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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Using a research on the rural space transformations at Navarra (Spain) as starting point, the author-a sociologist specialized in the study of spatial-temporal imaginaries of contemporary culture- traced a map of the challenges these transformations impart to the Social Sciences in Europe as well as in the Americas.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="2">      <p align="center"><font size="4">&iquest;En qu&eacute; espacio habitamos realmente los hombres?</font></p>     <p><b>Luis Castro Nogueira</b>*</p>     <p>* Doctor en Filosofia por la Universidad Aut&oacute;noma de Madrid y Master of Arts en la Universidad de Londres, es profesor de Filosof&iacute;a y Metodolog&iacute;a de las Ciencias Sociales en la UNED. Hace parte, con Ignacio Gomez Lia&ntilde;o y Mariano H.Ossorno, del grupo que introduce en Espa&ntilde;a la investigaci&oacute;n sobre la historia de la espacialidad como experiencia social : cognitiva, est&eacute;tica, pol&iacute;tica. Ha publicado Ensayo general para un ballet anarquista (Libertarias, Madrid, 1986); Tiempos modernos, ( La General,Granada 1991); La risa del espacio: el imaginario espacio-temporal contempor&aacute;neo (Tecnos, Madrid, 1997); Social Space and Time in Classical Greece (en prensa). </p><hr size="1">     <p><b>Resumen </b></p>     <p>Partiendo del examen a una investigaci&oacute;n sobre las transformaciones del espacio rural en Navarra (Espa&ntilde;a) el autor &ndash;soci&oacute;logo especializado en el an&aacute;lisis de los imaginarios espacio-temporales en la cultura contempor&aacute;nea- traza un mapa de los desaf&iacute;os que esas transformaciones plantean a las ciencias sociales en Europa pero tambi&eacute;n, en buena medida, a este otro lado del Atl&aacute;ntico. </p>     <p><b>Palabras clave:</b> Espacio-tiempo social, cartografias simb&oacute;licas, paisajes sociales, imaginarios espaciales, curvaturas del espacio-tiempo social (plektopoi), procesos de subjetivaci&oacute;n: socius, corpus, animus, habitus/fluxus. </p> <hr size="1">     <p><b>Abstract </b></p>     <p>Using a research on the rural space transformations at Navarra (Spain) as starting point, the author&mdash;a sociologist specialized in the study of spatial-temporal imaginaries of contemporary culture&mdash; traced a map of the challenges these transformations impart to the Social Sciences in Europe as well as in the Americas. </p>     <p><b>Keywords:</b> Social Space-Time; Symbolic Cartographies; Social Landscapes; Spatial Imaginaries; Social Space-Time Curves (plektopoi); Subjectivity Processes: socius, corpus, animus, habitus/fluxus. </p> <hr size="1">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Cuando redacto el texto (agosto de 2005), los colonos jud&iacute;os, siguiendo &oacute;rdenes del gobierno de Sharon, abandonan, no sin fuerte resistencia, la franja de Gaza, mientras los palestinos se disponen a recuperar con enorme alborozo popular el primero (&iexcl;!) de sus territorios ocupados. Ciertamente, un tel&oacute;n de fondo ideal para cualquier meditaci&oacute;n sociol&oacute;gica sobre la complejidad de los imaginarios espacio-temporales. Y a ello vamos. El ensayo se divide en tres partes. En la primera exponemos algunas ideas del libro Paisajes sociales y met&aacute;foras del lugar, de J. Oliva y LA Camarero (2005) y su doble relevancia como trabajo emp&iacute;rico y manifiesto te&oacute;rico a la hora de reformular algunas categor&iacute;as b&aacute;sicas de las ciencias sociales. En la segunda parte repensamos y reubicamos sus hallazgos a la luz de nuestro propio modelo de tensores y curvaturas para explorar el imaginario espacio-temporal expuesto en La risa del espacio. En la tercera, exponemos sucinta y cr&iacute;ticamente algunas consideraciones b&aacute;sicas sobre el habitus espaciotemporal y los procesos de subjetivaci&oacute;n desde las cuales tratamos de integrar en las ciencias sociales las brillantes met&aacute;foras espaciales de Sloterdijk en torno a burbujas y esferas, las conocidas tesis de Bourdieu sobre la l&oacute;gica de los campos y nuestras propias contribuciones en torno a los imaginarios espacio-temporales y su lugar en las investigaciones sociol&oacute;gicas. </p>     <p><b>La (re)inserci&oacute;n del espacio-tiempo social y los imaginarios espaciales en las ciencias sociales </b></p>     <p><b>Paisajes sociales y met&aacute;foras del lugar (Oliva y Camarero, 2005) </b></p>     <p>Los hombres, dicen Oliva y Camarero, necesitan inventarse a s&iacute; mismos sin descanso&hellip; se trata de una incesante tarea de elaboraci&oacute;n figurativa que produce discursos, met&aacute;foras y se vale de esos constructos de sentido, del imaginario magm&aacute;tico que media nuestra percepci&oacute;n de la realidad y la instituye (Castoriadis, 1975). Como sugiere la met&aacute;fora de Geertz, no somos sino ara&ntilde;as prendidas en la propia red de sentidos y significados que hemos tejido y seguimos tejiendo sin descanso (Geertz, citado en Oliva y Camarero, 1992). </p>     <p>Los pueblos y ciudades se viven e imaginan de forma muy diferente a como lo eran tan s&oacute;lo hace unas d&eacute;cadas. Algo que forzosamente exige un radical cambio de enfoque en las propias ciencias sociales. Para los autores es menester penetrar a fondo en la propia configuraci&oacute;n de la persona o el self contempor&aacute;neo y en los sentidos que adquieren los lugares junto a sus relaciones con la identidad y los estilos de vida. Los media, el posfordismo y las TIC han licuado los viejos fetiches sobre el campo, la ruralidad y sus habitantes. Mientras la instantaneidad erosiona la sensaci&oacute;n del lugar, la experiencia inmediata de otros lugares reales o imaginarios, a menudo mercantilizados, nos sumerge en una utop&iacute;a globalizada y falsamente supercomunicada que desestabiliza los referentes tradicionales de nuestra seguridad ontol&oacute;gica (Oliva y Camarero, 1992, p. 22). </p>     <p>A medida que los lugares (reales o imaginarios, mercantilizados o significados) inundan nuestra experiencia cotidiana, tambi&eacute;n se transforma la manera como son vividos en tanto que realidades f&iacute;sicas, sociales y simb&oacute;licas (Oliva y Camarero, 1992, p. 24). </p>     <p>Los autores captan l&uacute;cidamente la compleja experiencia social (n-dimensional) de una ruralidad itinerante (una nueva estacionalidad espaciotemporal), que redefine radicalmente el socio-ritmo (como dir&iacute;a Lefebvre) de pueblos y ciudades, determinado por la dispersi&oacute;n productiva y residencial y nuevas pr&aacute;cticas de ocio-consumo, conectadas al espacio de los flujos del que habla Castells: flujos de informaci&oacute;n, de capital y de im&aacute;genes, que reconfiguran la experiencia de los lugares creando nuevos espacios sociales y simb&oacute;licos en mutaci&oacute;n constante. </p>     <p>Factores como la deslocalizaci&oacute;n productiva, la contraurbanizaci&oacute;n y la desagrarizaci&oacute;n han reestructurado el ethos de la modernizaci&oacute;n desarrollista de los a&ntilde;os sesenta del siglo pasado, enfrent&aacute;ndonos con el reto de pensar a fondo estas transformaciones. La nueva experiencia de lo rural ha adquirido un notable poder como dispositivo ideol&oacute;gico-cultural rompiendo con el mito de la urbanizaci&oacute;n. </p>     <p>El pueblo y la ciudad se valoran desde la conciencia del fracaso de aquella utop&iacute;a urbana y los nuevos h&eacute;roes ya no son los emigrantes a la ciudad en busca de fortuna sino, por el contrario, los nuevos actores y residentes que pueblan (retornando a veces a) las nuevas urbanizaciones y zonas rurales. La ciudad (y las narrativas de malestar de los emigrantes retornados y turistas) ha dejado de ser el ut&oacute;pico lugar de la liberaci&oacute;n para convertirse en un nodo del espacio de los flujos en el que se entra y se sale conservando todav&iacute;a cierta aura de poder. </p>     <p>Todo ello ha llevado a profundos cambios en los estudios sociales del fin de milenio que cuestionan la oposici&oacute;n rural/ urbano (como formas de vida radicalmente diferenciadas) para explorar la hibridaci&oacute;n, la desdiferenciaci&oacute;n y el mestizaje, borroso y cambiante, de nuevas estrategias y estilos de vida, protagonizados por nuevos actores, nuevas identidades y narrativas. Los autores defienden la necesidad de esta reorientaci&oacute;n que enfatiza las representaciones colectivas (Halfacree), la construcci&oacute;n social (Mormont) y el car&aacute;cter discursivo (Marsden) de esta desdiferenciaci&oacute;n, representada muy especialmente por autores anglosajones que diseccionan este nuevo imaginario rural y suburbano, adelantado ya en los a&ntilde;os sesenta y setenta del siglo pasado por autores como Lefebvre, Morin y Gaviria. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Lo rural como elemento imaginario asociado a lo natural, la salud, la identidad, la pertenencia, pasa a formar parte de nuestras estrategias identitarias, de consumo, residenciales y tur&iacute;sticas (Oliva y Camarero, 1992, p.26). La mirada del turista convierte a los lugares en objetos de voracidad visual, los museifica y disneyfica amenazando con convertirlos en parques tem&aacute;ticos ligados a (y disueltos en) circuitos de consumo. De esta forma, los sentidos que asociamos a nuestras experiencias con los lugares (la infancia, las verdades eternas, la seguridad, la solidaridad intergeneracional...), pueden ser vinculados a los productos (compramos comida enlatada porque es &ldquo;sana&rdquo; y elaborada como si fuera &ldquo;artesana&rdquo;, adquirimos unifamiliares porque as&iacute; vivimos &ldquo;independientes&rdquo; y &ldquo;libres&rdquo; (Oliva y Camarero, 1992, p. 27). Como muestran Lash y Urry (1998), en torno a los lugares y lo rural ha surgido una poderosa econom&iacute;a de signos y espacios. Como constructos de sentido los lugares despliegan toda una dimensi&oacute;n emocional. Una ventajosa v&iacute;a de acceso a nuestros deseos y expectativas. Los autores conceden la palabra a los propios residentes rurales y a sus estrategias discursivas, pr&aacute;cticas y estilos de vida, a la hora de desentra&ntilde;ar los significados de lo rural como artefacto imaginario que subyace en las narrativas sobre el arraigo, el futuro local y los otros y que legitima las estrategias residenciales de ocio y consumo. </p>     <p><b>Cartograf&iacute;as imaginarias: apuntes para pensar la itinerancia y la fluidez social </b></p>     <p>&ldquo;Los significados atribuidos al lugar y a la pertenencia; las met&aacute;foras utilizadas para describir nuestra experiencia del mismo o para expresar los sentidos de nuestro arraigo; las batallas (reales y simb&oacute;licas) por la apropiaci&oacute;n de sus tiempos, espacios y recursos, o los discursos sobre los buenos y malos usos de todos ellos... conforman otra cartograf&iacute;a imaginaria a partir de la cual podemos estudiar esta ruralidad cambiante&rdquo; (Oliva y Camarero, 1992, p. 65). </p>     <p>Esbozan los autores, como resultado de sus an&aacute;lisis, una ruralidad reflexiva e itinerante (que se compara sin complejos con las ciudades), n&oacute;mada (que hace de la movilidad su principal capital de arraigo) y heterog&eacute;nea (formada por grupos de residentes que la viven con estilos de vida diferenciados, en espacios y tiempos a menudo asim&eacute;tricos)...una realidad local sometida a un cambio vertiginoso, irremediablemente ligada a las nuevas ventajas e incertidumbres glocales (Oliva y Camarero, 1992, p21). </p>     <p>Los pueblos y enclaves rurales constituyen para sus habitantes accidentes geogr&aacute;ficos dotados de &ldquo;un marco relacional y de sentido mediante un imaginario sobre el que se proyectan expectativas e intereses. Y en este sentido, tambi&eacute;n constituye toda una apuesta emocional que amalgama deseos, temores, identidades... y cuyo reflejo los (nos) instituye como sujetos sociales&rdquo; (Oliva y Camarero, 1992, p. 119). </p>     <p>&ldquo;Para los individuos, en definitiva, la ruralidad se convierte en un imaginario de la localidad (...) La localidad, como realidad social, adquiere su car&aacute;cter a trav&eacute;s del plano ideal que representa la ruralidad...Esto resulta muy claro en el caso de los nuevos residentes, quienes construyen su localidad en funci&oacute;n de las caracter&iacute;sticas deseadas. As&iacute; valoran, por ejemplo, la homogeneidad edificatoria, la apariencia de antiguo, los espacios abiertos, los olores...&rdquo; (Oliva y Camarero, 1992, p. 121).</p>     <p>En definitiva, la localidad no es un marco estricto, f&iacute;sica y objetivamente delimitado, sino que es un entorno complejo. Complejo en el sentido de que es &ldquo;proyectado por sus habitantes y a la vez interiorizado en sus acciones por los mismos&rdquo; (Oliva y Camarero, 1992, p. 122). </p>     <p><b>Necesidad de repensar las categor&iacute;as sociol&oacute;gicas </b></p>     <p>Las herramientas epistemol&oacute;gicas y metodol&oacute;gicas han sido forjadas para representar procesos lineales de modernizaci&oacute;n. Sin embargo, la irrupci&oacute;n sobremoderna (la generalizaci&oacute;n de la movilidad, la desestabilizaci&oacute;n de los referentes, la instantaneidad telem&aacute;tica...) y la glocalizaci&oacute;n multicultural (la omnipresencia de los otros, la reversibilidad de los acontecimientos) nos han lanzado, parad&oacute;jicamente, a la incertidumbre de lo heterog&eacute;neo, a las trayectorias esquivas de lo itinerante. Las sociedades complejas se han revelado profundamente inestables, y la mirada que ejercen sobre s&iacute; mismas las convierte en un poderoso entramado, construido sobre la fragilidad convulsa de los estados de &aacute;nimo y la cambiante fluidez de las representaciones sobre lo real. &ldquo;(...) Por otro lado, los gobiernos locales no pueden ya pensar su entorno inmediato sin tener en cuenta los circuitos de circulaci&oacute;n de capitales, personas y signos. </p>     <p>Debemos empezar a pensar la posici&oacute;n en las redes del &ldquo;espacio de los flujos&rdquo;, m&aacute;s que en la vieja localizaci&oacute;n del lugar. El futuro local no est&aacute; determinado s&oacute;lo por sus residentes sino por los que pueden arraigarse en la itinerancia, la actitud de los propietarios ausentes o la demanda de los potenciales consumidores de sus recursos (materiales o simb&oacute;licos)&rdquo; (Oliva y Camarero, 1992, p.123). &iquest;Qu&eacute; significa para las ciencias sociales la aportaci&oacute;n de Oliva y Camarero, m&aacute;s all&aacute; de un novedoso y brillante an&aacute;lisis emp&iacute;rico sobre los paisajes sociales, tan valioso desde un punto de vista metodol&oacute;gico y, quiz&aacute;s, inc&oacute;modo (para muchos) en el plano pol&iacute;tico? Lo esencial de su aportaci&oacute;n por lo que respecta al objetivo de este ensayo es lo siguiente: </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>1.</b> M&aacute;s all&aacute; del caso navarro, los paisajes sociales de cualquier ruralidad (inglesa, italiana o alemana) son (crecientemente) irreductibles a los viejos procesos lineales de modernizaci&oacute;n que han surtido de categor&iacute;as epistemol&oacute;gicas, metodol&oacute;gicas y ontol&oacute;gicas, a las ciencias sociales. Aunque en cierto modo siempre lo hab&iacute;a sido, quiz&aacute;s nunca como ahora la vieja geograf&iacute;a f&iacute;sica se nos revela, ante todo, como geograf&iacute;a constitutivamente social, narrativa y simb&oacute;lica. </p>     <p><b>2.</b> Las venerables cartograf&iacute;as (basadas en indicadores convencionales de renta, actividades productivas, edad o g&eacute;nero, propias de la geograf&iacute;a econ&oacute;mica cl&aacute;sica) de los paisajes sociales de cualquier ruralidad, son causa/ efecto de cartograf&iacute;as imaginarias cuyos solapamientos son cada vez m&aacute;s determinantes para el destino, sentido, destino, realidad y objetividad de las primeras. </p>     <p><b>3.</b> La hibridaci&oacute;n y el mestizaje protagonizados por nuevos actores, nuevas identidades y nuevas narrativas, reclaman nuevas herramientas para repensar los paisajes rurales de la posmodernidad. </p>     <p><b>4.</b> El espacio-tiempo social de las ruralidades contempor&aacute;neas es un espacio social cada vez m&aacute;s y m&aacute;s glocalizado: abierto a (y contaminado por) el espacio de los flujos (infogr&aacute;ficos, financieros, geopol&iacute;ticos, medi&aacute;ticos y de consumo). </p>     <p><b>5.</b> Las viejas localidades de la geograf&iacute;a f&iacute;sica pierden su autonom&iacute;a y singularidad para depender, cada vez en mayor grado, de imaginarios colectivos, ligados a esa omnipresente esfera, asimismo magm&aacute;tica y en perpetua metamorfosis, de los flujos del capital, las modas y los estilos de vida. Algo que no s&oacute;lo para los nacionalismos crea problemas identitarios. </p>     <p><b>6.</b> Las TIC (tecnolog&iacute;as de informaci&oacute;n y comunicaci&oacute;n) han licuado los vetustos fetiches sobre el campo, la ruralidad y sus habitantes. Los patrones rurales de consumo son inseparables de conflictos y luchas simb&oacute;licas causa/efecto de la din&aacute;mica econ&oacute;mica y cultural. Lo ideol&oacute;gico, on&iacute;rico y emocional forma parte decisiva de la mercantilizaci&oacute;n flexible de las neo-ruralidades posmodernas. Lo rural, lo natural, la salud y la identidad personal se entretejen prometiendo nuevos (fascinantes) fetichismos para el consumo ecol&oacute;gico, econ&oacute;mico e ideol&oacute;gico-pol&iacute;tico. </p>     <p><b>7.</b> Las realidades locales ya no dependen socioecon&oacute;micamente de s&iacute; mismas, de la actitud pol&iacute;tica de sus residentes y de sus propios procesos productivos, sino de otros agentes virtuales remotos en el espacio (inversores/consumidores) que en cualquier momento pueden resultar decisivos para cualquier lugar, modificando las reglas del juego. </p>     <p><b>8.