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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4"><b>C&Oacute;MO LLEG&Oacute; KEYNES A ESTADOS UNIDOS</b></font></p>     <p align="center"><I>John Kenneth Galbraith</I><sup>*</sup></p>      <P><SUP>*</SUP>Publicado en <I>Economics, peace and laughter</I>, Boston, Houghton Mifflin, 1971. Esta traducci&oacute;n, de Alberto Supelano, se basa en la versi&oacute;n tomada de Andrea D. Williams, <I>The essential Galbraith</I>, de la misma casa editora, y se publica con las autorizaciones correspondientes.</P>     <p>Fecha de   recepci&oacute;n: 14 de marzo de 2014, fecha de aceptaci&oacute;n: 25 de abril   de 2014.</p> <hr>     <p>El libro   sobre pol&iacute;tica econ&oacute;mica y social m&aacute;s influyente de este   siglo,<i> La teor&iacute;a general del empleo, el inter&eacute;s y el dinero,</i> de John Maynard Keynes, se public&oacute; en Inglaterra y Estados Unidos en   1936. En Estados Unidos despu&eacute;s se public&oacute; una edici&oacute;n de   bolsillo; el <i>New York Times</i> descubri&oacute;, quiz&aacute; con   verg&uuml;enza, que no hab&iacute;a rese&ntilde;ado la edici&oacute;n original   y me pidi&oacute; este comentario. Las pocas personas que aprovecharon esta   oportunidad sin duda sintieron curiosidad por saber cu&aacute;l era la   raz&oacute;n de la influencia del libro; aunque conscientes de su propia   inteligencia, no pod&iacute;an leerlo. Se preguntaron entonces c&oacute;mo   hab&iacute;a convencido a tantas otras personas, no todas las cuales eran menos   agudas o diligentes. </p>     <p align=right><i>Creo que estoy escribiendo un libro de   teor&iacute;a econ&oacute;mica que revolucionar&aacute; la manera de pensar los   problemas econ&oacute;micos; supongo que no en seguida, sino en el curso de los   pr&oacute;ximos diez a&ntilde;os.</i>    <br>   Carta de John M. Keynes a George B. Shaw, 1.<sup>o </sup>de enero de 1935 </p>     <p>Seg&uacute;n   la opini&oacute;n com&uacute;n, aunque no universal, la revoluci&oacute;n   keynesiana fue uno de los grandes logros modernos en dise&ntilde;o social. Puso   freno al marxismo en los pa&iacute;ses avanzados. Llev&oacute; a un nivel de   desempe&ntilde;o econ&oacute;mico que inspir&oacute; paneg&iacute;ricos de   banalidad sin igual entre los conservadores amargados. Pero los responsables no   recibieron honores sino oprobio. Durante mucho tiempo, ser conocido como   keynesiano activo despertaba la ira de quienes equiparaban el progreso social   con la subversi&oacute;n, y los afectados desarrollaron el h&aacute;bito de la   reticencia. Una consecuencia adicional es que la historia de esta   revoluci&oacute;n ha sido quiz&aacute; la historia peor contada de nuestra   &eacute;poca.</p>     <p>Es hora de   que conozcamos mejor esa parte de nuestra historia y de quienes la hicieron, y   este es un breve pasaje de esa historia. Gran parte de ella se refiere a la   ilegibilidad, casi &uacute;nica, de <i>La teor&iacute;a general</i> ya la   necesidad de traducir y explicar sus ideas a los funcionarios del gobierno, a   los estudiantes y al p&uacute;blico en general. Como Mes&iacute;as, John   Maynard Keynes dependi&oacute; profundamente de sus profetas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La<i> Teor&iacute;a general</i> apareci&oacute; en el sexto a&ntilde;o de la Gran   Depresi&oacute;n, cuando Keynes ten&iacute;a cincuenta y tres a&ntilde;os. En   ese tiempo, Keynes, igual que Churchill, su gran contempor&aacute;neo, era   considerado demasiado sincero y poco confiable. Los funcionarios   p&uacute;blicos no siempre admiran a los hombres que dicen cu&aacute;l   deber&iacute;a ser la pol&iacute;tica correcta. Lo que necesitan, sobre todo en   asuntos exteriores, son hombres que encuentren razones convincentes para una pol&iacute;tica   equivocada. Keynes previ&oacute; las graves dificultades de las   cl&aacute;usulas de reparaciones del tratado de Versalles, y las expuso en <i>Las     consecuencias econ&oacute;micas de la paz</i>, donde quiz&aacute;   exager&oacute; sus argumentos y fue injusto con Woodrow Wilson, aunque no   obstante present&oacute; la que result&oacute; ser una visi&oacute;n m&aacute;s   clara de los desastres econ&oacute;micos de posguerra que la que hubieran   querido hombres m&aacute;s sensibles a las razones de Estado. </p>     <p>En otro   libro, de finales de los a&ntilde;os veinte, mostr&oacute; igual