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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Reseña de Rafael E. Acevedo P.]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">      <p align=center><font size="4"><b>Rese&ntilde;a de Rafael E. Acevedo P.<sup><a     name="s*" href="#*">*</a></sup></b></font></p>      <p>DOI: <a href="http://dx.doi.org/10.7440/res54.2015.15" target="_blank">http://dx.doi.org/10.7440/res54.2015.15</a> </p>  <hr size="1">      <p>Teniendo como referencia el texto de Kant, me pregunto si no se puede considerar la modernidad como una actitud m&aacute;s que como un per&iacute;odo de la historia. Y por actitud quiero decir un modo de relaci&oacute;n con respecto a la actualidad; una elecci&oacute;n voluntaria que hacen algunos; en fin, una manera de pensar y de sentir, una manera tambi&eacute;n de actuar y de conducirse que, simult&aacute;neamente, marca una pertenencia y se presenta como una tarea &#91;...&#93;. Foucault (2011, 81)</p>  <ul>&#91;...&#93; El g&eacute;nero antropol&oacute;gico de la historia tiene su propio rigor, aunque pueda parecerles tan sospechoso como la literatura a los soci&oacute;logos r&iacute;gidos. Esto se apoya en la premisa de que la expresi&oacute;n individual se manifiesta a trav&eacute;s del idioma en general, y que aprendemos a clasificar las sensaciones y a entender el sentido de las cosas dentro del marco que ofrece la cultura. Por ello deber&iacute;a ser posible que el historiador descubriera la dimensi&oacute;n social del pensamiento y que entendiera el sentido de los documentos relacion&aacute;ndolos con el mundo circulante de los significados, pasando del texto al contexto, y regresando de nuevo a &eacute;ste hasta lograr encontrar una ruta en un mundo mental extra&ntilde;o. Darnton (2004, 13)    </ul>      <p>Hace ya varias d&eacute;cadas -m&aacute;s exactamente, desde finales de los a&ntilde;os sesenta del siglo XX- el soci&oacute;logo Norbert Elias llamaba la atenci&oacute;n sobre la necesidad de establecer una convivencia m&aacute;s cercana entre la <i>sociolog&iacute;a</i> y la <i>historia </i>en el trabajo investigativo. En la edici&oacute;n en espa&ntilde;ol de <i>La sociedad cortesana</i>, publicada en 1982 -y reimpresa en 1996-, Elias realiz&oacute; una extensa introducci&oacute;n de su libro bajo el t&iacute;tulo &quot;Sociolog&iacute;a y ciencia de la historia&quot;, en la cual -en uno de los tantos aspectos que se&ntilde;alaba all&iacute;- cuestionaba algunos planteamientos hist&oacute;ricos encaminados a la descripci&oacute;n s&oacute;lo de una &quot;serie &uacute;nica de acontecimientos&quot;. De manera puntual dijo: &quot;Lo que se llama historia aparece, entonces, habitualmente, como un amontonamiento de acciones particulares de hombres concretos que sencillamente no tienen ninguna relaci&oacute;n &#91;...&#93;&quot; (Elias 1996, 13). Intentando as&iacute; entablar una discusi&oacute;n -que no vamos a detallar aqu&iacute;- en torno a un aspecto que notaba ausente -con frecuencia, y sin entrar en generalizaciones- en la ciencia hist&oacute;rica: la carencia de &quot;cuadros de referencia cient&iacute;ficamente elaborados y verificables&quot;, o dicho de otra manera, el abandono -o la suplantaci&oacute;n- del <i>contexto </i>de los fen&oacute;menos concretos por la &quot;interpretaci&oacute;n arbitraria&quot;. </p>      <p>Para Elias, la ciencia de la historia deb&iacute;a ser susceptible, al igual que en el trabajo de los soci&oacute;logos, de entender las configuraciones espec&iacute;ficas de una sociedad a partir de la clarificaci&oacute;n de las relaciones sociales. El punto de vista del soci&oacute;logo ven&iacute;a entonces a complementar el punto de vista hist&oacute;rico, no s&oacute;lo al destacar las acciones de los hombres sino al analizar sus <i>interdependencias</i> o poner de relieve las posiciones sociales. Un poco, las anotaciones