<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>0124-6127</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Discusiones Filosóficas]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[discus.filos]]></abbrev-journal-title>
<issn>0124-6127</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Vicerrectoría de Investigaciones y Postgrados, Universidad de Caldas]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S0124-61272007000200018</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[On Bullshit: Sobre la manipulación de la verdad]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[Quintanilla]]></surname>
<given-names><![CDATA[Pablo]]></given-names>
</name>
<xref ref-type="aff" rid="A01"/>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A01">
<institution><![CDATA[,Universidad Católica del Perú  ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[ ]]></addr-line>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>09</month>
<year>2007</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>09</month>
<year>2007</year>
</pub-date>
<volume>8</volume>
<numero>11</numero>
<fpage>316</fpage>
<lpage>322</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S0124-61272007000200018&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S0124-61272007000200018&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S0124-61272007000200018&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">     <p align="center"><b>FRANKFURT, HARRY G: SOBRE LA MANIPULACI&Oacute;N DE LA VERDAD</b></p></font> <font face="Verdana" size="2">    <p align="center"><b>ON BULLSHIT: REGARDING THE MANIPULATION OF TRUTH</b></p>     <p align="center"><b>Por Harry G. Frankfurt Paid&oacute;s Contextos, Barcelona, 2006, traducci&oacute;n de Miguel Candel (Versi&oacute;n original en ingl&eacute;s: Princeton University Press, 2005)</b>.</p>     <p align="center"><b>Pablo Quintanilla</b><a href="#_nota">*</a>    <br> <b>Pontificia Universidad Cat&oacute;lica del Per&uacute;</b></p>     <p><a name="#_nota"></a>* Profesor de la Pontificia Universidad Cat&oacute;lica del Per&uacute;. Sus principales &aacute;reas de trabajo son la filosof&iacute;a del lenguaje, la metaf&iacute;sica y la &eacute;tica. E-mail: <a href="mailto:pquinta@pucp.edu.pe">pquinta@pucp.edu.pe</a></p> <hr size="1">     <p>Una caracter&iacute;stica distintiva de la cultura actual, tanto de masas como acad&eacute;mica, es la omnipresencia de la charlataner&iacute;a. La ret&oacute;rica sensacionalista y carente de ideas nos ha acompa&ntilde;ado desde la aparici&oacute;n del lenguaje, pero nunca como hasta ahora &ndash;como efecto de la globalizaci&oacute;n&ndash; nos hab&iacute;a invadido por todos los frentes, por todos los medios y de todas las formas. El palabreo, entendido como el discurso vistoso pero fofo y sin contenido, nos asalta en la pol&iacute;tica, el periodismo, la vida cotidiana y, lamentablemente, tambi&eacute;n en el mundo acad&eacute;mico, con argumentos que no se siguen, afirmaciones sin justificaci&oacute;n y puro impresionismo verbal.</p>     <p>La ubicuidad y profusi&oacute;n del palabreo hace que uno pierda demasiado tiempo tratando de separar el grano de la paja para descubrir, despu&eacute;s de mucho trabajo, que poco de lo que ley&oacute; o escuch&oacute; realmente val&iacute;a el esfuerzo. Mucho de lo que se publica no pasar&aacute; la prueba del tiempo, lo que no ser&iacute;a importante de no ser porque eso tiene como consecuencia que hermosos bosques de todo el mundo se vayan convirtiendo en publicaciones sin valor que no hacen m&aacute;s que ocupar espacio en las bibliotecas. Felizmente, con el tiempo el papel ser&aacute; reemplazado por la informaci&oacute;n virtual, con lo que el &uacute;nico espacio desperdiciado ser&aacute; el de los discos duros. Sin embargo, aun as&iacute;, la creciente cantidad de materiales de investigaci&oacute;n escasamente rigurosos dificultar&aacute; cada vez m&aacute;s la tarea de los investigadores, quienes tendr&aacute;n que abrirse paso a trav&eacute;s de esta enorme masa de informaci&oacute;n banal, para poder acceder a lo que realmente necesitan.