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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El cadáver como texto estético: Avatares semióticos de la necroscopia]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Taking the artistic performance "Bodily worlds" as a principal reference from the german doctor Gunther Von Hagens, an effort is advanced to interpret the textual event inside some conceptual tracks of the psychoanalysis. The museum-like vision of the corpse acts as a mirror of the human body across which the spectator satisfies his/her drive of death. The enjoyment, that surplus of the visual clash with this type of esthetic text, provokes a close relationship with a wish to know about the human being that its accepted or rejected by the spectator desires.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="2">     <p  align="right"> <b>ART&Iacute;CULOS</b></p>      <center>       <p>     <font size="4" face="Verdana"><b>   El cad&aacute;ver como texto est&eacute;tico   (Avatares semi&oacute;ticos de la necroscopia)</b></font></p>       <p>     <font size="3" face="Verdana"><i> <b>The corpse of aesthetic text (Semiotic Journeys of Necropsy)</b> </i></font></P> </center>      <p>   <b> Eder Garc&iacute;a Duss&aacute;<a href="#*">*</a></b></P>     <p>   <a name="*"> *</a> Profesor de la Universidad de La Salle. <a href="mailto:edergarciad@yahoo.com"> edergarciad@yahoo.com</a></P>     <p> Art&iacute;culo recibido el 31 de julio de 2007 y aprobado el 31 de octubre de 2007</P> <hr size="1">      <p> <b>Resumen:</b></P>     <p>   Tomando como referencia principal el performance art&iacute;stico <i> Mundos corporales   </i> del m&eacute;dico alem&aacute;n Von Hagens, se adelanta un esfuerzo por interpretar el suceso textual dentro de algunas pistas conceptuales del psicoan&aacute;lisis. La visi&oacute;n museizada del cad&aacute;ver act&uacute;a como un espejo del cuerpo humano a trav&eacute;s del cual el espectador satisface una pulsi&oacute;n de muerte. El goce, ese excedente del enfrentamiento visual con ese tipo de texto est&eacute;tico, suscita una relaci&oacute;n estrecha con un querer-saber sobre (el) ser humano que, a la postre, se acepta o se rechaza a voluntad del espectador.</P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p> <b> Palabras clave:</b> Performance art&iacute;stico, goce esc&oacute;pico, pulsi&oacute;n de muerte, sociabilidad de la mirada, ready made.</P>  <hr size="1">      <p> <b> Abstract</b></P>     <p> Taking the artistic performance &quot;Bodily worlds&quot; as a principal reference from the german doctor Gunther Von Hagens, an effort is advanced to interpret the textual event inside some conceptual tracks of the psychoanalysis. The museum-like vision of the corpse acts as a mirror of the human body across which the spectator satisfies his/her drive of death. The enjoyment, that surplus of the visual clash with this type of esthetic text, provokes a close relationship with a wish to know about the human being that its accepted or rejected by the spectator desires.</P>      <p> <b> Keywords:</b> Artistic performance, scopic enjoyment, dead pulse, glance sociability, ready-made.</P> <hr size="1">     <p><b> El acontecimiento</b></p>     <p> El m&eacute;dico alem&aacute;n Gunther von Hagens, de la Universidad de Heidelberg, ha sorprendido con un extra&ntilde;o espect&aacute;culo de cad&aacute;veres genuinos <i> ordenados art&iacute;sticamente</i> y que ha llamado, desde 1996, <i> Mundos corporales</i>. La controversia no se ha hecho esperar y las cr&iacute;ticas se concentran en evaluar el <i> performance </i> art&iacute;stico como &quot;macabro&quot;, y &quot;morboso&quot;. A pesar de ello, la colecci&oacute;n de 175 partes del cuerpo y 25 cad&aacute;veres, se ha presentado en muchas naciones, entre ellas Alemania, Jap&oacute;n, Suiza, Austria y Estados Unidos. Por ejemplo, s&oacute;lo en Tokio, en marzo de 2003, reuni&oacute; 2,022.653 de visitantes, con similar n&uacute;mero en Austria. Sorprende constatar que, en total, la asistencia ya sobrepasa la cantidad de 17 millones de visitas en muchos pa&iacute;ses. Gunther Von Hagens no se cansa de justificar la intenci&oacute;n art&iacute;stica de su muestra, afirmando el valor pedag&oacute;gico de esta incursi&oacute;n en la &quot;belleza interna&quot; del cuerpo; al respecto advierte que esa forma de mostrar el cuerpo <i>recuerda la mortalidad del ser humano de una forma decente, no alarmante</i>.</P>     <p> Entre las piezas exhibidas, llama la atenci&oacute;n la comparaci&oacute;n que puede hacerse de un h&iacute;gado sano frente a uno con cirrosis o estas dos muestras, contrastando con otro que deja ver los efectos de met&aacute;stasis cancerosa en sus tejidos. Se puede apreciar, tambi&eacute;n, un jinete con el cr&aacute;neo partido en dos y los m&uacute;sculos del cuerpo afinadamente tensados, o un cad&aacute;ver apoyado sobre la cadera y con el vientre abierto mostrando los entresijos, el cuerpo diseccionado de una mujer embarazada de ocho meses que deja ver el feto muerto en su propio vientre o, incluso, un cad&aacute;ver que lleva en el brazo extendido su propia piel, como si se tratase de un vestido del que se acabara de remover y que evoca la imagen del ap&oacute;stol San Bartolom&eacute;, tal como lo represent&oacute; Miguel &Aacute;ngel en el fresco del<i> Juicio Final</i> (15361541) y que reposa en la Capilla Sixtina.</P>     <p> Pues bien, cuatro siglos despu&eacute;s de la representaci&oacute;n art&iacute;stica del m&aacute;rtir Bartolom&eacute;, se distingue &quot;en vivo y en directo&quot;, una presentificaci&oacute;n similar, y tambi&eacute;n en el marco de lo art&iacute;stico: &quot;arte anat&oacute;mico&quot;, sin m&aacute;s. El agua y los l&iacute;pidos de esos cuerpos exhibidos por el alem&aacute;n son una resina el&aacute;stica de silic&oacute;n y r&iacute;gidos de ep&oacute;xicas, que los dejan ver en su textura y color reales, son inodoros y no emiten efluvios horripilantes; a&uacute;n m&aacute;s, se pueden colocar en cualquier rinc&oacute;n del museo o de la casa. Por ejemplo, est&eacute;ticamente dispuesto para adornar, el nieto podr&aacute; ver a su abuelo, o cualquier ancestro amado como un accesorio m&aacute;s de la sala de reposo. As&iacute; las cosas, el cuerpo, sin el peligro de que se muestre como la sustancial talega de excrementos que es, se plastifica para que los vivos lo podamos percibir, pr&iacute;stino y jovial... &iexcl;Una aut&eacute;ntica algarab&iacute;a! S&iacute;, porque final-mente va en contra de la convenci&oacute;n occidental de que lo valioso, el &quot;gran tesoro del cuerpo&quot;, una vez est&aacute;tico, debe permanecer escondido. He aqu&iacute; la intrepidez de Von Hagens: profanar lo sagrado, cuyo destino es permanecer o-culto y quiz&aacute; por esto es f&aacute;cil colocarlo como objeto de culto.