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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="Verdana">       <p><A href="http://dx.doi.org/10.15446/lthc.v18n1.54685" target="_blank"> http://dx.doi.org/10.15446/lthc.v18n1.54685 </A></p>      <p align="center"><font size="4"><b>Gabriel Garc&iacute;a M&aacute;rquez: entre la pluma, el humor y el fusil </b></font></p>      <p align="right"><b>Andr&eacute;s San&iacute;n </b>    <br>  <i>Harvard University, Cambridge, Estados Unidos </i>    <br> <a href="mailto:pachosanin@hotmail.com">pachosanin@hotmail.com</a></p> <hr>     <p>A celebraci&oacute;n del realismo m&aacute;gico, incluso como eslogan publicitario del pa&iacute;s, y el af&aacute;n por rescatar los eventos m&aacute;s graves que denuncia <i>Cien a&ntilde;os de soledad</i> han marginado elementos como el humor y el juego, que a primera vista parecen ligeros, pero que considero claves a la hora de enfrentar dos grandes problemas de ese tiempo: primero, a nivel internacional, la Revoluci&oacute;n cubana impon&iacute;a a los escritores elegir entre empu&ntilde;ar la pluma o el fusil; y segundo, a nivel nacional, estaba vigente la pregunta por c&oacute;mo representar la violencia que ven&iacute;a azotando al pa&iacute;s, sin reproducirla ni volver a f&oacute;rmulas gastadas que, con un realismo desgarrado, se conformaban con mostrar las v&iacute;sceras de los muertos que hab&iacute;a dejado la violencia.</p>     <p>Como intentar&eacute; demostrar, el humor l&uacute;dico de <i>Cien a&ntilde;os de soledad </i>constituye una po&eacute;tica que celebra la vida, ridiculiza el dogmatismo y busca superar la fragmentaci&oacute;n propia de la melancol&iacute;a, consolidando una comunidad en torno de la risa. Adem&aacute;s, el humor aporta el componente subversivo que acompa&ntilde;a a la revoluci&oacute;n pol&iacute;tica, desde una est&eacute;tica experimental, cr&iacute;tica de s&iacute; misma y autorreflexiva, que rechaza el uso fan&aacute;tico y ciego de la violencia.</p>      <p>Veamos r&aacute;pidamente el contraste entre el juego violento de la guerra y otro juego que representa la novela: el de la literatura. Cuando el coronel Aureliano Buend&iacute;a sale de Macondo a extender su revoluci&oacute;n, deja encargado a Arcadio. El poder se le sube a la cabeza al antiguo profesor, que termina convertido en un tirano, incluso peor que aquellos a los que pretend&iacute;a derrocar:</p>    <blockquote>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Para que nadie pusiera en duda la severidad de sus prop&oacute;sitos, &#91;Arcadio&#93; mand&oacute; que un pelot&oacute;n de fusilamiento se entrenara en la plaza p&uacute;blica disparando contra un espantap&aacute;jaros. Al principio nadie lo tom&oacute; en serio. Eran, al fin de cuentas, <i>los muchachos de la escuela jugando a gente mayor</i>. Pero una noche, al entrar Arcadio en la tienda de Catarino, el trompetista de la banda lo salud&oacute; con un toque de fanfarria que <i>provoc&oacute; las risas de la clientela</i>, y Arcadio lo hizo fusilar por irrespeto a la autoridad. (<i>Cien a&ntilde;os </i>126, &eacute;nfasis a&ntilde;adido)</p></blockquote>      <p>Unos muchachos jugando a fusilar a un espantap&aacute;jaros ya es algo risible. El trompetista, como buen artista, lo nota. Su burla no es bien recibida por ese hombre r&iacute;gido, incapaz de re&iacute;rse de s&iacute; mismo y de darse cuenta de que solo est&aacute; jugando. Es por eso que, a rengl&oacute;n seguido, viene de la mano de &Uacute;rsula un castigo c&oacute;mico en contra de quien abusa de su posici&oacute;n de poder. Tan pronto Arcadio se dispon&iacute;a a fusilar al trompetista, la vieja &Uacute;rsula, armada de un rebenque, irrumpi&oacute; en el cuartel y </p>    <blockquote>      <p>azot&aacute;ndolo sin misericordia, lo persigui&oacute; hasta el fondo del patio, donde Arcadio se enroll&oacute; como un caracol. &#91;...&#93; Dej&oacute; a Arcadio con el uniforme arrastrado, bramando de dolor y rabia. (126-127) </p></blockquote>      <p>La risa brota por la justicia c&oacute;mica con la que &Uacute;rsula castiga la falta de humor de Arcadio y confirma aquello que dec&iacute;a Henri Bergson al teorizar sobre la risa: un personaje c&oacute;mico es rid&iacute;culo en la medida en que no tiene la elasticidad mental y la capacidad para distanciarse de s&iacute; mismo y, en cambio, repite con rigidez, inconsciencia y automatismo su papel (13-15). Gracias al distanciamiento del episodio c&oacute;mico, los muchachos armados son rebajados a ni&ntilde;os que juegan a hacer la guerra, pero que huyen, cobardemente, cuando llega mam&aacute; y azota su hombr&iacute;a. Algo similar ocurre con el coronel Aureliano Buend&iacute;a, quien ha optado por todas las formas de lucha, pues, seg&uacute;n dice, "lo &uacute;nico eficaz es la violencia" (<i>Cien a&ntilde;os </i>120). Promueve treinta y dos levantamientos y los pierde todos, escapa a catorce atentados y se convierte en un h&eacute;roe m&iacute;tico. Lo &uacute;nico que le queda de la violencia, ese m&eacute;todo "tan eficaz", es un pu&ntilde;ado de derrotas, una calle con su nombre y una muerte solitaria.