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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Santa Anita: la finca, el feudo y el territorio en la nación imaginada por el personaje Fernando Vallejo]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[Santa Anita: Farm, feud and territory in the nation imagined by the character Fernando Vallejo]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[The farm of Santa Anita is an emblematic place constantly appearing in Fernando Vallejo's narrative. Through the memory of the farm, we see a worldview, a way of seeing the world linked to the region within a literary writing which constitutes a highly contextualized social practice. In this sense, we consider the imagination as an act committed to reality and therefore we will appraise the ideological and political changes of human and social agencies that literary writing set in motion. Therefore, we will analyze the text as a document in which the relationship with power is presented as a testimony of the existence of more or less opened relations of struggle and conflict.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="verdana">      <p align="center"><font size="4"><b>Santa Anita: la finca, el feudo y el territorio en la naci&oacute;n imaginada por el personaje Fernando Vallejo</b></font></p>     <p align="center"><font size="3" face="verdana"><b>Santa Anita: Farm, feud and territory in the nation imagined by the character Fernando Vallejo</b></font></p>      <p align="center">Alberto Cueva Lobelle<sup>1</sup></p>     <br>     <p><sup><a name="num1"></a><a href="#nu1">1</a></sup>Profesor del Departamento de Ling&uuml;&iacute;stica de la Universidad Nacional de Colombia. <a href="mailto:cueval@unal.edu.co">cueval@unal.edu.co</a></p>      <p>Art&iacute;culo recibido el 7 de Abril de 2010 y aprobado el 30 de Agosto de 2010</p>  <hr>      <p><font size="3"><b>Resumen</b></font></p>     <p>La finca de Santa Anita es un espacio emblem&aacute;tico que aparece constantemente en la narrativa de Fernando Vallejo; a trav&eacute;s del recuerdo de la finca podemos observar una cosmovisi&oacute;n, una manera de ver el mundo ligada al territorio dentro de una escritura literaria que constituye una pr&aacute;ctica social fuertemente contextualizada.</p>     <p>En este sentido, la imaginaci&oacute;n puede ser entendida como un acto comprometido con la realidad y por ello se apreciar&aacute; el m&eacute;rito de las variaciones ideol&oacute;gicas y pol&iacute;ticas de las agencias humanas y sociales que la escritura literaria pone en movimiento. Por tanto, se analizar&aacute; el texto como un documento en el que la relaci&oacute;n con el poder se presenta como un testimonio de la existencia de unas m&aacute;s o menos abiertas relaciones de lucha y conflicto.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Palabras claves</b>: Territorio, imaginario, naci&oacute;n, paisa, Antioquia.</p> <hr>     <p><font size="3"><b>Abstract</b></font></p>     <p>The farm of Santa Anita is an emblematic place constantly appearing in Fernando Vallejo's narrative. Through the memory of the farm, we see a worldview, a way of seeing the world linked to the region within a literary writing which constitutes a highly contextualized social practice. In this sense, we consider the imagination as an act committed to reality and therefore we will appraise the ideological and political changes of human and social agencies that literary writing set in motion. Therefore, we will analyze the text as a document in which the relationship with power is presented as a testimony of the existence of more or less opened relations of struggle and conflict.</p>     <p><b>Key words</b>: Territory, imagination, nation, paisa, Antioquia.</p>  <hr>     <p>A lo largo de la obra de Vallejo hay un espacio que siempre estar&aacute; en el recuerdo de quien narra, la finca de Santa Anita. Se trata de un espacio balizado por la pluma iluminada del escritor, de un espacio que queda resaltado como mojones de luz en la variada, profusa, desconcertante y, aparentemente, antag&oacute;nica tem&aacute;tica que conforma el turbulento discurrir de <i>El r&iacute;o del tiempo</i>.</p>     <p>Debemos preguntarnos qu&eacute; es lo que representa la finca de Santa Anita, ya no s&oacute;lo en el recuerdo de una persona que eleva su vida al estatus de obra de arte; sino m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites f&iacute;sicos de la superficie, en el imaginario de toda una naci&oacute;n. A trav&eacute;s de la lectura de obras como <i>El r&iacute;o del tiempo </i>o <i>La virgen de los sicarios </i>podemos apreciar un espacio geogr&aacute;fico, una porci&oacute;n de terreno, un lugar que pertenece a alguien y que est&aacute; en continua transformaci&oacute;n por sus habitantes.</p>     <p>Pero en muchas ocasiones esa porci&oacute;n de territorio moldeado que rodea a sus lugare&ntilde;os, y que los ha visto crecer, transforma a los individuos sin que sean conscientes de ello. Por tanto, el imaginario de las sociedades humanas, su propio punto de vista, no es independiente de su localizaci&oacute;n; as&iacute;, en la escritura y la imaginaci&oacute;n, cualquier versi&oacute;n de los hechos est&aacute; te&ntilde;ida por el atavismo hacia el espacio geogr&aacute;fico y la tierra.</p>     <p>En la narrativa de Fernando Vallejo, las imaginaciones y utop&iacute;as territoriales tienden a crearse y recrearse a partir de frecuentes y avasallantes r&aacute;fagas de informaci&oacute;n cargada de estereotipos. Se divulgan imaginarios en los que la vida cotidiana guarda diferencias notables con la realidad del mundo actual; aflora continuamente en el texto el respeto profundo, sentimental y l&iacute;rico por un espacio emblem&aacute;tico que sirve de eslab&oacute;n entre el pasado y el presente.</p>     <p>Un espacio que constituye la herencia irrenunciable de un pasado en el cual se reflejan las costumbres, las leyendas, pasiones, dolores y alegr&iacute;as. Resulta llamativo el contraste entre el interior de la finca y el exterior: cuando nos adentramos en ella encontramos un mundo cerrado y parroquial, con una fe inquebrantable que estigmatiza cualquier extrav&iacute;o.