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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[In the present article, the author describes the process lived by young inhabitants of Ciudad Bolívar-one of Bogotá's poorest areas-throughout the research that served as base for the book Ciudad Bolívar: la hoguera de las ilusiones. By means of hearing and dialoguing, as well as by presenting these young people's stories tangled with their social contexts, and their experience with the Memory Workshop, the author approaches the imaginaries of youngsters from popular neighborhoods and their vision of the city]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="2">      <p align="center"><font face="Verdana" size="4"> VOCES EN EL "TALLER DE LA MEMORIA" </font></p>     <p align="center"><font face="Verdana" size="3"> VOICES IN THE "MEMORY WORKSHOP" </font></p>   <b>Arturo Alape </b>    <p>Escritor, cronista y pintor. Autor de obras como El Bogotazo:  memorias del olvido, Valoración múltiple sobre Tomás Carrasquilla, Sangre Ajena,  El cadáver insepulto, entre otras.<hr size="1">     <p><b>Resumen</b></p>     <p>El autor explica el proceso vivido en jóvenes y pobladores de Ciudad Bolívar,  una de las zonas más pobres de Bogotá, durante el desarrollo de su investigación  recogida en el texto Ciudad Bolívar: la hoguera de las ilusiones. A través de la  escucha y la interlocución, del despliegue de las historias personales de los  jóvenes entrelazadas con los contextos sociales, y la experiencia del Taller de  la Memoria, el autor logra acercarse a los imaginarios de jóvenes de barrios  populares y su visión de la ciudad.</p>     <p><b>Palabras clave</b></p>     <p>Jóvenes, Imaginarios, Memoria, Ciudad Bolívar.</p>     <p><b>Abstract</b></p>     <p>In the present article, the author describes the process lived by young  inhabitants of Ciudad Bolívar—one of Bogotá's poorest areas—throughout the  research that served as base for the book Ciudad Bolívar: la hoguera de las  ilusiones. By means of hearing and dialoguing, as well as by presenting these  young people's stories tangled with their social contexts, and their experience  with the &quot;Memory Workshop&quot;, the author approaches the imaginaries of youngsters  from popular neighborhoods and their vision of the city.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Keywords</b></p>     <p>Young people, Imaginaries, Memory, Ciudad Bolívar.</p> <hr size="1">     <p>La inclinación hacia lo histórico siempre ha ejercido una profunda influencia  en mi trabajo narrativo y en mis pesquisas periodísticas. Por lo tanto, con el  acercamiento a la comunidad de Ciudad Bolívar retomo mi preocupación por la  problemática de la ciudad. En la universidad, en mis clases de periodismo, nos  hacemos muchas preguntas sobre qué es la ciudad—una ciudad como Bogotá de 6 o 7  millones de habitantes—, si realmente se tiene un conocimiento parcial de esa  ciudad, cómo se piensa esa ciudad, cómo se camina, cómo la hemos vivido, cuáles  son nuestros itinerarios diarios, cómo es la relación con los vecinos y la  percepción que tenemos de ciudad como espacios de encuentros y desencuentros.  Pensar la ciudad como la posibilidad de estructuración de un gran relato urbano:  como la ciudad capital donde confluye el país, Bogotá es el país configurado a  retazos culturales, regionales, colores, gestualidades y voces. Estas  reflexiones conducen a plantearme un trabajo </p>     <p>Escritor, cronista y pintor. Autor de obras como El Bogotazo: memorias del  olvido, Valoración múltiple sobre Tomás Carrasquilla, Sangre Ajena, El cadáver  insepulto, entre otras. </p>     <p>experimental, a indagar desde la literatura en una localidad muy pobre en  Bogotá—Ciudad Bolívar—y a hacerlo con la idea de escribir un libro sobre  jóvenes. El tema de los jóvenes se había vuelto moda influyente en las ciencias  humanas en algunas ciudades, especialmente Medellín y Cali: en los años 80 y 90  apareció la figura prominente del sicario y daba la impresión que el mundo de la  realización humana de los jóvenes entre los 12 y los 15 años era volverse  sicario, asesino a sueldo para ganar grandes sumas de dinero, vivir de marca y  escuchar su música, morir en su ley a los 17 y dejar un techo como herencia a la  madre. </p>     <p>Quiero reflexionar sobre esta experiencia de investigación social y diversas  escrituras porque hace parte de mi posterior trabajo narrativo. Ciudad Bolívar  es una ciudadela parecida a las favelas de Río de Janeiro; medio millón de  habitantes con la particularidad de ser hoy el epicentro de la miseria