</p>      <p>Otro juego aventaja al de la guerra: el de la literatura, un juego que rescata a Aureliano Babilonia del encierro, la soledad y la melancol&iacute;a que lo embargan a causa del fantasma traum&aacute;tico de la masacre de las bananeras. El cambio se da gracias a su amistad con esos cuatro amigos escritores, a la cabeza del sabio catal&aacute;n, fundada en el humor, la parranda y la literatura como juego:</p>    <blockquote>      <p>Para un hombre como &eacute;l, encasillado en la realidad escrita, aquellas sesiones tormentosas que empezaban en la librer&iacute;a a las seis de la tarde y terminaban en los burdeles al amanecer fueron una revelaci&oacute;n. <i>No se le hab&iacute;a ocurrido pensar hasta entonces que la literatura fuera el mejor juguete que se hab&iacute;a inventado para burlarse de la gente</i>, como lo demostr&oacute; &Aacute;lvaro una noche de parranda. (<i>Cien a&ntilde;os </i>440, &eacute;nfasis a&ntilde;adido) </p></blockquote>      <p>Vemos que la literatura como juguete est&aacute; del lado de la vida, del erotismo, de la camarader&iacute;a y del humor sin l&iacute;mites, m&aacute;s que del encierro tormentoso de la erudici&oacute;n o de esa sabidur&iacute;a, que, seg&uacute;n el sabio catal&aacute;n, no vale la pena si no es "posible servirse de ella para inventar una manera nueva de preparar los garbanzos" (440). En el burdel donde terminaban sus conversaciones, la propietaria se burlaba de la credulidad de los clientes, "que admit&iacute;an como algo cierto un establecimiento que no exist&iacute;a sino en la imaginaci&oacute;n, porque all&aacute; hasta las cosas tangibles eran irreales" (440). Del lado de ese sentido de irrealidad, desde el que la literatura caricaturiza <i>lo real</i>, y junto a estos escritores que tratan de incendiar la casa, para demostrar que no existe (441), Aureliano descubre en el burdel imaginario y en la cama de Nigromanta la cura para la timidez, que lo llevar&aacute; a encontrar la felicidad en el amor de Amaranta &Uacute;rsula, por encima del miedo a engendrar un hijo con cola de marrano. Es gracias a esa comunidad consolidada en torno de la risa que Aureliano encuentra una forma de superar la melancol&iacute;a y la soledad, como le ocurri&oacute; al mismo Garc&iacute;a M&aacute;rquez tras presenciar el Bogotazo, y de encontrar en la literatura una salida al desenga&ntilde;o y la desaz&oacute;n en que quedaron otros escritores, como Gonzalo Arango.<sup><a name="nu1"></a><a href="#num1">1</a></sup></p>      <p>Como un modelo de los escritores del <i>Boom</i>, que buscaban escribir esa gran novela latinoamericana que le diera al continente su identidad, el grupo de escritores de <i>Cien a&ntilde;os de soledad </i>trata de hacer algo perdurable, a instancias del sabio catal&aacute;n, quien los impulsa a buscar la "trigesimos&eacute;ptima situaci&oacute;n dram&aacute;tica" (443). La b&uacute;squeda de estos escritores se da "en un pueblo donde ya nadie tiene inter&eacute;s ni posibilidades de ir m&aacute;s all&aacute; de la escuela primaria" (443) y pese a saber que el destino de la literatura es ef&iacute;mero. Prueba de esta consciencia es, por ejemplo, el episodio en el que el narrador cuenta que Alfonso perdi&oacute; en "la casa de las muchachitas" (452) unos pliegos de los manuscritos del sabio catal&aacute;n, quien en vez de enfurecerse "coment&oacute; muerto de risa que aquel era el destino natural de la literatura" (453): el olvido, pero el olvido en medio de la vida alegre y la amistad. Esta situaci&oacute;n contrasta con las exigencias de compromiso militante que se les hac&iacute;a a los escritores desde Cuba, so pena de ser juzgados por reaccionarios, evasivos, burgueses o poco comprometidos con el cambio social, como ocurri&oacute; con Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy o Heberto Padilla.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Esa capacidad para re&iacute;rse de s&iacute; mismo que no tiene Arcadio, pero de la que s&iacute; goza el grupo de escritores, refleja la de Garc&iacute;a M&aacute;rquez y sus amigos de La Cueva. As&iacute; lo reconoce en <i>Vivir para contarla</i>, cuando narra que en una alicorada discusi&oacute;n sobre Faulkner desafi&oacute; a &Aacute;lvaro Cepeda Samudio a resolver la disputa a los pu&ntilde;os:</p>    <blockquote>      <p>Iniciamos el impulso para levantarnos de la mesa y echarnos al medio de la calle, cuando la voz impasible de Germ&aacute;n Vargas nos fren&oacute; en seco con una lecci&oacute;n para siempre: &mdash;El que se levante primero ya perdi&oacute;. (104) </p></blockquote>      <p>El secreto para mantenerse unidos, a pesar de sus diferencias, y no recurrir a la violencia, dice Garc&iacute;a M&aacute;rquez, fue burlarse de todo. Perder la paciencia, pero nunca el humor.<sup><a name="nu2"></a><a href="#num2">2</a></sup>  En el libro <i>El pu&ntilde;o invisible, arte, revoluci&oacute;n y un siglo de cambios culturales</i>, de Carlos Gran&eacute;s, se dice que "en el ADN del arte contempor&aacute;neo est&aacute;n estas dos actitudes: la violencia y el humor, &#91;...&#93; el gesto transgresor y el gesto cotidiano, Di&oacute;genes y Pirr&oacute;n" (46). Estas palabras sirven para preguntarse d&oacute;nde se sit&uacute;a el arte de Garc&iacute;a M&aacute;rquez. La an&eacute;cdota de <i>Cien a&ntilde;os de soledad</i> que citamos como reflejo de la actitud festiva de los escritores <i>alter ego</i> de los de La Cueva y la ridiculizaci&oacute;n constante de figuras ligadas a las armas parecen inclinar su arte del lado del humor como forma revolucionaria de alcanzar una liberaci&oacute;n subjetiva que posibilite un cambio material, entendiendo que si bien el arte no puede cambiar las estructuras de la sociedad, s&iacute; puede transformar la subjetividad del artista y su p&uacute;blico.