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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>UN ESTUDIO SOBRE LA CLASE OBRERA</b></p></font>     <p>    <br></p> <font face="Verdana" size="2">    <p align="center"><b>A STUDY ON OUR WORKING CLASS</b></p>     <p align="left"><i>Gonzalo Cata&ntilde;o</i>*</p>     <p align="left">* Soci&oacute;logo, profesor del Programa de Sociolog&iacute;a de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Externado de Colombia, Bogot&aacute;, Colombia, &#91;<a href="mailto:anomia@etb.net.co">anomia@etb.net.co</a>&#93;. Fecha de recepci&oacute;n: 4 de abril de 2011, fecha de modificaci&oacute;n: 13 de abril de 2011, fecha de aceptaci&oacute;n: 6 de mayo de 2011.</p> <hr>     <p>En una entrega de la <i>Revista Judicial</i> de 1892 se advert&iacute;a a los lectores que una significativa innovaci&oacute;n de la Universidad Externado de Colombia era "el establecimiento de la c&aacute;tedra de sociolog&iacute;a regentada por uno de los hombres de m&aacute;s capacidad cient&iacute;fica de la Am&eacute;rica. Sin este estudio -a&ntilde;ad&iacute;a la Revista- no es posible formar pol&iacute;ticos y legisladores, puesto que sin conocer las leyes a que est&aacute;n sometidas las sociedades es imposible encauzar las fuerzas que en su seno se agitan"<a href="#1" name="n1"><sup>1</sup></a>. La tesis de grado de Ram&oacute;n Vanegas Mora, <i>Estudio sobre nuestra clase obrera</i>, es un ejemplo fehaciente de este esfuerzo formativo. Para el joven autor la ciencia examina las leyes que gobiernan el universo, y cuando se vuelca sobre lo social analiza el pasado y el presente de las sociedades para descubrir los fundamentos en los que se asienta el porvenir de los conglomerados humanos. Entre los examinadores de la tesis se encontraban el rector del Externado, Nicol&aacute;s Pinz&oacute;n Warlosten, el ex presidente Santiago P&eacute;rez, el constitucionalista Juan F&eacute;lix de Le&oacute;n, el profesor de psicolog&iacute;a Ignacio V. Espinosa, el historiador de asuntos econ&oacute;micos An&iacute;bal Galindo, el profesor de econom&iacute;a pol&iacute;tica Jos&eacute; Camacho Carrizosa y el soci&oacute;logo, economista, jurista y hombre de negocios Salvador Camacho Rold&aacute;n.</p>     <p>La tesis -de 42 p&aacute;ginas-, redactada en un lenguaje claro, mesurado y siempre al servicio de la materia que desea exponer, apareci&oacute; en las prensas de los talleres Torres Amaya de Bogot&aacute; en 1892. Est&aacute; dividida en tres partes: una te&oacute;rica, una emp&iacute;rica y una m&aacute;s de conclusiones. La primera ofrece una teor&iacute;a del salario, "la verdaderamente cient&iacute;fica", tomada del <i>Ensayo sobre la teor&iacute;a del salario</i> de Paul Beauregard (1853-1919)<a href="#2" name="n2"><sup>2</sup></a>, profesor de econom&iacute;a pol&iacute;tica de la Facultad de Derecho de la Universidad de Par&iacute;s. Vanegas considera necesario postular un marco de referencia para orientar los principios fundamentales que han de servir de base a sus razonamientos. La segunda parte describe la condici&oacute;n material (vivienda, alimentaci&oacute;n y vestuario) y espiritual (moral, intelectual y educativa) de los trabajadores. Para el autor, siguiendo a Spencer, las sociedades son organismos que tienen un componente f&iacute;sico y un componente moral en &iacute;ntima relaci&oacute;n. Una alteraci&oacute;n en uno de ellos tiene consecuencias en el otro, de all&iacute; que el legislador, o cualquier instituci&oacute;n interesada en orientar el destino de los grupos sociales, deba indagar su naturaleza de la misma manera que el m&eacute;dico examina el cuerpo humano para diagnosticar la enfermedad y proceder a la curaci&oacute;n. Su gu&iacute;a en el terreno emp&iacute;rico fue el exhaustivo trabajo de Ren&eacute; Lavoll&eacute;e (1842-1928), <i>Las clases obreras en Europa</i>, obra que examinaba la situaci&oacute;n de los trabajadores alemanes, espa&ntilde;oles, portugueses, italianos, suizos, holandeses y belgas, sin descuidar a los obreros de la lejana Rusia, de los pa&iacute;ses escandinavos y del movedizo imperio austro-h&uacute;ngaro<a href="#3" name="n3"><sup>3</sup></a>. La tercera parte resume los hallazgos y ofrece algunas estrategias para superar las estrecheces econ&oacute;micas y formativas de la clase trabajadora. Las ideas de esta secci&oacute;n provienen de los ensayos pol&iacute;ticos y de cr&iacute;tica social de Herbert Spencer reunidos en <i>The man versus the State</i> (1884), libro de gran circulaci&oacute;n que se conoci&oacute; en castellano al a&ntilde;o siguiente con el t&iacute;tulo de <i>El individuo contra el Estado</i><a href="#4" name="n4"><sup>4</sup></a>.