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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Acción colectiva y subjetividad: Un balance desde los estudios sociales]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Social movements have contributed to shape societies and contemporary Social Sciences, so much that this topic constitutes one of the more prolific fields of research in Social Studies. This article provides a critical review of the place that the dimensions of collective action have had within the different theoretical perspectives about social movements. In addition, this paper presents and documents the emergence of subjectivity as a problematic field of interpretation in contemporary social studies. From this balance, an analytical model is proposed to address organizational processes and social mobilization in urban settings, emphasizing the relevance of subjective aspects in them.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size=2>     <p align="right"><b>ART&Iacute;CULOS</b></p>     <p>    <center><font size="4"><b>Acci&oacute;n colectiva y subjetividad. Un balance desde los estudios sociales</b></font></center></p>     <center><font size="3"><i>Collective action and subjetivity. a balance from social studies</i></font> </center></p>    <br>     <p>    <center><b>Alfonso Torres Carrillo</b><a href="#*">*</a></sup>    <br> </center></p>     <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a name="*">*</a></sup>Doctor en Estudios Latinoamericanos. Docente e investigador de la Universidad Pedag&oacute;gica Nacional. actualmente, Coordinador del grupo de investigaci&oacute;n: Sujetos y Nuevas Narrativas en Investigaci&oacute;n y Ense&ntilde;anza de las Ciencias Sociales, y de la Maestr&iacute;a en Estudios Sociales de la misma universidad. Correo electr&oacute;nico: <a href="mailto:atorres@pedagogica.edu.co">atorres@pedagogica.edu.co</a>.</p>     <p>Art&iacute;culo recibido el 30 de julio de 2009 y aprobado el 16 de octubre de 2009. </p> <hr size=”1”>     <p><b>Resumen </b>    <br> Los movimientos sociales han sido constitutivos de las sociedades y de las ciencias sociales contempor&aacute;neas; tanto que hoy constituyen uno de los campos de investigaci&oacute;n m&aacute;s prol&iacute;ficos de los estudios sociales. El art&iacute;culo hace una revisi&oacute;n cr&iacute;tica del lugar que han tenido las dimensiones subjetivas de la acci&oacute;n colectiva, entre los diferentes enfoques te&oacute;ricos sobre los movimientos sociales. Adem&aacute;s, presenta y documenta la emergencia de la subjetividad como campo problem&aacute;tico y perspectiva interpretativa en los estudios sociales contempor&aacute;neos. A partir de este balance, se plantea un modelo anal&iacute;tico para abordar procesos organizativos y de movilizaci&oacute;n social en contextos urbanos, destacando el peso de aspectos subjetivos presentes en ellos.     <p><b>Palabras clave</b>    <br> Movimientos sociales, acci&oacute;n colectiva, subjetividad, imaginario cultural, representaciones sociales.</p> <hr size=”1”>     <p><b>Abstract</b>    <br> Social movements have contributed to shape societies and contemporary Social Sciences, so much that this topic constitutes one of the more prolific fields of research in Social Studies. This article provides a critical review of the place that the dimensions of collective action have had within the different theoretical perspectives about social movements. In addition, this paper presents and documents the emergence of subjectivity as a problematic field of interpretation in contemporary social studies. From this balance, an analytical model is proposed to address organizational processes and social mobilization in urban settings, emphasizing the relevance of subjective aspects in them.</p>     <p><b>Key words</b>    <br>   Social movements, collective action, subjectivity, cultural imaginary, social representations.</p> <hr size=”1”>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <p><font size="3"><b>Presentaci&oacute;n </b></font></p>     <p>Los movimientos sociales, as&iacute; como los intentos por explicarlos, han sido constitutivos de las sociedades y las ciencias sociales contempor&aacute;neas. Por un lado, han sido decisivos en la consolidaci&oacute;n de los estados modernos, la construcci&oacute;n de los sistemas democr&aacute;ticos, la expansi&oacute;n de la sociedad civil y la ampliaci&oacute;n de la ciudadan&iacute;a. La organizaci&oacute;n y la movilizaci&oacute;n colectiva han sido un mecanismo eficaz de los sectores subalternos en los dos &uacute;ltimos siglos para visibilizar conflictos, injusticias y exclusiones sociales, as&iacute; como para impugnar las arbitrariedades de los gobernantes y las consecuencias adversas de la expansi&oacute;n del capital; en efecto, la historia contempor&aacute;nea no podr&iacute;a comprenderse sin estas luchas contra los autoritarismos y otras formas de presi&oacute;n y discriminaci&oacute;n social. </p>     <p>Por otra parte, el estudio de estas luchas sociales y de los conflictos que las originan ha sido constitutivo del campo de las ciencias sociales, en particular de la sociolog&iacute;a y el an&aacute;lisis pol&iacute;tico. Las convulsiones sociales y pol&iacute;ticas generadas a partir de las revoluciones francesa e industrial atrajeron la atenci&oacute;n de los pensadores sociales y las nacientes disciplinas sociales que buscaron explicarlas; sus fundadores, asombrados frente a la proliferaci&oacute;n de revoluciones, levantamientos, motines y huelgas, buscaron &quot;descubrir&quot; las leyes que las explicaran, ya fuera para controlar o encauzar el movimiento de lo social. En la medida en que el abanico de formas de acci&oacute;n colectiva se fue ampliando en el transcurso del siglo XX, las ciencias sociales tambi&eacute;n fueron expandiendo sus perspectivas para describirlas e interpretarlas; as&iacute; fueron surgiendo diferentes enfoques te&oacute;ricos para abordarlas, llevando a que el estudio de los movimientos sociales sea hoy en d&iacute;a un campo intelectual aut&oacute;nomo en disciplinas como la sociolog&iacute;a, la historia social, la ciencia pol&iacute;tica y la psicolog&iacute;a social. </p>     <p>Desde finales del siglo XIX y mediados del siguiente, en el marco de los grandes sistemas te&oacute;ricos, se construyeron enfoques interpretativos de los movimientos sociales que buscaron explicar su emergencia, continuidad y capacidad de transformaci&oacute;n de las estructuras sociales en las que se enmarcan. Pese a que los paradigmas epistemol&oacute;gicos predominantes hasta la segunda posguerra orientaron la atenci&oacute;n de los cient&iacute;ficos sociales hacia los factores sist&eacute;micos, estructurales y objetivos (Wallerstein, 1996), la presencia de dimensiones de car&aacute;cter subjetivo fue ineludible. As&iacute; se les consideraran &quot;variables dependientes&quot; o aspectos determinados por factores y procesos &quot;objetivos&quot;, categor&iacute;as como conciencia, ideolog&iacute;a, descontento, inconformidad, creencias generalizadas y agravio moral no son extra&ntilde;os en la literatura especializada sobre el tema. </p>     <p>M&aacute;s a&uacute;n, a partir de la d&eacute;cada del setenta del siglo XX, la tendencia predominante en los estudios y tendencias conceptuales sobre movimientos sociales ha sido la de atribuirle un papel cada vez mayor a estas dimensiones simb&oacute;licas y de producci&oacute;n de significado en la comprensi&oacute;n de la acci&oacute;n colectiva (Tejerina, 1998, p. 111). Desde la tradici&oacute;n anglosajona como desde el llamado paradigma de la identidad, se incorporaron categor&iacute;as y claves interpretativas relacionadas con la cultura, los marcos interpretativos, la producci&oacute;n simb&oacute;lica, los imaginarios y las representaciones y las significaciones sociales. </p>     <p>Dicha renovaci&oacute;n en los estudios sobre movimientos sociales coincide con un movimiento m&aacute;s amplio en las ciencias sociales -llamado &quot;el giro cultural&quot;- que llev&oacute; a que la subjetividad se haya convertido en una perspectiva para abordar el conjunto de la vida social. Este creciente inter&eacute;s por involucrar la producci&oacute;n simb&oacute;lica y de sentido en el an&aacute;lisis social est&aacute; asociado, por una parte, a la proliferaci&oacute;n de luchas y procesos sociales que reivindican expl&iacute;citamente dimensiones subjetivas o incorporan la acci&oacute;n cultural; por la otra, con los efectos de las epistemolog&iacute;as interpretativas y constructivistas en disciplinas y campos de estudio como los estudios culturales y los estudios subalternos. Esta nueva perspectiva comienza a impactar la investigaci&oacute;n sobre acci&oacute;n colectiva y movimientos sociales contempor&aacute;neos, en particular, los latinoamericanos, en los cuales el peso de los imaginarios culturales, la memoria colectiva, las tradiciones, el simbolismo, las creencias compartidas y la configuraci&oacute;n de identidades es ineludible. </p>     <p>El prop&oacute;sito de este art&iacute;culo es hacer un balance de los principales aportes conceptuales provenientes de los dos campos de estudio se&ntilde;alados: por un lado, los estudios sobre movimientos sociales (en sus diferentes enfoques); por el otro, el campo emergente en torno a la subjetividad, a su vez transversalidad y a las diferentes disciplinas y &aacute;reas de estudio. Como dice Tejerina: (1998, p. 112)</p> <ul>El reconocimiento de la producci&oacute;n simb&oacute;lica llevada a cabo por los movimientos sociales y su incidencia en el cambio de valores del orden social en el que act&uacute;an, no ha conducido a un an&aacute;lisis sistem&aacute;tico de sus dimensiones y caracter&iacute;sticas.    </ul>     <p>Finalmente, esbozar&eacute; algunos desaf&iacute;os al estudio de la dimensi&oacute;n subjetiva en los diferentes planos y din&aacute;micas de la acci&oacute;n colectiva.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b><font size="3">Acercamientos a lo subjetivo desde los enfoques sobre movimientos sociales La tradici&oacute;n marxista</font></b></p>     <p>El marxismo fue el pionero en abordar los movimientos sociales, en particular el movimiento obrero, dada la centralidad que el materialismo hist&oacute;rico y la teor&iacute;a socialista le dio a la clase proletaria como sujeto de transformaci&oacute;n revolucionaria. En sentido estricto, los fundadores del materialismo hist&oacute;rico no desarrollaron una teor&iacute;a de los Movimientos Sociales; sin embargo, su concepci&oacute;n cr&iacute;tica de la historia del capitalismo, as&iacute; como el an&aacute;lisis de algunas coyunturas y experiencias de lucha obrera en el siglo XIX, incorporaron perspectivas interpretativas para el an&aacute;lisis de los movimientos sociales. Desde el prop&oacute;sito de valorar el potencial emancipador de estas luchas sociales en el advenimiento del socialismo, los fundadores del marxismo centraron su inter&eacute;s en explicarlas en relaci&oacute;n con las contradicciones estructurales del capitalismo, al car&aacute;cter de clase de sus protagonistas y a su contribuci&oacute;n a la revoluci&oacute;n social (Marx y Engels, 1970; Marx, 1975; Marx, 1978).</p>     <p>Si bien es cierto que la acci&oacute;n colectiva busc&oacute; ser explicada desde las determinaciones estructurales, por la din&aacute;mica hist&oacute;rica de la &quot;lucha de clases&quot;, y no por la voluntad particular de los individuos y colectivos sociales, se reconoci&oacute; que el potencial revolucionario de la acci&oacute;n colectiva estaba asociado a la existencia de la conciencia de clases; es decir, que las clases dominadas reconozcan su inter&eacute;s estrat&eacute;gico; por ejemplo, el de los proletarios es destruir el sistema de dominaci&oacute;n capitalista (Harnecker, 1980, p. 182). La formaci&oacute;n de una conciencia de clase es la que garantizar&iacute;a el tr&aacute;nsito de &quot;clase en s&iacute;&quot; a &quot;clase para s&iacute;&quot;, lo que supone la cr&iacute;tica a la ideolog&iacute;a dominante y la adopci&oacute;n de una ideolog&iacute;a revolucionaria.</p>     <p>Pese a que los estudios de Marx sobre las luchas sociales de su &eacute;poca dieron cuenta de las m&uacute;ltiples determinaciones y potencialidades de su historicidad (Marx, 1975 y 1978), y que pensadores marxistas como Antonio Gramsci y George Luckas cuestionaron todo reduccionismo mecanicista, la tendencia ortodoxa en los estudios marxistas sobre las luchas y movimientos clasistas han sido deterministas, historicistas y reduccionistas. Por un lado, las causas de la acci&oacute;n colectiva, la identidad de sus actores y su conciencia est&aacute;n &quot;objetivamente&quot; determinados por las estructuras sociales; en segundo lugar, las luchas y movimientos se presentan como expresi&oacute;n de una direcci&oacute;n hist&oacute;rica &uacute;nica; en tercer lugar, la acci&oacute;n colectiva es vista como una unidad homog&eacute;nea, descuidando las din&aacute;micas de su construcci&oacute;n.</p>     <p>Finalmente, esta perspectiva dogm&aacute;tica del materialismo hist&oacute;rico genera una comprensi&oacute;n reduccionista de los procesos subjetivos presentes en los movimientos, de los sentidos que constituyen y se constituyen en la acci&oacute;n colectiva. La &quot;unidad&quot; del actor social como clase tambi&eacute;n se expresa en la comprensi&oacute;n monol&iacute;tica de sus motivaciones, ideolog&iacute;as, de su conciencia social y sus utop&iacute;as, como puede verse en la siguiente afirmaci&oacute;n tomada de un manual de materialismo hist&oacute;rico de amplia influencia en Am&eacute;rica Latina: &quot;la conciencia de clase es objetiva y racional&quot; (Harnecker, 1980, p. 183).</p>     <p>Estas versiones deterministas de los movimientos sociales fueron cuestionadas y superadas desde la propia tradici&oacute;n marxista. En particular durante la segunda mitad del siglo XX, un grupo de historiadores ingleses, a partir de sus investigaciones sobre las luchas campesinas y obreras, renovaron la comprensi&oacute;n hist&oacute;rica de los movimientos sociales. Militantes de izquierda a la vez que rigurosos y prol&iacute;ficos investigadores, George Rud&eacute;, Eric Hosbawm y Edward Thompson incorporaron nuevas claves anal&iacute;ticas para la comprensi&oacute;n de la acci&oacute;n colectiva desde sus propios protagonistas(Casanova, 1991).</p>     <p>En la perspectiva de hacer una &quot;historia desde abajo&quot; sobre la protesta popular en Francia e Inglaterra, Rud&eacute; elabora conceptos como &quot;multitud&quot;, ideolog&iacute;a inherente e ideolog&iacute;a derivada (Rud&eacute;, 1980 y 1984). Con el primero, denomina los conjuntos sociales que protagonizan las protestas revueltas y levantamientos populares, reconoci&eacute;ndoles la posesi&oacute;n de objetivos, ideolog&iacute;as y motivaciones propias. Identificada la multitud y los factores que explican las causas de la protesta; el autor valora la necesidad de escrudi&ntilde;ar el origen y curso de las ideas y motivaciones de sus protagonistas. Influido por Gramsci, Rud&eacute; plantea que las &quot;ideolog&iacute;a popular&quot; de los movimientos no puede verse como &quot;conciencia de clase&quot;, sino como una mezcla entre sus valores, creencias e ideas tradicionales, la &quot;ideolog&iacute;a inherente&quot;, y los recursos ideol&oacute;gicos provenientes desde fuera e incorporados y adaptados por la gente: la &quot;ideolog&iacute;a derivada&quot; (Rud&eacute;, 1984).</p>     <p>Por otra parte, Thompson (1986), en su monumental estudio sobre la formaci&oacute;n de la clase obrera inglesa y en sus reflexiones metodol&oacute;gicas, incorpor&oacute; categor&iacute;as como sujeto, cultura, identidad, experiencia y econom&iacute;a moral. Partiendo de los presupuestos seg&uacute;n los cuales la actividad hist&oacute;rica es un di&aacute;logo abierto entre preguntas, material emp&iacute;rico y conceptos, y que el marxismo no es un dogma te&oacute;rico, sino una perspectiva interpretativa, en sus estudios historiogr&aacute;ficos evidenci&oacute; la tensi&oacute;n dial&eacute;ctica entre estructuras, procesos y sujetos hist&oacute;ricos y ratifico que es m&aacute;s desde su cultura y su experiencia que desde la conciencia como los grupos sociales perciben y act&uacute;an sobre su realidad:</p> <ul>Con la experiencia, los hombres y mujeres devienen como sujetos, como personas que experimentan las situaciones productivas y las relaciones dadas en que se encuentran, en tanto que necesidades e intereses y en tanto que antagonismos, elaborando luego su experiencia desde las coordenadas de su conciencia y de su cultura por las v&iacute;as m&aacute;s complejas y actuando luego a su vez sobre su propia situaci&oacute;n (a menudo, pero no siempre, por medio de las estructuras de clase (Thompson, 1981, p. 253).    </ul>     <p>Por otro lado, Thompson cuestiona las posturas que ven en los motines de subsistencia simples reacciones espasm&oacute;dicas a los est&iacute;mulos econ&oacute;micos, pues desconocen que los insumisos pose&iacute;an sus propios criterios culturales para justificar su acci&oacute;n: defend&iacute;an derechos y costumbres ancestrales de sus comunidades que fueron desconocidos. A ese conjunto de valores y creencias, desde los cuales los pobres estiman unas relaciones y pr&aacute;cticas sociales como leg&iacute;timas o no, las denomin&oacute; &quot;econom&iacute;a moral&quot; (Thompson, 1984, p. 66).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>De la psicolog&iacute;a de masas a la frustraci&oacute;n relativa</b></font></p>     <p>A comienzos del siglo XX, la perspectiva m&aacute;s influyente para explicar la emergencia de los grandes movimientos de base popular en Europa fue la llamada &quot;psicolog&iacute;a de masas&quot; planteada por Gustave le Bon en 1895 (con ecos posteriores en Freud, Ortega y Gasset y Canetti). Por masa entend&iacute;a &quot;una reuni&oacute;n cualquiera de individuos, de cualquier nacionalidad, profesi&oacute;n o sexo, as&iacute; como las circunstancias que los re&uacute;nen&quot; (citado por Neveu, 2000, p. 48). En la masa, el individuo pierde su autonom&iacute;a y sufre contagio de las creencias y comportamientos colectivos; por eso es sugestionable, emotiva y manipulable, por tanto, imprevisible y peligroso.</p>     <p>As&iacute;, para Le Bon existe una relaci&oacute;n directa entre fen&oacute;menos grupales y cambio cognitivo. Al conformarse en colectivo, sean cual fueren sus integrantes, surge un &quot;modo de pensar, sentir y actuar de modo diferente de la forma como lo har&iacute;a cada uno por separado&quot;; por un lado, surge un sentimiento de potencia invencible, que lleva a que, en el anonimato de la masa, los individuos abandonen todo sentimiento de responsabilidad; por el otro, se genera una din&aacute;mica de sugestibilidad que contagia a todos sus integrantes a actuar de un modo com&uacute;n. El conocimiento de la &quot;psicolog&iacute;a de masas&quot; se presentaba como necesario para los estadistas y dirigentes pol&iacute;ticos, &quot;no tanto para gobernarlas, como para no ser gobernado por ellas&quot; (Le Bon, 1986); en efecto, la obra de Le Bon fue consultada por dirigentes de derecha y de izquierda en Europa y Am&eacute;rica Latina durante la primera mitad del siglo XX<a name=top1></a><a href="#back1"><sup>1</sup></a>.</p>     <p>Frente a la traum&aacute;tica experiencia del ascenso de movimientos y reg&iacute;menes pol&iacute;ticos totalitarios en Europa, en la posguerra surgieron estudios sobre el consentimiento y la amplia participaci&oacute;n popular en dichos procesos. As&iacute;, surgi&oacute; una lectura cr&iacute;tica de la sociedad de masas, desde perspectivas como las de Hanna Arent (1973), Erich From y William Kornhauser. Sin la pretenci&oacute;n de detenernos en cada uno de sus planteamientos, basta con afirmar la preocupaci&oacute;n com&uacute;n acerca de la manera en que en las sociedades de masas pierden fuerza y significado algunas instituciones y organizaciones como la familia, la escuela y los partidos que serv&iacute;an para regular las relaciones entre el individuo y la sociedad, siendo remplazadas por espacios y din&aacute;micas de aglomeraci&oacute;n social con escasa interacci&oacute;n entre los individuos y difusas formas de organizaci&oacute;n, proclives a la manipulaci&oacute;n.</p>     <p>Por otra parte, los primeros estudios sociol&oacute;gicos sobre movimientos sociales desarrollados en los Estados Unidos han estado influidos por el funcionalismo y sus variantes; desde los trabajos pioneros de Park (1939) y Blumer (1957), quien acu&ntilde;&oacute; la expresi&oacute;n &quot;comportamiento colectivo&quot;, hasta culminar en los trabajos m&aacute;s sistem&aacute;ticos de Smelser (1962) y Gurr (1970), el paradigma pluralista del consenso, que ha dominado la tradici&oacute;n norteamericana.</p>     <p> Aunque los primeros autores, los cuales se ocuparon de los movimientos sociales en el marco de una interpretaci&oacute;n funcionalista, vieron en ellos una expresi&oacute;n de conductas desviadas protagonizadas por individuos con dificultades de integraci&oacute;n social en situaciones de malestar (Park, 1939), fue Smelser (1963) quien elabor&oacute; una teor&iacute;a sobre el &quot;comportamiento colectivo&quot;, en la que desempe&ntilde;an un papel clave de ciertas dimensiones subjetivas. En primer lugar, hay que decir que Smelser entiende esta categor&iacute;a como &quot;una movilizaci&oacute;n basada en una creencia que redefine la acci&oacute;n social&quot; (Smelser, 1995, p. 20) y en la que caben diversas formas de acci&oacute;n colectiva que van desde formas elementales, como el p&aacute;nico, el furor colectivo y el estallido hostil, hasta comportamientos organizados, como los movimientos normativos y los movimientos valorativos. </p>     <p>La acci&oacute;n colectiva es siempre fruto de una tensi&oacute;n que conmueve el equilibrio del sistema social; dicha tensi&oacute;n, dada la incertidumbre y ansiedad que genera, lleva a que se acuda a <i>creencias generalizadas</i>, que incitan a acciones para restablecer el orden perdido. &Eacute;stas son valoraciones de la situaci&oacute;n, anhelos y expectativas, desde las cuales se vuelve significativa la situaci&oacute;n adversa generada por la tensi&oacute;n y se eval&uacute;a la pertinencia y orientaci&oacute;n a la acci&oacute;n colectiva. En todos los grupos humanos existen creencias compartidas que no necesariamente se convierten en detonadoras de la acci&oacute;n colectiva; son determinantes cuando existen las condiciones de conductividad y tensi&oacute;n estructural, ya que son el factor necesario para que se d&eacute; la movilizaci&oacute;n colectiva. En todos los casos, las creencias buscan reestructurar una situaci&oacute;n ambigua que ha generado la tensi&oacute;n estructural y que no puede manejarse en los marcos de acci&oacute;n existentes. </p>     <p>Por otro lado, Smelser retoma como criterio para explicar y describir los comportamientos colectivos los cuatro componentes b&aacute;sicos de la acci&oacute;n social (Smelser, 1995, p. 21): 1. Los valores, que proveen las orientaciones m&aacute;s amplias de los comportamientos; 2. Las reglas, o procedimientos reguladores de la interacci&oacute;n que inciden en la b&uacute;squeda de tales metas; <a name=top2></a><a href="#back2"><sup>2</sup></a>. La movilizaci&oacute;n de la motivaci&oacute;n individual para la acci&oacute;n organizada; <a name=top3></a><a href="#back3"><sup>3</sup></a>. Los instrumentos de la situaci&oacute;n que el actor utiliza como medios para alcanzar metas concretas.</p> <ul> De estos componentes el autor deriva su tipolog&iacute;a de comportamientos colectivos, seg&uacute;n el principio por el cual cada uno se orienta hacia un componente distinto de la acci&oacute;n social (Smelser, 1995, p. 22):    </ul> <ul>1. Un movimiento valorativo es la acci&oacute;n colectiva, movilizada por una creencia generalizada que preconiza una reconstituci&oacute;n de valores. Por templo, el movimiento anticolonial liderado por Gandhi o el ambientalismo.    </ul> <ul>2. Un movimiento normativo es la movilizaci&oacute;n organizada en nombre de una creencia generalizada que propende a la reconstrucci&oacute;n de las normas. Por ejemplo, el movimiento antisegregacionista de Luther King.    ]]></body>
<body><![CDATA[</ul> <ul>3. El estallido hostil es la acci&oacute;n movilizada de acuerdo con una creencia generalizada, que asigna a alg&uacute;n agente la responsabilidad o culpa de un estado de cosas adverso, como el caso de los linchamientos a autoridades o especuladores.    </ul> <ul>4. El furor y el miedo p&aacute;nico son formas de comportamiento basadas en una redefinici&oacute;n generalizada de las facilidades de la situaci&oacute;n: un tumulto o revuelta posterior a un partido de futbol.    </ul>     <p>Pese a los cuestionables presupuestos funcionalistas y a la amplitud de la categor&iacute;a de comportamiento colectivo, considero que la incorporaci&oacute;n del concepto de creencia generalizada, como clave interpretativa para mediar la relaci&oacute;n entre condiciones estructurantes y acci&oacute;n colectiva, es un aporte significativo en la construcci&oacute;n de una perspectiva que d&eacute; a los procesos subjetivos un papel importante en la comprensi&oacute;n de los movimientos sociales.</p>     <p>Finalmente, nos ocuparemos de Ted Gurr, quien, en su libro <i>&iquest;Why men rebel?</i>3, desarroll&oacute; un marco anal&iacute;tico para abordar la acci&oacute;n colectiva desde un enfoque psicosocial. Su concepto central es <i>frustraci&oacute;n relativa</i>, entendida como &quot;un estado de tensi&oacute;n, una satisfacci&oacute;n esperada y rechazada, generadora de potencial de descontento y de violencia&quot; (N&eacute;veu, 2000, p. 56). La frustraci&oacute;n relativa surge del saldo negativo de la tensi&oacute;n entre los valores (materiales o inmateriales) que un individuo posee en un momento dado y las expectativas frente a aquellos que siente que tiene derecho; es relativa porque depende de una l&oacute;gica de comparaci&oacute;n entre dos situaciones cambiantes en el tiempo o el espacio. El siguiente ejemplo puede ilustrar el planteamiento: un grupo social como los criollos americanos en el siglo XVIII que, pese a mejorar sus condiciones materiales y considerar que tiene derecho a tener un lugar m&aacute;s decisivo en la esfera pol&iacute;tica, se ven impedidos en lograrlo, pueden sentir m&aacute;s frustraci&oacute;n que otros sectores m&aacute;s pobres, pero que no aspiran a acceder al poder pol&iacute;tico. </p>     <p>Partiendo del reduccionismo sicol&oacute;gico que marca su propuesta, Gurr elabora un marco de posibles situaciones y tipolog&iacute;as de frustraci&oacute;n colectiva que ilustra con experiencias hist&oacute;ricas contempor&aacute;neas. Sin embargo, el autor busca superar dicho reduccionismo, incorporando factores culturales y de memoria colectiva: &iquest;cu&aacute;les valores o s&iacute;mbolos han sido los que m&aacute;s frecuentemente convocan a la acci&oacute;n rebelde? &iquest;Se tiene mayor o menor tradici&oacute;n de movilizaci&oacute;n colectiva?; preguntas que pueden ilustrarse ampliamente con ejemplos como el recuerdo de Tupac Amaru o Emiliano Zapata en diferentes luchas sociales en Per&uacute; y M&eacute;xico. </p>     <p>En el mismo sentido, Gurr (1973, p. 45) destaca la importancia de las dimensiones cognitiva y simb&oacute;lica para promover o inhibir la movilizaci&oacute;n colectiva: la promoci&oacute;n de un movimiento social requiere una producci&oacute;n discursiva y simb&oacute;lica que retome o produzca valores y significados que legitimen la &quot;rebeld&iacute;a&quot;; asimismo, para quienes ejercen la autoridad, es primordial incidir sobre los valores que legitiman el orden y las expectativas de los dominados para evitar que sobrepasen el umbral de frustraci&oacute;n. Por ello, vale la pena destacar que Gurr fue uno de los primeros autores en se&ntilde;alar la importancia de los medios de comunicaci&oacute;n como activadores o inhibidores de la acci&oacute;n colectiva.</p>     <p><b><font size="3">La teor&iacute;a del &quot;agravio moral&quot; de Barrington Moore </font></b></p>     <p>En 1978, el soci&oacute;logo norteamericano Barrington Moore publica el libro <i>La injusticia. Bases sociales de la obediencia y la rebeli&oacute;n</i>, en el que se propone indagar &quot;por qu&eacute; y con tanta frecuencia las personas soportan ser v&iacute;ctimas de sus sociedades y por qu&eacute; en otras ocasiones se encolerizan y tratan con toda su pasi&oacute;n y todas sus fuerzas, de hacer algo respecto de su situaci&oacute;n&quot; (Moore, 1996, p. 9), y qu&eacute; relaci&oacute;n guarda dicho comportamiento con sus ideas y sentimientos sobre justicia e injusticia. Para responder a este problema, el autor hace una exhaustiva revisi&oacute;n de poblaciones &quot;pasivas&quot; e insumisas en diferentes contextos y periodos hist&oacute;ricos, as&iacute; como de algunas teor&iacute;as e investigaciones sociol&oacute;gicas y psicol&oacute;gicas.</p>     <p>Desde una posici&oacute;n cr&iacute;tica a todo determinismo -ya evidente en una obra previa-4, Moore articula dimensiones hist&oacute;ricas, sociales, culturales y psicol&oacute;gicas para comprender la concurrencia de situaciones que los humildes consideran como inequitativas o injustas, pero que en unos casos aceptan y en otras rechazan. Para ello, incorpora la categor&iacute;a de <i>agravio moral</i> definida como el sentimiento de indignaci&oacute;n asociada al incumplimiento del &quot;contrato social recurrente&quot; en las relaciones entre elites y dominados; en otras palabras, &quot;al fracaso para cumplir con sus obligaciones, expresas o impl&iacute;citas, de proporcionar seguridad y organizar los prop&oacute;sitos colectivos&quot; (Moore, 1996, p. 56); por ejemplo, la aplicaci&oacute;n discriminada de las normas o la imposici&oacute;n de trabajos indeseables y de castigos desproporcionados. Tales l&iacute;mites de lo injusto no son universales, son construidos culturalmente. &quot;Las f&oacute;rmulas culturales definen las necesidades sociales aceptables o inaceptables, el significado y las causas del sufrimiento humano y aquello que los individuos pueden o deben hacer respecto del sufrimiento&quot; (Moore, 1996, p. 85).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Frente a la pregunta sobre por qu&eacute; hombres y mujeres no se rebelan ante condiciones &quot;objetivamente&quot; opresivas u oprobiosas, caso m&aacute;s com&uacute;n en la historia que la insumisi&oacute;n, su respuesta es social: para los grupos dominantes, es importante inhibir la capacidad de indignaci&oacute;n de la gente, antes que acallar las demandas de injusticia. Distingue cuatro procesos que inhiben esfuerzos colectivos para identificar y resistir a las causas humanas del dolor y el sufrimiento: 1. Temor a las represalias, activa una solidaridad colectiva entre los oprimidos frente a quien se rebela; 2. Destrucci&oacute;n de los lazos sociales previos entre aquellos que sufren, debilitando el mutuo apoyo; 3. La cooptaci&oacute;n; 4. Fragmentaci&oacute;n de la poblaci&oacute;n afectada, ya sea por razones &eacute;tnicas, de g&eacute;nero, clase o religi&oacute;n. </p>     <p>Por otro lado, comprender cu&aacute;ndo la gente rechaza la opresi&oacute;n y se rebela implica considerar los procesos sociales, culturales y sicol&oacute;gicos que la llevan a cuestionar la inevitabilidad de las situaci&oacute;n o la legitimidad de su existencia. En cuanto a lo social, la construcci&oacute;n de una presencia s&oacute;lida y efectiva desde la conformaci&oacute;n de procesos organizativos y de identidad colectiva, proceso que se da a mediano y largo plazo. En cuanto a lo cultural, el desaf&iacute;o es la creaci&oacute;n de un criterio moral independiente del que legitima la opresi&oacute;n: &quot;para cualquier grupo oprimido, la primera tarea consiste en sobreponerse a la autoridad moral que sostiene las causas del sufrimiento, y as&iacute; crear una identidad pol&iacute;tica efectiva&quot;. En este proceso confluyen tres aspectos importantes (Moore, 1996, p. 95): </p> <ul>1. Invertir las formas de solidaridad a  favor del opresor para reorientarlo en su contra.     </ul> <ul>2. Creaci&oacute;n de patrones de condena para explicar y juzgar los sufrimientos actuales: redefinici&oacute;n del diagn&oacute;stico y el remedio.     </ul> <ul>3. Nueva definici&oacute;n de los amigos y los enemigos.     </ul>     <p>En &uacute;ltimas, lo importante es reconocer c&oacute;mo los grupos sociales superan la anestesia social y el sentimiento de inevitabilidad de la situaci&oacute;n y los sustituyen por el sentimiento de injusticia. En el plano social, venciendo la dependencia por medio de la creaci&oacute;n de nuevas formas de solidaridad y de redes de cooperaci&oacute;n y reorientarlas hacia el movimiento reivindicador. En el plano cultural, venciendo la ilusi&oacute;n de que el estado de cosas es inevitable, y fortaleciendo sentimientos morales de indignaci&oacute;n: &quot;la historia de todas las luchas pol&iacute;ticas importantes refleja el choque de pasiones, convicciones y sistemas de creencias&quot; (Moore, 1996, p. 443). Adem&aacute;s de una masa potencialmente descontenta, se requiere activistas que articulen las demandas, cuestionen la mitolog&iacute;a dominante y encausen la iniciativa rebelde; &quot;ning&uacute;n movimiento social ha podido existir sin su ej&eacute;rcito de predicadores y militantes que esparcen las buenas nuevas sobre la necesidad de escapar de los males de este mundo&quot; (Moore, 1996, p. 446). </p>     <p><b><font size="3">El eclipse de lo subjetivo: la elecci&oacute;n racional y la movilizaci&oacute;n de recursos</font> </b></p>     <p>Otros enfoques actuales frente a la acci&oacute;n colectiva parten de desconfiar tanto del objetivismo de las categor&iacute;as marxistas como del &eacute;nfasis subjetivista de la teor&iacute;a de la perspectiva del &quot;comportamiento colectivo&quot;. Esta toma de distancia con las comprensiones estructurales y psicosociales de los movimientos sociales gener&oacute; un nuevo reduccionismo: el de racionalidad econ&oacute;mica como clave para explicar su sentido y organizaci&oacute;n. Las teor&iacute;as de la decisi&oacute;n racional o <i>racional choice</i> (Olson, 1964; Elster 1979 y 1989) y de la movilizaci&oacute;n de recursos o<i> resource mobilization</i> (Obershall, 1973, Tilly, 1995) parten de la premisa de los protagonistas de la acci&oacute;n colectiva son &quot;actores racionales&quot; que act&uacute;an desde una racionalidad estrat&eacute;gica movida por la ecuaci&oacute;n costo-beneficio. Los te&oacute;ricos de ambas escuelas enfatizan variables &quot;objetivas&quot;, como la organizaci&oacute;n, los intereses, los recursos, los repertorios y las estrategias de protesta y las estructuras de oportunidades. </p>     <p>El trabajo pionero de Olson (1964) introduce el c&aacute;lculo de intereses estrictamente individuales para explicar el comportamiento de la gente en las organizaciones sociales. Por ello, sostiene que sin incentivos selectivos (perspectiva de beneficios materiales individuales) o sin restricciones (temor al castigo), el individuo racional no contribuye con sus recursos en la organizaci&oacute;n de la acci&oacute;n colectiva de grupos grandes; ser&aacute; m&aacute;s racional abstenerse de cooperar y dejar que otros hagan el trabajo:</p> <ul>El miembro individual de una organizaci&oacute;n grande est&aacute; en situaci&oacute;n similar a la de la empresa en un mercado competitivo o al de un contribuyente: sus esfuerzos no producir&aacute;n un efecto perceptible en la situaci&oacute;n de la organizaci&oacute;n, de modo que puede disfrutar de cualquiera de las mejoras conseguidas por otros, haya o no trabajado para apoyar a su organizaci&oacute;n (Olson, 1964, p. 26).    </ul>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Frente a las razones adversas a la participaci&oacute;n, sin incentivos selectivos o sin amenazas, la acci&oacute;n colectiva se vuelve imposible o irracional (Cohen, 1995, p. 27). En fin, para Olson, la tendencia de los miembros de los grupos grandes es a no organizarse para la acci&oacute;n coordinada, as&iacute; tengan razones para ello. Sin embargo, como la evidencia hist&oacute;rica muestra lo contrario y la gente s&iacute; participa de movimientos colectivos, los te&oacute;ricos de la movilizaci&oacute;n de recursos coinciden en reconocer que Olson se equivoca al asumir que quienes se movilizan o no en una acci&oacute;n colectiva son individuos aislados (modelo del mercado); en la realidad, est&aacute;n ya organizados en grupos solidarios, en comunidades viables o en asociaciones en torno a &quot;intereses colectivos&quot;.</p>     <p> As&iacute;, el modelo propuesto por Olson explica por qu&eacute; algunos individuos no se vinculan a organizaciones o a los movimientos colectivos o buscan beneficiarse con el trabajo de los otros (&quot;gorrones&quot;), pero no da cuenta de quienes lo hacen. Tampoco, el individualismo metodol&oacute;gico da cabida a nociones como el altruismo, la cooperaci&oacute;n, la solidaridad desinteresada o el compromiso con valores ajenos a la racionalidad instrumental de acuerdo a fines. El mismo Elster, en publicaciones recientes, ha tenido que admitir que la acci&oacute;n colectiva es resultado de diferentes motivaciones: </p> <ul>Varias clases de motivaciones pueden unirse y combinarse para producir una acci&oacute;n colectiva. No hay ninguna motivaci&oacute;n privilegiada para la conducta cooperativa en todas las ocasiones, ni en una situaci&oacute;n dada podemos esperar hallar un tipo de motivaci&oacute;n que suministre la principal explicaci&oacute;n de una acci&oacute;n colectiva coronada por el &eacute;xito (Elster, 1991, p. 66).    </ul>     <p> Los te&oacute;ricos de la &quot;movilizaci&oacute;n de recursos&quot; centran la atenci&oacute;n en la acci&oacute;n organizada; no se preguntan por qu&eacute; los individuos se vinculan o no a las asociaciones, sino por la eficacia de sus acciones organizadas: &iquest;c&oacute;mo se desencadena, se desarrolla y triunfa o fracasa una movilizaci&oacute;n? (McKarthy y Zald, 1977, p. 23). Su iniciador, Obershall, parte de la premisa de la continuidad entre el comportamiento normalizado y el no conformista. Las conductas institucionalizadas, al igual que los comportamientos colectivos, obedecen a la misma racionalidad (costo-beneficio) y por tanto pueden ser analizados desde nociones e instrumentos comunes. La acci&oacute;n social es asumida como creaci&oacute;n, consumo e intercambio de recursos entre grupos y sectores de la sociedad; recurso es cualquier bien o valor (material o no) reconocido por tal, por uno o m&aacute;s grupos de la sociedad (Melucci, 1977, p. 97).</p>     <p> Los conflictos colectivos son vistos como luchas por el control de recursos y el &eacute;nfasis de su an&aacute;lisis est&aacute; en la organizaci&oacute;n que estructura al grupo y a los recursos para la movilizaci&oacute;n. Esta hace referencia al proceso de formaci&oacute;n de las masas, de los grupos, de las asociaciones y organizaciones para satisfacer necesidades compartidas. A veces, se forman unidades sociales duraderas con dirigentes, legalismos, identidades y objetivos comunes (Obershall, 1973, p. 102). La movilizaci&oacute;n colectiva es un modo de obtener e invertir recursos para obtener determinados fines; cada grupo calcula costos y beneficios ligados a diversas opciones de acci&oacute;n; la participaci&oacute;n o el liderazgo en un movimiento social puede ser analizados como formas de distribuci&oacute;n de recursos, mediante los cuales los diversos actores calculan costos y beneficios, buscando obtener la m&aacute;xima ventaja (Cohen, 1995, p. 25).</p>     <p>En la perspectiva de este art&iacute;culo, podemos afirmar que los enfoques de decisi&oacute;n racional y movilizaci&oacute;n de recursos, as&iacute; hayan hecho aportes en los aspectos organizacionales y estrat&eacute;gicos de los movimientos sociales, desconocieron la dimensi&oacute;n subjetiva de la acci&oacute;n colectiva y empobrecieron el an&aacute;lisis de la pluralidad de los componentes culturales, ideol&oacute;gicos y motivacionales presentes en ella. A la vez, dejan sin respuesta los procesos de solidaridad y de identidad colectiva, as&iacute; como los contenidos altruistas presentes en la acci&oacute;n colectiva. </p>     <p><font size="3"><b>El &quot;paradigma&quot; de la identidad</b></font></p>     <p>Frente a los l&iacute;mites del funcionalismo, el marxismo y la teor&iacute;a de movilizaci&oacute;n de recursos algunos te&oacute;ricos europeos para comprender los movimientos sociales -en particular, la creaci&oacute;n de nuevos significados, solidaridades e identidades colectivas- han generado nuevas claves para interpretar la acci&oacute;n colectiva. Al tratar de dar cuenta de los conflictos y movilizaciones sociales iniciadas en los pa&iacute;ses centrales a partir la d&eacute;cada del setenta, autores como Alain Touraine, Jurgen Habermas, Alberto Melucci y Francesco Alberoni han contribuido en la formaci&oacute;n de un &quot;nuevo paradigma&quot; en el campo de estudio de los movimientos sociales.</p>     <p>Touraine (1978, p. 43) define los movimientos sociales como:</p> <ul>El accionar colectivo y organizado de un actor social que lucha contra un oponente por la direcci&oacute;n del presente hist&oacute;rico con capacidad de producir orientaciones socioculturales que le permitan lograr el control social de los recursos centrales de una sociedad determinada.    </ul>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En este sentido, las orientaciones culturales no est&aacute;n desvinculadas del conflicto social y, por tanto, la construcci&oacute;n de identidad de los movimientos sociales es un hecho objetivo y no s&oacute;lo simb&oacute;lico o expresivo. En otras palabras:</p> <ul>Los actores colectivos contempor&aacute;neos ven que la creaci&oacute;n de identidad supone un conflicto social en lo que se refiere a la reinterpretaci&oacute;n de las normas, a la creaci&oacute;n de nuevos significados y al desaf&iacute;o de la construcci&oacute;n social de los l&iacute;mites mismos de la acci&oacute;n p&uacute;blica, la privada y la pol&iacute;tica (Cohen y Arato, 2001, p. 574).    </ul>     <p>Fue su disc&iacute;pulo, Alberto Melucci, quien llev&oacute; m&aacute;s a fondo la nueva interpretaci&oacute;n de los movimientos y de sus dimensi&oacute;n subjetiva. Frente al restringido concepto de &quot;comportamiento colectivo&quot;, propone la categor&iacute;a de &quot;sistema de acci&oacute;n colectiva&quot;, definida por la presencia del conflicto y de la solidaridad, es decir, &quot;por un sistema de relaciones que liga e identifica a aquellos que participan en &eacute;l&quot; (Melucci, 1976, p. 99). As&iacute;, la acci&oacute;n colectiva por excelencia son los movimientos sociales, los cuales implican una lucha entre dos actores sociales definidos por una solidaridad espec&iacute;fica que se enfrentan por la apropiaci&oacute;n y el destino de los recursos sociales.</p>     <p>En trabajos posteriores (1994 y 1995), Melucci centra la atenci&oacute;n en los llamados &quot;nuevos movimientos sociales&quot; propios de las &quot;sociedades complejas&quot;. En &eacute;stas crece la densidad de informaci&oacute;n y la diferenciaci&oacute;n de las adscripciones asociativas de los individuos y la autonom&iacute;a en la construcci&oacute;n de identidades, a la vez, que aumenta la necesidad de integraci&oacute;n y de control cultural por parte del sistema. Los conflictos surgidos desde los ochenta, reflejan esta nueva contradicci&oacute;n, a la vez, que introducen nuevos rasgos a la acci&oacute;n colectiva: 1. Evidencian que la emergencia de los conflictos tiene un car&aacute;cter permanente, no coyuntural; 2. Expresan la tensi&oacute;n entre los sistemas institucionales de decisi&oacute;n y la sociedad civil; 3. Sus tem&aacute;ticas son particulares; 4. Sus actores son temporales; <a name=top4></a><a href="#back4"><sup>4</sup></a>. Poseen una transversalidad social y una globalidad espacial; 6. Revelan a la sociedad que estos problemas existen; 7. La acci&oacute;n de los movimientos son ellas mismas un mensaje y una alternativa para la sociedad; 8. Dan un lugar central a la expresi&oacute;n simb&oacute;lica; 9. No buscan principalmente metas materiales.</p>     <p>En este nuevo contexto, Melucci analiza los movimientos sociales como construcciones sociales orientados por fines, valores, creencias, decisiones, pero a la vez delimitados por las restricciones estructurales de las relaciones sociales. Su comprensi&oacute;n debe involucrar tanto sus dimensiones anal&iacute;ticas internas como el sistema de referencia en el que se halla. En consecuencia, para Melucci (1999), los movimientos sociales son construcciones sociales organizadas como &quot;sistemas de acci&oacute;n&quot;, que involucran:</p> <ul>1. Conflicto: existencia de oposiciones estructurales que generan dos o m&aacute;s actores que compiten por los mismos recursos.    </ul> <ul>2. Identidad: capacidad de los actores para generar solidaridades y sentidos de pertenencia que les permita ser vistos como actor social.    </ul> <ul>3. Trasgresi&oacute;n de los l&iacute;mites del sistema:  alternatividad pol&iacute;tica, social y cultural.    </ul>     <p>Son &quot;sistema&quot; en la medida en que se configuran como estructuras organizadas que garantizan cierta unidad y continuidad en el tiempo; son &quot;acci&oacute;n&quot; en la medida en que est&aacute;n orientados por objetivos, creencias, decisiones; construyen &quot;identidad&quot; en la medida en que construyen solidaridades y sentidos de pertenencia a su interior y comparten campos de oportunidades comunes. Desde esta perspectiva metodol&oacute;gica, el autor muestra la manera en que los conflictos actuales tienden a producirse en las &aacute;reas del sistema m&aacute;s ligadas a la producci&oacute;n de recursos simb&oacute;licos, informativos y de comunicaci&oacute;n, al sistema de valores y normas que regulan las relaciones b&aacute;sicas de la gente consigo misma, con los otros y con la naturaleza (cuerpo, sexualidad, ambiente, deseos). Asimismo, estos nuevos movimientos no se orientan por una raz&oacute;n instrumental de acuerdo con fines, sino que son un fin en s&iacute; mismos; la forma del movimiento es mensaje; en fin, act&uacute;an sobre la dimensi&oacute;n simb&oacute;lica expresiva de la acci&oacute;n social (Melucci, 1994 y 1999).</p>     <p>Al considerar los movimientos sociales como sistemas de acci&oacute;n y mensajes simb&oacute;licos que plantean formas alternativas de comprender los problemas sociales y organizarse para actuar sobre ellos (Melucci, 1989), tambi&eacute;n son fuentes de construcci&oacute;n de identidad colectiva, entendida como &quot;una definici&oacute;n compartida e interactiva, producida por varios individuos (o por grupos a un nivel m&aacute;s complejo) que est&aacute; relacionada con las orientaciones de la acci&oacute;n y con el campo de oportunidades y constricciones en las que &eacute;sta tiene lugar&quot; (Melucci, 1995, p. 44).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b><font size="3">Los marcos de la acci&oacute;n colectiva </font></b></p>     <p>En medio del debate entre la tradici&oacute;n anglosajona de movilizaci&oacute;n de recursos y el &quot;paradigma de la identidad&quot;, en la d&eacute;cada del ochenta, emerge en Estados Unidos una perspectiva de comprensi&oacute;n de los movimientos sociales, a partir del concepto del &quot;an&aacute;lisis de marcos&quot; (<i>frame analysis</i>), planteado por Erving Goffman en 1974. El an&aacute;lisis de marcos de la acci&oacute;n colectiva surge como resultado de un trabajo conjunto de un grupo de soci&oacute;logos5 que abordan los movimientos sociales &quot;como agencias de significaci&oacute;n colectiva que difunden nuevos sentidos en la sociedad&quot; (Lara&ntilde;a, 1999, p. 88). &quot;Enmarcar&quot; fue un concepto introducido por Goffman (1974), que significa seleccionar determinados aspectos de la realidad percibida, destacando algunos aspectos para definir un problema particular, una interpretaci&oacute;n causal, una evaluaci&oacute;n moral y una recomendaci&oacute;n (Entman, 1993); los &quot;marcos&quot; son esquemas de interpretaci&oacute;n que permiten a los individuos ubicar, percibir, identificar y clasificar los acontecimientos ocurridos en un espacio de vida social y en el mundo en general (Goffman, 1974, p. 21).</p>     <p>En el estudio de la acci&oacute;n colectiva, un marco es:</p> <ul>El conjunto de creencias y significados orientados hacia la acci&oacute;n que legitiman las actividades de un movimiento social. El an&aacute;lisis de marcos enfatiza en la producci&oacute;n y difusi&oacute;n de elementos ideol&oacute;gicos y culturales durante el proceso de transformaci&oacute;n de acci&oacute;n colectiva en movimiento social (Chihu, 2008, p. 10).    </ul>     <p>Los estudiosos de los marcos interpretativos han subrayado su funci&oacute;n para negar o llamar la atenci&oacute;n sobre una injusticia social o definir como impropio o inmoral, lo que antes se ve&iacute;a como natural. Los marcos de referencia para la acci&oacute;n colectiva orientan a los actores para evaluar un problema y evaluar los resultados de la movilizaci&oacute;n.