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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4"><b>El necio desm&aacute;n de matar la muerte</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><b>Jos&eacute; Luis del Barco</b></p>     <p>Universidad de M&aacute;laga, Espa&ntilde;a</p>     <p align="right"><i>El tiempo pasado y el tiempo futuro</i>    <br>     <i>lo que podr&iacute;a haber sido y lo que ha sido</i>    <br>     <i>apuntan a un solo fin, que est&aacute; siempre presente.</i>    <br>     <i>(T. S. Eliot)</i></p>     <p align="right"><i>Ahora, por fin, esa cosa distinguida, la muerte.</i>    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <i>(H. James)</i></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>En el mar de incertidumbres de esta vida, la verdad m&aacute;s segura es la  muerte. Podemos solazarnos con el juego esc&eacute;ptico de poner en  entredicho lo humano y lo divino, pavonearnos de pisotear las grandes  certezas, tildar de dogm&aacute;tica la fe en la verdad o ensalzar la postura  del descre&iacute;do que cree a pie juntillas que todo es mentira. Pero es  vano extender la sombra de la duda sobre "los vertiginosos ojos claros  de la muerte", como dice el verso impecable de Gabriel Celaya. Ante el  filo aguzado de su guada&ntilde;a reculan los titubeos. Tal vez no salga  ma&ntilde;ana el sol ensoberbecido que nos alumbra, pero es segur&iacute;simo que la  Gran Se&ntilde;ora acudir&aacute; puntualmente a la cita. Ignoramos el momento pero  no que acudir&aacute;. <i>Mors certa, hora incerta. </i>Ocioso ser&iacute;a el  recordatorio de tan palmaria certeza si vivi&eacute;ramos despiertos. Pero  vivimos medio dormidos y no o&iacute;mos la voz que anuncia las grandes cosas. <i>Tal vez la especie humana / no puede soportar mucha realidad, </i>canta Thomas Stearns Eliot en el primero de sus <i>Cuatro cuartetos, </i>y  necesita que le recuerden de cuando en cuando la radical e inquietante.  Hacerlo es la misi&oacute;n de la estirpe de los hombres que fundan lo que  permanece. As&iacute; la cumple Jorge Manrique: <i>Recuerde el alma dormida /  avive el seso y despierte / contemplando / c&oacute;mo se pasa la vida / c&oacute;mo  se viene la muerte / tan callando...</i></p>     <p align="center"><i><b>2</b></i></p>     <p>Doblemente cierta es la certeza de la muerte. A la irrefutable de  que nada la frena ni retarda, se a&ntilde;ade la antropol&oacute;gica de que el  bocado de sus fauces voraces es sobre todo el hombre. Bien mirado s&oacute;lo  &eacute;l muere. Los dioses no, dec&iacute;an los griegos, que llamaban a los hombres  "los mortales", y el Dios que es Vida y fuente de la vida triunfa sobre  la muerte. El anuncio deicida de Friedrich Nietzsche, "Dios ha muerto" <i>(Gott ist tot), </i>es  vana palabrer&iacute;a o hablar por hablar. Tampoco el animal muere o muere  m&iacute;nimamente. Est&aacute; instalado en la realidad sin sentir la mordedura del  tiempo. Vive en el instante o en un continuo presente. El pasado no le  duele, ni le causa nostalgia, ni lo evoca entre lamentos como el tramo  o trayecto para siempre ido. No siente que el trecho de la existencia  ya recorrido sea haber muerto parcialmente. Le es ajena la experiencia  de ir muriendo d&iacute;a a d&iacute;a y permanece impasible ante el ayer que se fue.  S&oacute;lo el hombre sabe que ya no es ayer, s&oacute;lo &eacute;l puede decir, como  Quevedo, <i>y muerte viva es, Lico, nuestra vida. </i>La animal no es  as&iacute;. Es atolondrada e inconsciente de que las jornadas ya recorridas  del peregrinar por este mundo son el bot&iacute;n que la muerte expolia a la  vida antes de <i>se acabar e consumir. </i>La estela que deja atr&aacute;s la  nave de la existencia son horas fenecidas mientras contin&uacute;a la  singladura. De ellas se ha ense&ntilde;oreado la muerte insaciable y las ha  incorporado a su reino de olvido. El animal es ajeno a este expolio.  Sobrevive en su medio despreocupado e ignorante de que el pasado ha  pasado a las garras de la muerte.