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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[MULTICAUSALIDAD, IMPUNIDAD Y VIOLENCIA: UNA VISIÓN ALTERNATIVA]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This paper criticizes multicausal and penal impunity explanations of violence and crime. It shows the analytical limits of identifying state and social institutional failure with objective causes of violence. But also highlights that impunity indicators cannot be confused with impunity itself. After showing those limits, it proposes an alternative approach based on two central facts that have been ignored: organized crime nature and the breakdown of colombian justice and security systems.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>    <br>MULTICAUSALIDAD, IMPUNIDAD Y VIOLENCIA: UNA VISI&Oacute;N ALTERNATIVA</b></p></font>     <p>    <br></p> <font face="Verdana" size="2">    <p align="center"><b>MULTICAUSALITY, IMPUNITY AND VIOLENCE: AN ALTERNATIVE APPROACH</b></p>     <p>    <br>    <br></p>     <p><i>Fernando Gait&aacute;n Daza</i>*</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> * Profesor de la Universidad Externado de Colombia. El autor agradece los comentarios de Mauricio P&eacute;rez y Ana Mar&iacute;a Fern&aacute;ndez.</p> <hr>     <p align="justify"><b>RESUMEN</b></p>     <p align="justify">[Palabras clave: violencia, impunidad, sistema de justicia, crimen organizado, JEL: K14, K42, K49 ]</p>     <p align="justify">Este ensayo critica las explicaciones multicausales de la violencia y las que sostienen que la impunidad de los delitos penales es el principal est&iacute;mulo al crimen y la violencia. Muestra la pobreza anal&iacute;tica de identificar a cada deficiencia institucional del Estado y la sociedad como causa objetiva de la violencia. Tambi&eacute;n se&ntilde;ala que no se debe confundir la impunidad, indicador del problema, con el problema mismo. Despu&eacute;s de mostrar las deficiencias de estas explicaciones, desarrolla una alternativa basada en dos hechos centrales cuya importancia ha sido ignorada: la naturaleza organizada del crimen y el quiebre de la totalidad del sistema de seguridad y justicia colombiano.</p>     <p align="justify"><b>ABSTRACT</b></p>     <p align="justify">[Key words: violence, impunity, justice system, organized crime, JEL: K 14, K42, K49]</p>     <p align="justify">This paper criticizes multicausal and penal impunity explanations of violence and crime. It shows the analytical limits of identifying state and social institutional failure with objective causes of violence. But also highlights that impunity indicators cannot be confused with impunity itself. After showing those limits, it proposes an alternative approach based on two central facts that have been ignored: organized crime nature and the breakdown of colombian justice and security systems.</p> <hr>     <p align="justify">    <br>En 1993, por encargo de Armando Montenegro, en esa &eacute;poca director del Departamento de Planeaci&oacute;n Nacional, se inici&oacute; bajo su direcci&oacute;n y con su apoyo un estudio sobre las causas y dimensiones de la violencia en Colombia. En ese entonces, los economistas no nos ocup&aacute;bamos de ese tema, por lo menos no como lo hacemos ahora. El tema estaba acaparado por otros colegas de las ciencias sociales: historiadores, antrop&oacute;logos, polit&oacute;logos, soci&oacute;logos y juristas.</p>     <p align="justify">La mayor&iacute;a de las investigaciones, con brillantes excepciones<a href="#1" name="n1"><sup>1</sup></a>, estaban mal enfocadas. Todo fen&oacute;meno social ocurrido en Colombia era interpretado inmediatamente como causa de violencia. En general, segu&iacute;an las orientaciones de la Comisi&oacute;n de Estudios sobre la Violencia,<a href="#2" name="n2"><sup>2</sup></a> cuyo informe estableci&oacute; que en el pa&iacute;s no hab&iacute;a violencia sino violencias y que cada tipo ten&iacute;a causas m&uacute;ltiples y diferenciadas. Quiz&aacute; por la formaci&oacute;n de sus miembros o porque el fen&oacute;meno no hab&iacute;a alcanzado toda su dimensi&oacute;n, no incluyeron las deficiencias de la administraci&oacute;n de justicia como una de esas causas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">En el informe hab&iacute;a todo tipo de violencias, cada cual con or&iacute;genes dis&iacute;miles: violencia sobre los territorios y las minor&iacute;as &eacute;tnicas, violencia de la limpieza social, violencia econ&oacute;mica ejercida por los ricos, violencia social de la intolerancia, violencia del narcotr&aacute;fico, violencia guerrillera, violencia intrafamiliar, violencia por el desarrollo desigual de las regiones, violencia ejercida por los medios de comunicaci&oacute;n. En fin, una infinidad de violencias que hace pensar que todo aquello en lo cual la Comisi&oacute;n no encontraba armon&iacute;a y equilibrios virtuosos era considerado como violencia.</p>     <p align="justify">La confusi&oacute;n proven&iacute;a de su muy amplia definici&oacute;n de violencia. Si el conflicto o el desequilibrio se defin&iacute;an como estados no deseables que deb&iacute;an ser eliminados, el universo, que est&aacute; en constante desequilibrio, ebullici&oacute;n, contradicci&oacute;n, desajuste y, dentro de &eacute;l, la sociedad humana, deb&iacute;an ser trastocados. En otras palabras, todo lo existente, el pasado y el porvenir, simplemente no ser&iacute;an deseables y &iexcl;deber&iacute;an ser eliminados!</p>     <p align="justify">Con definiciones tan amplias, donde cabe cualquier fen&oacute;meno social, la sumatoria y la cuantificaci&oacute;n son imposibles. Y no s&oacute;lo eso. Tampoco es posible encontrar un hilo conductor. &iquest;C&oacute;mo sumar la discriminaci&oacute;n por pertenecer a una etnia, los correazos a un ni&ntilde;o, la violencia del p&aacute;jaro loco, la eliminaci&oacute;n de los miembros de la Uni&oacute;n Patri&oacute;tica, el carro bomba al DAS, la tortura que un capit&aacute;n del ej&eacute;rcito inflige a un disidente, los sufrimientos debidos al transporte urbano, la destrucci&oacute;n de una toma guerrillera, la desigualdad del ingreso o la falta de servicios p&uacute;blicos en los barrios pobres?</p>     <p align="justify">La Comisi&oacute;n de Estudios sobre la Violencia defini&oacute; todos los fen&oacute;menos sociales como violencia. De hecho, fue un diagn&oacute;stico sobre la realidad del pa&iacute;s y sus conclusiones pod&iacute;an ser un programa de gobierno, o de varios, pero no un diagn&oacute;stico sobre la violencia.</p>     <p align="justify">No todo hecho conflictivo es violencia, s&iacute; lo es el que causa da&ntilde;o f&iacute;sico. La mujer que deja de hablar al marido durante quince d&iacute;as porque no fue al matrimonio de la prima es injusta y agresiva, pero no podemos definir esa acci&oacute;n como violencia y, adem&aacute;s, sumar silencios y desplantes entre c&oacute;nyuges para a&ntilde;adirlos al n&uacute;mero de asesinados.</p>     <p align="justify">Adem&aacute;s de los homicidios, tambi&eacute;n se pueden definir como violencia las lesiones personales. El asesinato es homicidio agravado, es decir, matar con sevicia. Sin embargo, las autoridades de polic&iacute;a s&oacute;lo conocen las lesiones que las personas deciden denunciar. El subregistro es alto y variable porque una explosi&oacute;n de homicidios o, lo que es lo mismo, altos grados de violencia est&aacute;n acompa&ntilde;ados de incrementos en las lesiones personales que no se denuncian por miedo a retaliaciones (aunque esto var&iacute;e entre municipios). Aun m&aacute;s, y &eacute;sta es una dificultad menor, el n&uacute;mero de d&iacute;as de incapacidad para que una lesi&oacute;n sea considerada y registrada como delito o contravenci&oacute;n ha variado varias veces en los c&oacute;digos de los &uacute;ltimos cuarenta a&ntilde;os. Hasta ahora, los investigadores s&oacute;lo han sumado los datos de la polic&iacute;a en el apartado de delitos y han ignorado los que se consideran contravenciones. La suma de ambos datos dar&iacute;a la cifra exacta de lesiones personales denunciadas. Sin embargo, si bien los datos nacionales as&iacute; agregados pueden ser de alguna utilidad, las comparaciones regionales y municipales no son posibles, aunque sean indispensables en un an&aacute;lisis de alguna seriedad, pues la denuncia de lesiones est&aacute; mediatizada por el nivel de violencia. No es posible utilizar una variable para medir la violencia si esperamos que las denuncias disminuyan cuando &eacute;sta se incrementa.</p>     <p align="justify"><a name="g1"></a>Gr&aacute;fico 1     <br>Homicidios y lesiones personales en Colombia, 1955-2000</p>     <p align="justify"><img src="/img/revistas/rei/v3n5/v3n5a4g1.jpg">    <br> Fuente: PONAL-CIC C&aacute;lculos propios.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">El <a href="#g1">gr&aacute;fico 1</a> presenta la serie de lesiones personales y homicidios en el pa&iacute;s. A partir de 1980, las lesiones personales disminuyen, no por un cambio de actitud de las personas o por el uso de armas m&aacute;s contundentes, sino por los cambios del c&oacute;digo penal de 1980 y 1987, que modificaron la definici&oacute;n de lesiones personales, al considerarlas como delito, y trasladaron la competencia de la justicia penal a los inspectores de polic&iacute;a y a los jueces.</p>     <p align="justify">En su an&aacute;lisis de los casos de Cali y Medell&iacute;n, &Aacute;lvaro Camacho y &Aacute;lvaro Guzm&aacute;n concluyeron lo primero<a href="#3" name="n3"><sup>3</sup></a>. Compararon una serie de homicidios ocurridos<a href="#4" name="n4"><sup>4</sup></a> desde finales de los setenta hasta comienzos de los noventa con las lesiones personales denunciadas y registradas como delitos, y encontraron que los homicidios aumentaban y que las lesiones disminu&iacute;an o eran estacionarias. Tambi&eacute;n concluyeron que la proporci&oacute;n de homicidios con armas de fuego se incrementaba.</p>     <p align="justify">Para Medell&iacute;n, hallaron que las denuncias por delitos contra el patrimonio -robos, hurtos, asalto a residencias- disminu&iacute;an dr&aacute;sticamente, al tiempo que la violencia alcanzaba niveles explosivos. Con estos datos, Guzm&aacute;n y Camacho concluyeron que la violencia cobraba autonom&iacute;a con respecto al delito en general y que el uso de armas de fuego, dada la disminuci&oacute;n de las denuncias de delitos por lesiones personales, aumentaba la contundencia de la violencia. La primera conclusi&oacute;n estad&iacute;stica fue la base para que en Colombia se hablara de una cultura de la violencia o de que los colombianos somos violentos por naturaleza: si las denuncias por delitos contra el patrimonio no aumentaban, la violencia se ejerc&iacute;a sin raz&oacute;n, sin motivaci&oacute;n econ&oacute;mica, estaba enraizada en nuestra cultura.</p>     <p align="justify">La cr&iacute;tica, en esa &eacute;poca no formulada, fue soslayada por un miembro de la Comisi&oacute;n de Estudios sobre la Violencia, el historiador Gonzalo S&aacute;nchez. En varios libros y art&iacute;culos de indudable factura, revis&oacute; nuestra historia, signada por nueve guerras civiles e infinidad de revueltas en el siglo XIX, el per&iacute;odo de infame violencia entre 1948 y 1962 y la violencia actual, y concluy&oacute; que nuestra violencia era ‘end&eacute;mica y permanente&rsquo;<a href="#5" name="n5"><sup>5</sup></a>. La teor&iacute;a de la cultura de la violencia se arm&oacute; entonces de datos estad&iacute;sticos e hist&oacute;ricos.