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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>    <br>EL JUICIO POL&Iacute;TICO</b></p></font>     <p>    <br></p> <font face="Verdana" size="2">     <p align="center"><b>POLITICAL JUDGMENT</b></p>     <p>    <br>    <br></p>     <p><i>Isaiah Berlin</i>*</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> * Tomado de Isaiah Berlin, <i>The sense of reality</i>, Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 1996. Traducci&oacute;n de Alberto Supelano.</p> <hr>     <p align="justify">    <br>&iquest;Qu&eacute; es tener buen juicio en pol&iacute;tica? &iquest;Qu&eacute; es ser prudente o talentoso en pol&iacute;tica, ser un genio pol&iacute;tico, o al menos ser pol&iacute;ticamente competente, saber c&oacute;mo lograr que se hagan las cosas? Quiz&aacute; un modo de encontrar la respuesta sea examinar lo que decimos cuando censuramos o compadecemos a los hombres de estado porque carecen de esas cualidades. A veces lamentamos que est&eacute;n enceguecidos por el prejuicio o la pasi&oacute;n, pero &iquest;ante qu&eacute; est&aacute;n enceguecidos? Decimos que no entienden la &eacute;poca en que viven, que se oponen a algo llamado ‘la l&oacute;gica de los hechos&rsquo;, que ‘intentan hacer retroceder el reloj&rsquo;, que ‘la historia est&aacute; contra ellos&rsquo;, que son ignorantes o incapaces de aprender, o que son idealistas, visionarios poco pr&aacute;cticos, ut&oacute;picos, hipnotizados por el sue&ntilde;o de un pasado fabuloso o de un futuro irrealizable. Todas esas expresiones y met&aacute;foras suponen que hay algo que se puede conocer (algo de lo que el cr&iacute;tico tiene alguna noci&oacute;n) y que esas desdichadas personas no han logrado captar por alguna raz&oacute;n, bien sea el movimiento inexorable de un reloj c&oacute;smico que ning&uacute;n hombre puede alterar, bien sea una pauta de los acontecimientos en el tiempo o en el espacio, o en un medio m&aacute;s misterioso –‘el reino del Esp&iacute;ritu&rsquo; o ‘la realidad &uacute;ltima&rsquo;– que es necesario entender previamente para evitar la frustraci&oacute;n.</p>     <p align="justify">Pero, &iquest;en qu&eacute; consiste este conocimiento? &iquest;Es el conocimiento de una ciencia? &iquest;Existen realmente leyes que descubrir, reglas que aprender? &iquest;Se puede ense&ntilde;ar a los hombres de estado algo llamado ciencia pol&iacute;tica –la ciencia de las relaciones de los seres humanos entre s&iacute; y con su medio ambiente– integrada, igual que otras ciencias, por sistemas de hip&oacute;tesis verificadas organizadas en leyes, que permitan, mediante experimentos y observaciones adicionales, descubrir otros hechos y verificar nuevas hip&oacute;tesis?</p>     <p align="justify">&Eacute;sta era sin duda la noci&oacute;n –sobreentendida o expl&iacute;cita– de Hobbes y Spinoza, cada cual a su manera, y de sus seguidores; una noci&oacute;n que tom&oacute; cada vez m&aacute;s fuerza en los siglos XVIII y XIX, cuando las ciencias naturales adquirieron enorme prestigio y se intent&oacute; sostener que todo lo que no se pudiera reducir a una ciencia natural no se pod&iacute;a llamar conocimiento. Los deterministas cient&iacute;ficos m&aacute;s ambiciosos y extremistas –Holbach, Helvecio y La Mettrie– sol&iacute;an pensar que, dados un conocimiento suficiente de la naturaleza humana universal y de las leyes del comportamiento social y un conocimiento suficiente de la situaci&oacute;n de unos seres humanos dados en un momento dado, se pod&iacute;a calcular cient&iacute;ficamente c&oacute;mo se comportar&iacute;an en otras circunstancias esos seres humanos o grandes grupos ellos, sociedades o clases enteras. Se argumentaba, lo cual parec&iacute;a razonable en esa &eacute;poca, que as&iacute; como el conocimiento de la mec&aacute;nica era indispensable para los ingenieros, arquitectos o inventores, el conocimiento de la mec&aacute;nica social era indispensable para todo aquel, los hombres de estado por ejemplo, que quisiera lograr que grandes grupos humanos hicieran esto o aqu&eacute;llo. Pues sin ese conocimiento, &iquest;en qu&eacute; pod&iacute;an confiar, m&aacute;s que en impresiones fortuitas y casi olvidadas, reminiscencias sin verificar, conjeturas, simples reglas emp&iacute;ricas e hip&oacute;tesis no cient&iacute;ficas?    Sin duda, hay que servirse de ellas cuando no se dispone de un m&eacute;todo cient&iacute;fico adecuado, pero se debe entender que no son mejores que las conjeturas no organizadas acerca de la naturaleza de los pueblos primitivos o de los habitantes de Europa durante la Edad Oscura: instrumentos grotescamente inadecuados e inv&aacute;lidos por los primeros adelantos de la ciencia verdadera. Y en nuestra propia &eacute;poca, hay (en las instituciones de ense&ntilde;anza superior) quienes han pensado y a&uacute;n siguen pensando de esa manera.