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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Based on direct references to his past in Chile—during Pinochet's dictatorship—the author presents a heart-rending testimony of the tortures and ill-treats he had to endure during the military repression.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="2">        <p align=center><b><font size="4">Setenta y dos horas en Londres 38</font></b></p>      <p><b>Patricio Rivas </b></p>      <p>Soci&oacute;logo, Doctor en Filosof&iacute;a de la Historia. Fue profesor de  la Escuela de Gobierno de la Universidad de Chile y Coordinador General de la  Divisi&oacute;n de Cultura del Ministerio de Educaci&oacute;n de Chile. Actualmente es el  Coordinador del &Aacute;rea de Cultura del Convenio Andr&eacute;s Bello. Premio Nacional de  Ensayo de Chile.</p>  <hr size="1">      <p><b>RESUMEN</b></p>     <p>A partir de referencias directas con su pasado  en Chile, durante los a&ntilde;os de la dictadura de Augusto Pinochet, el autor  presenta un desgarrador testimonio de las torturas y vejaciones de las que fue  v&iacute;ctima durante la represi&oacute;n militar.</p>      <p><b>PALABRAS CLAVE</b></p>     <p>Chile, memoria, represi&oacute;n, militares, trauma.</p>  <hr size="1">      <p align=center><b><font size="3"> Seventy-two hours in London 38</font></b></p>      <p><b>ABSTRACT</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Based on direct references to his past in  Chile&mdash;during Pinochet&#39;s dictatorship&mdash;the author presents a heart-rending  testimony of the tortures and ill-treats he had to endure during the military  repression.</p>      <p><b>KEYWORDS</b></p>     <p>Chile, memory, repression, militaries, trauma.</p>  <hr size="1">      <p>Desde el primer momento entend&iacute; c&oacute;mo era el mundo de los hombres del coronel  Manuel Contreras. Fui arrojado al piso de una camioneta enlodada. Recib&iacute; golpes,  patadas y pu&ntilde;etazos. El trayecto dur&oacute; m&aacute;s de media hora; de vez en cuando sent&iacute;a  el ruido de los autom&oacute;viles y las voces de personas que caminaban sin sospechar  que a su lado circulaba una camioneta de la DINA. El veh&iacute;culo ingres&oacute; por una  estrecha calle de adoquines. Estaba en Londres 38. Me bajaron al interior de un  zagu&aacute;n, a tientas reconoc&iacute; una mesa de escritorio donde se controlaba el acceso  de los agentes. Preguntaron mi nombre y fecha de nacimiento, me sentaron en una  silla de madera y fierro y me esposaron por la espalda. Una especie de coro  infernal repletaba el recinto. O&iacute;a gritos en distintos tonos, desde distintas  bocas, que se mezclaban con las &oacute;rdenes de los agentes. Eran gritos de espanto  que mord&iacute;an el aire y que al terminar segu&iacute;an vibrando en el espacio. No eran  gritos de miedo, eran de soledad frente a lo incomprensible. Las voces de esos  j&oacute;venes quedaron ah&iacute; para siempre y luego la certidumbre de que no se esfumaron.  Se les vio con sus rostros marchando por la Alameda, frente al palacio de La  Moneda, un d&iacute;a del 2004 en que se record&oacute; a los 119 asesinados en la Operaci&oacute;n  Colombo.</p>     <p>Uno de esos interrogatorios se ha esculpido en mi memoria. Un  oficial preguntaba por una casa, despu&eacute;s ven&iacute;a la sucesi&oacute;n de bofetadas y  golpes, aparentemente de palos, ante cada silencio del torturado. &Eacute;l lanzaba  gemidos sordos en un intento por reprimir el dolor. Al tiempo que escuchaba esa  escena, percib&iacute;a que algunos prisioneros hablaban entre ellos. En el nivel del  tormento hay dos juegos, en uno se hacen preguntas singulares, concretas y  focalizadas; en otro, m&aacute;s all&aacute; de la informaci&oacute;n perseguida, se busca doblegar  al prisionero. Estoy convencido de que el compa&ntilde;ero muri&oacute; ese mismo d&iacute;a. No  respondi&oacute;, s&oacute;lo se repleg&oacute; hacia la