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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[POR UNA NUEVA ECONOMÍA. LAS FALACIAS DE LA TEORÍA ECONÓMICA]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>    <br>POR UNA NUEVA ECONOM&Iacute;A. LAS FALACIAS DE LA TEOR&Iacute;A ECON&Oacute;MICA</b></p></font>     <p>    <br></p> <font face="Verdana" size="2">     <p align="center"><b>FOR A NEW ECONOMY. THE LIES OF ECONOMIC THEORY BY PAUL ORMEROD</b></p>     <p>    <br></p>     <p align="center">de Paul Ormerod, Barcelona, Editorial Anagrama, 1995, 301 p&aacute;ginas.</p>     <p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>    <br></p>     <p><i>Alberto Castrill&oacute;n</i>*</p>     <p align="justify">* Profesor de la Facultad de Econom&iacute;a de la Universidad Externado de Colombia, calle 12 n.<sup>o</sup> 1-17 este, <a href="mailto:jracastrillon@yahoo.com">jracastrillon@yahoo.com</a>. Fecha de recepci&oacute;n: 15 de febrero de 2002; fecha de aceptaci&oacute;n: 25 de febrero de 2002. </p> <hr>     <p align="justify">    <br>A finales del a&ntilde;o pasado, Sergio Clavijo public&oacute; un peque&ntilde;o libro (2001) que defiende la disciplina econ&oacute;mica y la profesi&oacute;n de todos aquellos que se refieren a la teor&iacute;a econ&oacute;mica como ‘neoliberalismo&rsquo; y tildan a los economistas de ‘cient&iacute;ficos mediocres&rsquo;, ‘seres ansiosos de poder&rsquo;, ‘malos comunicadores&rsquo;, ‘p&eacute;simos negociadores&rsquo;, etc&eacute;tera. Le irrita en especial que alguien piense que los soci&oacute;logos, historiadores o polit&oacute;logos saben tanto del desarrollo socioecon&oacute;mico como los economistas.</p>     <p align="justify">Considera el autor, sin poner reparos a sus palabras, que todos los cr&iacute;ticos de la ciencia econ&oacute;mica provienen de ciencias sociales distintas a la econom&iacute;a. Las cr&iacute;ticas provendr&iacute;an de pol&iacute;ticos populistas “ignorantes” (p. 4), antrop&oacute;logos, sic&oacute;logos, soci&oacute;logos y cienciopolit&oacute;logos (sic). Tambi&eacute;n se enfada con los cient&iacute;ficos duros o los ingenieros que acusan a los economistas de no saber matem&aacute;ticas. Es un desatino decir que existen economistas que se dedican a “simples <i>divertimentos matem&aacute;ticos</i>, sin ninguna conexi&oacute;n con la realidad” (p. 1 &eacute;nfasis del autor). A su juicio, las cr&iacute;ticas de quienes no son economistas profesionales apenas se&ntilde;alan que los modelos matem&aacute;ticos y las “simulaciones macroeconom&eacute;tricas” de los verdaderos profesionales no incluyen al “ser humano”, a los “pobres”, a la “guerrilla”, a los “narcotraficantes” ni a los “talibanes” (p. 1).</p>     <p align="justify">Una consecuencia perversa de estos infundios nada profesionales es que la opini&oacute;n p&uacute;blica llegue a creer que las “necesidades sociales” se contraponen al “an&aacute;lisis econ&oacute;mico”, como si fueran excluyentes, y que los “no especialistas” identifiquen la “ortodoxia” –que no existe– (p. 10) con lo tradicional, la falta de innovaci&oacute;n e imaginaci&oacute;n, la ineficacia, la torpeza y el absurdo. Por todo ello, a los “no especialistas” los seduce la heterodoxia. En fin, los ignorantes se rinden al hechizo de las “admoniciones religiosas” de “profesionales no economistas” (p. 2). Los ‘economistas profesionales&rsquo;, en cambio, propagan la verdad, <i>ex c&aacute;tedra, y disipan las tinieblas del oscurantismo, urbi et orbi</i>.