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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[LA ÉTICA DE LA COMPETENCIA]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>    <br>LA &Eacute;TICA DE LA COMPETENCIA*</b></p></font>     <p>    <br></p> <font face="Verdana" size="2">     <p align="center"><b>THE ETHICS OF COMPETITION</b></p>     <p>    <br>    <br></p>     <p><i>Frank Knight</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> * Tomado de <i>The Quarterly Journal of Economics</i> 37, 1923, pp. 579-624. Traducci&oacute;n de Alberto Supelano.</p> <hr>     <p align="justify">    <br>En el ensayo anterior<a href="#1" name="n1"><sup>1</sup></a> me propuse argumentar contra la visi&oacute;n de la &eacute;tica m&aacute;s com&uacute;nmente aceptada entre los economistas. El argumento no se dirig&iacute;a contra el hedonismo como tal, sino contra todo tipo de &eacute;tica “cient&iacute;fica”, contra toda opini&oacute;n que se basa en el supuesto de que las necesidades humanas son magnitudes objetivas y mensurables, y que la satisfacci&oacute;n de esas necesidades es la esencia y el criterio del valor, y que a partir de este supuesto reduce la &eacute;tica a una especie de econom&iacute;a divinizada. Plante&eacute; que, en consecuencia, esa opini&oacute;n reduce las necesidades “superiores” a una posici&oacute;n secundaria en comparaci&oacute;n con las “inferiores” e interpreta la vida humana en t&eacute;rminos biol&oacute;gicos. Pero el hecho es que normalmente los seres humanos no prefieren las necesidades inferiores y m&aacute;s “necesarias” a aquellas que no es f&aacute;cil justificar por su valor de subsistencia o supervivencia, sino m&aacute;s bien lo contrario. Lo que llamamos progreso ha consistido en incrementar la proporci&oacute;n de satisfacci&oacute;n de necesidades est&eacute;ticas o espirituales m&aacute;s que las de car&aacute;cter biol&oacute;gicamente utilitario, y no en aumentar la “cantidad de vida”. Como ya subrayamos, los hechos est&aacute;n totalmente en contra de aceptar toda visi&oacute;n de la vida como un balance contable; apuntan en cambio a una valoraci&oacute;n de un g&eacute;nero mucho m&aacute;s sutil que la suma y resta de cantidades homog&eacute;neas; a una &eacute;tica en la l&iacute;nea de la cr&iacute;tica est&eacute;tica, cuyos c&aacute;nones son de una clase diferente a la de las leyes cient&iacute;ficas y no son muy satisfactorios intelectualmente. No podemos aceptar la satisfacci&oacute;n de necesidades como criterio &uacute;ltimo del valor porque no consideramos nuestras necesidades como fin &uacute;ltimo. En vez de aceptar la opini&oacute;n de que sobre gustos no hay disputas, disputamos sobre ellos m&aacute;s que sobre cualquier otra cosa. Nuestro problema m&aacute;s dif&iacute;cil en materia de valoraci&oacute;n es el de valorar nuestras necesidades, y nuestra necesidad m&aacute;s penosa es el deseo de necesidades “adecuadas”.</p>     <p align="justify">El prop&oacute;sito del presente art&iacute;culo es afinar y completar el argumento ya expuesto; insistiendo primero en la necesidad de encontrar un criterio defendible de los valores que sirva de base para juzgar cuestiones de pol&iacute;tica y, segundo, examinando las normas de valor impl&iacute;citas en <i>el laissez-faire</i>o filosof&iacute;a social individualista, y planteando algunos problemas relacionados con esas normas. En cuanto a lo primero, podemos ser breves. No es necesario demostrar en detalle la tesis de que la pol&iacute;tica social se debe basar en ideales sociales. Un sistema organizado debe funcionar de acuerdo con una norma <i>social</i>. Por supuesto, esta norma debe estar relacionada de alg&uacute;n modo con los valores de los individuos que conforman la sociedad, pero no puede ser id&eacute;ntica a ellos; presupone un proceso de organizaci&oacute;n de los diversos intereses individuales, que haga posible ponderarlos y resolver los conflictos entre ellos.</p>     <p align="justify">Es imposible construir un concepto de “eficiencia social” en ausencia de una medida general del valor. Aun en f&iacute;sica e ingenier&iacute;a, la “eficiencia” es una categor&iacute;a de valor en sentido estricto; no hay una cosa que podamos llamar eficiencia mec&aacute;nica. De las leyes fundamentales de la conservaci&oacute;n de la materia y la energ&iacute;a se deduce que todo cuanto entra en un dispositivo o proceso sale <i>en alguna forma.</i>En t&eacute;rminos puramente mec&aacute;nicos, todas las eficiencias ser&iacute;an iguales al ciento por ciento. La eficiencia de una m&aacute;quina es la relaci&oacute;n entre el producto <i>&uacute;til</i>y el producto total. En casos sencillos, la distinci&oacute;n entre &uacute;til e in&uacute;til puede ser tan n&iacute;tida y clara que no da lugar a discusi&oacute;n, como en el caso de la energ&iacute;a mec&aacute;nica y el calor generados por un motor el&eacute;ctrico. Pero cuando interviene m&aacute;s de una forma de producto &uacute;til (o de insumos costosos), es necesario tener una medida de la utilidad, del valor, antes de poder discutir la eficiencia. Las relaciones de eficiencia de una m&aacute;quina de vapor se modifican cuando se agota el vapor que trasmite el calor. No debe extra&ntilde;ar que en un problema tan complejo como el de la eficiencia social, en el que los elementos de gasto y rendimiento son numerosos y diversos, el proceso de valoraci&oacute;n se haya convertido en el tema central. Se debe aceptar que s&oacute;lo dentro de l&iacute;mites muy estrechos es posible interpretar la conducta humana como una creaci&oacute;n de valores tan definidos y estables que pueden servir como datos cient&iacute;ficos, que la vida es en esencia una exploraci&oacute;n en el campo de los valores y no una mera cuesti&oacute;n de producir valores dados. Cuando esto se ve claramente se entiende por qu&eacute; son tan in&uacute;tiles tantas discusiones sobre la eficiencia social.</p>     <p align="justify">La percepci&oacute;n de estos obvios principios fundamentales resta fundamento a una de las cr&iacute;ticas del orden econ&oacute;mico que ha atra&iacute;do amplia atenci&oacute;n. A la idea, planteada por Thorstein Veblen e imitada por otros, de que hay diferencias entre empleos “pecuniarios” e “industriales”<a href="#2" name="n2"><sup>2</sup></a>, y que la sociedad debe arrebatar el control de la industria a los “financistas” y ponerlo en manos de los “t&eacute;cnicos”<a href="#3" name="n3"><sup>3</sup></a>.</p>     <p align="justify">Esta idea se apoya en la misma falacia, en la idea de que la sociedad debe elegir entre producir m&aacute;s bienes y producir m&aacute;s valor, y que la prudencia aconseja preferir lo primero. Es dif&iacute;cil tomar en serio los dos componentes de esa proposici&oacute;n. Es obvio que la cantidad de bienes, si hay m&aacute;s de una clase, se debe medir en unidades de valor. La propuesta de dejar que los t&eacute;cnicos de los campos respectivos digan qu&eacute; proporci&oacute;n de la fuerza productiva social se dedique a cada campo, es simplemente grotesca. Los expertos militares la usar&iacute;an toda en el ej&eacute;rcito y la armada; los m&eacute;dicos la dedicar&iacute;an toda, y a&uacute;n m&aacute;s, a la salud, y as&iacute; sucesivamente. Nada es m&aacute;s importante en un primer curso de econom&iacute;a que hacer ver al estudiante que el problema de la administraci&oacute;n social es un problema <i>de valor</i>, que la eficiencia mec&aacute;nica o t&eacute;cnica es una combinaci&oacute;n de palabras carente de sentido.</p>     <p align="justify">Es indiscutible, como mostrar&aacute; el curso de nuestro argumento, que las cr&iacute;ticas v&aacute;lidas del orden econ&oacute;mico existente se refieren principalmente a sus normas de valor, y en mucho menor medida a su eficiencia en la creaci&oacute;n de los valores que este orden reconoce. Insistiremos en que el prerrequisito de toda cr&iacute;tica inteligente de los procesos o resultados sociales no es la simple medida de valor sino los ideales de valor. Esta no es, como la proposici&oacute;n acerca de la eficiencia, una verdad evidente en s&iacute; misma. Es muy discutible que la definici&oacute;n o cr&iacute;tica de la pol&iacute;tica implique tan s&oacute;lo la comparaci&oacute;n de las alternativas posibles y la elecci&oacute;n de la que se juzga preferible. Es discutible, as&iacute; se plantee con frecuencia, que los valores sean puramente relativos, lo que no significa m&aacute;s que algo es bueno o malo excepto cuando se compara con una alternativa mejor o peor. Se trata de una cuesti&oacute;n pr&aacute;ctica: &iquest;la facultad de juzgar funciona razonando a partir de alternativas y decidiendo cu&aacute;l es preferible o, por el contrario, formula ideales y compara lo real y lo potencial con esos ideales, e indirectamente lo uno con lo otro compar&aacute;ndolos con un ideal? No hay duda de que utiliza ambos m&eacute;todos, y ambos son &uacute;tiles; pero sostenemos que con respecto a las cuestiones m&aacute;s amplias y elevadas, a los problemas &uacute;ltimos de la vida moral y social, la formulaci&oacute;n de ideales es un paso necesario. Hay lugar, un lugar vital, para una ciencia “absoluta” de la &eacute;tica. Sus dictados no ser&aacute;n realmente absolutos, porque nunca se separan totalmente del mundo real ni de sus posibilidades de desarrollo y transformaci&oacute;n, y siempre se desarrollan y cambian. Pero al menos no son “simplemente” relativos; deben estar m&aacute;s all&aacute; de lo inmediatamente alcanzable, y a menudo se sit&uacute;an en el campo de lo actualmente imposible, son modelos a los que hay que acercarse y no objetivos que se deben alcanzar.</p>     <p align="justify">No pretendemos solamente que esos ideales son reales para los individuos, sino que son parte de nuestra cultura y que son lo bastante uniformes y objetivos para constituir un patr&oacute;n &uacute;til de comparaci&oacute;n en un pa&iacute;s dado y en un momento dado. El sentido com&uacute;n normal juzga en t&eacute;rminos de ideales, de una &eacute;tica absoluta en el sentido indicado, y no simplemente en t&eacute;rminos de lo mejor que se puede hacer. De otro modo, decir que una situaci&oacute;n es desesperada equivaldr&iacute;a a decir que es ideal, lo que no concuerda con el uso com&uacute;n. En el resto de nuestra exposici&oacute;n apelaremos a lo que nos parecen ser los ideales del sentido com&uacute;n de la &eacute;tica absoluta de la cristiandad moderna. No pretenderemos redactar un c&oacute;digo de tales principios; por su car&aacute;cter no siempre es f&aacute;cil condensarlos en proposiciones. No intentaremos “resolver” problemas morales ni establecer normas, sino poner de relieve las normas impl&iacute;citas en algunos juicios morales acerca del sistema econ&oacute;mico, y examinarlas cr&iacute;ticamente. La argumentaci&oacute;n tendr&aacute; entonces un tono negativo, y la exigencia de brevedad le dar&aacute; a veces un toque “agresivo”; pero dejemos por sentado desde ahora que no defendemos ni proponemos ning&uacute;n cambio. La <i>pol&iacute;tica</i> es una cuesti&oacute;n de alternativas, un asunto puramente relativo; aqu&iacute; nos interesan los <i>ideales</i>, que suponemos se pueden llevar m&aacute;s all&aacute;, a la esfera de consideraciones al menos “relativamente” absolutas. Aunque el sistema competitivo es mejor que otros sustitutos disponibles, una visi&oacute;n clara de sus defectos en comparaci&oacute;n con los ideales imaginables puede ser de gran valor para mejorarlo.</p>     <p align="justify">El examen del orden econ&oacute;mico competitivo desde el punto de vista de sus normas &eacute;ticas se divide naturalmente en tres partes. En primer lugar, la pretensi&oacute;n ya mencionada de que las necesidades no son datos &uacute;ltimos ni se pueden identificar con los valores no significa que no sean reales e importantes. Nunca podremos prescindir totalmente de las necesidades f&iacute;sicas, de lo que se requiere para la vida, la salud y el bienestar, por poco que sea el peso de estas motivaciones en el comportamiento civilizado. Adem&aacute;s, en toda &eacute;poca y lugar, el estado de cultura existente fija unas exigencias m&iacute;nimas de car&aacute;cter imperativo. Es verdad, dentro de ciertos l&iacute;mites, que el prop&oacute;sito de la actividad econ&oacute;mica es satisfacer necesidades, y este hecho plantea un conjunto de problemas que debemos considerar en la evaluaci&oacute;n de todo sistema de organizaci&oacute;n econ&oacute;mica. Primero debemos investigar sus normas de valor, en el sentido econ&oacute;mico o cuasimec&aacute;nico; su manera de encarar las necesidades existentes; su mecanismo para comparar, equilibrar y quiz&aacute; seleccionar entre las diversas necesidades de las diferentes personas y clases de personas que conforman la sociedad. Sobra decir que las preguntas de <i>qu&eacute;</i> necesidades satisfacer y a <i>qui&eacute;n</i> se deben satisfacer est&aacute;n ligadas &iacute;ntimamente. La respuesta del sistema a esta doble pregunta constituye su escala de valores socioecon&oacute;micos, y a partir del mismo conjunto de necesidades individuales se pueden establecer escalas de valor social muy diferentes mediante m&eacute;todos de selecci&oacute;n, equilibrio y combinaci&oacute;n diferentes. El aspecto m&aacute;s claramente &eacute;tico de esta cuesti&oacute;n es por supuesto el viejo problema de la justicia social, relacionado con el tratamiento que el sistema da a las necesidades de personas y clases; pero no lo podemos separar del problema de la clasificaci&oacute;n de las diferentes necesidades de una misma persona. Una segunda investigaci&oacute;n dentro de la misma categor&iacute;a, de &iacute;ndole m&aacute;s mec&aacute;nica pero claramente un problema de valores, se refiere a la <i>eficiencia</i>del sistema en el uso de los recursos disponibles para crear los valores que reconoce, es decir, para producir la m&aacute;xima cantidad de “bienes” medida por la norma que establece.