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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[DERECHOS FUNDAMENTALES Y CONSECUENCIAS ECONÓMICAS]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This article explores the confrontation between deontological and consequencialist theories in the debate between jurists and economists regarding the Colombian Constitutional Court&rsquo;s jurisprudence. The main argument is that although the theories differ in many important points, they are not irreconcilable in their &ldquo;integrated&rdquo; versions. It shows that the Colombian Constitutional Court tends to adopt an &ldquo;integrated&rdquo; deontological view in its rulings on economic matters and that if the economic establishment used arguments derived from an integrated consequencialist view, the gap between jurists and economist&rsquo;s ways of thinking would begin to close.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center">    <br>   <b>DERECHOS FUNDAMENTALES Y CONSECUENCIAS ECON&Oacute;MICAS</b></p></font> <font face="Verdana" size="2">     <p>    <br></p>     <p align="center"><b>FUNDAMENTAL RIGHTS AND ECONOMIC CONSEQUENCES</b></p>     <p>    <br>    <br></p>    <p><i>Everaldo Lamprea M.</i>*</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">* Profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Los Andes y estudiante de Maestr&iacute;a en la Universidad de Georgetown, USA, <a href="mailto:eml38@law.georgetown.edu">eml38@law.georgetown.edu</a> Fecha de recepci&oacute;n: 21 de julio de 2005, fecha de aceptaci&oacute;n: 2 de marzo de 2006. </p> <hr>     <p align="justify"><b>RESUMEN</b></p>     <p align="justify">[Palabras clave: teor&iacute;as deontol&oacute;gicas, teor&iacute;as consecuencialistas, Corte Constitucional, jurisprudencia econ&oacute;mica; JEL: K10, K40]</p>       <p align="justify">Este art&iacute;culo examina la confrontaci&oacute;n entre las teor&iacute;as deontol&oacute;gicas y consecuencialistas en el debate entre juristas y economistas sobre la jurisprudencia econ&oacute;mica de la Corte Constitucional colombiana. El argumento de fondo es que pese a que ambas teor&iacute;as se separan en muchos puntos importantes, en sus versiones &ldquo;integradas&rdquo; no son irreconciliables. Muestra que la Corte Constitucional tiende a adoptar una visi&oacute;n deontol&oacute;gica &ldquo;integrada&rdquo; en su jurisprudencia econ&oacute;mica y que si el establishment econ&oacute;mico empleara argumentos derivados de una visi&oacute;n consecuencialista integrada se empezar&iacute;a a cerrar la brecha entre las maneras de pensar de los juristas y los economistas.</p>     <p align="justify"><b>ABSTRACT</b></p>     <p align="justify">[Key words: deontological theories, consequencialist theories, Constitutional Court, economic jurisprudence; JEL: K10, K40]</p>     <p align="justify">This article explores the confrontation between deontological and consequencialist theories in the debate between jurists and economists regarding the Colombian Constitutional Court&rsquo;s jurisprudence. The main argument is that although the theories differ in many important points, they are not irreconcilable in their &ldquo;integrated&rdquo; versions. It shows that the Colombian Constitutional Court tends to adopt an &ldquo;integrated&rdquo; deontological view in its rulings on economic matters and that if the economic establishment used arguments derived from an integrated consequencialist view, the gap between jurists and economist&rsquo;s ways of thinking would begin to close.</p> <hr>    <p align="justify"><b>INTRODUCCI&Oacute;N</b></p>     <p align="justify">En febrero de 2001 la Facultad de Derecho de la Universidad de Los Andes reuni&oacute; a algunos de los m&aacute;s reconocidos e influyentes economistas y constitucionalistas del pa&iacute;s para debatir dos perspectivas acad&eacute;micas que, al analizar y evaluar las decisiones de la Corte Constitucional en materia econ&oacute;mica, se enfrentaban como alternativas antag&oacute;nicas y, a juzgar por el transcurso de las conferencias, irreconciliables<sup><a name="n1"></a><a href="#1">1</a></sup>. Al repasar los documentos, encontramos que se reiteran las cr&iacute;ticas de algunos economistas contra la Corte, casi todas relacionadas con su supuesta inclinaci&oacute;n populista y el car&aacute;cter contra-mayoritario de sus pronunciamientos sobre temas econ&oacute;micos (Clavijo, 2001; Carrasquilla, 2001 y Kalmanovitz, 2001), as&iacute; como los contra-argumentos de juristas provenientes de la academia o de la Corte Constitucional (Uprimny, 2001 y Arango, 2001).</p>     <p align="justify"> Aunque algunas intervenciones buscaron establecer nexos entre ambas posiciones<sup><a name="n2"></a><a href="#2">2</a></sup>, es muy sugestiva la expresi&oacute;n un tanto categ&oacute;rica con la que Salom&oacute;n Kalmanovitz inici&oacute; su intervenci&oacute;n: &ldquo;Juristas y economistas se entienden poco. Sus lenguajes y formas de pensar son distintos y sin embargo se requieren mutuamente&rdquo; (Kalmanovitz, 2001, 195).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&iquest;Por qu&eacute; son distintas ambas formas de pensar? El mismo Kalmanovitz da las claves para abordar esta pregunta, al recurrir a la dicotom&iacute;a entre razonamiento deontol&oacute;gico y consecuencialista (2003, 203). Seg&uacute;n &eacute;l, mientras que el razonamiento jur&iacute;dico es deontol&oacute;gico porque busca determinar la conformidad de una acci&oacute;n con normas, sin tener en cuenta las consecuencias econ&oacute;micas, el razonamiento econ&oacute;mico lleva a construir modelos simplificados de la realidad que permiten establecer las consecuencias econ&oacute;micas de las acciones de los agentes sobre distintas variables (ib&iacute;d.). As&iacute;, cuando el jurista enfrenta un caso de incremento del salario m&iacute;nimo real, por ejemplo, se limita a determinar si coincide con la interpretaci&oacute;n de cierta norma jur&iacute;dica. El economista, aunque coincidiera con el jurista en su interpretaci&oacute;n en derecho, considerar&iacute;a prioritario determinar en qu&eacute; medida el alza contribuye a elevar la tasa de desempleo o a inhabilitar el sistema de cr&eacute;dito y las oportunidades de financiamiento. No obstante, Kalmanovitz llama a que los magistrados de la Corte complementen su razonamiento deontol&oacute;gico con argumentos consecuencialistas. En su opini&oacute;n, para evitar que la Corte siga produciendo cat&aacute;strofes presupuestales con sus fallos, debe considerar sus costos y sus consecuencias econ&oacute;micas. Adem&aacute;s, la Corte se debe abstener de intervenir en decisiones de t&eacute;cnica econ&oacute;mica en las que su razonamiento deontol&oacute;gico &ndash;influido a veces por lo que califica de populismo y mesianismo&ndash; es insuficiente y peligroso para la estabilidad econ&oacute;mica del pa&iacute;s (ib&iacute;d., 210).</p>     <p align="justify"> Como ya se advert&iacute;a en el inicio de su art&iacute;culo, la argumentaci&oacute;n de Kalmanovitz va del se&ntilde;alamiento de las profundas diferencias entre razonamiento deontol&oacute;gico y consecuencialista a la necesidad de complementar la forma de pensar jur&iacute;dica con argumentos orientados a las consecuencias. Sin pretender ser injustos con un texto tan breve, queremos se&ntilde;alar dos vac&iacute;os en su argumentaci&oacute;n. En primer lugar, no ofrece indicios de c&oacute;mo se deber&iacute;a llevar a cabo tal complementaci&oacute;n, partiendo de las rotundas diferencias entre formas de pensar jur&iacute;dicas y econ&oacute;micas. En segundo lugar, parece descartar la posibilidad de una complementaci&oacute;n en doble v&iacute;a, es decir, la posibilidad de que el razonamiento consecuencialista pueda encajar argumentos deontol&oacute;gicos. Son precisamente esos dos vac&iacute;os argumentativos los que este art&iacute;culo pretende llenar.</p>     <p align="justify"> Para tal efecto, en este ensayo se argumenta que las teor&iacute;as deontol&oacute;gicas &ldquo;integradas&rdquo; (Arango, 2001, 195) pueden abrir espacio a razonamientos consecuencialistas, al mismo tiempo que las teor&iacute;as consecuencialistas &ldquo;cualificadas&rdquo; (Lyons, 1982, 111) pueden encajar consideraciones de las primeras. Este ensayo muestra que la complementaci&oacute;n de doble v&iacute;a no es s&oacute;lo una posibilidad te&oacute;rica sino que en la misma jurisprudencia de la Corte Constitucional se aplica un razonamiento deontol&oacute;gico integrado, atento a las consecuencias econ&oacute;micas, pero consciente de la necesidad de trazar l&iacute;mites claros a este razonamiento en materia de derechos fundamentales.</p>     <p align="justify"> En primer lugar, se examinan algunos problemas de las teor&iacute;as deontol&oacute;gicas y consecuencialistas no integradas, y algunas cr&iacute;ticas. Luego, se muestran las posibilidades de las versiones integradas de estas teor&iacute;as, recurriendo a los planteamientos de Sen y Scanlon. Se presentan algunos puntos que defiende la escuela del an&aacute;lisis econ&oacute;mico del derecho, suponiendo que constituye la teor&iacute;a consecuencialista m&aacute;s importante en teor&iacute;a jur&iacute;dica. Se sostendr&aacute; que, pese a la importancia de esta escuela, su versi&oacute;n dogm&aacute;tica y no integrada es incapaz de &ldquo;tomarse en serio&rdquo; los derechos fundamentales, al fijar un criterio restringido y problem&aacute;tico para su valoraci&oacute;n. Sin embargo &ndash;siguiendo a Cass Sunstein&ndash; se argumentar&aacute; que una revisi&oacute;n del concepto de valor y de conmensurabilidad que aplica esta escuela para evaluar los derechos, podr&iacute;a llevar a la consolidaci&oacute;n de una versi&oacute;n integrada del an&aacute;lisis econ&oacute;mico del derecho, que eventualmente aportar&iacute;a herramientas constructivas para analizar y valorar la jurisprudencia de la Corte sobre temas econ&oacute;micos. Por &uacute;ltimo, y antes de llegar a las conclusiones, se discute la sentencia C-776 de 2003 (M. P. Manuel Jos&eacute; Cepeda), en la cual la Corte Constitucional colombiana adopta un an&aacute;lisis cercano a las teor&iacute;as deontol&oacute;gicas integradas en la decisi&oacute;n de un caso con implicaciones macroecon&oacute;micas. Se argumentar&aacute; que se trata de un an&aacute;lisis deontol&oacute;gico integrado ya que, pese a que la declaratoria de inexequibilidad de la norma que estudi&oacute; la Corte se basa en un razonamiento deontol&oacute;gico &ndash;la violaci&oacute;n del derecho fundamental al m&iacute;nimo vital&ndash;, incluye argumentos consecuencialistas para declarar su inexequibilidad. Se concluye que este tipo de razonamiento deontol&oacute;gico, atento a las consecuencias, abre perspectivas interesantes para la aplicaci&oacute;n de un enfoque integrado del an&aacute;lisis econ&oacute;mico del derecho en los fallos de la Corte Constitucional sobre asuntos econ&oacute;micos, a trav&eacute;s del cual economistas y juristas podr&iacute;an llegar a puntos de acuerdo en &ldquo;sus lenguajes y formas de pensar&rdquo;.