</p>     <p>Con las anteriores ayudas te&oacute;ricas, emp&iacute;ricas y de pol&iacute;tica social Vanegas anunciaba a sus profesores un estudio objetivo apoyado en la certeza de la observaci&oacute;n, ya que s&oacute;lo "a la luz de los hechos es como se ven en toda su magnitud las sombras que oscurecen y limitan el horizonte de las sociedades". El autor no ofrece en su texto una definici&oacute;n operativa de "clase obrera", pero por su uso del t&eacute;rmino es claro que la identifica con la poblaci&oacute;n que vive de un salario derivado de trabajos manuales.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center">I</p>     <p>A juicio de Vanegas, la estructura de la econom&iacute;a moderna se caracteriza por la existencia de tres agentes econ&oacute;micos: unos empresarios interesados en ofrecer art&iacute;culos para el consumo; un grupo de personas, la mayor&iacute;a de la poblaci&oacute;n, que los producen por una remuneraci&oacute;n (un salario), y unos capitalistas poseedores de los recursos necesarios para la producci&oacute;n (edificios, combustibles, materias primas, etc.). En ocasiones, como ocurre con los artesanos, due&ntilde;os de los talleres y de los utensilios de trabajo, el empresario y el capitalista son la misma persona. Todos estos agentes esperan unos beneficios regidos por la ley de la oferta y la demanda. Respecto del trabajo, su valor est&aacute; asociado a su productividad (a la habilidad y energ&iacute;a del trabajador, a la inteligencia del empresario, al progreso de las invenciones, a la abundancia o escasez de capital); a la prosperidad de la empresa (a las tasas de ganancias de la firma) y a la abundancia o escasez de mano de obra ("cuando dos patrones buscan un obrero -se&ntilde;ala Vanegas recordando a Richard Cobden- el salario sube, cuando dos obreros buscan un patr&oacute;n el salario baja").</p>     <p>Para el caso de Colombia, Vanegas encontr&oacute; que la remuneraci&oacute;n depend&iacute;a del tipo de empresa y de la calificaci&oacute;n de los obreros. En los talleres, instituciones rudimentarias de las ciudades que apenas compet&iacute;an con la industria extranjera, la mano de obra se diferenciaba seg&uacute;n sus habilidades y sus responsabilidades. En la Colombia de fines del siglo XIX no hab&iacute;a f&aacute;bricas propiamente dichas. El artesano y sus ayudantes dominaban las labores "industriales". Los dem&aacute;s trabajadores urbanos estaban dedicados a los servicios, el comercio y los transportes. La parte m&aacute;s significativa de la mano de obra se encontraba en el campo, especialmente en la agricultura y en la miner&iacute;a (de los tres millones de colombianos de la &eacute;poca, cerca de un mill&oacute;n, la tercera parte, eran trabajadores agr&iacute;colas y mineros). Aunque la tesis presenta algunos datos a nivel nacional, el grueso de la informaci&oacute;n proviene de observaciones y entrevistas informales realizadas en Bogot&aacute;, entonces un poblado de 100.000 habitantes, y en las zonas aleda&ntilde;as de la Sabana.</p>     <p>Vanegas divide sus indagaciones en tres grupos -agricultores, alba&ntilde;iles y oficios varios- y presenta los resultados por edad, sexo y mundo rural y urbano. En lo que respecta a los agricultores de los alrededores de Bogot&aacute;, informa que los j&oacute;venes ganaban de 20 a 30 centavos al d&iacute;a, las mujeres 30 y los adultos 50. Y esto sin alimentos. Los carreteros, por su parte, due&ntilde;os quiz&aacute;s de sus instrumentos de trabajo, el caballo y el veh&iacute;culo, ganaban 80 centavos. En zonas m&aacute;s alejadas del actual departamento de Cundinamarca como Villeta, Bituima, Vian&iacute; y San Juan, el salario masculino alcanzaba los 35 centavos, con alimentaci&oacute;n. Los recolectores de caf&eacute; eran mejor remunerados y pod&iacute;an hacerse a un jornal de $1,40.