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<publisher-name><![CDATA[Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de los Andes]]></publisher-name>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Hojas al viento de una larga guerra]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[The present chronicle narrates the violence story of Clemente Mosquera, a 12 year-old boy whose family is murdered by paramilitary groups at Apartadó, for considering them helpers of the guerrillas. The story takes place in 1996, during the Samper Administration period. Years after, Clemente is recruited by the guerrilla group FARC and dies in a combat against the army. Based on Clemente Mosquera's story, the author reflects on the forced displacement phenomenon, of which innocent Colombians are victims.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="2">         <p align="center"><font size="4">HOJAS AL VIENTO DE UNA LARGA GUERRA</font> </p>     <p align="center"><font size="3">LEAVES IN THE WIND OF A LONG WAR </font> </p>     <p><b>Tomás Eloy Martínez </b> </p>     <p>Escritor y periodista argentino, autor de obras celebradas como Santa Evita  y La novela de Perón. Fue profesor en la Universidad de Maryland. Actual  director del Programa de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Rutgers. </p>  <hr size="1">      <p><b>Resumen</b></p>     <p>La crónica narra la historia de violencia de un niño de 12 años, Clemente  Mosquera, al que los grupos paramilitares le asesinan la familia en Apartadó por  considerar que colaboraba con la guerrilla. La narración ocurre en 1996, durante  el periodo del presidente Ernesto Samper. Clemente es reclutado, años después,  por el grupo guerrillero FARC y muere en un enfrentamiento con el ejército. El  autor reflexiona, a partir del caso concreto de Clemente Mosquera, en torno al  desplazamiento forzado del que son víctimas colombianos inocentes.</p>     <p><b>Palabras clave</b></p>     <p>Violencia, paramilitares, grupos guerrilleros, desplazamiento, odio.</p>     <p><b>Abstract</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>The present chronicle narrates the violence story of Clemente Mosquera, a 12  year-old boy whose family is murdered by paramilitary groups at Apartadó, for  considering them helpers of the guerrillas. The story takes place in 1996,  during the Samper Administration period. Years after, Clemente is recruited by  the guerrilla group FARC and dies in a combat against the army. Based on  Clemente Mosquera's story, the author reflects on the forced displacement  phenomenon, of which innocent Colombians are victims.</p>     <p><b>Keywords</b></p>     <p>Violence, paramilitaries, guerrilla groups, forced displacement, hate.</p> <hr size="1">     <p>&quot;Todo empezó a mediados o a fines de abril de 1996&quot;, dice Clemente Mosquera.  &quot;Estábamos a la entrada del pueblo almorzando un hervido de res cuando llegó una  brigada de guerrilleros pidiendo que les regaláramos comida. Mi mamá los invitó  a que vinieran a mi casa y se sirvieran lo que les diera gusto. Ella sabía que  no se deben hacer esas cosas, mi padre le había dicho que nunca llevara  guerrilleros ni jueces ni soldados a la mesa donde nos sentábamos nosotros, pero  mi mamá se asustó y los invitó a mi casa. Se asustó porque uno de los hombres  puso la ametralladora en la nuca de mi hermanita y otro me apuntó a la cabeza.  Seis de los hombres entraron a la casa y otros seis se quedaron vigilando.  Tardaron una hora en comer y en llevarse todo lo que había. Después se fueron.  Cuando se fueron, mi papá castigó a mi mamá y ella no pudo levantarse de la cama  por más de tres días. Cuando se levantó, rengueaba. Siguió rengueando hasta el  día que la mataron, a ella y a mi papá.