</p>     <p>La finca, el feudo, se erige en templo inmaculado donde oficia el narrador, sumo pont&iacute;fice, que intermedia entre sus lectores, esc&eacute;pticos inquilinos del siglo XXI, y la realidad pret&eacute;rita. El narrador quiere llegar a sus lectores por los caminos del esp&iacute;ritu, conducirlos hacia su destino por una escala musical, presentarse a sus anhelos sin otras armas que la escritura art&iacute;stica que funciona como un grito en un retazo de lienzo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Porque la finca es la tierra donde crece el recuerdo de los abuelos, un entorno so&ntilde;ador, pastoril y caballeresco; un lugar donde el sol, la libertad y la azulada esfera descansan entre el verde de las monta&ntilde;as, los cafetales, las mazorcas, los anchos r&iacute;os y las altas sierras. Muchos coterr&aacute;neos del narrador atesoran en la memoria, como sustento ante el incierto destino, el cielo, los aromas, la paz de los trapiches y el paisaje que un d&iacute;a los vio corriendo, persiguiendo ilusiones casi descalzas.</p> <ol>     <p>Los ojos turbios, vidriosos, inm&oacute;vil en su mecedora, la abuela espera a que le llueva del cielo, compasiva, la bendici&oacute;n de la muerte. Pero no la quiero ver as&iacute;, es una imagen esa entre muchas. Tambi&eacute;n la puedo ver, por ejemplo, en el corredor posterior de Santa Anita: feliz, limpiando caf&eacute; entre sus animales. Tiene vacas, gallinas, cerdos y el caf&eacute; lo seca en unos costales viejos que extiende sobre las baldosas rojas del piso. Es el caf&eacute; de Santa Anita dorado, impecable, sin un solo grano negro. Yo a escondidas, muy callado, me le acerco por detr&aacute;s y la abrazo.</p>      <p>-Ay muchacho -dice-, me asustaste, estaba pensando en el abuelo.</p>     <p>El abuelo es Le&oacute;nidas, su marido, y es abuelo m&iacute;o y no de ella, y ya hace a&ntilde;os que muri&oacute;. Pero lo recuerda como si ella fuera uno m&aacute;s de sus nietos. De s&uacute;bito, por una de esas maromas o burlas que me hace el tiempo, dejo de ser un muchacho y vuelvo a ser un ni&ntilde;o, y en el mismo corredor, y en la misma situaci&oacute;n, con la abuela limpiando caf&eacute;, de s&uacute;bito irrumpe un estruendo. &iquest;Qu&eacute; pas&oacute;? &iquest;Qu&eacute; pas&oacute;? Era la gallina saraviada, o sea con manchitas de plumas amarillas sobre el fondo pardo y negro, su gallina preferida que pone, d&iacute;a a d&iacute;a, sin faltar, religiosamente un huevo y a veces dos. &iquest;Y ahora qu&eacute; se trae &eacute;sta? Brusquedades, sacudidas, coletazos desprendi&eacute;ndose de plumitas, pelusitas tiernas, la gallina saraviada se ba&ntilde;a ante nosotros en un charco de polvo, en el oasis de la dicha. &iexcl;Eh carajo, qu&eacute; alharaca! &iexcl;Ni que se fuera a ba&ntilde;ar Luis XIV! (Vallejo, 2003b, p. 228-229).</p>    </ol>     <p>Ante este panorama, la posesi&oacute;n de la finca se convierte en verdad, camino y raz&oacute;n eterna para la vida. Las pinturas m&aacute;s vendidas para decorar las salas de estar no retratar&aacute;n ni los bosques, ni los desfiladeros, ni las marinas al atardecer. No. La figura pict&oacute;rica por excelencia ser&aacute; la finca con su casa, sus galpones, sus cultivos y sus &aacute;rboles frutales. Nos encontramos ante un pa&iacute;s en permanente conflicto que lucha por una porci&oacute;n de territorio, por una finca.</p>     <p>La finca nos transporta al epicentro expresivo de una idea latente: la posesi&oacute;n y explotaci&oacute;n de una porci&oacute;n de terreno que con mano dura y firme ocupa el sue&ntilde;o, todav&iacute;a, de gran parte de los habitantes del pa&iacute;s. La figura por excelencia es la del finquero, altivo y estricto, que luchar&aacute; violentamente, si hace falta, por defender sus tierras; que llamar&aacute; p&uacute;blicamente a sus capataces para que le rindan cuentas ante todos los trabajadores. Esta figura se erige en modelo; es un espejo en el que actualmente, en el a&ntilde;o 2010, se mira una gran parte de los seguidores del Presidente de la Rep&uacute;blica.</p>     <p>El recuerdo de la finca act&uacute;a en una doble direcci&oacute;n: palia y a la vez agudiza la angustia que acompa&ntilde;a la vida diaria de las masas de excluidos, porque no es m&aacute;s que una reminiscencia inaprensible e inalcanzable. El ideal de la finca provoca el encapsulamiento, el distanciamiento mental de los individuos respecto a su entorno m&aacute;s cercano. No es dif&iacute;cil encontrarse en el Distrito Capital con alg&uacute;n taxista, con un nivel adquisitivo paup&eacute;rrimo, expresando su benepl&aacute;cito hacia las pol&iacute;ticas de Seguridad Democr&aacute;tica basadas en la guerra y la compra de armamento porque "ahora s&iacute; puedo ir a la finca".</p> <ol>     <p>La bandera pol&iacute;tica de Uribe es la "Seguridad Democr&aacute;tica", a la que recientemente se a&ntilde;adi&oacute; la "Confianza Inversionista". Quiz&aacute;s el logro m&aacute;s contundente en esta primera etapa de gobierno&ndash; por lo menos el que m&aacute;s impacta el imaginario colectivo del pa&iacute;s y que regala al presidente una popularidad duradera&ndash;es la manera como las fuerzas armadas logran retomar el control de las principales carreteras del pa&iacute;s. A comienzos del nuevo milenio, Bogot&aacute; y las principales ciudades se encontraban pr&aacute;cticamente bajo estado de sitio, con retenes de los diferentes ej&eacute;rcitos en pugna a pocos kil&oacute;metros de las zonas urbanas. En cambio, a partir del primer gobierno Uribe, la clase media, luego de a&ntilde;os de amenazas, extorsiones y secuestros, puede finalmente sacar el carro comprado con los ahorros de una vida e ir de paseo al campo sin demasiado peligro (Vignolo, 2009, p. 96).</p>     </ol>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Evidentemente, existe una conexi&oacute;n de muchos colombianos que habitan las grandes ciudades con el mundo rural y la estampa campesina. El campo, la finca, nos presenta un modelo de desarrollo basado en las materias primas y los recursos naturales, la mano de obra barata y la baja recaudaci&oacute;n tributaria. La tenencia de la tierra se concentra en una &eacute;lite escasamente interesada en invertir en desarrollo humano, o en tecnolog&iacute;a.</p>     <p>Un somero conocimiento de la historia nos cuenta c&oacute;mo millones de personas migraron del campo a las principales ciudades colombianas en la segunda mitad del siglo XX. Unas veces por la violencia de las armas, otras, por la misma violencia de los grandes movimientos econ&oacute;micos internacionales.