</b> El espacio-tiempo social de las nuevas ruralidades se halla tramado por texturas y energ&iacute;as (colectivas e individuales) imaginarias, discursivas, narrativas, figurativas, metaf&oacute;ricas y simb&oacute;licas, cargadas de poderosas resonancias y de complicidades emocionales, en continuo (impredecible) devenir, que no s&oacute;lo modifican la realidad social sino que la determinan y constituyen de cabo a rabo. </p>     <p><b>9.</b> La vivencia del lugar, la singularidad local, las representaciones del pueblo y los sentidos del arraigo, pero tambi&eacute;n, y de manera inextricable, el valor de mercado de las casas y la propia experiencia de los lugare&ntilde;os (que a menudo se compra/vende empaquetada y con el precio puesto), se hallan mediadas por esos magmas imaginarios en permanente becoming, creando rentables nichos posfordistas en una industria de turismo rural cada vez m&aacute;s (&iexcl;Heidegger permitting!) ontologizada y kitsch. </p>     <p><b>Revisitando las curvaturas (plektopoi) del espacio-tiempo social </b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En La risa del espacio (Castro Nogueira, 1997) recurr&iacute;amos para describir la genealog&iacute;a y ontolog&iacute;a de lugares y espacios, a lo que llam&aacute;bamos metaf&oacute;ricamente tensores de curvatura que constituyen, pliegan y trenzan virtualmente el espacio-tiempo social tanto a un nivel local (campos gravitatorios de ciertos cuerpos institucionales) como al nivel global del espacio-tiempo propio de una &eacute;poca hist&oacute;rica o de una determinada cultura. </p>     <p>De acuerdo con ello, manten&iacute;amos que todo espacio-tiempo social se constituye y redimensiona exteriormente como causa y efecto (entre otras variables) de sus pr&aacute;cticas materiales constructivas de orden t&eacute;cnico, sus juegos discursivos y sus c&oacute;digos visuales. Interiormente, en primer lugar, como causa y efecto de las pr&aacute;cticas individuales; en segundo lugar, de sus relaciones con las facultades humanas (deseo, memoria, imaginaci&oacute;n/ raz&oacute;n) y, finalmente, en tercer lugar, de las diferentes estrategias de poder. Por ello, toda &eacute;poca es causa/efecto a la vez de la curvatura de su espacio-tiempo tanto a un nivel local como global. Sin embargo, toda &eacute;poca- y esto es decisivo- se sue&ntilde;a y se postula, imaginariamente, como curvatura cero: puro plano normal de consistencia; coexistencia espacio-temporal de grado cero, como una suerte de en- s&iacute;, autoevidente, de su propia e irreductible, espacio-temporalidad. </p>     <p>De esta suerte, inspir&aacute;ndonos y modificando esquemas de Lefebvre y Harvey, distingu&iacute;amos las siguientes dimensiones a la hora de analizar el imaginario espacio-temporal que otorga sentido a los lugares en los que habitamos los hombres: </p>     <p><b>A. Curvatura Externa</b> del espacio-tiempo social, con tres tipos de coeficientes tensoriales<Sup><a href="#n1">1</a></Sup> que operan de un modo complejo en una sinergia irreductible a cualquier modelo de pensamiento lineal. </p> <ol>       <li>Producci&oacute;n f&iacute;sica y material (t&eacute;cnica) del espacio-tiempo social. Como ejemplos emblem&aacute;ticos pueden servir la polis o la ciudad santa barroca (Roma). En nuestra &eacute;poca aparece toda una problem&aacute;tica de la organizaci&oacute;n geopol&iacute;tica y t&eacute;cnico-financiera: el espacio-tiempo desterritorializado del capital y los viejos (territorializados/ territorializantes) estados nacionales, el espacio de los flujos (Castells) y lo que nosotros llamamos flujos del espacio<Sup><a href="#n2">2</a></Sup>. </li>       <li>Producci&oacute;n/ reproducci&oacute;n de discursos sobre el espaciotiempo social: tensores cient&iacute;ficos, mitol&oacute;gicos, m&aacute;gicos y teol&oacute;gicos que constituyen y traman el legein (la normalidad simb&oacute;lica) de lo espacial en todas sus dimensiones y complejidad: mapas, planos, topograf&iacute;as, cartograf&iacute;as, teor&iacute;as geopol&iacute;ticas; pero tambi&eacute;n representaciones geom&eacute;tricas o topol&oacute;gicas, filos&oacute;ficas y sistemas simb&oacute;lico-est&eacute;ticos de representaci&oacute;n espacial. As&iacute;, para seguir con los mismos ejemplos, el espacio-tiempo social de la polis arcaica se fundamenta en la pareja Hestia (la casa, lo tel&uacute;rico, lo femenino, lo inm&oacute;vil)/ Hermes (lo p&uacute;blico, el &aacute;gora, el dominio de lo masculino y el ritmo social). Y la Roma de Sixto V (con sus obeliscos y plazas herm&eacute;ticas), exhibe una escritura urban&iacute;stica tramada por las virtudes m&aacute;ntico-psico-t&oacute;picas de la infinitud espacial. En la modernidad, la reducci&oacute;n instrumental del espacio ontol&oacute;gico y urban&iacute;stico a la vor&aacute;gine del tiempo, el progreso, el mercado y el Estado se inscriben en los bulevares, los pasajes de Paris que tanto fascinaron a Benjam&iacute;n, los (casi desparecidos) enclaves obreros y las actuales (densas) constelaciones medi&aacute;tico-telem&aacute;ticas. </li>       <li>Producci&oacute;n/ reproducci&oacute;n de la visualidad social propia de una &eacute;poca: formas visuales materiales y ut&oacute;picas; heterotop&iacute;as, imaginer&iacute;a y control social; aprendizaje de c&oacute;digos visuales y de otros &oacute;rdenes perceptivos. La imaginer&iacute;a de la polis (templos, mercados, estadios, murallas, plazas, estatuas, pinturas y decoraci&oacute;n) pone en escena todos los valores pol&iacute;ticos, religiosos y familiares. Por su parte, la visualidad del barroco (trampantojos, c&uacute;pulas ilusionistas y perspectivas vertiginosas) se expresa admirablemente como aquellos espejismos del Enga&ntilde;o/ Desenga&ntilde;o que pueblan los h&aacute;bitos perceptivos de los personajes de El Critic&oacute;n. En nuestra &eacute;poca, la iconosfera, la aldea global, la sociedad del espect&aacute;culo, el juego de los simulacros y la realidad virtual son, todos ellos, ingredientes decisivos de la ontolog&iacute;a pol&iacute;tica de la visualidad posmoderna, o como quiera llam&aacute;rsele. </li>     </ol>     <p><b>B. Curvatura interna</b> del espacio-tiempo social que constituye el habitus. Esta curvatura interna permite su desglose en tres niveles interdependientes y, asimismo, relacionados de manera muy compleja, no lineal y a menudo discordante, con la curvatura externa del espacio-tiempo social. </p> <ol>       <li>Cartograf&iacute;a cognitiva y pr&aacute;cticas espacio-temporales. (Des)orientaci&oacute;n del sujeto en el espacio. (In)capacidad de situarse e imaginar su lugar en la globalidad virtual del espacio-tiempo social. El ciudadano de la Atenas de Pericles constituye un buen ejemplo de cierta particular (feliz y ef&iacute;mera) integraci&oacute;n de pr&aacute;cticas espaciales y cognitive mapping. Sus dimensiones como ser humano parecen solaparse con las de polit&eacute;s en una ontolog&iacute;a pol&iacute;tica en la que todo parece localizado: como despot&eacute;s y amo en la casa; como dem&oacute;crata en la Asamblea; como creyente en el templo; como cuerpo y deseo en el gimnasio y como ser civilizado en los l&iacute;mites del &Aacute;tica que marcan su territorio frente a los b&aacute;rbaros. En el Barroco, sin embargo, coexisten dos cartograf&iacute;as cognitivas: una contrarreformista ligada a los mencionados trampantojos y espejismos del mundo, y otra, di&oacute;ptrica y cartesiana, vinculada a la nueva ciencia y la mathesis universalis. En nuestra &eacute;poca, entre otros fen&oacute;menos, surge la nueva problem&aacute;tica de lo sublime posmoderno como (im)posibilidad de un cognitive mapping (Lynch y Jameson), los hiperespacios infogr&aacute;ficos y medi&aacute;ticos, la deslocalizaci&oacute;n no s&oacute;lo econ&oacute;mica y los no-lugares. </li>       ]]></body>
