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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4"><b>DEBATE SOBRE EL CESARISMO DEMOCR&Aacute;TICO</b></font><sup>*</sup></p>     <p align="center"><i>Eduardo Santos</i>    <br> <i>Laureano Vallenilla Lanz</i></p>     <p>* Fecha de recepci&oacute;n: 2 de octubre de 2014, fecha de aceptaci&oacute;n: 29 de octubre de 2014.</p>     <p>Sugerencia de citaci&oacute;n: Santos M., E. y Laureano Vallenilla L., &quot;Debate sobre el cesarismo democr&aacute;tico&quot;, <i>Revista de Econom&iacute;a Institucional </i>16, 31, 2014, pp. 313-330.</p>      <p align="center"><b>CESARISMO DEMOCR&Aacute;TICO</b><sup><a name="nu1"></a><a href="#num1">1</a></sup></p>     <p align="right"><i>Eduardo Santos</i></p>     <p>Prologada por don Antonio G&oacute;mez Restrepo, acaba de llegarnos de Venezuela una obra singular, salida de la pluma, muy inteligente y muy docta, de Laureano Vallenilla Lanz, y cuyo t&iacute;tulo y pie de imprenta acaso nos relevaran de todo comentario. El libro se llama <i>Cesarismo Democr&aacute;tico, </i>y est&aacute; impreso en Caracas.</p>     <p>El libro tiene un ep&iacute;grafe, con el cual su autor quiso escudarse, de antemano, ante los ataques que la tesis por &eacute;l sustentada deber&iacute;an necesariamente traerle, no tanto en su propio pa&iacute;s como en el exterior: &quot;No hay en el mundo raz&oacute;n ninguna tan poderosa que impida a un hombre de ciencia decir la verdad&quot;. El ep&iacute;grafe es bueno, y la firma que lo autoriza, que es la de Renan, completa el alcance que se le quiso dar.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Porque Renan hizo el f&eacute;rvido elogio del buen tirano. Seg&uacute;n &eacute;l, ninguna forma de gobierno ser&iacute;a superior a la de una democracia gobernada por un solo hombre. Por un hombre bueno y sabio, que sin congresos, sin ministros, sin trabas ningunas se dedicara a hacer la felicidad de su pueblo. Este elogio, es cierto, lo escribi&oacute; Renan cuando evolucion&oacute; hacia el Imperio liberal, y fue el mismo, poco m&aacute;s o menos, que sirvi&oacute; a &Eacute;mile Ollivier y a Pr&eacute;vost-Paradol para abandonar a los republicanos y acercarse a las Tuller&iacute;as. El C&eacute;sar democr&aacute;tico de Vallenilla Lanz, es sin duda un remedo del buen tirano de Renan.</p>      <p>Quisi&eacute;ramos separar la tesis sustentada por Vallenilla Lanz del lugar y la &eacute;poca en que el libro fue escrito, mas esto resulta imposible; aqu&eacute;lla es producto directo del medio y del momento. Tenemos pues que referirnos a ambas cosas.</p>     <p>El se&ntilde;or Vallenilla hace la historia de Venezuela, de sus luchas y de sus hombres, y cada episodio de la vida de aquella Rep&uacute;blica le sirve para comprobar c&oacute;mo, ayer y hoy y ma&ntilde;ana, el &quot;caudillo ha representado una necesidad social&quot;. Al iniciarse la guerra de independencia surge Bol&iacute;var, &uacute;nico hombre capaz de dominar a los dem&aacute;s caudillos y llevar adelante la lucha; despu&eacute;s de la batalla de Carabobo, se impone P&aacute;ez, &uacute;nico tambi&eacute;n capaz de contener a las turbulentas hordas de llaneros, y luego, los Monagas, Falc&oacute;n, Guzm&aacute;n Blanco, Crespo, cada uno en su hora precisa y con su misi&oacute;n providencial, para culminar -no lo dice el autor pero la deducci&oacute;n se impone- en el C&eacute;sar actual que preside desde Maracay los destinos de Venezuela.</p>     <p>La necesidad y la conveniencia del C&eacute;sar est&aacute; demostrada en el libro de Vallenilla Lanz con abundantes y doctas citas: Renan, Spencer, Robert Michels, Bougl&eacute;, O'Leary, el historiador Restrepo, todos concurren a ayudar al distinguido historiador venezolano a comprobar su tesis de que en esta Am&eacute;rica el cesarismo es la &uacute;nica forma posible de gobierno.</p>     <p>No vaya a creerse que lo de democr&aacute;tico, que se a&ntilde;ade al cesarismo, consiste en que en esta clase de gobierno se apliquen las f&oacute;rmulas usuales de la democracia. No: este cesarismo se llama democr&aacute;tico porque cualquier hijo del pueblo, por humilde e ignorante, puede llegar a ser el C&eacute;sar; o, mejor, que precisamente las clases m&aacute;s bajas de la sociedad son la madera de los c&eacute;sares. P&aacute;ez apenas sab&iacute;a leer cuando triunf&oacute; en Carabobo; Crespo nunca supo de &quot;ideolog&iacute;as&quot;, que dec&iacute;a Napole&oacute;n; el general G&oacute;mez no es precisamente un letrado. El C&eacute;sar democr&aacute;tico, no es, pues, sino el tirano de origen humilde... Es la selecci&oacute;n por lo bajo. Es la selecci&oacute;n que produjo al doctor Francia y a Estrada Cabrera.</p>     <p>&quot;El gendarme necesario&quot; se llama el cap&iacute;tulo en que Vallenilla Lanz resume las conclusiones de su obra. Veamos algunas de estas conclusiones:</p>     <blockquote>    <p>&quot;Asegurada la independencia, la preservaci&oacute;n social no pod&iacute;a encomendarse a las leyes sino a los caudillos prestigiosos&quot;. &quot;Pretender sustituir el prestigio personal del caudillo, &uacute;nica instituci&oacute;n posible en nuestro pueblo, &uacute;nico resorte poderoso de orden social, con el prestigio impersonal de la ley, de leyes que no correspond&iacute;an a condiciones de hechos ni a las modalidades propias del ambiente, ni estaban en las costumbres nacionales, fue el colmo de la imprevisi&oacute;n y del empirismo&quot;. &quot;El C&eacute;sar democr&aacute;tico, como lo observ&oacute; en Francia un esp&iacute;ritu muy sagaz, Laboulaye, es siempre el representante y el regulador de la soberan&iacute;a popular. &Eacute;l es la democracia personificada, la naci&oacute;n hecha hombre&quot;. (Laboulaye escrib&iacute;a bajo Napole&oacute;n III...).</p></blockquote>     <p>Con estas citas -y de postulados por el estilo est&aacute; lleno el libro- basta para dar al lector una idea de las tendencias que gu&iacute;an a su autor.</p>     <p>No ser&iacute;a sin duda hidalgo hacer reflexiones sobre el valor que un libro escrito en estas condiciones pueda tener, ni sobre el alcance que a semejantes teor&iacute;as, emitidas hoy en Venezuela, se les debe dar. Pero no es posible tampoco dejar que pasen en silencio estas apolog&iacute;as del cesarismo americano, cuando sobre el Continente no queda ya sino un C&eacute;sar; derribado como fue Estrada Cabrera, el otro, despu&eacute;s de veintid&oacute;s a&ntilde;os de cesarismo democr&aacute;tico.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Vallenilla Lanz justifica la necesidad del cesarismo en Venezuela, precisamente por la altivez e insumisi&oacute;n del pueblo venezolano. &quot;Aquel pueblo -el venezolano-, dice Vallenilla Lanz, no era de ning&uacute;n modo semejante a las indiadas sumisas de la Nueva Granada, del Ecuador y de Bolivia&quot;. Esto quiere decir, hablando en buen romance, que los gobiernos constitucionales no son posibles sino con indiadas sumisas. Los pueblos altivos necesitan tiranos... Paradoja inofensiva y absurda, que ser&iacute;a cruel comentar.