</p> <ol>     <p>La migraci&oacute;n del campo a la ciudad es un hecho determinado por la violencia. Entre 1938 y 1964, Colombia dej&oacute; de ser un pa&iacute;s predominantemente rural para ser un pa&iacute;s en acelerado proceso de urbanizaci&oacute;n. La violencia de los a&ntilde;os 50 desencaden&oacute; una experiencia masiva de desplazamiento. Peque&ntilde;os pueblos y muchas ciudades crecieron en forma acelerada, ya para 1964 esos procesos de desplazamiento hab&iacute;an hecho surgir las ciudades intermedias, caracter&iacute;sticas del desarrollo colombiano (G&oacute;mez, 2007, p. 65).</p>    </ol>     <p>Nuestro narrador es coet&aacute;neo a la expansi&oacute;n de la ciudad de Medell&iacute;n, la ha visto crecer a la vez que &eacute;l; su infancia coincide con una &eacute;poca de expansi&oacute;n industrial en el Valle de Aburr&aacute; que trajo consigo la utilizaci&oacute;n de numerosa mano de obra procedente de los pueblos y veredas vecinos. A lo largo de la narraci&oacute;n de su propia vida, el escritor antioque&ntilde;o relata el progresivo deterioro e irremediable podredumbre de la ciudad que lo ha visto nacer, como un proceso que transcurre paralelamente a su propia vida.</p>     <p>Por ejemplo, la "vejez" de Fernando Vallejo (en el hipot&eacute;tico caso de que se considere vejez a la &eacute;poca en la que un individuo est&aacute; a punto de cumplir cincuenta a&ntilde;os), coincide con el declive de las industrias de Medell&iacute;n, que fue consecuencia de las pol&iacute;ticas de apertura comercial iniciadas en los a&ntilde;os noventa por el entonces presidente C&eacute;sar Gaviria<sup><a name="num2"></a><a href="#nu2">2</a></sup>; tambi&eacute;n coincide con una alt&iacute;sima densidad de poblaci&oacute;n, lo cual conlleva grandes niveles de descomposici&oacute;n social y la falta de identidad y pertenencia a un territorio contaminado, inseguro e intransitable.</p> <ol>     <p>Yo crec&iacute; con Medell&iacute;n. Era yo un ni&ntilde;o berrietas y ella una ciudad chiquita; crecimos juntos, nos corrompimos juntos, la vida nos ech&oacute; a perder. La llamaban "la ciudad de la eterna primavera", y a m&iacute; "el ni&ntilde;o Jes&uacute;s": el ni&ntilde;o Jes&uacute;s result&oacute;, un demonio, y su Medell&iacute;n&ndash;con tanta f&aacute;brica, con tanto carro, con tanto ladr&oacute;n respirando&ndash;un infierno en verano. Su clima, empero, en mi recuerdo es dulce y suave. Sin ir m&aacute;s lejos de la casa de las Marines (de las incontables visitas de Santa Anita), veo una calle larga larga, en sombra bajo la copa de los altos &aacute;rboles: los &aacute;rboles se los robaron para encender el fog&oacute;n. Y el r&iacute;o Medell&iacute;n que bull&iacute;a de peces, claro y l&iacute;mpido, se fue muriendo, muriendo, hasta acabar en una turbia alcantarilla. La juventud, cuando no se le cruza la muerte, termina siempre as&iacute;: en la vejez hijueputa.</p>     <p>En la oscuridad de las noches, en las monta&ntilde;as circundantes, empezaron a palpitar como estrellitas unos foquitos de luz; usted dir&iacute;a Venus o J&uacute;piter; no, eran casitas campesinas. De foco en foco se fue haciendo una galaxia, y una noche vimos todas las monta&ntilde;as alumbradas: Medell&iacute;n se desbord&oacute; del valle, y como osado ciclista se fue a subir y a bajar monta&ntilde;as. Del manicomio, por la carretera norte, como loco escapado sin camisa de fuerza, dando brincos se sigui&oacute; hacia Bello, hacia Girardota, hacia Copacabana, y a&uacute;n no la pueden detener. Envigado, que era un pueblo independiente, con car&aacute;cter propio, se le convirti&oacute; en un barrio: de marihuanos. Y Robledo y Sabaneta e Itag&uuml;&iacute;. Pose&iacute;da por el demonio del expansionismo sovi&eacute;tico a todos se los anex&oacute;: quer&iacute;a que todo el mundo fuera Medell&iacute;n. De tanto que creci&oacute;, de tanto que cambi&oacute;, un d&iacute;a no la reconoc&iacute;. &iquest;Pero es que ya no me reconoc&iacute;a? Crecimos juntos, cambiamos juntos, yo hab&iacute;a cambiado tambi&eacute;n. El ni&ntilde;o se hizo joven y el joven viejo, y el pueblo una gran ciudad. Ahora le digo adi&oacute;s: una se&ntilde;ora de negro llama a mi puerta y le voy a abrir. Medell&iacute;n seguir&aacute; so la su camino, hasta dar al mar (Vallejo, 2003&ordf;, p. 130-131).</p>    </ol>     <p>Las ciudades crecieron y absorbieron la vida campestre de los alrededores; muchas personas se criaron en el entorno rural, otras pasaron all&iacute; vacaciones al lado de sus abuelos o de sus t&iacute;os. Lo cierto es que la finca es un recurso a un pasado no muy lejano que, aparentemente, fue mejor. Es un recuerdo que deviene en lamento melanc&oacute;lico, en nostalgia, cuando el nuevo habitante de la ciudad constata que el mundo urbano arrasa con la tradici&oacute;n. El sentimiento de fracaso y frustraci&oacute;n emerge cuando la ciudadan&iacute;a se estrella con exigencias y compromisos modernos que no puede asimilar; el espejismo de la metr&oacute;poli se desvanece ante los conflictos marcados por la progresiva descomposici&oacute;n social y alienaci&oacute;n que sacan a flote la latente vileza del ser humano.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Pero de la finca de Santa Anita ya no queda nada, tampoco de otras fincas. Siempre estar&aacute; presente la remembranza de algo que carece de constancia f&iacute;sica y que obstaculiza un olvido pecaminoso. Una finca que ya s&oacute;lo se encuentra et&eacute;rea entre las tinieblas del recuerdo de una existencia desencajada; una existencia individual que se precipita inexorablemente hacia el final de sus d&iacute;as, doblegada por el v&eacute;rtigo de la velocidad.</p> <ol>       <p>Me falta por anotar a Santa Anita, la finca, que tambi&eacute;n muri&oacute;, de la muerte m&aacute;s absoluta: tumbaron la casa y los &aacute;rboles, y el altico donde se alzaba lo corta ron a pico para hacer una urbanizaci&oacute;n. No que d&oacute; ni la tierra: un terreno plano, irreconocible, con una barranca al lado (Vallejo, 2005, p. 53).