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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[MÚSICA, RAZA Y NACIÓN. MÚSICA TROPICAL EN COLOMBIA]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p align="left"><font size="2" face="verdana">RESE&Ntilde;AS</font></p>     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b>M&Uacute;SICA, RAZA Y NACI&Oacute;N. M&Uacute;SICA TROPICAL EN COLOMBIA</b></font></p> <font size="2" face="verdana">    <p align="center"><b>PETER WADE</b></p>     <p align="center">Traducci&oacute;n de Adolfo G&oacute;nzalez Henr&iacute;quez    <br>   Vicepresidencia de la Rep&uacute;blica de Colombia-Departamento Nacional   de Planeaci&oacute;n-Programa Plan Caribe    <br>   409 p&aacute;ginas, incluye fotograf&iacute;as, un mapa y un ap&eacute;ndice con tres   ejemplos musicales    <br>   Bogot&aacute;. 2002</p> <hr size="1">     <p align="justify">LO DIR&Eacute; SIN AMBAGES: SE TRATA DE UN LIBRO HERMOSO. ME PARECE IMPORTANTE empezar con este   juicio, en esencia est&eacute;tico, ya que no es demasiado usual encontrar hoy en d&iacute;a   textos de musicolog&iacute;a o –lamento decirlo– de cualquier ciencia humana, que   puedan ser calificados de entrada como <i>hermosos</i>, independientemente de sus virtudes o desaf&iacute;os. M&aacute;s a&uacute;n, y ya   que hablamos de m&uacute;sica, textos como este recuerdan al investigador social lo   importante que es comunicar una emoci&oacute;n clara a sus lectores; una emoci&oacute;n que   no derive del abuso de la hip&eacute;rbole sino de la elegancia de la exposici&oacute;n, de   la ponderaci&oacute;n de los argumentos, del af&aacute;n de ser entendido por encima del   neologismo gratuito. Antes de entrar en materia, perm&iacute;taseme remarcar que el   presente libro se distancia kil&oacute;metros de las acrobacias discursivas de muchos   exponentes de lo que hoy conocemos como <i>estudios     culturales</i>, categor&iacute;a usualmente gaseosa y que &uacute;ltimamente parece revelar su   esterilidad nata, ya que el uso y el abuso del concepto de <i>hibridaci&oacute;n </i>termin&oacute; produciendo,   verbigracia, h&iacute;bridos inf&eacute;rtiles. Para que no quepan dudas, &eacute;ste es un libro   f&eacute;rtil.</p>     <p align="justify">Tal como lo   describe su t&iacute;tulo, <i>M&uacute;sica, raza y naci&oacute;n </i>hace un seguimiento   hist&oacute;rico y etnogr&aacute;fico a la creaci&oacute;n y recepci&oacute;n de la <i>m&uacute;sica tropical </i>en Colombia:   g&eacute;nero que rebas&oacute; hace ya medio siglo la sola idea de <i>m&uacute;sica coste&ntilde;a </i>para convertirse   en una forma, acaso <i>la </i>forma prevalente, de <i>m&uacute;sica nacional</i>. A lo largo de ocho cap&iacute;tulos y una conclusi&oacute;n que es mucho m&aacute;s   que ornamental, el antrop&oacute;logo brit&aacute;nico Peter Wade desentra&ntilde;a el desarrollo de   los ritmos caribe&ntilde;os desde sus or&iacute;genes e hitos –mitos– fundacionales en la   costa atl&aacute;ntica colombiana y su <i>hinterland</i>, hasta su asentamiento pertinaz en el interior geogr&aacute;fico y   cultural del pa&iacute;s. Ese mismo interior, lo sabemos, procur&oacute; elevar de manera   paralela y abiertamente antag&oacute;nica al bambuco como proyecto nacional. Wade no   ahonda en la relaci&oacute;n entre los cultores del bambuco y el discurso racista,   ejemplificado en Luis L&oacute;pez de Mesa o Laureano G&oacute;mez –lo cual es de lamentarse,   ya que tienden a emerger los mismos nombres–, pero s&iacute; nos ilustra con varios   ejemplos de las sonadas invectivas que, hasta fines del decenio de 1950, profirieron muchos intelectuales del altiplano en contra de la   invasi&oacute;n de los aires de la costa. El autor demuestra c&oacute;mo la idea de <i>m&uacute;sica coste&ntilde;a</i>, mientras   devino en <i>m&uacute;sica tropical</i>, fue asociada   por antonomasia a la <i>raza negra </i>–indolente, perniciosa y   l&uacute;brica, en el concepto de varios soci&oacute;logos centenaristas– y c&oacute;mo, aun luego de   su transmutaci&oacute;n gen&eacute;rica, persisten en el interior nociones ambivalentes   frente a <i>lo negro </i>y <i>lo coste&ntilde;o</i>, las cuales s&oacute;lo han sido   atemperadas por la injerencia de la m&uacute;sica bailable.