</p>     <p align="justify">A finales del siglo XVIII, pensadores menos ambiciosos, influidos por los fundadores de las ciencias de la vida, concibieron en cambio la ciencia de la sociedad como una especie de anatom&iacute;a social. Para ser buen m&eacute;dico es necesario, aunque no suficiente, conocer la teor&iacute;a anat&oacute;mica. Pues tambi&eacute;n debe saber c&oacute;mo aplicarla a casos espec&iacute;ficos, a pacientes determinados que padecen formas particulares de una enfermedad particular. Esto no se puede aprender totalmente en los libros ni de los profesores sino que requiere considerable experiencia personal y aptitud natural. No obstante, ni la experiencia ni las dotes naturales pueden sustituir por completo el conocimiento de una ciencia desarrollada como la patolog&iacute;a o la anatom&iacute;a. El mero conocimiento de la teor&iacute;a no basta para sanar a los enfermos, pero ignorarla es fatal. Por analog&iacute;a con la medicina, se pens&oacute; que defectos tales como el mal juicio pol&iacute;tico, la falta de realismo, el utopismo, los intentos de detener el progreso, etc&eacute;tera, proven&iacute;an de la ignorancia o de la oposici&oacute;n a las leyes del desarrollo social: las leyes de la biolog&iacute;a social (que concibe a la sociedad como un organismo y no como un mecanismo) o de la ciencia de la pol&iacute;tica correspondiente.</p>     <p align="justify">Los fil&oacute;sofos con inclinaciones cient&iacute;ficas del siglo XVIII cre&iacute;an apasionadamente en dichas leyes; y trataban de explicar totalmente el comportamiento humano en t&eacute;rminos de los efectos identificables de la educaci&oacute;n, del ambiente natural, y de los resultados calculables del juego de los deseos y las pasiones. Sin embargo, este enfoque explicaba una parte tan peque&ntilde;a del comportamiento real de los seres humanos en una &eacute;poca en que parec&iacute;a m&aacute;s necesaria esa explicaci&oacute;n - durante y despu&eacute;s del terror jacobino– y fracas&oacute; tan patentemente en predecir o analizar fen&oacute;menos tan importantes como la expansi&oacute;n y la violencia del nacionalismo, la singularidad de las diferentes culturas y los conflictos entre ellas, y los acontecimientos que condujeron a las guerras y las revoluciones, y demostr&oacute; tan poca comprensi&oacute;n de lo que en forma general se puede llamar vida espiritual o emocional (bien sea de individuos o de pueblos enteros) y de la acci&oacute;n impredecible de los factores irracionales, que fue inevitable que entraran nuevas hip&oacute;tesis en la disputa, cada una de ellas con la pretensi&oacute;n de derribar a las dem&aacute;s y de ser la &uacute;ltima y definitiva palabra sobre el tema.</p>     <p align="justify">Los predicadores mesi&aacute;nicos –profetas– como Saint-Simon, Fourier, Comte; los pensadores dogm&aacute;ticos, como Hegel, Marx, Spengler; los pensadores teol&oacute;gicos con inclinaci&oacute;n hist&oacute;rica, desde Bossuet hasta Toynbee; los divulgadores de Darwin; los adaptadores de &eacute;sta o aquella escuela dominante de sociolog&iacute;a o psicolog&iacute;a, todos ellos han intentado ocupar el vac&iacute;o ocasionado por el fracaso de los fil&oacute;sofos del siglo XVIII para construir una ciencia adecuada y fruct&iacute;fera de la sociedad. Cada uno de esos nuevos ap&oacute;stoles del siglo XIX pretendi&oacute; ser el poseedor exclusivo de la verdad. Todos comparten la creencia en que hay un gran modelo universal y un m&eacute;todo &uacute;nico para desentra&ntilde;arlo, cuyo conocimiento habr&iacute;a evitado muchos errores a los hombres de estado y muchas tragedias espantosas a la humanidad.</p>     <p align="justify">No se negaba que hombres de estado como Colbert, Richelieu, Washington, Pitt o Bismarck hubieran tenido buen desempe&ntilde;o sin este conocimiento, as&iacute; como es obvio que se construyeron puentes antes de descubrir los principios de la mec&aacute;nica y que algunos individuos que parec&iacute;an ignorar la anatom&iacute;a curaron enfermedades. Se admit&iacute;a que se pod&iacute;a lograr y se hab&iacute;a logrado mucho merced a las conjeturas inspiradas de individuos geniales y a sus capacidades instintivas; pero se argumentaba, particularmente a finales del siglo XIX, que no era necesario recurrir a una fuente de claridad tan precaria. A juicio de algunos soci&oacute;logos optimistas, los principios con que actuaron esos grandes hombres –quiz&aacute; sin saberlo– se pod&iacute;an desentra&ntilde;ar y reducir a una ciencia exacta, as&iacute; como se establecieron los principios de la biolog&iacute;a o de la mec&aacute;nica.</p>     <p align="justify">De acuerdo con esa visi&oacute;n, el juicio pol&iacute;tico no deb&iacute;a seguir siendo una cuesti&oacute;n de instinto y sagacidad, de iluminaciones y destellos de genio s&uacute;bitos e imposibles de analizar; a partir de entonces se deb&iacute;a fundamentar en un conocimiento irrebatible. Pod&iacute;an diferir las opiniones acerca de si ese nuevo conocimiento era emp&iacute;rico o <i>a priori</i>, acerca de si su autoridad proven&iacute;a de los m&eacute;todos de la ciencia natural o de la metaf&iacute;sica; pero, fuera como fuere, constitu&iacute;a lo que Herbert Spencer llam&oacute; ciencias de la est&aacute;tica y la din&aacute;mica sociales. Quienes lo aplicaban eran ingenieros sociales; el misterioso arte del gobierno hab&iacute;a dejado de ser misterioso: se pod&iacute;a ense&ntilde;ar, aprender, aplicar; era una cuesti&oacute;n de competencia y especializaci&oacute;n profesionales.