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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>    <br>PRESENTACI&Oacute;N*</b></p></font>     <p>    <br></p> <font face="Verdana" size="2">    <p align="center"><b>PREVIEW</b></p>     <p>    <br>    <br></p>     <p><i>Alfonso L&oacute;pez Michelsen</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">* Presentaci&oacute;n al libro <i>Rojos contra azules: el partido liberal en la pol&iacute;tica colombiana 1863-1899</i>, de Helen Delpar, Bogot&aacute;, Procultura, abril de 1994, pp. VII-XXX. Se publica con la autorizaci&oacute;n del Ministerio de Cultura.</p> <hr>     <p align="justify">    <br>La traducci&oacute;n del libro de la se&ntilde;ora Delpar sobre las controversias entre liberales y conservadores en el curso del siglo XIX conserva una actualidad que justifica la decisi&oacute;n de dar a conocer esta obra al p&uacute;blico colombiano. El per&iacute;odo al cual corresponde este an&aacute;lisis es el comprendido entre la promulgaci&oacute;n de la Constituci&oacute;n de Rionegro en 1863 y el final de la Guerra de los Mil D&iacute;as en 1903, como quien dice, casi medio siglo. Corresponde, adem&aacute;s, a uno de los per&iacute;odos menos investigados de nuestro devenir como naci&oacute;n. Los colombianos tenemos apenas una idea nebulosa de lo que fueron los gobiernos radicales del siglo pasado y cu&aacute;l fue su impronta sobre nuestra cultura pol&iacute;tica. La circunstancia de haberse aprobado recientemente una nueva Constituci&oacute;n nos permite investigar con total imparcialidad lo ocurrido entonces. Mientras tuvo vigencia la Constituci&oacute;n de 1886, forzoso fue que se adoptara la de 1886 como punto de referencia para juzgar la de 1863. Convertidas ambas en reliquias, en piezas de museo, ning&uacute;n prejuicio enturbia nuestra visi&oacute;n en vista de que la Constituci&oacute;n de 1991 conserva rasgos de ambas cartas: la federalizaci&oacute;n de la de 1863 y el r&eacute;gimen presidencial de la de 1886.</p>     <p align="justify">El clima pol&iacute;tico bajo el cual se expidi&oacute; la Constituci&oacute;n de Rionegro nada tuvo en com&uacute;n con el que presidi&oacute; la Asamblea Constituyente de 1991. Esta &uacute;ltima no fue el fruto de una victoria militar ni de una imposici&oacute;n sino de un consenso. Con todo, el convencimiento, en uno y otro caso, de que las disposiciones escritas transforman las sociedades y que un pa&iacute;s nuevo surgir&iacute;a de la nueva Constituci&oacute;n distingue a ambos per&iacute;odos. No sospechaba la se&ntilde;ora Delpar al consignar sus observaciones, fruto de un minucios&iacute;simo estudio, que su libro cobrar&iacute;a en el curso de diez a&ntilde;os una actualidad que no hab&iacute;a conocido en la &eacute;poca en que fue dado a la luz en lengua inglesa.</p>     <p align="justify">Una opini&oacute;n acerca de la Constituci&oacute;n de Rionegro que corri&oacute; con fortuna fue la que se atribuy&oacute; a V&iacute;ctor Hugo, de quien se dec&iacute;a que le hab&iacute;a manifestado a Don Antonio Mar&iacute;a Pradilla que era una “Carta Pol&iacute;tica hecha para &aacute;ngeles”. No s&eacute; que tanto franc&eacute;s hablara el se&ntilde;or Pradilla, si bien es cierto que V&iacute;ctor Hugo chapuceaba el castellano, que hab&iacute;a aprendido de ni&ntilde;o durante la invasi&oacute;n napole&oacute;nica a Espa&ntilde;a. Sospecho que, si es verdad que la entrevista con V&iacute;ctor Hugo tuvo ocurrencia, lo que quiso decir el gran poeta franc&eacute;s debi&oacute; ser que la Carta Pol&iacute;tica de Colombia parec&iacute;a hecha por &aacute;ngeles. No vale la pena debatir la verosimilitud de la leyenda, que parece altamente improbable, puesto que V&iacute;ctor Hugo en aquellos a&ntilde;os viv&iacute;a en exilio en la diminuta Isla de Guernesey, a pocas millas de la Costa de Inglaterra, un lugar de muy dif&iacute;cil acceso para un turista suramericano.</p>     <p align="justify">Sea como fuere, conceptualmente corresponde mejor a esta segunda versi&oacute;n lo que hubiera podido decir V&iacute;ctor Hugo.</p>     <p align="justify">Si bien es cierto que algunos entre los constituyentes de 1863 formularon reparos acerca de instituciones tan ut&oacute;picas como el per&iacute;odo presidencial de dos a&ntilde;os, destinado exclusivamente a recortar el per&iacute;odo del General Mosquera, que iba a ser el primer presidente, y acerca de las trabas constitucionales que para cualquier enmienda hac&iacute;an irreformable la Constituci&oacute;n, la mayor parte de los delegatarios consideraban que hab&iacute;an cumplido una tarea hist&oacute;rica. La euforia de que se rode&oacute; la expedici&oacute;n de la nueva Constituci&oacute;n, el sentimiento de que en Colombia se estaban poniendo en pr&aacute;ctica los ideales generosos de los revolucionarios europeos del 48, dejan la impresi&oacute;n de que los reformadores se sent&iacute;an superhombres que le estaban dando una lecci&oacute;n al mundo. De ah&iacute; que sea de presumir que lo que hubiera dicho V&iacute;ctor Hugo para halagarlos debi&oacute; ser que parec&iacute;a hecha por &aacute;ngeles.