de aquel soci&oacute;logo -aunque no ser&iacute;an las &uacute;nicas- sirvieron a los historiadores (sobre todo de la nueva historia cultural) para repensar y evitar las r&iacute;gidas oposiciones dadas <i>a priori</i>, como la distinci&oacute;n excluyente entre las &eacute;lites y el pueblo, entre los dominadores y los dominados, y por el contrario, para pensar m&aacute;s en la idea del <i>campo social</i> (el contexto o -siguiendo el ejemplo de Robert Darnton- el mundo en el que circulan los documentos), que ayuda a explicar y valorar la diversidad de las pr&aacute;cticas. En cierta medida, porque como lo ha recordado Roger Chartier: &quot;las divisiones culturales no se ordenan obligatoriamente seg&uacute;n una &uacute;nica clasificaci&oacute;n de las diferenciaciones sociales &#91;...&#93;&quot; (Chartier 2005, 53). </p>      <p>Es esa perspectiva de an&aacute;lisis -en la que se intenta recuperar la dimensi&oacute;n sociol&oacute;gica de la historia cultural para evitar reducir el examen, por ejemplo, de la Ilustraci&oacute;n solamente a un &quot;movimiento de ideas&quot;- la que otra vez explora Ren&aacute;n Silva en un nuevo libro que acaba de publicarse en Colombia. Se trata de<i> Cultura escrita, historiograf&iacute;a y sociedad en el Virreinato de la Nueva Granada, </i>obra publicada por La Carreta Hist&oacute;rica en 2015, en la cual este conocido historiador colombiano vuelve a desempolvar el <i>Papel Peri&oacute;dico de Santaf&eacute; de Bogot&aacute;</i> -editado por Manuel del Socorro Rodr&iacute;guez desde 1791 hasta 1797- para investigar el campo de la cultura escrita, de la comunicaci&oacute;n period&iacute;stica, de la materialidad de los textos, de los sistemas de informaci&oacute;n, de los procesos de constituci&oacute;n de identidades, de los criterios de imparcialidad, de las conexiones atl&aacute;nticas, de la escritura de la historia, de la diversidad de las pr&aacute;cticas de lectura y, sobre todo, de los modos de argumentaci&oacute;n en la emergente &quot;cultura social de la &eacute;poca&quot; de los ilustrados al finalizar el siglo XVIII. </p>      <p>Varios a&ntilde;os despu&eacute;s de la aparici&oacute;n en 1988 de <i>Prensa y revoluci&oacute;n a finales del siglo XVIII</i> y de su reimpresi&oacute;n en 2004, lo que no quiere decir que haya abandonado el an&aacute;lisis del <i>Papel Peri&oacute;dico</i> durante ese tiempo, Silva vuelve entonces a &quot;reconsiderar&quot; el problema de la <i>cultura escrita</i> en la sociedad neogranadina, pero esta vez desde distintos &aacute;ngulos y matices. Y decimos reconsiderar porque, a diferencia de la <i>lectura orientada</i> o en <i>perspectiva </i>que intentaba situar entre par&eacute;ntesis y criticar la visi&oacute;n teleol&oacute;gica de que la independencia nacional era la hija directa del pensamiento ilustrado -idea fuertemente cuestionada por Silva en su obra de 1988-, su an&aacute;lisis se ha enriquecido y ampliado al reflexionar de manera m&aacute;s detallada -y con rigurosidad emp&iacute;rica- sobre una &quot;superficie de emergencia&quot; que parece anunciar un cambio intelectual revelador en el Virreinato de la Nueva Granada -al menos en uno de sus dominios-: <i>el del periodismo</i>, asunto &eacute;se que sirve al autor para inscribir o <i>conectar</i> el &quot;archipi&eacute;lago de los ilustrados&quot; neogranadinos en el marco de referencia euroamericano, tomando distancia as&iacute; -y es un aporte significativo del libro- de las visiones historiogr&aacute;ficas elaboradas sobre los reinos americanos como &quot;sociedades coloniales&quot; alejadas y desinformadas de lo que pasaba al otro lado del Atl&aacute;ntico.