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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El papel de la voluntad en la determinación del derecho natural: un estudio a partir de las enseñanzas de Domingo de Soto, Luis de León y Francisco Suárez]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This paper is an exposition about the role of will in the determination of natural law. In my opinion, the act of determination implies, essentially, a movement of the appetite which, unlike physical causality, is completely free and not necessary. In this sense, and because freedom of authority is total, the will can choose any of the available alternatives that solve a problem of coordination. This is the doctrine of Aquinas, and as I try to show here, is also the thesis of Domingo de Soto, Luis de Leon and Francisco Suárez.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <center><font face="verdana" size="3"><b>El papel de la voluntad en la determinaci&oacute;n del derecho natural: un estudio a partir de las enseñanzas de Domingo de Soto, Luis de Le&oacute;n y Francisco Su&aacute;rez    <br>    <br> <i>The role of the will in the determination of natural law. A study from the teachings of: Domingo de Soto, Luis de Le&oacute;n and Francisco Su&aacute;rez</i></b></font></center> <font face="verdana" size="2">     <p>     <center>Sebasti&aacute;n Contreras<a href="#a1">*</a>    <br> Universidad de los Andes, Chile. <a href="mailto:sca@miuandes.cl">sca@miuandes.cl</a></center> </p>     <p> <a name="a1">*</a> El autor del presente art&iacute;culo agradece el patrocinio de FONDECYT-Chile, proyecto No. 3140035. </p>     <p>     <center>Recibido el 25 de agosto de 2013 y aprobado el 27 de septiembre de 2013</center> </p> <hr>    <br> <b>Resumen</b>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> El presente trabajo es una exposici&oacute;n sobre el papel que toca a la voluntad en la determinaci&oacute;n del derecho natural. En mi opini&oacute;n, el acto de determinaci&oacute;n supone, esencialmente, un movimiento del apetito, que, a diferencia de la causalidad natural, no est&aacute; sometido a la necesidad del mundo f&iacute;sico. Al contrario, y porque el espacio de libertad del gobernante es el m&aacute;ximo, la voluntad puede escoger cualquiera de las alternativas disponibles que permiten resolver un determinado problema de coordinaci&oacute;n. Tal ha sido la tesis de Tom&aacute;s de Aquino y, como se intenta mostrar a continuaci&oacute;n, de Domingo de Soto, Luis de Le&oacute;n y Francisco Su&aacute;rez. </p> <b>Palabras clave</b>     <p> determinaci&oacute;n del derecho natural, Domingo de Soto, Francisco Su&aacute;rez, Luis de Le&oacute;n, Tom&aacute;s de Aquino, voluntad. </p> <b>Abstract</b>     <p> This paper is an exposition about the role of will in the determination of natural law. In my opinion, the act of determination implies, essentially, a movement of the appetite which, unlike physical causality, is completely free and not necessary. In this sense, and because freedom of authority is total, the will can choose any of the available alternatives that solve a problem of coordination. This is the doctrine of Aquinas, and as I try to show here, is also the thesis of Domingo de Soto, Luis de Leon and Francisco Su&aacute;rez. </p> <b>Key words</b>     <p> Determination of natural law, Domingo de Soto, Francisco Su&aacute;rez, Luis de Le&oacute;n, Aquinas, will. </p> <hr>    <br> </font>     <center><font face="verdana" size="3"><b>I    <br> El papel de la voluntad en el acto de determinaci&oacute;n del derecho: Tom&aacute;s de Aquino</b></font></center> <font face="verdana" size="2">     <p> Parafraseando a Hegel, las leyes humanas, para ser honestas, deben poder resistir el examen de la raz&oacute;n (<i>Vorlesungen</i> 83). Es decir, para que una norma positiva sea verdaderamente leg&iacute;tima, no basta con que manifieste la voluntad del gobernante en orden a regular los problemas de coordinaci&oacute;n al interior de la sociedad pol&iacute;tica. Debe, adem&aacute;s, ser concorde con el orden de la justicia natural. </p>     <p> Esto, sin embargo, no resta importancia al papel que toca al apetito en el establecimiento del derecho positivo. Las normas naturales solo establecen un marco normativo general, que no es suficiente para la regulaci&oacute;n de las acciones. De esta forma, en el espacio que media entre lo bueno y lo malo <i>simpliciter</i>, es el gobernante, en una puesta en pr&aacute;ctica de su discrecionalidad, el que debe decidir qu&eacute; es lo justo para cada caso. Es aqu&iacute; donde tiene cabida el acto de la voluntad en el ejercicio de determinaci&oacute;n del derecho. </p>     <p> Tom&aacute;s de Aquino no ignora que la fuerza motriz procede del apetito: el &quot;¡haz esto!&quot;, difiere radicalmente de la simple enunciaci&oacute;n &quot;hay que hacer esto&quot;, porque esa carga de energ&iacute;a no proviene de la inteligencia (<i>Cf</i>. Deman 95). Esto no significa que la raz&oacute;n tenga solamente una funci&oacute;n indicativa. La inteligencia y, en particular, la inteligencia pr&aacute;ctica, ejerce una funci&oacute;n preceptiva. De ah&iacute; que escriba Cayetano que &quot;su perfecci&oacute;n y verdad consiste en el acto de dirigir y esa direcci&oacute;n es infaliblemente verdadera en materia contingente si es conforme al apetito recto precedente&quot; (<i>In I-II</i> q. 57 a. 5). </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> La determinaci&oacute;n del derecho natural comporta una forma libertad para elegir entre dos o m&aacute;s alternativas en principio leg&iacute;timas, jur&iacute;dicamente posibles a la vista de cualquier sujeto razonable. Se trata, como dicen los te&oacute;ricos de la ciencia jur&iacute;dica, de una cierta libertad de configuraci&oacute;n normativa<a href="#p1" name="p1b"><sup>1</sup></a>. Tal capacidad discrecional depende, esencialmente, de la estructura de las normas que la otorgan, en este caso, de la ley natural, y no de la calidad del &oacute;rgano o autoridad beneficiarios del mismo (<i>Cf</i>. Fern&aacute;ndez 53). </p>     <p> En alguna medida, la determinaci&oacute;n es un acto de <i>pure facult&eacute;</i> o de <i>mero imperio</i> (<i>Cf</i>. Laferri&egrave;re 733). Esto se muestra con claridad, creo, en el caso del art&iacute;culo 103 del C&oacute;digo Civil de España: en el supuesto de separaci&oacute;n de los c&oacute;nyuges, al juez le corresponde determinar, </p>     <blockquote> teniendo en cuenta el inter&eacute;s del familiar m&aacute;s necesitado de protecci&oacute;n, cu&aacute;l de los c&oacute;nyuges ha de continuar en el uso de la vivienda familiar y asimismo, previo inventario, los bienes y objetos del ajuar que contin&uacute;an en &eacute;sta y los que se ha de llevar el otro c&oacute;nyuge, as&iacute; como tambi&eacute;n las medidas cautelares convenientes para conservar el derecho de cada uno. </blockquote>     <p> Esta disposici&oacute;n muestra el importante papel que toca a la voluntad en materia jur&iacute;dica. Ahora bien, ese poder discrecional que, en este caso, compete al juez, no equivale a arbitrariedad normativa. El acto de la voluntad depende de un movimiento de la inteligencia. Tom&aacute;s de Aquino explica este asunto señalando que los actos de la voluntad y de la raz&oacute;n se sobreponen mutuamente, ya que la raz&oacute;n de­li­be­ra sobre el acto de querer y la voluntad quiere deli­be­rar. Por lo mismo, señala: </p>     <blockquote> a veces el ac­to de la raz&oacute;n precede al de la vo­lun­tad y vi­ce­ver­sa. Y como la influencia del pri­mer acto se prolonga en el si­guien­te, con frecuencia ocurre que un acto es de la vo­lun­­tad, pero con­ser­­vando vir­tualmente algo del acto de la raz&oacute;n, como se ha dicho del uso y de la elec­ci&oacute;n. Y, a la inversa, puede ser acto de la raz&oacute;n y per­ma­ne­­cer en &eacute;l vir­­tualmente el acto previo de la voluntad. (Aquino, <i>Summa</i> I-II q. 17 a. 1) </blockquote>     <p> El acto de determinaci&oacute;n, de este modo, es un acto de la voluntad que presupone el movimiento de la raz&oacute;n pr&aacute;ctica<a href="#p2" name="p2b"><sup>2</sup></a>. La voluntad es imperativa en un sentido m&aacute;s fuerte que el entendimiento. La causa de esto radica en que, aun cuando la perfecci&oacute;n de la raz&oacute;n sea superior a la de la voluntad, es esta &quot;la que tiene imperio sobre todas las fuerzas del alma, porque su objeto es el fin&quot; (Aquino, <i>In Sententiarum</i> II d. 25 q. 1 a. 2). De ah&iacute; que sea la facultad motora (<i>Cf</i>. Aquino, <i>De Veritate</i> q. 22 a. 12). </p>     <p> Esto supuesto, es el apetito, y no el entendimiento, el que se encuentra en la cumbre de la libertad, puesto que se llama li­bre a quien es cau­sa de s&iacute; mismo (<i>In Sententiarum</i>, II d. 25 q. 1 a. 2). As&iacute;, la voluntad con­fie­re a la raz&oacute;n sus propias virtualidades para que esta pueda impe­­rar sobre la acci&oacute;n (<i>Cf</i>. Palacios 182-183). En este sentido, y desde la perspectiva del acto de determinaci&oacute;n, no es extraño que Tom&aacute;s de Aquino atribuya el imperio m&aacute;s a la volun­tad que a la inteligencia: &quot;la ejecuci&oacute;n de la po­ten­cia se sigue del imperio de la vo­luntad y del orden de la raz&oacute;n&quot; (Aquino, <i>In Sententiarum</i> III d. 1 q. 2 a. 3). La voluntad es la que mueve a obrar al intelecto (<i>Cf</i>. Aquino, <i>Summa</i> I q. 107 a. 1). </p> </font>     <center><font face="verdana" size="3"><b>II    <br> Domingo de soto y Luis de Le&oacute;n sobre el papel de la voluntad en la determinaci&oacute;n del derecho natural</b></font></center> <font face="verdana" size="2">     <p> Entre los m&aacute;s eminentes disc&iacute;pulos de Vitoria se encuentra Domingo de Soto<a href="#p3" name="p3b"><sup>3</sup></a>. Tras su ingreso en la orden dominicana, lleg&oacute; a ser compañero de profesorado de su otrora maestro, despu&eacute;s de que en 1532 obtuviera la c&aacute;tedra de V&iacute;speras, en la universidad salmantina (<i>Cf</i>. Brufau 