<body><![CDATA[<li>Funciones psico-epistemol&oacute;gicas y ontol&oacute;gicas del espacio-tiempo social en relaci&oacute;n con el deseo, la memoria, la imaginaci&oacute;n y el conocimiento. La interioridad e identidad personal concebidas en t&eacute;rminos de espacio-tiempo interior tal como se han configurado en las diferentes culturas y &eacute;pocas hist&oacute;ricas. Por ejemplo, la relevancia crucial de Nnemosyne (la memoria, el retorno y la repetici&oacute;n) para el ideal griego de acci&oacute;n determina, sin duda, su escasa o nula capacidad de imaginar o gestionar (pol&iacute;tica, econ&oacute;mica, t&eacute;cnica o filos&oacute;ficamente) el futuro en un sentido moderno. Y, como es sabido, la interioridad barroca se expresa, en general, como alma constituida por cierta infinitud espacial imaginaria: m&oacute;nada que refleja especularmente la infinitud del cosmos y en la que tampoco existe espacio todav&iacute;a para la singularidad biogr&aacute;fica y la irreversibilidad del tiempo. La modernidad, sin embargo, concibe la interioridad humana como tiempo -en todas sus variantes-: proyecto colectivo revolucionario (Saint-Simon, Comte, Marx), memoria personal (Proust, Freud) y originalidad subjetiva (vanguardias art&iacute;sticas) irreductiblemente personal. </li>       <li>Poder y modalidades de la experiencia subjetiva. Reproducci&oacute;n del interior del exterior como operaci&oacute;n de la curvatura externa sobre la interna y viceversa. Por ejemplo, la densidad simb&oacute;lica que articula la casa griega (JP. Vernant) o el poder edificante del imaginario barroco sobre la psique individual (I. G&oacute;mez de Lia&ntilde;o, 1992). Y ya, en nuestro tiempo, por citar s&oacute;lo algunos ejemplos: el poder normalizador de las disciplinas foucaultianas; la eidosfera infogr&aacute;fica, la alienaci&oacute;n de la sociedad del espect&aacute;culo, los efectos esquizofr&eacute;nicos inducidos por el hiperespacio posmoderno, los media y la mercantilizaci&oacute;n de los estilos de vida. </li>     </ol>     <p>De esta guisa, dec&iacute;amos, la experiencia espacio-temporal de un ser humano se constituye por el cruce complejo y, a menudo, discordante entre ambas curvaturas externa e interna. Todo espacio-tiempo social se halla inextricablemente trenzado, tramado y urdido por toda una serie de coeficientes tensoriales o fuerzas imaginarias (a fuer de reales y materiales). La polis, el burgo medieval o un sweat-shop actual californiano son, en este sentido, plektopoi: racimos de espacio-tiempos (a la vez materiales e imaginarios, a la vez sociales y rabiosamente personales) plegados por n dimensiones que se entrelazan y repliegan entre s&iacute; de modo tan irreductible como impredecible y enigm&aacute;tico. </p>     <p>Conviene, advert&iacute;amos, por ello mismo, evitar los determinismos que ponen todo su &eacute;nfasis en los factores objetivos externos (las venerables fuerzas productivas en tanto que configuradoras decisivas en &uacute;ltima instancia del espacio-tiempo social o las no menos sacrosantas epistemes discursivas estructuralistas que se pretenden orgullosamente incontaminadas por cualquier proceso material), reduciendo -dial&eacute;ctica o estructuralmente- la curvatura interna del espacio-tiempo (la experiencia subjetiva con todos sus vertiginosos y polim&oacute;rficos registros hist&oacute;ricos) a un mero producto ideol&oacute;gico o a un efecto m&aacute;s o menos superficial de la episteme de turno. En segundo lugar, y de manera paralela, hay que resistirse, asimismo, a la tentaci&oacute;n de obviar el peso y la densidad de esos coeficientes tensoriales externos, incurriendo en cualquier registro subjetivista (aqu&iacute; la bestia negra ser&iacute;a cualquier filosof&iacute;a del sujeto desde kant hasta Bergson, desde el primer Heidegger a Sartre) que hacen del espacio-tiempo social una virtual creaci&oacute;n imaginaria, m&aacute;s o menos &eacute;pica, de los poderes autistas y trascendentales de la conciencia humana. </p>     <p>La curvatura externa preexiste a (y condiciona) la experiencia individual pero siempre en la medida que deviene habitus operativo (Bourdieu), y mientras que la reproduce, la distorsiona y la recrea topol&oacute;gicamente, en funci&oacute;n de las diferentes posiciones del sujeto en el espacio-tiempo social. </p>     <p>Como resumen de lo anterior, esboz&aacute;bamos algunos de estos nuevos plektopoi o curvaturas contempor&aacute;neas del espacio-tiempo social que apuntan, inequ&iacute;vocamente, a una espaciolog&iacute;a m&aacute;s all&aacute; de la modernidad: </p> <ol>       <li>Plektopoi urban&iacute;sticos, dotados de cierta autonom&iacute;a psicot&oacute;pica y aur&aacute;tica, irreductibles a aquellos viejos objetos (ciudades y grandes desarrollos urbanos como los de Hausmann en el Par&iacute;s del Segundo Imperio o los de R. Moses en New York): espacios apropiados por subculturas y tribus urbanas, &eacute;tnicas, sexuales o juveniles; a menudo ef&iacute;meros pero con virtudes para (re)crear todo g&eacute;nero de cuerpos y subjetividades a la carta y una arborescente, rizom&aacute;tica, proliferaci&oacute;n de nuevos registros psicotopol&oacute;gicos. Espacios diferenciales (Lefebvre), con densidad de flujo (Serres), de los que emanan placeres, deseos, cuerpos, cyborgs, razones y sue&ntilde;os. Espacios que materializan ciertas intuiciones po&eacute;ticas de Benjam&iacute;n y los viejos situacionistas. </li>       <li>Espacio-tiempos medi&aacute;ticos e infogr&aacute;ficos, interactivos, que ostentan cada vez en mayor medida ciertas energ&iacute;as y promesas (memoria, inteligencia e imaginaci&oacute;n), anta&ntilde;o exclusivas del imaginario de la subjetividad ilustrada. </li>       <li>Espacio-tiempos del arte contempor&aacute;neo, irreductibles desde el arte pop al gesto creador del artista, que parecen brotar de ellos mismos y de sus poderosas contaminaciones figurativas. </li>       ]]></body>
<body><![CDATA[<li>Espacio-tiempos visuales que se evaden de cualquier mirada que pretenda, al modo can&oacute;nico de la modernidad, tornarlos objetos de ciertas operaciones instrumentales; espacios que prometen prescindir de una visi&oacute;n productiva que los determine, controle y materialice, disolvi&eacute;ndose en la alteridad propia de cierta visualidad posmoderna.</li>       <li> Espacios-tiempos discursivos cuya ontolog&iacute;a ya no se pliega a los flujos trascendentales de la conciencia (Kant) o del cuerpo sin &oacute;rganos (su inversi&oacute;n deleuziana). </li>       <li>Espacios-tiempos arquitect&oacute;nicos (edificios y ciudades inteligentes) que se autodeconstruyen exhibiendo sus vertiginosas alteridades, m&aacute;s all&aacute; de la preceptiva moderna/ posmoderna. </li>       <li>Espacios-tiempos que se resisten a cualquier cartograf&iacute;a cognitiva, rebasando cualquier representaci&oacute;n que pretenda localizarlos en el seno de una totalidad m&aacute;s o menos controlable. </li>       <li>Espacios-tiempos mentales, on&iacute;ricos, psicot&oacute;picos, psicotr&oacute;picos, que han dejado, igualmente, de abonarse a la confortabilidad del deseo freudolacaniano y su inconsciente significamentoso.</li>       <li> Espacios-tiempos que, como met&aacute;foras de cuerpos y verdaderos cuerpos metaf&oacute;ricos, impregnan y constituyen el n&uacute;cleo sacrosanto de los procesos racionales (en un crescendo que va desde Nietzsche a Bloor, Latour, Lakoff/Johnson y Haraway), cuestionando radicalmente el mito de la representaci&oacute;n. </li>       <li>Espacios-tiempos que trascienden su viejo car&aacute;cter de organismos para devenir, no siempre festivamente, aut&eacute;nticos h&iacute;bridos/ cyborgs m&aacute;s all&aacute; de cualquier modelo de subjetividad cl&aacute;sica. </li>       <li>Espacios-tiempos, en fin, que sujetan a los sujetos, al tiempo que, como han mostrado Foucault y Goffman desde un punto de vista micro, y Debord y Castells desde un punto de vista macro los constituyen/ destituyen. </li>     </ol>     <p>&iquest;Qu&eacute; decir, ahora, de este modelo (abreviado) de La risa del espacio para analizar el imaginario espacio-temporal, a la luz de las ruralidades contempor&aacute;neas, los paisajes sociales y las met&aacute;foras del lugar? Varias cosas: </p> <ol>       ]]></body>
<body><![CDATA[<li>Como ya hab&iacute;a reconocido D. Harvey: La producci&oacute;n de im&aacute;genes y discursos es un factor importante de la actividad social que debe analizarse como parte de la reproducci&oacute;n del orden simb&oacute;lico. &ldquo;(...) Existen espacios de poder tanto reales como metaf&oacute;ricos que han llegado a ser determinantes como fuerzas organizativas en la geopol&iacute;tica del capitalismo, al mismo tiempo que constituyen el emplazamiento de innumerables diferencias y alteridad que han de comprenderse tanto por s&iacute; mismas como dentro de la l&oacute;gica global del desarrollo del capitalismo&rdquo; (Harvey, 1989, p. 353). </li>       <li>Los paisajes sociales emp&iacute;ricos s&oacute;lo pueden comprenderse mediante la superposici&oacute;n, a menudo discordante y con serias rozaduras, de tradicionales cartograf&iacute;as de orden material y tecnol&oacute;gico (la producci&oacute;n f&iacute;sica y material (t&eacute;cnica) del espacio-tiempo social) con aquellas otras de naturaleza simb&oacute;lica/ imaginaria. </li>       <li>La identidad personal emp&iacute;rica, con sus decisivos registros emocionales, deseantes y on&iacute;ricos, es causa/ efecto de la glocalizaci&oacute;n y mercantilizaci&oacute;n crecientes de una experiencia subjetiva sometida a nuevos efectos de poder (posfordismo), formateado medi&aacute;tico de la experiencia y producci&oacute;n flexible de estilos de vida). </li>       <li>Nunca, como en esta &eacute;poca posmarxista, ha sido tan cierto el c&eacute;lebre dictamen de Marx: todo lo s&oacute;lido se