</p>     <p>En la alba&ntilde;iler&iacute;a, una ocupaci&oacute;n esencialmente masculina, los j&oacute;venes ganaban 20 centavos, el pe&oacute;n 60, el oficial de taller de $1,20 a $3,0 y el maestro $4,0. En la fabricaci&oacute;n de los materiales b&aacute;sicos de construcci&oacute;n -pegamentos, cal, pintura, madera, tejas y ladrillos-, en la que s&iacute; trabajaban las mujeres, la remuneraci&oacute;n de los j&oacute;venes era de 20 centavos, la de las mujeres de 35 a 40 y la de los adultos oscilaba entre 50 y 60.</p>     <p>En los "otros oficios" -el universo de los artesanos-, una categor&iacute;a cuyos asalariados presentaban "una condici&oacute;n m&aacute;s acomodada econ&oacute;mica, moral e intelectual", aparec&iacute;an los sastres, caldereros, herreros, hojalateros, carpinteros, zapateros, impresores y talabarteros. En ellos imperaban la cultura del taller y las relaciones estratificadas en funci&oacute;n de la autoridad, la educaci&oacute;n y la experiencia entre obreros, aprendices, oficiales y maestros. Su mano de obra exig&iacute;a una formaci&oacute;n m&iacute;nima para la elaboraci&oacute;n de mercader&iacute;as de alguna complejidad. Los ingresos de los artesanos eran mayores que los de los alba&ntilde;iles y trabajadores del campo, hasta doblar y aun triplicar sus entradas (el salario medio en esos "otros oficios" era de $1,50). Sin embargo -se&ntilde;ala el autor- los agricultores en general llevan una ventaja: en medio de su pobreza son m&aacute;s "libres": rara vez se los ve ociosos. El artesano est&aacute; sujeto a la competencia, al despido y el relevo frecuentes en los talleres. El jornalero del campo, en cambio, gana poco pero siempre est&aacute; activo, ya sea que trabaje en su peque&ntilde;a propiedad, labore en las fincas vecinas por algunos d&iacute;as o cumpla sus obligaciones con el due&ntilde;o de la hacienda en calidad de arrendatario: nunca est&aacute; cesante, salvo cuando abandona este mundo.</p>     <p>En el mundo explorado por Vanegas, el trabajo femenino presentaba sus singularidades. Las mujeres ganaban poco y, por el atraso de la industria nacional, s&oacute;lo ten&iacute;an ocupaci&oacute;n en las labores m&aacute;s rudas y penosas: la agricultura, los servicios y la fabricaci&oacute;n de materiales de alba&ntilde;iler&iacute;a. Algunas trabajaban hasta el l&iacute;mite, como ocurr&iacute;a con aquellas que "llevan a sus espaldas frutas para nuestro mercado, atravesando el p&aacute;ramo de Choach&iacute;, para ganar cosa de 50 centavos en el viaje de dos d&iacute;as", o con las mujeres que vend&iacute;an le&ntilde;a en el vecino municipio de Ch&iacute;a por 25 centavos diarios, "a quienes no pocas veces se &#91;las ve&#93; con el ni&ntilde;o de pechos en los brazos".</p>     <p>La reciente introducci&oacute;n de las m&aacute;quinas de coser -se&ntilde;ala Vanegas- hab&iacute;a hecho sin embargo que "un peque&ntilde;o n&uacute;mero de mujeres &#91;hubiera&#93; podido sacar partido de la sastrer&iacute;a, la talabarter&iacute;a y la zapater&iacute;a". Las dem&aacute;s eran costureras, lavanderas o sirvientas. Esta variedad de oficios presentaba a su vez una diversidad de ingresos y de experiencias laborales. Los salarios m&aacute;s bajos se encontraban entre las costureras que trabajaban para los talleres de sastrer&iacute;a (vestidos de pa&ntilde;o para hombre) o para las modister&iacute;as (indumentaria corriente). Este &uacute;ltimo era un oficio de poca destreza dedicado a coser ropa de baja calidad para los sectores populares. Muchas de ellas laboraban en sus domicilios y no era f&aacute;cil calcular sus ingresos. Las m&aacute;s exitosas ganaban entre $1,20 y $1,60 diarios, y su jornada no conoc&iacute;a descanso ni horario. Algunas trabajaban en los pocos talleres femeninos de la Capital, establecimientos medianos que no superaban las doce operarias. La costurera corriente carec&iacute;a de tecnolog&iacute;a, trabajaba con los dedos. El autor indica que "mientras que la m&aacute;quina de coser da de 800 a 1.000 puntadas por minuto, la mano apenas alcanza a 25 o 30". Las m&aacute;s privilegiadas eran las trabajadoras del servicio dom&eacute;stico. Sumando la vivienda y la alimentaci&oacute;n, "casi siempre la de sus se&ntilde;ores", recib&iacute;an un salario medio de 70 centavos. Pero si su condici&oacute;n era superior a la de las trabajadoras corrientes de la ciudad y del campo, en su vida cotidiana sufr&iacute;an desamparo y congoja. La naturaleza de su faena -barrer, lavar, planchar, cocinar y ocuparse de los hijos de sus patrones- las reduc&iacute;a a la ignorancia y a la rutina hasta hacer de ellas "unos seres infelices dignos de compasi&oacute;n".