</p>     <p>Dicen que Santa Anita ya no est&aacute;, ya no existe, que a la pobre vieja finca de mi abuelo se la llev&oacute; el ensanche, se la trag&oacute; el tiempo. Dicen, dicen, tanto dicen... &iquest;Y qui&eacute;n los oye, y qui&eacute;n les cree? &iquest;Si no est&aacute; d&oacute;nde estoy? &iquest;No estoy pues con la abuela en sus corredores, meci&eacute;ndonos en sus mecedoras? Van y vienen las mecedoras r&iacute;tmicamente quej&aacute;ndose, arrull&aacute;ndonos en sus vaivenes (Vallejo, 2005, p. 185).</p>    </ol>     <p>Cuando la vida evidencia el declive, cuando el r&iacute;o del tiempo se&ntilde;ala a corto plazo la hora inevitable de la despedida; el gesto desafiante, la voz firme, el uso de la hip&eacute;rbole, la agilidad mental y la visi&oacute;n del pasado, gritan de forma inconfundible que existe un remoto nexo de sangre, una huella racial indeleble que coloniz&oacute; un paisaje de proyecciones verticales. La escritura se revela entonces por medio de la memoria, e intenta trascender de forma impetuosa el in&eacute;dito silencio de una gaveta familiar: "&iquest;Escribir&aacute;n mis hermanos un libro tierno para recordarme? Ahora s&eacute; que no. El libro lo escribo yo o me tiran al bote del olvido" (Vallejo, 2003b, p. 139).</p>     <p>Colombia siempre estar&aacute; peor y el campo no ser&aacute; la excepci&oacute;n; parece que hubo una &eacute;poca de esplendor, de grandes monocultivos de caf&eacute;, de grandes familias emprendedoras y terratenientes con casas blasonadas; sin embargo, todo ese esplendor ha fenecido lamentablemente. Los campesinos migran a la ciudad a formar grandes extrarradios de pobreza y delincuencia, muchas de las grandes familias terratenientes ven como sus negocios quiebran debido a la crisis y no tienen m&aacute;s salida que salir al extranjero.</p>     <p>La finca de los Echavarr&iacute;a, El Carmelo, constituye toda una met&aacute;fora de la decadencia, de lo que se tuvo, de lo que se quiso, de lo que no pudo permanecer. Echavarr&iacute;a es asesinado por alguno de sus conciudadanos tras d&eacute;cadas incansables de obras filantr&oacute;picas. Como consecuencia, la finca acaba en manos de un mediocre especulador, porque en Colombia s&iacute; ha existido un cambio en las &eacute;lites, ya no son terratenientes de gran cultura humanista y autodidacta, ahora se trata de una &eacute;lite que rinde culto a la tecnocracia, al dinero f&aacute;cil, al consumo desenfrenado y a la barbarie. Se trata de una nueva &eacute;lite nacida del fruto del capitalismo financiero y especulativo, actualmente al mando en la inmensa mayor&iacute;a del planeta.</p> <ol>     <p>Un d&iacute;a las acciones de estas f&aacute;bricas quedaron valiendo un carajo, y un z&aacute;ngano las compr&oacute;. Compr&oacute; infinidad de quiebras, que sumadas significan la m&aacute;xima seguridad. M&iacute;ralo, ah&iacute; va, en su Rolls Royce negro, flanqueado por cinco carros siniestros de guardaespaldas y dej&aacute;ndonos una nube de smog. A &eacute;se no lo habr&aacute;n de secuestrar. Era un pobret&oacute;n, que le quit&oacute; lo que ten&iacute;a a su primera mujer, y como dec&iacute;amos los ni&ntilde;os de mis tiempos en el juego de bolas o canicas, se encab&oacute;. Empez&oacute; a ganar y a especular, a especular y a comprar. &Eacute;l no es de esta comarca, es forastero. Aqu&iacute; lleg&oacute; porque las f&aacute;bricas en quiebra estaban aqu&iacute;. Y comprando, comprando, entre lo mucho que compr&oacute;, compr&oacute; El Carmelo. Ya vamos llegando Bruja, y lo que te voy a mostrar no me lo vas a creer. Mira El Carmelo: ah&iacute; est&aacute;: dime qu&eacute; ves. Ruinas, ruinas, ruinas y m&aacute;s ruinas, y el pasto verde que te promet&iacute; ya lo invade con sus ratas la maleza. &iquest;Y sabes por qu&eacute; la tumb&oacute;? Porque descubri&oacute; que era el sue&ntilde;o de infinidad de antioque&ntilde;os. Por eso la tumb&oacute;: para demostrar. Para demostrar lo pendejos que somos, su infame poder que nada hab&iacute;a construido la tumb&oacute;. Me tumb&oacute; mi sue&ntilde;o. Est&aacute; en su derecho: dentro de la ciega Ley. Cercando el lote de escombros queda un tramo de verja, y un trozo de la portada donde a&uacute;n se lee, para ense&ntilde;anza: "El Carmelo". Son los signos de los nuevos tiempos, Bruja, de una vieja y siempre nueva ruindad (Vallejo, 2003&ordf;, pp. 114-115).</p>     </ol>     <p>En <i>El r&iacute;o del tiempo</i>, los due&ntilde;os de las fincas suelen ser personajes majestuosos y con aires de hidalgu&iacute;a, como es el caso de don Alfonso; pero ni siquiera la nobleza de don Alfonso resistir&aacute; el paso devastador del tiempo: una locura alienante se apodera de este personaje, que pasa de ser un buen vecino con modales exquisitos en las visitas, a ser un ermita&ntilde;o energ&uacute;meno que s&oacute;lo se asoma a la venta de su casa para insultar a los transe&uacute;ntes.</p> <ol>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&Eacute;l s&iacute; es finquero, no como don Valerio, y sabe echar azad&oacute;n. Anda de pantal&oacute;n de dril sucio de tierra mojada, camisa blanca de manga corta y un sombrero negro abollado, de espantap&aacute;jaros. Cargando siempre un racimo de pl&aacute;tanos o un costal. Pasa un momento a la cocina de mi abuela, a tomarse un caf&eacute; negro y a comentar. Cuestiones de finqueros: que hoy orde&ntilde;&oacute; tanto, que si va a llover o que si no, que si el tiempo va a empeorar, que tal abono ha subido a tanto, y que esto se siembra as&iacute;. Toca melod&iacute;as en una hoja de naranjo, su "dulzaina" y no puede hablar dos palabras sin citar una vida de santo o un pasaje b&iacute;blico. Aunque est&aacute; viejo es soltero, pues nunca se cas&oacute;: por sostener una familia inmensa de hermanas hu&eacute;rfanas, que han tenido cientos de hijos y de nietos con pap&aacute; y mam&aacute;. Jam&aacute;s dice una groser&iacute;a, una mala palabra. En esto se parece a m&iacute; abuelo, y por eso son tan buenos amigos. Antes de irse pasa al comedor a conversar un ratito con &eacute;l, con don Le&oacute;nidas, a o&iacute;rle el memorial que acaba de redactar. Los v&iacute;nculos de la honradez, de la correcci&oacute;n, de la bondad y del bien, sellan entre don Alfonso y mis abuelos una amistad apacible, feliz. Gran se&ntilde;or, todo un hidalgo, gran caballero, algo de Don Quijote tiene el vecino de mi abuela, don Alfonso el Bueno. A&ntilde;os despu&eacute;s don Alfonso cambi&oacute;. Dej&oacute; de trabajar, y empez&oacute; a callar, a rumiar. No volvi&oacute; a salir de sus labios una sola par&aacute;bola, un solo serm&oacute;n, y dej&oacute; de venir a Santa Anita. Taciturno, montaraz, reconcentrado, si abr&iacute;a la boca era para soltarle a alguien una sarta de palabrotas, para echarle encima un baldado de vulgaridad. Una vez le o&iacute; gritarle, desde el corredor de su casa, a una mujercita embarazada del barrio de Las Casitas que pasaba frente a su casa, por la carretera: "&iquest;Adonde vas? &iexcl;Pua! &iexcl;Que llevas en esa barriga!" Le arriaba la madre hasta a Su Santidad (Vallejo, 2003&ordf;, pp. 72-73).