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</front><body><![CDATA[   <font size="2" face="verdana">      <p align="center"><font size="4"><b>EL MONETARISMO AMABLE DE DAVID HUME</b></font></p>      <p align="center"><i>Ensayos morales, pol&iacute;ticos y literarios</i>, David Hume, Madrid,    <br> Editorial Trotta y Liberty Fund, 2011, 584 pp.</p>     <p align="center"><i>Jos&eacute; Francisco Bellod Redondo</i><sup>*</sup></p>     <br> <sup>*</sup> Doctor en Econom&iacute;a, profesor del Departamento de Econom&iacute;a de la Universidad Polit&eacute;cnica de Cartagena, Cartagena, Espa&ntilde;a, &#91;<a href="mailto:bellodredondo@yahoo.com">bellodredondo@yahoo.com</a>&#93;.</p>      <p>Fecha de recepci&oacute;n: 22 de agosto de 2011, fecha de modificaci&oacute;n: 3 de octubre de 2011, fecha de aceptaci&oacute;n: 20 de octubre de 2011.</p> <hr>     <p>Publicada por la editorial Trotta y Liberty Fund nos llega una nueva y rigurosa versi&oacute;n en castellano de los <i>Ensayos morales, pol&iacute;ticos y literarios </i>del eminente fil&oacute;sofo escoc&eacute;s David Hume, editada por Eugene F. Miller y traducida por Carlos Mart&iacute;n Ram&iacute;rez.</p>     <p>Para los economistas, David Hume (1711-1776) es el antecesor cl&aacute;sico de la teor&iacute;a cuantitativa del dinero cuya obra sembr&oacute; la semilla de un debate sobre la relaci&oacute;n entre dinero e inflaci&oacute;n que ha dado lugar a enconadas disputas a&uacute;n vigentes. Pero Hume es, ante todo, el m&aacute;s brillante exponente de la Ilustraci&oacute;n escocesa, por encima incluso de Adam Smith, en cuya obra influy&oacute; en forma decisiva. Hume fue un sabio que mereci&oacute; incluso el reconocimiento del omnipresente (y a&uacute;n m&aacute;s sabio) doctor Samuel Johnson, seg&uacute;n el testimonio que de su vida nos dejara James Boswell: su desafecto por la religi&oacute;n y su nacionalidad escocesa fueron las &uacute;nicas recriminaciones que Johnson pudo hacer al bondadoso Hume.</p>     <p>Es precisamente en este libro donde encontramos los escritos que hicieron de Hume un precursor imprescindible del pensamiento econ&oacute;mico actual. El libro tiene tres partes bien diferenciadas: en la primera (pp. 9-39) nos ofrece un estudio introductorio del editor, as&iacute; como la breve y c&eacute;lebre autobiograf&iacute;a que Hume traz&oacute; de s&iacute; mismo en su lecho de muerte. Su testimonio, y sobre todo el de sus contempor&aacute;neos, nos dan a conocer el afable car&aacute;cter del fil&oacute;sofo. Su muerte, en 1776, coincidi&oacute; con la publicaci&oacute;n que su amigo &iacute;ntimo y disc&iacute;pulo, el tambi&eacute;n escoc&eacute;s Adam Smith, hizo de su magna <i>Investigaci&oacute;n sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones</i>. Y este &uacute;ltimo es autor de una carta contenida en la presente edici&oacute;n en la cual narra en detalle las &uacute;ltimas horas en la vida de Hume.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La segunda parte del libro (pp. 43-240), originalmente editada en 1742, es quiz&aacute; la que, a priori, tendr&iacute;a menos inter&eacute;s para el economista actual porque no contiene ensayos econ&oacute;micos. Una impresi&oacute;n falsa porque en ellos se desgrana el esp&iacute;ritu liberal y utilitarista que anima su obra econ&oacute;mica. Son ensayos de transici&oacute;n en los que Hume despleg&oacute; toda su perspicacia para tratar temas art&iacute;sticos y pol&iacute;ticos, pero escritos para el gran p&uacute;blico, no para la minor&iacute;a ilustrada que pod&iacute;a entender (entonces y hoy) su <i>Tratado sobre la naturaleza humana</i>. N o conviene pasarlos por alto as&iacute; solo sea por su calidad literaria. A t&iacute;tulo de curiosidad baste un bot&oacute;n de muestra, su ensayo "De la poligamia y el divorcio" (pp. 183-190), donde se anticipa en varios siglos a la visi&oacute;n feminista: "esta soberan&iacute;a del var&oacute;n &#91;sobre la esposa&#93; es una real usurpaci&oacute;n, que destruye la cercan&iacute;a de rango, por no decir la igualdad, que la naturaleza ha establecido entre los sexos. Somos, por naturaleza, los amantes, los amigos, los protectores, de las mujeres. &iquest;Estar&iacute;amos dispuestos a cambiar estas atractivas denominaciones por las de amo y tirano?" (p. 185). Un texto muy revelador del esp&iacute;ritu liberal e ilustrado que inspirar&iacute;a tambi&eacute;n su obra como economista.