</P>     <p> Comencemos de nuevo. Hay cad&aacute;veres que no tienen el fin de ser sepultados para, as&iacute;, conservarlos simplemente en la memoria; sino que ahora se los sustrae de su ausencia predilecta como entes reales y se hacen circular en la l&oacute;gica de los objetos est&eacute;ticos. Sin duda, es una moderna forma de profanar los cuerpos inertes, con el permiso que ofrece una cierta est&eacute;tica actual, que cada vez m&aacute;s tiende a mostrar lo privado como p&uacute;blico y lo sagrado como profano, haciendo que se intente satisfacer una curiosidad sobre la que han ca&iacute;do tantas advertencias, a saber: las entra&ntilde;as.</P>     <p> Ahora bien, antes de conocer el <i> performance</i> de Von Hagens, no hab&iacute;a curioseado sobre la causa de la sepultura de cad&aacute;veres. Ni siquiera se me hab&iacute;a insinuado la cuesti&oacute;n con la exagerada atenci&oacute;n que presto a los especiales de <i> Discovery Channel</i> sobre la serie &quot;Autopsia de una momia&quot;. Sin embargo, ahora, parece la pregunta fundamental. Ciertamente, el hecho de que se crea que existe un <i> m&aacute;s all&aacute;</i>, confundido con una visi&oacute;n dualista del ser humano (<i>psique y soma</i>), servir&iacute;a para satisfacer la pregunta; sin embargo, aqu&iacute; las posturas antropol&oacute;gicas sobre los ritos funerarios de tr&aacute;nsito quedan invertidas y el cad&aacute;ver, ahora plastificado, descansa en el <i> m&aacute;s ac&aacute;</i>, sin importar mucho qu&eacute; pasa con su alma. El conjunto de beneficios sobre este hecho es apenas sospechable, siendo lo &uacute;nico cierto el hecho de que muchos espectadores sienten el &iacute;mpetu de ver el cuerpo humano eternizado en la muestra de Von Hagens, aunque luego se estremezcan al reconocer su funcionamiento interno, ese cuerpo interno tan... extra&ntilde;amente familiar (<i>Das Unheimliche</i>: lo ominoso). As&iacute; que habr&aacute; que salir del campo de la antropolog&iacute;a e internarse en la selva de algunos conceptos de la psicolog&iacute;a profunda para intentar satisfacer alguna aproximaci&oacute;n interpretativa sobre el asunto en cuesti&oacute;n.</P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> <b> Del cad&aacute;ver a su est-&eacute;tica: avatares semi&oacute;ticos del texto necrosc&oacute;pico</b> </p>     <p>En septiembre de 1895 el joven Sigmund Freud, en su <i> Esbozo de una psicolog&iacute;a para neur&oacute;logos</i>, concibe al sujeto como una m&aacute;quina (al igual que el fisi&oacute;logo belga Vesalio) cuya directriz de funcionamiento es un principio regulador de equilibrio, llamado &#39;El principio del placer&#39;. Con Von Hagens esto es un hecho visual. Tal intuici&oacute;n de Freud es de orden est&eacute;tico: el bien mayor que debe alcanzar el sujeto es la satisfacci&oacute;n de sus deseos, de lo contrario alcanza su descomposici&oacute;n. Lo bueno es lo bello. Pero el Freud de 1920 es otro; en su magno texto <i> M&aacute;s all&aacute; del principio del placer</i>, algo se impone a su teor&iacute;a: existe un fen&oacute;meno interno que atenta contra el aparato mismo, que azuza destrucci&oacute;n, con lo cual se inserta en el aparato ps&iacute;quico la entrop&iacute;a. Se introduce as&iacute; en la m&aacute;quina humana el mal. Freud lo llama &quot;pulsi&oacute;n de muerte&quot;, ser m&iacute;tico y magno en su indeterminaci&oacute;n. El resultado es que Freud no puede no evitar sacar a la luz la ley que mueve al sujeto: el ser humano no busca el placer, sino el dolor. Si esto es aceptable, entonces, se debe corregir: el sujeto busca placer en el dolor. Esta tendencia fue llamada por Freud &quot;masoquismo primordial&quot;, colocada en su justo lugar en el mundo como el verdadero motor del cuerpo humano.</P>     <p> Jacques Lacan, el psicoanalista franc&eacute;s que tuvo por tarea releer a Freud desde las nociones saussurianas, le da otro nombre: <i>goce</i>. Y actualiza la &eacute;tica freudiana al preguntar: &quot;¿has actuado conforme a tus deseos?&quot;. <i> Goce</i> para Lacan es &quot;la satisfacci&oacute;n de una pulsi&oacute;n&quot; (Lacan, 1988). El goce es la acci&oacute;n de <i> reparar</i> un d&eacute;ficit org&aacute;nico, es la b&uacute;squeda al no-ser, la aspiraci&oacute;n de ser-nada, de estar tranquilo porque se llega a pensar que no hay nada m&aacute;s que saber; porque se piensa que se ha profanado suficientemente el para&iacute;so y ya nada m&aacute;s hay que hacer. En tal sentido, el goce es l<i>a satisfacci&oacute;n de la pulsi&oacute;n de muerte</i>. A partir de ese descubrimiento se cierra el camino de regreso a lo-real y s&oacute;lo queda el del destierro y la habitaci&oacute;n en el lenguaje. Por eso muchas hist&eacute;ricas reemplazan el comercio carnal por un discurso: &quot;h&aacute;blame, dime&quot; (<i>parler pour</i>), porque en los dos casos se suspende el deseo, hay goce parcial, hay satisfacci&oacute;n de la pulsi&oacute;n de muerte. Estas ideas permiten mantener nuestra cuesti&oacute;n dentro de la concepci&oacute;n est-&eacute;tica: el sujeto no escudri&ntilde;a su bien, sino su mal: busca placer en lo malo. Tal como afirma Morales Ascencio: &quot;Hay mucho m&aacute;s placer en hacerse y hacer el mal que en el bien&quot; (Morales, 1996). Esta es la mala nueva, pero con antiqu&iacute;simas ra&iacute;ces. Para los griegos hay marcas de maldad en el cuerpo, considerado la c&aacute;rcel del alma. Mucho m&aacute;s tarde el fraile Mart&iacute;n Lutero, en el siglo XVI, recordaba que el hombre es malo por naturaleza, es pecaminosidad constitutiva. El pecado original se hereda, por abrazarse a &eacute;l y hacerlo suyo. Incluso, a&uacute;n muchos j&oacute;venes consideran el autoerotismo un acto malo; el cuerpo integra la perversidad y &quot;el sexo es mal consejero&quot;, porque gozar a trav&eacute;s del cuerpo es manipular la sustancia que mueve la concupiscencia. Pero, el deseo tiende al mal y, abstenerse de hacerlo es renunciar a &eacute;l mismo, motor de todo sujeto, pues ¿qu&eacute; mejor prueba de no-ser, que no-desear?