</p>     <p>Qu&eacute;dese para Venezuela -para la Venezuela oficial, no para la gloriosa hermana muerta- este libro, que har&iacute;a muy poco honor a una democracia efectiva; qu&eacute;dense estos ensayos de cesarismo para otros pueblos, que el nuestro -el m&aacute;s independiente, el m&aacute;s digno de la Am&eacute;rica- s&iacute; ha sabido demostrar c&oacute;mo no obraron con imprevisi&oacute;n ni con empirismo lo fundadores de nuestra nacionalidad, que se apresuraron a sustituir el prestigio personal del caudillo, con el prestigio impersonal de la ley, a cuyo amparo vamos progresando lentamente, pobres quiz&aacute;, pero orgullosamente libres, sin trabas que se opongan a todas las actividades del esp&iacute;ritu, sin C&eacute;sares ni caudillos a quienes ensalzar ni temer, gozando de todas las garant&iacute;as y de todos los derechos, sin que sobre nuestra cabeza haya otra autoridad que la de la ley, igual para todos.</p>     <p>Afortunadamente el cesarismo de todos los matices, que en el fondo es uno mismo, va siendo ya cosa del pasado. Los pocos casos que, como excepciones, a&uacute;n subsisten en esta hora de liberaci&oacute;n mundial, est&aacute;n destinados a desaparecer r&aacute;pidamente.</p>     <p><b>CESARISMO DEMOCR&Aacute;TICO Y CESARISMO TEOCR&Aacute;TICO</b><sup><a name="nu2"></a><a href="#num2">2</a></sup></p>     <p align="right"><i>Laureano Vallenilla Lanz</i></p>     <p>Muy airado se me viene encima el eminente escritor colombiano, doctor Eduardo Santos, desde las columnas de su peri&oacute;dico El Tiempo, de Bogot&aacute;, con motivo de mi libro Cesarismo Democr&aacute;tico.</p>     <p>Francamente que me ha sorprendido el juicio cr&iacute;tico del distinguido publicista, que es m&aacute;s propiamente un ataque personal absolutamente inexplicable y una diatriba muy poco velada contra el actual r&eacute;gimen pol&iacute;tico de Venezuela.</p>     <p>El se&ntilde;or doctor Santos comenta y critica todo lo que en el libro se refiere a Venezuela, pero no dice una palabra sobre lo referente a Colombia. Para &eacute;l parece que no ha existido el &quot;Cesarismo Teocr&aacute;tico&quot; implantado por el doctor N&uacute;&ntilde;ez, y asienta que su pa&iacute;s es el m&aacute;s libre, el m&aacute;s digno, el m&aacute;s republicano de toda la Am&eacute;rica.</p>     <p>Yo no he escrito ese libro para criticar a Colombia ni a ning&uacute;n otro pueblo hispanoamericano. Apunto los hechos; a ellos me atengo con un criterio esencialmente positivista, y &quot;si la verdad escandaliza, que se produzca el esc&aacute;ndalo, pero que la verdad sea dicha&quot;.</p>     <p>Entre mis convicciones de historiador y de soci&oacute;logo y mis convicciones pol&iacute;ticas, no hay discrepancia de ning&uacute;n g&eacute;nero. Yo soy en el libro el mismo hombre que en la prensa, en la plaza p&uacute;blica y en el Congreso. Sostengo el r&eacute;gimen actual de Venezuela, porque estoy plenamente convencido por los resultados, de que es el &uacute;nico que conviene a nuestra evoluci&oacute;n normal; porque es el que, imponiendo y sosteniendo la paz a todo trance, est&aacute; preparando al pa&iacute;s para llenar ampliamente las dos grandes necesidades de todas estas democracias incipientes, con enormes desiertos y con poblaciones escasas y heterog&eacute;neas que carecen todav&iacute;a de h&aacute;bitos, de ideas y de aptitudes para cumplir los avanzados principios estampados en nuestras constituciones escritas: inmigraci&oacute;n europea y norteamericana (gente blanca) y oro, mucho oro para explotar nuestra riqueza y hacer efectiva la unidad nacional por el desarrollo del comercio, de las industrias y de las v&iacute;as de comunicaci&oacute;n. Y esto no se obtiene con tarasconadas ni con prensa lib&eacute;rrima para insultar al gobierno, ni con discursos incendiarios, ni con la absoluta preponderancia de la Iglesia Cat&oacute;lica. En Espa&ntilde;a existe todo eso hace muchos a&ntilde;os, y -&iexcl;todav&iacute;a! &quot;&Aacute;frica comienza en los Pirineos&quot;- y los hombres pensadores de la Madre Patria est&aacute;n clamando por la &quot;europeizaci&oacute;n&quot;. Si Colombia, bajo ese r&eacute;gimen tan semejante al de la Madre Patria y que a ellos se les antoja perfecto, estuviera a la altura de la Argentina o del Uruguay, nos convencer&iacute;amos de que ellos est&aacute;n m&aacute;s avanzados que nosotros. Las palabras del Libertador debieran estar grabadas en el cerebro de todos los hombres pol&iacute;ticos de Hispanoam&eacute;rica; el discurso de Angostura debiera ser el credo constitucional de todas estas democracias en agraz.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El doctor Santos no se da cuenta, en medio de su inexplicable exaltaci&oacute;n, de que cualesquiera que sean las circunstancias en que se publica mi libro, sus conclusiones cuadran a todos los reg&iacute;menes que han tenido Venezuela y otros pueblos de Am&eacute;rica, desde la Independencia hasta hoy, sostenidos por todos los partidos. Si esos son los hechos, &iquest;por qu&eacute; ocultarlos para seguir viviendo en la ilusi&oacute;n y en la mentira? &quot;No hay gobierno estable sin pueblo a la espalda, pensando como el gobierno mismo, sintiendo y procediendo como &eacute;l&quot;. D'Auriac acaba de escribir que todo gobierno es t&aacute;cita o expl&iacute;citamente representativo. Si en Venezuela existe el caudillo -y existir&aacute; hasta que el medio social y econ&oacute;mico se modifique-, en Colombia, mientras no suceda lo mismo, preponderar&aacute; la Iglesia Cat&oacute;lica como el m&aacute;s poderoso y eficaz fundamento del orden social; y la prensa, lib&eacute;rrima para insultar al gobierno, no se atrever&aacute; jam&aacute;s a escribir ni un solo suelto de cr&oacute;nica contra el cura m&aacute;s humilde de la m&aacute;s apartada parroquia sin incurrir en la excomuni&oacute;n. &iquest;Y qui&eacute;n tiene la culpa de eso, all&aacute; y aqu&iacute;? Las cosas son como son y no como los ide&oacute;logos quisieran que fuesen. A diferentes medios geogr&aacute;ficos, &eacute;tnicos y econ&oacute;micos corresponden necesariamente diferentes reg&iacute;menes de gobierno. Lo dem&aacute;s es situarse en los tiempos del abate Mably, &quot;cuando se consideraban las instituciones pol&iacute;ticas como moldes de fabricar pueblos&quot;. Yo preguntar&iacute;a al doctor Santos: &iquest;qui&eacute;n eligi&oacute; Presidente de la Rep&uacute;blica al doctor Su&aacute;rez? Su candidatura, a menos que la prensa liberal haya mentido, fue recomendada, o impuesta, no solamente por los Obispos de Colombia, sino por el Nuncio de Su Santidad; y como herejes fueron calificados y tratados los partidarios de Guillermo Valencia. Cosa inaudita para los venezolanos, porque ni a nuestro clero ni mucho menos al representante de la Santa Sede se les ha ocurrido jam&aacute;s inmiscuirse en nuestros asuntos internos. Y esto no es nuevo. Cuando el Arzobispo de Caracas, Dr. Ram&oacute;n Ignacio M&eacute;ndez, se neg&oacute; a jurar la Constituci&oacute;n de 1830, arrastrando en su rebeli&oacute;n a los obispos de Tr&iacute;cala y Jeric&oacute; (obispos <i>in partibus, </i>gobernadores de las Di&oacute;cesis de M&eacute;rida y Guayana), el gobierno los extra&ntilde;&oacute; del territorio; y se trataba nada menos que de dos pr&oacute;ceres de la Independencia: M&eacute;ndez y Talavera. El llanero P&aacute;ez lanz&oacute; entonces un concepto, que vale m&aacute;s que toda la Ley de Patronato Eclesi&aacute;stico:</p>     <p>-&quot;Usted, compadre- le dijo al doctor M&eacute;ndez-, est&aacute; en un error, porque usted no ha dejado de ser ciudadano por m&aacute;s que sea Arzobispo&quot;.