propio de cada persona. Por tanto, no educan, en rigor, las instituciones pol&iacute;ticas, las ense&ntilde;anzas estatales o privadas, etc., que no facilitan el descubrimiento del sentido personal de cada quien, y derivadamente, no educan las instituciones del tipo que sean que desprecian el valor de la vida humana en cualquiera de sus momentos, subordinando esta a cualquier ideolog&iacute;a (sea c&iacute;vica o terrorrista), programa tecnol&oacute;gico, cultural, etc.</p>     <p>Solo quien ama educa respetando la libertad. No impone normas o plasma ideas en los dem&aacute;s; no se dedica a uniformar a la gente (o a &quot;amueblar las cabezas&quot;), sino que educa seg&uacute;n propuestas; ofrece de modo libre y comprometi&eacute;ndose en la educaci&oacute;n,co-existiendo con el educando; habla en t&eacute;rminos condicionales del tipo &quot;si quieres mejorar (...)&quot;, o a modo de preguntas: &quot;&iquest;te parece que esto es suficiente    para ti y para m&iacute;?, &iquest;qu&eacute; nos mueve cuando buscamos esto?, &iquest;seguro que es lo mejor para ti y para los dem&aacute;s?, &iquest;t&uacute; que har&iacute;as en tal caso?, &iquest;t&uacute; ser&iacute;as capaz de hacer mejor eso que criticas?, &iquest;te conformas con eso? (...)&quot;. Por mucho que ame una persona humana a otra distinta, no puede amar, conocer, aceptar, dar, educar, etc., completamente a tal persona como esta puede ser amada, conocida, aceptada...&iquest;Qui&eacute;n podr&aacute; amar, conocer, aceptar... infinitamente a cada persona? Se ofrece, si libremente se acepta, la respuesta: quien m&aacute;s co-existe con cada quien: Dios.</p>     <p><font face="verdana" size="3"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>1.	Altarejos, F. Educaci&oacute;n y felicidad, Pamplona, Eunsa, 2<sup>a</sup> ed., 1986.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000113&pid=S0123-1294200700010001100001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>2.	Alvira, T. Naturaleza y libertad. Estudio de los conceptos tomistas de voluntas ut natura y voluntas ut ratio, Pamplona, Eunsa, 1985.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000114&pid=S0123-1294200700010001100002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>3.	Arjonillo, R. Sobre el amor conyugal y los fines del matrimonio, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000115&pid=S0123-1294200700010001100003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>4.	Boccacio, Federigo degll Alberighi, en Todos los cuentos, vol. I, Barcelona, Planeta, 2002, 175.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000116&pid=S0123-1294200700010001100004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>5.	Calder&oacute;n de la Barca. D. Manuel, La dama duende, Buenos Aires, El Ateneo, 1951, 445. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000117&pid=S0123-1294200700010001100005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>6.	Calder&oacute;n de la Barca, P. La devoci&oacute;n de la Cruz, Buenos Aires, El Ateneo, 1951, 594. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000118&pid=S0123-1294200700010001100006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>7.	Castilla, B. &quot;En torno a la d&iacute;ada trascendental&quot;, en Anuario Filos&oacute;fico, XXIX (1996), 2, 412.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S0123-1294200700010001100007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>8.	Castilla, B. La complementariedad var&oacute;n-mujer. Nuevas hip&oacute;tesis, Madrid, Rialp, 1996, 19-20.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000120&pid=S0123-1294200700010001100008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>9.	Castilla, B. Persona femenina-persona masculina, Madrid, Rialp, 1996.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S0123-1294200700010001100009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>10.	Chaucer, G. Cuentos de Canterbury, Cuento del bulero, Estella, Salvat, 1986, 99.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000122&pid=S0123-1294200700010001100010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>11.	Correas, G. Vocabulario de refranes y frases proverbiales, 1627, Madrid, Castalia, 2000, 328.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S0123-1294200700010001100011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>12.	Correas, G. Op. cit., 254.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000124&pid=S0123-1294200700010001100012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>13.	Correas, G. Op. cit., 683.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0123-1294200700010001100013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>14.	Correas, G. Op. cit., 700.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S0123-1294200700010001100014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>15.	Cruz, J. Intelecto y raz&oacute;n. Las coordenadas del pensamiento cl&aacute;sico, Pamplona, Eunsa, 1998, 2<sup>a</sup> ed. ampl.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0123-1294200700010001100015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>16.	Ecrckmann-Chatrian, La ladrona de ni&ntilde;os, en Todos los cuentos, vol. II, Barcelona, Planeta, 2002, 31.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000128&pid=S0123-1294200700010001100016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>17.	Fern&aacute;n Caballero. La familia de Alvareda, Barcelona, Caralt, 1976, 87.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0123-1294200700010001100017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>18.	