</p>     <p>Pero si este era el salario nominal de los trabajadores y las trabajadoras de la Colombia de finales del siglo XIX, su valor real s&oacute;lo se entiende cuando se lo compara con los gastos. &iquest;Pod&iacute;an los asalariados cubrir satisfactoriamente sus necesidades b&aacute;sicas de vestido, alimentaci&oacute;n y vivienda? El autor aporta suficiente informaci&oacute;n para una respuesta negativa. El asalariado corriente de Bogot&aacute; no desayunaba. Com&iacute;a por lo regular dos veces al d&iacute;a en las tabernas. A las 9:30 de la ma&ntilde;ana se tomaba un plato de sopa con un pan y un vaso de chicha. Cinco horas m&aacute;s tarde, a las 2:30, repet&iacute;a lo de la ma&ntilde;ana con la adici&oacute;n de dos papas y una porci&oacute;n de arroz. A veces hab&iacute;a carne, pero siempre en porciones imperceptibles. "La carne alcanza apenas a onza y media o dos onzas". En las tabernas se guisaba una libra para catorce o m&aacute;s personas. Por la noche, si el asalariado recib&iacute;a 30 centavos, s&oacute;lo com&iacute;a "un pan y un vaso de chicha, o apenas &eacute;sta". Los oficiales y maestros de alba&ntilde;iler&iacute;a se alimentaban mejor, especialmente cuando el taller funcionaba en los corredores de las viviendas.</p>     <p>La indumentaria, que anuncia la "riqueza que posee un individuo", sol&iacute;a ser el segundo gasto esencial del obrero. El vestuario promedio de los trabajadores, de telas nacionales de mala calidad, consist&iacute;a de cuatro pantalones, dos sacos, una ruana, dos camisas, un sombrero, calzoncillos y tres pares de alpargatas que reemplazaban cada mes. Cuando "estrenaban" en la Semana Santa o en las fiestas especiales, eran muy dados a entregar sus trajes a las casas de empe&ntilde;o para cubrir los gastos de primera necesidad. Sus hijos vagaban semidesnudos por el vecindario y los ancianos mostraban sus harapos en las puertas de sus chozas o en la vera de los caminos, seg&uacute;n el autor "como prueba elocuente de lo improductiva que fue su fatigosa juventud para ahorrar d&iacute;as de consuelo a la vejez".</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Las viviendas no se quedaban atr&aacute;s. Ubicadas en las afueras de la Capital, eran muy reducidas en relaci&oacute;n con el n&uacute;mero de personas que las habitaban: "Tienen tres metros de largo por tres y medio de ancho". Eran h&uacute;medas, antihigi&eacute;nicas y carentes de ventilaci&oacute;n. En su interior dorm&iacute;an, por lo regular, seis personas. Costaban de $1,60 a dos y tres pesos mensuales por persona, valor que ascend&iacute;a a medida que las residencias se acercaban al centro de la ciudad. En estos recintos de miniatura y de aires enrarecidos, donde se guardaban v&iacute;veres y a veces se conviv&iacute;a con animales, se perd&iacute;a la intimidad, por lo que "se hacen p&uacute;blicos los actos que m&aacute;s ocultos debieran estar": relaciones sexuales, querellas entre los adultos, conversaciones procaces promovidas por la embriaguez, etc. Tales condiciones constitu&iacute;an el medio m&aacute;s propicio para la "relajaci&oacute;n de las costumbres y el debilitamiento del amor propio". Entre sus cuatro paredes "una mujer ha de ser muy virtuosa para que no caiga en el abismo que la rodea". Semejante situaci&oacute;n de miseria y desdicha explica que los obreros prefirieran la taberna hasta que el sue&ntilde;o y las obligaciones del d&iacute;a siguiente los obligaran a retirarse a sus aposentos.</p>     <p>En las &aacute;reas rurales predominaba el rancho de bahareque con un solo cuarto y techo de paja. En los per&iacute;odos de lluvias las goteras abundaban y el viento atravesaba las fr&aacute;giles paredes. Los ni&ntilde;os dorm&iacute;an en peque&ntilde;as hamacas, los j&oacute;venes y los adultos descansaban en lechos comunes<a href="#5" name="n5"><sup>5</sup></a>.