</p>     <p align="justify">Adem&aacute;s del sinn&uacute;mero de conflictos que conduc&iacute;an a una cantidad equivalente de violencias, nuestra vida social se resum&iacute;a en una at&aacute;vica cultura de la violencia. Lo adecuado en la discusi&oacute;n acad&eacute;mica -y, en este caso, en la discusi&oacute;n del principal problema de nuestra naci&oacute;n- es observar los hechos y si es posible los datos que llevaron y llevan a nuestros investigadores a afirmar que hay violencias diferenciadas, que las causas son m&uacute;ltiples, que las violencias adquieren autonom&iacute;a y que tenemos una cultura de la violencia. A pesar de los esfuerzos de varios investigadores desde 1993 hasta hoy, esta discusi&oacute;n est&aacute; lejos de cerrarse y, por el contrario, los di&aacute;logos de paz y las pol&iacute;ticas de cultura ciudadana -eje de muchas campa&ntilde;as pol&iacute;ticas y de gastos del gobierno- refuerzan su actualidad.</p>     <p align="justify">Los hechos, que se reflejan en los an&aacute;lisis hist&oacute;rico-comparativos y en estad&iacute;sticas, no corroboran la l&iacute;nea de reflexi&oacute;n que inaugur&oacute; la Comisi&oacute;n de Estudios sobre la Violencia. En primer lugar, los datos de lesiones personales fueron afectados por los cambios del c&oacute;digo penal y la definici&oacute;n de delito o contravenci&oacute;n, seg&uacute;n el n&uacute;mero de d&iacute;as de incapacidad establecida por Medicina Legal. En segundo lugar, cuando la violencia se vuelve explosiva la gente simplemente deja de denunciar. A comienzos de los noventa, en Medell&iacute;n ocurr&iacute;an cerca de 6.000 homicidios anuales y por cada polic&iacute;a asesinado se pagaba un mill&oacute;n de pesos. Era la capital mundial del mayor imperio criminal del mundo y los jueces s&oacute;lo cumpl&iacute;an con asistir a sus despachos -&iquest;c&oacute;mo pod&iacute;an juzgar en esa org&iacute;a criminal? En ese sanguinario e intimidante ambiente, donde todo el mundo se guardaba a las seis, &iquest;era posible denunciar la infinidad de cr&iacute;menes que las bandas comet&iacute;an cada d&iacute;a en las comunas pobres o el robo de equipos de sonido?</p>     <p align="justify">Otro aspecto que se debe contrastar con los hechos es la cultura de la violencia, como si el hoy fuera un producto inevitable del ayer transmitido a trav&eacute;s de la cultura. No se puede decir que la cultura de la violencia proviene de la &eacute;poca de la Colonia. Si algo caracteriza nuestra historia colonial es la ausencia de epopeyas militares, excepto quiz&aacute; los ataques a Cartagena, &uacute;nico sitio, por cierto, donde hay murallas. Quiz&aacute; leamos m&aacute;s historia europea, la historia de sus guerras, su barbarie y sus crueles combates, porque nuestra colonia, desde ese punto de vista, fue bastante aburrida. Peque&ntilde;os conflictos dom&eacute;sticos, pocos criminales y pocas guerras. Una peque&ntilde;a insurrecci&oacute;n de los comuneros, una ‘guerrita&rsquo; de independencia contra un pa&iacute;s invadido y en decadencia. Y as&iacute; hasta el inicio de las guerras civiles en 1830.</p>     <p align="justify">‘Guerritas&rsquo; civiles<a href="#6" name="n6"><sup>6</sup></a>, excepto la gran Guerra de los Mil D&iacute;as, motivadas por las dificultades geogr&aacute;ficas y de inversi&oacute;n en transporte para integrar el pa&iacute;s, las constituciones que no lograron saldar, hasta 1886, la lucha entre intereses regionales y nacionales, la relaci&oacute;n Iglesia-Estado, el peso excesivo de los ingresos de los estados soberanos en detrimento de la naci&oacute;n y, en menor medida, por algunos conflictos ideol&oacute;gicos y la disputa entre proteccionismo y librecambismo.</p>     <p align="justify">En las descripciones de nuestra vida colonial no hay ninguna referencia a la cultura ‘violenta&rsquo;; s&oacute;lo fen&oacute;menos sociales, econ&oacute;micos y geogr&aacute;ficos que, en el siglo XIX, condujeron a enfrentamientos de corta duraci&oacute;n y baja intensidad, y despu&eacute;s la gran excepci&oacute;n, la Guerra de los Mil D&iacute;as. Es incomprensible el v&iacute;nculo que se establece entre el estado de revuelta que caus&oacute; la Constituci&oacute;n de 1863 y el hecho de que esta circunstancia coyuntural de nuestra historia sea transmitida en la leche materna de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n hasta nuestros d&iacute;as y lleve a que un capit&aacute;n sea torturador, un ni&ntilde;o ‘bien&rsquo; financie el asesinato de un indeseable, un inclemente guerrillero derribe casas en que habitan inocentes y, con sevicia, los paramilitares decapiten familias enteras.</p>     <p align="justify">Las ‘guerritas&rsquo; civiles del siglo XIX tuvieron sus causas, que dejaron de existir. &iquest;Por qu&eacute; a&uacute;n influir&iacute;an en nuestra actual vida social? La Guerra de Secesi&oacute;n en Estados Unidos, entre el sur y el norte, fue larga, intensa y decisiva porque contribuy&oacute; a la unidad del pa&iacute;s, tuvo un ganador definitivo y permiti&oacute; aclimatar la paz<a href="#7" name="n7"><sup>7</sup></a>. Y a nadie se le ocurrir&iacute;a afirmar que ese conflicto violento incide de modo directo en los homicidios actuales en los Estados Unidos. As&iacute; mismo, el equivalente de la Guerra de Secesi&oacute;n en Colombia, la Guerra de los Mil D&iacute;as, de comienzos del siglo XX, produjo 46 a&ntilde;os de paz, interrumpidos tan s&oacute;lo durante 1936-1938, cuando el Presidente L&oacute;pez nombr&oacute; alcaldes liberales en municipios de dominio absoluto de conservadores.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">No obstante la evidencia hist&oacute;rica de los resultados positivos de la Constituci&oacute;n de 1886 para la unidad de la naci&oacute;n y la paz en el terreno pol&iacute;tico, y de la Guerra de los Mil d&iacute;as en el terreno militar, a veces se presentan ambas circunstancias como causa de la violencia de la &uacute;ltima d&eacute;cada del siglo XX. Pregunto: &iquest;por qu&eacute; las dos horrendas e inclementes guerras del siglo XX no dispararon el nivel de homicidios en Francia, Alemania, Jap&oacute;n o Gran Breta&ntilde;a? Y respondo: porque no tienen nada que ver.</p>     <p align="justify">La estad&iacute;stica es un arma que a veces dispara por la culata. Al margen de las teor&iacute;as de la Comisi&oacute;n de Estudios sobre la Violencia surgieron otras que, basadas en algunas estad&iacute;sticas, atribuyeron la violencia al porte de armas de fuego y al abuso del alcohol. Los informes de Medicina Legal revelaban que entre el 70% y el 80% de los homicidios se comet&iacute;an con armas de fuego y que cerca del 50% de los occisos presentaban signos de alcoholemia. La precipitada conclusi&oacute;n fue que para reducir la tasa de homicidios se deb&iacute;an restringir el porte de armas y el horario de uso de alcohol, como hizo la ley zanahoria.</p>     <p align="justify">Esta conclusi&oacute;n precipitada merece varios comentarios. El porte de armas ha sido tradicionalmente restringido en Colombia, a diferencia de los Estados Unidos donde la Constituci&oacute;n autoriza a los ciudadanos a portar armas como medio para defender sus derechos civiles. Para el porte legal de un arma, en Colombia se requieren recomendaciones de personas respetas por la comunidad y de un oficial del ej&eacute;rcito; las armas legales son distribuidas por INDUMIL con su correspondiente registro. Se debe tener pasado judicial -un registro de deudas con la justicia- y registrar la huella en ese registro. N&uacute;mero de serie, huella y recomendaciones son un desest&iacute;mulo inicial para usar, esperando no ser sancionado, armas legales en actos ilegales. Por dem&aacute;s, el porte ilegal de armas siempre ha estado sancionado en Colombia. Y, por supuesto, los datos de Medicina Legal reportan si la persona fue asesinada con arma de fuego, mas no si esa arma estaba amparada con registro. Pese a estas obvias objeciones, se prohibi&oacute; el porte legal de armas en varias ciudades, es decir, a ciudadanos sin antecedentes, recomendados por miembros honestos de la comunidad y por un oficial del ej&eacute;rcito. No creo que las bandas de asaltantes de bancos hayan decidido portar navajas, no prohibidas por la norma. Son delincuentes y los delincuentes est&aacute;n al margen de la ley.</p>     <p align="justify">El desarme de los ciudadanos de bien fue acompa&ntilde;ado de campa&ntilde;as para controlar el porte de armas -requisas- e ingenuas campa&ntilde;as para que algunos poseedores -no los delincuentes- recibieran un pago por entregar sus armas en algunas parroquias. Las requisas han tenido alg&uacute;n efecto por ser requisas, no por la prohibici&oacute;n del porte legal de armas. En un reciente estudio sobre la pol&iacute;tica de seguridad en Bogot&aacute; para el PNUD, con Ana Mar&iacute;a Fern&aacute;ndez e Isaac Beltr&aacute;n<a href="#8" name="n8"><sup>8</sup></a>, comprobamos que como efecto de los decomisos disminuyeron las armas de fuego capturadas y aumentaron las armas blancas. Puesto que la penalizaci&oacute;n por portar cuchillos es baja, los atracadores y toda clase de delincuentes callejeros -los asaltantes de bancos y los piratas terrestres no se pasean por las calles con metralletas- pasaron de usar armas de fuego a usar armas blancas. Como el arma blanca es menos letal que los rev&oacute;lveres, los delincuentes que encuentran resistencia de la v&iacute;ctima s&oacute;lo los apu&ntilde;alan y no los acribillan. Eso hemos ganado. El nivel de delincuencia sigue igual pero hay menos homicidios.</p>     <p align="justify">Nos falta el alcohol y la cultura de la violencia. Colombia, como infinidad de pa&iacute;ses, ha tenido guerras, y como toda la humanidad, a excepci&oacute;n de los esquimales -pues no produc&iacute;an alcohol usando peces y osos- los colombianos han consumido alcohol habitualmente. El del alcohol es un argumento carente de toda justificaci&oacute;n. Pero tiene un antecedente simp&aacute;tico y tr&aacute;gico. Al comienzo del “Per&iacute;odo de la ‘Violencia&rsquo; (1948-1962), un m&eacute;dico liberal, Jorge Bejarano, llamado por el Presidente Ospina P&eacute;rez para conformar su gobierno liberal de Uni&oacute;n Nacional (con la disculpa de conjurar la violencia que se inici&oacute; en 1946 y se volvi&oacute; explosiva con el asesinato de Gait&aacute;n en 1948 y la conversi&oacute;n de la polic&iacute;a en un grupo de asesinos a sueldo que persegu&iacute;an liberales en el oriente, el centro y el occidente del pa&iacute;s), en su sabidur&iacute;a concluy&oacute; que el problema era que los ‘guaches&rsquo; consum&iacute;an chicha y decidi&oacute; prohibirla<a href="#9" name="n9"><sup>9</sup></a>.</p>     <p align="justify">Algo similar sucedi&oacute; hace poco: una escalada de violencia delictiva a la sombra de la expansi&oacute;n del narcotr&aacute;fico, paramilitarismo financiado por algunos ricos, silenciosa complicidad del estamento militar y guerrillas feroces. &iquest;La soluci&oacute;n? Usar recursos, hombres y capital para controlar el consumo de alcohol; obviamente, no se puede permitir manejar con tragos u otras drogas. En suma, la soluci&oacute;n fue el toque de queda. Pero los borrachos cuyos cad&aacute;veres llegaban los s&aacute;bados a Medicina Legal no mor&iacute;an por el alcohol sino a manos de delincuentes que actuaban a sus anchas contra v&iacute;ctimas indefensas en horas de poco control policial. La decisi&oacute;n correcta: disminuir la delincuencia, no se tom&oacute;. Se opt&oacute; por negar la noche a los bogotanos.