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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[SOBRE “EL SUJETO ECONÓMICO Y LA RACIONALIDAD EN ADAM SMITH”: CONFUSIONES Y LUGARES COMUNES]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>SOBRE “EL SUJETO ECON&Oacute;MICO Y LA RACIONALIDAD EN ADAM SMITH”: CONFUSIONES Y LUGARES COMUNES</b></p></font>     <p>    <br></p> <font face="Verdana" size="2">    <p align="center"><b>ON “THE ECONOMIC MAN AND RATIONALITY IN ADAM SMITH”: CONFUSIONS AND COMMON PLACES</b></p>     <p>    <br>    <br></p>     <p><i>Jimena Hurtado</i>*    <br> <i>Santiago Mesa</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>* Doctora en Econom&iacute;a, profesora asociada de la Facultad de Econom&iacute;a de la Universidad de los Andes, Bogot&aacute;, Colombia, [<a href="mailto:jihurtad@uniandes.edu.co">jihurtad@uniandes.edu.co</a>].</p>     <p>** Estudiante de Econom&iacute;a y Filosof&iacute;a de la Universidad de los Andes, Bogot&aacute;, Colombia, [<a href="mailto:s.mesa34@uniandes.edu.co">s.mesa34@uniandes.edu.co</a>]. Fecha de recepci&oacute;n: 14 de marzo de 2010, fecha de modificaci&oacute;n: 24 de marzo de 2010, fecha de aceptaci&oacute;n: 1.&deg; de julio de 2010.</p> <hr size="1">     <p>En su n&uacute;mero anterior esta revista public&oacute; el art&iacute;culo “El sujeto econ&oacute;mico y la racionalidad en Adam Smith”, de Vanesa Valeria D’Elia, que es muy oportuno para discutir las confusiones y lugares comunes que a&uacute;n persisten sobre el concepto de racionalidad y sobre la filosof&iacute;a antropol&oacute;gica de Adam Smith. Es una nota de s&oacute;lo siete p&aacute;ginas y, seguramente, su autora no pretende tratar en forma exhaustiva dos temas tan amplios sino contribuir a “repensar al sujeto que toma decisiones racionales en un contexto totalmente diferente de aquel en que Smith vivi&oacute;” para –dice ella– mejorar y ampliar la teor&iacute;a convencional “sobre bases m&aacute;s realistas que tengan en cuenta las limitaciones del <i>homo economicus</i> [<i>sic]</i> y las caracter&iacute;sticas [del sujeto econ&oacute;mico] que se suelen dejar de lado” (D’Elia, 2009, 43). En esta nota comentamos c&oacute;mo usa algunos conceptos centrales de la teor&iacute;a econ&oacute;mica y la historia del pensamiento, y evaluamos su aporte.</p>     <p>Para ello examinamos brevemente sus dos temas b&aacute;sicos: la concepci&oacute;n de racionalidad en la teor&iacute;a microecon&oacute;mica est&aacute;ndar y la noci&oacute;n de individuo en Adam Smith. En cuanto a la primera, la autora sostiene que es una visi&oacute;n reduccionista que probablemente tiene sus or&iacute;genes en Smith. El problema b&aacute;sico que ella ve en esta concepci&oacute;n es que presenta a un individuo ego&iacute;sta y omite “que los seres humanos tambi&eacute;n actuamos por otras pasiones y h&aacute;bitos” (ib&iacute;d., 37). Su tratamiento de los temas y su conclusi&oacute;n son r&aacute;pidos y no tienen mayor sustento: no explica el v&iacute;nculo entre racionalidad y ego&iacute;smo, y su interpretaci&oacute;n de Smith reproduce un falso problema: <i>el problema de Adam Smith</i>. En lo que sigue ampliamos estos dos puntos.</p>     <p><b>RACIONALIDAD Y EGO&Iacute;SMO EN TEOR&Iacute;A ECON&Oacute;MICA</b></p>     <p>Las fuentes que D’Elia utiliza para exponer el “supuesto fundamental a partir del cual se construye la teor&iacute;a convencional” (ib&iacute;d., 37) son los manuales. Ella sostiene que todo manual empieza con la presentaci&oacute;n de individuos racionales, cuyas preferencias est&aacute;n caracterizadas por los axiomas de racionalidad (transitividad, continuidad, completitud). Luego afirma que a partir del supuesto de racionalidad se construye el <i>homo œconomicus</i> de la teor&iacute;a convencional e inmediatamente sostiene que es ego&iacute;sta (ib&iacute;d., 37). Pero nunca aporta evidencia textual de que en los manuales racionalidad y ego&iacute;smo son equivalentes, o de que pasan sin m&aacute;s del primer concepto al segundo.