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<kwd lng="es"><![CDATA[Dilema moral]]></kwd>
<kwd lng="es"><![CDATA[Obligación moral]]></kwd>
<kwd lng="es"><![CDATA[Conflicto moral]]></kwd>
<kwd lng="es"><![CDATA[Resolución de conflictos morales]]></kwd>
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</front><body><![CDATA[   <font size="2" face="verdana">        <p align="right"><font size="4"><b>DILEMAS MORALES</b></font></p>      <p align="right">SANDRA REALPE</p>      <p align="right">Licenciada en Filosof&iacute;a, Univalle, Maestr&iacute;a en Filosof&iacute;a, Univalle, Diplomado en Psicolog&iacute;a  Aplicada, Universidad de Londres, Diplomado en Etica de los Negocios Universidad de  Colorado, profesora Universidad Icesi, Facultad de Derecho y Humanidades.  E&#45;mail: <a href="mailto:sandrarealpe@hotmail.com">sandrarealpe@hotmail.com</a></p>      <hr size="1">          <p><b>RESUMEN</b></p>      <p>Antes del siglo XX la tradici&oacute;n filos&oacute;fica  moral ha reconocido la existencia  de los conflictos morales pero ha  rechazado la posibilidad de los aut&eacute;nticos  dilemas morales. Para poder  entender por qu&eacute; hoy el tema de los  dilemas morales ha reclamado para  s&iacute; tanta atenci&oacute;n, es importante ponernos  de acuerdo en la definici&oacute;n de  algunos conceptos. Un conflicto moral  es una situaci&oacute;n en la que un(a)  agente se ve confrontado(a) con dos  obligaciones morales que le instan a  actuar. Un dilema moral es una situaci&oacute;n  extrema de conflicto moral en  la que nuestro(a) agente no puede  seguir un curso de acci&oacute;n que sea conforme  con sus dos obligaciones en conflicto.  Para que un conflicto moral  tenga el car&aacute;cter de ser un aut&eacute;ntico  dilema moral (<i>genuine moral dilemma</i>)  y no simplemente un aparente  dilema moral (<i>apparent moral dilemma</i>), ninguna de las obligaciones  en conflicto es en efecto m&aacute;s fuerte o  logra invalidar a la otra obligaci&oacute;n. A  ra&iacute;z de un art&iacute;culo escrito en 1962 por  E. J. Lemmon, titulado precisamente  &quot;Dilemas morales&quot; (<i>Moral Dilemmas</i>),  se abri&oacute; un debate entre los fil&oacute;sofos  anglosajones contempor&aacute;neos  acerca de la existencia o no de los  aut&eacute;nticos dilemas morales. Informar  sobre este debate reciente, esclarecer  los argumentos de sus principales  protagonistas, y hacer presente en  nuestro medio un novedoso debate  que es importante para reflexionar  sobre un buen n&uacute;mero de problemas  morales, son nuestros principales prop&oacute;sitos  en el presente ensayo.</p>      <p>Para el logro de tales prop&oacute;sitos hemos  dividido en tres cap&iacute;tulos nuestro  ensayo. El primero es un intento  de reconstruir los argumentos b&aacute;sicos  del mencionado debate, en di&aacute;logo  abierto con sus principales y antag&oacute;nicos protagonistas: Bernard  Williams (1965) y Alan Donagan  (1984). El primero de ellos afirma que  los aut&eacute;nticos dilemas morales existen  y justifica tal afirmaci&oacute;n apelando  a los sentimientos morales vinculados  con los conflictos. El segundo,  considera que los aut&eacute;nticos dilemas  morales no son posibles y que lo que  ha imperado, hasta el momento, es  una confusi&oacute;n entre los problemas de  orden pr&aacute;ctico y los problemas de orden  moral. En el segundo cap&iacute;tulo,  aplicaremos el debate acerca de la  existencia o no de los aut&eacute;nticos dilemas  morales a la tragedia <i>Ant&iacute;gona</i>  de S&oacute;focles. En el tercer y &uacute;ltimo cap&iacute;tulo  nos dedicaremos al estudio de  los supuestos filos&oacute;ficos desde los cuales  se argumenta en pro y en contra  de la existencia de los aut&eacute;nticos dilemas  morales. Aqu&iacute; ser&aacute; necesario  remitirnos al pensamiento de los cl&aacute;sicos,  especialmente a la &eacute;tica aristot&eacute;lica  y al pensamiento moral de  Kant. Al final del ensayo presento  una reflexi&oacute;n personal en torno al  debate que conf&iacute;o ser&aacute; una oportunidad  para presentar problemas que me  gustar&iacute;a desarrollar en futuras investigaciones.</p>      <p><b>PALABRAS CLAVES</b></p>      <p>Dilema moral, Obligaci&oacute;n moral,  Conflicto moral, Resoluci&oacute;n de conflictos  morales.</p>      <p><b>Clasificaci&oacute;n: A</b></p>    <hr size="1">        ]]></body>
<body><![CDATA[<center><i>    <p>&quot;En todas las ficciones, cada vez que    <br>  un hombre se enfrenta con diversas    <br>  alternativas,    <br>  opta por una y elimina las otras;    <br>  en la del casi inextricable Ts&acute;ui p&ecirc;n,    <br>  opta &#45;simult&aacute;neamente&#45; por todas.    <br>  Crea, as&iacute;, diversos porvenires,    <br>  diversos tiempos,    <br>  que tambi&eacute;n proliferan y se    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  bifurcan.    <br>  De ah&iacute; las contradicciones de la    <br>  novela.    <br>  Fang, digamos, tiene un secreto; un    <br>  desconocido llama a su puerta;    <br>  Fang resuelve matarlo.    <br>  Naturalmente, hay varios    <br>  desenlaces posibles: Fang puede    <br>  matar al intruso,    <br>  el intruso puede matar a Fang,    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  ambos pueden salvarse, ambos    <br>  pueden morir, etc&eacute;tera.    <br>  En la obra de Ts&acute; ui p&ecirc;n, todos los    <br>  desenlaces ocurren;    <br>  cada uno es el punto de partida de    <br>  otras bifurcaciones.    <br>  Alguna vez, los senderos de ese    <br>  laberinto convergen: por ejemplo,    <br>  usted llega a esta    <br>  casa, pero en uno de los pasados    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  posibles usted es mi enemigo,    <br>  en otro mi amigo.    <br>  Si se resigna usted a mi    <br>  pronunciaci&oacute;n incurable,    <br>  leeremos unas p&aacute;ginas&quot;.</p></i></center>      <p>    <center>EL JARD&Iacute;N DE SENDEROS QUE SE BIFURCAN  <b>Jorge Luis Borges</b>, 1980: 134</center></p>            <p><font size="3"><b>1. EL DEBATE SOBRE LOS  CONFLICTOS MORALES  Y LA IDEA DE DILEMA MORAL</b></font></p>  <ul>    <p><i>Esto nos permitir&aacute; decir qu&eacute;  constituye una buena y una  mala raz&oacute;n para tomar una  decisi&oacute;n que sea moral, esto nos  permitir&aacute; sacar de su esquina  al fil&oacute;sofo donde pienso que ha  estado por mucho tiempo, y se  regrese entonces a la conocida  pero olvidada posici&oacute;n socr&aacute;tica  de tratar de responder a la  pregunta siempre presente pero  siempre cambiante: ¿c&oacute;mo hemos  de vivir?</i></p>      <p>Lemmon, <i>Moral Dilemmas</i>,  1962 en Gowans, 1987: 113&#45;114</p>    ]]></body>
<body><![CDATA[</ul>        <p>El presente cap&iacute;tulo tiene tres objetivos  espec&iacute;ficos. Primero, se&ntilde;alar  desde dos g&eacute;neros de la literatura  universal, situaciones que ilustran la  complejidad en la toma de decisiones.  Segundo, presentar y contextualizar  los argumentos de un debate reciente  que se da entre algunos fil&oacute;sofos  anglosajones acerca de los conflictos  morales. Tercero, definir en qu&eacute; consiste  un conflicto moral y en qu&eacute; un  dilema moral.</p>      <p>Un objeto sobre el cual versa la literatura,  desde la tragedia cl&aacute;sica griega  hasta la novela contempor&aacute;nea, es  la descripci&oacute;n atenta y minuciosa de  situaciones que dan cuenta de una  condici&oacute;n que es propia de lo humano:  la toma de decisiones. Los ejemplos  m&aacute;s representativos de toma de  decisiones que aparecen en la antigüedad  los encontramos en el g&eacute;nero  de la tragedia griega, particularmente  en Esquilo con su trilog&iacute;a la <i>Orest&iacute;ada</i>,  y en S&oacute;focles con su <i>Ant&iacute;gona</i>;  de esta &uacute;ltima hablaremos en detalle  en el segundo cap&iacute;tulo. En la primera  tragedia de la <i>Orest&iacute;ada</i>, Agamen&oacute;n  rey de Argos, para calmar la  ira de la diosa &Aacute;rtemis y de los vientos  que le son contrarios para el logro  inicial de su campa&ntilde;a militar contra  Troya, ha de sacrificar la vida de  su hija Ifigenia. Agamen&oacute;n se encuentra  ante la situaci&oacute;n de tener que decidir  entre asegurar el &eacute;xito de su  campa&ntilde;a militar y salvar la vida de  su hija. Agamen&oacute;n no sabe qu&eacute; partido  tomar y grita con desesperado lamento  a los dioses, momentos antes  del sacrificio, su incertidumbre:</p>  <ul>    <p>&quot;Pesado y duro es no acatar... ,  pesado y duro que a la que es de  mi hogar rico tesoro, a mi hija,  yo mismo ante el altar la inmole  maculando mis manos paternas  con los chorros de su sangre virginal...  ¿A qu&eacute; extremo resolverme  que no sea un infortunio? ¿He  de ser desertor? ¿Dejar&eacute; a mis  aliados? ¡ Si el sacrificio de esta  doncella ha de aplacar los vientos  &aacute;vidos y ardientes en su anhelo...  , bien puede ser !&quot;</p>      <p>(Esquilo, <i>Agamen&oacute;n</i>)</p>      </ul>      <p>Agamen&oacute;n decide sacrificar a su hija  y con ello gana el odio de su esposa  Clitemnestra quien en su ausencia,  llevada por su b&uacute;squeda de justicia y  de venganza, traiciona a su esposo  con Egisto, hace de su hija Electra  una esclava dom&eacute;stica y env&iacute;a al destierro  a su hijo Orestes. Cuando su  esposo regresa de Troya victorioso, le  tiende una trampa ofreci&eacute;ndole un  majestuoso recibimiento para luego  asesinarlo en el ba&ntilde;o de su propio  palacio real. En la segunda tragedia,  <i>Las Co&eacute;foras</i>, frente a la tumba de  Agamen&oacute;n, Electra luego de reconocer  a su hermano Orestes, lo anima  para que vengue la muerte del padre  asesinado. Orestes apoyado en sus  propias ansias, en el or&aacute;culo de Apolo  d&eacute;lfico, y en la concepci&oacute;n de que  toda muerte reclama a su vez otra  muerte, emprende el camino de regreso  al palacio real para cumplir con  su prop&oacute;sito de venganza. Orestes  primero da muerte al amante, Egisto,  y cuando se enfrenta a Clitemnestra,  la duda lo invade y se pregunta a  s&iacute; mismo si ha de matar a la propia  madre. De no hacerlo, todo el peso de  la furia de Apolo recaer&iacute;a sobre &eacute;l, y  de hacerlo, los esp&iacute;ritus vengadores  de su madre, las Erinias, le perseguir&iacute;an  para atormentarlo:</p>  <ul>    <p>&quot;Clitemnestra:    <br>  &#45;¿Vas a matar, entonces, a tu madre?</p>      <p>Orestes:    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  &#45;¡ T&uacute; misma te asesinas, no te  asesino yo... !</p>      <p>Clitemnestra:    <br>  &#45;¡ Ah, cuidado... ! ¡ Hay rabiosas  perras que venguen mi muerte !</p>      <p>Orestes:    <br>  &#45;... Y si vacilo en la venganza,  ¿d&oacute;nde me podr&eacute; yo ocultar a las  de mi padre?&quot;</p>      <p>(Esquilo, Las <i>Co&eacute;foras</i>)</p>    </ul>      <p>Orestes decide consumar la venganza,  hace acopio de sus fuerzas, escucha  a su amigo P&iacute;lades quien lo exhorta  a continuar, y comete el acto de  matricidio. Por esta decisi&oacute;n, Orestes  se ha convertido en un hombre obediente  al mandato divino, en un hijo  atento a vengar la muerte de su padre,  pero irremediablemente, tambi&eacute;n,  se ha convertido en el criminal  que ha asesinado a su propia madre  (Lesky, 1985: 289, 292). Esta insoportable  doble condici&oacute;n hace que Orestes  busque a un tercero que juzgue si  al vengar la muerte de su padre ha  obrado bien o mal. En la tercera tragedia,  <i>Las Eum&eacute;nides</i>, Apolo env&iacute;a a  Orestes, bajo la protecci&oacute;n de Hermes,  hasta la fortaleza de Palas Atenea  para que sea ella quien juzgue el  caso. La diosa proclama entonces que  instaurar&aacute; un tribunal de justicia que  llevar&aacute; por nombre Are&oacute;pago para  que en &eacute;l se juzguen los cr&iacute;menes de  sangre:</p>  <ul>    <p>&quot;Grave asunto en verdad: no para  que lo resuelvan los mortales.  Pero tampoco me toca a m&iacute; pronunciar  fallos sobre un crimen  ejecutado por las iras vengadoras...  Para resolver este arduo  asunto voy a escoger jueces que  juzguen sobre los cr&iacute;menes de  sangre, atados por la santidad  del juramento, y este tribunal  quedar&aacute; instituido para siempre.  Llamad testigos, llamad asesores  que puedan fundar la norma del  derecho. Yo regresar&eacute; entonces.  Habr&eacute; elegido los mejores de la  ciudad para que juzguen con absoluta  conciencia, sin quebrantar  la santidad del juramento, sin  herir la justicia&quot;.</p>      <p>(Esquilo, <i>Las Eum&eacute;nides</i>)</p>    ]]></body>
<body><![CDATA[</ul>      <p>En el juicio, las Erinias han hallado  culpable de matricidio a Orestes,  mientras que Atenea tras escuchar la  defensa de Apolo, no lo encuentra  culpable<a href="#nota1"><sup>1</sup></a>. El resultado de este empate  es la absoluci&oacute;n de Orestes, pero  tambi&eacute;n el establecimiento de un  nuevo culto en la ciudad de Atenas  en honor a las Erinias, transformadas  ahora en divinidades benefactoras,  como Eum&eacute;nides.</p>      <p>La lectura que hasta el momento hemos  hecho de la <i>Orest&iacute;ada</i> no s&oacute;lo  evidencia que sus personajes han estado  expuestos a situaciones en las  que han tenido que tomar decisiones,  sino que en sus decisiones han tenido  que optar por uno de &quot;dos caminos  que parecen igualmente intransitables&quot;  (Lesky, 1985: 285). Esto &uacute;ltimo  es una condici&oacute;n tr&aacute;gica en la  toma de decisi&oacute;n: tener que optar por  uno de dos cursos de acci&oacute;n que paentre s&iacute;. Hoy, aunque no nos enfrentemos  a dioses que podr&iacute;an parecer a  veces como crueles, s&iacute; nos enfrentamos  a otro tipo de situaciones en las  que este car&aacute;cter de lo tr&aacute;gico se conserva  (Williams, 1965: 98). La diferencia  radica en que en el mundo antiguo  los griegos pensaban y confiaban  en que su contexto era gobernado por  fuerzas externas, y que el peso de las  decisiones humanas reca&iacute;a finalmente  sobre los hombros divinos. Hoy, el  contexto es entendido como un logro  de las fuerzas humanas y la responsabilidad  de las acciones recae finalmente  sobre los hombros del sujeto  que decide.</p>      <p>En la literatura contempor&aacute;nea, el  g&eacute;nero de la novela describe situaciones  que tambi&eacute;n podr&iacute;amos llamar  tr&aacute;gicas. Un ejemplo muy representativo  aparece en la novela <i>La Decisi&oacute;n  de Sophie (Sophie&acute;s Choice)</i> de  William Styron. Sophie es una mujer  joven, madre de un ni&ntilde;o de diez a&ntilde;os  y una ni&ntilde;a de siete, que se encuentra  en un campo de concentraci&oacute;n nazi y  es obligada a tomar una decisi&oacute;n:</p>  <ul>    <p>&quot;&#45;¿As&iacute; crees en Cristo el Redentor?  &#45;pregunt&oacute; el doctor con una  voz espesa y extra&ntilde;amente abstracta,  como la de un profesor que  examinara el delicado matiz de  cierta faceta de una proposici&oacute;n  de l&oacute;gica. Entonces a&ntilde;adi&oacute; algo  que, por un momento, fue totalmente  desconcertante:</p>      <p>&#45;¿No dijo &Eacute;l: &quot;Dejad que los ni&ntilde;os  se acerquen a m&iacute;?&quot; &#45;Y se puso  de cara a ella, movi&eacute;ndose con la  crispada meticulosidad de un borracho.