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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[VIOLENCIA Y POLÍTICA: LA POBREZA DE LAS IDEAS EN COLOMBIA]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="Verdana"> DOI: <a href="http://dx.doi.org/10.18601/01245996.v18n35.23" target="_blank">http://dx.doi.org/10.18601/01245996.v18n35.23</a>     <p align="center"><font size="4"><b>VIOLENCIA Y POL&Iacute;TICA: LA POBREZA DE LAS IDEAS EN COLOMBIA</b></font></p>      <p align="center"><i>Las ideas en la guerra. Justificaci&oacute;n y cr&iacute;tica en la Colombia contempor&aacute;nea, </i>Jorge Giraldo Ram&iacute;rez, Bogot&aacute;, Penguin Random House, 2015, 236 p&aacute;ginas.</p>     <p align="center">Bernardo P&eacute;rez Salazar<sup>*</sup></p>      <p><sup>*</sup> Mag&iacute;ster en Planificaci&oacute;n del Desarrollo Regional, investigador del Instituto Latinoamericano de Altos Estudios (ILAE), Bogot&aacute;, Colombia, &#91;<a href="mailto:bperezsalazar@yahoo.com">bperezsalazar@yahoo.com</a>&#93;.</p>      <p> Fecha de recepci&oacute;n: 14 de octubre, fecha de modificaci&oacute;n: 18 de octubre, fecha de aceptaci&oacute;n: 20 de octubre.</p>      <p>Sugerencia de citaci&oacute;n: P&eacute;rez S., B. &quot;Violencia y pol&iacute;tica: la pobreza de las ideas en Colombia&quot;, <i>Revista de Econom&iacute;a Institucional </i>18, 35, 2016, pp. 359-366. DOI: <a href="http://dx.doi.org/10.18601/01245996.v18n35.23" target="_blank">http://dx.doi.org/10.18601/01245996.v18n35.23</a>.</p>  <hr>       <blockquote>Buscarle causas y efectos justificativos a la violencia, ensalzar, explicativa y benignamente los episodios cruentos, tender la coartada alegando que determinados cr&iacute;menes son la contrarr&eacute;plica de otros, no ser&iacute;a sino enzarzar monstruosamente la imaginaci&oacute;n y la sensibilidad en una inadmisible pol&eacute;mica.    <br>     <p align="right">Jaime Posada (1959, citado por Giraldo, 2015, 154)</p></blockquote>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Con este libro el profesor Jorge Giraldo de la Universidad Eafit de Medell&iacute;n prosigue una reflexi&oacute;n iniciada hace m&aacute;s de 15 a&ntilde;os sobre temas y problemas de filosof&iacute;a pol&iacute;tica contempor&aacute;nea. En esta ocasi&oacute;n retoma la indagaci&oacute;n, propuesta en los albores del Frente Nacional, por Jorge Gait&aacute;n Dur&aacute;n, poeta fundador de la revista <i>Mito </i>junto con Hernando Valencia Goelkel, acerca del papel de los intelectuales en la violencia pol&iacute;tica del pa&iacute;s.</p>     <p>El ep&iacute;grafe que encabeza esta rese&ntilde;a proviene de la contribuci&oacute;n de Jaime Posada al n&uacute;mero 25 de <i>Mito </i>de mediados de 1959, dedicado al tema de la violencia. La frase resume el tono de la reflexi&oacute;n de Giraldo sobre el papel de las ideas, los intelectuales y las &quot;empresas ideol&oacute;gicas&quot; -organizaciones que producen, transmiten, validan o falsean ideas: medios de comunicaci&oacute;n, revistas, casas editoriales y congregaciones confesionales- con respecto a la violencia pol&iacute;tica en Colombia desde la segunda mitad del siglo pasado.</p>     <p>Sin caer en la desmesura de sostener que ciertos tipos de violencia son la &quot;contrarr&eacute;plica de otros&quot;, no se puede soslayar que la argumentaci&oacute;n Giraldo se basa en una concepci&oacute;n ideal del Estado, un Estado liberal que representa el inter&eacute;s p&uacute;blico, garantiza los derechos humanos y las libertades p&uacute;blicas, y act&uacute;a como &aacute;rbitro en aras del bien com&uacute;n bajo el sistema de pesos y contrapesos propio del equilibrio de poderes, frente al cual la violencia pol&iacute;tica no solo es ileg&iacute;tima sino est&eacute;ril. Una concepci&oacute;n que no coincide con la visi&oacute;n y la experiencia de grandes sectores de la poblaci&oacute;n colombiana, para los cuales el Estado ha sido un bot&iacute;n y un instrumento de facciones y redes fragmentadas que buscan objetivos privados, a la vez que se redistribuyen el poder y los recursos p&uacute;blicos (Ortiz, 1985, 2007).