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Otra cuesti&oacute;n, &eacute;ticamente m&aacute;s fundamental que estas pero inseparable de ellas, y que se debe considerar en la primera parte de la investigaci&oacute;n, se deriva directamente del reconocimiento del car&aacute;cter provisional de las necesidades y del hecho obvio de que las necesidades que un sistema econ&oacute;mico intenta satisfacer son en gran medida un producto del funcionamiento del sistema mismo. Cuando establece su escala de valores, el orden econ&oacute;mico hace mucho m&aacute;s que seleccionar y comparar las necesidades de bienes y servicios intercambiables: su actividad se extiende a la formaci&oacute;n y a la transformaci&oacute;n radical o a la creaci&oacute;n de necesidades; estas y los medios para satisfacerlas son en gran medida productos del sistema. El examen de la &eacute;tica del sistema econ&oacute;mico debe considerar el tipo de necesidades que tiende a producir o a fomentar, as&iacute; como su tratamiento de las necesidades existentes en un momento dado.</p>     <p align="justify">El segundo de los tres principales puntos de vista que se deben considerar corresponde a un aspecto de la vida econ&oacute;mica que est&aacute; ganando r&aacute;pidamente una adecuada atenci&oacute;n de los economistas: el hecho de que la motivaci&oacute;n de los negocios es en gran medida la emulaci&oacute;n por s&iacute; misma. La industria y el comercio son un juego competitivo, en el que los hombres participan por las mismas motivaciones que en otros juegos o deportes. No por satisfacer necesidades en sentido directo o econ&oacute;mico. Las “recompensas” de la participaci&oacute;n exitosa en este juego no se buscan por un potencial de satisfacci&oacute;n que dependa de una cualidad que posean como cosas, sino simplemente como s&iacute;mbolos del &eacute;xito, como los galardones, medallas y dem&aacute;s trofeos que se conceden en otro tipo de concursos. Nuestra segunda tarea ser&aacute; entonces preguntar &iquest; <i>qu&eacute; clase de juego</i>son los negocios? &iquest;Hay algo que decir acerca de los juegos desde un punto de vista &eacute;tico, una base para juzgarlos o clasificarlos, y de ser as&iacute;, los negocios son un juego relativamente bueno, malo o indiferente?</p>     <p align="justify">La tercera parte del art&iacute;culo tratar&aacute; brevemente los aspectos fundamentales del problema de los valores desde el punto de vista de la &eacute;tica absoluta. La actividad econ&oacute;mica ocupa gran parte de la vida, y quiz&aacute; tiende a aumentar su magnitud relativa. El problema de la influencia del sistema econ&oacute;mico sobre el car&aacute;cter s&oacute;lo se puede tratar de manera superficial, pero al menos se debe plantear. Se dar&aacute; &eacute;nfasis a la fase particular de la emulaci&oacute;n competitiva como motivaci&oacute;n y al &eacute;xito en la contienda como valor &eacute;tico. El orden econ&oacute;mico competitivo debe ser responsable en parte de que la emulaci&oacute;n y la rivalidad sean cualidades sobresalientes del car&aacute;cter de los pueblos occidentales que lo adoptaron y desarrollaron. La idea moderna de que el disfrute y el logro consisten ante todo en igualar o aventajar a otros en una rivalidad por cosas acerca de cuyo significado, m&aacute;s all&aacute; de que son los objetivos de la competencia, apenas se cuestiona. Una funci&oacute;n de la reflexi&oacute;n &eacute;tica es sin duda la de recordar que &eacute;sta no es la &uacute;nica concepci&oacute;n posible del valor y mostrar su contraste con los ideales religiosos a los que el mundo occidental contin&uacute;a rindiendo culto de labios para afuera; un contraste que lleva a un dualismo fundamental en nuestro pensamiento y nuestra cultura.</p>     <p align="justify">A lo largo del an&aacute;lisis ser&aacute; necesario tener presente la &iacute;ntima conexi&oacute;n entre estos diversos aspectos del sistema econ&oacute;mico. La actividad econ&oacute;mica es <i>al mismo tiempo</i> un medio para satisfacer necesidades, una agencia de formaci&oacute;n de necesidades y del car&aacute;cter, un campo de expresi&oacute;n creativa y un deporte competitivo. En “el juego de los negocios”, los hombres moldean su personalidad y la de los dem&aacute;s, a la vez que crean una civilizaci&oacute;n ante cuyo valor perdurable no podemos ser indiferentes.</p>     <br>     <p align="center"><b>I</b></p>     <br>     <p align="justify">El debate sobre los m&eacute;ritos de la libre competencia o <i>laissez-faire</i> es de especial inter&eacute;s en vista del contraste entre la seductora credibilidad del argumento a favor del “obvio y simple sistema de libertad natural” y el car&aacute;cter notoriamente decepcionante de los resultados que ha tendido a producir en la pr&aacute;ctica<a href="#4" name="n4"><sup>4</sup></a>. A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, bajo la influencia de los “economistas cl&aacute;sicos”, de los liberales manchesterianos, de la presi&oacute;n pol&iacute;tica de la burgues&iacute;a en ascenso y de la fuerza general de las circunstancias, se hicieron r&aacute;pidos progresos hacia el establecimiento de la libertad individual en los asuntos econ&oacute;micos. Pero mucho antes de llegar al individualismo total se percibi&oacute; que sus consecuencias eran intolerables, y se inici&oacute; el contramovimiento de intervenci&oacute;n y control social que desde entonces se ha acelerado. El argumento en pro del individualismo, tal como lo han desarrollado sus defensores desde Adam Smith, se puede resumir en la siguiente frase: una organizaci&oacute;n libremente competitiva de la sociedad tiende a colocar todo recurso productivo en aquel lugar del sistema donde puede hacer la m&aacute;xima adici&oacute;n posible al dividendo social total medido en t&eacute;rminos de precios, y a recompensar a todos los participantes en la producci&oacute;n con el aumento del dividendo social que su cooperaci&oacute;n ha hecho posible. En mi opini&oacute;n, esa proposici&oacute;n es totalmente v&aacute;lida, pero no es un enunciado v&aacute;lido de un ideal &eacute;tico social, el objetivo de una utop&iacute;a. No obstante, el an&aacute;lisis de la tensi&oacute;n entre libertad individual y socializaci&oacute;n se ha centrado en la verdad de esa proposici&oacute;n como enunciado de las tendencias competitivas y no en su significado &eacute;tico. Quienes sienten disgusto por las tendencias del sistema en vista de sus resultados –pr&aacute;cticamente todo el mundo– atacan el an&aacute;lisis cient&iacute;fico. Argumentaremos, en primer lugar, que las condiciones de la vida no admiten un acercamiento al individualismo del tipo que la teor&iacute;a supone necesariamente, y en segundo lugar, que en las actuales condiciones de vida no se pueden lograr las implicaciones &eacute;ticas que com&uacute;nmente se consideran inherentes al individualismo.</p>     <p align="justify">El enunciado cuidadoso del significado del individualismo pertenece a la esfera de la teor&iacute;a econ&oacute;mica y no a la de la cr&iacute;tica &eacute;tica. Es un accidente de la manera como se ha desarrollado la ciencia econ&oacute;mica, y especialmente de la relaci&oacute;n peculiar entre ciencia y pr&aacute;ctica en este campo, que se hayan hecho pocos esfuerzos serios para enunciar con rigor y exactitud los supuestos impl&iacute;citos en el concepto de competencia perfecta, las premisas de la econom&iacute;a pura. Los autores que escriben sobre econom&iacute;a se han interesado en problemas administrativos, y para ellos los resultados de cualquier tratamiento exacto de los principios son demasiado abstractos para que tengan aplicaci&oacute;n directa, y en general no han recibido la formaci&oacute;n necesaria para utilizar o apreciar los m&eacute;todos rigurosos. Los economistas matem&aacute;ticos han sido antes matem&aacute;ticos y luego economistas, y se inclinan a simplificar excesivamente los datos y a subestimar la divergencia entre sus premisas y los hechos de la vida. En consecuencia, no han logrado presentarlos de tal forma que los economistas pr&aacute;cticos puedan entender y apreciar su relaci&oacute;n con los problemas reales. El lector cr&iacute;tico de la literatura econ&oacute;mica general se asombra ante la falta de esfuerzos para definir con precisi&oacute;n la competencia, el tema principal del debate. La formulaci&oacute;n clara de los postulados del individualismo te&oacute;rico pondr&iacute;a de relieve su contraste con el <i>laissez-faire</i> pr&aacute;ctico y desacreditar&iacute;a a este &uacute;ltimo como pol&iacute;tica. En este art&iacute;culo no se puede ir m&aacute;s all&aacute; del intento de enunciar en forma sint&eacute;tica las premisas del sistema competitivo, y las mencionaremos en referencia a nuestro prop&oacute;sito de mostrar que en las condiciones de la vida real, ning&uacute;n orden social posible basado en la pol&iacute;tica del <i>laissez-faire</i> puede justificar las conclusiones &eacute;ticas de la econom&iacute;a apolog&eacute;tica.</p>     <p align="justify">1. En primer lugar, un sistema competitivo individualista debe estar formado por individuos que contratan libremente. En la realidad, s&oacute;lo una parte muy peque&ntilde;a de la poblaci&oacute;n de cualquier naci&oacute;n moderna establece contratos bajo su propia responsabilidad. Nuestro “individualismo” es en realidad un “familiarismo”. Los menores, los ancianos y muchas personas de otras categor&iacute;as, incluida pr&aacute;cticamente la mayor&iacute;a de las mujeres adultas, est&aacute;n en una situaci&oacute;n en que sus negociaciones son realizadas por otras personas. La familia es aun la unidad de producci&oacute;n y consumo. Sobra decir que todos los argumentos en favor de la libre contrataci&oacute;n se anulan o revocan cuando una persona contrata en nombre de otra.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">2. Adem&aacute;s, el individuo m&aacute;s libre, el var&oacute;n sin trabas y en la flor de la vida, no es en ning&uacute;n sentido real una unidad ni un dato social &uacute;ltimo. Es en gran medida un producto del sistema econ&oacute;mico, el cual es una parte fundamental del ambiente cultural que ha formado sus deseos y necesidades, que le ha dado las capacidades productivas que posee y puede vender, y que controla en gran medida sus oportunidades. La organizaci&oacute;n social basada en la libre contrataci&oacute;n implica que las unidades contratantes saben lo que quieren y se gu&iacute;an por sus deseos, es decir, que son “perfectamente racionales” lo que equivale a decir que son mecanismos perfectos de satisfacci&oacute;n de necesidades. En la realidad, la actividad humana es en gran medida impulsiva; una respuesta relativamente irreflexiva e indeterminada al est&iacute;mulo y la sugesti&oacute;n. Adem&aacute;s hay mucho de verdad en el argumento de que la competencia no regulada premia el enga&ntilde;o y la corrupci&oacute;n. En todo caso, donde la familia es la unidad social, la herencia de riqueza, cultura, ventajas educativas y oportunidades econ&oacute;micas tiende a aumentar la desigualdad en forma progresiva, con malos resultados para la personalidad de quienes est&aacute;n en ambos extremos de la escala. Es totalmente contrario a los hechos tratar al individuo como un dato, y hay que aceptar que el orden econ&oacute;mico competitivo tiende a formar el car&aacute;cter siguiendo l&iacute;neas que a menudo est&aacute;n muy lejos de ser &eacute;ticamente ideales.</p>     <p align="justify">3. Se acepta universalmente que la competencia efectiva exige “fluidez”, la perfecta divisibilidad y movilidad de todos los bienes y servicios que se intercambian. El bajo grado en que este supuesto concuerda con los hechos reales pone tales l&iacute;mites a la “tendencia” de la competencia real que en muchos casos invalida el principio. Igual que en el caso de otros supuestos, no es leg&iacute;timo sacar conclusiones pr&aacute;cticas de una ‘tendencia&rsquo;, por real que sea, sin tomar en cuenta otras tendencias contradictorias y ponderar los datos de acuerdo con su peso relativo. Uno de los peligros de razonar a partir de premisas simplificadas es la posibilidad de sobrevalorar los factores abstractos cuando se sacan conclusiones y se formulan pol&iacute;ticas basadas en ellas.