</p>     <p>Esta presentaci&oacute;n tiene al menos dos problemas. En primer lugar, si bien los manuales pueden ser una introducci&oacute;n a la disciplina y, en general, reflejan el conocimiento aceptado por la profesi&oacute;n en un momento determinado, tambi&eacute;n es cierto que est&aacute;n desactualizados. No reflejan el estado del arte del conocimiento porque son una primera aproximaci&oacute;n no problematizada a ciertas ideas, t&eacute;cnicas y conceptos compartidos por la comunidad cient&iacute;fica. Los manuales reflejan, entonces, la base compartida sobre la cual sus miembros futuros construir&aacute;n, debatir&aacute;n o refutar&aacute;n el conocimiento. En segundo lugar, las aseveraciones de D’Elia no reproducen lo que aparece en los manuales sobre el comportamiento del agente econ&oacute;mico<a href="#1" name="n1"><sup>1</sup></a>. Veamos cuatro ejemplos tomados de algunos de los manuales m&aacute;s utilizados en la ense&ntilde;anza de la microeconom&iacute;a, uno de los cuales es citado por ella.</p>     <p>En <i>Economics</i>, Krugman y Wells (2006a, 230) describen al consumidor racional como “un consumidor que sabe qu&eacute; es lo que quiere y que saca el m&aacute;ximo partido de las oportunidades de que dispone”. No encontramos la descripci&oacute;n ego&iacute;sta a la que D’Elia hace referencia. Esos mismos autores, en <i>Introducci&oacute;n a la econom&iacute;a: microeconom&iacute;a</i>, hablan de la elecci&oacute;n individual sin hacer referencia expl&iacute;cita a la racionalidad y dicen que se caracteriza por unos principios b&aacute;sicos: los recursos son escasos, existe un costo de oportunidad, las decisiones se toman en el margen y “en general, las personas aprovechan las oportunidades para mejorar” (Krugman y Wells, 2006b, 10). De nuevo, no hacen referencia al ego&iacute;smo.</p>     <p>Por su parte, el manual de microeconom&iacute;a de Nicholson (2005, 66) explica que las elecciones de los individuos siguen “un conjunto b&aacute;sico de postulados o axiomas, que describen el comportamiento racional”; conforme a esos axiomas, las preferencias son completas, transitivas y continuas. De nuevo, el ego&iacute;smo del que habla la autora sigue sin mencionarse.</p>     <p>Por &uacute;ltimo, en el &uacute;nico manual al que hace referencia expresa, el de Mas-Collel, Whinston y Green (1995, 6), se encuentra: “la hip&oacute;tesis de racionalidad est&aacute; basada en dos supuestos b&aacute;sicos sobre la relaci&oacute;n de preferencias?: completitud y transitividad”. La primera establece preferencias bien definidas entre dos alternativas posibles, “nuestros tomadores de decisiones s&oacute;lo hacen elecciones meditadas” (ib&iacute;d., 6); y la segunda “va al coraz&oacute;n del concepto de racionalidad” (ib&iacute;d., 6-7). Estos autores tampoco hacen referencia alguna a un comportamiento ego&iacute;sta y, sobre todo, dicen que el n&uacute;cleo del axioma de racionalidad es la transitividad. De ah&iacute; podemos deducir que la caracter&iacute;stica del agente econ&oacute;mico, del individuo racional que describen los manuales, es que es consistente en sus decisiones, sin atribuirlas a la influencia de una pasi&oacute;n ego&iacute;sta.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Si vamos m&aacute;s all&aacute; de los manuales y buscamos en la literatura especializada encontramos refutaciones expl&iacute;citas y detalladas de la equiparaci&oacute;n entre racionalidad y ego&iacute;smo. Vriend (1996) muestra que no es m&aacute;s que una confusi&oacute;n porque el modelo te&oacute;rico de comportamiento s&oacute;lo establece que el agente econ&oacute;mico racional es el que elige de acuerdo con sus preferencias entre su conjunto de alternativas. Uno de los autores m&aacute;s cr&iacute;ticos de este modelo as&iacute; lo reconoce: “Este enfoque del ego&iacute;smo definicional a veces se conoce con el nombre de elecci&oacute;n racional y no implica nada m&aacute;s que consistencia interna” (Sen, 1977, 323).