</p>     <p>No muere en vida porque desconoce c&oacute;mo se va haciendo due&ntilde;a y se&ntilde;ora  de la noria de d&iacute;as a sus espaldas ni siente el pinchazo de su aguij&oacute;n  porque ignora que le aguarda al final del camino delante de &eacute;l. Ni  siente la muerte dejada atr&aacute;s ni la que le aguarda. Para &eacute;l es un  trance inexistente durante la estancia corta o larga en la tierra. Su  tarea entretanto es el vivir elemental propio de la especie. Nace,  come, retoza, brinca, se aparea y un buen d&iacute;a se va como vino, en un  breve instante sin gravedad. Nada delata su paso por la tierra y el  mundo no sufrir&aacute; menoscabo por su p&eacute;rdida. Otro miembro de la especie  ocupar&aacute; su lugar sin merma para la vida y ni padres ni prole notar&aacute;n su  ausencia. M&aacute;s que morir desaparece o muere m&iacute;nimamente porque su  t&eacute;rmino es mero cesar.</p>     <p align="center"><b>3</b></p>     <p>El hombre no muere as&iacute;. Su muerte no es una an&eacute;cdota sino un  acontecimiento esencial. Es el eclipse o desaparici&oacute;n de alguien  irreemplazable cuyo sitio en el mundo queda vac&iacute;o cuando se va.  Inminente o lejano, el fin no est&aacute; nunca ausente de nuestra vida. La  raz&oacute;n hay que buscarla en nuestro modo &uacute;nico de vivir en el tiempo. El  tiempo humano es m&aacute;s amplio que el del animal. No es como el suyo mera  sucesi&oacute;n de instantes, sino flujo ancho, dilatado y extendido por  delante y por detr&aacute;s. Junto al ahora ef&iacute;mero, extinguido al llegar,  poseemos el pret&eacute;rito y el porvenir. Tradiciones, proyectos,  evocaciones, planes, nostalgias, ilusiones, arrepentimiento,  renovaci&oacute;n, memoria o sue&ntilde;os revelan c&oacute;mo el hombre despliega la  epopeya de su aventura en la tierra por toda la envergadura de la  extensi&oacute;n temporal. Posee el cauce entero del r&iacute;o del tiempo y lo  empapa todo el caudal. Tan dilatada temporalidad da profundidad  espl&eacute;ndida a nuestra vida y a nuestra muerte. Vivimos m&aacute;s y morimos  m&aacute;s. En todos los tramos del decurso temporal est&aacute; presente la muerte.  En el pasado, como trayecto irrepetible de vida ya incorporado a su  feudo. Las horas ruedan al encuentro de la m&aacute;s grave de todas. Las  transcurridas ya han expirado y las invertidas en cada jornada de la  traves&iacute;a no volver&aacute;n. Sabemos sin error que ir viviendo es ir muriendo  o un continuo despe&ntilde;arse por la pendiente de la decadencia hasta el  &uacute;ltimo ocaso. El espejo atestigua la exactitud de esta verdad  reflejando el deterioro y los estragos o ara&ntilde;azos del paso de los a&ntilde;os.  Los m&uacute;sculos pierden tono, se llena la piel de arrugas, esos senderos  cavados por la azada del tiempo, la fr&aacute;gil agilidad se vuelve lenta  torpeza, los sentidos se embotan, se anquilosan los miembros, las  ilusiones mueren a golpe de desaliento o carcomidas por la rutina del  d&iacute;a a d&iacute;a. Doblan campanas por los tiempos fenecidos. Pero anuncian,  asimismo, que la carroza del viaje &uacute;ltimo aguarda en el futuro. Tambi&eacute;n  en el porvenir descubrimos la presencia ostentosa de la muerte. En el  tiempo incierto por llegar, en el camino por recorrer, sembrado de  dudas e inseguridades, est&aacute; agazapada la certeza segur&iacute;sima de la hora  final. S&oacute;lo ignoramos en cu&aacute;l. "Puedo morir, dice Wittgenstein, dentro  de una hora, puedo morir dentro de dos horas, puedo morir dentro de un  mes o dentro de algunos a&ntilde;os. No puedo saberlo y nada puedo hacer ni a  favor ni en contra: <i>as&iacute; es la vida". </i>Es privilegio del hombre  saber que la zarpa de la muerte tapiar&aacute; un d&iacute;a sus ojos y es  prerrogativa suya prepararse para ella, anticiparla o temerla. El verso  acendrado de F. H&uuml;lderlin lo dice soberbiamente: <i>Pues las aves del  bosque respiran m&aacute;s libremente /pero al humano pecho le colma el  orgullo / y &eacute;l, que barrunta el futuro lejano / ve tambi&eacute;n la muerte y  es &uacute;nico en temerla. </i>La muerte escolta a la vida como la sombra al  cuerpo. Le lanza a todas horas, sobre el pasado y sobre el futuro, en  el camino hecho y en el por hacer, su proyecci&oacute;n de sombra.