</p>     <p>Si yo analizo fr&iacute;amente, cient&iacute;ficamente, las bases de nuestra Constituci&oacute;n efectiva, &iquest;por qu&eacute; el doctor Santos no hace lo mismo con la de su pa&iacute;s? &iquest;Por qu&eacute; no me discute y me comprueba que el r&eacute;gimen gubernativo de Colombia no es en su esencia el teocr&aacute;tico, por imposici&oacute;n del medio geogr&aacute;fico, como es individualista el de Venezuela, por la misma raz&oacute;n? &iquest;Es incierta o aventurada mi afirmaci&oacute;n de que el doctor N&uacute;&ntilde;ez, ateo, materialista, spenceriano, se ali&oacute; al Arzobispo Pa&uacute;l para acabar con la anarqu&iacute;a parroquial y caciquista, legalizada por la Constituci&oacute;n de Rionegro? A eso ha debido reducirse la cr&iacute;tica del doctor Santos y no a lanzar diatribas contra el gobierno de Venezuela y contra m&iacute;, tergiversando mis conceptos, lo cual es una falta de lealtad imperdonable en un hombre de su capacidad y de su buen juicio.</p>     <p>No cre&iacute; yo al doctor Santos tan panglossiano como la gran mayor&iacute;a de sus colegas: &quot;El pueblo de Colombia es el m&aacute;s ilustrado, el m&aacute;s libre, el m&aacute;s digno de toda la Am&eacute;rica&quot;. Y yo pregunto: &iquest;Qui&eacute;n es el pueblo de Colombia? &iquest;Ser&aacute;n las cien familias que desde la Independencia vienen figurando en el Gobierno, constituyendo las dos oligarqu&iacute;as que se han discutido el poder, llam&aacute;ndose liberales y conservadores? Todos los colombianos se envanecen diciendo que sus gobernantes han sido siempre los letrados; y yo pregunto tambi&eacute;n: sus poetas, sus gram&aacute;ticos, sus escritores, sus oradores insignes &iquest;supieron consolidar la unidad nacional? En cien a&ntilde;os de Independencia, &iquest;no han tenido tantas guerras como nosotros? Sus finanzas &iquest;han estado jam&aacute;s en mejor situaci&oacute;n que las nuestras? Sus v&iacute;as de comunicaci&oacute;n &iquest;se han multiplicado acaso? Y sobre todo, su pueblo, es decir, la masa, la gran masa, &iquest;ha sacudido definitivamente la modorra colonial, lanzando sus exponentes a las altas esferas sociales y pol&iacute;ticas? Que me se&ntilde;alen siquiera una docena de hombres surgidos de las bajas clases populares que hayan sido en Colombia Presidentes, Ministros, Diplom&aacute;ticos, etc. Y si los hubiera habido en cien a&ntilde;os, no har&iacute;an sino confirmar la existencia de un r&eacute;gimen olig&aacute;rquico, aristocr&aacute;tico, herm&eacute;tico, apoyado en el clero o cayendo en la anarqu&iacute;a y en la dictadura, cuando han tratado de destruirlo. &iquest;D&oacute;nde est&aacute;, entonces, esa democracia selectiva de que tanto se envanecen los colombianos? Hasta hombres eminentes, escritores ilustres que aqu&iacute; hemos conocido, no han llegado, ni llegar&aacute;n jam&aacute;s, a ocupar determinadas posiciones, porque no son de buena familia. Me replicar&aacute;n con la condici&oacute;n humilde del doctor Su&aacute;rez, y &iquest;no se la est&aacute;n enrostrando constantemente, irrespetando a ese venerable anciano, a ese pensador ilustre que tanto honor hace a su patria?</p>     <p>Cosa distinta ha sucedido en Venezuela, donde nadie podr&aacute; negar, porque los hechos est&aacute;n a la vista, que al mismo tiempo que exponentes pol&iacute;ticos, nuestro pueblo ha lanzado a la superficie social, engrosando las clases dirigentes, elementos intelectuales de primer orden y de ning&uacute;n modo inferiores a los de cualquier otro pueblo de Am&eacute;rica. Desde la Independencia hasta hoy han surgido hasta de las m&aacute;s bajas capas populares un gran n&uacute;mero de escritores, periodistas, oradores, literatos, poetas, m&eacute;dicos, abogados, ingenieros, sacerdotes eminentes, que han venido de abajo, de muy abajo, dando m&aacute;s lustre a la patria que la mayor&iacute;a de los se&ntilde;oritos de buena familia, incapaces de cerrar el paso a esos hijos leg&iacute;timos de nuestra democracia informe y turbulenta, pero vibrante del mismo coraje que realiz&oacute; las grandes haza&ntilde;as de la Emancipaci&oacute;n hispanoamericana... Fresco, como hecho de ayer, est&aacute; el retrato trazado por el historiador espa&ntilde;ol Don Mariano Torrente, cuando dijo que Venezuela hab&iacute;a producido &quot;los hombres m&aacute;s pol&iacute;ticos y osados, los m&aacute;s emprendedores y esforzados, los m&aacute;s viciosos e intrigantes, y los m&aacute;s distinguidos por el precoz desarrollo de sus facultades intelectuales. La viveza de estos naturales compite con su voluptuosidad, el genio con la travesura, el disimulo con la astucia, el vigor de la pluma con la precisi&oacute;n de los conceptos, el est&iacute;mulo de la gloria con la ambici&oacute;n de mando, y la sagacidad con la malicia&quot;. Algunos tonos de sombra un poco fuertes tiene el retrato, pero nadie podr&aacute; negarle el parecido.</p>     <p>El doctor Santos no ha le&iacute;do o no ha querido leer mi libro, desde luego que me atribuye un criterio providencialista del que carezco en absoluto. Si yo fuese colombiano, ya habr&iacute;an ca&iacute;do sobre mi pobre humanidad, desde hace mucho tiempo, todas las excomuniones posibles.</p>     <p>Tambi&eacute;n quiere ense&ntilde;arme el escritor lo que es <i>democracia, </i>cuando yo niego, francamente, que nuestro pueblo sea a&uacute;n <i>dem&oacute;crata </i>en la acepci&oacute;n cient&iacute;fica del vocablo. Aqu&iacute; no ha habido hasta hoy, por causas que se hallan analizadas en el libro, sino una selecci&oacute;n <i>au rebours </i>y soy el primero que lo ha dicho: &quot;La rebeli&oacute;n que comenz&oacute; como un juego de ni&ntilde;os, dirigida por las manos finamente enguantadas del Marqu&eacute;s del Toro, viene a terminar sobre una gran charca de sangre y un inmenso mont&oacute;n de ruinas, como un potro cerril bajo la mano &aacute;spera y brutal del llanero P&aacute;ez. Desde entonces la pir&aacute;mide qued&oacute; definitivamente invertida&quot; (p. 298). Entonces, &iquest;qu&eacute; pretende ense&ntilde;arme a m&iacute; el doctor Eduardo Santos? La evoluci&oacute;n ha sido all&aacute; distinta. Es la colonia pura y limpia la que ha evolucionado con una lentitud desesperante, y me atengo al testimonio de los hombres m&aacute;s eminentes de Colombia: al del doctor Carlos Restrepo, por ejemplo, que as&iacute; acaba de afirmarlo con gran esc&aacute;ndalo de los <i>panglossianos.