falta de tacto   hacia quienes incitaban a un desempleo masivo en Gran Breta&ntilde;a para que   la libra esterlina volviera a la paridad con el d&oacute;lar anterior a la   guerra, con el patr&oacute;n oro. El hombre inmediatamente responsable de este   esfuerzo, una voz muy ortodoxa en los asuntos econ&oacute;micos de la   &eacute;poca, era el entonces Canciller del Tesoro, Winston Churchill, y el   libro se titul&oacute; <i>Las consecuencias econ&oacute;micas de Mr. Churchill</i>. </p>     <p>Entre 1920   y 1940, Keynes era buscado por los estudiantes e intelectuales en Cambridge y   Londres, era bien conocido en los c&iacute;rculos teatrales y art&iacute;sticos   londinenses, dirigi&oacute; una compa&ntilde;&iacute;a de seguros, gan&oacute;   y a veces perdi&oacute; montones de dinero, y fue un periodista influyente.   Pero no era realmente confiable en asuntos p&uacute;blicos. El gran sindicato   que identifica la confiabilidad con el conformismo lo mantuvo apartado.   Entonces lleg&oacute; la Depresi&oacute;n. Hab&iacute;a mucho desempleo y mucho   sufrimiento. Incluso los hombres respetables fueron a la quiebra. Era   necesario, aunque desagradable, escuchar a los hombres sinceros que   ten&iacute;an algo que decir sobre la manera de remediarla. Escuchar es el   terrible castigo que los dioses reservan a los estadistas de &eacute;pocas   m&aacute;s pr&oacute;speras.</p>     <p>Un indicio   de cu&aacute;n lejos lleg&oacute; la revoluci&oacute;n keynesiana es que la   tesis central de<i> La teor&iacute;a general</i> hoy suena a lugar   com&uacute;n. Hasta que el libro apareci&oacute;, los economistas de   tradici&oacute;n cl&aacute;sica (o no socialista) supon&iacute;an que la   econom&iacute;a, dejada a s&iacute; misma, encontrar&iacute;a el equilibrio de   pleno empleo. Habr&iacute;a aumentos o reducciones de los salarios y de las   tasas de inter&eacute;s cuando fuese necesario para conseguir ese agradable   resultado. Si los hombres estaban sin empleo, sus salarios bajar&iacute;an en   relaci&oacute;n con los precios. Con salarios m&aacute;s bajos y   m&aacute;rgenes m&aacute;s altos, ser&iacute;a rentable emplear a aquellos cuyo   trabajo no daba antes un rendimiento adecuado. De eso se deduc&iacute;a que las   medidas para mantener salarios artificialmente altos, como resultado de los   esfuerzos imprudentes de los sindicatos (seg&uacute;n se dec&iacute;a),   causar&iacute;an desempleo. Se juzgaba que esos esfuerzos eran, de hecho, la   principal causa del desempleo.</p>     <p>Las variaciones   de las tasas de inter&eacute;s jugaban un papel complementario asegurando que   finalmente se gastara todo el ingreso. As&iacute;, cuando la gente por alguna   raz&oacute;n decidiera aumentar sus ahorros, disminuir&iacute;an las tasas de   inter&eacute;s de la ahora abundante oferta de fondos prestables. Esto   llevar&iacute;a, a su vez, a un aumento de la inversi&oacute;n. El gasto   adicional en bienes de inversi&oacute;n compensar&iacute;a la reducci&oacute;n   del gasto de los consumidores m&aacute;s frugales. De ese modo se evitaba que   las variaciones de los gastos del consumidor o de las decisiones de   inversi&oacute;n ocasionaran variaciones del gasto total que llevar&iacute;an   al desempleo.</p>     <p>Keynes   argument&oacute; que ni las variaciones de los salarios ni los cambios de la   tasa de inter&eacute;s produc&iacute;an necesariamente este efecto beneficioso.   Centr&oacute; su atenci&oacute;n en el poder de compra total de la   econom&iacute;a; lo que los estudiantes de primer semestre hoy aprenden a   llamar demanda agregada. Las reducciones de salarios pod&iacute;an no aumentar   el empleo; junto con otros cambios, pod&iacute;an simplemente reducir la   demanda agregada. Y sosten&iacute;a que el inter&eacute;s no era el precio que   se paga a la gente por ahorrar sino el precio que obtiene por intercambiar   tenencias de dinero en efectivo o su equivalente, su preferencia normal en   materia de activos, por formas de inversi&oacute;n menos l&iacute;quidas. Y que   era dif&iacute;cil disminuir el inter&eacute;s m&aacute;s all&aacute; de cierto   nivel. Por tanto, si la gente buscaba ahorrar m&aacute;s, eso no significaba   necesariamente tasas de inter&eacute;s m&aacute;s bajas y una mayor inversi&oacute;n   resultante. En cambio, la demanda total de bienes pod&iacute;a disminuir, junto   con el empleo y la inversi&oacute;n, hasta que el ahorro volviera a concordar   con la inversi&oacute;n por la presi&oacute;n de las dificultades que   hab&iacute;an reducido el ahorro en favor del consumo. La econom&iacute;a encontrar&iacute;a   su equilibrio, no de pleno empleo sino con una proporci&oacute;n de desempleo   no especificada.