</p>     <p>Si seguimos a Sen, podemos decir que el ego&iacute;smo, en teor&iacute;a econ&oacute;mica, no es m&aacute;s que consistencia, pues m&aacute;s adelante sostiene:</p>     <blockquote>       <p>En este enfoque las elecciones de una persona se consideran “racionales” si y s&oacute;lo si <i>todas</i> estas elecciones se pueden explicar en t&eacute;rminos de una relaci&oacute;n de preferencia consistente con la definici&oacute;n de preferencias reveladas, es decir, si todas sus elecciones se pueden explicar como la elecci&oacute;n de las alternativas “m&aacute;s preferidas” con respecto a una relaci&oacute;n de preferencias postulada (ib&iacute;d., 323).</p> </blockquote>     <p>Pero esta noci&oacute;n de ego&iacute;smo es lejana de la que designa una pasi&oacute;n imbuida por un “inmoderado y excesivo amor de s&iacute; mismo” que encierra al individuo en s&iacute; mismo y le impide ver la relaci&oacute;n entre su inter&eacute;s propio y el de los dem&aacute;s<a href="#2" name="n2"><sup>2</sup></a>. Tal vez lo que D’Elia tiene en mente y que s&iacute; mencionan los manuales es el inter&eacute;s propio: el agente econ&oacute;mico act&uacute;a motivado por su inter&eacute;s propio. No es una diferencia superflua: ego&iacute;smo e inter&eacute;s propio no son equivalentes.</p>     <p>Uno de los economistas que m&aacute;s lo ha recordado es alguien que D’Elia tambi&eacute;n cita, el principal exponente del enfoque econ&oacute;mico del comportamiento, Gary Becker. Como muestra la cita que ella reproduce, &eacute;ste supone que “El comportamiento es guiado por un conjunto mucho m&aacute;s amplio de valores y preferencias. El an&aacute;lisis supone que los individuos maximizan su bienestar <i>tal y como ellos lo conciben </i>” (Becker, 1993, citado en D’Elia, 2009, 39). Lo importante es justamente el &eacute;nfasis que aparece en la cita, que como recuerda Vriend (1996, 270), significa que cuando un agente tiene preferencias altruistas, es de su propio inter&eacute;s comportarse en forma altruista.</p>     <p>Becker ha sido muy claro a este respecto y no s&oacute;lo ha elaborado modelos de comportamiento altruista con base en agentes econ&oacute;micos racionales sino que ha mostrado que el m&eacute;todo basado en estos agentes es suficientemente flexible para incluir todo tipo de preferencias y, por tanto, de decisiones, en sus explicaciones (Becker, 1993, 403). En este sentido, afirma:</p>     <blockquote>       <p>El enfoque econ&oacute;mico proporciona un marco valioso para entender <i>todo</i> comportamiento humano [pues] todo comportamiento humano observado involucra participantes que maximizan su utilidad a partir de un conjunto estable de preferencias y acumulan una cantidad &oacute;ptima de informaci&oacute;n y otros insumos en diversos mercados (Becker, 1976, 14).</p> </blockquote>     <p>Si bien esta visi&oacute;n extensiva del comportamiento econ&oacute;mico no es compartida por toda la profesi&oacute;n, no presenta mayor diferencia con la de otros exponentes de la teor&iacute;a est&aacute;ndar: el agente econ&oacute;mico supone una teor&iacute;a de la agencia individual conforme a la cual los agentes act&uacute;an en procura de lo que perciben como su mejor inter&eacute;s propio (Blume y Easley, 2008). As&iacute; lo muestra una r&aacute;pida ojeada a la historia del agente econ&oacute;mico.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Como recuerdan Morgan (2006) y Ng y Tseng (2008), quien acu&ntilde;&oacute; el t&eacute;rmino <i>homo œconomicus</i> fue John Stuart Mill, en un ensayo sobre la definici&oacute;n de la econom&iacute;a pol&iacute;tica. All&iacute; explic&oacute; que no se ocupaba de la totalidad de la naturaleza humana ni del comportamiento en sociedad, sino de un ser “que desea poseer riqueza, y que es capaz de juzgar la eficacia comparativa de los medios para lograr ese fin” (Mill, 1836, 321). Es entonces un tipo ideal, en el sentido de Weber (Morgan, 2006), que posee una racionalidad instrumental y se va convirtiendo en un consumidor calculador (W. S. Jevons y C. Menger) que desea utilidad y no s&oacute;lo riqueza (Morgan, 2006, 11), hasta llegar a F. Y. Edgeworth (1881), cuyo primer principio de la econom&iacute;a es que todo agente act&uacute;a siguiendo su propio inter&eacute;s. Con el ascenso de la teor&iacute;a de la elecci&oacute;n racional, a mediados del siglo XX, las elecciones prevalecieron sobre los deseos y se lleg&oacute; a la idea de que el “hombre econ&oacute;mico pod&iacute;a tener cualquier tipo de motivaci&oacute;n, siempre que eligiera ‘racionalmente’” (Morgan, 2006, 20).