384). </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> La importancia de Soto en la historia del pensamiento jur&iacute;dico queda fuera de toda duda. Su agudeza de mente, </p>     <blockquote> su constante laboriosidad, su entrega apasionada al servicio de la justicia, animado siempre por un sincero y profundo esp&iacute;ritu de fe, hacen que su dilatado magisterio en las aulas salmantinas, su obra escrita y su peso en la gesti&oacute;n de gobierno en la España de su tiempo, fuesen profundos y duraderos. (Brufau 389) </blockquote>     <p> En su tratamiento del papel que compete a la voluntad en la determinaci&oacute;n del derecho natural, Soto intenta oponerse a las doctrinas reformistas. Entre los protestantes se ven&iacute;a defendiendo la idea de que tan solo con la Escritura se pod&iacute;a regular la vida pol&iacute;tica. Tal hab&iacute;a sido la enseñanza de Lutero, quien, en un intento por liberar al cristianismo de la juridificaci&oacute;n eclesi&aacute;stica del Medievo (<i>Cf</i>. Gonz&aacute;lez Montes 60), lleg&oacute; a proponer un uso de la ley humana meramente negativo, indicando que toda ley sirve de ocasi&oacute;n para pecar y que solo la gracia salva (<i>Cf</i>. Lutero, <i>In Romanos</i>). </p>     <p> La tesis de Soto es, entonces, la que sigue: </p>     <blockquote> cuando una cosa no s&oacute;lo no es contraria al derecho natural, sino que adem&aacute;s es conveniente seg&uacute;n el tiempo y lugar, en este caso la voluntad humana, si es que se halla investida de la p&uacute;blica autoridad, puede hacer que lo que se estableci&oacute; sea justo. Y, en este caso, como dijo Arist&oacute;teles, lo que antes no expresaba nada, desde este momento lo expresa. (de Soto, <i>De Iustitia</i> III 1 2) </blockquote>     <p> De acuerdo con esto, es necesario descender de los principios universales a lo particular, para acomodarlos a las circunstancias de lugar y de tiempo (Ib&iacute;d. I q. 5 a 1), aunque no como si la tarea del legislador se llevara a cabo con una absoluta libertad inventiva, sino como si sus disposiciones encontraran un marco de referencia normativo y de legitimidad en la ley natural. </p>     <p> El hecho de que tambi&eacute;n pueda ser justo lo que se ha determinado por la pura voluntad es muy importante, entre otras razones, porque tiene que ver con su obligatoriedad (<i>Cf</i>. Garc&iacute;a-Huidobro). Esta no puede fundarse en el &uacute;nico hecho de que est&aacute; respaldada por la fuerza, porque, como escribe Soto, de la fuerza no puede emanar, por s&iacute; sola, obligaci&oacute;n alguna (<i>Cf</i>. de Soto, <i>De Iustitia</i> III 1 2). Lo que entrega fuerza obligatoria a las leyes positivas es su grado de conformidad con lo justo natural, que es el criterio de razonabilidad de las decisiones del gobernante. </p>     <p> Esto quiere decir que la autoridad del Estado no posee una libertad entendida como completa indiferencia. Aunque dispone de un importante espacio de discrecionalidad, el derecho natural sigue siendo un l&iacute;mite para sus determinaciones. Esto porque las normas naturales proh&iacute;ben todas y cada una de las cosas que son nocivas por su naturaleza. Precept&uacute;an, en cambio, lo que es justo <i>per se</i>, no todo ciertamente, sino &uacute;nicamente lo que es conveniente y necesario para la vida humana (<i>Cf</i>. de Soto, <i>De Justitia</i>, ms. 781 q. 57 a. 2). </p>     <p> Luego, la discrecionalidad del gobernante es m&aacute;xima, es decir, la autoridad no est&aacute; obligada a decidir en un sentido determinado, pero eso no significa que su tarea de creaci&oacute;n del derecho se pueda ejercitar fuera de los m&aacute;rgenes de lo razonable. Por ende, a pesar de entregarle una preeminencia a la voluntad en lo que respecta a la tarea legislativa, la determinaci&oacute;n no equivale a arbitrariedad jur&iacute;dica. As&iacute; lo ha entendido Domingo de Soto, quien sostiene que antes que el arbitrio de la autoridad competente, lo que define a una norma como obligatoria es su racionalidad o su conformidad con el orden de la justicia, en cuanto que &uacute;nicamente la raz&oacute;n puede captar la naturaleza de las cosas (<i>Cf</i>. de Soto, <i>De Legibus</i>, ms. 782 q. 95 a. 2). </p>     <p> En su explicaci&oacute;n de la naturaleza del acto de determinaci&oacute;n, indica Soto que el derecho positivo nace a partir de un principio natural y de otra premisa que añade la voluntad humana. Y as&iacute; no se deduce por v&iacute;a de ilaci&oacute;n, sino por la determinaci&oacute;n de un principio general en una ley especial (<i>Cf</i>. de Soto, <i>De Iustitia</i> III 1 3), como en el siguiente caso: es de justicia natural que los hombres confiesen sus pecados. Tal ha sido la voluntad de Cristo y, por tanto, decimos que los sacramentos son de derecho natural. Pese a esto, el momento y el n&uacute;mero de confesiones a las que est&aacute; sometido el pueblo cristiano es algo que debe decidir libremente la autoridad de la Iglesia (<i>Cf</i>. de Soto, <i>In Sententiarum</i> IV 18 1 1). </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> En consecuencia, la libre voluntad del gobernante ejerce una verdadera funci&oacute;n creativa en el &aacute;mbito de lo indiferente al derecho natural. Impone razones para actuar que no hab&iacute;an sido dispuestas, ni por las normas naturales, ni por las leyes divinas. En esos casos, no solo determina ciertos planes de acci&oacute;n (cuando, por lo menos, existen dos alternativas disponibles); determina, adem&aacute;s, obligaciones en conciencia para los ciudadanos, que no exist&iacute;an antes de su promulgaci&oacute;n. </p>     <p> Luis de Le&oacute;n, disc&iacute;pulo de Soto en las aulas salmantinas, llega a las mismas conclusiones que su maestro. En este sentido, declara: no hay inconveniente en que ciertas materias empiecen a ser justas por la pura voluntad de los hombres (<i>Cf</i>. de Le&oacute;n, <i>De Legibus</i> q. 5 a. 3), en la medida que las leyes positivas regulan los detalles de la acci&oacute;n no cubiertos por el derecho natural (<i>Cf</i>. Kottman 53). Esta idea ha sido patrimonio com&uacute;n de los doctores escol&aacute;sticos, ya antes de Tom&aacute;s de Aquino, para quienes, </p>     <blockquote> unas cosas son necesarias por su naturaleza, y esas son las cosas justas naturales, y por ello se prescriben por ley. Otras, en cambio, son necesarias para afianzar la virtud por disposici&oacute;n de la ley, y esas son las cosas justas legales, puesto que, excluida la ley, no ser&iacute;an necesarias, por m&aacute;s que s&iacute; &uacute;tiles y cumplideras. (de Le&oacute;n, <i>De Legibus</i> q. 6 a. 2) </blockquote>     <p> Supuesto que la ley humana puede crear contenidos de justicia inexistentes por derecho natural, se sigue que la autoridad del Estado posee un amplio espacio de libertad en sus tareas normativas. Si bien se trata de una potestad limitada, en tanto que la teor&iacute;a de la determinaci&oacute;n no acepta la hip&oacute;tesis de una indiferencia moral completa, con el hecho de su promulgaci&oacute;n una determinada regla de derecho positivo se hace obligatoria. De ah&iacute; que Le&oacute;n señale que no estamos obligados a hacer todo lo que es concorde con la raz&oacute;n y, sin embargo, estamos obligados a hacerlo cuando lo precept&uacute;a la voluntad del gobernante (<i>Cf</i>. de Le&oacute;n, <i>De Legibus</i> q. 6 a. 2). </p>     <p> La ley positiva, entonces, incluye tambi&eacute;n a la voluntad (<i>Cf</i>. de Le&oacute;n, <i>In I-II</i> q. 90 a. 1), a pesar de que se trate, formalmente, de un &quot;edicto de la inteligencia pr&aacute;ctica, mediante el cual se ordena y determina con poder supremo algo que se debe hacer o evitar&quot; (Ib&iacute;d. q. 106 a 1). Como argumento de autoridad, Le&oacute;n recurre a la enseñanza de Tom&aacute;s de Aquino, en donde se afirma que la ley es algo propio del imperio (<i>Cf</i>. Aquino, <i>Quodlibetales</i> IX 5 2) y que, &quot;en el imperio siempre est&aacute; presente cierto movimiento. Todo movimiento e &iacute;mpetu, empero, tiene origen en la voluntad; as&iacute; pues, la ley incluye en cierto modo el acto de la voluntad&quot; (de Le&oacute;n, <i>In I-II</i> q. 90 a. 1). </p>     <p> Consecuencia de lo expuesto es el hecho de que la mayor&iacute;a de las leyes positivas no pueden derivarse del derecho natural de una manera directa y simple. Cuando la autoridad debe resolver un problema de coordinaci&oacute;n, a menudo sucede que existen distintos cursos de acci&oacute;n igualmente razonables. Luego, al decidir <i>X</i> en vez de <i>Y</i>, el gobernante no est&aacute; sometido a una obligaci&oacute;n moral de escoger una alternativa en vez de la otra. Solo debe escoger una opci&oacute;n que excluya otras posibles<a href="#p4" name="p4b"><sup>4</sup></a>. </p>     <p> Un caso de este papel activo de la voluntad puede verse, por ejemplo, a prop&oacute;sito de una crisis econ&oacute;mica internacional: en algunas circunstancias, la autoridad podr&iacute;a escoger una pol&iacute;tica econ&oacute;mica intervencionista. Esta podr&iacute;a ser la mejor alternativa para un pa&iacute;s en un momento determinado. Pero, a medida que la crisis va pasando, el gobernante estar&iacute;a en condiciones de elegir diversas pol&iacute;ticas de reducci&oacute;n del papel del Estado en ciertos sectores de la econom&iacute;a. Este es solo un ejemplo del papel que tiene la determinaci&oacute;n en la regulaci&oacute;n de la vida social. Existen &aacute;mbitos inmensos de la vida social en los que la autoridad del Estado tendr&aacute; un mayor o menor espacio de discrecionalidad en materia normativa. Por ejemplo: entender el principio pr&aacute;ctico que identifica la salud como un bien humano b&aacute;sico y la preservaci&oacute;n de la salud humana como una meta importante es una operaci&oacute;n f&aacute;cil. Partiendo de esto, </p>     <blockquote> un legislador moderno podr&aacute; ver sin dificultad, por ejemplo, la necesidad de idear un sistema de regulaci&oacute;n de la circulaci&oacute;n de veh&iacute;culos como forma de proteger la salud y la seguridad de los conductores y los