</p>     <p>Cabe recordar que el enfrentamiento entre facciones por el poder del Estado dio lugar al periodo de la Violencia, entre liberales y conservadores, y que en los primeros a&ntilde;os del Frente Nacional, que puso fin a ese civil de enfrentamientos, subsistieron algunos reductos armados que despu&eacute;s ser&iacute;an vectores de buena parte de la violencia pol&iacute;tica posterior, y que fueron motivo de incendiarios debates parlamentarios promovidos por figuras como Alvaro G&oacute;mez Hurtado, sobre las &quot;rep&uacute;blicas independientes&quot;:</p>     <blockquote>Hay una serie de rep&uacute;blicas independientes que existen de hecho, aunque el Gobierno niegue su existencia; peri&oacute;dicamente da unos comunicados falsos, mendaces, diciendo que el territorio nacional est&aacute; todo sometido a la soberan&iacute;a; y no est&aacute; bajo la soberan&iacute;a colombiana. Hay una rep&uacute;blica independiente de Sumapaz; hay una rep&uacute;blica independiente de Planadas, la de R&iacute;o Chiquito, la de ese bandolero que se llama Richard y, ahora, tenemos el nacimiento de una nueva rep&uacute;blica independiente anunciada aqu&iacute; por el ministro de Gobierno: la rep&uacute;blica independiente del Vichada. La soberan&iacute;a nacional se est&aacute; encogiendo como un pa&ntilde;uelo; ese es uno de los fen&oacute;menos m&aacute;s dolorosos del Frente Nacional (Alape, 1987, 245).</blockquote>     <p>Tales debates llevaron eventualmente a ataques militares por tierra y aire para aniquilar los reductos y n&uacute;cleos autodefensa campesina, a los que en esos a&ntilde;os se consider&oacute; &quot;bandas de forajidos en que hab&iacute;an degenerado agrupaciones irregulares de ambos partidos&quot;.</p>     <p>Giraldo omite esos or&iacute;genes y el an&aacute;lisis de tales episodios, e inicia su reflexi&oacute;n describiendo las &quot;olas revolucionarias&quot; observadas en Am&eacute;rica Latina durante la segunda mitad del siglo analizadas por autores como Regis Debray (1975), Timothy Wickham-Crowley (1992), Jorge Casta&ntilde;eda (1994) y Eduardo Pizarro (1996). La primera de ellas corresponde a la formaci&oacute;n de decenas de grupos insurgentes armados en Am&eacute;rica del Sur y Centroam&eacute;rica, luego de derrocada la dictadura de Fulgencio Batista por una peque&ntilde;a vanguardia armada nacionalista liderada por Fidel Castro, a comienzos de 1959. Si bien estos grupos surgieron de manera espont&aacute;nea, sin conexi&oacute;n org&aacute;nica entre ellos, todos acogieron el esquema &quot;foquista&quot; de revoluci&oacute;n armada. Para ellos, el ejemplo de Cuba era una demostraci&oacute;n suficiente de que no era necesario esperar a la materializaci&oacute;n de todas las condiciones propicias para desencadenar una insurrecci&oacute;n victoriosa. De acuerdo con la doctrina, la presencia de una vanguardia o &quot;foco&quot; que emprendiera acciones de guerra de guerrillas ser&iacute;a suficiente para instigar con cierta rapidez el levantamiento de masas y el derrocamiento del r&eacute;gimen.