</p>     <p align="justify">Cabe aqu&iacute; recordar que V&iacute;ctor Hugo, a fuer de extraordinario poeta, posiblemente el m&aacute;s grande entre los franceses, fue durante gran parte de su vida un populista de mayor envergadura que su contempor&aacute;neo Carlos Marx. Cuanto hemos visto en el siglo XX como proliferaci&oacute;n del marxismo es s&oacute;lo comparable a la influencia que tuvieron obras como <i>Los miserables</i>, <i>El a&ntilde;o terrible</i> o <i>Nuestra Se&ntilde;ora de Par&iacute;s</i> sobre los calenturientos cerebros latinoamericanos. S&oacute;lo &aacute;ngeles, en consecuencia, pod&iacute;an depararle la fortuna de ver plasmada su generosa ideolog&iacute;a democr&aacute;tica en una Constituci&oacute;n.</p>     <p align="justify">Dentro del discurrir nacional, la Carta de Rionegro era la conclusi&oacute;n l&oacute;gica de una tendencia a liberalizar la Rep&uacute;blica. Los partidos pol&iacute;ticos, liberalismo y conservatismo, o rojos y azules, como los llama la se&ntilde;ora Delpar, hab&iacute;an comenzado a perfilarse desde 1840 cuando fue desapareciendo la denominaci&oacute;n entre progresistas y ministeriales. Los primeros se sent&iacute;an los herederos del General Santander y, los segundos, de Don Jos&eacute; Ignacio de M&aacute;rquez quien hab&iacute;a derrotado a Obando en las elecciones de 1837. La diferencia entre unos y otros se hab&iacute;a ahondado con la malhadada iniciativa del gobierno de M&aacute;rquez de reabrir contra Obando la acusaci&oacute;n de ser el autor intelectual del asesinato de Sucre en Berruecos. Proscrito en el Per&uacute; y en Chile, la aureola del martirio circundaba sus sienes. El prestigio de Obando, mejor dicho, su popularidad, no tuvo par en todo nuestro siglo XIX. Su regreso signific&oacute; el renacimiento de la corriente democr&aacute;tica santanderista que no tard&oacute; en adoptar banderas antirreligiosas, federalistas y populistas, coreadas por las llamadas sociedades democr&aacute;ticas, asociaciones sindicales que frecuentemente recurr&iacute;an a las v&iacute;as de hecho. Fue as&iacute; como, durante la Administraci&oacute;n del General Jos&eacute; Hilario L&oacute;pez, se proclam&oacute; el principio de la separaci&oacute;n de la Iglesia y el Estado, se inici&oacute; un proceso de descentralizaci&oacute;n, a&uacute;n muy t&iacute;mido, y se procedi&oacute; a dar cristiana sepultura a instituciones como la esclavitud y el monopolio de la tierra. En este camino se lleg&oacute; a tales excesos que el propio partido de gobierno se dividi&oacute; entre “g&oacute;lgotas” y “draconianos”, siendo estos &uacute;ltimos los m&aacute;s extremistas en la aplicaci&oacute;n de las medidas. La segunda Administraci&oacute;n Mosquera de 1863 no hizo sino proseguir en el mismo camino, expropiando los bienes de las comunidades religiosas, poniendo en pr&aacute;ctica los principios federales de la Constituci&oacute;n de 1863 y aboliendo los &uacute;ltimos rezagos del colonialismo en materia fiscal. Es sobre este &uacute;ltimo aspecto en el cual hay que poner mayor &eacute;nfasis para interpretar a cabalidad cuanto ocurri&oacute; posteriormente.</p>     <p align="justify">El principal ingreso fiscal del Estado colombiano era el impuesto de aduanas. Gracias a los elevados aranceles con los que se aspiraba a defender la producci&oacute;n nacional, el Estado recaudaba sumas cuantiosas para la &eacute;poca, tanto que representaban casi la totalidad de los ingresos fiscales. Otros impuestos, como el predial, la explotaci&oacute;n de las riquezas naturales y la adjudicaci&oacute;n de bald&iacute;os quedaron en manos de los Estados. De esta suerte, seg&uacute;n fueran las importaciones, crec&iacute;a o se reduc&iacute;a el producido de los aranceles, y los gobiernos pod&iacute;an presentar un balance favorable o deficitario de su gesti&oacute;n. Si se agrega a lo anterior el hecho de que gran parte de los ingresos se traduc&iacute;a en gastos con destinaci&oacute;n espec&iacute;fica, llegamos a la conclusi&oacute;n de que el margen de maniobra del ejecutivo era muy reducido. El s&oacute;lo rubro de pagos por concepto de la deuda significaba que el gobierno no pod&iacute;a disponer de m&aacute;s del 50% de la renta de aduanas que se destinaba a hacer abonos y a pagar intereses a los acreedores del Estado.