<sup><a     name="s1" href="#1">1</a></sup></p>      <p>No obstante, el problema de las conexiones o &quot;redes de circulaci&oacute;n de informaciones&quot; no constituy&oacute; el &uacute;nico factor determinante de las evoluciones y transformaciones del mundo editorial neogranadino al finalizar el siglo XVIII. En este punto, y es otro de los aportes del libro, Ren&aacute;n Silva logra demostrar -en el plano de la realidad sociol&oacute;gica y de la construcci&oacute;n imaginaria- c&oacute;mo el avance de la prensa y su singularidad o variabilidad estaban definidos tambi&eacute;n por el actor esencial de la comunicaci&oacute;n period&iacute;stica: el <i>p&uacute;blico lector</i>. </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Una categor&iacute;a social en formaci&oacute;n que para la &eacute;poca se iba vinculando con los &quot;genios ilustrados&quot;, la &quot;nobleza universitaria&quot;, la &quot;juventud del noble reino&quot; y, en fin, la clarificaci&oacute;n del<i> auditorio</i> por parte del <i>Papel Peri&oacute;dico</i> (p. 30). All&iacute; considero que radica una de las tesis centrales -y una de las principales contribuciones al an&aacute;lisis hist&oacute;rico- de <i>Cultura escrita, historiograf&iacute;a y sociedad</i>, en la medida en que se demuestra -en el plano emp&iacute;rico- c&oacute;mo los procesos de diferenciaci&oacute;n de los grupos sociales de notables y privilegiados obedec&iacute;an a las propias transformaciones de la cultura social de los ilustrados a finales del siglo XVIII. En otras partes del libro, Silva incluso llega a afirmar que &quot;La Ilustraci&oacute;n neogranadina no fue la b&uacute;squeda de la independencia &#91;...&#93; y mucho menos la b&uacute;squeda de la revoluci&oacute;n pol&iacute;tica moderna. Fue ante todo la b&uacute;squeda de identidad de grupos sociales nuevos, carentes de poder social, que buscaban sus apoyos en fuerzas exc&eacute;ntricas a las que la tradici&oacute;n hab&iacute;a por varios siglos legitimado &#91;...&#93;&quot; (pp. 209 y 210). </p>      <p>La riqueza documental del libro y el an&aacute;lisis centrado en la propia &eacute;poca de los ilustrados o de los procesos editoriales del <i>Papel Peri&oacute;dico</i> permiten entender entonces la cultura escrita, desde mi punto de vista, a partir de dos l&oacute;gicas que s&oacute;lo se entienden en sus conexiones, sus sincron&iacute;as, o -citando nuevamente a Norbert Elias- en el plano de sus <i>configuraciones sociales </i>e <i>interdependencias</i>. Esa cultura escrita, que reconoce y estudia Silva en el marco temporal y espacial del Nuevo Reyno de Granada a finales del siglo XVIII, remite a la <i>l&oacute;gica de la circulaci&oacute;n</i> -a una escala mayor- de las informaciones entre la Nueva Granada y los circuitos atl&aacute;nticos de difusi&oacute;n de las noticias en Europa y Am&eacute;rica, pero ese tipo de cultura tambi&eacute;n nos transporta a <i>las modalidades locales</i> de re/elaboraci&oacute;n e interpretaci&oacute;n de las noticias que llegan y se publican -para el caso estudiado- en el diario dirigido por Manuel del Socorro Rodr&iacute;guez. Considero que el an&aacute;lisis de esas l&oacute;gicas lleva al autor a evitar el estudio del discurso por el discurso al centrar m&aacute;s bien su mirada en la <i>dimensi&oacute;n social de las pr&aacute;cticas</i> y el conjunto de actividades de la cultura intelectual, al menos en el dominio del periodismo. </p>      <p>No en vano, es importante se&ntilde;alar que para el caso que estudia en su nuevo libro, el de la <i>cultura escrita y la historiograf&iacute;a</i>, la dimensi&oacute;n social remite al problema de los modos de comunicaci&oacute;n de las noticias, a las formas de presentaci&oacute;n y los criterios de imparcialidad de los argumentos y pol&eacute;micas que se generan, a las referencias y modificaciones de reg&iacute;menes de verdad, a las materialidades del texto, a las relaciones de lo escrito con lo oral y lo visual, a la figura del autor, al p&uacute;blico lector y a todo el proceso editorial que hace viable -a pesar de sus condiciones rudimentarias- la presencia del