</p>     <p align="center"><i><b>4</b></i></p>     <p>La muerte, ya se ve, es un asunto ante todo del hombre. S&oacute;lo &eacute;l sabe, dejo hablar de nuevo a Eliot, que <i>en mi comienzo est&aacute; mi fin. </i>La  vida, el rumbo que siga, la hechura que adquiera, el ideal a que se  consagre o el sentido que tenga dependen de ello. Lo que hacemos con la  vida depende sobremanera de qu&eacute; sea la muerte. Cuando se cree que es el  p&oacute;rtico de la nada para siempre, la entrada en el pi&eacute;lago de la  extinci&oacute;n total o el umbral del pudridero donde aguardan los gusanos,  convertimos el vivir en carrera apresurada en pos del disfrute. Como  las horas fugaces no volver&aacute;n, hay que estrujarlas para sacarles el  zumo delicioso del goce. Somos moradores temporales de la tierra e  inquilinos transitorios en su posada de encantos. Hemos de adornarla  con las prendas mejores y m&aacute;s gustosas para que cada segundo de la  breve estancia sea vivido con intensidad. Brindis, burbujas,  decibelios, verbenas, serpentinas, saraos, confetis, v&eacute;rtigo.  Bienvenido es lo que sea. El tiempo huye como exhalaci&oacute;n y hay que  apurar los instantes. Un soplo es la vida. Se va irremediablemente, se  escurre con sigilo como los pies en el hielo, se escapa por los  engarces de la cadena de horas asignada a cada cual como arena entre  los dedos. Para frenar la huida se recurre al placer, un bebedizo de  embaucamiento, que nos atrapa en su red de dicha espuria creando la  ilusi&oacute;n de que se puede vivir la eternidad en cada instante. Mientras  gozamos no o&iacute;mos los pasos sordos del tiempo y confundimos el  aturdimiento con la plenitud de la eternidad. La nerviosa s&uacute;plica de  Nietzsche dirigida al instante para que se haga eterno es fruto de ese  embeleco. Y la desmesura de Fausto de pedir que se detenga es efecto,  asimismo, de su poder de enga&ntilde;o: <i>Verweile doch! Du bist so sch&oacute;n! (&iexcl;Detente! &iexcl;Eres tan hermoso!). </i>El  intento de ocultar la presencia de la muerte apurando hasta las heces  la copa del placer convierte la vida en sierva del hedonismo. &iexcl;Comamos  y bebamos que ma&ntilde;ana moriremos! El ideal hedonista invita al deleite  omn&iacute;modo hasta el &uacute;ltimo aliento porque no hay otra oportunidad. La  &uacute;nica es la vida y se acaba con la muerte. Para aprovecharla al m&aacute;ximo,  hay que agarrar el d&iacute;a, como recomienda Horacio, o vivir distra&iacute;dos de  fiesta en fiesta, como aconseja la sociedad divertida y animada hoy en  boga. Pasarlo bien como sea, que son dos d&iacute;as, o disfrutar mientras el  cuerpo aguante son las grandes consignas de la actual cultura del  espect&aacute;culo. Invita a regodearse antes de que la muerte baje el tel&oacute;n y  concluya la obra e instiga a ver la vida como ocasi&oacute;n para el goce  porque ve en la muerte el ocaso definitivo. &iquest;No vamos a aprovechar la  oportunidad antes de dejar de ser? Eso ser&iacute;a necedad, as&iacute; que vivamos  de espaldas a la muerte, clama el hedonismo, y d&eacute;monos al placer como  si no existiera. Ese ideal de vida ha convertido la muerte en un asunto  tab&uacute; del que est&aacute; prohibido hablar y en el que no hay que pensar. "Los  hombres, dice Pascal, al no haber podido remediar la muerte, la miseria  o la ignorancia, se han puesto de acuerdo, para ser felices, en no  pensar en ella". Si lo hacemos, corremos el peligro de encapotar la  existencia con nubes soturnas de desaz&oacute;n que deprimen el &aacute;nimo e  importunan el regodeo de la verbena. La muerte es una aguafiestas, una  contrariedad o un contratiempo que nos impide tener la fiesta en paz.  "Debe esconderse y esterilizarse, dice M. Allu&eacute;, por el horror que  llega a producir". La represi&oacute;n de la muerte se ha extendido como lenta  met&aacute;stasis por la conciencia contempor&aacute;nea y la sociedad actual la ha  arrinconado donde no se ve. Todo, intimidades, miserias, lances  vergonzosos, secretos de alcoba, se saca a luz, se exhibe y airea. Pero  a ella se la esconde. Mencionarla en p&uacute;blico es imp&uacute;dico o un acto  obsceno. En la cultura banal, fervorosa del permisivismo, es marginada  de la vida p&uacute;blica. Ha sido confinada "detr&aacute;s de las bambalinas de la  vida social", dice Norbert Elias en <i>La soledad de los moribundos. </i>Ponerla  delante encoge el coraz&oacute;n, apoca el &aacute;nimo, frena la expansi&oacute;n de la  voluntad: se malogra el solaz y la atm&oacute;sfera leve donde se liba el  placer. La ideolog&iacute;a hedonista impide a toda costa la visi&oacute;n de la  muerte. Se vive a vista de todos pero se muere a ocultas. El lamento de  B&eacute;cquer, <i>Dios m&iacute;o, &iexcl;qu&eacute; solos / se quedan los muertos!, </i>retumba hoy m&aacute;s que nunca.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center"><b>5</b></p>     <p>El necio af&aacute;n de matar la muerte, o hacer o&iacute;dos sordos a su voz  estent&oacute;rea, para no debilitar el aliento gozador y refocilarse mientras  queden fuerzas, rara vez cumple su promesa dolosa. La id&oacute;latra  exaltaci&oacute;n del placer consigue a menudo lo contrario de lo que busca y  es habitual que se anule a s&iacute; misma. No hace falta ser seguidor de  Schopenhauer, el arisco fil&oacute;sofo del pesimismo, ni compartir su idea  del vivir como negocio que no cubre gastos para percatarse de la  insensatez de poner el sentido de la existencia en optimizar el goce.  La misma vida, con sus golpes y reveses, se encarga de demostrarlo. Una  preocupaci&oacute;n, un dolor inoportuno, un desenga&ntilde;o, un fracaso, la legi&oacute;n  de invisibles amenazas, son diques que detienen la corriente del gozo.  Raras veces corre como corcel sin freno y por lo com&uacute;n refluye opugnado  por la roedura del sufrimiento o el aguij&oacute;n de las desazones. Y, por  fin, la muerte. Por lejana que se vea, su sombra alargada sombrea el  presente, lo enluta e incapacita para gozar sin preocupaci&oacute;n. Si al  hombre el hambre futura le produce hambre ya hoy, como asegura Hobbes,  la muerte venidera le produce muerte hoy. Instalada en cada hora como  guada&ntilde;a en espera frustra sin remedio el plan hedonista. La que fuera  acicate para arreba&ntilde;ar el manjar de las horas se convierte en estorbo  para apurarlas. "Cuando se comprende que la muerte llegar&aacute; forzosamente  un d&iacute;a u otro y que nada quedar&aacute; de nosotros, dice Lievin, uno de los  personajes centrales de <i>Anna Kar&eacute;nina, </i>la obra inmortal de Lev  Tolst&oacute;i, reconocemos nuestra insignificancia y damos a todo un escaso  valor". El mundo y su atractiva oferta de goce palidecen por su culpa.  Ella es la enemiga del vivir jocoso, ensombrece lo que toca, amustia al  nacer los brotes del j&uacute;bilo, hiela la risa en los labios. As&iacute; se  desemboca en la patolog&iacute;a de pensar en ella de manera obsesiva.  Saborear los instantes porque viene la muerte y sentirlos desabridos  porque ya est&aacute; en camino son extremos que se tocan o el haz y el env&eacute;s  de la misma moneda. Si la muerte empuja a los placeres, tambi&eacute;n los  frena en seco. El deslizamiento de una actitud a la otra se produce  insensiblemente. Cuando se impone la seguridad de que les dar&aacute; fin, el  &aacute;nimo se ti&ntilde;e de tono malsano y se da a pensar en ella de modo  enfermizo. He ah&iacute; la paradoja de la postura hedonista frente a la  muerte. Ya es incitaci&oacute;n a apresurar el paso en persecuci&oacute;n del goce  para probarlo todo, ya es ag&uuml;ero de la vanidad del mundo o de que todo  es nada —placer, riquezas, honores— frente a su poder. O se oculta con  el ruido de la m&aacute;quina social o angustia e importuna de forma  enfermiza. En uno y otro caso el desenlace es el mismo: trivializarla,  tratarla a la ligera, hacer de ella algo banal. Recurrir&eacute; a la verdad  de una mentira, al crudo realismo de una ficci&oacute;n, <i>La muerte de Iv&aacute;n Illich, </i>de  Tolst&oacute;i, para ilustrar el desafuero. El "gran escritor de todas las  Rusias", como lo llama Thomas Mann, es un soberbio poeta de la  realidad. Usa el artificio, la f&aacute;bula o la invenci&oacute;n, no para fingir,  