</p>     <p align="justify">El lector medianamente culto, economista o no economista, sabe que esas imprecaciones son al menos discutibles. Omiten lo m&aacute;s interesante de la controversia acerca de la solidez epistemol&oacute;gica de la econom&iacute;a est&aacute;ndar: las cr&iacute;ticas m&aacute;s severas provienen de los mismos economistas y no de ‘aficionados&rsquo; a las ciencias sociales. La mera presentaci&oacute;n sumaria de los trabajos acerca de este tema desbordar&iacute;a estas p&aacute;ginas, que se limitan a rese&ntilde;ar el libro de Paul Ormerod, cuyo t&iacute;tulo en ingl&eacute;s es menos caritativo que el de la traducci&oacute;n al castellano: <i>The Death of Economics</i>. Ormerod, economista y especialista en econometr&iacute;a, estudi&oacute; en las universidades de Oxford y Cambridge. Ha sido profesor visitante en las universidades de Londres, Manchester y Aberystwyth (Gales).</p>     <p align="justify">Hace casi treinta a&ntilde;os fue publicado un trabajo de Benjamin Ward (1983), cuya molesta conclusi&oacute;n era que la teor&iacute;a econ&oacute;mica neocl&aacute;sica –y marxista tambi&eacute;n– a lo sumo pod&iacute;a resolver peque&ntilde;os <i>puzzles</i>, pero nada realmente sustancial. Por cierto, el trabajo de Ward, para su publicaci&oacute;n, cont&oacute; con los comentarios de Hal Varian, autor de uno de los textos de microeconom&iacute;a m&aacute;s utilizados en pregrado y posgrado en estos momentos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">M&aacute;s reciente, y tambi&eacute;n un &eacute;xito editorial, es el libro de Steve Keen (2000), <i>Debunking Economics.</i> <i>The Naked Emperor of the Social Sciences</i>. El t&iacute;tulo basta para saber de qu&eacute; se trata. Keen es doctor en econom&iacute;a y profesor de la Universidad de Western Sydney.</p>     <p align="justify">Vale la pena subrayar que los libros de Ormerod y de Keen no hacen cr&iacute;ticas ‘morales&rsquo; a la econom&iacute;a convencional. Ambos se mantienen en el terreno de la discusi&oacute;n econ&oacute;mica.</p>     <p align="justify">Ormerod se dirige “al lector no especializado”, lo que “no supone que los argumentos se simplifiquen, pues el libro se enfrenta a complejos conceptos que est&aacute;n en el coraz&oacute;n mismo de la teor&iacute;a econ&oacute;mica” (p. 7). En el pr&oacute;logo, espeta al lector afirmaciones que dan el tono de la obra, como las siguientes:</p>     <p align="justify">a) “quienes ejercen de economistas se pronuncian con seguridad en los medios de comunicaci&oacute;n y han construido con su jeringonza y sus matem&aacute;ticas un muro alrededor de la disciplina que la convierte en algo impenetrable para el no iniciado” (p.7).</p>     <p align="justify">b) “la econom&iacute;a es en muchos aspectos una caja vac&iacute;a. Su comprensi&oacute;n del mundo es similar a la de las ciencias f&iacute;sicas en la Edad Media” (p. 7).</p>     <p align="justify">c) “los cimientos de la econom&iacute;a convencional est&aacute;n ya seriamente da&ntilde;ados” (ib&iacute;d.).</p>     <p align="justify">d) “los buenos economistas saben, a partir del trabajo que han realizado en su disciplina, que los fundamentos de &eacute;sta son virtualmente inexistentes” (p. 8).</p>     <p align="justify">e) “Para conseguir progresar profesionalmente [los economistas] todav&iacute;a dependen en gran medida de su docilidad para ajustarse a la teor&iacute;a ortodoxa” (ib&iacute;d.).