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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[La canalización del dolor y el estancamiento del sufrimiento en Schopenhauer y De quincey]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[The channeling of pain and the stagnation of suffering in Schopenhauer and de Quincey]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[In this paper, I shall explore the channeling of pain and the blockage of suffering in the thoughts of Schopenhauer and De Quincey respectively. In the case of the English writer, I shall show that his view is opposite in ethical terms to the existential outcome both of the better conscience and of the denial of the will to live, since while the pleasures of the opium flow after dreams that are transformed into terrible sufferings, the pain, in Schopenhauer, is sublimated until it is transformed in the <img src="img/revistas/difil/v12n18/v12n18a05p1.GIF">of his ethics.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <center><font face="verdana" size="3"><b>La canalizaci&oacute;n del dolor y el estancamiento del sufrimiento en Schopenhauer y De quincey<a href="#n1">*</a>    <br>    <br> <i>The channeling of pain and the stagnation of suffering in Schopenhauer and de Quincey</i></b></font></center> <font face="verdana" size="2">     <p>     <center>Sandra Baquedano Jer    <br> Universidad De Chile, Chile. <a href="mailto:sandra.baquedano@uchile.cl">sandra.baquedano@uchile.cl</a></center> </p>     <p> <a name="n1">*</a> El presente art&iacute;culo es resultado de los proyectos FONDECYT (Fondo Nacional de Ciencia y Tecnolog&iacute;a) n&uacute;mero 11100009 y VID SOC 09/14-2. </p>     <p>     <center>Recibido el 12 de noviembre de 2010 y aprobado el 17 de diciembre de 2010</center> </p> <hr>    <br> <b>Resumen</b>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> En este art&iacute;culo sondear&eacute;, tanto la canalizaci&oacute;n del dolor como el estancamiento del sufrimiento en los pensamientos de Schopenhauer y De Quincey, respectivamente. En el caso del literato ingl&eacute;s veremos que es opuesto en t&eacute;rminos &eacute;ticos al desenlace vivencial tanto de la conciencia mejor, como la negaci&oacute;n de la voluntad de vivir, puesto que, mientras los placeres del opio fluyen tras sue&ntilde;os que se transforman en terribles sufrimientos, el dolor en Schopenhauer es sublimado hasta ser convertido en el <img src="img/revistas/difil/v12n18/v12n18a05p1.GIF"> de su &eacute;tica. </p> <b>Palabras clave</b>     <p> Conciencia mejor, negaci&oacute;n de la voluntad de vivir, dolor, opio, <img src="img/revistas/difil/v12n18/v12n18a05p1.GIF">, sufrimiento. </p> <b>Abstract</b>     <p> In this paper, I shall explore the channeling of pain and the blockage of suffering in the thoughts of Schopenhauer and De Quincey respectively. In the case of the English writer, I shall show that his view is opposite in ethical terms to the existential outcome both of the better conscience and of the denial of the will to live, since while the pleasures of the opium flow after dreams that are transformed into terrible sufferings, the pain, in Schopenhauer, is sublimated until it is transformed in the <img src="img/revistas/difil/v12n18/v12n18a05p1.GIF"> of his ethics. </p> <b>Key words</b>     <p> Better conscience, denial of the will to live, pain, opium, <img src="img/revistas/difil/v12n18/v12n18a05p1.GIF">, suffering. </p> </font> <hr>    <br>     <center><font face="verdana" size="3"><b>1. Reflexiones introductorias en torno al dolor y el sufrimiento</b></font></center> <font face="verdana" size="2">     <p> En este art&iacute;culo sondear&eacute; tanto la canalizaci&oacute;n del dolor como el estancamiento del sufrimiento en los pensamientos de Schopenhauer y De Quincey. En el caso del literato ingl&eacute;s veremos que es opuesto en t&eacute;rminos &eacute;ticos al desenlace vivencial tanto de la conciencia mejor como luego de la negaci&oacute;n de la voluntad de vivir. Del mismo manantial del dolor dilucidaremos una bifurcaci&oacute;n sustancial, puesto que mientras los placeres del opio fluyen tras sue&ntilde;os que se transforman en tortuosos sufrimientos &ndash;al terminar los dolores f&iacute;sicos y los m&aacute;s intensos dolores espirituales en un naufragio moral&ndash;, el dolor en Schopenhauer, al contrario, es aquello que posibilita en un imaginario el &eacute;xtasis celestial de la conciencia mejor y por consiguiente m&aacute;s tarde la vivencia infernal de la voluntad en cuanto cosa en s&iacute;. </p>     <p> No obstante, a partir de esta &uacute;ltima vivencia analizar&eacute;, c&oacute;mo sublima el dolor hasta convertirlo en el medio para negar precisamente dicha voluntad y tender de este modo hacia el &uacute;nico norte &eacute;tico que &eacute;l pregona. De ah&iacute; la reflexi&oacute;n final sobre el <img src="img/revistas/difil/v12n18/v12n18a05p1.GIF">. </p>     <p> Si bien se trata &uacute;nicamente de facetas distintas de un mismo proceso, se pueden considerar al menos dos formas de objetivar el dolor: una f&iacute;sica y una espiritual. El dolor f&iacute;sico &ndash;com&uacute;n al hombre y posiblemente a todas las especies no humanas&ndash; es una respuesta defensiva, muchas veces autom&aacute;tica e inconciente ante alg&uacute;n da&ntilde;o biol&oacute;gico, la cual ha sido precedida por una p&eacute;rdida y conmoci&oacute;n<a href="#p1" name="p1b"><sup>1</sup></a>. En el caso del dolor f&iacute;sico se puede distinguir el agudo del cr&oacute;nico. </p>     <p> El primero carecer&iacute;a en el hombre de valor madurativo o de crecimiento espiritual, si al pasar no dejara huellas significativas en la memoria. El segundo reviste sufrimiento, cuando por su intensidad se funde f&aacute;cilmente con los de orden moral o espiritual. Aqu&iacute;, entonces ya no cabe hablar de dolor, sino de sufrimiento, en cuanto comprende la totalidad de un estado f&iacute;sico y mental. En el caso del individuo que carece de una &quot;<i>seguridad ontol&oacute;gica primaria</i>&quot; (Laing 35). La intensidad de cualquier dolor sea agudo, cr&oacute;nico, espiritual o moral, debe ser ponderado como sufrimiento al comportar la totalidad indiferenciada entre su particular estado f&iacute;sico y mental. