<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>0123-885X</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Revista de Estudios Sociales]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[rev.estud.soc.]]></abbrev-journal-title>
<issn>0123-885X</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de los Andes]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S0123-885X2004000100012</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Guerras, memoria e historia Gonzalo Sánchez (2003). Bogotá: ICANH]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[Camacho Guizado]]></surname>
<given-names><![CDATA[Alvaro]]></given-names>
</name>
<xref ref-type="aff" rid="A01"/>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A01">
<institution><![CDATA[,Universidad de los Andes  ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[ ]]></addr-line>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>04</month>
<year>2004</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>04</month>
<year>2004</year>
</pub-date>
<numero>17</numero>
<fpage>115</fpage>
<lpage>118</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S0123-885X2004000100012&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S0123-885X2004000100012&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S0123-885X2004000100012&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align=center><font size="4"><b>Guerras, memoria e historia</b></font></p>     <p align=center><font size="4"><b>Gonzalo S&aacute;nchez (2003). Bogot&aacute;: ICANH.</b></font></p>     <p><b>Alvaro Camacho Guizado<sup><a    name="s*" href="#*">*</a></sup></b></p>     <p><sup><a href="#s*" name="*">*</a></sup> Soci&oacute;logo. Director del Centro de Estudios  Socioculturales e Internacionales de la Universidad de los Andes.</p> <hr size="1">     <p align="right">No entendemos lo que causa que las </p>     <p align="right">cosas sucedan. Historia es la ficci&oacute;n </p>     <p align="right">que inventamos para persuadirnos </p>     <p align="right">que los sucesos son conocibles y que </p>     <p align="right">la vida tiene orden y direcci&oacute;n. Por </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="right">eso los eventos son siempre </p>     <p align="right">reinterpretados cuando cambian los </p>     <p align="right">valores. Necesitamos versiones </p>     <p align="right">nuevas de historia que justifiquen </p>     <p align="right">nuestros prejuicios actuales... </p>     <p align="right"><i>Calvin, en di&aacute;logo con Hobbes</i></p>     <p>Tratar&eacute; de explicar mis reacciones frente al libro de Gonzalo S&aacute;nchez, <i>Guerras, memoria e historia, </i>y s&oacute;lo har&eacute; unos comentarios sobre los temas que con mucho atrevimiento considero los m&aacute;s importantes, aunque en algunos momentos deba desviarme, para hacer &eacute;nfasis en una de las cuestiones nodales del texto: la historia y el reto de la recuperaci&oacute;n de la memoria. </p>     <p>La Violencia como vivencia Gonzalo nos introduce al tema con una muy viva y emocionante referencia a su infancia y a sus experiencias con una Violencia que lo asedi&oacute; en su pueblo, desde ni&ntilde;o, junto con su familia. Desde esa &eacute;poca, y a pesar de sus esfuerzos en contrario, el fantasma lo persigue. Este no es un tema ajeno para los colombianos: en mayor o menor medida a quienes pasamos de cierta edad, no digamos cu&aacute;l, nos persigue y acecha esa sombra de la Violencia. Para otros, m&aacute;s j&oacute;venes, el asedio provendr&aacute; de la guerra. </p>     <p>Violencia y guerra: temas que constituyen uno de los ejes