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Esa tesis habr&iacute;a sido m&aacute;s aceptable si las leyes reci&eacute;n descubiertas no hubieran sido, como regla general, viejas perogrulladas –por ejemplo, que despu&eacute;s de casi todas las revoluciones hay una reacci&oacute;n (lo que equivale a la tautolog&iacute;a de que todos los movimientos llegan a su fin en alg&uacute;n momento y despu&eacute;s viene otra cosa, a menudo en direcci&oacute;n contraria) y si dichas leyes no hubieran sido continuamente impugnadas, y violentamente impugnadas, por los acontecimientos, dejando en ruinas a los sistemas te&oacute;ricos. Quiz&aacute; nadie hizo tanto por minar la confianza en una ciencia confiable de las relaciones humanas que los grandes tiranos de nuestra &eacute;poca: Lenin, Stalin, Hitler. Si la creencia en las leyes de la historia y del ‘socialismo cient&iacute;fico&rsquo; sirvi&oacute; realmente de ayuda a Lenin o a Stalin, no los ayud&oacute; tanto como forma de conocimiento sino del mismo modo en que una fe fan&aacute;tica en cualquier dogma puede ser de ayuda a algunos hombres resueltos: justificando actos crueles y eliminando las dudas y los escr&uacute;pulos.</p>     <p align="justify">Stalin y Hitler pr&aacute;cticamente no dejaron piedra sobre piedra del otrora espl&eacute;ndido edificio de las leyes inexorables de la historia. Hitler, despu&eacute;s de todo, casi alcanz&oacute; su objetivo declarado de suprimir los resultados de la revoluci&oacute;n francesa. La revoluci&oacute;n rusa desvi&oacute; violentamente a toda la sociedad occidental de lo que, hasta ese momento, parec&iacute;a a casi todos los observadores una marcha totalmente ordenada, y la retorci&oacute; en un movimiento irregular seguido de un dram&aacute;tico colapso que no presagiaron los marxistas ni otros profetas ‘cient&iacute;ficos&rsquo;. Es muy f&aacute;cil ordenar el pasado en forma sim&eacute;trica, y el famoso epigrama c&iacute;nico de Voltaire de que la historia consiste en hacer triqui&ntilde;uelas a los muertos no es tan superficial como parece<a href="#1" name="n1"><sup>1</sup></a>. No obstante, una ciencia verdadera debe ser capaz no s&oacute;lo de reordenar el pasado sino de predecir el futuro. Clasificar los hechos, ordenarlos en esquemas claros, no es ciencia.</p>     <p align="justify">Cuentan que el gran terremoto que destruy&oacute; a Lisboa a mediados del siglo XVIII debilit&oacute; la fe de Voltaire en el inevitable progreso humano. As&iacute; mismo, los grandes y destructivos cataclismos pol&iacute;ticos de nuestra &eacute;poca han infundido dudas terribles acerca de la factibilidad de una ciencia viable del comportamiento humano que gu&iacute;e a los hombres de acci&oacute;n, bien sean industriales, funcionarios de la beneficencia social u hombres de estado. Era evidente que el tema se deb&iacute;a volver a examinar: el supuesto de que la construcci&oacute;n de una ciencia exacta del comportamiento social s&oacute;lo era cuesti&oacute;n de tiempo e ingenio no era ya tan evidente. &iquest;Qu&eacute; m&eacute;todo deb&iacute;a adoptar esa ciencia? Sin duda, no el deductivo, no exist&iacute;an axiomas aceptados a partir de los cuales deducir todo el comportamiento humano por medio de reglas l&oacute;gicas aceptadas. Ni siquiera el m&aacute;s dogm&aacute;tico de los te&oacute;logos pretender&iacute;a tanto. &iquest;El inductivo, entonces? &iquest;Leyes fundadas en el examen de un vasto conjunto de datos emp&iacute;ricos? &iquest;O m&eacute;todos hipot&eacute;tico deductivos nada f&aacute;ciles de aplicar a las complejidades de los asuntos humanos?</p>     <p align="justify">En teor&iacute;a, sin duda, deb&iacute;a ser posible descubrir tales leyes, pero en la pr&aacute;ctica parec&iacute;a menos prometedor. Si soy un estadista que enfrenta una angustiosa elecci&oacute;n de posibles cursos de acci&oacute;n en una situaci&oacute;n cr&iacute;tica, &iquest;me es realmente &uacute;til –aun si puedo darme el lujo de aguardar tanto tiempo la respuesta– emplear un equipo de especialistas en ciencia pol&iacute;tica para que me recopilen, a partir de la historia pasada, todos los casos an&aacute;logos a mi situaci&oacute;n, para que yo o ellos podamos luego abstraer lo que tienen en com&uacute;n e inferir de este ejercicio las leyes pertinentes del comportamiento humano? Debido a que la experiencia humana es tan diversa, no abundar&iacute;an los ejemplos para tal inducci&oacute;n o para construir hip&oacute;tesis pensadas para sistematizar el conocimiento hist&oacute;rico; adem&aacute;s, la supresi&oacute;n de lo que es &uacute;nico en cada uno de estos ejemplos, para mantener tan s&oacute;lo lo que tienen en com&uacute;n, producir&iacute;a un residuo generalizado muy endeble y muy poco espec&iacute;fico para ser de gran ayuda en un dilema pr&aacute;ctico.</p>     <p align="justify">Es obvio que lo que importa es entender la situaci&oacute;n en su plena singularidad; los individuos, el acontecimiento y los peligros particulares, las esperanzas y temores concretos que intervienen activamente en un lugar determinado y en un momento determinado: en Par&iacute;s en 1791, en Petrogrado en 1917, en Budapest en 1956, en Praga en 1968 o en Mosc&uacute; en 1991. No tenemos por qu&eacute; prestar atenci&oacute;n sistem&aacute;tica a cuanto tengan en com&uacute;n con otros acontecimientos y otras situaciones, que se pueden parecer en algunos aspectos pero que pueden carecer de lo que constituye la aut&eacute;ntica diferencia en un momento particular y en un lugar particular. Si conduzco un autom&oacute;vil a una velocidad desenfrenada y llego a un puente de aspecto endeble y debo decidir si puede soportar el peso, es indudable que me ser&iacute;a &uacute;til alg&uacute;n conocimiento de los principios de la ingenier&iacute;a. Pero aun as&iacute; no tendr&eacute; tiempo para detenerme a inspeccionar y calcular. Para que me sea &uacute;til en una crisis, el conocimiento debe haber dado lugar a una capacidad semi-instintiva, como la de leer sin estar consciente al mismo tiempo de las reglas del lenguaje.