disuelve en el aire. Si el espacio-tiempo social de las ruralidades contempor&aacute;neas es un espacio social l&iacute;quido, fluido, m&oacute;vil, n&oacute;mada e itinerante, no lo es menos la identidad subjetiva que lo determina, experimenta, sufre y acompa&ntilde;a. Algo que en nuestro modelo se contempla como la relevancia esencial (para la curvatura interna) de las funciones psico-epistemol&oacute;gicas y ontol&oacute;gicas del espacio-tiempo social en relaci&oacute;n con el deseo, la memoria, la imaginaci&oacute;n y el conocimiento, as&iacute; como su vinculaci&oacute;n con los juegos de poder y las modalidades de la experiencia subjetiva. </li>     </ol>     <p><b>Personalizar los plektopoi </b></p>     <p>Hasta aqu&iacute;, pues, todo apunta a la relevancia y consistencia de nuestro modelo para la investigaci&oacute;n aplicada en ciencias sociales. Sin embargo, despu&eacute;s de haber meditado largamente sobre los logros de la investigaci&oacute;n emp&iacute;rica de Oliva y Camarero, hay algo que echamos de menos en su trabajo (como, por cierto, en cualquier otro de la investigaci&oacute;n sociol&oacute;gica actual) y que, ciertamente, tampoco contemplaba suficientemente el nuestro, dedicado al estudio del imaginario (global) espacio-temporal en la cultura contempor&aacute;nea y, por ello mismo, muy alejado de cualquier trabajo de campo y de la experiencia cotidiana de los individuos. &iquest;Qu&eacute; es ello? Algo elemental, si se nos permite la licencia (no enteramente ir&oacute;nica): personalizar el espacio. </p>     <p>Nos referimos a personalizar el verdadero espacio-tiempo social en el que viven, sufren, respiran y se alojan los individuos de carne y hueso, tanto en el barrio de Lavapi&eacute;s de Madrid como en la ruralidad Navarra. Un espacio-tiempo que no longer debemos seguir construyendo como simple interiorizaci&oacute;n de los par&aacute;metros ya expuestos o de cualesquiera otros (adquisici&oacute;n pasiva de un habitus al modo de Bourdieu) y que, por el contrario, habr&iacute;a de permitir alg&uacute;n lugar para la espontaneidad y creatividad personales. </p>     <p>Planteamos con ello (en t&eacute;rminos esta vez de la experiencia espacio-temporal), el problema esencial de las ciencias sociales: la cuesti&oacute;n de la socializaci&oacute;n y la reproducci&oacute;n social. Algo que nos llevar&aacute;, parad&oacute;jicamente, un poco m&aacute;s lejos de la experiencia posmoderna y un poco m&aacute;s cerca, quiz&aacute;s, de la naturaleza humana y su inextricable condici&oacute;n espaciotemporal. La pregunta a la que apuntamos no es otra que la que subyace a la fundamentaci&oacute;n misma de las ciencias sociales: &iquest;Debemos seguir considerando la experiencia personal, en toda su vertiginosa y polim&oacute;rfica variedad, como una simple interiorizaci&oacute;n de estructuras sociales, conciencias colectivas, ideolog&iacute;as, imaginarios o campos en el sentido de Bourdieu? &iquest;Conocemos ya el verdadero espacio-tiempo social de un sujeto (el espacio de su experiencia personal) cuando exploramos el imaginario espacio-temporal colectivo? </p>     <p><b>Para una (re)inserci&oacute;n de la naturaleza espacio-temporal del hombre en las ciencias sociales</b><Sup><a href="#n3">3</a></Sup> </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Socius, corpus, animus, habitus/ fluxus: Un cibersistema biocultural infinitamente complejo </b></p>     <p align="right">&ldquo;Animula, vagula, blandula     <br>   hospes comesque corporis     <br>   &iquest;quae nunc abilis in loca?     <br>   Pall&iacute;dula, r&iacute;gida, n&uacute;dula ...     <br>   Nec ut soles dabis joco&rdquo;.     <br>   Adriano  </p>     <p>&ldquo;Como se&ntilde;ala Luchair, para el historiador de la sociedad francesa del siglo XIII, con excepci&oacute;n de una &eacute;lite reducida, el robo, el expolio y el asesinato eran pautas normales de comportamiento de la sociedad guerrera de la &eacute;poca (...) Las manifestaciones de la crueldad no quedaban excluidas del trato social. No eran socialmente condenables. La alegr&iacute;a producida por la tortura y el asesinato de los otros era muy grande; era una alegr&iacute;a socialmente permitida. Hasta cierto punto la estructura social operaba en ese sentido y hac&iacute;a que este tipo de comportamiento fuera necesario y razonable (...) Y una de las muestras m&aacute;s evidentes de la escasa regulaci&oacute;n social y represi&oacute;n de la vida emotiva, era el hecho de que esa alegr&iacute;a producida por la destrucci&oacute;n sol&iacute;a transformarse en la conmiseraci&oacute;n m&aacute;s extrema debido a una identificaci&oacute;n repentina con los torturados y, ciertamente, a causa de los sentimientos de temor y de culpabilidad que se produc&iacute;an en el curso de una vida sometida perpetuamente a las amenazas (...) La alegr&iacute;a se transformaba de modo inmediato en miedo, como suced&iacute;a con el destino verdadero, y el miedo a su vez sol&iacute;a disolverse de inmediato en la alegr&iacute;a&rdquo; (Norbert Elias, 1993, pgs. 234-239). </p>     <p>Para pensar en toda su radicalidad la historicidad de las emociones (de lo que podr&iacute;amos denominar dispositivos emocionales que median y determinan cualquier experiencia del espacio-tiempo social) conviene interrogarse sobre aquello que ha impedido hasta ahora un pensamiento de ese tipo. Para ello no tenemos m&aacute;s remedio que comenzar a desmontar y deconstruir el fetichismo de la subjetividad burguesa (en todas sus variantes) en un sentido radical pocas veces planteado en las ciencias sociales. Y la mejor compa&ntilde;&iacute;a para este viaje no es otra que la de un metaf&iacute;sico burl&oacute;n que habla y divaga sobre esferas, globos y espumas. </p>     <p>El fil&oacute;sofo alem&aacute;n P. Sloterdijk (como tantos otros desde los a&ntilde;os ochenta del siglo pasado) intenta pensar m&aacute;s all&aacute; del sujeto aut&oacute;nomo y autosuficiente de la modernidad; m&aacute;s all&aacute; del sujeto kantiano y de su temporalidad f&aacute;ustica instrumental, de genealog&iacute;a weberiana. Los hombres, nos recuerda, vivimos y siempre hemos vivido dentro de espacios compartidos, dentro de esferas como m&iacute;nimo di&aacute;dicas: placenta/feto; madre/ni&ntilde;o; pareja de amantes; amigos &iacute;ntimos y c&oacute;mplices; alma/dios o los buenos demonios (da&iacute;mones o &aacute;ngeles de la guardia) que han acompa&ntilde;ado a los individuos en las &eacute;pocas premodernas. Tal ser&iacute;a la condici&oacute;n esencial de nuestro estar- en- elmundo, parafraseando ir&oacute;nicamente a Heidegger, tan presente en su pensamiento: habitamos siempre un espacio social &iacute;ntimo, una intimidad compartida<Sup><a href="#n4">4</a></Sup>. Para convencernos (y convencerse) de ello, realiza Sloterdijk una atrevida (a menudo kitsch) arqueolog&iacute;a po&eacute;tica de lo &iacute;ntimo: de los espacios nutricios que albergan y entretejen las sutiles telas del alma humana que la unen a las dem&aacute;s y la hacen resonar consigo misma. Son las burbujas duales o polares que exhibe este autor contra la m&oacute;nada autista, verdadero fetiche ensimismado de la moderna subjetividad. Las burbujas di&aacute;dicas, tri&aacute;dicas o multipolares son el exterior del interior y el interior del exterior. Son el entretejido ext&aacute;tico de los sujetos en el espacio interior com&uacute;n donde se nutren mutuamente aquellos que viven en verdad juntos (Sloterdijk y Heinrichs, 2004). Sloterdijk apunta todas sus bater&iacute;as contra los fantasmas sustancialistas del individuo, recorriendo po&eacute;ticamente las pompas (no siempre f&uacute;nebres) de nuestra m&aacute;s profunda intimidad; los fr&aacute;giles y et&eacute;reos paneles de los gl&oacute;bulos en los que anidamos: un nuevo y brillante imaginario antropol&oacute;gico de un espacio siempre compartido. Para comunicar su evangelio, recurre a todo g&eacute;nero de artificios ret&oacute;ricos, sabedor de que los hombres tambi&eacute;n moramos en los guisos de la ret&oacute;rica; inventando un lenguaje entre el sesudo discurso filos&oacute;fico, la s&aacute;tira inmisericorde, cierta picante mordacidad y una salvaje po&eacute;tica de lo uterino, (sin hacerle ascos a viscosas jergas placentarias); en busca siempre de aquello que la filosof&iacute;a hab&iacute;a aparentemente amortizado: el espacio que habitamos y que habita en nosotros. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&ldquo;Mi libro (se refiere al primer tomo de Esferas, subtitulado Burbujas) versa sobre las situaciones tonales o las relaciones totales microclim&aacute;ticas en las que los hombres &ldquo;viven, se entretejen y son&rdquo;, en las que se disuelven y se sumergen de manera tan natural que, por lo general, no suelen ser objeto expl&iacute;cito de discusi&oacute;n&rdquo; (Sloterdijk y Heinrichs, 2004, p. 143).