</P>     <p> Lacan insiste en estas ideas al afirmar que &quot;(...) El mal est&aacute; en lamateria. Pero el mal tambi&eacute;n puede estar en otro lado (...) El mal puede estar en la cosa, en tanto ella mantiene la presencia de lo humano&quot; (Lacan, 1988). La cosa, <i> Das Ding</i>, aquel vac&iacute;o que, invocando la materia significante, es marcado por ella, se mueve entre lo real y lo simb&oacute;lico, y puesta como vac&iacute;o, precipita la realizaci&oacute;n est&eacute;tica. En otros t&eacute;rminos, <i>la (pulsi&oacute;n de) muerte</i>, toma la v&iacute;a de la creaci&oacute;n. Freud relaciona la creaci&oacute;n no con la cosa, sino con las cosas, <i> Die sache</i>, movida por la sublimaci&oacute;n; es decir, aquel destino de la pulsi&oacute;n (de muerte) que convierte un fin sexual en un fin social. Y all&iacute; coloca el arte, la religi&oacute;n y la ciencia. Lacan coloca preferentemente la palabra (<i>la lengua</i>). La palabra es la muerte de la cosa que ella nombra, tal como lo sugiere Borges en su hermoso poema El Golem. Hablar o escribir, entonces, es una respuesta ante la muerte, y la respuesta siempre es una creaci&oacute;n ( <i> j&#39;oui sens</i>, es decir, <i>jouissance</i>). La palabra crea la cosa. Pero, parad&oacute;jicamente, la cosa, una vez nominada, deja de importar porque ya puede dominarse con la palabra que la representa: <i> En la palabra rosa est&aacute; la rosa, y todo el r&iacute;o Nilo en la palabra Nilo</i>. Y sabido es que, en el orbe humano, pre&ntilde;ado de actos simb&oacute;licos, el olvido es la mejor forma de matar. El horror de la muerte es su recuerdo nost&aacute;lgico; mientras la muerte radical consiste en que ya ni se recuerde su nombre o un nombre cualquiera.</P>     <p> Hora de precisiones. Una vez se ha reconocido el terreno de la pulsi&oacute;n de muerte, se justific&oacute; la vertiente est&eacute;tica del placer. Este recorrido llev&oacute; a las costas del mal y esto al lugar donde la creaci&oacute;n y las cosas (<i>Die Sache</i>) se relacionan. Finalmente, con Freud se reconoce otro terreno: la sublimaci&oacute;n, aquel acto donde las pulsiones (<i>Triebe</i>: Eros, T&aacute;natos), se evidencian en fines ya no sexuales sino sociales ¿C&oacute;mo anudar todo este vericueto conceptual? El ombligo del asunto puede verse en la cuesti&oacute;n: ¿c&oacute;mo puede sostenerse la relaci&oacute;n de la creaci&oacute;n con el mal? Desde la perspectiva freudiana la r&eacute;plica es: porque hay posibilidad de crear, de con-figurar eventos culturales: &quot;El acto creador, en tanto produce una innovaci&oacute;n, introduce un desorden. Crear es desordenar y tambi&eacute;n desobedecer&quot;(Morales,1996).Y, al crear, creando tambi&eacute;n desorden a lo ya dado, se usa la materia, fuente del mal. Es por eso que crear se acomoda en el mismo orden de lo maligno. Al transformarse la materia, &eacute;sta refleja su fuente maligna. As&iacute; las cosas, el origen de la creaci&oacute;n tiene que ver con la muerte y el mal, pues lo que se sublima en la manipulaci&oacute;n creadora es, finalmente, la <i> pulsi&oacute;n de muerte</i>. Eso se traduce en un cierto goce, en fruici&oacute;n. Sin m&aacute;s rodeos: ante la pulsi&oacute;n de muerte (T&aacute;natos), emerge la creaci&oacute;n (Eros). Cosa rara en apariencia: Eros, que es uni&oacute;n, surge de la pulsi&oacute;n de muerte-sublimada, del caos, de la desarticulaci&oacute;n. Por tanto, la pulsi&oacute;ndemuerte no mata, sino que vivifica, eterniza, hace volver a comenzar, crea nuevas l&oacute;gicas.</P>     <p> Si esto est&aacute; bien re-flexionado, entonces habr&aacute; que cobijar otra premisa: el concepto de creaci&oacute;n no excluye la presencia de la muerte, sino que justamente la con-tiene como germen. Con lo que se comprende que este rodeo fue importante en la medida en que Von Hagens promueve una est&eacute;tica, una est&eacute;tica de la muerte. Muerte, porque la escultura es la muerte de la piedra; la m&uacute;sica, la muerte del silencio, etc. Pero, y he aqu&iacute; lo novedoso del <i> performance</i> de Von Hagens: sus modelos son la muerte del cuerpo humano muerto. Mostrar un cad&aacute;ver es ponerlo ante la muerte para exorcizarla. El <i> performance Mundos corporales</i>, entonces, como experiencia est&eacute;tica, al colocar el cuerpo, el textocad&aacute;verplastinado mata la cosa que representa: la muerte. Claramente, estamos entendiendo que es una muerte de la muerte. Es decir, la plastinaci&oacute;n insiste en que la presencia som&aacute;tica del cuerpo muerto sea magnificada como una eternidad y vista como un objeto-fetiche, sirve para gozar. Poner la muerte muerta es la forma en que Von Hagens anuda de otro modo un goce: hace del goce desaforado de la pulsi&oacute;n de muerte, un goce que puede incluirse en el espectro de un sentido est&eacute;tico.