Fern&aacute;n Caballero. La familia de Alvareda, Barcelona, Caralt, 1976, 48.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S0123-1294200700010001100018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>19.	Gonz&aacute;lez S&aacute;ez, M. Sexualidad y finalidad en la perspectiva del hombre m&aacute;quina, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0123-1294200700010001100019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>20.	Gonz&aacute;lez-Umeres, L. &quot;Ayudar a crecer&quot;, Anuario Filos&oacute;fico, XXIX (1996), 2, 696.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S0123-1294200700010001100020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>21.	Graci&aacute;n, B. El Critic&oacute;n, Madrid, C&aacute;tedra, 1980, 359.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S0123-1294200700010001100021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>22.	Guill&eacute;n de Castro, J. Las mocedades del Cid, Madrid, Taurus, 1988, 141.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000134&pid=S0123-1294200700010001100022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>23.	Hern&aacute;ndez, J. Mart&iacute;n Fierro, Buenos Aires, Albatros, 1982, 197.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S0123-1294200700010001100023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>24.	Hern&aacute;ndez, J. Mart&iacute;n Fierro, Buenos Aires, Albatros, 1982, 168.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000136&pid=S0123-1294200700010001100024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>25.	Illanes, J. L. &quot;Amor conyugal y finalismo matrimonial (metaf&iacute;sica y fenomenolog&iacute;a en la consideraci&oacute;n del matrimonio)&quot;, Cuestiones fundamentales sobre matrimonio y familia, Pamplona, Eunsa, 1980, 471-480.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S0123-1294200700010001100025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>26.	Juan Pablo II, Carta a las familias, N<sup>o</sup> 12. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000138&pid=S0123-1294200700010001100026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>27.	Llano, C.; Polo, L. Antropolog&iacute;a de la acci&oacute;n directiva. Uni&oacute;n Editorial, Madrid, 1997; Introducci&oacute;n.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000139&pid=S0123-1294200700010001100027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>28.	Marcel, G. &Ecirc;tre et avoir, Paris, Philosophie europ&eacute;enne, Aubier-Montaigne, 1991.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000140&pid=S0123-1294200700010001100028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>29.	Mart&iacute;n L&oacute;pez, E. Familia y sociedad, Madrid, Rialp, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000141&pid=S0123-1294200700010001100029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>30.	Melendo, T. Educaci&oacute;n, familia, trabajo, M&eacute;xico, Loma Editorial, 1995; Yarce, J. La familia y la educaci&oacute;n, Caracas, Aise, 1978.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000142&pid=S0123-1294200700010001100030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref -->    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S0123-1294200700010001100031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>31.	Mill&aacute;n-Puelles, A. La formaci&oacute;n de la personalidad humana, Madrid, Rialp, 1989.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000144&pid=S0123-1294200700010001100032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>32.	Pi&aacute;-Tarazona, S. El hombre como ser dual, vol. I, Pamplona, Eunsa, 2001.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S0123-1294200700010001100033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>33.	Polo, L. Antropolog&iacute;a trascendental II. La esencia de la persona humana, Pamplona, Eunsa, 2003.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000146&pid=S0123-1294200700010001100034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>34.	Polo, L. Antropolog&iacute;a trascendental, vol. I, Pamplona, Eunsa, 2<sup>a</sup> ed., 2003.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S0123-1294200700010001100035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>35.	Polo, L. Ayudar a crecer. Cuestiones de filosof&iacute;a de la educaci&oacute;n, Eunsa, Pamplona, Colecci&oacute;n Astrolabio, cap. I, ep&iacute;grafe 6.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000148&pid=S0123-1294200700010001100036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>36.	Polo, L. Ayudar a crecer. Cuestiones de filosof&iacute;a de la educaci&oacute;n, Pamplona, Eunsa, Colecci&oacute;n Astrolabio, 2006, cap. I.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S0123-1294200700010001100037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p>37.	Polo, L. El profesor universitario, Piura, Universidad de Piura, 1994; &quot;Universidad y sociedad&quot;, en Josemar&iacute;a Escriv&aacute; de Balaguer y la universidad, Pamplona, Eunsa, 1993, 187-196.</p>     <!-- ref --><p>38.	Polo, L.Hegel y el posthegelianismo, Pamplona, Eunsa, 1999, 174. Cfr. de este mismo autor: El yo, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 170, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2005. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S0123-1294200700010001100038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>39.	