</p>     <p align="justify">f) “la econom&iacute;a convencional ofrece recetas contra la inflaci&oacute;n y el paro que, en el mejor de los casos, est&aacute;n mal dirigidos, y en el peor, son peligrosamente err&oacute;neos” (ib&iacute;d.).</p>     <p align="justify">La primera parte del libro se refiere al <i>estado actual de la teor&iacute;a econ&oacute;mica</i>, expone en forma cr&iacute;tica las debilidades de la teor&iacute;a econ&oacute;mica ortodoxa; la segunda parte, <i>hacia el futuro de las ciencias econ&oacute;micas</i>, propone algunas ideas –no plenamente elaboradas– que pueden contribuir a reformar la disciplina. Los comentarios que siguen se circunscriben a la primera parte.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b>LA CRISIS DE LA TEOR&Iacute;A ECON&Oacute;MICA</b></p>     <p align="justify">Para Ormerod, la teor&iacute;a econ&oacute;mica dominante no es hoy de mucha ayuda para resolver grandes problemas como el desempleo, la recesi&oacute;n japonesa, la dolorosa transici&oacute;n econ&oacute;mica de la antigua Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica, el da&ntilde;o mediambiental, la crisis econ&oacute;mica de Am&eacute;rica Latina o la miseria de la inmensa poblaci&oacute;n africana. Parad&oacute;jicamente, la ortodoxia econ&oacute;mica es m&aacute;s fuerte que nunca: apenas tiene rivales y sus adeptos aumentan por la desbandada de las huestes de la vieja izquierda. De acuerdo con el autor, esto refleja una suerte de patolog&iacute;a religiosa, pues la fe de los adeptos se fortalece con la adversidad y el fervor de los conversos se acerca a la intolerancia. Y quiz&aacute; no se equivoque, ya hemos visto un ejemplo.</p>     <p align="justify">Ormerod, profesor de econometr&iacute;a, muestra que la teor&iacute;a econ&oacute;mica convencional se ha divorciado totalmente de la realidad, en contraste con los autores cl&aacute;sicos, firmemente anclados en la historia y conocedores del papel que desempe&ntilde;an las instituciones. Para muchos economistas contempor&aacute;neos, no parece haber necesidad de contrastar sus teor&iacute;as con el mundo real, pues dan por descontado que &eacute;ste funciona como ‘debiera&rsquo;, es decir, conforme lo predice la teor&iacute;a.</p>     <p align="justify">Es esperanzador que exista un movimiento, en el que militan varios premios Nobel, que intenta restaurar los v&iacute;nculos perdidos con una &eacute;poca en la que “el economista era literalmente definido como aquel que conoce c&oacute;mo funcionan los mercados”, en palabras de James Buchanan (Brennan y Buchanan, 1997, 34-35). Hoy se pretende, en virtud de la metamorfosis del programa de investigaci&oacute;n acaecida en el &uacute;ltimo cuarto del siglo XIX, que la econom&iacute;a prescriba c&oacute;mo deber&iacute;an funcionar los mercados, y “los economistas modernos parecen haber perdido casi toda su inicial comprensi&oacute;n de un fen&oacute;meno que era quiz&aacute;s su primaria raz&oacute;n de ser en cualquier sentido social” (ib&iacute;d.). Las investigaciones de autores como Smith, Ricardo, Malthus, Mill o Marx fueron suscitadas por interrogantes y problemas de orden pr&aacute;ctico. Un tema como el impacto de los beneficios en el desempe&ntilde;o de una econom&iacute;a, tan importante para los cl&aacute;sicos, no tiene hoy mayor importancia. En suma, para este economista brit&aacute;nico, el an&aacute;lisis econ&oacute;mico contempor&aacute;neo est&aacute; aislado del contexto social en que se desenvuelve la econom&iacute;a y “su metodolog&iacute;a; a pesar de las pretensiones de muchos de quienes se dedican a ella, est&aacute; aislada de las ciencias exactas, a cuyo estatus, nada menos, aspira” (p. 36).