&quot; </p>     <p>¿Cómo descifrar la historia que está narrando un niño de doce años? &quot;Me  acuerdo de las cosas como si no hubieran sucedido&quot;, dice Clemente Mosquera. &quot;A  veces me despierto y pienso que las cosas no sucedieron, que todo va a ser otra  vez como fue antes&quot;. Tiene doce años pero cualquiera diría que aún no ha  cumplido seis. Es frágil, oscuro, con unos grandes ojos inmóviles, huesos de  pájaro y una cicatriz en forma de labio que le atraviesa la mejilla derecha,  desde la oreja, que está partida en dos, hasta el extremo del mentón. </p>     <p>Llegó hace tres meses al barrio Nelson Mandela, situado junto a los basurales  de Cartagena de Indias, en Colombia, y todavía no ha visto la ciudad. Le han  contado que sobre las calles estrechas penden unos largos balcones colgantes, en  los que crecen flores azules y anaranjadas, y que hay un cerco de murallas y  fortalezas construido sobre el mar. Duerme en la casa de una costurera que vio  morir a su mamá y que es casi tan miserable como él. </p>     <p>La historia de Clemente no difiere demasiado de las que sufren, desde hace  dos años, más de un millón de campesinos en Colombia. Siempre los hechos suceden  rítmicamente, de la misma manera. Un día cualquiera, ya entrada la mañana o a la  caída de la tarde, una banda de guerrilleros irrumpe en el pueblo, captura a  diez o doce rehenes y entra a las casas para que los aldeanos les den comida.  Semanas después llegan escuadrones de paramilitares, reúnen a todos los  habitantes en la plaza principal, y matan a seis o siete familias como  escarmiento, &quot;por haber sido cómplices de la guerrilla&quot;. Luego, conceden a los  sobrevivientes un plazo de veinticuatro horas para abandonar sus casas. </p>     <p>A veces la tragedia es al revés: los paramilitares—los ejércitos armados por  los dueños de haciendas para protegerse de las guerrillas—son los que llegan  primero y las bandas de irregulares las que vienen después. Rara vez los  adversarios combaten entre sí. Su campo de batalla es el cuerpo de los  campesinos. Hay cientos de pueblos abandonados en el norte y en el centro de  Colombia: aldeas enteras sin un alma a un lado y otro del río Magdalena, en el  Chocó, en Córdoba, en Bolívar. Si alguien pregunta por esas historias más allá  de las fronteras colombianas, nadie parece conocerlas. Suceden tan a menudo que  ya nadie las ve. Son tan terribles—a veces más—que las de Bosnia, Ruanda o el  Congo. Pero no hay quién las oiga. &quot;El mundo es sordo&quot;, dice Amneris Santacruz,  la costurera con la que vive Clemente. &quot;El mundo ha sido siempre sordo y ciego  para los que no tienen nada como nosotros. Ciego, sordo, injusto&quot;. </p>     <p>Desde el principio de los tiempos, desplazar a pueblos enteros fue una de las  señales que confirmaban el poder de los grandes señores. Doscientos veinte años  antes de Cristo, el emperador S'in She Huang-ti ordenó la construcción de la  Gran Muralla en la frontera norte de China. Para satisfacer los reclamos de los  ingenieros, setecientos mil trabajadores fueron trasladados desde sus aldeas, en  el sur y en el oeste del imperio. La mitad de esos albañiles sucumbió bajo el  látigo de los crueles capataces. Menos desmesurada que la voluntad del  emperador, la muralla avanzó sólo seiscientos kilómetros en once años. El siglo  que ahora termina ha sido aún más pródigo en esas calamidades. Ciudades enteras  de Polonia, Moldavia, Hungría y Besarabia fueron vaciadas por los esbirros de  Hitler para alimentar los campos de exterminio racial, entre 1941 y 1944. En  1975, un asesino -Pol Pot- tomó el poder en Cambodia e, invocando un difuso  credo maoísta cuyo primer mandamiento era la supresión de la cultura urbana,  ordenó el exterminio de los estudiantes, de los religiosos y de los  alfabetizados, decretó el cierre de todas las escuelas y la eliminación de  pagodas y monasterios. En menos de dos años, movilizó innumerables multitudes de  un lado a otro del país y consiguió que en ese éxodo sin sentido perecieran dos  millones de personas. A comienzos de 1994, decenas de poblaciones en Ruanda  fueron abandonadas al compás de las guerras tribales entre hutus y tutsis. Los  muertos suman allí millones, y la matanza todavía no ha terminado. </p>     <p>En todas esas historias delirantes, los desplazamientos de poblaciones tienen  un sentido. Alguien ordena que la gente abandone sus casas por razones que nunca  son equívocas: construir murallas, exterminar a enemigos de religión o de raza,  afirmar el poder de un hombre o de unos pocos hombres. En Colombia no hay—o no  parece haber—razón alguna: los pueblos se vacían y los hombres son exterminados  por obra de lo que quizá sea un azar absoluto. ¿Hay azares absolutos? ¿Hay palos  de ciego en los que el atroz peso de la historia cae sobre cualquiera, sin  distinción de edades o de culpas? La vida de Clemente Mosquera parece confirmar  que esas fatalidades son posibles, que suceden un absurdo día, sin aviso previo,  como el rayo. En vísperas de la Semana Santa de 1996—vísperas también de la  incursión de guerrilleros que iba a cambiar la vida de la familia Mosquera—,  Clemente y su padre salieron a cazar iguanas en las selvas de Apartadó, a  orillas del río Sinú, unos 60 kilómetros al este de la frontera con Panamá. No  buscaban las iguanas sino los huevos, con los que las mujeres de la costa  oriental del Caribe cocinan el plato más lujoso de la región. La escena es  cruel. Las iguanas caen en las trampas y los cazadores les abren el vientre,  arrancándoles los huevos de las entrañas y abandonándolas a su agonía, sin  perder tiempo en rematarlas. Lo mismo pasa con los campesinos que se niegan a  dejar sus casas. Los invasores los atan a los árboles y los dejan agonizando a  solas, con el estómago abierto por lo que todos llaman &quot;el corte de la iguana&quot;.  Entre Semana Santa y octubre de 1996 llovió tanto que se desbordaron los ríos.  El padre de Clemente oyó en alguna parte el rumor de que el gobierno iba a  construir un canal interoceánico al sur de la frontera con Panamá: una enorme  lengua de agua que iría desde el golfo de Urabá, siguiendo la línea del río  Atrato, hasta el puerto de Juradó, en el Pacífico. Al poco tiempo, le  confirmaron que el rumor era cierto. El presidente Ernesto Samper había  anunciado que habría un canal, líneas férreas, oleoductos y nuevas centrales  eléctricas. El precio de las tierras empezó a multiplicarse de un día para el  otro. Los campesinos creían tener la prosperidad al alcance de las manos, pero  no eran felices. Todos sentían la zozobra y la oscuridad o la luz, ¿cómo  saberlo?, del día siguiente. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Clemente y su familia vivían en la calle mayor de Apartadó, a cien metros del  coliseo deportivo. El padre había construido una casa de dos plantas, cercada  por una galería de madera. En un campo situado al sur del pueblo, a medio  kilómetro de camino, criaba treinta cabezas de ganado. La vida fluía siempre  igual, como si no quisiera moverse. Hasta que un día, en julio, oyeron las  remotas noticias de las matanzas. </p>     <p>Tres campesinos que llegaron desde La Bonga—una aldea panameña situada cerca  del límite con Colombia—y otros cuatro que trabajaban en Riosucio, cien  kilómetros al sur, les contaron que, tras la estela dejada por los guerrilleros,  aparecían fatalmente los escuadrones de param ilitares. Traían machetes, fusiles  y sierras eléctricas. Elegían a unos pocos hombres y mujeres y los paraban  frente a un poste, en el centro del pueblo. Jamás se equivocaban en la elección:  los hombres eran líderes campesinos, alcaldes, defensores de derechos humanos.  