Polo, L. La voluntad y sus actos, II, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 60, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000152&pid=S0123-1294200700010001100039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>40.	Polo, L. Op. cit., cap. II.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S0123-1294200700010001100040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>41.	Rodr&iacute;guez Sedano, A. &quot;La conexi&oacute;n de los tipos ideales sociales: Polo en di&aacute;logo con Weber&quot;, Studia Poliana, 7 (2005), 89-118.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000154&pid=S0123-1294200700010001100041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>42.	Rohr, R.; Ebert, A. El eneagrama. Los nueve rostros del alma, Valencia, Edicep, 2001.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000155&pid=S0123-1294200700010001100042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>43.	Santiago, E. &quot;El potencial humano de las c&eacute;lulas&quot;, Nueva Revista, nov.-dic. 2002. Cfr. en <a href="http://www.arvo.net/includes/documento.php" target="_blank">http://www.arvo.net/includes/documento.php</a>.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000156&pid=S0123-1294200700010001100043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>44.	Sell&eacute;s, J. F. La virtud de la prudencia seg&uacute;n Tom&aacute;s de Aquino, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 90, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000157&pid=S0123-1294200700010001100044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>45.	Sell&eacute;s, J. F. &quot;El car&aacute;cter distintivo del h&aacute;bito de los primeros principios&quot;, T&oacute;picos, 26 (2004), 153-176; &quot;Unicidad e innatismo del h&aacute;bito de los primeros principios. Un estudio desde el corpus tomista&quot;, Themata, 34, (2005), 197-212; &quot;Sobre el sujeto y el tema del h&aacute;bito de los primeros principios&quot;, Miscelanea Poliana, en web: <a href="http://www.leonardopolo.net" target="_blank">www.leonardopolo.net</a> (2005).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000158&pid=S0123-1294200700010001100045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>46.	Sell&eacute;s, J. F. &quot;El entendimiento agente seg&uacute;n Tom&aacute;s de Aquino&quot;, Revista Espa&ntilde;ola de Filosof&iacute;a Medieval, 9 (2002), 105-124.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000159&pid=S0123-1294200700010001100046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>47.	Sell&eacute;s, J. F. &quot;El h&aacute;bito de sabidur&iacute;a seg&uacute;n Leonardo Polo&quot;, Studia Poliana, 3 (2001), 73-102; &quot;El conocer m&aacute;s humano y su tema. Sapientia est de divinis seg&uacute;n Tom&aacute;s de Aquino&quot;, Actas del Congreso Internacional Christian Humanism in The Third Millenium. The Perspective of Tomas Aquinas, Roma, 21-25, sep. 2003, vol. I, 690-701; &quot;El origen y el lugar del h&aacute;bito de sabidur&iacute;a. Su estudio seg&uacute;n Tom&aacute;s de Aquino&quot;, Rivista di Filosofia Neo-scolastica, XCVI (2004), 1, 51-64.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000160&pid=S0123-1294200700010001100047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>48.	Sell&eacute;s, J. F. &quot;La sind&eacute;resis o raz&oacute;n natural como la apertura cognoscitiva de la persona humana a su propia naturaleza. Una propuesta desde Tom&aacute;s de Aquino&quot;, Revista Espa&ntilde;ola de Filosof&iacute;a Medieval, 10 (2003), 321- 333.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000161&pid=S0123-1294200700010001100048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>49.	Sell&eacute;s, J. F. Conocer y amar, ed. cit., caps. I y II.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000162&pid=S0123-1294200700010001100049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>50.	Sell&eacute;s, J. F. Conocer y amar. Estudio de los objetos de la inteligencia y de la voluntad seg&uacute;n Tom&aacute;s de Aquino, Pamplona, Eunsa, 2<sup>a</sup> ed., 2000, cap. IV.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000163&pid=S0123-1294200700010001100050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>51.	Sell&eacute;s, J. F. El conocer personal. Estudio del intelecto agente seg&uacute;n Leonardo Polo. Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 163, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2003.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000164&pid=S0123-1294200700010001100051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>52.	Sell&eacute;s, J. F. Los h&aacute;bitos adquiridos. Las virtudes de la inteligencia y de la voluntad seg&uacute;n Tom&aacute;s de Aquino, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 118, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000165&pid=S0123-1294200700010001100052&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>53.	Sell&eacute;s, J. F. Raz&oacute;n te&oacute;rica y raz&oacute;n pr&aacute;ctica seg&uacute;n Tom&aacute;s de Aquino, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, 101, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000166&pid=S0123-1294200700010001100053&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>54.	Tom&aacute;s de Aquino. In I Sent., d. 8, q. 5, a. 2. Cfr. Haya, F. El ser personal. De Tom&aacute;s de Aquino a la metaf&iacute;sica del don, Pamplona, Eunsa, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000167&pid=S0123-1294200700010001100054&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>55.	