</p>     <p align="justify"><b>MEDICI&Oacute;N DE LA PROSPERIDAD</b></p>     <p align="justify">Una de las observaciones cr&iacute;ticas m&aacute;s frecuentes al an&aacute;lisis econ&oacute;mico est&aacute;ndar tiene que ver con la dimensi&oacute;n ecol&oacute;gica A pesar de los matices y aun grandes diferencias existentes entre las corrientes ambientalistas, comparten el interrogante de que los costos del crecimiento –desde el punto de vista del medio ambiente– puedan ser superiores a los beneficios. Las consideraciones de los fil&oacute;sofos, soci&oacute;logos, antrop&oacute;logos, y de los economistas con formaci&oacute;n filos&oacute;fica, concuerdan en que la racionalidad implica preferencias de segundo y tercer orden, las llamadas metapreferencias. La m&aacute;s elemental metapreferencia podr&iacute;a ser simplemente la de que no haya incompatibilidad entre las preferencias de primer orden. Las &uacute;nicas preferencias que le importan a la teor&iacute;a convencional son las de primer orden, las preferencias reveladas, excluyendo las razones de las mismas. Las preocupaciones ambientalistas exigen un ordenamiento de las preferencias distinto a las preferencias ‘dadas&rsquo; de la microeconom&iacute;a, que haga compatible el crecimiento econ&oacute;mico con la necesidad de contar con un medio ambiente m&aacute;s sano. Esta idea es fundamental para entender por qu&eacute; la teor&iacute;a econ&oacute;mica, a pesar de las pretensiones de algunos de sus cultores, es incapaz de contribuir a “la mera elecci&oacute;n consciente del futuro de la humanidad, amenazada por la crisis de recursos, la devastaci&oacute;n de la biosfera, la crisis demogr&aacute;fica y el riesgo de extinci&oacute;n termonuclear” (Dom&egrave;nech, 1989, 337).</p>     <p align="justify">Un asunto –que est&aacute; detr&aacute;s de las diferencias actuales entre la Contralor&iacute;a General y el Ministerio de Hacienda– es el relativo a las cuentas nacionales. Para empezar, no existe una &uacute;nica manera de medir el tama&ntilde;o ni el crecimiento de la econom&iacute;a de una naci&oacute;n. Ni siquiera est&aacute; claro qu&eacute; es lo que se debe incluir o excluir en la estimaci&oacute;n del tama&ntilde;o de una econom&iacute;a. Los costos ambientales no reciben especial atenci&oacute;n en las cuentas nacionales, tampoco el trabajo dom&eacute;stico. Cuando se consideran factores como la “penosa necesidad” de desplazarse al sitio de trabajo, lo que hicieron James Tobin y William Nordhaus cuando dise&ntilde;aron una Medida del Bienestar Econ&oacute;mico, se concluye que hay que bajar la cifra del crecimiento (p. 44-50).</p>     <p align="justify">Las razones para no modificar la manera de elaborar las cuentas nacionales o de calcular el d&eacute;ficit fiscal son de orden pol&iacute;tico: “a los gobiernos les gustan los crecimientos fuertes”. Ormerod se permite una fina iron&iacute;a a este respecto: una “nueva ley del crecimiento econ&oacute;mico para las democracias occidentales” (p. 51) ser&iacute;a que la pol&iacute;tica econ&oacute;mica funciona siempre: cuando hay crecimiento es evidente que funciona; cuando no lo hay tambi&eacute;n funciona, pero el contexto internacional o mundial impide que funcione correctamente.</p>     <p align="justify">La redefinici&oacute;n de las cuentas nacionales no es un simple asunto contable o, mejor, de <i>contabilidad creativa</i>. En realidad, se deber&iacute;a hablar de la econom&iacute;a pol&iacute;tica de las cuentas nacionales. La consecuencia es que una redefinici&oacute;n de las cuentas nacionales traer&iacute;a consigo un cambio en las pol&iacute;ticas gubernamentales.