peatones. En este aspecto, el bien com&uacute;n &#91;&hellip;&#93; claramente exige tal sistema, pero del derecho natural no se podr&aacute; deducir directamente un modelo perfecto de regulaci&oacute;n del tr&aacute;fico. El derecho natural no determina el sistema de circulaci&oacute;n perfecto y definitivo, ni prefija ning&uacute;n compromiso prudencial como el &uacute;nico y categ&oacute;ricamente correcto. Por el contrario, habr&aacute; varios sistemas diferentes, que acarrear&aacute;n distintos riesgos, ventajas, costes y beneficios, a menudo inconmensurables, que cabr&aacute;n dentro de las exigencias del derecho natural. Por tanto, el legislador podr&aacute; actuar con un amplio margen de libertad creativa al elegir y hacer obligatorio un sistema en particular entre las distintas opciones razonables. (George 237) </blockquote>     <p> Lo anterior no significa que Soto o Le&oacute;n sean relativistas o defensores de una &eacute;tica de la situaci&oacute;n. Los principios naturales, que funcionan como l&iacute;mites infranqueables a la autoridad del Estado, s&iacute; obligan a descartar algunas posibilidades, partiendo de la base de que se trata de acciones injustas. A causa de ello, las leyes positivas no pueden ser contrarias a las prescripciones iusnaturales (<i>Cf</i>. de Le&oacute;n, <i>De Gratia</i> q. 13 a. 2 fol. 110r), aunque s&iacute; pueden resolver libremente un curso de acci&oacute;n <i>X</i> cuando se trata de una materia indiferente (<i>Cf</i>. de Le&oacute;n, <i>In I-II</i> q. 98 a. 1). </p>     <p> Tal es la raz&oacute;n por la que Luis de Le&oacute;n reprueba las doctrinas de los conciliaristas parisienses, para los cuales no existe autoridad humana alguna, eclesi&aacute;stica o civil, capaz de dictar leyes nuevas (<i>Cf</i>. Gerson lect. 4 cor. 5). En opini&oacute;n de estos autores, los legisladores humanos solo pueden &quot;enseñar o esclarecer lo que &#91;&hellip;&#93; ya antiguamente ten&iacute;a fijado la ley natural o la ley divina&quot; (de Le&oacute;n, <i>De Legibus</i> q. 7 a. 3). </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> La posici&oacute;n de fray Luis parece estar plenamente justificada por la enseñanza de Tom&aacute;s de Aquino, seg&uacute;n la cual la voluntad tiene un papel activo en la determinaci&oacute;n del derecho natural. Por eso, insiste el agustino que el derecho positivo no es una simple transcripci&oacute;n del derecho natural. La autoridad humana puede decretar algo que ni por la ley natural ni por la ley divina fue decretado jam&aacute;s (de Le&oacute;n, <i>De Legibus</i> q. 7 a. 3). </p>     <p> Lo anterior se prueba del siguiente modo: lo justo legal es aquello que antes de la disposici&oacute;n de la autoridad, &quot;esto es, antes de dar la ley, es indiferente, <i>se puede dexar de hazer y azer</i>&quot; (Ib&iacute;d. q. 7 a. 3), pero que &quot;una vez establecida la ley, deja de ser indiferente; como cuando se establece que el rescate cueste una mina, o que haya que sacrificar una cabra y no dos ovejas&quot; (Arist&oacute;teles 1134b 18-20). As&iacute;, observa Le&oacute;n que hay muchas cosas que no est&aacute;n mandadas por los principios de la recta raz&oacute;n, pero a las que s&iacute; estamos obligados por haber sido dispuestas por las leyes de la rep&uacute;blica (<i>Cf</i>. de Le&oacute;n, <i>De Legibus</i> q. 6 a. 2). Por tanto, y siguiendo a Soto y Tom&aacute;s de Aquino, tambi&eacute;n Le&oacute;n suscribe la doctrina de que en la ley <i>voluntas et intellectus concurrunt</i> (Ib&iacute;d. q. 1 a. 3). Si la inteligencia aporta el conocimiento del bien y de los principios naturales, la voluntad contribuye con su fuerza motora. La raz&oacute;n es simple: es la voluntad la que mueve a las dem&aacute;s potencias hacia sus fines (<i>Cf</i>. de Le&oacute;n, <i>In Sententiarum</i> fol. 8r). </p>     <p> El &eacute;nfasis que pone Le&oacute;n en el papel de la voluntad a la hora de determinar los principios iusnaturales no convierte a su planteamiento en una forma de decisionismo<a href="#p5" name="p5b"><sup>5</sup></a>. El acto de imperio, que es un dirigir moviendo, es acto del entendimiento en cuanto a &eacute;l corresponde dirigir. </p>     <blockquote> Pero es propio de la voluntad todo impulso o movimiento, por el que el ordenar de la ley incluye de alguna manera el acto de la voluntad, sabiendo adem&aacute;s que no hay ley si no se manda eficazmente hacer lo ordenado: ese poder eficaz es cosa de la voluntad. (&Aacute;lvarez 511) </blockquote>     <p> Aun cuando existen diversos pasajes de la obra de Tom&aacute;s de Aquino en los que se afirma que el imperio es tambi&eacute;n un acto del apetito, hay quienes defienden que la sola pretensi&oacute;n de conceder a la voluntad un papel protag&oacute;nico en la formaci&oacute;n de la ley humana, parece romper con los s&oacute;lidos cimientos de la teor&iacute;a jur&iacute;dica tomista. Al menos as&iacute; lo ha entendido una parte de la doctrina. Ferraro, por ejemplo, ha insistido en que la concesi&oacute;n que hace Le&oacute;n de un momento intelectivo y uno apetitivo en la formaci&oacute;n de la ley, no es otra cosa que una manifestaci&oacute;n de la crisis de la interpretaci&oacute;n del pensamiento tomista en el siglo XVI (<i>Cf</i>. Ferraro 415). </p>     <p> Tambi&eacute;n se ha propuesto que fray Luis, con su interpretaci&oacute;n de la funci&oacute;n apetitiva en la determinaci&oacute;n del derecho natural, se acerca a las versiones voluntaristas del <i>imperium</i> (<i>Cf</i>. Castillo 98). Este aserto me parece inadmisible. En distintos lugares insiste el agustino en que la voluntad sigue al juicio de la raz&oacute;n (<i>Cf</i>. de Le&oacute;n, <i>De Libero</i> fol. 519r). La funci&oacute;n que Le&oacute;n le atribuye al apetito en el establecimiento de la ley es la que normalmente le corresponde seg&uacute;n la estructura de los actos humanos<a href="#p6" name="p6b"><sup>6</sup></a>. Luego, no postula una preeminencia absoluta de la voluntad por sobre el entendimiento. El apetito es una potencia ciega. No puede operar sin el dictamen previo de la recta ratio (<i>Cf</i>. de Le&oacute;n, <i>De Legibus</i> q. 1 a. 4). </p> </font>     <center><font face="verdana" size="3"><b>III    <br> Francisco Su&aacute;rez y el papel de la voluntad en la determinaci&oacute;n del derecho natural</b></font></center> <font face="verdana" size="2">     <p> La posici&oacute;n de Su&aacute;rez puede ser considerada como un intento de balance entre las tendencias intelectualistas y voluntaristas dominantes en la Escol&aacute;stica del siglo XVI, y que busca hacer justicia al car&aacute;cter esencialmente complementario de las funciones que cumplen la raz&oacute;n y el apetito en el proceso de determinaci&oacute;n del derecho natural. </p>     <p> Esta tesis, que puede ser denominada como del primado representacional del intelecto (<i>Cf</i>. Vigo, <i>Intelecto</i>), postula que lo propio del apetito, en todas sus formas, reside en el hecho de que su objeto es siempre intencionado bajo la especie de bien. Ahora, en esta doctrina, para que la voluntad pueda operar, siempre es necesaria la mediaci&oacute;n del intelecto, en tal forma que el acto de la raz&oacute;n se convierte en condici&oacute;n de posibilidad del acto de querer (<i>Cf</i>. Su&aacute;rez, <i>De Anima</i> X 3 11). </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> En conformidad con la tradici&oacute;n heredada de los escol&aacute;sticos que lo precedieron, en particular, de Domingo de Soto y Luis de Le&oacute;n, afirma el Eximio que la voluntad no es capaz de obrar si no es movida y determinada efectivamente por el intelecto (<i>Cf</i>. Su&aacute;rez, <i>De Voluntario</i> I 1 10). No existe elecci&oacute;n m&aacute;s que cuando la voluntad es dirigida por el entendimiento (<i>Cf</i>. Vigo, <i>Su&aacute;rez y</i>). </p>     <p> El proceso de determinaci&oacute;n tiene su origen pr&oacute;ximo en un asentimiento libre de la voluntad (<i>Cf</i>. Su&aacute;rez, <i>De Bonitate</i> I 2 19). A diferencia de lo que sucede en el mundo de la naturaleza, donde, por ejemplo, es manifiesto que el sol ilumina necesariamente y que el fuego quema (<i>Cf</i>. Su&aacute;rez, <i>Disputationes</i> XIX 1 1), en el ejercicio de construcci&oacute;n del derecho positivo siempre hay contingencia, es decir, siempre es posible que la autoridad tome una decisi&oacute;n en vez de otra. En este sentido, escribe Su&aacute;rez, la indiferencia en la acci&oacute;n, esto es, su indeterminaci&oacute;n o ausencia de sumisi&oacute;n a la necesidad natural, tiene como origen intr&iacute;nseco y adecuado la extensi&oacute;n de la facultad racional (Ib&iacute;d. XIX 1 13). Por ende, el acto de determinaci&oacute;n es expresi&oacute;n del poder de autonom&iacute;a de la raz&oacute;n o manifestaci&oacute;n de un poder que escapa a la causalidad natural. Dicho acto de discrecionalidad deriva de la inteligencia (<i>Cf</i>. Su&aacute;rez, <i>De Anima</i> X 3 11). Implica una decisi&oacute;n con conocimiento de causa, lo que equivale a señalar que ser libre es hacerse responsable por las propias elecciones (<i>Cf</i>. Coujou, <i>Droit</i>). </p>     <p> Como resultado de este acto de determinaci&oacute;n surgen las llamadas normas de derecho positivo. El derecho positivo y el derecho natural no son dos sistemas normativos independientes, sino que en su conjunto forman un &uacute;nico ordenamiento de justicia. As&iacute;, seg&uacute;n enseña Su&aacute;rez, existe un doble justo: </p>     <blockquote> uno natural, que es lo recto seg&uacute;n la raz&oacute;n natural, el cual nunca falla si la raz&oacute;n no yerra; otro legal, es decir, determinado por la ley humana, el cual &ndash;aunque en general sea justo&ndash; suele fallar en casos particulares. (<i>De Legibus</i> I 2 9) </blockquote>     <p> El derecho natural, considerado en s&iacute; mismo, no prescribe una acci&oacute;n, sino en cuanto que supone que esta es buena, ni la proh&iacute;be, sino en cuanto que supone que es intr&iacute;nsecamente mala (Ib&iacute;d. II 16 6). Esto no sucede en las reglas de justicia derivadas de la determinaci&oacute;n: las leyes positivas o escritas son creadoras de nuevos derechos (Ib&iacute;d. II 16 5). Por este motivo, la materia de las elecciones autoritativas del legislador es el conjunto de aquellas acciones que, prescindiendo de ese acto de determinaci&oacute;n, no ser&iacute;an obligatorias, pero que por &eacute;l se hacen necesarias (Ib&iacute;d. I 3 9). De ah&iacute; que se llame positiva </p>     <blockquote> aquella ley que no ha nacido en el hombre juntamente con la naturaleza o con la gracia, sino que, por encima de ellas, ha sido impuesta por alg&uacute;n principio externo que tuviese facultad para imponerla; de ah&iacute; que se la haya llamado positiva, como quien dice añadida a la ley natural y no como nacida de ella necesariamente. (Su&aacute;rez, <i>De Legibus</i> I 3 9) </blockquote>     <p> A pesar de su margen de libertad, el gobernante no podr&aacute; escoger un curso de acci&oacute;n contrario al derecho por naturaleza. Luego, en contra de aquellos que presentan a Su&aacute;rez como un autor voluntarista, es preciso indicar que para el salmantino la discrecionalidad humana tiene como l&iacute;mite una dimensi&oacute;n innata de honradez o de maldad en lo que es mandado o prohibido (Ib&iacute;d. II 6 11). </p>     <p> Si se piensa en un ejemplo espec&iacute;fico, como el odio a Dios, se ver&aacute; que este constituye la prueba de la existencia de una &quot;malicia intr&iacute;nseca anterior a la prohibici&oacute;n&quot; (Ib&iacute;d. II 6 11). En este caso, el mal preexiste siempre al acto de la voluntad. Lo anterior se debe a que el derecho natural revela un conjunto de reglas ordenadas por Dios sobre la base de verdades inmutables, cuyo fin es el logro del desarrollo integral de la persona. De esta forma, est&aacute; en la esencia de la ley natural prohibir lo que es expresi&oacute;n de un mal preexistente y ordenar todo lo que en s&iacute; es justo y bueno. </p>     <p> La libertad del gobernante es de tal envergadura que puede establecer &quot;muchas cosas que no est&aacute;n determinadas ni pudieron ser deter­mi­na­das de una manera conveniente por los derechos natural y divino&quot; (Ib&iacute;d. II 13 1). Eso s&iacute;, &quot;no puede derogar el derecho natural porque destruir&iacute;a su base y por consiguiente a s&iacute; mismo&quot; (Ib&iacute;d. II 14 8)<a href="#p7" name="p7b"><sup>7</sup></a>: la oposici&oacute;n a la recta raz&oacute;n hace que un acto sea convierta en pecado o en falta, al menos filos&oacute;ficamente (Ib&iacute;d. II 6 5). Esta libertad de la voluntad, que entrega al legislador la capacidad para decidir <i>X</i> en vez <i>Y</i>, sin que exista una raz&oacute;n moral previa que lo obligue en un determinado sentido, puede explicarse tambi&eacute;n, enseña Su&aacute;rez, &quot;diciendo que es una voluntad de señalar tal acci&oacute;n como necesaria para observar la equidad o justo medio en una determinada materia de virtud&quot; (<i>De Legibus</i> I 5 9). </p>     <p> Ahora bien, que la ley humana consta de un acto de la voluntad lo prueba Su&aacute;rez de la siguiente manera: la ley requiere dos elementos, moci&oacute;n y direcci&oacute;n, bondad y verdad, es decir, juicio recto acerca de lo que se debe hacer y voluntad eficaz de mover a esa conducta (Ib&iacute;d.  I 5 20). Pese a esto, aunque el nombre de ley abarque ambos movimientos, &quot;sin embargo, desde otro punto de vista, se puede decir que la ley consiste tanto en el acto de la voluntad como en el del entendimiento bajo diversos aspectos&quot; (Ib&iacute;d. I 5 21). </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Si en la ley se atiende a su virtud para mover a la acci&oacute;n, &quot;y se llama ley a eso que se da en el pr&iacute;ncipe que mueve y obliga a obrar, la ley es un acto de la voluntad&quot; (Ib&iacute;d. I 5 21). No obstante, si en la ley se considera su poder para dirigir hacia lo que es bueno y honesto, es evidente que consiste en un movimiento de la raz&oacute;n, particularmente, en un juicio pr&aacute;ctico de la inteligencia (Ib&iacute;d. I 5 21). Lo anterior no obsta a que Su&aacute;rez haya defendido que el momento volitivo de la ley es el que la constituye <i>formaliter</i>. En efecto, señala: se entiende mejor y se defiende con mayor facilidad que la ley es un acto de la voluntad, por el cual el superior quiere obligar al inferior a hacer esto o lo otro (Ib&iacute;d. 1 5 24)<a href="#p8" name="p8b"><sup>8</sup></a>. </p> </font>     <center><font face="verdana" size="3"><b>IV    <br> Las leyes positivas como obras de la voluntad</b></font></center> <font face="verdana" size="2">     <p> El imperio, dice Aquino, no es otra cosa que el cumplimiento de lo establecido por la voluntad del superior (Aquino, <i>De Articulis</i> a. 13)<a href="#p9" name="p9b"><sup>9</sup></a>. Imperar significa, de esta manera, dirigir a otros a la acci&oacute;n, motivo suficiente para sostener que la ley es, tambi&eacute;n, un signo de la voluntad, ya que &quot;el poder de mover que tiene la raz&oacute;n lo recibe de la voluntad&quot; (Aquino, <i>Summa</i> I-II q. 90 a. 1). </p>     <p> Si bien &#39;por naturaleza&#39; hay acciones cuya moralidad ha quedado determinada <i>ex ante</i>, como robar o matar inocentes, que siempre son hechos injustos (<i>Cf</i>. Aquino, <i>In Psalmos</i> 18 n. 5), lo cierto es que las conductas definidas como buenas o malas, por lo justo natural son las menos. Por esta raz&oacute;n, el enjuiciamiento de las acciones llamadas &#39;indiferentes&#39;, que son aquellas que se extienden entre lo bueno y lo malo moral per se, ha quedado entregada a la decisi&oacute;n del legislador (<i>Cf</i>. Aquino, <i>In Ethicorum</i> V lect. 17 n. 782), el que libremente podr&aacute; disponer su justicia o injusticia. </p>     <p> Esto significa que todo lo que est&aacute; indeterminado por naturaleza se convierte en objeto de la voluntad del gobernante. La causa de esto radica en el hecho de que, a diferencia de lo que sucede con la naturaleza, el apetito no se halla determinado hacia una sola cosa (<i>Cf</i>. Aquino, <i>Summa</i> I q. 41 a. 2). La forma por la que act&uacute;a la voluntad no es solo una, &quot;sino que hay varias, seg&uacute;n el n&uacute;mero de razones inteligibles&quot; (Ib&iacute;d. I q. 41 a. 2). De manera que, cuando el legislador establece una cierta raz&oacute;n para la acci&oacute;n, no se encuentra compelido a tomar una decisi&oacute;n en un sentido determinado, sino solo a tomar una decisi&oacute;n que excluya otras alternativas razonables. </p>     <p> Lo anterior no contradice el hecho de que la naturaleza preceda a la voluntad (<i>Cf</i>. Aquino, <i>De Potentia</i> q. 2 a. 3), porque los preceptos naturales son el esqueleto del razonamiento legal. El gobernante es libre en su tarea de determinaci&oacute;n de los principios morales, pero solo una vez que ha dado protecci&oacute;n a los llamados bienes humanos b&aacute;sicos. </p>     <p> Una vez que se han resguardado los principios naturales, las leyes humanas representan, ante todo, un signo de la voluntad del gobernante, que induce al bien y retrae del mal por medio de preceptos y prohibiciones, de premios y castigos (<i>Cf</i>. Aquino, <i>Summa</i> I q. 103 a. 5). La norma jur&iacute;dica no es un consejo, sino una regla de justicia que obliga a su cumplimiento, &quot;o querida como tal por el &oacute;rgano de poder, o querida y aceptada con ese car&aacute;cter por lo que pactan&quot; (Hervada, <i>Temas</i> 139). </p>     <p> Por esta causa, el acto que origina las normas del derecho humano contiene, inequ&iacute;vocamente, un momento volitivo; lo cual es espec&iacute;ficamente necesario en las normas constitutivas, pues la creaci&oacute;n, &quot;modificaci&oacute;n y extinci&oacute;n de las relaciones jur&iacute;dicas, otorgar titularidades, dar funciones, crear &oacute;rganos, etc., todo ello supone un acto de dominio, que es necesariamente un acto de voluntad&quot; (Hervada, <i>Temas</i> 139). En todo caso, si bien el papel de la voluntad se torna esencial en la creaci&oacute;n de las leyes humanas, nunca se puede llegar al extremo de que den exactamente lo mismo las decisiones que adopte el gobernante (Err&aacute;zuriz 125). </p>     <p> Aun cuando el aspecto volitivo de la determinaci&oacute;n del derecho natural suceda a la aprehensi&oacute;n intelectual de los principios morales, no es cierto que la actividad legislativa se reduzca, &uacute;nicamente, a una <i>inventio</i> de la raz&oacute;n. El propio Aquino ha destacado que las determinaciones proceden <i>ex industria humana</i>, como una muestra del poder creativo que ejerce la voluntad del gobernante en materia de justicia. Se explica, de esta manera, por qu&eacute; la justicia de las leyes humanas depende del hecho de ser &#39;puestas&#39; por el gobernante, en un procedimiento normativo que se origina, no en la naturaleza, inmediatamente, sino en la voluntad (<i>Cf</i>. Hervada, <i>Temas</i> 139). Ahora bien, claro est&aacute; que la voluntad humana que origina un derecho positivo no es cualquier voluntad. Se trata de un acto constituyente y, por lo mismo, de &quot;un acto que depende de un sujeto dotado de potencia constitutiva de derecho&quot; (Hervada, <i>Introducci&oacute;n</i> 107). </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> De lo anterior se desprende el siguiente corolario: porque su causa instituyente es la voluntad de los hombres, por esa misma causa este derecho puede dejar de existir y variar en su medida y conformaci&oacute;n (Ib&iacute;d. 107). Esto no significa, sin embargo, que legislar equivalga a &#39;disponer con arbitrariedad&#39;. La elecci&oacute;n u opci&oacute;n legislativa no supone el ejercicio de una libertad ilimitada, &quot;porque si bien caben elecciones arbitrarias, la elecci&oacute;n como tal es un acto racional. La elecci&oacute;n &mdash;u opci&oacute;n&mdash; de la que hablamos como generadora de la medida de lo justo positivo es un acto que proviene de un poder, esto es, un acto dotado de racionalidad&quot; (Ib&iacute;d. 109). </p>     <p> Esto es una prueba de que la infradeterminaci&oacute;n que caracteriza