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Fue un milagro que la Constituci&oacute;n de Rionegro conservara su vigencia por tanto tiempo y llegara a ser la m&aacute;s longeva desde la fundaci&oacute;n de la Rep&uacute;blica. La crisis fiscal, provocada por la ca&iacute;da de los precios del tabaco y la quina, dio al traste con sus instituciones, pero desde antes, disposiciones como el libre porte de armas y el mal uso de la Guardia Colombiana que le restaba autoridad para imponer el orden, hab&iacute;an minado la estabilidad de la naci&oacute;n. Varios entre los prohombres del radicalismo, y no s&oacute;lo N&uacute;&ntilde;ez, eran conscientes de la necesidad de una reforma que le pusiera los pies sobre la tierra a los pocos colombianos que segu&iacute;an enamorados de la Carta Pol&iacute;tica de Rionegro. Pero de hecho era tan irreformable que la &uacute;nica enmienda que prosper&oacute; en m&aacute;s de 20 a&ntilde;os fue la que propuso que las elecciones en los Estados se verificaran en el mismo d&iacute;a. Se trat&oacute; de una reforma que se impon&iacute;a por su propio peso cuando hasta los propios autores de la Carta del 63 cayeron en cuenta de que Colombia no resist&iacute;a tres, cuatro o cinco elecciones en el mismo a&ntilde;o, sin afectar la estabilidad administrativa, econ&oacute;mica y social de la naci&oacute;n.</p>     <p align="justify">Un visionario, el doctor Murillo Toro, lleg&oacute; a proponer la implantaci&oacute;n del impuesto sobre la propiedad para subvenir a los gastos del Estado, pero todo se qued&oacute; en prop&oacute;sitos, que &uacute;nicamente se protocolizaron en el Estado de Santander del cual fue presidente. El mismo doctor Murillo propuso reducir los intereses de la deuda p&uacute;blica y secund&oacute; la idea de construir el ferrocarril del Carare con un gran empr&eacute;stito, proyectos todos que despertaron la consiguiente oposici&oacute;n de las clases pudientes, que lo tildaron de comunista.</p>     <p align="justify">Indudablemente el partido predominante era el liberal, como pudo comprobarse en sucesivas elecciones, antes y despu&eacute;s de la expedici&oacute;n del Estatuto de Rionegro. No obstante, para la &eacute;poca de la elecci&oacute;n de don Aquileo Parra y en los a&ntilde;os siguientes hasta 1884, la intervenci&oacute;n del gobierno central para conservarse en el poder fue un hecho incontestable. Solamente en Antioquia, bajo la Administraci&oacute;n del General Berr&iacute;o, los conservadores tuvieron acceso a la direcci&oacute;n de los negocios p&uacute;blicos ya que los resultados electorales fueron respetados por el gobierno del doctor Murillo Toro. Entre tanto, en Panam&aacute;, Cundinamarca, Boyac&aacute; y Santander, la mano del gobierno se mantuvo muy activa en favor de las candidaturas de Parra y de don Santiago P&eacute;rez.</p>     <p align="justify">La se&ntilde;ora Delpar anota certeramente debilidades inherentes al sistema en materia de administraci&oacute;n de justicia. Los constituyentes de Rionegro hab&iacute;an cre&iacute;do poner una pica en Flandes dejando en manos de la ley la elecci&oacute;n de jueces, creyendo que con ello le daban mayor independencia al &oacute;rgano jurisdiccional, pero sucedi&oacute; lo contrario: la justicia, que siempre hab&iacute;a sido d&eacute;bil, qued&oacute; bajo la influencia de ciertos abogados que instauraron desde la Asamblea el llamado “sapismo”, por asociaci&oacute;n de ideas con el doctor Ram&oacute;n G&oacute;mez, veterano liberal, conocido con el apodo de “el sapo”.</p>     <p align="justify">La total p&eacute;rdida de credibilidad en el poder judicial, determin&oacute;, tanto como la crisis econ&oacute;mica, el colapso de la Constituci&oacute;n de 1863.</p>     <p align="justify">He aqu&iacute; c&oacute;mo describe la autora el funcionamiento del poder judicial:</p>     <blockquote>       <p align="justify">La maquinaria sapista tuvo su origen en 1861, cuando los resultados de las elecciones en un Estado, en momentos en que la revoluci&oacute;n liberal segu&iacute;a avanzando, le dieron a G&oacute;mez y a sus seguidores una mayor&iacute;a en una Asamblea Constituyente que se reuni&oacute; en 1862. Dicha Constituci&oacute;n dispon&iacute;a que el procurador y los jueces de la Corte fueran del resorte de la legislatura. La Corte, a su turno, nombraba a los jueces del circuito, los notarios y los registradores de documentos p&uacute;blicos; el procurador nombraba a los fiscales; y los jueces del circuito designaban a los magistrados de la Corte. La propia Constituci&oacute;n designaba juntas escrutadoras para vigilar los resultados electorales. Dichas juntas estaban compuestas por los jueces del circuito, los notarios, los registradores y los procuradores distritales. Gracias a este sistema, los mismos que determinaban qui&eacute;nes eran los miembros de la Asamblea del Estado, eran creaci&oacute;n de la misma Asamblea.