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> El dolor espiritual, propio del ser humano &ndash;y no demostrable, pero innegable a otras especies no humanas&ndash;, se encuentra en relaci&oacute;n con contenidos de pensamientos, sue&ntilde;os abstractos o sentimientos asociados com&uacute;nmente a la angustia, la tristeza, la desesperaci&oacute;n, la nostalgia, la pena, el abandono o la incomprensi&oacute;n. Negarle a los animales un modo de dolor espiritual, es anular la posibilidad que, a ellos les concierna una esfera sentimental o cognitiva <i>distinta</i> a la del hombre. &Uacute;nicamente el dolor moral, ya sea como compasi&oacute;n, culpa, remordimiento o verg&uuml;enza, por nombrar algunos, es asociable a caracter&iacute;sticas m&aacute;s humanas. Si bien, son estos dolores los que podr&iacute;an posibilitar un crecimiento espiritual m&aacute;s elevado, no por el hecho que los animales carezcan de ellos; recalco, en un sentido <i>moralmente humano</i> y, por tanto, no se les pueda adjudicar la capacidad de sentir dolores morales, se debe desprender de ello que carezcan de una dignidad o valores espirituales m&aacute;s elevados. </p>     <p> El dolor moral puede favorecer el autoconocimiento. Por ejemplo, en la compasi&oacute;n; si entre lo absurdo ante la incomprensi&oacute;n del sufrimiento del otro, el individuo retorna, no por amor a s&iacute; mismo, nuevamente a su yo (luego de haberlo abandonado en el encuentro sensible y desinteresado con el otro), sino para preguntarse por el sentido del sufrimiento, en ese momento se puede vivenciar el abandono, en el sentido de padecer la ausencia de cualquier comprensi&oacute;n, que nos proteja del desconcierto existencial de ver sufrir a un semejante sin saber ni llegar a entenderlo nunca. </p>     <p> En esas situaciones se suelen percibir los l&iacute;mites de la capacidad humana, poni&eacute;ndose finalmente en suspenso toda certeza, fuera de la compasi&oacute;n o del amor puro que sintamos por este ser. Sin embargo, esto nos puede permitir acceder a una comprensi&oacute;n m&aacute;s profunda de la realidad (no de una mera &iacute;ndole intelectual) que de tal vivencia nos libere. </p>     <p> Sin dolor no hay compasi&oacute;n, pero no todos los dolores morales o espirituales llevan necesariamente a la compasi&oacute;n o disuelven el ego&iacute;smo. La mayor&iacute;a de los dolores provienen del ego&iacute;smo, ya sean, aquellos que, suelen traducirse en p&eacute;rdidas materiales, como tambi&eacute;n aquellos que surgen por un enaltecimiento ilusorio del yo. De este tipo, puede uno figurarse la m&aacute;s diversa gama de dolores: dolor por el da&ntilde;o a la imagen que uno se ha creado; dolor por haber perdido el prestigio; por no poder saciar este u otro capricho, por rencor, por envidia, por orgullo, por celos o por ira. No afirmo que estos dolores se padezcan con mayor o menor intensidad que los otros, solo sostengo que nos aferran la mayor parte de las veces a ficciones que se buscan como medio de alejarnos de este u otro padecimiento determinado, y que, adem&aacute;s, se recurre a ellas como medio de olvido, de evasi&oacute;n, de huida del dolor y de todo el efecto que pudo haber ocasionado. </p>     <p> Soy de la convicci&oacute;n que la conciencia hol&iacute;stica del padecimiento &ndash;so&ntilde;ado por Schopenhauer y De Quincey&ndash;, ha hecho a personas capaces de experimentar el dolor con mayor intensidad, pero ellos, los sensibles, pueden ser a la vez capaces de asumir el dolor con mayor fortaleza que los otros. </p>     <p> Cuando los mecanismos defensivos no ayudan a canalizar el dolor y nos vuelven contra este mismo, se padece el atascamiento que yo identifique antes con el t&eacute;rmino <i>sufrimiento</i> que con el dolor. Spaemann nos ayuda a comprender en este sentido las connotaciones a las cuales me he referido: </p>     <blockquote> El t&eacute;rmino alem&aacute;n 'sufrimiento' tiene, de manera an&aacute;loga a sus t&eacute;rminos correspondientes en otras lenguas, un doble sentido. Significa tristeza (infelicidad, desagrado...), y tambi&eacute;n sencillamente pasividad (en el sentido de <i>passibilitas</i>), o, por decirlo a la moda, frustraci&oacute;n (Spaemann 118). </blockquote>     <p> A partir de un cierto grado de intensidad, el dolor como tal pasa a ser sufrimiento. El paso de uno a otro, ocurre cuando se anula por la profundidad del padecimiento todo motivo positivo o negativo del futuro; cuando se pierde la esperanza de alivio real y se estanca con ello la canalizaci&oacute;n que nos abstrae de su intensidad. </p> </font>     <center><font face="verdana" size="3"><b>2. Schopenhauer y la conciencia mejor como mecanismo defensivo del dolor</b></font></center> <font face="verdana" size="2">     <p> Al hombre, a fin de que alcance un sentimiento elevado y oriente sus pensamientos hacia lo eterno desde la temporalidad (en una palabra, para que nazca dentro del mismo la conciencia mejor), el dolor, el sufrimiento y los fracasos, le son tan imprescindibles como al barco, ese pesado lastre sin el cual no cobra profundidad alguna, convirti&eacute;ndose as&iacute; en un juguete de las olas y del viento, incapaz de fijar su rumbo y que naufraga con suma facilidad (Schopenhauer 1985 87). </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> En la ausencia del dolor Schopenhauer imagina un barco a la deriva, que por su misma liviandad se convierte en un juguete de las olas y del viento. Esta cita deja de manifiesto que el dolor, el sufrimiento y los fracasos son en su filosof&iacute;a el pesado lastre que le da profundidad y rumbo a sus pensamientos. El lastre posibilita aquello que Schopenhauer denomina una conciencia metaf&iacute;sica (104). </p>     <p> Si &eacute;sta es en verdad una vivencia metaf&iacute;sica est&aacute; por aclararse. Utilizo siempre la palabra <i>vivencia</i> antes que <i>experiencia</i>, cuando busco enfatizar que los dolores que residen en primer lugar en la imaginaci&oacute;n realista, en los sue&ntilde;os sin esperanzas, en las quimeras o en