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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Michel Foucault y René Magritte: algunas afinidades electivas]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This essay is not about the differences between Michel Foucault and René Magritte. It is about their relationships. We must attend to the possibility not only of stimulating a dialogue between both characters but also, and above all, of overcoming sense logic. In order to do this, first we study the concepts of paradox and rarity as characteristic features of both of them. Second, we must think of philosophy and art as toolkits for the reflection. Third, we will analyze the affinity between word and image as an important element at play here. Finally, we will perform a thematization of their works.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size=2>     <p align="right"><b>ART&Iacute;CULOS</b></p>     <p>    <center><font size="4"><b>Michel Foucault y Ren&eacute; Magritte: algunas afinidades electivas</b></font> </center></p>     <center><font size="3"><i>Michel Foucault and Ren&eacute; Magritte: certain elective affinities</i></font> </center></p>    <br>     <p>    <center><b>Daniel Gihovani Toscano L&oacute;pez</b><a href="#*">*</a></sup>    <br> </center></p>     <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a name="*">*</a></sup>Pontificia Universidad Javeriana: Instituto Pensar, Grupo de Investigaci&oacute;n Filosof&iacute;a Pol&iacute;tica y Moral. Correo electr&oacute;nico: <a href="mailto:dantoslopez@hotmail.com">dantoslopez@hotmail.com</a>.</p>     <p>Art&iacute;culo recibido el 30 de julio de 2009 y aprobado el 16 de octubre de 2009.</p> <hr size=”1”>     <p><b>Resumen </b>    <br> Este escrito, resalta no las diferencias sino las relaciones entre Magritte y Foucault. Se trata de atender a la posibilidad no s&oacute;lo de suscitar un di&aacute;logo entre ambos personajes, sino de superar la l&oacute;gica del sentido. Para esto, primero estudiaremos los conceptos de paradoja y rareza como rasgos caracter&iacute;sticos de ambos. Segundo, abordaremos la filosof&iacute;a y el arte como cajas de herramientas para la reflexi&oacute;n. Tercero, analizaremos la afinidad entre palabra e imagen como un elemento importante en juego. Finalmente, efectuaremos una tematizaci&oacute;n de sus obras.     <p><b>Palabras clave</b>    <br> Afinidades, paradoja, rareza, filosof&iacute;a, arte, obras.</p> <hr size=”1”>     <p><b>Abstract</b>    <br> This essay is not about the differences between Michel Foucault and Ren&eacute; Magritte. It is about their relationships. We must attend to the possibility not only of stimulating a dialogue between both characters but also, and above all, of overcoming sense logic. In order to do this, first we study the concepts of paradox and rarity as characteristic features of both of them. Second, we must think of philosophy and art as toolkits for the reflection. Third, we will analyze the affinity between word and image as an important element at play here. Finally, we will perform a thematization of their works.</p>     <p><b>Key words</b>    <br>   Affinities, paradox, rarity, philosophy, art, works.</p> <hr size=”1”>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <p>Desde la &oacute;ptica del sentido com&uacute;n, entendido &eacute;ste como la b&uacute;squeda de identidades fijas en medio de la abigarrada multiplicidad de las cosas, vano y est&eacute;ril es tender un puente de comparaci&oacute;n entre dos personajes que, por la particularidad de sus actividades, suscitan la sensaci&oacute;n de ser polos contrapuestos. Uno franc&eacute;s y el otro belga. El primero fil&oacute;sofo, historiador y activista; el otro, un exc&eacute;ntrico pintor.</p>     <p> Foucault, nacido en el per&iacute;odo de entre guerras en 1927 e influido por autores como Nietzsche, Merleau Ponty, Canguilhem, Bachelard, entre otros. Magritte, pintor de finales del siglo XIX, bebi&oacute; de una variopinta fuente de inspiraci&oacute;n proveniente de Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson, Baudelaire, Duchamp, Heidegger y el mismo Hegel. Desde esta serie de consideraciones, a todas luces, puede sostenerse de forma categ&oacute;rica que el abismo que separa estas dos personalidades es insalvable. No obstante, la imposibilidad de rastrear algunas vecindades entre Foucault y Magritte, y de reparar con machacona insistencia en las diferencias que los separan, responde a la esquizofr&eacute;nica tendencia de compararlo y filtrarlo todo desde la criba de la raz&oacute;n. Elementos que no sean ajustables a la infalible l&oacute;gica del sentido son descalificados y marginados por ser catalogados como diferentes, exc&eacute;ntricos y aberrantes. </p>     <p>El presente escrito est&aacute; animado por la idea seg&uacute;n la cual existe una afinidad entre estos dos personajes, Foucault y Magritte. Dicho encuentro es provocado al hilo de cuatro categor&iacute;as puestas de relieve y que, a continuaci&oacute;n, abordaremos de manera pormenorizada: en primer lugar, la paradoja y la rareza como notas caracter&iacute;stica tanto de la filosof&iacute;a de Foucault, como del arte de Magritte; en segundo lugar, la filosof&iacute;a y el arte como oficios que dan que pensar; en tercer lugar, los juegos de relaci&oacute;n entre la palabra y la imagen o lo enunciable y lo visible; en cuarto lugar, la caleidosc&oacute;pica obra de ambos que, al resistirse a ser rotulada por una determinada perspectiva filos&oacute;fica o art&iacute;stica, est&aacute; sometida a rectificaciones, desplazamientos y reelaboraciones que, antes de mostrarla caduca o defectuosa, la abren hacia posibilidades in&eacute;ditas.