</p>     <p>En este proceso la preocupaci&oacute;n por las motivaciones del comportamiento fue cada vez menor; por ello, es necesario entender que la maximizaci&oacute;n del bienestar tal como lo entienden los agentes significa que sus preferencias no est&aacute;n predeterminadas. Los componentes de la funci&oacute;n de utilidad se ampl&iacute;an, pero los agentes siguen actuando en su propio inter&eacute;s; y el modelo te&oacute;rico describe un individuo atom&iacute;stico, con fronteras discretas y definidas (Ng y Tseng, 2008, 279), que puede ser o no ego&iacute;sta<a href="#3" name="n3"><sup>3</sup></a>.</p>     <p>Encontramos entonces que, en contra de la cr&iacute;tica de D’Elia, el <i>marco anal&iacute;tico extendido</i> puede superar el reduccionismo de la racionalidad optimizadora, algo que sabemos desde hace m&aacute;s de medio siglo. Si bien la reflexi&oacute;n y la discusi&oacute;n sobre la racionalidad econ&oacute;mica es fundamental, como muestran los avances de la econom&iacute;a del comportamiento, esta reflexi&oacute;n debe partir de bases ciertas y aceptadas. La teor&iacute;a de la elecci&oacute;n racional es poderosa debido a su flexibilidad: el agente econ&oacute;mico puede maximizar una funci&oacute;n de utilidad (que s&oacute;lo es una funci&oacute;n objetivo; Debreu, 1959) que incluya en sus argumentos la funci&oacute;n de utilidad de otro agente, individual o colectivo (como en Becker), bajo la restricci&oacute;n de sus valores o meta-preferencias (Sen) que tambi&eacute;n pueden ser resultado de un proceso de optimizaci&oacute;n. Por tanto, si este tipo de formulaci&oacute;n nos parece criticable <i>no puede ser</i> por su reduccionismo y menos por su asimilaci&oacute;n a un comportamiento ego&iacute;sta.</p>     <p>Dejemos el tema de la racionalidad con una &uacute;ltima reflexi&oacute;n. En su an&aacute;lisis de la importancia de esta hip&oacute;tesis en la teor&iacute;a econ&oacute;mica, Arrow sostuvo que la mayor&iacute;a de los modelos derivaban su fuerza de hip&oacute;tesis auxiliares m&aacute;s fuertes que el supuesto de que los agentes son racionales<a href="#4" name="n4"><sup>4</sup></a>. “La lecci&oacute;n es que la hip&oacute;tesis de racionalidad es d&eacute;bil por s&iacute; misma. Para hacerla &uacute;til, el investigador se ve tentado a hacer algunas suposiciones fuertes” (Arrow, 1986, 390). Luego subray&oacute; que la racionalidad as&iacute; entendida no es una condici&oacute;n suficiente para modelar el comportamiento econ&oacute;mico salvo que, por ejemplo, se suponga que cada agente presupone la racionalidad de los dem&aacute;s agentes (ib&iacute;d., 392). En suma, si bien se trata de un principio fundamental de construcci&oacute;n, la hip&oacute;tesis de racionalidad y el modelo de comportamiento asociado son apenas una herramienta de an&aacute;lisis que nos dice, como muestra la lectura de los manuales y de la literatura sobre el tema, que los agentes econ&oacute;micos racionales eligen, en forma consistente, la mejor opci&oacute;n entre el conjunto de oportunidades percibidas (Vriend, 1996).