periodismo en el Nuevo Reyno de Granada. Asunto &eacute;se que nos invita a repensar el problema de la &quot;modernidad cultural&quot;, al incluir la idea del <i>p&uacute;blico</i> desde mucho antes de la coyuntura pol&iacute;tica de 1808-1810, no obstante sin caer en el &quot;anacronismo&quot; de los antecedentes directos que condicionan o explican la independencia nacional, tratando de evitar as&iacute; lo que Quentin Skinner ha denominado la &quot;mitolog&iacute;a de la coherencia&quot; (Skinner 2007, 128). Es posible entonces volver la mirada sobre los rasgos iniciales de las <i>modernas formas de comunicaci&oacute;n period&iacute;stica,</i> pero esta vez en el marco de una sociedad en la que la <i>singularidad </i>de la prensa resulta ser su &quot;servicio al p&uacute;blico&quot; y a la defensa de la Monarqu&iacute;a.</p>      <p>Asimismo, es importante destacar c&oacute;mo la dimensi&oacute;n social de la cultura escrita pone de presente en los ilustrados una nueva <i>valoraci&oacute;n de la cr&iacute;tica</i> y la presencia de unas <i>corrientes de secularizaci&oacute;n</i> en el plano de la construcci&oacute;n del conocimiento sobre la naturaleza, la actualidad de las noticias, la curiosidad p&uacute;blica, los sucesos europeos, la elaboraci&oacute;n del an&aacute;lisis hist&oacute;rico, la valoraci&oacute;n del tiempo, la defensa de la legitimidad de la Monarqu&iacute;a, la afirmaci&oacute;n del dominio de la ciencia frente a la religi&oacute;n en la percepci&oacute;n de los fen&oacute;menos naturales, el estilo y la materialidad de la escritura, entre otras modalidades que constituyen la &quot;superficie de emergencia&quot; del periodismo y le dan sentido. Todo ello en el escenario de un contexto cultural marcado por la redefinici&oacute;n de las relaciones entre el <i>documento</i>, la <i>observaci&oacute;n</i> y la <i>f&aacute;bula</i>, en el cual los usos sociales de la imprenta y el acceso a un tipo de ret&oacute;rica cient&iacute;fica permitieron la modificaci&oacute;n de los reg&iacute;menes de verdad (en lo relacionado b&aacute;sicamente con los saberes y los valores tanto del progreso como de la civilizaci&oacute;n) bajo la forma escrita, argumentada y demostrada, pero ante todo en el marco de una sociedad que se reconoc&iacute;a como parte integral de la Monarqu&iacute;a espa&ntilde;ola. </p>      <p>Podemos decir entonces que <i>Cultura escrita, historiograf&iacute;a y sociedad en el Virreinato de la Nueva Granada</i> constituye un aporte al an&aacute;lisis de la cultura intelectual del siglo XVIII, a partir de un cuidadoso examen del periodismo y de una valoraci&oacute;n de la &quot;cultura social de lo impreso&quot;, en un contexto marcado por el reformismo borb&oacute;nico, los crecientes procesos de secularizaci&oacute;n, los sucesos de enorme impacto -como la Revoluci&oacute;n Francesa y las guerras entre las monarqu&iacute;as europeas- y, sobre todo, el avance de la Ilustraci&oacute;n. El libro est&aacute; estructurado en seis cap&iacute;tulos, en los que el autor, desde distintos &aacute;ngulos y matices, intenta detallar la &quot;superficie de emergencia&quot; del periodismo en el marco de ese contexto. </p>      <p>Quiero, en ese sentido, presentar ahora algunas de las ideas esbozadas en esos cap&iacute;tulos, y lo har&eacute; en funci&oacute;n del reconocimiento de tres niveles de an&aacute;lisis que considero centrales en el libro, y que nos pueden dar una orientaci&oacute;n sobre su marco interpretativo: 1) La formaci&oacute;n de un <i>sistema de informaci&oacute;n moderno</i>, 2) Los <i>modos y usos de la argumentaci&oacute;n</i> en la escritura y 3) La <i>materialidad de los textos, combinada con la diversidad de las pr&aacute;cticas de lecturas</i>. Aun cuando es importante reconocer que la riqueza -emp&iacute;rica e interpretativa- de los argumentos mostrados en el texto trasciende quiz&aacute;s los