</p>     <p align="justify">Sin embargo, lo   m&aacute;s interesante de la exposici&oacute;n –ce&ntilde;ida a una cronolog&iacute;a lineal, que se   desenvuelve cap&iacute;tulo a cap&iacute;tulo– es el desarrollo de dos tesis fundamentales.   La primera, que la exclusi&oacute;n racial y regional determinada por las oposiciones <i>costa frente a interior </i>y <i>negro frente a blanco-mestizo </i>halla su   contrapeso hist&oacute;rico en un discurso oficial de la inclusi&oacute;n, deliberado y   constante, que encuentra expresi&oacute;n oportuna en la idea de la diversidad   cultural y social como fortaleza nacional. Wade es claro en se&ntilde;alar que este   discurso de la inclusi&oacute;n radica esencialmente en la ret&oacute;rica estatal   –usualmente deshilvanada y superficial–, pero advierte que su permanencia a lo   largo de la historia republicana dispuso unas condiciones sui g&eacute;neris para la   exitosa <i>tropicalizaci&oacute;n </i>musical del   pa&iacute;s, que no fueron en su momento las de otras naciones latinoamericanas. De   esta manera, por necesidad, se vuelve compleja la tensi&oacute;n entre homogeneidad y   heterogeneidad que, amparado en Homi Bahbha, ejemplifica el autor en la introducci&oacute;n:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>       <p  align="justify">Por ejemplo, en     Colombia el discurso oficial sobre la naci&oacute;n, o cualquier otro discurso p&uacute;blico     sobre el tema, contiene referencias tanto a la supuesta homogeneidad lograda     mediante siglos de mestizaje f&iacute;sico y cultural como a la impresionante     diversidad etnogr&aacute;fica de un &quot;pa&iacute;s de regiones&quot;. De hecho este deslizamiento ambivalente,     lejos de accidental es una de las paradojas centrales del nacionalismo: el     intento de presentar la naci&oacute;n como un todo &uacute;nico y homog&eacute;neo est&aacute; en conflicto     directo con el mantenimiento de jerarqu&iacute;as de clase y cultura (y sus corolarios     frecuentes, raza y religi&oacute;n), impulsado por quienes se encuentran en la cima de     estas jerarqu&iacute;as (...). Para teorizar esto es necesario trascender oposiciones simplistas     entre las clases dominantes homogeneizantes y pueblo heterog&eacute;neo; (...) la     historia de la m&uacute;sica colombiana apoya esta visi&oacute;n (p. 7).</p> </blockquote>     <p align="justify">La segunda tesis   es la que entiende a la <i>m&uacute;sica tropical </i>–para otros efectos, cualquier m&uacute;sica en el mosaico nacional   despu&eacute;s del advenimiento del gram&oacute;fono– como una que, incluso en su acepci&oacute;n   primigenia de <i>m&uacute;sica coste&ntilde;a</i>, existi&oacute;, en   cuanto g&eacute;nero, gracias a un complejo proceso de negociaci&oacute;n cultural, que de   lejos super&oacute; el &aacute;mbito de lo <i>folk </i>–esto es, la relaci&oacute;n primaria entre la m&uacute;sica excluida o   subalterna y una comunidad marginada o pre-industrial, como sucede en algunas   interpretaciones literarias de la sociedad rural coste&ntilde;a–.