</p>     <p>De este   diagn&oacute;stico se derivaba el remedio: restituir la demanda agregada al   nivel en que todos los trabajadores dispuestos tuvieran empleo; y esto se   pod&iacute;a lograr complementando el gasto privado con gasto p&uacute;blico.   Esa deber&iacute;a ser la pol&iacute;tica cuando las intenciones de ahorrar   superaran a las intenciones de invertir. Puesto que el gasto p&uacute;blico no   cumplir&iacute;a este papel compensador si hubiese impuestos de   compensaci&oacute;n (que son una forma de ahorro), el gasto p&uacute;blico se   deb&iacute;a financiar con cr&eacute;dito, incurriendo en un d&eacute;ficit.   Esto resume a Keynes, si se pudiese condensar en dos p&aacute;rrafos.<i> La     teor&iacute;a general</i> es m&aacute;s dif&iacute;cil; son casi 400   p&aacute;ginas, algunas de ellas de fascinante oscuridad.</p>     <p>Antes de   publicar <i>La teor&iacute;a general,</i> Keynes present&oacute; sus ideas   directamente al presidente Roosevelt, sobre todo en una famosa carta al <i>New     York Times</i> del 31 de diciembre de 1933: "Hago mucho &eacute;nfasis en   el aumento del poder de compra nacional resultante del gasto del gobierno   financiado con pr&eacute;stamos". Y visit&oacute; a Roosevelt en el   verano de 1934 para exponer su tesis, aunque la sesi&oacute;n no fue un gran   &eacute;xito; en la reuni&oacute;n cada uno plante&oacute; sus dudas sobre el   sentido com&uacute;n del otro.</p>     <p>Entre   tanto, dos funcionarios clave de Washington, Marriner Eccles, el muy competente   banquero de Utah, que llegar&iacute;a a ser jefe de la Junta de Reserva   Federal, y Lauchlin Currie, un reciente profesor de Harvard que era su director   adjunto de investigaciones y luego consejero econ&oacute;mico de Roosevelt (y,   a&uacute;n m&aacute;s tarde, destacada v&iacute;ctima de la persecuci&oacute;n   de McCarthy), hab&iacute;an llegado por su cuenta a conclusiones similares a   las de Keynes sobre la orientaci&oacute;n apropiada de la pol&iacute;tica   fiscal. Cuando <i>La teor&iacute;a general</i> apareci&oacute;<i>,</i> ambos la   interpretaron como una confirmaci&oacute;n de la orientaci&oacute;n que   hab&iacute;an propuesto. Currie, brillante economista y profesor, era   tambi&eacute;n un calificado e influyente int&eacute;rprete de las ideas en la   comunidad de Washington. No es frecuente que nuevas e importantes ideas sobre   la econom&iacute;a entren a un Gobierno por medio de su banco central. Nadie   deber&iacute;a inquietarse. No existe el m&aacute;s leve indicio de que alguna   vez volver&aacute; a suceder<a name=nu1></a><sup><a href="#num1">1</a></sup>. </p>     <p>Paralelamente   a la obra de Keynes de los a&ntilde;os treinta y rivalizando en importancia, aunque   no en fama, apareci&oacute; la de Kuznets y un grupo de j&oacute;venes   economistas y estad&iacute;sticos de la Universidad de Pennsylvania, de la   Oficina Nacional de Investigaci&oacute;n Econ&oacute;mica (NBER) y del   Departamento de Comercio de Estados Unidos, que desarrollaron desde su comienzo   los conceptos hoy familiares de ingreso nacional y producto interno bruto y sus   componentes, y calcularon sus valores. Entre esos componentes se   inclu&iacute;an el ahorro, la inversi&oacute;n, el ingreso disponible agregado   y las dem&aacute;s magnitudes de las que hablaba Keynes. Como resultado, los   que traduc&iacute;an las ideas de Keynes en acciones ahora pod&iacute;an saber   no solo lo que hab&iacute;a que hacer sino tambi&eacute;n cu&aacute;nto. Y   muchos que nunca hab&iacute;an sido convencidos por las abstracciones   keynesianas fueron obligados a creer por las cifras concretas de Kuznets y de   sus imaginativos colegas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Sin   embargo, la trompeta que sonaba en Cambridge, Inglaterra &#8211;si la   met&aacute;fora es permisible para este libro particular-, se escuch&oacute;   m&aacute;s claramente en Cambridge, Massachusetts. Harvard fue la principal   v&iacute;a de entrada de las ideas de Keynes a Estados Unidos. Los   conservadores se preocupan porque las universidades son centros de innovaciones   inquietantes. Sus temores pueden ser exagerados pero as&iacute; ocurri&oacute;.