</p>     <p align="justify"><b>DEONTOLOGISMO Y CONSECUENCIALISMO: UNA COMPA&Ntilde;&Iacute;A INC&Oacute;MODA PERO NECESARIA</b></p>     <p align="justify">Una de las primeras preguntas que surgen cuando abordamos el tema de la confrontaci&oacute;n entre teor&iacute;as deontol&oacute;gicas y consecuencialistas es la siguiente: &iquest;se trata de dos posiciones totalmente antag&oacute;nicas, o existen puntos de contacto y acuerdo? Esto es precisamente lo que se aborda brevemente en esta secci&oacute;n. Trat&aacute;ndose de un tema tan amplio y arduo, nos centraremos en la inclusi&oacute;n de argumentos consecuencialistas en el razonamiento basado en derechos. No se trata de una decisi&oacute;n arbitraria. Por el contrario, es casi de sentido com&uacute;n afirmar que para tomarse &ldquo;los derechos en serio&rdquo; se debe aislar todo tipo de argumentos basados en las consecuencias; y a la inversa, que quien est&aacute; comprometido con una teor&iacute;a consecuencialista se encuentra blindado contra consideraciones que den primac&iacute;a a la idea muchas veces abstracta y escurridiza de los derechos. Lo que se busca en este ensayo es poner a prueba esta intuici&oacute;n. Para ello se reduce m&aacute;s el enfoque para comentar algunas propuestas (especialmente las de Sen y Scanlon) que, a nuestro entender, pretenden mostrar que en materia de derechos el deontologismo y el consecuencialismo no son absolutamente excluyentes, sino que en sus versiones integradas pueden llegar a fruct&iacute;feros puntos de di&aacute;logo y acuerdo.</p>     <p align="justify"><b>A<small>LGUNOS PROBLEMAS DE LAS TEOR&Iacute;AS CONSECUENCIALISTAS</small></b></p>     <p align="justify">Por consecuencialismo podemos entender, seg&uacute;n Amartya Sen, aquel conjunto de teor&iacute;as para las cuales &ldquo;todas las opciones, incluyendo la selecci&oacute;n de acciones, pr&aacute;cticas, instituciones y dem&aacute;s, deben ser guiadas exclusivamente por la bondad del estado de cosas consecuente&rdquo; (Sen, 2002, 13). Seg&uacute;n esta definici&oacute;n, el utilitarismo ser&iacute;a una especie de consecuencialismo<sup><a href="#3">3</a><a name="n3"></a></sup>. Siendo m&aacute;s precisos, el utilitarismo es aquella teor&iacute;a en la que la &uacute;nica base s&oacute;lida para la evaluaci&oacute;n normativa (o moral) es el bienestar general (Lyons, 1982, 110). As&iacute;, presupone que la comunidad est&aacute; en mejores condiciones si sus miembros son en promedio m&aacute;s felices o si sus preferencias se satisfacen en mayor medida (Dworkin, 1981, 153). De modo que la justificaci&oacute;n de trasfondo de las decisiones pol&iacute;ticas debe ser la satisfacci&oacute;n de tantas preferencias y objetivos individuales como sea posible (ib&iacute;d.). Desde este punto de vista consecuencialista no es dif&iacute;cil entender por qu&eacute; muchos cr&iacute;ticos afirman que es incapaz de incorporar de manera convincente un discurso deontol&oacute;gico como el de los derechos fundamentales. Otros, m&aacute;s radicales, como Dworkin, afirman que la idea de los derechos se construye en forma antag&oacute;nica a la del utilitarismo, por cuanto son &ldquo;cartas de triunfo&rdquo; que los sujetos interponen a los intereses maximizadores de la comunidad (ib&iacute;d.), los cuales pueden entrar en colisi&oacute;n con los intereses de individuos o grupos minoritarios, por ejemplo. Adem&aacute;s, la dificultad para hacer &ldquo;comparaciones interpersonales&rdquo;<sup><a name="n4"></a><a href="#4">4</a></sup> impedir&iacute;a saber qu&eacute; tan mal o bien les va a ciertos individuos con respecto a otros, lo que en principio anular&iacute;a la posibilidad de demandar una mejor distribuci&oacute;n de recursos y mayores niveles de equidad en la sociedad.</p>     <p align="justify"> Objeciones como &eacute;stas se dieron en el contexto de una gran oleada de cr&iacute;ticas surgida en la academia anglosajona alrededor de 1970, no s&oacute;lo contra el consecuencialismo en general sino contra el utilitarismo en particular (Little, 2002, 53). Al utilitarismo se le acusaba, entre muchas otras cosas, de una falta de respeto por los individuos, de no tomarse seriamente la distinci&oacute;n entre las personas &ndash;como plante&oacute; Rawls en <i>Teor&iacute;a de la justicia</i>&ndash;, de no ser capaz de comparar la utilidad marginal entre individuos distintos, y de no incentivar la igualdad social (ib&iacute;d., 54). Ante estos ataques, las versiones incipientes o &ldquo;no cualificadas&rdquo; del utilitarismo tuvieron que evolucionar, y conceptos como los de &ldquo;placer&rdquo; o &ldquo;felicidad&rdquo; han sido remplazados por los de &ldquo;preferencias&rdquo; o &ldquo;disposici&oacute;n a pagar&rdquo;, del mismo modo que conceptos como &ldquo;maximizaci&oacute;n del bienestar agregado&rdquo; han dado paso a otros, como &ldquo;eficiencia econ&oacute;mica&rdquo; (Lyons, 1982, 111). Pero aun las versiones m&aacute;s cualificadas del utilitarismo se ven en grandes aprietos ante las objeciones provenientes de teor&iacute;as que se toman en serio la defensa de los derechos.</p>     <p align="justify"><b>A<small>LGUNOS PROBLEMAS DE LAS TEOR&Iacute;AS DEONTOL&Oacute;GICAS</small></b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Para Rawls, las teor&iacute;as deontol&oacute;gicas son aquellas que no especifican el bien independientemente de la justicia, o que no interpretan lo justo como maximizaci&oacute;n del bien; las teor&iacute;as deontol&oacute;gicas, por lo tanto, se pueden definir como no consecuencialistas, es decir, como teor&iacute;as que caracterizan lo justo de los actos y de las instituciones en s&iacute; mismos e independientemente de sus consecuencias (Rawls, 1971, 41). Este tipo de definiciones negativas de las teor&iacute;as deontol&oacute;gicas &ndash;que las presentan como no consecuencialistas&ndash; entra&ntilde;aban, seg&uacute;n Hart, un gran peligro: al construir una teor&iacute;a a la sombra de otra, se corr&iacute;a el riesgo de repetir los errores que se quer&iacute;an criticar. M&aacute;s espec&iacute;ficamente, Hart se refer&iacute;a a tres de las teor&iacute;as deontol&oacute;gicas m&aacute;s influyentes, las de Rawls, Dworkin y Nozick, que seg&uacute;n el jurista ingl&eacute;s fueron ideadas, aunque en grados distintos, en respuesta a la teor&iacute;a utilitarista (Hart, 2003), que en su versi&oacute;n m&aacute;s radical ofrece un s&oacute;lido pero r&iacute;gido esquema consecuencialista para las evaluaciones normativas. El error recurrente que Hart encontraba en Nozick y Dworkin era que al tratar de construir una teor&iacute;a anti-utilitarista derivaban conclusiones de una &uacute;nica y gran idea, as&iacute; como la teor&iacute;a utilitarista intentaba derivar muchas ideas de una sola: el mayor bienestar para el mayor n&uacute;mero. Si en Dworkin la piedra de toque era la de igual consideraci&oacute;n y respeto por las personas, en Nozick era el concepto de separaci&oacute;n entre ellas. La grave falla de estas teor&iacute;as que se asientan en un pilar &uacute;nico &ndash;muy s&oacute;lido, a primera vista&ndash; es, seg&uacute;n Hart, que pueden seguir el mismo destino de la teor&iacute;a utilitarista: un escrutinio minucioso no tarda en detectar las grietas en el criterio &uacute;nico de evaluaci&oacute;n que proponen, lo que pone en peligro toda su estructura te&oacute;rica.</p>     <p align="justify"> Otro grave problema derivado de la inflexibilidad de las teor&iacute;as deontol&oacute;gicas radicales, como la de Nozick, es que al declarar la primac&iacute;a absoluta de los derechos sobre cualquier otra consideraci&oacute;n, pueden considerar toda interferencia en los derechos individuales como una violaci&oacute;n de estos. Nozick argumenta, por ejemplo, que el simple hecho de gravar con impuestos a los ciudadanos es una violaci&oacute;n crasa e injustificada de sus derechos individuales (Nozick, 1974). El Estado, por lo tanto, encuentra en los derechos un basti&oacute;n impenetrable, ante el cual debe reducir al m&aacute;ximo su actividad y su capacidad de intervenci&oacute;n, convirti&eacute;ndose en un convidado de piedra en muchas &aacute;reas en las que usualmente debe intervenir. Pero sabemos que los derechos no son absolutos, y que a veces las pretensiones de un individuo basadas en sus derechos fundamentales deben ceder ante los derechos fundamentales de otros, o ante el inter&eacute;s general. Desde una perspectiva deontol&oacute;gica radical ser&iacute;a muy dif&iacute;cil explicar por qu&eacute; se han de ponderar unos derechos fundamentales <i>vis-&agrave;-vis</i> otros derechos fundamentales (partiendo del supuesto de que no son absolutos), y por qu&eacute; las interpretaciones basadas en derechos fundamentales se deben enmarcar en un contexto socio-econ&oacute;mico espec&iacute;fico, teniendo en cuenta otros valores y objetivos sociales como el bienestar y la eficiencia econ&oacute;mica. Las teor&iacute;as deontol&oacute;gicas inflexibles nos podr&iacute;an conducir, como la de Nozick, al paradigma del Estado como vigilante nocturno, as&iacute; como a una confianza irrestricta en los mecanismos de mercado, los cuales &ndash;entre otras cosas&ndash; estar&iacute;an equipados para proteger los derechos fundamentales de los ciudadanos. Pero, como veremos, el funcionamiento de mercados libres y competitivos no es garant&iacute;a suficiente para el respeto de los derechos fundamentales (de hecho, el mercado puede generar incentivos para violarlos), y por ello en muchas &aacute;reas (entre ellas el mercado) es necesaria la intervenci&oacute;n del Estado para proteger los derechos.</p>     <p align="justify"><b>CONCEPCIONES INTEGRADAS DEL CONSECUENCIALISMO Y EL DEONTOLOGISMO</b></p>     <p align="justify"><b>U<small>N CONCEPTO INTEGRADO DE LAS TEOR&Iacute;AS DEONTOL&Oacute;GICAS</small></b></p>     <p align="justify">Por concepciones integradas del consecuencialismo y del deontologismo podemos entender todas aquellas posiciones te&oacute;ricas que, pese a estar enmarcadas en estas corrientes de pensamiento, aceptan transacciones o <i>trade-offs</i> con otros criterios de evaluaci&oacute;n.</p>     <p align="justify"> Un concepto deontol&oacute;gico integrado, por ejemplo, ser&iacute;a el de Amartya Sen (Arango, 2001, 195), quien identifica dos aproximaciones al concepto de derechos: la independiente y la integrada (Sen, 2002, 16). La perspectiva independiente de los derechos no s&oacute;lo defiende la importancia comparativa de los derechos frente a otros criterios evaluativos, sino su <i>total prioridad</i> (ib&iacute;d.). Seg&uacute;n esta concepci&oacute;n &ndash;que puede corresponder a la obra de Nozick y Dworkin&ndash; la correcci&oacute;n de una decisi&oacute;n depende del respeto de los derechos como &uacute;nico criterio evaluativo posible, que no es puesto en competencia con otros valores o fines que podr&iacute;an ser socialmente buenos. En pocas palabras, la teor&iacute;a independiente de los derechos descarta de plano cualquier tipo de &ldquo;transacciones&rdquo; con razonamientos orientados a las consecuencias.