</p>     <p>Gran&eacute;s se&ntilde;ala que para Marcel Duchamp "renunciar al mundo y a sus convenciones daba la libertad para reinventarse a s&iacute; mismo y vivir la vida que se quer&iacute;a vivir" (47). Duchamp era un esp&iacute;ritu esc&eacute;ptico, que pon&iacute;a en duda las verdades impuestas por la ley y la costumbre y que optaba por seguir "su propio camino burl&aacute;ndose de lo establecido e inventando lo que Octavio Paz llam&oacute; un arte de liberaci&oacute;n interior" (47). Podemos decir que esos escritores que en <i>Cien a&ntilde;os de soledad</i> insisten en el juego burl&oacute;n de la literatura, pese al analfabetismo de Macondo, comparten algo de ese esp&iacute;ritu que no se toma las cosas tan en serio y que busca, ante todo, la libertad y la celebraci&oacute;n de la vida en comunidad.</p>      <p><i>Cien a&ntilde;os de soledad</i> reconoce, sin embargo, lo problem&aacute;tico de entregarse al juego literario en un espacio de precariedad econ&oacute;mica y de bajo acceso a los medios para ejercer la libertad creativa. En la novela, se insiste en el ejercicio pleno del arte, aunque d&aacute;ndole una dimensi&oacute;n m&aacute;s mundana, ligada a la vida, a la bohemia y a lo popular, en vez de una de privilegio, jerarqu&iacute;a, estatus social e intelectual. Si Fidel Castro les ped&iacute;a a los artistas aceptar unas restricciones a su libertad de expresi&oacute;n, con el fin de alcanzar unas condiciones materiales que en el futuro expandir&iacute;an dicha libertad creativa a todos los que antes no hab&iacute;an tenido la oportunidad de acceder a la recepci&oacute;n y a la creaci&oacute;n literaria, Gabriel y sus amigos, en la novela, no renuncian a esta &uacute;ltima, e incluso la comparten con los miembros menos privilegiados del pueblo. Garc&iacute;a M&aacute;rquez logra satisfacer las demandas de la revoluci&oacute;n, que pide una literatura que trate problemas sociales y est&eacute; al alcance del pueblo, con el esp&iacute;ritu vitalista, l&uacute;dico y humor&iacute;stico propio de una literatura m&aacute;s experimental, que podr&iacute;a resultar sospechosa por su falta de compromiso y por su ambivalencia.</p>      <p>Al dilema que la Revoluci&oacute;n cubana le impon&iacute;a a Garc&iacute;a M&aacute;rquez de si empu&ntilde;ar la pluma o el fusil, se sumaba la pregunta de por qu&eacute; no hab&iacute;a escrito una novela pol&iacute;tica comprometida sobre la violencia. No era una pregunta f&aacute;cil de contestar, pues implicaba resolver el gran problema de c&oacute;mo hablar de la brutalidad sin rendirse a la atracci&oacute;n o al morbo que ella suele producir, sin recrudecerla o fomentarla con sus textos. Seg&uacute;n H&eacute;ctor Hoyos, hab&iacute;a un sentimiento de verg&uuml;enza tanto por hablar de ella como por no tener el coraje de hacerlo (v&eacute;ase Hoyos). Adem&aacute;s de buscar la forma de representarla, los escritores deb&iacute;an tambi&eacute;n tomar posici&oacute;n con respecto a la violencia y distinguir entre diversos tipos, seg&uacute;n su fuente. En un art&iacute;culo de 1959, Garc&iacute;a M&aacute;rquez responde en estos t&eacute;rminos a la pregunta de c&oacute;mo representar la violencia: "La novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del coraz&oacute;n corr&iacute;an el riesgo de que les sacaran las tripas" ("Dos o tres cosas" 728).</p>      <p>Son la distancia y el vitalismo del humor carnavalesco los que le permitieron a Garc&iacute;a M&aacute;rquez sobreponerse a la melancol&iacute;a de permanecer con los muertos y, en cambio, representar la vida que queda y la forma en la que los sobrevivientes logran recuperarse de la p&eacute;rdida y seguir viviendo, as&iacute; sea para contarla. Con el humor y el juego, el escritor encontr&oacute; un punto medio entre la experimentaci&oacute;n literaria y una iron&iacute;a demasiado fina, que corre el riesgo de no comunicarle nada al lector promedio. Evit&oacute;, tambi&eacute;n, caer en una literatura demag&oacute;gica, que buscara simplemente educar al pueblo, con un paternalismo condescendiente y unas formas realistas gastadas que poco efecto surten. Al contrario, cre&oacute; un juego literario que desafi&oacute; a sus distintos lectores, invit&aacute;ndolos a reconstituir el sentido de la obra y de esos personajes a los que &eacute;l mismo llam&oacute;, en una entrevista con su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, "rompecabezas armados con piezas de muchas personas distintas", incluy&eacute;ndose a s&iacute; mismo (Apuleyo y Garc&iacute;a M&aacute;rquez 42). El m&eacute;rito de su madre como lectora, dice, es que tiene la destreza de los arque&oacute;logos para reconstruir el animal a partir de las v&eacute;rtebras. El doble sentido l&uacute;dico est&aacute; dado en la creaci&oacute;n de quien construye el rompecabezas como autor y en la labor creativa de quien lo reconstruye como lector e intenta identificar a qui&eacute;n corresponde cada pieza.