</p>     <p>En la tercera parte (pp. 241-537), escrita en 1752, llegamos por fin al Hume economista. Su pensamiento econ&oacute;mico se recoge en una colecci&oacute;n de ensayos breves (publicados tres a&ntilde;os antes que el "Ensayo sobre la naturaleza del comercio en general" de Cantillon) con t&iacute;tulos tan reveladores como "Del comercio", "Del dinero", "Del inter&eacute;s", "De la balanza comercial", "De la suspicacia respecto al comercio", "De los impuestos" o "Del cr&eacute;dito p&uacute;blico". Y entre ellos se destaca por su trascendencia hist&oacute;rica "Del dinero", donde esboza la teor&iacute;a cuantitativa que ha servido de base al monetarismo de nuestro tiempo, por ser el que con m&aacute;s frecuencia se cita, a veces tendenciosamente, en manuales y textos de otros economistas. Dicha teor&iacute;a ser&iacute;a rescatada por Irving Fisher en 1911 y luego encabezar&iacute;a el acervo te&oacute;rico de los monetaristas.</p>     <p>Hay varias razones para leer los textos de Hume, aprovechando la ocasi&oacute;n que nos brinda la editorial Trotta y Liberty Fund.</p>     <p>Como afirma Maurice Dobb en su <i>Econom&iacute;a pol&iacute;tica y capitalismo</i>, conviene evitar el vicio empobrecedor del intelecto consistente en ver a los economistas cl&aacute;sicos como "artistas primitivos" de cierto m&eacute;rito pero sobre cuyos err&oacute;neos planteamientos no merece la pena reflexionar. La actual crisis econ&oacute;mica mundial ha suscitado gran desconcierto en nuestra profesi&oacute;n: son muchas las voces que denuncian nuestra incapacidad para explicar qu&eacute; est&aacute; sucediendo, lo cual pone de manifiesto la debilidad de unos planes de estudio que privilegian la formaci&oacute;n matem&aacute;tica a costa de otras disciplinas, como la historia econ&oacute;mica o la historia del pensamiento econ&oacute;mico (baste citar a los premios Nobel Joseph Stiglitz y Paul Krugman). Leyendo a Hume, como a otros cl&aacute;sicos, podemos huir de este imperio de la econometr&iacute;a vacua en que se ha convertido nuestra disciplina, y volver a juzgar la calidad de una obra por el n&uacute;mero de ideas originales que contiene y no por su n&uacute;mero de ecuaciones.</p>     <p>Aunque sus textos son breves y animados, abundantes en citas hist&oacute;ricas (la &uacute;nica fuente de datos de su &eacute;poca), para el economista actual la lectura de Hume tiene cierta dificultad: escribi&oacute; en una &eacute;poca en el que la Econom&iacute;a no hab&iacute;a despegado como ciencia social independiente, y no recurr&iacute;a al lenguaje formalizado que todos hemos aprendido en los manuales universitarios. Hume vivi&oacute; en un tiempo en la que los pocos que sab&iacute;an escribir, sab&iacute;an escribir de todo porque el desarrollo de la ciencia no hab&iacute;a llegado al nivel de fragmentaci&oacute;n y especializaci&oacute;n que hoy la caracteriza. En la obra de Hume (como en la de los dem&aacute;s autores cl&aacute;sicos) no hay modelos ni funciones (y menos a&uacute;n funciones de producci&oacute;n) ni relaciones marginales de sustituci&oacute;n ni derivadas parciales. Esto obliga a desbrozar p&aacute;rrafo a p&aacute;rrafo, a reconstruir un texto que en momentos se nos antoja ca&oacute;tico. Hume se refiere, sin soluci&oacute;n de continuidad, al stock de dinero y al dinero en circulaci&oacute;n, pero no habla expresamente de la velocidad del dinero. Se refiere t&aacute;citamente, sin mencionarlos, al corto y al largo plazo. Esa dificultad, com&uacute;n a todos los autores pre-marginalistas, es quiz&aacute; uno de los aspectos que mayor rechazo provoca hoy entre quienes sopesan la posibilidad de adentrarse en las aguas de la econom&iacute;a cl&aacute;sica, bien sean profesores o estudiantes universitarios. Prejuicio que vale la pena enfrentar abiertamente para no perdernos el placer de disfrutar de una obra pre&ntilde;ada de buena literatura e ideas originales. Los economistas actuales fuimos formados en el estrecho esquema IS-LM, y todo lo que escapa de los l&iacute;mites de la s&iacute;ntesis neocl&aacute;sica y del marginalismo se nos antoja ajeno a nuestra disciplina: craso error. Con Hume retornamos a un tiempo en que los economistas fil&oacute;sofos estaban preocupados por entender el origen del valor de las cosas (bien fuese el dinero, los bienes o el trabajo) y la verdadera naturaleza de la riqueza. Y, en tanto que fil&oacute;sofos, estamos obligados a recuperar una faceta b&aacute;sica de nuestra profesi&oacute;n: ser pensadores, generar ideas nuevas.