</p>     <p><b>DE VUELTA AL PROBLEMA DE SMITH</b></p>     <p>En su nota, D’Elia pretende recurrir a la historia del pensamiento econ&oacute;mico para aclarar los or&iacute;genes del agente econ&oacute;mico racional que califica de ego&iacute;sta. Para ello, vuelve a Adam Smith y, en particular, a <i>La riqueza de las naciones</i> (D’Elia, 2009, 38). Encuentra en Smith una concepci&oacute;n del ser humano m&aacute;s rica que la que nos presenta en principio. En efecto, muchos autores han retornado a Adam Smith para resolver la inconformidad con la racionalidad optimizadora de la teor&iacute;a de la elecci&oacute;n racional, y es pertinente prestar atenci&oacute;n a la historia del pensamiento econ&oacute;mico con este fin. Pero su lectura de Smith parece reproducir un problema superado hace tiempo en la literatura smithiana: el <i>Das Adam Smith Problem</i>.</p>     <p>Como se sabe, este problema tuvo origen en la escuela hist&oacute;rica alemana (Dickey, 1986, y Montes, 2003, entre otros). En pocas palabras consiste en lo siguiente: en <i>La riqueza de las naciones</i> Smith habr&iacute;a presentado un individuo ego&iacute;sta, mientras que en su <i>Teor&iacute;a de los sentimientos morales</i> se habr&iacute;a referido a un individuo benevolente. En este sentido, habr&iacute;a presentado dos modelos de comportamiento opuestos e incompatibles. En la nota de D’Elia encontramos una versi&oacute;n un poco menos radical, pues si bien es cierto que el tipo de comportamiento que analiza en <i>La riqueza de las naciones </i>es ego&iacute;sta, el an&aacute;lisis de Smith no se reduce a este tipo de comportamiento:</p>     <blockquote>       <p>&iquest;Adam Smith se equivoc&oacute; cuando percibi&oacute; una racionalidad ego&iacute;sta? De nuevo, la respuesta es no. No porque la racionalidad econ&oacute;mica no implique un sujeto motivado por su propio inter&eacute;s, sino porque es s&oacute;lo un aspecto del sujeto racional que concibi&oacute; Smith. Lo err&oacute;neo es interpretar de manera incompleta y parcial al sujeto econ&oacute;mico del sistema que ide&oacute; este autor (D’Elia, 2009, 40).</p> </blockquote>     <p>Afirmar que no es el modelo completo equivale a decir que una parte del modelo s&iacute; corresponde al individuo racional ego&iacute;sta. Esto implica que para Smith, seg&uacute;n D’Elia, una parte importante, pues es la que cita, del comportamiento individual responde al ego&iacute;smo, como afirma el <i>problema de Adam Smith.</i> En su nota hay m&aacute;s evidencias de su reproducci&oacute;n del problema. Luego de citar el libro I y el libro IV, afirma que de esas citas “se deduce un principio de racionalidad que considera a un sujeto que act&uacute;a de manera ego&iacute;sta y toma decisiones en procura del m&aacute;ximo ingreso” (ib&iacute;d., 38).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Su deducci&oacute;n resulta extra&ntilde;a, puesto que en la primera cita Smith habla de la manera en que los individuos logran sobrevivir a trav&eacute;s del intercambio, que es ben&eacute;fico para todos los participantes. En esta cita, la confusi&oacute;n proviene de un error de traducci&oacute;n que, pese a que fue reconocido y corregido en la edici&oacute;n castellana de Rodr&iacute;guez Braun<a href="#5" name="n5"><sup>5</sup></a>, a&uacute;n subsiste. En el original de la c&eacute;lebre cita sobre el panadero, el carnicero y el cervecero Smith habla de <i>self-love</i> no de <i>selfishness</i>. Ya vimos que estos dos t&eacute;rminos no son sin&oacute;nimos, y tampoco lo eran a mediados del siglo XVIII. Tanto as&iacute; que en la primera p&aacute;gina de la primera obra de Smith, <i>Teor&iacute;a de los sentimientos morales</i>, citada por D’Elia, aparece la palabra <i>selfishness</i> para rebatirla como descripci&oacute;n del comportamiento humano.</p>     <p>Ahora bien, la fecha de publicaci&oacute;n de las obras es esencial: Smith primero escribi&oacute; <i>Teor&iacute;a de los sentimientos morales</i>, cuya primera edici&oacute;n apareci&oacute; en 1759, y <i>La riqueza de las naciones</i> en 1776; y las concibi&oacute; como parte de un sistema mayor que no pudo terminar. Esto es claro en su advertencia a la sexta edici&oacute;n de <i>Teor&iacute;a de los sentimientos morales</i> de 1790, en cuyo &uacute;ltimo p&aacute;rrafo aclar&oacute; que desde 1759 quer&iacute;a escribir un sistema completo de jurisprudencia, y aunque no lo complet&oacute;, lo hizo parcialmente en la <i>Riqueza de las naciones</i>, “en lo referido a la administraci&oacute;n, las finanzas y la defensa” (Smith, 1759, 44). As&iacute; que es un error, que se cometi&oacute; m&aacute;s o menos hasta 1976, haber dejado de leer <i>Teor&iacute;a de los sentimientos morales</i>, y haber presentado primero <i>La riqueza de las naciones</i> y luego <i>Teor&iacute;a de los sentimientos morales;</i>su orden de lectura es esencial, pues de no seguirlo se incurre en la confusi&oacute;n que se observa en la nota de D’Elia.