en Bogotá  y el espejismo de la tierra prometida para muchos desplazados, que culmina con  la ilusión de tener casa propia construida con todo tipo de material en medio de  un paisaje desolado de inmensas piedras. Ese conglomerado humano tiene la  particularidad de ser una población eminentemente mayoritaria de niños y jóvenes  de 12 a 18 años y, una población adulta, los padres de familia que llegaron a  esa zona huyendo de la violencia o arribaron a Bogotá con el sueño de la  realización humana bajo el acicate del peso de la exigua economía casera. En la  localidad se produce un enfrentamiento de dos memorias: la memoria de la  transhumancia de adultos que expresa un imaginario campesino: la tierra en la  lejanía, frustración por los sueños perdidos, y en su mirada una reciente mezcla  explosiva urbana; por el otro lado, miles de niños que crecen y viven su  experiencia de niñez en el contexto de una ciudad que no les pertenece porque  físicamente son excluidos, ya que son mirados como sospechosos y advenedizos.  Los adultos conviven con la memoria que trajina geografías: la imagen del  perseguido en un viaje interminable, luego el choque cultural de llegar y  adaptarse asumiendo la visión del mundo que expresa los límites de otras  necesidades humanas impuestas por la ley del consumo y por actitudes dominantes  del dinero fácil que ellos tratan de conseguir, como dóciles criaturas. </p>     <p>En los noventa, durante cinco años, los medios de comunicación, radio, prensa  y televisión, aseguraban en sus informes—por supuesto sin ninguna profunda  investigación—que Ciudad Bolívar era la zona más peligrosa de Bogotá, que si  ibas de visitante te asaltaban, te mataban, te enterraban, te secuestraban, en  fin no te dejaban hueso bueno. Con ojos escrutadores de escritor, entro a la  zona para hacer la experiencia de escribir relatos o historia de vida que desde  el punto de vista teórico había trabajado en la universidad con mis estudiantes.  Quería construir estos relatos de vida no sólo desde lo periodístico,  sociológico o antropológico sino desde de la literatura. Me carcomía la  necesidad de conocer a profundidad esa parte de la otra ciudad, la ciudadela  oculta para la inmensa mayoría de los habitantes de Bogotá. La otra ciudad  también desconocida para mis huellas. Entro a la localidad acompañado de  personas que trabajan especialmente con jóvenes agrupados en organizaciones no  gubernamentales. Entre el tiempo de la iniciación de la investigación y la  culminación del texto, invierto cerca de 3 años. Quiero subrayar algunos  momentos de esta experiencia, importante como escritura y la posibilidad real de  entablar con el otro una larga y profunda conversación. Cuando llego a la zona,  de inmediato siento el rechazo de alguien que está excluido por la ciudad,  alguien que por su misma condición social es mirado como transeúnte y  sospechoso, absolutamente excluido de ciertos espacios urbanos. El excluido  socialmente también excluye al otro que llega, la exclusión se vuelve también  una manera de ser socialmente para enmascarar la necesidad de sobrevivir. Me  encuentro con jóvenes terriblemente agresivos para quienes somos forasteros y  llegamos de otros desconocidos territorios urbanos. Son mentalidades cerradas,  digamos que actitudes brindadas contra el virus del visitante. A medida que voy  conociendo a un grupo de jóvenes, me doy cuenta que era inoficioso escribir  sobre estos, porque comencé por aprender la piedra lección: para escribir sobre  ellos, debía aprender a hablar con ellos, conocer sus gestualidades y, además,  escuchar y descifrar su lenguaje, y eso requería de un proceso lento de  observación y aprendizaje. </p>     <p>En el grupo de jóvenes que voy conociendo, hay sicarios, estudiantes,  desocupados, niñas de 12 a 15 años con un aborto sobre la vida, guerrilleros  urbanos y posiblemente integrantes de grupos de limpieza social. En la zona  confluye el país político, el conflicto armado, la dramática situación social y  económica: amalgama humana de regiones. Pasa el tiempo y voy aprendiendo con  mucha sutileza cómo conversar con ellos, dejando a un lado la desconfianza  mutua, el temor a lo desconocido, aprendiendo a escuchar el sonido de la voz del  otro. Un día asisto a una reunión muy interesante, concurren cerca de 300  jóvenes. La citación corre a cargo de una organización no gubernamental; su  objetivo, escuchar las diversas propuestas de trabajo de quienes hemos llegado  recientemente a la zona. Los muchachos están ávidos por escucharnos: la sala  está repleta. Un cineasta de la televisión que