</p>    </ol>     <p>&iquest;Qu&eacute; es lo que acab&oacute; con aquel mundo idealizado, con aquella Antioquia "grande y altanera", con aquella "raza que odiaba las cadenas"?<sup><a name="num3"></a><a href="#nu3">3</a></sup>: El peso de la demograf&iacute;a, la ruina del campo, los conflictos armados y, en definitiva, los odios, las venganzas y las luchas pol&iacute;ticas encarnizadas que han cruzado sus coordenadas de sangre sobre la martirizada topograf&iacute;a de la patria.</p>     <p>Quien tiene la culpa de ello, seg&uacute;n el narrador, es el ansia reproductora del pueblo, sus pocas ganas de trabajar, sus muchas ganas de robar y asesinar; parece decirnos impl&iacute;citamente que la cultura paisa, que ha sido el norte de la econom&iacute;a, de la industria, de la pol&iacute;tica y de la supuesta grandeza del pa&iacute;s, tendr&aacute; que ser la &uacute;ltima tabla de salvamento, el norte cultural de la naci&oacute;n.</p>     <p>Ellos han provocado el narcotr&aacute;fico porque arrinconaron a la gente y a nuestra raza antioque&ntilde;a que era muy emprendedora, a eso, porque le cerraron todas las puertas a la industria. Primero, con toda clase de trabas burocr&aacute;ticas y con demagogias. Luego porque... Gaviria, este personaje siniestro y nefasto que ha tenido Colombia, lleg&oacute; y le dio el puntillazo final y la acab&oacute; (Entrevista a Fernando Vallejo en Caracol Radio 2005, Sobre Manualito...)</p>     <p>En medio de todo este fracaso de la naci&oacute;n colombiana, habr&iacute;a que pensar tambi&eacute;n en otros factores que no menciona nuestro narrador, pero sobre los cuales se ha reflexionado en otros escritos: el fracaso de las rancias estructuras basadas en el feudalismo gamonal aut&aacute;rquico y en el monocultivo del caf&eacute;; la inexistencia de grandes obras p&uacute;blicas que jam&aacute;s se llevaron a cabo para unifcar el pa&iacute;s y vencer a la inexpugnable geograf&iacute;a antioque&ntilde;a; el aislamiento siempre favorable a grandes dinast&iacute;as en los poderes locales.</p>     <p>Adem&aacute;s, el mestizaje selectivo favorecedor de la vida provinciana, el rechazo al car&aacute;cter pluri&eacute;tnico y pluricultural de la naci&oacute;n colombiana; el mal reparto de la tierra; el inequitativo acceso a los medios de producci&oacute;n; y, en definitiva, una burgues&iacute;a que impidi&oacute; toda reforma agraria, todo af&aacute;n de progreso, que impidi&oacute; cualquier proceso de industrializaci&oacute;n, de apertura comercial, de movilidad social; una burgues&iacute;a que lo &uacute;nico que foment&oacute; fue la debilidad de un Estado desentendido y falto de liderazgo.</p> <ol>     <p>Quiz&aacute;, el desalojo del campo se inici&oacute; con el caf&eacute; y la vasta zona cafetera que promovi&oacute; primero el crecimiento de Antioquia y de Medell&iacute;n, su capital, hasta convertirse en el inconveniente monocultivo de Colombia, que fren&oacute; sus potencialidades agr&iacute;colas y que, de manera indebida, lleg&oacute; a consolidarse como emblema nacional; fue una de las caracter&iacute;sticas "bonanzas" del pa&iacute;s, incluso se pregon&oacute; y ense&ntilde;&oacute; que el pa&iacute;s motocultivador (solo en la zona cafetera, no pod&iacute;a cultivarse en otras &aacute;reas, no importa que llenaran las exigencias geogr&aacute;ficas para la prosperidad del grano) depend&iacute;a del fruto; tanto se hablaba, que aprendimos la distinci&oacute;n entre "caturra" y "ar&aacute;bigo" y el hilo de la "patria" estaba pendiente de las heladas del Brasil, como despu&eacute;s lo estar&iacute;amos de otros productos y otras bonanzas. Caf&eacute; y Colombia se confund&iacute;an; pod&iacute;a decirse que Colombia y caf&eacute; eran una misma cosa (Yunis Turbay, 2000, p. 76).</p>    </ol>     <p>Las propuestas del narrador en ning&uacute;n caso construir&aacute;n un puente de concordia, tampoco recetar&aacute;n ning&uacute;n sedante para la falta de cordura; en todo caso, alimentar&aacute;n la cr&iacute;tica destructora, la indiferencia corrosiva, la ausencia de visi&oacute;n l&oacute;gica y de justicia. La reparaci&oacute;n de tanto desgarramiento no reside en la construcci&oacute;n de principios y valores universales de solidaridad, igualitarismo y modernidad<sup><a name="num4"></a><a href="#nu4">4</a></sup>; el &uacute;nico paliativo para la infamia es un alegato incondicional que nunca cuestiona los valores y contradicciones de la cultura paisa, como se pueden apreciar en las dos intervenciones citadas a continuaci&oacute;n, respecto a los paramilitares y los campesinos<sup><a name="num5"></a><a href="#nu5">5</a></sup>.</p> <ol>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Ya t&uacute; sabes mi opini&oacute;n sobre los paramilitares: cuando el Estado desapareci&oacute; del campo, de los pueblos, de las ciudades, en tiempos de Gaviria, de Samper y de Pastrana, ellos (los paramilitares) fueron los que evitaron que Colombia se convirtiera en otra Cuba, en otra c&aacute;rcel inmensa bajo un solo tirano. Prefiero un bobo cuatrienal a un tirano eterno (Chat con Fernando Vallejo, desde el reino de la muerte).