</p>      <p>&#45;Pues puedes quedarte con una  de las criaturas.</p>      <p>&#45;¿C&oacute;mo? &#45;dijo Sophie.</p>      <p>&#45;Que puedes quedarte con una  de las criaturas &#45;repiti&oacute;. La otra  tendr&aacute; que irse [morir]. ¿Con cu&aacute;l  te quedas?</p>      <p>&#45;¿Quiere decir que tengo que escoger?</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&#45;T&uacute; eres polaca y no jud&iacute;a. Eso  te da un privilegio, una opci&oacute;n.</p>      <p>Las facultades pensantes de Sophie  disminuyeron, cesaron. Entonces  tuvo la sensaci&oacute;n de que  las piernas no la aguantaban&quot;.</p>      <p>(Styron, 1980: 563)</p>    </ul>      <p>Sophie alegaba en el campo de concentraci&oacute;n  ser una mujer cristiana.  Esta declaraci&oacute;n molest&oacute; al m&eacute;dico  nazi encargado de enviar aleatoriamente  a unas personas a la derecha  y otras a la izquierda de una fila, que  conduc&iacute;a a unos a trabajos forzosos y  a otros a la c&aacute;mara de gas. A Sophie  no le pidieron los dioses sacrificar a  una de sus criaturas, como le ocurri&oacute;  a Agamen&oacute;n con su hija Ifigenia y a  Abraham con su hijo Isaac, tal como  aparece registrado, este &uacute;ltimo, en el  Antiguo Testamento. Sophie fue impelida  a tomar una decisi&oacute;n por parte  de un hombre con el pretendido  poder que le daba el pertenecer a una  raza distinta y superior a todas las  dem&aacute;s. Sophie no contaba, contrariamente  a lo que ocurri&oacute; en el desenlace  de los casos anteriores, ni con la  gloria de una batalla, ni con un &quot;carnero  enredado por los cuernos en un  matorral&quot; (<i>G&eacute;nesis</i>, 22:13). Sophie  ten&iacute;a que decidir y cualquiera fuera  su decisi&oacute;n, estaba irremediablemente  perdiendo a una de sus criaturas.  Hasta el momento s&oacute;lo hemos se&ntilde;alado,  apelando a la literatura universal,  situaciones que ilustran la complejidad  en la toma de decisi&oacute;n. En lo  que sigue, tendremos en cuenta las  implicaciones de estas ilustraciones  para el logro del segundo prop&oacute;sito  de este primer cap&iacute;tulo de nuestro  ensayo: presentar y contextualizar  un debate reciente que se da entre  algunos fil&oacute;sofos anglosajones, acerca  de los conflictos morales y su relaci&oacute;n  en la toma de decisiones.</p>      <p>En 1962 E. J. Lemmon publica un     art&iacute;culo titulado &quot;Dilemas morales&quot;     (<i>Moral Dilemmas</i>) en el que describe     cinco tipos de situaciones morales     que van desde las m&aacute;s simples, hasta     ]]></body>
<body><![CDATA[las que &eacute;l llama &acute;dilem&aacute;ticas&acute;. En     dicho art&iacute;culo, Lemmon parte del     supuesto de que los seres humanos     gozan de libre voluntad para tomar     decisiones. Sin este supuesto, de     acuerdo con nuestro autor, no habr&iacute;a     espacio para la reflexi&oacute;n &eacute;tica. El     primer tipo de situaci&oacute;n moral que     describe Lemmon, y el m&aacute;s simple     seg&uacute;n su tipolog&iacute;a, se da cuando     ]]></body>
<body><![CDATA[un(a) agente sabe qu&eacute; hay que hacer,     tiene que hacer o debe hacer, y     simplemente lo hace. Dentro de esta     clase simple, hay subclases<a href="#nota2"><sup>2</sup></a>. El criterio     para diferenciar las fuentes del     conocimiento del deber que determina     lo que se ha de hacer en cada caso,     depende en gran medida de las distinciones     que hace la sociedad a trav&eacute;s     de su lenguaje<a href="#nota3"><sup>3</sup></a>. Las subclases     ]]></body>
<body><![CDATA[que distingue Lemmon son: deberes     (<i>duties</i>), obligaciones (<i>obligations</i>) y     principios morales (<i>moral principles</i>)     Los deberes (<i>duties</i>), afirma Lemmon,     surgen de nuestra relaci&oacute;n con     los dem&aacute;s en tanto que tenemos una     funci&oacute;n, rango, o papel que jugar en     una sociedad determinada. Por ejemplo,     el deber (<i>duty</i>) del soldado es el     de ir a la guerra y luchar; el deber     ]]></body>
<body><![CDATA[(<i>duty</i>) de un(a) hijo(a) es el de cuidar     a sus padres. Las obligaciones (<i>obligations</i>)     surgen de la celebraci&oacute;n de     relaciones de tipo contractual. Por     ejemplo: prometer, jurar, o firmar un     contrato, hace que un(a) agente desde     el momento en que promete, jure,     o firme un contrato, quede bajo la     obligaci&oacute;n (<i>obligation</i>) de cumplir con     lo pactado. La tercera fuente de conocimiento     ]]></body>
<body><![CDATA[de lo que se ha de hacer     son los actos que se realizan en virtud     de lo correcto (<i>right</i>), en vista de     un principio moral (<i>moral principle</i>).     De esta &uacute;ltima fuente Lemmon no     a&ntilde;ade nuevos elementos a la discusi&oacute;n,     porque de acuerdo con su criterio,     la literatura &eacute;tica contempor&aacute;nea     se ha encargado de ello de manera ostensible.     El segundo tipo de situaci&oacute;n     ]]></body>
<body><![CDATA[moral, Lemmon lo llama &quot;caso fronterizo&quot;     y es el caso en el que un(a)     agente debe (<i>duty</i>) hacer algo que     parece estar bajo la obligaci&oacute;n (<i>obligation</i>)     de hacer, o viceversa. Existe     la creencia, por ejemplo, de que     los(as) hijos(as) han de velar por su     padre y madre cuando &eacute;stos se encuentran     en la etapa de la vejez ¿Es     &eacute;ste un caso de obligaci&oacute;n (<i>obligation</i>)     ]]></body>
<body><![CDATA[o de deber (<i>duty</i>) de los(as) hijos(as)     para con la madre y el padre? De     acuerdo con Lemmon, &eacute;ste es precisamente     un caso fronterizo porque     puede ser considerado de ambas formas.     El tercer tipo de situaci&oacute;n moral     lo constituyen las variedades m&aacute;s     simples del dilema moral. Este tipo     de situaci&oacute;n moral se caracteriza porque     un(a) agente ha de hacer algo     ]]></body>
<body><![CDATA[(<i>ought to do something</i>) y ha de no     hacerlo (<i>ought not to do that thing</i>).     Un ejemplo para ilustrar esta situaci&oacute;n     es el caso que aparece en el primer     libro de la <i>Rep&uacute;blica</i> de Plat&oacute;n.     Por razones de comprensi&oacute;n del caso     all&iacute; descrito, utilizaremos la figura de     S&oacute;crates como el protagonista del     mismo. Un amigo ha dejado un arma     bajo la custodia de S&oacute;crates con la     ]]></body>
<body><![CDATA[promesa de que &eacute;ste la devolver&aacute;     cuando le sea pedida de regreso.     Tiempo despu&eacute;s, el amigo enloquece     y pide que su arma le sea devuelta.     S&oacute;crates ha de regresar el arma porque     as&iacute; lo ha prometido (este es un     caso de obligaci&oacute;n &acute;<i>obligation</i>&acute;) y sin     embargo, no ha de devolver el arma     porque S&oacute;crates considera que hay     algo de incorrecto en ello (&eacute;ste es un     ]]></body>
<body><![CDATA[caso de principio moral &acute;<i>moral principle</i>&acute;).     Este tipo de dilema moral, conflicto     entre una obligaci&oacute;n (<i>obligation</i>)     y un principio moral (<i>moral     principle</i>), se resuelve, asegura Lemmon,     cuando S&oacute;crates decide no devolver     el arma. La filosof&iacute;a, en general,     ha hecho un intento por dar soluciones     a los dilemas morales proponiendo     una jerarqu&iacute;a de lo que se     ]]></body>
<body><![CDATA[ha de hacer: por ejemplo optar siempre     por los deberes (<i>duties</i>) antes que     por las obligaciones (<i>obligations</i>), o     siempre optar por los principios morales     (<i>moral principles</i>) antes que por     los deberes (<i>duties</i>) u obligaciones     (<i>obligations</i>). Este tipo de preparaci&oacute;n     moral para resolver los dilemas     morales, de acuerdo con nuestro autor,     carece de inter&eacute;s pr&aacute;ctico. El     ]]></body>
<body><![CDATA[cuarto tipo de situaci&oacute;n moral son los     dilemas que comprometen el car&aacute;cter     moral de un(a) agente. Estos dilemas     son de tal magnitud que cualquiera     que sea la decisi&oacute;n que se     tome, se est&aacute; haciendo algo que no se     ha de hacer. En estos casos, un(a)     agente puede actuar de mala fe cuando     considera que la decisi&oacute;n que ha     tomado ha estado por fuera de su poder     ]]></body>
<body><![CDATA[y que por ello no est&aacute; llamado(a)     a ser reprochado(a); o puede actuar     de buena fe, cuando reconoce la magnitud     del dilema y toma la mejor decisi&oacute;n     que puede. Retomando de nuevo     el ejemplo de Plat&oacute;n, S&oacute;crates podr&iacute;a     pensar en las consecuencias que     implicar&iacute;a devolver el arma a su amigo.     En casos como &eacute;ste, el agente hace     un c&aacute;lculo mental de las posibles consecuencias     ]]></body>
<body><![CDATA[y obtiene como resultado     que lo mejor es no devolver el arma.     De este modo S&oacute;crates ha sacrificado     la obligaci&oacute;n (<i>obligation</i>) de devolver     el arma tal como lo hab&iacute;a prometido,     para cumplir con un principio moral     (<i>moral principle</i>) de corte utilitarista.     Los casos m&aacute;s complejos de dilema     moral son aqu&eacute;llos en los que     un(a) agente tiene alg&uacute;n tipo de evidencia,     ]]></body>
<body><![CDATA[no concluyente, acerca de lo     que ha de hacer, y tiene alg&uacute;n tipo de     evidencia, no concluyente, acerca de     lo que no ha de hacer. Parte de la complejidad     en tomar una decisi&oacute;n en     estos casos, radica en la dificultad que     tiene un(a) agente de diferenciar una     obligaci&oacute;n (<i>obligation</i>), de un deber     (<i>duty</i>), o de un principio moral (<i>moral     principle</i>). Un ejemplo que ilustra     ]]></body>
<body><![CDATA[esta situaci&oacute;n nos viene del fil&oacute;sofo     franc&eacute;s Jean Paul Sartre (1946)     en su <i>El existencialismo es un humanismo</i>.     Un pupilo del fil&oacute;sofo tiene la     obligaci&oacute;n (<i>obligation</i>), de un lado, de     acompa&ntilde;ar a su anciana madre cuya     felicidad depende de la cercan&iacute;a de     su hijo. De otro lado el pupilo tiene     el deber (<i>duty</i>) como ciudadano, de     hacer parte del Ej&eacute;rcito liberador     ]]></body>
<body><![CDATA[franc&eacute;s en Inglaterra<a href="#nota4"><sup>4</sup></a>. Este caso, que     es uno de car&aacute;cter &quot;fronterizo&quot;, es tan     agudo que cualquiera que sea la decisi&oacute;n     que tome el pupilo, cambiar&aacute;     su horizonte moral (moral outlook).     Y es precisamente la adopci&oacute;n de     nuevos horizontes morales lo que nos     da la evidencia de que un(a) agente     se ha enfrentado ante un dilema     moral. Este tipo de confrontaciones     ]]></body>
<body><![CDATA[implica cambios en las actitudes fundamentales     de una persona, como     cuando hay una conversi&oacute;n de un     partido pol&iacute;tico a otro, o cuando hay     una conversi&oacute;n de una religi&oacute;n a otra.     Casos como este &uacute;ltimo son de gran     utilidad pr&aacute;ctica en la vida de las     personas, y en la reflexi&oacute;n &eacute;tica. El     quinto tipo de situaci&oacute;n moral es el     de los casos extremos de dilema moral,     ]]></body>
<body><![CDATA[en donde un(a) agente tiene que     tomar una decisi&oacute;n que compromete     su actual horizonte moral y no se     encuentra preparado(a) para crear     uno nuevo que salga al encuentro de     sus actuales exigencias morales. El     ejemplo que cita Lemmon para ilustrar     este &uacute;ltimo, es el dilema moral     al que se enfrent&oacute; Chamberlain en     sus negociaciones con Hitler en 1938.     ]]></body>
<body><![CDATA[El horizonte moral de Chamberlain     no lo dispon&iacute;a para negociar con un     hombre como Hitler, pero Chamberlain     como primer ministro estaba llamado     a repensar su posici&oacute;n moral y     pol&iacute;tica en t&eacute;rminos m&aacute;s pragm&aacute;ticos.     El aspecto m&aacute;s interesante de     este &uacute;ltimo tipo de situaci&oacute;n moral,     es que si se resuelve correctamente,     esto lleva a que un(a) agente desarrolle     ]]></body>
<body><![CDATA[una nueva moralidad que envuelve     en su consecuci&oacute;n el deseo de     ser fiel consigo mismo(a). El mismo     Lemmon reconoce que esto &uacute;ltimo no     queda del todo claro:<i> But I will not     pursue this topic here, because I confess     myself to be quite in the dark as     to what the sense of these words is</i>.     Para cerrar su art&iacute;culo, Lemmon     menciona dos aspectos que le gustar&iacute;a     ]]></body>
<body><![CDATA[fueran trabajados desde la filosof&iacute;a     moral. Primero, le agradar&iacute;a que     se hiciese una tipolog&iacute;a de las situaciones     morales que se dan en la sociedad     de hoy y se hiciera un an&aacute;lisis     detallado de las palabras elecci&oacute;n     (<i>choice</i>) y decisi&oacute;n (<i>decision</i>). Segundo,     le gustar&iacute;a ver una discusi&oacute;n en     torno a los argumentos empleados     para resolver los dilemas morales.     ]]></body>
<body><![CDATA[Esto permitir&iacute;a detectar y diferenciar,     en la toma de decisiones, lo que     constituye un buen argumento moral     de uno malo. Lo que nunca lleg&oacute;     a imaginar nuestro fil&oacute;sofo es que su     art&iacute;culo sobre los dilemas morales y     sus exhortaciones acerca del papel     que debe (como duty) jugar la filosof&iacute;a en esta cuesti&oacute;n, fuera a desencadenar     una cascada de art&iacute;culos, cap&iacute;tulos     de libros y algunos libros que     ]]></body>
<body><![CDATA[desarrollaran el debate que &eacute;l inaugur&oacute;.     MacIntyre escribe casi treinta     a&ntilde;os despu&eacute;s que:</p>     <ul>&quot;Certainly there has been a striking     increase in the philosophical     discussion of moral dilemmas.     Since E. J. Lemmon published     his &quot;Moral Dilemmas&quot; in <i>The     Philosophical Review</i> in 1962     over one hundred articles, chapters     ]]></body>
<body><![CDATA[of books and books have been     published, either directly concerned     with or highly relevant to the     topic. If one were to publish two     volumes, the first containing the     entire preceding philosophical     literature dealing with this topic,     broadly construed, from Plato to     W. D. Ross, through Gregory,     Aquinas, Kant, Hegel, Mill, Sidgwick     ]]></body>