</P>     <p> As&iacute; las cosas, antes que detenerse en pensar el acto funerario como un &quot;rito de paso&quot;, basado en la creencia religiosa de un <i> m&aacute;s all&aacute;</i>, lo que muestra Von Hagnes es un <i> m&aacute;s ac&aacute;</i>, cruzado por la idea de que, viendo un cad&aacute;ver, se levanta un goce esc&oacute;pico de la muerte: <i> se profana ya no el cuerpo, sino el l&iacute;mite de lo que a ojos vista, se ofrece</i>, tal como lo pens&oacute; alguna vez el psicoanalista franc&eacute;s Charles Melman. Y lo que se ofrece no es una representaci&oacute;n que evoca la muerte,sino una presentaci&oacute;n lograda y por fin manipulable que permite satisfacer la pulsi&oacute;ndemuerte, a pesar de lo ominoso de la experiencia. A falta de poder gozar del sexo, que es tan&aacute;tico bajo el manto de Eros, ¿c&oacute;mo no verse fascinado por la mirada de lo real de la muerte puesta en el cad&aacute;ver plastificado?, y ¿c&oacute;mo no gozar con ver &quot;la muerte&quot; de frente, que es la coronaci&oacute;n del acto amatorio? S&iacute;, porque amor y muerte obedecen a un &uacute;nico momento emp&iacute;rico: amor = muerte, psico-sem&aacute;nticamente expuesto en el verbo <i> joder</i> (con vecindad fon&eacute;tica de <i>Gaudere</i>: gozar). Esto lo han defendido psicoanalistas reforzando la tesis de que el motor del sujeto es el deseo, que mueve a satisfacer plenamente al sujeto. El deseo mueve el cuerpo hacia su completitud, hacia el ser. Y lo logra parcialmente en el acto amatorio por excelencia, el sexual, pues se supone que all&iacute; se llega a la satisfacci&oacute;n plena, aunque pasajera, del deseo. Quien no desea, como en el chico tiempo del comercio carnal, no-es, mejor dicho, es-nada. En otras palabras, abraza la muerte por instantes y luego vuelve al mundo de la necesidad, del des-ser. En el acto sexual, el sujeto satisface su mayor deseo: el de no tener que desear m&aacute;s, el de no-ser-m&aacute;s sujeto-deseante, y luego vuelve al camino de retorno hacia el para&iacute;so perdido. La pulsi&oacute;n de vida hace compaginar su opuesto en un acto, y de resultas, la pulsi&oacute;n de muerte se hace con-fusi&oacute;n con &eacute;l. Ahora, en ese momento de la observaci&oacute;n del <i> performance </i> art&iacute;stico del alem&aacute;n, no hay embargo del goce, sino lo contrario, s&oacute;lo satisfacci&oacute;n p&uacute;blica de la pulsi&oacute;n de muerte.</P>     <p> <b> Las miradas y el goce esc&oacute;pico</b></p>     <p> Ahora bien, antes de terminar con estas ideas, pretendo detenerme en cuatro aspectos que contribuir&aacute;n a la digresi&oacute;n que he adelantado hasta ahora sobre el <i> performance</i> en cuesti&oacute;n, no para concluirla, sino lo contrario, para dejar el suspenso all&iacute;, donde es justo no acabar la cuesti&oacute;n, sino prolongarla como objeto de estudio dentro de las posibilidades de una cierta perspectiva transdisciplinar.</P>     <p> En alg&uacute;n momento de nuestra vida, hemos estado, inevitablemente, estimulados a ver un cad&aacute;ver. En la calle, en el ata&uacute;d, en la pantalla televisiva o en el relato del descriptor. La experiencia no deja de ser extra&ntilde;a porque, la mayor de las veces, deseamos ver un muerto para luego rechazar en alg&uacute;n momento la mirada sobre &eacute;l. Pero, no siempre sucede as&iacute;. Con un objeto-esc&oacute;pico-neutro, un extra&ntilde;o, por ejemplo, puede pasar que hay, m&aacute;s bien, un momento de fascinaci&oacute;n; la mirada se prolonga, incluso con curiosidad, m&aacute;s a&uacute;n si est&aacute; en la atm&oacute;sfera de lo est&eacute;tico. Entonces, pueden suceder dos fen&oacute;menos:</P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> a. Suscita la ad-<i>mira</i>-ci&oacute;n. El cad&aacute;ver como discurso no moviliza un saber sobre el ser, sino un querer ver sobre el ser. Insiste en su ex-sistencia con fascinaci&oacute;n.   <i>Fascinum</i>; de esta expresi&oacute;n proviene el concepto de <i>falo</i>; t&eacute;rmino entendido como aquel significante o traza material que representa una falta (de completitud) el cual, como evento materializable,<i> paraliza/petrifica/ mata por un momento </i> al sujeto en alg&uacute;n momento de su vida y que Freud metaforiza con la cabeza de Medusa. El cad&aacute;ver aqu&iacute; act&uacute;a a guisa de falo, presentific&aacute;ndolo. Todos alguna vez en la vida, desde la infancia, hemos querido saber qu&eacute; llevamos dentro, c&oacute;mo es un cuerpo por dentro. El   <i> performance</i> satisface esa curiosidad, aunque deje como efecto, la par&aacute;lisis visual moment&aacute;nea. En este caso, la acci&oacute;n de mirar se convierte en un juego de activo a pasivo que no puede pasar desprevenido para nadie: el sujeto,   entonces, fascinado, se detiene a mirar y termina siendo mirado, re-conocido. Aqu&iacute; es el otro, el otro-objeto quien reconoce al sujeto espectador. Es la mirada del otro el que permite entrever un deseo: el deseo de ser reconocido por el otro de la muerte. El sujeto, entonces, es porque no-es en el espejo. Esto lo que hace es comprobar esa tesis antigua de los psicoanalistas cuando afirman que la simb&oacute;lica del cuerpo humano se enriquece a medida que se pasa de lo imaginario a lo real de los fantasmas sobre lo que es el sujeto; revela, pues que el cuerpo humano es siempre lenguaje visual y auditivo sobre el cuerpo, lo que comprueba que el cuerpo es algo que no se comprueba, sino algo que se construye, por ejemplo con el texto est&eacute;tico   (cfr. Bernard, 1994). As&iacute; las cosas, el sujeto es, porque es-nada cuando es reconocido, y tambi&eacute;n porque es eternamente un organismo que es devuelto en el acto de la mirada, a su masa de tejidos mec&aacute;nicos e   in-mundos. Es, finalmente, la est&eacute;tica de lo antiest&eacute;tico, coloquialmente hablando. El repudio de lo que se es, a trav&eacute;s de lo que ya no-se-es, queriendo ser en el espacio art&iacute;stico. Esto nos lleva al segundo fen&oacute;meno: </p>       <p>  b. Si el <i> performance</i> permite ver lo que se es, en el juego de lo que &quot;no-es-siendo&quot;, se abre la posibilidad de explicar por qu&eacute; el impulso de muchos espectadores que tan pronto ven un cad&aacute;ver se inclinan a retirar la mirada bruscamente, o simplemente, presencian la conducta de negar a reconocer el suceso, que es, finalmente, una negaci&oacute;n a reconocerse como masa de tejidos y fluidos asquerosos. Pues, tal como lo expres&oacute; Odon de Cluny: &quot;Considerad lo que se oculta en las narices, en la garganta, en el vientre: por todas partes suciedades. Nosotros a quienes repugna incluso con el dedo el v&oacute;mito o el esti&eacute;rcol, ¿c&oacute;mo podemos desear estrechar en nuestros brazos el saco mismo de excrementos?