</p>     <p><font size="3"> <b>La paradoja y la rareza como notas caracter&iacute;sticas de sus oficios </b></font></p>     <p>Ambos, tanto el fil&oacute;sofo de Poitiers como el pintor de Lessines, ejercitaron las herramientas de sus respectivos oficios sobre la trama compleja de lo visible. Foucault, el fil&oacute;sofo, golpear&aacute; con el martillo de la investigaci&oacute;n filos&oacute;fica la dura capa cristalizada de lo evidente para convertirla en un problema. Magritte, el pintor, grabar&aacute; en el lienzo, no un fr&iacute;volo retrato de lo percibido como fen&oacute;meno incontrovertible, sino que lo alterar&aacute; y recrear&aacute; hasta inundarlo de poes&iacute;a. Mientras el primero asesta un duro golpe al historicismo porque &eacute;ste, al concebir los hechos hist&oacute;ricos desde una l&oacute;gica lineal y evolutiva, los empobrece hasta reducirlos a la figura del monumento, el segundo, va lanza en ristre contra la percepci&oacute;n tradicional de la realidad. Por esto es que &quot;el prop&oacute;sito de Magritte es siempre sacar a la luz lo que queda oculto por lo visible&quot; (Paquet, 2000, p. 55). </p>     <p>La filosof&iacute;a del pensador franc&eacute;s incorpora en el seno de sus investigaciones diversos &aacute;mbitos y temas como la cultura, la historia, la locura, el Estado, la sociedad civil, las instituciones, el poder, entre otros, as&iacute; como variados m&eacute;todos entre los que se cuentan la arqueolog&iacute;a, la genealog&iacute;a y el nominalismo, lo cual suscita la impresi&oacute;n de un pensador cuyo periplo intelectual est&aacute; sometido al vaiv&eacute;n de rupturas y rectificaciones. Tal sensaci&oacute;n, de una investigaci&oacute;n atomizada, nada compacta y coherente, labra la imagen de alguien que expone en sus obras una sarta de incongruencias y de ideas deshilvanadas que no conducen a parte alguna. Por eso, a tenor de estudiosos como V&aacute;squez, algunos se&ntilde;alan con respecto a Foucault que &quot;todav&iacute;a m&aacute;s de uno se resiste a incluir en el pante&oacute;n de los fil&oacute;sofos&quot; (V&aacute;squez, 1995, p. 11). Dicho prejuicio seg&uacute;n el cual, el pensador franc&eacute;s dista de ser tenido en cuenta como fil&oacute;sofo, obedece al car&aacute;cter discontinuo y difuso de su pensamiento que, lejos de ser un defecto o desventaja, es el efecto inmediato de un m&eacute;todo que queda retratado en los cursos del Coll&egrave;ge de France de 1979 en Nacimiento de la <i>biopol&iacute;tica</i>: &quot;soy como el cangrejo, me muevo lateralmente&quot; (Foucault, 2007, p. 96). Lo cual subraya no s&oacute;lo un modo extra&ntilde;o, raro, repetitivo y discontinuo de hacer filosof&iacute;a, sino tambi&eacute;n parad&oacute;jico. </p>     <p>La noci&oacute;n de paradoja ha de entenderse en el sentido Deleuziano como &quot;lo que destruye la cordura como sentido &uacute;nico y, a continuaci&oacute;n lo que destruye el sentido com&uacute;n como asignaci&oacute;n de identidades fijas&quot; (Deleuze, 1970, p. 12). En consecuencia, desde esta perspectiva, objetos de estudio como el Estado, el neoliberalismo, el gobierno, la poblaci&oacute;n, entre otros, son para este pensador fen&oacute;menos a los que se les suele asumir como problem&aacute;ticos e incontrovertibles, dotados de sentido propio. Desde la &oacute;ptica de la historia oficial son datos naturales, con vida propia; sin embargo, el profesor del Coll&egrave;ge de France, al sospechar de tales universales antropol&oacute;gicos genera una especie de giro copernicano en el que no son los objetos los que determinan las pr&aacute;cticas, sino que &eacute;stas y las discontinuidades son las que hacen posible dichos objetos. </p>     <p>Por otra parte, en las pinturas del artista belga vemos el despliegue de una viva tensi&oacute;n entre lo conocido y lo oculto<a name=top1></a><a href="#back1"><sup>1</sup></a>, el sentido y el sin sentido<a name=top2></a><a href="#back2"><sup>2</sup></a>, lo serio y lo misterioso<a name=top3></a><a href="#back3"><sup>3</sup></a>, lo revelado y lo secreto<a name=top4></a><a href="#back4"><sup>4</sup></a>, lo visible y lo legible<a name=top5></a><a href="#back5"><sup>5</sup></a>; no obstante, en sus cuadros es imposible que se d&eacute; lo oculto o lo manifiesto a secas. Ahora bien, no es que en Ren&eacute; Magritte deba hacerse hincapi&eacute; en una suerte de ambig&uuml;edad nociva que atraviesa su producci&oacute;n pict&oacute;rica. Antes bien, ese movimiento pendular, que va de lo visible a lo invisible, pone de relieve una obra elusiva, poli&eacute;drica, que se resiste a la racionalizaci&oacute;n, armonizaci&oacute;n y homogeneidad, as&iacute; como a ser reducida a criterios dualistas. </p>     <p>La paleta del pintor Belga no est&aacute; orientada por un principio rector o por una finalidad trascendente al mismo acto de pintar, pues no es lo pintado lo que justifica la pr&aacute;ctica de pintar, sino a la inversa, la pr&aacute;ctica, es decir, el deseo como afecto que circula en su heterogeneidad, lo que es grilla de inteligibilidad de sus pinturas. Ahora bien, al interrogar por el prop&oacute;sito que subyace a las telas de Magritte, no es un asunto al que se pueda responder de antemano al acto mismo de la creaci&oacute;n art&iacute;stica, pues, tal y como se evidencia en sus escritos:</p> <ul>Un gran error es la causa de las b&uacute;squedas desesperadas de la mayor parte de los pintores modernos: quieren fijar a priori el estilo-aspecto de un cuadro; ahora bien, este estilo es el resultado fatal de un objeto bien hecho: la unidad de la idea creadora y de su materializaci&oacute;n (Magritte, 2003, p. 19).    ]]></body>
<body><![CDATA[</ul>     <p>Cuando en <i>La llave de los sue&ntilde;os</i>, el artista pinta diversos objetos acompa&ntilde;ados de nombres que no les corresponden, presenta una pluralidad de elementos que no se perturban por no tener un origen o l&oacute;gica com&uacute;n. De este modo, la clave en Magritte es la paradoja, del mismo modo que en Foucault:</p> <ul>Todo gira en torno a esa paradoja [...] lo que se ha hecho, el objeto, se explica por lo que ha sido el hacer en cada momento de la historia; es equivocada la idea que tenemos de que el hacer, la pr&aacute;ctica, se explica a partir de lo que se ha hecho (Veyne, 1984, p. 215).    </ul>     <p>En efecto, las telas del pintor belga son raras de la misma manera en que los objetos y pr&aacute;cticas lo son desde la filosof&iacute;a foucaultiana.