<body><![CDATA[and Bradley, while the second     was devoted to the publications     of the last thirty years, the     second volume would be by far     the larger&quot;. (MacIntyre, 1990:     367)    </ul>      <p>Entre esa cantidad de escritos, sin  duda muchos son dignos de ser tenidos  en cuenta. Pero no es necesario  considerar la totalidad de ellos para  poder seguir de manera provechosa  el debate. Basta con que elijamos dos  art&iacute;culos que aborden los aspectos  fundamentales del debate de dos autores  de reconocido influjo en el pensamiento  moral anglosaj&oacute;n. Bernard  Williams ha escrito un art&iacute;culo en  1965 &quot;Consistencia &Eacute;tica&quot; (<i>Ethical  Consistency</i>) en el que afirma que los  aut&eacute;nticos dilemas morales existen  y Alan Donagan ha escrito en 1984  un art&iacute;culo llamado &quot;Consistencia en  los sistemas morales racionalistas&quot;  (<i>Consistency in Rationalist Moral  Systems</i>) en el que afirma que los  aut&eacute;nticos dilemas morales no existen.  En lo que sigue, estudiaremos  de los art&iacute;culos se&ntilde;alados s&oacute;lo aquellos  aspectos que son relevantes para  el debate sobre la existencia o inexistencia  de los dilemas morales.</p>      <p>En 1965 el filosofo brit&aacute;nico Bernard  Williams public&oacute; el art&iacute;culo &quot;Consistencia  &Eacute;tica&quot; (<i>Ethical Consistency</i>),  el cual ha sido desde entonces objeto  de cr&iacute;ticas y referencia obligada  para el an&aacute;lisis de los conflictos  morales<a href="#nota5"><sup>5</sup></a>. El privilegiado lugar de  este trabajo se debe a que en &eacute;l, su  autor discute la naturaleza de los  conflictos morales y su relaci&oacute;n con  la estructura del pensamiento y del  lenguaje moral. Williams escribe  este art&iacute;culo motivado por el deseo  de se&ntilde;alar un impasse que es insostenible  en el terreno del realismo  moral: la existencia de los dilemas  morales<a href="#nota6"><sup>6</sup></a>. Sin embargo, el objeto del  presente estudio es examinar la cr&iacute;tica  que hace Williams a la filosof&iacute;a  moral, a la que acusa de haber descuidado  sistem&aacute;ticamente el papel  que juegan los sentimientos en la  resoluci&oacute;n de conflictos.</p>      <p>Williams distingue y caracteriza dos  tipos de conflictos (el de convicciones  y el de deseos) para dar cuenta de lo  que es un conflicto moral. El autor  llama conflicto de convicciones a  aquellas situaciones en las que un(a)  agente es consciente de que sus convicciones,  aunque coherentes, no son  verdaderas por alguna informaci&oacute;n  o hecho que emp&iacute;ricamente puede  demostrar la falsedad de una de las  convicciones originales<a href="#nota7"><sup>7</sup></a>. Williams  nos ilustra este tipo de conflicto con  el siguiente ejemplo:</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Un (a) agente tiene como convicci&oacute;n  original que:</p>      <p>(a) El ministro posesionado en octubre  de 1962, pertenece al partido conservador.</p>      <p>Una informaci&oacute;n, emp&iacute;ricamente  comprobable, es suministrada:</p>      <p>(b) El ministro posesionado en octubre  de 1962 no puede pertenecer al  partido conservador.</p>      <p>El a&ntilde;adir (b) a la convicci&oacute;n original  (a), hace que nuestro(a) agente, o bien  descubra el conflicto que existe en su  convicci&oacute;n y la descarte, o bien persista  en mantener una incongruencia.  La resoluci&oacute;n del conflicto de convicciones,  de acuerdo con Williams,  consiste en que nuestro(a) agente  descubra, gracias al elemento (b), que  su convicci&oacute;n original est&aacute; en conflicto  y la descarte. Este tipo de resoluci&oacute;n  no ocurre con el conflicto de deseos,  que estudiaremos enseguida,  porque el conflicto de deseos est&aacute;  relacionado con el concepto de satisfacci&oacute;n,  mientras que el conflicto de  convicciones est&aacute; relacionado con el  concepto de verdad que no permite  que nuestro(a) agente mantenga convicciones  que no puedan ser verdaderas.  Williams llama conflicto de  deseos a aquellas situaciones en las  que un(a) agente tiene dos deseos que  son imposibles de satisfacer debido a  las contingencias propias de las cosas.  Es posible, sin embargo, que  nuestro(a) agente se empe&ntilde;e en imaginar  o en alterar el estado contingente  de las cosas para lograr que  cada uno de sus dos deseos pueda llegar  a ser satisfecho. Dentro de este  marco de conflicto de deseos, pero  mucho m&aacute;s complejo, es el caso en el  que nuestro(a) agente desea tener un  objeto y desea no tenerlo (<i>the desire  to have and the desire not to have the  object</i>), pero contrario al caso inmediatamente  anterior, nuestro(a) agente  aqu&iacute; no puede imaginar o alterar  el estado contingente de las cosas  para lograr que ambos deseos puedan  llegar a ser satisfechos. Williams afirma  que la soluci&oacute;n a esta &uacute;ltima variable  del conflicto de deseos consiste  en eliminar el deseo negativo. Como  ve&iacute;amos hace unos momentos, la resoluci&oacute;n  del conflicto de convicciones  consiste en optar por la convicci&oacute;n  que es verdadera y descartar la falsa.  La resoluci&oacute;n del conflicto de deseos  consiste en actuar en aras de  satisfacer uno de los deseos que est&aacute;  en conflicto con el otro. La diferencia  en la resoluci&oacute;n de los dos tipos hasta  ahora se&ntilde;alados de conflicto radica en que en el primer tipo de conflicto,  abandonar la convicci&oacute;n debilitada,  es resolver el conflicto de una vez  y para siempre. Mientras que en el  segundo tipo de conflicto, el deseo no  satisfecho eventualmente reaparece  en la vida del agente en forma de pesar  o de lamento (<i>regret</i>)<a href="#nota8"><sup>8</sup></a>. Williams  define el conflicto moral como aquella  situaci&oacute;n en la que un(a) agente  se enfrenta a dos obligaciones morales  que conflict&uacute;an y ambas obligaciones  son relevantes al momento de  decidir qu&eacute; curso de acci&oacute;n se ha de  tomar. El conflicto moral, de acuerdo  con nuestro autor, se parece m&aacute;s al  conflicto de deseos que al de convicciones.  Para sustentar esta afirmaci&oacute;n,  nos recuerda dos cosas. Primero,  cuando un(a) agente descubre que  una de sus convicciones es falsa, esto  es suficiente para abandonar tal convicci&oacute;n  y actuar conforme a la convicci&oacute;n  que es verdadera. En el caso  de conflicto de deseos, al igual que en  el moral, existe un car&aacute;cter de lucha  que se agudiza cuanto m&aacute;s se piensa  en los deseos u obligaciones que est&aacute;n  en conflicto y nuestro(a) agente  puede llegar a desear que los hechos  fueran de otra manera, o que no tuviera  que enfrentar tal situaci&oacute;n, o  incluso, puede llegar a desear no tener  la visi&oacute;n moral que tiene. En cualquier  caso, nuestro(a) agente bajo el  influjo de cualquiera de estos dos &uacute;ltimos  conflictos, act&uacute;a no con el af&aacute;n  de encontrar el deseo a satisfacer, o  la obligaci&oacute;n verdadera, sino con el  af&aacute;n de actuar teniendo la certeza de  que est&aacute; haciendo lo mejor. Segundo,  si nuestro(a) agente satisface uno de  los deseos, en el caso de conflicto de  deseos, o decide actuar conforme a  una obligaci&oacute;n, en el caso de conflicto  moral, lo m&aacute;s probable es que experimente  el sentimiento de pesar o  lamento (<i>regret</i>) por el deseo o la obligaci&oacute;n  que dej&oacute; de lado. El conflicto  moral, afirma Williams, puede presentarse  de tres formas distintas.  Primero, cuando un(a) agente parece  tener el deber de cumplir con cada  una de dos obligaciones, pero no puede  cumplir con las dos: (i) X debe hacer  a, (ii) X debe hacer b, (iii) X no  puede hacer a y b. Segundo, cuando  un(a) agente parece tener el deber de  hacer algo en relaci&oacute;n con un aspecto  de una obligaci&oacute;n, y de no hacerlo en  relaci&oacute;n con otro aspecto de la misma  obligaci&oacute;n. El autor hace aqu&iacute; un  paralelo con el conflicto de deseo y de  aversi&oacute;n hacia un mismo objeto que  ya ha se&ntilde;alado en un caso particular  de conflicto de deseos: (i) X debe hacer  c, (ii) X no debe hacer c. Tercero,  Williams llama conflictos tr&aacute;gicos a  los casos extremos de conflicto moral.  En estos, la noci&oacute;n de actuar teniendo  la certeza de estar haciendo lo  mejor, pierde todo su sentido. El ejemplo  al que apela Williams para ilustrar  esta tercera forma de conflicto  moral es la tragedia griega que hemos  estudiado al inicio del presente  cap&iacute;tulo, <i>Agamen&oacute;n</i>. Con la frase  &quot;bien puede ser&quot; Agamen&oacute;n puede  querer decir que no est&aacute; convencido  de hacer lo que los dioses le piden, o  que tal vez &eacute;sa no es la mejor decisi&oacute;n  que &eacute;l puede tomar. De cualquier  manera, Agamen&oacute;n se enfrenta con  la situaci&oacute;n de tener que actuar y de  sentir pesar o lamento por no haber  hecho algo que tambi&eacute;n ha debido  hacer: salvar la vida de su hija.  Williams concluye su art&iacute;culo diciendo  que un(a) agente act&uacute;a de manera  racional cuando busca actuar conforme  a convicciones que son verdaderas,  y cuando previene situaciones  que frustren la satisfacci&oacute;n de sus  deseos, en casos de conflicto de convicciones  y de deseos respectivamente.  En caso de conflicto moral, afirma  Williams, no es posible pensar en alternativas  para actuar de manera  racional o de prevenir situaciones  conflictivas por medio del escepticismo,  la ignorancia, o la indiferencia,  porque los conflictos morales no son  susceptibles de ser evitados. Williams  ha demostrado que en la resoluci&oacute;n  de los conflictos morales queda  un residuo moral que testifica la existencia  de los aut&eacute;nticos dilemas morales.  M&aacute;s adelante en este mismo  cap&iacute;tulo, una vez presentemos el art&iacute;culo  de Donagan rese&ntilde;aremos la  definici&oacute;n est&aacute;ndard con la que hoy  se habla de conflicto moral y de dilema  moral.</p>      <p>De acuerdo con Alan Donagan, en su  art&iacute;culo &quot;Consistencia en los sistemas  morales racionalistas&quot; (<i>Consistency  in Rationalist Moral Systems</i>), los  racionalistas afirman que las obligaciones  morales nunca entran en colisi&oacute;n<a href="#nota9"><sup>9</sup></a>. Lo que pretende demostrar el  autor en este art&iacute;culo es que esta posici&oacute;n  no ha sido probada como falsa  y para ello apela a tres fuentes de  confusi&oacute;n que llevan a afirmar que  las obligaciones morales s&iacute; entran en  conflicto. Primero, la confusi&oacute;n que  se da generalmente entre un conflicto  pr&aacute;ctico y un conflicto moral. Segundo,  el pasar por alto la distinci&oacute;n  entre conflicto moral <i>simpliciter</i> y  conflicto moral <i>secundum quid</i>. Tercero,  la negligencia hacia los recursos  casu&iacute;sticos de las varias tradiciones  &eacute;ticas racionalistas. El autor no  pretende afirmar que cualquier teor&iacute;a  moral racionalista desarrollada  hasta el momento sea completamente  aceptable desde una perspectiva  moral o l&oacute;gica. S&oacute;lo pretende demostrar  que, por un lado, las teor&iacute;as racionalistas  como las de Santo Tom&aacute;s  de Aquino e Immanuel Kant son en  esencia opciones serias en la filosof&iacute;a  moral. Por otro lado, tambi&eacute;n pretende  demostrar que si se llegase a comprobar  la inconsistencia de dichas  teor&iacute;as, &eacute;stas ser&iacute;an el resultado m&aacute;s  de errores corregibles que de incoherencias  radicales. Antes de entrar a  analizar cada una de estas fuentes de  confusi&oacute;n, es importante recalcar que  para Donagan los conflictos morales  no son ilusiones sintom&aacute;ticas de un  error de pensamiento, sino que son  descubrimientos genuinos. Donagan  sostiene que la mayor&iacute;a de los te&oacute;ricos  racionalistas est&aacute;n de acuerdo en  que no hay conflicto de deberes en  ninguno de los dos siguientes casos:  cuando se da un conflicto entre promesas,  y cuando se da un conflicto  entre mantener una promesa y otros  deberes como por ejemplo, salvar una  vida.</p>      <p>La primera fuente de confusi&oacute;n est&aacute;  relacionada con tres principios. El  primer principio dice que: &quot;es moralmente  incorrecto hacer promesas a  menos que se puedan mantener y sea  moralmente permisible mantenerlas&quot;  (<i>it is morally wrong to make a promise  unless you can keep it and it is  morally permissible for you to keep it</i>).  Con respecto a la mayor&iacute;a de las promesas,  quien promete y quien es depositario  de una promesa saben que  pueden ocurrir contingencias no previstas  que pueden imposibilitar el  cumplimiento de la palabra dada. Si  fuera incorrecto hacer promesas  cuando s&oacute;lo sabemos que no van a  ocurrir contingencias, ser&iacute;a entonces  imposible o equivocado hacerlas. Prometer  ser&iacute;a entonces incorrecto. Pero  no es as&iacute;; la mayor&iacute;a de nosotros(as)  aceptamos promesas confiando en  quien las hace y en el entendido de  que tenemos razones aceptables para  creer que se pueden cumplir. Toda vez  que aceptamos que contingencias no  previstas pueden imposibilitar el  cumplimiento de la promesa, no tenemos  el derecho de exigir que ella  se mantenga. Es necesario distinguir  en este caso y en los dos siguientes,  que hay dos dimensiones distintas en  el acto de prometer que no se deben  confundir. Una dimensi&oacute;n responde  a un aspecto moral (mantener las  promesas) y la otra a un aspecto pr&aacute;ctico  (el mundo est&aacute; sujeto a contingencias).  Es aqu&iacute; precisamente donde  entra el segundo principio: &quot;muchas  de las promesas son hechas y  aceptadas bajo la doble condici&oacute;n de  que quien promete tiene razones  aceptables para creer que puede cumplir  con lo que promete y que si no  puede dar cumplimiento a lo prometido,  quien es depositario de la promesa  no tendr&aacute; derecho a exigir su  cumplimiento&quot; (<i>most promises are  made and accepted on the twofold  condition that the promiser has acceptable  reason to believe that he can  and may do what he promises, and  that if nevertheless it turns out that  he either cannot or may not, the promisee  will not be entitled to performance</i>)  Si quien promete no logra  satisfacer a su contraparte dentro de  esta doble condici&oacute;n, comete un error  al prometer. Las dificultades morales  subsiguientes son culpa de quien  promete y no culpa de las circunstancias  o del sistema moral. Si el depositario  de la promesa desconoce el alcance  de sus derechos y exige a quien  promete que cumpla la promesa aun  cuando no pueda mantenerse, quien  promete puede rechazar esta demanda  aludiendo a que es distinta la condici&oacute;n  en la que la promesa fue aceptada.  Esta doble condici&oacute;n que se da  en el acto colaborativo de hacer y de  aceptar una promesa, es virtualmente  universal y generalmente no es  expresada.</p>      <p>Una dificultad sin embargo prevalece.  A veces sucede que aun cuando  una promesa es dada y aceptada bajo  la condici&oacute;n mencionada, quien es  depositario de la promesa no considera  aceptable la raz&oacute;n por la cual  aqu&eacute;l que promete rompe la promesa.  Este desacuerdo puede no aparecer  en el momento de hacer la promesa  porque normalmente el depositario  de la promesa no le pregunta a  aqu&eacute;l que promete cu&aacute;les podr&iacute;an ser  las razones por las cuales se podr&iacute;an  romper o no las promesas. Esta dificultad  se supera con el tercer principio:  &quot;es incorrecto para quien promete hacer una promesa bajo condiciones  que el depositario de la promesa  no entiende&quot; (<i>it is wrong for a promiser  to make a promise on any condition  on which he does not believe the  promisee to understand him to make  it</i>). Tampoco es posible sostener que  quien promete ha de hacer m&aacute;s de lo  que ha prometido por el hecho de que  el depositario de la promesa cree que  ha de hacer m&aacute;s. Para ilustrar m&aacute;s  claramente estos tres principios, el  autor nos ofrece el siguiente ejemplo:  si <i>X</i> se encuentra en una situaci&oacute;n  en la que, al actuar romper su promesa  con Lavinia y al no actuar rompe  su promesa con Lolita, entonces,  de acuerdo con el primer principio,  se puede decir que fue incorrecto hacer  una promesa a Lavinia cuando ya  hab&iacute;a hecho una promesa a Lolita.  