</i></p>     <p>El doctor Santos, como Max Grillo, me provoca a sostener pol&eacute;mica de insultos; ambos pretenden que yo sienta, como la mayor&iacute;a de los liberales colombianos, esa fobia que les arrastra constantemente a insultar a Venezuela. &iexcl;No! Yo no siento ni odio ni prevenci&oacute;n contra la antigua Nueva Granada. Admiro, por el contrario, a sus grandes hombres, sin distinci&oacute;n de partidos; constantemente estoy leyendo libros y peri&oacute;dicos colombianos; soy quiz&aacute;, y sin quiz&aacute;, el venezolano que m&aacute;s ha procurado estudiar su evoluci&oacute;n y su historia; y cuento con la amistad de muchos de sus hombres notables, que no pueden verse entre s&iacute;. De colombianos he recibido los m&aacute;s entusiastas aplausos por mis modestas labores intelectuales y el doctor es uno de ellos.</p>     <p>La tarea a que quieren conducirme esos se&ntilde;ores ser&iacute;a para m&iacute; facil&iacute;sima. Me bastar&iacute;a copiar, sin m&aacute;s comentarios, todos los insultos que se han prodigado los unos a los otros; los ultrajes sin tasa ni medida que se han lanzado todos los partidos, y desgraciadamente no quedar&iacute;a en Colombia, desde la Independencia hasta hoy, una sola reputaci&oacute;n en pie, un solo gobernante patriota y honrado, ni un solo hombre p&uacute;blico que no fuera a lo menos un ladr&oacute;n, un criminal y un traidor. &iexcl;Ventajas inapreciables de la libertad absoluta de la prensa!</p>     <p>Pero la serenidad de criterio, la ausencia de prejuicios y de pasiones a que he llegado a fuerza de estudio y de observaci&oacute;n (&quot;Usted tiene la grand&iacute;sima ventaja -me dec&iacute;a una vez P&eacute;rez Triana en carta que conservo- de ver y juzgar todas las cosas pol&iacute;ticas en <i>historien&quot;) </i>me alejan de ese ambiente en que toda curiosidad cient&iacute;fica desaparece. Yo no concibo al bacteri&oacute;logo que odie a unos microbios y sienta amor por otros... Hay que estudiarlos, analizarlos, seguirlos en su evoluci&oacute;n, sin otra pasi&oacute;n, sin otro inter&eacute;s que los de extraer de la observaci&oacute;n toda la utilidad posible en bien de la humanidad; y es tambi&eacute;n &eacute;sta la misi&oacute;n del historiador y del soci&oacute;logo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Estudiemos nuestras sociedades a la luz de la ciencia y no a la del dogmatismo pol&iacute;tico. Desgraciadamente la educaci&oacute;n cat&oacute;lica de los colombianos les impide todav&iacute;a seguir las huellas de Samper o de Rafael N&uacute;&ntilde;ez. All&aacute; el dogmatismo pol&iacute;tico se confunde con el dogmatismo religioso y ya lo observ&oacute; ahora poco el eminente periodista ingl&eacute;s Cunninghame Graham en art&iacute;culo publicado en <i>El Nuevo Tiempo, </i>tomado de <i>The Daily Gleaner, </i>de Kingston: &quot;Para que Colombia se desarrolle y entre de lleno en el camino de la civilizaci&oacute;n, se hace preciso que los asuntos pol&iacute;ticos y religiosos queden completamente separados&quot;. Hasta los jacobinos de Rionegro no fueron sino dogm&aacute;ticos o fan&aacute;ticos al rev&eacute;s.</p>     <p>El doctor Santos se manifiesta mortificado por tener que juzgar mi libro de acuerdo con el medio y el momento en que ha sido escrito. &iquest;Y de qu&eacute; otra manera se puede juzgar a conciencia una obra literaria conforme a los m&eacute;todos modernos? &iquest;Se olvid&oacute;, acaso, el eminente publicista colombiano de la <i>Introducci&oacute;n a la historia de la literatura inglesa </i>de Taine? &iquest;Por qu&eacute;, entonces, esas disculpas que nadie le est&aacute; pidiendo? Juzgue mi libro aplicando la teor&iacute;a de herencia, medio y momento y lo har&aacute; mucho mejor que indign&aacute;ndose con mis conclusiones, para exhibirse ante sus compatriotas y copartidarios, por necesidad de pol&iacute;tica dom&eacute;stica y oportunista, muy explicable, como el m&aacute;s fiel guardador del sacro fuego republicano: algo as&iacute; como una vestal de levita y sombrero de copa. No se preocupe el doctor Santos. En mi libro encontrar&aacute;, si lo lee sin prevenciones y sin dogmatismos enciclopedistas, todos los elementos necesarios para hacer un juicio exacto de acuerdo con la teor&iacute;a tainiana. Y ver&aacute;, que si en Venezuela, durante todo el periodo de nuestra vida nacional, la herencia, el medio, y el momento han determinado la preponderancia y el reconocimiento del Jefe &Uacute;nico, como la base primordial del orden social y de la fusi&oacute;n de la nacionalidad por la unificaci&oacute;n de los elementos dispersos que nos dej&oacute; en herencia la colonia y m&aacute;s tarde la guerra de la Independencia, all&aacute;, en la antigua Nueva Granada, por las mismas causas de herencia, medio y momento, ha sido el r&eacute;gimen teocr&aacute;tico el &uacute;nico resorte eficaz que mantiene el orden, el apoyo m&aacute;s poderoso con que cuenta el Estado: el &uacute;nico poder unificador. La historia de Colombia comprueba que cuando el radicalismo inconsciente trat&oacute; de arruinar ese poder conservador, se desat&oacute; sobre aquella tierra la m&aacute;s espantosa anarqu&iacute;a, el desorden m&aacute;s absoluto, confesado y lamentado por los hombres m&aacute;s eminentes del partido liberal; y s&oacute;lo pudo volver a su marcha ordenada cuando el doctor N&uacute;&ntilde;ez reaccion&oacute; en favor de aquel poder representado por el Arzobispo de Bogot&aacute;, que constitu&iacute;a entonces, en medio del desastre, la &uacute;nica cabeza visible de la unidad nacional.</p>     <p>Yo no pretendo dar recetas de pol&iacute;tica; lo que s&iacute; aseguro es que la sociedad tiene, antes que todo, el derecho de vivir; que no vive sino en un ambiente de orden y de regularidad y que todo pueblo genera, de acuerdo con su idiosincrasia, el poder capaz de crear y mantener aquel ambiente. Aqu&iacute; es la preponderancia de un hombre representativo -el abreviado de Spencer-, ll&aacute;melo el doctor Santos tirano, d&eacute;spota, aut&oacute;crata caudillo, cuesti&oacute;n s&oacute;lo de nombre; en Colombia es la Iglesia Cat&oacute;lica, Apost&oacute;lica y Romana, unida estrechamente al gobierno, pero m&aacute;s fuerte, m&aacute;s influyente, m&aacute;s identificada con el pueblo que el gobierno mismo, porque los instintos pol&iacute;ticos del pueblo colombiano son teocr&aacute;ticos; y yo continuar&eacute; afirm&aacute;ndolo mientras el estado social y pol&iacute;tico de Colombia no var&iacute;e, y Su Se&ntilde;or&iacute;a Ilustr&iacute;sima el Arzobispo de Bogot&aacute; no deje de ser como hasta ahora el gran elector de la Rep&uacute;blica. Comprueben lo contrario; pero, eso s&iacute;, despoj&aacute;ndose de esa iracundia, de esa procacidad que les es caracter&iacute;stica, de esa <i>venezolanofobia; </i>mojando la pluma en el tintero y no en el h&iacute;gado.