</p>     <p>A finales   de los a&ntilde;os treinta, Harvard ten&iacute;a una gran comunidad de   j&oacute;venes economistas, muchos de los cuales se manten&iacute;an   all&iacute; debido a la escasez de empleos que Keynes buscaba remediar.   Ten&iacute;an la confianza, normal a su edad, en su capacidad para rehacer el mundo   y, a diferencia de generaciones menos afortunadas, la oportunidad.   Tambi&eacute;n ten&iacute;an indicios ocupacionales de lo que se necesitaba. El   desempleo masivo persist&iacute;a a&ntilde;o a a&ntilde;o. Era degradante   seguir diciendo a los j&oacute;venes que esta no era m&aacute;s que una   desviaci&oacute;n temporal de la regla del pleno empleo y que lo &uacute;nico   que se necesitaba era conseguir las reducciones de salarios necesarias. </p>     <p>Paul   Samuel son, que despu&eacute;s ense&ntilde;&oacute; econom&iacute;a a toda una   generaci&oacute;n y que casi desde el comienzo fue reconocido como l&iacute;der   de la joven comunidad keynesiana, compar&oacute; el entusiasmo de los   j&oacute;venes economistas, cuando apareci&oacute; el libro de Keynes, con el   de Keats cuando ley&oacute; por primera vez el<i> Homero</i> de Chapman.   Algunos se preguntar&aacute;n si los economistas son capaces de una   emoci&oacute;n tan refinada, pero lo cierto es que el efecto fue grande.   All&iacute; estaba el remedio para el desespero que se ve&iacute;a desde los   patios de Harvard. No era derrocar el sistema sino salvarlo. Para el que no era   revolucionario parec&iacute;a demasiado bueno para ser verdad. Para el   revolucionario ocasional era verdad. La vieja econom&iacute;a se   ense&ntilde;aba en el d&iacute;a, pero en la noche, y casi todas las noches   desde 1936 en adelante, casi todos los miembros de la comunidad de Harvard   discut&iacute;an a Keynes.</p>     <p>Esta   podr&iacute;a haber seguido siendo una discusi&oacute;n acad&eacute;mica.   As&iacute; como la Biblia y Marx, la oscuridad estimulaba el debate abstracto. </p>     <p>Pero en   1938, los instintos pr&aacute;cticos que a veces los economistas logran   reprimir fueron catalizados por la llegada de Alvin H. Hansen a Cambridge,   desde Minnesota. Entonces ten&iacute;a unos cincuenta a&ntilde;os, era un buen   profesor y un colega popular. Pero, sobre todo, era un hombre para el que las   ideas econ&oacute;micas no se pod&iacute;an separar del uso.</p>     <p>La   mayor&iacute;a de los economistas de reputaci&oacute;n bien establecida   rechazaban a Keynes. Ante la opci&oacute;n de cambiar de manera de pensar o   demostrar que no hay necesidad de cambiar, casi todos optan por la segunda   opci&oacute;n. As&iacute; sucedi&oacute; entonces. Hansen ten&iacute;a buena   reputaci&oacute;n y opt&oacute; por cambiar su manera de pensar. Aunque   hab&iacute;a criticado severamente algunas proposiciones centrales del<i> Tratado del dinero,</i> una obra inmediatamente anterior, y al comienzo   mostr&oacute; poco entusiasmo por<i> La teor&iacute;a general,</i> muy pronto   qued&oacute; convencido de la importancia de Keynes.</p>     <p>Empez&oacute;   a exponer las ideas en libros, art&iacute;culos y conferencias, y a aplicarlas   en el contexto estadounidense. Persuadi&oacute; a sus estudiantes y a sus   colegas m&aacute;s j&oacute;venes de que no solo deb&iacute;an entender esas   ideas, sino lograr que otros las entendieran y despu&eacute;s pasar a la   acci&oacute;n. Sin buscarlo o ser muy consciente del hecho, se convirti&oacute;   en l&iacute;der de una cruzada. A finales de los a&ntilde;os treinta, el   seminario de Hansen en la nueva Escuela Superior de Administraci&oacute;n   P&uacute;blica de Harvard era visitado regularmente por autoridades de   pol&iacute;tica de Washington. A menudo los estudiantes llenaban los pasillos.   Se sent&iacute;a que era lo m&aacute;s importante que estaba ocurriendo en el   pa&iacute;s, y quiz&aacute;s as&iacute; haya sido.</p>     <p>De   regreso, los funcionarios llevaban a Washington las ideas de Hansen y,   quiz&aacute; a&uacute;n m&aacute;s, su sentido de convicci&oacute;n. Con el   tiempo, hubo tambi&eacute;n una fuerte migraci&oacute;n de sus estudiantes y   j&oacute;venes colegas a la capital. Entre muchos otros, Richard Gilbert,   despu&eacute;s principal arquitecto del desarrollo econ&oacute;mico del   Pakist&aacute;n, y que era confidente de Harry Hopkins; Richard Musgrave, despu&eacute;s   en Princeton y otras universidades, que volvi&oacute; a Harvard y aplic&oacute;   las ideas de Keynes y Hansen al sistema fiscal; Alan Sweezy, del Instituto de   Tecnolog&iacute;a de California, que fue a la Reserva Federal y a la WPA (Works   Progress Administration); George Jaszi, que fue al Departamento de Comercio; G.   