</p>     <p align="justify">Dicen que los colombianos se matan en ri&ntilde;as, y que los que portan armas, toman unos tragos y ri&ntilde;en, se matan. Quienes eso afirman han visto muchas pel&iacute;culas de vaqueros y jam&aacute;s han recibido un botellazo que no sea de utiler&iacute;a. Y no han visto -yo no he visto- que alguien rompa una botella contra el borde de la mesa y la revuelque en los intestinos del contrario. Para matar se necesitan tres condiciones: querer matar, creer que no se va a ser castigado y no encontrar otra soluci&oacute;n, es decir, carecer de apoyo social y estatal para solucionar el problema. El arma de fuego ayuda, sin duda, pero no determina. Adem&aacute;s, quienes quieren matar y creen que no van a ser sancionados, son delincuentes de profesi&oacute;n porque saben esconder las pruebas.</p>     <p align="justify">En 1999, Isaac Beltr&aacute;n revis&oacute; 84 sumarios por homicidio en Bogot&aacute;. Encontr&oacute; que en los casos de cr&iacute;menes pasionales o por ri&ntilde;a entre amigos, el homicida por lo general se entregaba a las autoridades. Esa es una violencia residual, que normalmente se castiga, no relacionada con la prohibici&oacute;n de portar armas en la calle, pues los cr&iacute;menes pasionales y muchas peleas ocurren puestas adentro, donde el porte de armas es permitido y no se puede verificar. La violencia que importa es la de todo tipo de delincuencia: delincuentes con diferentes niveles de organizaci&oacute;n, violaciones a los derechos humanos, narcotraficantes, guerrilleros y paramilitares. &Eacute;se es el grueso de la violencia y de sus ‘causas&rsquo;. La guerrilla o el paramilitarismo, por ejemplo, s&oacute;lo originan el 2% de las v&iacute;ctimas violentas en Colombia, y atraen cuantiosos recursos que se podr&iacute;an usar en perseguir delincuentes y solucionar los cr&iacute;menes cotidianos normales. Esta inversi&oacute;n contribuir&iacute;a a reducir la delincuencia y los cr&iacute;menes pasionales o por ri&ntilde;as, como se ha hecho en muchos pa&iacute;ses, entre ellos Estados Unidos, gracias a una sofisticada y cuantiosa inversi&oacute;n en el mejoramiento de las t&eacute;cnicas de investigaci&oacute;n criminal.</p>     <p align="justify">De acuerdo con Medicina Legal<a href="#10" name="n10"><sup>10</sup></a>, en lo que se refiere a los homicidios, se tiene informaci&oacute;n sobre las circunstancias y los m&oacute;viles del crimen en cerca del 48% de los casos. Seg&uacute;n la informaci&oacute;n suministrada en el levantamiento del cad&aacute;ver, se presume que la mayor&iacute;a de las muertes se producen en atracos. Los familiares y testigos interrogados en la escena del crimen brindan informaci&oacute;n valiosa en la investigaci&oacute;n preliminar y sus declaraciones permiten sacar esta conclusi&oacute;n. El segundo m&oacute;vil son las ri&ntilde;as. Tambi&eacute;n se han identificado casos de ajuste de cuentas y problemas de intolerancia social. Si el dato del lugar de la muerte se cruza con el grado de alcoholemia, se puede concluir que la v&iacute;a p&uacute;blica es un escenario donde las personas bajo el efecto del alcohol, y especialmente alrededor de los lugares de consumo, son blanco atractivo para los atracadores, pues tienen muchas de sus funciones f&iacute;sicas y mentales disminuidas.</p>     <p align="justify">La Comisi&oacute;n de Estudios sobre la Violencia y buena parte de los investigadores resaltaron otros aspectos de nuestra vida social, pol&iacute;tica y econ&oacute;mica como causas de la violencia. Nada ha quedado por fuera a trav&eacute;s del tiempo: el car&aacute;cter excluyente del Frente Nacional, la centralizaci&oacute;n pol&iacute;tica, la baja participaci&oacute;n ciudadana, la debilidad de la sociedad civil, la ilegitimidad del Estado, la pobreza, la riqueza, la desigualdad, la colonizaci&oacute;n, la inversi&oacute;n social, el desequilibrio entre las regiones, el maltrato intrafamiliar, la distribuci&oacute;n de la tierra, la cultura, el espacio p&uacute;blico, la intolerancia, el paisaje urbano, la corrupci&oacute;n, la falta de espacio p&uacute;blico, la p&eacute;rdida de valores, la educaci&oacute;n, el madre-solterismo, las pandillas juveniles, la abstenci&oacute;n, las armas de juguete y no s&eacute; que m&aacute;s. Cada una de ellas cuenta con presupuesto en los fondos nacionales y municipales. Estos fondos existen y se consiguen en nombre de la paz, y los ingenuos y poco documentados administradores p&uacute;blicos se dejan convencer y creen que con esos presupuestos est&aacute;n contribuyendo a aclimatar la paz.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Muchas de esas variables no contaban con mediciones hasta mediados de los noventa. Con Armando Montenegro elaboramos algunas cifras para las variables que contaban con datos y las contrastamos con el nivel de homicidios nacional e internacional. Como esper&aacute;bamos, en la mayor&iacute;a de los casos no se encontr&oacute; relaci&oacute;n o su significancia estad&iacute;stica fue muy baja. Otros aspectos, como la intolerancia o la fortaleza de la sociedad civil, no contaban con mediciones &uacute;tiles en ese momento<a href="#11" name="n11"><sup>11</sup></a>. Tengo la impresi&oacute;n de que nuestros polit&oacute;logos leyeron a Adorno, Habermas y Gramsci sobre la fortaleza de la sociedad civil y decidieron que la idea era atractiva y &uacute;til para explicar la violencia en Colombia. Si todos los recursos que se usaron simplemente para escribir la frase ‘debilidad de la sociedad civil&rsquo; se hubieran usado para <i>medir</i> la debilidad de la sociedad civil habr&iacute;amos ahorrado mucho<a href="#12" name="n12"><sup>12</sup></a>, incluida la participaci&oacute;n de toda clase de representantes de nuestros tradicionalmente influyentes gremios productivos y de la Iglesia Cat&oacute;lica en reuniones en los Pozos o en confortables ciudades europeas.</p>     <p align="justify">En realidad, a comienzos de los noventa no hab&iacute;a cifras hist&oacute;ricas de la intensidad de la violencia colombiana, a escala municipal y departamental. Las estad&iacute;sticas eran de tres o cuatro a&ntilde;os y hab&iacute;a una ausencia notoria de comparaciones internacionales. Buena parte de los errores proven&iacute;an de estas carencias metodol&oacute;gicas.</p>     <p align="justify">Tomemos el caso de la pobreza. La influencia cat&oacute;lica y marxista, que produjeron un h&iacute;brido en el pensamiento colombiano -aunque nadie tenga muchos votos por ser cat&oacute;lico ni por ser marxista- nos ha llevado a pensar que la pobreza es, con justa causa, el origen de la violencia. No era muy dif&iacute;cil desvirtuar la relaci&oacute;n macro entre pobreza y violencia. Pa&iacute;ses con mayores niveles de pobreza ten&iacute;an menores tasas de violencia (pero como no hab&iacute;a estimaciones hist&oacute;ricas de nuestra violencia ni de las tasas externas, esta comparaci&oacute;n no se realizaba) y Quibd&oacute; era much&iacute;simo menos violento que Medell&iacute;n y Envigado (pero como no se contaba con tasas municipales, esta comparaci&oacute;n no se realizaba). Adem&aacute;s, donde los jornales agr&iacute;colas eran m&aacute;s altos y el NBI menor hab&iacute;a mayor propensi&oacute;n a la violencia. Despu&eacute;s, los c&aacute;lculos se cualificaron incluyendo mediciones m&aacute;s sofisticadas de la pobreza, encontrando siempre que en las comparaciones municipales y departamentales los m&aacute;s pobres no son m&aacute;s violentos<a href="#13" name="n13"><sup>13</sup></a>.</p>     <p align="justify">Calificar a los pobres de violentos corresponde al raro perjuicio del ministro Bejarano que prohibi&oacute; la chicha para eliminar la violencia, en medio de una guerra franca no declarada porque por definici&oacute;n las guerras civiles nunca se declaran.</p>     <p align="justify">Pero la vinculaci&oacute;n de la pobreza con la violencia y con la delincuencia ten&iacute;a y tiene consecuencias muy graves para la asignaci&oacute;n del gasto social y en seguridad. El PNR, creado por Belisario Betancour, asign&oacute; sus recursos a la inversi&oacute;n social en las zonas de influencia guerrillera o de cultivos ilegales, tal y como hoy lo hace una porci&oacute;n social del Plan Colombia. La premisa es que el apoyo a la guerrilla, el enrolamiento en sus filas y el cultivo de la fat&iacute;dica hoja de coca ocurren porque la gente es pobre. Tambi&eacute;n se argumenta que, en las ciudades, la falta de alcantarillado lleva a los j&oacute;venes a atracar al vecino y a los menos j&oacute;venes, a asaltar bancos; la ausencia de parques conduce a los adolescentes a la drogadicci&oacute;n (como si en los parques no se consumieran drogas). La pobreza lleva a una violencia y a una delincuencia que los investigadores llaman cotidianas. Para combatirlas se incrementa el gasto social, se hacen cursos de convivencia y se crean frentes locales de seguridad.</p>     <p align="justify">Pero el crimen y la violencia no son actos aislados de individuos aislados que por una fat&iacute;dica combinaci&oacute;n colombiana, producto de la pobreza y de la herencia de las guerras civiles del siglo XIX, nos llevan a robar espor&aacute;dicamente y a disparar en la cabeza de los compa&ntilde;eros de tragos. El delito es una empresa<a href="#14" name="n14"><sup>14</sup></a> y la violencia es, en su mayor parte, un subproducto de esa particular actividad empresarial que encuentra condiciones institucionales para su desarrollo<a href="#15" name="n15"><sup>15</sup></a>. Esto quiere decir que el crimen es organizado. La actividad criminal requiere habilidades, exige aprendizaje y diferentes niveles de inversi&oacute;n de capital, con una tasa de retorno igual a las dem&aacute;s actividades empresariales m&aacute;s una prima de riesgo que, as&iacute; suene redundante, var&iacute;a con el riesgo y la persecuci&oacute;n y eficiencia del aparato de justicia y seguridad (polic&iacute;a, fiscal&iacute;a, jueces, contralor&iacute;a, procuradur&iacute;a, inspecci&oacute;n del ej&eacute;rcito, polic&iacute;a y jueces militares).</p>     <p align="justify">Un ejemplo. Si tuviera dos hijos al borde de la inanici&oacute;n y la oportunidad de robar veinte televisores, &iquest;qu&eacute; hago con ellos? Requiero dinero para pagar el cami&oacute;n -que no tengo. Debo conocer un camionero metido en el negocio -que no conozco. Necesito alg&uacute;n comprador -y no tengo contactos. Me es indispensable ser mentiroso y audaz -y no lo soy. No debo tener miedo a la c&aacute;rcel y debo tener los recursos necesarios para sobrevivir en ella, pues &eacute;se es un gasto de funcionamiento de la actividad delictiva. Si se me presenta esa oportunidad ‘cotidiana&rsquo; de ser ladr&oacute;n, es posible que acabe en la c&aacute;rcel o que me roben los televisores. O puedo llamar a un ladr&oacute;n, cobrarle un porcentaje, involucrarme en la actividad criminal, comenzar mi aprendizaje y volverme una pieza del crimen organizado. &Eacute;sa no es una decisi&oacute;n espont&aacute;nea, requiere reflexi&oacute;n, valoraci&oacute;n de costos y beneficios y, sobre todo, comprender que no existe crimen aislado, sino crimen organizado. Y no ser&iacute;a ladr&oacute;n por pobre sino por ladr&oacute;n.</p>     <p align="justify">A riesgo de parecer injusto y contrario a la mayor&iacute;a de la opini&oacute;n nacional, creo que los cultivos il&iacute;citos en media, tres o cincuenta hect&aacute;reas son una actividad criminal que no est&aacute; relacionada con la pobreza ni con tradiciones arcaicas. La coca en algunas partes del sur de Colombia es tan nueva como la colonizaci&oacute;n y la colonizaci&oacute;n tan nueva como ese il&iacute;cito. No es cierto que en Cartagena del Chair&aacute; vivieran campesinos incorruptibles que cultivaban pac&iacute;ficamente yuca, chontaduro y madro&ntilde;o, que con el tiempo se vieron compelidos a cultivar coca y refinar coca&iacute;na debido a la pobreza y el abandono del Estado. La mayor&iacute;a de quienes llegaron a ese sitio en los &uacute;ltimos a&ntilde;os lo hicieron a sabiendas de que no hab&iacute;a infraestructura social, con el claro y expreso fin de cultivar, recoger, financiar o proteger la coca. Tampoco empezaron a cultivar coca porque John Smith la consume en Nebraska, pues el consumo de John Smith podr&iacute;a cubrirse con producci&oacute;n de Guatemala o Ecuador. En Colombia hay condiciones que propician la producci&oacute;n de coca. Esas condiciones no est&aacute;n presentes en Cuba, por ejemplo, pa&iacute;s con menor nivel de ingreso que el nuestro. Ni en Hait&iacute;, pa&iacute;s con mayor proporci&oacute;n de pobres que el nuestro.