</p>     <p align="justify">La piedra angular de la econom&iacute;a ortodoxa es el individuo racional, ego&iacute;sta y maximizador. Las cr&iacute;ticas a esta suerte de antropolog&iacute;a econ&oacute;mica son de diverso orden. El autor cita algunos trabajos realizados por economistas y sic&oacute;logos. Una conclusi&oacute;n interesante es que en experimentos –o juegos– que permiten observar la conducta cooperativa o ego&iacute;sta de los participantes se encontr&oacute; que los estudiantes de econom&iacute;a se comportan de manera m&aacute;s parecida a la que postula el modelo del hombre racional que los de otras disciplinas acad&eacute;micas. La exposici&oacute;n a la ense&ntilde;anza actual de la teor&iacute;a econ&oacute;mica reduce, en los estudiantes de econom&iacute;a, el grado de cooperaci&oacute;n que existe en la gente com&uacute;n y corriente. Para los ecologistas, la conducta cooperativa es indispensable para enfrentar con alguna probabilidad de &eacute;xito los retos que plantea el presente y el futuro econ&oacute;mico de la humanidad. Para Ormerod, es apremiante la elaboraci&oacute;n de modelos que tengan en cuenta la “fundamental interdependencia e interconexi&oacute;n de las acciones humanas” (p. 54).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">No exige que en la teor&iacute;a econ&oacute;mica se consideren todos y cada uno de los avatares que sacuden la azarosa vida humana. Se trata simplemente de que ‘la evoluci&oacute;n de la sociedad econ&oacute;mica&rsquo;, como la llama Robert Heilbroner, no discurre de manera lineal. Los hechos han demostrado hasta la saciedad que el mercado no es meramente el cruce de la oferta y la demanda y que no es cierto que una vez conseguidos los ‘precios correctos&rsquo;, estos se mantengan indefinidamente, garantizando el crecimiento y el desarrollo econ&oacute;micos. Para saber por qu&eacute; –como se pregunta Douglass North– pa&iacute;ses con abundancia de recursos naturales son miserables y pa&iacute;ses que carecen de los mismos son ricos, se necesita algo m&aacute;s que la teor&iacute;a econ&oacute;mica de manual. Si la microeconom&iacute;a no es capaz de dar cuenta, como argumenta Ormerod a lo largo del libro, de c&oacute;mo funcionan los mercados, menos todav&iacute;a podr&aacute; resolver c&oacute;mo se forman.</p>    <p align="justify"><b>LAS RA&Iacute;CES DE LA ORTODOXIA ECON&Oacute;MICA</b></p>     <p align="justify">Este cap&iacute;tulo del libro presenta un conjunto de cr&iacute;ticas al concepto de equilibrio competitivo, senda equivocada que conduce al <i>Inferno</i> dantesco. La aspiraci&oacute;n de los economistas a situar su disciplina entre las ‘ciencias duras&rsquo;, al lado de las matem&aacute;ticas, la f&iacute;sica o la biolog&iacute;a, mediante el expediente de formalizar sus teor&iacute;as, ha ca&iacute;do en descr&eacute;dito. Baste un ejemplo: la capacidad predictiva –requisito <i>sine qua non</i> para que una disciplina sea tomada en serio por la comunidad cient&iacute;fica– de la econom&iacute;a es muy precaria, por no decir inexistente.