</p>     <p> Las met&aacute;foras usadas provocativamente por Sloterdijk resucitan una y otra vez aquella dimensi&oacute;n cancelada por la modernidad, a saber: lo envolvente, la climatolog&iacute;a an&iacute;mica, lo atmosf&eacute;rico, los meteoros emocionales y deseantes, en fin, que urden, tejen, traman, y protegen la intimidad social y compartida de los hombres. La d&iacute;ada primordial de Sloterdijk (al margen de su literalidad como madre/hijo o esfera de amantes, amigos &iacute;ntimos, c&oacute;mplices o creyentes) no es m&aacute;s que una evidencia de que la hominizaci&oacute;n (en su filog&eacute;nesis/ontog&eacute;nesis) implica que lo m&aacute;s hondo de uno mismo (el objeto de sus deseos y emociones) pertenece a una esfera de participaci&oacute;n radical con/por los otros<Sup><a href="#n5">5</a></Sup>. Algo que ya hab&iacute;a escenificado Hegel, a su manera, en la dial&eacute;ctica del reconocimiento descrita en la Fenomenolog&iacute;a del Esp&iacute;ritu y mixtificado, posteriormente, el herm&eacute;tico doctor Lacan: nuestro deseo es siempre el deseo del Otro. </p>     <p>Durante la mayor parte de la evoluci&oacute;n humana (hasta la aparici&oacute;n de la escritura), advierte Sloterdijk, la concepci&oacute;n de las ideas privadas a&uacute;n no ten&iacute;a ning&uacute;n apoyo en la experiencia o en el concepto social de espacio. &ldquo;(...) La mayor&iacute;a de los hombres de la Antig&uuml;edad... viv&iacute;an inmersos en un universo oral expuesto de manera participativa, un universo en el que habr&iacute;a sido completamente improcedente la idea de un alma trascendental o a distancia del &ldquo;entorno&rdquo;. El alma del observador s&oacute;lo surge con la escritura (...) El alma no para de recibir visitas. En las culturas primitivas los hombres se imaginaban a s&iacute; mismos como seres que contaban continuamente con la posibilidad de una invasi&oacute;n del alma de los otros... Ellos entraban en ti como el lenguaje: a trav&eacute;s del o&iacute;do. Del mismo modo que el gran tema de la era moderna se llama autonom&iacute;a, el gran tema de las &eacute;pocas premodernas u orales no es otro que la locura o la posesi&oacute;n; de ah&iacute; que, quiz&aacute;s, sea una caracter&iacute;stica significativa de la posmodernidad el hecho de que el pensamiento retroceda a conceptos relacionados con la posesi&oacute;n ext&aacute;tica (...) Esta es la raz&oacute;n de que la cultura de masas vuelva a fantasear con invasores ps&iacute;quicos o con la dificultad de liberarse de ellos (...) Una situaci&oacute;n que, como es natural, Hollywood conoce mucho mejor que la filosof&iacute;a acad&eacute;mica&rdquo; (Sloterdijk y Heinrichs, 2004, pgs. 159-160). </p>     <p>A pesar de su aire provocador de goliardo jaranero, Sloterdijk (como los ni&ntilde;os y los locos) parece decir una verdad de Perogrullo, ignorada sistem&aacute;ticamente por la modernidad ilustrada que alumbr&oacute; las ciencias sociales: el hombre jam&aacute;s ha vivido ni puede vivir (aislado como la m&oacute;nada kantiana) en el tiempo subjetivo del proyecto, de la producci&oacute;n, del desarrollo y del progreso, sino que (much&iacute;simo antes que eso) ha necesitado (y sigue necesitando) crear y recrear espacios compartidos, sin los cuales no existe la cultura humana y en los cuales le va la vida. </p>     <p>Tales espacios (como ya hemos mostrado a lo largo del texto) no se reducen a la materialidad f&iacute;sico/ tecnol&oacute;gica de chozas, pueblos, ciudades o imperios, ni tampoco a los tensores discursivos o visuales de la curvatura externa, sino que implican aquellas otras esenciales dimensiones de los plektopoi ligadas a deseos, emociones, placeres y complicidades sociales: intercambio de flujos amnioest&eacute;ticos<Sup><a href="#n6">6</a></Sup> basados en una (novedosa e incre&iacute;ble) capacidad de fascinaci&oacute;n mutua. Capacidad de fascinaci&oacute;n (seleccionada en la filog&eacute;nesis de nuestra especie) que consiste (entre otras cosas) en aprender a desear los deseos de los otros, a emocionarnos con las emociones de los otros y a sentir placer con (los placeres) de los otros: es decir, a fundirnos en/con los otros, convirti&eacute;ndonos (en cierto modo) en ellos<Sup><a href="#n7">7</a></Sup>. </p>     <p>Como sugiere Sloterdijk, siempre hemos vivido (y seguimos viviendo, pese a las apariencias) en burbujas compartidas que incluyen (a&ntilde;adimos nosotros) lugares materiales transmutados por una placenta imaginaria, entretejida por discursos, formas y visualidades, en cuyo seno nos (des)orientamos, plegamos y desplegamos nuestros goces, fantas&iacute;as, recuerdos y esperanzas, en el &aacute;mbito de complejos juegos de poder. </p>     <p>Las leyes de la comunidad, dictamina JL Pardo, &ldquo;(...) no est&aacute;n escritas en el espacio p&uacute;blico sino inscritas en el lugar &iacute;ntimo o en la piel interna de la afectividad, inscritas con esas huellas que remueven nuestras entra&ntilde;as cuando escuchamos nuestras historias, nuestras canciones, esas canciones e historias que hacen que la vida nos sepa y nos suene porque nos las &ldquo;sabemos&rdquo; de memoria (...) porque las hemos aprendido de los nuestros, porque para nosotros son lugares comunes; es m&aacute;s: son ellas las que dibujan y constituyen nuestro lugar com&uacute;n, la tierra de los hombres hecha de cuentos, cantos y figuras&rdquo; (1994, p. 234). </p>     <p>En los or&iacute;genes mismos de la institucionalizaci&oacute;n de la sociolog&iacute;a como disciplina acad&eacute;mica, G. Tarde hab&iacute;a planteado una l&uacute;cida enmienda a la totalidad del proceso de socializaci&oacute;n de Durkheim. Para aquel pensador, la transmisi&oacute;n cultural no se produc&iacute;a exclusivamente por la imposici&oacute;n coactiva de una conciencia colectiva sino por una exclusiva facultad propiamente humana que pose&iacute;a en el mundo cultural la misma fuerza que las leyes ondulatorias en f&iacute;sica o las gen&eacute;ticas en biolog&iacute;a y que se expresaba a trav&eacute;s de lo que denomin&oacute; (muy en la l&iacute;nea de cierto naturalismo positivista) las leyes de la imitaci&oacute;n. </p>     <p>Estamos ya en disposici&oacute;n de esbozar<Sup><a href="#n8">8</a></Sup> un modelo que comience a integrar en alguna medida las principales instancias ontol&oacute;gicas: plektopoi, sujetos, estructuras, habitus y flujos amnioest&eacute;ticos de seducci&oacute;n mutua, empat&iacute;a y fascinaci&oacute;n compartida. Y creemos que la mejor manera de hacerlo es a trav&eacute;s de una breve reflexi&oacute;n sobre los procesos de subjetivaci&oacute;n. </p>     <p>En tales procesos (configuradores de individuos o sujetos) distinguiremos tres elementos de orden hist&oacute;rico-cultural y dos de orden psicobiol&oacute;gico que recorren (como soportes vivificadores) aquellos. Llamaremos a los primeros Socius, Corpus y Animus y a los segundos (que constituyen esa parte de la naturaleza humana que las ciencias sociales no pueden seguir negando) Habitus y Fluxus. Digamos, brevemente, algo de cada uno de ellos y de sus mutuas interacciones. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Socius</b> (compa&ntilde;ero, en lat&iacute;n). Es la dimensi&oacute;n social y afectiva (inseparablemente) de cualquier proceso de subjetivaci&oacute;n. Remite a (y depende de) las estructuras sociales anteriores a los individuos. El Socius implica una radical historicidad de los usos, pr&aacute;cticas y complicidades sociales, aun en aquellas sociedades en las que no existe propiamente historia. El Socius hace referencia a las pr&aacute;cticas y relaciones sociales (incluidas las relaciones de poder, aunque no se reduce a ellas) y muy especialmente a las sinton&iacute;as emp&aacute;ticas que constituyen las burbujas amnioest&eacute;ticas (m&uacute;ltiples y diversas: responsables de ilusiones, delirios y alegr&iacute;as) en las que se alojan verdaderamente los hombres. El Socius est&aacute; condicionado por las estructuras sociales pero no se disuelve en ellas. El Socius no existe sin Corpus ni Animus. </p>     <p><b>Corpus</b> (cuerpo, en lat&iacute;n). Es la dimensi&oacute;n pulsional, instintiva y org&aacute;nica, inseparable, asimismo, de los dispositivos emocionales objeto de aprendizaje cultural (dimensi&oacute;n absolutamente esencial reivindicada por N. El&iacute;as y M. Foucault). El Corpus implica una radical historicidad de los dispositivos emocionales<Sup><a href="#n9">9</a></Sup> y de los complejos afectivos. No existe sin Socius ni Animus. </p>     <p><b>Animus</b> (alma, en lat&iacute;n). Es la dimensi&oacute;n imaginaria (que comprende las llamadas racionalidades e imaginarios sociales) tanto a un nivel colectivo como individual. El Animus implica, tambi&eacute;n, la radical historicidad de los imaginarios. No existe sin Corpus ni Socius. Habitus (h&aacute;bito, en lat&iacute;n). Es la dimensi&oacute;n psicobiol&oacute;gica (introducida por Bourdieu) que explica ciertos aspectos entr&oacute;picos