</p>     <p>Un concepto central de este enfoque es el de &quot;alineamiento de marcos&quot; que da cuenta de los nexos de congruencia entre los motivos, intereses y creencias de los individuos con las intenciones, actividades e ideolog&iacute;as de los movimientos sociales. Es una condici&oacute;n necesaria para la vinculaci&oacute;n y permanencia de las personas a la acci&oacute;n colectiva. Desde esta teor&iacute;a se considera que existen procesos de &quot;alineaci&oacute;n de marcos&quot;, cuya explicaci&oacute;n nos permite profundizar el concepto (Snow et &aacute;l., 2006, p. 31 y siguientes):</p> <ul>1. El &quot;puente entre marcos&quot;, el cual se refiere a los enlaces que se establecen entre marcos para difundirlos y transformarlos. Son sentimientos comunes de personas que comparten injusticias y agravios pero carecen de una base organizativa; alg&uacute;n agente (interno o externo) asume la iniciativa de convocar y reclutar adherentes para el movimiento.    </ul> <ul>2. La &quot;amplificaci&oacute;n de marcos&quot;, la cual se refiere a la activaci&oacute;n o vigorizaci&oacute;n de un marco frente a una problem&aacute;tica o conjunto de situaciones. Los marcos a activar pueden ser valores (principios o relaciones a proteger) o creencias sobre el problema, sus causas, sus responsables, la necesidad de movilizarse y sobre las probabilidades de transformaci&oacute;n.    </ul> <ul>3.  La &quot;extensi&oacute;n de marcos&quot; ocurre cuando las ideolog&iacute;as, metas y actividades del movimiento no hallan relaci&oacute;n con las creencias, valores e intereses de los individuos; por tanto, le corresponde ampliar las fronteras de sus marcos iniciales para enganchar potenciales adherentes.    </ul> <ul>4. La &quot;transformaci&oacute;n de los marcos&quot; se da cuando las metas, ideolog&iacute;as y actividades del movimiento son tan ajenos a la poblaci&oacute;n, que es necesario redefinir el marco de valores, creencias del movimiento.    </ul>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En una perspectiva hist&oacute;rica, en los movimientos sociales, se van configurando &quot;marcos maestros&quot; que act&uacute;an como modelos de &quot;se&ntilde;alamiento, atribuci&oacute;n, articulaci&oacute;n y movilizaci&oacute;n de un conjunto amplio de movimientos sociales&quot; (Chihu, 2006, p. 23). Un ejemplo contempor&aacute;neo es el &quot;marco de los derechos humanos&quot; que es referente de diversos movimientos como el de las feministas, los grupos &eacute;tnicos, los ancianos, las v&iacute;ctimas de la violencia y el colectivo LGBT. Generalmente, los ciclos de protesta, entendidos como escalonadas de acci&oacute;n colectiva en unos determinados periodos o coyunturas, est&aacute;n asociados al surgimiento y a la vigencia de un marco maestro; su incorporaci&oacute;n tambi&eacute;n trae consigo innovaciones estrat&eacute;gicas y t&aacute;cticas en los movimientos.</p>     <p>Finalmente, el proceso de enmarcado en todo movimiento social trae consigo una construcci&oacute;n de identidades tanto de los protagonistas o militantes de los movimientos como de los antagonistas u oponentes del mismo y de los observadores o audiencias del contexto, neutrales o no, comprometidos con el movimiento, pero que pueden pasar a serlo. As&iacute;, desde los marcos de diagn&oacute;stico, de pron&oacute;stico y de motivaci&oacute;n de la acci&oacute;n colectiva se van atribuyendo significados a los actores mencionados.</p>     <p><b><font size="3">Construcci&oacute;n simb&oacute;lica de los movimientos sociales </font></b></p>     <p>Terminamos este recorrido de corrientes que reivindican las dimensiones subjetivas de la acci&oacute;n colectiva con un conjuntos de autores que abordan los llamados &quot;nuevos movimientos sociales&quot; (Melucci, 1985; Offe, 1985; Johnston, Lara&ntilde;a y Gusfield, 1994; Torres, 2002); sus trabajos han sido publicados desde de la d&eacute;cada del noventa y han retomado aportes te&oacute;ricos provenientes del mundo anglosaj&oacute;n y del paradigma de la identidad en una perspectiva constructivista que se pregunta por la capacidad de los movimientos sociales para crear nuevos significados sociales. Este horizonte com&uacute;n no significa que sean una escuela o tendencia homog&eacute;nea. Se trata de Joseph Gusfield (1994), Ron Eyerman (1998) y Enrique Lara&ntilde;a (1994 y 1999).</p>     <p>Para dar cuenta de luchas contempor&aacute;neas, como las protagonizadas por las mujeres, que reivindican la equidad de g&eacute;nero, los homosexuales, los ambientalistas, los defensores de los animales y contra el abuso infantil, Gusfield retoma algunos aspectos de la tradici&oacute;n interaccionista del comportamiento colectivo y de la psicolog&iacute;a de masas, teor&iacute;as desechadas por los actuales estudiosos de los movimientos sociales; los cuales parten de una distinci&oacute;n entre teor&iacute;as que consideran los movimientos como acciones organizadas y los que los ven a los movimientos sociales como portadoras de ideas y nuevos significados (Gusfield, 1994, p. 95). El movimiento obrero es el ejemplo paradigm&aacute;tico del primero con sus miembros afiliados a sus sindicatos, sus mandos y sus bases, con sus objetivos program&aacute;ticos y sus acciones convencionales (huelgas, marchas el 1 de mayo); en contraste, est&aacute; el de mujeres, cuya militancia no pasa necesariamente por la pertenencia a una asociaci&oacute;n, sus m&uacute;ltiples escenarios y formas de actuaci&oacute;n (desde lo cotidiano y el habla corriente hasta los grandes escenarios p&uacute;blicos). </p>     <p>El autor reconoce que esa distinci&oacute;n anal&iacute;tica no se da tajantemente en la realidad de los movimientos -que conjugan ambas modalidades-, pero que es &uacute;til para distinguir entre movimientos lineales y fluidos; los primeros se asumen como organizaciones para alcanzar ciertos objetivos concretos, desde los cuales eval&uacute;an sus acciones; los segundos se proponen transformar las formas de percibir la realidad y los valores colectivos frente a una problem&aacute;tica, act&uacute;an dentro y fuera de estructuras organizadas y se manifiestan por medio de m&uacute;ltiples acciones en espacios cotidianos. </p>     <p>Aunque difiere -del presupuesto de base- de las teor&iacute;as de comportamiento colectivo, s&iacute; reivindica su planteamiento, seg&uacute;n el cual pueden ser fuente de nuevos valores y normas sociales como semillero de nuevas instituciones sociales (Turner y Killan, 1986). Igualmente, retoma los aportes del interaccionismo en torno a los marcos de acci&oacute;n (Goffman, 1974), en particular, a la capacidad de los movimientos sociales para sensibilizar a la sociedad en su conjunto y en torno a los problemas y alternativas a los cuales act&uacute;an. </p>     <p>Tambi&eacute;n retoma tres aspectos de la teor&iacute;a de la sociedad de masas que permiten comprender los movimientos fluidos (Gusfield, 1994, p. 111). En primer lugar, que en la actualidad buena parte de la interacci&oacute;n humana no se da cara a cara, sino mediante formas indirectas como los medios de comunicaci&oacute;n; en este sentido es v&aacute;lida la idea de sociedad como &quot;p&uacute;blico&quot;. En segundo lugar, la interacci&oacute;n social deja de estar mediada por instituciones y grupos organizados; as&iacute;, la categor&iacute;a &quot;masa&quot; es reivindicada, no para definir los colectivos sino los campos de acci&oacute;n. Por &uacute;ltimo, una audiencia de masas es m&aacute;s estandarizada y homog&eacute;nea que las distinciones de clase, etnia o g&eacute;nero; un mismo colectivo puede reconocerse y actuar unas veces como clase o grupo &eacute;tnico, y en otras ocasiones como masa sin identidad propia. Estos aspectos refuerzan el car&aacute;cter dramat&uacute;rgico de los movimientos sociales, en la medida en que emprenden acciones encaminadas a incidir sobre las audiencias; de ah&iacute;, la tendencia actual de realizar acciones &quot;espectaculares&quot; para atraer la atenci&oacute;n de los medios.</p>     <p>Por otra parte, Ron Eyerman (1998), luego de reconocer el creciente inter&eacute;s en la cultura por parte de los estudiosos de los movimientos sociales y de hacer una s&iacute;ntesis de los aportes del enfoque de los marcos de acci&oacute;n colectiva, destaca la necesidad de articular los marcos de la experiencia individual con los que provienen de la cultura y la memoria colectiva. Finalmente, se centra en la importancia de las formas est&eacute;ticas de la representaci&oacute;n simb&oacute;lica, desde lo que denomina la &quot;praxis cultural&quot; de los movimientos sociales, entendida como equivalente al desarrollo en el plano art&iacute;stico de lo que otros han elaborado en el plano cognitivo.</p> <ul>Mientras que la praxis cognitiva se refiere a la formaci&oacute;n de conciencia y el papel que en ella juegan los intelectuales de los movimientos, la praxis est&eacute;tica se centra en la contribuci&oacute;n de lo est&eacute;tico a la construcci&oacute;n de significado y la formaci&oacute;n de identidad colectiva en el seno de un movimiento social (Eyerman, 1998, p. 143).    </ul>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Ello puede darse en dos niveles: uno que denomina prepol&iacute;tico y otro expl&iacute;citamente pol&iacute;tico. El primero est&aacute; referido a las previas disposiciones que generan las subculturas art&iacute;sticas en la generaci&oacute;n de significados e identidades, como es el caso de culturas musicales como el<i> rock</i> o el <i>punk</i>. El segundo nivel es el del uso intencional de artefactos culturales canciones, himnos, im&aacute;genes, comparsas) como herramientas de movilizaci&oacute;n y construcci&oacute;n de sentidos de pertenencia; es el caso de la Internacional o la canci&oacute;n protesta latinoamericana.</p>     <p>La praxis cultural de los movimientos tambi&eacute;n involucra el &quot;rescate&quot; o la &quot;invenci&oacute;n&quot; de tradiciones y rituales del movimiento. Entiende la tradici&oacute;n como el conjunto de creencias o costumbres que pasa de generaci&oacute;n a generaci&oacute;n y que influye en la interpretaci&oacute;n y orientaci&oacute;n de la vida en com&uacute;n; los movimientos restauran la conciencia de la tradici&oacute;n y ponerla al servicio de sus causas y de su cohesi&oacute;n interna; el arte y las m&uacute;sica transportan tradiciones en forma de im&aacute;genes y s&iacute;mbolos que ayudan a enmarcar la acci&oacute;n colectiva. Los rituales cumplen un papel similar, dado que son ceremonias predeterminadas que sirven para aglutinar a los participantes y actualizar su pertenencia al movimiento y a la amplia tradici&oacute;n de protestas y luchas sociales; ello es evidente en los actos del 1&ordm; de mayo, pero tambi&eacute;n en los rituales y celebraciones de los movimientos.</p>     <p>Finalizamos con la s&iacute;ntesis que realiza Enrique Lara&ntilde;a (1999), al reconstruir el concepto de movimiento social desde la convergencia de las perspectivas interaccionistas y constructivistas. Apoy&aacute;ndose en los planteamientos sobre los marcos de acci&oacute;n y en las ideas de Alberto Melucci, el autor concibe los movimientos como sistemas de acci&oacute;n, mensajes simb&oacute;licos y agencias de significaci&oacute;n colectiva que a la vez que construyen identidad colectiva entre sus miembros y simpatizantes, difunden nuevos significados culturales al conjunto de la sociedad. Los movimientos desnaturalizan y ponen en debate las estructuras y relaciones sociales que sostienen el orden social, construyen nuevas significados alternativos a los predominantes y movilizan redes sociales en pos de la transformaci&oacute;n de las condiciones injustas.</p>     <p>Asimismo, su car&aacute;cter simb&oacute;lico y reflexivo posibilita la unidad y continuidad en el tiempo de los movimientos sociales, rasgos que los distinguen de otras formas de acci&oacute;n colectiva. Su cohesi&oacute;n interna, &quot;se manifiesta en que sus miembros comparten ideas comunes y tiene una conciencia colectiva, en sentimientos de pertenencia a un grupo y de solidaridad con sus miembros&quot; (Lara&ntilde;a, 1999, p. 113). Su continuidad temporal, a diferencia de otros eventos de protesta y movilizaci&oacute;n ocasionales y espor&aacute;dicas, es fruto de su conexi&oacute;n con procesos hist&oacute;ricos y sociales de car&aacute;cter m&aacute;s estructural, pero tambi&eacute;n de su capacidad, pero tambi&eacute;n de su capacidad de construir tradiciones, memorias, identidades y visiones de futuro compartidas.</p>     <p><b><font size="3">La subjetividad como perspectiva interpretativa</font></b></p>     <p> Con el balance hecho en la primera parte del art&iacute;culo, es evidente que los procesos y elementos de car&aacute;cter subjetivo -ll&aacute;mense ideolog&iacute;a, conciencia, psicolog&iacute;a colectiva, creencia generalizada, frustraci&oacute;n, agravio moral, identidad, orientaci&oacute;n cultural o marcos interpretativos-, son una dimensi&oacute;n ineludible en el estudio de los movimientos sociales.. A continuaci&oacute;n, presentaremos c&oacute;mo desde diversos campos de los estudios sociales la subjetividad empieza a dejar de ser vista como una variable dependiente de los procesos sociales a ser una dimensi&oacute;n estructurante de las estructuras, instituciones y pr&aacute;cticas sociales. El reconocimiento de este posicionamiento de la subjetividad como campo problem&aacute;tico y como perspectiva de los estudios sociales puede ser &uacute;til en el abordaje de la acci&oacute;n colectiva.</p>     <p><font size="3"><b>Hacia un nuevo paradigma</b></font></p>     <p>Desde el paradigma epistemol&oacute;gico positivista- dominante en la investigaci&oacute;n social en el transcurso del siglo XX- lo subjetivo no cab&iacute;a ni en la ciencia (entendida como una actividad racional anal&iacute;tica y procedimental) ni en su objeto gen&eacute;rico -pues la realidad social, se consideraba como un orden estructurado objetivamente, regido por la causalidad y el determinismo-, ni mucho menos en el investigador (del que se esperaba objetividad y neutralidad valorativa). Lo subjetivo se asimilaba al subjetivismo, a lo irreal, a lo imaginario, lo fantasioso y la personalidad individual; en consecuencia, en el quehacer investigativo se le consideraba como fuente de error, como &quot;ruido&quot; a ser neutralizado, como lo ambiguo, lo perturbador (Torres, 2006).</p>     <p>Hoy sabemos que la objetividad, el universalismo, la racionalidad cient&iacute;fica y sus procedimientos, as&iacute; como las teor&iacute;as sociales, son construcciones subjetivas; las pr&aacute;cticas investigativas est&aacute;n impregnadas de subjetividad, al igual que todo esfuerzo por pensarla:</p> <ul>Participando en las matrices sociales (que incluyen la ciencia y las culturas de las que formamos parte) adquirimos formas de comprender y participar, met&aacute;foras y par&aacute;metros, ejes cognitivos y destrezas espec&iacute;ficas. La subjetividad y las relaciones sociales se organizan en el trazado de esas met&aacute;foras, de esos horizontes que generan presuposiciones y expectativas, configurando creencias, epistemolog&iacute;as cotidianas y visiones de futuro (Fried, 1994, p. 16).    </ul>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En el abordaje de la subjetividad, como campo problem&aacute;tico de reflexi&oacute;n e investigaci&oacute;n, confluyen diferentes campos de estudio (disciplinares o no), tradiciones te&oacute;ricas y enfoques metodol&oacute;gico; tambi&eacute;n supone desmontar supuestos e im&aacute;genes que la asimilan al subjetivismo como posici&oacute;n epistemol&oacute;gica, o a lo individual (como interioridad o conciencia). La subjetividad, m&aacute;s que un problema susceptible de diferentes aproximaciones te&oacute;ricas, es un campo problem&aacute;tico desde el cual podemos pensar la realidad social y el propio pensar sobre la misma. El primer problema es definirla m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites que imponen los par&aacute;metros de cada enfoque y marco disciplinar; as&iacute;, algunos autores coinciden en asumir la subjetividad como una categor&iacute;a de mayor potencial anal&iacute;tico y emancipador que otras como conciencia o identidad; por ejemplo, Boaventura de Sousa (1994, p. 123) la define como &quot;espacio de las diferencias individuales, de la autonom&iacute;a y la libertad que se levantan contra formas opresivas que van m&aacute;s all&aacute; de la producci&oacute;n y tocan lo personal, lo social y lo cultural&quot;.