</p>     <p align="justify">La idea de que se trata de campesinos honestos que se empobrecieron paulatinamente ha llevado a plantear la pol&iacute;tica de desarrollo alternativo o sustituci&oacute;n de cultivos il&iacute;citos. La verdad es que con las t&eacute;cnicas disponibles y los mercados existentes, antes y ahora, el &uacute;nico ‘cultivo&rsquo; rentable es la coca&iacute;na (no la coca, porque su volumen dificulta el transporte y aumenta el riesgo). El caucho podr&iacute;a ser una opci&oacute;n si decidi&eacute;ramos convertirnos en exportadores de preservativos (una f&aacute;brica de preservativos requiere invertir cerca de $300.000 millones). La construcci&oacute;n de carreteras podr&iacute;a hacer rentable la explotaci&oacute;n maderera, que por las caracter&iacute;sticas de la selva -que con las t&eacute;cnicas disponibles no permite la plantaci&oacute;n en gran escala- ser&iacute;a depredadora. Alguna gente ingenua le apuesta al ecoturismo. Si no es ingenua, no est&aacute; documentada. Estoy seguro de que nadie ha pensado hacer un estudio de mercado sobre el turismo al Putumayo, lo que estar&iacute;an dispuestos a gastar los eventuales turistas, el impacto sobre las culturas ind&iacute;genas -que socialmente es deseable preservar- y la forma y disposici&oacute;n a pagar de nacionales o extranjeros por sustituir la coca y preservar la naturaleza.</p>     <p align="justify">Quedan pocas alternativas. La primera es que la gente cultive para autoconsumo (yuca y pl&aacute;tano), algo a lo que no estar&iacute;a dispuesta. La segunda es hacer investigaci&oacute;n biol&oacute;gica, agron&oacute;mica y econ&oacute;mica de algunas posibles plantas ex&oacute;ticas que europeos y norteamericanos est&eacute;n dispuestos a consumir<a href="#16" name="n16"><sup>16</sup></a>. La tercera, m&aacute;s plausible, es reprimir duramente el tr&aacute;fico de insumos y el cultivo de coca, y ofrecer a las familias asistencia t&eacute;cnica y tierras para cultivar en zonas conectadas al mercado o, alternativamente, brindarles opci&oacute;n econ&oacute;mica para ir a las ciudades; volver, en muchos casos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Esta opci&oacute;n es injusta y estimula la producci&oacute;n ilegal. Cualquier habitante de un barrio o un municipio pobre se preguntar&aacute; por qu&eacute; se premia a quienes realizan actividades ilegales, as&iacute; sea en peque&ntilde;a escala. Si la obrera de una f&aacute;brica de calzado sustrae un par de zapatos el castigo ser&aacute; su despido inmediato. Pero si alguien cultiva y procesa un alcaloide prohibido y da&ntilde;ino durante diez a&ntilde;os se le premia con carreteras, puestos de salud y cr&eacute;ditos subsidiados.</p>     <p align="justify">Esto nos lleva al segundo punto: los cultivos oportunistas. Sobre este riesgo, el PNUFID ha prevenido varias veces bas&aacute;ndose en la experiencia de Tailandia<a href="#17" name="n17"><sup>17</sup></a>. Con buena cantidad de recursos y el apoyo del PNUFID, Tailandia inici&oacute; un plan de sustituci&oacute;n de cultivos con el compromiso de los campesinos de arrancar manualmente la amapola, registrarse para controlar reincidencias y quemar p&uacute;blicamente las plantas arrancadas. El programa inclu&iacute;a infraestructura de transporte, centros de acopio, inversi&oacute;n social, un programa de investigaciones biol&oacute;gico-agron&oacute;micas en cada zona, asistencia t&eacute;cnica y cr&eacute;ditos subsidiados. El programa tuvo &eacute;xito al comienzo. Hasta que los campesinos colindantes descubrieron que era mejor ser ilegal y recibir el apoyo del Estado a manos llenas que seguir en la miseria. Surgieron entonces los cultivos oportunistas, es decir, cultivos il&iacute;citos en zonas que carec&iacute;an de ellos. En este caso, la causa del cultivo il&iacute;cito tampoco fue la pobreza sino el c&aacute;lculo de los beneficios que producir&iacute;a volverse ilegal gracias a la bondad estatal<a href="#18" name="n18"><sup>18</sup></a>.</p>     <p align="justify">Despu&eacute;s el programa tuvo &eacute;xito gracias a que no se distingui&oacute; entre peque&ntilde;os y grandes productores, se reprimi&oacute; duramente al tiempo que se ofrec&iacute;an alternativas y se derrot&oacute; -con ayuda del programa de sustituci&oacute;n de cultivos- a la guerrilla comunista.</p>     <p align="justify">Hubo otros elementos determinantes. Las tierras cultivadas con amapola eran aptas para otros cultivos y el programa de sustituci&oacute;n fue acompa&ntilde;ado de un intenso programa de investigaci&oacute;n de alternativas agr&iacute;colas que dur&oacute; cinco a&ntilde;os y que identific&oacute;, entre otros cultivos, al caucho -en la coyuntura de descubrimiento del VIH- y al caf&eacute; -que despu&eacute;s decay&oacute; y se traslad&oacute; al Vietnam. Al mismo tiempo, y lo que es m&aacute;s importante, Tailandia comenz&oacute; a industrializarse y a concentrar su poblaci&oacute;n en los centros urbanos. La mano de obra desplazada encontr&oacute; trabajo en las ciudades -los tailandeses, al contrario de los intelectuales colombianos de clase media, no idealizan el campo- y los nuevos cultivos agr&iacute;colas encontraron una demanda ampliada en las ciudades de alto crecimiento.</p>     <p align="justify">Pese a que la amapola no fue eliminada totalmente, Tailandia es un ejemplo. Aunque algunos c&iacute;rculos aceptan combinar la represi&oacute;n y el est&iacute;mulo, en Colombia a&uacute;n prima el criterio de damnificados por alg&uacute;n pecado del Estado o una guerra del pasado y, m&aacute;s importante, no se han estudiado las posibles alternativas ni el mercado para eventuales cultivos alternativos<a href="#19" name="n19"><sup>19</sup></a> Y nadie ha sopesado la posibilidad de reubicar a quienes se dedican a actividades il&iacute;citas en la actual frontera de comercializaci&oacute;n o en la ciudad.</p>     <p align="justify">Siguiendo a Belisario, la guerrilla, la izquierda, la Iglesia Cat&oacute;lica, la clase pol&iacute;tica y las ONG abrazaron la idea de que el origen de la guerrilla era la pobreza y la mala distribuci&oacute;n de la tierra. La distribuci&oacute;n de la tierra y lo que algunos historiadores llamaron ‘revancha terrateniente&rsquo; ya hab&iacute;a sido desvirtuada como causa de la ‘Violencia&rsquo; por monse&ntilde;or Guzm&aacute;n en 1962<a href="#20" name="n20"><sup>20</sup></a>, en su an&aacute;lisis de la concentraci&oacute;n de la tierra en zonas de conflicto intenso. Sin grandes recursos estad&iacute;sticos, mostr&oacute; que la violencia tuvo alta intensidad en el Viejo Caldas, donde la propiedad era y es bastante democr&aacute;tica, y que en la Costa Atl&aacute;ntica, con alta concentraci&oacute;n latifundista, pr&aacute;cticamente no hubo violencia. En 1992, en un trabajo para el DANE<a href="#21" name="n21"><sup>21</sup></a>, Echand&iacute;a combin&oacute; datos cualitativos y cuantitativos para caracterizar las explotaciones agr&iacute;colas, con el supuesto, corroborado por la intuici&oacute;n, de que las caracter&iacute;sticas de las explotaciones agr&iacute;colas y la forma de tenencia pod&iacute;an explicar la presencia guerrillera. Sus resultados, aunque entiendo que no comparte todas mis apreciaciones, muestran que la guerrilla est&aacute; en todas partes, sin importar la forma de tenencia ni el modo de explotaci&oacute;n agr&iacute;cola.</p>     <p align="justify">Las estimaciones tambi&eacute;n mostraron que no hab&iacute;a relaci&oacute;n entre las necesidades b&aacute;sicas insatisfechas (NBI) y la presencia de guerrilla. En 1995, los departamentos con menor ingreso per c&aacute;pita no ten&iacute;an mayor presencia guerrillera. La relaci&oacute;n poco significativa entre tenencia de la tierra, nivel de pobreza y presencia guerrillera obedece a que la guerrilla, por definici&oacute;n, crece con mayor rapidez donde hay mejores fuentes de financiaci&oacute;n. La guerrilla que s&oacute;lo se financia con apoyo campesino, una que otra vaca y las gallinas que tengan a bien darle los pobladores rurales es raqu&iacute;tica y est&aacute; condenada al fracaso, como el ELN de los setenta y la guerrilla boliviana del Ch&eacute; Guevara. La guerra exige financiaci&oacute;n y &eacute;sta se obtiene donde hay recursos; es decir, en zonas de crecimiento econ&oacute;mico o con alguna fuente de riqueza importante –banano, oro, petr&oacute;leo, esmeraldas, coca o amapola– sin importar el nivel de ingreso de la poblaci&oacute;n ni el grado de concentraci&oacute;n de la riqueza<a href="#22" name="n22"><sup>22</sup></a>.</p>     <p align="justify">El hecho de que la guerrilla haya salido de las zonas ricas y se interese por las &aacute;reas pobres ha sido posible por nuevas modalidades de financiaci&oacute;n –pesca milagrosa, secuestro– que permiten, a&uacute;n en zonas pobres, contar con adecuada financiaci&oacute;n obtenida en lugares apartados de su &aacute;rea de operaciones.</p>     <p align="justify">Sin embargo, s&iacute; se encuentra alguna relaci&oacute;n, sobre todo en el pasado, entre la colonizaci&oacute;n y las &aacute;reas de influencia guerrillera, y una guerrilla con alto poder de organizaci&oacute;n de la sociedad y bajo poder de fuego. En las zonas de colonizaci&oacute;n donde el Estado no fue capaz de desarrollar un adecuado sistema de protecci&oacute;n de la propiedad, al menos estableciendo oficinas de notariado y registro y planes de titulaci&oacute;n, los colonos recurrieron a la guerrilla para garantizar su propiedad, que pod&iacute;a ser despojada mediante amenazas y asesinatos. Hay una oficina paralela de notariado y registro en el pa&iacute;s, y &eacute;sta la domina la guerrilla, que as&iacute; obtiene mayor apoyo popular.</p>     <p align="justify">Tanto as&iacute; que en el discurso de cierre de una mesa de di&aacute;logo en los Pozos –coordinada por el gobernador de Cundinamarca– el delegado guerrillero anunci&oacute; a los desplazados que las FARC iniciar&iacute;an acciones ofensivas para asegurarles la recuperaci&oacute;n de la tenencia de sus tierras. Ese anuncio gener&oacute; euforia entre los asistentes. Mientras tanto el gobierno, incapaz de hacer respetar los derechos de propiedad sobre la tierra en las &aacute;reas de influencia paramilitar, sigue apropiando recursos y emitiendo discursos vacuos para ver c&oacute;mo atiende en las ciudades el drama de los desplazados. Un Estado incapaz de asegurar en su base m&iacute;nima los derechos de propiedad es un Estado p&eacute;simo. Y es un Estado que va perdiendo la guerra.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Consideremos ahora a la desigualdad. En los &uacute;ltimos a&ntilde;os, con el af&aacute;n de encontrar alguna caracter&iacute;stica econ&oacute;mica o social que cuadre en ecuaciones o estudios econom&eacute;tricos, en especial en Planeaci&oacute;n Nacional<a href="#23" name="n23"><sup>23</sup></a>, pero tambi&eacute;n en publicaciones acad&eacute;micas y pol&iacute;ticas, se ha insistido en la desigualdad como causa de la violencia. Si la pobreza no explicaba la violencia, y como en Colombia no todos somos ricos, la desigualdad deber&iacute;a explicar la violencia.