</p>     <p>La noci&oacute;n de rareza fue empleada por George Ville y reactivada por el historiador Veyne (1984). El t&eacute;rmino en cuesti&oacute;n captura muy bien lo que descubre el m&eacute;todo nominalista en historia trabajado por &eacute;stos, aunque seguido por el fil&oacute;sofo franc&eacute;s. La rareza es lo que Paul Veyne dio en llamar la &quot;parte oculta del iceberg&quot;. Con el fin de ilustrar este punto, cuando el autor de <i>Vigilar y castigar</i> (1998) investiga c&oacute;mo es que Occidente se ha constituido en una sociedad disciplinaria, y c&oacute;mo es que se ha llegado a la formaci&oacute;n de una tecnolog&iacute;a disciplinaria, cuyo respaldo institucional es la prisi&oacute;n, se pregunta c&oacute;mo es que ha llegado a existir una realidad que antes era impensable. En respuesta a esto, Foucault se&ntilde;ala en la <i>Entrevista sobre la prisi&oacute;n</i>: el libro y su m&eacute;todo que hubo un momento en que &quot;se percibi&oacute; que, para la econom&iacute;a del poder, era m&aacute;s eficaz y m&aacute;s rentable, <i>vigilar que castigar</i>&quot; (Foucault, 1999, p. 298). En este orden de ideas, la empresa filos&oacute;fica que acomete el fil&oacute;sofo de Poitiers consiste en situar las relaciones de poder de la prisi&oacute;n, as&iacute; como del hospital psiqui&aacute;trico, la escuela o el taller en una &quot;econom&iacute;a general del poder&quot;. Es decir, por detr&aacute;s de la prisi&oacute;n y del asilo, descentrando el poder de una lectura institucional, las relaciones de poder se sit&uacute;an en una serie de estrategias y pr&aacute;cticas que configuran campos de verdad y generan objetos de saber.</p>     <p>Por pr&aacute;ctica ha de entenderse lo que Habermas subraya, refiri&eacute;ndose a Foucault, en el<i> Discurso filos&oacute;fico de la modernidad</i>: &quot;regulaciones de las formas de acci&oacute;n, y costumbres consolidadas institucionalmente, condensadas ritualmente, y a menudo materializadas en formas arquitect&oacute;nicas&quot; (Habermas, 1989, p. 291). De lo que se trata, entonces, es de quitar la vista de los objetos evidentes y obvios como el Estado, la sexualidad, la locura, la prisi&oacute;n para ponerla en pr&aacute;cticas menospreciadas que los cosifican. Tales pr&aacute;cticas, estrategias y t&aacute;cticas de poder son invisibilizadas al modo en que la parte oculta de un iceberg es ignorada en el momento en que la vista se fija en la parte emergente. Las pr&aacute;cticas son desplazadas porque los objetos que se explican por &eacute;stas se tornan en monumentos del discurso oficial y, por ende, son adoptados como hechos evidentes y naturales. Tal ocultamiento de las pr&aacute;cticas obedece, en palabras de Dreyfus y Rabinow, a que en relaci&oacute;n con el hombre: &quot;&eacute;ste no puede reflexionar sobre qu&eacute; son las pr&aacute;cticas, precisamente porque est&aacute;n demasiado cerca de &eacute;l y, por eso, son demasiado abarcadoras&quot; (Hubert y Rabinow, 2001, p. 65).</p>     <p>En consecuencia, Foucault no parte de los hechos evidentes, sino que disuelve las apariencias al convertir lo dado en un problema. As&iacute;, en el lugar de lo incontrovertiblemente verdadero, viene a ocuparlo una pr&aacute;ctica extra&ntilde;a, oculta, invisibilizada, rara y no vista. De aqu&iacute; proviene la rareza. Esta misma ilusi&oacute;n, de concebir, por una parte, objetos como los gobernantes, el Estado, la infraestructura y, por otra, las pr&aacute;cticas que los engendran es el dualismo nefasto al que tanto Foucault se enfrenta desde la filosof&iacute;a, como Magritte desde el arte.</p>     <p>Por su parte, la rareza en Magritte proviene de una devoci&oacute;n y de un culto al misterio<a name=top6></a><a href="#back6"><sup>6</sup></a> de las cosas del mundo, y es el resultado de lo que el mismo pintor ha dado en llamar efecto po&eacute;tico, que puede evidenciarse en telas como <i>El imperio de las luces</i>, en el que el d&iacute;a y la noche no ri&ntilde;en entre s&iacute;, sino que causan, al ser evocados, sorpresa y fascinaci&oacute;n. De all&iacute; que su oficio de pintor est&eacute; cargado de una actividad po&eacute;tica y que:</p> <ul>El objetivo perseguido por Magritte consistir&aacute; tambi&eacute;n en hacer sentir o percibir, por medio de una pintura que nos sorprende o nos fascina, el misterio inexplicable de la existencia, la misteriosa realidad que envuelve a los seres y a las cosas m&aacute;s all&aacute; de su finalidad utilitaria y m&aacute;s all&aacute; del orden habitual y racional que ocultan las dimensiones profundas del dinamismo secreto de la vida (Fern&aacute;ndez, 2000, p. 51).    </ul>     <p>Refiri&eacute;ndose al misterio de la existencia, del cual la pintura no puede m&aacute;s que evocar, en las cartas que Magritte env&iacute;a a Andr&eacute; Bosmans se puede leer que: &quot;es est&eacute;ril&quot;, &quot;vac&iacute;o&quot; , &quot;sin contenido&quot;, &quot;incapaz de cambiar nada para bien o para mal&quot;. Est&aacute; miserablemente reducido a ser el principio absoluto y necesario para que lo real pueda existir, para que &quot;se puedan manifestar las cosas m&aacute;s irrisoriamente y las m&aacute;s sublimes&quot; (Torczyner, 1978, p. 54). En otras palabras, no es que el misterio sea una especie de esencia o sustancia, instalado m&aacute;s all&aacute; de las cosas mismas, esperando a que sea descorrida la cortina de las apariencias para descubrirlo, antes bien, el hombre est&aacute; siempre instalado en &eacute;l, mientras que las cosas y el misterio son consustanciales. La raz&oacute;n humana nunca podr&aacute; conocer a ciencia cierta el misterio de la vida o de la muerte, pero s&iacute; evocarlo por medio de analog&iacute;as y de im&aacute;genes de las que se sirve la imaginaci&oacute;n y sensibilidad po&eacute;tica de la pintura.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>Filosof&iacute;a y arte que detonan pensamiento</b></font></p>     <p> Las pinturas de Magritte son una explosi&oacute;n de inquietud y reflexi&oacute;n, no desde la l&oacute;gica de la raz&oacute;n, sino desde la l&oacute;gica del misterio, mientras que en Foucault su investigaci&oacute;n elusiva y a sistem&aacute;tica es una exigencia a pensar de otro modo, diferente a un pensamiento sistem&aacute;tico, ortodoxo y cient&iacute;fico, que se parece a quien ve:</p> <ul>Un cachalote que salta por encima del agua y deja en ella una peque&ntilde;a huella transitoria de espuma, y que permite creer, hace creer o quiere creer, o bien tal vez cree efectivamente que por debajo, donde ya no se lo ve, donde ya nadie lo percibe ni lo controla, sigue una trayectoria profunda coherente y meditada (Foucault, 2001, p. 27).    </ul>     <p>Como ya puede advertirse, nuestros dos personajes rehuyen a lo convencional sin sustraerse por ello de la realidad, porque, como lo manifiesta el propio pintor belga, en carta a Rapin del 2 de diciembre de 1957 (1978), &eacute;l se declara un derrotista integral. Por su parte, el fil&oacute;sofo, en discusi&oacute;n con Habermas, se declara un pesimista hiperactivo. En este sentido, no podemos caer en sostener redondamente que ambos compartan una posici&oacute;n de escepticismo frente a la realidad, sino m&aacute;s bien, de sospecha frente a lo dado y de modos de abordarla desde una &oacute;ptica diferente. Ambos escapan de lo inmediato y mediante el ejercicio del pensar se sustraen de lo visible para pensarlo desde una perspectiva distinta.</p>     <p>Tanto en Foucault como en Magritte, encontramos que sus obras son desconcertantes y perturbadoras hasta el punto que parece que nada queda en su lugar. En el primer caso, Salma Tannus, estudiosa del fil&oacute;sofo, cuando se refiere al talante cr&iacute;tico de Foucaul, termina dibujando un tipo de pensamiento que consiste en &quot;pensar diferente de lo que se piensa y percibir diferente de lo que se ve&quot; (Muchail, 2004, p. 20). A lo cual puede a&ntilde;adirse un ejercicio de reflexi&oacute;n de poder desprenderse de s&iacute; mismo con la finalidad de pensar en un asunto en el que no se pensaba antes. En el segundo caso, aludiendo al pintor belga, Handle, en su libro <i>Museum of the Mind</i>, sostiene: &quot;Frustrando nuestras expectativas seguras, fastidiando, escandalizando y rechaz&aacute;ndonos, Magritte sabe desestabilizar nuestro ambiente visual. &Eacute;l puede hacernos sentir inseguridad&quot; (Handler, 1994, p. 10). En sus pinturas recurre al contraste que lleva una imposibilidad a otra imposibilidad, como en <i>Las vacaciones de Hegel </i>(1958), en el que existen dos objetos enteramente distintos, uno que repele el agua y el otro que la recibe o, tal como se presenta en <i>La llave de vidrio</i> (1959), en el que la percepci&oacute;n de una roca ri&ntilde;e con las leyes de lo cotidiano, pues se ha suscitado en &eacute;sta la sensaci&oacute;n de total ligereza. Es por esto que &quot;en casi todas las telas de Magritte es posible observar casi siempre elementos en pugna que provocan un impacto que sacude violentamente nuestro esp&iacute;ritu y nos estimula a pensar&quot; (Paquet, 2000, p. 15).</p>     <p>La figura que mejor retrata la investigaci&oacute;n foucaultiana es la del cangrejo que se mueve lateralmente, que vuelve en sus investigaciones con machacona insistencia sobre asuntos que parecen trillados, cuyo periplo intelectual, lejos de ser homog&eacute;neo, lineal y continuo, est&aacute; salpicado de rectificaciones y desviaciones. Por su parte, Magritte y su pintura son como el indio que: &quot;da marcha atr&aacute;s, desv&iacute;a, disfraza sus huellas y se mueve firmemente en el silencio de la selva que abriga toda verdadera actividad creadora&quot; (Thrall, 1965, p. 7). En esta figura del indio, se logra entrever tambi&eacute;n la resistencia al sentirse c&oacute;modo y al conformismo que encuentra seguridades en un significado simb&oacute;lico en las pinturas. Lejos de esto, Magritte crea trampas, se niega a la interpretaci&oacute;n absoluta y a la b&uacute;squeda de significados ocultos, quiere s&iacute; suscitar el misterio y el desconcierto para pensar de otro modo.</p>     <p><font size="3"><b>Los juegos de la palabra y la imagen: lo enunciable y lo visible </b></font></p>     <p>Dos son los referentes de los que partimos con el &aacute;nimo de ilustrar las relaciones entre lo enunciable y lo visible en Ren&eacute; Magritte: el primero es el conocido ensayo sobre Magritte, escrito por Foucault: &quot;Esto no es una pipa&quot;, en el que se aborda el problema est&eacute;tico expuesto por aqu&eacute;l en pinturas como <i>El uso idiom&aacute;tico</i> (1928-29) y <i>Los dos misterios</i> (1966). El segundo es una carta enviada por Magritte a Foucault que data de 1966.</p>     <p>Foucault (1981), en el ensayo sobre Magritte, recrea varias incertidumbres planteadas por &eacute;ste en el dibujo de la pipa y el ep&iacute;grafe &quot;esto no es una pipa&quot; quiz&aacute; es la m&aacute;s importante relaci&oacute;n entre texto e imagen. Lo desconcertante no es que exista una clara y punzante contradicci&oacute;n entre lenguaje e imagen, pues son dos planos diferentes de acceso a la realidad, pero que, no obstante, es inevitable relacionar el texto con el dibujo. Se trata de una relaci&oacute;n descrita por Foucault en los siguientes t&eacute;rminos: &quot;en el caligrama act&uacute;an uno contra otro un &quot;no decir todav&iacute;a&quot; y un &quot;ya no representar&quot; (Foucault, 1981, p. 38). De este modo, lenguaje e imagen pertenecen a sistemas diferentes e independientes, cuyo v&iacute;nculo es fruto de una convenci&oacute;n, con la que Magritte no est&aacute; de acuerdo, que ve en las palabras y la representaci&oacute;n visual meras reproducciones de los objetos.</p>     <p>En la carta del 23 de marzo de 1966, escrita por Magritte a Michel Foucault, encontramos una expl&iacute;cita alusi&oacute;n a los juegos del pensamiento invisible que une las cosas tangibles y las im&aacute;genes visibles. Para Magritte, es la pintura la que hace que el pensamiento se haga visible, y esto en virtud de la semejanza, pues: &quot;la semejanza no pertenece m&aacute;s que al pensamiento. &Eacute;ste se asemeja convirti&eacute;ndose en lo que ve, escucha o conoce; se convierte en lo que el mundo le ofrece&quot; (Magritte, 2003, p. 390). Lo visible, no obstante, puede ser tangible o intangible; lo primero, como es el caso de las cosas que ocultan otras cosas visibles; lo segundo, las im&aacute;genes pintadas que nada ocultan. Lo que pone de relieve el artista es que no debe conced&eacute;rsele m&aacute;s importancia a lo invisible sobre lo visible o a la inversa, pues es ese juego entre lo visible y lo invisible lo que evoca el misterio de las cosas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Con respecto a Foucault, lo que articula lo visible con lo invisible es un pensamiento, ya no formado exclusivamente por figuras pict&oacute;ricas visibles, sino por un pensamiento cartogr&aacute;fico. Se trata de un pensamiento que levanta un mapa de lo visible o realidad misma por medio de lo que &eacute;l denomina dispositivo, aparato o grilla por medio de la cual se inteligen problemas vinculados a las pr&aacute;cticas, pero, dispositivo, tambi&eacute;n es el conjunto de pr&aacute;cticas coherentes que organizan la realidad social. Siguiendo a Deleuze, para Foucault, un dispositivo, aparato o m&aacute;quina es el resultado en el que determinadas pr&aacute;cticas, al articularse a reg&iacute;menes de verdad, hacen ver y hacen hablar la realidad misma. Un dispositivo es la caja de herramientas con la que el pensador franc&eacute;s levanta una cartograf&iacute;a que le permite detectar las estrategias y t&aacute;cticas ocultas por el saber, las normas, la verdad y las instituciones. Para autores como Dreyfus y Rabinow, el t&eacute;rmino dispositivo agrupa &quot;discursos, instituciones, disposiciones arquitect&oacute;nicas, reglas, leyes, medidas administrativas, enunciados cient&iacute;ficos, proposiciones filos&oacute;ficas, la moralidad, la filantrop&iacute;a, etc&quot; (Hubert y Rabinow, 2001, p. 150).