</p>     <p align="justify">4. Uno de los principales prerrequisitos de la competencia perfecta es que todo competidor individual tenga pleno conocimiento de las oportunidades de intercambio que se abren ante &eacute;l. Un “mercado perfecto” implica la comunicaci&oacute;n perfecta, instant&aacute;nea y gratuita entre todos los participantes. Esta condici&oacute;n se cumple en forma aproximada en el caso de algunos bienes cuyo intercambio est&aacute; organizado; pero el funcionamiento del mercado de la mayor&iacute;a de los bienes de consumo es muy burdo. En cuanto a los servicios productivos, el capital pecuniario abstracto fluye a trav&eacute;s de un mercado altamente desarrollado; pero el mercado de trabajo, de la tierra y del capital real, y de sus usos deja amplio margen para el “poder de negociaci&oacute;n” y otras aberraciones accidentales. La organizaci&oacute;n de la producci&oacute;n y la distribuci&oacute;n del producto divergen, en consonancia, de los resultados te&oacute;ricamente ideales.</p>     <p align="justify">5. La competencia exige adem&aacute;s que todo comprador efectivo o potencial de un bien o servicio conozca exactamente sus propiedades y atributos para satisfacer sus necesidades. En el caso de los bienes de producci&oacute;n, esto significa conocer sus caracter&iacute;sticas t&eacute;cnicas. En una civilizaci&oacute;n industrial tan compleja como la del mundo moderno es evidente que las divergencias de esta “tendencia” son a menudo m&aacute;s importantes que la tendencia. Se dispone de un conocimiento indirecto para compensar la ignorancia directa de modos muy sutiles; aun as&iacute;, ning&uacute;n individuo puede saber lo suficiente para actuar de acuerdo con el ideal de la competencia perfecta. Adem&aacute;s, la competencia perfecta no se agota en la exigencia de saber c&oacute;mo son las cosas; el competidor tambi&eacute;n debe prever c&oacute;mo ser&aacute;n, a veces en un futuro muy lejano, y es evidente que las limitaciones de la presciencia son m&aacute;s vastas que las del conocimiento.</p>     <p align="justify">6. Los resultados de la acci&oacute;n inteligente son los fines a los que se dirige, y s&oacute;lo ser&aacute;n &eacute;ticamente ideales si esos fines son valores verdaderos. En el individualismo, esto significa que las necesidades de los individuos deben ser ideales, as&iacute; como su conocimiento perfecto. Ya comentamos lo suficiente el hecho de que el orden social forma y satisface las necesidades de sus miembros, y la consecuencia natural de que debe ser juzgado &eacute;ticamente m&aacute;s por las necesidades que genera, por el tipo de car&aacute;cter que forma en la poblaci&oacute;n, que por la eficiencia para satisfacer las necesidades existentes en un momento dado<a href="#5" name="n5"><sup>5</sup></a>.</p>     <p align="justify">7. Otra grave limitaci&oacute;n del funcionamiento real de la libre competencia surge del hecho de que los individuos no tienen libre acceso a los imperfectos mercados existentes. No hay error m&aacute;s palmario que el de confundir la libertad con la libre competencia, como se suele hacer. La teor&iacute;a m&aacute;s elemental muestra que quienes conforman un grupo econ&oacute;mico pueden siempre conseguir m&aacute;s colaborando que compitiendo. En condiciones de libertad, lo &uacute;nico que se interpone en el camino de la tendencia universal al monopolio son las afortunadas limitaciones de la naturaleza humana, que impiden la organizaci&oacute;n necesaria o hacen que su costo sea mayor que las ganancias que el monopolio puede proporcionar. Pero el monopolio universal es contradictorio en s&iacute; mismo, y la acci&oacute;n social es el &uacute;nico recurso contra esa tendencia. El juego de la competencia educa progresivamente a los hombres para el monopolio, el cual est&aacute;n alcanzando no s&oacute;lo los productores “capitalistas” de un n&uacute;mero creciente de bienes, sino los trabajadores de muchos sectores y de muchas ramas la agricultura, y aun los productores de los cultivos esenciales aspiran a ese objetivo<a href="#6" name="n6"><sup>6</sup></a>.</p>     <p align="justify">8. La organizaci&oacute;n competitiva individualista de la actividad dirigida a satisfacer necesidades presupone que las necesidades y los medios para satisfacerlas son individuales, es decir, que las necesidades ligadas a las cosas y servicios satisfacen los deseos de la persona que los consume sin afectar a otras. En la realidad, lo que se desea es en mayor medida un asunto de relaciones humanas que de bienes y servicios como tales; deseamos cosas porque otros las tienen, o no pueden tenerlas, seg&uacute;n sea el caso. As&iacute; tambi&eacute;n, s&oacute;lo se pueden proporcionar al individuo los accesorios de la vida civilizada si se los proporciona a la comunidad, y deseamos vivir en una comunidad civilizada as&iacute; como vivir personalmente de una manera civilizada. Con raras excepciones, los intercambios o comparaciones entre individuos afectan, para bien o mal, a personas que est&aacute;n representadas en la negociaci&oacute;n y para las que esta negociaci&oacute;n no es “gratuita”. La acci&oacute;n social es necesaria para promover los intercambios que difunden beneficios por los que las partes no pueden exigir un pago en el mercado, y para suprimir aquellos que difunden males por los que los contratantes no tienen que pagar. Un ejemplo t&iacute;pico es la mejora o el uso de una propiedad de una manera que a&ntilde;ade o resta valor a las propiedades vecinas. En un orden social desarrollado apenas hay un “libre intercambio” entre individuos que no tenga buenos o malos resultados para quienes no participan en &eacute;l.</p>     <p align="justify">9. Un sistema de intercambio no puede funcionar seg&uacute;n la “teor&iacute;a” sin una unidad cient&iacute;fica para medir los valores. La sociedad tiene que asumir o controlar cuidadosamente las actividades relacionadas con el medio circulante. Con el gran desarrollo del cr&eacute;dito, el control de la banca y del dinero implica un alto grado de control sobre todos los negocios, pero una banca realmente libre muy pronto llevar&iacute;a todas las relaciones de intercambio al caos.</p>     <p align="justify">10. Una organizaci&oacute;n econ&oacute;mica debe emplear parte de su capacidad productiva para atender las necesidades corrientes de la sociedad y parte para atender el desarrollo futuro. Para que esta segunda funci&oacute;n se cumpla de manera inteligente mediante la iniciativa individual en una organizaci&oacute;n competitiva, cada miembro del sistema debe hacer una comparaci&oacute;n y una elecci&oacute;n correctas entre sus necesidades presentes y las futuras exigencias sociales. La debilidad del individualismo competitivo en este campo es bien conocida, pues es evidente que el progreso es en esencia un hecho social. En un sistema individualista, la provisi&oacute;n para el progreso depende del inter&eacute;s de los individuos actuales en los individuos futuros –engendrados por el sistema familiar en un grado incierto y con consecuencias inciertas sobre la forma del progreso– o de su inter&eacute;s en el progreso mismo o en alguna de sus formas como valor ideal, o de alguna conexi&oacute;n accidental que haga del progreso un subproducto de actividades dirigidas a otros fines. Ninguna de estas motivaciones, ni todas juntas, producen resultados inmunes a la cr&iacute;tica; pero los problemas de la acci&oacute;n social en este campo son tan dif&iacute;ciles y el ideal de progreso es tan vago, que es imposible decir en corto espacio algo que valga la pena sobre la relaci&oacute;n entre las diferentes formas de organizaci&oacute;n social y la soluci&oacute;n del problema. Es un hecho que la intervenci&oacute;n social ha ido m&aacute;s lejos en este campo que en el de la producci&oacute;n y el consumo corrientes, como testimonia especialmente la provisi&oacute;n social para la educaci&oacute;n y la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica.</p>     <p align="justify">11. Todo lo que el hombre planea y ejecuta implica incertidumbre, y un orden social racional s&oacute;lo puede ser obra de la acci&oacute;n individual si todas las personas tienen una actitud racional ante el riesgo y la oportunidad. Pero la actitud humana general es proverbialmente irracional, y se requiere que la sociedad limite la libertad individual. No s&oacute;lo es necesario prohibir los juegos de azar, sino que se deben tomar medidas para poner el control de los recursos y la direcci&oacute;n de la producci&oacute;n de riqueza en manos de personas razonablemente aptas y competentes para asumir esa responsabilidad, y la libertad de esos individuos para aprovechar las oportunidades debe adem&aacute;s estar restringida por normas de tipo general. Ninguna sociedad ha tratado nunca a los recursos productivos como propiedad privada en sentido estricto. Sin embargo, es m&aacute;s probable que una sociedad socialista derive hacia el ultraconservatismo que hacia la imprudencia.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">12. El &uacute;ltimo elemento de esta lista de razones por las que el individualismo y la competencia no pueden llevar a una utilizaci&oacute;n ideal de los recursos sociales es la &eacute;tica de la distribuci&oacute;n. En un sistema competitivo, la distribuci&oacute;n se efect&uacute;a a trav&eacute;s de un proceso de mercado, la valoraci&oacute;n de los servicios productivos, y por supuesto est&aacute; sujeta a las limitaciones generales del mercado antes mencionadas. Pero este no es el punto principal. Es un supuesto com&uacute;n –del cual son parcialmente responsables los representantes de la “teor&iacute;a productiva”– que la contribuci&oacute;n productiva es una medida &eacute;tica de lo que se merece. Esto ha tendido inadecuadamente a desacreditar la teor&iacute;a como explicaci&oacute;n causal de lo que ocurre en la distribuci&oacute;n; porque quienes son llevados err&oacute;neamente a aceptar la norma, pero no pueden aprobar los resultados, reaccionan atacando la teor&iacute;a. Un examen de la cuesti&oacute;n mostrar&aacute; que la contribuci&oacute;n productiva apenas tiene poco o ning&uacute;n significado &eacute;tico desde el punto de vista de la &eacute;tica absoluta. (Se debe tener en mente que la cuesti&oacute;n de la factibilidad es eliminada por los l&iacute;mites que hemos impuesto al an&aacute;lisis. Nos ocupamos de los ideales y no de investigar si, y en qu&eacute; aspectos, las posibilidades del mundo real se pueden armonizar con nuestros anhelos morales.) El examen de la productividad como medida del merecimiento tambi&eacute;n debe ser sint&eacute;tico<a href="#7" name="n7"><sup>7</sup></a>.</p>     <p align="justify">a) En primer lugar, como ya se dijo, s&oacute;lo hay una “tendencia general” a imputar a cada agencia productiva lo que produce verdaderamente. El factor de ignorancia es aqu&iacute; especialmente importante puesto que una imputaci&oacute;n correcta exigir&iacute;a un conocimiento tecnol&oacute;gico y una previsi&oacute;n perfectos. Los seres humanos no viven de promedios, y s&oacute;lo en un grado muy peque&ntilde;o el sistema de librecambio puede hacer posible que alguien viva este a&ntilde;o con lo que puede (o no) ganar el a&ntilde;o siguiente. El individuo a quien sobrepasa la tendencia puede vivir en un grado aun menor, mediante el libre intercambio, con la remuneraci&oacute;n extraordinaria que recibe una persona m&aacute;s afortunada.</p>     <p align="justify">b) La tendencia a situar a cada agencia productiva en el lugar en que haga la mayor contribuci&oacute;n es mucho menos efectiva que la fuerza que ajusta la remuneraci&oacute;n a la contribuci&oacute;n efectiva. Un sistema social que pone a los artistas a limpiar zapatos y les paga lo que merecen en esa ocupaci&oacute;n no es menos condenable que el que los pone a trabajar en su arte y les paga lo que recibir&iacute;an como limpiabotas.</p>     <p align="justify">c) El producto o contribuci&oacute;n se mide siempre en t&eacute;rminos de precio, lo que no guarda correspondencia estrecha con el valor &eacute;tico o el significado humano. El valor monetario de un producto depende de la “demanda”, la que a su vez refleja los gustos y el poder adquisitivo del p&uacute;blico comprador y la disponibilidad de bienes sustitutos. Todos estos factores son creados y controlados por los mecanismos del sistema econ&oacute;mico, como ya se dijo. De aqu&iacute; que sus resultados no tengan ning&uacute;n significado &eacute;tico como normas para juzgar el sistema. Por el contrario, el sistema se debe juzgar por la conformidad de los fen&oacute;menos de demanda con los patrones &eacute;ticos, y no por la conformidad de la producci&oacute;n y la distribuci&oacute;n existentes con la demanda. Y los resultados finales difieren notablemente de las normas &eacute;ticas vigentes. Nadie pretende que una botella de vino a&ntilde;ejo sea &eacute;ticamente tan valiosa como un barril de harina, o que un fastuoso traje de noche para la mujer de un potentado valga tanto como una vivienda popular, aunque esos precios relativos no sean raros. &Eacute;ticamente, todo el proceso de valoraci&oacute;n es literalmente un “c&iacute;rculo vicioso”, puesto que los precios surgen de la demanda y la demanda de los precios.