</p> </blockquote>     <p align="justify">Una leyenda propagada por los propios liberales, tiende a hacer de la figura de N&uacute;&ntilde;ez el constructor de la Rep&uacute;blica, casi un hado providencial que nos redimi&oacute; del desenfreno del federalismo y le devolvi&oacute; el orden a una Rep&uacute;blica anarquizada por instituciones inaplicables en las regiones tropicales. N&uacute;&ntilde;ez es el salvador y quienes lo antecedieron aparecen como unos pobres diablos de quienes bien pudiera predicarse el calificativo de “fabricantes de rep&uacute;blicas a&eacute;reas” a que alud&iacute;a Bol&iacute;var en su Carta de Jamaica.</p>     <p align="justify">La se&ntilde;ora Delpar se aproxima al tema con una objetividad deliciosa. Pinta el escenario en donde se desarrolla el &aacute;rbol de las libertades rionegreras y va mostrando en sucesivos cap&iacute;tulos las razones de su decadencia. Se&ntilde;ala con un criterio muy moderno los rasgos caracter&iacute;sticos de los grandes protagonistas de la vida p&uacute;blica de la &eacute;poca y agrega un an&aacute;lisis de los entronques familiares y comerciales de los mismos. Analiza los factores econ&oacute;micos que fueron deteriorando la situaci&oacute;n y principalmente la ca&iacute;da de los precios de nuestros bienes de exportaci&oacute;n, para concluir, contra todas las sabidur&iacute;as convencionales, que si los liberales fueron malos pol&iacute;ticos por la falta de flexibilidad en el gobierno, quienes los sucedieron fueron peores por el rigor dogm&aacute;tico con que aplicaron sus principios a sangre y fuego.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">La secesi&oacute;n de Panam&aacute;, un episodio que tuvo ocurrencia en los albores del siglo XX, es decir, m&aacute;s all&aacute; del contenido cronol&oacute;gico de esta obra, es la m&aacute;s patente demostraci&oacute;n de la incompetencia pol&iacute;tica, administrativa y diplom&aacute;tica de quienes pusieron t&eacute;rmino a la era radical. Nunca las nuevas generaciones adquirir&aacute;n conciencia de lo que signific&oacute; para Colombia moral y materialmente la p&eacute;rdida de Panam&aacute;. Fue un suceso que determin&oacute; el enclaustramiento de Colombia casi por medio siglo.</p>     <p align="justify">Era Panam&aacute; la perla de la Corona, el m&aacute;s preciado de los dones que nos hab&iacute;a deparado la Providencia. Ser los due&ntilde;os de la llave por donde se pod&iacute;a abrir el tr&aacute;nsito entre el Atl&aacute;ntico y el Pac&iacute;fico nos brindaba una posici&oacute;n de privilegio entre las naciones latinoamericanas. Las miradas de las grandes potencias converg&iacute;an hacia el altiplano cundinamarqu&eacute;s en donde un gobierno y un congreso deliberaban acerca de qui&eacute;n deb&iacute;a ser el afortunado concesionario al que se encomendara la apertura del Canal. En el orden material, una de las m&aacute;s grandes fuentes de ingresos fiscales proven&iacute;a de la explotaci&oacute;n del Ferrocarril de Panam&aacute;, a ra&iacute;z de los descubrimientos de los dep&oacute;sitos de oro en la California norteamericana. De un pa&iacute;s “echao pa&rsquo;lante”, pasamos a ser una naci&oacute;n timorata y huidiza cuyo &uacute;nico norte en materias internacionales era no apartarse jam&aacute;s ni en p&uacute;blico ni en privado de las directrices del Departamento de Estado de Washington. &iquest;Ser&aacute; demasiado osado pensar que tama&ntilde;o insuceso jam&aacute;s hubiera ocurrido bajo el r&eacute;gimen federal? Por a&ntilde;os de a&ntilde;os bajo el predominio radical la cuesti&oacute;n canalera se debati&oacute; a todos los niveles y, a pesar de episodios tan macondianos como la ejecuci&oacute;n de Prestan y de Cocobolo, jam&aacute;s se comprometi&oacute; nuestra soberan&iacute;a.</p>     <p align="justify">Fue la segregaci&oacute;n del Istmo el factor que contribuy&oacute; en mayor grado a relegar a Colombia al rango de una potencia de tercer orden en el concierto latinoamericano. Mosquera hab&iacute;a apoyado a Ju&aacute;rez contra los invasores de M&eacute;xico, el Congreso de los Estados Unidos de Colombia no hab&iacute;a vacilado en tomar partido en la guerra del Paraguay contra la Triple Alianza, y, prolongando en el tiempo una tradici&oacute;n bolivariana, les hab&iacute;amos brindado toda nuestra solidaridad a los pa&iacute;ses amenazados por una reconquista espa&ntilde;ola. Con todo, jam&aacute;s tuvimos que pagar ning&uacute;n precio en mutilaciones territoriales por causa de nuestro protagonismo.</p>     <p align="justify">La leyenda seg&uacute;n la cual durante la vigencia de la Constituci&oacute;n del 63 Colombia vivi&oacute; en permanente estado de guerra civil es una verdad a medias. Hubo una guerra civil en 1875 y una gran cantidad de escaramuzas de un Estado en territorio del otro, pero si se compara con los estados de excepci&oacute;n que han imperado en Colombia en los &uacute;ltimos 50 a&ntilde;os, mal puede decirse que la Constituci&oacute;n de 1886 garantiz&oacute; la paz mientras que la de 1863 propici&oacute; la guerra.