Las mujeres eran madres prolíficas, enfermeras del dispensario, propietarias de  almacenes. Todo sucedía en medio de un atroz silencio. El jefe de los  paramilitares—¿o tal vez eran guerrilleros, o quizá el ejército?, diría mucho  después Amneris Santacruz, la modista con la que vivía Clemente—leyó una  proclama en la que anunciaba que el pueblo había sido sentenciado a muerte por  &quot;ayudar a los subversivos. Si todos los que viven aquí no abandonan sus casas en  veinticuatro horas, van a sufrir el mismo castigo de las personas que hemos  elegido para el escarmiento&quot;. De pronto se oyó la crepitación de las sierras  eléctricas y el silbido de los machetes. Y la gente vio cómo los invasores  mutilaban, con atroz precisión, las manos y los pies de los hombres parados  junto al poste y cortaban los pechos de las mujeres. </p>     <p>El estrépito de las malas noticias horrorizó a la gente. Ciento veinte  familias de Apartadó decidieron abandonar el pueblo a mediados de octubre y  emigrar hacia las bocas del río Atrato, en el golfo de Urabá. A la madre de  Clemente le contaron que había miles de personas viviendo en carpa sobre las  riberas lodosas, sin alimentos ni alcaldes a los cuales quejarse. Casi todos  contaban las mismas historias: las bandas de paracos—paramilitares— habían  entrado en las aldeas y les habían dado plazos que oscilaban entre un día y tres  para partir. &quot;Necesitamos el lugar&quot;, era la única explicación que daban. &quot;Al que  se quede, le vamos a mochar la cabeza&quot;. Los mochacabezas—los cortadores de  cabezas—era la palabra que tenía en vela a la madre de Clemente. &quot;Vámonos  también nosotros&quot;, le dijo al padre un día. &quot;Vámonos a cualquier parte antes de  que nos maten&quot;. Pero el padre consultó a una adivina y a través de ella supo—o  quiso saber—que nada les pasaría, que los mochacabezas nunca se acercarían a  Apartadó. También la alcaldesa del pueblo, Gloria Cuartas, les aconsejó que no  se marcharan. &quot;Es preferible morir defendiendo lo que es de uno que hacerle el  juego a la violencia&quot;, dijo. Nada angustió tanto a la madre de Clemente como esa  recomendación de heroísmo. Cuando los paramilitares llegaron, poco antes de la  Navidad de 1996, decenas de pueblos ya habían sido abandonados por completo: El  Salado, Turbo, Tipaná. Muchos de ellos estaban situados sobre la línea  imaginaria del futuro canal interoceánico y otros a orillas del golfo de Urabá.  La invasión sucedió una tarde sin lluvia, y nadie vio acercarse a los hombres.  Todo fue veloz, inverosímil, terrible. </p>     <p>Clemente no recuerda casi nada de lo que sucedió esa tarde. Recuerda que lo  dejaron tendido en la galería de su casa, con un machetazo que le atravesaba la  mejilla derecha, y que sus padres y sus hermanos mayores estaban salvajemente  mutilados, cerca de un poste, en el centro del pueblo. Recuerda también—pero  todavía no sabe si fue un recuerdo o un sueño—que la madre aún estaba viva y  que, cuando corrió a abrazarla, el cuerpo se le desmembró entre las manos y un  relámpago de sangre lo bañó por completo. Clemente se unió a una caravana de  lanchones que remontó los lodos del río Sinú y avanzó hacia la ciudad de  Montería en un viaje de tres jornadas interminables. Le dieron una ración de  agua y dos bananas. Bebió y comió su magro alimento el primer día, de una sola  vez, para que no se lo robaran al quedar dormido. </p>     <p>Nadie sabe cuántas familias sin casa vagan por los caminos de Colombia o  acampan a la entrada de las grandes ciudades. El gobierno cree que son, en  total, novecientas mil almas. La oficina de consulta para los Derechos Humanos y  el Desplazamiento—una institución oficial— eleva la cifra a poco menos de un  millón. &quot;Más de 36 mil hogares en Colombia fueron vaciados por la violencia  entre diciembre de 1995 y diciembre de 1996&quot;, dice el informe anual de la  oficina. &quot;En ese lapso, las afectadas fueron alrededor de 181 mil personas&quot;. </p>     <p>Las estadísticas excluyen, sin embargo, a los que fueron cobijados por  parientes cercanos o a los que se asentaron en una casa o en un trabajo poco  después de llegar a destino. Un millón, entonces, es una cifra demasiado avara.  Hay que pensar en trescientos mil más, o cuatrocientos. El azar absoluto rige  sus vidas. No saben quién es el enemigo, por qué los expulsan de sus tierras ni  tampoco adónde van. Se mueven a ciegas, como hordas nómades, en dirección hacia  ninguna parte. Si oyen o ven una señal de amparo, allí se quedan. Buscan signos,  apoyos, en un país donde el piso nunca está quieto y donde se oyen, cada mañana,  los fuertes vientos del odio. </p>     <p>El odio se lee a menudo en los periódicos de Colombia. Dos de los columnistas  más famosos del país intercambiaron, en mayo, algunos epítetos de tono subido.  