de la reproducci&oacute;n social. </p>     <p><b>Fluxus</b> (flujo, en lat&iacute;n). Es la dimensi&oacute;n psicobiol&oacute;gica (Castro Nogueira, L., Castro Nogueira, MA. y Morales Navarro, J., 2005) responsable de la empat&iacute;a y fascinaci&oacute;n compartidas, las derivas amnioest&eacute;ticas y la creatividad/ espontaneidad individual y cultural<Sup><a href="#n10">10</a></Sup>. </p>     <p><b>La reintegraci&oacute;n de la naturaleza espacio-temporal del hombre en las ciencias sociales</b></p>     <p>Las ciencias sociales siempre han construido a los individuos, al espacio-tiempo social, a las estructuras y a los sistemas para despu&eacute;s explicarlos. As&iacute; hace Durkheim con los primitivos (contra lo que se revuelve Malinowski con toda raz&oacute;n), Marx/ Luk&aacute;cs con la conciencia de clase del proletariado, Freud con los neur&oacute;ticos y la sexualidad, los economistas marginalistas con el consumidor soberano (al menos Keynes mostr&oacute; c&iacute;nicamente que la cosa ten&iacute;a m&aacute;s que ver con una pol&iacute;tica de intervenci&oacute;n estatal que con sistemas de mercado homeost&aacute;ticos), Parsons con el sistema social y Foucault y Deleuze con los locos en general y los esquizos en particular. Una vez teorizados los sujetos, la gran teor&iacute;a se las arregla para que &eacute;stos puedan comenzar a perfilarse a s&iacute; mismos seg&uacute;n sus propios par&aacute;metros. &iexcl;Lo sorprendente es que a menudo lo consigue! </p>     <p>Si la teor&iacute;a sociol&oacute;gica no admite el poder imprevisible e irreductible de esas derivas amnioest&eacute;ticas (responsables, por cierto, de buena parte de sus propios desatinos e irracionalidades de escuela), se ver&aacute; obligada a amonestar, amenazar y re&ntilde;ir una y otra vez a los sujetos por no tener suficiente conciencia de clase (Luk&aacute;cs), ser suicidas escasamente an&oacute;micos (Durkheim), poseer un habitus a medio hacer (Bourdieu) o creerse ilusoriamente sujetos autopoi&eacute;ticos al margen de la &uacute;nica y verdadera autopoiesis sist&eacute;mica (Luhmann). </p>     <p>Cualquier tentativa de explicar / comprender no s&oacute;lo el cambio social sino tambi&eacute;n la (aparente, entr&oacute;pica) reproducci&oacute;n social, ha de estar atenta a todas esas silenciosas mutaciones amnioest&eacute;ticas (de individuos y grupos), la mayor parte de las cuales no cuajan como tales y pueden convivir durante a&ntilde;os con cualquier ilusi&oacute;n entr&oacute;pica de sistema social; aunque, en cualquier momento (aliadas con cambios materiales de orden t&eacute;cnico, institucionales o de relaciones de poder), pueden producir (&iexcl;esta vez s&iacute;!) una bifurcaci&oacute;n neguentr&oacute;pica (si se nos permite la pedanter&iacute;a) que lance a todo el (supuesto) sistema a una deriva en cascada de consecuencias imprevisibles. </p>     <p>Tales derivas imaginarias s&oacute;lo se admiten y perciben por los cient&iacute;ficos sociales cuando cuajan hist&oacute;ricamente como tales (revoluciones religiosas, econ&oacute;micas, pol&iacute;ticas o tecnocient&iacute;ficas); pero esos mismos cient&iacute;ficos suelen olvidar que cotidianamente se producen mutaciones semejantes en millones de seres humanos. Y lo cierto es que s&oacute;lo teniendo en cuenta esta segunda (silenciosa, oscura) din&aacute;mica podremos comprender alg&uacute;n d&iacute;a en toda su complejidad la primera. </p>     <p>El habitus, como una suerte de sujeto sujetado, dotado de estructuras cognitivas y motivacionales que confina toda su creatividad a cierta l&oacute;gica del campo social, interioriza hasta un l&iacute;mite entr&oacute;pico ideal la reproducci&oacute;n del espacio-tiempo social, ligando las estructuras, pr&aacute;cticas y complicidades del socius con los registros emocionales del corpus y las representaciones del animus. El habitus es un buen indicador de las sujeciones de los sujetos y, en este sentido, es el gran heredero (pace Bourdieu) de la tradici&oacute;n durkheimiana y de la vocaci&oacute;n propiamente sociol&oacute;gica<Sup><a href="#n11">11</a></Sup>. El fluxus amnioest&eacute;tico funciona (virtualmente) en paralelo al habitus y constituye su verdadero soporte psicobiol&oacute;gico; ligando igualmente las pr&aacute;cticas y complicidades sociales (socius) a los dominios de la afectividad subjetiva (innata y objeto de aprendizaje hist&oacute;rico-social: corpus) y al animus pero con una tendencia hacia la diferencia/ invenci&oacute;n m&aacute;s que a la repetici&oacute;n. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Desde el habitus, los procesos de subjetivaci&oacute;n se contemplan al modo de un delirio spinoziano/ durkheimiano (la realidad social engendra un improbable duplicado subjetivo), mientras que desde el fluxus se experimentan m&aacute;s bien como una cierta deriva creativa y alucinatoria (quijotesca o bovaryana seg&uacute;n la caracterizaci&oacute;n de R Girard): a menudo el sujeto y su grupo de referencia parecen habitar realidades fantasiosas e imaginarias. Habitus y fluxus constituyen, en fin, los anclajes psicobiol&oacute;gicos<Sup><a href="#n12">12</a></Sup> responsables de lo que Berger y Luckmann han denominado mantenimiento de la realidad social<Sup><a href="#n13">13</a></Sup>: realidad formateada por las complejas tramas de racimos espacio-temporales (plektopoi) en los que habitamos verdaderamente los hombres. Habitus y fluxus constituyen y despejan, en fin, esa decisiva dimensi&oacute;n espacio-temporal de la naturaleza humana que las ciencias sociales han de tomarse definitivamente en serio si no quieren seguir sucumbiendo a sus ingenuas tautolog&iacute;as fundadoras. </p><hr size="1">     <p><b>Comentarios</b></p>     <p><a name="n1">1</a> Sobre el significado de esta met&aacute;fora tensorial que explica la curvatura del espacio-tiempo social. </p>     <p><a name="n2">2</a> Para aclarar esta distinci&oacute;n, ver Castro Nogueira (1997), p. 60 y siguientes. </p>     <p><a name="n3">3</a> Adelantamos aqu&iacute; algunas ideas sobre ontolog&iacute;as socioespaciales y procesos de subjetivaci&oacute;n, desarrolladas con detalle en nuestra Metodolog&iacute;a de las ciencias sociales. Una introducci&oacute;n cr&iacute;tica, de pr&oacute;xima publicaci&oacute;n (septiembre 20005) por la editorial Tecnos, pgs. 489-604. </p>     <p><a name="n4">4</a> Tambi&eacute;n para el l&uacute;cido Arist&oacute;teles la intimidad compartida es el fundamento de la verdadera vida &eacute;tica: &ldquo;La ocupaci&oacute;n que constituye propiamente la vida, y en la cual se encuentran m&aacute;s encantos, es tambi&eacute;n aquella en la que quiere cada cual que participen sus amigos viviendo juntos. Y as&iacute;, unos beben y comen juntos; otros juegan ejercicios de la gimnasia; otros se consagran juntos al estudio de la filosof&iacute;a; en una palabra, todos pasan el tiempo haciendo juntos lo que m&aacute;s les encanta en la vida. Como quieren vivir siempre con amigos, buscan y distribuyen todas las ocupaciones de manera que puedan aumentar esta intimidad y esta vida com&uacute;n. Esto es precisamente lo que hace tan perjudicial la amistad de los hombres depravados. Inconstantes en sus afectos, s&oacute;lo se comunican los malos sentimientos, y se pervierten tanto m&aacute;s cuanto m&aacute;s se imitan mutuamente. Por lo contrario, la amistad de los hombres de bien, siendo como es honrada, se acrecienta con la intimidad, y hasta parece que los amigos se mejoran continu&aacute;ndola y corrigi&eacute;ndose rec&iacute;procamente&rdquo;. Arist&oacute;teles: Moral, a Nic&oacute;maco (IX, XII). </p>     <p><a name="n5">5</a> Para los soci&oacute;logos modernos/posmodernos, sentencia Sloterdijk, que se han &ldquo;convertido&rdquo; (convertir significa cambiar de error b&aacute;sico) del productivismo al comunicacionaliosmo, de lo que se tratar&iacute;a ahora ser&iacute;a de darse cuenta de que en el an&aacute;lisis esferol&oacute;gico de las sociedades se muestra un &ldquo;plano&rdquo; que queda antes de la diferenciaci&oacute;n entre producci&oacute;n y comunicaci&oacute;n. La endosfera totalizada es el primer producto de las comunidades que viven estrechamente unidas, y el acuerdo de &aacute;nimo que supone es su primera comunicaci&oacute;n a s&iacute; misma. Compactarla, redondearla, regenerarla y despejarla es el primer proyecto creador de humanidad (Sloterdijk y Heinrichs, 2004, p. 137). </p>     <p><a name="n6">6</a> De amni&oacute;tico (l&iacute;quido intrauterino rodeado por la membrana o amnios), aisthetos (visible, sensible) y ethos (car&aacute;cter moral). Este neologismo se aplica a todas aquellas interacciones humanas basadas en la sugesti&oacute;n, la empat&iacute;a y cualquier otra modalidad de fascinaci&oacute;n y magnetismo, en cuyo desarrollo son inseparables las dimensiones c&aacute;lidas y envolventes que configuran un cielo protector y ben&eacute;volo, de aquellas otras (propiamente