Tom&aacute;s de Aquino. De Veritate 16 y 17, La sind&eacute;resis y la conciencia, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 61, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000168&pid=S0123-1294200700010001100055&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>56.	Tom&aacute;s de Aquino. De Veritate, 15, Acerca de la raz&oacute;n superior e inferior, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 87, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000169&pid=S0123-1294200700010001100056&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>57.	Tom&aacute;s de Aquino. De Veritate, 21. Sobre el bien, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 78, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1999; De Veritate, 22. El apetito del bien, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 131, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000170&pid=S0123-1294200700010001100057&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>58.	Tom&aacute;s de Aquino. La verdad; selecci&oacute;n de textos, introducci&oacute;n, traducci&oacute;n y notas de J. Garc&iacute;a L&oacute;pez, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 19, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1995.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000171&pid=S0123-1294200700010001100058&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>59.	Tom&aacute;s de Aquino. S. C. Gentes, lib. 3, cap. 45, n. 6; S. Theol., I, q. 79, a. 7 co; In Boet. De Trin., pars 1, q. 1, a. 3, co. 3.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000172&pid=S0123-1294200700010001100059&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>60.	Tom&aacute;s de Aquino. S. Theol., I ps., q. 3, aa. 1-8.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000173&pid=S0123-1294200700010001100060&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p><sup><a href="#s2" name="2">2</a></sup> Cfr. PI&Aacute;-TARAZONA, S. El hombre como ser dual, vol. I, Pamplona, Eunsa, 2001.</p>     <p><sup><a href="#s3" name="3">3</a></sup> Cfr. TOM&Aacute;S DE AQUINO, In I Sent., d. 8, q. 5, a. 2. Cfr. respecto de ese tema en dicho autor: HAYA, F. El ser personal. De Tom&aacute;s de Aquino a la metaf&iacute;sica del don, Pamplona, Eunsa, 1997.</p>     <p><sup><a href="#s4" name="4">4</a></sup> Cfr. MARCEL, G., &Ecirc;tre et avoir, Paris, Philosophie europ&eacute;enne, Aubier- Montaigne, 1991.</p>     <p><sup><a href="#s5" name="5">5</a></sup> Cfr. LLANO, C.; POLO, L. Antropolog&iacute;a de la acci&oacute;n directiva. Uni&oacute;n Editorial, Madrid, 1997; Introducci&oacute;n.</p>     <p><sup><a href="#s6" name="6">6</a></sup> Cfr. POLO, L. Ayudar a crecer. Cuestiones de filosof&iacute;a de la educaci&oacute;n, Eunsa, Pamplona, Colecci&oacute;n Astrolabio, cap. I, ep&iacute;grafe 6.</p>     <p><sup><a href="#s7" name="7">7</a></sup> Cfr. POLO, L. Antropolog&iacute;a trascendental, vol. I, Pamplona, Eunsa, 2<sup>a</sup> ed., 2003.</p>     <p><sup><a href="#s8" name="8">8</a></sup> Cfr. mi trabajo El conocer personal. Estudio del intelecto agente seg&uacute;n Leonardo Polo. Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 163, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2003.</p>     <p><sup><a href="#s9" name="9">9</a></sup> Cfr. CASTILLA, B. Persona femenina-persona masculina, Madrid, Rialp, 1996.</p>     <p><sup><a href="#s10" name="10">10</a></sup> Cfr. ROHR, R.; EBERT, A. El eneagrama. Los nueve rostros del alma, Valencia, Edicep, 2001.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s11" name="11">11</a></sup> Cfr. mis trabajos: &quot;El h&aacute;bito de sabidur&iacute;a seg&uacute;n Leonardo Polo&quot;, Studia Poliana, 3 (2001), 73-102; &quot;El conocer m&aacute;s humano y su tema. Sapientia est de divinis seg&uacute;n Tom&aacute;s de Aquino&quot;, Actas del Congreso Internacional Christian Humanism in The Third Millenium. The Perspective of Tomas Aquinas, Roma, 21-25, sep. 2003, vol. I, 690-701; &quot;El origen y el lugar del h&aacute;bito de sabidur&iacute;a. Su estudio seg&uacute;n Tom&aacute;s de Aquino&quot;, Rivista di Filosofia Neo-scolastica, XCVI (2004), 1, 51-64.</p>     <p><sup><a href="#s12" name="12">12</a></sup> Cfr. respecto de este h&aacute;bito mis trabajos: &quot;El car&aacute;cter distintivo del h&aacute;bito de los primeros principios&quot;, T&oacute;picos, 26 (2004), 153-176; &quot;Unicidad e innatismo del h&aacute;bito de los primeros principios. Un estudio desde el corpus tomista&quot;, Themata, 34, (2005), 197-212; &quot;Sobre el sujeto y el tema del h&aacute;bito de los primeros principios&quot;, Miscelanea Poliana, en web: <a href="http://www.leonardopolo.net" target="_blank">www.leonardopolo.net</a> (2005).</p>     <p><sup><a href="#s13" name="13">13</a></sup> Cfr. mi trabajo &quot;La sind&eacute;resis o raz&oacute;n natural como la apertura cognoscitiva de la persona humana a su propia naturaleza. Una propuesta desde Tom&aacute;s de Aquino&quot;, Revista Espa&ntilde;ola de Filosof&iacute;a Medieval, 10 (2003), 321-333.</p>     <p><sup><a href="#s14" name="14">14</a></sup> POLO, L. Hegel y el posthegelianismo, Pamplona, Eunsa, 1999, 174. Cfr. de este mismo autor: El yo, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 170, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2005. Por lo dem&aacute;s, la distinci&oacute;n entre el yo y la persona ya lo not&oacute; en cierto modo Shakespeare, como deja constancia en el siguiente di&aacute;logo:</p> <ul>       <p>- Olivia: &quot;Qu&eacute;date. Te suplico que me digas lo que piensas de m&iacute;&quot;.    <br>     - Viola: &quot;Que pens&aacute;is no ser lo que sois&quot;.    <br>     - Olivia: &quot;Si pienso as&iacute;, pienso igual que vos&quot;.    <br>     - Viola: &quot;Entonces, pens&aacute;is acertadamente. Yo no s&eacute; lo que soy&quot;.</p>     </ul>     <p>  Noche de Epifan&iacute;a o lo que quer&aacute;is, en Obras Completas, vol. II, Madrid, Aguilar, 1974, 16<sup>a</sup> ed., 147.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s15" name="15">15</a></sup> Cfr. POLO, L. Antropolog&iacute;a trascendental II. La esencia de la persona humana, Pamplona, Eunsa, 2003. Al miembro inferior de la sind&eacute;resis Polo lo denomina ver-yo, y al superior, querer-yo.</p>     <p><sup><a href="#s16" name="16">16</a></sup> Cfr. RODR&Iacute;GUEZ SEDANO, A. &quot;La conexi&oacute;n de los tipos ideales sociales: Polo en di&aacute;logo con Weber&quot;, Studia Poliana, 7 (2005), 89-11.</p>     <p><sup><a href="#s17" name="17">17</a></sup> Cfr. TOM&Aacute;S DE AQUINO. De Veritate, 21. Sobre el bien, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 78, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1999; De Veritate, 22. El apetito del bien, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 131, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2000.</p>     <p><sup><a href="#s18" name="18">18</a></sup> Cfr. SELL&Eacute;S, J. F. La virtud de la prudencia seg&uacute;n Tom&aacute;s de Aquino, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 90, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1999.</p>     <p><sup><a href="#s19" name="19">19</a></sup> Cfr. POLO, L. La voluntad y sus actos, II, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 60, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1998.</p>     <p><sup><a href="#s20" name="20">20</a></sup> Cfr. ALVIRA, T. Naturaleza y libertad. Estudio de los conceptos tomistas de voluntas ut natura y voluntas ut ratio, Pamplona, Eunsa, 1985.</p>     <p><sup><a href="#s21" name="21">21</a></sup> Cfr. mi libro Conocer y amar. Estudio de los objetos de la inteligencia y de la voluntad seg&uacute;n Tom&aacute;s de Aquino, Pamplona, Eunsa, 2<sup>a</sup> ed., 2000, cap. IV.</p>     <p><sup><a href="#s22" name="22">22</a></sup> Cfr. mi trabajo Raz&oacute;n te&oacute;rica y raz&oacute;n pr&aacute;ctica seg&uacute;n Tom&aacute;s de Aquino, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, 101, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2000.</p>     <p><sup><a href="#s23" name="23">23</a></sup> Cfr. mi estudio &quot;El entendimiento agente seg&uacute;n Tom&aacute;s de Aquino&quot;, Revista Espa&ntilde;ola de Filosof&iacute;a Medieval, 9 (2002), 105-124.</p>     <p><sup><a href="#s24" name="24">24</a></sup> Cfr. TOM&Aacute;S DE AQUINO. De Veritate, 15, Acerca de la raz&oacute;n superior e inferior, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 87, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1999.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s25" name="25">25</a></sup> Cfr. CRUZ, J. Intelecto y raz&oacute;n. Las coordenadas del pensamiento cl&aacute;sico, Pamplona, Eunsa, 1998, 2<sup>a</sup> ed. ampl..</p>     <p><sup><a href="#s26" name="26">26</a></sup> Cfr. TOM&Aacute;S DE AQUINO. De Veritate 16 y 17, La sind&eacute;resis y la conciencia, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 61, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1998.</p>     <p><sup><a href="#s27" name="27">27</a></sup> Cfr. mi libro Conocer y amar, ed. cit., caps. I y II.</p>     <p><sup><a href="#s28" name="28">28</a></sup> Cfr. mi trabajo Los h&aacute;bitos adquiridos. Las virtudes de la inteligencia y de la voluntad seg&uacute;n Tom&aacute;s de Aquino, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 118, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2000.</p>     <p><sup><a href="#s29" name="29">29</a></sup> Cfr. TOM&Aacute;S DE AQUINO. La verdad; selecci&oacute;n de textos, introducci&oacute;n, traducci&oacute;n y notas de J. Garc&iacute;a L&oacute;pez, Cuadernos de Anuario Filos&oacute;fico, N<sup>o</sup> 19, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1995.</p>     <p><sup><a href="#s30" name="30">30</a></sup> Cfr. TOM&Aacute;S DE AQUINO. S. C. Gentes, lib. 3, cap. 45, n. 6; S. Theol., I, q. 79, a. 7 co; In Boet. De Trin., pars 1, q. 1, a. 3, co. 3.</p>     <p><sup><a href="#s31" name="31">31</a></sup> Cfr. ALTAREJOS, F. Educaci&oacute;n y felicidad, Pamplona, Eunsa, 2<sup>a</sup> ed., 1986. </p>     <p><sup><a href="#s32" name="32">32</a></sup> Cfr. MELENDO, T. Educaci&oacute;n, familia, trabajo, M&eacute;xico, Loma Editorial, 1995; YARCE, J. La familia y la educaci&oacute;n, Caracas, Aise, 197.Ib&iacute;dem.</p>     <p><sup><a href="#s33" name="33">33</a></sup> No sin acierto compara, pues, TOM&Aacute;S DE AQUINO la raz&oacute;n al var&oacute;n y la voluntad a la mujer, pues la intencionalidad de esas potencias trasluce algo de las manifestaciones personales de esos dos tipos humanos. En efecto, la intencionalidad de la raz&oacute;n, que es de semejanza, procede dentro de s&iacute; (intra se), activando as&iacute; a la voluntad, para ser luego estimulado a pensar por ella (es la mujer quien engendra un nuevo hombre), mientras que la intencionalidad de la voluntad, que es de alteridad extra se), al ser activada por lo otro que ella (el var&oacute;n fecunda a la mujer), tiende desde ella a lo que no es ella, y solo as&iacute; crece como mujer, no solo corp&oacute;rea sino tambi&eacute;n espiritualmente, pues no puede realizarse si no es dando amor a los dem&aacute;s.