</p>     <p>Por otra parte, Deleuze, al describir las notas caracter&iacute;sticas del dispositivo, se&ntilde;ala que &quot;tienen, pues, como componentes l&iacute;neas de visibilidad, de enunciaci&oacute;n, l&iacute;neas de fuerza, l&iacute;neas de objetivaci&oacute;n, l&iacute;neas de subjetivaci&oacute;n, l&iacute;neas de ruptura, de fisura, de fractura que se entrecruzan y se mezclan mientras unas suscitan otras por medio de variaciones o hasta de mutaciones de disposici&oacute;n&quot; (Deleuze, 1990, p. 159). En &uacute;ltimo t&eacute;rmino, un dispositivo es un ovillo o madeja vertebrada por las l&iacute;neas mencionadas, pero que en ning&uacute;n momento son una estructura cerrada y homog&eacute;neas que tienen la capacidad de transformarse y fisurarse.</p>     <p><font size="3"><b>Obras caleidosc&oacute;picas</b></font></p>     <p> Existen dos enfoques, igual de nefastos, que osan organizar a Foucault y a Magritte en una estricta secuencia cronol&oacute;gica con el contraproducente efecto de desdibujar su itinerario intelectual: el primero intuitivo, o de mirada del bosque, pasa por alto las transformaciones de la metodolog&iacute;a de sus investigaciones, en el caso de Foucault, y de las t&eacute;cnicas pict&oacute;ricas, en el de Magritte. El periplo intelectual de ellos, se aborda desde una visi&oacute;n de conjunto que, al querer abarcar de un solo golpe la extensi&oacute;n de sus obras, no repara en las rupturas y giros que entra&ntilde;an la b&uacute;squeda est&eacute;tica y filos&oacute;fica. En consecuencia, tal acercamiento cosifica sus obras, al concebirlas desde una exterioridad o c&aacute;scara vac&iacute;a, que eleva a criterios de organizaci&oacute;n de las obras la pretendida, pero ingenua evoluci&oacute;n tem&aacute;tica y la unidad de m&eacute;todo. Por otra parte, existe una segunda manera de abordar la trayectoria intelectual de estos dos personajes: la mirada del &aacute;rbol. Aqu&iacute; el temor de perderse en la enmara&ntilde;ada red de argumentos que despliegan las investigaciones de Foucault, y de extraviarse en el laberinto de im&aacute;genes y s&iacute;mbolos a los que recurre Magritte hace que se busque con desespero temas, teor&iacute;as, objetos de estudio, categor&iacute;as o frases, para el caso del fil&oacute;sofo. Mientras que para el pintor se pretende que coincida el t&iacute;tulo con el cuadro o se le busca una l&oacute;gica racional. En fin, esta interpretaci&oacute;n pretende tomar la punta de la madeja, capaz de desatar el nudo que implica la complejidad de tales obras.</p>     <p>La obra de Michel Foucault no debe ser entendida como un cuerpo sistem&aacute;tico de escritos estructurados de antemano, organizados a priori en virtud de una l&oacute;gica consciente, sino un escenario caleidosc&oacute;pico en el que los m&eacute;todos, los problemas rastreados y las herramientas conceptuales han logrado ser expresados. De este problema de la organizaci&oacute;n es consciente Foucault, lo cual se evidencia en la vuelta permanente sobre asuntos que parecen trillados, y sobre los que insiste<a name=top7></a><a href="#back7"><sup>7</sup></a>. A manera de ejemplo, cuatro son las rupturas o discontinuidades que en Foucault se pueden destacar.</p>     <p>As&iacute;, por ejemplo, si bien es cierto que en los primeros trabajos que datan de 1954 <i>Sue&ntilde;o y existencia y Enfermedad mental y personalidad</i>, Foucault respira de la atm&oacute;sfera intelectual de su &eacute;poca por cuanto es influido por los psiquiatras de orientaci&oacute;n fenomenol&oacute;gica, como Minkowski y Binswanger, fieles al m&eacute;todo fenomenol&oacute;gico de Husserl. Dichos autores contribuir&aacute;n a alejarlo de explicaciones positivistas, naturalistas y esencialistas que a la larga son nefastas para &eacute;l, porque equiparan err&oacute;neamente la enfermedad mental a la org&aacute;nica. Por esto, a hombros de Minkowski, de orientaci&oacute;n heideggeriana, Foucault se esforzar&aacute; en ir del an&aacute;lisis fenomenol&oacute;gico al an&aacute;lisis existencial; sin embargo, aunque aqu&eacute;l suministre elementos importantes para el estudio de la enfermedad mental, como el medio espacio-temporal (<i>Unwelt</i>) y el medio-sociocultural (<i>Mitwelt</i>), es insuficiente por no estimar las condiciones externas y sociales generadas por el capitalismo. De all&iacute; que el pensador franc&eacute;s recurra a Marx. En consecuencia, el fil&oacute;sofo de Poitiers se sit&uacute;a m&aacute;s all&aacute; del &aacute;mbito trascendental y metaf&iacute;sico de la vivencia con el prop&oacute;sito de rastrear las condiciones hist&oacute;ricas que por medio de pr&aacute;cticas modelaban la experiencia de la locura.</p>     <p>N&oacute;tese c&oacute;mo un primer desplazamiento en la investigaci&oacute;n del fil&oacute;sofo franc&eacute;s empieza a suscitarse cuando en su itinerario intelectual gira del an&aacute;lisis fenomenol&oacute;gico existencial a lo que erigir&aacute; en los sesentas como el m&eacute;todo arqueol&oacute;gico. Esto no quiere decir que en la anal&iacute;tica del poder, que lleva a la anatomopol&iacute;tica, no resuenen m&aacute;s los ecos de la fenomenolog&iacute;a de Husserl, pues por medio de la influencia de la fenomenolog&iacute;a de la percepci&oacute;n de Merleau Ponty -quien puso al cuerpo como centro de su reflexi&oacute;n- Foucault se apropia de una categor&iacute;a importante de cara al estudio de la sociedad disciplinaria. De igual forma, aunque en cierto momento de sus estudios de la locura recurra a Marx, ser&aacute; necesario criticarlo posteriormente en la forma de la hip&oacute;tesis represiva del freudo-marxismo cuando aborde el asunto del poder.