horizontes que a continuaci&oacute;n se examinar&aacute;n brevemente y que exigir&iacute;an, por tanto, m&aacute;s que una rese&ntilde;a. </p>      <p>El libro inicia con un cap&iacute;tulo titulado &quot;La re/escritura de la historia: informar interpretando&quot;, en el que, adem&aacute;s de la discusi&oacute;n sobre el p&uacute;blico lector y los <i>cambios de orientaci&oacute;n</i> del <i>Papel Peri&oacute;dico</i> en 1794 (luego de la suspensi&oacute;n en &eacute;l de la publicaci&oacute;n del <i>Arcano de la Quina</i> de Jos&eacute; Celestino Mutis), el autor muestra la transformaci&oacute;n de la <i>cultura intelectual de la &eacute;poca</i> al desplazar su foco de atenci&oacute;n de las ciencias naturales y la filosof&iacute;a al escenario pol&iacute;tico y a la &quot;actualidad noticiosa&quot; sobre los sucesos de Francia y las reacciones europeas, se&ntilde;alando, en ese sentido, c&oacute;mo el p&uacute;blico se constituy&oacute; en un ente regulador de la prensa. Es en ese contexto en el que emerge un <i>sistema de informaci&oacute;n, </i>cuya caracter&iacute;stica b&aacute;sica es la puesta en escena de una serie de elementos o pr&aacute;cticas que regulan las maneras de informar: la correspondencia, la cita y el comentario, las noticias de viva voz, la veracidad de <i>lo que se dice</i>, la coordinaci&oacute;n de los eventos, el estilo y las formas de intervenci&oacute;n sobre lo escrito (&quot;aviso al p&uacute;blico&quot;, &quot;advertencia&quot;, &quot;nota&quot;, etc&eacute;tera), entre otras modalidades de la informaci&oacute;n que se re/reelaboran como parte del proceso de edici&oacute;n de la comunicaci&oacute;n period&iacute;stica. </p>      <p>Ese inicial sistema de informaci&oacute;n -siguiendo en ese punto a Robert Darnton- parece definirse o constituirse mediante los <i>lugares de difusi&oacute;n de la noticia</i> (casas, calles, plazas, tiendas, imprentas y tertulias) y los <i>modos de comunicaci&oacute;n</i> de los sucesos (pasquines, cartas, canciones, malas palabras, chismes, rumores y, desde luego, los peri&oacute;dicos y las gacetas). La interacci&oacute;n de esas variables le permite a Silva reconstruir los <i>circuitos geogr&aacute;ficos y culturales</i> de donde proven&iacute;an las informaciones sobre Francia, y otros asuntos: los impresos tra&iacute;dos de Bruselas, Londres, &Aacute;msterdam, Jamaica, Ginebra, Par&iacute;s y, por supuesto, las noticias publicadas por las Cortes de Espa&ntilde;a, que entraban por Cartagena, se utilizaban en el <i>Papel Peri&oacute;dico</i> de Santaf&eacute; y luego se propagaban en las poblaciones del Nuevo Reino de Granada. Aunque el autor hace m&aacute;s complejo a&uacute;n sus an&aacute;lisis cuando intenta mostrar c&oacute;mo las noticias circulaban tambi&eacute;n de manera oral, o de <i>viva voz</i>, tal como lo ilustra a partir de los pocos <i>testimonios</i> de los capitanes de embarcaciones que llegaban a ese lugar del Nuevo Mundo, cuyo relato era objeto de procesos de comprobaci&oacute;n. La consideraci&oacute;n y el an&aacute;lisis de todos esos elementos contextuales, seg&uacute;n Silva -y es otro de los aportes centrales del libro-, son los que permiten observar y explicar las formas iniciales de <i>inscripci&oacute;n</i> de la &quot;Filosof&iacute;a de las Luces&quot; y el pensamiento de la Ilustraci&oacute;n en laconfiguraci&oacute;n del naciente <i>espacio p&uacute;blico</i> en la sociedad neogranadina a finales del siglo XVIII (pp. 36 y 39).