</p>     <p align="center">II</p>     <p>Si a juicio de Vanegas esta era la situaci&oacute;n material de la clase obrera, era necesario describir acto seguido su condici&oacute;n espiritual, esto es, "su estado moral, sus cualidades personales, sus aptitudes profesionales y su estado intelectual". El autor encontr&oacute; que, por "esa especie de envidia que produce la diferencia de condici&oacute;n", los obreros albergaban un sentimiento contra la propiedad. En su imaginario rondaba la idea de que la propiedad es un robo, y sus due&ntilde;os un grupo social ego&iacute;sta y esquivo. En sus entrevistas con los jefes de taller, Vanegas hall&oacute;, adem&aacute;s, que no hab&iacute;a uno solo que no se quejara de la mala fe de los obreros, y que no los considerara perezosos, amigos del juego y de la bebida y dispuestos a olvidar f&aacute;cilmente de sus compromisos laborales. Adem&aacute;s, no conoc&iacute;an el ahorro y ced&iacute;an con liberalidad sus haberes (sacos, ruanas, sombreros, utensilios de trabajo, etc.) a las casas de usura, siendo la taberna su lugar preferido. All&iacute; hac&iacute;an amistades, se encontraban con sus colegas, hablaban de su trabajo y manifestaban airosos y sin cortapisas los sentimientos de independencia reprimidos -con "falsa sumisi&oacute;n y mansedumbre"- durante la semana. Las tabernas eran establecimientos de gran movimiento: el autor hall&oacute; que dos de las chicher&iacute;as m&aacute;s acreditadas de Bogot&aacute; obten&iacute;an una renta diaria de $30 a $40, y los s&aacute;bados y domingos doblaban sus utilidades. Quienes las frecuentaban rara vez sal&iacute;an de ellas sin haber causado desorden o sin "haberse comprometido en una ri&ntilde;a".</p>     <p>Tanto en la ciudad como en el campo imperaba el concubinato. Los hombres tomaban mujer, conviv&iacute;an con ella un tiempo y despu&eacute;s se marchaban. (Es de suponer que en el campo las uniones fueran m&aacute;s duraderas en raz&oacute;n del control comunitario y de la permanencia de los varones en la comunidad de origen). "El hombre -escribe Vanegas- carece de los recursos suficientes para mantener una familia estable, y le acomoda m&aacute;s vivir hoy con una, ma&ntilde;ana con otra, para no contraer obligaci&oacute;n con ninguna". La mujer lo sab&iacute;a e iba pasando de mano en mano, "perdiendo cada vez algo de su valor". Vanegas no indag&oacute; el caso contrario: las mujeres que abandonaban a sus compa&ntilde;eros consortes. Aunque interrog&oacute; a varias mujeres solteras, y la mayor&iacute;a de ellas respondi&oacute;: "Si nos casamos, nuestros maridos nos maltratan y forzosamente a sufrir con paciencia nos tendr&iacute;amos que sujetar; no haci&eacute;ndolo nos queda siquiera el recurso de la separaci&oacute;n", y observ&oacute; que este sentimiento estaba tan arraigado, que a&uacute;n los padres, "por el bien de su hijas, les proh&iacute;ben casarse".</p>     <p>En asuntos religiosos, las clases populares profesaban una fe inquebrantable en la Iglesia cat&oacute;lica. &Eacute;sta, m&aacute;s que la autoridad de jueces y polic&iacute;as, que poco atienden y conocen, "sirve de freno a los vicios". Es preciso, sugiere Vanegas, tener siempre en cuenta el poder de la religi&oacute;n para, "con su ayuda, moralizar y civilizar las masas". Los sectores populares carec&iacute;an, por lo dem&aacute;s, de nociones pol&iacute;ticas e ignoraban las tendencias y los &eacute;nfasis ideol&oacute;gicos de los partidos. Ten&iacute;an antipat&iacute;a por el gobierno, instituci&oacute;n que los reclutaba por la fuerza en las plazas p&uacute;blicas para el ej&eacute;rcito y, una vez licenciados, con lesiones en el cuerpo, los abandonaba a su propia suerte. Para ellos el gobierno era un enemigo y un peligro del cual hab&iacute;a que estar lo m&aacute;s lejos posible.</p>     <p>Los trabajadores, los del campo especialmente, viv&iacute;an aislados y ten&iacute;an pocas oportunidades de intercambiar experiencias: "Apenas conocen m&aacute;s personas notables que el alcalde, el cura y el patr&oacute;n". No sab&iacute;an leer y escribir y las jornadas electorales se asociaban con el espect&aacute;culo, la diversi&oacute;n y el regocijo. En tierra caliente, narra Vanegas, era costumbre ofrecer a los labriegos un jugoso piquete para repartir las papeletas con los nombres de los candidatos a las corporaciones p&uacute;blicas. D&iacute;as despu&eacute;s, y ya pasadas las elecciones, muchos calentanos pasaban por su veredas preguntando por la fecha del pr&oacute;ximo almuerzo gratis al aire libre.