muerte. Permanec&iacute; alrededor de una hora y  media sentado en la fr&aacute;gil silla, amordazado y vendado. Pasado ese tiempo me  quitaron las esposas y me hicieron subir al tercer piso por una escalera de  madera, corta y angosta, que conduc&iacute;a a una especie de buhardilla. Hac&iacute;a fr&iacute;o y  se escuchaba una radio. Los locutores relataban el partido en que la selecci&oacute;n  chilena abrumaba a goles al equipo de Hait&iacute;; la noticia alegraba a los guardias  y oficiales que celebraban con infantil nacionalismo. Todos se burlaban de los  negritos. El dolor ag&oacute;nico de quienes sospechaban su inevitable asesinato se  combinaba con la alegr&iacute;a de los torturadores frente a un partido de f&uacute;tbol. Sus  risas, sacadas de contexto, pod&iacute;an provenir de sujetos normales, amistosos, que  disfrutaban en las salas de sus casas.</p>     <p>- A ver, a ver &iquest;a qui&eacute;n tenemos  aqu&iacute;? &mdash;dijo uno de ellos. </p>     <p>- A uno de los hijos de puta que est&aacute; preso en  el SIFA. Al Gonzalo&mdash;coment&oacute; otro.</p>     <p>- &iquest;Al cabrito que se nos arranc&oacute;? A ver  si ahora intenta algo. Dej&eacute;moslo solito para ver cu&aacute;nto alcanza a  correr.</p>     <p>- Comencemos, que luego van a llamar por tel&eacute;fono para ver c&oacute;mo  nos va con este mu&ntilde;eco.</p>     <p>Casi sin dar &oacute;rdenes ni mediar palabras fui  llevado a un peque&ntilde;o cuarto donde fui desnudado y, como un animal aturdido, fui  colgado entre dos muebles que logr&eacute; ver por debajo de la venda. Adem&aacute;s de la  corriente el&eacute;ctrica que aplicaban en todas las zonas de mi cuerpo, recib&iacute; golpes  de pu&ntilde;o y patadas en la espalda que casi me hicieron perder la conciencia. Sent&iacute;  un crujido en la columna vertebral, luego otro. Despu&eacute;s sent&iacute; muy poco dolor.  Todo el tiempo que estuve en Londres 38 permanec&iacute; en esa posici&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>-  &iquest;D&oacute;nde viv&iacute;as? &iquest;D&oacute;nde est&aacute; el dep&oacute;sito de armas que controlabas? &iquest;Cu&aacute;les son las  casas de reuni&oacute;n del Comit&eacute; Central en Santiago? &iquest;D&oacute;nde viv&iacute;as? &iquest;A qu&eacute; huev&oacute;n  vas a entregar tu casa?</p>     <p>Las preguntas eran calcadas a las que me hab&iacute;an  hecho los agentes del SIFA. Era evidente que la Fuerza A&eacute;rea estaba infiltrada  por la DINA. En ese momento yo era testigo de la guerra de los servicios de  inteligencia; de la disputa por el liderazgo estrat&eacute;gico de la represi&oacute;n.  Repitieron el mismo gui&oacute;n durante varias horas. Present&iacute;a que la reiteraci&oacute;n de  mis respuestas era la &uacute;nica posibilidad de que creyeran en mi relato. Hab&iacute;a  terminado el partido con el triunfo de Chile. Algunos gritos cesaron y hubo un  cambio en el equipo de torturadores. Amanec&iacute;a. A la distancia se escuchaba el  ruido de los autom&oacute;viles. Los nuevos agentes se sentaron, aparentemente, en una  habitaci&oacute;n contigua. Yo segu&iacute;a colgado y buscaba acomodarme para descansar.  Cuando entr&oacute; el primero de ellos o&iacute; sus pisadas vacilantes, ca&oacute;ticas. Pod&iacute;a oler  un rancio olor a vino que se mezclaba con el olor a sudor y cigarrillos. No  sab&iacute;a si me daba m&aacute;s miedo ese olor y la locura que ocultaba o la inminencia de  una nueva sesi&oacute;n de tortura. Me preocupaba si el formato de las preguntas se  mantendr&iacute;a dentro del programa inicial. Por fin comenzaron. Pasaron segundos,  minutos, horas. Lejos se escuchaba una radio... -Ay Rosa, Rosa, tan  maravillosa&mdash;Sandro cantaba desde el pasado.