</p>     <p>Ahora bien, una segunda ruptura en el periplo intelectual de Foucault es la ocurrida en el contexto del m&eacute;todo arqueol&oacute;gico, entendiendo por &eacute;ste no un m&eacute;todo homog&eacute;neo y siempre orientado por una l&oacute;gica a priori y consciente frente al objeto de estudio, sino como una herramienta que, a fuerza de rectificaciones y desviaciones, a manera de un caleidoscopio, se conforma a la luz de tres experimentos: <i>Historia de la locura, Nacimiento de la cl&iacute;nica </i>y<i> Las palabras y las cosas</i>. Sin abordar estas obras de manera pormenorizada, el an&aacute;lisis arqueol&oacute;gico encarado por Foucault encuentra su caldo de cultivo al hilo de los sesentas a la sombra del fen&oacute;meno estructuralista, as&iacute; como de la historiograf&iacute;a francesa o Escuela de los Annales, pues, como lo anota Carlos Antonio Aguirre:</p> <ul>Si observamos el itinerario global de Michel Foucault, podremos darnos cuenta de que si bien todo su trabajo se aproxima y en ocasiones se vincula directamente con la historia, en cambio su conexi&oacute;n y su di&aacute;logo m&aacute;s expl&iacute;cito con la historiograf&iacute;a francesa, as&iacute; como su intento de definici&oacute;n epistemol&oacute;gica respecto de ella, va a concentrarse de manera m&aacute;s intensa y determinante en la d&eacute;cada de los a&ntilde;os sesenta y m&aacute;s particularmente en el per&iacute;odo que abarca de 1964 a 1971 (Aguirre, 1996, p. 221).    </ul>     <p>No obstante, aunque pensadores importantes como L&eacute;vi-Strauss, Lacan, Althusser, Barthes y Deleuze influyeron en &eacute;l, y una obra como Las palabras y las cosas haya sido tenida por muchos como el manifiesto del estructuralismo, tambi&eacute;n lo es que una obra como <i>La arqueolog&iacute;a del saber </i>se interprete como un esfuerzo por alejarse del mismo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Como puede advertirse, la tarea de construir un m&eacute;todo arqueol&oacute;gico no fue una empresa exenta de dificultades, en virtud de las transformaciones y depuraciones del mismo, hasta el punto que un autor como &Aacute;lvarez hable m&aacute;s bien de arqueolog&iacute;as:</p> <ul>Foucault estaba de hecho frente a dos arqueolog&iacute;as cuando se dispuso a sistematizar su m&eacute;todo. No obstante, no le pareci&oacute; as&iacute;, y, como ya apuntamos, su idea era que un mismo m&eacute;todo se hab&iacute;a ido desarrollando progresivamente en esas obras (&Aacute;lvarez, 1995, p. 92).    </ul>     <p>Ahora bien, el alcance de la arqueolog&iacute;a ha sido trabajar con los discursos, en especial el de las ciencias del hombre, el cual es concebido como sujeto y objeto de saber. Por esto, la arqueolog&iacute;a nos despierta del sue&ntilde;o dogm&aacute;tico de la antropolog&iacute;a, pero pierde de vista el papel que juegan las estrategias y las t&aacute;cticas que activan dichas pr&aacute;cticas discursivas. Es por esto que, a principios de los a&ntilde;os setenta, bajo el influjo de Nietzsche y estudiando el asunto del poder, Foucault emplea el nuevo enfoque geneal&oacute;gico<a name=top8></a><a href="#back8"><sup>8</sup></a>.</p>     <p>La perspectiva geneal&oacute;gica se erige como un cambio radical en el horizonte metodol&oacute;gico, generado a la luz de conferencias, libros y cursos que suceden a su lecci&oacute;n inaugural en el Coll&egrave;ge de France. Entre los motivos de ese cambio se cuentan: la lectura de Nietzsche entre 1964 y 1968; el clima contestatario de mayo de 1968 y su militancia en el grupo de informaci&oacute;n sobre prisiones. Desde este escenario, Foucault acomete el asunto del poder, no como una teor&iacute;a o concepto, sino como una pr&aacute;ctica, ejercicio y estrategia que m&aacute;s que ser represivo, es positivo por cuanto produce realidad. Finalmente, un cuarto giro en las investigaciones de Foucault se suscita cuando su preocupaci&oacute;n recae en el estudio de nuevas formas de producci&oacute;n de subjetividad al hilo de lo que denomina t&eacute;cnicas de s&iacute;, que apuntan a los placeres (<i>aphrodisia</i>), no para renunciar a &eacute;stos, sino para morigerarlos.</p>     <p>Por su parte, Thrall, codirector de la exhibici&oacute;n que realizara Magritte en el Museum of Modern Art de Nueva York en 1965, afirma con respecto a este artista que: &quot;la exacta secuencia cronol&oacute;gica de los cuadros de Magritte es frecuentemente dif&iacute;cil de determinar, en la medida en que &eacute;l ha tratado de relacionar estrechamente, a&uacute;n id&eacute;nticos temas, en intervalos diferentes&quot; (Thrall, 1965, p. 13). De manera similar a Foucault en Magritte existen elementos que tambi&eacute;n permiten hablar de una obra caleidosc&oacute;pica en la medida en que se encuentra en permanente transformaci&oacute;n. As&iacute;, pues, estudiosos de Magritte, como Schneede (1973), suelen distinguir seis grupos tem&aacute;ticos: cuadros de tema detectivesco o de criminal&iacute;stica (Die Kriminalistischen Bilder), de collage (Die Collage-Bilder), ling&uuml;&iacute;sticos (Sprach-Bilder), cuadros en el cuadro (Bild-Bilder), sobre metamorfosis (Verwandlungs-Bilder) y combinatorios (Kombinations-Bilder).</p>     <p>Sin pretender reducir los cuadros detectivescos, a una d&eacute;cada en particular, hay una serie de ellos de los que Magritte se ocupa repetidamente en los a&ntilde;os veinte. <i>La voz de la calma</i> (1928), <i>El asesino amenazado</i> (1926), <i>El hombre con el peri&oacute;dico</i> (1927) y <i>El son&aacute;mbulo</i> (1927), entre otros, se inspiran en los relatos y narraciones de Dashiell Hammet, George Simenon y de Edgar Allan Poe, quien, por boca de su personaje C. Auguste Dupin, observa en la minucia, en lo imprevisible y en el acontecimiento secundario la clave para el descubrimiento. En analog&iacute;a con la novela detectivesca, el giro de una mirada, el cambio de una minucia en Magritte contribuyen a socavar el orden burgu&eacute;s. De all&iacute;, que para Benjam&iacute;n, con quien Magritte se identifica en este punto, &quot;la monstruosidad prolifera en las hendiduras y en los nichos de aquellos <i>extraits de mille fleurs</i> con los que la burgues&iacute;a decora el mundo&quot; (Konersmann, 1996, p. 14). Por esto es que hacia 1935 como premisa te&oacute;rica de su periplo como pintor, Magritte sostenga: &quot;Mi arte s&oacute;lo vale algo en la medida en que se resiste a la ideolog&iacute;a burguesa, en cuyo nombre se extingue la vida&quot; (op. cit., p. 15). Ciertamente, en sus cuadros de tema detectivesco existe una predilecci&oacute;n por lo misterioso y su impulso extra-art&iacute;stico est&aacute; vinculado tambi&eacute;n a una primera etapa surrealista en la que el uso de lo banal y trivial se articula a la intenci&oacute;n de estos &uacute;ltimos.