</p>     <p align="justify">En 1995, tuve oportunidad de abordar este tema a partir de una comparaci&oacute;n internacional con estimaciones econom&eacute;tricas del coeficiente de GINI y el nivel de la tasa de homicidios. Los pa&iacute;ses m&aacute;s pobres no son los m&aacute;s desiguales. En &Aacute;frica, por ejemplo, hay paises donde la pobreza es generalizada y el coeficiente de GINI es bajo pero todos son pobres. Y hay pa&iacute;ses de alto ingreso -como Estados Unidos- donde hay fuertes diferencias de ingreso. La acumulaci&oacute;n capitalista y el crecimiento econ&oacute;mico requieren, en ciertos momentos del desarrollo, que el capital se concentre para alimentar la inversi&oacute;n. Gastar en consumo todo el ingreso o ahorrar proporciones excesivas es una calamidad. &Eacute;sta es una ley del crecimiento econ&oacute;mico. Suponiendo que no hab&iacute;a relaci&oacute;n entre el nivel de concentraci&oacute;n del ingreso y la tasa de violencia, elabor&eacute; intuitivamente las regresiones que arrojaron los resultados esperados, casi en su totalidad. Se obtuvo una relaci&oacute;n d&eacute;bil entre concentraci&oacute;n del ingreso y violencia para la muestra de pa&iacute;ses, con una excepci&oacute;n: Colombia. De acuerdo con la regresi&oacute;n, para que la tasa de homicidios correspondiera al nivel de distribuci&oacute;n del ingreso, deber&iacute;a ser cercana a 16 por 100.000 habitantes, pero era de 78. Era evidente que hab&iacute;a otros factores muy diferentes a la desigualdad del ingreso que explicaban nuestra creciente violencia.</p>     <p align="justify">Cre&iacute; que el tema quedaba resuelto as&iacute;. Y no. Tozudamente, los analistas, sin ninguna evidencia, segu&iacute;an insistiendo en la relaci&oacute;n entre desigualdad y violencia; tal vez les parec&iacute;a justo, elegante o humanista. En Planeaci&oacute;n Nacional y juiciosamente, Alfredo Sarmiento y Lida Becerra pusieron a prueba con un par de an&aacute;lisis transversales la relaci&oacute;n entre la tasa de violencia municipal y la concentraci&oacute;n del ingreso medida a trav&eacute;s de indicadores indirectos de dotaci&oacute;n social. Sus resultados indicaron que hab&iacute;a una relaci&oacute;n entre la desigualdad y la violencia en los municipios m&aacute;s violentos, que no se presentaba en los municipios relativamente menos violentos. Sus conclusiones merecen dos comentarios. En un pa&iacute;s de violencia generalizada es dif&iacute;cil hablar de municipios menos violentos. El municipio colombiano m&aacute;s pac&iacute;fico es m&aacute;s violento que el m&aacute;s violento de los municipios de la China. Y capitales relativamente pac&iacute;ficas -para Colombia- como Pasto y Quibd&oacute; son en t&eacute;rminos relativos m&aacute;s violentas que Estocolmo. La segunda cr&iacute;tica se refiere a que en econometr&iacute;a no es v&aacute;lido crear arbitrariamente subgrupos. De esa manera se pueden manipular los datos. Lo asombroso no eran, sin embargo, los errados c&aacute;lculos de Sarmiento sino &iquest;por qu&eacute; discut&iacute;amos esto?</p>     <p align="justify">Quiz&aacute; porque que a la guerrilla, la Iglesia Cat&oacute;lica, las ONG y la intelectualidad bondadosa de clase media les parec&iacute;a ‘justo&rsquo; evidenciar la relaci&oacute;n entre desigualdad del ingreso y violencia. Era como un llamado a aumentar la inversi&oacute;n social y superar nuestras graves injusticias sociales. Eso lo comparto. Pero no es cient&iacute;fico -con los datos disponibles- plantear a escala nacional o mundial una estrecha relaci&oacute;n entre distribuci&oacute;n del ingreso y propensi&oacute;n al homicidio.</p>     <p align="justify">Armando Montenegro, Carlos Esteban Posada y Gabriel Piraquive<a href="#24" name="n24"><sup>24</sup></a>, en una publicaci&oacute;n reciente, revisaron nuevamente los datos nacionales e internacionales. Utilizaron una muestra de 136 pa&iacute;ses y no encontraron relaci&oacute;n entre homicidios y distribuci&oacute;n del ingreso. Lo mismo encontraron a escala nacional porque no crearon ninguna clase de subgrupos para orientar las conclusiones.</p>     <p align="justify">La atribuci&oacute;n de la violencia a la desigualdad tiene fuertes implicaciones para los di&aacute;logos de paz, el Plan Colombia y la reducci&oacute;n del gasto p&uacute;blico. Exagerando un poco, si los investigadores, del gobierno por dem&aacute;s, asumen que los problemas de distribuci&oacute;n del ingreso generan violencia, la magnitud del coeficiente de GINI determinar&aacute; el avance de los di&aacute;logos de paz y dar&aacute; apoyo ideol&oacute;gico a la guerrilla. Miren –dir&aacute;n– el mismo gobierno demuestra que la desigualdad es la causa de la violencia; por tanto, el cese al fuego, el de los secuestros y las pescas milagrosas, el asalto a las poblaciones son injustificados hasta que no cese la desigualdad. A su vez, gastar menos en fuerzas militares y acueductos har&aacute; m&aacute;s por la paz. Existen dos discursos. Uno del grueso de intelectuales que apoya la posici&oacute;n del gobierno y otro de los poderosos y pudientes que financian a los criminales paramilitares y al gobierno, que a su vez recibe ayuda de Estados Unidos para mejorar su capacidad de combate. Esta disociaci&oacute;n ideol&oacute;gica del gobierno y los poderosos, estimulada por la investigaci&oacute;n de las causas ‘sociales&rsquo; de la violencia, es terrible. Produce el mismo p&aacute;nico que un episodio convulsivo de un esquizofr&eacute;nico.</p>     <p align="justify">En 1995, Armando Montenegro, Malcolm Deas, Carlos Esteban Posada y yo, entre otros, se&ntilde;alamos las dificultades del aparato de justicia colombiana como una de las causas de la violencia. Deas<a href="#25" name="n25"><sup>25</sup></a> compar&oacute; los problemas colombianos con los de la justicia italiana. Montenegro y Posada encontraron fuertes relaciones entre la ineficiencia de la justicia y la tasa de violencia, resultado reconfirmado por su &uacute;ltimo trabajo con Piraquive. En especial, hallaron que un incremento inusitado de criminalidad y violencia sobrepasa la capacidad de respuesta del aparato de justicia y seguridad, y que s&oacute;lo despu&eacute;s de un largo per&iacute;odo se puede recuperar la capacidad para enfrentar el delito.</p>     <p align="justify">En los estudios iniciales nos centramos -de manera que hoy considero parcialmente equivocada, como veremos m&aacute;s adelante a manera de cr&iacute;tica y autocr&iacute;tica- en la tasa de impunidad. Despu&eacute;s, Mauricio Rubio<a href="#26" name="n26"><sup>26</sup></a> hizo aportes adicionales al examen de la impunidad. El argumento part&iacute;a de un marco te&oacute;rico de alguna simplicidad: el delincuente, como todo individuo, calcula los costos y los beneficios de su actividad. Dada su propensi&oacute;n o aversi&oacute;n al riesgo, eval&uacute;a los riesgos de ser capturado y condenado y el tiempo de c&aacute;rcel probable. Cuanto menor sea la tasa de captura y condena, y mejores las condiciones carcelarias, mayor ser&aacute; la propensi&oacute;n a que los individuos se vinculen a la criminalidad y a que un individuo cometa varios cr&iacute;menes.</p>     <p align="justify">El c&aacute;lculo de la tasa de impunidad fue muy sencillo. Con el porcentaje de delitos denunciados seg&uacute;n las encuestas del DANE y el n&uacute;mero de delitos registrados por las autoridades, se calcul&oacute; el n&uacute;mero total de delitos cometidos en el pa&iacute;s. Tambi&eacute;n se conoc&iacute;a el n&uacute;mero de condenas que el sistema judicial profiere cada a&ntilde;o. Dividiendo el n&uacute;mero de condenas por el n&uacute;mero de delitos se encuentra la tasa de castigo y la tasa de impunidad, que para 1994 se encontraba cerca del 97%. Mauricio Rubio y la C&aacute;mara de Comercio, en posteriores estimaciones que siguieron los m&eacute;todos de la Comisi&oacute;n de Racionalizaci&oacute;n del Gasto P&uacute;blico, encontraron resultados similares.</p>     <p align="justify">No hay nada m&aacute;s terrible que un dato adecuado interpretado en forma incorrecta. Buena parte de los estudiosos de la violencia que insist&iacute;an en su origen multicausal y que hab&iacute;an agregado como ‘causas&rsquo; la pobreza, la desigualdad, el desequilibrio regional, la ilegitimidad del estado, el narcotr&aacute;fico, la debilidad de la sociedad civil, el maltrato intrafamiliar, la violencia en televisi&oacute;n, la intolerancia, la cultura de la violencia, el pasado violento, el narcotr&aacute;fico, la falta de reforma agraria, la guerrilla, las violaciones de los derechos humanos, el paramilitarismo, el pandillismo juvenil, el consumo de alcohol y drogas y el porte de armas, completaron su teor&iacute;a de la siguiente manera: a falta de una teor&iacute;a coherente y agregando todo lo que les ven&iacute;a a la cabeza a&ntilde;adieron ‘la impunidad&rsquo;.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">En el otro lado, estaban los que confundieron - me incluyo parcialmente -la impunidad, el indicador de un problema, con el problema mismo. Es cierto que en Colombia hay un alto nivel de impunidad, medida con el m&eacute;todo que expuse. La impunidad se utiliza para medir la ineficiencia del sistema judicial. Otros sistemas usualmente empleados son la duraci&oacute;n de los procesos y la acumulaci&oacute;n de sumarios en los juzgados. Para influir en el ‘indicador&rsquo; -no en el problema- de acumulaci&oacute;n de sumarios se tomaron en el pasado varias soluciones que mantuvieron intacta la oferta de justicia. Entre ellas, los varios trasteos de sumarios de los jueces penales a las inspecciones de polic&iacute;a, los cambios en la definici&oacute;n y en el umbral que divide -en especial hurtos y lesiones- los delitos de las contravenciones y, en 1987, la determinaci&oacute;n de que s&oacute;lo se abrir&iacute;an sumarios por delitos con sindicado conocido, garantizando de manera m&aacute;s que parcial que el sumario ser&iacute;a evacuado y que aumentar&iacute;a la tasa de condenas con respecto al n&uacute;mero de sumarios.</p>     <p align="justify">A su vez, el nivel de impunidad comenz&oacute; a constituirse en el indicador que se deb&iacute;a alterar para medir la eficiencia de la justicia y explicar el crecimiento del crimen. No cabe duda de que es un indicador muy &uacute;til, pero &eacute;se no es el problema. El problema es la ineficiencia del sistema de justicia y seguridad en su totalidad: Contralor&iacute;a, Procuradur&iacute;a, Polic&iacute;a, fuerzas militares, inspecciones de polic&iacute;a, autoridades ambientales, Medicina Legal, autoridades urban&iacute;sticas, autoridades de tr&aacute;nsito, justicia civil, administrativa, laboral y penal, sistema de notariado y registro, sistema de otorgamiento de licencias y el sistema encargado de controlar el contrabando. Es decir, todo el sistema de justicia. No s&oacute;lo la peque&ntilde;a aunque importante porci&oacute;n que significa la justicia penal y su indicador de eficiencia que es la tasa de impunidad.