</p>      <p>Adem&aacute;s, Hume ha sido tratado injustamente incluso en los manuales de teor&iacute;a econ&oacute;mica, que inculcan a los alumnos la absurda idea de datar el nacimiento de nuestra disciplina en <i>La riqueza de las naciones </i>(1776) despreciando a la ligera toda referencia a los autores anteriores (el propio Hume, William Petty, los escol&aacute;sticos y tantos otros). Como si a los grandes pensadores griegos nunca les hubiese importado la naturaleza del dinero. Sin ir m&aacute;s lejos, el debate sobre el dinero-signo y el dinero-mercanc&iacute;a se remonta a Plat&oacute;n y Arist&oacute;teles (Schumpeter, <i>Historia del an&aacute;lisis econ&oacute;mico</i>).</p>     <p>Es peligroso hacer una lectura descontextualizada de Hume, peligro muy probable teniendo en cuenta que, como ya indicamos, la historia econ&oacute;mica y la historia del pensamiento econ&oacute;mico son maltratadas irresponsablemente en la formaci&oacute;n de los economistas, con nefastas consecuencias. Una de ellas es que nos ha llegado una imagen de Hume muy conservadora, quiz&aacute; porque los padres del monetarismo as&iacute; lo pretendieron: asociarse a Hume da un inapreciable toque de distinci&oacute;n intelectual a una de las ramas m&aacute;s pol&eacute;micas de la teor&iacute;a econ&oacute;mica (el monetarismo). Pero la realidad que se desprende de la lectura de sus "Ensayos" y del examen de su experiencia vital, con sus continuos choques con el poder establecido (en especial con la Iglesia) la desmienten. Es cierto que en "Sobre el dinero" se encuentra uno de los antecedentes m&aacute;s claros de la teor&iacute;a cuantitativa: "lo que determina los precios es la proporci&oacute;n entre el dinero circulante y los productos del mercado" (p. 272); "una m&aacute;xima que parece evidente por s&iacute; misma dice que los precios de todas las cosas dependen de la proporci&oacute;n que se d&eacute; entre mercanc&iacute;as y dinero y que una alteraci&oacute;n considerable de cualquiera de estos dos elementos tiene el efecto de subir o bajar los precios" (p. 271). En realidad, como demuestra Schumpeter (1954, 92-93), Hume no fue el primero en se&ntilde;alar ese v&iacute;nculo entre dinero e inflaci&oacute;n, el cual aparece en forma recurrente en la obra de los pensadores europeos desde que el descubrimiento de Am&eacute;rica dio lugar a la afluencia masiva de metales preciosos.</p>     <p>Podemos afirmar que la obra de Hume es un alegato contra las instituciones del Antiguo R&eacute;gimen y contra su ideolog&iacute;a econ&oacute;mica (el mercantilismo), a las que considera un peligro para la felicidad de la naci&oacute;n, y en ese sentido es muy progresista (no en vano es uno de los padres del "utilitarismo"). M&aacute;s all&aacute; de pretender construir una teor&iacute;a monetaria, Hume solo pretend&iacute;a ofrecer un argumento &uacute;til para refutar la pretensi&oacute;n mercantilista de mantener una pol&iacute;tica econ&oacute;mica que garantizara continuamente el super&aacute;vit comercial y la acumulaci&oacute;n de metales preciosos: el flujo continuo de metales preciosos elevar&iacute;a el nivel de precios y acabar&iacute;a con la competitividad del pa&iacute;s. No es de extra&ntilde;ar que su obra incluya varios ensayos dedicados al comercio en los que se contrapone (y se alaba) la laboriosidad de los ciudadanos como verdadera fuente de riqueza frente a la mera tenencia de dinero, que se puede conseguir aun por medios destructivos como la guerra. La obra de Hume es una invocaci&oacute;n al desarrollo de la econom&iacute;a real y una defensa a ultranza de quienes &eacute;l cree que son la esperanza de dicho desarrollo: los "comerciantes", entendidos como buscadores de oportunidades, individuos con talento para detectar qu&eacute; se fabrica aqu&iacute; y qu&eacute; se demanda all&iacute;; emprendedores en el sentido literal de la palabra.