</p>     <p align="justify">d) El ingreso no va a los “factores” sino a sus propietarios, y en ning&uacute;n caso tiene m&aacute;s justificaci&oacute;n &eacute;tica que el hecho de la propiedad. La propiedad de la capacidad productiva, personal o material, se basa en una mezcla compleja de herencia, suerte y esfuerzo, quiz&aacute; en ese orden de importancia relativa. Desde el punto de vista de la &eacute;tica absoluta se puede discutir cu&aacute;l es la distribuci&oacute;n ideal; pero de los tres elementos mencionados, &uacute;nicamente el esfuerzo puede tener validez &eacute;tica<a href="#8" name="n8"><sup>8</sup></a>. Desde ese mismo punto de vista, la mayor&iacute;a de las personas quiz&aacute; est&eacute;n de acuerdo en que la capacidad heredada representa una obligaci&oacute;n m&aacute;s que un derecho frente a &eacute;l. Discutiremos m&aacute;s adelante la importancia de la suerte, en relaci&oacute;n con el concepto de los negocios como juego. Debemos se&ntilde;alar que hay una falacia en la postura com&uacute;n que distingue entre el significado &eacute;tico de los ingresos del trabajo y los de los dem&aacute;s factores. El trabajo, en el sentido econ&oacute;mico, puede representar un sacrificio o una fuente de satisfacci&oacute;n, y la capacidad para trabajar productivamente proviene de las mismas tres fuentes de la propiedad, es decir, la herencia, la suerte y el esfuerzo adquisitivo, sin que tenga una diferencia general obvia con el caso de la propiedad en cuanto a su importancia relativa.</p>     <p align="justify">e) El valor de un servicio o producto var&iacute;a desde cero hasta una magnitud indeterminada, seg&uacute;n la demanda. Es dif&iacute;cil entender por qu&eacute;, aun cuando la demanda sea &eacute;tica, la posesi&oacute;n de la capacidad para proporcionar servicios que tienen demanda, en vez de otras capacidades, constituye un derecho &eacute;tico a una mayor participaci&oacute;n en el dividendo social, excepto en la medida en que esa capacidad sea producto de un esfuerzo consciente.</p>     <p align="justify">f) El valor de un servicio productivo var&iacute;a desde cero hasta una magnitud indeterminada, seg&uacute;n su escasez. Los servicios m&aacute;s vitales llegan a carecer de valor si su oferta es muy abundante, y el desempe&ntilde;o m&aacute;s trivial se vuelve excesivamente valioso si es &uacute;nico y raro, como cuando una monstruosidad humana satisface una demanda econ&oacute;mica permitiendo que el p&uacute;blico la contemple. Es dif&iacute;cil entender por qu&eacute; es m&aacute;s meritoria simplemente por ser diferente de los dem&aacute;s que por ser como ellos, excepto, de nuevo, cuando la capacidad ha sido cultivada mediante un esfuerzo que otros se negaron a realizar.</p>     <p align="justify">g) Por &uacute;ltimo, cabe se&ntilde;alar que la sociedad moderna acepta y satisface el derecho de los desvalidos a una asistencia humana tolerable, y que no hay ninguna diferencia de principio entre este reconocimiento en el caso extremo y la aceptaci&oacute;n de que las diferencias en el grado de competencia no son una base v&aacute;lida para el trato discriminatorio en la distribuci&oacute;n. Pero, despu&eacute;s de todo, &iquest;alguien pretende realmente que la “competencia”, medida por el sistema de precios, corresponde a un m&eacute;rito &eacute;tico? &iquest;No es obvio que la “incompetencia” aqueja de modo tan inexorable, aunque no tan com&uacute;n, tanto al que es demasiado bueno para el mundo como al que tiene un car&aacute;cter reprochable?</p>     <p align="justify">El sistema competitivo, visto como un simple mecanismo de satisfacci&oacute;n de necesidades, est&aacute; entonces muy por debajo de nuestros m&aacute;s altos ideales. A las tendencias te&oacute;ricas de la competencia perfecta se deben oponer las limitaciones y contratendencias igualmente fundamentales, cuya lista ser&iacute;a muy larga despu&eacute;s de un examen cuidadoso. Las normas de valor que gu&iacute;an el uso de los recursos en la producci&oacute;n son los precios de los bienes, que divergen notoriamente de los valores &eacute;ticos aceptados, y si el orden existente fuese m&aacute;s puramente competitivo, si se redujera el alcance del control, es evidente que esa divergencia ser&iacute;a enormemente mayor. Adem&aacute;s, el individualismo sin trabas quiz&aacute; tender&iacute;a a rebajar las normas en vez de elevarlas. “Dar al p&uacute;blico lo que quiere” usualmente significa corromper el gusto popular. El sistema es tambi&eacute;n ineficiente en la utilizaci&oacute;n de los recursos para producir los valores que establece, como revel&oacute;, con evidencias alarmantes, el informe sobre el despilfarro en la industria redactado por un comit&eacute; de la Confederated Engineering Societies. El producto de la industria se distribuye con base en el poder, lo cual es &eacute;tico s&oacute;lo en la medida en que derecho y fuerza sean sin&oacute;nimos. Se admite su fracaso en la promoci&oacute;n de muchas formas de progreso social, y que sus funciones a este respecto est&aacute;n siendo asumidas progresivamente por otros organismos sociales. Dejado a s&iacute; mismo, el sistema “colapsa” a intervalos frecuentes, por la disoluci&oacute;n de su unidad de valor y otras causas que producen oscilaciones violentas y no el equilibrio de la teor&iacute;a.</p>     <p align="justify">Del &aacute;mbito del presente art&iacute;culo excluimos expresamente todo juicio pr&aacute;ctico sobre el sistema competitivo en comparaci&oacute;n con otras alternativas posibles. Pero en vista del tono negativo de la discusi&oacute;n, es justo subrayar que muchos de estos problemas son muy dif&iacute;ciles, y que muchos de los males y causas de perturbaci&oacute;n son inherentes a toda organizaci&oacute;n a gran escala, cualquiera que sea su forma. Tambi&eacute;n debemos decir que los cr&iacute;ticos radicales de la competencia como base general del orden econ&oacute;mico, por lo general subestiman en exceso el peligro de que las cosas fuesen mucho peores si se obrara de otra manera. Por &uacute;ltimo, repitamos que en la pr&aacute;ctica no se trata del uso exclusivo o la total eliminaci&oacute;n de ninguno de los m&eacute;todos fundamentales de organizaci&oacute;n social, individualistas o socialistas. Las actividades econ&oacute;micas, as&iacute; como las dem&aacute;s, estar&aacute;n siempre organizadas de todas las maneras posibles, y el problema consiste en encontrar la proporci&oacute;n justa entre individualismo y socialismo y sus diversas variedades, y en usar cada uno en el lugar apropiado.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <p align="center"><b>II</b></p>     <br>     <p align="justify">Cuando pasamos del aspecto de la actividad econ&oacute;mica relacionado con la satisfacci&oacute;n de necesidades a considerar otros de sus problemas de valor, nos adentramos en una tarea mucho m&aacute;s ardua. No hay una tradici&oacute;n aceptada que sirva de gu&iacute;a, y el material es mucho menos susceptible a una divisi&oacute;n detallada o a un tratamiento de exactitud cient&iacute;fica. Todo lo que se puede hacer aqu&iacute; es plantear preguntas y sugerir l&iacute;neas de investigaci&oacute;n.</p>     <p align="justify">Un punto esencial de nuestra cr&iacute;tica al dogma establecido es que ha aceptado, en un sentido muy estrecho y &uacute;ltimo, la visi&oacute;n del sistema econ&oacute;mico como un mero mecanismo que satisface las necesidades o deseos que dependen del intercambio de bienes y servicios. Los economistas han tardado mucho en reconocer, y a&uacute;n no de manera general y adecuada, el aspecto del sistema como creador de necesidades, y que las necesidades, como productos econ&oacute;micos, son a la vez fines y gu&iacute;as de la producci&oacute;n. Se ha prestado aun menor atenci&oacute;n a los aspectos del problema de la organizaci&oacute;n que no caben naturalmente en el tema de la satisfacci&oacute;n de necesidades, en el sentido corriente de deseo de bienes y servicios. Pero cuando consideramos que la actividad productiva ocupa gran parte de la vida consciente de la mayor parte de la humanidad, no se puede suponer sin una investigaci&oacute;n previa que la producci&oacute;n es s&oacute;lo un medio, un mal necesario, un sacrificio en aras de un bien totalmente ajeno al proceso de producci&oacute;n. Nos sentimos impulsados a buscar en el proceso econ&oacute;mico mismo otros fines adem&aacute;s del mero consumo de lo que se produce, y a examinar con toda atenci&oacute;n las posibilidades de participaci&oacute;n en la actividad econ&oacute;mica como esfera de expresi&oacute;n personal y actividad creativa.</p>     <p align="justify">Tan pronto se plantea el problema, queda claro que en la producci&oacute;n intervienen otros valores adem&aacute;s del consumo de los bienes producidos. Desde que la luz de la cr&iacute;tica sicol&oacute;gica se dirigi&oacute; a la teor&iacute;a econ&oacute;mica, se admite cada vez m&aacute;s que es inadecuado el antiguo tratamiento de la producci&oacute;n como mero sacrificio o dolor que se soporta exclusivamente con el fin de consumir el producto. Se entiende que la satisfacci&oacute;n que depara el consumo se deriva en gran medida de la situaci&oacute;n social y no de las cualidades intr&iacute;nsecas de los bienes, y que el simple hecho de que se acumule tanta riqueza o se dedique a todo tipo de fines que no se ten&iacute;an en mente cuando se emprendi&oacute; su producci&oacute;n basta para probar que el consumo no es su &uacute;nica motivaci&oacute;n. Por el contrario, las personas m&aacute;s activas y provechosamente dedicadas a la creaci&oacute;n de riqueza no pocas veces limitan su consumo hasta el punto de llevar una vida un tanto sobria, la cual deben tratar de mantener para satisfacer las exigencias f&iacute;sicas y mentales que sus negocios les imponen. En el nivel m&aacute;s bajo de la escala socioecon&oacute;mica, la satisfacci&oacute;n de las necesidades f&iacute;sicas es sin duda la motivaci&oacute;n dominante en la mente del obrero no calificado. En niveles superiores, el consumo se vuelve cada vez menos un asunto fisiol&oacute;gico y cada vez m&aacute;s est&eacute;tico o de conveniencia social. Y en los m&aacute;s altos, esto se combina con mayores proporciones de disfrute de la actividad sin importar el uso que se d&eacute; a sus resultados. La econom&iacute;a ha sido tradicionalmente vaga acerca del car&aacute;cter de las motivaciones econ&oacute;micas; a veces da a entender que lo fundamental es la posesi&oacute;n de riquezas y otras, que lo es el consumo de riquezas, y nunca ha explicado claramente las relaciones entre esos impulsos contradictorios o entre ellos y otras motivaciones posibles.</p>     <p align="justify">Cuando se examinan las motivaciones ligadas a la producci&oacute;n como actividad y no en cuanto al producto, la m&aacute;s obvia es su atractivo como juego competitivo. El deseo de riqueza asume en mayor o menor grado el car&aacute;cter del deseo de capturar las piezas o las cartas del adversario en un juego. La cr&iacute;tica &eacute;tica del orden industrial debe entonces considerarlo desde este punto de vista. En cuanto es un juego, &iquest;qu&eacute; clase de juego es? No hay duda de que buena parte de la oposici&oacute;n radical al sistema proviene de este hecho. Las masas desheredadas y mal retribuidas protestan no solamente contra las privaciones de su bajo nivel de vida, sino contra las reglas de lo que perciben como una contienda desleal, en la que ser derrotados porque se les han repartido malas cartas hiere tanto sus sentimientos como la privaci&oacute;n f&iacute;sica por las apuestas que pierden. En las clases sociales m&aacute;s altas se despierta el resentimiento en el coraz&oacute;n de las personas a las que no les gusta el juego, y se rebelan contra la obligaci&oacute;n de jugarlo y contra el hecho de ser estimadas social y personalmente por el &eacute;xito o el fracaso en el juego.</p>     <p align="justify">La creciente atenci&oacute;n a este “aspecto humano” de las relaciones econ&oacute;micas es familiar en los reclamos de los dirigentes sindicales, que hablan mucho m&aacute;s que antes de “control” y mucho menos de salarios y horas de trabajo. Ese mismo cambio de &eacute;nfasis se manifiesta en toda la literatura del inconformismo econ&oacute;mico. Cuando el sentimiento cobra suficiente fuerza, el problema personal empieza a interferir gravemente en los negocios, y las clases dirigentes se ven obligadas a prestarle atenci&oacute;n. Quiz&aacute;s sea cierto que la desigualdad en el disfrute de lo que se produce es hoy menos importante como causa de oposici&oacute;n al sistema competitivo que la desigualdad aun mucho mayor en la distribuci&oacute;n del poder, las oportunidades y el prestigio econ&oacute;micos. El sentimiento de antagonismo se acent&uacute;a sin duda por el contraste entre la ret&oacute;rica pol&iacute;tica acerca de la libertad y la igualdad que es plato diario para nuestros ciudadanos, y los hechos de autocracia y servidumbre que el pueblo trabajador piensa (correcta o err&oacute;neamente) que caracterizan a su vida real.