Griffith Johnson, que se desempe&ntilde;&oacute; en la Tesorer&iacute;a, la   Junta de Seguridad Nacional y la Casa Blanca; y Walter Salant, despu&eacute;s   en la Brookings Institution, quien tuvo cargos influyentes en varias agencias   federales. Keynes escribi&oacute; con admiraci&oacute;n sobre este grupo de   j&oacute;venes disc&iacute;pulos de Washington.</p>     <p>Las   discusiones, que empezaron en Cambridge, durante los a&ntilde;os de guerra   continuaron en Washington, donde entonces se desempe&ntilde;aban muchos de los   primeros participantes. Uno de los m&aacute;s destacados, amigo &iacute;ntimo   de Hansen pero sin otra relaci&oacute;n con el grupo de Harvard, era Gerhard   Colm, de la Oficina del Presupuesto. Colm, refugiado alem&aacute;n, hizo la   transici&oacute;n de un cargo influyente en Alemania a uno de gran   responsabilidad en el gobierno de Estados Unidos en un lapso de cinco   a&ntilde;os. Tuvo un importante papel en la traducci&oacute;n de las   proposiciones keynesianas a c&aacute;lculos viables de costos y cantidades. La   pol&iacute;tica keynesiana lleg&oacute; a ser esencial en lo que se   llam&oacute; planificaci&oacute;n de posguerra y en los planes para evitar la   reaparici&oacute;n del desempleo masivo.</p>     <p>Mientras   tanto, otros se dirig&iacute;an a una audiencia m&aacute;s amplia. Seymour   Harris, otro colega de Hansen y uno de los primeros conversos, se   convirti&oacute; en el exponente m&aacute;s prol&iacute;fico de las ideas de Keynes   antes de llegar a ser uno de los acad&eacute;micos m&aacute;s prol&iacute;ficos   de los tiempos modernos. Public&oacute; media docena de libros sobre Keynes y   sintetiz&oacute; sus ideas en centenares de cartas, discursos, memorandos,   declaraciones en el Congreso y art&iacute;culos. El profesor Samuelson, ya   mencionado, plasm&oacute; las ideas keynesianas en el que lleg&oacute; a ser el   texto de econom&iacute;a m&aacute;s influyente despu&eacute;s de la   &uacute;ltima gran exposici&oacute;n del sistema cl&aacute;sico, de Alfred   Marshall. Lloyd Metzler, de la Universidad de Chicago, aplic&oacute; el sistema   keynesiano al comercio internacional. Lloyd G. Reynolds reuni&oacute; un   talentoso grupo de j&oacute;venes economistas en Yale e hizo de esta   universidad un importante centro de discusi&oacute;n de las nuevas ideas. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Pero la   influencia de Harvard no se limit&oacute; a Estados Unidos. Casi al mismo   tiempo del arribo de<i> La teor&iacute;a general</i> a Cambridge,   Massachusetts, lleg&oacute; tambi&eacute;n un joven graduado canadiense llamado   Robert Bryce. Reci&eacute;n llegado de Cambridge, Inglaterra, donde   asisti&oacute; al seminario de Keynes, ten&iacute;a licencia especial para explicar   lo que Keynes quer&iacute;a decir en sus pasajes m&aacute;s oscuros. Con otros   graduados canadienses, Bryce fue Ottawa, donde ocup&oacute; una serie de cargos   importantes hasta llegar a viceministro de Finanzas. Canad&aacute; fue   quiz&aacute; el primer pa&iacute;s que se comprometi&oacute; inequ&iacute;vocamente   con una pol&iacute;tica econ&oacute;mica keynesiana.</p>     <p>Con ayuda   de los acad&eacute;micos keynesianos, algunos hombres de negocios llegaron a   interesarse. Dos industriales de Nueva Inglaterra, Henry S. Dennison, de la   Dennison Manufacturing Company de Framingham, Massachusetts, y Ralph Flanders,   de la Jones and Lamson Machine Company de Springfield, Vermont (m&aacute;s   tarde senador de Estados Unidos por Vermont), contrataron miembros del grupo de   Harvard para que les expusieran sus ideas. Antes de la guerra, las hab&iacute;an   respaldado en un libro, al que tambi&eacute;n contribuyeron Lincoln Filene, de   Boston, y Morris E. Leeds, de Filadelfia, titulado<i> Hacia el pleno empleo</i>,   apenas m&aacute;s legible pero menos le&iacute;do que Keynes<a name=nu2></a><sup><a href="#num2">2</a></sup>. En los &uacute;ltimos a&ntilde;os de la guerra, el Comit&eacute;   de Desarrollo Econ&oacute;mico (CED), dirigido en estos asuntos por Franders y   Beardsley Ruml, y de nuevo con la ayuda de los acad&eacute;micos keynesianos,   empez&oacute; a evangelizar a la comunidad de los negocios.