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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p><font size="4"><b>INVESTIGAR Y PR&Aacute;CTICA PEDAG&Oacute;GICA</b></font></p>     <p><b>Andr&eacute;s Mej&iacute;a D.</b></p>     <p>Departamento de Ingenier&iacute;a Industrial. Correo electr&oacute;nico: <a href="mailto:jmejia@uniandes.edu.co">jmejia@uniandes.edu.co</a></p>  <hr size="1">      <p> Una propuesta muy popular desde hace ya unas d&eacute;cadas es aquella que dice que    los profesores deber&iacute;an convertirse, de manera continua, en investigadores    en la acci&oacute;n, de sus propias pr&aacute;cticas docentes, y de las situaciones de    clase en las que &eacute;stas son llevadas a cabo. Parecer&iacute;a no haber mucho de    controversial en esta afirmaci&oacute;n; en principio, de casi cualquier actividad    se podr&iacute;a decir algo similar. Sin embargo, las implicaciones de la propuesta    son f&aacute;ciles de subestimar: si se pone el &eacute;nfasis en la investigaci&oacute;n,    entonces podr&iacute;a llevar a malentendidos sugerir que el oficio de los    profesores se basa, principalmente, en la implementaci&oacute;n de programas    educativos, o estrategias pedag&oacute;gicas y curriculares espec&iacute;ficas. Ser&iacute;a    mejor decir que en gran medida el profesor debe ser quien dise&ntilde;e y redise&ntilde;e    sus propias acciones de forma continua, a partir de la observaci&oacute;n y    reflexi&oacute;n de lo que ocurre en el sal&oacute;n de clase.</p>     <p>Hay que precisar la afirmaci&oacute;n anterior para evitar una mala interpretaci&oacute;n.    &iquest;Significa lo dicho anteriormente que al profesor se le debe dejar hacer lo    que quiera en el sal&oacute;n de clases, sin ning&uacute;n control ni pol&iacute;tica de la    instituci&oacute;n? No. Tampoco se est&aacute; afirmando que los centros educativos no    deban implementar programas educativos particulares (por ejemplo, <i>bachillerato internacional</i>, o <i>filosof&iacute;a para ni&ntilde;os</i>, o <i>aulas en paz</i>),    ni que ellos no deban tener pol&iacute;ticas generales coherentes en cuanto a    pedagog&iacute;a y curr&iacute;culo. </p>     <p>M&aacute;s bien, se entiende que incluso dentro de programas    y pol&iacute;ticas institucionales, el profesor a&uacute;n tiene que tomar muchas    decisiones (en muchos casos es posible que inconscientemente) cuando est&aacute;    dentro del sal&oacute;n de clases o planeando lo que va a acer dentro de &eacute;l    -decisiones espec&iacute;ficas acerca de c&oacute;mo responder a una pregunta, de c&oacute;mo    tratar un caso particular de un estudiante, de c&oacute;mo formular una pregunta,    de en qu&eacute; aspectos concentrarse en la lectura de un texto, etc.-. Estas    decisiones que toma el profesor pueden ser muy relevantes para lo que    termine ocurriendo en el aprendizaje de los estudiantes; pero las    situaciones en las que ocurren no son anticipables o previsibles del todo, y    much&iacute;simo menos para alguien ajeno al contexto particular en el que se    encuentra el profesor. No son anticipables del todo la pregunta que hizo    Juana, ni la manera en la que Pedro se va a sentir en su interacci&oacute;n con los    dem&aacute;s compa&ntilde;eros en el trabajo en grupo. Como no son anticipables, no pueden    ser tratados a priori, a cabalidad, por los dise&ntilde;adores de los programas y    las pol&iacute;ticas. Ser implementador de un programa implica mucho m&aacute;s que poder  actuar seg&uacute;n unas instrucciones de manera competente. </p>     <p>Esta imposibilidad de anticipar del todo lo que va a ocurrir en el aula, es      una raz&oacute;n para justificar la necesidad de que los profesores hagan      investigaci&oacute;n en sus clases, de manera m&aacute;s bien continua: las conclusiones      de investigaciones anteriores, realizadas por otras personas en otros      contextos, deben ser continuamente actualizadas y puestas a prueba en los      contextos propios de cada profesor. Adicionalmente, la rigurosidad propia de      la investigaci&oacute;n es necesaria, si se tiene en cuenta que la observaci&oacute;n      desprevenida que hacemos en la vida cotidiana presenta algunas dificultades.      