a la voluntad en el &aacute;mbito ontol&oacute;gico<a href="#p10" name="p10b"><sup>10</sup></a> tambi&eacute;n existe en materia legislativa, de modo tal que las decisiones normativas de la autoridad deben ajustarse al orden de la raz&oacute;n. Tales determinaciones representan formas de ordinatio &#39;queridas&#39; por el gobernante, en la medida que un mandato determinado es habitualmente una elecci&oacute;n entre distintas posibilidades, igualmente, razonables y en las que la decisi&oacute;n final corresponde al apetito (<i>Cf</i>. Hervada, <i>Lecciones</i> 336). Entonces, como sea que mover hacia el fin pertenece a la voluntad y la ley es un acto de imperio de la raz&oacute;n, &quot;este acto de raz&oacute;n presupone el acto de voluntad que quiere el fin, en este caso el bien com&uacute;n de la sociedad&quot; (Ib&iacute;d. 339) y el aspecto de ese bien al que tiende la ley humana. Esta sujeci&oacute;n de la voluntad al orden de la raz&oacute;n en materia legislativa ha sido explicada por algunos te&oacute;ricos de la ciencia del derecho en los siguientes t&eacute;rminos: </p>     <blockquote> &iquest;la voluntad del legislador tiene alg&uacute;n principio superior a que debe someterse en la determinaci&oacute;n de la norma de lo justo, o es, por el contrario, ella la fuente suprema del derecho? Frente al legalismo o pragmatismo hay que reconocer la existencia de un principio fundamental, llamado as&iacute; porque de &eacute;l han de derivarse, como de su fuente natural, todas las leyes, aunque para la formaci&oacute;n de &eacute;stas sea preciso el concurso inmediato de la voluntad del legislador. (Bur&oacute;n Garc&iacute;a 5ss) </blockquote> De la misma manera:      <blockquote> hay principios de justicia superiores a la contingencia y variabilidad de los hechos, hay normas superiores que sirven de fundamento al derecho positivo, sea cualquiera el desenvolvimiento y desarrollo que &eacute;ste tenga, hay reglas aceptadas por los jurisconsultos, que constituyen verdaderos axiomas para todo aqu&eacute;l que interviene m&aacute;s o menos en la vida jur&iacute;dica, y que forman sin duda un derecho superior a lo legislado. (Valverde 76ss) </blockquote>     <p> Ahora bien, en cuanto a la tarea precisa de la voluntad en la determinaci&oacute;n del derecho natural, esta puede verse en el establecimiento de la velocidad m&aacute;xima o en el señalamiento de la edad en que se adquiere la capacidad de contraer obligaciones. En el primer caso, el gobernante podr&aacute; disponer el l&iacute;mite m&aacute;ximo de velocidad que estime pertinente. Podr&aacute; trazar dicho l&iacute;mite en los 120 km/h, como ocurre en España y Portugal o en los 130 km/h, como sucede en Italia y en Francia. En todo caso, cualquiera sea el l&iacute;mite trazado, su establecimiento depender&aacute; de un acto de la voluntad, porque, en principio, no hay razones para inclinarse por <i>A</i> (120 km/h) en vez de <i>B</i> (130 km/h). </p>     <p> Alguien podr&iacute;a sostener, sin embargo, que el establecimiento de <i>A</i> (120 km/h) en vez de <i>B</i> (130 km/h) no es un asunto de elecci&oacute;n, sino un problema de prudencia y, por lo mismo, de la mayor o menor razonabilidad del acto de determinaci&oacute;n. En principio, esta objeci&oacute;n es correcta. Pero, y como ya he intentado enfatizar, el momento volitivo de la creaci&oacute;n del derecho se explica, &uacute;nicamente, dentro los l&iacute;mites de lo razonable para el derecho natural. La indeterminaci&oacute;n de la naturaleza no es completa. Por esto hablamos, m&aacute;s bien, de una infradeterminaci&oacute;n de los principios naturales. </p>     <p> Por esta raz&oacute;n, y teniendo presente que una reducci&oacute;n de la velocidad m&aacute;xima de 10 km/h, disminuir&iacute;a, a su vez, el n&uacute;mero de accidentes en un 20%, el n&uacute;mero de heridos en un 30% y el n&uacute;mero de muertes en un 40%<a href="#p11" name="p11b"><sup>11</sup></a>, el legislador tendr&iacute;a buenas razones para decidirse por <i>A</i> en vez de <i>B</i>. Pero esto sigue siendo un asunto de discrecionalidad. En España, por ejemplo, luego de establecer una disminuci&oacute;n transitoria de la velocidad m&aacute;xima a 110 km/h (BOE, <i>Real Decreto</i> 303), se decidi&oacute; volver al l&iacute;mite de 120 km/h, entre otras razones, por el alt&iacute;simo costo econ&oacute;mico de la medida: 250.000 euros solo en el cambio de señalizaci&oacute;n. Adem&aacute;s, la decisi&oacute;n no tuvo &quot;que ver con la seguridad vial propiamente dicha, sino con el consumo y el ahorro energ&eacute;tico&quot;<a href="#p12" name="p12b"><sup>12</sup></a>, sobre todo teniendo en cuenta la dif&iacute;cil situaci&oacute;n econ&oacute;mica que, por estos años, vive la Eurozona. Por consiguiente, una vez que el prop&oacute;sito de ahorro se ha cumplido, &quot;la medida no tiene sentido&quot;<a href="#p13" name="p13b"><sup>13</sup></a>. </p>     <p> Como puede verse, la determinaci&oacute;n opera, en la pr&aacute;ctica, como un mecanismo de resoluci&oacute;n de conflictos sociales. Ah&iacute; donde se genera un problema de coordinaci&oacute;n, por ejemplo, el legislador tiene la obligaci&oacute;n de determinar la soluci&oacute;n que estime pertinente. Pese a esto, como se ha dicho, no est&aacute; obligado a decidir en un sentido determinado, sino solo a tomar una decisi&oacute;n que excluya otras alternativas posibles: disminuci&oacute;n perpetua de la velocidad m&aacute;xima en 10 km/h; disminuci&oacute;n de la velocidad solo en autopistas; disminuci&oacute;n de la velocidad en algunos sectores; disminuci&oacute;n de la velocidad solamente en casos de problemas financieros; entre otros. </p>     <p> Si el papel de la voluntad en materia de l&iacute;mites de velocidad no ha quedado claro, todav&iacute;a puede proponerse el siguiente caso: si se est&aacute; discutiendo la pertinencia del l&iacute;mite de velocidad de 119 o 120 km/h. La diferencia, en este caso, es marginal. Es m&aacute;s, posiblemente, esa variaci&oacute;n no tenga ninguna incidencia en el n&uacute;mero de accidentes. Luego, cualquiera sea la velocidad establecida por el gobernante, esa ser&aacute; la alternativa leg&iacute;tima y obligatoria para todos. </p>     <p> Sin embargo, como el legislador no tiene obligaci&oacute;n de decidir en un sentido determinado, si escoge como l&iacute;mite los 119 km/h, podr&iacute;a querer reducir el riesgo de accidentes en autopistas y carreteras concesionadas. Esta ser&iacute;a una buena raz&oacute;n para inclinarse por esa alternativa. No obstante, podr&iacute;a ocurrir que, puesto que no todos los tac&oacute;metros tienen un sistema digital que permita saber, con certeza, la velocidad a la que se est&aacute; conduciendo (o un sistema de velocidad crucero programable), lo razonable ser&iacute;a trazar el l&iacute;mite de velocidad en los 120 km/h: el conductor sabr&iacute;a, exactamente, donde se halla la aguja del veloc&iacute;metro. As&iacute; se evitar&iacute;an las infracciones (involuntarias, quiz&aacute;) que, producto de los problemas descritos, se aumentar&iacute;an al decidirse por los 119 en vez de los 120 km/h. Pero, insisto, la decisi&oacute;n final es un asunto de discrecionalidad, sobre todo cuando el gobernante debe ponderar la &#39;m&iacute;nima&#39; (o &#39;marginal&#39;) reducci&oacute;n de accidentes con el &#39;posible&#39; (o &#39;eventual&#39;) aumento de las infracciones a las reglas del tr&aacute;nsito. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> En el mismo sentido, tambi&eacute;n el establecimiento de la edad en que se adquiere la capacidad jur&iacute;dica es un problema de determinaci&oacute;n o de voluntad en materia normativa. La naturaleza enseña que no basta la condici&oacute;n de persona, esto es, de individuo de la especie humana, para que alguien pueda actuar jur&iacute;dicamente ejerciendo derechos y contrayendo obligaciones. Tal persona accede a ese estado, </p>     <blockquote> despu&eacute;s de un per&iacute;odo de maduraci&oacute;n que no es breve; este se inicia cuando se entra a la existencia y no termina, de hecho, sino con la muerte. Pero dentro de &eacute;l hay un momento, que no es el mismo para todos, a partir del cual razonablemente cada uno est&aacute; en condiciones de tomar su vida en sus manos y de conducirla de manera independiente. (Ib&aacute;ñez 191) </blockquote>     <p> Este es el problema de la capacidad de ejercicio, es decir, de la aptitud legal de una persona para ejercer por s&iacute; misma los derechos que le competen &quot;y sin el ministerio o autorizaci&oacute;n de otra&quot; (<i>C&oacute;digo Civil de Chile</i> a. 1445). Los te&oacute;ricos del derecho no han establecido un tiempo preciso en que las personas alcanzan el debido uso de raz&oacute;n y la madurez necesaria para contraer obligaciones jur&iacute;dicas. Solo han desarrollado algunos principios generales sobre la capacidad, como que se presume de derecho que un imp&uacute;ber carece del juicio suficiente para conducirse jur&iacute;dicamente o que, los actos celebrados por imp&uacute;beres son nulos de nulidad absoluta (<i>Cf</i>. Le&oacute;n 238), o que la capacidad es la regla (<i>Cf</i>. Alessandri, Vodanovic y Somarriva 250) (en el sentido de que son incapaces, solamente, los que la ley señale como tales). Sin embargo, el orden social requiere que exista una cierta uniformidad al respecto, de manera que, tanto el individuo como sus padres o tutores, &quot;sepan a qu&eacute; atenerse&quot; (Ibañez 192). Por esto la ley determina una edad com&uacute;n para producir el efecto de la emancipaci&oacute;n, entregando al individuo la capacidad completa para contraer obligaciones y para conducirse, como dispone la legislaci&oacute;n española, en todos los actos de la vida civil (<i>C&oacute;digo Civil de España</i> a. 322). </p>     <p> Pero, &iquest;cu&aacute;l es esa edad? La naturaleza solo nos señala un rango al interior del cual la inmensa mayor&iacute;a de los j&oacute;venes accede a esa madurez. &quot;De lo que se trata, entonces, es que la edad que se fije para estos efectos tenga en