</p>     <p>- &iquest;D&oacute;nde vives? &iquest;Cu&aacute;les son  los recambios de las direcciones regionales? &iquest;D&oacute;nde est&aacute;n las armas? &iquest;D&oacute;nde est&aacute;  el dinero? &iquest;D&oacute;nde est&aacute; el Tavo y la Gringa? Combinaron nuevas descargas de  electricidad con golpes de pie y pu&ntilde;o; la mezcla provocaba grandes espasmos y  saltos en todo mi cuerpo. En un momento el palo cruji&oacute; y se dobl&oacute; hasta  romperse. Rod&eacute; por el suelo y se desprendi&oacute; la venda, entonces  mir&eacute; a mis torturadores, con asombro reconoc&iacute; a Osvaldo Romo Mena, enemigo  patol&oacute;gico del MIR.</p>     <p>Romo ten&iacute;a un resentimiento hist&oacute;rico con los  miristas. Desde fines de los a&ntilde;os sesenta lo hab&iacute;amos visto desplazarse como un  peque&ntilde;o mercenario de sus propios intereses. No era alguien en quien pudi&eacute;ramos  confiar. El dirigente V&iacute;ctor Toro hab&iacute;a hecho una radiograf&iacute;a muy certera de su  psicolog&iacute;a. &Eacute;ste, por agradar al que tiene poder, est&aacute; dispuesto a vender su  alma. Romo me mir&oacute; desconcertado, puso la venda en su sitio y me sent&oacute; sobre una  silla.</p>     <p>- No puedo explicarte qu&eacute; estoy haciendo aqu&iacute;, pero no te  preocupes&mdash;dijo y sali&oacute; del cuarto. Entraron otros hombres m&aacute;s  f&eacute;tidos y gritones que los anteriores.</p>     <p>Veintinueve a&ntilde;os despu&eacute;s esperar&iacute;a  a Romo en la sala de un juzgado para declarar en la querella por la desaparici&oacute;n  de Jorge Espinoza, el hermano de Juancho. Ven&iacute;a fuertemente custodiado. Su  aspecto era repugnante, monstruoso. Todas las miserias de su alma se expresaban  en su cuerpo. Intent&oacute; ser astuto ante el juez.</p>     <p>- Me acuerdo de Gonzalo,  despu&eacute;s se llamaba Pablo. Lo tortur&oacute; Marchenko, yo no tuve que ver con su  traslado a Londres.</p>     <p>Con su actitud de v&iacute;ctima parec&iacute;a un pobre diablo. Su  tama&ntilde;o, su gordura, sus tics, configuraban la silueta de una marioneta  desarticulada. Hice ver al juez que s&oacute;lo mis compa&ntilde;eros, y no sus asesinos,  pod&iacute;an decirme Gonzalo. Me mir&oacute; torva y lastimeramente.</p>     <p>Son&oacute; un tel&eacute;fono.  No alcanzaba a comprender qu&eacute; hac&iacute;a un aparato como &eacute;se en un lugar de tortura.  Asociaba su sonido a conversaciones deseadas, anheladas; aqu&iacute; serv&iacute;a para que el  jefe del grupo se comunicara con su mando superior. Escuch&eacute; la conversaci&oacute;n.  Imagin&eacute; que al otro lado de la l&iacute;nea un hombre hablaba desde su casa, rodeado de  sus hijos. El pa&iacute;s oficial a un lado, el real al otro. En uno los que no quer&iacute;an  ni saber ni ver esto; en el otro los que ten&iacute;an la voz y el alma cansada de  tanto defender a los suyos.</p>     <p>- S&iacute;, mi capit&aacute;n...veremos ese tema...no le  creo...seguiremos intentando...mandaremos a Ceballos a la mierda. D&eacute;jemelo a  m&iacute;.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El breve descanso reanim&oacute; mi cuerpo y orden&oacute; m&iacute;nimamente mi cabeza.  Recib&iacute; m&aacute;s electricidad y nuevos golpes, adem&aacute;s de una inyecci&oacute;n posiblemente de  Pentotal, la llamada droga de la verdad. Qued&eacute; tendido en el suelo. Me molestaba  el olor a suciedad que emanaba de las ranuras de las tablas. Debajo de ellas se  escuchaban lamentos. Me quitaron la venda en una habitaci&oacute;n m&aacute;s bien larga y  baja. En el centro del cuarto pude ver una mesa tosca, cubierta por una tenue  luz amarilla. Vi a una hermosa joven desnuda a la que los torturadores llamaban  La Socia. Estaba brutalmente golpeada, ten&iacute;a marcas de quemaduras de plancha en  la cara y en la zona de los pechos. Agonizaba. Me mir&oacute; con unos gigantescos ojos  verdes y con actitud de madre.</p>     <p>- No digas nada, no sirve contar  nada&mdash;susurr&oacute;.</p>     <p>- C&aacute;llate, puta de mierda&mdash;grit&oacute; uno de los torturadores&mdash; &iquest;o  quieres m&aacute;s?