&quot; (Allouch, 1996). En este caso, hay, as&iacute;, una sensaci&oacute;n de   <i> rechazo- expulsi&oacute;n</i>, de algo familiar, pero, no obstante, espeluznante, siniestro. S&iacute;mbolo de una Ausstobung (represi&oacute;n por expulsi&oacute;n), pues tal como afirma Tamayo: </p>      <p> Ese &iexcl;qu&eacute; asco!, presenta una cr&iacute;tica que no es sino un ataque al espejo (...) Esa expresi&oacute;n tambi&eacute;n se produce en la ocasi&oacute;n de contemplar a otro realizando aquello que oscuramente deseamos, ante algo que, en ocasiones, ni siquiera ante nosotros mismos reconocemos desear. Es decir, la expresi&oacute;n ocurre, como en la histeria, tambi&eacute;n ante la ocurrencia de algo rechazado por y de nosotros (Tamayo, 2000).</p>     <p> Como se nota, en los dos casos se mira, para ser mirado en esa pol&iacute;tica est&eacute;tica de &quot;ofrecer el hecho&quot;, de &quot;presentar la verdad&quot;, en lugar de representarla. En el primer caso, se mira para quedar est&aacute;tico, absorto; en el segundo, para mirar y retirar la mirada para que quede re-primido el concepto de la mortalidad. El sujeto se cree inmortal, y rechaza la idea de finitud. Esta vocaci&oacute;n de transparencia enunciativa que origina una confusi&oacute;n reflexiva, tambi&eacute;n sucede con la obra del pintor espa&ntilde;ol Diego Vel&aacute;squez, <i> Las meninas</i> de 1656. Al mirar al pintor, &eacute;l mismo representado all&iacute;, vemos que Vel&aacute;zquez nos observa. En efecto, si evadimos parcialmente la representaci&oacute;n del famoso espejo del cuadro y concentramos todos los esfuerzos en la representaci&oacute;n autorretratada del artista, &eacute;ste dirige la mirada hacia el (los) espectador(es). La mirada del propio Vel&aacute;squez, atrapala esencia del voyerista. No obstante, en esa experiencia est&eacute;tica, el receptor gozado no recibe retroalimentaci&oacute;n, queda atrapado en la pintura de la pintura sin poder reconocer su identidad, queda eternizado en la representaci&oacute;n, en el lenguaje: en suma, queda paralizado, al tiempo que perseverado. Me atrevo as&iacute; a hablar de una &quot;sociabilidad de la mirada&quot;, porque aqu&iacute; concretamente la experiencia sobre la obra es un exponerse (a no reconocerse), que pone a jugar &oacute;rdenes de lo visible, vale decir, dis-positivos de visibilidad que excluyen o atrapan al otro como sujeto, sujeto que aqu&iacute; queda reconstruido en su materialialidad como un nuevo cuerpo. De all&iacute; el car&aacute;cter inscriptor de toda experiencia art&iacute;stica, o mejor decir: su car&aacute;cter criptogr&aacute;mico, car&aacute;cter de pro-vocaci&oacute;n, cuando dicha exposici&oacute;n deja ver lo que no es visible, bajo la f&oacute;rmula de la insinuaci&oacute;n (Debray,1994). Pero tambi&eacute;n de desaparici&oacute;n de sujeto, porque si, particularizando, el modelo soy yo, no me veo representado; en ese sentido si quedo preso del artificio de la mano de Vel&aacute;zquez, no s&eacute; qui&eacute;n soy, es decir, quedo preso como una representaci&oacute;n sin identidad. Atrayente resulta, pues, la duda que abre sustancialmente la captura de un Yo por parte de Otro...¿Qui&eacute;n soy Yo? ¿Qu&eacute; es la representaci&oacute;n yo? ¿D&oacute;nde reside el yo? ¿Acaso yo es el otro? De ser apresado por el retrato del retrato, me ver&iacute;a &quot;al rev&eacute;s&quot;, evocando el otro lado de la psiqu&eacute; (el inconsciente): ¿puedo verme o siempre me veo al rev&eacute;s? ¿C&oacute;mo me ve el otro?</P>     <p> Ahora bien, cuando coment&eacute; estas &uacute;ltimas reflexiones hace un tiempo al semi&oacute;logo Andr&eacute;s D&iacute;az-Viana, me preguntaba si eso tambi&eacute;n se pod&iacute;a emparentar con la observaci&oacute;n de un porno-texto. Despu&eacute;s de una prolongada reflexi&oacute;n sobre esta idea, que por unos d&iacute;as no pas&oacute; de ser un comentario insulso, record&eacute; la tesis de que, en todo caso, el comercio carnal es un acto que involucra lo tan&aacute;tico en el manto de lo er&oacute;tico y a muchos sujetos les sucede que al ver un porno-texto su reacci&oacute;n es la repulsi&oacute;n, y terminan retir&aacute;ndose de esos andamiajes texturales repetitivos. Para ajustar esto a mi problema personal con Von Hagens, resum&iacute; su querella en la cuesti&oacute;n: ¿se presentan los mismos avatares en la observaci&oacute;n de un acto pornogr&aacute;fico y del <i> performance</i> vonhagensiano? Esto dio paso al segundo aspecto, de los cuatro que fij&eacute; hace un momento.</P>     <p> En principio, la visi&oacute;n de un texto porno-gr&aacute;fico (incluso, un texto m&iacute;stico o religioso) se iguala a la visi&oacute;n del texto-cad&aacute;ver agenciado por nuestro perversito alem&aacute;n (¿?) Como g&eacute;nero, la pornograf&iacute;a supone que revela todo cuanto hay all&iacute; en la coreograf&iacute;a carnal, esto es, que no oculta nada. &Eacute;sta es la misma intenci&oacute;n que parece delinearse en el <i> performance</i> de Von Hagens. Indudablemente, casi todo es visto por el espectador del porno-texto y del <i>performance</i>. Pero hay una coincidencia m&aacute;s. Creo ver que en ese espectador de uno y otro caso no hay m&aacute;s sujetos radicalmente perdidos y elementalmente perversos<a name="top1" href="#back1"><sup>1</sup></a>. Su perversi&oacute;n no coincide con su supuesta &quot;suciedad textural&quot;al tener contacto con ese tipo de eventos semi&oacute;ticos, sino por la propia naturaleza textual de esos productos est-&eacute;ticos, ya que el espectador es forzado de antemano a ocupar una posici&oacute;n perversa. Me explico. En lugar de estar del lado de lo visto, su mirada recae sobre &eacute;l mismo como espectador. No son los actores porno ni los cad&aacute;veres plastificados los objetos, sino el espectador, dado que &eacute;ste es reducido a la condici&oacute;n de objeto-(de la)-mirada. No posee otra funci&oacute;n la repetitiva estrategia de la mirada suspendida de los actores porno ni la mirada eterna y marm&oacute;rea de las esculturas llenas de acetona. Por ejemplo, en muchas pel&iacute;culas porno-gr&aacute;ficas lo habitual es que la actriz, en el momento del m&aacute;ximo placer, mire directamente a la c&aacute;mara, encarando as&iacute; al objeto paralizado de su mirada: el voyerista voluntario. La mirada fem&iacute;nea paraliza al espectador. As&iacute;, pues, este tipo de experiencias atrapan al sujeto y lo convierten en objeto de su juego esc&oacute;pico -simb&oacute;lico-. Estas actrices son mujeres-Medusa y, por tanto, objetos feminizados, al igual que los cad&aacute;veres acetonados<a name="top2" href="#back2"><sup>2</sup></a>. En otras palabras, la pornograf&iacute;a y la necroscopia pasan por alto al otro-sujeto, para dejarlo como &eacute;l objeto; y esta omisi&oacute;n tiene la forma de un encuentro que falta. Al ir lejos tanto la pel&iacute;cula, como el cad&aacute;ver mostrando todo de su interior, al mostrarlo todo, van demasiado lejos: omiten al sujeto que los mira. Los reducen a objeto-de-una-mirada-ominosa; y en la experiencia de ver a Vel&aacute;zquez autorretratado, pasa algo similar:<i> el espectador queda en la posici&oacute;n de objeto (de (su) arte).