</p>     <p align="justify">A pesar de ello, en ingenier&iacute;a se pueden formular algunas leyes, aunque no es necesario tenerlas presentes continuamente. En el &aacute;mbito de la acci&oacute;n pol&iacute;tica, las leyes son m&aacute;s remotas y escasas: las habilidades lo son todo. Lo que hace que los gobernantes tengan &eacute;xito, igual que los conductores de autom&oacute;viles, es que no piensan en t&eacute;rminos generales, es decir, no se preguntan primero en qu&eacute; se parece o en qu&eacute; difiere una situaci&oacute;n dada a otras en el largo curso de la historia humana (que es lo que les gusta hacer a los soci&oacute;logos hist&oacute;ricos o a los te&oacute;logos vestidos de historiadores, como Vico o Toynbee). Su m&eacute;rito es que captan la combinaci&oacute;n &uacute;nica de caracter&iacute;sticas que constituyen esa situaci&oacute;n particular; &eacute;sa y no otra. Lo que se dice que pueden hacer es entender el car&aacute;cter de un movimiento determinado, de un individuo determinado, de un estado &uacute;nico de cosas, de una atm&oacute;sfera &uacute;nica, de una combinaci&oacute;n singular de factores econ&oacute;micos, pol&iacute;ticos, personales; y no estamos dispuestos a suponer que esta capacidad puede ser ense&ntilde;ada literalmente.</p>     <p align="justify">Hablamos, por decirlo as&iacute;, de una sensibilidad excepcional a ciertas clases de hechos; recurrimos a met&aacute;foras. Hablamos de algunas personas como si tuvieran antenas que les comunican los contornos y las texturas espec&iacute;ficas de una situaci&oacute;n pol&iacute;tica o social particular. Hablamos de tener buen ojo, olfato u o&iacute;do pol&iacute;ticos; de un sentido pol&iacute;tico que el amor, la ambici&oacute;n o el odio hacen entrar en juego; de un sentido que la crisis y el peligro agudizan (o embotan), para el que es esencial la experiencia; de un don particular, quiz&aacute; no del todo distinto del de los artistas o escritores creativos. No aludimos a nada oculto o metaf&iacute;sico, no aludimos a un ojo m&aacute;gico que puede penetrar en algo que las mentes ordinarias no pueden captar; nos referimos a algo perfectamente corriente, emp&iacute;rico y casi est&eacute;tico en el modo de funcionar.</p>     <p align="justify">El don al que nos referimos implica, sobre todo, capacidad para integrar una enorme amalgama de datos en perpetuo cambio, abigarrados, evanescentes, siempre superpuestos, demasiado profusos, demasiado fugaces, demasiado entremezclados para atraparlos, clavarlos con un alfiler y etiquetarlos como si fueran mariposas. Integrar, en este sentido, es ver los datos (los que se captan mediante el conocimiento cient&iacute;fico as&iacute; como por percepci&oacute;n directa) como elementos de un esquema singular, junto con sus implicaciones, verlos como s&iacute;ntomas de posibilidades pasadas y futuras, verlos pragm&aacute;ticamente, es decir, en t&eacute;rminos de lo que uno o los dem&aacute;s pueden hacer o har&aacute;n con ellos, y de lo que pueden hacer o har&aacute;n a otros o a uno mismo. Para captar una situaci&oacute;n en ese sentido, es necesario <i>ver</i>, tener una especie de contacto directo, casi sensorial, con los datos pertinentes, y no simplemente reconocer sus caracter&iacute;sticas generales, clasificarlos o razonar sobre ellos, o analizarlos, o sacar conclusiones y formular teor&iacute;as acerca de ellos.</p>     <p align="justify">Me parece que lograr hacer esto bien es un don af&iacute;n al de algunos novelistas, que hace que algunos escritores como Tolstoi o Proust trasmitan una sensaci&oacute;n de conocimiento directo de la textura de la vida; no la mera sensaci&oacute;n del flujo ca&oacute;tico de la experiencia, sino una distinci&oacute;n muy desarrollada entre lo que importa y lo dem&aacute;s, bien sea desde el punto de vista del escritor o desde el de los personajes que describe. Por encima de todo, es un agudo sentido de qu&eacute; es compatible con qu&eacute;, de qu&eacute; proviene de qu&eacute;, de qu&eacute; conduce a qu&eacute;; de la forma en que las cosas parecen variar para observadores diferentes, del efecto de esa experiencia sobre ellos; del posible resultado en una situaci&oacute;n concreta de la interacci&oacute;n entre seres humanos y fuerzas impersonales: geogr&aacute;ficas, biol&oacute;gicas, psicol&oacute;gicas o las que sean. Es un sentido de lo cualitativo m&aacute;s que de lo cuantitativo, de lo espec&iacute;fico m&aacute;s que de lo general; es una especie de conocimiento directo, distinto de la capacidad para describir, calcular o inferir; es lo que se denomina sabidur&iacute;a natural, comprensi&oacute;n imaginativa, discernimiento, capacidad de percepci&oacute;n y, m&aacute;s enga&ntilde;osamente, intuici&oacute;n (que sugiere peligrosamente una facultad casi m&aacute;gica), en oposici&oacute;n a virtudes tan diferentes –por admirables que sean– como las del conocimiento o el saber te&oacute;rico, la erudici&oacute;n, la capacidad de razonamiento y generalizaci&oacute;n, el genio intelectual.