est&eacute;ticas) relacionadas con la escenograf&iacute;a y, en fin, de aquellas (&eacute;ticas) ligadas a valores morales. </p>     <p><a name="n7">7</a> &ldquo;Sin esa identificaci&oacute;n no puede producirse ninguna transformaci&oacute;n radical de la realidad subjetiva (en la que se incluye, por supuesto, la identidad), identificaci&oacute;n que reproduce inevitablemente las experiencias infantiles en cuanto a la dependencia emocional de otros significativos (...) El prototipo hist&oacute;rico de la alternaci&oacute;n es la conversi&oacute;n religiosa. Las consideraciones antes expresadas pueden aplicarse aqu&iacute; con la frase &ldquo;extra ecclesiam nulla salus&rdquo;(...) &Uacute;nicamente dentro de la comunidad religiosa, la &ldquo;ecclesia&rdquo; puede la conversi&oacute;n mantenerse como plausible (...) No se puede seguir siendo musulm&aacute;n fuera del &ldquo;`umma&rdquo; del Islam, ni budista fuera del &ldquo;shanga&rdquo;, y probablemente tampoco hind&uacute; en ning&uacute;n lugar que no sea la India. La religi&oacute;n requiere una comunidad religiosa y vivir en un mundo religioso exige afliarse a esa comunidad. Las estructuras de plausibilidad de la conversi&oacute;n religiosa han suido imitadas por los organismos de alternaci&oacute;n seculares, cuyos mejores ejemplos se encuentran en las &aacute;reas del adoctrinamiento pol&iacute;tico y en la psicoterapia&rdquo; (Berger y Lukmann, 1986, pgs 197-198). </p>     <p><a name="n8">8</a> Algo que ampliaremos, pr&oacute;ximamente, en un libro escrito con Laureano Castro Nogueira sobre Homo Assessor y las ciencias sociales </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a name="n9">9</a> La costumbre de ceder sin m&aacute;s a los impulsos, y de no calcular a largo plazo, pertenec&iacute;a a las &eacute;pocas anteriores en las cuales los guerreros todav&iacute;a pod&iacute;an competir libremente unos con otros, a las formas de comportamiento que- aunque llevar&aacute;n al hundimiento del individuo-, se correspond&iacute;an con la estructura social en su totalidad y, en consecuencia, eran acordes con la realidad. El furor guerrero era aqu&iacute; un presupuesto necesario para el &eacute;xito y el prestigio de arist&oacute;crata.Todo esto cambia con consolidaci&oacute;n progresiva de los monopolios (de la violencia y el poder) y con la centralizaci&oacute;n. La distinta estructura de la sociedad castiga ahora con el hundimiento seguro toda manifestaci&oacute;n afectiva y todas las acciones que no se realicen con la suficiente previsi&oacute;n (El&iacute;as, 1993, p. 491). </p>     <p><a name="n10">10</a> El brillante psic&oacute;logo M. Csikszentmihalyi ha descrito los trances de creatividad personal como entrar en flujo con uno mismo. Sin embargo, el origen de esos trances personales y aquello que los ha fundamentado filogen&eacute;ticamente es, sin duda, un anterior y previo entrar en flujo amnioest&eacute;tico con los otros. </p>     <p><a name="n11">11</a> &ldquo;En suma, siendo el &ldquo;producto&rdquo; de una clase determinada de regularidades objetivas, el habitus tiende a engendrar todas las conductas &ldquo;razonables&rdquo; o de &ldquo;sentido com&uacute;n&rdquo; posibles dentro de los l&iacute;mites de estas regularidades, y s&oacute;lo de &eacute;stas, y que tienen todas las posibilidades de ser sancionadas positivamente porque est&aacute;n objetivamente ajustadas a la l&oacute;gica caracter&iacute;stica de un determinado campo del que anticipan el porvenir objetivo; tiende tambi&eacute;n, al mismo tiempo, a excluir &ldquo;sin violencia, sin m&eacute;todo, sin argumentos&rdquo; todas las &ldquo;locuras&rdquo; (&ldquo;esto no es para nosotros&rdquo;), es decir, todas las conductas destinadas a ser negativamente sancionadas porque son incompatibles con las condiciones objetivas&rdquo; (Bourdieu, 1991, p. 97). </p>     <p><a name="n12">12</a> Tambi&eacute;n para W Pareto los residuos (acciones no l&oacute;gico-experimentales) se componen de dos instintos esenciales que poseen esas m&aacute;quinas ps&iacute;quicas profundas que constituyen nuestra naturaleza psicobiol&oacute;gica: el instinto de las combinaciones y la persistencia de los conglomerados. El primero remite a la imprevisible y delirante creatividad humana y el segundo a su capacidad de mantener y conservar creencias, tradiciones e instituciones. </p>     <p><a name="n13">13</a> &ldquo;Es conveniente distinguir dos tipos generales de mantenimiento de la realidad: mantenimiento de rutina y mantenimiento de crisis. El primero est&aacute; destinado a mantener la realidad internalizada en la vida cotidiana, y el segundo,en las situaciones de crisis.Ambos entra&ntilde;an fundamentalmente los mismos procesos sociales, aunque deben anotarse algunas diferencias. Como hemos visto, la realidad de la vida cotidiana se mantiene porque se concreta en rutinas, lo que constituye la esencia de la institucionalizaci&oacute;n. M&aacute;s all&aacute; de esto, no obstante, la realidad de la vida cotidiana se reafirma continuamente en la interacci&oacute;n del individuo con los otros.As&iacute; como la realidad se internaliza originariamente por un proceso social, as&iacute; tambi&eacute;n se mantiene en la conciencia por procesos sociales. Estos &uacute;ltimos no difieren dr&aacute;sticamente de los de la internalizaci&oacute;n anterior, y reflejan el hecho fundamental de que la realidad subjetiva debe guardar relaci&oacute;n con una realidad objetiva socialmente definida. En el proceso social de mantenimiento de la realidad es posible distinguir entre los otros significativos y los otros menos importantes. Fundamentalmente, todos o por lo menos la mayor&iacute;a de los otros que el individuo encuentra en su vida diaria, le sirven para reafirmar su realidad subjetiva (...) Ser&iacute;a por lo tanto un error suponer que &uacute;nicamente los otros significativos sirven para mantener la realidad subjetiva; pero lo cierto es que ocupan una posici&oacute;n central en la econom&iacute;a del mantenimiento de la realidad y revisten particular importancia para la confirmaci&oacute;n continua de ese elemento crucial de la realidad que llamamos identidad&rdquo; (Berger y Lukmann, 1986, pgs. 187-189). </p> <hr size="1">     <p><b>Referencias </b></p>     <!-- ref --><p>Castro Nogueira, L. (1997). <i>La risa del espacio. El imaginario espacio-temporal en la cultura contempor&aacute;nea: una reflexi&oacute;n sociol&oacute;gica</i>. Madrid: Tecnos. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0123-885X200500030000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Castro Nogueira, L., Castro Nogueira, M., Morales Navarro, J. (2005). <i>Metodolog&iacute;a de las ciencias sociales. Una introducci&oacute;n cr&iacute;tica</i>. Madrid: Tecnos. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S0123-885X200500030000800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>El&iacute;as, N. (1993). <i>El proceso de la civilizaci&oacute;n</i>. Madrid: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0123-885X200500030000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Geertz, C. (1992). <i>La interpretaci&oacute;n de las culturas</i>. Barcelona: Gedisa. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S0123-885X200500030000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>G&oacute;mez de Lia&ntilde;o, I. (1992). <i>El idioma de la imaginaci&oacute;n</i>. Madrid: Tecnos. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S0123-885X200500030000800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Harvey, D. (1989). <i>The Condition of Posmodernity</i>. Oxford: Basil Blackwell. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000134&pid=S0123-885X200500030000800006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Lash, S. y Urry, J. (1998). <i>Econom&iacute;as de signos y espacios. Sobre el capitalismo de la posorganizaci&oacute;n</i>. Buenos Aires: Amorrortu. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S0123-885X200500030000800007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Oliva, J. y Camarero, L. (2005). <i>Paisajes sociales y met&aacute;foras del lugar</i>. Pamplona: Universidad P&uacute;blica de Navarra. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000136&pid=S0123-885X200500030000800008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Pardo, J.L. (1994).<i> La intimidad</i>. Valencia: Pretextos. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S0123-885X200500030000800009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Sloterdijk, P. y Heinrichs, HJ. (2004). <i>El sol y la muerte</i>. Madrid: Siruela. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000138&pid=S0123-885X200500030000800010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="center">Fecha de recepci&oacute;n: Agosto de 2005 &bull; Fecha de aceptaci&oacute;n: Septiembre de 2005 </p>   </font>      ]]></body><back>
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