</p>     <p>El doctor Santos hace muy bien en no pretender &quot;separar mi tesis del lugar y la &eacute;poca en que fue escrita&quot;, porque nada lo autoriza a hacer esa separaci&oacute;n; y nunca ha estado m&aacute;s en raz&oacute;n que cuando afirma que mi tesis &quot;es producto directo del medio y del momento&quot;. Por eso es mi libro, un libro de verdad y de sinceridad. Yo compruebo, con la historia en la mano, que el caudillo ha representado entre nosotros &quot;una necesidad social&quot;; pero procede de mala fe el doctor Santos al atribuirme el concepto de que esa constituci&oacute;n es inmutable. Yo creo firmemente en las leyes de la evoluci&oacute;n; creo que las sociedades son organismos en un todo asimilables a los organismos animales y sometidos a leyes an&aacute;logas; creo que las constituciones no son obras artificiales; creo que ellas se hacen por s&iacute; solas, porque no son sino expresiones de un estado social y por consiguiente cambiantes como la sociedad misma.</p>     <p>Yo lo digo claramente en las p&aacute;ginas 256 y 257 de ese libro que el escritor colombiano ha tenido la peregrina ocurrencia de condenar sin haberlo le&iacute;do:</p>     <blockquote>    <p>Por lo dem&aacute;s, es bien sabido que ning&uacute;n sistema de gobierno, ninguna constituci&oacute;n puede ser permanente e inmutable. Todos son transitorios, cambiantes como la sociedad misma, sometida de igual modo que todo organismo a las leyes de la evoluci&oacute;n. Un investigador tan serio y tan justo como Taine, ha demostrado que muchas de las cosas que en el sistema democr&aacute;tico se consideran como ciertas y definitivamente establecidas, no tienen sino el car&aacute;cter de una experiencia y de un ensayo.</p>     <p>El caudillismo disgregativo y an&aacute;rquico que surgi&oacute; en la guerra de la Independencia y que el Libertador domin&oacute; y utiliz&oacute; en favor de la emancipaci&oacute;n de Hispanoam&eacute;rica, estableciendo desde entonces en Venezuela lo que han llamado los soci&oacute;logos solidaridad mec&aacute;nica por el engranaje y subordinaci&oacute;n de los peque&ntilde;os caudillos en torno al caudillo central representante de la unidad nacional, y fundada en el compromiso individual, en la lealtad del hombre al hombre, no se transforma sino muy lentamente en solidaridad org&aacute;nica, cuando el desarrollo de todos los factores que constituyen el progreso moderno vaya imponiendo al organismo nacional nuevas condiciones de existencia y por consiguiente nuevas formas de derecho pol&iacute;tico.</p></blockquote>      <p>Modificando el medio social por el desarrollo econ&oacute;mico, por la multiplicaci&oacute;n de las carreteras y de las v&iacute;as f&eacute;rreas, por el saneamiento, por la inmigraci&oacute;n de gente europea, es decir, haciendo lo que se est&aacute; haciendo en Venezuela desde hace doce a&ntilde;os al amparo de un gobierno fuerte, dirigido por un hombre de estado, por un patriota consciente de sus deberes, quien como otros grandes caudillos de Am&eacute;rica representa la encarnaci&oacute;n misma del poder y mantiene la paz, el orden, la regularidad administrativa, el cr&eacute;dito interior y exterior, estamos preparando el pa&iacute;s para llegar a la situaci&oacute;n en que se hallan hoy otros pueblos de nuestra misma estructura geogr&aacute;fica, los cuales, atravesando las mismas vicisitudes y sometidos tambi&eacute;n a reg&iacute;menes absolutamente semejantes a los nuestros, han encontrado al fin el camino que los va conduciendo a la pr&aacute;ctica de los principios democr&aacute;ticos escritos en las constituciones desde los primeros d&iacute;as de su vida independiente. S&iacute;, se&ntilde;or. Yo creo, como Renan y como el Libertador, en el &quot;buen tirano&quot;; y lo digo no veladamente ni con eufemismos impropios de mi car&aacute;cter; y bien convencido estoy, como el gran fil&oacute;sofo franc&eacute;s, de que &quot;Calib&aacute;n, en el fondo, nos presta mayores servicios que Pr&oacute;spero, apoyado por los jesuitas y por los zuavos pontificios&quot;.</p>     <p><b>SOBRE LAS TEOR&Iacute;AS DEL SE&Ntilde;OR VALLENILLA LANZ</b><sup><a name="nu3"></a><a href="#num3">3</a></sup></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="right"><i>Eduardo Santos</i></p>     <p align="right"><i>El verdadero objeto del mundo es el desarrollo del esp&iacute;ritu, y la primera condici&oacute;n para el desarrollo del esp&iacute;ritu, es la libertad.</i></p>     <p align="right">Ernesto Renan</p>     <p>La situaci&oacute;n de Venezuela, en donde lo que el se&ntilde;or Vallenilla Lanz llama &quot;el buen tirano'' ha suprimido desde hace muchos a&ntilde;os y de modo radical, la expresi&oacute;n de toda opini&oacute;n adversa al r&eacute;gimen pol&iacute;tico existente, ha dividido a la intelectualidad venezolana en dos bandos bien caracterizados: unos, que fuera de la patria protestan airados, y hacen de su prosa encendida un instrumento de venganza; y otros que, resignados a no ejercer derecho alguno de cr&iacute;tica, y comprando las garant&iacute;as necesarias con la sumisi&oacute;n y el elogio, se dedican dentro de su pa&iacute;s a cultivar su inteligencia, recorriendo complacidos los campos neutrales del buen estilo, de la erudici&oacute;n literaria o hist&oacute;rica, del pensamiento sutil y refinado, que se nutre en fuentes europeas y cierra los ojos a todas las tristezas y a todas las dolencias actuales para refugiarse en temas que no ofrezcan peligro. De ah&iacute; el cultivo de la historia, que cuenta en Venezuela con verdaderos maestros; de ah&iacute; ese deseo de vivir en el pasado o en el futuro, para huir del doloroso presente, y si a &eacute;ste es preciso llegar, escritores de tanto talento y de tan admirable preparaci&oacute;n intelectual como el se&ntilde;or Vallenilla Lanz, lo hacen abord&aacute;ndolo por sobre paradojas de sociolog&iacute;a violentada; convirtiendo en teor&iacute;a lo que es un hecho brutal, tejiendo con su prosa erudita una doctrina filos&oacute;fica que encubra la desnudez del machete, como esa del &quot;Cesarismo Democr&aacute;tico&quot; del se&ntilde;or Vallenilla Lanz, nueva forma del elogio, tentativa interesante para dar pensamiento y raz&oacute;n a la fuerza ciega de los guerreros andinos.