</p>     <p align="justify">La cualidad que intento describir es esa comprensi&oacute;n especial de la vida p&uacute;blica (o, a este respecto, de la privada) que tienen los hombres de Estado exitosos, bien sean perversos o virtuosos, la que ten&iacute;an en com&uacute;n Bismarck (destacado ejemplo, en el &uacute;ltimo siglo, de un pol&iacute;tico dotado de un notable juicio pol&iacute;tico) o Talleyrand o Franklin Roosevelt u otros hombres como Cavour o Disraeli, Gladstone o Atat&uuml;rk con los grandes novelistas psicol&oacute;gicos; algo de lo que ostensiblemente carecen hombres de genio m&aacute;s te&oacute;rico, como Newton o Einstein o Russell y aun Freud. Lenin tambi&eacute;n carec&iacute;a de ella, a pesar del pesado fardo de teor&iacute;a que carg&oacute; sobre sus hombros.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&iquest;C&oacute;mo podemos llamar a esta clase de capacidad? Sabidur&iacute;a pr&aacute;ctica, raz&oacute;n pr&aacute;ctica, tal vez sentido de lo que ‘funciona&rsquo; y de lo que no funciona. Es, en primer lugar, una capacidad de s&iacute;ntesis antes que de an&aacute;lisis; de conocimiento, en el sentido en que los domadores conocen a sus animales, los padres a sus hijos o los directores a sus orquestas, diferente de la de los qu&iacute;micos que conocen las sustancias de sus tubos de ensayo o los matem&aacute;ticos las reglas que obedecen sus s&iacute;mbolos. A quienes carecen de ella, sean cuales sean las dem&aacute;s cualidades que posean, sin importar cu&aacute;n inteligentes, ilustrados, imaginativos, bondadosos, nobles, atractivos, dotados de la forma que sea, los consideramos, correctamente, pol&iacute;ticamente ineptos, en el sentido en que Jos&eacute; II de Austria era inepto (aunque fue un hombre moralmente mejor que sus contempor&aacute;neos Federico el Grande y Catalina II de Rusia, que tuvieron mucho m&aacute;s &eacute;xito para alcanzar sus fines, y con una disposici&oacute;n m&aacute;s ben&eacute;vola hacia la humanidad) o en el que los puritanos o Jacobo II o Robespierre (y, por qu&eacute; no, Hitler o aun Lenin al final) demostraron ser ineptos para alcanzar al menos sus fines positivos.</p>     <p align="justify">&iquest;Qu&eacute; es lo que sab&iacute;an el emperador Augusto o Bismarck, y no sab&iacute;an el emperador Claudio o Jos&eacute; II? Es muy probable que el emperador Jos&eacute; fuera m&aacute;s sobresaliente en lo intelectual y mucho m&aacute;s culto que Bismarck, y Claudio seguramente conoci&oacute; m&aacute;s hechos que Augusto. Pero Bismarck (o Augusto) pod&iacute;a integrar o sintetizar los jirones y fragmentos fugaces, separados, infinitamente diversos, que constituyen la vida en todo nivel, as&iacute; como todo ser humano debe integrarlos (si quiere sobrevivir), en alguna medida, sin detenerse a analizar c&oacute;mo hace lo que hace y si existe una justificaci&oacute;n te&oacute;rica para su actividad. Todo mundo debe hacerlo, pero Bismarck lo hac&iacute;a en un campo mucho m&aacute;s vasto, ante un horizonte m&aacute;s amplio de cursos de acci&oacute;n posibles, con mayor poder; en un grado que se califica correctamente de genial. Adem&aacute;s, los trozos y piezas que se han de integrar –es decir, ver que se ajustan a otros trozos y piezas, y que no son compatibles con algunos otros, tal como encajan y no encajan en la realidad–, esos ingredientes b&aacute;sicos de la vida son en cierto sentido demasiado familiares, nos relacionamos demasiado con ellos, estamos demasiado cerca de ellos, forman la textura de los niveles semiconsciente e inconsciente de nuestra vida, y por esa raz&oacute;n tienden a resistirse a una clasificaci&oacute;n ordenada.</p>     <p align="justify">Cuanto pueda ser aislado, observado, inspeccionado, debe serlo, por supuesto. No debemos ser oscurantistas. No quiero decir ni insinuar, como han hecho algunos pensadores rom&aacute;nticos, que algo se pierde en el acto mismo de investigar, analizar y sacar a luz, que hay una virtud en la oscuridad como tal. Que las cosas m&aacute;s importantes son demasiado profundas para expresarlas con palabras y que se deben dejar intactas, que hay algo de blasfemia en enunciarlas<a href="#2" name="n2"><sup>2</sup></a>. Creo que esta doctrina es falsa y en conjunto perjudicial. Cuanto pueda ser aclarado, articulado, incorporado a una ciencia adecuada, debe serlo, por supuesto. ‘Asesinamos para diseccionar&rsquo;, escribi&oacute; Wordsworth<a href="#3" name="n3"><sup>3</sup></a>. A veces; otras veces la disecci&oacute;n revela verdades. Hay vastas regiones de la realidad que s&oacute;lo los m&eacute;todos cient&iacute;ficos, las hip&oacute;tesis, las verdades establecidas pueden revelar, dar raz&oacute;n de ellas, explicar y, desde luego, controlar. Se debe acoger lo que la ciencia puede lograr. En los estudios hist&oacute;ricos, en la erudici&oacute;n cl&aacute;sica, en arqueolog&iacute;a, ling&uuml;&iacute;stica, demograf&iacute;a, en el estudio del comportamiento colectivo, en muchos otros campos de la vida y los esfuerzos humanos, los m&eacute;todos cient&iacute;ficos pueden proporcionar informaci&oacute;n indispensable.