</p>      <p>El reconocimiento de ese espacio p&uacute;blico de difusi&oacute;n e <i>intervenci&oacute;n </i>sobre las informaciones constituye una de las claves que permiten comprender la Ilustraci&oacute;n m&aacute;s all&aacute; del marco referencial de las obras y los autores. Aun cuando es necesario se&ntilde;alar en este punto que los an&aacute;lisis de Silva no s&oacute;lo se concentran en el plano de las formas de elaboraci&oacute;n y circulaci&oacute;n de las &quot;actualidades noticiosas&quot; sino tambi&eacute;n en las transformaciones de la cultura intelectual, es decir, de las <i>actitudes </i>asumidas frente a lo actual y las nuevas valoraciones sobre el tiempo, la cultura y la vida en las <i>reflexiones </i>de los ilustrados. Ello se evidencia en los cap&iacute;tulos II y III: &quot;Reflexiones de un historiador&quot; y &quot;La defensa de la Monarqu&iacute;a y los historiadores de la Ilustraci&oacute;n&quot;, en los cuales se examinan con cuidado el contexto y los <i>modos de argumentaci&oacute;n</i> de los textos escritos o editados -b&aacute;sicamente- por Manuel del Socorro Rodr&iacute;guez, para explicar y dotar de validez sus interpretaciones sobre la &quot;Idea general del estado presente de las cosas en Francia&quot;, &quot;Retrato hist&oacute;rico de Luis XVI en el trono&quot;, &quot;El inter&eacute;s del pueblo en el restablecimiento de la Monarqu&iacute;a&quot;, &quot;Extravagancias del siglo ilustrado&quot;, &quot;Poema en prosa a la muerte de la Reina de Francia&quot;, entre otros textos publicados en el <i>Papel Peri&oacute;dico</i>, que pon&iacute;an de presente la sensibilidad de los ilustrados por el curso de la historia universal y las maneras de practicar el <i>an&aacute;lisis hist&oacute;rico</i> en su &eacute;poca.</p>      <p>El libro de Silva nos ofrece pues un panorama m&aacute;s detallado en cuanto a las formas de expresi&oacute;n de <i>la actitud cr&iacute;tica de los ilustrados en el campo del conocimiento</i>, un tema en torno al cual se hab&iacute;a avanzado en la historiograf&iacute;a colombiana en el plano de la comprensi&oacute;n de la historia natural, la filosof&iacute;a, la teolog&iacute;a y las ciencias naturales, pero del que poco o nada sab&iacute;amos en funci&oacute;n del problema que se estudia: <i>el pensamiento hist&oacute;rico inscrito en las pr&aacute;cticas de la Ilustraci&oacute;n</i>, o lo que los ilustrados, a su manera, llamaban historia pol&iacute;tico-filos&oacute;fica e historia de la sociedad interesada por las <i>causas</i> de las informaciones que circulaban en el Nuevo Reyno de Granada. O en otro caso, como se se&ntilde;ala en el cap&iacute;tulo III, a prop&oacute;sito de la defensa de la Monarqu&iacute;a como forma de gobierno y su papel civilizador en Am&eacute;rica, la elaboraci&oacute;n de &quot;&#91;...&#93; un saber contextualizado que trata de comprender las acciones humanas sobre la base de sus condiciones y contextos de realizaci&oacute;n en medio de una actitud lo menos pasional posible, que pueda hacer brillar ese valor altamente estimado que el siglo design&oacute; como la 'imparcialidad'&quot; (p. 137). Ese valor, al igual que los usos de la cronolog&iacute;a, la referencia a historiadores de la Antig&uuml;edad griega y romana, la posici&oacute;n frente al documento y el testimonio, entre otros criterios de verificaci&oacute;n, constitu&iacute;an precisamente la base de los argumentos y del an&aacute;lisis hist&oacute;rico a finales del siglo XVIII.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El an&aacute;lisis hist&oacute;rico, al igual que la discusi&oacute;n cr&iacute;tica de la legitimidad de la Monarqu&iacute;a presentada en el <i>Papel Peri&oacute;dico</i> (respaldada en los usos de la ley y del registro hist&oacute;rico para <i>polemizar </i>los argumentos de William Robertson, Guillaume-Thomas Raynal, Montesquieu, Voltaire, Diderot, entre otros autores que cuestionaban los procesos de conquista de Espa&ntilde;a), no eran m&aacute;s -sugiere Silva- que una de las formas complejas como un hombre de letras -del archipi&eacute;lago ilustrado- inscrib&iacute;a su trabajo y se <i>ligaba intelectualmente</i> con fen&oacute;menos culturales mayores -como la Filosof&iacute;a de las Luces-, a pesar del aislamiento de los ilustrados de la cultura cient&iacute;fica