</p>     <p>&iquest;C&oacute;mo discutir con los intelectuales venezolanos la situaci&oacute;n de su patria? Colocados por hechos implacables en los extremos opuestos, un escritor imparcial que quiera conocer la verdad o aprisionar siquiera uno de sus aspectos fugitivos, no hallar&aacute; en ellos sino la voz tr&eacute;mula del turiferario, de un lado y del otro, el grito ronco del odio, la pasi&oacute;n de la v&iacute;ctima que pide m&aacute;s que justicia, venganza. El se&ntilde;or Vallenilla, refiri&eacute;ndose a la actual situaci&oacute;n de su pa&iacute;s, habla, entusiasmado, de su &quot;Gobierno fuerte, presidido por un hombre de Estado, por un patriota consciente de sus deberes&quot;... El se&ntilde;or Bruzual L&oacute;pez, desde su destierro de Nueva York, nos env&iacute;a su airada protesta &quot;contra esa odiosa dictadura de alpargata que hoy soporta la desdichada Venezuela&quot;. Y ser&iacute;a en vano buscar entre estos dos opuestos conceptos alg&uacute;n t&eacute;rmino medio. Quiz&aacute; el criterio de aproximada verdad lo dar&iacute;a solo el silencio de los escritores que yacen en las oscuras c&aacute;rceles de Caracas o en el Castillo de San Carlos.</p>     <p>&iquest;C&oacute;mo podr&iacute;a un escritor imparcial y sereno discutir con esos intelectuales la situaci&oacute;n de su patria, si los unos no pueden verla sino con ojos de sacrificados, desde el destierro, o con el recuerdo del atropello vivo en sus mentes; y los otros con alma de apologistas sistem&aacute;ticos, que tienen en el ditirambo y el aplauso sus &uacute;nicas garant&iacute;as eficaces, y que no desean dejar esos refugios para ir tras de la verdad o el derecho?</p>     <p>Por nuestra parte, nos parecer&iacute;a esa pol&eacute;mica in&uacute;til y hasta poco hidalga. Nosotros podr&iacute;amos, discutiendo con el se&ntilde;or Vallenilla Lanz, analizar sin peligro alguno lo que en nuestro pa&iacute;s sucede, reconocer faltas y errores, presentar como descargo la intensa lucha por alcanzar los remedios necesarios. &Eacute;l no podr&iacute;a hacer otro tanto. A nuestra sinceridad no podr&iacute;a oponer sino el cuidado de la propia seguridad. Por esto no creemos posible pol&eacute;mica alguna, y ya desde la primera vez que contestamos los p&aacute;rrafos que el tel&eacute;grafo transmiti&oacute; del largu&iacute;simo estudio suyo dirigido &quot;Al Director de <i>El Tiempo </i>de Bogot&aacute;&quot;, hicimos resaltar lo imposible de un debate entre escritores colocados en tan diversas condiciones. Podr&iacute;amos s&oacute;lo dedicarnos a hacer t&eacute;tricos cuadros de lo que en casa del adversario sucede. Para ello un escritor h&aacute;bil encontrar&iacute;a colores suficientes en la situaci&oacute;n actual de nuestras respectivas nacionalidades, y en la imposibilidad de llegar a un acuerdo -pues aun cuando en nuestra parte reconoci&eacute;ramos la ineficacia de nuestra lenta burocracia, y el atraso de nuestra legislaci&oacute;n, no podr&iacute;amos esperar que el escritor venezolano reconociera tambi&eacute;n el horror de la tiran&iacute;a personal- se convertir&iacute;a el debate en una ruda pugna de acusaciones, que no vale la pena y que ser&iacute;a perjudicial para pueblos que deben buscar todo lo que los un&iacute;a y tratar de eliminar cuanto los separe.</p>     <p>Pero quiz&aacute; el art&iacute;culo citado, al que <i>El Diario Nacional </i>reproduci&eacute;ndole integro, ha hecho conocer profusamente entre nosotros, d&eacute; motivo a unas cuantas consideraciones no escasas de inter&eacute;s. El se&ntilde;or Vallenilla Lanz, escritor de primer orden, esp&iacute;ritu cultivad&iacute;simo, sabe presentar sus ideas en forma sugestiva y de rara elegancia: encubre lo que para nosotros son malsanos errores, con el manto de una prosa tan elegante como sabia, y hace en lo que a nosotros se refiere, afirmaciones totalmente re&ntilde;idas con la realidad, que conviene no dejar pasar sin alg&uacute;n comentario. Lo intentaremos a la ligera, con esta brevedad obligada que impone el diarismo de combate y concret&aacute;ndonos s&oacute;lo a ese art&iacute;culo, dejando de lado por hoy el libro del se&ntilde;or Vallenilla que al lado de teor&iacute;as imposibles de aceptar tiene cap&iacute;tulos admirables por la erudici&oacute;n, el pensamiento y el estilo y que hemos le&iacute;do con inter&eacute;s y con provecho. Queremos hoy limitarnos a lo que en su art&iacute;culo de <i>El Nuevo Diario, </i>dice &eacute;l sobre Colombia.</p>     <p>El se&ntilde;or Vallenilla Lanz, que de manera muy gentil proclama su inter&eacute;s por las cosas colombianas, y confiesa ser el venezolano que m&aacute;s ha procurado estudiar nuestra evoluci&oacute;n y nuestra historia... no nos conoce. Habla de que nos ha dominado y domina una casta de arist&oacute;cratas; de que los hombres de las clases populares rara vez suben aqu&iacute; a las alturas, no sirvi&eacute;ndole las pocas excepciones de que tiene noticia sino &quot;para confirmar la existencia de un r&eacute;gimen olig&aacute;rquico, aristocr&aacute;tico, herm&eacute;tico...&quot;.</p>     <p>&iquest;En d&oacute;nde habr&aacute; estudiado el se&ntilde;or Vallenilla Lanz nuestra evoluci&oacute;n y nuestra historia? Para contestarle, bastar&iacute;a pasar la vista por el pasado y el presente. En todos los campos se hallar&aacute;n hombres que han triunfado por su solo esfuerzo, por sus m&eacute;ritos propios, que no son &quot;se&ntilde;oritos de buenas familias&quot;, sino hijos de sus obras y de sus merecimientos. No ser&iacute;a delicado citar nombres, que acuden a los labios de todos, pero el hecho evidente es que si existe alg&uacute;n pa&iacute;s en donde est&eacute;n todos los caminos abiertos al m&eacute;rito y a la capacidad, es Colombia. Los pomposos nombres de viejos linajes suelen ir cayendo en el olvido, y vemos subir a las alturas, a todas las alturas, en la pol&iacute;tica, en el gobierno, en la sociedad, en las letras y las artes, en las finanzas y la milicia, a hombres que son los primeros de su dinast&iacute;a, y que casi siempre son los &uacute;ltimos, porque desgraciadamente no son hereditarios ni el talento ni la virtud.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Pero no admitimos en esas alturas al hombre que quiere llegar s&oacute;lo por el azar de un golpe afortunado. El origen humilde es entre nosotros una fuerza, y lastimosamente nos calumnia el se&ntilde;or Valle-nilla al decir que alguien en Colombia lo enrostra, a quien sobre &eacute;l ha edificado el edificio s&oacute;lido de su propio valer; es una fuerza, pero siempre que sirva de fondo a una obra positiva, de noble alcance. No pedimos ejecutorias de nobleza, pero s&iacute; m&eacute;ritos aut&eacute;nticos. Un Melo no hubiera prosperado entre nosotros, as&iacute; fueran sus abuelos de sangre real; un hijo del pueblo puede aspirar a lo m&aacute;s alto, si lo busca por los caminos de la inteligencia, del saber, de la probidad, del car&aacute;cter.