Se llamaron el uno al otro &quot;mezquino, racista, criminal, maloliente, venal&quot;.  Esos insultos—inimaginables en la prensa de cualquier otro país  latinoamericano—son sin embargo frecuentes en los diarios y revistas de Bogotá. </p>     <p>Cualquiera que haya estado antes en Colombia sentirá que el país está ahora  despedazado, como si él también hubiera sido víctima de los mochacabezas. Se  tiene la sensación de que hay todavía historia, pero ya no hay Estado. El  gobierno es frágil y casi nadie lo quiere, pero lo peor que podría pasar es que  el gobierno caiga. El desamparo moral—que es ya demasiado grande—se volvería  entonces intolerable. </p>     <p>En esa atmósfera, ¿quién podría pensar en los desplazados? Están en todas  partes y pocos quieren verlos. La revista Cambio 16 les dedicó una portada a  mediados de mayo [1997] con un título que resume la tragedia: &quot;Nuestra Ruanda&quot;.  Un recuadro de la revista explica que los esfuerzos del gobierno por acudir en  su ayuda resultan ínfimos en relación con el problema monstruoso. Las tasas de  mortalidad son sesenta veces más altas en esa oscura estela de vagabundos que en  las capas más pobres de la población estable. Cuando alguien quiere hablar de  ellos, la gente vuelve la cara. Suponen que es una historia demasiado ajena,  demasiado vieja, y se asombran de que los extranjeros no hayan oído hablar de  ella. </p>     <p>Las casas donde se refugian son todas insalubres y precarias: a veces enormes  coliseos deportivos sin baño, servicios eléctricos ni agua potable, donde las  hileras de colchones dejan apenas espacio para caminar, como en un campo de  concentración herido por miles de goteras. Las del barrio Nelson Mandela, junto  a los basurales de Cartagena de Indias, están hechas de tablones viejos, bolsas  de basura y desechos de plástico. No hay baños, por supuesto, y los niños juegan  entre los excrementos y las oleadas de cuervos. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Clemente Mosquera se considera afortunado, y en cierto modo lo es. Durante  tres días anduvo como alma en pena por los alrededores de Montería hasta que un  camionero lo transportó a Ciénaga de Oro, a Corozal y a Turbaco, donde cargaba  cajones de Coca Cola por un plátano diario. En Turbaco, por fin, se encontró con  Amneris Santacruz, la modista de Apartadó, que cortaba blusas para su madre y  que acababa de perder su máquina de coser en una casa de empeños. Ambos llegaron  caminando al barrio Nelson Mandela—en verdad, no hay otro modo de llegar: los  camiones no se aventuran hasta allí y la ruta queda demasiado lejos—: los  primeros días se ofrecían de puerta en puerta para acarrear agua; después,  Amneris empezó a remendar ropas ajenas y Clemente a pegar carteles para un  candidato a concejal de Cartagena de Indias. </p>     <p>A veces comen, a veces no. A veces oyen noticias terribles de los  mochacabezas, que siguen despejando las tierras donde se construirá algún día el  canal interoceánico: matanzas o mutilaciones de cientos de personas en Ciénaga  La Honda, en el río Cacarica, en el cerro El Cuchillo. O se enteran de  crueldades aún peores que han sucedido lejos, en Pasto cerca de la frontera con  Ecuador o al oeste, en el valle del Cauca. Con tanta muerte alrededor, sienten  cada mañana la felicidad de seguir vivos. &quot;Ya no somos gente, no somos nada&quot;,  dice Amneris. &quot;Pero siquiera Dios nos ha dado la gracia de seguir respirando&quot;. </p>     <p>Más fatalista que su protectora, Clemente resume en una frase terrible el  azar absoluto al que están sometidos más de un millón de colombianos nómades:  &quot;Todos tenemos que morir, tarde o temprano. Si se muere temprano, se sufre  menos&quot;. </p>     <p><b>Tierras de nadie </b> </p>     <p>A mediados de mayo de 1997 conocí a