</p>     <p>El autor comenta las dis&iacute;miles trayectorias y los desenlaces del accionar de los grupos insurgentes que aparecieron en los a&ntilde;os sesenta bajo la influencia de esta primera ola. En su mayor&iacute;a fueron derrotados o debieron replegarse a zonas perif&eacute;ricas para hibernar en las selvas.</p>     <p>La segunda ola insurgente brot&oacute; en los a&ntilde;os setenta, con el desplazamiento del teatro de operaciones del campo a las ciudades. El principal prop&oacute;sito de la acci&oacute;n armada fue la propaganda pol&iacute;tica de impacto: golpes intr&eacute;pidos ampliamente divulgados a trav&eacute;s de los medios masivos de comunicaci&oacute;n. En Colombia, el Movimiento 19 de Abril (M-19) fue el ejemplo paradigm&aacute;tico. Esta segunda ola comparti&oacute; con la primera la idea de que las actividades osadas de las vanguardias armadas ganar&iacute;an la simpat&iacute;a del pueblo, y ello ser&iacute;a suficiente para alcanzar el poder.</p>     <p>La tercera ola cobr&oacute; &iacute;mpetu con el triunfo del Frente Sandinista de Liberaci&oacute;n Nacional (FSLN) contra el r&eacute;gimen de Somoza en Nicaragua, en 1979. Derrotado a comienzos de los sesenta, el FSLN se repleg&oacute; durante varios a&ntilde;os, para transformarse en un frente transicional que aglomer&oacute; bajo la c&uacute;spide de una estructura pol&iacute;tico-militar una amplia gama de organizaciones de base sin mayores v&iacute;nculos org&aacute;nicos o ideol&oacute;gicos. Durante ese proceso se allanaron las diferencias entre el campo y la ciudad, disminuy&oacute; el acento vanguardista de las olas anteriores y se abrieron espacios para la participaci&oacute;n de sectores estudiantiles, sindicales, partidos pol&iacute;ticos, congregaciones religiosas y entre otros m&aacute;s.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Con la notable excepci&oacute;n de Colombia, la tercera ola culmin&oacute; a mediados de los noventa, con las negociaciones de paz en Centroam&eacute;rica, la transici&oacute;n a la democracia en Brasil y dem&aacute;s pa&iacute;ses del Cono Sur, y la derrota en las urnas del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en M&eacute;xico. Giraldo expresa su asombro por la incapacidad de los intelectuales colombianos de diversas inclinaciones ideol&oacute;gicas para desmontar y dejar de alimentar los dogmas a los que atribuye la prolongaci&oacute;n del conflicto armado m&aacute;s de dos d&eacute;cadas despu&eacute;s de culminar la tercera ola revolucionaria en el resto del continente.</p>     <p>Es claro en desvirtuar de plano la pretensi&oacute;n de autores como Eduardo Posada Carb&oacute; que atribuyen al marxismo-leninismo la responsabilidad exclusiva del uso de la violencia como arma pol&iacute;tica en el pa&iacute;s. Indica que tambi&eacute;n hicieron apolog&iacute;a de la violencia pol&iacute;tica los discursos nacionalistas influidos por la revoluci&oacute;n castrista, as&iacute; como algunas comunidades confesionales que invocaron el derecho natural a la rebeli&oacute;n ante reg&iacute;menes tir&aacute;nicos, llevando a algunos sacerdotes radicalizados a terminar su vida alzados en armas.</p>     <p>Se&ntilde;ala, adem&aacute;s, las limitaciones conceptuales de la doctrina de la &quot;combinaci&oacute;n de las formas de lucha&quot; que esgrimi&oacute; el Partido Comunista Colombiano para mantener en sus filas a partidarios de la lucha armada y a quienes defend&iacute;an la participaci&oacute;n en la contienda electoral. Critica asimismo el delirante fraccionamiento pol&iacute;tico-ideol&oacute;gico que dio lugar a los numerosos &quot;ismos&quot; que brotaron en respuesta a la falacia de aplicar una &quot;f&oacute;rmula universal a una situaci&oacute;n particular&quot;, a la que se redujo el horizonte del pensamiento pol&iacute;tico de la izquierda colombiana en aquella &eacute;poca. Y a&ntilde;ade: &quot;Si la discusi&oacute;n sobre los medios fue tan importante en aquellos tiempos, era porque el debate sobre los fines parec&iacute;a cerrado: el socialismo era el &uacute;nico modelo de sociedad aceptable&quot; (p. 101). As&iacute;, los fines se condensaron en simples consignas alusivas a la toma del poder y la instauraci&oacute;n de gobiernos de revolucionarios.