</p>     <p>Otro problema ten&iacute;a la finca y se puede decir puesto que ya se vendi&oacute;. Pacho Mar&iacute;n y su parentela. Prol&iacute;ficos como el castor, entre hermanos y primos eran cientos, e invad&iacute;an la comarca. Conservadores, eso s&iacute;, pero con ma&ntilde;as de conservador enrazadas en picard&iacute;a de liberal. Cuanto produc&iacute;a La Esperanza era para ellos: el pl&aacute;tano, para ellos; la yuca, para ellos; la panela que se sacaba en el trapiche de mu&iacute;as, para ellos. Y lo que no se com&iacute;an ellos era para sus marranos. De Medell&iacute;n hab&iacute;a que traerles cada semana: sal, az&uacute;car, harina, frijoles, papas, velas, jab&oacute;n, petr&oacute;leo, lazos, f&oacute;sforos, anzuelos, ma&iacute;z... A cambio de buenas noticias: la novilla bonita, dizque la fulmin&oacute; un rayo; el ternero cap&oacute;n, se lo llev&oacute; el r&iacute;o; la vaca horra, muri&oacute; atran cada en un barranco; el marranito de ustedes, el flaco, se perdi&oacute;; la yegua preciosa, la mat&oacute; una culebra... Hoy se evaporaba un tonel de ACPM para mover la planta, ma&ntilde;ana se encog&iacute;a un kil&oacute;metro de alambre para cercar potreros. Prestaciones, jornales, primas de navidad, ropa de Semana Santa, cumplea&ntilde;os, regalos, y la finca hecha un desastre, porque "La maciega no la acaba nadie". Los Marines eran el campesino colombiano: la tumba de las ilusiones, la muerte de La Esperanza. Amigo m&iacute;o, por favor, no le haga una revoluci&oacute;n al campesino colombiano, que lo va a joder. D&eacute;jelo como est&aacute;, que est&aacute; m&aacute;s que bien. Siempre encontrar&aacute; un patr&oacute;n pendejo que ponga la tierra y trabaje por &eacute;l (Vallejo, 2003&ordf;, p. 91).</p>     </ol>     <p>El autor nos presenta los hechos, nos presenta la historia, nunca va a negar los hechos m&aacute;s escabrosos de la sociedad que le ha tocado vivir; no niega la historia, ni que los hechos hayan ocurrido "no va a tapar el sol con la yema del dedo", nunca crear&aacute; un ambiente para que surja condenada una esperanza. En el viejo canon escritural, el pasado se negaba y la memoria no exist&iacute;a; Vallejo efectuar&aacute; una reinvenci&oacute;n c&iacute;clica del pasado que se proyectar&aacute; hacia nuevos futuros.</p>     <p>Siempre al descubierto en la tempestad de las pasiones, desempe&ntilde;ar&aacute; el papel de un pararrayos, recibir&aacute; las descargas que le impone lo irrevocable de los hechos y renunciar&aacute; a romper su contacto con la tierra que lo vio nacer. Por eso cuestiona y repudia muchos de los cambios que se han producido a su alrededor.</p> <ol>     <p>Repiti&eacute;ndome como disco rayado, como si para el bien, tanto como para el mal, Colombia fuera el &uacute;nico patr&oacute;n con que yo pudiera medir todas las cosas, volv&iacute; a <i>so&ntilde;ar con </i>Colombia, con Colombia la mezquina, la asesina; el odio y la ira, chacales erizados, se desgarraban los hocicos a dentelladas. Aprovechando que estaba all&iacute;, y como cuesta tanto el pasaje, decid&iacute; pasarme por Santa Anita. &iexcl;Qu&eacute; desastre!</p>     <p>A la vieja finca de mi abuela se la hab&iacute;a tragado la maleza, las lianas del olvido y la desidia asfixiaban la casa, y en el corredor donde se daba topetazos de cabeza Conalito, ra&iacute;ces insidiosas pugnaban por salir reventando las baldosas del piso. En cuanto a las palmas del caminito de entrada, las palmeras tumbaglobos, hab&iacute;an crecido tanto, tanto, tanto, que no se les ve&iacute;a el fin, perdidos sus copetes en los nubarrones rojos del cielo, los m&aacute;s rojos, los del &uacute;ltimo ocaso. La reja de la portada chirri&oacute; quejumbrosa cuando la abr&iacute;, y el eco adolorido reson&oacute; adentro, en el infinito. Era un sue&ntilde;o de sombra y herrumbre. Sobre la alambrada de p&uacute;as que marcaba el l&iacute;mite de Santa Anita con la finca de Avelino Pe&ntilde;a, con su plumaje negro, ensotanados, me estaban esperando para sacarme a picotazos las tripas los gallinazos, los salesianos. Sin sucesi&oacute;n ni cronolog&iacute;a, viendo mi pasado entero desde la simultaneidad de la muerte, empec&eacute; a caer, a caer, a caer como Luzbel. Tanto ca&iacute; que se me par&oacute; el coraz&oacute;n. Resucit&eacute; en esta mism&iacute;sima realidad, o sea en los infernos (Vallejo, 2005, p. 198-199).</p>     </ol>     <p>El fin de los d&iacute;as en Santa Anita comprueba que la vulgar decadencia sigue un orden: agotado de esperar el fin, agotado del insoportable aplazamiento, agotado de promesas y esperanzas que nada ni nadie garantizan, ya no soporta m&aacute;s el peso de la frustraci&oacute;n por la decadencia de su imaginario, de su forma de ver el mundo ligada al territorio. Es entonces, en ese momento, cuando decide vender su alma al diablo y se reconcilia con el mal bajo el signo de la cat&aacute;strofe. Para ello, cuando la soledad es la &uacute;nica compa&ntilde;era incorruptible, decide seguir el instinto de la oraci&oacute;n en busca de una &iacute;ntima felicidad<sup><a name="num6"></a><a href="#nu6">6</a></sup>.</p> <ol>     <p>&#91;...&#93; bendecir a Nuestro Se&ntilde;or Satan&aacute;s, se&ntilde;or del horco, y a renegar de Dios, el Monstruo que nos ha encartado con la existencia. Fornicaciones, sodom&iacute;as, adulterios, r&eacute;plica y contrarr&eacute;plica; y mastico y escupo la oblea rid&iacute;cula de pan &aacute;zimo, y predico el Evangelio y practico el estupro. Al Padre Eterno le cortaremos las barbas; al Hijo (hijo del doctor Masoch) lo bajaremos de la cruz y a lo Vlad el empalador lo empalizaremos en una estaca per anum; y con el Esp&iacute;ritu Santo haremos caldo de paloma, "mismo", como dicen aqu&iacute;, que condimentaremos con: ajo, cebolla y perejil, m&aacute;s una que otra yerbita del herbolarium diabolicum (Vallejo, 2005, p. 94-95)</p>    ]]></body>
<body><![CDATA[</ol>     <p>Decidir&aacute; entonces emprender un viaje regresivo con tintes devastadores; se trata de una involuci&oacute;n: aquel af&aacute;n colonizador de sus antepasados que esgrimi&oacute; el hacha y volvi&oacute; la hoja de s&iacute;lex un s&iacute;mbolo del estandarte que ganaba espacio a la selva, aquel af&aacute;n colonizador que obedec&iacute;a la orden de multiplicarse como un mandato divino, debe hoy, para sobrevivir, para salvaguardar la pureza de la raza, recorrer el camino inverso.</p>      <p>En un claro y expl&iacute;cito homenaje a doscientos a&ntilde;os de literatura-escritura homicida<sup><a name="num7"></a><a href="#nu7">7</a></sup> en Colombia, el mismo hacha estandarte debe acabar con tanta humanidad, con tanta reproducci&oacute;n, dejando un rastro de muerte a su paso, viendo en cada ser humano, simb&oacute;licamente decapitado, a un esbirro de las fuerzas de la barbarie<sup><a name="num8"></a><a href="#nu8">8</a></sup>.