las fantas&iacute;as &ndash;cuyos contenidos no implican necesariamente que sean constatables en el mundo emp&iacute;rico&ndash;, su padecimiento suele intensificar aquellos dolores que s&iacute; tienen constataci&oacute;n emp&iacute;rica o f&aacute;ctica; es decir, cuyo contenido se puede constatar tras razones suficientes<a href="#p2" name="p2b"><sup>2</sup></a>. </p>     <p> En este caso el barco recibe la firmeza necesaria para poder sondear m&aacute;s tarde el dolor. Reflexionando sobre &eacute;ste, Schopenhauer atisba en la claridad del horizonte a la conciencia mejor, estabilidad que le procurar&aacute; al barco, el sosiego de un norte sereno y de un mar calmo. La experiencia de la realidad o el dolor que provoca todo lo real, es aquello que le permite fijar rumbo hacia ese norte metaf&iacute;sico y &eacute;tico. Sin embargo, el peso del lastre no es ilimitado: &iquest;qu&eacute; sucede cuando &eacute;ste supera en enorme medida la capacidad de soporte del barco? Schopenhauer no habla en esta ocasi&oacute;n de ello, pero veremos que lo presupone. </p>     <p> Mucho se ha escrito y especulado sobre el dolor, sin embargo, no todos aquellos que realmente lo han padecido han vuelto a la superficie de las palabras donde yacen las reflexiones, ni han conseguido, por consiguiente, fijar a trav&eacute;s de ellas, el rumbo de tal padecer. La locura es el ejemplo de la sobrecarga m&aacute;s extrema, dolor que lleva al barco a un hundimiento vertical, por decirlo as&iacute;, se va en picada. No se espera el regreso a la superficie porque simplemente ya ni &eacute;sta, ni en el fondo existen. Solo se padece el golpe violento de haber chocado con un fondo que su oscuridad vuelve irreconocible. </p>     <p> Ahora bien, cuando el barco es sobrecargado por el lastre con un dolor que solo contempla y asimila la desolaci&oacute;n del espect&aacute;culo universal o el sufrimiento pasivo de la compasi&oacute;n (lo cual nada tiene de esperanzador), entonces solo queda albergar el inefable silencio de los fondos abisales. Nos encontramos, en este caso, ante un naufragio lento. En t&eacute;rminos &eacute;ticos, De Quincey, es el m&aacute;s fiel testimonio de este tipo de naufragio moral y filos&oacute;fico. </p>     <p> Que el dolor espiritual inefable hunda al ser humano en una vivencia metaf&iacute;sica m&aacute;s abajo de los l&iacute;mites del lenguaje, es un hecho que no debe ser entendido en un sentido metaf&oacute;rico, si se asocia con ello una pomposidad ling&uuml;&iacute;stica, puesto que en este caso, debe ser entendido como un recurso filos&oacute;fico y no estil&iacute;stico, como una literalidad, que a trav&eacute;s de su anverso (la met&aacute;fora) busca ser realzada y dimensionada de un modo esencial. Para ello, comenzar&eacute; aclarando que en el sistema maduro de Schopenhauer, tanto el dolor f&iacute;sico como el espiritual &ndash;que se padece en la representaci&oacute;n&ndash; provienen de una voluntad metaf&iacute;sica, cuya manifestaci&oacute;n m&aacute;s pr&oacute;xima es el cuerpo. En &eacute;ste se manifiestan las afecciones inmediatas de la voluntad. </p>     <blockquote> As&iacute; el dolor f&iacute;sico est&aacute; ya condicionado por los nervios y su conexi&oacute;n con el cerebro; y de ah&iacute; que no se deje sentir la lesi&oacute;n de un miembro si han seccionado los nervios que lo conectan con el cerebro o cuando la potencia de &eacute;ste es anulada por la acci&oacute;n del cloroformo. Por id&eacute;ntica raz&oacute;n opinamos que una vez extinguida la conciencia del agonizante, es indolora toda convulsi&oacute;n posterior. Que el dolor espiritual est&aacute; condicionado por el conocimiento es de suyo evidente; y que crece con el grado del mismo es f&aacute;cil de inferir (Schopenhauer 1986a 351). </blockquote> De esta afirmaci&oacute;n es posible inferir que, en los grados de objetivaci&oacute;n m&aacute;s altos de la voluntad, el dolor no puede ser sentido como tal si no existe una conciencia que lo perciba. Cuando esto sucede, el dolor moral adquiere una jerarqu&iacute;a m&aacute;s alta en la escala de sufrimiento.     <blockquote> La causa de nuestro dolor, al igual que la de nuestra alegr&iacute;a, no suele tener su sede en el presente real, sino simplemente en pensamientos abstractos: estos son los que con frecuencia nos causan insoportables tormentos, frente a los cuales queda empeque&ntilde;ecido cualquier sufrimiento de la animalidad, dado que con los mismos a menudo dejamos de sentir nuestro propio dolor f&iacute;sico e incluso ante un intenso sufrimiento espiritual nos provocamos un sufrimiento f&iacute;sico, simplemente para desviar la atenci&oacute;n de aquel a &eacute;ste: por eso en medio de los mayores dolores espirituales uno se mesa los cabellos, se golpea el pecho, se ara&ntilde;a la cara o se arrastra por el suelo; todo lo cual solo es propiamente un medio violento para sustraernos de un pensamiento insoportable (411). </blockquote>     <p> Que los dolores espirituales sean considerados por Schopenhauer m&aacute;s grandes e intensos en la escala de sufrimiento, se debe a que, cuando el individuo es capaz de abandonarse a s&iacute; mismo en el padecimiento del dolor ajeno para ver m&aacute;s all&aacute; de los fen&oacute;menos individuales que distancian al &quot;yo&quot; del &quot;t&uacute;&quot;, traspasa el Velo de Maya y capta el dolor com&uacute;n que subyace bajo cada ser. La compasi&oacute;n proviene del hecho de ver que nuestro verdadero yo no existe solo en nuestro individuo, sino, en lo resultante de todos los dem&aacute;s. Lo cual se debe a que el conocimiento mejor supone haberse liberado del <i>principium individuationis</i>, lo que implica que, todo dolor, ya sea el propio como el del m&aacute;s ajeno, haya sido padecido de igual modo. Solo la compasi&oacute;n puede vencer al ego&iacute;smo. Aunque el que ha solido ser ego&iacute;sta muy probablemente lo seguir&aacute; siendo hasta que muera, ya que, ning&uacute;n conocimiento que persiga tras razones suficientes podr&aacute; hacer que sobre su car&aacute;cter influyan motivos diferentes de aquellos para los que tenga una receptividad o tendencia predominante. Esto