Pero ¿qu&eacute; pasa si realmente <i>X</i> pensaba  que pod&iacute;a mantener ambas promesas?  De acuerdo con el tercer principio  <i>X</i> debe preguntarse si cre&iacute;a que  Lavinia habiendo sabido sobre la promesa  hacia Lolita, hubiese aceptado  las razones que le llevaron a creer  que pod&iacute;a mantener su palabra. En  caso de que la respuesta fuese negativa,  se puede decir que ha hecho una  promesa incorrecta. De acuerdo con  el segundo principio, si al dar la palabra  hab&iacute;a una condici&oacute;n que no  pod&iacute;a cumplir, no estaba obligado a  hacer lo que prometi&oacute;, aunque s&iacute; ha  de aplicarse alg&uacute;n tipo de correctivo  por haber incumplido con la promesa.  Donagan concluye con relaci&oacute;n a  esta primera fuente de confusi&oacute;n, que  dar la palabra es un asunto serio si  quien la dice se asegura de manera  escrupulosa que aquella persona a  quien se da la palabra entiende las  condiciones en las cuales se da y no  ha de sentir culpas irracionales cuando  se rompe la palabra si las condiciones  no se mantienen.</p>      <p>Veamos ahora la segunda fuente de  confusi&oacute;n que radica b&aacute;sicamente en  pasar por alto la distinci&oacute;n que ha  desarrollado Santo Tom&aacute;s entre conflicto  moral <i>simpliciter</i> y conflicto  moral <i>secundum quid</i>. Seg&uacute;n Santo  Tom&aacute;s, un sistema moral permite la  perplejidad o conflicto de deberes <i>simpliciter</i>  s&oacute;lo cuando las situaciones en  las que &eacute;ste se aplica son posibles, a  saber: una situaci&oacute;n en la que una  persona se encontrar&iacute;a en capacidad  de obedecer uno de los preceptos s&oacute;lo  si viola otro, aun si hasta ese momento  hubiese obedecido los dos preceptos.  Afirma tambi&eacute;n Santo Tom&aacute;s que  todo sistema moral que permite perplejidad  o conflicto de deberes <i>simpliciter</i>  tiene que ser inconsistente.  De otra parte, contin&uacute;a nuestro autor,  todo sistema moral permite la  perplejidad o conflicto de deberes <i>secundum  quid</i> s&oacute;lo cuando las situaciones  en las que &eacute;ste se aplica son  posibles, a saber: como resultado de  la violaci&oacute;n de uno o m&aacute;s preceptos  cuando un individuo encuentra que  hay un precepto que puede obedecer  s&oacute;lo si viola otro. En relaci&oacute;n con la  perplejidad o conflicto de deberes <i>secundum  quid</i>, santo Tom&aacute;s afirma  que no hay nada l&oacute;gicamente equivocado  o inconsistente con un sistema  moral seg&uacute;n el cual una persona en  pecado mortal puede encontrarse perpleja  o en conflicto de deberes. Donagan  concluye, al analizar esta segunda  fuente de confusi&oacute;n, que debido a  que no todos los te&oacute;ricos racionalistas  han percibido la distinci&oacute;n entre  conflictos de deberes <i>simpliciter</i> y  conflicto de deberes <i>secundum quid</i>,  no todos han estado en la posici&oacute;n de  asegurar que un sistema moral puede ser consistente y aun as&iacute; permitir  conflictos de deber <i>secundum quid</i><a href="#nota10"><sup>10</sup></a>.</p>      <p>La tercera fuente de confusi&oacute;n es el  resultado del abandono de los recursos  casu&iacute;sticos de varias tradiciones  racionalistas &eacute;ticas. Donagan recoge  el ejemplo que Ruth Marcus ha se&ntilde;alado  como un caso de simetr&iacute;a moral:  dos mellizos est&aacute;n en peligro de muerte  y s&oacute;lo uno puede ser salvado. En  casos como &eacute;ste, de acuerdo con Donagan,  cualquier sistema racionalista  moral serio enuncia que lo que importa  es salvar una de las vidas que  est&aacute; en juego, no importa cu&aacute;l. Aqu&iacute;  no hay conflicto puesto que no es una  situaci&oacute;n en la que se est&eacute; obligado(a)  a salvar a <i>X</i> o a salvar a <i>Y</i>, s&oacute;lo hay  obligaci&oacute;n de salvar a uno de los mellizos.  No es un caso de conflicto moral  lo que sucede con el bombero que  ha salvado varias vidas de un grupo  de gente atrapada en un incendio, vidas  que s&oacute;lo se pudieron salvar al haber  dejado de rescatar otras. Donagan  se&ntilde;ala que frente a estos tipos de casos  no es suficiente con preguntarse  ¿qu&eacute; he de hacer? sino ¿qu&eacute; condiciones  impone la raz&oacute;n pr&aacute;ctica sobre lo  que he de hacer? De esta tercera fuente  de confusi&oacute;n el autor concluye que  las razones que influyen en lo que se  ha de hacer son irreductiblemente  m&uacute;ltiples. El autor afirma entonces  que en la vida cotidiana generalmente  los conflictos morales son ineludibles,  y como no todos los principios  pr&aacute;cticos son principios morales, los  conflictos pr&aacute;cticos tampoco son necesariamente  conflictos morales.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Ahora vamos a definir en qu&eacute; consiste un conflicto moral y en qu&eacute; un dilema  moral. En general, se define  como conflicto moral toda aquella situaci&oacute;n  en la que un(a) agente S se  ve confrontado(a) con la obligaci&oacute;n  moral de hacer <i>A</i> y cumplir con la  obligaci&oacute;n moral de hacer <i>B</i>. Se define  como dilema moral toda aquella  situaci&oacute;n en la que un(a) agente S no  puede cumplir con ambas obligaciones  (<i>A</i> y <i>B</i>) porque optar por una obligaci&oacute;n  moral significa anular la posibilidad  de poder cumplir con la otra  obligaci&oacute;n moral, o el agente moral S  es compelido a &quot;adoptar&quot; cada una de  las obligaciones morales de manera  separada y no las pueda &quot;adoptar&quot;  juntas a un mismo tiempo (Sinnott&#45;  Armstrong, 1988: 5), o bien puede  suceder que el mundo por sus aspectos  contingentes nos previene de cumplir  con ambas obligaciones morales  (Gowans, 1987: 3). Cuando el conflicto  moral es resuelto y no queda ning&uacute;n  tipo de residuo moral (remordimiento,  culpa, arrepentimiento, pesar)  decimos que el conflicto moral al  que se enfrent&oacute; <i>S</i> era un aparente  dilema moral porque la tensi&oacute;n que  exist&iacute;a entre las obligaciones morales  <i>A</i> y <i>B</i> eran apenas <i>aparentes</i>. El  aut&eacute;ntico dilema moral es un caso  extremo de conflicto moral que consiste  en la imposibilidad para <i>S</i> de  resolver el conflicto porque ambas  obligaciones morales son igualmente  fuertes, y en caso de resoluci&oacute;n, <i>S</i>  quedar&aacute; acompa&ntilde;ado(a) por alg&uacute;n  tipo de residuo moral. Las situaciones  que describimos de la <i>Orest&iacute;ada</i>  son situaciones que ilustran casos de  requerimientos que conflict&uacute;an y  cada caso presenta matices que los  otros no tienen. En el caso de Agamen&oacute;n  no hay que confundir la incertidumbre  que experimentaba el protagonista,  con la tensi&oacute;n real o aparente,  de los dos requerimientos de  acci&oacute;n que hab&iacute;a de observar. Clitemnestra  no enfrent&oacute; ninguna clase de  conflicto moral porque ella entend&iacute;a  como su &uacute;nico requerimiento de acci&oacute;n  vengar la muerte de su hija y no  experiment&oacute; ning&uacute;n tipo de residuo  moral cuando logr&oacute; su cometido. El  mismo Orestes, pese al breve instante  de duda que lo invadi&oacute;, sab&iacute;a que  hab&iacute;a de matar al asesino de su padre.  &Eacute;se era su &uacute;nico requerimiento  de acci&oacute;n y estaba por ello preparado  para las consecuencias que de su  acto se derivar&iacute;an. El caso de Sophie  podr&iacute;a interpretarse como un caso  aut&eacute;ntico de dilema moral porque  Sophie no tiene ning&uacute;n tipo de argumento  que sea concluyente para  actuar conforme a una de sus dos  obligaciones morales, salvar la ni&ntilde;a  y salvar al ni&ntilde;o. Ambas obligaciones  son igualmente fuertes y sin embargo,  la decisi&oacute;n de salvar a cualquiera  de sus dos criaturas, la dejar&aacute; con  alg&uacute;n tipo de residuo moral seg&uacute;n la  lectura de Williams. Seg&uacute;n la lectura  de Donagan, lo que realmente importa  en t&eacute;rminos morales es que  Sophie salve a una de sus dos criaturas.</p>      <p>La tradici&oacute;n filos&oacute;fica moral ha rechazado  la existencia de los aut&eacute;nticos  dilemas morales. S&oacute;lo a mediados del  siglo XX, algunos fil&oacute;sofos han debatido  esta tradici&oacute;n y han sostenido  que los aut&eacute;nticos dilemas morales s&iacute;  son posibles. En este debate de posiciones  extremas, no es posible mantener  una posici&oacute;n intermedia que  afirme, por ejemplo, que los aut&eacute;nticos  dilemas morales son posibles pero  que nunca ocurren. La ganancia que  de momento podemos tener del presente  debate es de orden conceptual:  distinguir los conflictos morales de  los aut&eacute;nticos dilemas morales. Esta  ganancia, que es todav&iacute;a inicial, es  un motivo para seguir de cerca el debate  porque entre nosotros se discuten  cuestiones controvertibles de tipo  moral y no es habitual que en estas  discusiones se reflexione sobre la naturaleza  de los conflictos morales o  sobre la existencia o inexistencia de  los aut&eacute;nticos dilemas morales.</p>      <p>Hasta el momento hemos ilustrado  situaciones morales que podr&iacute;amos  llamar conflictivas. Hemos situado  hist&oacute;ricamente el debate sobre la  existencia o no de los dilemas morales,  y hemos definido y distinguido el  conflicto moral del aut&eacute;ntico dilema  moral. En el siguiente cap&iacute;tulo haremos  la aplicaci&oacute;n del debate a la tragedia  <i>Ant&iacute;gona</i> de S&oacute;focles.</p>      <p><font size="3"><b>2. ANT&Iacute;GONA:  DOS LECTURAS  IRRECONCILIABLES</b></font></p>  <ul>    <p><i>Muchas cosas asombrosas existen  y, con todo, nada m&aacute;s asombroso  que el hombre. &Eacute;l se dirige  al otro lado del blanco mar  con la ayuda del tempestuoso  viento Sur, bajo las rugientes  olas avanzando, y a la m&aacute;s poderosa  de las diosas, a la imperecedera  e infatigable Tierra,  trabaja sin descanso, haciendo  girar los arados a&ntilde;o tras a&ntilde;o,  al ararla con mulos.</i></p>      <p>Estrofa primera del Coro en  <i>Ant&iacute;gona</i>.</p>    </ul>      <p>En este cap&iacute;tulo aplicaremos el debate  acerca de la existencia o no de  los dilemas morales (aparentes o aut&eacute;nticos)  a la tragedia <i>Ant&iacute;gona</i> de  S&oacute;focles. Iniciamos con la lectura de  la <i>Ant&iacute;gona</i> desde la perspectiva de  la existencia de los dilemas morales,  y luego desde la perspectiva de la noexistencia  de los dilemas morales, con  sus respectivas argumentaciones.  Privilegiamos esta obra de eterna  actualidad del teatro griego en resonancia  con lo que afirma Lesky: &quot;este  drama conserva su valor m&aacute;s all&aacute; del  tiempo precisamente porque esta  Ant&iacute;gona no es una hero&iacute;na de dimensiones  sobrehumanas, sino una  persona como nosotros, con los mismos  deseos y esperanzas que nosotros,  y a la vez con el gran valor de  prestar o&iacute;dos a la gran ley divina por  encima de todas las dem&aacute;s voces&quot;  (Lesky, 1985: 309). Los personajes  principales de la tragedia: Ismene,  Ant&iacute;gona y Creonte, como lo veremos  enseguida, viven situaciones morales  intensas que comprometen varios  aspectos de la condici&oacute;n humana: el  Estado, el castigo, el poder, lo sagrado,  la piedad, el g&eacute;nero, la familia, el  amor, y el temor<a href="#nota11"><sup>11</sup></a>. Pero antes de iniciar  con las dos lecturas irreconciliables  de la <i>Ant&iacute;gona</i>, debemos tener  en cuenta que el conflicto moral no  se presenta cuando hay colisi&oacute;n entre  una obligaci&oacute;n que no es moral y  una obligaci&oacute;n que es moral; tampoco  se presenta cuando hay colisi&oacute;n  entre dos obligaciones que no son  moralmente correctas. Estrictamente  hablando, un conflicto moral se  presenta cuando un(a) agente <i>S</i> es  confrontado(a) con dos obligaciones  morales que le compelen a actuar.  Esta caracterizaci&oacute;n del conflicto  moral nos plantea un problema fundamental  en la reflexi&oacute;n &eacute;tica ¿qu&eacute;  hace que una obligaci&oacute;n sea moral, a  diferencia de otras formas de obligaci&oacute;n?  Esta pregunta que no es del todo  nueva en la reflexi&oacute;n &eacute;tica, tiene su  importancia en el hecho de que una  obligaci&oacute;n cuando es moral, impone  deberes y un sentido de observancia  hacia los mismos. Es muy probable  que Wittgenstein no est&eacute; de acuerdo  con esta pregunta, pues seg&uacute;n &eacute;l, una  obligaci&oacute;n moral se <i>muestra</i> y por esto  mismo no hay necesidad de entrar a  decir nada sobre ella &quot;Lo que se puede  mostrar no <i>puede</i> decirse&quot; (<i>Tractatus</i>:  1957: 4212). Aqu&iacute; haremos caso  omiso de la objeci&oacute;n de Wittgenstein  porque reconocemos el empe&ntilde;o que  ha tenido la reflexi&oacute;n &eacute;tica en responder  esta pregunta. Wallace y Walker  son dos profesores de la universidad  de Hull en Inglaterra, que han concentrado  en una interesante y quiz&aacute;  incompleta lista, las diferentes respuestas  que se han ofrecido a la pregunta  formulada. De acuerdo con los  enunciados que recogen los dos autores  acerca de los principios y reglas  morales, afirman que las obligaciones  morales son definidas con referencia  a uno o varios de los siguientes criterios:  con referencia a su universalidad;  a su contenido; a su prescriptividad;  al hecho de que invalidan otra  clase de obligaciones; al hecho de tener  una importancia que otras obligaciones  no tienen o necesitan tener  y con referencia a las formas particulares  que las obligaciones morales  tienen de sancionar (Wallace and  Walker, 1970: 8&#45;19). Para nuestro  ensayo no es necesario que tomemos  partido por alg&uacute;n criterio en particular.  S&oacute;lo nos basta, por ahora, acordar  que existen obligaciones que son  morales y que en ocasiones &eacute;stas pueden  entrar en conflicto. Hechas estas  anotaciones, iniciamos la lectura  de la tragedia Ant&iacute;gona de S&oacute;focles  desde la perspectiva de la existencia  de los dilemas morales. Para este  ejercicio, describiremos las situaciones  morales a las que se enfrentan  los personajes principales de la tragedia  atendiendo las condiciones de  la definici&oacute;n que ofrece Sinnott&#45;Armstrong  de lo que es un dilema moral:</p>  <ul>    <p>&quot;A moral dilemma is any situation  where at the same time :</p>      <p>(1) there is a moral requirement  for an agent to adopt each of  two alternatives,</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>(2) neither moral requirement is  overridden in any morally relevant  way,</p>      <p>(3) the agent cannot adopt both  alternatives together, and</p>      <p>(4) the agent can adopt each alternative  separately&quot;.