</p>     <p>La segunda cita tampoco tiene el sentido de comportamiento ego&iacute;sta; muestra que el inter&eacute;s propio puede contribuir al inter&eacute;s general. La teor&iacute;a de los efectos emergentes o del orden espont&aacute;neo, tan importante en la tradici&oacute;n austriaca, no requiere un comportamiento ego&iacute;sta. Simplemente afirma que los agentes, en busca de su propio inter&eacute;s, contribuyen sin intenci&oacute;n al inter&eacute;s general. Una raz&oacute;n para que los individuos no persigan el inter&eacute;s general directamente podr&iacute;a ser la falta de la informaci&oacute;n necesaria o, como explica Smith con su sistema de la simpat&iacute;a, que la preocupaci&oacute;n por el todo sea secundaria –derivada de nuestro inter&eacute;s por nosotros mismos y por los individuos m&aacute;s cercanos (ver parte VI de <i>Teor&iacute;a de los sentimientos morales </i>). En ning&uacute;n caso se trata de un comportamiento ego&iacute;sta, y menos a&uacute;n maximizador<a href="#6" name="n6"><sup>6</sup></a>.</p>     <p>La idea de coordinaci&oacute;n u orden espont&aacute;neo que parece encontrarse en la cita no contradice, como afirma D’Elia m&aacute;s adelante, la noci&oacute;n de mercado de Hayek. Por el contrario, el mercado de Smith es un sistema an&oacute;nimo e impersonal que permite la coordinaci&oacute;n entre los participantes a trav&eacute;s de los precios, la &uacute;nica informaci&oacute;n que se necesita para la realizaci&oacute;n efectiva de los intercambios. Es cierto que “s&oacute;lo se establecen v&iacute;nculos mercantiles, directos y fugaces. No hay amor rec&iacute;proco ni empat&iacute;a, s&oacute;lo relaciones de intercambio” (ib&iacute;d., 41), pero &eacute;sta es precisamente la gran ventaja del mercado, como reconoce la tradici&oacute;n austriaca. Es lo que permite la coordinaci&oacute;n entre desconocidos; lo que permite, como tambi&eacute;n dice Smith, aumentar la libertad individual. Adem&aacute;s, los desarrollos recientes en econom&iacute;a del comportamiento muestran que esta coordinaci&oacute;n puede llevar a formas de cooperaci&oacute;n y a comportamientos pro-sociales, cosa que D’Elia parece ignorar en su recuento de Smith y de la racionalidad.</p>     <p>La otra confusi&oacute;n del <i>problema de Adam Smith</i>, tambi&eacute;n presente en su nota, es creer que Smith habl&oacute; de un ser humano benevolente en <i>Teor&iacute;a de los sentimientos morales.</i> La simpat&iacute;a, y esto es evidente en la exposici&oacute;n de Smith, no es benevolencia. Es acompa&ntilde;amiento en el sentimiento, <i>fellow feeling</i>, como explic&oacute; en los p&aacute;rrafos siguientes a la cita que ella menciona (2009, 40). Desde el primer cap&iacute;tulo de la primera parte de <i>Teor&iacute;a de los sentimientos morales</i> Smith dej&oacute; en claro que la simpat&iacute;a es un fen&oacute;meno sobre el cual no tenemos poder de elecci&oacute;n. Adem&aacute;s de ser instant&aacute;neo, es casi una apetencia de los individuos. La diferencia con el individuo de <i>La riqueza de las naciones</i> es que, a medida que aumenta la distancia entre los individuos con el desarrollo de la sociedad comercial, el comportamiento que termina rigiendo en el mercado es de &iacute;ndole prudencial. Pero Smith no concibe, en modo alguno, un sujeto escindido, como parece pensar D’Elia. El <i>homo œconomicus</i>, si podemos usar este t&eacute;rmino cuando hablamos de la obra de Smith, es prudente pero no ego&iacute;sta. &Eacute;l nunca afirm&oacute; que el individuo fuese lo que hoy reconocer&iacute;amos como un agente walrasiano incapaz de ver a los dem&aacute;s. Por cierto, dedic&oacute; buena parte de su obra a rebatir la hip&oacute;tesis del ser humano ego&iacute;sta de Hobbes y Mandeville.