</p>     <p align="justify"> En una visi&oacute;n integrada de las teor&iacute;as deontolog&iacute;as, en cambio, los derechos son importantes pero no absolutos (Arango, 2001, 195). Sen, defensor de una teor&iacute;a integrada, afirma que los derechos pueden colisionar entre s&iacute;, lo que hace necesarias las transacciones entre ellos. Pero, adem&aacute;s, el razonamiento deontol&oacute;gico de la correcci&oacute;n puede llevar a <i>trade-offs</i> con otras consideraciones, por ejemplo las de un razonamiento consecuencialista. En este sentido, la correcci&oacute;n de los derechos no se determinar&iacute;a &uacute;nicamente con base en criterios deontol&oacute;gicos, sino que el razonamiento debe incluir consideraciones consecuencialistas, como la de evitar la miseria social y la opresi&oacute;n econ&oacute;mica. As&iacute;, una teor&iacute;a independiente, que concibe a los derechos como criterios procedimentales o restricciones que deben ser observadas por encima de toda otra consideraci&oacute;n, resultar&iacute;a incompleta porque tendr&iacute;a graves dificultades para ponderar los pesos relativos de diferentes derechos vis-&agrave;-vis otros derechos y vis-&agrave;-vis otros logros y realizaciones procedimentales, como los que tienen en cuenta las consecuencias (Sen, 2002, 36). En contraste, la teor&iacute;a integrada de Sen puede incorporar &ndash;junto al razonamiento centrado en procedimientos correctos e incorrectos&ndash; an&aacute;lisis que ponderen los resultados y las consecuencias aceptables e inaceptables. A nuestro entender, esta caracter&iacute;stica de la teor&iacute;a integrada de los derechos la convierte en una alternativa m&aacute;s consistente que la independiente a la hora de justificar los derechos. Siguiendo a Scanlon en este punto, es claro que las consideraciones centradas en la mera utilidad son insuficientes para cuestionar la necesidad de los derechos, pero tambi&eacute;n es cierto que los derechos se deben justificar de alguna forma, y tal justificaci&oacute;n no puede eludir la pregunta acerca de sus consecuencias sociales (Scanlon, 1995). Sabemos que los derechos deben ser garantizados y tambi&eacute;n sabemos que esa garant&iacute;a tiene costos sociales (Arango, 2001, 195). Partiendo de que s&oacute;lo una teor&iacute;a integrada de los derechos es capaz de realizar &ldquo;transacciones&rdquo; con este razonamiento, podemos afirmar que es una herramienta m&aacute;s s&oacute;lida para evaluar y justificar los derechos frente a otros objetivos sociales, como el bienestar o la eficiencia econ&oacute;mica.</p>     <p align="justify"><b>U<small>N CONCEPTO INTEGRADO DE LAS TEOR&Iacute;AS CONSECUENCIALISTAS</small></b></p>     <p align="justify">As&iacute; como se hizo con las teor&iacute;as deontol&oacute;gicas, cabe preguntar cu&aacute;les son las posibilidades de una teor&iacute;a consecuencialista integrada, una teor&iacute;a capaz de establecer transacciones con razonamientos deontol&oacute;gicos. Scanlon propone una teor&iacute;a que da un lugar preponderante al an&aacute;lisis de las consecuencias para justificar los derechos, y que al mismo tiempo se toma los derechos en serio al establecer l&iacute;mites al razonamiento consecuencialista (Scanlon, 1995, 138). Pese a que se inscribe en el utilitarismo de la regla<sup><a name="n5"></a><a href="#5">5</a></sup>, esta alternativa busca evitar los problemas que debilitan la versi&oacute;n tradicional del utilitarismo al tiempo que conserva sus caracter&iacute;sticas b&aacute;sicas. Scanlon propone una versi&oacute;n que da suficiente espacio a consideraciones de distribuci&oacute;n y de justicia, y que al mismo tiempo se opone a las consideraciones deontol&oacute;gicas tradicionales. Por lo tanto, se separa de las teor&iacute;as consecuencialistas est&aacute;ndar, que se resisten a incluir consideraciones expl&iacute;citamente morales en el c&aacute;lculo de la utilidad, porque considera que la promoci&oacute;n de la igualdad en la distribuci&oacute;n y de la equidad en la sociedad es una manera de satisfacer las preferencias de los individuos en mayor medida. Al mismo tiempo se separa de las teor&iacute;as deontol&oacute;gicas tradicionales pues considera que la equidad y la igual distribuci&oacute;n son objetivos o fines morales, pero no requerimientos morales espec&iacute;ficos (Scanlon, 1995, 143). No obstante, mantiene su posici&oacute;n utilitarista, ya que reconoce que la promoci&oacute;n de la igual distribuci&oacute;n y de la equidad no es un objetivo o fin absoluto, sino que puede chocar con otros fines, como el bienestar o la eficiencia econ&oacute;mica. Reconoce que estos dos objetivos pueden tener costos cuando interfieren procesos cuya eficiencia es determinante. En consecuencia, no siempre se justifica un incremento de la igualdad; por ello es indispensable preguntar: &ldquo;&iquest;igualdad <i>de qu&eacute; y a qu&eacute; costo</i>?&rdquo;. Por otra parte, al darle un lugar importante a los derechos en su an&aacute;lisis consecuencialista, Scanlon sigue una v&iacute;a alternativa. Su explicaci&oacute;n para incluir los derechos es que se justifican en referencia al estado de cosas que promueven: una distribuci&oacute;n aceptable del control sobre factores que son importantes en nuestra vida (1995, 148). Pero este objetivo de los derechos compite con objetivos de otra &iacute;ndole, que de probarse m&aacute;s valiosos prevalecer&iacute;an sobre los objetivos que se persiguen con la promoci&oacute;n del derecho. Sin embargo, esta afirmaci&oacute;n (que convertir&iacute;a a Scanlon en un utilitarista del acto), es matizada por el autor cuando distingue el valor derivado de tener un derecho y el costo de verlo violado en una situaci&oacute;n particular. As&iacute;, cuando se afirma que tengo derecho a la privacidad, debo estar en capacidad de comparar las ventajas de tener este derecho (la facultad para impedir que mi casa sea registrada sin autorizaci&oacute;n legal) frente a consideraciones alternas (las ventajas de tener una polic&iacute;a con amplias facultades en un pa&iacute;s inseguro). Pero en una situaci&oacute;n particular en la que un polic&iacute;a requise mi casa sin autorizaci&oacute;n, y por lo tanto se viole mi derecho, no se podr&iacute;a afirmar que todas las ventajas y valores que justifican el derecho se hayan perdido. Puede suceder, seg&uacute;n Scanlon, que en el caso de la requisa no me importe la intromisi&oacute;n<a name="n6"></a><sup><a href="#6">6</a></sup>.</p>     <p align="justify"> Una conclusi&oacute;n provisional de esta argumentaci&oacute;n es que las teor&iacute;as consecuencialistas y deontol&oacute;gicas no son antit&eacute;ticas en todo sentido, pues sus versiones integradas tienen puntos de apoyo comunes para superar las objeciones tradicionales. Los aportes de Sen y de Scanlon muestran que el razonamiento de los derechos puede superar la cr&iacute;tica de que es incapaz de realizar <i>trade-offs</i>, no s&oacute;lo con otros derechos, sino con otros criterios de evaluaci&oacute;n, especialmente los que toman en cuenta las consecuencias.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b>LA ESCUELA DEL AN&Aacute;LISIS ECON&Oacute;MICO DEL DERECHO</b></p>     <p align="justify">En teor&iacute;a jur&iacute;dica, la escuela de an&aacute;lisis econ&oacute;mico del derecho (AED) de Chicago es la principal heredera del legado consecuencialista<a name="n7"></a><sup><a href="#7">7</a></sup>. Coase, cuyo famoso teorema de 1960 es una de las ideas germinales de la escuela del AED, considera que si las transacciones de mercado no tuvieran costo alguno, todo lo que se necesitar&iacute;a en una decisi&oacute;n judicial ser&iacute;a un arreglo o asignaci&oacute;n claro de los derechos de las partes (1994, 138). Pero como en el mundo real las transacciones mercantiles son tan costosas que hacen muy dif&iacute;cil cambiar los acuerdos y asignaciones de derechos entre las partes, es indispensable que los jueces tengan en cuenta las consecuencias econ&oacute;micas de sus fallos<a name="n8"></a><sup><a href="#8">8</a></sup>. El problema de la intervenci&oacute;n del derecho y de sus consecuencias econ&oacute;micas es el eje de su teorema, que se plante&oacute; en el contexto de un problema ambiental surgido a ra&iacute;z de una disputa de responsabilidad extracontractual (Sunstein, 1993, 6). Coase concluye que cuando no hay costos de transacci&oacute;n, la asignaci&oacute;n inicial de titulaciones legales es irrelevante para el uso definitivo de la propiedad y el nivel de actividades relevantes. El teorema sugiere que cuando los costos de transacci&oacute;n son nulos, no importa si la titulaci&oacute;n jur&iacute;dica, en un caso de contaminaci&oacute;n por una industria &ndash;supongamos&ndash;, se asigna a los contaminadores o a los afectados (ib&iacute;d.).</p>     <p align="justify"> Este teorema, que Coase propuso en &ldquo;The Problem of Social Cost&rdquo;, tal vez el ensayo econ&oacute;mico m&aacute;s citado en la literatura del AED, y uno de los m&aacute;s c&eacute;lebres en la literatura econ&oacute;mica, abri&oacute; un campo in&eacute;dito en el estudio de las externalidades y de la propiedad (Friedman, 2000, 45). Adem&aacute;s, convirti&oacute; a las instituciones y las decisiones jur&iacute;dicas en importantes objetos de estudio de la ciencia econ&oacute;mica. Esta entrada del derecho en el estudio de la econom&iacute;a fue acompa&ntilde;ada por el surgimiento en Estados Unidos de una escuela jur&iacute;dica que le daba preponderancia al uso de herramientas del an&aacute;lisis econ&oacute;mico en el estudio del derecho. As&iacute;, el derecho y la econom&iacute;a encontraron nichos conjuntos de discusi&oacute;n te&oacute;rica. En esa coyuntura, la teor&iacute;a y muchas disciplinas dogm&aacute;ticas del derecho adoptaron metodolog&iacute;as propias de la econom&iacute;a para analizar fen&oacute;menos e instituciones jur&iacute;dicas. Los trabajos pioneros de Coase y Becker (ambos premios Nobel de econom&iacute;a) abrieron un muy fruct&iacute;fero campo de estudio en el derecho, entre cuyos m&aacute;s importantes impulsores y representantes figuran los juristas Guido Calabresi y Richard Posner (Posner, 2000, 27-28).</p>     <p align="justify"> La escuela de Chicago de AED parte de un supuesto b&aacute;sico: el sistema del derecho com&uacute;n se puede interpretar como un esfuerzo para promover la eficiencia econ&oacute;mica (Posner, 1993, 103). El argumento, como lo explica Posner, no es que toda doctrina y toda decisi&oacute;n del derecho com&uacute;n sean eficientes, sino que &ldquo;los grandes campos del derecho com&uacute;n de la propiedad, los da&ntilde;os, los delitos y los contratos, tienen el sello del razonamiento econ&oacute;mico&rdquo; (Posner, 2000, 28). Es decir, muchas doctrinas e instituciones del derecho com&uacute;n se entienden mejor como esfuerzos para promover la asignaci&oacute;n eficiente de recursos (ib&iacute;d.). El AED encuentra una relaci&oacute;n clara entre el derecho y el mercado, una relaci&oacute;n positiva y eficiente que maximiza el bienestar (Malloy, 2000). La eficiencia y el c&aacute;lculo econ&oacute;mico son la preocupaci&oacute;n central de esta escuela, y estos criterios son el marco para analizar y evaluar las instituciones jur&iacute;dicas y los fallos judiciales. El juez, seg&uacute;n Posner, es un individuo que maximiza utilidades, y como argumenta en su art&iacute;culo &ldquo;What do Judges Maximize&rdquo; (1993), jueces como el mismo Posner obtienen utilidad de su labor judicial porque consiguen popularidad y prestigio, llaman la atenci&oacute;n sobre el inter&eacute;s general y evitan que sus fallos sean revocados por instancias superiores (ib&iacute;d., 10-11). Los individuos tambi&eacute;n buscan maximizar los beneficios, y cuando califican de injusta o inmoral la condena de una persona sin someterla a juicio o una expropiaci&oacute;n sin indemnizaci&oacute;n justa, lo que quieren afirmar en el fondo es que ese comportamiento desperdicia recursos; en suma, para Posner, el desperdicio en un mundo de recursos escasos se debe considerar inmoral (2000, 32). Los jueces y los abogados &ldquo;no pueden omitir el futuro&rdquo;; en su an&aacute;lisis deben incluir la previsi&oacute;n de las consecuencias de sus actuaciones sobre la asignaci&oacute;n de recursos (ib&iacute;d., 30).