</p>     <blockquote>       <p  align="justify">Sostengo que la     m&uacute;sica coste&ntilde;a est&aacute; ligada a trav&eacute;s de una relaci&oacute;n (<i>sic</i>) de homolog&iacute;a simple con una       clase o grupo social en particular, y que esta continuidad subraya toda su       historia. Se trata de un v&iacute;nculo sugerido en algunas teor&iacute;as acad&eacute;micas sobre       clase y cultura, y que est&aacute; implicado en algunos relatos sobre m&uacute;sica       colombiana cuando insisten en las continuidades tradicionales de los aires       coste&ntilde;os, sus ra&iacute;ces locales y sus or&iacute;genes plebeyos, todo lo cual es apropiado       por las clases medias, la industria fonogr&aacute;fica y las &eacute;lites nacionales (p. 302).</p> </blockquote>     <p align="justify">Wade ausculta el   surgimiento de la <i>m&uacute;sica tropical </i>en los   condicionamientos hist&oacute;ricos y sociales que determinaron relaciones rec&iacute;procas   entre el mundo exterior y la costa atl&aacute;ntica, por una parte, y de esta &uacute;ltima   con el interior. Elementos decisivos en el avance de estos ritmos fueron la diseminaci&oacute;n   del gram&oacute;fono y la radio, y, tanto o m&aacute;s, la construcci&oacute;n de una <i>idea </i>de <i>costa</i>, mediada por las representaciones ideogr&aacute;ficas que la m&uacute;sica   coste&ntilde;a difund&iacute;a y que todav&iacute;a difunde: la idea de un litoral tradicional y   pac&iacute;fico, en &eacute;pocas de la violencia partidista en el altiplano; la idea de una <i>alegr&iacute;a </i>intr&iacute;nseca, que no es otra   cosa que un epifen&oacute;meno –arbitrario si se quiere– de la m&uacute;sica misma. Son estos   mismos elementos los que llevaron, m&aacute;s temprano que tarde, a su apropiaci&oacute;n por   parte de las empresas fonogr&aacute;ficas antioque&ntilde;as, a la producci&oacute;n del <i>vulgar sonido paisa </i>y de lo que   pudi&eacute;ramos denominar un <i>vallenato universal</i>, desprovisto de cualquier acento local. Simult&aacute;neamente, las   fusiones con la salsa, el merengue y el chucu-chucu le otorgaron nacionalidad   m&uacute;ltiple a la cumbia, a punta de vender playa, brisa y mar por encima de los conflictos   de tierra, las ama&ntilde;adas regal&iacute;as petroleras y al surgimiento del ELN. Se puede concluir, pues, que tanto <i>costa </i>como <i>m&uacute;sica coste&ntilde;a</i>, o <i>tropical</i>, fueron –y son–, en el   sentido hobsbawmiano, <i>tradiciones inventadas </i>de la era de la   reproducci&oacute;n masiva, similares a otras tantas de principios del siglo veinte e igualmente   asociadas a contextos sociales estereotipados, como el tango con el malevaje,   la ranchera mexicana con el charro o el bambuco con el campesinado andino.</p>     <p align="justify">De las dos tesis   expuestas, es posible sustraer, o cuando menos intuir, una tercera tesis   impl&iacute;cita: que la naci&oacute;n colombiana no se ha caracterizado tanto por la   vapuleada antinomia del <i>centro pol&iacute;tico </i>frente a la <i>periferia discriminada</i>, como por un federalismo pol&iacute;tico y cultural <i>de facto</i>. La historia de la <i>m&uacute;sica tropical </i>puede verse, en   ese sentido, como la historia de un proyecto alterno de naci&oacute;n, el cual goz&oacute;   desde sus inicios de suficiente autonom&iacute;a como para ganar una buena parte del   territorio f&iacute;sico y emocional de Colombia, <i>antes </i>de su inserci&oacute;n en los sistemas masivos de producci&oacute;n y consumo.   En cambio, la historia de la frustraci&oacute;n del proyecto musical andino est&aacute; a&uacute;n   por escribirse.</p>     <p align="justify">Lo anterior,   empero, no impide al autor rendir justicia a las fuentes escritas, dispersas   aqu&iacute; y all&aacute;, que versan sobre las m&uacute;sicas de la costa <i>y </i>del interior. Muchas de estas fuentes, aunque ciertamente pecan   de lo que Middleton ha llamado la <i>distorsi&oacute;n folclor&iacute;stica</i>, son reservorios casi &uacute;nicos de informaci&oacute;n de primera mano,   que no pueden ser descalificados so pretexto de su precaria armaz&oacute;n conceptual.   