</p>     <p><b>CONCLUSI&Oacute;N</b></p>     <p>En esta nota se&ntilde;alamos las confusiones y lugares comunes que D’Elia reproduce y que impiden una correcta comprensi&oacute;n del papel de la racionalidad en la teor&iacute;a econ&oacute;mica est&aacute;ndar y en la obra de Adam Smith. La discusi&oacute;n sobre la racionalidad, en particular, es importante y los economistas, bien sean de la corriente tradicional o de corrientes alternativas, la han abordado y la siguen abordando. Es esencial, por ejemplo, en la econom&iacute;a del comportamiento, que desde los trabajos de H. Simon, pasando por los de V. Smith y D. Kahneman, hasta los de la primera mujer que recibi&oacute; el premio Nobel de Econom&iacute;a, Elinor Ostrom, ha ganado el reconocimiento de la profesi&oacute;n. Estos trabajos muestran, si hiciera falta, que la preocupaci&oacute;n por una definici&oacute;n m&aacute;s compleja y rica del comportamiento individual es un tema central, privilegiado por la comunidad cient&iacute;fica, que involucra no s&oacute;lo a sus cr&iacute;ticos sino tambi&eacute;n a sus m&aacute;s reconocidos representantes.</p>     <p>No se contribuye a esta discusi&oacute;n sin bases s&oacute;lidas y bien fundadas. Reproducir lugares comunes y visiones superficiales de la interpretaci&oacute;n econ&oacute;mica del comportamiento humano mantiene la discusi&oacute;n en un nivel superado por la investigaci&oacute;n. Adem&aacute;s, rebaja la discusi&oacute;n a los niveles de la intuici&oacute;n mal informada que podr&iacute;an tener observadores externos. Para el progreso de la teor&iacute;a y, en particular, para lograr una visi&oacute;n m&aacute;s rica del agente econ&oacute;mico, es necesario reconocer los avances recientes para encontrar los verdaderos l&iacute;mites y los vac&iacute;os que se han de llenar para ir a&uacute;n m&aacute;s lejos.</p>     <p><b>NOTAS AL PIE</b></p>     <p><a href="#n1" name="1">1</a>. Otra fuente que D’Elia no menciona y que reproduce la noci&oacute;n de racionalidad que se encuentra en los manuales es el <i>New Palgrave Dictionary of Economics</i>, precisamente en el art&iacute;culo de Blume e Easley (2008) sobre racionalidad.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#n2" name="2">2</a>. Esta distinci&oacute;n entre ego&iacute;smo e inter&eacute;s propio es central en esta discusi&oacute;n y ya la hac&iacute;a el mismo Adam Smith. Los fisi&oacute;cratas y Boisguilbert, por ejemplo, muestran claramente la diferencia entre un ser guiado por su ego&iacute;smo, incapaz de considerar a los dem&aacute;s y ocupado s&oacute;lo de s&iacute; mismo, y el que es guiado por su inter&eacute;s propio, que puede incluir a los dem&aacute;s, y es caracter&iacute;stico de un ser sociable.</p>     <p><a href="#n3" name="3">3</a>. En este sentido, la teor&iacute;a de la elecci&oacute;n racional se ocupa de la elecci&oacute;n y no del proceso de descubrimiento o de aprendizaje de las preferencias ni de la forma de satisfacerlas (Bruni y Sugden, 2007, 163).</p>     <p><a href="#n4" name="4">4</a>. Basta recordar que Popper consider&oacute; la teor&iacute;a econ&oacute;mica como una aplicaci&oacute;n del an&aacute;lisis situacional, donde la falsaci&oacute;n del principio de racionalidad no ten&iacute;a implicaciones sobre el valor de verdad de las explicaciones.</p>     <p><a href="#n5" name="5">5</a>. En la edici&oacute;n de Alianza de 1994, segunda reimpresi&oacute;n de 2004, el traductor, y estudioso de Smith, Carlos Rodr&iacute;guez Braun traduce la cita utilizando el t&eacute;rmino <i>propio inter&eacute;s</i> para aclarar la diferencia y evitar el error (Smith, 1776, 46).