</p>     <p>En   Washington, durante la guerra, la Asociaci&oacute;n de Planeaci&oacute;n   Nacional (NPA) fue un centro de discusi&oacute;n acad&eacute;mica de las ideas   keynesianas. Al final de la guerra, Hans Christian Sonne, un banquero   imaginativo y liberal de Nueva York, empez&oacute; a apoyar a la NPA y a las   ideas keynesianas. Junto al CDE, donde Sonne tambi&eacute;n ten&iacute;a   influencia, la NPA se convirti&oacute; en un importante instrumento para   explicar la pol&iacute;tica al p&uacute;blico en general. (En el oto&ntilde;o   de 1949, en un ejercicio que combin&oacute; la imaginaci&oacute;n con una rara   diplomacia, Sonne reuni&oacute; a una docena de economistas de diferentes   tendencias en Princeton, y los persuadi&oacute; para que firmaran una   aprobaci&oacute;n espec&iacute;fica de pol&iacute;ticas fiscales keynesianas.   El acuerdo luego fue reportado al Congreso, en sesiones que tuvieron mucha   publicidad, por Arthur Smithies, de Harvard, y Simeon Leland, de Northwestern   University.</p>     <p>En 1946,   diez a&ntilde;os despu&eacute;s de la publicaci&oacute;n de<i> La teor&iacute;a     general, </i>la Ley de Empleo de ese a&ntilde;o le dio al sistema keynesiano un   apoyo matizado pero expl&iacute;cito. Reconoc&iacute;a que, como hab&iacute;a   propugnaba Keynes, el paro y el desempleo y la producci&oacute;n insuficientes   respond&iacute;an ante una pol&iacute;tica positiva. No dec&iacute;a mucho   sobre las medidas espec&iacute;ficas pero afirmaba claramente la   responsabilidad del gobierno federal para actuar de alg&uacute;n modo. El   Consejo de Asesores Econ&oacute;micos se convirti&oacute;, a su vez, en una   plataforma para exponer el punto de vista keynesiano sobre la econom&iacute;a y   pronto lo puso en pr&aacute;ctica. Leon Keyserling, miembro fundador y   despu&eacute;s su presidente, fue un defensor infatigable de esas ideas. Y en   una etapa muy temprana entendi&oacute; la importancia de ampliarlas para que no   solo abarcaran la prevenci&oacute;n de la depresi&oacute;n sino tambi&eacute;n   el mantenimiento de una tasa adecuada de expansi&oacute;n econ&oacute;mica.   As&iacute;, la revoluci&oacute;n se extendi&oacute; en solo una d&eacute;cada. </p>     <p>Quienes   abrigan pensamientos de conspiraciones y complots clandestinos se   entristecer&aacute;n al saber que fue una revoluci&oacute;n sin   organizaci&oacute;n. Todos los que participaron ten&iacute;an un profundo   sentimiento de responsabilidad personal por las ideas; hab&iacute;a una variada   pero profunda urgencia de persuadir. En Washington se ten&iacute;a la fuerte   impresi&oacute;n de que los cargos econ&oacute;micos clave deb&iacute;an ser   ocupados por personas que entendieran el sistema keynesiano y que estuvieran   dispuestas a trabajar para establecerlo. En la Casa Blanca, Currie   dirig&iacute;a una oficina informal de reparto de tareas a este respecto. Pero   nadie respondi&oacute; jam&aacute;s a planes, &oacute;rdenes, instrucciones o a   una fuerza distinta de las propias convicciones. Esta fue quiz&aacute; la   caracter&iacute;stica m&aacute;s interesante de la revoluci&oacute;n   keynesiana.</p>     <p>Sin   embargo, siempre se sospech&oacute; que hab&iacute;a algo m&aacute;s. Y   hab&iacute;a algunos esfuerzos de contrarrevoluci&oacute;n. Nadie pod&iacute;a   decir que prefer&iacute;a el desempleo masivo y no a Keynes. E incluso hombres   de talante conservador optaban por esa pol&iacute;tica cuando entend&iacute;an   de qu&eacute; se trataba; algunos solo ped&iacute;an que se le cambiara de   nombre. El Comit&eacute; de Desarrollo Econ&oacute;mico, aleccionado en   sem&aacute;ntica por Ruml, nunca defendi&oacute; los d&eacute;ficits. Hablaba   m&aacute;s bien de un presupuesto que solo se equilibrar&iacute;a en   condiciones de alto empleo. Quienes objetaban a Keynes tambi&eacute;n se   ve&iacute;an invariablemente en desventaja porque no hab&iacute;an le&iacute;do   (y no pod&iacute;an leer) el libro. Era como acusar de pornograf&iacute;a al<i> Kama Sutra</i> original, sin saber s&aacute;nscrito. Pero cuando se trata de   oponerse al cambio social, hay hombres capaces de superar cualquier desventaja.