fundamentales del trabajo de Gonzalo. Y digo lo de la edad y la experiencia porque a m&iacute; tambi&eacute;n me persigue la imagen de un pueblo gris, triste, fr&iacute;o, somnoliento, sin eso que despu&eacute;s se llamar&iacute;a dial&eacute;ctica, pero pac&iacute;fico, que de un momento a otro se convirti&oacute; en un escenario de violencia en el que el partido de gobierno, el conservador de Ospina y Laureano, se dedic&oacute; a tratar de homogenizar pol&iacute;ticamente a la poblaci&oacute;n, de convertirla en irrestricto apoyo gubernamental, y para esto sus agentes y simpatizantes no vacilaron en recurrir a la fuerza de las armas, al amedrentamiento, la amenaza, y, por qu&eacute; no, la muerte. Y todo esto acompa&ntilde;ado de manifestaciones callejeras, con motivo de las cuales se obligaba a todos los habitantes a izar banderas azules en las ventanas de sus casas, so pena de recibir venganzas posteriores. Y claro, esos habitantes o&iacute;an los vivas a la Virgen del Carmen y a Cristo Rey y los abajos a los cachiporros, cuyas mam&aacute;s eran objeto de innombrables ep&iacute;tetos. Eran la &eacute;poca, el departamento y el reinado de los chulavitas. De por all&aacute; salieron, y llegaron al L&iacute;bano, donde Gonzalo y su familia los padecieron, y de quienes, como ocurri&oacute; con mi familia, tuvieron que huir. </p>     <p>Ahora bien, a diferencia de tantos colombianos que han pasado por experiencias similares, Gonzalo ha sabido derivar lo positivo de la vivencia, y por eso, luego de una vasta producci&oacute;n intelectual que le ha merecido un &quot;Doctorado por obra&quot;, que, bajo la direcci&oacute;n de Daniel P&eacute;caut, le otorg&oacute; la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de Par&iacute;s, hoy nos damos el gusto de leer este libro, que es una suma de su reflexi&oacute;n hist&oacute;rica, sociol&oacute;gica y pol&iacute;tica. Con &eacute;l se ratifica lo que alguna vez dijera Eduardo Pizarro: &quot;Gonzalo es el pap&aacute; de los violent&oacute;logos&quot;, esa horrible caracterizaci&oacute;n de un oficio y que se populariz&oacute; luego de que una insistente periodista amiga, presa del s&iacute;ndrome de la chiva, nos preguntara a los miembros de la Comisi&oacute;n de Estudios de la Violencia qu&eacute; est&aacute;bamos haciendo, y para quit&aacute;rnosla de encima, alguno de nosotros le dijo: &quot;pues violentolog&iacute;a&quot;. Su venganza fue publicar el reportaje y por tanto popularizar la fea palabreja.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Violencia, guerra y memoria</b></p>     <p>Vamos ahora s&iacute; a algunos elementos que componen el almendr&oacute;n del texto. Un tema central se refiere al triple papel de la guerra: en la construcci&oacute;n de la historia de la naci&oacute;n, en los relatos que se tejen en medio de relaciones de poder y subordinaci&oacute;n, en las huellas que se concretan en lo que Gonzalo llama &quot;lugares de memoria&quot;. Estas tres dimensiones, identidad, pluralidad y perennidad constituyen ejes de construcci&oacute;n de la historia, como objetivaci&oacute;n de un pasado, y que se diferencia de la memoria en cuanto &eacute;sta es militante, construye relatos y es la presencia viva del pasado en el presente. Abusando de una met&aacute;fora al estilo de Claude L&eacute;vi-Strauss, podr&iacute;a decirse que la historia, en tanto cosificaci&oacute;n, es &quot;fr&iacute;a&quot;, y que la memoria, como vivencia, es &quot;caliente&quot;. </p>     <p>Ahora bien, en Colombia historia y memoria se comportan de maneras diferentes cuando se trata de la Violencia o cuando se trata de la