</p>     <p align="justify">La raz&oacute;n de esto hunde sus ra&iacute;ces en la aparici&oacute;n de la revoluci&oacute;n marginalista, es decir, en la metamorfosis de la Econom&iacute;a Pol&iacute;tica cl&aacute;sica en <i>Economics</i> durante el &uacute;ltimo cuarto del siglo XIX. En efecto, a partir de 1870 se dej&oacute; de lado el programa smithiano de investigaci&oacute;n din&aacute;mica del crecimiento para abrazar el an&aacute;lisis est&aacute;tico de la maximizaci&oacute;n y el equilibrio<a href="#1" name="n1"><sup>1</sup></a> con un abundante uso de las matem&aacute;ticas, que ha ido en aumento hasta tal punto que sus cultores actuales recurren a la prosa con tal escasez que sus escritos se asemejan a peque&ntilde;as islas perdidas en un mar de ecuaciones. Nadie menos que Hicks se refiri&oacute; a este tipo de escritura con la ir&oacute;nica expresi&oacute;n <i>good game</i>, con el &aacute;nimo de se&ntilde;alar que los modelos matem&aacute;ticos distraen a los economistas de los verdaderos problemas econ&oacute;micos para refugiarse en construcciones elegantes y vacuas. Le&oacute;n Walras –&iexcl;s&iacute;!, el mismo del equilibrio general– fue un socialista convencido de que el capitalismo era incapaz de respetar las condiciones de competencia perfecta requeridas para que su modelo funcionara.</p>     <p align="justify">Un aserto com&uacute;n de los economistas profesionales es que la teor&iacute;a econ&oacute;mica dominante es la misma de Smith, Ricardo o Mill, s&oacute;lo que formalizada. En particular, hablan profusamente de la mano invisible que coordina al mercado. Tambi&eacute;n se ha convertido en lugar com&uacute;n la afirmaci&oacute;n de que los cl&aacute;sicos no ve&iacute;an incompatibilidad alguna entre la econom&iacute;a de mercado y la democracia. Estas afirmaciones, como muchas otras, son ideol&oacute;gicas, en el peor sentido de la palabra. Es tema de debate que el estudio atento de las obras de los cl&aacute;sicos rebata la segunda afirmaci&oacute;n, pero es claro que por lo menos obliga a matizarla: es menos popular el Smith que dijera que los ricos s&oacute;lo se re&uacute;nen para conspirar contra la sociedad o el que se mostrara temeroso de los efectos que la divisi&oacute;n del trabajo, propiciada por el mercado, ocasiona sobre los individuos y las naciones. Tampoco se quiere recordar demasiado al David Ricardo que se opon&iacute;a a los impuestos indirectos y se inclinaba a reducir los tributos de los trabajadores. Se tiene en poca estima al socialista Stuart Mill, cuya concepci&oacute;n de la democracia lo llev&oacute; a juzgarla si no como antit&eacute;tica al menos como muy mal avenida con el liberalismo. No deja de ser diciente la opini&oacute;n que sobre Walras emiti&oacute; uno de sus sucesores en Lausana: “Walras fue distra&iacute;do de esos prop&oacute;sitos –los de la reforma social– por las matem&aacute;ticas que utilizaba en sus teor&iacute;as” (p. 62).</p>     <p align="justify">De acuerdo con Ormerod, el modelo de equilibrio general competitivo se ha convertido en la fuente de donde manan pr&aacute;cticamente todas las acciones de pol&iacute;tica econ&oacute;mica –adem&aacute;s de principios de teor&iacute;a econ&oacute;mica– por razones de tipo ideol&oacute;gico: este modelo tiene graves problemas y no puede explicar cosas tan importantes como sistemas ca&oacute;ticos, incertidumbre, beneficios crecientes a escala, etc&eacute;tera. La historia misma de la econom&iacute;a, en occidente y en el sureste asi&aacute;tico, contradice las pol&iacute;ticas de mercado, como se encarg&oacute; de recordar Joseph Stiglitz, laureado con el Nobel, cuando renunci&oacute; al cargo de Economista Jefe del Banco Mundial.