</p>     <p align="justify">Los economistas y los publicistas empiezan a entender que la eficiencia de los negocios y de la industria es en alto grado el resultado de esta atracci&oacute;n por el inter&eacute;s intr&iacute;nseco de la acci&oacute;n; de cu&aacute;n d&eacute;bil es, pese a la vieja econom&iacute;a, la motivaci&oacute;n del mero apetito o la codicia; y de cu&aacute;nto depende el impulso de nuestra vida econ&oacute;mica de que el juego sea y siga siendo interesante. El r&aacute;pido crecimiento de la literatura sobre “incentivos” atestigua este despertar. Mientras ten&iacute;amos la frontera y no s&oacute;lo hab&iacute;a “sitio en la cima” sino un camino libre para ascender, el problema no era grave. Pero en una sociedad m&aacute;s sosegada, se tiende a hacer que el juego sea muy interesante para un peque&ntilde;o n&uacute;mero de “capitanes de industria” y “napoleones de las finanzas”, pero este resultado se logra haciendo mon&oacute;tona y fatigante la vida de las masas que hacen el trabajo. Hay l&iacute;mites m&aacute;s all&aacute; de los cuales el proceso no puede proseguir sin despertar un esp&iacute;ritu de rebeli&oacute;n que estropea el juego aun para los dirigentes, por no hablar del efecto sobre la producci&oacute;n de los bienes de los que la poblaci&oacute;n ha llegado a depender.</p>     <p align="justify">El problema de una norma o ideal &eacute;tico que sirva para juzgar el orden econ&oacute;mico es de un tipo diferente y mucho m&aacute;s dif&iacute;cil cuando abandonamos el campo de los costos y cantidades de bienes m&aacute;s o menos comparables para considerar el poder y el prestigio como fines. En un juego competitivo es absurdo hablar de la igualdad como ideal, un hecho que pasan por alto muchos an&aacute;lisis radicales. Algunas de las cr&iacute;ticas contra la sociedad existente equivalen a condenar como injusta una marat&oacute;n porque alguien lleg&oacute; de primero. Tambi&eacute;n debemos tener presente que el sistema es una agencia de satisfacci&oacute;n de necesidades al mismo tiempo que un juego competitivo, y que ambas funciones son inseparables, mientras que sus ideales respectivos son diferentes. Para la eficiencia en la producci&oacute;n de bienes es necesaria una gran concentraci&oacute;n de autoridad. Pero esta concentraci&oacute;n viola el principio de igualdad de oportunidades en el juego, y cuando el poder de control lleva consigo el derecho a consumir el producto en proporci&oacute;n a ese poder, como sucede realmente, el resultado es una flagrante desigualdad tambi&eacute;n en este respecto. Parece existir un conflicto insalvable entre libertad e igualdad por una parte y eficiencia por la otra. Hay poco respaldo al idealismo democr&aacute;tico e igualitario en el estudio de la biolog&iacute;a evolutiva, en la que las formas altamente centralizadas o “cefalizadas” han ido siempre adelante. No obstante, la sociedad humana es diferente, al menos en cierto grado, porque parece existir una tendencia a que las autocracias, las aristocracias y en general los sistemas que se acercan a una organizaci&oacute;n de castas sean derrotados en la historia por la aparentemente menos eficiente “democracia”, aunque en la pr&aacute;ctica las democracias no se hayan acercado al ideal igualitario.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">En un sistema que es a la vez un mecanismo de satisfacci&oacute;n de necesidades y un juego competitivo hay tres ideales &eacute;ticos en conflicto. El primero es el principio, ya mencionado, de una distribuci&oacute;n acorde con el esfuerzo. El segundo es el principio de “las herramientas para el que puede utilizarlas”. Esta es una condici&oacute;n necesaria de la eficiencia, pero implica dar la mejor mano al mejor jugador, el beneficio de la ventaja al corredor m&aacute;s r&aacute;pido, y as&iacute; viola de modo flagrante el tercer ideal: mantener las condiciones de equidad en el juego.</p>     <p align="justify">El intento de formular con precisi&oacute;n las condiciones de un juego justo e interesante tropieza con problemas dif&iacute;ciles. La diferencia entre juego y trabajo es sutil, y sigue siendo oscura a pesar de todos los esfuerzos de los psic&oacute;logos. Es un sue&ntilde;o antiguo y siempre fascinante el de que todo trabajo se convierta en juego en las condiciones apropiadas. Sabemos que en casi todo tipo de trabajo se puede infundir el esp&iacute;ritu del juego, como es m&aacute;s o menos t&iacute;pico en las artes creativas, en cierto grado en las profesiones superiores, y en especial en los negocios, como ya observamos. Pero las definiciones del juego nos llevan m&aacute;s all&aacute; de la afirmaci&oacute;n de que es una actividad que se disfruta. Se la suele definir como una actividad que constituye su propio fin, que se realiza por s&iacute; misma<a href="#9" name="n9"><sup>9</sup></a>. Pero esta opini&oacute;n no resiste el examen. No podemos imaginar ninguna actividad humana, aun la m&aacute;s “l&uacute;dica”, que sea totalmente espont&aacute;nea y autosuficiente. Quiz&aacute; los movimientos fortuitos de las manos y los pies de un reci&eacute;n nacido se ajusten a esta descripci&oacute;n, pero los juegos y actividades recreativas de un adulto o de un ni&ntilde;o van m&aacute;s all&aacute; de los simples movimientos corporales; tienen un objetivo, as&iacute; sea tan s&oacute;lo construir una casa con bloques de armar para derribarla enseguida, y de esto depende su inter&eacute;s peculiar. Quiz&aacute; podamos decir que, en el juego, el objetivo sigue tan de cerca a la acci&oacute;n que ambos se piensan naturalmente como una unidad, o que el resultado ocupa tan plenamente la atenci&oacute;n que excluye totalmente el esfuerzo consciente, mientras que en el trabajo est&aacute;n en contraste y la actividad se presenta a la mente como un medio frente a un fin. Al menos se puede infundir el estado de &aacute;nimo del juego para trabajar de manera m&aacute;s o menos voluntaria fijando la atenci&oacute;n en el objetivo, con lo que el esfuerzo deja de ser consciente. La capacidad para inducir este cambio de atenci&oacute;n en otras personas parece ser un factor importante del liderazgo.</p>     <p align="justify">Aqu&iacute; nos interesa m&aacute;s la sicolog&iacute;a particular de los juegos competitivos que el problema general del juego, que incluye juegos sociales ceremoniales no competitivos, as&iacute; como juegos solitarios de azar y juegos solitarios formales. Se pueden hacer algunas afirmaciones fundadas acerca de las diferencias entre un buen juego competitivo y uno poco interesante. En primer lugar, hay tres elementos que inciden en la victoria y despiertan el inter&eacute;s: la habilidad para jugar, el esfuerzo y la suerte. Tambi&eacute;n es importante que la capacidad para jugar que se demuestra en el juego es, como toda capacidad humana, una combinaci&oacute;n de dotes innatas y “educaci&oacute;n” adquirida con el esfuerzo previo en el juego o el entrenamiento, o quiz&aacute; en alguna actividad relacionada, seria o recreativa. Un buen juego debe probar la capacidad de los jugadores, y para ello debe obligarlos a esforzarse. Al mismo tiempo debe involucrar algo m&aacute;s que una medida puramente objetiva de la capacidad (suponiendo el m&aacute;ximo esfuerzo). El resultado debe ser impredecible: si no interviene ning&uacute;n elemento de suerte no hay juego. No hay juego en el levantamiento de pesas, una vez se sabe cu&aacute;nto se puede levantar, aun cuando el resultado mida la capacidad. Donde se establecen “marcas”, el inter&eacute;s se centra en las fluctuaciones impredecibles de la capacidad de los atletas (o de los caballos, etc.) entre una prueba y otra.</p>     <p align="justify">Un buen juego exige una proporci&oacute;n razonable, aunque indefinida, entre los tres elementos: capacidad, esfuerzo y suerte; aunque muchos seres humanos sienten fascinaci&oacute;n por el azar puro, a pesar del hecho obvio de que un juego competitivo de azar puro implica una contradicci&oacute;n l&oacute;gica. Hay un consenso general en que los juegos de habilidad son “superiores” a los juegos de azar. El esfuerzo es provocado por el inter&eacute;s, y el inter&eacute;s inteligente depende de que el esfuerzo influya en el resultado. Pero el esfuerzo es in&uacute;til o superfluo cuando hay una gran diferencia en las capacidades de los jugadores, y el juego se estropea. Incluso el cazador que se ve a s&iacute; mismo como un deportista da siempre una oportunidad a la presa. Por &uacute;ltimo, es indudable que algunos juegos son de “m&aacute;s alcurnia” que otros, lo que parece depender de las cualidades humanas necesarias para jugarlos con buenos resultados y disfrutarlos. Es verdad que la clasificaci&oacute;n de los juegos plantea los mismos problemas de las normas de valor que impiden la objetividad en todos los campos de la cr&iacute;tica art&iacute;stica; y aqu&iacute; tambi&eacute;n debemos apelar al consenso general y admitir, dentro de ciertos limites, la validez de juicios contradictorios.</p>     <p align="justify">No hay duda de que jueces diferentes discrepar&iacute;an en su clasificaci&oacute;n de los negocios como juego competitivo, pero los principios antes esbozados indican algunas deficiencias. Su resultado es una prueba muy imprecisa de la habilidad real, porque las condiciones en que los diferentes individuos participan en la contienda son muy desiguales. Por otra parte, el elemento de la suerte es tan importante –mucho m&aacute;s de lo que los ganadores jam&aacute;s admitir&iacute;an–, que la capacidad y el esfuerzo pueden contar muy poco. Este elemento de la suerte act&uacute;a en forma acumulativa, como suele ocurrir en los juegos de azar. Los efectos de la suerte en la primera mano o ronda, en vez de tender a compensarse, de acuerdo con la ley de los grandes n&uacute;meros, a medida que avanza el juego confieren una ventaja diferencial al jugador que gana primero en las manos o rondas sucesivas, y as&iacute; indefinidamente. Cualquier jugador puede ser eliminado por los resultados de su primera apuesta o verse colocado en una posici&oacute;n de la que es muy dif&iacute;cil recobrarse<a href="#10" name="n10"><sup>10</sup></a>.</p>     <p align="justify">De nuevo, las diferencias en la capacidad para jugar el juego de los negocios son enormes entre una persona y otra. Pero cuando el juego se organiza, los contendientes d&eacute;biles son arrojados a competir con los m&aacute;s fuertes en una <i>grand m&ecirc;l&eacute;e</i>, sin ninguna clasificaci&oacute;n de los participantes ni una distribuci&oacute;n de las ventajas, como es necesario hacer en las justas deportivas cuando se enfrentan contrincantes desiguales. En realidad, la situaci&oacute;n es a&uacute;n peor; hay ventajas, pero como vimos se distribuyen en provecho de los fuertes y no de los d&eacute;biles. Debemos creer que la habilidad para los negocios es en alg&uacute;n grado hereditaria y que las instituciones sociales a&ntilde;aden a la superioridad personal heredada una mejor preparaci&oacute;n, condiciones preferenciales de entrada en el juego e incluso, una distribuci&oacute;n anticipada del premio en dinero.</p>     <p align="justify">La distribuci&oacute;n de los premios diverge del alto ideal deportivo en otro sentido. En una competencia en la que se sabe que las habilidades de los participantes son desiguales pero no se determinan las diferencias para clasificarlos o igualar sus oportunidades por medio de ventajas, es posible mantener el inter&eacute;s ofreciendo varios premios de valor menos desigual. Este m&eacute;todo lleva a una clasificaci&oacute;n autom&aacute;tica de los contendientes a medida que avanza el juego. Pero en el juego de los negocios se tiende a acentuar las diferencias de desempe&ntilde;o con la desigual distribuci&oacute;n de las apuestas. Supongamos que organizamos una marat&oacute;n con mil corredores escogidos al azar entre la poblaci&oacute;n. En un extremo habr&iacute;a que ubicar a todos en la l&iacute;nea de partida y hacerlos correr en disputa del primer premio; en el otro, el premio en dinero se deber&iacute;a distribuir entre todos, prescindiendo del orden de llegada. Desde el punto de vista deportivo, el primer procedimiento ser&iacute;a tan absurdo como el segundo. Si los cr&iacute;ticos de la competencia tienden a convertir la igualdad en un fetiche, es indudable que el sistema est&aacute; en el extremo opuesto.