</p>     <p>Ella irgui&oacute; con fuerza moral de lo femenino, su rostro  destrozado. Ese cuerpo ten&iacute;a un alma inc&oacute;lume. No importaba si f&iacute;sicamente hab&iacute;a  sido violada, era &eacute;ticamente de una sola pieza.</p>     <p>Yo no lograba comprender  la situaci&oacute;n. De pronto, entre la luz, surgi&oacute; una voz y un rev&oacute;lver.</p>     <p>-  &iquest;D&oacute;nde vives?&mdash;me interrog&oacute;&mdash;Si no hablas, la mato. Mir&eacute; el rostro impert&eacute;rrito de  la mujer. En su cara hab&iacute;a una mueca parecida a una sonrisa. O&iacute; el disparo. Mi  pecho y mi rostro quedaron ba&ntilde;ados en sangre. Sent&iacute; un odio sin  l&iacute;mites. Trat&eacute; de pararme, pero me golpearon hasta quedar  semiconsciente.</p>     <p>- Vamos a seguir&mdash;amenaz&oacute; uno de los hombres. Tem&iacute; que  fuese cierto, pero no hicieron nada. Ten&iacute;a la cabeza en blanco, s&oacute;lo ve&iacute;a la  foto fija de los recuerdos.</p>     <p>La cara de la mujer no ha dejado de estar  presente en mi memoria. Tampoco el ruido del disparo ni el breve silencio  posterior que inund&oacute; el recinto. He tratado de pensar qu&eacute; sucedi&oacute;  verdaderamente. Algunos me dicen que fue un montaje, una macabra puesta en  escena, que no veo con claridad debido al estado de perturbaci&oacute;n en el que  estaba. Otros me recomiendan traicionar mi recuerdo y contar esta experiencia  como un simulacro. No tengo pruebas ni testigos. En el fondo de m&iacute; he deseado  que esto no hubiese ocurrido, pero al evocar los detalles regreso al dolor de la  verdad.</p>     <p>Estuve setenta y dos horas en la casa de Londres 38. En cada uno  de los segundos de esas horas sent&iacute; el v&eacute;rtigo de la muerte. Mi deteriorada  condici&oacute;n f&iacute;sica fue un argumento determinante para ser trasladado con urgencia  al Hospital de la Fuerza A&eacute;rea. No tengo im&aacute;genes n&iacute;tidas de mi paso por ese  lugar. Recuerdo figuras fantasmales, enfermeras, luces. Regres&eacute; a la Academia de  Guerra por el pasillo largo del subterr&aacute;neo, portado en vilo por dos soldados,  observ&eacute; de refil&oacute;n las caras de p&aacute;nico y l&aacute;stima de la gente que estaba  alrededor. S&oacute;lo deseaba tomar una taza de t&eacute; y dormir para siempre. Desde ese  momento La Ardilla empez&oacute; a cuidarme, me daba la comida en la boca y varias  veces me regal&oacute; su postre, el m&aacute;s preciado de sus platos. Alguna vez, en  Guatemala, Gonzalo habl&oacute; con Pablo Monsantos sobre el misterio de la tortura. La  represi&oacute;n en ese pa&iacute;s fue una de las m&aacute;s violentas en la historia  latinoamericana. El Informe de la Comisi&oacute;n para el Esclarecimiento Hist&oacute;rico,  redactado en 1999, estim&oacute; que los desaparecidos y muertos fueron m&aacute;s de 200 mil;  de ellos, 50 mil fueron v&iacute;ctimas de violaciones a los derechos humanos. El caso  de Guatemala no s&oacute;lo le impacta por la envergadura de la represi&oacute;n o porque el  Estado o los organismos paramilitares vinculados a &eacute;l fueron los responsables  del 93 por ciento de las violaciones. Lo que le sorprende es la crueldad. Hubo  torturadores que tras cortarle la cabeza a un prisionero, abr&iacute;an el vientre de  su compa&ntilde;era y depositaban la cabeza en su interior. El genocidio de pueblos  completos fue una pr&aacute;ctica habitual en ese pa&iacute;s.</p>     <p>- Las personas no hablan  o se doblegan producto del dolor. El dolor intenso aturde. Lo que sienten es el  p&aacute;nico a lo desconocido; el pavor a estar completamente sometido a la voluntad  de otro. Es la p&eacute;rdida de humanidad e identidad la que produce el derrumbe.  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&iquest;Sabes?, muchos compa&ntilde;eros que aguantan la tortura luego se derrumban  por otras cosas, no por el dolor&mdash;le dec&iacute;a Pablo. Se desmoronan por miedos  b&aacute;sicos, temen que los muerda un perro, pasar fr&iacute;o o hambre. No  existe una coherencia un&iacute;voca frente al dolor.