</p>     <p align="justify">Como no hay nada nuevo bajo el sol, tambi&eacute;n durante la vigencia de la Carta de Rionegro los poderes del presidente en materia de orden p&uacute;blico fueron motivo de permanente controversia entre las facciones en que se encontraba dividido el liberalismo.</p>     <p align="justify">A partir de la guerra de 1875, se hizo patente la necesidad de fortalecer el ejecutivo federal y, en efecto, tras sonados debates de los cuales da cuenta el estudio que comentamos, algo se avanz&oacute; en este camino. No solamente el texto constitucional era muy d&eacute;bil porque s&oacute;lo le asignaba un papel de espectador al gobierno, empleando el t&eacute;rmino “velar por el orden p&uacute;blico”, sino que la propia Guardia Colombiana estaba integrada por unidades notoriamente insuficientes para preservar el orden en el vasto territorio de la rep&uacute;blica.</p>     <p align="justify">El caso de Panam&aacute; es altamente ilustrativo acerca del papel de la Guardia Nacional en aquellos a&ntilde;os. Se debat&iacute;a ardorosamente acerca de si conven&iacute;a integrarla con elementos humanos del norte del pa&iacute;s o si se justificaba someter a los riesgos de las enfer&shy;medades tropicales a ind&iacute;genas y mestizos del altiplano cundiboyacense. En el fondo se trataba de una cuesti&oacute;n pol&iacute;tica bastante peculiar. El voto del Estado de Panam&aacute; era solidario con el del resto de los Estados coste&ntilde;os y al mismo tiempo era el escenario predilecto para dar golpes de cuartel y deponer a los presidentes del bando contrario, aprovechando la enorme distancia de la capital. En alguna forma han debido pesar estos antecedentes sobre la inestabilidad institucional de Panam&aacute; desde su independencia. No en vano durante el siglo XIX los propios gobernantes colombianos fomentaron el desalojo de presidentes del Estado Soberano de Panam&aacute; elegidos leg&iacute;timamente.</p>     <p align="justify">La obra de la se&ntilde;ora Delpar descorre un velo sobre esta etapa de nuestra vida como naci&oacute;n. M&aacute;s de una vez me he preguntado por qu&eacute; raz&oacute;n reviste tan poco inter&eacute;s el estudio del per&iacute;odo comprendido entre 1863 y 1885. &iquest;Ser&aacute; acaso por la brevedad de los per&iacute;odos presidenciales de dos a&ntilde;os que no permit&iacute;an la continuidad de ning&uacute;n proyecto de envergadura? &iquest;O ser&aacute; porque los escritores de la Regeneraci&oacute;n, principalmente quienes se ocuparon de los textos de ense&ntilde;anza de la historia, omitieron deliberadamente la investigaci&oacute;n de las ejecutorias de los gobernantes radicales? Tambi&eacute;n pudo ser por la transformaci&oacute;n econ&oacute;mica que sufri&oacute; el pa&iacute;s al verse sustituidos sus rubros de exportaci&oacute;n, como la quina, el tabaco y el a&ntilde;il, por el caf&eacute;, que se consolid&oacute; por m&aacute;s de un siglo como la espina dorsal de nuestra econom&iacute;a. Tan hondas fueron las repercusiones de este fen&oacute;meno que el cultivo del caf&eacute; acab&oacute; propiciando el desplazamiento del centro de gravedad del pa&iacute;s del oriente del R&iacute;o Magdalena hacia el occidente.</p>     <p align="justify">Si bien es cierto que el Estado de Antioquia pesaba en forma decisiva sobre la vida nacional en lo pol&iacute;tico, por cuanto que era el santuario del partido conservador, su significaci&oacute;n econ&oacute;mica era nula en comparaci&oacute;n con lo que vino a ser bajo el r&eacute;gimen centralista de 1886.</p>     <p align="justify">Ya otros investigadores norteamericanos han descrito prolijamente la migraci&oacute;n antioque&ntilde;a en el o ccidente colombiano, que corresponde en nuestros d&iacute;as a la zona cafetera, y no faltaron quienes estudiaran las razones de la decadencia de Santander, principalmente de El Socorro, como centro de gravedad pol&iacute;tica y econ&oacute;mica durante la vigencia del Estatuto de 1863. La se&ntilde;ora Delpar es maestra en analizar el tema. De su estudio se desprende que los presidentes y los ministros de la &eacute;poca radical eran casi todos oriundos de Cundinamarca, Boyac&aacute; y Santander, en proporci&oacute;n de tres por uno. El Estado de Santander produc&iacute;a quina y tabaco, sombreros de jipi japa y bocadillos vele&ntilde;os en cantidades apreciables para la modest&iacute;sima econom&iacute;a de la &eacute;poca. Inclusive, el caf&eacute; comenz&oacute; a desarrollarse en el norte del Estado, cuando sembrarlo era la penitencia que le impon&iacute;a el padre Romero a sus feligreses. No s&oacute;lo se distingu&iacute;a el Estado, aliado de Antioquia, entre los que constitu&iacute;an los Estados Unidos de Colombia, por la laboriosidad y disciplina de sus habitantes sino que la presidencia del Estado era una especie de posgrado en administraci&oacute;n p&uacute;blica y antesala para la presidencia de la Rep&uacute;blica.