</p>     <p>Harry Frankfurt, con justicia afamado profesor de filosof&iacute;a de la Universidad de Princeton, se propone en su reciente libro <i>On Bullshit</i> plantear las bases para una teor&iacute;a de la charlataner&iacute;a, e intenta explicar lo que la caracteriza y distingue, as&iacute; como sus posibles causas. En este punto, la empresa de Frankfurt no est&aacute; lejos de los grandes proyectos demarcatorios de la filosof&iacute;a occidental los esfuerzos por discriminar entre ciencia y no-ciencia, sentido y sinsentido o, simplemente, discurso riguroso y "pura sofister&iacute;a e ilusi&oacute;n&quot;, como llamaba Hume a los libros que seg&uacute;n &eacute;l deber&iacute;amos lanzar al fuego. Pero Frankfurt tiene en mente algo m&aacute;s. No quiere s&oacute;lo sugerir criterios para detectar la paparruchada, sino tambi&eacute;n desea proponer herramientas para descubrir ese tipo de palabreo pretencioso que se quiere mostrar dotado de profundidad y sutileza, cuando en realidad solo contiene simpleza, oscuridad y confusi&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Seg&uacute;n Frankfurt, hablar <i>bullshit</i> no es lo mismo que mentir. El mentiroso cree en la verdad, lo que ocurre es que se esmera en ocultarla. El charlat&aacute;n, por el contrario, no tiene ning&uacute;n tipo de consideraci&oacute;n ni curiosidad por ella.</p> <ul>    <p>Es imposible mentir si uno no cree conocer la verdad. Producir charlataner&iacute;a no requiere semejante convicci&oacute;n. Una persona que miente est&aacute;, por tanto, respondiendo a la verdad y, en ese sentido, es respetuosa con ella.<a href="#1" name="n1"><sup>1</sup></a></p>    </ul>     <p>As&iacute;, y esa es la tesis principal del libro, lo esencial del <i>bullshiter</i> es su total desinter&eacute;s por la verdad, su "indiferencia ante el modo de ser de las cosas&quot;. (Frankfurt: p. 44) Al charlat&aacute;n no le interesa mentir porque no cree que eso sea posible. Tampoco cree que se pueda decir la verdad; solo utiliza informaci&oacute;n y argumentos extra&iacute;dos de diversas fuentes con la finalidad de lograr sus objetivos, los cuales pueden ser divertir, impresionar o apabullar, seg&uacute;n la circunstancia y el interlocutor. Por eso el charlat&aacute;n est&aacute; m&aacute;s lejos de la verdad que el mentiroso.</p>     <p>Intentando encontrar una explicaci&oacute;n a la proliferaci&oacute;n actual de charlataner&iacute;a, Frankfurt sugiere dos causas: de un lado,</p> <ul>    <p>[L]a charlataner&iacute;a es inevitable siempre que las circunstancias exigen de alguien que hable sin saber de qu&eacute; est&aacute; hablando. As&iacute; pues, la producci&oacute;n de charlataner&iacute;a recibe un impulso siempre que las obligaciones o las oportunidades que tiene alguien de hablar de cualquier tema exceden su conocimiento de los hechos que son pertinentes para el tema en cuesti&oacute;n.<a href="#2" name="n2"><sup>2</sup></a></p>    </ul>     <p>De otro lado, la charlataner&iacute;a tambi&eacute;n se enra&iacute;za en las diversas formas de escepticismo "que niegan que podamos tener acceso a una realidad objetiva&quot; (Frankfurt: 77) lo que socava "los esfuerzos desinteresados por determinar qu&eacute; es verdad y qu&eacute; falso e incluso en la inteligibilidad de la noci&oacute;n de indagaci&oacute;n objetiva&quot;.</p>     <p>El libro de Frankfurt, cuya primera versi&oacute;n comenz&oacute; a circular por medio de fotocopias hace m&aacute;s o menos veinte a&ntilde;os, se ha convertido en un impredecible bestseller en el rubro de ensayos. Pienso que Frankfurt b&aacute;sicamente acierta en lo que sostiene, aunque me parece que dice algo de m&aacute;s, algo de menos y es un poco impreciso.