Nombro aqu&iacute; dos de ellas: 1) Los efectos en el aprendizaje y en el      comportamiento de los estudiantes, desencadenados por nuestras acciones como      profesores, no son siempre f&aacute;cilmente visibles para nosotros. A veces es      necesario utilizar herramientas de observaci&oacute;n y an&aacute;lisis m&aacute;s      sofisticadas para darnos cuenta de qu&eacute; pas&oacute; de una manera en lo      posible imparcial; herramientas que son propias de la investigaci&oacute;n y no      tanto del mundo de la acci&oacute;n cotidiana. 2) Dichos efectos ocurren en      m&uacute;ltiples dimensiones, y de muchas de ellas podemos simplemente no ser      conscientes. Es decir, si por ejemplo, queremos observar los efectos que      tuvo el trabajo en un proyecto en grupos, realizado por los estudiantes en      nuestro curso, &iquest;cu&aacute;les, de los infinitos aspectos posibles, debemos      observar? &iquest;Debemos fijarnos en la manera en la que se est&aacute;n comunicando      ahora los estudiantes? &iquest;Pero qu&eacute; observar&iacute;amos en esas formas de      comunicarse? &iquest;Debemos fijarnos en las habilidades de pensamiento adquiridas?      &iquest;En cu&aacute;les? &iquest;Y c&oacute;mo? En otras palabras, las situaciones pedag&oacute;gicas no son  como un libro abierto que por s&iacute; mismas nos digan &quot;qu&eacute; fue lo que ocurri&oacute;&quot;. </p>     <p> Ahora, el tomar a los profesores como investigadores tiene algunas    implicaciones pr&aacute;cticas. Por un lado, los profesores investigadores deber&iacute;an    ser personas cr&iacute;ticas, responsables, reflexivas, dispuestas a arriegarse y a    probar nuevas opciones, y que puedan estar en estado de alerta ante lo que    ocurre con sus estudiantes - posiblemente mucho m&aacute;s de lo que son la mayor&iacute;a    de profesores en el pa&iacute;s, en la actualidad-. Por otro lado, deber&iacute;an    disponer tambi&eacute;n de tiempo suficiente para averiguar y leer sobre lo que se    viene haciendo en pedagog&iacute;a y curr&iacute;culo en otros lugares, a partir de    reportes de investigaci&oacute;n emp&iacute;rica, ensayos en filosof&iacute;a de la educaci&oacute;n, y    dem&aacute;s trabajos que les puedan dar nuevos puntos de referencia, nuevas    preguntas, y nuevas respuestas; tambi&eacute;n de tiempo para hacer seguimientos    rigurosos de sus acciones y de las situaciones en las que &eacute;stas se realizan,    y para compartir sus experiencias con otros profesores -posiblemente tambi&eacute;n    mucho m&aacute;s del que dispone la mayor&iacute;a de profesores en el pa&iacute;s    actualmente-.</p>              <p> Los art&iacute;culos de este n&uacute;mero de la Revista de Estudios Sociales son muy    variados en enfoque (hay reportes de investigaci&oacute;n sobre impacto de    pr&aacute;cticas pedag&oacute;gicas, revisiones cr&iacute;ticas de bibliograf&iacute;a, y an&aacute;lisis    filos&oacute;fico de temas en investigaci&oacute;n en educaci&oacute;n), &aacute;rea de aprendizaje    (f&iacute;sica, &eacute;tica, medicina, y tecnolog&iacute;a inform&aacute;tica), y en dimensi&oacute;n    pedag&oacute;gica analizada (evaluaci&oacute;n acad&eacute;mica, mejoramiento docente,    competencias tecnol&oacute;gicas, comprensi&oacute;n profunda). No conforman un todo    coherente; sin embargo, cada uno contribuye al estudio de lo que ocurre en    el sal&oacute;n de clases, enfrentando algunas de las caracter&iacute;sticas que antes    argument&eacute; que hacen necesaria la continua investigaci&oacute;n en el aula. El    art&iacute;culo de Fernando Becerra, &quot;Aprendizaje en colaboraci&oacute;n mediado por    simulaci&oacute;n en computador&quot;, explora la comprensi&oacute;n de fen&oacute;menos    termodin&aacute;micos por parte de estudiantes de f&iacute;sica de grado 10, que trabajan    con un programa de simulaci&oacute;n y animaci&oacute;n llamado <i>Modellus</i>, en actividades    en