</p>     <p align="justify">No coincido con quienes sostienen que la ciencia natural, y la tecnolog&iacute;a basada en ella, distorsiona de alg&uacute;n modo nuestra visi&oacute;n y nos impide un contacto directo con la realidad –el ‘ser&rsquo;– que los griegos presocr&aacute;ticos o los europeos medievales miraban cara a cara. Eso me parece una absurda ilusi&oacute;n nost&aacute;lgica. S&oacute;lo argumento que en la pr&aacute;ctica no todo puede ser captado por las ciencias; y de hecho, es mucho lo que no pueden captar. Pues, como Tolstoi nos ense&ntilde;&oacute; hace mucho tiempo, las part&iacute;culas son demasiado diminutas, demasiado heterog&eacute;neas, se suceden con demasiada rapidez, existen en combinaciones demasiado complejas, demasiado u&ntilde;a y carne de lo que somos y de lo que hacemos, para que podamos someterlas al grado de abstracci&oacute;n requerido, ese m&iacute;nimo de generalizaci&oacute;n y formalizaci&oacute;n –idealizaci&oacute;n– que toda ciencia debe exigir. Despu&eacute;s de todo, Federico de Prusia y Catalina la Grande fundaron academias cient&iacute;ficas (que aun son famosas e importantes) con ayuda de cient&iacute;ficos franceses y suizos, pero no buscaron aprender de ellos c&oacute;mo gobernar. Y aunque el padre de la sociolog&iacute;a, el eminente Auguste Comte, conoc&iacute;a muchos m&aacute;s hechos y leyes que cualquier pol&iacute;tico, sus teor&iacute;as hoy no son m&aacute;s que un triste, inmenso y extra&ntilde;o f&oacute;sil en la corriente del conocimiento, una especie de curiosidad de museo, mientras que las dotes pol&iacute;ticas de Bismarck –si se me permite volver a este hombre nada admirable, porque quiz&aacute; sea el hombre de Estado m&aacute;s eficaz de todo el siglo XIX– a&uacute;n son, por desgracia, demasiado familiares entre nosotros. No hay ninguna ciencia natural de la pol&iacute;tica, como tampoco una ciencia natural de la &eacute;tica. La ciencia natural no puede responder todas las preguntas.</p>     <p align="justify">Lo &uacute;nico que me interesa negar, o cuando menos poner en duda, es la verdad del aforismo de Freud: que si bien la ciencia no puede explicar todo, ninguna otra cosa puede hacerlo. Bismarck entend&iacute;a algo que Darwin o James Clerk Maxwell no necesitaban entender, algo acerca del ambiente p&uacute;blico en el que actu&oacute;, y lo entend&iacute;a como los escultores entienden la piedra o la arcilla; entendi&oacute;, en este caso particular, las reacciones posibles de los grupos pertinentes de alemanes o franceses, italianos o rusos, y las entendi&oacute;, hasta donde sabemos, sin ninguna inferencia consciente o consideraci&oacute;n cuidadosa de las leyes de la historia ni de ninguna otra clase, y sin recurrir a ninguna otra clave o panacea particular; ni a las que recomendaron de Maistre o Hegel o Nietzsche o Bergson o algunos de sus sucesores irracionalistas, ni a las de sus enemigos, los amigos de la ciencia. Tuvo &eacute;xito porque ten&iacute;a el don particular de usar su experiencia y la observaci&oacute;n para adivinar con fortuna c&oacute;mo resultar&iacute;an las cosas.</p>     <p align="justify">Los cient&iacute;ficos, al menos en cuanto cient&iacute;ficos, no necesitan ese talento. En realidad, su formaci&oacute;n los suele volver particularmente ineptos a este respecto. Quienes fueron educados cient&iacute;ficamente suelen mantener visiones pol&iacute;ticas ut&oacute;picas debido justamente a que creen que los m&eacute;todos o modelos que funcionan bien en sus &aacute;mbitos particulares son aplicables a todas las esferas de la acci&oacute;n humana; y si no este m&eacute;todo o este modelo particular, otro m&eacute;todo o modelo de &iacute;ndole m&aacute;s o menos similar. Si los cient&iacute;ficos naturales son a veces ingenuos en pol&iacute;tica, eso puede obedecer a la influencia de una identificaci&oacute;n sobreentendida, aunque err&oacute;nea, entre lo que funciona en las disciplinas formales y deductivas, o en los laboratorios, y lo que funciona en la organizaci&oacute;n de la vida humana.</p>     <p align="justify">Repito: negar que los laboratorios o los modelos cient&iacute;ficos ofrecen algo –a veces mucho– de valor para la organizaci&oacute;n social o la acci&oacute;n pol&iacute;tica es puro oscurantismo, pero afirmar que tienen m&aacute;s que ense&ntilde;arnos que cualquier otro tipo de experiencia es una forma igualmente ciega de fanatismo doctrinario que a veces ha llevado a la tortura de inocentes por monoman&iacute;acos seudocient&iacute;ficos en busca del milenio. Cuando decimos que los hombres de 1789 en Francia o de 1917 en Rusia eran demasiado doctrinarios, que confiaban demasiado en teor&iacute;as –bien fuera en teor&iacute;as del siglo XVIII, como las de Rousseau, o en teor&iacute;as del siglo XIX, como las del Marx– no queremos decir que aunque dichas teor&iacute;as eran defectuosas, ser&iacute;a posible en principio descubrir otras mejores, y que esas mejores teor&iacute;as lograr&iacute;an al fin que los hombres fueran felices, libres y sabios, de suerte que ya no necesitar&iacute;an depender tan desesperadamente de las improvisaciones de dirigentes dotados, dirigentes que son tan escasos y alejados en el tiempo, y tan propensos a la megaloman&iacute;a y a cometer errores terribles.