trabajaba para el viceministro de  la Juventud, hizo un discurso por cierto corto y muy significativo que a mí me  enseñó muchísimo. Él dijo lo siguiente: señores yo vengo a realizar un  documental para la televisión sobre los jóvenes de Ciudad Bolívar. El documental  será muy importante para ustedes los jóvenes de esta localidad, pues será una  oportunidad para que el país conozca su problemática. Quiero, a través del  documental, adentrarme en sus vidas, en sus necesidades, en sus sueños. Al final  de su improvisación, hizo un premeditado silencio a la espera de un largo  aplauso, luego sacó a flote la logística que necesitaba para realizar el  documental. Dijo en tono muy convincente: necesito que ustedes me consigan  cuatro jóvenes sicarios, tres prostitutas de 12 a 15 años, dos ladrones de  apartamentos y, además, que ustedes mismos determinen cuántos muchachos pueden  ayudarme a cargar la cámara. Mientras escuchaba al hombre de la televisión,  miraba los ojos de los muchachos y esa tarde percibí el profundo odio que había  en esas cientos de miradas, que le estaban diciendo al personaje televisivo que  simplemente era un hijo de puta. La pobreza no se puede manosear, la pobreza no  se puede manipular. Cuando me tocó el turno de intervención, me preguntaron:  ¿Qué quiere de nosotros? ¿Por qué usted viene a Ciudad Bolívar? Con cierta  timidez dije, soy un escritor que he publicado 15 libros, quiero simplemente  escribir un libro sobre los jóvenes de Ciudad Bolívar, no sé si lo pueda  escribir, si ustedes están interesados. Un silencio de incredulidad se apoderó  de la sala: me estaban diciendo que no eran ratones de laboratorio. </p>     <p>En esa reunión aprendí que debía realizar un proceso distinto de acercamiento  a los jóvenes, que debía usar un método poco usual en el país: aprender a  escuchar al otro, conocer su voz y a través de su voz conocer sus pensamientos,  sus instancias íntimas, su manera de actuar. El origen y razones desde el punto  de vista sociológico del conflicto armado colombiano, en su raíz histórica lo  define la relación con el desconocimiento hacia la existencia del otro. El otro  es alguien que camina con figura prestada, un hombre invisible que no piensa:  ese hombre invisible que sólo sirve para darle una patada en el culo. ¿Por qué  debe escucharlo y visualizarlo? ¿Por qué debe escuchar a un hombre que no  piensa? Y si no piensa es porque no existe y si existe es para borrarlo de la  faz de la tierra: se precisa un disparo sobre la frente.</p>     <p>Es el comportamiento que se ha socializado muchísimo y hace parte de la  mentalidad que ha desarrollado en el ejercicio de la violencia en todas sus  características: oficial, guerrillera, paramilitar. Ejercicio autoritario del  poder político, de las clases políticas, de los diversos actores armados. El  otro existe para matarlo o secuestrarlo, el otro no existe para escuchar de él  lo que piensa. Somos un país de autistas armados hasta los dientes, con  mentalidad que piensa que el mundo gira alrededor de nuestros pies, y sólo  debemos escuchar en nuestra perturbada soledad el hermoso sonido de nuestras  palabras. Duré 4 meses en compañía de diversos grupos de muchachos. Comencé a  identificar en ellos un elemento que me pareció era decisivo, conmigo siempre  hablaban de la siguiente manera: la gente de Bogotá no nos comprende; nosotros  queremos que nos entiendan, porque somos jóvenes con los mismos conflictos que  tienen los jóvenes en el país: tenemos problemas familiares, problemas  educativos, vivimos entre todo tipo de violencia y drogadicción, somos de origen  muy humilde, pero somos jóvenes. Es decir, que en ellos existía la profunda  necesidad de que los reconocieran en su condición de ser jóvenes. Ya era un  indicio para hablar con ellos, para que me abrieran las puertas de su intimidad  memoriosa y de sus emociones recónditas. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Pero también encontré a otros jóvenes que querían utilizarme como puente para  conseguir cosas materiales. </p>     <p>Alguien que llega a un sitio de pobreza, se encuentra con personas con  mentalidades mendicantes y menesterosas: el que viene de afuera con una cámara  fotográfica es un hombre rico y, por lo tanto, puede y debe hacerme favores,  resolver de pronto nuestra pobreza. Incluso, cuento una historia, un muchacho un  día me dijo: mire señor escritor, yo tengo la historia más escabrosa: hago el  amor con mi mamá, también con mi hermana, me gusta mi tía, he matado como a  cuatro…Al final me dijo, ¿cuánto me paga para terminar de contarle mi historia  para