</p>     <p>Para comenzar, no resulta claro a qui&eacute;nes se refiere Frankfurt cuando menciona a aquellos esc&eacute;pticos que no tienen inter&eacute;s en la verdad. Uno intuye que alude al pensamiento postmoderno, pero no hay una afirmaci&oacute;n expl&iacute;cita. El fil&oacute;sofo brit&aacute;nico y profesor de Cambridge Simon Blackburn, en <i>Truth: A guide,</i><a href="#3" name="n3"><sup>3</sup></a> desea llenar ese vac&iacute;o, y nos remite a los intelectuales influidos por Nietzsche y el pragmatismo. Es cierto que muchos de esos intelectuales pueden calificar de esc&eacute;pticos y relativistas, sin embargo podr&iacute;a ser que de este modo se est&eacute; metiendo en el mismo saco a pensadores que, por tener concepciones m&aacute;s complejas de la verdad que la correspondencia, son considerados de esa manera sin serlo. No todos los que no comparten la concepci&oacute;n de la verdad de Frankfurt y Blackburn carecen de inter&eacute;s por la verdad. Esas acusaciones suenan a fundamentalismo. De hecho, muchos pragmatistas no creen que la verdad dependa de un tipo de correspondencia con un conjunto de hechos prefijados, pero s&iacute; creen en la verdad objetiva, como una propiedad que tiene una creencia que es parte de una teor&iacute;a que ha demostrado ser m&aacute;s explicativa que otras teor&iacute;as alternativas. Por ejemplo, para los instrumentalistas, si hay criterios que determinan que una teor&iacute;a es objetivamente la mejor opci&oacute;n explicativa en un momento determinado y ante la evidencia disponible, podremos hablar de verdad objetiva. En el momento en que una nueva teor&iacute;a reemplace a la anterior, -al demostrar ser m&aacute;s explicativa o al aparecer nueva evidencia-, dejaremos de considerar verdaderas las creencias que la constitu&iacute;an. Pero no deber&aacute; pensarse que esto muestra que la verdad cambia; la verdad no cambia, o por lo menos no es necesario suponer que lo hace, lo que cambia es nuestras creencias acerca de lo que es verdadero. En todo caso, para ellos, lo que llamamos "la verdad&quot; no es una lista de creencias que describen la realidad con exactitud, en todo tiempo y espacio, sino simplemente un concepto regulativo acerca de lo que deber&iacute;amos creer, dada la evidencia relevante y los mejores criterios de justificaci&oacute;n. Probablemente todos tenemos ese concepto como consecuencia de la adaptaci&oacute;n de la especie al medio y de nuestra necesidad de creer lo que nos resulta m&aacute;s apropiado para sobrevivir exitosamente.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Ser&aacute; importante, sin embargo, preguntarnos qu&eacute; condujo al supuesto abandono de la verdad y, por tanto, qu&eacute; gener&oacute; la charlataner&iacute;a. Probablemente lo hizo el descr&eacute;dito de la concepci&oacute;n fundamentalista de la verdad, es decir, la idea de que hay una representaci&oacute;n correcta y definitiva de la manera como son las cosas, de suerte que es posible estar totalmente acertado o plenamente errado respecto de la realidad. El fundamentalista suele creer que acierta (ser&iacute;a imposible que alguien creyera que sus propias creencias son falsas) con lo que asume que quien no cree lo que &eacute;l cree est&aacute; irremediablemente equivocado. De esta manera, si uno piensa que hay una descripci&oacute;n &uacute;ltima y correcta de la realidad y que por suerte uno est&aacute; m&aacute;s cerca de ella que los otros, uno cree encontrarse en el derecho e incluso en el deber de desvelar la verdad a los dem&aacute;s, incluso (o especialmente) si ellos se resisten a verla. Hist&oacute;ricamente eso ha conducido a toda suerte de guerras, imposiciones, colonizaciones y sometimientos de aquellos que no tienen la suerte de conocer la verdad que el colonizador ha descubierto. La historia latinoamericana ilustra ese fen&oacute;meno desde el siglo XVI y, en materia de imposici&oacute;n por la fuerza de ideas supuestamente verdaderas, occidente se gana la mayor parte de los laureles. Pienso que nuestra obligaci&oacute;n, epist&eacute;mica y moral, no es revelar la verdad a los dem&aacute;s, sino poner sobre la mesa los instrumentos que creemos son los m&aacute;s apropiados para encontrarla, as&iacute; como las creencias que nos parecen mejor justificadas y que, por tanto, consideramos son las mejores candidatas a ser tenidas por verdaderas. Los dem&aacute;s decidir&aacute;n por su cuenta lo que quieran creer acerca de ellas.</p>     <p>Pero el caso del fundamentalista muestra que el discurso charlat&aacute;n no es solamente el de quien no cree en la verdad, sino tambi&eacute;n el de quien cree en ella pero cree tambi&eacute;n que nadie sino &eacute;l la conoce. Si el charlat&aacute;n, en su desinter&eacute;s por la verdad, manipula las situaciones para obtener sus fines, el fundamentalista tambi&eacute;n se comporta de esa manera, pues, estando convencido de la verdad de sus creencias, ya no le interesa revisarlas ni justificarlas ante los dem&aacute;s sino manipularlos para que las compartan. El libro de Frankfurt no incluye estas consideraciones, lo que es ciertamente una limitaci&oacute;n.