</p>     <p>Para Isabel Ja&iacute;dar (2003, p. 55):</p> <ul>La subjetividad es un medio de demostraci&oacute;n de las ciencias sociales e incluye el conocimiento, las construcciones simb&oacute;licas e imaginarias de aquellos saberes descalificados por el positivismo se&ntilde;al&aacute;ndolos de no racionalistas, como son los m&aacute;gicos, m&iacute;ticos, religiosos y en fin, todas las construcciones imaginarias y simb&oacute;licas que perviven en todos los pueblos de la tierra, y que se inscriben en un registro que tiene un lazo entre lo simb&oacute;lico, lo social y lo singular.    </ul>     <p>Funciones y rasgos de la subjetividad La categor&iacute;a de subjetividad nos remite a un conjunto de instancias y procesos de producci&oacute;n de sentido, por medio de las cuales los individuos y colectivos sociales construyen realidad y act&uacute;an sobre ella, a la vez que son constituidos como tales. Involucra un conjunto de imaginarios, representaciones, valores, creencias, lenguajes y formas de aprehender el mundo, conscientes e inconscientes, cognitivas, emocionales, volitivas y er&oacute;ticas, desde los cuales los sujetos elaboran su experiencia existencial y sus sentidos de vida (Torres, 2000, p. 8). </p>     <p>De este modo, la subjetividad, cumple simult&aacute;neamente varias funciones: 1. Cognoscitiva, pues, como esquema interpretativo y valorativo, posibilita la construcci&oacute;n de realidades, como lecturas del mundo y como horizonte de posibilidad de lo real; 2. Pr&aacute;ctica, pues desde ella los individuos y los colectivos orientan sus acciones y elaboran su experiencia; 3. Vincular, dado que se constituye, a la vez que orienta y sostiene los lazos sociales; y 4. Identitaria, pues aporta los materiales desde los cuales individuos y colectivos definen su identidad personal y sus sentidos de pertenencias sociales (Torres, 2006, p. 91).</p>     <p> Tambi&eacute;n podemos identificar algunas cualidades de la subjetividad como son su car&aacute;cter simb&oacute;lico, hist&oacute;rico y social, as&iacute; como su naturaleza vinculante, magm&aacute;tico, transversal, tensional y de alteridad. La subjetividad no se agota en lo racional ni en lo ideol&oacute;gico, sino que se despliega en el amplio universo de la cultura, entendida como &quot;entramado de s&iacute;mbolos en virtud de los cuales los hombres dan significado a su propia existencia [...] en el cual pueden orientar sus relaciones rec&iacute;procas, en su relaci&oacute;n con el mundo que los rodea y consigo mismos&quot; (Geertz, 1987, p. 205). Como fuente de sentido y mediaci&oacute;n simb&oacute;lica precede y trasciende a los individuos; constituye su yo m&aacute;s singular y su sentido de pertenencia a un conjunto social. Su naturaleza simb&oacute;lica implica que no se puede acceder a su comprensi&oacute;n, sino por medio de los m&uacute;ltiples lenguajes humanos. La racionalidad de la ciencia con su lenguaje anal&iacute;tico y abstracto, es insuficiente para atrapar la riqueza de las diferentes racionalidades que constituyen la subjetividad, teniendo m&aacute;s potentes para ello la poes&iacute;a, la literatura, el cine, las artes pl&aacute;sticas, las tradiciones y sabidur&iacute;as populares. </p>     <p>La subjetividad es siempre de naturaleza social e hist&oacute;rica. La subjetividad individual es una variante de procesos subjetivos m&aacute;s amplios, los cuales a su vez, est&aacute;n sostenidos por formaciones sociales espec&iacute;ficas. &Eacute;stas, a su vez han sido creadas por sujetos hist&oacute;ricos concretos y se mantienen por medio de din&aacute;micas subjetivas enmarcadas en contextos hist&oacute;ricos y sociales determinados. Como fen&oacute;meno sociocultural complejo y din&aacute;mico, la subjetividad tambi&eacute;n posee su propia historicidad; se hace y se deshace; puede ser transitoria o permanecer a lo largo del tiempo; por ello no est&aacute; sometida a una evoluci&oacute;n progresiva o una direcci&oacute;n &uacute;nica. </p>     <p>No es posible considerar la subjetividad como una realidad est&aacute;tica, suprahist&oacute;rica o ahist&oacute;rica como lo han pretendido algunos estudiosos con dimensiones subjetivas como el inconciente colectivo, las estructuras mentales o los imaginarios simb&oacute;licos. La subjetividad:</p> <ul> Siempre que no se aborde con criterios reduccionistas, representa una situaci&oacute;n de confluencia de planos de realidad en que se puede rastrear c&oacute;mo desembocan los microprocesos (por ejemplo de &iacute;ndole psicol&oacute;gica), as&iacute; como la apertura hacia &aacute;mbitos sociohist&oacute;ricos que se caracterizan por ser inclusivos de otros planos que pueden constituir el contexto particular del sujeto concreto que interese estudiar (Zemelman, 1996, p. 99).     </ul>     <p>Asumir la subjetividad como dimensi&oacute;n social hist&oacute;rica implica reconocer su car&aacute;cter de producente y de producida. Por un lado, porque est&aacute; estructurada por m&uacute;ltiples dinamismos hist&oacute;ricos y culturales que la condicionan; por otra, porque es estructurante de dichos procesos sociales, transform&aacute;ndolos y abriendo posibilidades de desenvolvimiento hist&oacute;rico. La subjetividad: </p> <ul>No puede entenderse como un campo definido en t&eacute;rminos de sus manifestaciones, ya sean conductuales, de expectativas o perceptivas, sino de modo m&aacute;s profundo, desde su misma din&aacute;mica constitutiva y constituyente: ello nos remite a campos de realidad m&aacute;s amplios (Zemelman, 1996, p. 104).     ]]></body>
<body><![CDATA[</ul>     <p>La subjetividad es siempre alteridad, es el lenguaje, la grupalidad, la historia y la cultura internalizada en cada sujeto. La subjetividad es siempre intersubjetividad. En lo individual est&aacute;n expres&aacute;ndose otras subjetividades, como lo plante&oacute; Bajtin en sus conceptos de polifon&iacute;a y dialogismo, cuando alguien habla, est&aacute;n presentes muchas voces. En fin, el yo y el nosotros es inconcebible sin el otro y el ellos que mutuamente se configuran. Cada ser humano es el otro de los otros, como lo han advertido Ricoeur (1996) y Octavio Paz. </p>     <p>La subjetividad tambi&eacute;n es de naturaleza vincular, si entendemos el v&iacute;nculo como esa estructura sensible, afectiva ideativa y de acci&oacute;n que nos une, nos &quot;ata&quot; a otro ser y con la cual el sujeto se identifica. Para Pichon Riviere (1985, p. 87), el v&iacute;nculo es la condici&oacute;n material de nuestra constituci&oacute;n subjetiva; para &eacute;l, la identificaci&oacute;n no est&aacute; planteada como identificaci&oacute;n a una imagen sino a un rasgo de la estructura vincular que incluye modelos de significaciones sensibles, afectivas, ideativas y de acci&oacute;n y que luego el sujeto reproduce. El v&iacute;nculo es el que intermedia y permite la inserci&oacute;n del sujeto al campo simb&oacute;lico de la sociedad. El v&iacute;nculo es una estructura bifronte posee una cara interna y otra externa. La subjetividad es, entonces, una &quot;verdadera selva de v&iacute;nculos&quot;. </p>     <p><b><font size="3">Subjetividades constituyentes </font></b></p>     <p>Si bien es cierto que la subjetividad social cristaliza en instituciones, normas, costumbres, rituales y modos de hacer, su naturaleza es magm&aacute;tica, pl&aacute;stica, fluida, indeterminada. Esta elasticidad y fluidez magm&aacute;tica de la subjetividad explica su naturaleza din&aacute;mica, cambiante, su vocaci&oacute;n liminal y su potencial de creaci&oacute;n y novedad (S&aacute;nchez Capdequ&iacute;, 1999, p. 21); no se rige por la l&oacute;gica identitaria ni por la causalidad, y es dif&iacute;cilmente conocible desde los esquemas interpretativos anal&iacute;ticos, formales, propios de la tradici&oacute;n de pensamiento occidental y de la teor&iacute;a social cl&aacute;sica (Castoriadis, 2003).</p>     <p> Al respecto, vale la pena destacar la distinci&oacute;n que hace Chanqu&iacute;a (1994, p. 42) a partir de su lectura de Zemelman, entre subjetividad estructurada y subjetividad emergente o constituyente; mientras la primera involucra los procesos subjetivos de apropiaci&oacute;n de la realidad dada, la segunda abarca los imaginarios, las representaciones y otras elaboraciones cognoscitivas portadoras de lo nuevo, de lo in&eacute;dito; &eacute;sta debe definirse contra aquella subjetividad estructural y, en algunas ocasiones, fuera de ella, pues &aacute;mbitos de la realidad silenciados con anterioridad, adquieren significaci&oacute;n en el proceso de su constituci&oacute;n. </p>     <p>Por ello, la subjetividad no est&aacute; circunscrita a un espacio y tiempo determinados sino que en ella se condensan diferentes escalas existenciales, espaciales y temporales. Por ejemplo, al abordar lo individual debe reconocerse las diferentes grupalidades, institucionalidades y estructuras sociales que lo constituyen; la subjetividad, como actualizaci&oacute;n del pasado es memoria; como apropiaci&oacute;n del presente, es experiencia; y como construcci&oacute;n de posibilidades, es futuro:</p> <ul> Toda pr&aacute;ctica social conecta pasado y futuro en su concreci&oacute;n presente, ya que siempre se mostrar&aacute; una doble subjetividad: como reconstrucci&oacute;n del pasado (memoria) y como apropiaci&oacute;n del futuro, dependiendo la constituci&oacute;n del sujeto de la articulaci&oacute;n de ambas (Zemelman, 1996, p. 116).     </ul>     <p>La subjetividad es transversal a la vida social. No hay plano ni momento de la realidad social que pueda pensarse sin subjetividad. Est&aacute; presente en todas las din&aacute;micas sociales y en todos sus &aacute;mbitos: tanto en la vida cotidiana y los espacios microsociales como en las realidades macrosociales, tanto en la experiencia intersubjetiva diaria como en las instituciones sociales que estructuran una &eacute;poca o una determinada formaci&oacute;n social. La subjetividad va m&aacute;s all&aacute; de los condicionantes de la producci&oacute;n econ&oacute;mica y de los sistemas pol&iacute;ticos y toca lo personal, lo social y lo cultural. Finalmente, la subjetividad es escenario y a la vez vehiculiza los conflictos sociales y pol&iacute;ticos. Como instituida, por medio de ella, se legitiman los poderes hegem&oacute;nicos y se garantiza la cohesi&oacute;n social; como instituyente, la subjetividad alimenta los procesos de resistencia y posibilita la emergencia de nuevos modos de ver, de sentir y de relacionarse que van contra el orden instituido y que pueden dar lugar a nuevos ordenes de realidad. </p>     <p>La naturaleza simb&oacute;lica, hist&oacute;rico social, intersubjetiva, vincular, magm&aacute;tica, transversal y tensional de la subjetividad, confirma su irreductibilidad a c&aacute;nones racionalistas y par&aacute;metros cientificistas; si bien s&oacute;lo es posible de ser reconocida por medio de los modos de ver, actuar y representarse de los individuos y colectivos espec&iacute;ficos que son sujetos a ella, sus sentidos no se reducen a est&aacute;s manifestaciones. Para comprenderla es necesario reconocer la especificidad y relaciones de las m&uacute;ltiples dimensiones que la constituyen. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b><font size="3">Algunos materiales de la subjetividad </font></b></p>     <p>Asumida la subjetividad como campo problem&aacute;tico y perspectiva de interpretaci&oacute;n de procesos, pr&aacute;cticas, instituciones, relaciones, transformaciones e innovaciones sociales, surge la necesidad de reconocer los materiales de la que est&aacute; hecha. En la subjetividad confluyen dimensiones culturales y ps&iacute;quicas reconocidas desde diferentes disciplinas sociales y campos de estudio como la antropolog&iacute;a, el sicoan&aacute;lisis, la psicolog&iacute;a social, la historia y los estudios culturales. Destaco algunos: los imaginarios culturales, las representaciones sociales, la memoria social, las creencias, las ideolog&iacute;as, el inconsciente, el pensamiento, los conocimientos, los valores, las emociones y los sentimientos, las voluntades y las visiones de futuro.</p>     <p>Por el car&aacute;cter del art&iacute;culo, no es posible abordar cada una de estas dimensiones, condensadas en conceptos construidos por diferentes disciplinas y estudios sociales. Por ahora, me limito a esbozar la especificidad de dos conceptos, los imaginarios y las representaciones, dado que, por un lado, tienden a confundirse en el uso cotidiano e incluso en los propios &aacute;mbitos acad&eacute;micos y, por el otro, cobran cada vez mayor centralidad en los an&aacute;lisis sociales contempor&aacute;neos. </p>     <p>La categor&iacute;a <i>imaginario simb&oacute;lico</i> o <i>imaginario cultural</i>, o lo imaginario fue acu&ntilde;ada en la ciencias sociales por el antrop&oacute;logo Gilbert Durand (1964 y 1971), a partir de la confluencia de la tradici&oacute;n iniciada por Karl Jung, Ernest Cassirer, Mircea Eliade y Gast&oacute;n Bachelard en torno a sus estudios sobre el inconciente colectivo, el simbolismo, los mitos y la imaginaci&oacute;n po&eacute;tica. El imaginario se define como un orden de sentido profundo que a modo de imagen o met&aacute;fora enmarca la cosmovisi&oacute;n de un amplio colectivo social; act&uacute;a a la manera de estructura cultural profunda en la cual se organizan el conjunto de s&iacute;mbolos y representaciones de dicho colectivo social. En palabras de Wuneneburger (2000, p. 10): </p> <ul>Lo imaginario representa el conjunto de im&aacute;genes mentales y visuales, organizadas por la narraci&oacute;n m&iacute;tica, por la cual una sociedad organiza y expresa simb&oacute;licamente sus valores existenciales y su interpretaci&oacute;n del mundo frente a los desaf&iacute;os impuestos por el tiempo y la muerte.    </ul>     <p> En la perspectiva de la acci&oacute;n colectiva, la imaginaci&oacute;n cultural es un lugar desde el cual puede pensarse la creatividad social, el cambio hist&oacute;rico y el surgimiento de in&eacute;ditas formas de actuaci&oacute;n y organizaci&oacute;n social. Sobre la base del car&aacute;cter magm&aacute;tico, indeterminado y pl&aacute;stico de lo social en su nivel imaginario, puede pensarse el cambio social y la posibilidad de nuevas institucionalidades que desborden el orden instituido (S&aacute;nchez Capdequ&iacute;, 1999, p. 22). Los imaginarios nutren de sentido a los movimientos sociales, en la medida en que aportan el subsuelo de s&iacute;mbolos, mitos y razones profundas, desde lo cual se fundamenta la acci&oacute;n colectiva, as&iacute; como tambi&eacute;n su horizonte ut&oacute;pico: sue&ntilde;os y visiones de futuro que la animan; finalmente el imaginario es <i>religadota</i>, es decir, alimenta y mantiene el v&iacute;nculo (<i>empat&iacute;as y simpat&iacute;as</i>) entre sus bases, entre estas y sus l&iacute;deres, y entre el movimiento y el conjunto social (Maffesoli, 1990). </p>     <p>Los imaginarios son, en esta perspectiva, las matrices profundas de las que se nutren simb&oacute;licamente las representaciones sociales. Dicha categor&iacute;a ha sido construida principalmente desde la psicolog&iacute;a social construccionista (Moscovisci, 1976; Jodelet, 1986; Ib&aacute;&ntilde;ez, 1994) seg&uacute;n la cual desde la vida cotidiana se construye la realidad como representaci&oacute;n y como pr&aacute;ctica social. Las representaciones sociales se refieren a la manera en que los seres humanos aprenden los acontecimientos de la vida diaria, las caracter&iacute;sticas del ambiente, las informaciones que en &eacute;l circulan y las personas del entorno (Jodelet, 1986). As&iacute;, las representaciones ser&iacute;an las unidades de sentido desde las cuales organizamos nuestro sentido com&uacute;n y el pensamiento pr&aacute;ctico. </p>     <p>&quot;Si bien es f&aacute;cil captar la realidad de las representaciones sociales, no es nada f&aacute;cil captar el concepto&quot; (Ib&aacute;&ntilde;ez, 1994, p. 170), dado que es un concepto h&iacute;brido en el que confluyen tradiciones sociol&oacute;gicas, antropol&oacute;gicas y psicol&oacute;gicas. Moscovisci (1976) sostiene que las representaciones sociales son &quot;un cuerpo organizado de conocimientos y una de las actividades ps&iacute;quicas gracias a las cuales los hombres hacen inteligible su realidad, se insertan en un grupo y en una relaci&oacute;n cotidiana de intercambios&quot;. Las representaciones, como estructuras de significaci&oacute;n, son a la vez constituidas y constituyentes de la vida social; expresan las condiciones sociales, a la vez que las construyen. Son una fuente, junto a las narrativas biogr&aacute;ficas y los v&iacute;nculos sociales, de la configuraci&oacute;n