lo piensa expl&iacute;citamente Schopenhauer a lo largo de su obra, a pesar que no establezca sistem&aacute;ticamente una distinci&oacute;n clara entre dolor y sufrimiento. &Uacute;nicamente contempla a ambos para diferenciar la esfera f&iacute;sica de la espiritual. </p>     <p> En lo que se refiere a la conciencia mejor, Schopenhauer la concibe como un estado de superaci&oacute;n interior que ofrece un fugaz consuelo metaf&iacute;sico, el cual no es posible obtenerlo en la conciencia emp&iacute;rica, en cuanto &eacute;sta se halla inmersa en el enga&ntilde;o y en la falsedad de la vida (110). </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Espec&iacute;ficamente el sentimiento de dolor es <i>conditio sine qua non</i> de la compasi&oacute;n, la cual es considerada por Schopenhauer como el &uacute;nico m&oacute;vil moral. La reacci&oacute;n ante este dolor se manifiesta en un comienzo mediante una negaci&oacute;n an&oacute;nima de la voluntad de vivir mediante la conciencia mejor, cuya prolongaci&oacute;n y ahondamiento ser&aacute; denominada m&aacute;s tarde lisa y llanamente: el camino de la negaci&oacute;n de la voluntad de vivir. Esto significa que, t&aacute;citamente la conciencia mejor presupone la negaci&oacute;n de la voluntad de vivir sin que &eacute;l haya a&uacute;n encontrado ni utilizado el t&eacute;rmino. </p> </font>     <center><font face="verdana" size="3"><b>3. De Quincey y el sufrimiento moral de un opi&oacute;mano</b></font></center> <font face="verdana" size="2">     <p> Testimonios milenarios corroboran que nunca ha existido una droga tan popular desde la antig&uuml;edad, tan influyente en los c&iacute;rculos filos&oacute;ficos e intelectuales y tan asociada al dolor como el opio. De Quincey enfatiza que el opio es &ndash;entre todos los agentes conocidos&ndash; el m&aacute;s poderoso y el de mayor alcance en su dominio sobre el dolor (2001 226). Por esta raz&oacute;n, cuando lo descubre no duda en presentarlo a trav&eacute;s de su terminolog&iacute;a griega. </p>     <blockquote> &Eacute;sta era la panacea, <img src="img/revistas/difil/v12n18/v12n18a05p2.GIF">, para todos los males humanos; &eacute;ste era el secreto de la felicidad, del que los fil&oacute;sofos hab&iacute;an discutido durante tantos siglos, por fin descubierto (143). </blockquote>     <p> Para De Quincey los dolores morales son superiores a los f&iacute;sicos. El espect&aacute;culo del dolor universal &ndash;del cual el opi&oacute;mano es actor y testigo&ndash; <i>es</i> compasi&oacute;n porque es el dolor de los <i>otros</i> el que confiesa padecer. No es el dolor personal el que sue&ntilde;a trascendiendo el <i>principium individuationis</i><a href="#p3" name="p3b"><sup>3</sup></a>. Vale aqu&iacute; se&ntilde;alar que, la compasi&oacute;n en la que est&aacute; inmerso De Quincey, no resulta ser un m&oacute;vil moral, sino la vivencia pasiva &ndash;desde un punto de vista moral&ndash; del dolor ajeno, pero padecido &eacute;ste en toda su grandeza. </p>     <p> Raz&oacute;n por la cual el dolor no vuelve a la superficie para alcanzar el rumbo de un norte metaf&iacute;sico y &eacute;tico, puesto que la compasi&oacute;n que padece (so&ntilde;ando) es la sola asimilaci&oacute;n de un espect&aacute;culo desolador, del cual sin embargo, no se puede sustraer ni contener. Estamos en presencia no solo de un hombre que sufre, sino, de un naufragio &ndash;en t&eacute;rminos &eacute;ticos&ndash; tanto morales como filos&oacute;ficos. </p>     <p> El comedor de opio, ironiza de vez en cuando llamando <i>fil&oacute;sofo trascendental</i> al hombre que no puede abandonar la estructura racional del opi&oacute;mano (235). </p>     <p> Es importante destacar, la tremenda admiraci&oacute;n que sinti&oacute; De Quincey, tanto por la persona como por la filosof&iacute;a de Kant (De Quincey 1994). Si bien, los textos ya aludidos de De Quincey, se aproximan a la obra de Kant desde una perspectiva literaria y ensay&iacute;stica, no impide esto &uacute;ltimo que los elementos contenidos en la filosof&iacute;a de Kant &ndash;en especial la distinci&oacute;n entre fen&oacute;meno y noumeno&ndash;, se presten para explicar <i>ad hoc</i> las vivencias de De Quincey con opio. De aqu&iacute;, a m&iacute; juicio, la admiraci&oacute;n del literato ingl&eacute;s por el fil&oacute;sofo de K&ouml;nigsberg. El <i>en s&iacute;</i> metaf&iacute;sico schopenhaueriano vendr&iacute;a a ser en el padecer de De Quincey, los ensue&ntilde;os con opio, es decir, aquella verdad, aquel dolor, aquel querer, aquella ansiedad c&oacute;smica de oscura determinaci&oacute;n que urde trampas y pone al hombre constantemente en peligros sin que pueda preverlos ni reconocerlos. Esto &uacute;ltimo porque el entendimiento es para &eacute;l limitado y falaz. El hecho que sea limitado le impide avizorar las verdades y los peligros que se revelan en el mundo de los sue&ntilde;os desde donde se siente sobrepasado por las formas trascendentales de la raz&oacute;n<a href="#p4" name="p4b"><sup>4</sup></a>. </p>     <p> El comedor de opio confiesa, por ejemplo, que tras su uso prolongado, el opio vuelve el tiempo <i>el&aacute;stico</i>, es decir, se extiende hasta l&iacute;mites tan inconmensurables y evanescentes que al despertar le parec&iacute;a absurdo dar cuenta de ello, con expresiones a la medida de la existencia humana. En los tormentos del opio, intenta expresar como el aumento de las dimensiones temporales y espaciales, multiplicaban e intensificaban, brutalmente sus dolores morales. As&iacute; nos confiesa en este sue&ntilde;o: </p>     <blockquote> Las aguas cambiaron ahora de car&aacute;cter: de lagos trasl&uacute;cidos, brillantes como espejos, pasaron a convertirse en mares y oc&eacute;anos... Hasta aquel momento, los rostros humanos se hab&iacute;an mezclado a menudo con mis sue&ntilde;os, mas no de una manera desp&oacute;tica, ni con potestad especial alguna para atormentarme. Pero ahora, lo que he dado en llamar la tiran&iacute;a del rostro humano comenz&oacute; a manifestarse. Entonces fue cuando sobre las aguas agitadas del oc&eacute;ano comenzaron a aparecer rostros humanos: el mar parec&iacute;a pavimentado de innumerables