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">No se equivoca la autora en la importancia que le atribuye a la figura de N&uacute;&ntilde;ez en el campo pol&iacute;tico. No ya en raz&oacute;n de sus indiscutibles dotes de estadista refinadas por su permanencia en el exterior sino por representar a la Costa, incluyendo a Panam&aacute;, en la feria de las candidaturas presidenciales.</p>     <p align="justify">En raz&oacute;n de sus atributos como hombres de Estado lo acompa&ntilde;aron por mucho tiempo los mejores cerebros del liberalismo: un Salvador Camacho, un Miguel Samper, un Jos&eacute; Mar&iacute;a Samper, un Felipe Angulo, un Eliseo Pay&aacute;n, un Ram&oacute;n Santo Domingo Vila, un Jos&eacute; Mar&iacute;a Campos Serrano, muchos de los cuales lo abandonaron posteriormente, sino que por una inocultable solidaridad regional siempre cont&oacute; con la simpat&iacute;a de Estados como Magdalena, Bol&iacute;var y Panam&aacute; en donde sus eventuales contendores s&oacute;lo alcanzaban cifras rid&iacute;culas del sufragio popular.</p>     <p align="justify">Al analizar la composici&oacute;n de la clase dirigente liberal, la autora recurre a una investigaci&oacute;n peculiar acerca de la extracci&oacute;n social de los dirigentes liberales, sus entronques familiares y sus fuentes de ingresos, para llegar a la conclusi&oacute;n de que, por lo general, se trataba de gente de origen humilde en oposici&oacute;n a la dirigencia conservadora cuyos pergaminos remontaban a la &eacute;poca colonial. Estaban emparentados unos con otros en forma tan estrecha que s&oacute;lo se explica por lo reducido de la poblaci&oacute;n de la rep&uacute;blica en la segunda mitad del siglo XIX. Familias como los Lleras, los P&eacute;rez, los Calder&oacute;n, los Camacho no s&oacute;lo estaban vinculadas por la sangre sino por alianzas matrimoniales. Dos ejemplos, conocidos de los entendidos, abonan este aserto. En la batalla de La Humareda murieron tres generales de la familia Lleras y un directorio liberal de fines del siglo, integrado por cinco miembros, contaba con cuatro de ellos emparentados con don Felipe P&eacute;rez.</p>     <p align="justify">El llamado partido nacional, liderado por N&uacute;&ntilde;ez y Caro con el prop&oacute;sito de corregir los vicios del Olimpo Radical, entre los cuales se destacaba su car&aacute;cter de c&iacute;rculo cerrado, casi familiar, que era la c&uacute;pula del partido, lejos de romper con esta tradici&oacute;n la consolidaron en forma escandalosa.</p>     <p align="justify">Caro era cu&ntilde;ado de don Carlos Holgu&iacute;n. Uno y otro desempe&ntilde;aron la presidencia a nombre del nacionalismo. A&ntilde;os m&aacute;s tarde, don Jorge Holgu&iacute;n, hermano de don Carlos, ejerci&oacute; la presidencia por dos veces en calidad de Designado. Una, a ra&iacute;z de la ca&iacute;da del General Reyes, y, otra, para suplir la vacante ocasionada por la renuncia de don Marco Fidel Su&aacute;rez. Los Holgu&iacute;n eran nietos del Presidente Mallarino y don Jorge emparent&oacute;, por alianza, con la familia Arboleda. Como si fuera poco, Reyes y Holgu&iacute;n eran consuegros, en raz&oacute;n del matrimonio de don Daniel Holgu&iacute;n con do&ntilde;a Amalia Reyes. Un hijo de don Carlos, don Hernando Holgu&iacute;n y Caro, posiblemente hubiera sido presidente en los a&ntilde;os veinte, si no hubiera muerto atropellado por una bicicleta en las calles de Bogot&aacute;.</p>     <p align="justify">Cuando la disputa entre el radicalismo y el independentismo se agri&oacute; en el seno del partido liberal, tras la elecci&oacute;n de don Aquileo Parra, surgieron ep&iacute;tetos despectivos destinados a descalificar a los radicales de cepa. Se les endilg&oacute; el calificativo de “Olimpo Radical” a sus integrantes y de “oligarca” a cada uno de ellos. La idea err&oacute;nea, muy de recibo entre periodistas contempor&aacute;neos, seg&uacute;n la cual fue Jorge Eli&eacute;cer Gait&aacute;n quien acu&ntilde;&oacute; la palabra oligarca para descalificar a sus contrarios, no puede ser m&aacute;s equivocada. Tiene una larga tradici&oacute;n en el l&eacute;xico de las rivalidades liberales.