</p> <ol>     <p>Pero m&aacute;s que a la pobrer&iacute;a detesto a la mujer pre&ntilde;ada, m&aacute;xime cuando es india o negra. Se me antoja abortarles a patadas los fetos. El r&iacute;o Magdalena ya lo contaminaron, y ya no canta Leo Marini y se murieron los caimanes. &iquest;Habr&aacute; forma de revertir esta cat&aacute;strofe? &iquest;Y c&oacute;mo? El r&iacute;o no marcha en reversa. Nada vuelve. Si en un oasis del tiempo oigo a Leo Marini, su voz me la encharca la nostalgia. Quiero volver atr&aacute;s, atr&aacute;s, atr&aacute;s, a o&iacute;rlo en su momento, en los corredores aireados de Santa Anita, sin nostalgia maricona, en su esplendor. (Vallejo, 2005, pp. 206-207).</p>      <p>Vi la otra noche, en calle c&eacute;ntrica, durmiendo sobre peri&oacute;dicos, una mujer del pueblo con sus tres hijitos que pari&oacute;. Todos tirados en plena acera a la entrada de un banco, &iquest;me lo pueden creer? Tendi&oacute; hacia m&iacute; sus sucias manos pedig&uuml;e&ntilde;as, y su boca desvergonzada prodig&oacute; el nombre de Dios.&ndash;No lo deval&uacute;es, infame, inicua, bochorno p&uacute;blico, c&aacute;llate ya, que si &Eacute;l existe no existes t&uacute;&ndash;. Saqu&eacute; de mi cerebro un machete y &iexcl;z&uacute;as! De un solo tajo eliminados cuatro focos de infecci&oacute;n. No s&eacute; por qu&eacute; las sociedades ricas que se respeten dejan persistir la pobreza, si es tan f&aacute;cil de eliminar: con quien la padezca (Vallejo, 2003b, p. 136).</p>      <p>Me veo llevando al hombro un costalado de mangos dulces, maduros, apetitosos, jugosos, y como por inadvertencia los voy regando aqu&iacute; y all&aacute;, a lo largo de estas carreteras de Colombia para que quien pase, recalentado por el sol de los caminos, abreve en ellos la sed. Dos o tres pasos adelante van cayendo, como moscas fulminadas con Flit. &iquest;Y sabes por qu&eacute;? Te lo voy a decir, pero no lo vayas a contar: porque a cada mango le he inyectado con una jeringa desechable, dos o tres gotitas de piroarseniato de sodio, Na4 As2 O2. Despu&eacute;s, en recompensa, me dan la Cruz de Boyac&aacute;, lo m&aacute;ximo, para mi colecci&oacute;n (Vallejo, 2003a, 114). E iban desfilando blancos, negros, indios, zambos, rolos, mestizos, mulatos, y todas las combinaciones de la mala sangre que en tu pa&iacute;s se dan, saltando alegremente hacia atr&aacute;s rumbo al simio original (Vallejo, 2003b, p. 162). &iquest;Y llaman a esto cat&aacute;strofe por veinte mil muertos? &iquest;Porque se sacudi&oacute; la tierra y mat&oacute; a veinte mil nacos, totonacos, hijos malnacidos de sus sucias indias madres en camadas? &iexcl;Cat&aacute;strofe la vida m&iacute;a! (Vallejo, 2005, p. 189).</p>    </ol>     <p>Nuestro narrador deja de lado su papel de intelectual cosmopolita inconforme y toma la actitud propia del terrateniente feudal indignado ante la cruel expropiaci&oacute;n sentimental efectuada por el mero devenir de los acontecimientos; por eso decide tomar un camino carente de compasi&oacute;n que lo aparta, supuestamente, de la mediocridad.</p>     <p>Cuando el perd&oacute;n, la paz y la justicia ya no existen, y la caridad se muere, habr&aacute; que asaltar cual Herodes el pesebre de los ni&ntilde;os pobres, bajar de la cruz al Cristo que llenaba el coraz&oacute;n de los humildes y empalarlo; y elevar a un nivel sagrado la blasfemia contra cualquier variedad de catecismo positivista. La idea impl&iacute;cita se expresa con una transparencia superlativa en algunos de los aforismos de Nicol&aacute;s G&oacute;mez D&aacute;vila: "Despoblar y reforestar: primera pauta para la civilizaci&oacute;n", "La definici&oacute;n de densidad demogr&aacute;fica &oacute;ptima debe darla la est&eacute;tica"<sup><a name="num9"></a><a href="#nu9">9</a></sup>.</p>     <p>Es en ese momento cuando nos encontramos zarandeados ante una escritura que causa atracci&oacute;n, repulsa y perplejidad por su car&aacute;cter intratable e indigerible. Llegamos a un punto en el cual el receptor de la obra vallejiana deber&aacute; replantearse su papel como lector cr&iacute;tico: o bien aprender a amar todo lo que lo desmiente y condena a uno mismo por medio de una lectura que funciona, desde quien lee, como un acicate contra el raciocinio y como una redescripci&oacute;n de lo tangible; o bien, con la mezcla de ingenio y temeridad infantil capaz de descubrir a un monarca en cueros, diseccionar al sujeto enunciativo con escalpelo y clavarle una estaca en el coraz&oacute;n.</p> <hr>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>Pie de p&aacute;gina</b></font></p>  <sup><a name="num2"></a><a href="#nu2">2</a></sup>El ex-presidente C&eacute;sar Gaviria es objeto de burla y cr&iacute;tica frecuente en las narraciones de Fernando Vallejo. Tambi&eacute;n afora una amarga cr&iacute;tica en las entrevistas.    <br> <sup><a name="num3"></a><a href="#nu3">3</a></sup>Cfr. El poema de Jorge Robledo Ortiz titulado "Siquiera se murieron los abuelos", se hace un melanc&oacute;lico y orgulloso alegato en favor del esplendoroso pasado en Antioquia.    <br> <sup><a name="num4"></a><a href="#nu4">4</a></sup>El discurso abiertamente clasista e insolidario siempre ha estado presente en Colombia y ha logrado formar todo un anclaje extra-textual. Nos encontramos, por tanto, ante toda una tradici&oacute;n escritutaria de la que forma parte la cosmovisi&oacute;n de nuestro autor.    <br> <sup><a name="num5"></a><a href="#nu5">5</a></sup>Aunque tomamos declaraciones de una entrevista, consideramos las intervenciones del autor como la representaci&oacute;n de un personaje autoficticio.    <br> <sup><a name="num6"></a><a href="#nu6">6</a></sup>Una de las aparentes contradicciones del imaginario de naci&oacute;n en la obra de Fernando Vallejo gravita sobre el tema de la religi&oacute;n y la homosexualidad. Desde el punto de vista aqu&iacute; defendido, no existe tal contradicci&oacute;n, ya que el campo de batalla filopol&iacute;tico ya no pasa por las iglesias, sino por los productos culturales ofertados en Internet y en las grandes superficies comerciales: "Como ya Pier Pasolini hab&iacute;a brillantemente intuido en los a&ntilde;os sesentas&ndash;por ejemplo en su an&aacute;lisis de un afche de los jeans Jesu&ndash; detr&aacute;s de la aparente blasfemia del consumismo capitalista se van reconfigurando nuevas formas de alianzas entre poderes seculares y poderes religiosos" (Vignolo, 2009, p. 102).    <br> <sup><a name="num7"></a><a href="#nu7">7</a></sup>Nos referimos a una cosmovisi&oacute;n que ha utilizado la escritura como un lugar privilegiado desde el cual amoldar la visi&oacute;n de los hechos a su propio antojo. Dos novelas que glorifican la cultura de la hacienda son <i>Mar&iacute;a y La marquesa de Yolomb&oacute;</i>; en estas dos novelas existe una visi&oacute;n patriarcal y los esclavos son felices. En <i>La vor&aacute;gine </i>el mundo "selv&aacute;tico" es aquilatado desde la subjetividad del letrado. En esta escritura, se nos presenta la realidad bajo el filtro de los valores del h&eacute;roe criollo. Ejemplos de escrituras abiertamente agresivas contra lo no criollo son las de Miguel Antonio Caro y Luis L&oacute;pez de Mesa.    <br>Una cita reveladora acerca del papel sectario y encapsulador desempe&ntilde;ado, en muchas ocasiones, por la lengua letrada y culta nos la proporciona Deas (1993, p. 51): &ldquo;El historiador comunista Nicol&aacute;s Buenaventura declar&oacute; alguna vez que cuando alguien le felicitaba por la pureza de su espa&ntilde;ol siempre pensaba en los doscientos mil muertos que ella le hab&iacute;a costado al pa&iacute;s (a&ntilde;os 40 y 50). Quiz&aacute; arg&uuml;&iacute;a que el aislamiento hab&iacute;a conservado puro el idioma, pero que hab&iacute;a tenido otros efectos menos felices, y tal vez pretend&iacute;a expresar el rechazo de esta arrogante erudici&oacute;n y la distorsi&oacute;n de valores que algunas veces implica: &ldquo;cuidar la lengua&rdquo; no es garant&iacute;a de tolerancia en pol&iacute;tica.    <br>   <sup><a name="num8"></a><a href="#nu8">8</a></sup>Recogemos, a continuaci&oacute;n, las palabras de Santiago Castro G&oacute;mez sobre el imaginario de la barbarie: "La construcci&oacute;n del imaginario de la 'civilizaci&oacute;n' exig&iacute;a necesariamente la producci&oacute;n de su contraparte: el imaginario de la "barbarie". Se trata en ambos casos de algo m&aacute;s que representaciones mentales. Son imaginarios que poseen una materialidad concreta, en el sentido de que se hallan anclados en sistemas abstractos de car&aacute;cter disciplinario como la escuela, la ley, el Estado, las c&aacute;rceles, los hospitales y las ciencias sociales. Es precisamente este v&iacute;nculo entre conocimiento y disciplina el que nos permite hablar, siguiendo a Gayatri Spivak, del proyecto de la modernidad como el ejercicio de una 'violencia epist&eacute;mica'".    <br> <sup><a name="num9"></a><a href="#nu9">9</a></sup>Cuando leemos los escolios de Nicol&aacute;s G&oacute;mez D&aacute;vila sobre la aniquilaci&oacute;n, previa y necesaria para conseguir la civilizaci&oacute;n, no podemos dejar de pensar en una constante de la literatura en Hispanoam&eacute;rica a trav&eacute;s de los escritos de Domingo Faustino Sarmiento, Uslar Pietri e incluso R&oacute;mulo Gallegos.    <br>  <hr>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>      <!-- ref --><p>Abad Faciolince, H. (2004). 'Chat con Fernando Vallejo, desde el reino de la muerte'<i>. Revista Soho</i>. Obtenido el 8 de marzo de 2010, desde <a href="http://www.soho.com.co/wf_InfoArticulo.aspx?IdArt=1925">http://www.soho.com.co/wf_InfoArticulo.aspx?IdArt=1925</a>. .&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000094&pid=S0123-4870201000020001000001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Carrasquilla, T. (1984). <i>La marquesa de Yolomb&oacute;</i>. Caracas: Ayacucho.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000095&pid=S0123-4870201000020001000002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Castro-G&oacute;mez, S. (2000). 'Ciencias sociales, violencia epist&eacute;mica y el problema de la "invenci&oacute;n del otro"'. <i>La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. (Perspectivas latinoamericanas)</i>. Buenos Aires: Ed. E. Lander, Unesco y Clacso.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000096&pid=S0123-4870201000020001000003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Deas, M. (1999). <i>Intercambios violentos</i>. 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Bogot&aacute;: Procultura.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000101&pid=S0123-4870201000020001000008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>G&oacute;mez, G., y Arias, R. (2005, Febrero 19). 'A prop&oacute;sito de la publicaci&oacute;n de <i>Manualito de imposturolog&iacute;a f&iacute;sica</i>'<i>. </i>&#91;Entrevista radial&#93;. Caracol radio.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000102&pid=S0123-4870201000020001000009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Rivera, J. E. (1993). <i>La vor&aacute;gine</i>. Caracas: Ayacucho.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000103&pid=S0123-4870201000020001000010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Robedo Ortiz, J. (1984). <i>Mi antolog&iacute;a</i>, v. I. Medell&iacute;n: Ed. Letras.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000104&pid=S0123-4870201000020001000011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Vallejo, F. (2005) <i>Entre fantasmas</i>. Bogot&aacute;: Alfaguara.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000105&pid=S0123-4870201000020001000012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&mdash; (2004). <i>A&ntilde;os de indulgencia</i>. Bogot&aacute;: Alfaguara.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000106&pid=S0123-4870201000020001000013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&mdash; (2004). <i>Los caminos a Roma</i>. Bogot&aacute;: Alfaguara.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000107&pid=S0123-4870201000020001000014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&mdash; (2003b). <i>El fuego secreto</i>. Bogot&aacute;: Alfaguara.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000108&pid=S0123-4870201000020001000015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&mdash; (2003a). <i>Los d&iacute;as azules</i>. 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Bogot&aacute;: Bruna.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000111&pid=S0123-4870201000020001000018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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