</p>     <p align="justify"> Son muchas las ventajas del enfoque del AED. En primer lugar, como sostienen Cooter y Ulen, la econom&iacute;a encontr&oacute; un nicho vacante en la &ldquo;ecolog&iacute;a intelectual&rdquo; del derecho (2002, 13). Al cumplir con este rol, el AED abri&oacute; un espacio interdisciplinario para el debate entre econom&iacute;a y derecho, donde un abogado pod&iacute;a empezar a considerar las leyes como incentivos para modificar el comportamiento (precios impl&iacute;citos) y como instrumentos de pol&iacute;ticas p&uacute;blicas (eficiencia y distribuci&oacute;n), y los economistas pod&iacute;an empezar a absorber teor&iacute;as jur&iacute;dicas, como la de la volici&oacute;n en materia contractual (ib&iacute;d., 19).</p>     <p align="justify"> Posner, en su libro <i>Overcoming Law</i>, subraya las grandes virtudes anal&iacute;ticas y explicativas del AED. El AED, lejos de ser un visi&oacute;n reduccionista del derecho &ndash;como afirman muchos cr&iacute;ticos&ndash;, rechaza la supuesta &ldquo;autonom&iacute;a del derecho&rdquo;, y propone una interpretaci&oacute;n menos formalista y m&aacute;s amplia, seg&uacute;n la cual el derecho no evoluciona siguiendo una l&oacute;gica interna, sino en respuesta a las presiones pol&iacute;ticas y econ&oacute;micas del entorno social (Posner, 1995, 17). Por otra parte, el enfoque pragm&aacute;tico y empirista de la ciencia econ&oacute;mica permite que el AED, a diferencia de otras escuelas jur&iacute;dicas, construya y compruebe modelos de comportamiento humano para predecirlo y controlarlo (cuando sea conveniente). Adem&aacute;s, el enfoque objetivo y pragm&aacute;tico del AED ayudar&iacute;a a demoler el nocivo &ldquo;t&oacute;tem&rdquo; subjetivista que, seg&uacute;n Posner, han posicionado los realistas y los cr&iacute;ticos legales estadounidenses (&ldquo;los chicos malos&rdquo;, para &eacute;l), y seg&uacute;n el cual no se puede decidir en derecho con base en principios desvinculados de quien decide (ib&iacute;d., 21). El AED aportar&iacute;a criterios de decisi&oacute;n impersonales, sujetos a comprobaci&oacute;n y control aun en casos altamente politizados, cargados de emociones o de tab&uacute;es.</p>     <p align="justify"> El AED tiene un componente descriptivo y uno normativo (Dworkin, 1980, 517). Por una parte, afirma que en el derecho com&uacute;n los jueces suelen decidir los casos dif&iacute;ciles con base en el criterio de maximizaci&oacute;n del bienestar social (criterio descriptivo) y, por otra, que la maximizaci&oacute;n del bienestar <i>debe</i> ser el criterio para resolver casos judiciales dif&iacute;ciles (criterio normativo). El criterio descriptivo no se limita a las decisiones judiciales. Para esta escuela, las instituciones de derecho com&uacute;n son eficientes. Mientras que a primera vista el derecho com&uacute;n parece estar compuesto por campos de an&aacute;lisis distintos (propiedad, contratos, responsabilidad, etc.), para el AED todas estas &aacute;reas se sustentan en la l&oacute;gica econ&oacute;mica de la eficiencia (Mercuro y Medema, 1997). En su aspecto normativo, el AED enfrenta una feroz cr&iacute;tica de defensores de teor&iacute;as deontol&oacute;gicas como Ronald Dworkin, para quien el criterio normativo seg&uacute;n el cual las decisiones judiciales deben intentar maximizar el bienestar social asignando derechos a quienes podr&iacute;an adquirirlos de no ser por los costos de transacci&oacute;n, lleva a preguntar: &iquest;por qu&eacute; la maximizaci&oacute;n del bienestar es un objetivo social leg&iacute;timo?, es decir, &iquest;por qu&eacute; una sociedad con mayor bienestar econ&oacute;mico es &ldquo;mejor&rdquo; que una con menores niveles de bienestar? Para Dworkin, el AED &ndash;por lo menos la versi&oacute;n que defiende Posner&ndash; comete errores conceptuales cuando intenta resolver estas preguntas b&aacute;sicas. Si sostiene que los casos judiciales se deben resolver con el objetivo de incrementar la riqueza o el bienestar social, podr&iacute;a legitimar este objetivo argumentando que la riqueza social es un componente del valor. De este modo, una sociedad con m&aacute;s riqueza es una sociedad con mayor valor. Otra posibilidad, la que defiende Posner, ser&iacute;a afirmar que una sociedad con m&aacute;s riqueza es mejor porque la riqueza tiene una importante conexi&oacute;n instrumental con otros componentes independientes de valor. Seg&uacute;n Dworkin, lo que sugiere Posner es que la maximizaci&oacute;n del bienestar econ&oacute;mico es un valor ya que las sociedades que buscan maximizar el bienestar, como objetivo central de sus decisiones pol&iacute;ticas, desarrollar&aacute;n caracter&iacute;sticas muy atractivas, entre ellas el respeto de los derechos fundamentales. Llegamos aqu&iacute; a un punto muy importante, pues para Dworkin esta conexi&oacute;n instrumental entre maximizaci&oacute;n del bienestar y derechos es insostenible, porque el AED no aporta un argumento moral independiente para sostener que la asignaci&oacute;n de derechos debe seguir el criterio de maximizaci&oacute;n del bienestar. Esto es, al asignar derechos tratando de maximizar el bienestar no se promueve ni se alcanza otro objetivo social o moral fuera de la maximizaci&oacute;n de bienestar; se tratar&iacute;a entonces de un argumento circular que presenta encubiertamente a la maximizaci&oacute;n del bienestar como un fin en s&iacute; mismo<sup><a name="n9"></a><a href="#9">9</a></sup>. La imposibilidad de demostrar, mediante criterios morales independientes, por qu&eacute; la maximizaci&oacute;n del bienestar es un valor social leg&iacute;timo no es s&oacute;lo una dificultad conceptual, sino &eacute;tica. Para Posner &ndash;afirma Dworkin&ndash; aun los derechos fundamentales tendr&iacute;an valor moral si promueven y maximizan el bienestar econ&oacute;mico (1980, 521). Seg&uacute;n Dworkin, este criterio deja sin protecci&oacute;n real a los derechos fundamentales porque hace depender su aplicaci&oacute;n y garant&iacute;a de un aumento hipot&eacute;tico del bienestar econ&oacute;mico.</p>     <p align="justify"><b>HACIA UN AED INTEGRADO</b></p>     <p align="justify">En Colombia, el AED ha sido acogido por los economistas que critican la jurisprudencia de la Corte; pero sus presupuestos y fundamentos te&oacute;ricos rara vez se hacen expl&iacute;citos en el debate colombiano (Garc&iacute;a, 2004). La recepci&oacute;n del AED entre nosotros<a name="n10"></a><sup><a href="#10">10</a></sup> tampoco hace expl&iacute;citas las diferencias entre sus componentes descriptivo y normativo. Se dan por sentadas ciertas caracter&iacute;sticas de la sociedad y del mercado que en pa&iacute;ses semiperif&eacute;ricos, como Colombia, no siempre coinciden con la realidad, y que m&aacute;s bien corresponden a una visi&oacute;n normativa. La desigual interacci&oacute;n entre agentes del mercado, la falta de neutralidad de la actuaci&oacute;n del Estado, y los graves problemas de pobreza y exclusi&oacute;n hacen pensar que una lectura dogm&aacute;tica de los presupuestos del AED no se ajusta a las caracter&iacute;sticas y necesidades de nuestra sociedad (ib&iacute;d.). Como sostienen Centeno y L&oacute;pez en el libro <i>The Other Mirror-Grand Theory through the Lens of Latin America</i>, la aplicaci&oacute;n de grandes construcciones te&oacute;ricas al contexto latinoamericano es una historia de b&uacute;squedas de modelos para entendernos, imaginarnos a nosotros mismos, y emular a otros (2001, 5). Pero la aplicaci&oacute;n de estas macro-teor&iacute;as, ideadas en contextos diferentes, no siempre ha estado mediada por el entendimiento de las posibilidades reales de trasplante a realidades tan dis&iacute;miles. Como dicen gr&aacute;ficamente Centeno y L&oacute;pez, en nuestras ciencias sociales tradicionalmente se ha entendido por campesino a Francia, por Estado a Alemania, por revoluci&oacute;n a Rusia y por democracia a Westminster (ib&iacute;d.). Siguiendo a Montecinos y Markoff (2001), en la econom&iacute;a (supuestamente la m&aacute;s universal de las ciencias sociales) es esencial reconocer la especificidad y el contexto de los conceptos, ideas y modelos. Pero es en ella donde m&aacute;s se tiende a equiparar una lectura normativa a una descriptiva &ndash;como atestigua la instauraci&oacute;n de modelos de corte neoliberal&ndash; que divorcia a las instituciones de la estructura social. La aplicaci&oacute;n de estos modelos da por sentada &ndash;err&oacute;neamente&ndash; la existencia de instituciones liberales cl&aacute;sicas en nuestro contexto, las cuales aten&uacute;an las caracter&iacute;sticas m&aacute;s predatorias del mercado (Centeno y L&oacute;pez, 2001, 8). Este error surge de la presunci&oacute;n de que la existencia de ciertas instituciones &ndash;como el mercado&ndash; significa que desempe&ntilde;an las mismas funciones que sus contrapartes en otras regiones.</p>     <p align="justify"> Una de las funciones que se suele atribuir a los mercados libres y competitivos es la de prevenir o combatir la discriminaci&oacute;n y la violaci&oacute;n de derechos fundamentales. Aunque este argumento puede resultar v&aacute;lido, en algunos contextos es insuficiente. Para demostrarlo, Sunstein (1997, 152) propone que definamos la discriminaci&oacute;n como la decisi&oacute;n de un agente del mercado de tratar de manera distinta a una persona (o a un conjunto de personas) por ser mujer, negro, homosexual, etc. Con esta definici&oacute;n, se podr&iacute;a argumentar que los mercados libres y competitivos combaten la discriminaci&oacute;n, ya que los agentes que discriminan estar&iacute;an en desventaja competitiva frente a los que no discriminan. Esto se puede explicar de la siguiente manera: supongamos un conjunto de &ldquo;compa&ntilde;&iacute;as D&rdquo; que decide no contratar ni comerciar con personas que pertenecen a cierto sector de la comunidad, y otro conjunto de &ldquo;compa&ntilde;&iacute;as ND&rdquo; que no discriminan y que compiten con las D en la misma &aacute;rea del mercado. A largo plazo las compa&ntilde;&iacute;as D estar&iacute;an en franca desventaja frente a las ND porque no pueden escoger entre un abanico de opciones de fuerza laboral tan grande como el de las ND ni vender sus productos a un grupo tan grande de posibles compradores &ldquo;dispuestos a pagar&rdquo;. As&iacute;, el mercado competitivo fijar&iacute;a un impuesto suficientemente alto a las conductas discriminatorias que disuadir&iacute;a a los agentes de formar &ldquo;compa&ntilde;&iacute;as D&rdquo; (ib&iacute;d.). Cooter (2000, 341) comenta el caso de un equipo de f&uacute;tbol americano que en los a&ntilde;os cincuenta se negaba a contratar jugadores negros, y que deb&iacute;a competir con equipos que s&iacute; los reclutaban: el mercado logr&oacute; que con el tiempo el equipo contratara jugadores negros ante los malos resultados financieros y deportivos de su pol&iacute;tica discriminatoria. Cooter sostiene que el modelo de competencia perfecta predice que los discriminadores pagar&aacute;n por discriminar, pero que los estudios emp&iacute;ricos no respaldan esta predicci&oacute;n. Lo que sucede es, por el contrario, que las v&iacute;ctimas de la discriminaci&oacute;n (por ej., los afroamericanos discriminados en los a&ntilde;os cincuenta en Estados Unidos) pagan el costo de la discriminaci&oacute;n (por ej., recibiendo salarios m&aacute;s bajos que los blancos). En suma, pese a que el modelo predice que los discriminadores pagan, en el mundo real las fallas del mercado llevan a que el costo se traslade de los discriminadores a los discriminados (ib&iacute;d., 344). Seg&uacute;n este autor, la persistencia de la discriminaci&oacute;n obedece a fallas tales como los monopolios, la informaci&oacute;n asim&eacute;trica y las externalidades. Los discriminadores operan del mismo modo que un cartel monop&oacute;lico, un grupo que obtiene ventajas bloqueando la entrada al mercado. Y concluye que eliminar los obst&aacute;culos a la competencia equivale a atacar la discriminaci&oacute;n (ib&iacute;d., 356).