</p>      <p>(<i>Sinnott&#45;Armstrong</i>/, 1988:29)</p>    </ul>      <p>Por medio de la descripci&oacute;n que haremos  de las situaciones a las que se  enfrentan los protagonistas de la tragedia,  y por medio de sus di&aacute;logos,  podremos hacernos una idea precisa  de la trama general de la obra. La  primera situaci&oacute;n de conflicto moral  aparece en el di&aacute;logo que sostienen  las hermanas Ismene y Ant&iacute;gona en  la primera escena de la tragedia. En  esta escena, el conflicto se configura  cuando Ismene piensa que ha de  &acute;adoptar&acute; cada una de dos obligaciones  que entran en conflicto, o que las  puede cumplir juntas a un mismo  tiempo, o en forma separada:</p>  <ul>    <p>&quot;Ismene:    <br>  &#45;¿Qu&eacute; ocurre? Es evidente que  est&aacute;s meditando alguna resoluci&oacute;n.</p>      <p>Ant&iacute;gona:    <br>  &#45;Pues, ¿no ha considerado Creonte  a nuestros hermanos, al uno  digno de enterramiento y al otro  indigno? A Eteocles, seg&uacute;n dicen,  por considerarle merecedor de  ser tratado con justicia y seg&uacute;n  la costumbre, lo sepult&oacute; bajo tierra  a fin de que resultara honrado  por los muertos all&iacute; abajo. En  cuanto al cad&aacute;ver de Polinices,  muerto miserablemente, dicen  que, en un edicto a los ciudadanos,  ha hecho publicar que nadie  le d&eacute; sepultura ni le llore, y que  le dejen sin lamentos, sin enterramiento,  como grato tesoro  para las aves rapaces que avizoran  por la satisfacci&oacute;n de cebarse...  est&aacute; prescrito [en el edicto]  que quien haga algo de esto [enterrar  a Polinices] reciba muerte  por lapidaci&oacute;n p&uacute;blica en la ciudad...  piensa si quieres colaborar  y trabajar conmigo.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Ismene:    <br>  &#45;¿En qu&eacute; arriesgada empresa?  ¿Qu&eacute; est&aacute;s tramando?</p>      <p>Ant&iacute;gona (levantando su mano):    <br>  &#45;Si, junto con esta mano, quieres  levantar el cad&aacute;ver&quot;.</p>    </ul>      <p>Ismene ha de tomar una decisi&oacute;n.  Pero se enfrenta de un lado, con la  obligaci&oacute;n de asistir a su hermana en  la empresa de enterrar a Polinices en  virtud del favor solicitado y del parentesco  que las une. Y de otro lado,  Ismene se enfrenta con la obligaci&oacute;n  de obedecer la ley positiva del rey  Creonte de no enterrar a su hermano  so pena de ser castigada de muerte.  Ante estas dos obligaciones que  conflict&uacute;an, y ante la imposibilidad  de &acute;adoptar&acute; cada una de ellas a un  mismo tiempo porque actuar conforme  a una de ellas significa anular la  posibilidad de actuar conforme a la  otra obligaci&oacute;n, podr&iacute;amos pensar  que Ismene se enfrenta en efecto a  un aut&eacute;ntico dilema moral. M&aacute;s adelante  en la tragedia, cuando Ant&iacute;gona  es condenada a morir tras el logro  de su empresa, Ismene le suplica:</p>  <ul>    <p>&quot;Ismene:    <br>  &#45;¡Hermana, no me prives del derecho  a morir contigo y de honrar  debidamente al muerto!</p>      <p>Ant&iacute;gona:    <br>  &#45;No quieras morir conmigo, ni  hagas cosa tuya aquello en lo que  no has participado. Ser&aacute; suficiente  con que yo muera.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Ismene:    <br>  &#45;¿Y qu&eacute; vida me va a ser grata,  si me veo privada de ti?&quot;</p>    </ul>      <p>En este di&aacute;logo Ismene siente el residuo  moral (<i>regret</i>) del que ya hab&iacute;amos  hablado con Williams en la primera  parte de nuestro ensayo. Ese  residuo aqu&iacute; se traduce como el sentimiento  moral de aflicci&oacute;n que experimenta  Ismene cuando pide acompa&ntilde;ar  a su hermana en la condena, Ismene  siente que ha hecho algo que  no es del todo correcto. Este sentimiento  que no logr&oacute; mitigar, aun  cuando lleg&oacute; al extremo de solicitar  la propia muerte, la acompa&ntilde;ar&aacute; por  siempre.</p>      <p>El segundo caso de conflicto moral  que aparece en la tragedia es el que  se configura entre Ant&iacute;gona y Creonte.  El rey de Tebas est&aacute; convencido  moralmente de que nunca se puede  mantener como amigo a una persona  que ha sido hostil con la propia patria,  y proclama en consecuencia que:</p>  <ul>    <p>&quot;Creonte:    <br>  &#45;A Eteocles que muri&oacute; luchando  por la ciudad tras sobresalir en  gran manera con la lanza, que se  le sepulte en su tumba y que se  le cumplan todos los ritos sagrados  que acompa&ntilde;an abajo los  cad&aacute;veres de los h&eacute;roes. Pero a  su hermano &#45;me refiero a Polinices  que en su vuelta como desterrado  quiso incendiar completamente  su tierrapatria y a las  deidades de su raza, adem&aacute;s de  alimentarse de la sangre de los  suyos, y quiso llev&aacute;rselos en  cautiverio&#45; respecto a &eacute;ste ha  sido ordenado por un heraldo a  esta ciudad que ninguno le  tribute los honores postreros con  un enterramiento, ni le llore. Que  se le deje sin sepultura y que su  cuerpo sea pasto de las aves de  rapi&ntilde;a y de los perros, y ultraje  para la vista. Tal es mi prop&oacute;sito,  y nunca por mi parte los malvados  estar&aacute;n por delante de los  justos en lo que a honra se  refiere. Antes bien, quien sea  benefactor para esta ciudad  recibir&aacute; honores m&iacute;os en vida  igual que muerto&quot;.</p>    </ul>      <p>De acuerdo con Creonte, el traidor no  ha de merecer los mismos ritos funerarios  que el valeroso defensor de la  patria. Este principio, aduce el rey,  tiene el car&aacute;cter de ser absoluto y es  m&aacute;s fuerte que cualquier otro. De otro  lado, Ant&iacute;gona afirma que dar sepultura  a los muertos es un principio que  tiene el car&aacute;cter de ser absoluto por  ser un principio escrito por el pu&ntilde;o  de los dioses con tinta indeleble en el  coraz&oacute;n humano, y este principio es  m&aacute;s fuerte que cualquier otro:</p>  <ul>    <p>&quot;Ant&iacute;gona:    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  &#45;No fue Zeus el que con los dioses  de abajo fij&oacute; tales leyes para  los hombres. No pensaba que tus  proclamas tuvieran tanto poder  como para que un mortal pudiera  transgredir las leyes no escritas  e inquebrantables de los dioses.  &Eacute;stas no son de hoy ni de  ayer, sino de siempre, y nadie  sabe de d&oacute;nde surgieron. No iba  yo a obtener castigo por ellas de  parte de los dioses por miedo a  la intenci&oacute;n los ha mandado publicar,  ni la justicia que vive de  hombre alguno&quot;.</p>    </ul>      <p>En estos dos pasajes se configura un  dilema moral en forma sim&eacute;trica. La  obligaci&oacute;n moral de Creonte es tan  fuerte como la de Ant&iacute;gona, y una  obligaci&oacute;n no puede superar a la otra  porque ambas son igualmente fuertes  en t&eacute;rminos morales. De acuerdo  con Ruth Barcan Marcus:</p>  <ul>    <p>&quot;Antigone&acute;s sororal (and religious)  obligations conflict with  Creon&acute;s obligations to keep his  word and preserve the peace.  Antigone is obliged to arrange for  the burial of Polyneices; Creon is  obliged to prevent it. Under generality  of principles they are  each obliged to respect the obligations  of the other&quot;.</p>      <p>(Marcus, 1980 en Gowans, 1987:  189)</p>    </ul>      <p>Respetar la obligaci&oacute;n del(a) otro(a)  significa renunciar a la propia. Este  car&aacute;cter sim&eacute;trico en la fuerza de  cada obligaci&oacute;n nos hace pensar que  en efecto Ant&iacute;gona y Creonte enfrentan  un dilema moral, porque ninguno  encuentra que la obligaci&oacute;n moral  del contendiente es m&aacute;s fuerte o m&aacute;s  d&eacute;bil que la obligaci&oacute;n moral que cada  uno mantiene.</p>      <p>Ahora vamos a hacer la lectura de las  situaciones morales hasta ahora descritas,  pero desde la perspectiva de  la no&#45;existencia de los dilemas morales.  Mary Mothersill asegura que las  condiciones que propone Sinnott&#45;Armstrong  para la configuraci&oacute;n del dilema  moral pueden corresponder a  equivocaciones del siguiente orden:</p>  <ul>    <p>&quot;An agent might be mistaken in  thinking that she was morally  required to adopt either or both  alternatives, or mistaken in thinking  that the alternatives were  exhaustive, or mistaken in thinking  that neither &acute;moral requirement  was overridden in any morally  relevant way,&acute; or mistaken  in thinking that she could not  adopt both, or mistaken in thinking  that she could adopt either...  In any case, if what she believes,  with or without reason, on any  of the four points is false, then  however she may view her predicament,  she is mistaken in taking  it to be a genuine moral dilemma.&quot;</p>      <p>(Mothersill en Mason, 1996: 68)</p>    ]]></body>
<body><![CDATA[</ul>      <p>El primer aparente dilema moral que  aparece en la tragedia se presenta  precisamente en el di&aacute;logo entre Ismene  y Ant&iacute;gona. En el mismo di&aacute;logo  que sostienen las hermanas, Ismene  reconoce que s&oacute;lo es una la obligaci&oacute;n  que ella ha de &acute;adoptar&acute;:</p>  <ul>    <p>&quot;Ismene:    <br>  &#45;¿Es que proyectas enterrarlo,  siendo algo prohibido para la ciudad?</p>      <p>Ant&iacute;gona:    <br>  &#45;Pero es mi hermano y el tuyo,  aunque t&uacute; no quieras. Y, ciertamente,  no voy a ser cogida en  delito de traici&oacute;n.</p>      <p>Ismene:    <br>  &#45;¡ Oh temeraria ! ¿A pesar de  que lo ha prohibido Creonte?</p>      <p>Ant&iacute;gona:    <br>  &#45;No le es posible separarme de  los m&iacute;os.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Ismene:    <br>  &#45;...piensa con cu&aacute;nto mayor  infortunio pereceremos nosotras  dos, solas como hemos quedado,  si, forzando la ley, transgredimos  el decreto o el poder del tirano.  Es preciso que consideremos, primero,  que somos mujeres, no hechas  para luchar contra los hombres,  y, despu&eacute;s, que nos mandan  los que tienen m&aacute;s poder, de suerte  que tenemos que obedecer en  esto y en cosas a&uacute;n m&aacute;s dolorosas  que &eacute;stas. Yo por mi parte,  pidiendo a los de abajo que tengan  indulgencia, obedecer&eacute; porque  me siento coaccionada a ello.  Pues el obrar por encima de nuestras  posibilidades no tiene ning&uacute;n  sentido&quot;.</p>    </ul>      <p>La tradici&oacute;n racionalista, como llama  Donagan a quienes afirman que los  aut&eacute;nticos dilemas morales no son  posibles, defiende la idea de que existe  una salida correcta moralmente  para la resoluci&oacute;n de cada aparente  dilema moral (Mothersill, 1996: 68).  En este caso, la &acute;salida&acute; de Ismene es  defendible porque ella no est&aacute; obligada  moralmente a cumplir con dos  obligaciones que responden a demandas  absurdas de orden espacial (estar  en dos lugares a un mismo tiempo),  de orden temporal (cumplir simult&aacute;neamente  con dos obligaciones),  y de orden l&oacute;gico (cumplir la  obligaci&oacute;n moral de enterrar a Polinices  y de no enterrarlo). Ismene tiene  s&oacute;lo una obligaci&oacute;n moral: salvar  su vida obedeciendo la ley positiva del  rey porque a ello se ve compelida por  su condici&oacute;n de ser mujer. Ismene tiene  claro que no ha de luchar contra  los hombres, ni que ha de obrar por  encima de las propias posibilidades,  porque de lo contrario ser&iacute;a actuar sin  sentido e insensatamente.</p>      <p>De los dos pasajes se&ntilde;alados acerca  de las obligaciones morales que impelen  a Creonte y Ant&iacute;gona a actuar,  la simetr&iacute;a es apenas aparente. En  este punto Sir David Ross nos ayudar&aacute;  a aclarar la situaci&oacute;n. Ant&iacute;gona  sabe que su obligaci&oacute;n de obedecer el  mandato de un hombre, aunque rey,  es una obligaci&oacute;n <i>prima facie</i> que es  debilitada cuando se enfrenta con una  obligaci&oacute;n que tiene el car&aacute;cter de ser  sans <i>phrase</i>. Sir David Ross afirma  que una obligaci&oacute;n &acute;a primera vista&acute;  (<i>prima facie</i>) es un requerimiento  moral que es debilitado por otro requerimiento  que le hace contrapeso  (<i>sans phrase</i>) proporcionando una  raz&oacute;n decisiva para la acci&oacute;n<a href="#nota12"><sup>12</sup></a>. En  otras palabras, una obligaci&oacute;n <i>prima  facie</i> (obedecer la ley humana) es una  obligaci&oacute;n inicial que se puede debilitar  con una obligaci&oacute;n de mayor incumbencia  (obedecer las leyes divinas).  En el caso de Creonte tampoco  podemos afirmar, por el pasaje que  sigue, que &eacute;ste en efecto se ha enfrentado  a un aut&eacute;ntico dilema moral:</p>  <ul>    <p>&quot;Corifeo:    <br>  &#45;El adivino se va, rey, tras predecirnos  terribles cosas. Y sabemos,  desde que yo tengo cubiertos  &eacute;stos mis cabellos, antes negros,  de blanco, que &eacute;l nunca  anunci&oacute; una falsedad a la ciudad.</p>      <p>Creonte:    <br>  &#45;Tambi&eacute;n yo lo s&eacute; y estoy turbado  en mi &aacute;nimo. Es terrible  ceder, pero herir mi alma con una  desgracia por oponerme es terrible  tambi&eacute;n.</p>      <p>Corifeo:    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  &#45;Necesario es ser prudente, hijo  de Meneceo.</p>      <p>Creonte:    <br>  &#45;¿Qu&eacute; debo hacer? Dime. Yo te  obedecer&eacute;.</p>      <p>Corifeo:    <br>  &#45;Ve y saca a la muchacha de la  morada subterr&aacute;nea. Y eleva un  t&uacute;mulo para el que yace muerto.</p>      <p>Creonte:    <br>  &#45;¿Me aconsejas as&iacute; y crees que  debo concederlo?</p>      <p>Corifeo:    <br>  &#45;Y cuanto antes, se&ntilde;or. Pues los  da&ntilde;os que mandan los dioses alcanzan  pronto a los insensatos&quot;.</p>    </ul>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Terrace McConnell afirma que el hecho  de que un(a) agente busque ayuda  moral (un consejo) para la resoluci&oacute;n  de un conflicto, o que dude de  haber obrado correctamente cuando  opt&oacute; por una de sus obligaciones, est&eacute;  por ello experimentando un aut&eacute;ntico  dilema moral. McConnell mantiene  que no s&oacute;lo, en este caso a Creonte,  le es l&iacute;cito buscar ayuda moral y  experimentar duda acerca de lo que  ha de hacer, sino que estos comportamientos  son apropiados, razonables,  y hasta predecibles (McConnell,  1978 en Gowans, 1987:164).</p>      <p>Lo que hemos desarrollado en este  cap&iacute;tulo son dos lecturas de dos situaciones  morales de la tragedia <i>Ant&iacute;gona</i>  de S&oacute;focles, desde dos perspectivas  irreconciliables entre s&iacute;. Estas  lecturas parecen esgrimir un aut&eacute;ntico  dilema pero de tipo literario. En  el &aacute;mbito moral una adecuada teor&iacute;a  no permitir&iacute;a una contradicci&oacute;n real  entre obligaciones, porque aceptar  que los aut&eacute;nticos dilemas morales  son posibles, es tanto como aceptar,  de acuerdo con la tradici&oacute;n racionalista,  que la reflexi&oacute;n &eacute;tica es un estudio  vac&iacute;o y sin sentido. Esto &uacute;ltimo  porque la &eacute;tica ha sido entendida  como una ciencia pr&aacute;ctica cuyo objetivo  es guiar la deliberaci&oacute;n de un(a)  agente haciendo claros y expl&iacute;citos los  principios que determinan su decisi&oacute;n  o acci&oacute;n (Mothersill, 1996: 71). En  nuestro pr&oacute;ximo cap&iacute;tulo estudiaremos  los supuestos filos&oacute;ficos de las  concepciones sobre la naturaleza de  los conflictos morales.