</p>     <p>Ricardo Becerra, colombiano ilustre que vivi&oacute; largos a&ntilde;os en Venezuela, y que dej&oacute; en nuestra patria vasto renombre, como orador elocuent&iacute;simo y como literato y pensador de singular val&iacute;a, en uno de sus &uacute;ltimos escritos, fechado en Puerto Espa&ntilde;a en mayo de 1901, dec&iacute;a sobre esto frases definitivas, por el vigor y la exactitud, que mejor que otra alguna condensan nuestro pensamiento. L&eacute;alas el se&ntilde;or Vallenilla y aprender&aacute; a conocernos:</p>     <blockquote>    <p>No, nuestros partidos pol&iacute;ticos incipientes, ineducados, si se quiere, y demasiado propensos a la c&oacute;lera, no son de ordinario y deliberadamente bandos de atridas que se entretienen en oprimirse el uno al otro mientras cobran fuerzas para volver a devorarse.</p>     <p>Nosotros no hemos conocido tiran&iacute;as como la de un doctor Francia, de un Rosas, de un Melgarejo y de un Barrios ni despotismos continuados como el de Guzm&aacute;n Blanco. Cipriano Castro ser&iacute;a planta que no arraigar&iacute;a ni por un momento en nuestro suelo. Compartimos con Chile el honor y la cordura de haber sacado nuestros gobernantes de las clases sociales educadas. No nos hemos dado jam&aacute;s a un guapo vulgar. Todos nuestros Presidentes han pasado por la escuela y por la universidad, todos, sin excepci&oacute;n de uno solo. Nuestro bast&oacute;n presidencial no anda en las maletas de los soldados de fortuna. Es as&iacute; como nos hemos dado el lujo, y lo sostendremos, de sentar bajo el solio presidencial a estadistas de la talla de un Santander, a legistas y jurisconsultos eminentes como M&aacute;rquez y Zald&uacute;a, a ilustraciones militares y civiles como Herr&aacute;n, a patriotas tan ardientes y tan puros como L&oacute;pez, a Ospina, tipo del sentido legal intenso y firme, que compart&iacute;a las tareas de la presidencia con las de la ense&ntilde;anza universitaria, a Mallarino, una de las glorias de nuestra tribuna, a reformadores y caudillos de causa como Mosquera y N&uacute;&ntilde;ez, a pol&iacute;ticos y jefes de partido de tanta autoridad y peso como Murillo y Hol-gu&iacute;n, a guerreros ciudadanos, provistos adem&aacute;s de t&iacute;tulos acad&eacute;micos como Guti&eacute;rrez y Trujillo, a Santiago P&eacute;rez, institutor, poeta y periodista de gran fuerza, a Salgar cuya genial caballerosidad fue su mejor musa pol&iacute;tica, a Parra administrador integ&eacute;rrimo, a escritores moralistas y literatos de reputaci&oacute;n continental como Caro y Marroqu&iacute;n, a Sanclemente, modelo de probidad y abogado de antigua reputaci&oacute;n. El mismo Obando fue elevado al solio por el prestigio tr&aacute;gico, que tanto lo asemejara a un Edipo.</p>     <p>Nuestras principales condiciones etnogr&aacute;ficas, as&iacute; como la de nuestra estructura f&iacute;sica interior, nos preservan igualmente de caer bajo el yugo de una opresi&oacute;n organizada o a los pies de un caudillo voluntarioso. De los cinco millones de almas que pueblan nuestro territorio, cuatro por lo menos pertenecen a la raza que siempre fue due&ntilde;a de s&iacute; misma, los hombres que descubrieron, conquistaron y colonizaron la tierra hoy colombiana fueron los m&aacute;s de ellos hombres civiles antes que de espada, licenciados, literatos escribanos cuando menos, y algunos de las clases m&aacute;s altas de la metr&oacute;poli. El jefe de la Conquista, Gonzalo Jim&eacute;nez de Quesada, fue hombre capaz de escribir como C&eacute;sar las haza&ntilde;as que &eacute;l y sus tenientes ejecutaron como soldados. Venero de Leiva, el primer Presidente del Nuevo Reino, fue en su tiempo un gran administrador. Est&aacute; en nuestra &iacute;ndole, como lo advirti&oacute; Anc&iacute;zar, preguntar por la raz&oacute;n de las cosas y no tragar entero ni aun en materia de fe. Nuestra obediencia es reflexiva, condici&oacute;n que si nos expone a la anarqu&iacute;a nos preserva de la servidumbre.</p></blockquote>     <p>Nuestro bast&oacute;n presidencial no anda en las maletas de los soldados de fortuna... He ah&iacute; la s&iacute;ntesis de nuestra idiosincrasia, genuinamente democr&aacute;tica. Ese viejo residuo feudal que daba los pueblos y los reinos a quienes los dominaran con su lanza o los sometieran con la espada, no subsiste entre nosotros. Si subsistiera, no podr&iacute;a decirse, como ya lo dijo el se&ntilde;or Su&aacute;rez, que nuestra tierra es est&eacute;ril para el despotismo. Aqu&iacute; &quot;los se&ntilde;oritos de buena familia&quot; no cierran el paso a los &quot;hijos leg&iacute;timos de nuestra democracia&quot;, como lo cree el se&ntilde;or Vallenilla Lanz; al contrario, en la carrera hacia el porvenir, son esos se&ntilde;oritos los que suelen quedar retrasados y vencidos, pero ellos, y los colombianos todos, sin excepci&oacute;n, s&iacute; sabr&iacute;an cerrar el paso al soldado que locamente quisiera poner su sable sobre las libertades p&uacute;blicas y los derechos ciudadanos.</p>     <p>&iquest;Pero el sistema mismo? El se&ntilde;or Vallenilla Lanz, en frases inteligentes y aceradas, nos echa en cara nuestro atraso, nuestras deficiencias, nuestras faltas, y a todo ello opone el Cesarismo democr&aacute;tico de sus ventajas; sostiene que es ese r&eacute;gimen el &uacute;nico que conviene a la evoluci&oacute;n nacional de su patria, el &uacute;nico que, imponiendo la paz, prepara al pa&iacute;s para llenar su misi&oacute;n, para atraer la inmigraci&oacute;n de oro y de sangre europea, para desarrollar el comercio y las industrias</p>     <p>&iquest;Es verdaderamente un tirano lo que estos pa&iacute;ses necesitan para prepararse a ocupar su puesto entre los grandes pueblos civilizados?</p>     <p>Un examen imparcial de lo que somos y de lo que necesitamos probar&iacute;a lo contrario. Estos pueblos de la Am&eacute;rica Latina, amenazados por la expansi&oacute;n de fuerzas colosales, no necesitan s&oacute;lo de oro, de inmigraci&oacute;n, de comercio y agricultura, de caminos y de f&aacute;bricas. Pueden conseguir todo eso por los caminos libres de la legalidad y es dudoso que el tirano se lo conceda en condiciones tolerantes, pero aun en el caso de que esa pol&iacute;tica materialista, impuesta por la mano de un dictador implacable, diera amplio desarrollo a las riquezas naturales del pa&iacute;s, dejar&iacute;a a sus hijos inermes ante peligros mucho peores que el de la miseria; no robustecer&iacute;a su esp&iacute;ritu, ni les formar&iacute;a un alma colectiva; no vigorizar&iacute;a ciertos factores morales indispensables para que un pueblo sea independiente y libre. Todo lo contrario; la opresi&oacute;n y el silencio, interrumpido s&oacute;lo por las voces aduladoras de los favoritos, deprimen el alma popular hasta convertirla en presa f&aacute;cil, apagan toda luz de ideal, crean una atm&oacute;sfera de servilismo y de cobard&iacute;a moral dentro de la cual no podr&aacute; crecer nada sano, ni nada grande. &quot;El hombre necesita para vivir de cierta cantidad de decoro, como de cierta cantidad de aire&quot;, dec&iacute;a en una de sus frases lapidarias Jos&eacute; Mart&iacute;.