sino para expresar verdades inefables con el lenguaje somero de la  l&oacute;gica. Su mirada profunda llega al misterio oculto en las cosas sin  necesidad de fantasear. "Aqu&eacute;l que ve claramente, escribe Stefan Zweig,  no necesita inventar; el que contempla po&eacute;ticamente, novelescamente, no  necesita fantasear. Tolst&oacute;i ha mirado con sus sentidos durante toda su  vida y luego ha plasmado lo que ha visto; no conoce el ensue&ntilde;o, sino la  realidad". La terrible e inhumana de c&oacute;mo la sociedad banaliza la  muerte es el argumento de la narraci&oacute;n. Iv&aacute;n Illich recibe la noticia  de que tiene una enfermedad sin cura. S&uacute;bitamente siente c&oacute;mo se le  hunde el mundo bajo los pies. La inminencia del fin lo aterra y  tortura. No entiende por qu&eacute; es &eacute;l el elegido por el destral de la  parca, cree arbitrario e injusto el dictamen y se desespera. Le es  imposible aceptar el destino, pero sabe &iacute;ntimamente que ha llegado la  hora de enfrentarse con la muerte, "s&oacute;lo con <i>ella, </i>cara a cara con <i>ella, </i>sin tener que hacer nada con <i>ella, </i>sino  mirarla y sentir que se le helaba el coraz&oacute;n". Iv&aacute;n Illich se despe&ntilde;a  por la pendiente del abatimiento mientras a su alrededor contin&uacute;a la  fiesta. Le espera la tartana del &uacute;ltimo viaje y amigos, parientes,  colegas y esposa desenrollan banalmente la madeja de las horas con la  ligereza habitual. Un ambiente superficial, opuesto a la seriedad de la  muerte, envuelve al moribundo. Nada altera la vida de parientes y  amigos. Siguen impasibles jugando cada tarde la partida de <i>whist </i>ajenos  a la idea de que ellos tambi&eacute;n morir&aacute;n. "Esto era, escribe Tolst&oacute;i, lo  que m&aacute;s le torturaba". Familiares y amigos hablan de su muerte con el  mismo tono f&uacute;til, superficial y mundano que usan para describir el  color elegante de los cortinones o el sabor del pescado servido como  entrem&eacute;s. La atm&oacute;sfera mendaz y vac&iacute;a redobla su soledad y le hace  sentirse extra&ntilde;o y sin ning&uacute;n consuelo. El clima de mentira a su  alrededor trivializa "el acto terriblemente majestuoso de la muerte". Y  lo trivializa la mentira existencial que ha sido su vida. Su vida ha  sido huera, mezquina, mediocre, ego&iacute;sta, esclava del disimulo y las  conveniencias. Una y otra agudizan el dolor incisivo de la muerte, pero  la segunda, la existencial, lo hiere con m&aacute;s fuerza. Le hace sospechar  que no ha sabido vivir. La sospecha es terrible y le presenta la muerte  como algo absurdo que no puede asumir. Ha malogrado la vida y le es  imposible aceptar la muerte. "Pero a&uacute;n estaba a tiempo de remediarlo",  escribe Tolst&oacute;i. Ex&aacute;nime y a punto de expirar, piensa en los dem&aacute;s por  primera vez, le duele el dolor ajeno y quisiera aliviarlo. Con la  mirada fija en un punto vago m&aacute;s all&aacute; del tiempo, "busc&oacute; su habitual  miedo a la muerte y no lo encontr&oacute;. &iquest;D&oacute;nde est&aacute;? &iquest;C&oacute;mo es la muerte? No  ten&iacute;a miedo de ninguna clase, porque tampoco ella exist&iacute;a. En vez de la  muerte hab&iacute;a luz". En el umbral del ocaso de la aurora sin ocaso se le  abre de par en par el sentido de la muerte. Un latigazo de  clarividencia, de la luz del sol sin fin que da luz al moribundo en el  instante final, le hace ver que el <i>ars moriendi </i>no es otro que el <i>ars vivendi </i>y  entre ansias de agon&iacute;a descubre que nunca es tarde. "Se ha terminado la  muerte —se dijo—. Ya no existe. Aspir&    oacute; el aire, se detuvo a media  aspiraci&oacute;n y falleci&oacute;".</p>     <p align="center"><b>6</b></p>     <p>No exprimir la vida como orde&ntilde;ador hasta vaciarla, sino llenarla de  significado, permite encarar la muerte sin el despecho hedonista. Si se  malogra la vida, se juzga absurda la muerte; si aqu&eacute;lla es un  pasatiempo, &eacute;sta se oculta; si la una se malrota, la otra se banaliza.  