</p>     <p>Como   correspond&iacute;a, el principal objeto de atenci&oacute;n era Harvard y no   Washington. En los a&ntilde;os cincuenta, un grupo de egresados maduros   cre&oacute; una organizaci&oacute;n llamada Veritas Foundation y   financi&oacute; un libro titulado<i> Keynes en Harvard</i>, que   descubri&oacute; que "Harvard era la plataforma de lanzamiento del cohete   keynesiano en Estados Unidos". Pero despu&eacute;s invalid&oacute; esta   plausible proposici&oacute;n identificando el keynesianismo con el socialismo,   el socialismo fabiano, el marxismo, el comunismo, el fascismo e incluso con el   incesto literario, t&eacute;rmino que daba a entender que un keynesiano siempre   rese&ntilde;aba las obras de otro keynesiano<a name=nu3></a><sup><a href="#num3">3</a></sup>.   Como tantos otros en situaciones similares, los autores sacrificaron sus   posibilidades de credibilidad escribiendo no para el p&uacute;blico sino para   quienes pagaban la factura. La universidad se mantuvo imperturbable y el   p&uacute;blico tristemente indiferente. El libro sigui&oacute; circulando   durante largo tiempo entre las franjas m&aacute;s reflexivas de la conservadora   John Birch Society.</p>     <p>Un asunto   menos trivial fue el de un grupo de egresados m&aacute;s influyente que   presion&oacute; para que se investigara al Departamento de Econom&iacute;a,   usando como instrumento al Comit&eacute; de Inspecci&oacute;n que revisa   anualmente la labor del Departamento en nombre de las Juntas de Gobierno. La   revoluci&oacute;n keynesiana pertenece a nuestra historia; por ello, merece   esta investigaci&oacute;n.</p>     <p>Esa   investigaci&oacute;n fue dirigida por Clarence Randall, en ese entonces ligado   indebidamente a la direcci&oacute;n de la Island Steel Company, con el apoyo de   Sinclair Weeks, importante fabricante de cremalleras, ex senador y tetrarca del   ala derecha del Partido Republicano en Massachusetts. Naturalmente, el   Comit&eacute; descubri&oacute; que Keynes ejerc&iacute;a, de hecho, una influencia   nociva en la mentalidad econ&oacute;mica de Harvard, y que el Departamento de   Econom&iacute;a se inclinaba a su favor. Como siempre, los investigadores, con   una o dos posibles excepciones, ten&iacute;an la desventaja de no haber   le&iacute;do el libro y, por tanto, no sab&iacute;an qu&eacute; atacaban. El   Departamento, incluidos los miembros m&aacute;s esc&eacute;pticos del   an&aacute;lisis de Keynes -ninguno lo aceptaba del todo, y algunos no mucho-,   rechazaron por unanimidad las conclusiones del Comit&eacute;. As&iacute; lo   hizo el presidente, James Bryant Conant, en uno de sus &uacute;ltimos actos   oficiales antes de ocupar el cargo de Alto Comisionado en Alemania en 1953.   Como consecuencia de esta controversia hubo mucha inquina entre el Departamento   y sus cr&iacute;ticos.</p>     <p>En los   a&ntilde;os siguientes hubo m&aacute;s discusiones sobre el papel de Keynes en   Harvard y otros asuntos relacionados. Pero se hicieron cada vez m&aacute;s   amables, porque los investigadores originales se vieron atrapados por uno de   esos fascinantes y parad&oacute;jicos cambios de que est&aacute; repleta la   historia de la revoluci&oacute;n keynesiana (y quiz&aacute; de todas las   dem&aacute;s). Poco despu&eacute;s de que el Comit&eacute; llegara a su   inquietante conclusi&oacute;n, lleg&oacute; al poder la Administraci&oacute;n   Eisenhower.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Mr.   Randall se convirti&oacute; entonces en asistente y asesor de la Presidencia.   Mr. Weeks fue nombrado secretario de Comercio, y casi inmediatamente se   ocup&oacute; del despido del jefe de la Oficina de Normas por la   cuesti&oacute;n de la eficacia de las sales de Glauber como aditivo de las   bater&iacute;as. Habiendo arriesgado su prestigio en la lucha contra los   cient&iacute;ficos e ingenieros de la naci&oacute;n por la cuesti&oacute;n de   si una bater&iacute;a pod&iacute;a mejorar a&ntilde;adi&eacute;ndole un laxante   (como dijo Bernard DeVoto), no se pod&iacute;a esperar que Mr. Weeks mantuviera   abierto otro frente contra los economistas de Harvard. Pero lo que era   a&uacute;n peor, &eacute;l y Mr. Randall estaban asumiendo una fuerte carga contingente   por las pol&iacute;ticas de la Administraci&oacute;n Eisenhower. Y estas, tan   pronto se desarrollaron, ten&iacute;an un tono keynesiano casi tan fuerte como   el del Departamento de Harvard.