</p>     <p>La precedente comparaci&oacute;n de TOM&Aacute;S DE AQUINO queda referida a las potencias espirituales (inteligencia y voluntad). Otras, como la que sigue, se ci&ntilde;e m&aacute;s a la corporeidad: &quot;fenomenol&oacute;gicamente se advierte que el var&oacute;n al darse sale de s&iacute; mismo. Saliendo de &eacute;l se entrega a la mujer y se queda en ella. La mujer se da pero sin salir de ella. Es apertura pero cogiendo en ella. Su modo de darse es distinto al del var&oacute;n y a la vez complementario, pues acoge al var&oacute;n y a su amor&quot;. CASTILLA, B. &quot;En torno a la d&iacute;ada trascendental&quot;, en Anuario Filos&oacute;fico, XXIX (1996), 2, 412..</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s34" name="34">34</a></sup> El siguiente ejemplo puede ser aleccionador al respecto. Una noble y rica dama romana quiso casar con un honrado hidalgo venido a menos, pero que guardaba grandeza de alma. Como los familiares de ella recelaban del casamiento a causa de la disparidad de fortunas, &eacute;sta les dijo: &quot;De sobra s&eacute;, hermanos, que es cierta su pobreza; pero yo m&aacute;s quiero un hombre que necesite riquezas que no riquezas que necesiten un hombre&quot;, BOCCACIO, Federigo degll Alberighi, en Todos los cuentos, vol. I, Barcelona, Planeta, 2002, 175.</p>     <p><sup><a href="#s35" name="35">35</a></sup> Precisamente porque se acepta a una persona (con una naturaleza distinta), y la persona no est&aacute; sometida al tiempo f&iacute;sico, es por lo que se puede establecer la indisolubilidad conyugal.</p>     <p><sup><a href="#s36" name="36">36</a></sup> Por eso, las autoridades de un pa&iacute;s que intentan controlar de m&uacute;ltiples modos tanto la familia como la educaci&oacute;n saben lo que buscan: disolver la vinculaci&oacute;n humana. Sin ella no hay fuerza social. Si el poder pol&iacute;tico, en cambio, es relativamente fuerte y cuenta con poderosos medios de comunicaci&oacute;n, tiene asegurada la permanencia.</p>     <p><sup><a href="#s37" name="37">37</a></sup> A eso responde, en definitiva, la mayor o menor santidad en este mundo y en el otro..</p>     <p><sup><a href="#s38" name="38">38</a></sup> A este respecto puede servir de ejemplo la par&aacute;bola de los talentos.</p>     <p><sup><a href="#s39" name="39">39</a></sup> Cfr. SANTIAGO, E. &quot;El potencial humano de las c&eacute;lulas&quot;, Nueva Revista, nov.-dic. 2002. Cfr. en <a href="http://www.arvo.net/includes/documento.php." target="_blank">http://www.arvo.net/includes/documento.php.</a></p>     <p><sup><a href="#s40" name="40">40</a></sup> La neur&oacute;loga danesa PAKKENBERG, B., tras estudiar 94 cerebros de hombres muertos de entre 20 y 90 a&ntilde;os, admite que los hombres cuentan en promedio con 4.000 millones de c&eacute;lulas cerebrales m&aacute;s que las mujeres. Cfr. en este punto CASTILLA, B. La complementariedad var&oacute;n-mujer. Nuevas hip&oacute;tesis, Madrid, Rialp, 1996, 19-20.</p>     <p><sup><a href="#s41" name="41">41</a></sup> Un adagio latino dec&iacute;a as&iacute;: &quot;mulier amat aut odiat, tertium non datur&quot;, que los cl&aacute;sicos castellanos interpretaron de este modo: &quot;En todas las cosas hay medio, si no es en la mujer, porque es extremada en querer y en aborrecer&quot;. CORREAS, G. Vocabulario de refranes y frases proverbiales, 1627, Madrid, Castalia, 2000, 328.</p>     <p><sup><a href="#s42" name="42">42</a></sup> Sobre todo es conveniente esa diferenciada educaci&oacute;n en la pubertad, pues el yo, &aacute;pice de la esencia humana, no est&aacute; formado o maduro, sino en formaci&oacute;n. Y como se ha dicho que el yo admite dos tipos b&aacute;sicos, var&oacute;n-mujer, es pertinente que madure por separado.</p>     <p><sup><a href="#s43" name="43">43</a></sup> &quot;Amor de madre, que todo lo otro es aire&quot;. Ib&iacute;d., 80.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s44" name="44">44</a></sup> Para intuir a una persona no se necesita aplicar test de personalidad, inteligencia, etc.; tampoco muchos argumentos racionales, sino conocer a nivel de ser. De otro modo: &quot;a la hija muda su madre la ntiende&quot;, FERN&Aacute;N CABALLERO, La familia de Alvareda, Barcelona, Caralt, 1976, 87.</p>     <p><sup><a href="#s45" name="45">45</a></sup> La mayor o menor activaci&oacute;n del h&aacute;bito de sabidur&iacute;a depende de la mayor o menor finura de la respuesta de cada persona a su vocaci&oacute;n, en rigor, de su santidad personal, y es claro que eso no depende de ser var&oacute;n o mujer.</p>     <p><sup><a href="#s46" name="46">46</a></sup> En esto hay que estar de acuerdo con el poeta gaucho: &quot;El que sabe ser buen hijo / a los suyos parece; / y aquel que a su lado crece / y a su padre no hace honor, / como castigo merece / de la desdicha el rigor&quot;, HERN&Aacute;NDEZ, J., Mart&iacute;n Fierro, Buenos Aires, Albatros, 1982, 168.</p>     <p><sup><a href="#s47" name="47">47</a></sup> En torno a la finalidad del matrimonio chocan la concepci&oacute;n cl&aacute;sica, defendida por autores como San Agust&iacute;n o Tom&aacute;s de Aquino, que mantiene que el fin principal es la procreaci&oacute;n, con la contempor&aacute;nea, protagonizada principalmente por la fenomenolog&iacute;a, con autores como Scheler, Hildebrand, etc., que mira m&aacute;s a las personas que se unen, siendo el amor entre ellas el fin primario del matrimonio, Cfr. ILLANES, J. L. &quot;Amor conyugal y finalismo matrimonial (metaf&iacute;sica y fenomenolog&iacute;a en la consideraci&oacute;n    del matrimonio)&quot;, Cuestiones fundamentales sobre matrimonio y familia, Pamplona, Eunsa, 1980, 471-480; ARJONILLO, R. Sobre el amor conyugal y los fines del matrimonio, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1999; GONZ&Aacute;LEZ S&Aacute;EZ, M. Sexualidad y finalidad en la perspectiva del hombre m&aacute;quina, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2000.    <br>   La respuesta a este conflicto, tras se&ntilde;alar que no son escindibles un fin de otro, debe sentar que no cabe amor personal esponsal sin apertura a la paternidad o maternidad, es decir, que &quot;el padre y la madre son-para el hijo, no al rev&eacute;s&quot;, GONZ&Aacute;LEZ-UMERES, L. &quot;Ayudar a crecer&quot;, Anuario Filos&oacute;fico, XXIX (1996), 2, 696.</p>     <p><sup><a href="#s48" name="48">48</a></sup> En caso de que alguno de los dos esposos sea est&eacute;ril, o lo sean los dos, cabe matrimonio, sencillamente porque el hijo no depende ni exclusiva ni fundamentalmente de los padres, pues es claro que como persona depende del Creador, y es obvio que &eacute;l puede educir una nueva persona de gametos inicialmente infecundos (ejemplos sobran), como tambi&eacute;n es manifiesto que ni siempre ni la mayor parte de las veces otorga una nueva persona a la uni&oacute;n de gametos fecundos.</p>     <p><sup><a href="#s49" name="49">49</a></sup> Por eso, los buenos esposos sin hijos propios suelen recurrir a adoptar los hijos de los dem&aacute;s. A la par, como la educaci&oacute;n es segunda respecto de la familia, los buenos esposos sin hijos naturales suelen atender a la educaci&oacute;n de los hijos de otras familias.</p>     <p><sup><a href="#s50" name="50">50</a></sup> Cfr. JUAN PABLO II, Carta a las familias, N<sup>o</sup> 12.</p>     <p><sup><a href="#s51" name="51">51</a></sup> Ilustr&eacute;moslo literariamente: &quot;Ver morir a un hijo es horroroso, indudablemente, pero perderlo sin saber qu&eacute; ha sido de &eacute;l, pensar que no se volver&aacute; a saber de &eacute;l nunca, que esa pobre criatura, tan d&eacute;bil, tan preciosa, que se apretaba contra el coraz&oacute;n con tanto cari&ntilde;o, sufre tal vez, que os est&aacute; acaso llamando sin poder socorrerle... eso sobrepasa todo cuanto pueda imaginarse; ninguna expresi&oacute;n humana sabr&iacute;a describirlo&quot;. ECRCKMANNCHATRIAN, La ladrona de ni&ntilde;os, en Todos los cuentos, vol. II, Barcelona,    Planeta, 2002, 3.</p>     <p><sup><a href="#s52" name="52">52</a></sup> Tambi&eacute;n es miope si el asunto se ve exclusivamente de tejas para abajo, porque &quot;quien hijo cr&iacute;a, oro cr&iacute;a&quot;. CORREAS, G., op. cit., 683.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s53" name="53">53</a></sup> La paternidad espiritual tambi&eacute;n est&aacute; en funci&oacute;n de los hijos espirituales. Y asimismo la uni&oacute;n entre los que pertenecen a unos determinados v&iacute;nculos sobrenaturales est&aacute; en funci&oacute;n de que se acepten m&aacute;s hijos, m&aacute;s vocaciones. Si no hay unidad, no hay vocaciones, pero el fin no es la unidad, sino las vocaciones, sencillamente porque las vocaciones redoblan la unidad.</p>     <p><sup><a href="#s54" name="54">54</a></sup> Por eso, &quot;siempre el provecho com&uacute;n de la Religi&oacute;n Cristiana import&oacute; m&aacute;s que los hijos&quot;. GUILL&Eacute;N DE CASTRO, J. Las mocedades del Cid, Madrid, Taurus, 1988, 141. Correlativamente, siempre el provecho com&uacute;n de la religi&oacute;n (l&eacute;ase filiaci&oacute;n) import&oacute; m&aacute;s que los padres.</p>     <p><sup><a href="#s55" name="55">55</a></sup> Eso es as&iacute;, entre otras cosas, porque &quot;quien tiene un hijo solo, h&aacute;cele tonto&quot;. CORREAS, G., op. cit., 700.</p>     <p><sup><a href="#s56" name="56">56</a></sup> &quot;Pint&oacute; la docta academia / al galard&oacute;n, una dama / rica, y las espaldas vueltas; dando a entender, que en haciendo / el beneficio, es discreta / acci&oacute;n olvidarse d&eacute;l&quot;. CALDER&Oacute;N DE LA BARCA, D. Manuel, La dama duende, Buenos Aires, El Ateneo, 1951, 445.</p>     <p><sup><a href="#s57" name="57">57</a></sup> Recu&eacute;rdese: &quot;La que es mala hija es mala casada&quot;. FERN&Aacute;N CABALLERO, La familia de Alvareda, Barcelona, Caralt, 1976, 48.</p>     <p><sup><a href="#s58" name="58">58</a></sup> La generaci&oacute;n est&aacute; en funci&oacute;n de la educaci&oacute;n. La educaci&oacute;n es superior a la generaci&oacute;n biol&oacute;gica, porque implica no solo el desarrollo de las facultades org&aacute;nicas, sino tambi&eacute;n, y especialmente, la mejora de las facultades inmateriales humanas (inteligencia y voluntad), que son superiores a las corporales, dadas estas &uacute;ltimas por concepci&oacute;n. Por eso tambi&eacute;n es m&aacute;s dif&iacute;cil. En efecto, es m&aacute;s f&aacute;cil tener un hijo que criarlo y educarlo durante tantos a&ntilde;os. Todas estas actividades constituyen, adem&aacute;s, la primera funci&oacute;n social de la familia.</p>     <p><sup><a href="#s59" name="59">59</a></sup> He aqu&iacute; la direcci&oacute;n: &quot;Hay hombres que de su ciencia / tienen la cabeza llena; / hay sabios de todas menas, / mas digo, sin ser muy ducho: / es mejor que aprender mucho / el aprender cosas buenas&quot;, HERN&Aacute;NDEZ, J. Mart&iacute;n Fierro, Buenos Aires, Albatros, 1982, 197.</p>     <p><sup><a href="#s60" name="60">60</a></sup> Cfr. CORREAS, G. Op. cit., 254.