cuenta la realidad promedio de los j&oacute;venes, alej&aacute;ndose de los extremos&quot; (Ib&aacute;ñez 192). Y, por ejemplo, en el derecho romano esa edad era de veinticinco años (<i>Cf</i>. Mart&iacute; 164), disposici&oacute;n que fue recogida por el texto original del C&oacute;digo Civil chileno (<i>Cf</i>. Figueroa 191). </p>     <p> Tal no fue el caso del C&oacute;digo Civil napole&oacute;nico, que redujo la mayor&iacute;a de edad a los veinti&uacute;n años (<i>Cf</i>. Medina 68), ni del proyecto de C&oacute;digo Civil español de 1851, que establec&iacute;a que la mayor&iacute;a de edad se alcanzaba, en el caso de los hombres a los veinte años y en el caso de las mujeres a los veinticinco años (<i>Cf</i>. Garc&iacute;a 15). </p>     <p> En el caso de Chile, el texto actualizado del C&oacute;digo Civil ha definido la emancipaci&oacute;n a los 18 años (C&oacute;digo Civil de España a. 270), pudiendo escoger, ciertamente, cualquiera otra posibilidad. Esto nos muestra que, para el Estado chileno, lo razonable ha sido establecer la mayor&iacute;a de edad a los 18 años, a&uacute;n cuando alguien podr&iacute;a afirmar que esa edad es, todav&iacute;a, demasiado baja (<i>Cf</i>. Ib&aacute;ñez 192)<a href="#p14" name="p14b"><sup>14</sup></a>. </p>     <p> Es importante advertir que en su actividad normativa el gobernante no dispone de un poder legislativo ilimitado. Y no puede serlo, porque es un hecho de experiencia que la raz&oacute;n no juzga como indiferentes todos los actos que el hombre puede f&iacute;sicamente realizar, sino que, con independencia de las leyes positivas, reconoce una serie de proposiciones de&oacute;nticas a las que se encuentra sujeto por el mero estar constituido en un animal de raz&oacute;n (<i>Cf</i>. Herveda, <i>Introducci&oacute;n</i> 140-41)<a href="#p15" name="p15b"><sup>15</sup></a>. Por ende, no es, absolutamente, indiferente que se instituya esta o aquella regla positiva con respecto a una materia dada. No es este el caso de la determinaci&oacute;n, pues, si lo fuera, no podr&iacute;a haber injusticia intr&iacute;nseca en algunas reglas positivas, sino solo injusticia con respecto al fin promovido por su instituci&oacute;n (<i>Cf</i>. Adler 308). </p>     <p> Seg&uacute;n esto, la ley positiva podr&aacute;, por ejemplo, establecer, </p>     <blockquote> indiferentemente que los plazos de la apelaci&oacute;n expiren con el d&eacute;cimo o el duod&eacute;cimo d&iacute;a; pero si no quiere abandonarse a la irrazonabilidad, debe dejarse guiar por la consideraci&oacute;n de que es necesario que cada ciudadano honesto encuentre abierta la v&iacute;a a la justicia, e igualmente es necesario que los pleitos tengan un t&eacute;rmino y que no duren indefinidamente abriendo de par en par las puertas a la man&iacute;a forense. (Graneris 75) </blockquote> Pese a lo anterior, es cierto que,      <blockquote> los famosos plazos podr&aacute;n oscilar algo, pero no podr&aacute;n ser reducidos a diez minutos ni deber&aacute;n extenderse a cincuenta años. Y e sto es un margen determinado por la naturaleza misma, a la cual se atiene todo legislador razonable, aun sin advertirlo. (Ib&iacute;d. 75) </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Sucede, entonces, que el momento volitivo del acto de determinaci&oacute;n aparece como subordinado al momento racional, porque la voluntad supone para su acto el acto del entendimiento. As&iacute;, &quot;no pueden ser estos actos igualmente perfectos, ni igualmente a la par conseguir el &uacute;ltimo fin, sino uno antes que el otro, y uno m&aacute;s perfecto que el otro&quot; (de Santo Tom&aacute;s, <i>Cursus Theologicus</i> q. 5 d. 2 a. 3). Ahora bien, que el momento volitivo de la determinaci&oacute;n se subordina al racional, queda demostrado por el hecho de que es el entendimiento el que ordena la operaci&oacute;n del resto de las facultades (<i>Cf</i>. Aquino, <i>In Sententiarum</i> IV d. 33 q. 3 a. 1) incluso del apetito, puesto que es la inteligencia la que conoce el bien y la que muestra a la voluntad el orden necesario para alcanzarlo. </p>     <p> Por tanto, para que la voluntad tenga car&aacute;cter de ley precisa ser regulada por la raz&oacute;n. Es entonces cuando puede decirse con verdad que la voluntad del gobernante tiene vigor de ley. Sin esa regulaci&oacute;n, &quot;semejante voluntad no ser&iacute;a ley sino m&aacute;s bien iniquidad&quot; (Aquino, <i>Summa</i> I-II q. 90 a. 1). De este modo, en la tesis de los cuatro autores que he desarrollado en este trabajo, la voluntad no puede autodeterminarse en la identificaci&oacute;n de lo bueno o de lo malo moral. Necesita estar guiada por el entendimiento. Es m&aacute;s, una voluntad que no siga la direcci&oacute;n de la raz&oacute;n es la causa directa del pecado, piensa el aquinate (Ib&iacute;d. I-II q. 75 a. 1). </p> </font>     <center><font face="verdana" size="3"><b>Consideraciones finales</b></font></center> <font face="verdana" size="2">     <p> Finalizando este art&iacute;culo sobre el papel de la voluntad en la determinaci&oacute;n del derecho natural, me ha parecido adecuado presentar las siguientes conclusiones: </p>     <p> (i). Las enseñanzas de Soto, Le&oacute;n y Su&aacute;rez sobre estas materias son completamente concordes con las doctrinas de Tom&aacute;s de Aquino y la Escol&aacute;stica tradicional. Afirmar que estos autores se apartan de la tradici&oacute;n cl&aacute;sica por enfatizar en el papel que compete a la voluntad en la determinaci&oacute;n del derecho, es no comprender la naturaleza misma del acto de determinaci&oacute;n, as&iacute; como pasar por alto los muchos pasajes en que el aquinate le entrega el <i>imperium</i> al apetito. </p>     <p> (ii). La voluntad debe intervenir en el acto de determinaci&oacute;n porque el derecho natural no regula cada uno de los aspectos de la vida social. Las normas naturales son solo una parte (y muy menor) de la moralidad. Todo lo que no ha sido prescrito por la ley natural queda entregado al poder discrecional de la autoridad del Estado. </p>     <p> (iii). Tal es el papel que corresponde a la voluntad en la determinaci&oacute;n del derecho natural, que el gobernante puede no solo completar los requerimientos indeterminados del derecho por naturaleza, sino, sobre todo, mandar o prohibir una conducta que no haya sido mandada o prohibida por el derecho natural bajo ning&uacute;n respecto.  (iv). Puesto que el derecho natural no especifica cu&aacute;l es la soluci&oacute;n m&aacute;s adecuada para cada uno de los problemas sociales, el legislador no est&aacute; obligado a tomar una decisi&oacute;n en un sentido determinado al momento de dar vida a las normas del derecho positivo. Solo debe tomar una decisi&oacute;n que excluya otros posibles cursos de acci&oacute;n. </p>     <p> (v). Si bien Soto, Le&oacute;n y Su&aacute;rez han insistido en que el gobernante no puede prescribir en contra del orden de la justicia, porque la racionalidad de una norma es la fuente de su obligatoriedad, lo cierto es que, en el amplio campo de las cosas indiferentes, y siempre que se resguarden los principios del derecho natural, la &uacute;ltima palabra en materia normativa la tiene la voluntad. Lo anterior no significa convertir la doctrina de Aquino y sus comentaristas escol&aacute;sticos en una forma de voluntarismo jur&iacute;dico. Solamente supone el reconocimiento de que, en una gran medida, las leyes positivas son obras de la voluntad, al menos de una voluntad &#39;razonada&#39; o &#39;determinada&#39; por la inteligencia. </p>     <p> (vi). En la determinaci&oacute;n del derecho natural, el papel de la discrecionalidad es m&aacute;ximo. Si bien este concepto ha sido utilizado por la tradici&oacute;n anal&iacute;tica en un contexto diferente, no parece existir ning&uacute;n inconveniente para admitir el empleo de este t&eacute;rmino, siempre que ello no se identifique con decisi&oacute;n arbitraria (<i>Cf</i>. Etcheverry 191). En consecuencia, el legislador goza de un margen de autonom&iacute;a para disponer de la regla jur&iacute;dica m&aacute;s adecuada para el bien de su comunidad. Pero las elecciones que resuelva como &#39;las debidas&#39; para su comunidad deben apoyarse en razones que justifiquen su decisi&oacute;n. </p>     <p> (vii). Por &uacute;ltimo, y a mi juicio, Soto, Le&oacute;n y Su&aacute;rez han comprendido cabalmente el papel que toca a la voluntad en la determinaci&oacute;n del derecho. En el &aacute;mbito de cosas indiferentes, esto es, de aquellas materias que no est&aacute;n definidas como buenas o malas por la ley natural, puede la voluntad del gobernante, por ejemplo, convertir en l&iacute;cito lo que sin la intervenci&oacute;n de la autoridad pol&iacute;tica no estar&iacute;a, sino en contra de la recta raz&oacute;n. En efecto, como escribe el Eximio, &quot;consta por la pr&aacute;ctica que las leyes humanas mandan muchas cosas que antes no eran necesarias&quot; (Su&aacute;rez, <i>De Legibus</i> III 13 13). Y esto por una simple raz&oacute;n: solo la voluntad puede establecer el juicio de conveniencia o inconveniencia frente a lo indeterminado por el derecho natural, puesto que, a diferencia de la causalidad f&iacute;sica, el apetito &quot;puede encaminar su esfuerzo hacia la direcci&oacute;n que m&aacute;s se le antoje, incluso hacia las direcciones m&aacute;s opuestas&quot; (L&oacute;pez 93). </p> <hr>    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <b>Notas al Pie</b>     <p> <a href="#p1b" name="p1"><sup>1</sup></a> Suele hablarse, a este respecto, de una <i>Gestaltungsfreiheit</i> (<i>Cf</i>. Fern&aacute;ndez 25).    <br> <a href="#p2b" name="p2"><sup>2</sup></a> Esto se debe a que la decisi&oacute;n del gobernante entraña dos cosas fundamentales: una ordenaci&oacute;n o direcci&oacute;n y un impulso. Lo primero, corresponde al entendimiento, y lo segundo, a la voluntad. En otras palabras: si bien todo acto de determinaci&oacute;n supone un movimiento previo de voluntad, la ley misma es esencialmente un acto de la raz&oacute;n, por cuanto ordena hacia un fin y ordenar hacia el fin es propio de la raz&oacute;n (<i>Cf</i>. Gonz&aacute;lez 49).    <br> <a href="#p3b" name="p3"><sup>3</sup></a> En la afirmaci&oacute;n de que Soto habr&iacute;a sido disc&iacute;pulo de Vitoria sigo a B&aacute;ñez, Quietif y a Medina. Esto habr&iacute;a ocurrido durante su estancia en Par&iacute;s, hacia los años 1516-1520.    <br> <a href="#p4b" name="p4"><sup>4</sup></a> Si bien el legislador podr&iacute;a haber establecido otros mandatos que tambi&eacute;n estar&iacute;an acordes con el derecho natural; no obstante, el car&aacute;cter directriz de la ley &quot;se deriva no s&oacute;lo del hecho de haber sido creada por una fuente reconocida del derecho (legislaci&oacute;n, jurisprudencia, costumbre, etc.), sino tambi&eacute;n de su relaci&oacute;n racional con alg&uacute;n principio o precepto moral&quot; (Finnis 267).    <br> <a href="#p5b" name="p5"><sup>5</sup></a> Entre los autores que presentan a Le&oacute;n como decisionista destaca Alain Guy.    <br> <a href="#p6b" name="p6"><sup>6</sup></a> A este respecto, es preciso señalar que, en el obrar humano, cada potencia aporta lo suyo propio: la raz&oacute;n el orden y la voluntad el impulso; y este precede siempre al mandato o precepto intelectual. No cabe hablar de imperio o precepto sin voluntad antecedente, porque, como dice Aquino, &quot;nada cae bajo el precepto &#91;&hellip;&#93; a no ser seg&uacute;n que est&eacute; en la voluntad&quot;, voluntad que representa un querer del fin, pues no se manda nada ordenando respecto del fin, a no ser que preexista la voluntad del fin. (<i>Cf. In Sententiarum</i> III d. 36 q. 1 a. 6). En el mismo sentido. (<i>Cf. STh</i> I q. 23 a. 4).    <br> <a href="#p7b" name="p7"><sup>7</sup></a> De este modo, todos aquellos actos cuyos objetos repugnan la razonabilidad ser&aacute;n malos independientemente de la existencia o no de la voluntad imperativa de Dios o de un superior (<i>Cf</i>. Su&aacute;rez, <i>Tractatus III</i> disp. 7).    <br> <a href="#p8b" name="p8"><sup>8</sup></a> Del hecho de que la ley es un principio de la acci&oacute;n que tiene fuerza para obligar, concluye Su&aacute;rez que aqu&eacute;lla se encuentra propiamente en la voluntad, no en la raz&oacute;n. Esto se debe a que el intelecto lo &uacute;nico que puede es mostrar la necesidad que hay en el objeto y si no la hay, el entendimiento no puede d&aacute;rsela. En cambio, la voluntad produce una necesidad que no hab&iacute;a en el objeto: &quot;as&iacute;, por ejemplo, en materia de justicia, hace que la cosa valga tanto o cuanto, y, en materia de otras virtudes, que en este caso particular sea obligatorio hacer una cosa que en otras circunstancias de suyo no lo ser&iacute;a&quot; (Su&aacute;rez, <i>De Legibus</i> I 5 15). Su&aacute;rez esboza otra raz&oacute;n en prueba de sus argumentos: &quot;dar la ley es un acto de jurisdicci&oacute;n y de poder superior &#91;&hellip;&#93; por lo que es como el ejercicio de un derecho de propiedad; ahora bien, todo ejercicio es un acto de la voluntad, pero sobre todo el ejercicio del derecho de propiedad, que es libre&quot;. (Ib&iacute;d. I 5 15).    <br> <a href="#p9b" name="p9"><sup>9</sup></a> Sobre el papel de la voluntad en la teor&iacute;a jur&iacute;dica de Tom&aacute;s de Aquino <i>Cf</i>. Milazzo.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <a href="#p10b" name="p10"><sup>10</sup></a> Esto quiere decir que la voluntad es una potencia no absolutamente indeterminada. Por el contrario, se halla indefectiblemente orientada al llamado bien en general. Tal es la caracterizaci&oacute;n que la filosof&iacute;a cl&aacute;sica hace de la <i>voluntas ut natura</i>, entendida como la determinaci&oacute;n de la voluntad humana al bien.    <br> <a href="#p11b" name="p11"><sup>11</sup></a> Esta informaci&oacute;n ha sido tomada del <i>K&ouml;rkortsboken. El libro del permiso de conducir</i>, de la Federaci&oacute;n Nacional de Escuelas de Choferes de Suecia, 1990.    <br> <a href="#p12b" name="p12"><sup>12</sup></a> Para las declaraciones completas de Alfredo P&eacute;rez Rubalcaba, Primer Vicepresidente del gobierno. V&eacute;ase: <a href="http://www.lasemana.es" target="_blank">http://www.lasemana.es</a>.    <br> <a href="#p13b" name="p13"><sup>13</sup></a> La cita es parte de las declaraciones de P&eacute;rez Rubalcaba. Tales declaraciones han sido reproducidas por el portal español esmini.es. V&eacute;ase: <a href="http://www.esmini.es/foro/forum.php" target="_blank">http://www.esmini.es/foro/forum.php</a>.    <br> <a href="#p14b" name="p14"><sup>14</sup></a> No obstante, corresponde señalar que no todos los actos requieren, para ser considerados como actos de una persona capaz, de la misma edad que se ha fijado para la mayor&iacute;a de edad. En materia penal, por ejemplo, una persona no necesita ni siquiera llegar a los dieciocho años para advertir que el asesinato o el robo son actos repudiables desde la perspectiva de la justicia y que merecen el debido castigo que señale la autoridad. Sobre este asunto (<i>Cf</i>. Ib&aacute;ñez 191ss).    <br> <a href="#p15b" name="p15"><sup>15</sup></a> Tales proposiciones, sostiene el autor, se le aparecen al hombre como una ley de su conducta, como una norma objetiva y vinculante, independiente de las elecciones, preferencias e intereses del sujeto. </p> <hr>    <br> </font> <font face="verdana" size="3"><b>Referencias bibliogr&aacute;ficas</b></font> <font face="verdana" size="2">     <!-- ref --><p> Adler, Mortimer. &quot;Una cuesti&oacute;n acerca de la ley&quot;. Brennan, Robert (ed.). <i>Ensayos sobre el Tomismo</i>. Madrid, Ediciones Morata, 1962. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S0124-6127201300020001400001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Alessandri, Arturo, Vodanovic, Antonio y Manuel Somarriva. <i>Tratado de derecho civil</i>. Partes preliminar y general. Santiago: Editorial Jur&iacute;dica de Chile, 1998. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S0124-6127201300020001400002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> &Aacute;lvarez Turienzo, Saturnino. &quot;Ley y vida en el pensamiento moral de fray Luis de Le&oacute;n&quot;. <i>Religi&oacute;n y Cultura</i>. 1976: 507-547.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000134&pid=S0124-6127201300020001400003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> Impreso. </p>     <!-- ref --><p> Aquino, Tom&aacute;s de. <i>Opera omnia</i>. Roma: Commissio Leonina, 1989. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000136&pid=S0124-6127201300020001400004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Arist&oacute;teles. <i>Nicomachean Ethics</i>. Oxford-Nueva York: Oxford University Press, 2002. Print.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000138&pid=S0124-6127201300020001400005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Brufau, Jaime. <i>Revisi&oacute;n de la primera generaci&oacute;n de la Escuela, en VV.AA.</i>, Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca. La &eacute;tica de la conquista de Am&eacute;rica. Madrid: CSIC, 1984. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000140&pid=S0124-6127201300020001400006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Bur&oacute;n Garc&iacute;a, Gregorio. <i>Derecho civil español seg&uacute;n los principios, los c&oacute;digos y leyes precedentes y la reforma del c&oacute;digo civil</i>. Valladolid: Librer&iacute;a Nacional y Extranjera de Andr&eacute;s Mart&iacute;n, 1898-1904. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000142&pid=S0124-6127201300020001400007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Castillo, Juan. <i>El pensamiento jur&iacute;dico-pol&iacute;tico de fray Luis de Le&oacute;n en el tratado De Legibus</i>. Burgos: Universidad de Burgos, 1998. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000144&pid=S0124-6127201300020001400008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Coujou, Jean-Paul. <i>Droit, anthropologie & politique chez Su&aacute;rez</i>. Perpignan: Art&egrave;ge, 2012. Imprim&eacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000146&pid=S0124-6127201300020001400009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->. </p>     <!-- ref --><p> Deman, Thomas. <i>La prudencia. Notas doctrinales tomistas</i>. Navarra: Gaudete, 2012. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000148&pid=S0124-6127201300020001400010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Err&aacute;zuriz, Carlos Jos&eacute;. <i>La ley meramente penal ante la filosof&iacute;a del derecho</i>. Santiago: Editorial Jur&iacute;dica de Chile, 1981. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000150&pid=S0124-6127201300020001400011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Etcheverry, Juan Bautista. <i>Objetividad y determinaci&oacute;n del derecho</i>. Un di&aacute;logo con los herederos de Hart. Granada: Comares, 2009. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000152&pid=S0124-6127201300020001400012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Fern&aacute;ndez, Tom&aacute;s-Ram&oacute;n. <i>Del arbitrio y de la arbitrariedad judicial</i>. Madrid: Iustel, 2005. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000154&pid=S0124-6127201300020001400013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Ferraro, Domenico. <i>Itinerari del volontarismo. Teologia e politica al tempo di Luis de Leon</i>. Mil&aacute;n: Franco Angeli, 1995. Stampato.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000156&pid=S0124-6127201300020001400014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Figueroa, Gonzalo (coord.). <i>Repertorio de legislaci&oacute;n y jurisprudencia chilenas. C&oacute;digo civil y leyes complementarias</i>. Santiago: Editorial Jur&iacute;dica de Chile, 1996. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000158&pid=S0124-6127201300020001400015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Finnis, John. Aquinas. <i>Moral, Political, and Legal Theory</i>. Oxford: Oxford University Press, 1998. Print.