La tarea de encontrar el sentido de la muerte es la misma que encontrar  el sentido de la vida. Los hombres imprescindibles o torres de  humanidad que han sabido encontrarlo hacen de ella un tiempo &uacute;nico que  merece ser vivido con plena profundidad. No desaprovecharon un solo  segundo de su duraci&oacute;n ef&iacute;mera e hicieron que la muerte futura tuviera  un sentido emancipador. Dieron a cada instante dimensi&oacute;n infinita, no  porque los narcotizara el goce que procura, sino porque les permit&iacute;a  llenarlo de vida plena. Ocasi&oacute;n para una obra de plenitud ve en cada  segundo el condenado a muerte de <i>El idiota, </i>de Dostoievski. "&iquest;Y  si me fuera dado, se pregunta, seguir viviendo? &iexcl;Qu&eacute; eternidad y toda  para m&iacute;! De cada minuto har&iacute;a un siglo, aprovechar&iacute;a cada segundo,  contar&iacute;a cada instante y no desperdiciar&iacute;a ni uno solo". Cuando la  muerte es est&iacute;mulo para la vida, &eacute;sta adquiere el valor de lo  irrepetible: su finitud la potencia; cuando lo es para el goce, ese  c&aacute;ntaro horadado como el de T&aacute;ntalo, que se vac&iacute;a al llenarlo, tiene un  efecto mort&iacute;fero y resulta insoportable. Mortificadora es para el  protagonista de <i>Vivir, </i>la pel&iacute;cula de Kurosawa, cuando ve que  se acerca. Un despiadado c&aacute;ncer de est&oacute;mago lo llevar&aacute; a la tumba  pronto y, mientras llega el abrazo de la sepultura g&eacute;lida, piensa con  dolor en su existencia absurda. Reflexiones desasosegadas sobre el fin  de todo lo ponen cara a cara frente a esta verdad: su vac&iacute;o vivir le  hace insufrible morir. "Yo no puedo morir todav&iacute;a —dice—. No s&eacute; para  qu&eacute; he estado viviendo todos estos a&ntilde;os". La muerte le parece una  sinraz&oacute;n al examinar la sinraz&oacute;n de su vida y se hunde en angustiosas  tribulaciones que agrandan su soledad. Busca con inquietud respuestas a  las preguntas sobre la vida y la muerte, y los amigos de anta&ntilde;o guardan  silencio. Pero no todo es mutismo a su alrededor. Un escritor por  encargo de noveluchas intrascendentes va a atender su atormentada  s&uacute;plica. Le hace ver que la muerte hace de la vida un soplo, pero un  soplo capaz de alzarse a cotas eternas llen&aacute;ndose de sentido. La  finitud de la vida permite que el hombre disponga de ella como una  totalidad. Es un tiempo en nuestras manos. Disponer de &eacute;l para el logro  de los fines humanos nos hace libres. "Hasta hace poco, dice el  escritor al enfermo, usted ha sido esclavo de la vida, pero ahora va a  ser su due&ntilde;o". Ser esclavo de la vida es la esclavitud m&aacute;s opresora e  indigna. No un aut&oacute;crata, el dinero, la lujuria o la envidia nos  tiraniza, sino el tiempo asignado a cada cual para fecundar la tierra.  De esa f&eacute;rrea tiran&iacute;a puede liberarnos la conciencia de la muerte. El  acabamiento da un privilegio a los seres humanos que no tiene el  animal. Nos pone ante la tarea de destinar nuestro tiempo y de  destinarnos nosotros mismos y eso nos permite ejercer la forma m&aacute;s alta  de libertad. Saber que pronto o tarde habremos de morir da a la vida un  aire serio. Si no tuviera final, podr&iacute;a despreocuparme de hacer de ella  una obra bella o una irrisi&oacute;n. La infinitud por delante convertir&iacute;a en  huecas tales desazones. No nos inquietar&iacute;a la turbadora pregunta de  Walt Whitman: <i>&iquest;Dejar&aacute;s que tu propio fruto se pudra en ti?" (Will you rot your own fruit in yourself there?). </i>Pero  la vida tiene final. Dura un tiempo breve y he de empu&ntilde;ar las riendas  de la existencia para evitar que se hunda en la bancarrota. El  despilfarro mayor es dejarla pasar sin hacer algo con ella y resulta  insoportable cuando se acerca la muerte. Iv&aacute;n Illich y el protagonista  de la pel&iacute;cula de Kurosawa encarnan la pavorosa tragedia de morir  ignorando por completo qu&eacute; significa vivir. Pero tambi&eacute;n la ense&ntilde;anza  de morir con sentido. Ambos moribundos descubren la universal sabidur&iacute;a  imperecedera en la &uacute;ltima agon&iacute;a. La vida es un soplo, breve duraci&oacute;n  tasada, que serena en la hora dif&iacute;cil de la muerte cuando se ha vivido  de forma plena.