</p>     <p>Al revisar con atenci&oacute;n "Del dinero" nos sorprende la reiterada insistencia de Hume en distinguir la relaci&oacute;n dinero-inflaci&oacute;n en el corto plazo y en el largo plazo, aunque es incapaz de establecer un criterio que distinga ambos plazos. Desde el punto de vista metodol&oacute;gico, su teor&iacute;a cuantitativa parece m&aacute;s bien una simple hip&oacute;tesis, una mera formulaci&oacute;n en la que invoca reiteradamente como m&eacute;todo de demostraci&oacute;n la naturaleza "obvia" que liga ambas variables. El verdadero esfuerzo anal&iacute;tico lo despliega precisamente en la parte del ensayo que con m&aacute;s frecuencia se ha hurtado desde posiciones monetaristas: la "inflaci&oacute;n reptante". A cada paso Hume matiza y corrige su formulaci&oacute;n cuantitativa y se esfuerza por demostrar que la variaci&oacute;n de la cantidad de dinero tiene efectos sobre la actividad y el empleo, es decir, efectos reales. Y su argumento nos recuerda mucho a la <i>Teor&iacute;a general </i>de Keynes: ante un est&iacute;mulo monetario, los precios suben lentamente, pero los salarios nominales son r&iacute;gidos, y ello es un incentivo para aumentar la ocupaci&oacute;n y la producci&oacute;n de cada empresa. De hecho, propone en forma expresa una pol&iacute;tica activa de expansi&oacute;n monetaria: "&#91;respecto a la cantidad de dinero&#93; la buena pol&iacute;tica de las autoridades consiste &uacute;nicamente en mantener de todos modos su aumento, si ello es posible. Porque, de ese modo, se mantiene vivo en el pa&iacute;s el esp&iacute;ritu de laboriosidad, y aumenta la existencia de mano de obra, en la que consisten todo el poder y toda la riqueza reales" (p. 269).</p>     <p>Pero, como indica Desai (1989), en el an&aacute;lisis de Hume hay dos indeterminaciones que pueden llevar a lecturas radicalmente distintas de su teor&iacute;a cuantitativa. Por una parte, a veces parece que Hume emplea un modelo "de un solo bien" o de un "bien agregado", como se hace en los modelos macroecon&oacute;micos actuales donde el universo de las mercanc&iacute;as es sustituido por la variable "ingreso". As&iacute; desaparece el problema de la determinaci&oacute;n de los precios relativos y se aprecia cierta fortaleza en su teor&iacute;a. Pero Hume invoca una y otra vez la pluralidad de las mercanc&iacute;as, el distinto ritmo de crecimiento de sus precios, y ah&iacute; es bastante insatisfactorio ver la teor&iacute;a cuantitativa como explicaci&oacute;n del nivel de precios y de los precios absolutos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Por otra parte, Desai (1989) se&ntilde;ala la indeterminaci&oacute;n del lapso de tiempo o periodo transitorio en el que se producen los efectos reales de la variaci&oacute;n monetaria, as&iacute; como la del tama&ntilde;o de la variaci&oacute;n que se necesita para que se produzcan esos efectos y no inflaci&oacute;n. Si el lapso es suficientemente largo, <i>de facto</i>, no hay tal teor&iacute;a cuantitativa puesto que la conexi&oacute;n dinero-producci&oacute;n se superpone y posterga <i>sine die </i>la conexi&oacute;n dinero-inflaci&oacute;n. Pensemos, por ejemplo, en la posibilidad de que esos efectos reales se manifiesten en un aumento de la producci&oacute;n de bienes de capital, aumentando la capacidad productiva del pa&iacute;s: el equilibrio monetario se restaura en un nivel de empleo e ingreso superior al inicial (Bellod, 2007).