</p>     <p>Con respecto a los cuadros de collage y a diferencia de los detectivescos, se da una renuncia al discurso narrativo y a cualquier tipo de acci&oacute;n. En este contexto, el collage es definido por Max Ernst como &quot;la explotaci&oacute;n sistem&aacute;tica del encuentro, provocado casual o artificialmente, de dos o m&aacute;s realidades heterog&eacute;neas en un plano evidentemente inadecuado, y la chispa de poes&iacute;a que salta al producirse el acercamiento&quot; (Schneede, 1973, p. 27). Del mismo modo, el collage en Magritte debe entenderse en el sentido de ser tanto t&eacute;cnica como principio de estructuraci&oacute;n de sus cuadros. All&iacute; se da una combinaci&oacute;n de elementos fragmentados de la realidad en la que en algunos existen motivos identificables; mientras que en otros, no o, simplemente, se da la ambivalencia. Los siguientes son cuadros de motivo collage: <i>El jockey perdido</i> (1926), <i>La traves&iacute;a dif&iacute;cil</i> (1926), <i>El nacimiento del &iacute;dolo </i>(1926), <i>El hombre del mar</i> (1926) y <i>La boda de medianoche</i> (1926).</p>     <p>En los cuadros de motivaci&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica a diferencia de los dem&aacute;s surrealistas, el inter&eacute;s de Magritte es reflexivo. De esto da cuenta el cuadro <i>La traici&oacute;n de las im&aacute;genes</i> (1928-29), pues all&iacute; se presenta un problema pict&oacute;rico de la relaci&oacute;n entre lo representado y su representaci&oacute;n en la que se aprecia una pipa acompa&ntilde;ada del ep&iacute;grafe: &quot;esto no es una pipa&quot;. Se aborda el problema de la relaci&oacute;n entre arte y realidad, una realidad desconcertante que, no obstante, da que pensar. En palabras de Schneede: &quot;ni el lenguaje ni la representaci&oacute;n visual son reproducciones; son sistemas instrumentales, medios con cuya ayuda y bajo cuyos presupuestos la realidad es representada en el plano de las apariencias&quot; (op. cit., p. 40).</p>     <p>En cuanto a la producci&oacute;n art&iacute;stica, denominada bajo la expresi&oacute;n &quot;cuadros en el cuadro&quot;, se subraya el problema, ya abordado en los ling&uuml;&iacute;sticos, de la no identidad entre obra de arte y realidad en la que lo representado y la representaci&oacute;n no son lo mismo. Ahora bien, el que un observador tome la imagen como semejante a la realidad es seg&uacute;n Magritte: &quot;porque los planos de la realidad (representado, representaci&oacute;n) han sido necesariamente abolidos o se hallan m&aacute;s pr&oacute;ximos a la ficci&oacute;n en el medio del cuadro. Tanto la copia (lienzo del caballete) como su modelo, son objeto de la representaci&oacute;n. Ambos est&aacute;n sometidos a las leyes del cuadro&quot; (op. cit., p. 48). Como ejemplos de obras que ilustran Los cuadros, en el cuadro, tenemos <i>Los signos del atardecer </i>(1926), <i>La bella prisionera</i> (1931), <i>La condici&oacute;n humana I</i> (1933), <i>La clave de los campos</i> (1933), <i>La condici&oacute;n humana II</i> (1935), entre otros. De igual manera, en este tipo de cuadros, Magritte aborda cuestiones relacionadas con la relaci&oacute;n objeto y concepto, objeto e imagen y concepto e imagen. Con tales relaciones que, m&aacute;s que cerrar, abren hacia la interpretaci&oacute;n, el pintor logra crear efectos subversivos.</p>     <p>En los cuadros sobre metamorfosis inspirados en Kafka; Magritte, siguiendo a los surrealistas, emplea el procedimiento de la metamorfosis de la transformaci&oacute;n de un objeto en otro como constitutivo de la composici&oacute;n de cuadros. As&iacute;, el mismo Max Ernst habla de la imperiosa necesidad de emanciparse de experiencias y recuerdos fijos de un tedioso para&iacute;so de manera que lo que hace la metamorfosis es ampliar el campo de la experiencia. Posibilidades pict&oacute;ricas de ese intercambio de un ser humano en un pez, como en<i> La invenci&oacute;n colectiva</i>; de un cuerpo femenino en rostro femenino como en <i>La violaci&oacute;n </i>(1934); de unas botas en pies con dedos como en <i>El modelo rojo</i> (1935).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Finalmente, en lo combinatorio, no se trata simplemente de unir dos elementos contrapuestos o de dos realidades diferentes, tal como lo se&ntilde;ala el esp&iacute;ritu del primer manifiesto surrealista de Andr&eacute; Bret&oacute;n en 1924, sino de una inversi&oacute;n o transgresi&oacute;n sutil, como por ejemplo un cambio de materiales como en la pintura<i> El recuerdo de un viaje III</i> (1951), en la que un comedor adquiere la solidificaci&oacute;n del paisaje r&uacute;stico que entre unas puertas tambi&eacute;n fosilizadas aparece como tel&oacute;n de fondo. En otras ocasiones se trata de un cambio en las proporciones, como en el cuadro<i> Los valores personales </i>(1951-52), en el que una serie de art&iacute;culos cotidianos como un peine, un vaso, un espejo aparecen sobredimensionados ocupando una habitaci&oacute;n. El pintor belga, con los cuadros combinatorios, suscita una contravenci&oacute;n de la experiencia cotidiana, no para alejarse de ella sino permaneciendo cerca con el fin de sacudir el poder de la costumbre y la seguridad natural en el mundo. La combinaci&oacute;n de fragmentos o de realidades, m&aacute;s o menos alejadas entre s&iacute; crea un chispazo como la an&eacute;cdota de 1936, cuando, despu&eacute;s de despertar, ve en una jaula un huevo en lugar de un p&aacute;jaro: <i>Las afinidades electivas</i> (1936).