</p>     <p align="center"><b>7</b></p>     <p>Vivir plenamente es una tarea al alcance de todos. Consiste en hacer  algo resistente al paso del tiempo. La noria recoge agua en los  cangilones, pero no es seguro que riegue la tierra o humedezca el  campo. A veces se desperdicia y a veces se evapora. La rueda de la  existencia trae, como la noria, la asignaci&oacute;n de horas de cada cual que  fecundan o marchitan la vida. En ocasiones dejan tras de s&iacute; obras  perdurables, y en ocasiones, nada. He ah&iacute; el tremendo dilema  existencial del que depende el modo de encarar la muerte. Es insufrible  y absurda cuando clausura una vida absurda, y coronamiento de la  existencia cuando con ella se cumple la indomable aspiraci&oacute;n del  coraz&oacute;n humano a dejar vestigios con valor de eternidad. Cualquier obra  resistente al paso del tiempo, no solamente aqu&eacute;llas de las que la  humanidad guarda perpetua memoria, lo tiene en sumo grado. Hallar o  comprender una verdad, la m&aacute;s simple y sencilla, significa acceder a un  &aacute;mbito intemporal, pues la verdad, la dimensi&oacute;n eterna de las cosas, es  inmune al flujo corrosivo del antes, el ahora y el despu&eacute;s. Las cosas  son temporales, pero no su verdad ni el trato humano con ella. Tampoco  lo es la belleza, la inutilidad espl&eacute;ndida, mustio reflejo de lo ideal,  brisa de esplendor que llega a este mundo de m&aacute;s all&aacute; de la tumba y que  el hombre persigue por su vocaci&oacute;n de inmortalidad. "Es ese admirable,  ese inmortal instinto de lo bello, escribe Baudelaire en su estudio  sobre Gautier, el que nos lleva a considerar la tierra y sus  espect&aacute;culos como un compendio, como una correspondencia del Cielo. La  sed insaciable de todo lo que est&aacute; m&aacute;s all&aacute; y que revela la vida es la  m&aacute;s viva prueba de la inmortalidad". El bien resiste, asimismo, con m&aacute;s  eficacia a&uacute;n que la verdad o la belleza, la furia devastadora del  hurac&aacute;n del tiempo. La bondad no muere. <i>Only the good is universal (s&oacute;lo el bien es universal), </i>dice Whitman en <i>Birds of passage. </i>El  mundo la recuerda desde tiempo inmemorial y la recordar&aacute; en el tiempo  futuro. Ofrecer la mano extendida, velar el sue&ntilde;o de un ni&ntilde;o para que  no tenga miedo, un favor sin recompensa, dar compa&ntilde;&iacute;a, el olvido de una  ofensa, no mirar el reloj cuando alguien nos pide tiempo, caldear un  coraz&oacute;n y un cuerpo arrecidos, una palabra, un gesto, cualquier acci&oacute;n  servicial por peque&ntilde;a que sea, no s&oacute;lo las heroicas, hacen mejor para  siempre el mundo aunque nadie lo vea. Los actos generosos humanizan la  tierra y su eficacia liberadora resiste el paso del tiempo. Ver  acercarse la muerte con las manos vac&iacute;as de afanes intemporales,  victoriosos o vencidos, espanta a Iv&aacute;n Illich. Cree que es absurdo  morir, un colof&oacute;n insufrible de la odisea del hombre en la tierra,  despu&eacute;s de un vivir vac&iacute;o, cuyas huellas borrar&aacute; pronto el tiempo, y  clama por uno pleno, para lo que nunca es tarde, inmune al veneno  anonadador de su dentellada aniquiladora. Tal vez entreviera, como  revela el hecho de que en el &uacute;ltimo instante el blanco de su mira fuera  el otro, que el amor resiste el golpe del hacha del tiempo y no lo  derriban sus tajos secos. Amar es vencer completamente el tiempo. El  que ama ratifica en la existencia al amado y se ratifica a s&iacute; mismo en  ella. Ambos se apuntalan con entibos fuertes capaces de resistir el  v&oacute;rtice del tiempo. La inmortalidad del amor, cantada por Quevedo en  inmarcesibles versos, hunde sus ra&iacute;ces en el poder humano de vencerlo  amando. <i>Fuego a quien tanto mar ha respetado / y que, en desprecio  de las ondas fr&iacute;as, / pas&oacute; abrigado en las entra&ntilde;as m&iacute;as, / despu&eacute;s de  haber mis ojos navegado, / merece ser al cielo trasladado, / nuevo  esfuerzo del sol y de los d&iacute;as; / y entre las siempre amantes  jerarqu&iacute;as, / en el pueblo de