que usted la escriba? Con el aprendizaje diario, fui quitando de camino lo  que podríamos llamar los obstáculos humanos, psicológicos, ideológicos e  históricos para poder establecer con ellos una conversación de larga duración,  que en últimas es la que puede consolidar un relato o una historia de vida. Y  tres meses después de esta extenuante confrontación verbal con esa dura  cotidianidad, a mí se me ocurrió una idea que al final se volvió como una  especie de trueque con ellos: yo les doy, les aporto conocimientos y ustedes me  cuentan historias, claro que voluntariamente. Pasaban los meses, no había  escrito nada y ninguna institución me estaba pagando; la investigación corría a  cargo de plata de mi propio bolsillo, financiaba la ansiedad de escritor. </p>     <p>Iba a la zona cada sábado, toda la tarde y regresaba a casa en la noche.  Ciudad Bolívar es una localidad de 250 barrios, que crece porque cada día hay  nuevos barrios de invasión: medio millón de habitantes, es decir, una ciudad  intermedia. Un día le puse nombre al trueque verbal con los muchachos, lo  bauticé: El Taller de la Memoria. Yo les dije en tono muy emocionado: hagamos un  Taller de la Memoria y preguntaron, ¿qué es eso? Les dije que íbamos a crear un  espacio de discusión en el cual ellos pudieran expresar abiertamente lo que  pensaban del mundo que los rodeaba. Yo simplemente les facilitaría unos textos  para discutir y, así, abrir la discusión colectiva. Ellos responden, qué vamos a  ganar nosotros, yo les digo, van a ganar la posibilidad de hablar y discutir  sobre la problemática de ustedes como jóvenes, ¿Y usted qué va a ganar? Yo les  respondí, la posibilidad de escucharlos, quizá escribir un libro sobre ustedes.  Se rieron con sorna y el escepticismo se reflejó en sus rostros. </p>     <p>Convoqué a una reunión y les dije, el plan es el siguiente: durante 6 meses  vamos a reunirnos, leeremos y discutiremos una serie de textos, ustedes  discutirán sobre sus problemas. Ese día asistieron 35 muchachos, en el grupo  había una chica que había estudiado sociología en la universidad. El resto había  terminado la primaria y otros ni siquiera habían alcanzado el bachillerato.  También asistieron ese día algunas jóvenes madres comunitarias y profesores de  escuela primaria, era un grupo de gente joven. Fluctuaban entre 13 y 17 años y  los adultos apenas pasaban de los 20 años. Yo les propuse la metodología:  leeremos en grupo varios libros, cito los títulos: Biografía de cimarrón de  Miguel Barnet, bello texto en el cual un negro cubano de 104 años cuenta la  historia desconocida de los esclavos cimarrones durante las luchas de  independencia; un según libro, Juan Pérez Jolote, de Ricardo Pozas A, la  historia de un indígena que va a estudiar antropología a ciudad de México y  regresa a su comunidad, luego escribe sobre comunidad; Antropología de la  Pobreza, de Oscar Lewis, texto fundador, profundo acercamiento a ese puente  humano entre lo rural y lo urbano; No nacimos pa´semilla, de Alonso Salazar,  lacerante libro que a través de relatos testimoniales, nos descubre el mundo de  los jóvenes sicarios bajo las órdenes del Cartel de Medellín, y agregué otras  lecturas adicionales. </p>     <p>Yo les dije, vamos a organizar grupos que deben leer los libros, lectura  referida a diversos temas sobre los jóvenes en Ciudad Bolívar: historia de la  comunidad, historia del barrio, historia de la familia, los sueños como  realización humana, los sueños cotidianos convertidos en pesadillas por la  continuidad, significado, y valor de los sitios de reunión, como por ejemplo la  cuadra o la esquina; relaciones entre jóvenes, relación con la policía y el  ejército, relación con la guerrilla; su visión de la ciudad y del país; todo un  eje problemático implícito en sus propias vivencias. Además, flotaba en el  ambiente una pregunta terriblemente provocadora: ¿Los jóvenes de Ciudad Bolívar  son, por naturaleza, violentos, pisto locos, sicarios? Los medios de  comunicación habían dictado cátedra escrita, visual y verbal, durante cinco años  comparando a los jóvenes de esta zona con los jóvenes de las Comunas de  Medellín. Y claro, una conclusión al aire: si viven en las mismas condiciones  infrahumanas como los jóvenes de las Comunas de Medellín, por lógica deben  pensar lo mismo y por lo tanto deben actuar siempre con un revólver en la mano o  una patecabra al cinto. El Taller de la Memoria era el comienzo de una loca  experiencia pedagógica, contradictoria en su esencia por la desigualdad en los  conocimientos y formación o deformación de los asistentes. Pero la