</p>     <p align="justify"><b>RESERVAS PROFESIONALES</b></p>     <p align="justify">El mayor agravio que le puede hacer un economista a otro es el de llamarlo ‘soci&oacute;logo&rsquo;. Indica falta de ‘rigor&rsquo;, que carece de una ‘teor&iacute;a&rsquo;, etc&eacute;tera. Este uso ret&oacute;rico, en el mal sentido de la palabra, le permite desechar las cr&iacute;ticas que provengan del ‘gremio&rsquo; de los soci&oacute;logos. Y como si fuera poco, pocos soci&oacute;logos saben matem&aacute;ticas, lo que los hace a&uacute;n m&aacute;s incapaces de entender el “furioso parloteo esot&eacute;rico” de los economistas (p. 94).</p>     <p align="justify">El problema es grave, como ya se se&ntilde;al&oacute;, cuando los cr&iacute;ticos son los mismos economistas, algunos de ellos matem&aacute;ticos de primera l&iacute;nea. <i>Mutatis mutandi</i>, con las econom&iacute;as de mercado y la teor&iacute;a econ&oacute;mica sucede lo mismo que sucedi&oacute; con la planificaci&oacute;n socialista y la demostraci&oacute;n ‘te&oacute;rica&rsquo; de que las econom&iacute;as planificadas pod&iacute;an ser tan eficientes como las descentralizadas: los hechos tozudos se encargaron de demostrar que los modelos no soportan “demasiada realidad”, como dec&iacute;a el poeta. Allende los mares de la supuesta imparcialidad y neutralidad &eacute;ticas que tanto pregonan los economistas, se necesita, como lo recomendaba Ward (1983, 201), “un poco de pasi&oacute;n mezclada con el esfuerzo por conocer c&oacute;mo funciona el mundo: tal es la f&oacute;rmula que debemos tratar de incorporar a la Teor&iacute;a Econ&oacute;mica”.</p>     <p align="justify">Los trabajos de Partha Dasgupta y Geoffrey Heal, Joseph Stiglitz, David Newbery, Kenneth Arrow, Richard Day, Roy Radner y el soci&oacute;logo James Coleman<a href="#2" name="n2"><sup>2</sup></a> podr&iacute;an dar por buena la conclusi&oacute;n de Roy Radner en su revisi&oacute;n del trabajo de Arrow, para quien el modelo de equilibrio general “est&aacute; forzado hasta el l&iacute;mite por el problema de la elecci&oacute;n de informaci&oacute;n. Salta en pedazos cuando surgen limitaciones a la capacidad de los agentes para calcular estrategias &oacute;ptimas” (p. 122).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">En su evaluaci&oacute;n de los modelos macroecon&oacute;micos sofisticados –en los que Ormerod tiene vasta experiencia por su trabajo en el National Institute of Economic and Social Research, como responsable de los estudios sobre previsiones econ&oacute;micas del Reino Unido– se&ntilde;ala que una previsi&oacute;n inocente, como la de que la inflaci&oacute;n y el crecimiento de la producci&oacute;n del a&ntilde;o siguiente ser&aacute;n iguales a las del a&ntilde;o en curso, nada tiene que envidiar a los modelos macroecon&oacute;micos complejos. La regla de oro es entonces “pronosticar a menudo y pronosticar tarde” (p. 142). A menudo, porque alguna de las previsiones dar&aacute; en el ‘blanco&rsquo;, y tarde porque cuanto m&aacute;s retraso menos hay que pronosticar. La racionalidad econ&oacute;mica y con ella la teor&iacute;a de las expectativas racionales quedan muy mal paradas al contrastarlas con los estudios de las ciencias de la conducta: como vimos, los &uacute;nicos individuos que parecen responder al modelo del <i>Reasonable Man</i>, de Lord A. P. Herbert, son “aquellos cuyas mentes se han trastornado por el estudio de la teor&iacute;a microecon&oacute;mica” (p. 148). Como anota Murray Gell-Mann, f&iacute;sico del Instituto Santa Fe galardonado con el premio Nobel: “algunos de los participantes en el movimiento para la reforma econ&oacute;mica han demostrado que la racionalidad perfecta no s&oacute;lo est&aacute; en clara contradicci&oacute;n con los asuntos humanos, sino que es inconsistente con cualquier situaci&oacute;n en la que se den fluctuaciones de mercado” (1996, 340-41).