</p>     <p align="justify">La ineficiencia del sistema de justicia civil es una de las principales causas de delitos penales y de que las personas decidan hacer justicia por su propia mano. Un ejemplo es el de una persona que vende un autom&oacute;vil a una compraventa especializada y recibe parte del precio. Supongamos que quien maneja la compraventa -previo c&aacute;lculo de costos y beneficios- no realiza el pago completo. Para recuperar el pago, el vendedor debe contratar un abogado y adelantarle alg&uacute;n dinero por sus servicios, lo cual significa desde el inicio una p&eacute;rdida respecto de lo que pensaba recuperar. Supongamos que el vendedor decide embargar la compraventa. En una primera opci&oacute;n es posible que la persona que manejaba la compraventa cambie de residencia y de trabajo y que ninguna autoridad ayude al vendedor a encontrar esta persona. En la segunda opci&oacute;n la persona de la compraventa sigue en la misma residencia. El proceso entra a manos del juez. Como la demanda ten&iacute;a un vicio de forma, la devuelve a los dos meses. Vuelve y comienza, y cuatro meses despu&eacute;s el juez ordena el embargo y comisiona a un inspector de polic&iacute;a. El atareado inspector de polic&iacute;a fija la diligencia para veinte d&iacute;as despu&eacute;s a las ocho de la ma&ntilde;ana. Como se va a realizar el embargo, el vendedor -demandante- debe hacer un dep&oacute;sito para que el embargo se realice, adem&aacute;s debe pagar al secuestre y debe contratar un cami&oacute;n para el trasteo de los objetos de embargo. Ese d&iacute;a, a las ocho de la ma&ntilde;ana, no hay nadie en el apartamento. Se le paga al cami&oacute;n y se fija la diligencia para veinte d&iacute;as despu&eacute;s a las diez de la ma&ntilde;ana.</p>     <p align="justify">La historia puede continuar, complicarse de m&uacute;ltiples formas o en algunos casos tener un final feliz. En este caso se trata de un vendedor de buena fe contra un p&iacute;caro. Pero la buena fe, ante la ineficiencia de la justicia civil, tiene un l&iacute;mite. Cabe pensar que en alg&uacute;n momento del proceso, el vendedor deseara pegarle o dispararle un tiro al de la compraventa. No son el alcohol, ni la cultura de la violencia, ni la intolerancia, ni el porte de armas, etc., los culpables de la violencia. Es la ineficiencia de la justicia. Tampoco es la ausencia de mecanismos de conciliaci&oacute;n, pues no se trata de diferencias conceptuales o de apreciaci&oacute;n. La conciliaci&oacute;n s&oacute;lo prolongar&iacute;a el proceso o lograr&iacute;a que la compraventa lograra una rebaja del precio.</p>     <p align="justify">Como ya mencion&eacute;, tambi&eacute;n hay graves dificultades para hacer respetar los derechos de propiedad en las zonas agr&iacute;colas de frontera. No se trata de que la colonizaci&oacute;n produzca violencia, sino de que cuando no est&aacute; acompa&ntilde;ada de un sistema de titulaci&oacute;n y de notariado y registro conduce a que la vida y la protecci&oacute;n armada sean la &uacute;nica garant&iacute;a para conservar la propiedad. Las carreteras que se construyan o que se piensan construir para conectar -quien sabe con qu&eacute;- a los cultivadores de il&iacute;citos con los mercados producir&aacute;n, en ausencia de t&iacute;tulos y protecci&oacute;n de los mismos, un incremento de la violencia como consecuencia del aumento del precio del suelo para actividades no perseguidas o il&iacute;citas en las zonas que se conecten. Este proceso ocurri&oacute; con la autopista de la paz, llamada tambi&eacute;n autopista de la muerte, que conecta a Bogot&aacute; con la Costa. As&iacute;, aunque se trata en muchos casos de problemas penales, las dificultades no se encuentran s&oacute;lo en ese campo.</p>     <p align="justify">Otro caso, no relacionado con la efectividad de la justicia penal en s&iacute; misma, es el acceso a Medicina Legal. Supongamos que en Bosa, a hora y media del centro de Bogot&aacute;, el marido le pega a la mujer. La pobre mujer debe salir a las dos de la ma&ntilde;ana, hora de la golpiza, hacia la Estaci&oacute;n de Polic&iacute;a, donde le recibir&aacute;n la denuncia y le dir&aacute;n que antes de emprender cualquier acci&oacute;n debe ir a Medicina Legal -ubicada en uno de los peores sitios del centro de Bogot&aacute; y desde hace poco en otros seis sitios de la ciudad, una soluci&oacute;n esperada hace tiempo. No imagino que har&aacute; la mujer a las dos de la ma&ntilde;ana. Tal vez pase la noche ensangrentada en un rinc&oacute;n de la estaci&oacute;n o decida volver a casa donde el marido, borracho, ya estar&aacute; dormido y asunto concluido, para la justicia. No proseguir&eacute; la historia, pero lo m&aacute;s seguro es que ante las dificultades y la ausencia de protecci&oacute;n policial en el momento y despu&eacute;s, la mujer no obtendr&aacute; protecci&oacute;n estatal ni el delito ser&aacute; castigado. Si se llenaran todos los requisitos policiales y de Medicina Legal, el fiscal y el juez emprender&iacute;an alguna acci&oacute;n punitiva, pero las barreras de entrada al sistema de justicia son tan poderosas que no pasar&aacute; nada. Me queda un interrogante &iquest;por qu&eacute; los recursos gastados en cursos, sensibilizaciones, libros, fastuosas propagandas por televisi&oacute;n para prevenir el maltrato intrafamiliar, no se emplean en asegurar custodia policial y acceso r&aacute;pido y descentralizado a Medicina Legal y al sistema de sanciones?</p>     <p align="justify">Aparte del aparato judicial, otra instituci&oacute;n que influye en la impunidad del delito es la Polic&iacute;a. Veamos el caso de carros robados y recuperados por la Polic&iacute;a. El robo de carros tiene una tasa de denuncia casi del 100%, por tanto no hay subregistro. El n&uacute;mero de carros robados ha ido en continuo aumento desde 1975 (<a href="#g2">gr&aacute;fica 2</a>), acompa&ntilde;ando al incremento de la violencia, no por casualidad. Hoy se roban cerca de 25.000 automotores, diez veces m&aacute;s que en 1975, y la Polic&iacute;a recupera cerca de 2.000, el mismo n&uacute;mero de 1975. Igual sucede en el caso de los homicidios. Hoy hay cerca de 26.000 homicidios anuales y la polic&iacute;a s&oacute;lo captura los mismos 5.000 de 1975<a href="#27" name="n27"><sup>27</sup></a>. Si la Polic&iacute;a y ahora la Fiscal&iacute;a no capturan delincuentes y los jueces s&oacute;lo pueden juzgar -no por ley sino de hecho- los delitos correctamente investigados que tienen sindicado conocido por las autoridades policiales, la impunidad debe ser alta. No por culpa del sistema judicial, sino por cuenta de las investigaciones policiales y de la Fiscal&iacute;a. La inversi&oacute;n en palacios de justicia, aumento de sueldos, sistematizaci&oacute;n de los juzgados, compra de nuevos archiveros, cambios de los sistemas del c&oacute;digo de procedimiento penal, aunque son &uacute;tiles, no disminuir&aacute;n radicalmente la impunidad si la Polic&iacute;a y la Fiscal&iacute;a no cumplen su labor investigativa.</p>     <p align="justify"><a name="g2"></a>Gr&aacute;fica 2     <br>Robo y recuperaci&oacute;n de autos en Colombia: 1964-1999</p>     <p align="justify"><img src="/img/revistas/rei/v3n5/v3n5a4g2.jpg">    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   Fuente: PONAL, C&aacute;lculos propios </p>     <p align="justify">Pero la Polic&iacute;a anda en otro mundo. Tomemos el caso de la Polic&iacute;a de Bogot&aacute;. El eje de su actividad actual son los Frentes de Seguridad Local,<a href="#28" name="n28"><sup>28</sup></a> que buscan unir a las comunidades barriales, con el apoyo de la Polic&iacute;a, en grupos de acci&oacute;n ciudadana que promueven el conocimiento entre las familias, el intercambio de tel&eacute;fonos, el conocimiento de los polic&iacute;as del barrio y la instalaci&oacute;n de alarmas comunitarias. As&iacute; se puede reducir la delincuencia en un barrio particular. Pero como en el corto y en el mediano plazos el n&uacute;mero de delincuentes dedicados a la empresa de actividad criminal es fijo, lo &uacute;nico que se producir&aacute; es su traslado a otras zonas de la ciudad y a otras actividades criminales, manteniendo en conjunto la misma tasa de actividad criminal.</p>     <p align="justify">La mejor manera de combatir la criminalidad es perseguir el crimen organizado con labores de inteligencia. Pero la inversi&oacute;n, el personal y las campa&ntilde;as se dirigen a combatir el crimen callejero, aumentar la capacidad de reacci&oacute;n a las llamadas de auxilio y fortalecer el v&iacute;nculo con la comunidad. Estas labores se deben realizar, no hay duda. Pero no desarticular&aacute;n a las organizaciones criminales, culpables de la mayor proporci&oacute;n de delitos. Para decir algo parad&oacute;jico. Los bogotanos sabemos que el m&aacute;s importante centro de comercializaci&oacute;n de partes de carros robados y deshuesados est&aacute; a la vuelta de la sede de la direcci&oacute;n de la Polic&iacute;a de Bogot&aacute;, en la d&eacute;cima con sexta. Sin embargo, all&iacute; se planifica c&oacute;mo combatir el robo de carros en la 150 con 54, cuando el final de la red criminal de ‘robo de carros&rsquo; se ve desde la oficina del comandante de la polic&iacute;a metropolitana, el cual, aclaro, es un funcionario p&uacute;blico de altas cualidades policiales, que se ha visto influido por las teor&iacute;as de la cultura de la violencia, el alcohol, el porte de armas, la violencia ‘cotidiana&rsquo;, la ausencia de Estado, la pobreza y todo ese conjunto de teor&iacute;as que con una pizca de raz&oacute;n se han convertido en el n&uacute;cleo de nuestro pensamiento.</p>     <p align="justify">El delito es causado por el crimen organizado en su mayor parte. Los delincuentes que act&uacute;an individualmente no existen o est&aacute;n en la c&aacute;rcel por tontos. A su vez, la violencia es un subproducto del delito, en su mayor parte. En el estudio realizado por Edgar Trujillo y Martha Badel<a href="#29" name="n29"><sup>29</sup></a> se encontr&oacute; que el 38% de los asesinados ten&iacute;an antecedentes penales y cerca del 30% nunca hab&iacute;an sacado identificaci&oacute;n, es decir, se presume que de tiempo atr&aacute;s hab&iacute;an optado por la acci&oacute;n delincuencial o hab&iacute;an pagado por salir del archivo de la Registradur&iacute;a. Es decir, el grueso de los homicidios es producto de la competencia por el mercado de delincuentes profesionales.</p>     <p align="justify">La otra fuente de violencia son los atracos. El estudio de Glor&iacute;a In&eacute;s Su&aacute;rez encontr&oacute; que el 48% de los asesinatos, seg&uacute;n Medicina Legal, hab&iacute;an ocurrido en desarrollo de un atraco<a href="#30" name="n30"><sup>30</sup></a>, y que la otra mitad se deb&iacute;an al sicariato, una forma de venta de servicios de muerte del narcotr&aacute;fico, los paramilitares y la guerrilla. La inmensa mayor&iacute;a de la violencia en Colombia -descontando los homicidios culposos por accidentes de tr&aacute;nsito, muy relacionados con el alcohol- son una consecuencia de las actividades criminales de delincuentes organizados. Al contrario de lo que se repite sin sentido ni asidero, no nos est&aacute; matando una violencia ‘difusa&rsquo; ni la ‘violencia cotidiana&rsquo; ni la violencia de ri&ntilde;as espor&aacute;dicas o cr&iacute;menes pasionales. En Colombia se ha aclimatado todo tipo de delincuencia organizada y &eacute;sta ha producido un incremento de la violencia.</p>     <p align="justify">Tambi&eacute;n cabe preguntar por qu&eacute; se ha aclimatado el crimen organizado en Colombia. La respuesta inicial es la presencia del narcotr&aacute;fico a partir de la d&eacute;cada del setenta. El narcotr&aacute;fico corrompi&oacute; al sistema de justicia y seguridad, oblig&oacute; a destinar una parte significativa de los recursos policiales a su combate disminuyendo el control de otros delitos, estimul&oacute; el sicariato, cre&oacute; un gusto por el dinero f&aacute;cil, estimul&oacute; el uso de armas y propici&oacute; la violencia por el control de los mercados. No hay que ser muy perspicaz para saber que lo que distingue a Colombia de otros pa&iacute;ses no es el consumo de alcohol, por ejemplo, sino la presencia del narcotr&aacute;fico y sus efectos. Este sencillo razonamiento poco se aplica.