</p>     <p>Pero, a su juicio, la inusitada prolongaci&oacute;n del conflicto armado en el pa&iacute;s no es responsabilidad exclusiva de la militancia comunista. Es, en general, de la intelectualidad colombiana, incapaz de llevar a cabo una cr&iacute;tica contundente y eficaz a la violencia pol&iacute;tica. Giraldo coincide con Jorge Orlando Melo en se&ntilde;alar diversas corrientes de pensamiento, agentes institucionales y sectores de opini&oacute;n -entre cuyas figuras m&aacute;s destacadas se cuentan Juan Lozano y Lozano, Orlando Fals Borda, Gabriel Garc&iacute;a M&aacute;rquez, Diego Monta&ntilde;a Cu&eacute;llar, Alberto Rojas Puyo, Gilberto Viera, as&iacute; como la Comisi&oacute;n de Estudios sobre la Violencia dirigida por Gonzalo S&aacute;nchez y el Informe Nacional de Desarrollo Humano de 2003 dirigido por Hernando G&oacute;mez Buend&iacute;a- que expusieron justificaciones del conflicto armado y con ello habr&iacute;an hecho creer a los alzados en armas que, en alguna medida, representaban necesidades y reclamos populares. Giraldo afirma que por ello contribuyeron a &quot;mantener la ilusi&oacute;n de que en alg&uacute;n momento de crisis econ&oacute;mica o social la balanza se inclinar&aacute; otra vez a su favor&quot; (p. 171).</p>     <p>Sin negar que eso quiz&aacute; haya ocurrido, en el recuento de Giraldo se echa de menos la cr&iacute;tica al uso soterrado de la violencia pol&iacute;tica desde el Estado, instrumentalizada por facciones locales contra movimientos y l&iacute;deres sociales de oposici&oacute;n. Entre los intelectuales que en alg&uacute;n momento toleraron la acci&oacute;n armada de la insurgencia, tambi&eacute;n se mostr&oacute; indignaci&oacute;n ante el uso de la violencia por agentes estatales para acallar y eliminar a la oposici&oacute;n pol&iacute;tica desarmada. Como ha sucedido en innumerables ocasiones, desde el exterminio de la Uni&oacute;n Patri&oacute;tica, pasando por los abusos cometidos por autoridades locales, polic&iacute;as, inspectores de polic&iacute;a y alcaldes que sin orden judicial alguna allanaban viviendas y hac&iacute;an golpear y arrestar a sus moradores, hasta el asesinato de l&iacute;deres que hoy reclaman la restituci&oacute;n de tierras, sin que las autoridades hayan establecido responsabilidades por estos hechos y a&uacute;n est&aacute;n impunes.</p>     <p>Sobre los factores que ayudaron a mantener y propagar la idea de la violencia como forma de acci&oacute;n pol&iacute;tica, Giraldo presenta hip&oacute;tesis con varios elementos. Entre ellos examina con alg&uacute;n detalle la marginalidad del paradigma democr&aacute;tico como modelo regulatorio de las diferencias y conflictos pol&iacute;ticos, la subordinaci&oacute;n del derecho positivo y de la legalidad a normas y valores como el altruismo y el hero&iacute;smo, y, sobre todo, la baja estima por la dignidad de la vida humana.</p>     <p>Respalda estas hip&oacute;tesis analizando numerosos &quot;lugares comunes&quot;, o marcos mentales de referencia, que en distintos &aacute;mbitos intelectuales del pa&iacute;s se generalizaron y repitieron acr&iacute;ticamente como verdades aceptadas durante muchas d&eacute;cadas.