</p>     <p align="justify">Admitiendo que el &eacute;xito en los negocios tiende en general a ir de la mano con la habilidad para los negocios, debemos encarar la pregunta del m&eacute;rito abstracto de esa habilidad como cualidad humana y, por tanto, de los negocios como juego. Es dif&iacute;cil negar que la opini&oacute;n cultivada est&aacute; en su contra. Los hombres de negocios que tienen &eacute;xito no son proverbiales por las cualidades que las mejores mentes y los esp&iacute;ritus m&aacute;s sensibles coinciden en llamar nobles. Los negocios no brillan ni han brillado por un elevado esp&iacute;ritu deportivo; para no referirnos a la pregunta que se nos har&iacute;a en este momento acerca de si el esp&iacute;ritu deportivo es el ideal humano m&aacute;s elevado. En cuanto a las cualidades desarrolladas por la actividad de los negocios y los requisitos para disfrutar y participar con &eacute;xito en ella, no hay una medida objetiva y quienes discrepan no aceptar&aacute;n ninguna opini&oacute;n que se precie de estar libre de “prejuicios”. Nos despedimos del tema citando una afirmaci&oacute;n de Ruskin que no se puede desechar diciendo que carece de valor o es poco representativa.</p>     <blockquote>    <p align="justify">En una comunidad regulada por las leyes de la oferta y la demanda, pero protegida contra la violencia abierta –dice &eacute;l–, las personas que se enriquecen son en general industriosas, resueltas, orgullosas, codiciosas, diligentes, met&oacute;dicas, sensatas, faltas de imaginaci&oacute;n, insensibles e ignorantes. Las personas que siguen siendo pobres son las totalmente locas, las muy sabias, las ociosas, las imprudentes, las humildes, las reflexivas, las obtusas, las imaginativas, las sensibles, las bien informadas, las imprevisoras, las perversas e impulsivas, los p&iacute;caros chabacanos, los ladrones desvergonzados, las personas totalmente misericordiosas, justas y piadosas.</p> </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Por favorable que sea nuestra opini&oacute;n sobre el juego de los negocios, es muy poco liberal no aceptar que los dem&aacute;s tienen derecho a tener una opini&oacute;n diferente y que son muchas las personas admirables que lo detestan. Es entonces justificable al menos considerar infortunado el predominio del juego de los negocios sobre la vida, la identificaci&oacute;n de la vida social con ese juego, hasta el punto en que ha llegado a ocurrir en el mundo moderno. En un orden social donde todos los valores se reducen a una medida monetaria en el grado en que sucede en las naciones industriales modernas, una parte considerable de las personas m&aacute;s nobles y sensibles son llevadas a tener una vida desgraciada y aun in&uacute;til. Todos son obligados a jugar el juego econ&oacute;mico y a ser juzgados por el &eacute;xito en el juego, sea cual sea su campo de actividad o su &aacute;rea de inter&eacute;s, y son forzados a contemplar desde la tribuna las dem&aacute;s competencias o actividades no competitivas, que para ellas quiz&aacute; tengan mayor atractivo intr&iacute;nseco.</p>     <br>     <p align="center"><b>III</b></p>     <br>     <p align="justify">Debemos tratar en forma a&uacute;n m&aacute;s inadecuada nuestro tercer problema, que desde el punto de vista de la &eacute;tica pura es el m&aacute;s importante de todos: el problema de la &eacute;tica de la competencia como tal. &iquest;La emulaci&oacute;n es una motivaci&oacute;n &eacute;ticamente buena o mala? &iquest;El &eacute;xito, en cualquier tipo de <i>disputa</i>, es un objetivo noble? &iquest;No existen valores reales aut&eacute;nticos en un sentido m&aacute;s elevado que el simple hecho de que las personas coincidan en esforzarse para alcanzarlos y en medir el &eacute;xito en la vida por el resultado de ese esfuerzo? Parece evidente que la mayor&iacute;a de los fines que se persiguen en la vida cotidiana de los pueblos modernos son principalmente de este car&aacute;cter; son como las cartas de naipe y las piezas de ajedrez, sin valor (cuando mucho) en s&iacute; mismos, pero objetivos del juego, y el que plantea dudas acerca del juego se vuelve antip&aacute;tico. “Jugar el juego” es la versi&oacute;n actual de aceptar el universo, y la protesta es una blasfemia; el Buen Hombre ha cedido el sitio al “buen deportista”. Particularmente en Norteam&eacute;rica –donde los negocios competitivos, y su acompa&ntilde;ante, la visi&oacute;n deportiva de la vida, han alcanzado su m&aacute;s pleno desarrollo– han llegado a existir dos tipos de virtud. La mayor es triunfar, y las dudas meticulosas acerca de los m&eacute;todos no son de buen recibo, siempre que los m&eacute;todos aseguren la victoria. La otra virtud menor es salir y morir con donaire despu&eacute;s de haber perdido.</p>     <p align="justify">No pretendemos responder la pregunta acerca de si el esp&iacute;ritu de rivalidad es &eacute;ticamente bueno, sino plantearla de manera rigurosa. No se puede negar que el atractivo de la motivaci&oacute;n competitiva puede ser una fuente de inter&eacute;s en la actividad. La pregunta que se plantea corresponde en parte al antiguo y cient&iacute;ficamente irresoluble problema del placer <i>frente</i> a la disciplina como valor moral fundamental. El hedonista dir&iacute;a que, como hecho natural, lo que aumenta el placer aumenta el valor, y s&oacute;lo preguntar&iacute;a si suma m&aacute;s de lo que resta.</p>     <p align="justify">Pero parece que aqu&iacute; tropezamos con el anverso de la paradoja del hedonismo de Mill, que es quiz&aacute; la paradoja de la vida. &iexcl;Es mucho m&aacute;s f&aacute;cil argumentar que la implantaci&oacute;n de la motivaci&oacute;n competitiva en la vida econ&oacute;mica la ha hecho m&aacute;s eficiente que m&aacute;s placentera! La observaci&oacute;n desprejuiciada de los obreros industriales en sus faenas y de su b&uacute;squeda fren&eacute;tica y pat&eacute;tica de diversi&oacute;n en el tiempo libre no deja la impresi&oacute;n de una existencia particularmente feliz. Como ya se&ntilde;alamos, la producci&oacute;n econ&oacute;mica se ha convertido en un deporte fascinante <i>para los dirigentes</i>, pero esto se ha logrado reduci&eacute;ndola a un trabajo mec&aacute;nico fatigante para las masas. En suma, &iquest;el af&aacute;n competitivo es un cebo o un l&aacute;tigo? &iquest;Es positivo o negativo, especialmente cuando recordamos que para las masas la competencia se da en el campo del consumo, y la producci&oacute;n se considera &uacute;nicamente como un medio? Desde el punto de vista del placer, &iquest;el ser humano normal prefiere una competencia continua, inexorable y casi a muerte, o el ambiente menos ac&eacute;rrimo de una actividad que se emprende por fines que parecen intr&iacute;nsecamente valiosos, con una mayor dosis de la actitud apreciativa del espectador? Los comentarios actuales sobre la vor&aacute;gine de la vida y el inter&eacute;s por los gremios y el medievalismo manifiestan un sentimiento general de oposici&oacute;n a la tendencia competitiva<a href="#11" name="n11"><sup>11</sup></a>.</p>     <p align="justify">Por otra parte, si aceptamos la visi&oacute;n de que el fin de la vida es hacer cosas, el argumento en favor de la competencia se torna m&aacute;s s&oacute;lido; pero aun aqu&iacute; surgen dudas. Es dif&iacute;cil dejar de preguntar <i>qu&eacute; cosas</i>. Si se piensa que importa qu&eacute; cosas se hacen, la competencia puede ser totalmente indiferente e indiscriminada, e igualmente efectiva como impulso hacia fines valiosos o sin valor. De ser as&iacute;, la elecci&oacute;n de los fines se debe dejar al azar o a cualquier otro principio. Sin embargo, parece existir una tendencia a que la competencia sea selectiva, en un sentido no muy elevado. Es dif&iacute;cil creer que la emulaci&oacute;n sea tan efectiva en los empe&ntilde;os “superiores”, como lo es en relaci&oacute;n con las preocupaciones materiales o las simples trivialidades.</p>     <p align="justify">Es posible sostener que sin importar lo que se haga, toda actividad desarrolla igualmente la personalidad, o que la acci&oacute;n y el cambio en s&iacute; mismos son los que hacen que la vida valga la pena. Desde el punto de vista de la mera actividad interesada, y si no cuestionamos el car&aacute;cter del resultado ni el del inter&eacute;s (m&aacute;s all&aacute; del hecho de que sea un inter&eacute;s “inteligente”, el resultado es un resultado previsto), la organizaci&oacute;n de la vida sobre una base competitiva parecer&iacute;a bastante justificada. Quiz&aacute; la organizaci&oacute;n tienda a propiciar una actitud filos&oacute;fica que justifique la teor&iacute;a, y de ser as&iacute; ya tenemos suficiente “interpretaci&oacute;n econ&oacute;mica” en la moda del pragmatismo. Si la vida se interpreta en t&eacute;rminos del poder como tal, incluyendo la “inteligencia” como una forma de poder, hay pocas dudas de que los negocios competitivos han sido una agencia eficaz para someter las fuerzas de la naturaleza al control humano, y son en gran medida responsables del progreso material de la &eacute;poca moderna<a href="#12" name="n12"><sup>12</sup></a>.</p>     <p align="justify">Por tanto, la econom&iacute;a competitiva y el concepto competitivo de la vida del que es en gran parte responsable s&oacute;lo se pueden justificar en t&eacute;rminos de poder. El hecho de que los consideremos totalmente justificados depende de que estemos dispuestos a aceptar una &eacute;tica del poder como base de nuestra concepci&oacute;n del mundo. Y, como dijo Fichte, “El tipo de filosof&iacute;a que uno prefiere depende de la clase de hombre que uno es”<a href="#13" name="n13"><sup>13</sup></a>. Pero, como la mayor&iacute;a de los aforismos, &eacute;ste se puede invertir sin que deje de ser verdadero: la clase de persona que uno es depende del tipo de filosof&iacute;a que uno elige. Es la eterna ley de la causa y el efecto rec&iacute;procos. Como ya indicamos, el sistema tiende a moldear la mente humana de una manera que justifique al sistema, y en este sentido existe una verdad parcial en la “interpretaci&oacute;n econ&oacute;mica”, que atacamos y repudiamos tan prolijamente<a href="#14" name="n14"><sup>14</sup></a>. Pero la pregunta no termina ni puede terminar all&iacute;. La pregunta completa es: &iquest;aceptamos una “&eacute;tica del poder” como la de Nietszche o tal aceptaci&oacute;n implica una contradicci&oacute;n en los t&eacute;rminos y significa realmente el rechazo de toda “&eacute;tica” verdadera? A la mayor&iacute;a de nosotros se nos ha ense&ntilde;ado no solamente que existe un contraste entre &eacute;tica y poder, entre el derecho y la fuerza, sino que este contraste es esencial para el tipo de moralidad. En esta &eacute;poca es sumamente respetable sostener que todas las ideas de esta clase son cosas infantiles que uno debe repudiar cuando se vuelve adulto. Es algo que forma parte de la moderna concepci&oacute;n cient&iacute;fica del mundo, una parte leg&iacute;tima. Para muchos de sus defensores obstinados, quien dude de ello no es s&oacute;lo un sentimental sino un imb&eacute;cil.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&iexcl;Y “l&oacute;gicamente” tienen raz&oacute;n! Una discusi&oacute;n estrictamente cient&iacute;fica de los problemas del mundo lleva inexorablemente al fatalismo, a una mera cuesti&oacute;n de poder, a relegar al mundo de los sue&ntilde;os toda &eacute;tica que plantee preguntas diferentes a la de la relaci&oacute;n de fuerzas. Debemos admitir claramente que el problema es justamente el de si la l&oacute;gica de la ciencia es v&aacute;lida universalmente; si existe o no un dominio de la realidad que no abarcan las categor&iacute;as factuales y que no se puede describir mediante proposiciones sujetas a verificaci&oacute;n emp&iacute;rica que tengan un significado definido. O, en t&eacute;rminos m&aacute;s precisos, si es posible conocer esa realidad o discutirla de manera inteligente. El cient&iacute;fico obstinado admitir&aacute;, si es imparcial, que esa realidad <i>puede existir</i>, pero que no podemos hablar de ella de manera “inteligente”. Lo que por supuesto es verdad, por el car&aacute;cter del problema, si hablar de modo inteligente significa hablar en t&eacute;rminos cient&iacute;ficos, lo que para &eacute;l son cosas equivalentes. Para la mente moderna, todo esfuerzo para resolver el problema est&aacute; pre&ntilde;ado de grandes dificultades, pues la mente moderna est&aacute; moldeada de conformidad con la visi&oacute;n cient&iacute;fica de lo que significa un discurso inteligente. Sin embargo se deben aceptar claramente dos hechos. El primero es que tambi&eacute;n existen pensadores “respetables” que comparten la creencia de que la concepci&oacute;n cient&iacute;fica del mundo no s&oacute;lo no alberga ning&uacute;n lugar para muchos de los datos m&aacute;s fundamentales de la experiencia humana, sino que, sometida a prueba siguiendo los c&aacute;nones de su propia l&oacute;gica, est&aacute; plagada de contradicciones; una opini&oacute;n que mantienen muchas mentes de competencia demostrada en el campo cient&iacute;fico. El segundo hecho es que las personas se las arreglan para “entenderse” cuando conversan de cosas que no son materia de realidad cient&iacute;fica sino de interpretaci&oacute;n, como en las discusiones sobre arte o el car&aacute;cter y la personalidad.