europea. No quiere decir ello, por supuesto, que la &uacute;nica manera de entrar en contacto con esos fen&oacute;menos fuera por v&iacute;a del conocimiento hist&oacute;rico. </p>      <p>Sobre este &uacute;ltimo aspecto resulta ilustrativo el cap&iacute;tulo IV, &quot;El diablo en Santaf&eacute;&quot;, en el cual se muestra c&oacute;mo Manuel del Socorro Rodr&iacute;guez, en 1795, vali&eacute;ndose del uso de cierta &quot;ret&oacute;rica cient&iacute;fica&quot;, amparada en los criterios de la ciencia, en el estudio de la atmosfera y de los movimientos de los cuerpos, logra <i>demostrar</i>,<i> argumentar </i>y <i>polemizar</i> los prejuicios sociales, la &quot;vulgar&quot; opini&oacute;n y las tesis del padre Joseph Cassani (en 1741) sobre el &quot;gran ruido&quot; de 1687, un tipo de conocimiento que pon&iacute;a de presente los crecientes procesos de secularizaci&oacute;n, la distinci&oacute;n entre ciencia y fe, o a&uacute;n m&aacute;s, una valoraci&oacute;n <i>cr&iacute;tica</i> de las tradiciones culturales que para nada afectaba las relaciones con la Monarqu&iacute;a. </p>      <p>El libro, finalmente, nos introduce en dos cap&iacute;tulos que -a mi modo de ver- abordan un problema sobre el que muy poco tenemos conocimiento en la historiograf&iacute;a colombiana -a pesar de los avances recientes en el estudio de la prensa neogranadina del siglo XVIII-: la <i>materialidad de la cultura escrita y la diversidad de las pr&aacute;cticas de lecturas</i>. En el V aparte, &quot;Papeles peri&oacute;dicos y escritura del tiempo hist&oacute;rico&quot;, por ejemplo, adem&aacute;s de la discusi&oacute;n sobre la noci&oacute;n de autor y el paulatino ascenso de la escritura frente a la oratoria, Silva explora las condiciones de emergencia, permanencia y clausura del <i>Papel Peri&oacute;dico</i>, en las cuales destaca las relaciones de los grupos sociales locales con la Monarqu&iacute;a y las autoridades virreinales (en especial, entre Manuel del Socorro Rodr&iacute;guez y el virrey Ezpeleta) que hicieron posible el funcionamiento de aquel diario en el Nuevo Reyno de Granada, un tema que a&uacute;n est&aacute; por investigarse en Colombia, no s&oacute;lo a nivel del <i>Papel Peri&oacute;dico,</i> sino de otras producciones de la &eacute;poca. De nuevo, en este punto el autor se&ntilde;ala que ese tipo de relaciones no deben seguir vi&eacute;ndose bajo la idea del &quot;despotismo consustancial&quot; de las autoridades espa&ntilde;olas, y, por el contrario, sugiere la necesidad de orientar los an&aacute;lisis hacia la comprensi&oacute;n de los usos sociales de la imprenta, las suscripciones, los lugares y modos de la comunicaci&oacute;n escrita, y, sobre todo, teniendo en cuenta los <i>niveles culturales</i> de la sociedad. </p>      <p>El &uacute;ltimo cap&iacute;tulo, &quot;Lectura, imprenta y periodismo a finales del siglo XVIII&quot;, precisamente, constituye un acercamiento al problema de los <i>niveles y transformaciones de las pr&aacute;cticas de lectura</i> en el Nuevo Reyno de Granada. Se muestra en esa parte c&oacute;mo en la sociedad neogranadina, si bien no exist&iacute;a una revoluci&oacute;n cultural de la lectura como en la Europa del siglo XVIII, hab&iacute;a una diversidad de pr&aacute;cticas de lecturas vinculadas a los usos sociales de la imprenta, las tertulias, el precio, las suscripciones, el &quot;esp&iacute;ritu de los diarios&quot; y, sobre todo, el <i>homo typographicus</i> y la materialidad de los textos que circulaban. Un ejemplo de ello -seg&uacute;n Silva- estaba ligado con el <i>tiempo de la lectura</i>, un asunto que ten&iacute;a que ver con el uso moderado de la palabra y de la extensi&oacute;n del escrito. Del mismo modo, en este cap&iacute;tulo el autor dedica una parte de su reflexi&oacute;n al problema de la cultura escrita y su relaci&oacute;n con los contenidos visuales, las im&aacute;genes y la presencia de