</p> <hr size=”1”>     <p><font size="3"><b>Notas</b></font></p>     <p><a name="back1"></a><a href="#top1">1</a> De este juego entre lo conocido y lo oculto pueden apreciarse pinturas como<i> La gran guerra</i> (1964), en la que el mismo Magritte comenta que &quot;cada cosa que vemos cubre otra, y nos gustar&iacute;a mucho ver lo que nos oculta lo visible&quot; (Paquet, 2000, p. 14); <i>Las flores del mal</i> (1946); <i>El bello mundo</i> (1962);<i> Firma en blanco</i> (1965); <i>Calcoman&iacute;a</i> (1966); <i>Entreacto</i> (1927-28); <i>Los amantes</i> (1928), entre otras.</p>     <p><a name="back2"></a><a href="#top2">2</a> En el fresco <i>El hada ignorante</i>, del Palacio de Bellas Artes en B&eacute;lgica, queda retratado el poder de la pintura en relaci&oacute;n con el asunto del sentido y el sin sentido, &quot;es due&ntilde;a de poderes m&aacute;gicos cuyo sentido desconoce. &quot;El sentido es lo imposible&quot;, gustaba de repetir Magritte&quot; (op. cit., p. 32).</p>     <p><a name="back3"></a><a href="#top3">3</a> Como en las obras <i>El jockey perdido </i>(1926) y <i>El jugador secreto </i>(1927).</p>     <p><a name="back4"></a><a href="#top4">4</a> V&eacute;ase la pintura <i>El imperio de las luces</i> (1954).</p>     <p><a name="back5"></a><a href="#top5">5</a> Ver <i>El arte de la conversaci&oacute;n</i> (1950).</p>     <p><a name="back6"></a><a href="#top6">6</a> Tres son los recuerdos infantiles que se gravan en la sensibilidad de Magritte: una caja junto a su cuna, un enorme globo desinflado en el techo de la casa de sus vecinos y los frecuentes juegos con una ni&ntilde;a en un viejo cementerio.</p>     <p><a name="back7"></a><a href="#top7">7</a> No es el prop&oacute;sito de este escrito generar un recorrido por el extenso periplo filos&oacute;fico y art&iacute;stico del pensador franc&eacute;s y del pintor belga, sino de brindar un diagrama que sirva de mapa para quien luego desee introducirse en la lectura concienzuda de estos dos personajes.</p>     <p>Algunos int&eacute;rpretes de Foucault suelen agrupar su trayectoria intelectual en torno a tres conjuntos de t&oacute;picos: el primero, consagrado al saber en relaci&oacute;n con el an&aacute;lisis de los discursos. Al cual corresponden obras como <i>La historia de la locura, Nacimiento de la cl&iacute;nica, Las palabras y las cosas, La arqueolog&iacute;a del saber</i>. El segundo, en el cual se encuentra una referencia expl&iacute;cita al asunto del poder, tiene por correlato: <i>El orden del discurso, Vigilar y castigar, La voluntad de saber</i>, entre otros, y, por &uacute;ltimo, el tercero, que se ocupa de la subjetividad y el problema del gobierno de los individuos. De all&iacute; forman parte: <i>El uso de los placeres y El cuidado de s&iacute;</i>, entre otros. Desde un &aacute;ngulo similar, estudiosos de Foucault como Ana Mar&iacute;a Raggio (2002) abordan la extensa obra del fil&oacute;sofo desde distintos campos discursivos, los cuales corresponden a tres visiones o m&eacute;todos: en primer lugar la arqueol&oacute;gica, localizada entre 1954 y 1969, entra&ntilde;a obras como <i>Enfermedad mental y personalidad</i>, as&iacute; como <i>Historia de la locura hasta Arqueolog&iacute;a del saber</i>. Un segundo campo discursivo es el geneal&oacute;gico, ligado al poder, abarcando obras como <i>El orden del discurso, Nietzsche, la genealog&iacute;a y la historia, Vigilar y castigar, La voluntad de saber, Defender la sociedad, Seguridad, territorio, poblaci&oacute;n y Nacimiento de la biopol&iacute;tica</i>. Finalmente, para algunos de la gobernabilidad, el cual alude a la construcci&oacute;n de subjetividad, se trabaja en textos como el segundo y tercer vol&uacute;menes de Historia de la sexualidad.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a name="back8"></a><a href="#top8">8</a> Lo geneal&oacute;gico se erige como un nuevo desplazamiento o ruptura que no implica necesariamente la anulaci&oacute;n de lo arqueol&oacute;gico. No es el prop&oacute;sito investigar aqu&iacute; las implicaciones de cada m&eacute;todo, sino de ilustrar brevemente c&oacute;mo el itinerario de Foucault entra&ntilde;a rectificaciones que a veces parecen no conducirle a parte alguna.</p>     <br> <hr size=”1”>     <br>     <p><font size="3"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>     <!-- ref --><p>1. Aguirre, C. (1996). L<i>os Annales y la historiograf&iacute;a francesa. Tradiciones cr&iacute;ticas de Marc Bloch a Michel Foucault</i>. M&eacute;xico: Editorial Quinto Sol.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S0123-4870200900020000600001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>2. &Aacute;lvarez, J. (1995). <i>Michel Foucault: verdad, poder, subjetividad. La modernidad cuestionada</i>. Madrid: Ediciones Pedag&oacute;gicas.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000088&pid=S0123-4870200900020000600002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>3. Deleuze, G. (1970). <i>L&oacute;gica del sentido</i>, Barcelona: Editorial Bote de Vela.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000089&pid=S0123-4870200900020000600003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>4. Deleuze, G. (1990). &iquest;Qu&eacute; es un dispositivo? En Balbier, Deleuze; Dreyfus et &aacute;l., <i>Michel Foucault, fil&oacute;sofo</i>. Barcelona: Gedisa.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000090&pid=S0123-4870200900020000600004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>5. Fern&aacute;ndez, B. (2000). <i>Ver y leer a Magritte</i>. Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000091&pid=S0123-4870200900020000600005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>6. Foucault, M. (1981). <i>Esto no es una pipa</i>. Barcelona: Anagrama.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000092&pid=S0123-4870200900020000600006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>7. Foucault, M. (1999).<i> Estrategias de poder</i>. 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Nueva York: The Museum of Modern Art.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000105&pid=S0123-4870200900020000600019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>20. Torczyner, H. (1978). <i>Magritte, signos e im&aacute;genes</i>. Barcelona: Editorial Blume.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000106&pid=S0123-4870200900020000600020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>21. V&aacute;zquez, F. (1995). <i>Foucault. La historia como cr&iacute;tica de la raz&oacute;n</i>. 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