Wade ha logrado establecer un orden coherente entre las miles de an&eacute;cdotas que   salpican los cronicones musicales de Jorge &Aacute;&ntilde;ez, Hern&aacute;n Restrepo Duque, Gonzalo   Espa&ntilde;a y Consuelo Araujonoguera, los cuales, aunque deliciosos, obligan por   ausencia editorial, o por una inexplicable ma&ntilde;a ret&oacute;rica, a expurgar el libro   de pasta a pasta en busca de una referencia cualquiera.</p>     <p align="justify">Gracias a la   limpidez de la narraci&oacute;n, <i>M&uacute;sica, raza y naci&oacute;n </i>cumple, adicionalmente, el papel de <i>reference guide </i>a la m&uacute;sica coste&ntilde;a,   a sus protagonistas y sus aspectos m&aacute;s importantes. Que esto lo logre un texto   de <i>etnomusicolog&iacute;a </i>–o, en cualquier   caso, de antropolog&iacute;a– habla especialmente bien de la obra, pero tambi&eacute;n pone   de relieve la ausencia crasa en nuestro medio de monograf&iacute;as y estudios   comprensivos de la historia fonogr&aacute;fica y, en general, de la m&uacute;sica popular en   Colombia. Sobra decir que tal necesidad no es s&oacute;lo la de music<a name="_GoBack"></a>&oacute;logos   y mel&oacute;manos, sino la de cualquier estudio disciplinal que relacione el   surgimiento de los medios de comunicaci&oacute;n con nuestros diversos proyectos   nacionales. Hasta la fecha, aparte de las memorias poco sistem&aacute;ticas de Hern&aacute;n   Restrepo Duque o de Alfonso de la Espriella, es muy poco lo que sabemos de la   fonograf&iacute;a colombiana en g&eacute;neros como, por ejemplo, el tango o el bolero.   Destacan los trabajos de Ellie Anne Duque en el &aacute;mbito de la m&uacute;sica andina republicana   y centenarista, ya que son tal vez los &uacute;nicos que, impecablemente rigurosos y   de largo aliento, han tomado en serio el fen&oacute;meno fonogr&aacute;fico. De resto es poco   o nada lo que tenemos –salvo, claro, este libro–, y nadie ha aventurado hasta   la fecha un enfoque comprensivo sobre las m&uacute;sicas populares en Colombia.</p>     <p align="justify">El texto de Wade   es de gran utilidad para el investigador de la m&uacute;sica andina, as&iacute; sea s&oacute;lo para   delinear en la costa atl&aacute;ntica y sus inmediaciones un proceso virtualmente   paralelo al que adelantaron las elites del altiplano. Insisto en que es una   l&aacute;stima que el autor no haya profundizado en los pormenores del debate sobre el   bambuco durante la primera mitad del siglo pasado, al menos en lo referente a   los presuntos or&iacute;genes africanos del g&eacute;nero, de acuerdo con Jorge Isaacs y sus   posteriores adeptos y detractores. Incidentalmente, extra&ntilde;a que <i>Mar&iacute;a </i>no se mencione ni una vez en el texto, as&iacute; su locaci&oacute;n haya   correspondido en rigor a la cuenca del Pac&iacute;fico. Estimo que la novela del   vallecaucano resume en gran medida muchos de los elementos que habr&aacute;n de   incidir est&eacute;ticamente, a la vuelta de siglo, no tanto en el romanticismo tard&iacute;o   del pasillo o el bambuco como en las reivindicaciones t&iacute;midamente raciales de   los primeros aires coste&ntilde;os con visos de cosmopolitismo. De igual manera, dada   la ausencia parcial del bambuco como referente, no comparto aseveraciones como   la enunciada en la p&aacute;gina 226, que dice que   en Colombia &quot;(...) el Estado jam&aacute;s ha tomado cartas en los asuntos de la m&uacute;sica   popular (...)