</p>     <p align="center">III</p>     <p>En las &uacute;ltimas p&aacute;ginas, Vanegas abandona el tono factual caracter&iacute;stico en &eacute;l. En esta secci&oacute;n surge el analista que quiere cambiar la situaci&oacute;n de los obreros y las obreras. Desea mejorar la vida de los trabajadores con la ayuda de "las ciencias que estudian al hombre en sus relaciones consigo mismo o con la colectividad de que hace parte". No concibe la ciencia como mera curiosidad ociosa, sino como instrumento para orientar las decisiones de transformaci&oacute;n y cambio. Considera que el fin &uacute;ltimo de las disciplinas que estudian al hombre, la sociolog&iacute;a en primer lugar, "es hallar los medios de conseguir la felicidad individual de una manera arm&oacute;nica con la social".</p>     <p>Este proyecto transformador del autor es animado por la imagen del pobre ideal cincelado por la Iglesia, los programas de beneficencia y el imaginario de las clases medias y altas. Vanegas no quiere acabar con el pobre, sino con los rasgos que lo afean. Quiere su felicidad, su bienestar material y su adecuaci&oacute;n a las demandas de la civilizaci&oacute;n moderna. El pobre deseado es el hombre probo, trabajador, respetuoso, honesto y educado; el que observa la moral y las buenas costumbre s, ajeno a la bebida, la prostituci&oacute;n, el concubinato, las conductas delictivas, la subversi&oacute;n y el tumulto<a href="#6" name="n6"><sup>6</sup></a>. Ante todo, esto &uacute;ltimo. Vanegas no es amigo de los cambios bruscos e inconsultos. Se preocupa por recordarle a los lectores -y a sus profesores- que el objetivo de su tesis est&aacute; lejos de seguir "las huellas del socialismo &#91;o de mostrar&#93; la mala situaci&oacute;n de la clase obrera s&oacute;lo para alentar su descontento". Su objetivo es bien distinto. Lo alienta el deseo de abandonar "las vanas teor&iacute;as y las ideas de pura emoci&oacute;n".</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Su programa de cambio reside en la educaci&oacute;n. Es preciso, seg&uacute;n escribe, "levantar el nivel moral de los obreros". La noci&oacute;n de <i>moral</i> no era clara en el siglo XIX como no lo era la de <i>cultura</i> que tendi&oacute; a reemplazarla en el XX. Con ella se alud&iacute;a a los modos de vida, a los ideales y creencias (a las nociones de lo bueno y lo malo) que orientaban la conducta de los individuos, y a los conocimientos, habilidades y destrezas de los grupos sociales. La instrucci&oacute;n p&uacute;blica -se&ntilde;ala el autor- es el fundamento para que un pueblo alcance, adem&aacute;s, instituciones libres. "No basta que se ofrezca libertad, es necesario saber en qu&eacute; consiste". Y para ello hay que recurrir a la escuela, el p&oacute;rtico de la civilizaci&oacute;n, a fin de superar "la ignorancia, el servilismo y el salvajismo". Sin educaci&oacute;n no habr&aacute; progreso industrial. Un obrero con nociones rudimentarias de su oficio apenas atender&aacute; a la perfecci&oacute;n material del producto que sale de sus manos. La instrucci&oacute;n, por el contrario, le brindar&aacute; los fundamentos cient&iacute;ficos de su quehacer para que trabaje mejor y con m&aacute;s comodidad, menos esfuerzo y mayores m&aacute;rgenes de utilidad. La educaci&oacute;n b&aacute;sica -la lectura, la escritura y el manejo de las operaciones aritm&eacute;ticas-, el alfabetismo en una palabra, se hace a&uacute;n m&aacute;s necesaria cuando se observa que la agricultura est&aacute; liberando brazos para los oficios urbanos, medios donde la lectura y la escritura constituyen una exigencia diaria. Este compromiso pedag&oacute;gico es a&uacute;n m&aacute;s apremiante en relaci&oacute;n con la mujer, "llamada a formar el coraz&oacute;n de los hijos". De su preparaci&oacute;n depende la abolici&oacute;n del concubinato y la estabilidad, permanencia y armon&iacute;a en el hogar, la "fuente m&aacute;s fecunda de moralidad".