</i></P>     <p> Entonces, si alguien se precipita al querer mostrarlo todo del cuerpo, necesariamente se pierde lo buscado y el efecto puede pasar a ser depresivo, como sucede con g&eacute;neros pornogr&aacute;ficos extremos (<i>Extreme Gang Bang</i>, el <i> Bukaki </i> o m&aacute;s fielmente el cine <i>Gore</i>, donde el acto del amor se iguala a la muerte, saltando de lo imaginario a lo real del acto), al igual que el cad&aacute;ver apoyado sobre la cadera y con el vientre abierto mostrando los entresijos y el cuerpo diseccionado de una mujer embarazada de ocho meses con su feto dentro. E, igualmente, en las dos muestras, su mirada produce un terror sutil, pues tal como afirma el semi&oacute;logo franc&eacute;s Barthes, el <i> striptease</i> est&aacute; fundado en una contradicci&oacute;n: desexualiza a la mujer en el mismo momento en que la desnuda. Por tanto, se trata de un espect&aacute;culo del miedo, o m&aacute;s bien, del &quot;me das miedo&quot;, como si el erotismo dejara en el ambiente una especie de delicioso terror, como si fuera suficiente anunciar los signos rituales del erotismo para provocar, a la vez, la idea de sexo y su conjura.</P>     <p> As&iacute; las cosas, estos dos tipos de texto,no son m&aacute;s que una variante m&aacute;s de la paradoja de Aquiles y la tortuga. Aquiles, el de los pies ligeros, puede dejar la tortuga en una carrera, pero no puede darle alcance, unirse a ella y contar dos corriendo. Se va muy despacio o muy r&aacute;pido. En cuanto se muestra el acto sexual o el acto tan&aacute;tico, su encanto se desvanece, se ha ido muy lejos, queda una fornicaci&oacute;n sin sentido o la observaci&oacute;n de un cad&aacute;ver expuesto. En ese momento de lectura, los modos narrativos pierden toda funcionalidad y terminan sobrando, pues es sabido que en las cintas XXX, antes de que se pase a la actividad sexual, se necesita una introducci&oacute;n, generalmente tramas est&uacute;pidas que sirven de pretexto que los actores empiecen su comercio sexual (v. gr. El ama de casa llama a un plomero, una secretaria se presenta ante el gerente, el pizzero que lleva &quot;el pedido&quot; a domicilio...); igualmente, en el <i> performance</i> de von Hagens, sobra todo comentario y s&oacute;lo queda el estremecimiento, el silencio que atrapa todo de la experiencia. La mujer desnuda gozando y el cad&aacute;ver petrificado y petrificando muestran el mal para perturbarlo con m&aacute;s facilidad y exorcizarlo. En t&eacute;rminos de Barthes (1957). &quot;(...) Algunos &aacute;tomos de erotismo, recortados por la propia situaci&oacute;n del espect&aacute;culo, son absorbidos por un ritual tranquilizante que borra la carne de la misma manera que la vacuna o el tab&uacute; fijan y contienen la enfermedad o la falta&quot;.</P>     <p> Por otra parte, se puede constatar en el <i> performance</i> vonhagensiano una creciente devoci&oacute;n al cuerpo, pero con objetivos no necesariamente materiales, como el del acceso a una verdad que se mantiene oculta desde la infancia (¿qu&eacute; llevo dentro?, ¿qui&eacute;n soy en mis entra&ntilde;as?, ¿qu&eacute; escondo en mi interior que es tan sagrado como para guardarlo despu&eacute;s de su defunci&oacute;n?). Esto ya tiene sus ra&iacute;ces en algunas mentalidades y sus comportamientos de la Edad Media. En ese entonces lo que se hac&iacute;a con el cuerpo era el medio para acceder a la salvaci&oacute;n/ redenci&oacute;n, incluso a la verdad divina. El cuerpo era visto ya no como prisi&oacute;n o tumba, sino como veh&iacute;culo de efusi&oacute;n m&iacute;stica. Eso parece comprobarse si se ojean actividades de la Baja Edad Media, donde los sujetos piadosos torturaban sus cuerpos con fines religiosos como un medio para unirse con el cuerpo de Cristo, tradici&oacute;n que se conserva en la actualidad en algunos rituales de Semana Santa en comunidades cat&oacute;licas. No era de extra&ntilde;ar, entonces, que se materializaran <i> elementos simb&oacute;licos</i> <i> religiosos </i> como la hostia consagrada o imagen del cuerpo de Cristo en el cielo, con lo cual se insist&iacute;a en desde&ntilde;ar la materia corporal humana e incluso en transformarla, siguiendo el pensamiento cristiano de desestimar la fuente de lo malo para salvar lo espiritual y alojarlo en el orbe paradis&iacute;aco. Incluso, determinados &oacute;rganos del cuerpo de Cristo eran venerados por los devotos de forma que hoy d&iacute;a parece asombrosa:</P>     <p> (...) los artistas del siglo XV llamaban fuertemente la atenci&oacute;n sobre el pene del cristo joven o adulto. Tambi&eacute;n el culto al santo prepucio goz&oacute; de gran popularidad en los &uacute;ltimos a&ntilde;os de la Edad Media (...) Birgitta de Suecia recibi&oacute; una revelaci&oacute;n de Dios que le dec&iacute;a donde se conservaba el prepucio de Cristo en la tierra; y la beguina vienesa Agnes Blannbekin, en una visi&oacute;n, acogi&oacute; el prepucio en su boca y, al probarlo, lo encontr&oacute; tan dulce como la miel (Bynum, 1990).