esencia misma  de la propuesta se basaba en la pedagogía de la provocación: la discusión sobre  sus vidas sería, ante todo, un espacio de reflexión que los ayudaría a conocer  las fibras de su propia identidad. Escogimos los grupos lectores, se suponía que  leerían y hablarían de los textos, además la lectura los incitaría a profundizar  en su razón de ser social. Hice fotocopias, y todos entusiasmados de verdad  comenzaron a leer. La propuesta había calado: en el grupo se detectaba cierto  febril nerviosismo, como si se estuvieran metiendo las manos dentro de sus  cuerpos. Estaban tocados y provocados. Hermosas tardes de lecturas, exposiciones  comparativas y discusiones sobre los textos propuestos. Cada sesión era un  hallazgo porque cada quien se documentaba no sólo desde su propia experiencia  sino desde la experiencia de la comunidad. Se conjugaba lo propio con el  entorno, se rescataba y se asumía la historia de los padres como memoria de  transición y memoria contemporánea. La idea del libro salía a flote. Entonces,  una tarde aparecieron Los Testigos y el libro comenzó a escribirse. </p>     <p>El tema propuesto era la historia de los barrios, una visión de la comunidad.  Había mucha expectativa en la salacuando de pronto, el grupo que le tocaba  hablar sobre los barrios, llevó a un viejo curtido en su rostro, vivaz en los  ademanes y gestos, de una seguridad imperturbable. Los muchachos que debían  exponer lo leído, dijeron: nosotros no hablaremos sino que él lo hará en nombre  de nosotros, don Guillermo aquí presente, porque él es nuestra memoria en estas  lomas. Don Guillermo contó o narró en forma maravillosa, su experiencia de cinco  o siete barrios que él había invadido, de cómo esos barrios comenzaron a  fundarse cuando se les bautizó con el nombre escogido por la mayoría de los  habitantes; de cómo se habían construido, de cómo había sido la primera noche de  una familia cuando llegaba con sus cosas y armaba una casa de cartón o de tela  asfáltica, dormía y soñaba por primera vez en habitación propia; noche de  fundación y regocijo familiar; de cómo los habitantes para poder llegar al  terreno que habían comprado, cambiado por un electrodoméstico o invadido a la  fuerza, debían pasar por retenes establecidos por la policía y, a su vez, cómo  ellos debían pagar los impuestos a la policía para pasar legalmente sus enseres;  en fin, todo ese proceso social y humano que consiste en construir una vivienda  propia, en una zona geográfica asentada en inmensas rocas. Hoy en día, son  barrios con vías de comunicación, con agua y luz. Don Guillermo había narrado en  dos o tres sesiones, una historia de vida de muchos años cuando el tiempo  detiene su ritmo endemoniado para abrir cause a la reflexión de naturaleza  vital. Don Guillermo se convirtió en algo definitivo para la escritura posterior  del libro: la figura del testigo histórico que hablaba a través de la  experiencia vivida y convertida en memoria social, memoria de la comunidad. Don  Guillermo nos hizo sentir que estábamos en presencia de un hombre que no se  arrugaba ante su voz, por el contrario, cuando hablaba en su mirada no había  vacilación alguna: expresaba decisiones. En la exposición de los temas  posteriores, los muchachos se apropiaron de nuevos Testigos que hablaban en  nombre de ellos. No era una apropiación en el sentido mecánico y brutal de la  apropiación e imposición de la experiencia ajena. Tampoco que ellos hubieran  adquirido de pronto el virus de la mudez. La palabra no se había ahogado en el  río de la memoria. Por el contrario, para ellos la presencia de El Testigo  fundamentaba y permitía que la huella de uno y de todos quedara como huella  definitiva en quienes escuchábamos atentos esa narración convertida en  puente-humano de la memoria. </p>     <p>Entonces El Testigo se volvió figura fundamental en el transcurrir del Taller  de la Memoria: su voz y gestualidad creaban como recuerdos ámbitos de  profundidad de lo que había sido la experiencia social en lo individual y en lo  colectivo. La confluencia de muchas voces, escenificada en la voz única y  auténtica de El Testigo, quien asumía y representaba las otras voces que yacían  en el silencio impuesto por la fuerza del olvido. Por ejemplo, las madres  comunitarias eran tres y llevaron al Taller otras cinco y cada una durante una  semana fue contando la historia de cómo el jardín infantil fue creándose en su  barrio, en su cuadra. </p>     <p>Su origen: una madre con cinco hijos de diversas edades, mientras va a  trabajar los deja encerrados durante el día, en un cuarto cubierto por tela  asfáltica, espacio de dos metros por tres, entre camas y una estufa de gasolina.  