</p>     <p align="justify">Interesante, por lo dem&aacute;s, es el seguimiento que en esta obra se le hace a la que pudi&eacute;ramos calificar de doctrina liberal colombiana. La leyenda que le atribuye al General Santander el car&aacute;cter de precursor del partido liberal colombiano obedece a su apego por la filosof&iacute;a de Bentham y Destutt de Tracy, formas del positivismo conocidas en aquellas edades como utilitarismo. Por a&ntilde;os la controversia pol&iacute;tica entre lo que ser&iacute;an los liberales y los conservadores se redujo a sostener o a criticar rabiosamente el utilitarismo de Bentham y Destutt de Tracy, que los cat&oacute;licos consideraban como doctrinas imp&iacute;as. Con el transcurso del tiempo perdieron vigencia estos dos fil&oacute;sofos que se vieron sustituidos por Spencer y Stuart Mill, que el propio N&uacute;&ntilde;ez contribuy&oacute; a divulgar.</p>     <p align="justify">El conservatismo, con contadas excepciones, se constituy&oacute; desde entonces en palad&iacute;n de la Iglesia Cat&oacute;lica, a lo cual contribuy&oacute; en gran manera el sec tarismo de ciertos liberales que hac&iacute;an profesi&oacute;n de ate&iacute;smo. El liberalismo, en cambio, se limitaba a profesar los principios de la revoluci&oacute;n francesa y de la Constituci&oacute;n de Filadelfia en materia de libertades p&uacute;blicas. El desorden institucional resultante de la excesiva permisividad de la Constituci&oacute;n de 1863 fue derivando poco a poco hacia una ansia de autoridad y de disciplina que acab&oacute; propiciando la llamada Regeneraci&oacute;n enfrentada a la cat&aacute;strofe, que era el otro cuerno del dilema: “Regeneraci&oacute;n total o cat&aacute;strofe”, de N&uacute;&ntilde;ez.</p>     <p align="justify">En cuanto a lo que hoy concebir&iacute;amos como la intervenci&oacute;n del Estado en la econom&iacute;a puede decirse que no hab&iacute;a diferencia entre los partidos. En contra de la opini&oacute;n de mi admirado amigo Indalecio Li&eacute;vano Aguirre, quien le atribuye a N&uacute;&ntilde;ez las ideas de nuestro tiempo en materias econ&oacute;micas, qui&eacute;n m&aacute;s, qui&eacute;n menos, nadie pasaba por alto la incapacidad econ&oacute;mica del Estado colombiano para dejar en manos de los particulares empresas tan esenciales como dotar a la naci&oacute;n de una infraestructura vial y portuaria. Ning&uacute;n colombiano, as&iacute; en el campo econ&oacute;mico fuera partidario del Estado gendarme, llegada la hora de gobernar renunciaba a intervenir en la econom&iacute;a, dejando exclusiva&shy;mente en manos del mercado el compromiso del desarrollo econ&oacute;mico. Los acontecimientos los desbordaban, como ocurri&oacute; con N&uacute;&ntilde;ez y su dogma de los $12.000.000 de medio circulante o con Murillo Toro y su prop&oacute;sito de fortalecer el fisco nacional. Tal vez durante la Regeneraci&oacute;n algunos comerciantes liberales se molestaron por las piruetas que se hac&iacute;an en procura de recursos adicionales para el presupuesto de la naci&oacute;n, pero, como doctrina, el liberalismo jam&aacute;s renunci&oacute; a su papel de nivelador de las desigualdades entre las clases pudientes y los m&aacute;s desheredados.</p>     <p align="justify">De 1850 en adelante modernizar el Estado y la sociedad fue una obsesi&oacute;n universal. Los descubrimientos cient&iacute;ficos estaban abriendo una nueva era de desarrollo en Europa. Lo mismo en Inglaterra, bajo la Reina Victoria, que en Francia, bajo Napole&oacute;n III, y, m&aacute;s tarde, en Alemania bajo la &eacute;gida de Prusia, el tema era la modernizaci&oacute;n. Nuestros gobernantes no escaparon a tales directrices. Pod&iacute;a decirse con raz&oacute;n que el estribillo era modernizar, l&oacute;gico desarrollo de los preceptos de la Constituci&oacute;n reci&eacute;n expedida. Hab&iacute;a que sepultar los rezagos de la &eacute;poca colonial espa&ntilde;ola internacionaliz&aacute;ndonos con una apertura hacia el mundo exterior, obsesi&oacute;n que se caracterizaba por el af&aacute;n de comunicar la capital con los dos oc&eacute;anos. Surgi&oacute; as&iacute; la idea de construir un ferrocarril que por los Estados del oriente colombiano llegara hasta el mar. Algo como el actual Ferrocarril del Atl&aacute;ntico, pero que entonces se conoci&oacute; como el Ferrocarril del Norte o Ferrocarril del Carare. Se discutieron diversos trazados y algo se avanz&oacute; en la contrataci&oacute;n del magno proyecto que no s&oacute;lo beneficiar&iacute;a a Santander, como dec&iacute;an los opositores, sino a toda la rep&uacute;blica. El advenimiento de la Regeneraci&oacute;n y m&aacute;s concretamente del independentismo, que fuera pilar del partido nacional, le puso t&eacute;rmino a estos planes.