guerra. En la historiograf&iacute;a tradicional de nuestra Violencia, hasta antes de que se produjera una nueva literatura cient&iacute;fica que desentra&ntilde;a los m&aacute;s profundos significados de la contienda, y de la cual la muestra m&aacute;s evidente es la obra general de Gonzalo, &eacute;sta fue una Violencia multiforme y medio ciega en la que no hubo realmente ganadores ni perdedores; tanto es as&iacute; que se pudo apaciguar al pa&iacute;s a partir de un pacto elitario entre quienes hab&iacute;an estado en las posiciones de comando en la confrontaci&oacute;n, y con sus ret&oacute;ricas y pr&aacute;cticas la estimularon. Para llegar a esta reconstrucci&oacute;n hist&oacute;rica s&oacute;lo se necesita reconocer los nuevos ricos que usufructuaron tierras e hicieron fortunas y los centenares de miles de campesinos muertos.</p>     <p><b>Las preguntas</b></p>     <p>En lo que sigue quiero recurrir a una estrategia que me facilita la presentaci&oacute;n: me har&eacute; preguntas. Probablemente son algunas de las mismas que Gonzalo se ha formulado a lo largo de su vida intelectual. Primera pregunta: &iquest;C&oacute;mo nombrar al otro? Es claro que en las confrontaciones violentas las partes deben recurrir a t&eacute;cnicas y herramientas ling&uuml;&iacute;sticas para enunciar al otro. S&oacute;lo que esta enunciaci&oacute;n no es inocente: al definirlo, al otro se le asignan caracter&iacute;sticas que a la vez que lo satanizan, buscan enaltecer a quienes los bautizan. Durante la Violencia, las fuerzas del orden, del Estado, los conservadores y no pocos liberales, llamaron &quot;chusma&quot; a los campesinos que se defend&iacute;an de la agresi&oacute;n. Los p&aacute;jaros y paramilitares de ese entonces, en cambio, eran &quot;guerrillas de paz&quot;. En los extremos, se lleg&oacute; a llamar a esos campesinos &quot;comunistas&quot;, cuando no acataban plenamente las instrucciones de la &quot;oligarqu&iacute;a&quot; liberal. Pues bien, hoy se han dado nuevos giros en la nominaci&oacute;n. Cuando el presidente Pastrana se encontraba inmerso en un proceso de paz, llamaba &quot;guerrilleros&quot; a las Farc. Y usaba este calificativo a contrapelo del general Mora, quien se ha solazado ya por a&ntilde;os con su caracterizaci&oacute;n de la misma organizaci&oacute;n como una &quot;cuadrilla de bandidos&quot;. Son los mismos a quienes los campesinos de las regiones bajo su dominio llaman &quot;los muchachos&quot;. </p>     <p>Y hoy hasta el presidente Uribe parece contagiado de este lenguaje condenatorio, y no baja de &quot;bandidos&quot; y de terroristas&quot; a las Farc. Los guerrilleros, desde luego, tienen su propia ret&oacute;rica: el gobierno de Uribe es &quot;vendepatrias&quot;, &quot;fascista&quot; &quot;terrorista de Estado&quot;, &quot;lacayo del imperialismo&quot;... Y as&iacute;, ep&iacute;tetos de esta naturaleza llevan la guerra a lo que Gonzalo llama &quot;duelo en el terreno de los discursos&quot;. La criminalizaci&oacute;n por el lenguaje es un arma muy poderosa. Segunda pregunta: &iquest;C&oacute;mo llamar lo que tenemos hoy? En los cincuentas se llam&oacute; Violencia a esa concatenaci&oacute;n de m&uacute;ltiples procesos que inclu&iacute;an la confrontaci&oacute;n partidista, el enriquecimiento il&iacute;cito, la defensa territorial, el acaparamiento de tierras y hasta las venganzas personales.