</p>      <p>El humor y el juego en <i>Cien a&ntilde;os de soledad </i>no solo apuntan a lo pol&iacute;tico, sino que tambi&eacute;n subvierten otro tipo de discursos. En ese rompecabezas que es la novela, Garc&iacute;a M&aacute;rquez toma elementos que se presentan como r&iacute;gidos y solemnes, la Biblia, la muerte, el incesto como el mayor de los pecados, y los deforma con su humor hasta m&aacute;s no poder. La muerte deambula por la vida, se funde con ella, de tal manera que los muertos conviven con los vivos y estos les env&iacute;an cartas con quienes, como Amaranta, est&aacute;n por morir y hacen del hecho tr&aacute;gico un carnaval c&oacute;mico. Por otra parte, el incesto, uno de los m&aacute;s antiguos tab&uacute;es de la sociedad, se ridiculiza al punto de materializarse en la grotesca cola de cerdo del &uacute;ltimo Buend&iacute;a. As&iacute;, uno a uno, los miedos van disip&aacute;ndose en una risa vitalista que celebra el amor, la libertad, la solidaridad y la camarader&iacute;a, y abre un horizonte de posibilidad distinto al de la pugna, la violencia y la soledad.</p>      <p>El hecho de que el personaje Gabriel tenga las obras de Rabelais es un indicio de la posible influencia de lo carnavalesco, de Mija&iacute;l Bajt&iacute;n, en <i>Cien a&ntilde;os de soledad</i>, lo que refuerza la idea de reconstruir una comunidad en torno al humor en la novela<i>. </i>Cercano a la teor&iacute;a de la risa de Bergson, Bajt&iacute;n encuentra en el carnaval una subversi&oacute;n moment&aacute;nea del orden oficial y de las divisiones sociales e ideol&oacute;gicas. En este, se da una suerte de comuni&oacute;n entre iguales, prevalece lo sensual y lo l&uacute;dico y hay un momento de renacimiento y renovaci&oacute;n, en el que, parad&oacute;jicamente, se resiste al orden impuesto, pero a su vez se le perpet&uacute;a con ciertas diferencias dadas por ese car&aacute;cter renovador. La novela con su esp&iacute;ritu carnavalesco y folkl&oacute;rico y con su juego de m&aacute;xima aproximaci&oacute;n, cuestiona, relativiza y parodia todos los discursos, incluso a s&iacute; misma, destruyendo la &eacute;pica y los dogmas a punta de esas risas que Bajt&iacute;n identifica en el carnaval.<sup><a name="nu3"></a><a href="#num3">3</a></sup></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Siguiendo ese esp&iacute;ritu carnavalesco y burl&oacute;n, <i>Cien a&ntilde;os de soledad </i>se r&iacute;e de los partidos antag&oacute;nicos, que no se distinguen el uno del otro y que avivan el odio y el fanatismo, as&iacute; como de los gestos heroicos de quienes entregan la vida luchando, como Gregorio Stevenson, bajo un ropaje travestido; se r&iacute;e tambi&eacute;n de los cient&iacute;ficos que, como Jos&eacute; Arcadio padre, descubren el agua tibia, de los candidatos a papa que, como el hijo de Fernanda, sucumben a los placeres hedonistas y decadentes, o de las cachacas arribistas que conjugan lo escatol&oacute;gico divino y mundano en bacinillas de oro. La novela se burla de personajes orgullosos y grotescos, como Aureliano Segundo, que se atragantan hasta la inconsciencia para ganar un concurso o que juegan a hacer la guerra para buscar la paz, sin darse cuenta de que ponen en riesgo la vida misma, por imponerse en lo que es solo un juego. Los sujetos c&oacute;micos son aquellos que no se distancian de s&iacute; mismos y no comprenden que en esta vida no se tiene certeza ni de la existencia misma, como le advierte el p&aacute;rroco de Macondo a Aureliano Babilonia. Estos personajes se recluyen en su soledad, se aprisionan entre el cors&eacute; de la solemnidad, de la moralidad, del saber, de la verdad, del radicalismo, del poder o del miedo a pecados como el incesto.</p>      <p>En la novela, el humor juguet&oacute;n fomenta una suerte de elasticidad mental que sirve como ant&iacute;doto a la rigidez propia del que no acepta cambiar el orden. Evitar&iacute;a, entonces, la estrechez de Fernanda del Carpio y el modo de ser del cachaco solemne, que imita la tradici&oacute;n espa&ntilde;ola, as&iacute; como el positivismo, la racionalidad cartesiana, el fanatismo pol&iacute;tico de Arcadio o el af&aacute;n de teorizaci&oacute;n del cr&iacute;tico que busca sentidos ocultos y &uacute;ltimos en la literatura. Solo quien ha ejercitado la elasticidad propia del humor y el juego se libera de la rigidez de acomodar el comportamiento a moldes sociales, a la racionalidad occidental, a dicotom&iacute;as artificiosas que alimentan el odio (derecha contra izquierda, liberales contra conservadores, revolucionarios frente a contrarrevolucionarios, etc.), a protocolos de buena urbanidad, a buenas costumbres de honor, virginidad y castidad. Solo disfruta el juego quien sabe que juega. Amaranta &Uacute;rsula, de car&aacute;cter libre y a quien le tiene sin cuidado "el qu&eacute; dir&aacute;n" de esa suerte de pan&oacute;pticos sociales en que se convierten los pueblos chicos, que se hacen infiernos grandes, se entrega a un amor no solo extraconyugal sino incestuoso, por lo tanto, contrario a la naturaleza y a la supuesta ley de preservaci&oacute;n de la especie. Muere tras el parto, pero no entre l&aacute;grimas, sino entre risas y sin ning&uacute;n lamento por la cola de puerco que materializa su pecado. Ella y Aureliano Babilonia han crecido juntos, jugando y riendo en pleno diluvio.