</p>     <p><a href="#n6" name="6">6</a>. Es interesante que una de las citas que D’Elia utiliza para probar su interpretaci&oacute;n muestre claramente la diferencia entre esta imagen del comportamiento y la de Smith: “Para &eacute;l [Adam Smith], ser racional quiere decir tener razones para hacer lo que se hace, no maximizar algo” (Simon, 1997, citado en D’Elia, 2009, 41).</p> <hr size="1">     <p><b>REFERENCIAS BIBLIOGR&Aacute;FICAS</b></p>     <p>1. Arrow, K. “Rationality of Self and Others in an Economic System. Part 2: The Behavioral Foundations of Economic Theory”, <i>The Journal of Business</i> 59, 4, 1986, pp. S385-S399.</p>     <p>2. Becker, G. S. “Nobel Lecture: The Economic Way of Looking at Behavior”, <i>Journal of Political Economy</i> 101, 3, 1993, pp. 385-409.</p>     <p>3. Becker, G. S. <i>The Economic Approach to Human Behavior</i>, Chicago y London, The University of Chicago Press, 1976.</p>     <p>4. Blume, L. y D. Easley. “Rationality”, S. N. Durlauf y L. E. Blume, eds., <i>The New Palgrave Dictionary of Economics</i>, London, Palgrave Macmillan, 2008, [<a href="http://www.dictionaryofeconomics.com/article?id=pde2008_R000277" target="_blank">http://www.dictionaryofeconomics.com/article?id=pde2008_R000277</a>].</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>5. Bruni, L. y R. Sugden. “The Road not Taken: How Psychology Was Removed from Economics and How It Might Be Brought Back”, <i>The Economic Journal</i> 117, 2007, pp. 146-173.</p>     <p>6. D’Elia, V. V. “El sujeto econ&oacute;mico y la racionalidad en Adam Smith”, <i>Revista de Econom&iacute;a Institucional</i> 11, 21, 2009, pp. 37-43.</p>     <p>7. Debreu, G. <i>Theory of Value. An Axiomatic Analysis of Economic Equilibrium</i>, New Haven y London, Yale University Press, 1959.</p>     <p>8. Dickey, L. “Historicizing the ‘Adam Smith Problem’: Conceptual, Historiographical, and Textual Issues”, <i>The Journal of Modern History</i> 58, 3, 1986, pp. 579-609.</p>     <p>9. Edgeworth, F. Y. “Mathematical Psychics”, 1881, P. Newman, ed., <i>F. Y. Edgeworth’s Mathematical Psychics and Further Papers on Political Economy</i>, Oxford, Oxford University Press, 2003, pp. 1-174.</p>     <p>10. Krugman, P. y R. Wells. <i>Economics</i>, New York, Worth Publishers, 2006a.</p>     <p>11. Krugman, P. y R. Wells. <i>Introducci&oacute;n a la econom&iacute;a: microeconom&iacute;a</i>, Barcelona, Editorial Revert&eacute;, 2006b.</p>     <p>12. Mas-Collel, A.; M. D. Whinston, y J. R. Green. <i>Microeconomic Theory</i>, New York, Oxford University Press, 1995.</p>     <p>13. Mill, J. S. “On the Definition of Political Economy and the Method of Investigation Proper to it”, 1836, <i>Collected Works of John Stuart Mill</i>, vol. 4, Toronto, University of Toronto Press, 1967.</p>     <p>14. Montes, L. “Das Adam Smith Problem: Its Origins, the Stages of the Current Debate, and One Implication for Our Understanding of Sympathy”, <i>Journal of the History of Economic Thought</i> 25, 1, 2003, pp. 63-90.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>15. Morgan, M. “Economic Man as Model Man: Ideal Types, Idealization and Caricature”, <i>Journal of the History of Economic Thought</i> 28, 1, 2006, pp. 1-27.</p>     <p>16. Ng, I. C. y L. M. Tseng. “Learning to be Sociable: The Evolution of <i>Homo Economicus”, American Journal of Economics and Sociology</i> 67, 2, 2008, pp. 265-286.</p>     <p>17. Nicholson, W. <i>Teor&iacute;a microecon&oacute;mica. Principios b&aacute;sicos y ampliaciones</i>, Madrid, Thomson Editores, 2005.</p>     <p>18. Sen, A. “Rational Fools: A Critique of the Behavioural Foundations of Economic Theory”, <i>Philosophy and Public Affairs</i> 6, 4, 1977, pp. 317-344.</p>     <p>19. Smith, A. <i>La riqueza de las naciones</i>, 1776, C. Rodr&iacute;guez B., trad., Madrid, Alianza Editorial, 1994.</p>     <p>20. Smith, A. <i>La teor&iacute;a de los sentimientos morales</i>, 1759, C. Rodr&iacute;guez B., trad., Madrid, Alianza Editorial, 1997.</p>     <p>21. Vriend, N. J. “Rational Behavior and Economic Theory”, <i>Journal of Economic Behavior and Organization</i> 29, 2, 1996, pp. 263-285.</p></font>      ]]></body>
</article>