colaboraci&oacute;n. De este art&iacute;culo quisiera destacar el an&aacute;lisis que se hace    sobre c&oacute;mo la comprensi&oacute;n de los fen&oacute;menos termodin&aacute;micos se fue    desarrollando a partir de la interacci&oacute;n de los estudiantes con sus pares, y    con el programa <i>Modellus</i>. Este an&aacute;lisis se basa en, entre otras cosas,    el seguimiento de aspectos conversacionales muy sutiles, pero a la vez    poderosos para entender c&oacute;mo aprendieron los estudiantes. El segundo    art&iacute;culo, titulado &quot;Uso de tecnolog&iacute;as de informaci&oacute;n en el aula&quot;, escrito    por Patricia Jaramillo, estudia la manera en la que las tecnolog&iacute;as de    informaci&oacute;n y comunicaci&oacute;n (TIC) son utilizadas en dos aulas de clase de    colegios p&uacute;blicos de Bogot&aacute;. El an&aacute;lisis realizado es particularmente    interesante en la manera en la que relaciona las estrategias docentes y la    filosof&iacute;a que las subyace en ambos casos, con el tipo de competencias que    son desarrolladas. Para ello, el art&iacute;culo distingue en lo pedag&oacute;gico entre    enfoques de ense&ntilde;ar, <i>practicar y ejercitar</i>, y enfoques de <i>resolver problemas      y elaborar productos</i>. En t&eacute;rminos de resultados, hace una distinci&oacute;n tambi&eacute;n    entre el desarrollo de <i>competencias computacionales</i> y el de <i>competencias      informacionales</i>. </p>            ]]></body>
<body><![CDATA[<p>     Ambos pares de categor&iacute;as prometen ser &uacute;tiles, con algunas      adaptaciones apropiadas, incluso en otros contextos diferentes de aquellos      donde se aprenden o utilizan TIC. Por otro lado, es tambi&eacute;n interesante      establecer una relaci&oacute;n con el art&iacute;culo precedente, y as&iacute; contrastar la      manera como estas tecnolog&iacute;as fueron utilizadas en apoyo a la comprensi&oacute;n de      fen&oacute;menos termodin&aacute;micos. El tercer art&iacute;culo, escrito por Sonia Castellanos,      se titula &quot;Reflexionado sobre la inequidad de g&eacute;nero&quot;. Este art&iacute;culo, al      igual que el primero, reporta sobre el proceso y el impacto de una      intervenci&oacute;n pedag&oacute;gica. En este caso la intervenci&oacute;n consist&iacute;a en el      estudio de situaciones de inequidad de g&eacute;nero a partir de testimonios y      an&aacute;lisis de casos, la discusi&oacute;n en grupos colaborativos, y la escritura de      textos personales. El impacto pretendido y analizado es sobre la manera en      la que los estudiantes conciben este tema en sus vidas. Un punto que      considero particularmente importante de este art&iacute;culo es la discusi&oacute;n sobre      la relaci&oacute;n entre los espacios de reflexi&oacute;n personal y los espacios de      discusi&oacute;n y colaboraci&oacute;n. En este caso particular, los espacios de reflexi&oacute;n      personal permitieron la exploraci&oacute;n de las propias identidades y      experiencias por parte de los estudiantes, sin la cual la discusi&oacute;n en      grupos podr&iacute;a haber sido mucho menos rica y profunda de lo que fue. El      siguiente art&iacute;culo es escrito por m&iacute; (Andr&eacute;s Mej&iacute;a D.), y presenta una      discusi&oacute;n te&oacute;rica sobre las posibilidades y limitaciones de la investigaci&oacute;n      en pedagog&iacute;a. Un tema central de discusi&oacute;n consiste en la descripci&oacute;n de      tres tipos de preguntas diferentes sobre los cuales es necesario hacer      investigaci&oacute;n directamente en las aulas: 1) preguntas causales, que buscan      describir qu&eacute; ocurre cuando se hace o deja de hacer algo en el sal&oacute;n de      clases; 2) preguntas <i>anal&iacute;ticas</i>, que buscan explicar de qu&eacute; se trata los      conceptos que aparecen como relevantes para analizar lo que ocurren en el      sal&oacute;n de clases; y 3) preguntas <i>normativas</i>, que pretenden establecer qu&eacute; es      correcto buscar en el sal&oacute;n de clases. Al hacer esta distinci&oacute;n, quiero      