</p>     <p>La literatura de Garc&iacute;a M&aacute;rquez, aunque se sabe un juego ef&iacute;mero e in&uacute;til frente a fuerzas que est&aacute;n por encima del hombre, como el paso del tiempo y la muerte, sigue jugando, haciendo y fundiendo pescaditos de oro. Es un juego literario que fluct&uacute;a entre el extra&ntilde;amiento y la naturalizaci&oacute;n de lo maravilloso, entre el goce de jugar y la tensi&oacute;n de perder, entre el elemento racional y el sensible, entre la seriedad y la risa. Dice Bergson que lo c&oacute;mico ocurre cuando un grupo de personas impone silencio a sus emociones y llama a jugar solo a su inteligencia (13). Luego de eso que &eacute;l llama una anestesia moment&aacute;nea del coraz&oacute;n, vuelve lo sensible, el tono po&eacute;tico, l&iacute;rico, de Garc&iacute;a M&aacute;rquez, que nos adentra en los amores y desamores, en la guerra, la muerte, la vejez, y nos hace solidarios con los dolores de esos personajes tr&aacute;gicos de Macondo, reflejo de los dramas de nuestra propia existencia, bien sea a nivel nacional, latinoamericano o universal. Esto evita el cinismo indiferente, el excluirse de la acci&oacute;n transformadora, el caer en el nihilismo y la pasividad. A su vez, el humor impide darle demasiada importancia al juego y a las pasiones que llevan a Crespi al suicidio, al coronel Aureliano al fusilamiento, a Arcadio a la tiran&iacute;a de su radicalismo revolucionario o a Aureliano padre a su encierro en el laboratorio de alquimia y a la soledad del &aacute;rbol junto al que muere amarrado.</p>      <p>Macondo es ese espacio l&uacute;dico en el que lo tr&aacute;gico y lo c&oacute;mico generan la complicidad entre el escritor y el lector, y en donde Aureliano Babilonia supera la soledad y los fantasmas de la matanza de las bananeras, gracias al amor de Amaranta &Uacute;rsula y a su amistad con el grupo de escritores, fundada en su acercamiento humor&iacute;stico y l&uacute;dico a la literatura. Como cualquier juego que tiene un tiempo determinado y unos jugadores que en alg&uacute;n punto se aburren o deciden no jugar m&aacute;s, la vida en este pueblo tambi&eacute;n est&aacute; condenada a terminar. El sabio catal&aacute;n, el mismo hombre que cree que el mundo se habr&aacute; acabado de joder el d&iacute;a en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vag&oacute;n de carga, abandona Macondo, deja sus libros y les dice a sus amigos en un tono vulgar y desenga&ntilde;ado: "&iexcl;Ah&iacute; les dejo esa mierda!". El uso de la palabra ya no obedece a un &iacute;mpetu resistente contra la situaci&oacute;n de miseria y abandono, como el del final de <i>El coronel no tiene qui&eacute;n le escriba</i>, sino a la desacralizaci&oacute;n de la misma literatura y al desenga&ntilde;o que arrastra al sabio catal&aacute;n hacia la muerte. En las cartas que les fue enviando a sus disc&iacute;pulos, el sabio catal&aacute;n deja ver c&oacute;mo fue perdiendo el humor y el esp&iacute;ritu l&uacute;dico, su "maravilloso sentido de irrealidad, hasta que termin&oacute; por recomendarles a todos que se fueran de Macondo, que olvidaran cuanto &eacute;l les hab&iacute;a ense&ntilde;ado del mundo y del coraz&oacute;n humano, que se cagaran en Horacio" y que "recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no ten&iacute;a caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor m&aacute;s desatinado y tenaz era de todos modos una verdad ef&iacute;mera" (455). &iquest;Qu&eacute; puso fin al juego de los escritores y por qu&eacute; se va el sabio catal&aacute;n? La respuesta puede estar en la atm&oacute;sfera de abandono y desesperanza que deja la violencia tras la matanza de las bananeras, pero sobre todo en el hecho de no creer m&aacute;s en el juego literario como forma de celebraci&oacute;n de la vida, aun en medio de la adversidad.</p>      <p>Como dice Trist&aacute;n Tzara, en su manifiesto dada&iacute;sta, el arte es algo privado que el artista hace para s&iacute; mismo, y no una obra comprensible producto de periodistas. Garc&iacute;a M&aacute;rquez conjug&oacute; su talento comunicativo de cronista con sus dotes art&iacute;sticas, encontr&oacute; un equilibrio entre la expresi&oacute;n individual que celebra la libertad absoluta y la necesidad de cruzar el puente y crear un di&aacute;logo constructivo con su lector. Como el de Tzara, su arte reivindica la vida, con todas sus contradicciones y sus formas grotescas, haciendo de la carcajada, la fiesta y el erotismo su mejor aliado para combatir la melancol&iacute;a, la alienaci&oacute;n y la solemnidad. Si Duchamp se quejaba de que aquellas batallas entre artistas por fijar el rumbo revolucionario de su arte no dejaban mayor espacio para la risa y &eacute;l mismo elud&iacute;a aquellos debates solemnes que buscaban encasillarlo en alguna categor&iacute;a r&iacute;gida, Garc&iacute;a M&aacute;rquez, por su parte, evit&oacute; debates p&uacute;blicos como el del caso Padilla, que puso fin a la hermandad de los escritores latinoamericanos. Su posici&oacute;n fue la del que se r&iacute;e de s&iacute; mismo y del ego henchido de aquellos que, con prepotente ingenuidad, creen que con sus libros y defensas acaloradas de una u otra est&eacute;tica cambiar&aacute;n el destino humano. Su misi&oacute;n parece m&aacute;s modesta, pero m&aacute;s poderosa: fomentar, a punta de mamagallismo literario, el gozo y la risa en comunidad, la amistad, la inclusi&oacute;n y la celebraci&oacute;n de la vida, por encima de las rencillas que dividen a unos y otros entre conservadores y liberales, revolucionarios o reaccionarios, en un pa&iacute;s abatido por la violencia, la melancol&iacute;a, las ideolog&iacute;as y la fragmentaci&oacute;n.