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> Sunstein hace varias objeciones a este razonamiento. En primer lugar, aun en un mercado perfecto las actitudes discriminadoras no se oponen necesariamente al inter&eacute;s econ&oacute;mico del agente discriminador, lo que niega el supuesto de que la discriminaci&oacute;n es irracional y no econ&oacute;mica porque terceras partes pueden imponer sanciones econ&oacute;micas a los empleadores que no discriminan, y llevarlos a discriminar, as&iacute; prefieran no hacerlo. Consideremos, por ejemplo, un almac&eacute;n de bienes de lujo cuyos clientes prefieren no tener contacto con personas de raza negra, una aerol&iacute;nea comercial cuyos due&ntilde;os no quieren tener pilotos mujeres, una facultad que prefiere tener un profesorado blanco y masculino, una firma que prefiere no tener abogados negros o un hospital que se niega a contratar m&eacute;dicos homosexuales. Debido a que los mercados no s&oacute;lo son insuficientes para disuadir los comportamientos discriminatorios sino que pueden ofrecer incentivos para la discriminaci&oacute;n, es necesaria la intervenci&oacute;n del derecho para mitigarla o eliminarla. La Ley de Derechos Civiles de 1964 sirvi&oacute; para que en Estados Unidos muchos agentes se protegieran de las consecuencias negativas (en forma de violencia y de sanciones competitivas) de su decisi&oacute;n de no discriminar. Sin la fuerza del derecho detr&aacute;s de ellos, quiz&aacute; habr&iacute;an encontrado obst&aacute;culos, como presiones de terceros actores y normas sociales, que hubiesen terminado llev&aacute;ndolos a la discriminaci&oacute;n (Sunstein, 1997, 154).</p>     <p align="justify"> Muchos de los economistas colombianos que atacan la labor de la Corte no tienen en cuenta este tipo de argumentos. Dan por sentado que su intervenci&oacute;n es innecesaria y nociva en &aacute;reas en las que consideran que el mercado es autosuficiente. Eso puede ser cierto en sentido estrictamente consecuencialista, pero no en un sentido deontol&oacute;gico cuando el mercado no garantiza la defensa de los derechos fundamentales y ofrece incentivos para violarlos. No argumentamos que un razonamiento consecuencialista como el del AED sea inaplicable en las decisiones de la Corte Constitucional (de hecho, ponemos de presente que la Corte incluye consideraciones consecuencialistas en sus fallos sobre asuntos econ&oacute;micos). Tampoco descartamos los argumentos de algunos economistas y juristas (ver Palacios, 2001 y N&uacute;&ntilde;ez, 2005) que ven graves dificultades metodol&oacute;gicas, pol&iacute;ticas y econ&oacute;micas en una lectura estrictamente deontol&oacute;gica de la Constituci&oacute;n<sup><a name="n11"></a><a href="#11">11</a></sup>. El AED tiene mucho que aportar en la aplicaci&oacute;n de razonamientos consecuencialistas en las decisiones de la Corte Constitucional, aunque no en la versi&oacute;n r&iacute;gida incapaz de establecer<b> trade-offs</b> con otras consideraciones consecuencialistas. La necesidad de una versi&oacute;n integrada del AED es apremiante ante la posibilidad de que el razonamiento consecuencialista termine avasallando la defensa de derechos fundamentales con el argumento de que la maximizaci&oacute;n de la riqueza y el bienestar es el objetivo primordial de una sociedad (el temor de Dworkin ante la aplicaci&oacute;n de las tesis de Posner). &iquest;Pero c&oacute;mo estructurar una versi&oacute;n integrada del AED en materia de adjudicaci&oacute;n constitucional capaz de prever las consecuencias econ&oacute;micas de los fallos y que al mismo tiempo se &ldquo;tome en serio&rdquo; los derechos? Creemos que se pueden encontrar algunas claves en la reevaluaci&oacute;n del concepto de &ldquo;valor&rdquo; y de &ldquo;conmensurabilidad&rdquo; del AED tradicional.</p>     <p align="justify"><b>LA INCONMENSURABILIDAD DE LOS DERECHOS</b></p>     <p align="justify">Richard Posner defiende un &ldquo;mercado de beb&eacute;s&rdquo; con argumentos consecuencialistas persuasivos, aunque sujetos a muchas objeciones desde otras perspectivas. Para &eacute;l, las necesidades y deseos de las parejas inf&eacute;rtiles se satisfar&iacute;an mejor en un mercado libre (Sunstein, 1997, 97). Seg&uacute;n Sunstein, ese razonamiento no tiene en cuenta que un &ldquo;mercado de beb&eacute;s&rdquo; en el que se puedan comprar y vender seres humanos los valorar&iacute;a err&oacute;neamente &ndash;como bienes&ndash; lo cual constituye una valoraci&oacute;n errada en s&iacute; misma (ib&iacute;d.). Podemos mencionar casos menos dram&aacute;ticos. El juez Bork ha dicho que no entiende por qu&eacute; una Corte protege la privacidad sexual pero no el derecho a contaminar, ya que para &eacute;l no existe una diferencia real entre esos dos derechos, en cuanto de ambos se derivan &ldquo;gratificaciones&rdquo; (ib&iacute;d., 95).</p>     <p align="justify"> La pregunta es cu&aacute;les son las diferencias, en t&eacute;rminos de valor, entre el derecho a la privacidad sexual y el derecho a contaminar. La respuesta es que el valor de este &uacute;ltimo se puede establecer mediante la m&eacute;trica de la maximizaci&oacute;n de beneficios pero no as&iacute; el del derecho a la privacidad sexual. M&aacute;s a&uacute;n, el valor de ambos derechos, proteger libertades individuales, <i>s&oacute;lo</i> se puede establecer por fuera de esa m&eacute;trica. Sunstein propone imaginar ejemplos en los que los derechos fundamentales se puedan medir con base en la maximizaci&oacute;n de beneficios. &iquest;No ser&iacute;a preferible negociar derechos de discriminaci&oacute;n racial en el mercado para que los discriminadores pudieran comprarlos a quienes no discriminan? &iquest;O permitir que los empleadores discriminen pagando una tarifa? Supongamos que se pudiera demostrar que este enfoque es m&aacute;s eficiente que el de los derechos que ha adoptado la Corte Constitucional y, adem&aacute;s, que produce mejores resultados en t&eacute;rminos del bienestar total. &iquest;Por qu&eacute; no adoptarlo? La respuesta de Sunstein es que permitir que los empleadores discriminen pagando una tarifa es inconsistente con el valor que la sociedad colombiana o la estadounidense le asigna a la no discriminaci&oacute;n. Si los discriminadores pudieran comprar derechos a discriminar, la discriminaci&oacute;n no ser&iacute;a estigmatizada ni valorada tan negativamente (ib&iacute;d., 97). En campos como los derechos fundamentales y otras &aacute;reas de la vida humana (como la amistad o el amor), es justificable que no interfieran valoraciones consecuencialistas y basadas en la maximizaci&oacute;n de beneficios, pues tendr&iacute;an efectos adversos sobre las valoraciones no consecuencialistas que los seres humanos les asignan por fuera del mercado.</p>     <p align="justify"> Los valores humanos son plurales y no se les puede aplicar la misma m&eacute;trica. Pese a que las &ldquo;teor&iacute;as monistas de la fijaci&oacute;n del valor&rdquo; &ndash;como el AED&ndash; sean &uacute;tiles para predecir ciertas acciones y dise&ntilde;ar estrategias aplicando un &uacute;nico criterio (la maximizaci&oacute;n del bienestar, por ej.), tambi&eacute;n pueden llevar a predicciones, explicaciones y recomendaciones erradas cuando eval&uacute;an valores humanos como los que representan los derechos fundamentales (ib&iacute;d., 78-79). En este sentido, estos son inconmensurables.</p>     <p align="justify"> Seg&uacute;n Sunstein, la inconmensurabilidad surge &ldquo;cuando los bienes relevantes no pueden ser alineados en una m&eacute;trica &uacute;nica sin que se contradigan nuestros juicios sobre c&oacute;mo deben ser caracterizados y valorados estos bienes&rdquo; (ib&iacute;d., 80). En esta definici&oacute;n, &ldquo;juicios&rdquo; son todas las formas de entender, evaluar y experimentar reflexivamente ciertas relaciones y eventos; &ldquo;m&eacute;trica &uacute;nica&rdquo; es toda evaluaci&oacute;n est&aacute;ndar que opere en un nivel claro de especificidad, no involucre distinciones cualitativas y permita comparar diferentes bienes con la misma dimensi&oacute;n m&eacute;trica<a name="n12"></a><sup><a href="#12">12</a></sup>; y &ldquo;contradicci&oacute;n&rdquo; significa que el uso de una m&eacute;trica &uacute;nica es inconsistente con la manera de juzgar y experimentar estos bienes (ib&iacute;d., 81). El punto central es que &ldquo;bienes&rdquo; como los derechos fundamentales son inconmensurables, pues no se pueden evaluar con una m&eacute;trica &uacute;nica sin contradecir nuestra manera de entenderlos. Esto no significa que sean absolutos o que no se puedan comparar o ponderar; simplemente que esto no se puede hacer aplicando una m&eacute;trica &uacute;nica como la de la maximizaci&oacute;n del bienestar.</p>     <p align="justify"> Sunstein y Holmes (1999) reconocen que todos los derechos &ndash;aun los fundamentales&ndash; tienen costos econ&oacute;micos<a name="n13"></a><sup><a href="#13">13</a></sup>. El derecho a la libre expresi&oacute;n no ser&iacute;a protegido si los contribuyentes no pagaran los impuestos necesarios para el funcionamiento del sistema judicial que lo garantiza (Sunstein, 2001, 12). Pero de este argumento no se puede deducir que todos los derechos, por tener costos, se puedan evaluar del mismo modo, como la libre expresi&oacute;n y el derecho a contaminar. Seg&uacute;n Sunstein, pese a los logros del AED en el estudio del derecho, en su rama normativa se basa en &ldquo;una concepci&oacute;n del valor demasiado d&eacute;bil, superficial y sectaria, resumida en la noci&oacute;n de que las reglas legales se deben dise&ntilde;ar para maximizar la riqueza&rdquo; (1997, 97). El problema central de este criterio &uacute;nico de evaluaci&oacute;n es que elude las diferencias cualitativas entre bienes que usualmente entran en disputa en las decisiones judiciales. El uso de una m&eacute;trica unitaria y de arriba hacia abajo no es concordante con el razonamiento anal&oacute;gico y de abajo hacia arriba que se suele requerir en derecho, y al que no se le puede exigir la aplicaci&oacute;n de una m&eacute;trica &uacute;nica. Podemos afirmar entonces que un AED integrado aceptar&iacute;a que debe abandonar su pretensi&oacute;n de entender todos los fen&oacute;menos jur&iacute;dicos con base en una &ldquo;teor&iacute;a monista de la fijaci&oacute;n del valor&rdquo; (representada en el criterio de maximizaci&oacute;n de bienestar), especialmente en el caso de los derechos fundamentales, que son bienes inconmensurables que no es posible evaluar con una m&eacute;trica unitaria<a name="n14"></a><sup><a href="#14">14</a></sup>.