</p>     <p align="justify">A prop&oacute;sito de la colosal quiebra de la compa&ntilde;&iacute;a Enron –la compra de cuyas acciones era alentada fervorosamente por asesores burs&aacute;tiles pocos d&iacute;as antes de la declaraci&oacute;n de bancarrota– hay que recordar que, a falta de una buena teor&iacute;a y ante la realidad de sistemas complejos, “muchos de sus consejos (de los asesores burs&aacute;tiles) no sirven probablemente para nada” (ib&iacute;d., 64).</p>     <p align="justify">A manera de ep&iacute;logo, no vendr&iacute;a nada mal un poco de modestia acerca de los verdaderos alcances de la econom&iacute;a. Al fin y al cabo, &eacute;se fue un sabio consejo de uno de los grandes economistas del siglo XX, quiz&aacute; el m&aacute;s influyente. &iexcl;Ay, qu&eacute; poco se lo recuerda hoy!</p>     <blockquote>    <p align="justify">Lo m&aacute;s importante es que no se le d&eacute; demasiada importancia al problema econ&oacute;mico, y que en aras de sus supuestas necesidades no se sacrifiquen otros asuntos m&aacute;s permanentes y de m&aacute;s trascendencia. Este debe ser un tema propio de especialistas, como lo es la odontolog&iacute;a. &iexcl;Qu&eacute; estupendo ser&iacute;a que los economistas se forjaran una imagen de gente humilde y competente, en el mismo nivel que los dentistas!</p> </blockquote>     <p align="justify"><b>    <br>NOTAS AL PIE</b></p>     <p align="justify"><a href="#n1" name="1">1</a>. Ver a este respecto la excelente obra de Mark Blaug (1980), que en sus &uacute;ltimas obras se ha convertido en un severo cr&iacute;tico del programa walrasiano y del modelo de equilibrio general.</p>     <p align="justify"><a href="#n2" name="2">2</a>. Coleman es uno de los pocos soci&oacute;logos que “postula la existencia de individuos racionales, e intenta basar la adaptaci&oacute;n de las normas sociales en modelos de conducta individual racional” (Ormerod, 1995, 123).</p> <hr>     <p align="justify"><b>REFERENCIAS BIBLIOGR&Aacute;FICAS</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">1. Blaug, Mark. <i>The Methodology of Economics</i>, Londres, Cambridge University Press, 1980.</p>     <p align="justify">2. Brennan, Geoffrey y Buchanan, James M. <i>La raz&oacute;n de las normas</i>, Barcelona, Ediciones Folio, 1997.</p>     <p align="justify">3. Clavijo, Sergio. <i>Econom&iacute;a: entre la ciencia y el poder</i>, Libros de Cambio, Bogot&aacute;, Alfaomega, 2001.</p>     <p align="justify">4. Dom&egrave;nech, Antoni. <i>De la &eacute;tica a la pol&iacute;tica. De la raz&oacute;n er&oacute;tica a la raz&oacute;n inerte</i>. Barcelona, Editorial Cr&iacute;tica, 1989.</p>     <p align="justify">5. Gell-Mann, Murray. <i>El quark y el jaguar. Aventuras en lo simple y lo complejo</i>, Barcelona, Tusquets Editores, 1996.</p>     <p align="justify">6. Keen, Steve. <i>Debunking Economics. The Naked Emperor of the Social Sciences</i>, Sydney, Pluto Press, 2000.</p>     <p align="justify">7. Ormerod, Paul. <i>Por una nueva econom&iacute;a. Las falacias de la teor&iacute;a econ&oacute;mica</i>, Barcelona, Editorial Anagrama, 1995.</p>     <p align="justify">8. Ward, Benjamin. <i>&iquest;Qu&eacute; le ocurre a la teor&iacute;a econ&oacute;mica?</i>, Madrid, Alianza Editorial, 1983.</p> </font>      ]]></body>
</article>