</p>      <p><font size="3"><b>3. SUPUESTOS FILOS&Oacute;FICOS  SOBRE LA NATURALEZA  DEL CONFLICTO MORAL</b></font></p>  <ul><i>El presente estudio no es te&oacute;rico  como los otros, pues investigamos  estas cosas no para saber  qu&eacute; es la virtud, sino para  ser buenos.</i>    </ul>  <ul><i>Arist&oacute;teles, &Eacute;tica Nicomaquea  II</i>, 103b 16    </ul>      <p>En este cap&iacute;tulo nos dedicaremos al  estudio de los supuestos filos&oacute;ficos de  las concepciones sobre la naturaleza  de los conflictos morales. Para el logro  de este prop&oacute;sito, es necesario  remitirse al pensamiento de los cl&aacute;sicos,  especialmente a la &eacute;tica aristot&eacute;lica  y al pensamiento moral de  Kant.</p>      <p>Bernard Williams se&ntilde;al&oacute;, como lo vimos  en el primer cap&iacute;tulo de nuestro  presente ensayo, que el conflicto moral  es similar al conflicto de deseos.  De acuerdo con Arist&oacute;teles en su <i>&Eacute;tica  Nicomaquea</i>, el deseo es el origen  de toda acci&oacute;n moral. Lo que hace que  una acci&oacute;n sea moral, es que &eacute;sta va  acompa&ntilde;ada, aparte del deseo (<i>boulesis</i>:  III, 1113a 15 &#45; 1113b 2), de la libre  elecci&oacute;n (<i>proairesis</i>: III, 111b 4 &#45; 1112a  17) y de la deliberaci&oacute;n (<i>bouleusis</i>: III,  1112a 18 &#45; 1113a 14). Para poder entender  estas etapas del acto moral, es  necesario tener presente tres aspectos  del m&eacute;todo que en la reflexi&oacute;n sobre  lo &eacute;tico desarrolla Arist&oacute;teles.  Primero, la reflexi&oacute;n sobre lo &eacute;tico es  una investigaci&oacute;n pr&aacute;ctica que no tiene  certeza matem&aacute;tica (I, 1098a 30).  Segundo, esta reflexi&oacute;n versa sobre lo  concreto inmediato (I, 1095b 1&#45; 7). Tercero,  los que investigan sobre estas  cuestiones deben reunir ciertas condiciones  (I, 1095a 1&#45; 15).</p>      <p>El Estagirita asegura que ni la reflexi&oacute;n  sobre lo &eacute;tico, ni la felicidad  (<i>eudaimonia</i>) que es fin al que todas  las actividades humanas tienden, se  alcanzan por obra del azar o por el  mero estudio te&oacute;rico. Por el contrario,  se alcanzan por medio del ejercicio  (<i>energeia</i>) de las acciones que son  conformes con la virtud. Por esto &uacute;ltimo,  la investigaci&oacute;n sobre lo &eacute;tico  es una investigaci&oacute;n pr&aacute;ctica que lleva  a cambios de actitud personal (II,  1103 b26).</p>      <p>Arist&oacute;teles afirma que alguien es  llamado(a) prudente (<i>phronimos</i>)  cuando delibera (<i>bouleusis</i>) acerca de  la propia felicidad (<i>eudaimonia</i>: VI,  1140a 24 &#45; 28). Podemos aprender  acerca de la <i>phronesis</i> si observamos  y exploramos en qu&eacute; consiste una  apropiada deliberaci&oacute;n. No se delibera,  afirma nuestro autor, sobre lo pasado;  sobre las verdades eternas; sobre  las cosas en movimiento que se  realizan siempre seg&uacute;n las mismas  leyes; sobre el conocimiento exacto;  sobre las cosas que son cambiables y  que dependen del azar. Se delibera,  en cambio, sobre las cosas que dependen  de nosotros, que son realizables  por propia intervenci&oacute;n, y sobre los  medios para alcanzar los fines deseados  (III, 1112a. 25 &#45; 1112b 15). No se  delibera acerca de lo que es la <i>eudaimonia</i>  porque ella se descubre por  medio de la experiencia y la investigaci&oacute;n.  Una adecuada deliberaci&oacute;n  culmina en una elecci&oacute;n racional de  los medios adecuados para el logro de  un fin deseado, y en una acci&oacute;n voluntaria.  En otras palabras, alguien  se hace <i>phronimos</i> por la pr&aacute;ctica de  un adecuado proceso de deliberaci&oacute;n,  esta &uacute;ltima, como ya lo hemos se&ntilde;alado,  es apenas una etapa del acto  moral. Examinemos enseguida en  qu&eacute; consisten las otras dos etapas. El  deseo, en tanto que orexis, est&aacute; dividido  en tres especies que se corresponden  con la divisi&oacute;n tripartita que  hace Plat&oacute;n del alma: <i>epithumia, thumos  y boulesis</i>. De los tres, s&oacute;lo la  <i>boulesis</i> es el deseo voluntario, racional,  razonado que es guiado por la  raz&oacute;n para el logro de objetivos que  se consideran como buenos. La <i>epithumia</i>  es el apetito irracional o deseo  ciego para el logro de objetivos que  se consideran como placenteros, y el  <i>thumos</i> es el deseo o impulso que desconoce  la raz&oacute;n debido a su impetuosidad  aunque se conforme a ella de  alguna manera para el logro de objetivos  que parecen buenos y no simplemente  placenteros. La <i>boulesis</i>, en  suma, es una acci&oacute;n que se da en el  alma que concomita con el placer y el  dolor. Se pueden desear fines que  sean imposibles de alcanzar, pero no  se pueden elegir medios imposibles  para el logro de nuestros deseos. Arist&oacute;teles  es muy claro cuando hace esta  distinci&oacute;n:</p>  <ul>&quot;El deseo, en suma, mira sobre  todo al fin de la acci&oacute;n, mientras  que la elecci&oacute;n, por su parte, a  los medios. As&iacute;, deseamos estar  sanos, pero elegimos los medios  para tener salud. As&iacute; tambi&eacute;n  deseamos ser felices y lo decimos,  pero no se ajustar&iacute;a a la verdad  decir que elegimos la felicidad.  La elecci&oacute;n, en una palabra, se  ejerce sobre lo que depende de  nosotros&quot;. (III, 1111b 25).    </ul>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La libre elecci&oacute;n (proairesis) tiene por  objeto la selecci&oacute;n de aquellos h&aacute;bitos  por medio de los cuales un(a)  agente se hace bueno(a), y tiene tambi&eacute;n  por objeto la elecci&oacute;n del t&eacute;rmino  medio en las acciones para conservar  la perfecci&oacute;n de tales h&aacute;bitos.  Es precisamente por estas dos tareas  de la proairesis por lo que ella se entiende  como lo m&aacute;s propio de la virtud  (<i>arete</i>). Es importante introducir  en este punto la distinci&oacute;n que hace  Arist&oacute;teles entre actos voluntarios  (<i>ekousion</i>), involuntarios (<i>akousion</i>)  y mixtos (<i>mixtai</i>). Los primeros, afirma  nuestro autor, son los actos cuyo  origen est&aacute; en el agente que conoce  las circunstancias en las que el acto  tiene lugar y, por ello mismo, puede  realizar unos actos con preferencia a  otros en el momento en que se hacen.  Los segundos, son los actos llevados  a cabo por una fuerza que es  exterior al agente, o por ignorancia  sobre las circunstancias de la acci&oacute;n.  Los terceros, son aquellos actos que  no siendo ejecutados ni voluntaria ni  involuntariamente, son llevados a  cabo por miedo a males mayores o por  fines nobles. Arist&oacute;teles cita dos  ejemplos para ilustrar estos &uacute;ltimos:  el primer ejemplo es el de un tirano  que ha ordenado hacer algo vergonzoso  a una persona, so pena de matar  en caso de incumplir con lo ordenado  a sus padres o hijos, y de salvarlos  en caso de cumplir con lo ordenado.  El segundo ejemplo es el caso  de la tripulaci&oacute;n de un barco que  arroja al mar el cargamento que lleva  para lograr sobrevivir a la tormenta  que enfrenta. En ambos casos ning&uacute;n  agente habr&iacute;a querido actuar del  modo en que lo hicieron, pero cada  uno actu&oacute; conforme con el fin que  persegu&iacute;a: salvar la vida de alg&uacute;n  miembro familiar, salvar la propia  vida. Ahora bien, se podr&iacute;a afirmar  que en ambos casos los agentes en  cuesti&oacute;n s&iacute; actuaron voluntariamente  porque escogieron un curso de acci&oacute;n  en lugar de otro. Pero, afirma el  Estagirita, hay que aprender a juzgar  cada acci&oacute;n seg&uacute;n el momento  particular en el que se act&uacute;a. En el  ejemplo del tirano, la persona instada  a actuar lo hace por miedo a un  mal mayor que en este caso es el de  perder a alg&uacute;n familiar. En el caso  de la tripulaci&oacute;n, las personas han  de salvar la propia vida, que es un  fin m&aacute;s noble que el de salvar un cargamento.  Lo que diferencia a los anteriores  es que mientras los actos que  son ejecutados involuntariamente  causan dolor o arrepentimiento, los  actos ejecutados voluntariamente  causan placer. Los actos mixtos son  realmente actos voluntarios ya que  el principio de acci&oacute;n depende del  agente en cuesti&oacute;n y sus actos pueden  ser objeto de alabanza o de censura.  Esta distinci&oacute;n es importante,  asegura Arist&oacute;teles, porque s&oacute;lo bajo  las condiciones de los actos hechos voluntariamente  (<i>ekousios</i>) es que puede imput&aacute;rsele al agente la responsabilidad  de su acci&oacute;n (III, 1113b 5 &#45;  1115a 5). Los actos hechos involuntariamente  en los que la amenaza f&iacute;sica,  el soborno u otro tipo de presi&oacute;n  compelen al agente a actuar, son actos  que se pueden excusar e incluso  justificar.</p>      <p>La libre elecci&oacute;n es un acto voluntario  que no recae sobre lo imposible,  ni sobre lo doloroso ni sobre lo placentero,  y no puede confundirse con  el apetito concupiscible, con la voluntad  o con la opini&oacute;n. La <i>proairesis</i> es  una elecci&oacute;n de preferencia que requiere  de una previa deliberaci&oacute;n. Al  respecto afirma Arist&oacute;teles:</p>  <ul>&quot;La elecci&oacute;n, en efecto, va acompa&ntilde;ada  de raz&oacute;n (<i>logos</i>) y comparaci&oacute;n  reflexiva (<i>dianoia</i>); y la  palabra misma parece sugerir  que la elecci&oacute;n es tal (<i>prohaireton</i>)  porque en ella escogemos  (<i>haireton</i>) una cosa de preferencia  a otras.&quot; (III, 1112a 15)...&quot;As&iacute;  pues, siendo lo elegible algo que,  estando en nuestra mano, apetecemos  despu&eacute;s de haber deliberado,  la elecci&oacute;n podr&iacute;a ser el  apetito deliberado de las cosas  que dependen de nosotros, toda  vez que por el juicio que formamos  despu&eacute;s de haber deliberado,  apetecemos algo conforme a  la deliberaci&oacute;n&quot;. (III, 1113a 10)    </ul>      <p>Como se&ntilde;al&aacute;bamos al inicio de nuestro  tercer cap&iacute;tulo, de acuerdo con  Arist&oacute;teles, lo que hace que una acci&oacute;n  sea moral es que &eacute;sta va acompa&ntilde;ada  de tres etapas: el deseo  (<i>boulesis</i>), la libre elecci&oacute;n (<i>proairesis</i>)  y la deliberaci&oacute;n (<i>bouleusis</i>). Todas  estas etapas, ejercitadas de manera  adecuada, hacen que una persona  pueda ser llamada buena y nunca  equivocarse en su elecci&oacute;n:</p>  <ul>&quot;El hombre bueno juzga rectamente  (<i>orthos</i>) de todas las cosas,  y en cada una de ellas se le muestra  lo verdadero. Seg&uacute;n la disposici&oacute;n  particular son las cosas  concretas honestas y agradables.  Y quiz&aacute; en esto sobre todo difiere  de los dem&aacute;s el hombre bueno  (<i>spoudaios</i>) : en ver lo verdadero  en todas las cosas, como si fuese  &eacute;l mismo norma y medida (<i>kanon  kai metron</i>) de ellas&quot;. (III, 1113a  30)    </ul>      <p>En tal sentido, una persona virtuosa  es norma de lo que est&aacute; bien (bueno).  Cuando se juzga rectamente no hay  espacio para que un aut&eacute;ntico dilema  moral tenga lugar. Esto porque,  como lo hab&iacute;amos anotado anteriormente,  el fin &uacute;ltimo de toda actividad  humana es la felicidad. Como  sobre este fin no se discute, ni se cuestiona,  no existe la posibilidad de que  un(a) agente se confronte con un conflicto  entre fines, ni mucho menos con  un conflicto entre medios para el logro  de este fin porque lo propio del  <i>phronimos</i> es deliberar bien, juzgar  rectamente. En otras palabras, la  buena elecci&oacute;n de los medios se mide  por su eficacia y en este sentido no es  posible que dos medios sean igualmente  eficaces en la consecuci&oacute;n del  fin deseado.</p>      <p>Alan Donagan se identifica asimismo  dentro del grupo de racionalistas que  tachan el problema de la existencia  de los aut&eacute;nticos dilemas morales  como un problema falaz. El fil&oacute;sofo  alem&aacute;n Immanuel Kant, que pertenece  al grupo de los racionalistas,  afirma que dos obligaciones morales  perfectas jam&aacute;s podr&iacute;an entrar en colisi&oacute;n.  En otras palabras, que un aut&eacute;ntico  dilema moral no podr&iacute;a configurarse.  Para poder entender esta  afirmaci&oacute;n, es importante que tengamos  en cuenta algunos aspectos de su  pensamiento moral. En la primera  secci&oacute;n de la <i>Fundamentaci&oacute;n de la  metaf&iacute;sica de las costumbres</i> Kant  establece que:</p>  <ul>&quot;En ning&uacute;n lugar del mundo,  pero tampoco siquiera fuera del  mismo, es posible pensar nada  que pudiese ser tenido sin restricci&oacute;n  por bueno, a no ser &uacute;nicamente  una <i>buena voluntad</i>&quot; (393&#45;  5). &quot;Podemos ahora terminar all&iacute;  de donde al principio partimos, a  saber, en el concepto de una voluntad  incondicionadamente  buena. Es <i>absolutamente buena  la voluntad</i> que no puede ser  mala, cuya m&aacute;xima, por tanto, si  se hace de ella una ley universal,  no puede nunca contradecirse a  s&iacute; misma&quot;. (437&#45;5)    </ul>      <p>Kant considera que lo &uacute;nico que es  bueno de manera absoluta e incondicional  es la buena voluntad. Absoluta  porque es buena en s&iacute; misma, e  incondicional porque no est&aacute; sujeta a  inclinaciones, c&aacute;lculos, o contextos  espec&iacute;ficos. Kant se propone en este  mismo texto, establecer el principio  supremo de la moralidad (<i>summum  bonum</i>) al cual llama la ley moral o  el imperativo categ&oacute;rico. Este imperativo  consiste en formular para todas  las acciones humanas una ley  universal que sirva de gu&iacute;a para toda  decisi&oacute;n. Dicho imperativo opera de  la siguiente manera: como poseedores  de una voluntad imperfecta, es  necesario que nuestras m&aacute;ximas de  acci&oacute;n (principios subjetivos del querer:  401) pasen la prueba de la moralidad.  Tal prueba est&aacute; compuesta de  dos partes: (1) <i>Coherencia</i> al formular  una m&aacute;xima con cualquiera de las  tres formulaciones del principio &uacute;nico  de la moral. (2) <i>poder querer</i> que  nuestra m&aacute;xima de acci&oacute;n se convierta  en una ley universal (424). La  prueba de la moralidad funciona de  manera negativa, esto es, si mi m&aacute;xima  de acci&oacute;n contradice a una, o a  las dos partes de la prueba, mi m&aacute;xima  de acci&oacute;n entonces no era moral.  El principio &uacute;nico de la moralidad  reza de la siguiente manera: <i>&quot;obra  s&oacute;lo seg&uacute;n la m&aacute;xima a trav&eacute;s de la  cual puedas querer al mismo tiempo  que se convierta en una ley universal&quot;</i>  (421, 6&#45;7) Este principio &uacute;nico se puede  formular de las siguientes tres  maneras: [I] <i>&quot;obra como si la m&aacute;xima  de tu acci&oacute;n fuese a convertirse por  tu voluntad en una ley universal de  la naturaleza&quot;</i> (421, 19&#45;21). [2] &quot;<i>obra  de tal modo que uses la humanidad  tanto en tu persona como en la persona  de cualquier otro siempre a la vez  como fin, nunca meramente como  medio&quot;</i> (429, 10&#45;13). [3] <i>&quot;obra de modo  que la voluntad pueda por su m&aacute;xima  considerarse a s&iacute; misma a la vez  como universalmente legisladora&quot;</i>  (434, 13&#45;14).</p>      <p>Es precisamente este formalismo en  la &eacute;tica kantiana lo que gu&iacute;a a un(a)  agente moral a tomar decisiones  cuando se enfrenta a cualquier tipo  de conflicto moral. De acuerdo con  Kant, lo que necesitamos es aprender  a formular m&aacute;ximas de acci&oacute;n  que logren pasar el doble arbitraje de  la moralidad. Debemos recordar que  para el fil&oacute;sofo alem&aacute;n, dos obligaciones  perfectas jam&aacute;s podr&iacute;an llegar a  estar en mutua contradicci&oacute;n, pues  la ley moral no admite en s&iacute; misma  contradicciones. En sus <i>Principios  metaf&iacute;sicos de la doctrina de derecho</i>  (1797) Kant argumenta lo siguiente:</p>  <ul>&quot;El conflicto de los deberes (<i>collisio  officiorum seu obligationum</i>)  ser&iacute;a una relaci&oacute;n entre  &eacute;stos, tal, que el uno destruyera  al otro (completa o parcialmente).  Pero, como el deber y la obligaci&oacute;n  en general son nociones  que expresan la <i>necesidad</i> absoluta  pr&aacute;ctica de ciertas acciones,  y como dos reglas opuestas entre  s&iacute; no pueden ser al mismo tiempo  necesarias; antes al contrario,  siendo un deber obrar conforme  a una de ellas; no s&oacute;lo no es obligatorio,  sino que es il&iacute;cito el seguir  la ley opuesta, no es concebible  la <i>colisi&oacute;n</i> de los <i>deberes</i> y  <i>obligaciones (obligationes non  colliduntur)</i>. Sin embargo, pueden  muy bien ocurrir en un sujeto,  y en una regla que &eacute;l se prescriba,  <i>dos principios</i> de acci&oacute;n  (<i>rationes obligandi</i>) reunidos,  pero tales que uno u otro no bastan  para obligar (<i>rationes obligandi  non obligantes</i>); y entonces  uno de ellos no es deber.  Cuando se presentan dos principios  de esta manera en oposici&oacute;n,  la filosof&iacute;a pr&aacute;ctica no dice que  la obligaci&oacute;n m&aacute;s fuerte vence  (<i>fortior obligatio vincit</i>), sino que  el principio de la obligaci&oacute;n m&aacute;s  fuerte subsiste (<i>fortior obligandi  ratio vincit</i>)&quot; (Kant, 1797).    ]]></body>