</P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> As&iacute;, todo lo que se hac&iacute;a al manipular el cuerpo, era causa de la b&uacute;squeda de un encuentro con lo escondido, con lo &iacute;ntimo y verdadero. No es gratuito, asimismo, que se plastifiquen im&aacute;genes divinas (v&iacute;rgenes, santos o esp&iacute;ritus), y se usen &quot;m&aacute;gicamente&quot; para intentar as&iacute; acceder a la luz-sabia del otro orbe. Igualmente, se puede especular que el intento de divinizar nuevamente el cuerpo humano o partes de &eacute;l al plastificarlo, es una f&oacute;rmula antigua tra&iacute;da ahora con fines adoradores: el cuerpo plastificado ser&iacute;a la prueba de un deseo de fusi&oacute;n con el mundo supra-terrenal.</P>     <p> Finalmente, el cuarto aspecto, que pretende movilizar alguna raz&oacute;n de por qu&eacute; el <i> performance</i> art&iacute;stico <i> Mundos corporales</i> es definido testarudamente como una experiencia est-&eacute;tica. Es f&aacute;cil aceptar que la experiencia est&aacute; inscrita en una realidad semi&oacute;tica, porque es un juego s&iacute;gnico que suscita interpretaciones, se construye con sus propios t&eacute;rminos y seg&uacute;n sus propias leyes. El texto visual muestra lo escondido y as&iacute; actualiza una gama de saberes, percepciones y habilidades de interpretaci&oacute;n. Est&eacute;ticamente, act&uacute;a como una fotograf&iacute;a, pues congela el tiempo, y a la vez resulta ser una apropiaci&oacute;n <i> pl&aacute;stica</i> del espacio. Es, entonces, una suspensi&oacute;n y una actualizaci&oacute;n.</P>     <p> S&aacute;nchez V&aacute;squez (1992) propone tres condiciones para que un arte-facto sea est&eacute;tico: a) <i> propiedades f&iacute;sicas</i>. Hay objeto est&eacute;tico donde hay objeto f&iacute;sico. b) <i> Propiedades ic&oacute;nicas</i>. El objeto-imagen es un objeto sensible y por eso debe contar con condiciones de aprehensibilidad sensorial para que alcance su estatuto y sea visible. c) <i> Institucionalizaci&oacute;n cultural</i>. Las anteriores propiedades deben hacer parte de un reino de ideas materializadas compartidas, de la enciclopedia de una cultura. El cad&aacute;ver plastificado tiene las condiciones f&iacute;sicas que lo hacen visible y cuenta con los principios culturales que nos permiten ya verlo como en el museo. Von Hagens lo ha elaborado ic&oacute;nicamente y, as&iacute; destaca lo imaginario de ese real y queda a la espera de un encuentro entre observador dispuesto y el objeto estetizado al cumplir con tales condiciones. Pero, esto est&aacute; inscrito en una novedad, a saber: no se trata de una semejanza con la realidad, es la realidad en reglas textuales que detentan la gram&aacute;tica real del tejido corporal. No una <i> gram&aacute;tica mim&eacute;tica</i>, sino una <i> gram&aacute;tica de la veracidad</i>, auspiciada por una tecnolog&iacute;a m&eacute;dica.</P>     <p> Como se nota, la relaci&oacute;n est&eacute;tica establece as&iacute; un novedoso contrato entre sujeto-objeto (auditorio) y objeto-sujeto (cad&aacute;ver). Se trata de seguir defendiendo la idea de que en la inauguraci&oacute;n del acto como tal, desde la mirada inicial, ya no hay sujetos, de ning&uacute;n lado, sino lo que queda es la presencia de unos objetos. Es que, ciertamente, los cad&aacute;veres ya no son sujetos, sino objetos <i>Ready-made</i><a name="top3" href="#back3"><sup>3</sup></a>. La perversi&oacute;n la estira Von Hagens hasta hacer del muerto, de las cosas (Die Sache), lo-bello-eterno, incrustadas en el marco del invento del dada&iacute;sta Duchamp. El cad&aacute;ver es id&eacute;ntico al urinario, al portabotellas o al accesorio de la bicicleta que sirvieron de esculturas al franc&eacute;s. Esta es la justificaci&oacute;n de por qu&eacute; estamos viendo en 25 muertos plastificados una obra de arte: el arte consiste en dar forma, y por este camino hacer objetos en el espacio. Pero el arte contempor&aacute;neo consiste en hacer otra cosa, a saber: la representaci&oacute;n ic&oacute;nica cede paso a la presencia textural, en un espacio-tiempo que no respeta l&iacute;mites. Como indic&oacute; Pere Salabert, en el Museo de Arte Moderno, en Cali, &quot;la presa del arte contempor&aacute;neo es ahora el tiempo extendido&quot;. Y, si confiamos en Omar Calabrese, lo neo-barroco es lo actual, y esto equivale a decir que el adorno satura (Calabrese,1989).¿Qu&eacute; mejor ejemplo de la saturaci&oacute;n del espacio textual que la infinidad de entre-tejidos que puede revelar el cuerpo humano? Arte neobarroco, entonces, inscrito en la dicotom&iacute;a <i> distorsi&oacute;n-perversi&oacute;n</i>: cad&aacute;veres que muestran presentaciones sin l&iacute;mites con dispersi&oacute;n del patrimonio.</P>     <p> El cuerpo plastificado se ha extra&iacute;do de la vida real (igual que el cuerpo ro&iacute;do que se expone en vivo en los <i> Reality Show</i>), para estar en otro espacio y que, a trav&eacute;s de la hiperrealidad inefable se hace<i> Ready Made</i>, porque &quot;(...) objeto, individuo o situaci&oacute;n es un Ready made en la medida en que de cualquiera de ellos puede decirse lo que Duchamp dice del portabotellas: e<i>xiste, lo he reencontrado</i>&quot; (Baudrillard, 1996). Y con el cuerpo plastificado, ahora en el museo, decir algo m&aacute;s, muy sustancial al ser humano: &quot;ya s&eacute; que es el cuerpo por dentro&quot;, &quot;ya se qui&eacute;n es mi cuerpo&quot;.</P>     <p> Patente determinaci&oacute;n en la exposici&oacute;n est&eacute;tica del artista paisa Juan Fernando Ospina con su exposici&oacute;n Lugares del reposo (2004), donde el estudio, hecho funeraria, muestra c&oacute;mo el ata&uacute;d es la mejor expresi&oacute;n para desmitificar el cad&aacute;ver, de &quot;jugar con la muerte, re&iacute;rse con ella, verla como un elemento cotidiano; hablar a trav&eacute;s de ella de lo que sentimos, de lo que nos pasa, de lo que tememos o deseamos, de lo que vemos, de lo que nos toc&oacute; en suerte vivir&quot; (Gonz&aacute;lez, 2004). Se sabe que para el d&iacute;a de la inauguraci&oacute;n del <i>performance</i>, el estudio se convirti&oacute; en sala de velaci&oacute;n. Le prestaron a Ospina un carro f&uacute;nebre que se parque&oacute; al frente, present&oacute; grandes ampliaciones en color de las puestas en escena y, en mitad de la sala, puso un ata&uacute;d en el que, al abrir la ventanita por la que se mira la cara de los muertos, se encontraba una pantalla de televisi&oacute;n en la que se ve&iacute;a un video que mostraba la forma en que se mont&oacute; la exposici&oacute;n.