</p>     <p>Uno de ellos es la noci&oacute;n que en Colombia nada cambia o que los cambios ocurridos son insuficientes; por ello, en vez de las transformaciones incrementales que ocurren al amparo del sistema pol&iacute;tico vigente, se pretende destruir el viejo orden y construir uno nuevo, a toda costa y desde la nada.</p>     <p>Otro, las &quot;causas objetivas&quot; del conflicto, que cobr&oacute; notoriedad en las conversaciones entre el gobierno del presidente Belisario Betancur y las FARC-EP en los a&ntilde;os ochenta. En su momento, las causas objetivas se definieron como la &quot;falta de educaci&oacute;n, el desempleo, la carencia de salud, en fin, las lacras del desarrollo&quot; (p. 162). A partir de ese discurso cundi&oacute; la idea equ&iacute;voca de que con la agudizaci&oacute;n de esos problemas, el propio r&eacute;gimen se encaminar&iacute;a a la destrucci&oacute;n; as&iacute;, el progreso social paulatino solo contribu&iacute;a a apaciguar y aplazar innecesariamente ese desenlace inexorable. Adem&aacute;s, al amparo de las causas objetivas se difundi&oacute; el argumento falaz de que los desastres de la guerra eran resultado directo de la persistencia de esas causas, sustrayendo de toda responsabilidad a quienes comet&iacute;an atrocidades. Por tanto -contin&uacute;a el argumento-, cualquier negociaci&oacute;n de paz estar&iacute;a sujeta a la supresi&oacute;n previa de los factores &quot;objetivos&quot;, idea que se reflej&oacute; en las agendas &quot;maximalistas&quot; fijadas por la guerrilla para sentarse a dialogar con el gobierno en los Acuerdos de La Uribe (1984) y en el Cagu&aacute;n (1999-2002).</p>     <p>Otro lugar com&uacute;n equ&iacute;voco que Giraldo analiza para respaldar su hip&oacute;tesis, es la supuesta generosidad altruista y heroica que motiva a los grupos armados, con la cual los intelectuales -sobre todo pol&iacute;ticos y magistrados- arroparon el orgullo y la soberbia de guerreros de todos los pelambres, alimentando la idea de que la b&uacute;squeda de un fin valioso y loable otorga dignidad a quienes buscan conseguirlo. Este lugar com&uacute;n encubre la equivalencia entre el altruismo y la universalmente condenada m&aacute;xima del poder: el fin justifica los medios. La influencia de esta idea en las interpretaciones justificativas del conflicto armado contribuy&oacute; a obviar durante d&eacute;cadas su costo en vidas y sufrimiento humano.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El juicio final de Giraldo es que la violencia pol&iacute;tica en Colombia tambi&eacute;n se naturaliz&oacute; en los c&iacute;rculos intelectuales del pa&iacute;s, revelando su indolencia ante el irrespeto de la dignidad humana. Reconoce que este talante no es una tara particular de los intelectuales colombianos. Con Isaiah Berlin destaca la admiraci&oacute;n de la cultura occidental hacia el h&eacute;roe rom&aacute;ntico, y con Michael Polanyi recalca la indiferencia de la intelectualidad moderna ante la inmoralidad de acciones que pretenden buscar el perfeccionamiento de la sociedad.</p>     <p>Pero quiz&aacute;s atribuir la violencia pol&iacute;tica a lugares comunes instalados en las ideas y difundidos por &quot;empresas ideol&oacute;gicas&quot;, simplifica en exceso la complejidad de este fen&oacute;meno social. Si bien ese tipo de violencia se puede ver como un comportamiento justificado por ideas y lugares comunes, tambi&eacute;n es posible entenderla como resultado de fallas sist&eacute;micas que impiden el control de la agresividad porque disipan los inhibidores biol&oacute;gicos y culturales que deben operar antes de que la violencia se desborde. Una vez esta se desata, la fragmentaci&oacute;n del tejido social y las estrategias individuales se retroalimentan hasta establecer din&aacute;micas violentas, que suprimen o disuelven las distinciones propias del Estado de Derecho, como las que separan lo l&iacute;cito de lo il&iacute;cito, lo econ&oacute;mico de lo pol&iacute;tico, la negociaci&oacute;n de la violencia y lo p&uacute;blico de lo privado (Sanmart&iacute;n, 2002; Ortiz, 2007).