luz, arder clavado. </i>Cuando amamos resuena lo eterno en el tiempo y la vida adquiere la plenitud de la eternidad. <i>El amor, como la luz, lo envuelve todo silenciosamente (Love like de light silently wrapping all), </i>dice  Walt Whitman. La vida es simulacro de vida cuando no es ba&ntilde;ada por esa  luz. Se vive realmente, no de mentira o en apariencia, s&oacute;lo el tiempo  que se ama. La vida es aut&eacute;ntica y genuina, no imitaci&oacute;n de cart&oacute;n  piedra, mientras se ama. Lo dem&aacute;s es pasar. Recurrir&eacute; al lenguaje  po&eacute;tico, cuyo al&iacute;gero dardo apunta a regiones inefables, para expresar  la idea. <i>Ya no hay en m&iacute; lamentos. Tras sentir admirado / tu amor  un solo instante, mi voz canta con br&iacute;o: / un instante he vivido, pues  un instante he amado. </i>Vida cumplida, forjadora de obras  invulnerables al paso del tiempo —bien, verdad, belleza, amor— invocan  como auxilio el h&eacute;roe de Kurosawa e Iv&aacute;n Illich en la hora solemne de  la muerte.</p>     <p align="center"><b>8</b></p>     <p>Morir dignamente es lo apropiado al hombre, porque la muerte es un  asunto humano. La dignidad, ese valor no venal de los seres personales,  es distintivo humano de principio a fin. Nunca se le borra y jam&aacute;s lo  pierde. Pero est&aacute; amenazado y abundan las situaciones en que es objeto  de escarnio y se pisotea. Una de las m&aacute;s terribles, por ser la m&aacute;s  indefensa, sea tal vez la muerte. En la sociedad actual, infectada por  el virus del utilitarismo, se ha propalado la idea de que el valor de  la vida es condicional e incluye ciertos requisitos. Vale mientras  rinda las debidas prestaciones. Es digna de vida, tiene valor superior  que amparar y enaltecer, conserva la dignidad, mientras sea capaz de  gozar y producir. Val&iacute;a, cuando robliza y rebosante de salud, era un  volc&aacute;n de actividad productiva con energ&iacute;a sobrante para darse al  disfrute. Nada de ello queda ahora al moribundo ex&aacute;nime a las puertas  de la muerte. La irrecuperable p&eacute;rdida entra&ntilde;a la abolici&oacute;n de la  dignidad. He ah&iacute; la afrenta a la vida de la ideolog&iacute;a utilitarista. La  vejaci&oacute;n descansa en el terrible olvido de que la muerte es un asunto  humano. S&oacute;lo el hombre muere. Su sino es morir a la par que va viviendo  y definitivamente en la hora final. La muerte es un acontecimiento  genuino del ser humano, pero no colectivo, sino de cada uno. Su  car&aacute;cter inalienablemente personal permite, como hace Rilke en <i>El libro de la pobreza y de la muerte, </i>elevar a Dios la s&uacute;plica: <i>Se&ntilde;or, da a cada cual la muerte que le es propia. </i>En  el acto supremo de la vida la dignidad no puede estar ausente. Es  escarnio inhumano violarla en cualquier hora y, en la m&aacute;s grave de  todas, atentado insensible contra el ser personal. Nada s&eacute; decir sobre  el auxilio del m&eacute;dico a morir con dignidad. El sabe mejor que nadie  c&oacute;mo aliviar el dolor y la angustia infinitos de la &uacute;ltima agon&iacute;a. Es  cirineo que emplea la sabidur&iacute;a del arte y ciencia m&eacute;dicos para mitigar  los tormentos de la partida. Sin su cuidado sol&iacute;cito, ayuda y desvelo,  ser&iacute;a dif&iacute;cil morir en forma digna. Pero la muerte no es s&oacute;lo fin  biol&oacute;gico de un organismo. Tambi&eacute;n es fin biogr&aacute;fico, conclusi&oacute;n de la  existencia, acabamiento de alguien personal. Si fu&eacute;ramos capaces de dar  sentido al trance, sabr&iacute;amos c&oacute;mo morir dignamente. Creo, como he dicho  antes, que es absurdo e insoportable cuando la vida ha sido vivir vac&iacute;o  sin significado, y que se afronta con serenidad cuando obras  resistentes al paso del tiempo la han llenado de sentido. Todo lo que  se le d&eacute; ayudar&aacute; a bien morir y m&aacute;s que nada el origen del sentido  pleno al que eleva la fe.</p>     <p><b>Recibido: </b>2009-10-22    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <b>Aceptado:</b> 2010-26-02</p> </font>      ]]></body>
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