</p>     <p align="justify"><b> UN EJEMPLO DE LA JURISPRUDENCIA</b></p>     <p align="justify">En la sentencia C-776 de 2003 (M. P. Manuel Jos&eacute; Cepeda) la Corte rechaza un razonamiento cercano a un AED dogm&aacute;tico, centrado en la maximizaci&oacute;n del bienestar, y se decide por un razonamiento af&iacute;n a las teor&iacute;as deontol&oacute;gicas integradas, en el cual, pese a que declara inconstitucional el art&iacute;culo de una norma por violar un derecho fundamental, al mismo tiempo considera las consecuencias negativas de esta medida.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> En esta sentencia, la Corte Constitucional declar&oacute; inexequible el art&iacute;culo 116 de la Ley 788 de 2002 &ndash;entre varios art&iacute;culos demandados&ndash; mediante el cual el gobierno nacional pretend&iacute;a extender desde el 1.&deg; de enero de 2005 la base gravable del IVA a algunos productos de la &ldquo;canasta familiar&rdquo; relacionados con la salud (medicamentos) y la educaci&oacute;n (cuadernos y l&aacute;pices), as&iacute; como a los servicios p&uacute;blicos domiciliarios, los servicios m&eacute;dicos y odontol&oacute;gicos (incluidos los del POS), la educaci&oacute;n de todo nivel, el trasporte p&uacute;blico, y el arrendamiento de vivienda.</p>     <p align="justify"> Los argumentos del gobierno nacional (representado por el Ministerio de Hacienda y la DIAN) para defender el art&iacute;culo 116 son estrictamente consecuencialistas. Es claro que el objetivo de esa medida es maximizar el bienestar general de la poblaci&oacute;n colombiana. En su intervenci&oacute;n ante la Corte, el Ministerio de Hacienda sostuvo que la finalidad del gravamen era &ldquo;fomentar que <i>toda</i> la poblaci&oacute;n colombiana tenga acceso a los alimentos y no que se evite el pago de impuestos sobre los mismos&rdquo; (cursivas a&ntilde;adidas). El Ministerio afirm&oacute;, adem&aacute;s, que le corresponde al Congreso establecer impuestos para financiar los gastos del Estado. La DIAN es muy clara sobre el objetivo de la extensi&oacute;n del IVA: &ldquo;garantizar la sostenibilidad de las finanzas p&uacute;blicas y evitar una crisis que podr&iacute;a tener efectos devastadores sobre las condiciones de vida de los colombianos&rdquo;. El Ministerio y la DIAN sostienen que el principio de progresividad no es aplicable al IVA, porque a diferencia del impuesto de renta, es imposible que el Estado pueda establecer la capacidad econ&oacute;mica del comprador,</p>      <blockquote>    <p align="justify">porque al recaer sobre actos ocasionales y no sobre s&iacute;ntesis econ&oacute;micas no permite auscultar las condiciones personales de los sujetos ni establecer diferenciaciones de acuerdo con las capacidades contributivas individuales, como sucede con el impuesto a la renta que es un impuesto directo y se determina sobre resultados econ&oacute;micos. Cuando se adquiere un bien de consumo como es el caso del impuesto a las ventas, el hecho de adquirirlo hace presumir una capacidad contributiva sin que sea posible determinar la realidad econ&oacute;mica de quien lo compra<sup><a name="n15"></a><a href="#15">15</a></sup>.</p> </blockquote>     <p align="justify">Por tanto, descartan la posibilidad de hacer comparaciones interpersonales entre sujetos al imponer el gravamen.</p>     <p align="justify"> La Corte descart&oacute; los argumentos del gobierno y declar&oacute; inexequible el art&iacute;culo 116 de la Ley porque viola los principios de progresividad y equidad que rigen el sistema tributario. Seg&uacute;n la Corte, este art&iacute;culo viola esos principios debido a que i) el sistema tributario se modifica de manera indiscriminada, sin un m&iacute;nimo de deliberaci&oacute;n p&uacute;blica en el Congreso, ii) hay graves falencias tanto en los ingresos provenientes de los tributos con fines progresivos como iii) en los fines redistributivos del gasto, iv) se ampl&iacute;a el IVA a todos los bienes y servicios de primera necesidad, v) lo que pone en peligro el goce efectivo del derecho fundamental al m&iacute;nimo vital de un amplio sector de la poblaci&oacute;n. En esta argumentaci&oacute;n encontramos argumentos procedimentalistas, consecuencialistas y deontol&oacute;gicos.</p>     <p align="justify"> El primer conjunto es procedimentalista ya que, seg&uacute;n la Corte, el procedimiento en el Congreso de la Rep&uacute;blica se desarroll&oacute; &ldquo;sin el m&iacute;nimo de deliberaci&oacute;n p&uacute;blica&rdquo;, lo que es contrario al principio que proh&iacute;be la tributaci&oacute;n sin representaci&oacute;n.</p>     <p align="justify"> El segundo es consecuencialista ya que, de acuerdo con la Corte, el gravamen sobre los bienes y servicios incluidos en el art&iacute;culo 116 tendr&iacute;a consecuencias nocivas para la promoci&oacute;n de la igualdad real y efectiva en un Estado social de derecho (arts. 1.&deg; y 13 de la CP), por cuanto la extensi&oacute;n de la base gravable del IVA contenida en el art&iacute;culo 116, al efectuarse sobre bienes y servicios de primera necesidad, no cumple el objetivo de progresividad de los grav&aacute;menes &ndash;a diferencia del impuesto de renta&ndash; pues no diferencia a los sectores de la poblaci&oacute;n a los que se aplica. Y rechaza el argumento del gobierno seg&uacute;n el cual la imposici&oacute;n del gravamen no deb&iacute;a tener en cuenta las diferencias (econ&oacute;micas y sociales) entre los individuos sobre los que reca&iacute;a la medida. Por otra parte, el objetivo de la extensi&oacute;n del gravamen del IVA no es proporcional a la medida, ya que los ingresos adicionales producto de esa ampliaci&oacute;n habr&iacute;an sido utilizados &ndash;seg&uacute;n el gobierno y los dem&aacute;s impulsores de la norma&ndash; para financiar el gasto p&uacute;blico en seguridad, y no para &ndash;en palabras de la Corte&ndash; &ldquo;financiar el gasto social en programas de impacto espec&iacute;fico que compensen no s&oacute;lo el aumento de la pobreza y la indigencia sino el mayor esfuerzo que supone para los sectores de bajos ingresos el IVA del 2% a bienes y servicios de primera necesidad&rdquo;.</p>     <p align="justify"> El tercero es de car&aacute;cter deontol&oacute;gico ya que, seg&uacute;n la Corte, el art&iacute;culo 116 viola el derecho fundamental al m&iacute;nimo vital<sup><a name="n16"></a><a href="#16">16</a></sup>, por cuanto &ldquo;la norma acusada grava, para el caso de las personas cuya capacidad econ&oacute;mica se agota en la satisfacci&oacute;n de sus necesidades b&aacute;sicas, pr&aacute;cticamente todo lo que estas personas consumen&rdquo;, lo que les hace imposible alcanzar el m&iacute;nimo requerido para llevar una vida digna, en la cual las necesidades b&aacute;sicas para la subsistencia sean satisfechas. La Corte aclara que ser&iacute;a acorde con la Constituci&oacute;n imponer cargas tributarias sobre bienes y servicios de primera necesidad, si existieran medidas estatales que compensaran la vulneraci&oacute;n del derecho al m&iacute;nimo vital de los grupos afectados. No siendo este el caso del art&iacute;culo demandado, la Corte decidi&oacute; declararlo inexequible.</p>     <p align="justify"> Sostenemos que, en esta sentencia, la Corte adopta un enfoque deontol&oacute;gico integrado pues, aunque considera que la violaci&oacute;n del derecho fundamental al m&iacute;nimo vital es suficiente para declarar la inexequibilidad del art&iacute;culo, reitera su jurisprudencia aclarando que &ldquo;el contexto socioecon&oacute;mico es, bajo ciertas condiciones, un factor que puede incidir en las condiciones de exequibilidad de una decisi&oacute;n adoptada por el legislador&rdquo;<sup><a name="n17"></a><a href="#17">17</a></sup>, especialmente en materia econ&oacute;mica y presupuestal. La Corte eval&uacute;a el conjunto de argumentos consecuencialistas y lo encuentra insuficiente, en cuanto se prueba que el objetivo perseguido por el art&iacute;culo &ndash;maximizar el bienestar agregado de la poblaci&oacute;n gravando bienes hasta ese momento exentos&ndash;violar&iacute;a el derecho fundamental al m&iacute;nimo vital de un gran n&uacute;mero de individuos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b>CONCLUSIONES</b></p>     <p align="justify">De la interpretaci&oacute;n de la sentencia C-776 de 2003 a la luz del debate entre teor&iacute;as consecuencialistas y deontol&oacute;gicas se pueden derivar las siguientes conclusiones:</p>     <p align="justify"> 1) Las posiciones consecuencialistas r&iacute;gidas del equipo econ&oacute;mico del gobierno, cercanas al AED tradicional, no tienen posibilidades de convencer a la Corte Constitucional. Los argumentos basados en la valoraci&oacute;n de una norma seg&uacute;n el criterio &uacute;nico de la maximizaci&oacute;n del bienestar tropezar&aacute;n con serias objeciones de los magistrados, que les impondr&aacute;n l&iacute;mites claros siguiendo el criterio del respeto a los derechos fundamentales. Una presunci&oacute;n impl&iacute;cita en la sentencia C-776 de 2003 es que derechos fundamentales como el del m&iacute;nimo vital no pueden ceder ante consideraciones del posible bienestar econ&oacute;mico derivado de una medida. La inconmensurabilidad de los derechos fundamentales hace improbable que la Corte falle de acuerdo con el mero c&aacute;lculo de costo-beneficio, aun en el caso de asuntos macroecon&oacute;micos y presupuestales.</p>     <p align="justify"> 2) La aplicaci&oacute;n de an&aacute;lisis estrictamente deontol&oacute;gicos a asuntos macroecon&oacute;micos y presupuestales no parece tener arraigo en la jurisprudencia de la Corte. La sentencia C-776 de 2003 recoge y desarrolla el precedente seg&uacute;n el cual en la declaraci&oacute;n de exequibilidad de normas relacionadas con el manejo econ&oacute;mico y presupuestal se debe considerar el contexto social y las consecuencias econ&oacute;micas de sus fallos. Carece entonces de todo fundamento afirmar que la Corte no tiene en cuenta los argumentos consecuencialistas en sus fallos sobre asuntos econ&oacute;micos, &aacute;reas en las que no hace una lectura estrictamente deontol&oacute;gica de la Constituci&oacute;n. Y como demuestra la sentencia C-776 de 2003, la prioridad de los derechos fundamentales sobre valoraciones fundadas en la maximizaci&oacute;n del bienestar parece ser una l&iacute;nea jurisprudencial que la Corte seguir&aacute; en sus fallos futuros.</p>     <p align="justify"> 3) A menos que el equipo econ&oacute;mico del gobierno ajuste su argumentaci&oacute;n a un razonamiento consecuencialista integrado consistente y compatible con el razonamiento deontol&oacute;gico integrado de la Corte, no tendr&aacute; &eacute;xito ante este alto tribunal cuando defienda la constitucionalidad de medidas econ&oacute;micas controvertidas que involucren la limitaci&oacute;n de derechos fundamentales.</p>     <p align="justify"> 4) El AED en la versi&oacute;n &ldquo;integrada&rdquo; ofrece valiosas herramientas de argumentaci&oacute;n a los economistas y a los juristas, pues reconoce que los jueces deben considerar relevantes &ndash;y a veces preponderantes&ndash; las consecuencias econ&oacute;micas de sus fallos, pero que la evaluaci&oacute;n de esas consecuencias debe respetar los l&iacute;mites de conmensurabilidad que fija la Constituci&oacute;n. Esta versi&oacute;n integrada del AED rechaza la aplicaci&oacute;n de la m&eacute;trica de la maximizaci&oacute;n de beneficios a bienes y valores inconmensurables, como los derechos fundamentales. Si los economistas llegaran a aceptar este punto, as&iacute; como los magistrados de la Corte aceptan incluir argumentos consecuencialistas en su razonamiento, empezar&iacute;amos a cerrar la brecha entre las formas de pensar jur&iacute;dicas y econ&oacute;micas.