</p>     <p>Hoy, &iquest;estamos ante una guerra civil? &iquest;Una guerra revolucionaria? &iquest;Una guerra de nuevo tipo? &iquest;Una guerra contra la sociedad? Los debates son candentes, y la sem&aacute;ntica al respecto es tambi&eacute;n algo m&aacute;s que purismo idiom&aacute;tico. Es una pr&aacute;ctica con efectos pol&iacute;ticos. Podr&iacute;amos agregar que desde dos extremos buscamos caracterizaciones alternativas. Algunos piadosamente hablan de un &quot;conflicto armado&quot;; otros, como el presidente Uribe, niegan que haya un conflicto, y caracterizan el momento como una situaci&oacute;n en la que cuarenta y cuatro millones de colombianos son agredidos por una minor&iacute;a de bandidos ricos.</p>     <p>Tercera pregunta: &iquest;C&oacute;mo terminan las guerras? A diferencia de las revoluciones, que triunfan o son derrotadas, nuestras guerras parecen eternas, y adem&aacute;s no resuelven los conflictos que las suscitaron o siquiera las impulsaron. Testigos han sido las diferentes amnist&iacute;as e indultos, tan caros a nuestra historia y tema recurrente en el trabajo de Gonzalo: ellos no se cumplen (recordemos la suerte de Guadalupe Salcedo, Carlos Pizarro y muchos de los miles de militantes de la UP), no desmovilizan sino parcialmente (recordemos a Chispas, Desquite, Tirofijo y otros m&aacute;s), y s&iacute; dejan pendiente las dimensiones judiciales y morales y las necesidades de reparaci&oacute;n de las v&iacute;ctimas. Nuestro m&aacute;s glorioso ejemplo es el Frente Nacional: su mayor gesti&oacute;n a este respecto fue un remedo de reparaci&oacute;n: la colonizaci&oacute;n del Ariari, en la que el Estado mand&oacute; a las selvas a centenares de campesinos, con la condici&oacute;n de que fueran &quot;damnificados&quot; de la violencia. Unos cuantos cr&eacute;ditos de la Caja Agraria y luego una gran oportunidad para que unos cuantos grandes propietarios ganaderos ensancharan sus propiedades. &iquest;Y lo dem&aacute;s? No, el Frente Nacional prefiri&oacute; el olvido. </p>     <p>El tema, sobra decirlo, es crucial hoy: en el supuesto, muy discutible desde luego, de que en un futuro cercano nos embarquemos en un proceso de paz medianamente exitoso, &iquest;caben las perspectivas tradicionales de amnist&iacute;as e indultos? En el pa&iacute;s ya no se enfrenta un gobierno con unos campesinos que se defienden en luchas y persecuciones m&aacute;s o menos locales con escopetas de fisto y organizaciones d&eacute;biles y fragmentadas. Hoy estamos frente a una confrontaci&oacute;n de ej&eacute;rcitos de cobertura nacional, bien armados, organizados, y ciertamente muy ricos. &iquest;Ser&aacute; que el proceso terminar&aacute; con una negociaci&oacute;n de favorabilidad pol&iacute;tica, suspensi&oacute;n de penas, casa, beca y taxi? &iquest;Y los cerca de cuarenta a&ntilde;os de lucha armada d&oacute;nde quedan? &iquest;Y los millones de desplazados? &iquest;Y el acaparamiento y ensanche de propiedades agrarias a costa de los campesinos que huyen de sus tierras? &iquest;Y los humillados y ofendidos de Bojay&aacute;, El Tomate, Mapirip&aacute;n, Trujillo y tantas otras masacres?</p>     <p>No tengo muchas herramientas para examinar esta perspectiva. S&oacute;lo me basta decir que expertos y eruditos en el tema de la justicia transicional, como Iv&aacute;n Orozco, andan estruj&aacute;ndose el cerebro para imaginar una opci&oacute;n medianamente decorosa. Lo que s&iacute; puedo afirmar es que el eventual resultado de la actual confrontaci&oacute;n no ser&aacute; una victoria decidida de ninguna de las partes, y que el tema tendr&aacute; que romper en dos nuestra historia.