de identidades sociales (Gim&eacute;nez, 1996). </p>     <p>Las representaciones sociales est&aacute;n organizadas en torno a significaciones centrales que producen y reproducen creencias, normas e ideas que rigen la vida cotidiana y colectiva de una sociedad. De este modo, las representaciones poseen una dimensi&oacute;n cognitiva (traen a la mente conceptos e interpretaciones), una normativa (atribuye un orden a lo social) y una simb&oacute;lico-semi&oacute;tica (significan lo que acontece); que van m&aacute;s all&aacute; del &aacute;mbito individual y presencial, al inscribirse en procesos colectivos de larga duraci&oacute;n (Bonilla y Garc&iacute;a 1998, p. 20). </p>     <p>Finalmente, las representaciones sociales son irreductibles a otras formas de conocimiento como los imaginarios, los mitos, las ideolog&iacute;as o las creencias, as&iacute; guarden relaciones estrechas y compartan aspectos de todas ellas. Por ello, queda planteada la necesidad de continuar definiendo los l&iacute;mites conceptuales de otras categor&iacute;as constitutivas de la subjetividad, as&iacute; como su consideraci&oacute;n como dimensiones presentes en la acci&oacute;n colectiva. Ya varios estudios emp&iacute;ricos sobre movimientos sociales en Am&eacute;rica Latina han evidenciado la importancia de considerar dichas realidades subjetivas para comprender la especificidad de movimientos como el de los ind&iacute;genas en Bolivia (Tejeiro, 2007), Mexico (Gadea, 2004) y Colombia (Rappaport, 2000), los piqueteros y asambleas barriales en Argentina (Lewkovics, 2002; Ivern, 2007). </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b><font size="3">Balance: las dimensiones subjetivas de la acci&oacute;n colectiva</font> </b></p>     <p>&iquest;Qu&eacute; implicaciones tienen los anteriores balances bibliogr&aacute;ficos y elaboraciones conceptuales en torno al lugar de lo subjetivo en la acci&oacute;n colectiva y la subjetividad como perspectiva emergente para la investigaci&oacute;n de los movimientos y luchas sociales? A partir de la revisi&oacute;n expuesta y de mi experiencia en el estudio de organizaciones y movilizaciones urbanas, se puede reconocer qu&eacute; lugar ocupan las dimensiones subjetivas en los diversos niveles y planos de la acci&oacute;n colectiva y de qu&eacute; modo esta puede abordarse como constituida y constituyente de subjetividad. </p>     <p>Las teor&iacute;as predominantes sobre las organizaciones y las luchas sociales son planas y homogeneizantes, simplificadoras de la compleja realidad de sus din&aacute;micas constitutivas (Pliego, 1997). Construir modelos anal&iacute;ticos que den cuenta de la complejidad de la acci&oacute;n colectiva, implica considerar tanto los factores y mediaciones estructurales como sus propios dinamismos constituyentes. La comprensi&oacute;n de las tensiones y problemas que les dan origen, de los actores que las conforman y que se forman en ellas, los repertorios de organizaci&oacute;n y movilizaci&oacute;n, as&iacute; como de sus incidencias sociales y pol&iacute;ticas, deben considerar las intenciones, motivaciones y sentidos que las orientan, la experiencia compartida y sentido com&uacute;n que generan, las ideas y valores que asumen, as&iacute; como de los imaginarios culturales y utop&iacute;as que las nutren (Torres, 2007). </p>     <p>Aunque el origen de la acci&oacute;n colectiva urbana est&aacute; relacionado con las contradicciones estructurales que definen la organizaci&oacute;n del modo colectivo en la ciudad (Castells, 1980) y con las condiciones pol&iacute;ticas y culturales del momento, existe un conjunto de instancias y procesos que median entre las condiciones estructurales y la acci&oacute;n organizada. Entre otras mediaciones socioculturales tenemos: la vida cotidiana de los sujetos, la red de relaciones de sociabilidad a nivel local, las tradiciones asociativa de los pobladores y la que se generan, las coyunturas internas de la evoluci&oacute;n del asentamiento, las oleadas generacionales, los tipos de relaci&oacute;n establecidas con otros agentes sociales y el Estado, as&iacute; como la cultura pol&iacute;tica previa y emergente entre los pobladores (Torres, 1994).</p>     <p> En todos los procesos constitutivos de identidad colectiva, de actores sociales y de acci&oacute;n colectiva confluyen condiciones pol&iacute;ticas y sociales estructurales, procesos generados por la propia experiencia asociativa y de lucha, y dimensiones subjetivas previas e instituidas por el movimiento. As&iacute;, en el an&aacute;lisis de experiencias de organizaci&oacute;n y movilizaci&oacute;n popular urbana, es necesario considerar: </p> <ul>1. El contexto hist&oacute;rico, en sus dimensiones  estructural y coyuntural.    </ul> <ul>2.  El contexto territorial en el cual se  manifiestan las tensiones estructurales y coyunturales y son percibidas y elaboradas por la gente desde sus marcos interpretativos (cognitivos, val&oacute;ricos e ideol&oacute;gicos).     </ul> <ul>3. Los v&iacute;nculos de solidaridad entre los actores, que dan una base comunitaria a los movimientos, as&iacute; como de unas din&aacute;micas organizacionales y estrategias que estructuran la acci&oacute;n colectiva.     </ul> <ul>4. La formaci&oacute;n -siempre abierta y conflictiva- de identidades y solidaridades que garantizan la unidad y continuidad de las organizaciones y luchas.     </ul> <ul>5. Las formas y modalidades de movilizaci&oacute;n colectiva que hacen visible el movimiento.    </ul> <ul>6.  Su incidencia tanto en la coyuntura  inmediata en la que act&uacute;an como en el conjunto de la sociedad.     ]]></body>
<body><![CDATA[</ul>     <p>Sin pretender agotar exhaustivamente cada una de los anteriores planos de an&aacute;lisis, a continuaci&oacute;n los presento, destacando el lugar de la subjetividad en su abordaje: 1. Los factores estructurales que, aunque no la determinan, permiten comprender las condiciones de su emergencia; 2. El territorio como espacio en el que se forma el tejido social y las identidades vecinales; 3. La vida cotidiana, en la que se perciben y asumen los conflictos sociales y se llevan a cabo las experiencias, las t&aacute;cticas y las estrategias para afrontarlos; 4. Las din&aacute;micas asociativas, en torno a las cuales se construyen nuevas relaciones, valores y orientaciones; 5. La movilizaci&oacute;n colectiva y las expresiones manifiestas de protesta y 6. Su incidencia social y cultural.</p>     <p><b><font size="3">Los factores estructurales y estructurantes </font></b></p>     <p>As&iacute; no sea una condici&oacute;n suficiente, la acci&oacute;n colectiva urbana tiene como trasfondo la existencia de conflictos y contradicciones en las estructura sociales y pol&iacute;ticas urbanas, las cuales, a su vez, est&aacute;n relacionadas estrechamente con el contexto societario m&aacute;s amplio en el que se generan. La sociolog&iacute;a urbana marxista, en particular el catal&aacute;n Manuel Castells, ha hecho valiosos aportes al respecto. Sus estudios sobre las pol&iacute;ticas urbanas y la acci&oacute;n colectiva en la ciudad, siempre incorporan las condicionantes estructurales que est&aacute;n en su base. La ciudad, como producto hist&oacute;rico, evidencia los intereses sociales en pugna en un contexto hist&oacute;rico dado: &quot;la hist&oacute;rica desigualdad en t&eacute;rminos de renta, inherente al capitalismo se expresa en otras inequidades sociales relacionadas con la consecuci&oacute;n de vivienda, la accesibilidad, uso y gesti&oacute;n de ciertos servicios colectivos sociales y culturales&quot; (Castells, 2001). </p>     <p>Por otro lado, es sabido que en el siglo XX, como estrategia para conjurar las crisis econ&oacute;micas y las revoluciones sociales, en las sociedades capitalistas, al Estado se le asign&oacute; la responsabilidad de asumir los sectores menos rentables, pero necesarios para la actividad econ&oacute;mica de atenuar los conflictos sociales. As&iacute;, incluso en la implantaci&oacute;n del modelo neoliberal, el Estado dirigi&oacute; la planificaci&oacute;n urbana, gener&oacute; pol&iacute;ticas de vivienda, asumi&oacute; la prestaci&oacute;n de los servicios p&uacute;blicos y sociales y en algunos casos, el apoyo a las actividades culturales y deportivas en las ciudades (Castells, 2001). Esta intervenci&oacute;n del Estado en la organizaci&oacute;n del consumo colectivo y las pol&iacute;ticas culturales de la ciudad politiz&oacute; la cuesti&oacute;n urbana. Por un lado, porque su actuaci&oacute;n, as&iacute; sea de car&aacute;cter econ&oacute;mico, est&aacute; marcada, sobre todo, por una l&oacute;gica pol&iacute;tica por el otro, porque al asumirse como garante de los derechos sociales de la poblaci&oacute;n, el Estado se convirti&oacute; en el referente de casi todas las demandas y luchas urbanas. </p>     <p><b><font size="3">Territorios populares, tejido social e identidades colectivas</font></b></p>     <p> El estudio y apoyo a la acci&oacute;n colectiva urbana debe remitirnos a la organizaci&oacute;n de la vida cotidiana de la gente y a los espacios en torno a los cuales construye sus v&iacute;nculos sociales m&aacute;s significativos y elabora sus representaciones sobre s&iacute; mismos y sobre los dem&aacute;s; a los territorios en los que configuran sus solidaridades e identidades b&aacute;sicas y desde los cuales se relaciona con la ciudad. Para el caso de los pobladores urbanos de las ciudades de Am&eacute;rica Latina, dicho lugar ha sido el barrio; su historia es la historia de la incorporaci&oacute;n de los inmigrantes a la vida urbana, de su lucha por el derecho a la ciudad y de su constituci&oacute;n como referente de sentido de pertenencia principal de sus habitantes; en un contexto de precaria e inestable vinculaci&oacute;n laboral, su identidad social no ha estado marcado por el mundo del trabajo, sino por su experiencia como vecinos de un barrio o sector de la ciudad (Torres, 1994 y 2007). </p>     <p>Refugio de inmigrantes, lugar donde se desarrollan diferentes estrategias de sobrevivencia y resistencia a los embates de la pobreza y la exclusi&oacute;n, en el cual tambi&eacute;n se establecen relaciones personales m&aacute;s intensas y duraderas, dif&iacute;ciles de lograr en el mundo del trabajo. En la fase fundacional de los barrios, se recrean relaciones de compadrazgo y el paisanaje, en la casa se recibe a los familiares reci&eacute;n llegados del campo y se realizan bazares en los que se preparan productos de las regiones de origen. Estos v&iacute;nculos de vecindad, compadrazgo, amistad y afinidad cultural y generacional van formando una malla de relaciones que pueden leerse como redes sociales. &quot;las redes sociales son formas de interacci&oacute;n, intercambio y reciprocidad que est&aacute;n orientadas a satisfacer ciertas necesidades de los grupos, sean afectivas, comunitarias, pol&iacute;ticas, culturales, etc;&quot; (Bolos, 2000, p. 37). Las organizaciones est&aacute;n sostenidas por estas redes informales que facilitan o limitan su actuaci&oacute;n; la acci&oacute;n colectiva se inserta en las redes previas y las ampl&iacute;a; &quot;crea v&iacute;nculos donde no los hab&iacute;a, agrega comportamientos al repertorio de la acci&oacute;n colectiva, transforma valores, crea o modifica imaginarios&quot; (Espinoza, 1999, p. 213).</p>     <p> En el territorio, tambi&eacute;n sus pobladores constituyen identidades sociales. El barrio mismo es referente de identidad -en la medida que sus pobladores al construirlo, habitarlo y, muchas veces, defenderlo como territorio- generan lazos de pertenencia que les permite distinguirse frente a otros colectivos sociales de la ciudad (Illanes, 1993). Tambi&eacute;n en &eacute;l, se construyen diferentes identidades colectivas que expresan la fragmentaci&oacute;n y las diferencias propias de la vida urbana contempor&aacute;nea. Pero si bien la identidad barrial se alimenta de la experiencia compartida en la ocupaci&oacute;n, producci&oacute;n y uso de un espacio, &eacute;sta no se agota en lo territorial. La identidad vecinal, adem&aacute;s de experiencia intersubjetiva, es arena social en la que se definen diferentes actores luchan por la apropiaci&oacute;n del territorio; &quot;las identidades vecinales, adem&aacute;s de ser una construcci&oacute;n social y cultural y un espacio de relaciones, es una arena de conflicto&quot; (Safa, 1998, p.158).</p>     <p><b><font size="3">Vida cotidiana, elaboraci&oacute;n de necesidades y experiencia </font></b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En el proceso de conformaci&oacute;n, apropiaci&oacute;n y transformaci&oacute;n del territorio transcurre la cotidianidad de sus pobladores por medio de las pr&aacute;cticas e interacciones subjetivas consuetudinarias, mediadas por el lenguaje. Es en la lucha diaria por la sobrevivencia cuando perciben los efectos de la exclusi&oacute;n, la pobreza y el desempleo, como experiencia compartida de precariedad, carencia y calamidad; donde la memoria y experiencia compartida conversan con los m&aacute;s cercanos (familia, vecinos, allegados) sobre dichas situaciones, valor&aacute;ndola o no como vejaci&oacute;n, injusticia o agravio moral. Abordar la manera en que los colectivos populares definen sus necesidades y las tramitan como demandas, reivindicaciones, intereses o derechos requiere reconocer las mediaciones simb&oacute;licas, sociales y pol&iacute;ticas que lo posibilitan. Ello exige estudiar procesos de atribuciones de significados mediante los cuales una ausencia se define como carencia y necesidad y por las cuales ciertas acciones sociales se definen como en correspondencia con los intereses de una colectividad (Sader, 1993, p.75). </p>     <p>Las necesidades son el sustrato m&aacute;s elemental de la relaci&oacute;n entre la objetividad y subjetividad; es el cruce entre la existencia de una carencia material o simb&oacute;lica y su percepci&oacute;n como tal por parte de unos sujetos desde su memoria, su visi&oacute;n de futuro. No s&oacute;lo aluden a la sobrevivencia material, sino tambi&eacute;n a la necesidad del colectivo a reproducirse como tal. Por ello, la necesidad no es objetividad en el sentido de materialidad, sino objetividad que es construida seg&uacute;n representaciones dadas (Zemelman, 1991). Los pobladores definen sus necesidades y las reelaboran como reivindicaciones, demandas o derechos y las enfrentan de diversos modos por medio de procesos en los que intervienen diferentes mediaciones culturales, sociales y pol&iacute;ticas. </p>     <p>Las necesidades compartidas no generan, de modo natural, ning&uacute;n tipo de acci&oacute;n colectiva. La cotidianidad popular tambi&eacute;n es el escenario donde la gente despliega sus esfuerzos y voluntades para afrontarlas. Es el plano de las experiencias en donde se evidencia la transformaci&oacute;n de la realidad tanto objetiva como subjetiva y donde se da cuenta del potencial de la transformaci&oacute;n de lo deseable en lo posible... (Zemelman, 1992). As&iacute;, la soluci&oacute;n de las necesidades percibidas puede ser asumida de modo individual, familiar o colectivo, de manera ocasional o permanente, de forma desestructurada u organizada. Esta experiencia de resoluci&oacute;n, de problemas comunes, tambi&eacute;n pasa por el entramado de creencias, representaciones y universos simb&oacute;licos previos, por la valoraci&oacute;n de las alternativas que les ofrece el nuevo contexto y por la influencia de los agentes externos. </p>     <p>En la cotidianidad de los sectores populares se reproducen los discursos y pr&aacute;cticas hegem&oacute;nicas, pero tambi&eacute;n donde emergen las t&aacute;cticas de resistencia a la dominaci&oacute;n y la exclusi&oacute;n. All&iacute; se activan imaginarios colectivos y se van generando saberes, t&aacute;cticas y estrategias para resguardarse de la mirada y las acciones de los poderosos. Esta sabidur&iacute;a popular de resistencia se expresa en el terreno de la tradici&oacute;n oral y la imaginer&iacute;a popular por medio de los cuentos populares, el humor, la picard&iacute;a, el rumor, los juegos de palabras y las inversiones simb&oacute;licas (Scott, 2000). Habr&iacute;a que reconocer en cada contexto social y cultural, cu&aacute;les son los mecanismos m&aacute;s frecuentes de interiorizaci&oacute;n de los valores y relaciones dominantes, as&iacute; como las formas de resistencia desde el anonimato de la vida diaria y de las maneras en que se incorporan en los procesos organizativos y en las acciones de protesta. </p>     <p><b><font size="3">La conformaci&oacute;n del