</p>      <p>Su legado, m&aacute;s que el de una literatura comprometida con la lucha, ser&iacute;a el del contagio al lector con la flexibilidad subjetiva y el vitalismo propio de su humor mamagallista. Al ser as&iacute;, y tras el descr&eacute;dito de la Revoluci&oacute;n cubana, podr&iacute;a ocurrir lo que Gran&eacute;s dice que sucedi&oacute; con las ideas dada&iacute;stas y surrealistas que sobrevivieron a las vanguardias e impregnaron la sensibilidad de los j&oacute;venes en los sesenta, incluida la del mismo Garc&iacute;a M&aacute;rquez: no transmitieron su nihilismo, negaci&oacute;n o irracionalidad, sino su celebraci&oacute;n de la vida en los tiempos en que se populariz&oacute; el eslogan "Si no puedo bailar, no es mi revoluci&oacute;n" o lo que el mismo Jaime Bateman dec&iacute;a: "La revoluci&oacute;n es una fiesta". Como explica Gran&eacute;s, el primer eslogan proven&iacute;a de la premisa de que en vez de asumir posiciones pasivas, el p&uacute;blico deb&iacute;a participar activamente, alterando rutinas, convenciones y verdades preestablecidas, de tal forma que se resistiera a la alienaci&oacute;n propia del mundo capitalista. Frente al tedio y el automatismo del trabajo asalariado, la fiesta y el juego se mostraban como formas de transformar la vida. As&iacute;, si la sociedad del espect&aacute;culo creaba la ilusi&oacute;n de libertad y anestesiaba al individuo, el juego le permit&iacute;a ser activo en su desarrollo y (re)construcci&oacute;n.</p>      <p>Desde La Cueva, e influido por amigos como Cepeda Samudio, qui&eacute;n se expuso en Nueva York a las corrientes art&iacute;sticas en boga, Garc&iacute;a M&aacute;rquez llega a un arte po&eacute;tica que no adolece de la melancol&iacute;a que se le achacaba al pueblo latinoamericano, pero comparte ese esp&iacute;ritu vitalista, festivo, l&uacute;dico y humor&iacute;stico de las vanguardias europeas que se reaviva en los a&ntilde;os sesenta; un humor que rompe convenciones, une la vida y el arte en una actividad literaria, que, en vez de tener como fin &uacute;ltimo el triunfo de uno sobre los otros, busca el goce colectivo del proceso creativo y el empoderamiento de individuos que construyen el sentido de la obra.</p>     <p>Si bien el legado de las vanguardias pudo tener una influencia en Garc&iacute;a M&aacute;rquez, la cultura caribe&ntilde;a, dada a la fiesta y a la mamadera de gallo, y el influjo de un escritor del Caribe como Jos&eacute; F&eacute;lix Fuenmayor cumplieron tambi&eacute;n un papel fundamental en su concepci&oacute;n de la literatura como juego burlesco.<sup><a name="nu4"></a><a href="#num4">4</a></sup> Al fin de cuentas la mamadera de gallo es un rasgo de la idiosincrasia coste&ntilde;a que marc&oacute; a Garc&iacute;a M&aacute;rquez, a tal punto que en su literatura le apost&oacute; como acompa&ntilde;ante de la revoluci&oacute;n, sin sucumbir a la solemnidad. De ah&iacute; que Daniel Samper afirme que Garc&iacute;a M&aacute;rquez convirti&oacute; el mamagallismo "en efectiva arma pol&iacute;tica" (142). As&iacute; los malhumorados sospechen del humor, el mamagallista, seg&uacute;n Samper, es "un esc&eacute;ptico sano", alguien que desde un &aacute;ngulo festivo de la vida cuestiona la realidad y lo que se entiende por tal, permitiendo esa maleabilidad necesaria para transformar el mundo. El mamagallista disfruta "desinflar la pompa de la seriedad convencional", sabe ver el lado rid&iacute;culo y grotesco que se esconde en todo; si toma una posici&oacute;n es para rechazar la solemnidad y "su misi&oacute;n vital es la de desvencijar el aparato de lo trascendental con la dinamita de una visi&oacute;n consciente de su propio rid&iacute;culo" (140). Esto explica, seg&uacute;n Samper, "que no haya mejor lugar para cultivar el mamagallismo que un pa&iacute;s tan espeso y augusto como Colombia" (140). Es eso, precisamente, lo que hace Garc&iacute;a M&aacute;rquez al introducir el humor en la literatura de la Violencia (que se hab&iacute;a olvidado de que los vivos, por traumatizados que puedan estar, tambi&eacute;n se r&iacute;en) y al responder al dilema entre la pluma y el fusil, con las plumas afiladas de su humor mamagallista. El humor es el mejor gallo de pelea que se han inventado para dinamitar todo lo que se convierta en dogma, incluida la misma revoluci&oacute;n, y para reunir a una sociedad fragmentada en la melancol&iacute;a alrededor de una risa que lo abarca todo.