</p>     <p align="justify">Ahora bien, &iquest;por qu&eacute; hay narcotr&aacute;fico en Colombia? La respuesta es que la quiebra del sistema de justicia y seguridad de la &eacute;poca de la ‘Violencia&rsquo; a partir de 1948 nunca fue superada. La Polic&iacute;a conservatizada por Mariano Ospina P&eacute;rez fue, en el per&iacute;odo de la ‘Violencia&rsquo;, un grupo de delincuentes dedicado a asesinar liberales y comunistas, la polic&iacute;a chulavita. Pese a la nacionalizaci&oacute;n de la Polic&iacute;a en 1954 por Rojas Pinilla, la efectividad policial se perdi&oacute; y ya se presentaban s&iacute;ntomas de congesti&oacute;n en los despachos judiciales<a href="#31" name="n31"><sup>31</sup></a>. En un ambiente de baja efectividad policial y judicial, las actividades criminales como el contrabando, el atraco, la violencia, la guerrilla y la falsificaci&oacute;n de licores pudieron florecer. El narcotr&aacute;fico encontr&oacute; en Colombia un campo propicio y su presencia llev&oacute; al quiebre definitivo del sistema de justicia y seguridad.</p>     <p align="justify">La guerrilla, cuyos antecedentes hist&oacute;ricos se remontan a la ‘Violencia&rsquo;, encontr&oacute;, a pesar de que las razones de su aparici&oacute;n hubieran sido en gran parte eliminadas, un est&iacute;mulo financiero en el control y el cobro de impuestos en las zonas de cultivos de coca y amapola, brindando en compensaci&oacute;n una protecci&oacute;n de los derechos de propiedad, una reducci&oacute;n de los costos de transacci&oacute;n -disminuyendo el riesgo- y brindando justicia barata y oportuna para los conflictos civiles y penales de su zona de influencia.</p>     <p align="justify">Pero la guerrilla actual tiene otra causalidad adicional. Empresarios y terratenientes, unidos al narcotr&aacute;fico y a la indiferencia total y a veces al apoyo de las fuerzas militares y de polic&iacute;a, dedicaron el per&iacute;odo 1986-1994 a eliminar con sevicia a los miembros del Partido Comunista y de la Uni&oacute;n Patri&oacute;tica, esta &uacute;ltima surgida de los acuerdos de Belisario con la guerrilla. La absoluta indiferencia del Estado ante ese genocidio produjo una tremenda desconfianza en las garant&iacute;as que el Estado puede ofrecer. No se le puede pedir a los guerrilleros que firmen acuerdos de paz y salgan a las calles si la experiencia previa y actual es el asesinato impune.</p>     <p align="justify">A su vez, el paramilitarismo, apoyado por empresarios y terratenientes, con la indiferencia de las Fuerzas Militares, realiza continuas masacres inmisericordes de ‘simpatizantes&rsquo; peque&ntilde;os o grandes de la guerrilla. No habr&aacute; acuerdo de paz y cese de la violencia guerrillera mientras esta situaci&oacute;n contin&uacute;e.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">En medio del combate, todos se vuelven malos y los or&iacute;genes de la confrontaci&oacute;n se pierden. Pero se puede reconstruir el origen de nuestra violencia actual. Como resultado de la violencia de los cincuenta, las instituciones policiales y judiciales fueron gravemente debilitadas; en ese ambiente comenz&oacute; a prosperar todo tipo de delincuencia y la persecuci&oacute;n a la izquierda y sobre todo a los grupos comunistas organizados en forma de autodefensas armadas -los liberales y conservadores tambi&eacute;n permanecieron armados pero no se los persigui&oacute;- lo que oblig&oacute; a las autodefensas a convertirse en una guerrilla m&oacute;vil, incipiente y de escasa ofensiva. Sobre la base de un estado de amplia deficiencia del sistema de justicia y seguridad y en general de escasa atenci&oacute;n pronta y eficaz a las necesidades de los pobladores -por ejemplo, pagar una pensi&oacute;n o entregar un pase de conducci&oacute;n- por parte del Estado, se propici&oacute; una quiebra adicional de los cauces normales de acceso a los derechos, se increment&oacute; la delincuencia y, por tanto, al contrario de otros pa&iacute;ses con cultura, idioma y religi&oacute;n muy similares y una mejor o comparable posici&oacute;n geogr&aacute;fica respecto a la demanda, se instaur&oacute; el narcotr&aacute;fico. &Eacute;ste produjo una quiebra adicional y dram&aacute;tica de la eficiencia policial, militar y de justicia y, a trav&eacute;s del financiamiento de cultivos de coca y amapola, gener&oacute; recursos de f&aacute;cil consecuci&oacute;n para la guerrilla que pudo as&iacute; aumentar su tama&ntilde;o y su capacidad de fuego.</p>     <p align="justify">En medio de esa quiebra institucional, todo es posible: secuestro, contrabando, robo de gasolina, tr&aacute;fico de &oacute;rganos, narcotr&aacute;fico, desapariciones, torturas, masacres, ri&ntilde;as violentas, asesinato de polic&iacute;as, guerrillas, lavado de activos, falsificaci&oacute;n de marcas y patentes, reproducci&oacute;n ilegal de videos, asaltos bancarios, corrupci&oacute;n, pirater&iacute;a terrestre, atracos, golpizas a las mujeres, incumplimiento de los contratos civiles y laborales. Es decir, el ambiente institucional facilita todo tipo de actividades ilegales.</p>     <p align="justify">No se trata tan s&oacute;lo de la impunidad de los delitos penales, que los investigadores han a&ntilde;adido f&aacute;cilmente a su lista de causas, o definido como causa principal algunos otros. Ni se trata tan s&oacute;lo de aumentar el castigo. Skinner, padre del conductismo, a quien se atribuye la teor&iacute;a de que el castigo inhibe los comportamientos equivocados, mostr&oacute; que el castigo tiene efectos s&oacute;lo mientras est&aacute; presente y que refuerza comportamientos de odio a la sociedad y de enclaustramiento con otros delincuentes. Para modificar las circunstancias que produjeron el comportamiento equivocado, en nuestro caso pueden ser &uacute;tiles los castigos justos, la protecci&oacute;n a los derechos de propiedad, el justo acceso a los subsidios estatales, el adecuado funcionamiento de la justicia civil, la baja corrupci&oacute;n, el respeto a los derechos humanos, la eliminaci&oacute;n de privilegios injustos y la disminuci&oacute;n de la impunidad de los delitos penales.</p>     <p align="justify">Recalco que no se trata s&oacute;lo de la impunidad de los homicidios. Es imposible robar una Luv en Bogot&aacute; sin un sistema de falsificaci&oacute;n de papeles avalado por personas no violentas de la oficina de tr&aacute;nsito del Meta, suponiendo que se lleva all&aacute;. Ni el lavado de activos ni la impunidad penal son posibles sin funcionarios que lo permitan. Las dificultades de un simple embargo o del resarcimiento de da&ntilde;os porque los vecinos apedrearon la casa llevan a m&aacute;s de un conflicto. Si nos damos cuenta, buena parte de la popularidad de la guerrilla en sus zonas de influencia proviene de que hace cumplir las normas de contrataci&oacute;n, de propiedad de la tierra y de todo tipo de relaciones civiles. En el pasado, en ausencia de paramilitares y ofensiva del ej&eacute;rcito, eso le cre&oacute; un gran apoyo popular. Digamos que la guerra actual se basa en qui&eacute;n puede asegurar el control efectivo de las regiones e imponer la justicia civil y penal.</p>     <p align="justify">Un estado previo de ineficiencia institucional del sistema de justicia y polic&iacute;a permiti&oacute; el surgimiento del narcotr&aacute;fico. El narcotr&aacute;fico dio un impulso adicional a la quiebra de la justicia y al crimen organizado. Y como r&iacute;os que se juntan, otras causas no tan dis&iacute;miles -que incluyen la inoperancia de la justicia- produjeron la guerrilla que se uni&oacute; al narcotr&aacute;fico y ampli&oacute; su actividad.</p>     <p align="justify">&iquest;Por d&oacute;nde empezar? Lo que se est&aacute; haciendo est&aacute; bien, incluido el mejoramiento del sistema judicial. Pero no hay una pol&iacute;tica para que, a trav&eacute;s de la investigaci&oacute;n altamente tecnificada de la Polic&iacute;a y la Fiscal&iacute;a, se persiga al crimen organizado, incluido el tr&aacute;fico de armas y de precursores qu&iacute;micos. En este per&iacute;odo de nuestra historia –recalco– necesitamos menos campa&ntilde;as educativas, menos pol&iacute;ticas de convivencia, menos consejos, menos gasto en frentes de seguridad locales, menos fortalecimientos de la participaci&oacute;n comunitaria. Necesitamos aqu&iacute; y ahora, mejorar el sistema de investigaci&oacute;n policial y el respeto a los derechos de propiedad y a los contratos. Esas acciones ayudar&aacute;n a descongestionar el sistema de justicia penal, que m&aacute;s all&aacute; de las discusiones sobre si el sistema debe ser acusatorio o inquisitivo requiere con urgencia mejoras dr&aacute;sticas y permanentes.</p>     <p align="justify"><b>    <br>NOTAS AL PIE</b></p>     <p align="justify"><a href="#n1" name="1">1</a>. Ver Hartlyn (1993), Henderson (1985), Oquist (1978) y Guzm&aacute;n et. al. (1988).</p>     <p align="justify"><a href="#n2" name="2">2</a>. Ver Comisi&oacute;n de Estudios sobre la Violencia (1988).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n3" name="3">3</a>. Camacho y Guzm&aacute;n (1986, 1990) y Camacho (1992).</p>     <p align="justify"><a href="#n4" name="4">4</a>. Para ser registrados, los homicidios no requieren denuncia.</p>     <p align="justify"><a href="#n5" name="5">5</a>. S&aacute;nchez (1985, 1991a, 1991b) y S&aacute;nchez y Meeter (1983).</p>     <p align="justify"><a href="#n6" name="6">6</a>. La baja intensidad de las guerras civiles se puede apreciar en Russel (1999) y Deas y Gait&aacute;n (1995).</p>     <p align="justify"><a href="#n7" name="7">7</a>. Para los resultados positivos de la Guerra de Secesi&oacute;n, ver Mackal (1983). Sin embargo, al final de la guerra civil en Estados Unidos la poblaci&oacute;n qued&oacute; armada y con la inclinaci&oacute;n a resolver los problemas por la v&iacute;a de las armas. Este fen&oacute;meno no es extra&ntilde;o, el Salvador, despu&eacute;s de la guerra civil, enfrenta graves problemas de violencia, lo mismo sucede en los Balcanes. Al parecer, las guerras generan una actitud sicol&oacute;gica que hace que los traumas no se superen con la mera firma de los tratados de paz. Finalmente, y para reforzar el argumento, la violencia en Colombia no lleg&oacute; a su fin a comienzos del Frente Nacional, la influencia de los bandoleros -antiguos guerrilleros liberales- s&oacute;lo termin&oacute; cinco a&ntilde;os despu&eacute;s.</p>     <p align="justify"><a href="#n8" name="8">8</a>. Ver Beltr&aacute;n, Fern&aacute;ndez y Gait&aacute;n (2000).</p>     <p align="justify"><a href="#n9" name="9">9</a>. Para hacer honor a la verdad, en el debate sobre la prohibici&oacute;n de la chicha tambi&eacute;n hubo consideraciones de salud p&uacute;blica. En particular, se argument&oacute; que el proceso de fermentaci&oacute;n de la chicha tambi&eacute;n produc&iacute;a metanol.</p>     <p align="justify"><a href="#n10" name="10">10</a>. Ver Trujillo y Badel (1998).</p>     <p align="justify"><a href="#n11" name="11">11</a>. Ya existe una medici&oacute;n en el trabajo de Cu&eacute;llar (1999).</p>     <p align="justify"><a href="#n12" name="12">12</a>. Cu&eacute;llar (1999) encuentra que nuestra sociedad civil no es especialmente d&eacute;bil a nivel internacional ni en las zonas de violencia.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n13" name="13">13</a>. Hoy existe una ampl&iacute;a bibliograf&iacute;a que desvirt&uacute;a la relaci&oacute;n entre violencia y pobreza, ver Montenegro y Posada (1994), Gait&aacute;n y Deas (1995), Sarmiento y Becerra (1997), Echeverry y Partow (1999), Rubio (1999), Montenegro, Posada y Piraquive (2000) y Gaviria (2000).</p>     <p align="justify"><a href="#n14" name="14">14</a>. Adem&aacute;s de los argumentos presentados, Becker (1968) presenta una visi&oacute;n del crimen como empresa.