</p>     <p>El libro no se agota, sin embargo, con la cr&iacute;tica a la violencia pol&iacute;tica. Va m&aacute;s all&aacute;. De la mano de un pu&ntilde;ado de intelectuales colombianos que han repudiado la violencia pol&iacute;tica, retoma propuestas civilistas para promover el cambio social y pol&iacute;tico sin recurrir a la violencia. Al esquematismo leninista, seg&uacute;n el cual los cr&iacute;ticos de la guerra revolucionaria son defensores del <i>statu quo, </i>derechistas o reaccionarios, y entre ellos, los reformistas y los socialdem&oacute;cratas ser&iacute;an los m&aacute;s peligrosos, Giraldo contrapone las ideas civilistas de personajes como Cayetano Betancur, Francisco Mosquera, Carlos Jim&eacute;nez, Francisco de Roux, Estanislao Zuleta, Jorge Orlando Melo y Antanas Mockus.</p>     <p>La lectura del libro de Giraldo resulta esclarecedora a la luz de la firma del acuerdo para terminar el enfrentamiento armado, entre el gobierno colombiano y la c&uacute;pula de la FARC-EP, y de la victoria del &quot;no&quot;, por un margen muy estrecho, en el plebiscito para refrendarlo.</p>     <p>De una parte, permite apreciar el camino avanzado hacia el abandono de la violencia como instrumento pol&iacute;tico y, de otra, marca el tramo que a&uacute;n falta por recorrer para concretar las propuestas civilistas de cambio social y pol&iacute;tico. La renuncia expl&iacute;cita, consignada en los acuerdos de La Habana, a la idea de que el fin del conflicto armado estar&iacute;a sujeto a la supresi&oacute;n previa de &quot;sus causas objetivas&quot;, es un avance necesario para buscar el cambio social por v&iacute;as civilistas. Y el hecho de que la reparaci&oacute;n a las v&iacute;ctimas sea parte central de los acuerdos, por encima de las consideraciones retributivas que afectan a los responsables de las atrocidades, sugiere que la dignidad de la vida humana pasa a ser un valor superior al de los &quot;ideales de perfecci&oacute;n de la sociedad&quot;.</p>     <p>De otra parte, revela que el simplismo de la campa&ntilde;a del plebiscito impulsada por el gobierno en favor de la aprobaci&oacute;n de los acuerdos, que declar&oacute; &quot;enemigo de la paz&quot; a quien se opusiera, era infundado y torpede&oacute; el esp&iacute;ritu civilista de los acuerdos. Poco despu&eacute;s de conocerse los resultados del plebiscito, aun la mayor&iacute;a que vot&oacute; en contra se mostr&oacute; franca partidaria de la paz.</p>     <p>Parad&oacute;jicamente, la desaprobaci&oacute;n popular del acuerdo impide que el Estado cumpla los compromisos pactados, empezando por la concentraci&oacute;n, desarme y desmovilizaci&oacute;n de los insurgentes. Pero, a la vez, pone a prueba la capacidad de acci&oacute;n colectiva de las organizaciones sociales, econ&oacute;micas, pol&iacute;ticas, religiosas y culturales para liderar iniciativas civilistas y ejercer presi&oacute;n sobre los grupos y facciones pol&iacute;ticas que hist&oacute;ricamente han instrumentalizado y privatizado el Estado.