<body><![CDATA[</ul>      <p>De acuerdo con Kant, es probable que  dos obligaciones meritorias o imperfectas  (del auto&#45;cultivo cultural, de  beneficencia para con los dem&aacute;s) puedan  entrar en conflicto, pero estas  obligaciones no compelen al agente a  actuar porque ellas son s&oacute;lo <i>rationes  obligandi</i>. En casos como &eacute;ste, un(a)  agente actuar&iacute;a con &acute;permisibilidad&acute;  moral optando por cualquiera de las  dos obligaciones imperfectas en conflicto,  lo importante es que no abandone  una de sus dos obligaciones en  conflicto, y que no viole una obligaci&oacute;n  perfecta o inexcusable (de conservar  la propia vida, de cumplir con  las promesas) cuyo principio de obligaci&oacute;n  subsiste m&aacute;s que cualquier  otro <i>fortior obligandi ratio vincit</i>. En  otras palabras, las obligaciones imperfectas  s&iacute; pueden entrar en conflicto  entre ellas mismas, e incluso pueden  entrar en conflicto con una obligaci&oacute;n  perfecta. Pero las obligaciones  perfectas no pueden entrar en mutua  colisi&oacute;n. En caso de que exista colisi&oacute;n  entre una obligaci&oacute;n imperfecta  y otra perfecta, la obligaci&oacute;n imperfecta  ser&aacute; anulada por la obligaci&oacute;n  perfecta.</p>      <p>En este cap&iacute;tulo hemos estudiado dos  de los supuestos filos&oacute;ficos desde los  cuales nuestros dos autores Bernard  Williams y Alan Donagan se han fundamentado  para afirmar o negar la  existencia de los aut&eacute;nticos dilemas  morales. Williams ha retomado de  Arist&oacute;teles la idea de que una acci&oacute;n  cuando es ejecutada involuntariamente,  causa alg&uacute;n tipo de residuo  moral (regret). Donagan ha retomado  de Kant la idea de que una adecuada  teor&iacute;a moral no dejar&iacute;a espacio  alguno para permitir que dos obligaciones  llegaran a entrar en un conflicto  moral extremo.</p>      <p><font size="3"><b>4. CONCLUSIONES</b></font></p>  <ul><i>Lo que tengo en mente es, por ejemplo,  algo indicado por una frase de  D. H. Lawrence en su espl&eacute;ndido  comentario a la complaciente exhortaci&oacute;n  moral de Benjamin  Franklin &quot;descubrid vuestro impulso  m&aacute;s profundo y seguidlo&quot; La  noci&oacute;n de que hay algo que es el  impulso m&aacute;s profundo de uno; de  que, m&aacute;s que tomar una decisi&oacute;n,  de lo que se trata aqu&iacute; es de hacer  un descubrimiento; y la noci&oacute;n de  que uno se conf&iacute;e a lo as&iacute; descubierto,  aunque no sepa a d&oacute;nde va  a conducirlo &#45;estas son aqu&iacute; las  cosas importantes.</i>    </ul>  <ul><i>Williams Morality: An Introduction  to Ethics 1972:93</i>    </ul>      <p>En el primer cap&iacute;tulo contextualizamos  un debate reciente: el de la existencia  o no de los aut&eacute;nticos dilemas  morales. En el segundo cap&iacute;tulo hicimos  dos lecturas de la <i>Ant&iacute;gona</i>, la  primera de ellas desde la perspectiva  de la existencia de los aut&eacute;nticos  dilemas morales, y la segunda desde  la perspectiva de su no&#45;existencia. En  el tercer cap&iacute;tulo estudiamos los supuestos  filos&oacute;ficos de las dos concepciones  del debate, expuestas en el  primer cap&iacute;tulo. Ahora me propongo  hacer una reflexi&oacute;n personal en torno  al debate.</p>      <p>El debate que hasta aqu&iacute; nos ha ocupado  no parece sino circunscribirse a  tres tragedias paradigm&aacute;ticas: <i>Orest&iacute;ada,  Ant&iacute;gona y La Decisi&oacute;n de Sophie</i>.  Quienes afirman que los aut&eacute;nticos  dilemas morales existen hacen  parecer las anteriores como casos extremos  de conflicto moral donde cualquiera  que sea la decisi&oacute;n, los(as)  agentes en cuesti&oacute;n est&aacute;n dejando de  hacer algo que hab&iacute;a de hacerse.  Quienes afirman que los aut&eacute;nticos  dilemas morales no existen, apoyan  sus tesis generalmente contrargumentando  las tesis de los primeros.</p>      <p>Para iniciar una reflexi&oacute;n en torno al  debate, es necesario tener en cuenta  que los casos hasta ahora descritos  son casos en los que sus protagonistas  no enfrentaron la propia condici&oacute;n  como dilem&aacute;tica (MacIntyre, 1990:  367). Ya ve&iacute;amos en el cap&iacute;tulo primero  que ni la incertidumbre, ni la  duda, pueden justificar el asegurar  que los aut&eacute;nticos dilemas morales  existen. Tampoco se puede asegurar  que ellos existen, como lo ve&iacute;amos en  el cap&iacute;tulo segundo, porque una persona  pretenda equivocadamente observar  dos obligaciones que responden  a demandas absurdas de orden  l&oacute;gico, temporal y espacial. Mucho  menos podemos asegurar que la b&uacute;squeda  de cualquier tipo de ayuda  moral (consultar a un(a) amigo(a),  pedir un consejo) sea en s&iacute; la prueba  reina de que una persona se encuentra  en efecto ante un aut&eacute;ntico dilema  moral. Conf&iacute;o que en lo que sigue  logre justificar mi posici&oacute;n en el debate.  Para tal efecto quiero servirme  de un ejemplo de pensamiento &eacute;tico.  Frankena en su <i>&Eacute;tica</i> describe la situaci&oacute;n  de S&oacute;crates, &quot;el patr&oacute;n fundador  de nuestra Filosof&iacute;a moral&quot; en  los siguientes t&eacute;rminos:</p>  <ul>&quot;Supongamos que toda la vida  hemos tratado de ser buenas personas  cumpliendo nuestros deberes  y esforz&aacute;ndonos por hacer lo  que es bueno para nuestros semejantes.  Sup&oacute;ngase, adem&aacute;s,  que a muchos de nuestros semejantes  les resultamos antip&aacute;ticos,  nosotros y nuestros actos, y  que nos consideran inclusive  como un peligro para la sociedad,  si bien no est&aacute;n en condiciones  de demostrar que esto sea realmente  as&iacute;. Sigamos suponiendo  que se nos acusa, se nos juzga y  se nos condena a muerte por un  jurado formado por individuos  que son nuestros iguales, todo  ello en una forma que consideramos  con raz&oacute;n ser totalmente  injusta. Supongamos, finalmente,  que mientras estamos en la  c&aacute;rcel en la espera de la ejecuci&oacute;n,  nuestros amigos arreglan  una oportunidad para que podamos  escapar y trasladarnos al  exilio con nuestra familia. Sostienen  que disponen de los medios  de soborno necesarios y que  ellos no corren riesgo alguno por  el hecho de nuestra fuga; que si  huimos gozaremos de una vida  m&aacute;s larga, que nuestra esposa y  nuestros hijos vivir&aacute;n en mejores  condiciones, que nuestros  amigos tendr&aacute;n todav&iacute;a ocasi&oacute;n  de vernos y que, en fin, todo el  mundo considera en general que  deber&iacute;amos escapar. ¿Deber&iacute;amos  aprovechar la oportunidad?&quot;.  (Frankena, 1965: 1)    </ul>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>De acuerdo con esta presentaci&oacute;n del  caso, que es la introducci&oacute;n al <i>Crit&oacute;n</i>  de Plat&oacute;n, S&oacute;crates quien es el prisionero,  ha de tomar una decisi&oacute;n.  Est&aacute; de por medio la propia vida, el  bienestar de la familia y la confianza  debida a la gente que le apoya y cree  en su inocencia. Su amigo y disc&iacute;pulo  Crit&oacute;n intenta persuadirlo para que  acepte la propuesta de huir y se inicia  entonces un di&aacute;logo cuyo &uacute;nico  objetivo es deliberar en torno a lo que  se ha de hacer en esa circunstancia  particular. S&oacute;crates se reafirma a s&iacute;  mismo, por medio del di&aacute;logo con su  amigo, que su decisi&oacute;n ha de estar  guiada por los siguientes criterios: (i)  no hay que dar tanta importancia a  la opini&oacute;n de la mayor&iacute;a (44c); (ii) no  hay que prestar atenci&oacute;n a ninguna  otra cosa que al razonamiento que,  al reflexionar, parece el mejor (46b);  (iii) no hay que considerar que lo m&aacute;s  importante es el vivir, sino vivir bien  (48b); (iv) no se debe cometer injusticia  (49b); (v) no se debe responder a  la injusticia con la injusticia, ni responder  haciendo mal cuando se recibe  el mal (49d); (vi) hay que respetar  los acuerdos (50a&#45; 54d). S&oacute;crates decide  no huir porque con su fuga estar&iacute;a  contradiciendo todos los anteriores  criterios: estar&iacute;a apost&aacute;ndole a la  opini&oacute;n de la mayor&iacute;a apocando de  esta manera la opini&oacute;n propia; estar&iacute;a  actuando apresuradamente sin  reflexionar acerca del mejor argumento  para la acci&oacute;n; estar&iacute;a viviendo  en contra de los principios que  hacen que su vida precisamente, no  sea vivida de cualquier manera; con  su fuga estar&iacute;a respondiendo con injusticia  a una injusticia recibida; y  estar&iacute;a violando un acuerdo t&aacute;cito  que ten&iacute;a con las leyes de su ciudad  de respetarlas y obedecerlas. S&oacute;crates  tiene la certeza de que su &uacute;nica  obligaci&oacute;n moral es la de ser un hombre  que lleve una vida de excelencia  humana (<i>aret&eacute;</i>), esto es, vivir su vida  con valent&iacute;a, justicia, moderaci&oacute;n,  piedad y sabidur&iacute;a. Esta certeza en  lo que se ha de hacer, hace que S&oacute;crates  tenga por m&aacute;s la muerte que  traicionar lo que &eacute;l mismo es y ha buscado  ser toda su vida: ser un hombre  coherente consigo mismo. Cuando se  busca actuar de este modo, la teor&iacute;a  del residuo moral (<i>moral remainder  thesis</i>) de Williams no tiene ning&uacute;n  sentido porque no hay ninguna otra  obligaci&oacute;n que quede en pie, en caso  de conflicto entre obligaciones. En el  caso del estudiante de Sartre, sucede  algo similar. &Eacute;l sabe que su principio  de acci&oacute;n m&aacute;s fuerte es el de ir a la  guerra, realmente no tiene elecci&oacute;n  porque &eacute;l mismo ya ha estado construyendo  su elecci&oacute;n de vida. Ha estado  &quot;comprometiendo&quot; su vida en la  construcci&oacute;n de una respuesta. Lo  que podemos afirmar es que en efecto  el joven estudiante se encuentra  ante una situaci&oacute;n dif&iacute;cil donde su  grado de libertad para la elecci&oacute;n se  ve afectado directamente por la potencial  inestabilidad emocional de un  tercero. Pero ¿qu&eacute; hay con la propia  estabilidad emocional? El joven estudiante  no puede ser responsable de  la felicidad de un tercero, &eacute;l ha de ser  responsable de su propia felicidad, de  sus propias acciones voluntarias. Aun  en casos como el de Ant&iacute;gona, hay un  curso de acci&oacute;n a seguir m&aacute;s fuerte  que cualquier otro: enterrar a los  muertos.</p>      <p>Ant&iacute;gona, S&oacute;crates, y el joven estudiante  convergen en el hecho de mantener  principios que son irrenunciables,  incluso est&aacute;n dispuestos a sacrificar  la propia vida en aras de ser consecuentes  con sus principios de acci&oacute;n  moral. Discrepan eso s&iacute;, en la consecuci&oacute;n  misma de sus principios de  acci&oacute;n. Mientras que Ant&iacute;gona desaf&iacute;a  las leyes, S&oacute;crates busca obedecerlas  o persuadirlas, y el joven estudiante  busca defender las leyes de un pueblo  uni&eacute;ndose a su ej&eacute;rcito. Ninguno  realmente se ve enfrentado(a) a tener  que hacer una elecci&oacute;n, o enfrentarse  a un aut&eacute;ntico dilema moral, porque  ya la elecci&oacute;n estaba hecha. No hay  necesidad de ser h&eacute;roes y hero&iacute;nas  para lograr estas certezas morales.  Hay que ejercitar el juicio moral y la  capacidad para la deliberaci&oacute;n por  medio de la lectura y el an&aacute;lisis de  casos. &Eacute;sta no es una tarea de unas  cuantas horas de vida, es un compromiso  de vida que se teje en torno a la  reflexi&oacute;n &eacute;tica de descubrir elementos  para la constituci&oacute;n de un car&aacute;cter  que responda al logro de una vida  de excelencia humana. Pero: ¿cu&aacute;les  pueden ser esos criterios?, ¿c&oacute;mo educar  la capacidad de juicio?, ¿cu&aacute;les  ser&iacute;an sus condiciones, sus l&iacute;mites?,  ¿existir&iacute;an cursos de acci&oacute;n que son  correctos en s&iacute; mismos y susceptibles  de ser verificados?, ¿existen los errores  morales? Estas preguntas no son  f&aacute;ciles de contestar y el prop&oacute;sito de  este ensayo ha sido el de contextualizar  un debate reciente que me ha llevado  a la formulaci&oacute;n de las anteriores  preguntas. Pero el formularlas,  tiene el &aacute;nimo de se&ntilde;alar un asunto  complejo que ameritar&iacute;a futuras investigaciones.</p>          <p><b>NOTAS AL PIE DE P&Aacute;GINA</b></p>        <p><a name="nota1">1. </a>Seguramente Apolo envi&oacute; a Orestes a la fortaleza de Atenea no s&oacute;lo por ser &eacute;sta una diosa sabia, sino por  su condici&oacute;n de ser la hija predilecta de Zeus que naci&oacute; sin madre. Lesky se&ntilde;ala que el juicio all&iacute; presente  tiene otro alcance: &quot;Apolo, el hijo de Zeus, representa un mundo divino m&aacute;s joven, que es un mundo  patriarcal. Por ello pesa m&aacute;s para &eacute;l el asesinato de Agamen&oacute;n y el mandato de venganza de Orestes que  el matricidio. Por otra parte, las Erinias representan aquel poderoso mundo primitivo que es el rezago de  todos los nacimientos y donde la madre lo es todo&quot;. (Lesky, 1985: 290)</p>      <p><a name="nota2">2. </a>Lemmon tiene en mente, cuando hace esta distinci&oacute;n de las fuentes del conocimiento de lo que se ha de  hacer, el trabajo anal&iacute;tico de P. H. Nowell&#45;Smith (1954) quien hace un estudio riguroso del modo en que se  emplean cada una de las siguientes parejas de palabras &quot;<i>right</i>&quot; y &quot;<i>ought</i>&quot;; &quot;<i>duty</i>&quot; y &quot;<i>obligation</i>&quot;; &quot;<i>duty</i>&quot; y  &quot;<i>purpose</i>&quot;.