</p>     <p>Cada vez fuimos quedando  menos habitantes en la pieza n&uacute;mero 1. Hacia el verano de 1975, La Ardilla, El  Pato y yo &eacute;ramos experimentados prisioneros. La forma en que se expresa la  amistad y el cari&ntilde;o en instantes como &eacute;stos es maciza. El v&iacute;nculo es tan intenso  que los otros se convierten en tu extensi&oacute;n espiritual. Llegas a conocer las  respiraciones, las miradas, la manera de girar la cabeza, el modo de  hablar.</p>     <p>La relaci&oacute;n que construimos fue puesta a prueba antes de ese  verano. A fines de julio de 1974 logr&eacute; escribir tres cartas a Miguel Enr&iacute;quez.  En la primera le hablaba de los detenidos, le contaba de Ceballos y Ote&iacute;za, de  las torturas, de la informaci&oacute;n que cre&iacute;a que ellos manejaban. Una tarde en que  le&iacute;a subrepticiamente su segunda respuesta fui sorprendido por el  guardia.</p>     <p>- Â¡Entr&eacute;gueme ese papel!&mdash;dijo, amenazante. Estaba seguro de que  si lo hac&iacute;a los tres habitantes de la pieza 1 morir&iacute;amos.</p>     <p>- No tengo  ning&uacute;n papel, se equivoca, vio mal&mdash;ment&iacute;.</p>    <p>- Voy a buscar a mi  oficial.</p>     <p>Lanc&eacute; la carta a las garras de La Ardilla. Cuando el soldado  regres&oacute; con el oficial de turno no hab&iacute;a pruebas. Fui castigado por sospecha, me  dejaron de pie en el pasillo, no me dieron comida durante un par de d&iacute;as, pero  se salv&oacute; la v&iacute;a de comunicaci&oacute;n con Miguel y la vida de mis amigos. S&oacute;lo dos  personas sab&iacute;an la trama completa, adem&aacute;s del suboficial allendista que hab&iacute;a  sacado las cartas desde la Academia de Guerra. Por intermedio de un enlace, el  suboficial hizo llegar la carta al Tavo, su ex cu&ntilde;ado, quien la entreg&oacute; a Sergio  P&eacute;rez, hasta llegar al Secretario General del MIR. Informes completos,  redactados en peque&ntilde;os papeles, partieron hasta la casa de la calle Santa Fe.  Miguel respondi&oacute; en dos ocasiones. La primera vez envi&oacute; cerca de treinta papeles  de cigarro, escritos con letra menuda. Expresaba su afecto y hac&iacute;a preguntas muy  espec&iacute;ficas: n&uacute;mero y nombre de los prisioneros, formas de interrogatorio y  tortura, identidad de algunos oficiales. En la segunda carta entregaba  informaci&oacute;n general del MIR y un an&aacute;lisis de la situaci&oacute;n pol&iacute;tica. Miguel  morir&iacute;a antes de responder por tercera vez.</p>     <p>Las cartas de Gonzalo y la  &uacute;ltima de Miguel se salvaron y fueron publicadas por la prensa mirista en  Europa, mientras &eacute;l a&uacute;n estaba detenido en la Penitenciar&iacute;a. Le preocupa no  saber qu&eacute; ha pasado con quienes lo ayudaron a que circulara esa correspondencia.  Decide no desenterrar los detalles sobre ese episodio. No por ahora. Hay un  imperativo de cuidar a todos los que han confiado en &eacute;l; de extender la moral  hasta el fin de los tiempos de cada cual. Quiz&aacute;s esa es la identidad de todos  los partisanos en las historias de las resistencias. Eventos que no terminan  jam&aacute;s de dialogar con la intimidad.</p>     <p>La DINA era el &uacute;ltimo infierno del  R&eacute;gimen, el lugar donde morir. Era un descanso, pero tambi&eacute;n la vitrina de esa  dualidad entre seres perdidos en sus miserias disfrazadas de doctrina militar y  la humanidad extensa, plural y densa de los prisioneros. El SIFA de 1974 fue un  purgatorio sistem&aacute;tico, un juego cruel y experimental de quebrar moralmente al  detenido. En el largo plazo, ni en uno ni en otro lugar triunfaron, porque los  heridos de todo tipo se reagrupar&iacute;an, no s&oacute;lo para impedir la amnesia, sino que  adem&aacute;s para demostrar que los que no est&aacute;n son inmortales.</p>  </font>      ]]></body>
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