</p>     <p align="justify">Suponiendo que las normas &eacute;ticas diferentes de la magnitud del logro, el ideal que genera la instituci&oacute;n por s&iacute; misma, no se pueden descartar a priori como manifestaciones de incompetencia para discutir el tema, podemos cerrar la discusi&oacute;n haciendo una breve referencia a la relaci&oacute;n entre algunos tipos hist&oacute;ricos de teor&iacute;a &eacute;tica y el problema de la valoraci&oacute;n de la competencia. Desde el punto de vista del hedonismo, la pregunta ser&iacute;a simplemente si la competencia ha aumentado el placer de vivir. Esta pregunta se plante&oacute; m&aacute;s atr&aacute;s, y debemos retornar a ella. En nuestra opini&oacute;n, los hedonistas del siglo diecinueve no eran en modo alguno &eacute;ticamente hedonistas. Sosten&iacute;an, o supon&iacute;an, la postura del hedonismo psicol&oacute;gico, el cual implica el discutible procedimiento de utilizar el <i>placer</i> como sin&oacute;nimo de motivaci&oacute;n en general, y atacarlos o criticarlos en esta &eacute;poca ser&iacute;a como rematar a un cad&aacute;ver. Eran realmente utilitaristas en el sentido en que Paulsen us&oacute; el t&eacute;rmino para referirse a quienes juzgan las acciones humanas por sus consecuencias y no de acuerdo con normas formales. En cuanto a la pregunta fundamental, &iquest;c&oacute;mo juzgar las consecuencias?, por lo general guardaron silencio o fueron vagos. Pero un examen atento muestra que el utilitarismo del siglo diecinueve no fue en esencia m&aacute;s que la &eacute;tica del poder, la “econom&iacute;a divinizada” a la que ya nos referimos. Su resultado fue el de reducir la virtud a la prudencia, y su ideal, el logro de la m&aacute;xima cantidad de resultados deseados. Era cient&iacute;fico e intelectual de acuerdo con la concepci&oacute;n naturalista y pragm&aacute;tica del conocimiento como instrumento de poder, es decir, como poder en s&iacute; mismo. En cuanto a los fines para los que se <i>debe</i> usar el poder –el verdadero problema de la &eacute;tica–, no ten&iacute;an nada que decir en forma precisa o sistem&aacute;tica; aceptaron t&aacute;citamente que el deseo era la esencia del valor. Spencer redujo valerosamente el sistema a un absurdo &eacute;tico remontando expl&iacute;citamente el deseo a la justificaci&oacute;n &uacute;ltima del deseo de vivir, postulando que toda especie “debe” desear lo que es bueno para ella en un sentido biol&oacute;gico, y para todo el grupo de utilitaristas, la capacidad de supervivencia fue de hecho la medida &uacute;ltima de la rectitud.</p>     <p align="justify">Me parece casi superfluo negar que el t&eacute;rmino “&eacute;tica” es adecuado para hablar semejante concepci&oacute;n. Las condiciones de supervivencia son simplemente las leyes biol&oacute;gicas. Puede ser prudente obrar en consonancia con esas leyes, suponiendo que uno desea sobrevivir; pero es dif&iacute;cil asociarlas con las nociones de derecho o deber; y si estas no tienen un significado distinto de la prudencia, todo el dominio de la &eacute;tica es ilusorio<a href="#15" name="n15"><sup>15</sup></a>. La &eacute;tica se ocupa del problema de elegir entre diferentes modos de vida, y supone que existe una elecci&oacute;n real entre diferentes modos, si no no habr&iacute;a &eacute;tica. El car&aacute;cter &eacute;tico de la competencia no lo decide el hecho de que promueva una mayor cantidad de actividades; esto simplemente plantea el problema de la calidad &eacute;tica de lo que se hace o de la motivaci&oacute;n para hacerlo.</p>     <p align="justify">La denominada &eacute;tica del naturalismo cient&iacute;fico se debe contrastar con el hedonismo &eacute;tico verdadero o eudemonismo, con las concepciones griegas y cristianas, en cuanto tipos generales de pensamiento &eacute;tico. Desde el punto de vista de la primera, la filosof&iacute;a de la felicidad, es poco lo que se debe a&ntilde;adir a lo que ya se dijo. La competencia puede ser una fuente adicional de placer en la actividad, en especial para el vencedor o, en el transcurso del juego, para los que tienen alguna oportunidad de ganar. Pero es m&aacute;s probable que se convierta en un l&aacute;tigo, sobre todo cuando es obligatorio participar en la contienda. Hay total consenso en que la felicidad depende m&aacute;s de la capacidad espiritual y del disfrute de los bienes gratuitos de la vida, especialmente del amor a los dem&aacute;s, que de la satisfacci&oacute;n material. Un s&oacute;lido argumento en favor de la cooperaci&oacute;n, cuando esta opera, ser&iacute;a su tendencia a ense&ntilde;ar a las personas a gustar de los dem&aacute;s en un sentido m&aacute;s positivo del que jam&aacute;s puede surgir de la participaci&oacute;n en una contienda; sobre todo en una contienda en la que se cree que est&aacute;n en juego los medios de vida o de una vida decente. El predominio del arte de las ventas en el mundo de los negocios, as&iacute; como el esp&iacute;ritu de rivalidad econ&oacute;mica, tambi&eacute;n tiende a actuar contra el disfrute de los “bienes gratuitos”.</p>     <p align="justify">Cabe advertir adem&aacute;s que aunque es dif&iacute;cil aplicar el principio de “el Se&ntilde;or castiga a los que ama” como m&aacute;xima de moralidad pr&aacute;ctica, por lo general se acepta que la naturaleza humana se revela moralmente m&aacute;s admirable ante la adversidad que en la seguridad y la comodidad; y tambi&eacute;n que a pocas personas se les puede confiar mucho poder sin que lo usen en perjuicio f&iacute;sico de otros y de su propio descr&eacute;dito moral.</p>     <p align="justify">Es cierto que la justificaci&oacute;n de la competencia como motivaci&oacute;n se encuentra en la concepci&oacute;n aristot&eacute;lica del bien como lo que es intr&iacute;nsecamente digno del hombre en cuanto hombre o en la idea plat&oacute;nica de la bondad arquet&iacute;pica. La principal caracter&iacute;stica del pensamiento &eacute;tico griego fue la concepci&oacute;n del bien como objetivo y del juicio moral como acto de conocimiento. Una cosa se debe hacer porque hay que hacerla, no porque la hagan o no la hagan los dem&aacute;s. La virtud es conocimiento, y el bien se concibe intelectualmente; pero el significado de estos enunciados contrasta tanto como es posible con la reducci&oacute;n moderna de la virtud a la prudencia y de la elecci&oacute;n a un c&aacute;lculo de ventajas. En la &eacute;tica griega la cualidad intelectual es la capacidad para discriminar entre valores verdaderos y falsos, lo que es totalmente diferente de la capacidad para prever los cambios y adaptar los medios a los fines. La primera se expresa en t&eacute;rminos de estimaci&oacute;n mientras que la segunda, en t&eacute;rminos de poder. En el primer caso, el ideal es la perfecci&oacute;n; en el segundo, la grandeza. Es cierto que los griegos estaban lejos de ser indiferentes al reconocimiento y a la gloria, y el esp&iacute;ritu de lucha desempe&ntilde;aba un gran papel en la vida de la poblaci&oacute;n, como muestran los juegos ol&iacute;mpicos. Pero el ideal parece haber sido siempre el logro de la perfecci&oacute;n, y educar al pueblo para que reconociera el verdadero m&eacute;rito, no meramente triunfar. Y con absoluta certeza no lo era la mera conquista del poder.</p>     <p align="justify">El cristianismo ha sido interpretado de maneras tan contradictorias, que vacilamos en someterlo a un examen cient&iacute;fico; pese a esta amplia gama de incertidumbre, el cristianismo no acepta los valores competitivos. Si en algo coinciden las diversas interpretaciones ser&iacute;a en que la concepci&oacute;n cristiana de la bondad es la ant&iacute;tesis de la competitiva. Nada nos obliga a creer que el personaje central de los Evangelios fuera un asceta. &Eacute;l nunca conden&oacute; el placer como tal, y parece que tuvo placeres en su vida. Pero no cabe imaginar que haya participado en un deporte competitivo. Entre sus proverbios m&aacute;s caracter&iacute;sticos se encuentran dos exhortaciones: “Los &uacute;ltimos ser&aacute;n los primeros”, y “quien quisiere entre vosotros ser el primero ser&aacute; vuestro esclavo”. El ideal &eacute;tico cristiano contrasta tan abiertamente con el ideal griego como con las ideas modernas derivadas de la ciencia natural y de la econom&iacute;a pol&iacute;tica. Dijimos que todo juicio <i>&eacute;tico</i> de la actividad se debe basar no en su eficiencia, la magnitud de los resultados obtenidos, sino en el car&aacute;cter de esos resultados o en el car&aacute;cter de la motivaci&oacute;n que llev&oacute; a la acci&oacute;n. La concepci&oacute;n griega fija la atenci&oacute;n en el car&aacute;cter del resultado y proporciona una concepci&oacute;n esencialmente est&eacute;tica del valor &eacute;tico; el cristianismo centra la atenci&oacute;n en la motivaci&oacute;n y su ideal de vida se puede sintetizar en la palabra “espiritualidad”, as&iacute; como el ideal griego se sintetiza en la belleza o la perfecci&oacute;n. Mientras que los griegos identificaron la virtud con el conocimiento, suponiendo que era posible que alguien reconociera los valores verdaderos y no actuara de acuerdo con ellos, para el cristianismo (cuya formulaci&oacute;n m&aacute;s expl&iacute;cita es la de San Pablo, Romanos, 7:15, y G&aacute;latas 5: 3 ) la virtud depende de la conciencia, de hacer lo que se cree justo, m&aacute;s que de la percepci&oacute;n correcta de la bondad objetiva. Hay que admitir que si es dif&iacute;cil describir o definir la belleza, es mucho m&aacute;s dif&iacute;cil examinar la espiritualidad de una manera inteligible para una &eacute;poca cient&iacute;fica y utilitaria. Ambos ideales difieren de la &eacute;tica econ&oacute;mica (cient&iacute;fica, pragm&aacute;tica) en que son <i>cualitativos</i>, mientras que la &uacute;ltima es meramente cuantitativa. Me parece evidente que el moderno sentido com&uacute;n deriva sus concepciones de lo que es &eacute;tico, tal como se exponen cuando ese tema se discute expl&iacute;citamente, del cristianismo (y de Kant, que simplemente sistematiz&oacute; los principios cristianos o paulinos).</p>     <p align="justify">El hecho sorprendente de la vida moderna es la separaci&oacute;n total entre la &eacute;tica espiritual que constituye su teor&iacute;a aceptada de la conducta y la noci&oacute;n amoral y acr&iacute;tica de eficiencia, que es el sustituto de un ideal para la acci&oacute;n pr&aacute;ctica, y cuyos valores efectivos son aceptados de manera inconsciente por la tradici&oacute;n o las manipulaciones de los gerentes de ventas, con una peque&ntilde;a dosis de principios est&eacute;ticos. Para la “espiritualidad” se reserva en la pr&aacute;ctica una parte cada vez menor del s&eacute;ptimo d&iacute;a, para una fracci&oacute;n cada vez m&aacute;s peque&ntilde;a de la poblaci&oacute;n, y las organizaciones transforman esa parte en una disputa por congregar m&aacute;s fieles y hacer gala de ostentaci&oacute;n, con una dosis mayor o menor del elemento de diversi&oacute;n est&eacute;tica y una dosis cada vez mayor de puro comercialismo. El esp&iacute;ritu de la vida en las naciones “cristianas” y el esp&iacute;ritu del cristianismo son un interesante tema de estudio para contrastar la teor&iacute;a y la pr&aacute;ctica. Y todo ello, mientras se multiplican las evidencias de una aut&eacute;ntica avidez espiritual en las poblaciones modernas. Se han alejado de la actitud espiritual hacia la vida y no saben c&oacute;mo retornar. La ciencia es demasiado dura para las viejas creencias y el comercialismo competitivo, demasiado duro para los antiguos ideales de sencillez, humildad y reverencia.</p>     <p align="justify">No parece entonces vana la b&uacute;squeda de un fundamento realmente &eacute;tico para aceptar la competencia como base de un tipo ideal de relaciones humanas o como motivaci&oacute;n para la acci&oacute;n. No armoniza con el ideal pagano de la sociedad como comunidad de amigos ni con el ideal cristiano de fraternidad espiritual. Su &uacute;nica justificaci&oacute;n es su eficacia para lograr que se hagan cosas; pero toda respuesta imparcial a la pregunta “&iquest;qu&eacute; cosas?” hace pensar que dejan mucho que desear. Para bien o para mal, sus ideales est&eacute;ticos no merecen la aprobaci&oacute;n de los jueces m&aacute;s competentes; y en cuanto a la espiritualidad, el comercialismo es el mejor camino para que este t&eacute;rmino sea incomprensible para la humanidad contempor&aacute;nea. La motivaci&oacute;n misma ha sido condenada por los mejores esp&iacute;ritus de la especie. En la vida acad&eacute;mica, por ejemplo, aunque todas las instituciones (norteamericanas) se sienten obligadas a utilizar cr&eacute;ditos, calificaciones y honores, casi nunca los defienden por ser intr&iacute;nsecamente valiosos incentivos para el esfuerzo.