</p>     <p>El primer   presidente del Consejo de Asesores Econ&oacute;micos del presidente Eisenhower   fue Arthur F. Burns, de la Universidad de Columbia y del NBER (y despu&eacute;s   consejero y presidente de la Junta de la Reserva Federal bajo Richard Nixon).   Mr. Burns ten&iacute;a credenciales como cr&iacute;tico de Keynes. Hombre   respetable y algo anticuado, Burns redact&oacute; la introducci&oacute;n al   informe anual del NBER de 1946,titulada "La investigaci&oacute;n   econ&oacute;mica y el pensamiento keynesiano de nuestro tiempo", donde   hizo su propia interpretaci&oacute;n cr&iacute;tica del equilibrio con   desempleo keynesiano y concluy&oacute;, quiz&aacute; con acritud, que   "los impresionantes planes de acci&oacute;n del gobierno basados en la   teor&iacute;a del equilibrio de Keynes se deben ver con escepticismo".   Alvin Hansen replic&oacute; en&eacute;rgicamente.</p>     <p>Pero   aunque Burns consideraba a Keynes con escepticismo, ve&iacute;a con   antipat&iacute;a las recesiones (incluidas aquellas de las que se le   pod&iacute;a considerar responsable). En su informe de 1955, como presidente   del Consejo de Asesores Econ&oacute;micos, dijo: "Las pol&iacute;ticas   presupuestales pueden contribuir al objetivo de m&aacute;xima producci&oacute;n   asignando prudentemente los recursos,<i> primero, entre usos privados y     p&uacute;blicos;</i> y segundo, entre diversos programas del gobierno"   (las cursivas son m&iacute;as). Si Keynes hubiese le&iacute;do cuidadosamente   estas palabras -acci&oacute;n del gobierno para decidir entre gastos privado y   p&uacute;blico- habr&iacute;a aplaudido fuertemente. Y, de hecho, un vocero de   la Asociaci&oacute;n Nacional de Fabricantes dijo al Comit&eacute;   Econ&oacute;mico Conjunto que apuntaban "directamente a la   econom&iacute;a planificada y, en &uacute;ltimas, a la econom&iacute;a socializada". </p>     <p>Despu&eacute;s   de la salida de Burns, la Administraci&oacute;n Eisenhower incurri&oacute; en   un d&eacute;ficit de 9,4 mil millones de d&oacute;lares en las cuentas del   ingreso nacional durante la recesi&oacute;n de 1958. Fue, de lejos, el mayor   d&eacute;ficit en que hab&iacute;a incurrido un gobierno estadounidense en   tiempos de paz; super&oacute; el gasto total en tiempos de paz de la   Administraci&oacute;n Roosevelt en cualquier a&ntilde;o hasta 1940. Ninguna   administraci&oacute;n hab&iacute;a dado jam&aacute;s a la econom&iacute;a una   dosis tan masiva de medicina keynesiana. Con una administraci&oacute;n   republicana, dirigida por personas como Mr. Randall y Mr. Weeks que adoptaban   tales medidas, los acad&eacute;micos keynesianos de Harvard y de otras partes   dejaron de ser vulnerables. Y Keynes dej&oacute; de ser un tema de   conversaci&oacute;n diplom&aacute;tica con esos cr&iacute;ticos.</p>     <p>Los   presidentes Kennedy y Johnson siguieron lo que hoy es una pol&iacute;tica   com&uacute;n y corriente. Aconsejados por Walter Heller, un notable y   h&aacute;bil int&eacute;rprete de las ideas de Keynes, a&ntilde;adieron el   nuevo mecanismo de la reducci&oacute;n deliberada de impuestos para sostener la   demanda agregada. Y abandonaron, por fin, el lenguaje ambiguo mediante el cual   algunos defensores de las pol&iacute;ticas keynesianas combinaban la defensa de   medidas para promover el pleno empleo y el desarrollo econ&oacute;mico con   promesas de un presupuesto prontamente equilibrado. "Hemos reconocido que   es contraproducente el esfuerzo por equilibrar con demasiada prontitud nuestro   presupuesto en una econom&iacute;a que opera muy por debajo de su   potencial", dijo el presidente Johnson en su informe de 1965. </p> <hr>     <p><b>Pie de p&aacute;gina</b></p>     <p><a name=num1></a><sup><a href="#nu1">1</a></sup>Currie   no fue promovido en Harvard debido en parte a que sus ideas, que anticiparon brillantemente   a las de Keynes, se consideraron deficientemente acad&eacute;micas hasta que   Keynes las hizo respetables. La econom&iacute;a <i>es</i> muy complicada.    <br>   <a name=num2></a><sup><a href="#nu2">2</a></sup>Yo redact&eacute; el borrador.    <br>   <a name=num3></a><sup><a href="#nu3">3</a></sup>Los autores tambi&eacute;n   dec&iacute;an, alentadoramente: "se est&aacute; preparando a Galbraith   como pr&iacute;ncipe heredero del keynesismo (<i>sic</i>)".</p>  </font>      ]]></body>
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