la m&uacute;sica. Un aspecto que -desde mi punto de vista- parece recordarnos uno de los tantos problemas que se anunci&oacute; en la agenda de la nueva historia cultural y que a&uacute;n falta por estudiarse en nuestros medios: <i>la escritura de las pr&aacute;cticas</i>. </p>      <p>Estamos, pues, ante un libro que ha vuelto a desempolvar el <i>Papel Peri&oacute;dico de Santaf&eacute; de Bogot&aacute;</i>(1791-1797) para abordar algunos problemas claves de la sociedad neogranadina del siglo XVIII, sobre todo en lo relacionado con la cultura escrita, la historiograf&iacute;a y el pensamiento de los ilustrados. Una historia que trasciende las ideas y se sit&uacute;a en el universo de las pr&aacute;cticas de la propia cultura intelectual de esa &eacute;poca. Una obra cuyos argumentos ser&aacute;n objeto seguramente de mucha discusi&oacute;n, cr&iacute;ticas y olvidos. Y, en fin, un texto que sin duda ofrece una lecci&oacute;n de m&eacute;todo, de renovaci&oacute;n de las preguntas y de la vitalidad de las fuentes, a pesar del paso del tiempo y de sus m&uacute;ltiples usos, pues las reflexiones de hoy no son las mismas de 1988 en <i>Prensa y revoluci&oacute;n</i>, a pesar de que el documento principal sigue siendo el mismo: el <i>Papel Peri&oacute;dico</i>, lo cual demuestra la constante <i>modificaci&oacute;n</i> de los enfoques, las metodolog&iacute;as y las perspectivas de an&aacute;lisis de Cl&iacute;o. </p>  <hr size="1">      <p><b>Comentarios</b></p>      <p><sup><a href="#s*" name="*">*</a></sup> Doctor en Historia por la Universidad de los Andes (Colombia). Profesor del Programa de Historia en la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena (Colombia). Correo electr&oacute;nico: <a href="mailto:rafacep17@hotmail.com">rafacep17@hotmail.com</a> </p>	      <p><sup><a href="#s1" name="1">1</a></sup>  Una observaci&oacute;n sobre la necesidad de modificar esa visi&oacute;n sobre las relaciones entre la <i>Metr&oacute;poli</i> y sus<i> sat&eacute;lites</i> se hab&iacute;a anunciado en el pr&oacute;logo de la segunda edici&oacute;n de <i>Prensa y revoluci&oacute;n a finales del siglo XVIII </i>(Silva 2004, 12). </p>  <hr size="1">      <p><b>Referencias</b></p>      <!-- ref --><p>1. Chartier, Roger. 2005. <i>El mundo como representaci&oacute;n. Estudios sobre historia cultural</i>. Barcelona: Gedisa Editorial.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000032&pid=S0123-885X201500040001700001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>2. Darnton, Robert. 2004. <i>La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa</i>. M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000034&pid=S0123-885X201500040001700002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>3. Elias, Norbert. 1996 &#91;1982&#93;. <i>La sociedad cortesana</i>. M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000036&pid=S0123-885X201500040001700003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>4. Foucault, Michel. 2011. <i>Sobre la Ilustraci&oacute;n</i>. Madrid: Editorial Tecnos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000038&pid=S0123-885X201500040001700004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>5. Silva, Ren&aacute;n. 2004 &#91;1988&#93;. <i>Prensa y revoluci&oacute;n a finales del siglo XVIII. Contribuci&oacute;n a un an&aacute;lisis de la formaci&oacute;n de la ideolog&iacute;a de independencia nacional</i>. Medell&iacute;n: La Carreta Hist&oacute;rica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000040&pid=S0123-885X201500040001700005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>6. Skinner, Quentin. 2007. <i>Lenguaje, pol&iacute;tica e historia</i>. Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000042&pid=S0123-885X201500040001700006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>  </font>       ]]></body><back>
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