</p>     <p>Por lo dem&aacute;s, su pensamiento econ&oacute;mico-social es bastante progresista para la &eacute;poca en que escribi&oacute;, a pesar de la imagen que se ha proyectado de &eacute;l. Por ejemplo, hace continuos ataques a la desigual distribuci&oacute;n del ingreso: la enorme desigualdad es moralmente injusta y un lastre para el crecimiento econ&oacute;mico. En su ensayo "Del comercio" dice al respecto que "una gran desproporci&oacute;n de riqueza entre los ciudadanos debilita al Estado. En la medida de lo posible, toda persona deber&iacute;a disfrutar del fruto de su trabajo, de una plena cobertura de todas sus necesidades y de muchas de las comodidades de la vida. Nadie puede dudar de que esta igualdad es la m&aacute;s apropiada a la naturaleza humana y de que disminuye la felicidad de los ricos en menor medida que aumenta la de los pobres" (p. 250). Su pensamiento liberal no se limita a las relaciones comerciales entre naciones; escapa a esa doble moral que condena el poder de los monopolios pero transige con el poder de los ricos sobre los desheredados: "cuando la riqueza est&aacute; en pocas manos, todo el poder reside en ellas, y sus poseedores no tardar&aacute;n en conspirar para hacer que toda la carga &#91;impositiva&#93; recaiga sobre los pobres y para oprimirlos m&aacute;s todav&iacute;a, con lo que desalienta toda laboriosidad" (ib&iacute;d.); o "donde los trabajadores y artesanos est&aacute;n acostumbrados a trabajar por un salario bajo, les resulta dif&iacute;cil, incluso con un gobierno libre, mejorar su situaci&oacute;n, o ponerse de acuerdo entre ellos para una elevaci&oacute;n. Pero incluso donde est&aacute;n acostumbrados a un modo de vida m&aacute;s abundante, con un gobierno arbitrario les resulta f&aacute;cil a los ricos conspirar contra ellos y echar sobre sus hombros todo el peso de los impuestos" (p. 251): palabras que podr&iacute;a haber suscrito el mism&iacute;simo autor de <i>El capital</i>. En esta misma direcci&oacute;n apuntan las cr&iacute;ticas a los tributos indirectos, especialmente al impuesto de capitaci&oacute;n, contenidas en "De los impuestos" (p. 312).</p>     <p>Por fortuna, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os ha crecido el inter&eacute;s de los investigadores por el Hume economista, lo que ha acrecentado el ingente acervo de publicaciones dedicadas al Hume fil&oacute;sofo, si bien la tarea pendiente es traducir esas obras al castellano. Entre ellas cabe destacar los trabajos monogr&aacute;ficos de Rotwein (1955) y Wennerlind y Schabas (2008).</p>     <p>Valga lo anterior para animar a los economistas, presentes y futuros, a tomar entre sus manos, sin miedo y sin prejuicios, este ejemplar que se nos ofrece y disfrutar de la prosa de uno de los pensadores m&aacute;s brillantes de todos los tiempos.</p>  <hr>     <p><font size="3"><b>REFERENCIAS BIBLIOGR&Aacute;FICAS</b></font></p>     <!-- ref --><p>1.  Bellod Redondo, J. F. "La curva de Phillips y la cr&iacute;tica de Friedman", <i>Contribuciones a la econom&iacute;a</i>, Eumed, 2007, &#91;<a href="http://ideas.repec.org/a/erv/contri/y2007i2007-122.html" target="_blank">http://ideas.repec.org/a/erv/contri/y2007i2007-122.html</a>&#93;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000028&pid=S0124-5996201100020001900001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>2.  Desai, M. <i>El monetarismo a prueba</i>, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1989.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000029&pid=S0124-5996201100020001900002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>3.  Dobb, M. <i>Econom&iacute;a pol&iacute;tica y capitalismo</i>, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1937.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000030&pid=S0124-5996201100020001900003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>4.  Rotwein, E. <i>David Hume: Writings on economics</i>, Madison, University of Wisconsin Press, 1955.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000031&pid=S0124-5996201100020001900004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>5.  Schumpeter, J. A. <i>Historia del an&aacute;lisis econ&oacute;mico</i>, 1954, Barcelona, Ariel, 1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000032&pid=S0124-5996201100020001900005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>6.  Wennerlind, C. y M. Schabas. <i>David Hume's political economy</i>, Londres y Nueva York, Routledge, 2008.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000033&pid=S0124-5996201100020001900006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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