</p>     <p><sup><a href="#s61" name="61">61</a></sup> La eficacia, el medir las acciones solo por los resultados, no pocas veces es manifestaci&oacute;n de soberbia, pues &quot;la soberbia humana se paga mucho con las demostraciones de rendimiento&quot;. Sentencias pol&iacute;tico-filos&oacute;ficoteol&oacute;gicas (en el legado de A. P&eacute;rez, F. de Quevedo y otros), Barcelona, Anthropos, 1999, I parte, n. 266, 38.</p>     <p><sup><a href="#s62" name="62">62</a></sup> La educaci&oacute;n nace en la familia. Se educa mejor cuando el amor mutuo de los padres crece y la unidad de los esposos aumenta. La educaci&oacute;n se realiza mejor en familia. La normalidad afectiva, clave para la vida del hombre, se hace ah&iacute;. Los padres se educan para educar a los hijos. La educaci&oacute;n es obra de los dos. Es tarea conjunta y complementaria. Cfr. POLO, L. Ayudar a crecer. Cuestiones de filosof&iacute;a de la educaci&oacute;n, Pamplona, Eunsa, Colecci&oacute;n Astrolabio, 2006, cap. I.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s63" name="63">63</a></sup> &quot;Lo que se aprende en la cuna, siempre dura&quot;. CORREAS, G., op. cit., 467.</p>     <p><sup><a href="#s64" name="64">64</a></sup> La imaginaci&oacute;n en los ni&ntilde;os est&aacute; especialmente vinculada a la afectividad. Hay que ense&ntilde;ar a asociar im&aacute;genes; a tener una imaginaci&oacute;n simb&oacute;lica; a manejarse en asuntos geom&eacute;tricos o de &aacute;lgebra. Por imaginaci&oacute;n aqu&iacute; tambi&eacute;n debe entenderse la memoria y la cogitativa. </p>     <p><sup><a href="#s65" name="65">65</a></sup> Un hombre debe aprender pronto la verdad. &quot;Quien no haya visto    nunca la verdad s&oacute;lo creer&aacute; en el convencionalismo y en el nominalismo,    tambi&eacute;n en la sof&iacute;stica. La verdad es lo primero que disciplina&quot;.    POLO, L., op. cit., cap. II.</p>     <p><sup><a href="#s66" name="66">66</a></sup> Sin verdad no hay disciplina, ni personal ni social. Pero sin disciplina no hay moral. Cfr. Ib&iacute;d., cap. IV.</p>     <p><sup><a href="#s67" name="67">67</a></sup> Cfr. MILL&Aacute;N-PUELLES, A. La formaci&oacute;n de la personalidad humana, Madrid, Rialp, 1989.</p>     <p><sup><a href="#s68" name="68">68</a></sup> Cfr. MART&Iacute;N L&Oacute;PEZ, E. Familia y sociedad, Madrid, Rialp, 1999.</p>     <p><sup><a href="#s69" name="69">69</a></sup> CALDER&Oacute;N DE LA BARCA, P. La devoci&oacute;n de la Cruz, Buenos Aires, El Ateneo, 1951, 594.</p>     <p><sup><a href="#s70" name="70">70</a></sup> Por raz&oacute;n de unidad, la pol&iacute;tica no puede ser el v&iacute;nculo de uni&oacute;n social, porque lo que suele estar vigente en ella es el reparto del poder, lucha por &eacute;l, o el equilibrio de poderes entre partidos, pa&iacute;ses, etc.</p>     <p><sup><a href="#s71" name="71">71</a></sup> Universidad es la comunidad de investigadores cuyo fin espec&iacute;fico es incrementar en cada &aacute;rea el saber superior. Ese fin solo lo puede lograr un grupo de sus componentes: el formado por los profesores. Los otros componentes, a saber, los que gobiernan, los alumnos y las instituciones de servicios, deben estar en funci&oacute;n de los profesores para que se logre el fin, es decir, deben &quot;dualizarse&quot; con ellos, no a la inversa. Cfr. POLO, L. El profesor universitario, Piura, Universidad de Piura, 1994; &quot;Universidad    y sociedad&quot;, en Josemar&iacute;a Escriv&aacute; de Balaguer y la universidad, Pamplona, Eunsa, 1993, 187-196.</p>     <p><sup><a href="#s72" name="72">72</a></sup> GRACI&Aacute;N, B. El Critic&oacute;n, Madrid, C&aacute;tedra, 1980, 359. Por eso, tambi&eacute;n vale en no pocos caso aquello de &quot;habl&eacute; con muchos tenidos por sabios, mas entre muchos doctores no hall&eacute; un docto&quot;. Ib&iacute;d., 360.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s73" name="73">73</a></sup> La crisis de interdisciplinariedad universitaria no hay que achacarla en exclusiva a los diversos especialistas en las diferentes ramas del saber superior, o a los dirigentes de la instituci&oacute;n universitaria, sino especialmente a los fil&oacute;sofos, pues -por anal&iacute;ticos, fenomenol&oacute;gicos, hermeneutas, aspectuales, especializados, etc.- son incapaces de liderar la uni&oacute;n humana existente entre los saberes.</p>     <p><sup><a href="#s74" name="74">74</a></sup> Tambi&eacute;n por ello, &quot;quien no aprende en cabeza ajena har&aacute; aprender a los dem&aacute;s en la suya propia&quot;. CHAUCER, G. Cuentos de Canterbury, Cuento del bulero, Estella, Salvat, 1986, 99.</p>     <p><sup><a href="#s75" name="75">75</a></sup> &quot;En realidad, el misterio del hombre s&oacute;lo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Ad&aacute;n, el primer hombre, era figura del que hab&iacute;a de venir, es decir, Cristo nuestro Se&ntilde;or. Cristo, el nuevo Ad&aacute;n, en la misma revelaci&oacute;n del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocaci&oacute;n&quot;. CV. II, Gaudium et spes, N<sup>o</sup> 22.</p>     <p><sup><a href="#s76" name="76">76</a></sup> La tesis de la correlaci&oacute;n entre el aceptar y el dar es v&aacute;lida en todos los&aacute;mbitos. Por ejemplo, en el de los hijos respecto de los padres, en el del universitario respecto de la Facultad, en el del trabajador respecto de la empresa, en el de los pa&iacute;ses subdesarrollados respecto de los pujantes y de estos respecto de aquellos, etc.</p>     <p>Fecha de recepci&oacute;n: 07-II-2007    <br>   Fecha de arbitraje: 9-III-2007 </p> </font>     ]]></body><back>
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