</P>     <p> Pero tambi&eacute;n con el <i> performance</i> de la artista Virginia Err&aacute;zuris (1980), quien mostr&oacute; una l&iacute;nea de bolsas pl&aacute;sticas transparentes, moldeadas en fila, tal como se entregan los cad&aacute;veres de aquellos sujetos ca&iacute;dos en guerra o bajo actos de terrorismo urbano, que en la actualidad, con tanta frecuencia, se actualiza en im&aacute;genes que resumen los atentados terroristas y b&eacute;licos internacionales y que es frecuente en la prensa y la televisi&oacute;n de pa&iacute;ses como Colombia (Merewether, 1991). Se desenmascara, entonces, un espacio cultural donde el sujeto se vuelve objeto y su cuerpounmaterialde exhibici&oacute;n, como el mentado caso de aquel m&eacute;dico alem&aacute;n G&uuml;unter von Hagens, autor de una macabra exposici&oacute;n de cad&aacute;veres humanos plastificados.</P>     <p> As&iacute;, pues, este trabajo art&iacute;stico resulta ser una forma de estetizar la muerte, al tiempo que una conceptualizaci&oacute;n del cuerpo biol&oacute;gico inanimado como superficie dividible, vulnerable, sometible y torturable en la topograf&iacute;a del cuerpo social. El arte, entonces, denuncia ese terror tan cotidiano, para que alguien como auditorio quede aterrado. El espectador, atrapado en las huellas fotogr&aacute;ficas de im&aacute;genes de lo diarios, sabe de su vulnerabilidad y ni siquiera le da nombre: el cad&aacute;ver arreglado para la foto, descompuesto pero bien plantado, vestido para la ocasi&oacute;n. Belleza turbia, congelada, ambigua, a veces no exenta de erotismo (¿necrofilia?). Terror casi imperceptible, haciendo las veces de compa&ntilde;ero audaz y an&oacute;nimo, siempre ah&iacute;, mirando, vigilando, controlando y que no hacen m&aacute;s que recordar la tesis foucaultiana de una ciudad pan&oacute;ptica.</P>     <p> As&iacute; las cosas, la labor est-&eacute;tica del m&eacute;dico alem&aacute;n no es m&aacute;s que la escenificaci&oacute;n de la materia significante de la muerte la cual, puesta en rituales, en espect&aacute;culos mitificantes en vivo y en directo, funciona para contrariar la provocaci&oacute;n del prop&oacute;sito inicial del terror visual de la muerte y terminar por sepultar todo en la insignificancia: se muestra el mal para perturbarlo con m&aacute;s facilidad y exorcizarlo. Mientras esto ocurre, el espectador, mero objeto de la perversi&oacute;n all&iacute; inaugurada, levanta un goce; esto es, satisface p&uacute;blicamente su pulsi&oacute;n de muerte.</P>  <hr size="1">     <p><b>Notas</b></P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> <a href="#top1" name="back1"> 1 </a> Lacan aclara que la posici&oacute;n del perverso est&aacute; determinada en el n&uacute;cleo m&aacute;s &iacute;ntimo de una acci&oacute;n: &eacute;l no realiza un acto (como el sexual) para su propio placer, sino para el goce del otro. Por eso el comunista es perverso, porque al atormentar a sus v&iacute;ctimas lo hace en nombre del otro, a saber: <i> la necesidad del progreso hist&oacute;rico.</i> </P>     <p><a href="#top2" name="back2"> 2</a> Bataille (1976) afirma que en el erotismo, el hombre se siente atra&iacute;do en esa confusi&oacute;n vida-muerte, y que se sintetiza en el cuerpo-femenino, especialmente, su vulva, mera &quot;llaga&quot;: &quot;El objeto del deseo tiene un contenido esencialmente horrible, es el objeto er&oacute;tico viscoso en el que la virulencia de la vida coincide con la descomposici&oacute;n de la muerte&quot;.</P>     <p> <a href="#top3" name="back3">3</a> El te&oacute;rico del surrealismo Andr&eacute; Breton define los <i> ready-made</i> como &quot;objetos prefabricados elevados a la categor&iacute;a de obra de arte por deseo del artista&quot;. Marcel Duchamp es el primero en designar con este nombre a un grupo de obras creadas por &eacute;l entre 1913 y 1921. Para ello eligi&oacute; objetos contempor&aacute;neos fabricados en serie y los expuso con una intenci&oacute;n est&eacute;tica y provocadora. Entre sus <i> ready-made</i> c&eacute;lebres cabe citar la <i> Rueda de bicicleta </i> (1913), colocada sobre un taburete, as&iacute; como la legendaria   Fuente (1917): un urinario de cer&aacute;mica esmaltada firmado como R. Mutt, nombre de un fabricante de sanitarios neoyorquino.</P>    <hr size="1">      <p><b> Bibliograf&iacute;a</b> </p>      <!-- ref --><p> Allouch, J. (1996). <i> Er&oacute;tica del duelo en el tiempo de la muerte seca. </i> Buenos Aires: Epeele. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000057&pid=S0123-4870200700020001000001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  Bataile, G. (1976). <i> Historia del erotismo</i> Barcelona: Antrhopos. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000058&pid=S0123-4870200700020001000002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  Barthes, R. (1957). <i> Mitolog&iacute;as</i>. M&eacute;xico: Siglo XXI Editores. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000059&pid=S0123-4870200700020001000003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  Baudrillard, J. (1996). <i> El crimen perfecto</i>. Barcelona: Anagrama. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000060&pid=S0123-4870200700020001000004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  Bernard, M. (1994).<i> El cuerpo, un fen&oacute;meno ambivalente</i>. Barcelona: Paid&oacute;s. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000061&pid=S0123-4870200700020001000005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  Calabrese. O. (1989). <i> La era neobarroca.</i> Madrid: C&aacute;tedra. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000062&pid=S0123-4870200700020001000006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  Debray, R. (1994). <i> Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente.</i> Barcelona: Paid&oacute;s.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000063&pid=S0123-4870200700020001000007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>    Feher, M.; Naddaff, R. y Tazi, N. (eds.) 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