</p>     <p align="justify">La posibilidad de lograr un mejoramiento mediante la sustituci&oacute;n del individualismo competitivo por otro fundamento de organizaci&oacute;n social est&aacute; m&aacute;s all&aacute; del alcance de este art&iacute;culo. Su prop&oacute;sito era simplemente exponer las debilidades fundamentales de la competencia desde el punto de vista de las normas estrictamente ideales, y establecer las bases para compararla con cualquier otro sistema posible. Resumiendo el argumento, primero subrayamos a modo de introducci&oacute;n que todo juicio acerca del orden social es un juicio de valor y presupone una medida y una norma de valor comunes, que deben ser tan claras y expl&iacute;citas como sea posible para que el juicio sea inteligente. La eficiencia es una categor&iacute;a de valor y la eficiencia social, una categor&iacute;a &eacute;tica. Las normas en que se basa el sistema competitivo, de acuerdo con la teor&iacute;a econ&oacute;mica ortodoxa, son los deseos de los miembros de la sociedad. Se supone que la competencia compara esos deseos y organiza los recursos sociales de modo que los satisfagan, en la mayor medida posible, en su orden de magnitud; es decir, se supone que “tiende” a hacerlo de esa manera. Nuestra primera tarea fue entonces enumerar las limitaciones m&aacute;s fundamentales y obvias de esa tendencia o contratendencias, que en muchos casos son tan importantes como la tendencia. La teor&iacute;a econ&oacute;mica debe aislar las tendencias ideales que le es m&aacute;s f&aacute;cil manejar; pero no se pueden sacar conclusiones pr&aacute;cticas acerca de los beneficios reales del sistema hasta que la teor&iacute;a general tenga en cuenta las tendencias contrarias y eval&uacute;e su importancia relativa con respecto a las tendencias que reconoce, las que en vez de explicar parece siempre justificar.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">En la segunda secci&oacute;n del trabajo se&ntilde;alamos que la vida econ&oacute;mica competitiva tiene implicaciones valorativas en materia de producci&oacute;n, la m&aacute;s notable de las cuales es su atractivo como juego competitivo. El examen desde este punto de vista revela notables deficiencias en los negocios considerados estrictamente como un juego. Tambi&eacute;n causa cierta repugnancia &eacute;tica que la subsistencia de la gran masa de la poblaci&oacute;n sea apenas un pe&oacute;n en ese deporte, por fascinante que sea ese deporte para los dirigentes.</p>     <p align="justify">Por &uacute;ltimo, desde el punto de vista de la &eacute;tica ideal, cuestionamos el predominio de la instituci&oacute;n del deporte o la acci&oacute;n motivada por la rivalidad, y en particular, la contrastamos con la &eacute;tica pagana de la belleza o la perfecci&oacute;n y con el ideal cristiano de espiritualidad.</p>     <p align="justify"><b>    <br>NOTAS AL PIE</b></p>     <p align="justify"><a href="#n1" name="1">1</a>. “&Eacute;tica e interpretaci&oacute;n econ&oacute;mica”, publicado en <i>Revista de Econom&iacute;a Institucional</i> 6, 2002, pp. 173-193.</p>     <p align="justify"><a href="#n2" name="2">2</a>. Publications of the American Economics Association, tercera serie, volumen 2, 1901.</p>     <p align="justify"><a href="#n3" name="3">3</a>. <i> The Vested Interest and the State of the Industrial Arts</i>, pp. 63, 89, 99.</p>     <p align="justify"><a href="#n4" name="4">4</a>. Cabe advertir que por simplicidad hablaremos de “el” sistema competitivo, aunque el an&aacute;lisis se refiere al sistema de competencia “pura”, tal como lo entienden los te&oacute;ricos de la econom&iacute;a. Es superfluo decir que en la realidad nunca nos hemos acercado a dicho sistema y quiz&aacute; no haya sido defendido por un autor que un grupo amplio tome en serio; por cierto, Adam Smith no lo defendi&oacute;. La idea de un orden puramente individualista es un artificio 1&oacute;gico necesario para aislar, con fines anal&iacute;ticos, las tendencias individualistas de las socialistas. Se dar&iacute;a un gran paso para aclarar la discusi&oacute;n si ambos bandos reconocieran que no son ciento por ciento individualistas ni ciento por ciento socialistas, que el problema es de grado y proporci&oacute;n.</p>     <p align="justify"><a href="#n5" name="5">5</a>. Sobre el car&aacute;cter de las necesidades, ver el art&iacute;culo de A. F. McGoun en <i>The Quarterly Journal of Economics</i>, febrero de 1923. El argumento del profesor McGoun pretende en parte criticar mi art&iacute;culo anterior, al que ya me refer&iacute;; pero como empieza dibujando curvas para representar las variaciones, mientras que mi principal argumento era que las necesidades no son un tipo de variables que se puedan representar adecuadamente con curvas, requerir&iacute;a mucho espacio para aclarar el problema. No dudo que sus observaciones tienen gran valor. Comentarios muy sensatos y agudos sobre el car&aacute;cter de diversas necesidades se encuentran en varias secciones de <i>Common Sense of Political Economy</i>, de Wicksteed. El ensayo de Patrick Geddes sobre John Ruskin publicado en la colecci&oacute;n Round Table es un brillante argumento a favor de la reducci&oacute;n de los valores econ&oacute;micos a normas est&eacute;ticas. “Phases of the Economic Interest”, de H. W. Stuart, en el volumen <i>Creative Intelligence</i>, subraya el car&aacute;cter experimental de buena parte de nuestra actividad, en contraste con el concepto est&aacute;tico de necesidades que exige la l&oacute;gica econ&oacute;mica. En <i>Theory of the Leisure Class</i>, Veblen satiriza agudamente muchas de las necesidades “superiores”. Un an&aacute;lisis m&aacute;s mesurado de los problemas involucrados, de mayor trascendencia cient&iacute;fica, se encuentra en los cap&iacute;tulos finales del volumen de G. P. Watkins, <i>Welfare as an Economic Quantity</i>. La creaci&oacute;n de necesidades mediante la actividad de los negocios ha rec ibido mucha atenci&oacute;n en la literatura reciente, de nuevo bajo la direcci&oacute;n de Veblen. Es una grave falacia condenar este tipo de actividad de manera indiscriminada. La creaci&oacute;n de necesidades puede ser buena o mala dependiendo del car&aacute;cter de las necesidades que se crean. La publicidad y el arte de las ventas no se pueden condenar por principio, excepto que estemos dispuestos a repudiar la mayor parte de la educaci&oacute;n y de la civilizaci&oacute;n en general, pues la mayor&iacute;a de los deseos que distinguen al hombre de las bestias han sido creados artificialmente. En t&eacute;rminos &eacute;ticos, la creaci&oacute;n de necesidades aut&eacute;nticas es m&aacute;s importante que la satisfacci&oacute;n de necesidades. En cuanto a los hechos, podemos observar que los negocios est&aacute;n m&aacute;s interesados en modificar las necesidades que en el tipo de modificaci&oacute;n, y es de presumir que efect&uacute;an aquellas modificaciones que les son m&aacute;s f&aacute;ciles y baratas. La ense&ntilde;anza moral que hemos recibido indica que es m&aacute;s f&aacute;cil corromper la naturaleza humana que mejorarla, y la observaci&oacute;n de las tendencias de la formaci&oacute;n del gusto mediante los m&eacute;todos de mercadeo modernos tienden a confirmar esta opini&oacute;n y a justificar un veredicto negativo sobre la actividad individualista de este tipo.</p>     <p align="justify"><a href="#n6" name="6">6</a>. La semejanza entre este argumento y el de Marx es evidente. Parece haber fundamento para tratar seriamente las conclusiones de Marx, aunque se debe repudiar su respaldo l&oacute;gico, la supuesta superioridad universal de los m&eacute;todos de producci&oacute;n a gran escala.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n7" name="7">7</a>. El “producto espec&iacute;fico” de toda agencia es que hace posible que la sociedad produzca m&aacute;s de lo que producir&iacute;a sin ella, sin hacer referencia a lo que puede producir por s&iacute; misma. Suponemos que este es el uso correcto de la palabra “producto”, puesto que en las relaciones de causa y efecto por lo general es cierto que la “causa” es el factor decisivo en la situaci&oacute;n antecedente, y que decidir cu&aacute;l es el factor decisivo es en buena parte un asunto del punto de vista. Aceptamos tambi&eacute;n que la productividad espec&iacute;fica es la &uacute;nica base posible para organizar inteligentemente los recursos productivos, puesto que la m&aacute;xima contribuci&oacute;n espec&iacute;fica general es la condici&oacute;n del m&aacute;ximo producto total. Tambi&eacute;n se debe tener presente que la &eacute;tica absoluta de la distribuci&oacute;n no resulta afectada por la organizaci&oacute;n y la interrelaci&oacute;n de los productos de diversas agencias. En una sociedad caracterizada por la autosuficiencia individual, pero que acepte los mismos principios &eacute;ticos, los m&aacute;s eficientes, industriosos o afortunados que logren una participaci&oacute;n mayor no estar&iacute;an ni m&aacute;s ni menos obligados a compartirla con los dem&aacute;s que en un sistema desarrollado de libre empresa.</p>     <p align="justify"><a href="#n8" name="8">8</a>. Entre los autores m&aacute;s serios encontramos un consenso casi general en que el principio de la <i>necesidad</i>, que equivaldr&iacute;a pr&aacute;cticamente a una participaci&oacute;n igual como norma general, es la base ideal de la distribuci&oacute;n. Entre los autores de tratados generales, al menos los siguientes defienden esa tesis: Taylor, <i>Principles of Economics</i>, 8.<sup>a</sup> ed., p. 511, y Taussig (con un “quiz&aacute;”), <i>Principles of Political Economy</i>, 3.&ordf; ed., vol. 11, p. 475. Podemos suponer que en un mundo ideal, todos aportar&iacute;an igual esfuerzo, de modo que la distribuci&oacute;n de acuerdo con el esfuerzo ser&iacute;a la ideal. En mi opini&oacute;n, el esfuerzo –es decir, el esfuerzo consciente– es un principio mejor; es m&aacute;s acorde con la idea de merecimiento del sentido com&uacute;n, que dif&iacute;cilmente llega al punto de considerar que todos merecen lo mismo, y su aplicaci&oacute;n pr&aacute;ctica es menos imposible.</p>     <p align="justify"><a href="#n9" name="9">9</a>. Para un an&aacute;lisis breve y excelente del uso del t&eacute;rmino “juego”, ver C. E. Rainwater, <i>The Play Movement</i>, “Introducci&oacute;n”. La definici&oacute;n de Dewey, muy t&iacute;pica, cubre “aquellas actividades que no se realizan conscientemente por una recompensa ajena a ellas mismas”. Ver tambi&eacute;n la conferencia de Ruskin sobre el trabajo, en <i>Crown of Wild Olive.</i></p>     <p align="justify"><a href="#n10" name="10">10</a>. En cuestiones de suerte es a&uacute;n m&aacute;s dif&iacute;cil medir la importancia de las diferentes tendencias que en el caso de la satisfacci&oacute;n de necesidades. Hay diferentes opiniones sobre la cantidad ideal de suerte en un juego as&iacute; como la cantidad que existe realmente en los negocios. Quiz&aacute; se acepte m&aacute;s generalmente que el efecto acumulativo de la suerte es un mal. Vale la pena observar que el car&aacute;cter excesivamente crucial de algunas decisiones &uacute;nicas es un fen&oacute;meno com&uacute;n en todas las fases de la vida, y una de las principales fuentes de su tragedia y de su <i>pathos</i>. Rara vez podemos hacer suficientes “ensayos” cuando planeamos alg&uacute;n aspecto importante de nuestra carrera para probar la capacidad de juicio que poseemos. Y cuando pensamos en las posibilidades de mejorar nuestros juicios, nos enfrentamos a la tragedia esencial de la brevedad de la vida.</p>     <p align="justify"><a href="#n11" name="11">11</a>. Tomado de <i>The Cry of Justice: An Anthology of Social Protest</i>, de Upton Sinclair, p. 752.</p>     <p align="justify"><a href="#n12" name="12">12</a>. En sus <i>Principles of Social Reconstruction</i>, Bertrand Russell hace una distinci&oacute;n entre valores competitivos y no competitivos que equivale pr&aacute;cticamente a la del bien y el mal; la dedicaci&oacute;n a los primeros es el pecado original del mundo moderno. En un libro anterior, <i>In the Days of the Comet</i>, H. G. Wells describi&oacute; el cuadro id&iacute;lico de un mundo del que se ha eliminado la competencia. Por otra parte, el socialismo moderno quiz&aacute; ha aceptado m&aacute;s la emulaci&oacute;n competitiva como motivaci&oacute;n, aunque pretende que en el socialismo se moralizar&iacute;a y se orientar&iacute;a al bienestar social, y no a las ganancias privadas.</p>     <p align="justify"><a href="#n13" name="13">13</a>. <i>Was f&uuml;r eine Philosophie man w&auml;hlt hangt davon an was f&uuml;r ein Mensch man ist.</i></p>     <p align="justify"><a href="#n14" name="14">14</a>. Ver el art&iacute;culo antes mencionado, “Ethics and the Economic Interpretation”, <i>Quarterly Journal of Economics</i>, mayo 1922.</p>     <p align="justify"><a href="#n15" name="15">15</a>. Estos autores no pueden encontrar un lugar para la obligaci&oacute;n &eacute;tica de vivir y tendr&iacute;an que rechazarla.</p> </font>      ]]></body>
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