</p>     <p align="justify"><b>    <br>NOTAS AL PIE</b></p>     <p align="justify"><a href="#n1">1</a><a name="1"></a>. En 2004, el Ministerio de Hacienda auspici&oacute; un nuevo encuentro entre economistas y abogados, donde se constat&oacute; que sus desacuerdos en torno a la jurisprudencia econ&oacute;mica de la Corte Constitucional segu&iacute;an siendo profundos. Aunque algunas ponencias propon&iacute;an puentes te&oacute;ricos para entender de manera integral el debate (como las de Luis Carlos Valenzuela y Rodrigo Uprimny), otras reiteraron las cr&iacute;ticas usuales a la labor de la Corte (las de Sergio Clavijo y Alberto Carrasquilla). </p>     <p align="justify"><a href="#n2">2</a><a name="2"></a>.  En otras, el tono beligerante fue evidente. Y se echa de menos la solidez acad&eacute;mica en afirmaciones como la siguiente: &ldquo;En teor&iacute;a, el trabajo de la Corte Constitucional lo podr&iacute;a hacer un computador adecuadamente programado. Al fin y al cabo, se trata de cotejar un texto (la Constituci&oacute;n) con otro texto (el reclamo) y en esa labor, los computadores han demostrado su superioridad [&hellip;] Si la Constituci&oacute;n dice A y la demanda dice, en esencia, que la Constituci&oacute;n no dice A, el computador rechaza la demanda, y listo el pollo [&hellip;] La pregunta importante es esta: &iquest;qu&eacute; habr&iacute;a pasado si, en lugar de nueve personas, la Corte hubiera estado compuesta por un mill&oacute;n de computadores programados para cotejar el texto de la Carta con el texto de diversos reclamos que ha hecho la ciudadan&iacute;a? La Constituci&oacute;n de 1991 es tan compleja que cabe pensar que los resultados puramente t&eacute;cnicos no diferir&iacute;an mucho de las sentencias que los Honorables Magistrados han emitido&rdquo; (Carrasquilla, 2001, 19-20).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n3">3</a><a name="3"></a>.  Para ser m&aacute;s exactos, Sen y Williams (1996, 4) afirman que el utilitarismo se halla en la intersecci&oacute;n entre dos teor&iacute;as: bienestarismo y consecuencialismo. Es una teor&iacute;a bienestarista porque establece o asigna valor a los estados de cosas a trav&eacute;s del concepto de bienestar y satisfacci&oacute;n de preferencias. Y consecuencialista porque es una teor&iacute;a de la acci&oacute;n correcta, de acuerdo con la cual las acciones se deben escoger con base en el estado de cosas que producen como consecuencia. De acuerdo con estos autores es entonces un consecuencialismo <i>welfarista</i>, porque recomienda la elecci&oacute;n de las acciones con base en sus consecuencias, a las que establece en t&eacute;rminos de bienestar, agregando el bienestar o la utilidad de los individuos.</p>     <p align="justify"><a href="#n4">4</a><a name="4"></a>.  La dificultad del utilitarismo para hacer comparaciones interpersonales surge, seg&uacute;n Sen, de la primac&iacute;a que da a la maximizaci&oacute;n de la utilidad total (Sen, 1988, 139), lo que ilustra con un ejemplo muy sencillo: si el objetivo primordial del utilitarismo es aumentar el tama&ntilde;o del pastel, descuida por completo la distribuci&oacute;n de las tajadas entre personas con condiciones de vida diferentes. As&iacute;, &ldquo;si cierta persona inv&aacute;lida A obtiene la mitad de la utilidad que un vividor B, de cualquier nivel de ingresos, el problema puro de distribuci&oacute;n utilitarista conceder&iacute;a al vividor B unos ingresos superiores al inv&aacute;lido A. El inv&aacute;lido se encontrar&aacute; entonces en una desventaja por partida doble: porque extrae menos utilidad del mismo nivel de ingresos, y porque tiene unos ingresos menores&rdquo; (ib&iacute;d.).</p>     <p align="justify"><a href="#n5">5</a><a name="5"></a>.  Se suele diferenciar dos tipos de utilitarismo, el de acto y el de la regla. Diferencia que se puede explicar con el ejemplo de las promesas. Consideremos la utilidad social de mantener una promesa. La moral tradicional afirmar&iacute;a que se han de mantener las promesas, con la posible excepci&oacute;n de aquellos casos en que mantenerlas impone una carga excesiva sobre el promitente (o sobre terceras personas). Para un utilitarista de acto es permisible moralmente romper una promesa si as&iacute; se produce una utilidad social mayor que en caso de mantenerla. Un utilitarista de este tipo se preguntar&iacute;a: &ldquo;este acto de romper una promesa, &iquest;incrementa o disminuye la utilidad social?&rdquo;. Un utilitarista de la regla se preguntar&iacute;a: &iquest;qu&eacute; regla moral sobre el cumplimiento de las promesas maximiza la utilidad social?&rdquo;. Para ambos tipos, los problemas de decisi&oacute;n moral son problemas de maximizaci&oacute;n de la utilidad social. Pero mientras que el utilitarista de acto considera &uacute;nicamente las consecuencias desfavorables de romper una promesa en el acto particular que analiza, el utilitarista de la regla considera las consecuencias causales de la pr&aacute;ctica general de romper las promesas y las consecuencias no causales de adoptar una regla moral que permita excepciones a la pr&aacute;ctica de mantenerlas. Un utilitarista de este tipo est&aacute; m&aacute;s cerca de la moralidad tradicional, ya que afirmar&iacute;a que se deben mantener las promesas, salvo raras excepciones. Pues, a diferencia del utilitarista de acto, compara los posibles beneficios directos de romper una promesa en una situaci&oacute;n espec&iacute;fica con las expectativas que se crear&iacute;an si las personas supieran que pueden romper las promesas en ciertas circunstancias. Los costos sociales no justificar&iacute;an el rompimiento de la promesa en el caso particular (imaginemos una sociedad en la que la confianza en las promesas descendiera hasta el punto de que las personas no se involucraran en actividades productivas que requieren que otras cumplan sus promesas). Ver Harsanyi (1996, 57-59).</p>     <p align="justify"><a href="#n6">6</a><a name="6"></a>.  En este ejemplo, Scanlon asumir&iacute;a una posici&oacute;n t&iacute;pica del utilitarismo de la regla. Seg&uacute;n Bernard Williams, un utilitarista de este tipo puede adoptar una pr&aacute;ctica o regla general para solucionar determinados casos, aunque ciertas aplicaciones pr&aacute;cticas produzcan un resultado diferente al que se alcanzar&iacute;a mediante el c&aacute;lculo individual (1993, 92). </p>     <p align="justify"><a href="#n7">7</a><a name="7"></a>.  En esta secci&oacute;n nos concentramos en la Escuela de Chicago, pese a que un an&aacute;lisis m&aacute;s completo de las tendencias que estudian la relaci&oacute;n entre derecho y econom&iacute;a deber&iacute;a incluir las escuelas de Derecho y Econom&iacute;a de New Haven, de la Elecci&oacute;n P&uacute;blica, las escuelas institucional y neoinstitucional, y la de Critical Legal Studies (para un juicioso an&aacute;lisis de esas escuelas, ver Mercuro y Medema, 1997). Adem&aacute;s, los exponentes de la Escuela de Chicago son los que han defendido con m&aacute;s claridad y radicalismo la idea de que el derecho es un sistema dise&ntilde;ado para maximizar el bienestar. Esta escuela hace &eacute;nfasis en instituciones t&iacute;picamente jur&iacute;dicas como los contratos, la responsabilidad y la regulaci&oacute;n, y a diferencia de la Elecci&oacute;n P&uacute;blica y del neoinstitucionalismo, se la puede considerar genuinamente jur&iacute;dica.</p>     <p align="justify"><a href="#n8">8</a><a name="8"></a>.  Seg&uacute;n Coase, &ldquo;Naturalmente, si las transacciones de mercado no costaran algo, todo lo que interesar&iacute;a (cuestiones de equidad aparte) es que los derechos de las distintas partes estuvieran bien definidos y que el resultado de las acciones legales fuera f&aacute;cil de predecir. Pero, como hemos visto, la situaci&oacute;n es completamente diferente cuando las transacciones mercantiles son tan costosas que hacen dif&iacute;cil cambiar los acuerdos sobre los derechos establecidos por la ley. En dichos casos, los tribunales influyen de forma directa sobre la actividad econ&oacute;mica. Por lo tanto, ser&iacute;a deseable que los juzgados comprendieran las consecuencias econ&oacute;micas de sus decisiones y las tuvieran en cuenta al decidir, en la medida que ello es posible, sin crear demasiada incertidumbre sobre la situaci&oacute;n legal misma&rdquo; (1994, 138).</p>     <p align="justify"><a href="#n9">9</a><a name="9"></a>. Este argumento de Dworkin es rebatible. La maximizaci&oacute;n del bienestar podr&iacute;a ser una forma de alcanzar el bienestar social y la &ldquo;vida buena&rdquo;, y no es un criterio independiente centrado exclusivamente en la eficiencia.</p>     <p align="justify"><a href="#n10">10</a><a name="10"></a>.  Para un estudio sobre la recepci&oacute;n en Colombia de teor&iacute;as jur&iacute;dicas surgidas en comunidades hermen&eacute;uticas fuertes como Estados Unidos, ver L&oacute;pez (2004). Aunque el estudio de L&oacute;pez no aborda la recepci&oacute;n del AED en Colombia, en las p&aacute;ginas finales de su libro, <i>Teor&iacute;a impura del derecho</i>, menciona que escuelas como el AED empiezan a ser recibidas en las comunidades hermen&eacute;uticas latinoamericanas. Afirma L&oacute;pez: &ldquo;Law and Economics, de otro lado, s&iacute; conf&iacute;a que es posible resolver los casos dif&iacute;ciles, pero a diferencia del antiformalismo constitucional contempor&aacute;neo piensa que los jueces deben recurrir a la teor&iacute;a econ&oacute;mica y no a la teor&iacute;a moral o pol&iacute;tica. El impacto local de estas teor&iacute;as posmodernas en Latinoam&eacute;rica ser&aacute; algo interesante de estudiar en el futuro pr&oacute;ximo, quiz&aacute; usando las herramientas de la teor&iacute;a comparada del derecho que hemos utilizado a lo largo de este libro&rdquo; (2004, 460). </p>     <p align="justify"><a href="#n11">11</a><a name="11"></a>.  Seg&uacute;n algunos de estos autores, entre los muchos problemas que conlleva una lectura estrictamente deontol&oacute;gica de la Constituci&oacute;n se encuentra el gran poder contramayoritario que se arrogan los jueces a partir de lecturas no verificables de principios y valores, as&iacute; como el efecto negativo que generan providencias sobre temas econ&oacute;micos que no priorizan decisiones de gasto, ni le fijan topes (ver N&uacute;&ntilde;ez, 2005).</p>     <p align="justify"><a href="#n12">12</a><a name="12"></a>.  El dinero y el sistema m&eacute;trico son algunos ejemplos. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n13">13</a><a name="13"></a>.  En <i>The Cost of Rights</i>, Sunstein y Holmes sostienen que sin impuestos no hay derechos; es decir, en una democracia, la vigencia de derechos como la libertad de expresi&oacute;n o reuni&oacute;n depende del pago oportuno de impuestos, porque la implementaci&oacute;n de cualquier derecho &ndash;independientemente que sea de libertad o prestacional&ndash; requiere gastos del Estado.</p>     <p align="justify"><a href="#n14">14</a><a name="14"></a>.  