tejido asociativo</font> </b></p>     <p>En el an&aacute;lisis de la acci&oacute;n colectiva urbana es imprescindible considerar los procesos organizativos por medio de los cuales los pobladores articulan voluntades, capacidades, relaciones y prop&oacute;sitos, para garantizar estrategias de mayor permanencia a sus problemas compartidos. Ya sea por sus representaciones y experiencias previas en las maneras de resolver problemas, por su magnitud o naturaleza, por el agotamiento o insuficiencia de otras estrategias, por la existencia de canales institucionales o agentes externos que promueven la acci&oacute;n organizada (ya que generalmente los pobladores estructuran sus acciones mediante procesos organizativos). </p>     <p>Las organizaciones se diferencian de las acciones puntuales promovidas por redes sociales o grupos ad hoc, por su permanencia en el tiempo, grado de estructuraci&oacute;n interna, establecimiento de prop&oacute;sitos a mediano y largo plazo; tambi&eacute;n, porque &eacute;stos suponen una lectura m&aacute;s sistem&aacute;tica de las necesidades, de la elaboraci&oacute;n de un horizonte com&uacute;n y la disposici&oacute;n de unos recursos y unas estrategias permanentes para alcanzarlo. En t&eacute;rminos de Pliego (1997), las organizaciones sociales poseen programas, entendidos como &quot;unidades de estructuraci&oacute;n m&iacute;nima de las actividades que desarrolla una organizaci&oacute;n, de acuerdo con una definici&oacute;n colectivamente compartida de objetivo, metas, recursos y procedimientos&quot;. </p>     <p>En la medida en que las experiencias asociativas se consolidan, las acciones se tornan estables y orientadas en torno a proyectos. &Eacute;stos resuelven en un nivel m&aacute;s complejo la tensi&oacute;n entre necesidad y utop&iacute;a, entre presente y futuro posible. El proyecto evidencia una conciencia de metas previstas y el despliegue de pr&aacute;cticas para conseguirlas; supone una elaboraci&oacute;n colectiva de un horizonte hist&oacute;rico com&uacute;n, de una identidad m&aacute;s estable y reflexiva. Seg&uacute;n Palma (1995), estar&iacute;amos en el plano de las pr&aacute;cticas intencionadas, diferentes a las experiencias vividas e interpretadas s&oacute;lo desde el sentido com&uacute;n de los colectivos populares. </p>     <p>La acci&oacute;n de las organizaciones enriquece el tejido social, ampl&iacute;a la lectura que la gente hace de sus problemas y, por tanto, de sus posibilidades de soluci&oacute;n; tambi&eacute;n contribuyen al fortalecimiento o emergencia de identidades sociales y facilita la movilizaci&oacute;n social. Las organizaciones son espacios de institucionalizaci&oacute;n de formas de solidaridad social presentes en la cotidianidad popular, son nudos del tejido local popular desde las cuales los pobladores se conforman como actores con capacidad de ser reconocidos por otros actores urbanos. </p>     <p>Otro nivel asociativo es la creaci&oacute;n de redes o espacios de coordinaci&oacute;n permanente entre grupos y organizaciones. Ya sea en una misma zona o localidad, en torno a un campo tem&aacute;tico com&uacute;n, como la salud, la educaci&oacute;n popular, el trabajo con ni&ntilde;os o por iniciativa de alg&uacute;n actor estatal o social &quot;externo&quot;, son cada vez m&aacute;s comunes estas experiencias de asociaci&oacute;n de segundo y tercer grado. Este nivel organizativo generalmente supone una lectura m&aacute;s estructural del campo problem&aacute;tico en el cual se act&uacute;a, as&iacute; como una expansi&oacute;n del horizonte ut&oacute;pico que las anima (transformar pol&iacute;ticas, afectar significados p&uacute;blicos frente a un tema, proponer nuevos modelos sociales).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> <b><font size="3">La movilizaci&oacute;n: de la protesta a las redes en movimiento</font></b></p>     <p> De vez en cuando los pobladores, por fuera o por medio de sus organizaciones, desde sus territorios o por fuera de ellos, deciden acudir a &quot;las v&iacute;as de hecho&quot; para obtener soluci&oacute;n a sus problemas, denunciar una medida adversa, sumarse a una protesta mayor o expresar solidaridad con otros actores. Este es el &aacute;mbito de la movilizaci&oacute;n colectiva, la cual ha sido asumida por muchos como el mejor term&oacute;metro de los movimientos sociales. Sin embargo, estas formas visibles de acci&oacute;n colectiva no pueden comprenderse por fuera de los tejidos sociales y asociativos que las posibilitan; la movilizaci&oacute;n requiere una preparaci&oacute;n previa, una coordinaci&oacute;n de esfuerzos, unos niveles de conciencia entre sus promotores y unas demandas o iniciativas m&aacute;s elaboradas. </p>     <p>La conformaci&oacute;n hist&oacute;rica de los movimientos sociales se articula en diferentes planos temporales (Villasante, 1994). En general, se incuban silenciosamente en la vida cotidiana de los colectivos en su lucha diaria en torno a sus necesidades; ello va conformando lentamente (larga duraci&oacute;n) v&iacute;nculos estables, <i>habitus</i> y memoria colectiva de resistencia; estas redes sociales son el caldo de cultivo para el surgimiento y actividad de las asociaciones (media duraci&oacute;n) y para el estallidos de actos de inconformismo (corta duraci&oacute;n). No hay que limitar el an&aacute;lisis de la acci&oacute;n colectiva a sus luchas manifiestas, pues se puede quedar atrapado en el tiempo corto, dejando por fuera el tiempo largo, &quot;ese trasfondo, al cual se incorporan como memoria, aprendizaje o condici&oacute;n estructural, una vez finalizado el conflicto&quot; (Espinoza, 1999, p. 48) </p>     <p>No hay que confundir las organizaciones con las movilizaciones que promueven o en las cuales participan; se necesitan mutuamente, pero son diferentes: si hay movilizaci&oacute;n, la asociaci&oacute;n queda desbordada; y si la asociaci&oacute;n se consolida, la movilizaci&oacute;n queda controlada. Las organizaciones necesitan movilizarse para mantenerse como movimiento, pero sobreviven a estas acciones, conformando una dimensi&oacute;n menos visible pero m&aacute;s s&oacute;lida de los movimientos sociales. En los territorios populares se gestan y realizan diversas expresiones de protesta popular; en unos casos, orientadas a ejercer presi&oacute;n para la consecuci&oacute;n de un bien urbano como una v&iacute;a, el acueducto o de las redes de energ&iacute;a; en otros, para oponerse a una medida adversa que perjudica la integridad f&iacute;sica o cultural de un barrio, zona de la ciudad o del pa&iacute;s; finalmente, los habitantes de los barrios se suman a actos de protesta convocadas por otros actores y que expresan el inconformismo frente a la situaci&oacute;n econ&oacute;mica de las clases trabajadoras o contra una medida o pol&iacute;tica gubernamental que lesiona sus derechos. </p>     <p><b><font size="3">La incidencia de la acci&oacute;n colectiva</font></b></p>     <p>En todos los casos, las protestas urbanas no s&oacute;lo pretenden obtener soluci&oacute;n a sus demandas, sino tambi&eacute;n elevar los niveles de compromiso de sus actores sensibilizar a la opini&oacute;n p&uacute;blica de la justeza de tales reivindicaciones y atraer nuevas bases a los movimientos. Por eso es que las acciones colectivas manifiestas tienden a ser expresivas, a revestirse de elementos simb&oacute;licos que afirman identidad y sensibilizan a la ciudadan&iacute;a; tambi&eacute;n, les resulta importante, hacerse visibles por medio de los medios de comunicaci&oacute;n y de otras acciones p&uacute;blicas. </p>     <p>Por ello, un aspecto que hoy se desataca de los movimientos es su incidencia cultural y pol&iacute;tica sobre el conjunto social. M&aacute;s all&aacute; de sus activistas, militantes y simpatizantes, los movimientos que reivindican la equidad de g&eacute;nero, los derechos de los homosexuales, de grupos &eacute;tnicos y generacionales, han logrado calar en la conciencia y la cultura de amplios sectores de la poblaci&oacute;n, modificando actitudes, representaciones y h&aacute;bitos sociales. Muchas personas incorporan en su vida cotidiana algunos valores e ideas provenientes de dichos movimientos, as&iacute; no sepan el origen de tales par&aacute;metros. </p>     <p>Es en este sentido que Melucci (1999) destaca el car&aacute;cter &quot;prof&eacute;tico&quot; de los movimientos sociales (anuncian nuevas formas de vida que ya pueden irse realizando), y otros autores como Escobar, Dagnino y Gruesso (2001) se&ntilde;alan que &eacute;stos son generadores de culturas pol&iacute;ticas que contribuyen a la democratizaci&oacute;n de la sociedad. Ello nos permite confirmar lo anunciado al comienzo de este art&iacute;culo: los movimientos sociales han sido instituyentes de buena parte de los rasgos progresistas de las sociedades contempor&aacute;neas.</p> <hr size=”1”>     <p><font size="3"><b>Notas</b></font></p>     <p><a name="back1"></a><a href="#top1">1</a> Un siglo despu&eacute;s, el libro se ha traducido a m&aacute;s de diecis&eacute;is idiomas y se ha publicado en m&aacute;s de cincuenta ediciones diferentes.      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a name="back2"></a><a href="#top2">2</a> Traducido al espa&ntilde;ol por Editorial Trillas en 1973 bajo el t&iacute;tulo: <i>&iquest;Por qu&eacute; se rebelan los hombres?</i></p>     <p><a name="back3"></a><a href="#top3">3</a> &quot;[...] Los seres humanos, individual y colectivamente, no reaccionan a una situaci&oacute;n objetiva del mismo modo que una sustancia qu&iacute;mica reacciona a otra cuando se les mete juntas en un tubo de ensayo. Tal forma del behaviorismo estricto constituye un craso error. Entre la gente y una situaci&oacute;n objetiva media siempre unas variables -un filtro, cabr&iacute;a decir- compuestas de toda suerte de anhelos, esperanzas y otras ideas procedentes del pasado&quot; (Moore, 1973, p. 686).</p>     <p><a name="back4"></a><a href="#top4">4</a> David Snow, Robert Benford, William Gamson, Scott Hunt, Steven Worden y Burke Rochford.</p> <hr size=”1”>     <br>     <p><font size="3"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>     <!-- ref --><p>1. Archila, M. (1995). Tendencias recientes de los movimientos sociales. En F. Leal (comp.), <i>En b&uacute;squeda de la estabilidad perdida</i>. Bogot&aacute;: Tercer Mundo.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000198&pid=S0123-4870200900020000400001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>2. Archila, M. (1998). Poderes y contestaci&oacute;n. <i>Controversia</i>, 173.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000199&pid=S0123-4870200900020000400002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>3. Blumer, H. (1946). Collective behavior. En Lee (edit.), <i>New Outlines of the principles of Sociology</i>. Nueva York: Barnes and Noble.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000200&pid=S0123-4870200900020000400003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>4. Bolos, S. (1999). <i>La constituci&oacute;n de actores sociales y la pol&iacute;tica</i>. M&eacute;xico: Plaza y Valdez.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000201&pid=S0123-4870200900020000400004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>5. Bonilla, J. y Garc&iacute;a, E. (1998). <i>Los discursos del conflicto</i>. Bogot&aacute;: Pontificia Universidad Javeriana.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000202&pid=S0123-4870200900020000400005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>6. Calvillo, M. y Favela, A. (1995). Los nuevos sujetos sociales. Una aproximaci&oacute;n epistemol&oacute;gica.<i> Sociol&oacute;gica</i>, 28.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000203&pid=S0123-4870200900020000400006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>7. Casanova, J. (1991). <i>La historia social y los historiadores</i>. Barcelona: Editorial Cr&iacute;tica.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000204&pid=S0123-4870200900020000400007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>8. Castells, M. (1980). <i>Los movimientos sociales urbanos</i>. M&eacute;xico: Siglo XXI.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000205&pid=S0123-4870200900020000400008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>9. Castells, M. (1981). <i>La cuesti&oacute;n urbana</i>. M&eacute;xico: Siglo XXI.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000206&pid=S0123-4870200900020000400009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>10. Castells, M. (1986). <i>La ciudad y las masas</i>. Madrid: Alianza Universidad.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000207&pid=S0123-4870200900020000400010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>11. Castoriadis, C. (1977). Ontolog&iacute;a de la creaci&oacute;n. <i>Ensayo y Error</i>.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000208&pid=S0123-4870200900020000400011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>12. Castoriadis, C. (2003). <i>La instituci&oacute;n imaginaria de la sociedad. Vol. 2: El imaginario social y la instituci&oacute;n</i>. Buenos Aires: Tusquets.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000209&pid=S0123-4870200900020000400012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>13. Castoriadis, C. (2004). Sujeto y verdad en el mundo hist&oacute;rico social. <i>Seminarios 1986-1987</i>. Buenos Aires: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000210&pid=S0123-4870200900020000400013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>14. Chihu, A. (2008). <i>El an&aacute;lisis de marcos en la sociolog&iacute;a de los movimientos sociales</i>. M&eacute;xico: Miguel Angel Porr&uacute;a-UAM, Iztapalapa.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000211&pid=S0123-4870200900020000400014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>15. Chanqu&iacute;a, D. (1994). Para investigar procesos de constituci&oacute;n de sujetos sociales. <i>Suplementos</i>, 45.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000212&pid=S0123-4870200900020000400015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>16. Cohen, J. (1995). Estrategia e identidad: nuevos paradigmas te&oacute;ricos y movimientos sociales contempor&aacute;neos. <i>Sociolog&iacute;a y Pol&iacute;tica</i>, 6.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000213&pid=S0123-4870200900020000400016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>17. Cohen, J. y Arato, A. (2001). <i>Sociedad civil y teor&iacute;a pol&iacute;tica</i>. M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000214&pid=S0123-4870200900020000400017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>18. De Souza, B. (1994). Subjetividad, ciudadan&iacute;a y emancipaci&oacute;n. <i>El Otro Derecho</i>, 15.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000215&pid=S0123-4870200900020000400018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>19. Elster, J. (1979). <i>Ulises y las sirenas</i>. M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000216&pid=S0123-4870200900020000400019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>20. Elster, J. (1989). <i>El cemento de la sociedad</i>. Barcelona: Gedisa.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000217&pid=S0123-4870200900020000400020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>21. Escobar, Arturo y Alvaro Pedroza (1996). <i>Pac&iacute;fico: &iquest;desarrollo o diversidad? Estado, capital y movimientos en el Pac&iacute;fico Colombiano</i>. Bogot&aacute;: Cerec - Ecofondo     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000218&pid=S0123-4870200900020000400021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>22. Escobar, A., &Aacute;lvarez, S. y Dagnino, E. (2001).<i> Pol&iacute;tica cultural y cultura pol&iacute;tica. Una nueva mirada a los movimientos sociales latinoamericanos</i>. Bogot&aacute;: Taurus-Icanh.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000219&pid=S0123-4870200900020000400022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>23. Espinoza, V. (1985). Experiencias y perspectivas del movimiento popular chileno. <i>Cuaderno Ciudad y Sociedad; Problemas Urbanos del Tercer Mundo</i>, II.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000220&pid=S0123-4870200900020000400023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>24. Fried, D. (1995). <i>Nuevos paradigmas, cultura y subjetividad</i>. Buenos Aires: Paid&oacute;s.