</p>     <p>A las transformaciones educativas se deben a&ntilde;adir otros programas asociados con el ahorro, el trabajo y la vivienda, pero de manera diferente a como lo vienen haciendo las instituciones de beneficencia. "El socialismo se est&aacute; ya sintiendo en nuestro pa&iacute;s", escribe con inquietud el joven autor. &iexcl;Y esto por la acci&oacute;n misma del Estado! "Disposiciones gubernamentales que crean talleres para dar trabajo y proyectos (por fortuna no convertidos en ley) para la construcci&oacute;n de casas de obreros, son en el d&iacute;a dos de las formas m&aacute;s patentes con que se nos presenta &#91;el socialismo&#93;". Para Vanegas, el amparo colectivo, el paternalismo conocido como socialismo de Estado, auspiciaba la pereza y la irresponsabilidad de los trabajadores. "La ayuda prestada a un individuo porque no trabaja es inmoral, pues le muestra el horizonte de la holgazaner&iacute;a. Las sociedades son talleres y para vivir en ellos es preciso trabajar". Lo m&aacute;s alarmante, sin embargo, a juicio del autor, era que el socialismo acababa con la libertad: avasallaba el &aacute;nimo, la energ&iacute;a, la riqueza y la creatividad personales. "El socialismo implica esclavitud", denunci&oacute; Spencer en <i>El individuo contra el Estado</i><a href="#7" name="n7"><sup>7</sup></a>. El socialista es muy dado a afirmar que si el fin perseguido es bueno, tiene derecho a ejercer sobre sus conciudadanos toda la coacci&oacute;n posible para alcanzar la felicidad.</p>     <p>Estas posturas no estaban asociadas a un desprecio por la clase obrera y sus problemas. Vanegas se&ntilde;ala que una beneficencia bien entendida da resultados positivos para el trabajador y la sociedad en general. Pero hay que saber a qu&eacute; poblaci&oacute;n se orientan los programas de socorro. Un amparo indiscriminado produce consecuencias negativas. Haciendo suyo el mensaje del darwinismo social de Spencer -la calidad f&iacute;sica y moral de una sociedad es menor cuando se conservan artificialmente los seres d&eacute;biles-, certifica que invertir recursos, siempre escasos, en los ineptos es "fomentar el decaimiento social". No pod&iacute;a olvidar la descripci&oacute;n del pobre de Londres que hizo Spencer en las p&aacute;ginas iniciales de su libro: "Son sencillamente par&aacute;sitos de la sociedad, que de un modo u otro viven a expensas de los que trabajan, vagos e imb&eacute;ciles, criminales o en camino de serlo, j&oacute;venes mantenidos forzosamente por sus padres, maridos que se apropian del dinero ganado por sus mujeres, individuos que participan de las ganancias de las prostitutas"<a href="#8" name="n8"><sup>8</sup></a>. Con estos pobres no se puede trabajar. Est&aacute;n irremediablemente perdidos; son la hez de la sociedad. Hay que proteger, por el contrario, a los hombres y mujeres de trabajo, a "las personas &uacute;tiles, es decir, a los fuertes, cuya miseria proviene de causas accidentales". Esta pol&iacute;tica de selecci&oacute;n natural y supervivencia de los m&aacute;s aptos "es buena, no s&oacute;lo porque mantiene la vida de un hombre &uacute;til, sino porque impide que el germen de las razas vigorosas se extinga". A juicio de Vanegas, la ciencia moderna ha mostrado que la perfecci&oacute;n del hombre "depende, en gran parte, de la herencia que trasmite las estructuras d&eacute;biles o fuertes de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n, ayudada del desarrollo y la adaptaci&oacute;n que la modifican".</p>     <p>Vanegas era poco amigo de la asistencia social promovida por el Estado. La consideraba adecuada para la iniciativa privada, cuyos recursos proven&iacute;an, esencialmente, de donaciones voluntarias, pero la encontraba problem&aacute;tica cuando la asum&iacute;an las entidades p&uacute;blicas. En di&aacute;logo con el fil&oacute;sofo social Alfred Fouill&eacute;e, un continuador de Spencer en Francia, precis&oacute; que la misi&oacute;n del Estado era asegurar el fruto del trabajo, no sustraerlo en beneficio de otros. El gobierno es una entidad de todos, no de unos pocos, y su papel es permitir el libre desempe&ntilde;o de los asociados, no forzar sus iniciativas. Si la beneficencia es un desprendimiento de los que tienen algo a favor de los que nada tienen, el Estado carece de legitimidad para forzar las decisiones de los eventuales donantes. "Todo gobierno que se impone sobre s&iacute; la carga de la asistencia social, olvida su misi&oacute;n de asegurador &#91;del trabajo&#93; y se hace agente directo de las injusticias que tal asistencia por su mismo car&aacute;cter de obligatoria encierra &#91;...