</p>     <p>Por eso a la charlataner&iacute;a de los relativistas que no creen en la verdad hay que a&ntilde;adir la de los fundamentalistas que s&iacute; creen en ella, que adem&aacute;s creen poseerla y que, finalmente, consideran su obligaci&oacute;n imponerla. La carencia principal del libro de Frankfurt, es no reparar en esa otra fuente de manipulaci&oacute;n. As&iacute;, habr&iacute;a que modificar su tesis, porque si &eacute;l dice que el charlat&aacute;n no cree en la verdad y que es m&aacute;s enemigo de ella que el mentiroso, entonces por definici&oacute;n el fundamentalista que cree poseer la verdad no es charlat&aacute;n, lo que prueba que la definici&oacute;n de Frankfurt es demasiado limitada. El charlat&aacute;n puede o no creer en la verdad. Es m&aacute;s, normalmente s&iacute; cree en ella aunque no sea consciente de las paradojas que eso produce, porque si alguien sostiene con convicci&oacute;n que la verdad no existe es obvio que hay un sentido en que considera que sus creencias son preferibles a las de los que no creen en ello, y eso es una manera de creer en la verdad.</p>     <p>Frente a esta objeci&oacute;n Frankfurt retrucar&iacute;a que su tesis no es que el charlat&aacute;n afirme que la verdad no existe, sino que simplemente no le interesa para nada la verdad, que no es lo mismo. En efecto, no lo es. Creo, sin embargo, que es imposible que a alguien no le interese la verdad o que viva como si no le importara, porque eso implicar&iacute;a no tener creencias de ning&uacute;n tipo, dado que cuando tenemos una creencia inevitablemente asumimos que es verdadera. Consciente o inconscientemente siempre creemos lo que a nuestros ojos est&aacute; mejor justificado. Lo que puede ocurrir con muchos de los que Frankfurt llama esc&eacute;pticos de la verdad, es que ellos no creen en la concepci&oacute;n de la verdad de Frankfurt, lo que no implica que no crean en la verdad, por lo menos no en todos los casos. Adem&aacute;s, uno podr&iacute;a asegurar que cree que la verdad no existe, pero ser&iacute;a imposible que realmente lo crea o que se comporte de esa manera. &iquest;C&oacute;mo podr&iacute;a conducirse quien no tiene creencias que asume son preferibles a otras? Es imposible no interesarse por la verdad, porque eso significar&iacute;a que nos resulta indiferente creer una cosa u otra. Podr&iacute;a sernos indiferente tener creencias respecto de algunos temas que pensamos que no son relevantes, que son confusos o sobre los que no vale la pena tener creencias, pero todos consideramos necesario (ya sea si somos plenamente conscientes de ello o no) tener creencias verdaderas acerca de los temas que consideramos importantes.</p>     <p>As&iacute;, quiz&aacute; una mejor definici&oacute;n es esta: el charlat&aacute;n es aquel que, crea o no en una verdad objetiva, expresa convicciones d&eacute;bilmente justificadas o discurre floridamente acerca de nada. Su discurso es vacuo y enturbia, de manera pretenciosa y con aire de profundidad y sutileza, un estado de la cuesti&oacute;n sobre el que puede o no haber acuerdo, pero que ciertamente era m&aacute;s claro antes de la llegada del charlat&aacute;n, es decir, un estado de la cuesti&oacute;n sobre el que hab&iacute;a acuerdo acerca de nuestros desacuerdos.