Cooter propone un AED integrado capaz de valorar los derechos con una m&eacute;trica no unitaria (2000, 247) y sintetiza sugestivamente las diversas formas de valorar los derechos en las democracias. Los an&aacute;lisis de costo-beneficio miden el valor de los bienes privados y p&uacute;blicos mediante la disposici&oacute;n a pagar. Evaluar as&iacute; los derechos implica considerarlos como fuente de riqueza, lo que hace posible intercambiar derechos por otras fuentes de riqueza, como el dinero. Tambi&eacute;n se los puede considerar no como fuentes de riqueza sino como fuentes de bienestar, lo que implica poner en la balanza la disposici&oacute;n a pagar contra la capacidad para pagar. Si se considera que son fuentes de bienestar, entonces los derechos individuales se pueden intercambiar con otras formas de bienestar, como la atenci&oacute;n m&eacute;dica o la vivienda. Por &uacute;ltimo, se pueden considerar como cartas de triunfo, lo que implica que tienen un valor distinto al que los individuos les asignan. En este sentido, est&aacute;n por fuera del mercado, como ilustra el caso de la persona que no se puede ofrecer como esclavo alegando que le asigna un valor muy bajo al derecho a la libertad. Para esta visi&oacute;n, los derechos se pueden intercambiar, pero no con otros bienes.</p>     <p align="justify"><a href="#n15">15</a><a name="15"></a>.  Cfr. folio 212 del expediente. La interviniente cita la sentencia C-238 de 1997 (M. P. Vladimiro Naranjo Mesa) para sustentar su argumento.</p>     <p align="justify"><a href="#n16">16</a><a name="16"></a>.  Para un an&aacute;lisis del derecho fundamental al m&iacute;nimo vital, as&iacute; como para un recuento y un an&aacute;lisis completo de la jurisprudencia de la Corte Constitucional, cfr. CIJUS, 2003.</p>     <p align="justify"><a href="#n17">17</a><a name="17"></a>. &ldquo;En efecto, la Corte ha tomado en consideraci&oacute;n el contexto socioecon&oacute;mico en tanto que elemento de an&aacute;lisis a considerar respecto de las condiciones de exequibilidad de una norma; por ejemplo, en la Sentencia C-1064. En esta sentencia, la Corte admiti&oacute; limitar, para las personas de salarios altos y medios, su derecho a mantener anualmente el poder adquisitivo de los mismos siempre que necesidades fiscales imperiosas as&iacute; lo exigieran y que el menor gasto en salarios p&uacute;blicos corresponda a un incremento en el gasto social, en beneficio de quienes est&aacute;n en una situaci&oacute;n de penuria socioecon&oacute;mica. Lo mismo ocurri&oacute; cuando la Corte admiti&oacute; limitaciones a la autonom&iacute;a de las entidades territoriales con incidencia clara en el gasto social en el corto plazo por razones imperiosas de orden macroecon&oacute;mico relativas a la necesidad de un ajuste fiscal. Ver Sentencias C-540, C-579 y C-1064 de 2001. [Tambi&eacute;n] Sentencia C-157 de 2002, T-299 de 2003, C-237 de 1997, C-984 de 2002 y C-150 de 2003. Igualmente, se pueden citar los siguientes fallos de revisi&oacute;n de tutela: Sentencias T-489 de 1998, T-936 de 1999, T-1176 de 2000 y T-644 de 2003. Por ejemplo, cuando la Corte ha decidido diferir los efectos de una sentencia de inexequibilidad, ha valorado la relaci&oacute;n entre el contexto del fallo y los principios constitucionales a proteger. Ver, entre otras: Sentencia C-700 de 1999, C-442 de 2001 y C-737 de 2001&rdquo;: Corte Constitucional. Sentencia C-776 de 2003 (M. P. Manuel Jos&eacute; Cepeda Espinosa).</p> <hr>    <p align="justify"><b> REFERENCIAS BIBLIOGR&Aacute;FICAS</b></p>     <p align="justify">1. Arango, R. &ldquo;La justiciabilidad de los derechos fundamentales&rdquo;, <i>Revista de Derecho P&uacute;blico</i> 12, 2001, Bogot&aacute;.</p>     <p align="justify">2.  Carrasquilla, A. &ldquo;Econom&iacute;a y Constituci&oacute;n: hacia un enfoque estrat&eacute;gico&rdquo;, <i>Revista de Derecho P&uacute;blico</i> 12, 2001, Bogot&aacute;.</p>     <!-- ref --><p align="justify">3.  Centeno, M. A. y F. L&oacute;pez. <i>The Other Mirror-Grand Theory through the Lens of Latin America</i>, Princeton, Princeton University Press, 2001. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000101&pid=S0124-5996200600010000400003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">4.  CIJUS. <i>Jurisprudencia constitucional sobre el derecho al m&iacute;nimo vital,</i> Bogot&aacute;, Universidad de los Andes, 2003. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000102&pid=S0124-5996200600010000400004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">5.  Clavijo, S. &ldquo;Fallos y fallas econ&oacute;micas de las altas cortes: el caso de Colombia 1991-2001&rdquo;, <i>Revista de Derecho P&uacute;blico</i> 12, 2001, Bogot&aacute;.</p>     <!-- ref --><p align="justify">6.  Coase, R. 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Ulen. <i>Derecho y econom&iacute;a</i>, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2002. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000106&pid=S0124-5996200600010000400008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">9.  Dworkin, R. &ldquo;Is Wealth a Value?&rdquo;, <i>Lloyd&rsquo;s Introduction to Jurisprudence</i>, 1980, London, Steven and Sons, 1985.</p>     <p align="justify">10.  Dworkin, R. &ldquo;Rights as Trumps&rdquo;, <i>Theories of Rights</i>, 1981, New York, Oxford University Press, 1995.</p>     <p align="justify">11.  Friedman, D. <i>Law&rsquo;s Order: What Economics Has to do with Law &amp; Why it Matters</i>, 2000, New Jersey, Princeton University Press.</p>     <p align="justify">12.  Garc&iacute;a, M. &ldquo;No s&oacute;lo del mercado vive la democracia. El fen&oacute;meno del incumplimiento del derecho y sus relaciones con el desarrollo, la justicia y la democracia&rdquo;, <i>Revista de Econom&iacute;a Institucional </i>6, 10, 2004, pp. 95-134.</p>     <p align="justify">13.  Harsanyi, J. &ldquo;Morality and the Theory of Rational Behaviour&rdquo;, B. Williams y A. Sen, eds., <i>Utilitarianism and Beyond</i>, Cambridge, Cambridge University Press, 1996. </p>     <!-- ref --><p align="justify">14. Hart, H. L. A.<i>Utilitarismo y derechos naturales</i>, Bogot&aacute;, Universidad Externado de Colombia, 2003. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000112&pid=S0124-5996200600010000400014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">15.  Kalmanovitz, S. &ldquo;Formas de pensar jur&iacute;dicas y econ&oacute;micas&rdquo;, <i>Revista de Derecho P&uacute;blico</i> 12, 2001, Bogot&aacute;.</p>     <!-- ref --><p align="justify">16. Kalmanovitz, S. <i>Ensayos sobre banca central</i>, Bogot&aacute;, Norma, 2003. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000114&pid=S0124-5996200600010000400016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">17. Little, I. M. D. <i>Ethics, Economics and Politics-principles of Public Policy</i>, New York, Oxford University Press, 2002. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000115&pid=S0124-5996200600010000400017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">18.  L&oacute;pez, D. <i>Teor&iacute;a impura del derecho</i>, Bogot&aacute;, Legis, 2004. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000116&pid=S0124-5996200600010000400018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">19.  Lyons, D. &ldquo;Utilitarianism and Rights&rdquo;, <i>Theories of Rights</i>, 1982, New York, Oxford University Press, 1995.</p>     <!-- ref --><p align="justify">20.  Malloy, R. <i>Law and Market Economy</i>, Cambridge, Cambridge University Press, 2000. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000118&pid=S0124-5996200600010000400020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">21.  Mercuro, N. y S. Medema. <i>Economics and the Law: from Posner to Post-modernism</i>, Princeton, Princeton University Press, 1997. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S0124-5996200600010000400021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">22.  Montecinos, V. y J. Markoff. &ldquo;From the Power of Economic Ideas to the Power of Economists&rdquo;, <i>The Other Mirror-Grand Theory through the Lens of Latin America</i>, Princeton, Princeton University Press, 2001. </p>     <!-- ref --><p align="justify">23.  Nozick, R. <i>Anarqu&iacute;a, Estado y utop&iacute;a,</i> 1974, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1988.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S0124-5996200600010000400023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">24. N&uacute;&ntilde;ez, A. J. <i>Manifiesto por una justicia constitucional responsable</i>, Bogot&aacute;, Legis, 2005. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000122&pid=S0124-5996200600010000400024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">25.  Palacios, H. &ldquo;El control constitucional en el tr&oacute;pico&rdquo;, <i>Precedente</i>, Cali, Icesi, 2001. </p>     <p align="justify">26. Posner, R. &ldquo;What do Judges Maximize&rdquo;, <i>John M. Olin Law &amp; Economics Working Paper</i> 15, 1993, Chicago University.</p>     <!-- ref --><p align="justify">27. Posner, R. <i>Overcoming Law</i>, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1995. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0124-5996200600010000400027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">28.  Posner, R. <i>An&aacute;lisis econ&oacute;mico del derecho</i>, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2000. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S0124-5996200600010000400028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">29.  Rawls, J. <i>Teor&iacute;a de la justicia</i>, 1971, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0124-5996200600010000400029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">30.  Scanlon, T. M. &ldquo;Rights, Goals and Fairness&rdquo;, <i>Theories of Rights</i>, New York, Oxford University Press, 1995. </p>     <p align="justify">31.  Sen, A. &ldquo;Igualdad de qu&eacute;&rdquo;, <i>Libertad, igualdad y derecho: las conferencias Tanner sobre filosof&iacute;a moral</i>, Barcelona, Editorial Ariel-Derecho, 1988. </p>     <!-- ref --><p align="justify">32.  Sen, A. <i>Econom&iacute;a de bienestar y dos aproximaciones a los derechos</i>, Bogot&aacute;, Universidad Externado de Colombia, 2002. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S0124-5996200600010000400032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">33. Sen, A. y B. Williams. <i>Utilitarianism and Beyond</i>, Cambridge, Cambridge University Press, 1996. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0124-5996200600010000400033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">34.  Sunstein, C. &ldquo;Endogenous Preferences, Environmental Law&rdquo;,<i> John M. Olin Law &amp; Economics Working Paper</i> 14, 1993, Chicago University.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify">35.  Sunstein, C. <i>Free Markets and Social Justice</i>, New York, Oxford University Press, 1997. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S0124-5996200600010000400035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">36.  Sunstein, C. &ldquo;Social and Economic Rights? Lessons from South Africa&rdquo;, <i>John M. Olin Law &amp; Economics Working Paper</i> 124, 2001, Chicago University.</p>     <!-- ref --><p align="justify">37.  Sunstein, C. y S. Holmes. <i>The Cost of Rights</i>, New York, Norton, 1999. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S0124-5996200600010000400037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">38.  Uprimny, R. &ldquo;Legitimidad y conveniencia del control constitucional&rdquo;, <i>Revista de Derecho P&uacute;blico</i> 12, 2001, Bogot&aacute;.</p>     <!-- ref --><p align="justify">39. Williams, B. <i>Morality: An Introduction to Ethics</i>, Cambridge, Cambridge University Press, 1993. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S0124-5996200600010000400039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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