</p>     <p align="justify">Queremos decir lo contrario: que las teor&iacute;as, en este sentido, no son como tales apropiadas en dichas situaciones. Ser&iacute;a como si busc&aacute;ramos una ciencia de la degustaci&oacute;n del t&eacute; o una ciencia de la arquitectura. Los factores que se deben evaluar son en estos casos demasiados, y todo depende de la habilidad para integrarlos, en el sentido que he descrito, cualquiera que sea nuestro credo o nuestra finalidad, seamos utilitaristas o liberales, comunistas o te&oacute;cratas m&iacute;sticos, o individuos extraviados en un oscuro bosque heideggeriano. Las ciencias, las teor&iacute;as, son sin duda a veces &uacute;tiles, pero no pueden ni siquiera sustituir en parte el don de la percepci&oacute;n, la capacidad para captar la configuraci&oacute;n total de una situaci&oacute;n humana, la interdependencia de las cosas; talento al que, cuanto m&aacute;s sutil e incre&iacute;blemente agudo es, parece ajeno el poder de abstracci&oacute;n y an&aacute;lisis, si no abiertamente hostil.</p>     <p align="justify">Un observador educado cient&iacute;ficamente siempre puede, por supuesto, analizar un abuso social determinado o sugerir un remedio espec&iacute;fico, pero poco puede hacer, en cuanto cient&iacute;fico, para predecir los efectos generales de la aplicaci&oacute;n de un remedio determinado o de la eliminaci&oacute;n de una fuente dada de miseria o injusticia sobre otras partes –en especial sobre las m&aacute;s alejadas– de nuestro sistema social. Empezamos tratando de modificar lo que podemos ver, pero las vibraciones que desencadena nuestra acci&oacute;n a veces llegan hasta lo m&aacute;s profundo de nuestra sociedad, perturban estratos a los que no prestamos ninguna atenci&oacute;n consciente y sobreviene toda clase de resultados indeseados. El ingrediente indispensable del buen juicio pol&iacute;tico es el conocimiento semiinstintivo de esas profundidades, el conocimiento de las intrincadas conexiones entre la capa superficial y los estratos m&aacute;s profundos de la vida social e individual (en las cuales Burke fue quiz&aacute; el primero en insistir, as&iacute; fuese para sus propios fines tradicionalistas).</p>     <p align="justify">Nos atemorizan con raz&oacute;n esos reformadores temerarios demasiado obsesionados con su visi&oacute;n para prestar atenci&oacute;n al medio en el que act&uacute;an, y que ignoran los imponderables: Juan de Leiden, los puritanos, Robespierre, Lenin, Hitler, Stalin. Pues en sentido literal no saben lo que hacen (y tampoco les importa). Y estamos dispuestos con raz&oacute;n a confiar m&aacute;s en los empiristas igualmente audaces, Enrique IV de Francia, Pedro el Grande, Federico de Prusia, Napole&oacute;n, Cavour, Lincoln, Lloyd George, Masaryk, Fanklin Roosevelt (as&iacute; no estemos de su lado), porque vemos que entienden su materia. &iquest;No es esto lo que se llama genio pol&iacute;tico? &iquest;O genio en otros campos de la actividad humana? &Eacute;ste no es un contraste entre conservatismo y radicalismo, entre precauci&oacute;n y audacia, sino entre dos tipos de dones. As&iacute; como hay diferencias de talentos, tambi&eacute;n hay diferentes clases de locura. Dos de ellas est&aacute;n en contradicci&oacute;n directa y de manera curiosa y parad&oacute;jica.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">La paradoja es &eacute;sta: en el dominio que presiden las ciencias naturales, se reconoce que ciertas leyes y principios han sido establecidos por m&eacute;todos adecuados, es decir, por m&eacute;todos que los especialistas cient&iacute;ficos consideran dignos de confianza. A quienes niegan o se oponen a esas leyes o m&eacute;todos –como las personas que creen que la tierra es plana o que no creen en la gravitaci&oacute;n– se los considera con raz&oacute;n chiflados o lun&aacute;ticos. Pero en la vida ordinaria, y quiz&aacute;s en algunas de las humanidades –como la historia, la filosof&iacute;a o el derecho (que difieren de las ciencias as&iacute; sea tan s&oacute;lo porque no establecen, ni quieren establecer, generalizaciones cada vez m&aacute;s amplias acerca del mundo)– los utopistas son aquellos que tienen una fe excesiva en las leyes y m&eacute;todos provenientes de campos ajenos, sobre todo de las ciencias naturales, y los aplican con gran confianza y en forma un tanto mec&aacute;nica. Las artes de la vida –no menos que las de la pol&iacute;tica– as&iacute; como algunos estudios humanos, tienen sus propios m&eacute;todos y sus t&eacute;cnicas especiales, sus propios criterios de fracaso y de &eacute;xito. Aqu&iacute;, el utopismo, la falta de realismo, el mal juicio, no consisten en fracasar en la aplicaci&oacute;n de los m&eacute;todos de la ciencia natural sino, por el contrario, en aplicarlos con desmesura. Aqu&iacute;, el fracaso proviene de rechazar lo que funciona mejor en cada campo, de ignorarlo u opon&eacute;rsele bien sea en favor de un m&eacute;todo o principio sistem&aacute;tico que pretende tener validez universal –por ejemplo, los m&eacute;todos de la ciencia natural (como hizo Comte) o de la teolog&iacute;a hist&oacute;rica o del desarrollo social (como hizo Marx)– o por el deseo de desafiar todos los principios, todos los m&eacute;todos en cuanto tales, y de confiar simplemente en la buena estrella o en la inspiraci&oacute;n personal: es decir, pura irracionalidad.