&#93; Esto quiere decir que la asistencia debe ser privada". Emprender programas de ayuda para pobres a expensas de los contribuyentes, seg&uacute;n el autor, era -como lo hab&iacute;a sugerido Spencer- sentar las bases de la "esclavitud del porvenir". &iexcl;Hombres trabajando para la sociedad a fin de que otros vivan de la sociedad! En ambos casos, adem&aacute;s, se renunciaba a la libertad: servidumbre para el que sostiene al menesteroso; servidumbre para el que recibe una d&aacute;diva que apenas le permite subsistir.</p>     <p align="center">IV</p>     <p>Estas eran las meditaciones del joven Ram&oacute;n Vanegas Mora en su tesis para obtener el grado de doctor en Jurisprudencia en la Universidad Externado de Colombia. Nada o muy poco sabemos de su vida. Ignoramos su fecha de nacimiento. Fuentes indirectas sugieren que proven&iacute;a del departamento de Santander y que durante los a&ntilde;os diez del siglo xx ejerc&iacute;a la profesi&oacute;n de abogado en la Capital. Sabemos que ense&ntilde;&oacute; derecho civil en el Externado durante los a&ntilde;os veinte bajo la rector&iacute;a de Diego Mendoza P&eacute;rez y que lo uni&oacute; una amistad de toda la vida con su compa&ntilde;ero de estudios, el jurista, traductor, cr&iacute;tico literario y ocasional pintor y comentarista musical y de arte Ricardo Hinestrosa Daza. Muri&oacute; a mediados de la d&eacute;cada de los cuarenta, cuando la clase obrera colombiana florec&iacute;a al lado de la industria moderna y se familiarizaba con la huelga, la legislaci&oacute;n laboral y la organizaci&oacute;n sindical.</p>     <p><b>NOTAS AL PIE</b></p>     <p><a href="#n1" name="1">1</a>. <i>Revista Judicial</i>, a&ntilde;o XIII, 24, Bogot&aacute;, 22 de noviembre de 1892. El profesor de sociolog&iacute;a de gran "capacidad cient&iacute;fica" era Salvador Camacho Rold&aacute;n.</p>     <p><a href="#n2" name="2">2</a>. Paul Beauregard, <i>Essai sur la th&eacute;orie du salaire: la main-d’oeuvre et son prix</i> (Paris, L. Larose et Forcel, 1887). Tambi&eacute;n fue muy usado en la &eacute;poca su manual para la ense&ntilde;anza secundaria, <i>&Eacute;l&eacute;ments d’&eacute;conomie politique</i> (Par&iacute;s, L. Larose et Forcel, 1889). La biblioteca de la Universidad Externado de Colombia posee una copia de este &uacute;ltimo libro.</p>     <p><a href="#n3" name="3">3</a>. Ren&eacute; Lavoll&eacute;e, <i>Les classes ouvri&egrave;res en Europe, &eacute;tudes sur leur situation mat&eacute;rielle et morale</i> (Paris, Guillaumin, 1882), 2 vols. En 1896, y ya fuera de la mira del estudio de Vanegas, Lavoll&eacute;e agreg&oacute; un tercer volumen que cubr&iacute;a la experiencia inglesa.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#n4" name="4">4</a>. Herbert Spencer, <i>El individuo contra el Estado</i>, (trad. de Siro Garc&iacute;a del Mazo, Sevilla, Imprenta y Litograf&iacute;a de Jos&eacute; Ma. Ariza, 1885). La biblioteca de la Universidad Externado de Colombia posee un ejemplar de esta edici&oacute;n. Vanegas tom&oacute; el curso de psicolog&iacute;a spenceriana dictado por Ignacio V. Espinosa en el Externado, curso que poco despu&eacute;s apareci&oacute; organizado en 18 lecciones: I. V. Espinosa, <i>Filosof&iacute;a experimental: extracto de las doctrinas psicol&oacute;gicas de Herbert Spencer</i> (Bogot&aacute;, Imprenta de Lleras, 1891).</p>     <p><a href="#n5" name="5">5</a>. Vanegas ofrece algunas comparaciones con la situaci&oacute;n de la clase obrera europea y norteamericana (Canad&aacute;) para subrayar la indigencia de los obreros colombianos. Investigaciones recientes han mostrado, sin embargo, que la pauperizaci&oacute;n en el Viejo Mundo era, en muchos casos, m&aacute;s acentuada que en la Colombia del siglo XIX. Ver B. Castro Carvajal, <i>Caridad y beneficencia: el tratamiento de la pobreza en Colombia</i>, <i>1870-1930</i> (Bogot&aacute;, Universidad Externado de Colombia, 2007), pp. 44-47.</p>     <p><a href="#n6" name="6">6</a>. B. Castro Carvajal, op. cit., pp. 88-94.</p>     <p><a href="#n7" name="7">7</a>. Herbert Spencer, op. cit., pp. 73 y 75-76.</p>     <p><a href="#n8" name="8">8</a>. Herbert Spencer, op. cit., p. 44.</p> </font>      ]]></body>
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