</p>     <p>Cuando se escribe esta recensi&oacute;n a&uacute;n no se conoce el desenlace de la crisis provocada por la desaprobaci&oacute;n de los acuerdos de La Habana. Los eventos observados hasta ahora sugieren que la salida probable ser&aacute; un pacto entre un &quot;comit&eacute; de notables&quot;, que evoca el convenio de creaci&oacute;n del Frente Nacional, en el que presidentes y dirigentes actuaron, en palabras de Giraldo, &quot;seg&uacute;n los reflejos aristocr&aacute;ticos de la sociedad se&ntilde;orial, &#91;creyendo&#93; que bastaba un acuerdo de &eacute;lites y un pacto de silencio para voltear la p&aacute;gina de La Violencia y lograr la pacificaci&oacute;n&quot; (p. 211).</p>     <p>El eventual desenlace ser&aacute; un buen indicador de la acogida del civilismo en la acci&oacute;n pol&iacute;tica. Revelar&aacute; si la sociedad colombiana est&aacute; dispuesta a superar su abulia y su indiferencia, y a tramitar en escenarios plurales las diferencias de intereses y las demandas de diversos sectores, en especial de los que tienen menos voz y representaci&oacute;n, o si contin&uacute;a aceptando la desgastada f&oacute;rmula de ceder a alg&uacute;n grupo o &quot;vanguardia pol&iacute;tica audaz&quot;, la responsabilidad de evadir la crisis pol&iacute;tica del d&iacute;a.</p>  <hr>      <p><b>REFERENCIAS BIBLIOGR&Aacute;FICAS</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>1. Alape, A. <i>La paz, la violencia: testigos de excepci&oacute;n, </i>Bogot&aacute;, Planeta, 1987.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2893094&pid=S0124-5996201600020002300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>2. Casta&ntilde;eda, J. <i>La utop&iacute;a desarmada: intrigas dilemas y promesas de la izquierda en Am&eacute;rica Latina, </i>Bogot&aacute;, Tercer Mundo, 1994.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2893096&pid=S0124-5996201600020002300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>3. Debray, R. <i>La cr&iacute;tica de las armas, </i>M&eacute;xico DF, Siglo XXI, 1975.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2893098&pid=S0124-5996201600020002300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>4. Ortiz, C.E. <i>Estado y subversi&oacute;n en Colombia: la Violencia en el Quind&iacute;o a&ntilde;os 50, </i>Bogot&aacute;: CEREC / Universidad de Los Andes.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2893100&pid=S0124-5996201600020002300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>5. Ort&iacute;z, C.E. <i>Urab&aacute;pulsiones de vida y desaf&iacute;os de muerte, </i>Bogot&aacute;, IEPRI-La Carreta, 2007.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2893102&pid=S0124-5996201600020002300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>6. Pizarro, E. <i>Insurgencia sin revoluci&oacute;n: la guerrilla en Colombia en una perspectiva comparada, </i>Bogot&aacute;, Tercer Mundo-IEPRI.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2893104&pid=S0124-5996201600020002300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>7. Posada, J. &quot;La educaci&oacute;n: &uacute;nica arma&quot;, <i>Mito </i>5, 25, 1959.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2893106&pid=S0124-5996201600020002300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>8. Sanmart&iacute;n, J. <i>La mente de los violentos, </i>Barcelona, Ariel, 2002.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2893108&pid=S0124-5996201600020002300008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>9. Wickham-C., T. 1992, <i>Guerrillas and revolution in Latin America: A comparative study of insurgents and regimes since 1956, </i>Princeton, NJ, Princeton University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2893110&pid=S0124-5996201600020002300009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>   </font>      ]]></body><back>
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