</p>     <p>Habr&aacute; que reconocer a muchos de los fil&oacute;sofos autodenominados postmodernos, aunque no a todos, el m&eacute;rito de ser quienes m&aacute;s han desarrollado la actividad de la charlataner&iacute;a. En efecto, ellos suelen creer que, dado que a su juicio no se pueden resolver los problemas filos&oacute;ficos, es mejor no seguir intentando hacerlo, con lo cual optan por dedicarse a una confusa mezcla entre filosof&iacute;a y literatura. En esto los postmodernos son positivistas sin saberlo porque asumen, bajo el modelo cientificista, que el objetivo de la filosof&iacute;a es resolver problemas y, al creer que eso no puede hacerse, abandonan la tarea. Pero si uno no piensa que el objetivo de la filosof&iacute;a sea resolver problemas sino aclararlos, entonces creer&aacute; tambi&eacute;n que nuestra responsabilidad es producir argumentos cada vez m&aacute;s finos y s&oacute;lidos. Del mismo modo, uno tender&aacute; a abandonar los conceptos de verdad, fundamento, justificaci&oacute;n, raz&oacute;n, etc., solo si los entiende de una manera cartesiana, racionalista e ilustrada. Pero si los reformulamos de un modo austero y minimalista, entonces no hay raz&oacute;n para dejarlos de lado. Es curioso, adem&aacute;s, c&oacute;mo bajo la imagen de apertura y tolerancia, la filosof&iacute;a postmoderna es, en muchos casos, intransigente y recalcitrante. Parad&oacute;jicamente, hay en ella la pretensi&oacute;n de expresar una sabidur&iacute;a oculta que no cualquiera podr&iacute;a comprender, pero que de alguna misteriosa manera est&aacute; m&aacute;s all&aacute; de la verdad y la falsedad.</p>     <p>La postmodernidad es modernidad <i>junior</i>. Esto se muestra en la manera como se entienden algunos conceptos epistemol&oacute;gicos clave. La postmodernidad pretende alejarse de ellos, pero s&oacute;lo porque todav&iacute;a los entiende a la manera moderna. En vez de resignificarlos y formularlos de una manera diferente, se los echa por la borda. Estos fil&oacute;sofos son, pues, como el adolescente que tira un portazo a la cara de los padres para encerrarse en su habitaci&oacute;n, la cual est&aacute;, naturalmente, dentro de la casa paterna. Pero al ser un hijo parricida de la modernidad, el postmoderno est&aacute; condenado a repetir al padre. Ese es, probablemente, el problema principal de la postmodernidad, es demasiado moderna. Se pretende distanciar de la modernidad como los adolescentes que, a fuerza de no querer parecerse a sus padres, terminan siendo id&eacute;nticos a ellos. La misma elecci&oacute;n de la palabra "postmodernidad&quot; es desafortunada, porque sugiere inmediatamente un cord&oacute;n umbilical a&uacute;n no roto.</p>     <p>Es verdad que el postmodernismo puede conducir a formas de relativismo indeseables, pero el relativismo es un concepto resbaladizo, porque hay temas en los que todos somos inofensivamente relativistas. Somos relativistas, por ejemplo, en materia gastron&oacute;mica o en lo concerniente a nuestras preferencias arom&aacute;ticas. As&iacute;, nadie creer&iacute;a que hay criterios s&oacute;lidos para determinar qu&eacute; perfume es objetivamente mejor que los dem&aacute;s, aunque ciertamente todos estar&iacute;amos de acuerdo en que hay aromas que son objetivamente m&aacute;s agradables al ser humano que otros. Sin embargo, hay terrenos en que el relativismo se torna m&aacute;s sospechoso, como el epistemol&oacute;gico o el moral. Pero presumo que en ese &aacute;mbito el relativista es un fundamentalista encubierto, porque sigue entendiendo esos conceptos a la manera tradicional, y precisamente por eso afirma que no hay criterios objetivos para determinar la verdad de nuestras creencias o el car&aacute;cter moral de nuestras acciones.</p>     <p>Sin embargo, para ser justos, la charlataner&iacute;a no est&aacute; &uacute;nicamente en la filosof&iacute;a postmoderna sino en todos los g&eacute;neros acad&eacute;micos. Est&aacute; en los que no creen en la verdad y en los que creen en ella. Est&aacute; en los que, despu&eacute;s de un largo y complicado discurso, no han dicho absolutamente nada. Est&aacute; en los que usan toda suerte de expresiones t&eacute;cnicas y aparentemente complejas colmados de citas eruditas y referencias cruzadas para ocultar la falta de creatividad y el hecho de que simplemente repiten, de manera m&aacute;s simple pero oscura, el pensamiento de alg&uacute;n intelectual cl&aacute;sico. Est&aacute; en aquellos que, como dec&iacute;a agudamente Nietzsche, enturbian el agua para que parezca m&aacute;s profunda.</p> <hr size="1">     <p><b>NOTAS AL PIE</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#n1" name="1">1</a>. P. 68</p>     <p><a href="#n2" name="2">2</a>. P. 76</p>     <p><a href="#n3" name="3">3</a>. Oxford University Press, 2005</p> </font>      ]]></body>
</article>