Clemente Mosquera en un barrio precario  de Cartagena de Indias, donde se había refugiado después que una patrulla  militar mutiló y asesinó a toda su familia en la calle mayor de Apartadó, cerca  de la frontera con Panamá. Recuerdo muy bien a Clemente: era frágil y menudo  como un pájaro, el pelo oscuro y salvaje, la mirada huidiza, y una cicatriz  enorme en la mejilla, abierta por el mismo machete que había segado la vida de  sus padres. Estaba a punto de cumplir trece años, pero parecía de seis. Durante  la media hora que duró nuestro encuentro en el dispensario del barrio donde  vivía, al lado de un basural, Clemente estaba siempre apurado por marcharse. No  tenía nada qué hacer ni adónde ir, pero los largos meses de continua fuga lo  habían acostumbrado a no quedarse quieto. &quot;Todos tenemos que morir tarde o  temprano&quot;, me dijo aquel día. &quot;Morir temprano es mejor. Se sufre menos&quot;. </p>     <p>Hace un par de semanas recibí, casi al mismo tiempo, la noticia de la muerte  de Clemente Mosquera y un ejemplar de Las guerras en Colombia, el extraordinario  libro en el que la periodista Alma Guillermoprieto reúne los tres artículos que  escribió para The New York Review of Books entre abril y mayo del 2000. El libro  me permitió entender mejor la interminable violencia que azota a Colombia desde  hace medio siglo y, de paso, descubrir una razón para el precoz final de  Clemente, que murió en las montañas próximas a Bucaramanga, al nordeste del  país. Al parecer, cayó con el fusil en la mano durante una de las cotidianas  escaramuzas entre el ejército regular y un pelotón de las FARC o Fuerzas Armadas  Revolucionarias de Colombia, que lo habían reclutado dos años antes. </p>     <p>Una carta del matrimonio Mendoza, en cuya casa de Cartagena se refugió  Clemente al huir de Apartadó, resume la odisea de los incontables niños  colombianos que andan a la deriva por el país incierto. Isabel de Mendoza  escribe que, entre febrero y marzo de 1998, cuando le pareció que la situación  se había calmado y que ya nadie tenía memoria de los estropicios causados en su  pueblo natal, Clemente Mosquera intentó regresar en busca de un tío que había  sobrevivido a la matanza y que estaba escondido en la ciudad de Montería. Quería  que lo ayudara a reconstruir la casa de dos plantas levantada por su padre en la  calle mayor, cerca del coliseo deportivo, y a recuperar el hato donde la familia  había criado cerdos y vacas durante dos o tres generaciones. A los trece años,  Clemente creía que la vida es una sucesión de fatalidades interrumpidas sólo por  la voluntad de perdurar. &quot;Las personas somos tan sólo hojas al viento, que Dios  mueve según su santa voluntad&quot;, escribió Isabel de Mendoza. &quot;Clemente suponía  que las hojas pueden moverse solas cuando no hay viento. Dios le mostró que no  es así&quot;. Clemente intentó salir de Cartagena de Indias por el mismo camino que  lo había llevado. Se unió a una caravana de lanchones y descendió hacia Montería  por los lodos del río Sinú, en un viaje de tres jornadas interminables. Comió  dos bananas y tomó dos dedos de agua. Al amanecer del cuarto día, cuando los  viajeros avistaron a lo lejos las torres de la catedral, los atacó una avanzada  de la guerrilla. Las cartas que Clemente envió a la familia Mendoza un año  después del asalto nunca explicaron cuál fue el destino de los que iban con él.  Con un lenguaje escueto, laborioso, difícil de descifrar, Clemente sólo contó  que los oficiales atacantes le ofrecieron adiestrarlo en el uso de las armas y  pagarle un salario quincenal si se les unía. &quot;Les dije que sí. Ya estoy en edad  de ganar algún dinero&quot;, escribió. </p>     <p>Aunque la costumbre de reclutar adolescentes y niños es casi tan antigua como  la guerra de medio siglo que lleva Colombia, sólo en el año 2000 se convirtió en  un hecho público. Alma Guillermoprieto refiere en su libro que Manuel Marulanda  o Tirofijo, el jefe de las FARC, se negó siempre a reducir la edad de la leva de  