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000160&pid=S0124-6127201300020001400016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Garc&iacute;a, Mar&iacute;a del Carmen. <i>Curso de protecci&oacute;n jur&iacute;dica del menor</i>. Granada: Universidad de Granada, s/f. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000162&pid=S0124-6127201300020001400017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Garc&iacute;a-Huidobro, Joaqu&iacute;n. &quot;&iquest;Pueden cambiar las cosas justas por naturaleza? La respuesta de Domingo de Soto&quot;. Cruz, Juan (ed.). <i>La ley natural como fundamento moral y jur&iacute;dico en Domingo de Soto</i>. Pamplona: Eunsa, 2007. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000164&pid=S0124-6127201300020001400018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> George, Robert P. &quot;Natural Law and International Order&quot;. <i>Defense of Natural Law</i>. Oxford: Oxford University Press, 1999. Print.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000166&pid=S0124-6127201300020001400019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Gerson, Juan de. <i>Opera omnia</i>. Amberes: Hildesheim, 1987. Gedruk.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000168&pid=S0124-6127201300020001400020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Gonz&aacute;lez, Ana Marta. <i>Claves de ley natural</i>. Madrid: Rialp, 2006. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000170&pid=S0124-6127201300020001400021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Gonz&aacute;lez, Adolfo. <i>Reforma luterana y tradici&oacute;n cat&oacute;lica</i>. Salamanca: Publicaciones Universidad Pontificia, 1987. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000172&pid=S0124-6127201300020001400022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Graneris, Giuseppe. <i>Contribuci&oacute;n tomista a la filosof&iacute;a del derecho</i>. Pamplona: Eudeba, 1973. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000174&pid=S0124-6127201300020001400023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Hegel, Georg Wilhelm Friedrich. <i>Vorlesungen &uuml;ber Rechtsphilosophie: 1818-1831</i>. Stuttgart: Froomman-Holzboog Verlag, 1974. Gedruckt.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000176&pid=S0124-6127201300020001400024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Hervada, Javier. <i>Lecciones proped&eacute;uticas de filosof&iacute;a del derecho</i>. Pamplona: Eunsa, 2008. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000178&pid=S0124-6127201300020001400025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> ---. <i>Introducci&oacute;n cr&iacute;tica al derecho natural</i>. Pamplona: Eunsa, 2011. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000180&pid=S0124-6127201300020001400026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> ---. <i>Temas de filosof&iacute;a del derecho</i>. Pamplona: Eunsa, 2012. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000182&pid=S0124-6127201300020001400027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Ib&aacute;ñez Santa Mar&iacute;a, Gonzalo. <i>Derecho y justicia. Lo suyo de cada uno. Vigencia del derecho natural</i>. Santiago: Editorial Jur&iacute;dica de Chile, 2010. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000184&pid=S0124-6127201300020001400028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Kottman, Karl A. <i>Law and Apocalypse: The Moral Thought of Luis de Le&oacute;n (1527?-1591)</i>. La Haya: Martinus Nijhoff, 1972. Print.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000186&pid=S0124-6127201300020001400029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Laferri&egrave;re, Louis Firmin Julien. <i>Cours th&eacute;orique et pratique de droit public et administrative</i>. Par&iacute;s: Librairie de Jurisprudence de Cotillon, 1854. Imprim&eacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000188&pid=S0124-6127201300020001400030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->. </p>     <!-- ref --><p> Le&oacute;n, Luis de. <i>De legibus o Tratado sobre la ley (1571)</i>. Madrid: CSIC, 1963. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000190&pid=S0124-6127201300020001400031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> ---. De Legibus. <i>Tratado sobre la ley</i>. Madrid: San Lorenzo del Escorial, 2005. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000192&pid=S0124-6127201300020001400032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> ---. <i>De Gratia et Iustificatione. Tratado sobre la Gracia y la Justificaci&oacute;n</i>. Madrid: San Lorenzo del Escorial, 2008. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000194&pid=S0124-6127201300020001400033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> ---. <i>Tractatus de Religione. Tratado sobre la Religi&oacute;n</i>. Madrid: San Lorenzo del Escorial, 2012. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000196&pid=S0124-6127201300020001400034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> L&oacute;pez, Antonio. &quot;Causalidad y libertad en Su&aacute;rez y en la pol&eacute;mica &#39;De auxiliis&#39;&quot;. Logos. <i>Anales del seminario de metaf&iacute;sica</i>. 2001: 67-100. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000198&pid=S0124-6127201300020001400035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Lutero, Mart&iacute;n. <i>Werke. Kritische Gesamtausgabe</i>. Weimar: B&ouml;hlau, 1883. Gedruckt.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000200&pid=S0124-6127201300020001400036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Mart&iacute;, Jos&eacute; Mar&iacute;a. &quot;La situaci&oacute;n jur&iacute;dica del menor y su formaci&oacute;n&quot;. Catal&aacute;, Santiago (coord.). <i>Evoluci&oacute;n del derecho de familia en occidente</i>. Cuenca: Publicaciones Universidad de Castilla-La Mancha, 2006. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000202&pid=S0124-6127201300020001400037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Merino, Antol&iacute;n (ed.). <i>Obras del M. Fr. Luis de Le&oacute;n de la orden de San Agust&iacute;n, reconocidas y cotejadas con varios manuscritos aut&eacute;nticos</i>. Madrid: Imprenta de la viuda de Ibarra, 1804. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000204&pid=S0124-6127201300020001400038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Medina, Juan Enrique. <i>Derecho civil. Derecho de familia</i>. Bogot&aacute;: Universidad del Rosario, 2010. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000206&pid=S0124-6127201300020001400039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Milazzo, Lorenzo. <i>Legge, ragione, volont&agrave;. Sul fondamento teol&oacute;gico del diritto in Tommaso d&#39;Aquino</i>. Tur&iacute;n: Giappichelli, 2009. Stampato.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000208&pid=S0124-6127201300020001400040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Palacios, Leopoldo Eulogio. <i>Filosof&iacute;a del saber</i>. Madrid: Gredos, 1962. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000210&pid=S0124-6127201300020001400041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Soto, Domingo de. <i>De iustitia et iure libri decem. De la justicia y el derecho en diez libros</i>. Madrid: Instituto de Estudios Pol&iacute;ticos, 1967-1968. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000212&pid=S0124-6127201300020001400042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> ---. <i>De Iustitia</i>. ms. ott. lat. 781. Bibiloteca Vaticana. Online.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000214&pid=S0124-6127201300020001400043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> ---. <i>De legibus</i>. ms. ott. lat. 782. Bibiloteca Vaticana. Online.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000216&pid=S0124-6127201300020001400044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Su&aacute;rez, Francisco. <i>Disputaciones metaf&iacute;sicas</i>. Madrid: Gredos, 1960. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000218&pid=S0124-6127201300020001400045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> ---. <i>De legibus</i>. Madrid: CSIC, 1971-1981. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000220&pid=S0124-6127201300020001400046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> ---. <i>Commentaria una cum quaestionibus in libros Aristotelis De Anima</i>. Comentarios a los libros de Arist&oacute;teles Sobre el Alma. Madrid: Fundaci&oacute;n Xavier Zubiri, 1991. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000222&pid=S0124-6127201300020001400047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Valverde y Valverde, Calixto. <i>Tratado de derecho civil español</i>. Valladolid: Talleres Tipogr&aacute;ficos Cuesta, 1909. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000224&pid=S0124-6127201300020001400048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Vigo, Alejandro. &quot;Intelecto, deseo y acci&oacute;n seg&uacute;n Francisco Su&aacute;rez&quot;. Cruz, Juan (ed.). <i>Raz&oacute;n pr&aacute;ctica y derecho. Cuestiones filos&oacute;fico-jur&iacute;dicas en el Siglo de oro español</i>. Pamplona: Eunsa, 2011. Impreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000226&pid=S0124-6127201300020001400049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> ---. &quot;Su&aacute;rez y la estructura de la verdad pr&aacute;ctica&quot;. <i>IV Simposio de la L&iacute;nea especial de Pensamiento cl&aacute;sico español Las bases antropol&oacute;gicas de la ley en Su&aacute;rez</i>. Navarra, Universidad de Navarra, 6 de mayo de 2011.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000228&pid=S0124-6127201300020001400050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p> Vio, Tom&aacute;s de (Cayetano). <i>Opera omnia Thomae Aquinatis cum commentariis Thomae de Vio</i>. Romae: Polyglotta, 1895-1906. Impressum.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000230&pid=S0124-6127201300020001400051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p> </font>      ]]></body><back>
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