empujar a la investigaci&oacute;n pedag&oacute;gica hacia un nivel de reflexi&oacute;n te&oacute;rica      m&aacute;s alto del que presumiblemente es com&uacute;n, pero persiguiendo efectos      pedag&oacute;gicos pr&aacute;cticos directos. En el espacio de otras voces, tenemos dos      revisiones bibliogr&aacute;ficas. El texto de Andr&eacute;s Isaza, &quot;Clases magistrales vs.      actividades participativas en el pregrado de medicina&quot;, discute diferentes      formatos de clase, tanto en general como en el estudio concreto de la      medicina. En particular, su discusi&oacute;n se concentra en las clases      magistrales, que contrasta con otro tipo de estrategias pedag&oacute;gicas tales      como el aprendizaje basado en problemas (PBL) y el trabajo en colaboraci&oacute;n.      El texto de Marc Jan&eacute;, &quot;Evaluaci&oacute;n del aprendizaje&quot;, discute la evaluaci&oacute;n      acad&eacute;mica, haciendo &eacute;nfasis en sus posibilidades de ser tomada como      evaluaci&oacute;n <i>formativa</i>, y parte central del proceso pedag&oacute;gico. Es decir, se      plantea la evaluaci&oacute;n como una acci&oacute;n que en s&iacute; misma contribuye al      aprendizaje. Sin embargo, m&aacute;s all&aacute; de s&oacute;lo formular este enunciado, el texto      tambi&eacute;n describe algunas estrategias evaluativas posibles que pueden      contribuir a dicho car&aacute;cter formativo.</p>         <p> En general, todos estos textos hacen un aporte valioso para educadores e        investigadores. Creo que el lector estar&aacute; de acuerdo conmigo en que no        presentan conclusiones triviales, ni se limitan a decir lo que todos ya        sab&iacute;amos de antemano. Tienen un nivel de detalle y de rigor conceptual alto,        que abre posibilidades para mejorar nuestro entendimiento pedag&oacute;gico -al        mostrarnos nuevos aspectos para observar y analizar en nuestras clases-, as&iacute;        como nuestra pr&aacute;ctica pedag&oacute;gica -al mostrarnos diversas estrategias        pedag&oacute;gicas posibles-.</p>                  <p> El debate de este n&uacute;mero concierne al tema de la reforma de los programas de        pregrado en las universidades. Este tema se ha abierto en nuestro contexto,        recientemente, a partir de las discusiones iniciadas en algunas        universidades, principalmente la Universidad Nacional. Tenemos aqu&iacute; tres        visiones interesantes. Diana Obreg&oacute;n, directora nacional de programas        curriculares de la Universidad Nacional, presenta su posici&oacute;n a favor de la        reducci&oacute;n de los programas de pregrado, basada en la necesidad de una        entrada m&aacute;s temprana al mundo laboral, y de una mayor flexibilidad en el        aprendizaje de los estudiantes. Advierte, eso s&iacute;, sobre la necesidad de        cambios pedag&oacute;gicos y curriculares que lleven a los estudiantes a poder        seguir aprendiendo durante toda la vida. Orlando Acosta, profesor e        investigador de la Universidad Nacional, presenta una posici&oacute;n un poco m&aacute;s        cautelosa. Sugiere que la reducci&oacute;n en la duraci&oacute;n no es ventajosa o        desventajosa en s&iacute; misma, sino que ello depende de manera importante,        tambi&eacute;n de otras pol&iacute;ticas educativas de las instituciones universitarias.        Ana Cristina Miranda, asistente de la Vicerrector&iacute;a Acad&eacute;mica de la        Pontificia Universidad Javeriana, entiende el cambio propuesto en la        duraci&oacute;n de los pregrados como algo que ocurre dentro del marco de un cambio        mucho m&aacute;s profundo en nuestra manera de entender el conocimiento y el        aprendizaje. Dentro de este nueva concepci&oacute;n, ella inscribe tambi&eacute;n el paso        a una educaci&oacute;n que promueva el desarrollo de competencias.  </p>                <p> Espero que el lector disfrute de este n&uacute;mero de la Revista de Estudios        Sociales.</p>     </font>      ]]></body>
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