guerrilleros: &quot;Nosotros tenemos una norma que nos exige reclutar sólo de quince  años en adelante&quot;, dijo. Pero nunca fue así. También el ejército y los  paramilitares levantan niños de los campos cada vez más despoblados: en las  tropas de avanzada, la edad promedio de los combatientes es de catorce años. </p>     <p>Clemente Mosquera dijo que se había incorporado como voluntario. Quién sabe  si esa es la verdad. Según Alma Guillermoprieto, casi todos los niños fugitivos  de la guerrilla cuentan que ingresaron a ella como parte de pago por los  impuestos que su familia no pudo pagar—los pesadísimos gravámenes a los cultivos  de coca o a las cosechas de maíz—, o bajo la amenaza de que sus padres serán  castigados. &quot;Parece lógico reclutar a los más jóvenes&quot;, se lee en el libro de  Alma Guillermoprieto. &quot;Son maleables y lo bastante fuertes como para sobrevivir  a las incontables exigencias físicas de la campaña&quot;. </p>     <p>En agosto del 2000, fecha de su última carta a los Mendoza, Clemente Mosquera  era un experto tirador de ametralladoras AK 47—tardaba menos de tres minutos en  desmontarlas y limpiarlas—y de rifles de asalto Galil. Vivía &quot;en sociedad&quot; con  Nora, una chica de trece años, y su única infelicidad era no tener hijos, porque  el reglamento de las FARC, que no reprime ni vigila las relaciones sexuales  entre los combatientes, es en cambio intolerante con las parejas demasiado  estables y con los lazos de familia demasiado sólidos. En la primera revisión  médica, se les coloca a las adolescentes un dispositivo intrauterino  obligatorio. &quot;Tal vez algún día, cuando termine tanta injusticia como la que hay  en Colombia&quot;, escribió Clemente, &quot;Nora y yo podamos regresar a Apartadó y tener  allá la familia que nunca tuvimos&quot;. Tal vez, algún día, son expresiones que en  la Colombia de estos tiempos equivalen a nunca. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>A través de la versión de un guerrillero desertor que volvió al barrio Nelson  Mandela, la familia Mendoza pudo reconstruir en parte los pasos de Clemente  durante los últimos dos años, desde la leva forzosa cerca de Montería hasta su  muerte en combate. Fue entrenado en las selvas de la zona de despeje durante más  de seis meses, enfermó de malaria y sobrevivió gracias a los cuidados de Nora,  en uno de esos dispensarios de fin de mundo que están junto a las destilerías de  cocaína; combatió contra los paramilitares de Carlos Castaño en los infiernos de  Putumayo y contra el ejército regular en los bañados de Caquetá. Mató a diez  hombres, fue herido en una pierna. Nunca recibió la paga que le habían  prometido. </p>     <p>A fines de noviembre, lo incorporaron a un batallón de élite que comenzó a  hostigar al ejército cerca de las montañas de Bucaramanga. Clemente dirigía un  pelotón de doce guerrilleros, todos menores que él, niños de entre doce y trece  años. Las versiones sobre su final son confusas: Isabel de Mendoza dice que su  patrulla cayó en una emboscada tendida por el grupo Autodefensas de Castaño, la  víspera de Navidad. Otros vecinos del barrio Nelson Mandela suponen que Clemente  sucumbió en una de las más cruentas batallas de las FARC contra el ejército, al  oeste de Bucaramanga. </p>     <p>Nadie sabe cómo hacer para que cese en Colombia una violencia que lleva más  de medio siglo. Hay cinco o seis facciones en pugna, y la entrada de los  norteamericanos en la pelea, con el pretexto de la lucha contra los traficantes  de cocaína, agregará una leña más a tanto fuego. Como escribe con sensatez Alma  Guillermoprieto, el principal escollo para la paz es que nunca hay dos bandos, y  cada vez que uno de ellos busca negociar una tregua, los otros se oponen o  exigen soluciones imposibles. Tampoco nadie sabe ya por qué o contra quién  pelea. Clemente Mosquera fue una hoja al viento llena de preguntas y se acaba de  morir sin ninguna respuesta. </p> </font>      ]]></body>
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