rostros, alzados hacia los cielos. Rostros que imploraban, llenos de ira, desesperados, que surg&iacute;an a millares, por mir&iacute;adas, por generaciones, por siglos: mi agitaci&oacute;n era infinita, mi mente se ven&iacute;a abajo, y se alzaba de nuevo con el oc&eacute;ano (De Quincey 2001 195). </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Dicha conciencia del dolor que, experimenta so&ntilde;ando y que ir&oacute;nicamente, es asociada, como la propia de un fil&oacute;sofo trascendental, induce a m&iacute; parecer, a un doble silencio. El primero es causado por el contraste que se da entre el horrendo espect&aacute;culo del dolor y la condici&oacute;n humana, que minimiza cualquier dolor personal, hasta transformar &eacute;stos en &iacute;nfimas nimiedades personales. Cuando se sensibiliza al dolor del resto, cuando no se puede salir de la compasi&oacute;n, el contraste que se provoca entre la conciencia de la humanidad sufriente revivida intensamente en casos concretos y mezcl&aacute;ndose estos casos entre siglos de generaciones sufrientes, entonces la temporalidad &iacute;nfima, en la cual se padecen los problemas personales, hacen que cualquier lamento propio termine provocando cierta sensaci&oacute;n de ego&iacute;smo y verg&uuml;enza. Bastar&iacute;a contemplar realmente la desolaci&oacute;n y el dolor humano, para rehuir las quejas y lamentos personales. La compasi&oacute;n no es para De Quincey, un m&oacute;vil moral sino la asimilaci&oacute;n de un espect&aacute;culo desolador (50). </p>     <p> El dolor moral que padece De Quincey so&ntilde;ando, ya no es comparable ni en padecimiento ni en importancia, ni en medida alguna con los dolores que puede dar cuenta estando despierto. Sus vigilias sin opio, vendr&iacute;an a ser aqu&iacute;, como la conciencia emp&iacute;rica schopenhaueriana o su an&aacute;logo tard&iacute;o, el mundo como representaci&oacute;n. Los placeres del opio equivaldr&iacute;an a la conciencia mejor, sus tormentos se asemejar&iacute;an de un modo sustancial a la vivencia metaf&iacute;sica del noumeno volente. En este sentido el lenguaje tender&iacute;a lamentablemente a la invalidez del pensamiento &ndash;propio de los hombres que nunca han so&ntilde;ado&ndash; y a la hostilidad de las explicaciones que se dan en el plano de la raz&oacute;n suficiente. Hostilidad que la padece como tal frente al discurso absolutista del saber cient&iacute;fico. </p>     <p> Valga se&ntilde;alar que se puede conocer de un modo cabal el mecanismo del dolor, desde el m&aacute;s leve hasta el m&aacute;s severo, se puede describir en detalle los procesos qu&iacute;micos y biol&oacute;gicos que ocurren y as&iacute;, por ejemplo, representarnos el da&ntilde;o de estructuras proteicas con esquemas circulares sobre la liberaci&oacute;n de <i>Bradicininas</i> y <i>Prostagandinas</i>. Podemos seguir describiendo y esquematizando de un modo exacto el modo como llega la informaci&oacute;n al cerebro, podemos conocer el mecanismo de los receptores, la funci&oacute;n que cumple GABA y Dopamina en sinapsis inhibitorias del dolor, podemos adem&aacute;s, hacer un estudio espec&iacute;fico sobre el modo como el compuesto activo del opio puede reemplazar a ambos neurotransmisores en sinapsis inhibitoria del dolor tanto a nivel f&iacute;sico como psicol&oacute;gico, y no solo eso, sino que tambi&eacute;n podr&iacute;amos emprender de un modo activo el viaje inter-sin&aacute;ptico que realiza un neurotransmisor &ndash;que probablemente oscile entre unos 50 y 90 nan&oacute;metros&ndash;, para desde tal experiencia, internarnos en un estudio bioqu&iacute;mico y, as&iacute;, llegar a saber todo, todo lo que pueda saberse desde una perspectiva cient&iacute;fica sobre los mecanismos del dolor, y sin embargo, con todo ello, no entender en absoluto el dolor que padece un opi&oacute;mano, quedando sumidos en la mas <i>Indocta Ignorantia</i> frente al simple <i>me duele</i> de un opi&oacute;mano<a href="#p5" name="p5b"><sup>5</sup></a> (Cocteau 2002). El lenguaje adem&aacute;s tiende a la frialdad de la gram&aacute;tica, propia de cualquier explicaci&oacute;n que no intente acceder a la experiencia y a la verdad del opi&oacute;mano inmersa en una estructura racional, en la cual se sufre, pero se sufre so&ntilde;ando. El dolor es la manifestaci&oacute;n directa del contenido de los sue&ntilde;os. A estos &uacute;ltimos debemos sus confesiones (227). </p>     <p> El lamentarse y las l&aacute;grimas, se refiere a los motivos, las razones suficientes, las circunstancias personales, pero no ponen en tela de juicio todo aquello que los produce, lo cual para De Quincey es lisa y llanamente dolor, pero en este caso dolor moral so&ntilde;ado. De Quincey, no so&ntilde;&oacute; con la voluntad en cuanto cosa en s&iacute;, confiesa bastarle el dolor de la infancia para refutar las verdades de los fil&oacute;sofos y rechazar sus sistemas (33). El dolor que padece De Quincey est&aacute; inmerso en este silencio cuando confiesa: </p>     <blockquote> Que este, y todos los otros cambios que experimentaron mis sue&ntilde;os, vinieron acompa&ntilde;ados de tan profunda ansiedad y l&oacute;brega melancol&iacute;a que son imposibles de comunicar con palabras. Me parec&iacute;a cada noche descender, no en el sentido metaf&oacute;rico, sino literalmente descender, por simas y abismos desolados, hasta el fondo de los fondos, del que ya no esperaba volver a salir. Tampoco, ya despierto, sent&iacute;a que hubiera regresado. No quiero detenerme en esto; el estado de pesadumbre que rodeaba estos magn&iacute;ficos espect&aacute;culos, comparable cuanto menos con la m&aacute;s negra oscuridad, tal si fuera una desesperaci&oacute;n suicida, no puede alcanzarse con palabras (188-189). </blockquote>     <p> Nos encontramos frente a un literato que, no solo abandona pasivamente la realidad, sino tambi&eacute;n, a &eacute;l mismo en este acto. La evidente destrucci&oacute;n y disoluci&oacute;n de los tormentos del opio no es causada por el dolor externo que de afuera provoca la realidad, sino por la devastaci&oacute;n que los mismos sue&ntilde;os internos, que se han vuelto aut&oacute;nomos, han