Muchos niños habían muerto incinerados en incendios provocados accidentalmente  en aquellos cuartos miserables, con candado en las puertas para que los niños no  salieran a jugar al aire libre. Otra mujer madre con cinco hijos, le propone a  las otras madres-padres: yo les cuido los hijos a ustedes. Ellas le pagan algún  pequeño valor y después ese patio o casa con 15 o 20 niños se vuelve un jardín  infantil a la fuerza. Y esta mujer se transforma a la fuerza en una madre  comunitaria que por oficio cuida niños ajenos y, posteriormente, podrá asistir a  pequeños cursos de pedagogía infantil, dictados por profesionales pagados  miserablemente por el Estado. El Taller de la Memoria tuvo un desarrollo pleno,  la gente leía los textos y llevaba sus propios testigos, la discusión se  encendía a plenitud: la palabra provocaba comentarios encontrados, el tono  verbal se acaloraba, al final la historia narrada unía ánimos y reflexión. Se  fue creando un espacio propicio: los muchachos hablaban de su vida personal sin  tapujos, ni rencores, ni odios o frustraciones frente a 30 o 40 personas;  hablaban porque todo el mundo los escuchaba con respeto; hablaban sin temor de  las historias vividas: hablaban de robos o acciones criminales como asesinatos,  problemas familiares, adicción a la droga, de su participación en la guerrilla.  El olvido de la historia personal había quedado anclado en los límites de un río  lejano. El espacio del Taller de la Memoria se volvió un espacio de complicidad,  quienes escuchábamos nos convertimos en cómplices, nadie asumía el papel de  policía ni de juez ni siquiera de periodista. Comenzó a crearse en el  inconsciente del grupo, la idea o la conclusión de que las historias que se  estaban escuchando en ese ámbito de respeto y complicidad, serían incluidas  posteriormente en el libro. La idea de escribir el libro era ya una necesidad  suprema en todos los asistentes, se volvió una obligación que debía cumplirse. </p>     <p>Claro que sería el libro de ellos, escrito por alguien muy atento que estaba  escuchando sus historias. En el quinto o sexto mes de reuniones semanales,  aparecieron las historias de los jóvenes y continuaron con el mismo proceso: sus  Testigos escogidos. Fue cuando sentí en lo más hondo de mi ser que el libro se  escribiría por fin. Habíamos logrado trabajar a unos niveles de reflexión  colectiva extraordinarios, porque en el contexto de tantas historias narradas  aparecía la conjugación de lo íntimo personal con los sueños posibles de  realizar. Aparecía en las narraciones, por ejemplo, la hermosa, contradictoria y  dramática relación de familia, encierro en un pequeño espacio de 2x3 m donde  vivían cinco, seis o siete personas hacinadas en construcciones de cemento,  adobe o tela asfáltica. Y en ese espacio asfixiante, vislumbrar o detectar cómo  puede desarrollarse la convivencia de lo cotidiano familiar; cómo los padres  hacen el amor, mientras los hijos duermen o hacen que duermen; y aparece el  morbo inocente de lo erótico entre hermanos y hermanas; cómo se mezcla el sueño  imaginado con el sueño real de todos los días, cuando se hablan de éstos en las  mesa sin pan; cómo en ese espacio de la miseria la gente puede construir una  vida digna, que les permite caminar por la ciudad como cualquier ciudadano  normal. Esa relación encerrada y agobiada por el desdén de la miseria, produce  en los muchachos un creciente odio acumulado hacia ese espacio urbano que les  impide caminar tres pasos seguidos, entonces por inercia libertaria buscan la  esquina. Y en la esquina se reúnen 20 muchachos, hablan de los sueños, fuman  marihuana, meten droga, bazuco, se regocijan con el ritmo cadencioso de los  cuerpos de las muchachas, hablan de lo aprendido en la escuela, planean  fechorías por diversión o quizá con mentalidad profesional. Viven ese espacio de  la esquina gozándolo a intenso ritmo interior. Ellos, los jóvenes agrupados en  esquina, se vuelven un conflicto para el entorno social, familiar. Los padres  que han venido del campo no pueden tolerar que sus hijas estén con esos tipos  que pierden el tiempo en el día y la noche, y son como estatuas fortificadas en  la esquina, sombras definitivas. Es decir, es una mentalidad policíaca: si esa  persona está parada en la esquina es porque está pensando en algo malo, la  lógica demencial creada por el temor a lo envolvente inquisidor. Ese muchacho  está pensando meter droga, robar un apartamento o matar a alguien. Entonces esa  mentalidad y ese distanciamiento