</p>      <p><a name="nota3">3. </a>Cabe anotar aqu&iacute; que nuestro autor supone su propia sociedad brit&aacute;nica.</p>      <p><a name="nota4">4. </a>&quot;El estudiante vive con su anciana madre, quien no cuenta ni con su esposo ni con su hijo mayor para  velar por ella, y cuyo &uacute;nico consuelo para vivir es su hijo menor. Este hijo, sin embargo, desea viajar a  Inglaterra para unirse a las Fuerzas Francesas Libres. &Eacute;l entiende que su partida puede acabar con la  vida de su madre, y tambi&eacute;n entiende que unirse a la lucha puede ser como una gota de agua que se  desvanece en medio de la arena. De modo que este joven estudiante es confrontado por dos diferentes  modos de acci&oacute;n; una concreta, inmediata pero dirigida s&oacute;lo hacia un individuo; otra apunta hacia un fin  infinitamente mayor, a una colectividad nacional, pero por esa misma raz&oacute;n es ambigua y abstracta. El  joven estudiante se enfrenta entonces a dos clases de moralidad; de un lado est&aacute; la moral de la simpat&iacute;a,  de devoci&oacute;n personal; del otro lado hay una moral m&aacute;s amplia pero de cuestionable validez. El joven  estudiante tiene que escoger entre estas dos. ¿Qui&eacute;n puede ayudarlo a escoger?&quot; (Sartre, 1946: 43&#45;45)</p>      <p><a name="nota5">5. </a>Williams, B. &quot;Ethical Consistency&quot; originalmente publicado en <i>Proceedings of the Aristotelian Society</i>,  supplementary Volumen 39, 1965: 103&#45;24.</p>      <p><a name="nota6">6. </a>Para una discusi&oacute;n m&aacute;s detallada del tema del realismo moral tener en cuenta el libro editado de Sayre&#45;  McCord (1988) <i>Essays on Moral Realism</i>, en particular el art&iacute;culo de Mark Platts: &quot;Moral Reality&quot;. Para  una lectura cr&iacute;tica de los argumentos usados por Williams para se&ntilde;alar la inconsistencia l&oacute;gica del realismo  moral, tener presente el art&iacute;culo de Guttenplan, S: &quot;Moral Realism and Moral Dilemmas&quot; en <i>Proceedings  of the Aristotelian Society</i>, Volumen 80, 1979: 61&#45;80.</p>      <p><a name="nota7">7. </a>La palabra inglesa <i>belief</i> en este art&iacute;culo de Williams puede entenderse de dos maneras: como creencia y  como convicci&oacute;n. En nuestro trabajo nos inclinamos por la segunda acepci&oacute;n ya que la primera puede  prestarse para todo tipo de ambigüedades.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a name="nota8">8. </a>Van Fraassen en su art&iacute;culo &quot;Values and the Heart&acute;s Command&quot; sostiene que es m&aacute;s apropiado hablar de  culpa (<i>guilt</i>) que de <i>regret</i>, para distinguir un dilema moral de otro tipo de conflicto. (en Gowans, 1987:  138&#45;153)</p>      <p><a name="nota9">9. </a>Donagan, A. &quot;Consistency in Rationalist Moral Systems&quot; originalmente publicado en <i>The Journal of  Philosophy</i> Volumen 85, 1984: 291&#45; 309.</p>      <p><a name="nota10">10. </a>Ver de Santo Tom&aacute;s en su <i>Summa Theologica</i> los siguientes: I&#45; II, 19, 6, 3; II&#45; II, 62, 2; III, 64, 6, 3. En su  De veritate los siguientes: 17, 4, 8.</p>      <p><a name="nota11">11. </a>A prop&oacute;sito de esto Steiner afirma que: &quot;solamente a un texto literario le ha sido dado expresar todas las  constantes principales de conflicto propias de la condici&oacute;n del hombre. Esas constantes son cinco: el enfrentamiento  entre hombres y mujeres; entre la senectud y la juventud; entre la sociedad y el individuo;  entre los vivos y los muertos; entre los hombres y Dios (o los dioses). Los conflictos procedentes de estos  cinco tipos de enfrentamiento no son objeto de negociaciones&quot;. (Steiner, 1996: 275)</p>      <p><a name="nota12">12. </a>Ross desarrolla su tesis de las obligaciones <i>prima facie</i> de la siguiente manera: &quot;I suggest &acute;<i>prima facie  duty</i>&acute; or &acute;<i>conditional duty</i>&acute; as a brief way of referring to the characteristic (quite distinct from that of being  a duty proper) which an act has, in virtue of being of a certain kind (e.g. the keeping of a promise), of being  an act which would be a duty proper if it were not at the same time of another kind which is morally  significant&quot; (Ross, 1930 en Gowans, 1987: 86). Ross afirma que tenemos obligaciones <i>prima facie</i> de ser  leales, no decir mentiras, ser gratos, justos, beneficiar a los dem&aacute;s, y propender por el propio mejoramiento  personal. Ross asegura que en una situaci&oacute;n conflictiva lo que se ha de hacer es evaluar la situaci&oacute;n y  descubrir cu&aacute;l es la obligaci&oacute;n de mayor incumbencia: &quot;When I am in a situation, as perhaps I always am,  in which more than one of these <i>prima facie</i> duties is incumbent on me, what I have to do is to study the  situation as fully as I can until I form the considered opinion (it is never more) that in the circumstances  one of them is more incumbent than any other; then I am bound to think that to do this <i>prima facie</i> duty  is my duty <i>sans phrase</i> in the situation&quot; (Ross, 1930 en Gowans, 1987: 86).</p>          <hr size="1">          <p><font size="3"><b>BIBLIOGRAFÌA</b></font></p>        <!-- ref --><p>ARIST&Oacute;TELES. <i>&Eacute;tica Nic&oacute;maquea</i>.  Traducci&oacute;n e introducci&oacute;n de  Antonio G&oacute;mez Robledo. M&eacute;xico:  Porr&uacute;a. 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000489&pid=S0123-5923200100030000400001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>ARIST&Oacute;TELES. <i>Nicomachean Ethics</i>.  Traducci&oacute;n, introducci&oacute;n, notas  y glosario de Trence Irwin.  Cambridge: Hackett Publishing  Company. 1985.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000490&pid=S0123-5923200100030000400002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>BORGES, J. <i> nueva  antolog&iacute;a personal</i>. Barcelona:  Bruguera. 1980.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000491&pid=S0123-5923200100030000400003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>DONAGAN, A. &quot;Consistency in Rationalist  Moral Systems.&quot; 1984.  En Gowans, C.W.  <i>Moral Dilemmas</i>. New York: Oxford University Press.    (1987: 271&#45;290).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000492&pid=S0123-5923200100030000400004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>DONAGAN, A. &quot;Moral Dilemmas, Genuine  and Spurious: A Comparative  Anatomy.&quot; 1993. En Mason, H.E. <i>Moral Dilemmas and Moral  Theory</i>. New York: Oxford University Press. (1996: 11&#45;22).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000493&pid=S0123-5923200100030000400005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>ESQUILO. <i>Las siete tragedias</i>. (La  Trilog&iacute;a de Orestes fue representada  en el a&ntilde;o 458 antes  de nuestra era). M&eacute;xico:  Porr&uacute;a 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000494&pid=S0123-5923200100030000400006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>FRANKENA, W. <i>Ethics</i>. New Jersey:  Prentice&#45;Hall. 1973.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000495&pid=S0123-5923200100030000400007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>GOWANS, C. W. (Ed). <i>Moral Dilemmas</i>.  New York: Oxford University  Press. 1987.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000496&pid=S0123-5923200100030000400008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>GUTTENPLAN, S. &quot;Moral Realism and  Moral Dilemmas&quot; 1980. En    <i>Proceedings of the Aristotelian  Society</i>, Vol. 80: 61&#45;80.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000497&pid=S0123-5923200100030000400009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>KANT, I. <i>Fundamentaci&oacute;n de la metaf&iacute;sica  de las costumbres</i>. Barcelona:  Editoral Ariel, S.A.  1996.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000498&pid=S0123-5923200100030000400010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>KANT, I. <i>Principios metaf&iacute;sicos de la  doctrina del derecho</i>. M&eacute;xico:  Universidad Nacional Aut&oacute;noma  de M&eacute;xico. 1968.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000499&pid=S0123-5923200100030000400011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>LEMMON, E, J. &quot;Moral Dilemmas&quot;  1962. En Gowans, C.W. <i>Moral Dilemmas</i>. New York: Oxford University Press.   (1987: 101 &#45; 114).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000500&pid=S0123-5923200100030000400012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>LESKY, A. <i>Historia de la literatura  griega</i>. Madrid: Gredos. 1985.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000501&pid=S0123-5923200100030000400013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>MACINTYRE, A. <i>After Virtue: A Study  in Moral Theory</i>, Indiana: Notre  Dame University Press.  1981.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000502&pid=S0123-5923200100030000400014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>MACINTYRE, A. &quot;Moral Dilemmas&quot;. <i>Philosophy  and Phenomenological Research</i>,  sup. Vol. 50: 367 &#45; 82.  1990.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000503&pid=S0123-5923200100030000400015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>MARCUS, R, B. &quot;Moral Dilemmas and  Consistency.&quot; 1980. En Gowans, C.W. <i>Moral Dilemmas</i>. New York: Oxford University Press.   (1987: 188 &#45; 204).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000504&pid=S0123-5923200100030000400016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>MASON, H. E. (Ed). <i>Moral Dilemmas  and Moral Theory</i>. Oxford:  Oxford University Press. 1996.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000505&pid=S0123-5923200100030000400017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  MCCONNELL, T.C. &quot;Moral Dilemmas  and Consistency in Ethics&quot;  1978. En Gowans, C.W. <i>Moral Dilemmas</i>. New York: Oxford University Press. (1987: 154 &#45; 173).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000506&pid=S0123-5923200100030000400018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>MCCONNELL, T.C. &quot;Moral Residue and dilemmas&quot;   1996. En Mason, H.E. <i>Moral Dilemmas and Moral Theory</i>. New York: Oxford University Press. (1996: 36 &#45; 47).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000507&pid=S0123-5923200100030000400019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>MOTHETSILL, M. &quot;The Moral Dilemma  Debate.&quot;  1996.  En Mason, H.E. <i>Moral Dilemmas and Moral Theory</i>. New York: Oxford University Press. (1996: 66 &#45; 85).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000508&pid=S0123-5923200100030000400020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>NOWELL&#45;SMITH, P. H. <i>Ethics</i>. London:  A Pelican Book. 1954.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000509&pid=S0123-5923200100030000400021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>PATON, H. J. <i>The Categorical Imperative</i>.  London: Hutchinson&acute;s  University Library. 1946.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000510&pid=S0123-5923200100030000400022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>PLAT&Oacute;N. <i>Di&aacute;logos</i>. M&eacute;xico: Porr&uacute;a.  2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000511&pid=S0123-5923200100030000400023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>ROSS, W. D. <i>The Right and the Good</i>.  Oxford: Oxford University  Press. 1930.  Sagradas Escrituras&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000512&pid=S0123-5923200100030000400024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>SANTO TOM&Aacute;S. <i>Summa Theologica y  De veritate</i>. Biblioteca de autores  cristianos. S.L.: Marietti, 1961.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000513&pid=S0123-5923200100030000400025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>SARTRE, J. P. <i>L&acute; esistenzialism &egrave; un  umanismo</i>. Milano: Les Editions  Nagel S. A. 1946.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000514&pid=S0123-5923200100030000400026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>SAYRE&#45;MCCORD, G. (Ed). <i>Essays on  Moral Realism</i>. London: Cornell  University Press. 1988.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000515&pid=S0123-5923200100030000400027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>SINNOTT&#45;ARMSTRONG, W. <i>Moral Dilemmas</i>.  Oxford: Basil Blackwell.  1988.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000516&pid=S0123-5923200100030000400028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>STEINER, G. <i>Ant&iacute;gona: la traves&iacute;a de  un mito universal por la historia  de Occidente</i>. Espa&ntilde;a: Gedisa.  1996.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000517&pid=S0123-5923200100030000400029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>STYRON, W. <i>Sophie&acute;s Choice</i>. New  York: Random House, Inc.  1979.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000518&pid=S0123-5923200100030000400030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>S&Oacute;FOCLES. <i>Ant&iacute;gona</i>. Barcelona: Planeta  de Agostini. 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000519&pid=S0123-5923200100030000400031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>VAN FRAASSEN, B. &quot;Values and the  Heart&acute;s Command&quot;, 1973.   En Gowans, C.W. <i>Moral Dilemmas</i>. New York: Oxford University Press.  (1987: 138 &#45; 153).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000520&pid=S0123-5923200100030000400032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>WALLACE, G AND WALKER, M. (Ed).    <i>The Definition of Morality</i>.  London: The Camelot Press  Ltd. 1970.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000521&pid=S0123-5923200100030000400033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>WILLIAMS, B. &quot;Ethical Consistency&quot;,  en <i>Proceedings of the Aristotelian  Society</i>, suppl. Vol. 39: 103  &#45; 124. 1965.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000522&pid=S0123-5923200100030000400034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>WILLIAMS, B.  <i>Morality: An Introduction to  Ethics</i>. Cambridge: Cambridge  University Press. 1972.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000523&pid=S0123-5923200100030000400035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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