provocado. Este sufrimiento lleva a De Quincey a un padecer silente, un dolor &ndash;parafraseando a Wordsworth&ndash;: <i>Too deep for tears</i>. </p>     <blockquote> El sentimiento que acompa&ntilde;a a la s&uacute;bita revelaci&oacute;n de que todo est&aacute; perdido crece silenciosamente en el coraz&oacute;n, es demasiado hondo para expresarse en palabras o gestos y ninguna parte de &eacute;l se trasluce al exterior. Si la ruina fuese condicional o subsistiese una duda lo natural ser&iacute;a prorrumpir en exclamaciones e implorar compasi&oacute;n. En cambio cuando se sabe que la ruina es absoluta, cuando la compasi&oacute;n no puede ser un consuelo y no es posible abrigar la menor esperanza, todo es distinto. Se extingue la voz, se hielan los gestos y el esp&iacute;ritu humano vuela de regreso a su propio centro. Al menos yo, al advertir que las terribles puertas se hab&iacute;an cerrado y que de ellas colgaban crespones negros, como por una muerte ya acaecida, no habl&eacute;, no me quej&eacute;, no hice un gesto. Un suspiro profundo escap&oacute; de mi pecho y me estuve en silencio varios d&iacute;as (12). </blockquote>     <p> &quot;No habl&eacute;, no me quej&eacute;, no hice un gesto&quot;. <i>Suspiria de Profundis</i>, es el suspiro que se escapa de este silencio. &quot;Es demasiado hondo para expresarse en palabras o gestos&quot;. Pese a que esto ya es m&aacute;s que un suspiro, puesto que &eacute;l con palabras lo expresa, son sin embargo, precisamente estas palabras aquellas que realizan una especial forma de silencio. La diferenciaci&oacute;n establecida entre dos formas de silencio alude en el caso de De Quincey, a un silencio nacido de un dolor inefable, el cual lo conduce en sus sue&ntilde;os a la m&aacute;s profunda pero pasiva compasi&oacute;n, sin que &eacute;sta encuentre salida ni efectos virtuosos en el plano &eacute;tico. </p>     <p> &Eacute;l solo padece, pero padece so&ntilde;ando. El sentimiento albergado en la certeza de saber que todo est&aacute; perdido, le impide a De Quincey implorar compasi&oacute;n, porque lo cierto es que ya est&aacute; inmerso en ella, raz&oacute;n por la cual implorarla ser&iacute;a un contrasentido. Por la misma raz&oacute;n, no la condena como Nietzsche, ni la fomenta como lo hace Schopenhauer, puesto que el dolor moral y la soledad universal son producto de su compasi&oacute;n. Los tormentos del opio condenan a De Quincey al sentimiento de la m&aacute;s profunda compasi&oacute;n. </p>     <p> Sin duda, De Quincey, habr&iacute;a implorado compasi&oacute;n si el dolor y la ruina de la que fue objeto y testigo hubiese sido parcial, pero cuando no hay esperanza: &quot;la voz muere&quot; y &quot;nuestro esp&iacute;ritu retorna a su propio centro&quot;. La compasi&oacute;n es la esencia de este silencio. De Quincey reitera enf&aacute;ticamente que se trata de una experiencia inefable y a ra&iacute;z de eso es que queremos reconocer ah&iacute; la realizaci&oacute;n de &eacute;ste. A tal inefabilidad pertenece el mundo so&ntilde;ado del opi&oacute;mano. &quot;Tampoco, ya despierto, sent&iacute;a que hubiera regresado&quot;(188). Es la experiencia de un naufragio moral, un hundimiento total en la contemplaci&oacute;n y en el sufrimiento pasivo de la compasi&oacute;n sin alcanzar la superficie de un plano &eacute;tico. Estamos &ndash;al contrario de lo canalizado por Schopenhauer&ndash; ante un naufragio moral, un completo engolfamiento en la contemplaci&oacute;n y en el sufrimiento pasivo de la compasi&oacute;n sin alcanzar la superficie de un plano &eacute;tico. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> En el caso de Schopenhauer el resultado resulta ser otro, puesto que este silencio, nacido del dolor inefable, conduce al fil&oacute;sofo a un segundo silencio, que ser&aacute; la base de su &eacute;tica, puesto que si bien, el dolor inefable, la compasi&oacute;n vivenciada en toda su grandeza, no encuentra medios satisfactorios para expresar su pesar y su verdad, encuentra, sin embargo, en esta filosof&iacute;a una conexi&oacute;n con la &eacute;tica, manifest&aacute;ndose en una forma de ser que se eleva por sobre el lenguaje. </p>     <p> El genio, la moralidad inmediata, el virtuoso, el santo, el m&iacute;stico y el asceta, hacen de este silencio, de esta vivencia metaf&iacute;sica, la base de la moralidad en la filosof&iacute;a schopenhaueriana (Schopenhauer 1986a 503). </p> </font>     <center><font face="verdana" size="3"><b>4. La negaci&oacute;n de la voluntad de vivir y el dolor como <img src="img/revistas/difil/v12n18/v12n18a05p1.GIF"></b></font></center> <font face="verdana" size="2">     <p> El <img src="img/revistas/difil/v12n18/v12n18a05p1.GIF">, o la segunda mejor manera de viajar, es una expresi&oacute;n utilizada en la navegaci&oacute;n cuando se ha de remar por no haber viento propicio; el modismo es utilizado com&uacute;nmente por Plat&oacute;n (2000 99d), y se aplica a la b&uacute;squeda de la verdad. Literalmente significa: segunda singladura. Se ha convertido en proverbial para indicar un camino m&aacute;s duro y dif&iacute;cil, como en este caso es la navegaci&oacute;n, que en ausencia de condiciones favorables se realiza con remos frente a la que sin adversidades se realizar&iacute;a de manera f&aacute;cil y serena a vela. </p>     <blockquote> Si ahora vemos practicar el ascetismo por parte de quien ha conseguido la negaci&oacute;n de la voluntad, para persistir en dicha negaci&oacute;n, tambi&eacute;n el sufrimiento en general, tal como es impuesto por el destino, es un segundo camino <img src="img/revistas/difil/v12n18/v12n18a05p1.GIF"> para conseguir esa negaci&oacute;n: s&iacute;, podemos admitir que la mayor&iacute;a solo llegan a ella por este camino, que es el sufrimiento sentido por uno mismo, no el meramente conocido, lo que conduce con la mayor intensidad hacia la plena resignaci&oacute;n, a menudo solo en las cercan&iacute;as de la muerte (Schopenhauer 1986a 533). </blockquote>     <p> Cuando abordamos el dolor y su relaci&oacute;n con la conciencia mejor, nos representamos aquel barco que por su liviandad era incapaz de fijar el rumbo, convirti&eacute;ndose en un juguete de