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Con el nombre de la crisis liberal la se&ntilde;ora Delpar se ocupa de la agudizaci&oacute;n de los conflictos a que me vengo refiriendo entre partidarios de la can&shy;didatura de N&uacute;&ntilde;ez y sostenedores de la de don Aquileo Parra en la que result&oacute; victorioso este &uacute;ltimo con un discutible apoyo del gobierno. Las relaciones entre independientes y radicales se fueron deteriorando de d&iacute;a en d&iacute;a, pese a que frente al levantamiento de los conservadores a la que puso t&eacute;rmino la batalla de Garrapata, los independientes fueron solidarios con el gobierno de Parra. La suerte estaba echada. El avance del independentismo culmin&oacute; con la elecci&oacute;n para presidente de elementos como Trujillo, Zald&uacute;a y Ot&aacute;lora, que sirvieron de puente para la reelecci&oacute;n de N&uacute;&ntilde;ez en el 84. Fue entonces cuando N&uacute;&ntilde;ez reafirm&oacute; su condici&oacute;n de militante en el partido liberal y de simpatizante de nuevos t&eacute;rminos de relaci&oacute;n con la Iglesia Cat&oacute;lica al deslizar el giro ambiguo de “no soy decididamente anticat&oacute;lico”. Era una novedad en labios del antiguo Ministro de Mosquera, copart&iacute;cipe en las leyes de desamortizaci&oacute;n de los bienes de manos muertas.</p>     <p align="justify">El resto de la historia es bien conocido. Los recelos radicales que en vano N&uacute;&ntilde;ez trat&oacute; de disipar no hicieron sino agravar las tensiones entre el gobierno del Regenerador y sus correligionarios de la v&iacute;spera. La autora describe con gran acopio de datos y una incontestable imparcialidad la manera como por sus pasos contados los radicales escogieron la v&iacute;a de las armas para tratar de reconquistar el poder que se les iba de las manos. As&iacute; muri&oacute;, a ra&iacute;z de la victoria de La Humareda, la Constituci&oacute;n de 1863 cuya partida de defunci&oacute;n formaliz&oacute; N&uacute;&ntilde;ez desde un balc&oacute;n del Palacio de San Carlos.</p>     <p align="justify">El tr&aacute;nsito del liberalismo a la oposici&oacute;n ante las nuevas circunstancias, hasta renovar el intento militar en la Guerra de los Mil D&iacute;as, es una historia ya muy conocida, pero que la se&ntilde;ora Delpar reitera para darle un toque final a su libro <i>Rojos contra azules</i>, que no vacilamos en recomendar a los lectores colombianos y extranjeros que aspiren a desentra&ntilde;ar los or&iacute;genes del esp&iacute;ritu de transacci&oacute;n y de compromiso que caracteriza nuestra vida p&uacute;blica en el siglo XX. La autora lo define muy bien cuando dice:</p>     <blockquote>       <p align="justify">Hacia el final del siglo XIX los dirigentes pol&iacute;ticos de los partidos consiguieron forjar un sistema tenue pero viable de contactos que cobij&oacute; no s&oacute;lo a los jefes de los partidos a todo lo largo y ancho del pa&iacute;s sino que penetr&oacute; hasta los m&aacute;s bajos estratos de la poblaci&oacute;n. Estas vinculaciones, que se duplicaron entre los conservadores, fueron lo suficientemente fuertes para capacitar a los dos partidos en su prop&oacute;sito de mantener el control de un electorado ya m&aacute;s amplio en el siglo XX. Reafirmaron de este modo con &eacute;xito su car&aacute;cter de veh&iacute;culos a trav&eacute;s de los cuales las demandas del electorado pod&iacute;an ser satisfechas.</p> </blockquote>     <p align="justify">Cabe observar, al analizar el anterior concepto de la autora, de qu&eacute; manera una estudiante del sur de los Estados Unidos consigui&oacute; penetrar en la idiosincrasia colombiana. Ning&uacute;n rasgo de nuestra vida pol&iacute;tica nos caracteriza tanto como la b&uacute;squeda de la transacci&oacute;n, del justo medio, del llamado consenso entre las fuerzas encontradas. El partido republicano, el Frente Nacional, los intentos de suprapartidismo forman parte de la herencia que la se&ntilde;ora Delpar advierte en el p&aacute;rrafo citado.</p>     <p align="justify">El gran legado del radicalismo fue su af&aacute;n por la educaci&oacute;n. Ning&uacute;n otro gobierno hab&iacute;a puesto tanto &eacute;nfasis en la formaci&oacute;n cultural de los colombianos como el que es materia de este estudio.</p>     <p align="justify">Grandes zancadas jalonan esta etapa de nuestra historia. Basta se&ntilde;alar la importancia de la Universidad Nacional bajo la inspiraci&oacute;n de don Salvador Camacho Rold&aacute;n y de don Manuel Anc&iacute;zar, la Comisi&oacute;n Corogr&aacute;fica, la fundaci&oacute;n de la Academia Nacional de Medicina y Ciencias Naturales. El af&aacute;n por la ense&ntilde;anza no hab&iacute;a conocido un &iacute;mpetu semejante desde la &eacute;poca colonial, cuando Moreno y Escand&oacute;n dej&oacute; un sello que, a&uacute;n en nuestro tiempo, es punto de referencia en el campo de la pedagog&iacute;a.</p>     <p align="justify">Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, D. C.    <br> Febrero de 1994</p> </font>     ]]></body>
<body><![CDATA[ ]]></body>
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