</p>      <p>En vez del mentad&iacute;simo realismo m&aacute;gico, es el humor lo que, seg&uacute;n Mario Vargas Llosa, le da verosimilitud a <i>El coronel no tiene qui&eacute;n le escriba </i>y lo que evita los problemas de la ficci&oacute;n truculenta, sin renunciar a que lacras sociales se presenten en toda su crudeza como el nervio de la historia (328). El humor, seg&uacute;n dice, es la fuerza disolvente, suavizadora, let&aacute;rgica, que desv&iacute;a la atenci&oacute;n del lector hacia aquello que lo divierte, que lo marea, que aligera y embota su sentido cr&iacute;tico con un juego r&aacute;pido, lo desarma y lo persuade. Del humor de <i>Cien a&ntilde;os de soledad</i> se puede decir lo mismo: es un ant&iacute;doto contra fuerzas que ahogar&iacute;an la vivencia y que le restar&iacute;an poder persuasivo al relato. Sin &eacute;l, la historia parecer&iacute;a irreal y por su truculencia generar&iacute;a el rechazo de un lector burgu&eacute;s que, por razones ideol&oacute;gicas, sociales, literarias y como mecanismo de defensa, para no sentirse culpable, ha alzado un muro de prejuicios, prevenciones, incredulidad y sospecha. El humor baja esas defensas y permite que la c&aacute;psula amarga de las violencias denunciadas sea digerida.</p>      <p>El riesgo que no reconoce Vargas Llosa es que un lector, propenso a negar su complicidad, le preste m&aacute;s atenci&oacute;n a lo dulce que a lo violento, aquello que el humor recubre en lo que &eacute;l mismo llama "una envoltura, un halo, una alegre neblina que disimula los rasgos feos de la realidad" (329). Se corre el riesgo de que en vez de llevar al lector a reconocer la realidad de la crudeza que se le narra, esa envoltura humor&iacute;stica termine por construir una cortina de humo alegre. Eso podr&iacute;a explicar, en parte, el hecho de que pese a la violencia que permea la obra de Garc&iacute;a M&aacute;rquez y a su denuncia constante de la censura, de los estados de sitio y los abusos del Estado colombiano, se haya elevado a Macondo como &iacute;cono de lo nacional, con m&aacute;s orgullo que verg&uuml;enza. En ese af&aacute;n por ver y mostrar lo bueno y buscar sobrepasar lo malo, mediante el autoenga&ntilde;o, se abrazar&iacute;a el lado festivo de la obra de Garc&iacute;a M&aacute;rquez con tanto orgullo como su Premio Nobel, ahogando su lado subversivo y esa otra realidad que exige un cambio, una toma de postura, y no solo un festejo que le diga al p&uacute;blico que, pese a la violencia, el show debe seguir. Puede ser que el humor que serv&iacute;a como vacuna contra la incredulidad y que desfamiliarizaba la violencia termine siendo demasiado familiar, cree anticuerpos por su repetido uso y requiera, entonces, de un nuevo extra&ntilde;amiento bajo la truculencia a la que vuelven autores como Fernando Vallejo y Evelio Rosero. Quiz&aacute;s, mientras los cr&iacute;ticos ahogan la risa, otros lectores no vean la violencia que esta busca combatir.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>M&aacute;s all&aacute; de estas objeciones, reconocer en el juego y el humor una estrategia contra las distintas formas de violencia y sus efectos (derrotismo, inacci&oacute;n, fragmentaci&oacute;n, melancol&iacute;a y soledad) permite encontrar una salida: una risa comunal e incluyente que no sea un arma para reducir y excluir al otro, sino una cura para restaurar los lazos de una sociedad fracturada por tanta violencia. El mamagallismo l&uacute;dico de esa literatura, que Garc&iacute;a M&aacute;rquez, al recibir el Nobel, llam&oacute; el mejor juguete que se han inventado para burlarse de la gente, le permite al autor romper los moldes, las convenciones y los cors&eacute;s ideol&oacute;gicos y est&eacute;ticos de la cultura occidental y hacer que todo lo s&oacute;lido se desvanezca en el aire. Finalmente, tambi&eacute;n le permite burlar la dicotom&iacute;a entre la pluma y el fusil, sin el fanatismo que apag&oacute; el esp&iacute;ritu de cambio, por cuenta de una revoluci&oacute;n incapaz de re&iacute;rse de s&iacute; misma.</p>  <hr>      <p><b>Pie de p&aacute;gina</b></p>      <P><sup><a name="num1"></a><a href="#nu1">1</a></sup> Con Gait&aacute;n vivo, dice Arango, los nada&iacute;stas habr&iacute;an defendido "sus banderas revolucionarias", en vez de ser esos intelectuales "amargos", "derrotistas" y distanciados que se proclaman como ap&aacute;tridas, alejados de la participaci&oacute;n pol&iacute;tica y de la lucha del pueblo, que escriben y viven "en el exilio de la imaginaci&oacute;n", como "exploradores est&eacute;ticos de la nada y el vac&iacute;o" (<i>Obra negra </i>61-62).    <br> <sup><a name="num2"></a><a href="#nu2">2</a></sup> "nuestra fortuna mayor fue que aun en los apuros m&aacute;s extremos pod&iacute;amos perder la paciencia pero nunca el sentido del humor. &#91;...&#93; En la mesa de don Ram&oacute;n Vinyes nos comport&aacute;bamos los cuatro como los promotores y postuladores de la fe, siempre juntos, hablando de lo mismo y burl&aacute;ndonos de todo" (Garc&iacute;a M&aacute;rquez, <i>Vivir para contarla </i>104).    <br> <sup><a name="num3"></a><a href="#nu3">3</a></sup> En "Epic and Novel", Bajt&iacute;n nota la maleabilidad del mundo que fomenta la risa: "It is precisely laughter that destroys the epic, and in general destroys any hierarchical (distancing and valorized) distance. &#91;...&#93; Laughter has the remarkable power of making an object come up close, of drawing it into a zone of crude contact where one can finger it familiarly on all sides, break open its external shell, look into its center, doubt it, take it apart, dismember it, lay it bare and expose it, examine it freely and experiment with it &#91;...&#93;. Familiarization of the world through laughter and popular speech is an extremely important and indispensable step in making possible free, scientifically knowable and artistically realistic creativity" (23).    <br> <sup><a name="num4"></a><a href="#nu4">4</a></sup> Sobre Fuenmayor, escritor sat&iacute;rico influenciado por Swift, dice Garc&iacute;a M&aacute;rquez, en <i>Vivir para contarla</i>, que fue el padre de todos en La Cueva. Dice, adem&aacute;s, que Fuenmayor resaltaba la relaci&oacute;n entre el arte y la vida que defend&iacute;an las vanguardias: "&Aacute;lvaro Cepeda y yo pas&aacute;bamos horas escuch&aacute;ndolo, sobre todo por su principio b&aacute;sico de que las diferencias de fondo entre la vida y la literatura eran simples errores de forma" (104).</P> <hr>      <p><b>Obras citadas </b></p>      <!-- ref --><p>Apuleyo, Plinio y Gabriel Garc&iacute;a M&aacute;rquez. <i>El olor de la guayaba. Conversaciones con Plinio Apuleyo. </i>Barcelona: Bruguera, 1982. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000050&pid=S0123-5931201600010000900001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p> Arango, Gonzalo. <i>Obra negra. Contiene prosas para leer en la silla el&eacute;ctrica y otras sillas</i>. Comp. Jotamario Arbel&aacute;ez. Buenos Aires: Ediciones Carlos Lohl&eacute;, 1974. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000052&pid=S0123-5931201600010000900002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p> Bajt&iacute;n, Mija&iacute;l. "Epic and Novel: Towards a Methodology for the Study in the Novel". <i>The Dialogic Imagination</i>. Ed. Michael Holquist. Austin: University of Texas Press, 1982. 3-40. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000054&pid=S0123-5931201600010000900003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p> Bergson, Henri. <i>Laughter. An Essay on the Meaning of the Comic</i>. Los Angeles: Green Integer Books, 1999. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000056&pid=S0123-5931201600010000900004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Garc&iacute;a M&aacute;rquez, Gabriel. <i>Cien a&ntilde;os de soledad</i>. Edici&oacute;n conmemorativa. Madrid: Real Academia Espa&ntilde;ola, 2007. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000058&pid=S0123-5931201600010000900005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p> ---. "Dos o tres cosas sobre 'la novela de la Violencia'". <i>Obra period&iacute;stica 3. De Europa y Am&eacute;rica (1955-1960). </i>Comp. Jacques Gilard. Bogot&aacute;: Penguin Random House, 1983. 726-731. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000060&pid=S0123-5931201600010000900006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>---. <i>El coronel no tiene quien le escriba.</i> Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1980. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000062&pid=S0123-5931201600010000900007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>--- . <i>Vivir para contarla. </i>Bogot&aacute;: Norma, 2002. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000064&pid=S0123-5931201600010000900008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Gran&eacute;s, Carlos. <i>El pu&ntilde;o invisible: arte, revoluci&oacute;n y un siglo de cambios culturales.</i> Madrid: Taurus, 2012. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000066&pid=S0123-5931201600010000900009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Hoyos, H&eacute;ctor. "Garc&iacute;a Marquez' Sublime Violence and the Eclipse of Colombian Literature". <i>Chasqui: revista de literatura latinoamericana </i>35.2 (2006): 3-20. Web. 16 de septiembre del 2012.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000068&pid=S0123-5931201600010000900010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Samper Pizano, Daniel. "Una aproximaci&oacute;n al mamagallismo" . Mafalda, <i>Mastropiero y otros gremios paralelos. </i> Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1986. 137-143. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000070&pid=S0123-5931201600010000900011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Vargas Llosa, Mario. <i>Garc&iacute;a M&aacute;rquez. Historia de un deicidio</i>. Barcelona: Barral Editores; Caracas: Monte &Aacute;vila Editores, 1971. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000072&pid=S0123-5931201600010000900012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <p><b>Sobre el autor </b></p>      <p>Andr&eacute;s San&iacute;n es abogado y periodista de la Universidad de los Andes. Se doctor&oacute; en Lenguas Romances y Literaturas por la Universidad de Harvard, con una tesis titulada "Re&iacute;r o no re&iacute;r: (meta) humorismo en la literatura contempor&aacute;nea de Colombia y M&eacute;xico". Ha sido catedr&aacute;tico universitario en las universidades de Harvard, Javeriana y Nacional de Colombia, oficio que ejerce a la par con sus actividades de periodista y agente cultural del colectivo Cultural Agents. Coedit&oacute; con la profesora Doris Sommer el volumen <i>Cultural Agents and Creative Arts</i>, de la revista <i>New Directions for Youth Development: Theory, Practice, and Research</i>, de la Universidad de Harvard. Su &uacute;ltima publicaci&oacute;n fue "&iquest;Pero hab&iacute;a que matar al mimo? Las trampas del humor explosivo en <i>La virgen de los sicarios</i>" en la revista <i>Letral</i>, n&uacute;mero 12, de la Universidad de Granada, Espa&ntilde;a.</p>  </font>      ]]></body><back>
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