las olas y del viento. El lastre ilustraba el dolor padecido que proven&iacute;a de un conocimiento intuitivo. Su vivencia manifestaba uno de los modos que adquiere la conciencia en un sujeto que sufre y que luego en el plano &eacute;tico no se expresa a trav&eacute;s de conceptos abstractos, sino en la praxis, en la conducta general del hombre, en sus acciones, es decir, en su forma de ser (249). </p>     <p> La negaci&oacute;n de la voluntad evidencia un cambio que permite diferenciar el nivel vivencial del ontol&oacute;gico. Esto porque el dolor que antes constitu&iacute;a el camino a la salvaci&oacute;n, que se traduc&iacute;a en la creencia de alcanzar de facto la conciencia mejor, lo sigue siendo, pero ahora como un segundo camino, como una segunda forma de viajar. </p>     <p> En el caso del <img src="img/revistas/difil/v12n18/v12n18a05p1.GIF">, presupone esta segunda forma de viajar una primera, la cual proviene del sufrimiento de toda vida meramente <i>reconocido</i>, que se siente y se hace suyo &uacute;nicamente mediante el <i>conocimiento</i>. Sin embargo, ocurre que en muy pocos casos se da la circunstancia que solo el conocimiento puro, sin el dolor padecido, logre traspasar el <i>principium individuationis</i> para terminar finalmente reconociendo y asimilando cualquier sufrimiento del mundo como el propio. </p>     <p> Tal conocimiento nos lleva generalmente a un <i>als ob</i> de la negaci&oacute;n, mediante el arte, por ejemplo, antes de conducirnos propiamente a la negaci&oacute;n de la voluntad. Schopenhauer no niega la existencia de casos en los cuales el mero conocimiento logre traspasar el <i>principium individuationis</i> y emanciparse del principio de raz&oacute;n subordinado a la voluntad hasta finalmente terminar neg&aacute;ndola, solo sostiene que pese a que sea &eacute;sta la mejor forma de renunciar a la voluntad, no es sin embargo, por ello, la m&aacute;s usual, puesto que la mayor&iacute;a se encaminan en la renuncia a trav&eacute;s de esta &quot;segunda mejor manera de viajar&quot;, que es la segunda mejor <i>v&iacute;a</i>, no en relaci&oacute;n a la primera, sino mejor en relaci&oacute;n a cualquier <i>v&iacute;a</i> de afirmaci&oacute;n de la voluntad de vivir. </p>     <p> Por tanto, el calificativo alude al destino antes que el medio, una meta que termina anul&aacute;ndose a s&iacute; misma al consumarse en la nada. Ambos modos de viajar son posibles &uacute;nicamente mediante el dolor, pero en el caso del <img src="img/revistas/difil/v12n18/v12n18a05p1.GIF">, no del dolor ni del sufrimiento conocido, sino vivenciado: </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote> ... <img src="img/revistas/difil/v12n18/v12n18a05p1.GIF">, a saber, el procurar la negaci&oacute;n de la voluntad mediante un sufrimiento propio gravemente sentido, o sea, no simplemente por la apropiaci&oacute;n del sufrimiento ajeno y el conocimiento, gestionado por esa apropiaci&oacute;n, de la futilidad y el desconsuelo de nuestra existencia (808). </blockquote>     <p> Raz&oacute;n por la cual, la segunda forma no es la m&aacute;s &oacute;ptima como <i>modo</i> de negar la voluntad. No obstante, igualmente es considerado un medio que conduce a la salvaci&oacute;n. Esto se debe a los modos de lejan&iacute;a que se adquieren por la abstracci&oacute;n del dolor y cuya dimensi&oacute;n no tiene que ver con un olvido del dolor sino ante todo con la canalizaci&oacute;n del mismo. </p>     <p> El modo de conocimiento que concierne a la formulaci&oacute;n de la autoconciencia es fruto de ello. Recordemos que el fil&oacute;sofo afirma que, aquel que niega la voluntad de vivir, se coloca deliberadamente en la situaci&oacute;n de sufrir, para persistir en dicha negaci&oacute;n. Como todo sufrimiento humano supone una mortificaci&oacute;n de la voluntad y, por ende, una tendencia a la resignaci&oacute;n, a la renuncia, el dolor posibilita en la metaf&iacute;sica de la voluntad schopenhaueriana, ponernos en el camino de la salvaci&oacute;n. </p>     <p> La evoluci&oacute;n de la conciencia mejor, a la negaci&oacute;n de vivir, m&aacute;s que una evoluci&oacute;n te&oacute;rica, se nos muestra como el distanciamiento de un padecer vivencial, cuya lejan&iacute;a llev&oacute; al fil&oacute;sofo a abstraerse de la vivencia de su dolor originario. En el caso propio de Schopenhauer, el modo de canalizarlo en vista de evitar el estancamiento no se refiere ante todo a su vivencia sino m&aacute;s bien al concepto abstracto que de ella naci&oacute;. </p>     <p> El <img src="img/revistas/difil/v12n18/v12n18a05p1.GIF"> no deja de ser una v&iacute;a leg&iacute;tima, tampoco deja de ser aut&eacute;ntica y original en su forma, puesto que implica el dolor que la persona misma ha canalizado a trav&eacute;s de su vivencia, siendo este dolor el que conduce frecuentemente a la resignaci&oacute;n m&aacute;s radical. Por antonomasia, ejemplo de ello es la compasi&oacute;n, la cual se traduce en un profundo dolor o sufrimiento moral. </p>     <p> He sondeado as&iacute; dos casos sublimes y emblem&aacute;ticos en los cuales la mirada ha pasado de lo particular a lo general y, ha enfocado el dolor propio como un mero ejemplo o manifestaci&oacute;n del sufrimiento universal. Con resultados opuestos en t&eacute;rminos &eacute;ticos, en uno ha significado constituirse en el <i>modus operandi</i> del &uacute;nico m&oacute;vil moral mientras que, en el otro, la compasi&oacute;n se plasm&oacute; en un estancamiento pasivo de la contemplaci&oacute;n en el sentido de no tener un retorno activo en las acciones pr&aacute;cticas. </p> <hr>    <br> <b>Notas al Pie</b>     <p> <a href="#p1b" name="p1"><sup>1</sup></a> No solo la p&eacute;rdida de la integridad f&iacute;sica implica la ausencia de algo que se deja fuertemente sentir.    <br> <a href="#p2b" name="p2"><sup>2</sup></a> Para distinguir el uso adecuado de <i>vivencia</i> y <i>experiencia</i> v&eacute;ase mi &uacute;ltimo art&iacute;culo publicado en esta revista &quot;Los &eacute;xtasis metaf&iacute;sicos en los pensamientos de Schopenhauer y de Quincey&quot; <i>Discusiones Filos&oacute;ficas</i>, jul-dic (2009): 97-111. Impreso.    <br> <a href="#p3b" name="p3"><sup>3</sup></a> En los <i>Suspiria de Profundis</i>, De Quincey, relata a trav&eacute;s de una mirada retrospectiva, los eslabones que van encadenando <i>su</i> experiencia infantil con los ensue&ntilde;os confesados. Cfr. De Quincey, T. <i>Suspiria de Profundis</i>. Trad. Luis Loaysa. Madrid: Alianza Editorial, 1985 p. 72. Impreso. Esto induce a rescatar a lo largo de la obra y sobre todo en el cap&iacute;tulo concerniente a &quot;La aflicci&oacute;n de la infancia&quot;, el esfuerzo del literato por reconocer la afinidad que <i>todos</i> los hombres sienten por el ni&ntilde;o que se fue. Recuerdo, que a trav&eacute;s de los ensue&ntilde;os lo lleva a reflexionar sobre la infancia en general, enfatizando ante todo el modo como resulta ser padecido en ella el dolor y la soledad.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <a href="#p4b" name="p4"><sup>4</sup></a> Similares vivencias se encuentran descritas en el libro <i>Fumadores de Opio</i> de Jules Boissi&egrave;re. A trav&eacute;s del inmensurable devenir de los siglos y perdidos en rec&oacute;nditos parajes de la selva de Indochina, el opi&oacute;mano sue&ntilde;a tener encuentros con diversos ancestros demasiados vivos en sus recuerdos como para creer simplemente que el contenido y la forma de dichos sue&ntilde;os se trata de una mera ilusi&oacute;n.    <br> <a href="#p5b" name="p5"><sup>5</sup></a> Si bien su diario de vida cl&iacute;nico no est&aacute; a la altura de los sue&ntilde;os que confiesa y reflexiona De Quincey, es rescatable, sin embargo, el intento de Cocteau precisamente por superar el silencio del dolor inefable. De este hecho fueron testigos sus propios m&eacute;dicos, quienes estaban acostumbrados a o&iacute;r de los otros pacientes, un simple pero veraz &quot;me duele&quot;. Segura estoy que los avances de un siglo de ciencia, poco ha ayudado a la medicina a comprender este simple, pero parad&oacute;jicamente profundo &quot;me duele&quot;, y que por lo mismo benefician tanto los testimonios que dej&oacute; De Quincey al confesar por todos aquellos, y esto no en sentido metaf&oacute;rico sino literal puesto que las <i>Confesiones</i> que &eacute;l hace, las recoge de vivencias cuyos contenidos trascienden el <i>principium individuationis</i>, que se han sumido sin volver en una experiencia tan dolorosa y ensombrecedora tan sublime e inefable, como resulta ser el mundo so&ntilde;ado del opi&oacute;mano.    <br> </p> </font> <hr>    <br> <font face="verdana" size="3"><b>Referencias</b></font> <font face="verdana" size="2">     <!-- ref --><p> Baquedano, Sandra. &quot;Los &eacute;xtasis metaf&iacute;sicos en los pensamientos de Schopenhauer y de Quincey&quot;. <i>Discusiones Filos&oacute;ficas</i>, Jul-Dic (2009): 97-111. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S0124-6127201100010000600001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> Boissi&egrave;re, J. <i>Fumadores de opio</i>. Trad. Antonio Rodr&iacute;guez. Valencia: Editorial Pre-textos, 2005. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000088&pid=S0124-6127201100010000600002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> Cocteau, J. <i>Opio</i>. Trad. Mauricio Wacquez. Santiago: Editorial Sudamericana, 2002. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000089&pid=S0124-6127201100010000600003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> De Quincey, T. <i>Suspiria de profundis</i>. Trad. Luis Loaysa. Madrid: Alianza Editorial, 1985. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000090&pid=S0124-6127201100010000600004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> - - -. <i>Seres imaginarios y reales</i>. Trad. Marcos Mayer. Buenos Aires: Editorial Losada, 1994. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000091&pid=S0124-6127201100010000600005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> - - -. <i>Confesiones de un ingl&eacute;s comedor de opio</i>. Trad. Miguel Teruel. Madrid: Ediciones C&aacute;tedra, 2001. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000092&pid=S0124-6127201100010000600006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> Laing, R. D. <i>El yo dividido. Un estudio sobre la salud y la enfermedad</i>. Trad. Francisco Gonz&aacute;lez. Ciudad de M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1988. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000093&pid=S0124-6127201100010000600007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> Plat&oacute;n. <i>Fedon</i>. Madrid: Gredos, 2000. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000094&pid=S0124-6127201100010000600008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> Schopenhauer, Arthur. <i>Der handschriftliche nachlaB. Fr&uuml;he Manuskripte</i>. M&uuml;nchen: Deutscher Taschenbuch Verlag, 1985. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000095&pid=S0124-6127201100010000600009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> - - -. <i>Die welt als wille und vorstellung I</i>. S&auml;mtliche Werke. Bd. I. Stuttgart/Frankfurt: Suhrkamp Taschenbuch Verlag, 1986a. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000096&pid=S0124-6127201100010000600010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> - - -. <i>Die welt als wille und vorstellung II</i>. S&auml;mtliche Werke. Bd. II. Stuttgart/Frankfurt: Suhrkamp Taschenbuch Verlag, 1986b. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000097&pid=S0124-6127201100010000600011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br>  - - -. <i>Parerga und Paralipomena II</i>. S&auml;mtliche Werke. Bd. V. Stuttgart/Frankfurt: Suhrkamp Taschenbuch Verlag, 1986c. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000098&pid=S0124-6127201100010000600012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> Spaemann, R. &quot;&Uuml;ber den Sinn des Leidens&quot; (Sobre el sentido del dolor). <i>Einspr&uuml;che, christliche Reden</i>. Einsiedeln: Johannes Verlag, 1977. Impreso. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000099&pid=S0124-6127201100010000600013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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