</p>     <p align="justify"><a href="#n15" name="15">15</a>. Una demostraci&oacute;n de que la mayor parte del crimen es organizado se encuentra en Fiorentini y Peltzaman (1995).</p>     <p align="justify"><a href="#n16" name="16">16</a>. Para una discusi&oacute;n sobre las posibilidades de cultivos ex&oacute;ticos, ver Jaramillo (1995).</p>     <p align="justify"><a href="#n17" name="17">17</a>. Ministerio de Justicia (1993).</p>     <p align="justify"><a href="#n18" name="18">18</a>. Ver PNUFID (1992).</p>     <p align="justify"><a href="#n19" name="19">19</a>. Se habla sin sentido de exportar frutas ex&oacute;ticas. Los optimistas olvidan que las frutas son ex&oacute;ticas mientras su oferta es escasa. Una vez se ampl&iacute;a la oferta, dejan de ser ex&oacute;ticas y no encuentran demanda.</p>     <p align="justify"><a href="#n20" name="20">20</a>. Guzm&aacute;n et al. (1988).</p>     <p align="justify"><a href="#n21" name="21">21</a>. Echand&iacute;a (1992).</p>     <p align="justify"><a href="#n22" name="22">22</a>. Aqu&iacute; vale la pena se&ntilde;alar que la presencia guerrillera obedece a una planificada estrategia b&eacute;lica, no a las caracter&iacute;sticas sociales, econ&oacute;micas o culturales de los sitios elegidos para ampliar la guerra.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n23" name="23">23</a>. Sarmiento y Becerra (1997).</p>     <p align="justify"><a href="#n24" name="24">24</a>. Montenegro, Posada y Piraquive (2000).</p>     <p align="justify"><a href="#n25" name="25">25</a>. Deas y Gait&aacute;n (1995).</p>     <p align="justify"><a href="#n26" name="26">26</a>. Rubio (1999).</p>     <p align="justify"><a href="#n27" name="27">27</a>. Polic&iacute;a Nacional (1958 – 1999).</p>     <p align="justify"><a href="#n28" name="28">28</a>. Ver los documentos sobre la pol&iacute;tica de criminalidad de la Subsecretar&iacute;a de Gobierno para la Seguridad y la Convivencia del Distrito Capital.</p>     <p align="justify"><a href="#n29" name="29">29</a>. Trujillo y Badel (1998).</p>     <p align="justify"><a href="#n30" name="30">30</a>. Su&aacute;rez (1997).</p>     <p align="justify"><a href="#n31" name="31">31</a>. Guzm&aacute;n et.al. (1988).</p> <hr>     <p align="justify"><b>REFERENCIAS BIBLIOGR&Aacute;FICAS</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify">1. Becker, Gary. “Crimen y castigo: un enfoque econ&oacute;mico”, <i>Journal of Political Economy</i>, marzo-abril, 1968.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S0124-5996200100020000400001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">2. Beltr&aacute;n, Isaac; Fern&aacute;ndez, Ana Mar&iacute;a y Gait&aacute;n Daza, Fernando. <i>Pol&iacute;tica de Seguridad en Bogot&aacute;</i>, mimeo, Bogot&aacute;, Secretaria de Hacienda del Distrito Capital, 2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000144&pid=S0124-5996200100020000400002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">3. Camacho, &Aacute;lvaro. “Public and private dimensions of urban violence” <i>Violence in Colombia</i>, S.R. Books, 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S0124-5996200100020000400003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">4. Camacho, &Aacute;lvaro y Guzm&aacute;n, &Aacute;lvaro. “Pol&iacute;tica y violencia en la coyuntura colombiana actual”, en <i>La Colombia hoy</i>, Bogot&aacute;, CIDSE y CEREC, 1986.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000146&pid=S0124-5996200100020000400004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">5. Camacho, &Aacute;lvaro y Guzm&aacute;n, &Aacute;lvaro. <i>Colombia: ciudad y violencia</i>, Bogot&aacute;, Ediciones Foro Nacional, 1990.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S0124-5996200100020000400005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">6. Comisi&oacute;n de Estudios sobre la Violencia. <i>Colombia: violencia y democracia</i> Bogot&aacute;, Universidad Nacional, 1988.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000148&pid=S0124-5996200100020000400006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">7. Cu&eacute;llar, Mar&iacute;a M. <i>Valores, Instituciones y Capital Social. Colombia un proyecto inconcluso</i>, Bogot&aacute;, Universidad Externado de Colombia, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S0124-5996200100020000400007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">8. Deas, Malcolm y Gait&aacute;n D., Fernando. “Canjes violentos, reflexiones sobre la violencia pol&iacute;tica en Colombia”, <i>Dos ensayos especulativos sobre la violencia en Colombia</i>, 1995.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000150&pid=S0124-5996200100020000400008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">9. Echand&iacute;a, Camilo. “Violencia y desarrollo en el municipio colombiano, 1990-1992”, <i>Revista DANE</i> 476, 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S0124-5996200100020000400009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">10. Echeverry, Juan C. y Partow, Zeinab. “Por qu&eacute; la justicia no responde al crimen”, <i>Corrupci&oacute;n, crimen y violencia</i>, Bogot&aacute;, Universidad de los Andes, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000152&pid=S0124-5996200100020000400010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">11. Fiorentini, Gianluca y Peltzaman, Sam. <i>The econ&oacute;mics of organised crime</i>, Cambridge, 1995.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S0124-5996200100020000400011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">12. Gait&aacute;n D., Fernando. “Una indagaci&oacute;n sobre las causas de la violencia”, <i>Dos ensayos especulativos sobre la violencia en Colombia</i>, FONADE, 1995.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000154&pid=S0124-5996200100020000400012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">13. Gaviria, Alejandro. “Increasing returns and the evolution of violent crime: The case of Colombia&rdquo;, <i>Journal of development economics</i>, febrero, 2000.</p>     <!-- ref --><p align="justify">14. Guzm&aacute;n, Germ&aacute;n et. al. <i>La violencia en Colombia, estudio de un proceso social</i>, Bogot&aacute;, C&iacute;rculo de Lectores, 1988.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000156&pid=S0124-5996200100020000400014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">15. Hartlyn, Jonathan. <i>La pol&iacute;tica del r&eacute;gimen de coalici&oacute;n</i>,  Bogot&aacute;, Tercer Mundo Editores, UNIANDES-CEI, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000157&pid=S0124-5996200100020000400015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">16. Henderson, James. <i>Cuando Colombia se desangr&oacute;: un estudio de la metr&oacute;poli y la provincia</i>, Bogot&aacute;, El &Aacute;ncora Editores, 1985.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000158&pid=S0124-5996200100020000400016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">17. Jaramillo, Carlos F. <i>Apertura, crisis y recuperaci&oacute;n</i>, Bogot&aacute;, FONADE, Tercer Mundo Editores, 1995.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000159&pid=S0124-5996200100020000400017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">18. Mackal, Karl. <i>Teor&iacute;as psicol&oacute;gicas de la agresi&oacute;n</i>, Madrid, Editorial Pir&aacute;mide, 1983.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000160&pid=S0124-5996200100020000400018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">19. Ministerio de Justicia. <i>Consulta internacional sobre el cultivo il&iacute;cito</i>, Bogot&aacute;, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000161&pid=S0124-5996200100020000400019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">20. Montenegro, Armando y Posada, Carlos Esteban. <i>Criminalidad en Colombia</i>, Bogot&aacute;, Banco de la Rep&uacute;blica, 1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000162&pid=S0124-5996200100020000400020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">21. Montenegro, Armando; Posada, Carlos Esteban y Piraquive, Gabriel. <i>Criminalidad, econom&iacute;a y justicia</i>, mimeo, 2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000163&pid=S0124-5996200100020000400021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">22. Oquist, Paul. <i>Violencia, conflicto y pol&iacute;tica en Colombia</i>, Bogot&aacute;, Biblioteca del Banco Popular, 1978.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000164&pid=S0124-5996200100020000400022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">23. PNUFID. <i>Programa de sustituci&oacute;n de cultivos il&iacute;citos en Tailandia</i>, Bogot&aacute;, 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000165&pid=S0124-5996200100020000400023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">24. Polic&iacute;a Nacional. <i>Revista de Criminalidad</i>, Bogot&aacute;, 1958-1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000166&pid=S0124-5996200100020000400024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">25. Rubio, Mauricio. <i>Crimen e impunidad</i>, Bogot&aacute;, Tercer Mundo Editores, Universidad de los Andes, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000167&pid=S0124-5996200100020000400025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">26. Russel, Ramsey. <i>Guerrilleros y Soldados</i>, Tercer Mundo Editores, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000168&pid=S0124-5996200100020000400026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">27. S&aacute;nchez, Gonzalo. <i>Ensayos de historia social y pol&iacute;tica del siglo XX</i>, Bogot&aacute;, El &Aacute;ncora Editores, 1985.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000169&pid=S0124-5996200100020000400027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">28. S&aacute;nchez, Gonzalo. <i>Guerra y pol&iacute;tica en la sociedad colombiana</i>, Bogot&aacute;, El &Aacute;ncora Editores, 1991a.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000170&pid=S0124-5996200100020000400028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">29. S&aacute;nchez, Gonzalo. “Los estudios de la violencia: balance y perspectivas”, <i>Pasado y presente de la violencia en Colombia</i>, Bogot&aacute;, CEREC, 1991b.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000171&pid=S0124-5996200100020000400029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">30. S&aacute;nchez, Gonzalo y Meeter, Donny. <i>Bandoleros, gamonales y campesinos</i>, Bogot&aacute;, El &Aacute;ncora editores, 1983.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000172&pid=S0124-5996200100020000400030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">31. Sarmiento, Alfredo y Becerra, Lida. <i>La paz es rentable. Balance de los estudios</i>, Bogot&aacute;, Tercer Mundo Editores, FONADE, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000173&pid=S0124-5996200100020000400031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">32. Su&aacute;rez, Gloria In&eacute;s. “Muertes por causas violentas”, <i>Justicia, seguridad y convivencia ciudadana en Bogot&aacute;</i>, Bogot&aacute;, Consejer&iacute;a Territorial para Bogot&aacute;, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000174&pid=S0124-5996200100020000400032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">33. Trujillo, Edgar y Badel, Martha. “Costos econ&oacute;micos de la criminalidad y la violencia en Colombia 1991-1996”, <i>Archivos de Macroeconom&iacute;a</i> 46, DNP, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000175&pid=S0124-5996200100020000400033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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