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Cuarta pregunta: &iquest;Qu&eacute; nos ha dejado la violencia, y qu&eacute; nos dejar&aacute; la guerra? La pregunta se conecta muy directamente con las respuestas a la anterior. Pero a&uacute;n en medio de la incertidumbre s&iacute; podemos afirmar que la Violencia nos dej&oacute; un pa&iacute;s fragmentado en lo regional, una expansi&oacute;n de la frontera agr&iacute;cola hacia regiones no aptas para la agricultura, un acelerado y ca&oacute;tico proceso de urbanizaci&oacute;n. Y que la guerra probablemente dejar&aacute; efectos m&aacute;s delet&eacute;reos a&uacute;n: en las l&oacute;gicas contempor&aacute;neas se encuentra que no hay unidad tem&aacute;tica ni visi&oacute;n compartida de futuro: las diferentes fuerzas armadas ilegales tienen programas independientes, diversos, incongruentes. Tienen, sin embargo, algo en com&uacute;n: la pretensi&oacute;n de ser los voceros de la poblaci&oacute;n, los representantes leg&iacute;timos de sus intereses. Esta expropiaci&oacute;n de la voluntad y vocer&iacute;a popular se traducir&aacute; sin duda en que las posibilidades de autonom&iacute;a de la poblaci&oacute;n civil sean de nuevo frustradas.</p>     <p>Quinta pregunta: &iquest;Y qui&eacute;n podr&aacute; representarnos? Entre tanto, la rutinizaci&oacute;n de la guerra y su consecuente ensuciamiento, la ausencia de paradigmas, no permiten crear identidades colectivas guerrilleras indispensables en una negociaci&oacute;n. De hecho, del lado guerrillero su degradaci&oacute;n e involuci&oacute;n hacen controvertible su condici&oacute;n de actores pol&iacute;ticos, y aunque reclaman luchar contra la incapacidad del Estado de satisfacer las necesidades de la poblaci&oacute;n m&aacute;s pobre, sus pr&aacute;cticas de privatizaci&oacute;n de las funciones del Estado y su recurso constante a la coacci&oacute;n f&iacute;sica de los ciudadanos anulan su pretensi&oacute;n. Y esto es as&iacute; porque el potencial amenazante de las guerrillas y los paramilitares sobre la poblaci&oacute;n es inversamente proporcional a su pretensi&oacute;n de representatividad. La insurgencia y la contrainsurgencia dejan as&iacute; de ser vistas como una promesa de paz o nuevo orden y reactivan la memoria de la Violencia: extorsiones, secuestros, masacres, todo lo que constituye, en palabras de Gonzalo, &quot;la herencia negativa de la violencia&quot;.</p>     <p>Probablemente la peor consecuencia de la expropiaci&oacute;n de la voluntad popular por parte de las guerrillas es impedir la movilizaci&oacute;n social en pro de un orden alternativo. En cambio, ellas, a la manera del doctor Frankenstein, han creado su propio monstruo: los paramilitares. Y con ellos se configura una situaci&oacute;n en la que ya no hay posibilidades de adhesi&oacute;n por la convicci&oacute;n o la simpat&iacute;a: ahora es el temor lo que permite a los extremos armados reclamar la aquiescencia de las poblaciones sometidas. Gonzalo llama a este fen&oacute;meno &quot;la tribalizaci&oacute;n de la violencia&quot;.</p>     <p>Sexta pregunta: &iquest;Qu&eacute; hacer con el pasado como memoria? Recordemos de nuevo la experiencia del olvido del Frente Nacional: cuando en 1961 Germ&aacute;n Guzm&aacute;n, Orlando Fals Borda y Eduardo Uma&ntilde;a Luna publicaron el primer tomo de <i>La violencia en Colombia</i>,las reacciones fueron fuertes y encontradas: algunos intelectuales y pol&iacute;ticos liberales la colmaron de encomios, aunque alguno de ellos, como si quisiera exculpar a la dirigencia pol&iacute;tica, dijera que &quot;El libro no parte de una divisi&oacute;n entre buenos y malos. En este libro hay un acusado: la sociedad colombiana&quot;. Los conservadores, en cambio llegaron a expresar puntos de vista como que &quot;los autores.se ganan la vida m&aacute;s indignamente que las cortesanas&quot;, o que &quot;Es un relato ma&ntilde;oso, y acomodaticio, respaldado por unos documentos secretos&quot;. Olvido, exoneraci&oacute;n de responsables, insultos, fueron, pues, algunas de las reacciones ante quienes quisieron construir una memoria de la Violencia. Son v&iacute;vidas expresiones del olvido como recurso de poder: se pretend&iacute;a hacer olvidar las arbitrariedades propias y negar las posibilidades de que las v&iacute;ctimas pudieran construir su memoria y buscar as&iacute; aunque fuera una modesta reparaci&oacute;n. </p>     <p>Hoy enfrentamos situaciones diferentes, pero no tanto: como lo han demostrado otras experiencias recientes, como la de Sur&aacute;frica, lo que realmente est&aacute; en juego es la necesidad de memoria, y con ella de la idea de justicia y de consolidaci&oacute;n democr&aacute;tica. Y esta necesidad implica no s&oacute;lo que las partes en contienda intenten al menos desarrollar una &quot;&eacute;tica de la guerra&quot;, que permita que la reconstrucci&oacute;n del pasado sea menos traum&aacute;tica, y que los damnificados puedan al menos reconocer que la guerra fue eso: pasado, memoria, historia y que el porvenir valga la pena.</p>     <p><b>La cr&iacute;tica</b></p>     <p>No puede un comentarista terminar su tarea sin se&ntilde;alar algo que no le gust&oacute; del libro. En mi caso, por m&aacute;s que rebusqu&eacute;, s&oacute;lo encontr&eacute; dos punticos: primero, cuando aboca el tema internacional, y se refiere a la internacionalizaci&oacute;n negativa de Colombia, y cuando trata el espinoso tema de los efectos de la guerra colombiana sobre los pa&iacute;ses vecinos, Gonzalo habla de la &quot;continentalizaci&oacute;n&quot; de la guerra. Yo preferir&iacute;a hablar de su internacionalizaci&oacute;n, puesto que la exclusi&oacute;n de Europa significa desconocer las cr&iacute;ticas que la Uni&oacute;n Europea ha formulado a la degradaci&oacute;n del conflicto y a la pol&iacute;tica estadounidense. Significa no reconocer los apoyos a la paz negociada, a las cr&iacute;ticas a las violaciones a los derechos humanos, que han formulados intelectuales e iglesias del viejo continente. Pero implica hacer caso omiso de la apreciaci&oacute;n, que me parece ineludible, de que las gestiones de la Uni&oacute;n Europea ser&aacute;n absolutamente necesarias en una salida pol&iacute;tica y negociada a la guerra. </p>     <p>Y segundo, sorprende que el tema del narcotr&aacute;fico aparezca s&oacute;lo al final del libro. En efecto, la menci&oacute;n se refiere a la estrategia del Plan Colombia y su metamorfosis del plan antinarc&oacute;ticos en estrategia contrainsurgente. Dice Gonzalo con justicia que &quot;bajo el impacto de la universalizaci&oacute;n de la hegemon&iacute;a norteamericana tiende a borrarse la distinci&oacute;n entre terrorismo y narcotr&aacute;fico&quot;.</p>     <p>Pero esto no es todo lo que se puede decir del papel del narcotr&aacute;fico en nuestra guerra. El paso de la guerra que desplegaron en defensa de su negocio y en su confrontaci&oacute;n con el Estado, en la que actuaron como empresarios y comerciantes ilegales, como &quot;gremio&quot;, a la guerra que ahora activan en su condici&oacute;n de propietarios de tierras, y que se traduce en la barbarie paramilitar, se combina con el papel del mercado il&iacute;cito en el fortalecimiento de las arcas de la guerrilla y su acelerada degradaci&oacute;n. Dejar esto de lado, me parece, es una falla. Consideremos solamente el papel que desempe&ntilde;ar&aacute; el narcotr&aacute;fico en la futura construcci&oacute;n de nuestra memoria.</p> </font></font>     ]]></body>
</article>