</p>     <p align="justify">Ser racional en cualquier esfera, mostrar buen juicio en ella, es aplicar aquellos m&eacute;todos que han probado funcionar mejor en ella. Lo que es racional en un cient&iacute;fico suele ser, por tanto, ut&oacute;pico en un historiador o en un pol&iacute;tico (es decir, que fracasa sistem&aacute;ticamente para obtener el resultado deseado) y viceversa. Esta perogrullada pragm&aacute;tica tiene consecuencias que no todo el mundo est&aacute; dispuesto a aceptar. &iquest;Los hombres de Estado deben ser cient&iacute;ficos? &iquest;Los cient&iacute;ficos deben ocupar cargos de autoridad, como quer&iacute;an Plat&oacute;n, Saint-Simon o H. G. Wells? As&iacute; mismo podr&iacute;amos preguntar, &iquest;los jardineros, los cocineros deben ser cient&iacute;ficos? La bot&aacute;nica ayuda a los jardineros, las leyes de la diet&eacute;tica pueden ayudar a los cocineros, pero la excesiva dependencia de estas ciencias los llevar&iacute;a a la perdici&oacute;n, y a sus clientes. La excelencia de los cocineros y de los jardineros a&uacute;n depende hoy ante todo de su talento art&iacute;stico e, igual que la de los pol&iacute;ticos, de su capacidad para improvisar. La mayor parte del recelo hacia los intelectuales en la pol&iacute;tica proviene de la creencia, no del todo falsa, de que a causa del deseo de ver la vida en forma simple y sim&eacute;trica, depositan demasiada fe en los resultados ben&eacute;ficos de aplicar directamente a la vida conclusiones extra&iacute;das mediante operaciones de alguna esfera te&oacute;rica. Y el corolario de esta confianza excesiva en la teor&iacute;a, corolario por desgracia muchas veces corroborado por la experiencia, es que si los hechos –es decir, el comportamiento de los seres humanos vivos– son recalcitrantes a ese experimento, el experimentador se irrita e intenta cambiar los hechos para que se ajusten a la teor&iacute;a, lo que en la pr&aacute;ctica equivale a una vivisecci&oacute;n de las sociedades para que se conviertan en aquello que la teor&iacute;a declar&oacute; se deber&iacute;an convertir como resultado del experimento. La teor&iacute;a se ‘salva&rsquo;, desde luego, pero con un costo demasiado alto en sufrimiento humano in&uacute;til; y puesto que en primer t&eacute;rmino se la aplic&oacute;, en apariencia al menos, para salvar a los hombres de las penurias que causar&iacute;an, seg&uacute;n se afirma, m&eacute;todos m&aacute;s azarosos, el resultado es contraproducente. Mientras no haya a la vista una ciencia de la pol&iacute;tica, los intentos de sustituir el juicio individual por una ciencia espuria no s&oacute;lo llevan al fracaso y a veces a grandes desastres sino que tambi&eacute;n desacreditan a las ciencias reales y minan la fe en la raz&oacute;n humana.</p>     <p align="justify">La defensa apasionada de ideales inalcanzables puede, aun si es ut&oacute;pica, derribar las barreras de la tradici&oacute;n ciega y transformar los valores de los seres humanos, pero la defensa de medios seudocient&iacute;ficos o de otros medios falsamente validados –m&eacute;todos como los que divulgan los folletines metaf&iacute;sicos y otras clases de propaganda espuria– s&oacute;lo puede causar da&ntilde;o. Circula la an&eacute;cdota, ignoro cu&aacute;n verdadera, de que un d&iacute;a se le pregunt&oacute; al Primer Ministro Lord Salisbury cu&aacute;l fue el principio que lo decidi&oacute; a entrar en la guerra, &eacute;l contest&oacute; que cuando deb&iacute;a decidir si llevaba o no paraguas, miraba al cielo. Quiz&aacute; esta respuesta sea exagerada. Si existiera una ciencia confiable del pron&oacute;stico del tiempo pol&iacute;tico, este proceder ser&iacute;a condenado, sin duda, por ser demasiado subjetivo. Pero, por las razones que he intentado exponer, esa ciencia, as&iacute; no sea imposible en principio, est&aacute; a&uacute;n demasiado lejana. Y actuar como si ya existiera o estuviera a la vuelta de la esquina es un impedimento espantoso e injustificado para todos los movimientos pol&iacute;ticos, sean cuales sean sus principios y sean cuales sean sus prop&oacute;sitos –desde el m&aacute;s reaccionario hasta el m&aacute;s violentamente revolucionario– y lleva a sufrimientos evitables.</p>     <p align="justify">Exigir o predicar precisi&oacute;n mec&aacute;nica, as&iacute; sea en principio, en un terreno donde es imposible, es ser ciego y extraviar a los dem&aacute;s. Siempre existe, adem&aacute;s, la parte que desempe&ntilde;a la pura suerte, la cual –cosa bastante misteriosa– parece favorecer con m&aacute;s frecuencia a los hombres de buen juicio que a los dem&aacute;s. Quiz&aacute; tambi&eacute;n valga la pena reflexionar acerca de esto.</p>     <p align="justify"><b>    <br>NOTAS AL PIE</b></p>     <p align="justify"><a href="#n1" name="1">1</a>. “El historiador es un charlat&aacute;n que hace triqui&ntilde;uelas a los muertos” (&ldquo;Un historien est un babillard qui fait des tracasseries aux morts&rdquo;), <i>The Complete Works of Voltaire</i>, vol. 82, University of Toronto Press, 1968, 452.</p>     <p align="justify"><a href="#n2" name="2">2</a>. Con este esp&iacute;ritu escribi&oacute; Keats: “&iquest;No escapa todo encanto/al simple roce de la fr&iacute;a filosof&iacute;a?.../La filosof&iacute;a recorta al &aacute;ngel sus alas, /conquista todo misterio con normas y l&iacute;neas...” <i>Lamia</i>, 1820, parte 2, l&iacute;nea 229.</p>     <p align="justify"><a href="#n3" name="3">3</a>. <i>The Tables Turned</i>, 1798.</p> </font>      ]]></body>
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