generacional, de una u otra manera, produce un  fenómeno terrible: impulsa los llamados actos de limpieza social, parecidos a  las razzias de limpieza que suceden en muchas de las ciudades del Brasil. En lo  años 92 y 95 asesinan en Ciudad Bolívar alrededor de 500 muchachos de 12 a 15  años. Y los asesinos, apoyados por sectores de la autoridad, incluso de la  propia comunidad y pagados por dueños de establecimientos comerciales, son  grupos enmascarados que los cogen, los llevan a un sitio y los matan a  quemarropa. Grupos que tienen un nombre singular: grupos de limpieza social. </p>     <p>Muchos de estos muchachos roban tiendas, pequeños supermercados y los dueños  de los supermercados tienen contactos con aparatos oficiales y se crea un grupo  desde adentro y afuera del barrio que tiene como tarea limpiar el mal ejemplo y  matar a los muchachos. Esta situación se vuelve algo muy normal. Lo terrible es  que algunos padres de familia aceptaron como concepto definitivo de una  mentalidad para sobrevivir: si mataban a un muchacho, lo mataron con razón  porque andaba metido en algo malo: acto de fe social para justificar el  asesinato colectivo. Cuando en el Taller de la Memoria aparecen los muchachos  contando sus historias, que por cierto una de éstas la retomo 8 años después en  mi novela Sangre Ajena, digo en ese momento: el libro va a escribirse, debe  escribirse. Es la presencia de la escritura con su ritmo endemoniado que asoma  como necesidad vital impulsada por sus propias leyes. Era tanto el material  escuchado y recogido que había que entrar a procesarlo como escritura. Después  tendría que plantearme los conflictos de la estructura narrativa. Hasta ese  momento yo no había escrito ni una página. Esa es una extensa documentación que  aún conservo en mis archivos. Cuando terminamos el Taller de la Memoria, los  muchachos dicen muy convencidos: ahora sí querido Arturo a escribir el libro. Yo  les dije, necesito más historias, otras historias para aproximarme a ese mundo  complejo de la mentalidad de los jóvenes que habitan esta zona periférica donde  pulula el desarraigo. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Cada 8 días ellos aparecían con nuevas historias y nuevos personajes, en ese  transcurrir de hallazgos narrativos duramos dos o tres meses. Ellos buscaban  afanosamente personajes y yo comencé a escribir las historias escuchadas.  Surgieron conversaciones de larga duración, que se fundamentaban en ciertos  principios enraizados en la experiencia de hablar con el otro: hablan dos, vamos  a discutir los dos, a construir una historia entre los dos, dos sujetos hablan y  escuchan en igualdad de condiciones, ninguno de los dos será un objeto de uso y  de información para el otro; es decir la historia escuchada por uno pero contada  por la memoria del otro, en una situación de respeto y reflexión; conversación  cimentada en una profunda confianza o empatía mutua que pueda crear una adecuada  atmósfera posible para hablar y escuchar; situar la conversación en el espacio y  en el tiempo histórico en que sucedieron los acontecimientos, entorno social  para el logro de una relativa veracidad de la historia que se escucha;  introducir en la conversación el arma de la pregunta y la contra-pregunta en  quienes asumen el rol de preguntar, narrar y escuchar; la pregunta suele  convertirse en un acto de imposición de quien, por razones de supuesta formación  académica, piensa que el otro no debe preguntar sino simplemente escuchar la  pregunta y narrar la intimidad de su vida. El que confiesa también pregunta. De  antemano propuse un compromiso con los protagonistas: antes de publicar la  historia, los muchachos, muchacha o muchacho, leerían el texto escrito sobre su  vida, propondrían reformas y se publicaría lo que quisieran que publicara;  incluso, en algunas conversaciones surgieron nexos de éstos con la guerrilla y  esos datos comprometedores los fui eliminando de acuerdo con ellos. Me  interesaba construir relatos en los cuales se pudiera constatar y medir una  profunda dimensión de vida de unos jóvenes de 14 o 15 años; una niñez y una  juventud que nunca tuvieron y, a la vez, la relación con el crecer humano que  tiene tantas complicaciones en la periferia de una ciudad violenta en sus ejes  fundacionales. Posteriormente fui trabajando textos y un día, en boca de uno de  los protagonistas, escuché una verdad que me dolió en el alma: &quot;nosotros los  jóvenes somos gente muy buena, gente sana, gente soñadora, gente que abraza con  mucho afecto, gente aventurera, pero también los jóvenes somos unos hijos de  puta…..