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000221&pid=S0123-4870200900020000400024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>25. Gadea, C. (2004). <i>Acciones colectivas y modernidad global. El movimiento zapatista</i>. Toluca: UAEM.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000222&pid=S0123-4870200900020000400025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>26. Goffman, E. (1974). <i>Frame analysis</i>. Cambrdige: Harvard University Press.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000223&pid=S0123-4870200900020000400026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>27. Gusfield, J. (1994). La reflexividad de los movimientos sociales: revisi&oacute;n de las teor&iacute;as sobre sociedad de masas y el comportamiento colectivo. En E. Lara&ntilde;a y J. Gustielf, <i>Los nuevos movimientos sociales: de la ideolog&iacute;a a la identidad</i>. Madrid: CIS.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000224&pid=S0123-4870200900020000400027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>28. Harnecker, M. (1980). <i>Los conceptos elementales de materialismo hist&oacute;rico</i>. Cuadrag&eacute;sima edici&oacute;n, Bogot&aacute;: Siglo XXI Editores.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000225&pid=S0123-4870200900020000400028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>29. Ib&aacute;&ntilde;ez, T. (1994). <i>Psicolog&iacute;a social constructivista</i>. Guadalajara: Universidad de Guadalajara.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000226&pid=S0123-4870200900020000400029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>30. Illanes, M. (1993). La cuesti&oacute;n de la identidad y la historiograf&iacute;a popular. En <i>Historias locales y democratizaci&oacute;n</i>. Santiago: Eco.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000227&pid=S0123-4870200900020000400030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>31. Ibarra, P. y Tejerina, B. (1999). <i>Movimientos sociales, transformaciones pol&iacute;ticas y cambio cultural</i>. Madrid: Trotta.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000228&pid=S0123-4870200900020000400031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>32. Ivern, A. (2007). <i>Autoorganizaci&oacute;n, proyectos compartidos y procesos de aprendizaje</i>. Buenos Aires: Editorial SB.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000229&pid=S0123-4870200900020000400032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>33. Jaidar, I. (2003). <i>Tras las huellas de la subjetividad</i>. M&eacute;xico: UAM.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000230&pid=S0123-4870200900020000400033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>34. Johnston, H., Lara&ntilde;a, E. y Fustielf, J. (1994). Cultura, ideolog&iacute;as y vida cotidiana en los nuevos movimientos sociales. En E. Lara&ntilde;a y J. Gustielf, <i>Los nuevos movimientos sociales: de la ideolog&iacute;a a la identidad</i>. Madrid: CIS.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000231&pid=S0123-4870200900020000400034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>35. Laclau, E. (1987). Los nuevos movimientos sociales y la pluralidad de lo social.<i> Revista Foro</i>, 4.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000232&pid=S0123-4870200900020000400035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>36. Lara&ntilde;a, E. (1999).<i> La construcci&oacute;n de los movimientos sociales</i>. Madrid: Alianza Editorial.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000233&pid=S0123-4870200900020000400036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>37. Le&oacute;n, E. (1995). La experiencia en la construcci&oacute;n del conocimiento social. En <i>Determinismos y alternativas en las ciencias sociales de Am&eacute;rica Latina</i>. Caracas: UNAM-Nueva Sociedad.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000234&pid=S0123-4870200900020000400037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>38. Lewkovics, I. (2002). <i>Sucesos argentinos. Cacerolazo y subjetividad postestatal.</i> Buenos Aires: Paid&oacute;s.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000235&pid=S0123-4870200900020000400038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>39. Luminato, S. (1995). La funci&oacute;n de los valores en el pensamiento filos&oacute;fico latinoamericano. En<i> Determinismos y alternativas en las ciencias sociales de Am&eacute;rica Latina</i>. Caracas: UNAM-Nueva Sociedad.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000236&pid=S0123-4870200900020000400039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>40. Maffesoli, M. (1990). <i>Tiempo de las tribus</i>. Barcelona: Icaria.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000237&pid=S0123-4870200900020000400040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>41. McAdam, D., McCarthy, J. y Zaldd, M. (1999).<i> Movimientos sociales: perspectivas comparadas</i>. Madrid: Istmo.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000238&pid=S0123-4870200900020000400041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>42. Marx, C. (1975). <i>La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850</i>. Mosc&uacute;: Editorial Progreso.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000239&pid=S0123-4870200900020000400042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>43. Marx, C. (1978). <i>El 18 brumario de Luis Bonaparte</i>. Pek&iacute;n: Editorial Lenguas Extranjeras.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000240&pid=S0123-4870200900020000400043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>44. Marx, C. (1980). <i>La guerra civil en Francia</i>. Mosc&uacute;: Editorial Progreso.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000241&pid=S0123-4870200900020000400044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>43. Marx, C. y Engels, F. (1970). <i>Manifiesto del partido comunista</i>. Mosc&uacute;: Editorial Progreso.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000242&pid=S0123-4870200900020000400045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>44. MelucciI, A. (1976). La teor&iacute;a de los movimientos sociales. En <i>Teor&iacute;a y forma de la acci&oacute;n colectiva</i>. Mil&aacute;n: Etas Libri.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000243&pid=S0123-4870200900020000400046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>45. MelucciI, A. (1985). The symbolic challenge of contemporary movements. <i>Social Research</i>, 4(52).     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000244&pid=S0123-4870200900020000400047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>46. MelucciI, A. (1995). El conflicto y la regla: movimientos sociales y sistemas pol&iacute;ticos. <i>Sociol&oacute;gica</i>, 28.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000245&pid=S0123-4870200900020000400048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>47. MelucciI, A. (1989). <i>Nomads of the present.</i> Filadelfia: Temple University Press.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000246&pid=S0123-4870200900020000400049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>48. MelucciI, A. (1994). &iquest;Qu&eacute; hay de nuevo en los nuevos movimientos sociales? En E. Lara&ntilde;a y J. Gusfield, <i>Los nuevos movimientos sociales: de la ideolog&iacute;a a la identidad.</i> Madrid: CIS.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000247&pid=S0123-4870200900020000400050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>49. MelucciI, A. (1995). The process of collective identity. En H. Johonston y Klandermas (ed.), <i>Social movements and culture</i>. Minneapolis: University of Minessota.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000248&pid=S0123-4870200900020000400051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>50. MelucciI, A. (1999). <i>Acci&oacute;n colectiva, vida cotidiana y democracia</i>. M&eacute;xico: El Colegio de M&eacute;xico.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000249&pid=S0123-4870200900020000400052&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>51. Moscovisci, S. (1996). <i>Psicolog&iacute;a social</i>. Madrid: Paid&oacute;s.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000250&pid=S0123-4870200900020000400053&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>52. Moore, B. (1974). <i>Los or&iacute;genes sociales de la dictadura y la democracia</i>. Barcelona: Pen&iacute;nsula.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000251&pid=S0123-4870200900020000400054&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>53. Moore, B. (1996). <i>La injusticia: bases sociales de la obediencia y la rebeli&oacute;n</i>. M&eacute;xico: UNAM.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000252&pid=S0123-4870200900020000400055&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>54. Munk, G. (1995). Algunos problemas conceptuales en el estudio de los movimientos sociales. <i>Revista Mexicana de Sociolog&iacute;a</i>, 3.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000253&pid=S0123-4870200900020000400056&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>55. M&uacute;nera, L. (1998).<i> Rupturas y continuidades: poder y movimiento popular en Colombia 1968-1988</i>. Bogot&aacute;: Cerec.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000254&pid=S0123-4870200900020000400057&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>56. Neveu, E. (2000). <i>Sociolog&iacute;a de los movimientos sociales</i>. Quito: Abya Yala.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000255&pid=S0123-4870200900020000400058&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>57. Obershall, A. (1973). <i>Social conflict and social movements</i>. Nueva York: Prentice Hall.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000256&pid=S0123-4870200900020000400059&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>58. Olson, M. (1992). La l&oacute;gica de la acci&oacute;n colectiva. M&eacute;xico: Limusa-Noriega.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000257&pid=S0123-4870200900020000400060&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>59. Pichon Riviere, E. (1985). <i>Psicolog&iacute;a de la vida cotidiana</i>. Buenos Aires: Editorial Nueva Visi&oacute;n.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000258&pid=S0123-4870200900020000400061&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>60. Pliego, F. (1997). Estrategias de participaci&oacute;n de las organizaciones sociales: un modelo de interpretaci&oacute;n.<i> Sociedad Civil,</i> 1(II).     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000259&pid=S0123-4870200900020000400062&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>61. Rappaportt, J. (2000). <i>La pol&iacute;tica de la memoria</i>. Popay&aacute;n: Universidad del Cauca.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000260&pid=S0123-4870200900020000400063&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>62. Ricoeur, P. (2003). <i>La memoria, la historia, el olvido</i>. Madrid: Trotta.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000261&pid=S0123-4870200900020000400064&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>63. Sabucedo, J. M., Grossi, J., Ror&iacute;guez, M. y Fern&aacute;ndez, C. (s. f.). Los movimientos sociales: discurso y acci&oacute;n pol&iacute;tica. <i>Revista Universidad de Guadalajara</i>.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000262&pid=S0123-4870200900020000400065&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>64. Sader, E. (1993). <i>Cuando nuevos personajes entran en escena</i>. R&iacute;o de Janeiro: Paz e Terra.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000263&pid=S0123-4870200900020000400066&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>65. Safa, Patricia (1998). <i>Vecinos y vecindarios en la Ciudad de M&eacute;xico</i>. M&eacute;xico DF: Ciesas - UAM - Miguel Porrua editores.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000264&pid=S0123-4870200900020000400067&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>66. S&aacute;nchez Cafdequi, C. (1999). <i>Imaginaci&oacute;n y sociedad: una hermen&eacute;utica creativa de la cultura</i>. Madrid: Tecnos-Universidad P&uacute;blica de Navarra.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000265&pid=S0123-4870200900020000400068&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>67. Scott, J. (2000). <i>Los dominados y el arte de la resistencia</i>. M&eacute;xico: Era.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000266&pid=S0123-4870200900020000400069&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>68. Smelser, N. (1995). <i>Comportamiento colectivo</i>. M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000267&pid=S0123-4870200900020000400070&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>69. Tarrow, S. (1997). <i>El poder en movimiento</i>. Madrid: Alianza Editorial.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000268&pid=S0123-4870200900020000400071&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>70. Tejeiro, J. (2007). <i>La rebeli&oacute;n permanente</i>. La Paz: PIEB-Plural.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000269&pid=S0123-4870200900020000400072&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>71. Thompson, E. (1981). <i>Miseria de la teor&iacute;a</i>. Barcelona: Editorial Cr&iacute;tica.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000270&pid=S0123-4870200900020000400073&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>72. Thompson, E. (1984). <i>Tradici&oacute;n, revuelta y conciencia de clase.</i> Barcelona: Editorial Cr&iacute;tica.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000271&pid=S0123-4870200900020000400074&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>73. Tilly, C. (1995a). Los movimientos sociales como agrupaciones hist&oacute;ricamente espec&iacute;ficas de actuaciones pol&iacute;ticas. <i>Sociol&oacute;gica</i>, 28.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000272&pid=S0123-4870200900020000400075&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>74. Tilly, C. (1995b). Modelos de y realidades de la acci&oacute;n colectiva popular. En <i>Intereses individuales y acci&oacute;n colectiva</i>. Madrid: Editorial Pablo Iglesias.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000273&pid=S0123-4870200900020000400076&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>75. Torres Carrillo, A. (1994). Experiencias organizativas urbanas y constituci&oacute;n de sujetos sociales. <i>Aportes</i>, 40. Bogot&aacute;: Dimensi&oacute;n Educativa.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000274&pid=S0123-4870200900020000400077&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>76. Torres Carrillo, A. (1999). Organizaciones y luchas urbanas en Am&eacute;rica Latina. <i>Controversia</i>, 175.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000275&pid=S0123-4870200900020000400078&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>77. Torres Carrillo, A. (2000). Sujetos y subjetividad en la educaci&oacute;n popular. <i>Pedagog&iacute;a y Saberes</i>, 15. Bogot&aacute;: Facultad de Educaci&oacute;n-Universidad Pedag&oacute;gica Nacional.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000276&pid=S0123-4870200900020000400079&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>78. Torres Carrillo, A. (2002). <i>Reconstruyendo el v&iacute;nculo social. Movimientos sociales, organizaciones populares y constituci&oacute;n de sujetos colectivos</i>. Bogot&aacute;: Unad.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000277&pid=S0123-4870200900020000400080&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>79. Torres Carrillo, A. (2006). Subjetividad y sujeto como perspectiva de investigaci&oacute;n social y educativa. <i>Revista Colombiana de Educaci&oacute;n</i>, 50.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000278&pid=S0123-4870200900020000400081&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>80. Torres Carrillo, A. (2007). <i>Identidad y pol&iacute;tica de la acci&oacute;n colectiva</i>. Bogot&aacute;: Universidad Pedag&oacute;gica Nacional.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000279&pid=S0123-4870200900020000400082&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>81. Touraine, A. (1978). <i>La voz y la mirada</i>. Par&iacute;s: Seuil.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000280&pid=S0123-4870200900020000400083&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>82. Touraine, A. 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