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Con el andar de los tiempos, estos pa&iacute;ses han vuelto a tener como el mayor de sus problemas el mismo que ten&iacute;an ante s&iacute; hace un siglo los libertadores: conservar su independencia ante el extranjero. La amenazaban entonces los tercios de una Espa&ntilde;a quebrantada y vencida, y hoy los millones de poderes formidables cuya magnitud espanta. Contra ellos el arma suprema es el esp&iacute;ritu nacional, despierto, vigilante, enhiesto. &iquest;Y c&oacute;mo tenerlo, si bajo &quot;el buen tirano&quot; la libertad no existe, y es prohibido hablar y escribir, y est&aacute; todo a la merced de quienes tienen la fuerza? &iquest;C&oacute;mo sentir por la patria esa adhesi&oacute;n razonada, serena e inquebrantable que nos lleva a sacrificamos por verla libre y fuerte, si en ella todo pende de una voluntad desp&oacute;tica, si los m&aacute;s sagrados derechos, el de expresar libremente cuanto se piensa y tener en la ley una garant&iacute;a indestructible contra el capricho ajeno, no son sino vanas palabras, que nadie osa invocar?</p>     <p>La paz es el bien supremo, pero siempre que ella exista como en Colombia, por consentimiento un&aacute;nime de todos los ciudadanos cuerdos, y sobre una base de libertad y de derecho. La paz de las bayonetas, de las c&aacute;rceles, de los destierros, esa paz precaria que est&aacute; expuesta a desaparecer a la menor debilidad de la ruda mano que la impone, ni es fecunda, ni es honorable.</p>     <p>Por las declaraciones que hicimos acerca de la situaci&oacute;n actual de nuestra patria en relaci&oacute;n con los tiranos, nos trata de panglossianos el se&ntilde;or Vallenilla. Mucho yerra &eacute;l si nos cree afiliados a la turba de los satisfechos, a nosotros, que creemos que la civilizaci&oacute;n es obra de los descontentos y de los inconformes. Tenazmente hemos clamado contra los males que nos roen, contra todas las deficiencias de nuestros Gobiernos y los errores y faltas de gobernantes y partidos, pero s&iacute; sostenemos que para levantar la torre apenas iniciada de nuestra cultura y de nuestra fuerza nacional, contamos con las bases esenciales, con los cimientos duraderos: libertades y garant&iacute;as, organizaci&oacute;n civil exenta de caudillaje, fe en los principios republicanos, democracia aut&eacute;ntica, patria abierta a todos, paz fundada en el consentimiento de los pueblos. Sobre nuestra Am&eacute;rica se han cerrado como una maldici&oacute;n los tiranuelos tropicales, que nos desacreditan y humillan, y si de mucho carecemos y mucho que luchamos por alcanzar nos falta, los colombianos podemos al menos afirmar con orgullo que no oscurece nuestro cielo la sombra de esas dictaduras y que est&aacute; aqu&iacute; abierto y libre el campo para cuantos luchen por el progreso y la justicia.</p>     <p>En pesada responsabilidad incurren los pensadores y escritores que, como el se&ntilde;or Vallenilla Lanz, ponen su influencia y su talento al servicio de estos despotismos, que acaban en el pueblo con la idea de la ciudadan&iacute;a y el derecho. Terrible falta cometen cuando con el pretexto de una aparente prosperidad material, que se conseguir&iacute;a m&aacute;s pronto y m&aacute;s tempranamente por otros caminos, quieran dar carta de naturaleza al caudillaje y hacer necesidad del medio y consecuencia de las circunstancias, lo que no es sino un mal, nacidos al amparo de la falta de valor civil, deformaci&oacute;n lamentable del nativo, c&aacute;ncer que es preciso curar con heroica persistencia. El caudillo suele tener varoniles cualidades, coraje indomable y valiente audacia que lo llevan de un golpe a la cumbre; &eacute;l llega all&iacute; por el impulso de su arremetida, pero son los turiferarios que le rodean, los ret&oacute;ricos que cantan sus hechos y los literatos que convierten en teor&iacute;a filos&oacute;fica su fortuna, los que dan a la dictadura su car&aacute;cter de exclusivismo y de violencia. Esos hombres de pensamiento podr&iacute;an orientar el Gobierno de sus caudillos hacia f&oacute;rmulas republicanas de generosa amplitud, pero prefieren envolver al Jefe en las nubes de un incienso perturbador y son por eso m&aacute;s responsables que nadie de la existencia de un r&eacute;gimen en el cual est&aacute;n a&uacute;n por descubrir los derechos del hombre y del ciudadano que hace ciento treinta a&ntilde;os difundiera entre nosotros don Antonio Nari&ntilde;o.</p>     <p>Pone el se&ntilde;or Vallenilla Lanz sus teor&iacute;as cesaristas al amparo del dulce y hondo fil&oacute;sofo de Treguier, que no vacil&oacute; en romper con todo un pasado y con un medio casi omnipotente por ser fiel a su pensamiento libre; cuya vida toda fue una lucha contra las mordazas espirituales y que por aversi&oacute;n a la soberan&iacute;a del pueblo turbulento y simplista so&ntilde;&oacute; en &quot;el buen tirano&quot;, el sabio lleno de experiencia y de amor, experto en el manejo de las ideas y de las almas, altruista y magn&aacute;nimo, que trabajara por el bien de los suyos desde lejana torre, con melanc&oacute;lica bondad y discreto escepticismo, vali&eacute;ndose de la ciencia y de su propia sabidur&iacute;a, como Pr&oacute;spero en la celda por Ariel visitada... &iexcl;C&oacute;mo sonreir&iacute;a Ernesto Renan si hoy se le dijera que un periodista caraque&ntilde;o ve&iacute;a encarnado a ese ideal tirano en la figura vigorosa y dura del General Juan Vicente G&oacute;mez!</p>     <p>La parte m&aacute;s jugosa e interesante para nosotros del art&iacute;culo del se&ntilde;or Vallenilla Lanz es la destinada a sostener que en Colombia &quot;el r&eacute;gimen gubernativo es esencialmente teocr&aacute;tico por imposici&oacute;n del medio geogr&aacute;fico&quot;, causa que, seg&uacute;n &eacute;l, explica el r&eacute;gimen cesarista de Venezuela; pero ya este art&iacute;culo toma proporciones desmedidas. Otro d&iacute;a nos ocuparemos de tan sugestiva afirmaci&oacute;n.</p> <hr>     <p><font size="3"><b>Pie de p&aacute;gina</b></font></p>     <p><sup><a name="num1"></a><a href="#nu1">1</a></sup>Publicado en <i>El Tiempo, </i>Bogot&aacute;, 9 de julio de 1920.    <br> <sup><a name="num2"></a><a href="#nu2">2</a></sup>Publicado en <i>El Nuevo Diario, </i>Caracas, 4 de noviembre de 1920.    <br> <sup><a name="num3"></a><a href="#nu3">3</a></sup>Publicado en <i>El Tiempo, </i>Bogot&aacute;, 28 de diciembre de 1920.</p> </font>     ]]></body>
<body><![CDATA[ ]]></body>
</article>