&quot; Esto me situó en la dura realidad para poder entender ese fenómeno de  lo que es la mentalidad de muchos jóvenes. Busqué literatura, leí una novela de  Paul Nizán que se titula: Aden Arabia. Nizán comienza su novela: &quot;Yo tenía 20  años y no permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida&quot;.  Afirmación que a renglón seguido, le da un hondo significado de apropiación de  una realidad compleja, cuando escribe: &quot;Todo amenaza con la ruina a un hombre  joven: el amor, las ideas, la pérdida de la familia, la entrega al mundo adulto.  Le es duro aprender cuál es su lugar en el mundo&quot;. Y luego Sartre hace un sesudo  prólogo sobre la novela y dice: &quot;hemos traicionado tantas veces nuestra juventud  que no mencionarla es una decencia mínima. Nuestros antiguos recuerdos han  perdido sus dientes y sus garras; veinte años, sí, he debido tenerlos, pero  tengo cincuenta y cinco y no tendría la audacia de escribir: &quot;Tenía veinte años  y no permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida&quot;. Esto me  hace descifrar más a fondo esa mentalidad juvenil. Entonces ocurre el fenómeno  hermoso en el que ellos, por iniciativa propia, comienzan a buscar otras  historias y son muchas las historias que vienen hacia mí con su vuelo oral. Yo  voy seleccionando el material, me reúno y trabajo con los personajes tres o seis  días, grabo entrevistas de una a diez horas y comienzo a elaborar ese proceso  escritural a través de lo que califico el proceso de los originales. En  síntesis, hice seis originales del texto Ciudad Bolívar, la hoguera de las  ilusiones. El primer original era la trascripción absoluta sin editar de la  conversación grabada, especie de constancia de ésta en su conjunto lingüístico,  con sus silencios, repeticiones y modismos; el segundo original un texto  dramático, que consiste en hacer una lectura de la historia dándole prioridad a  los hechos dramáticos; es decir, subrayar o numerar en secuencias las  situaciones más cruciales en la vida del personaje y luego, reorganizar de nuevo  el texto en su estructura a partir de la importancia de cada secuencia  dramática, y así evitar la monotonía de la cronología cuando se trata de un  texto oral. El tercer original era el mismo relato contado desde los hechos  dramáticos conservando la esencia lingüística del texto en su trascripción. El  cuarto original era el estudio lingüístico del texto oral para unificar  secuencias semánticas y rescatar ritmos connotativos que se pierden en la  oralidad y, a la vez, limpiando el texto de repeticiones y modismos. El quinto  original era una confluencia de lo dramático y lo lingüístico, y, en el sexto  original, el escritor introduce su voz escritural en segmentos cuando la  historia oral lo permite o necesita profundizar en ciertas situaciones de la  intimidad del personaje o en cuestiones relacionadas con sus diversos entornos  sociales e históricos. Finalmente apareció el libro con un inmenso éxito  editorial y esto produjo una serie de nuevas situaciones que quiero sintetizar:  uno, que con su publicación, cuando los medios de comunicación se refieren a  Ciudad Bolívar hoy día lo hacen con mayor respeto; se demostró que Ciudad  Bolívar no era el infierno de la violencia capitalina que los medios de  comunicación habían propagado como peste ambulante en sus mensajes; se aclaró  que en Ciudad Bolívar viven jóvenes que están luchando para que se les entienda  su identidad de jóvenes, que piensan, viven la ciudad y tienen una visión sobre  el país. Dos, los relatos producen una profunda transformación en los propios  personajes; uno de ellos, que en esa época pintaba, después del texto publicado  va a la universidad y estudia Filosofía y Letras, continúa su carrera de pintor  y hoy día es profesor. Tres, el libro como experiencia humana se convirtió en un  texto muy leído en todos los colegios de Bogotá y ha logrado, a través de su  lectura, abrir un amplio diálogo entre los muchachos del sur con los muchachos  del norte de la ciudad. En últimas, el texto es una reflexión profunda sobre los  imaginarios de los jóvenes, de su visión de la ciudad, de sus itinerarios y  desplazamientos geográficos. El libro no sólo es texto sobre jóvenes o texto  sobre la ciudad, es también una íntima y larga conversación que abre puertas a  esa memoria, que yace en los recuerdos individuales del otro cuando el tiempo no  tiene prisa y rehace en una conjugación de voces, otra orilla clarividente de la  memoria colectiva urbana. </p> </font>      ]]></body>
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