&quot;, o la que est&aacute; en la p&aacute;gina 38:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>       <p  align="justify">(...) en     Colombia, por ejemplo, el Estado no elabor&oacute; una reglamentaci&oacute;n espec&iacute;fica para     la industria fonogr&aacute;fica y en cuanto a los contenidos de programaci&oacute;n radial se     refiere, fue poco intervencionista. De hecho, no existi&oacute; una pol&iacute;tica cultural     como tal hasta 1970. Lo que efectivamente se dio fue (...): m&uacute;sicos de los or&iacute;genes     m&aacute;s diversos y empresarios con un marcado inter&eacute;s comercial d&aacute;ndole respuestas     inmediatas a un mercado de diversidad creciente con gustos r&aacute;pidamente     cambiantes. He aqu&iacute; un contraste evidente con lo que ocurre en pa&iacute;ses con     reg&iacute;menes m&aacute;s autoritarios: la Rep&uacute;blica Dominicana bajo Trujillo (...) o Hait&iacute;     bajo Duvalier (...).</p> </blockquote>     <p align="justify">Ciertamente, si   algo nos distingue en el panorama pol&iacute;tico latinoamericano de la primera mitad   del siglo veinte –algo que, creo, incidi&oacute; decisivamente en el aborto del   bambuco como <i>m&uacute;sica nacional</i>– fue la   ausencia de reg&iacute;menes populistas y, si se quiere, de otros est&iacute;mulos a la   cohesi&oacute;n identitaria como, por ejemplo, guerras internacionales –exceptuando   las distantes escaramuzas con Per&uacute;–. Esto, sin embargo, no significa que los   gobiernos de turno no hayan trazado directrices m&aacute;s o menos vehementes sobre el   papel <i>cultural </i>de los medios, p&uacute;blicos <i>y </i>privados. La investigaci&oacute;n de Ren&aacute;n Silva sobre &quot;La pol&iacute;tica   cultural de la rep&uacute;blica liberal y la Radiodifusora Nacional de Colombia&quot; –de   la cual se public&oacute; un avance en 2000, en el n&uacute;mero 41 de <i>An&aacute;lisis Pol&iacute;tico</i>– ha abierto una   nueva trocha en los estudios sobre los proyectos nacionales, que de ser   allanada juiciosamente habr&aacute; de proporcionarnos en poco tiempo resultados mucho   m&aacute;s claros sobre la injerencia del estado en los medios –incluida la industria   fonogr&aacute;fica–; resultados que, sospecho, matizar&aacute;n bastante aseveraciones como   las citadas. M&aacute;s a&uacute;n, me hallo convencido de que el bambuco fue enarbolado,   precisamente, por las elites liberales y conservadoras de los a&ntilde;os 1930 a 1950, dentro de un programa cultural ultra-nacionalista, palingen&eacute;sico   y orientado fundamentalmente hacia la <i>derecha revolucionaria </i>o, en otras palabras, de visos claramente pseudofascistas. No es   de extra&ntilde;arnos, pues, que en esa &eacute;poca encontremos la fundaci&oacute;n de decenas de   emisoras, unas a nombre de la curia durante los gobiernos conservadores, otras   a nombre de las logias mas&oacute;nicas durante los liberales, que orientaron su   programaci&oacute;n a <i>regenerar </i>el bambuco, de cara a la <i>degeneraci&oacute;n </i>que implicaba la   m&uacute;sica coste&ntilde;a. Como se ve, siguiendo este circunloquio tambi&eacute;n es posible   regresar a la raza y la naci&oacute;n en la <i>m&uacute;sica tropical</i>, de una manera que, a mi juicio, hubiera arrojado luces muy reveladoras   sobre nuestra historia social.</p>     <p align="justify">Mi otra objeci&oacute;n   no es al texto sino al tiempo que le toc&oacute;. Este libro de Peter Wade desde ya   puede ser le&iacute;do desde una perspectiva hist&oacute;rica, con tan s&oacute;lo dos a&ntilde;os de   publicado<a href="#pie1" name="spie1"><sup>1</sup></a>. Su aparici&oacute;n coincidi&oacute; con nuevas directrices estatales, muy   agresivas en este caso, que afincadas en un gamonalismo cultural a rajatabla,   quisieron desde entonces imponer respectivamente al vallenato o a la champeta   como <i>s&iacute;mbolos nacionales </i>por sustracci&oacute;n   de materia. Tal y como se halla la edici&oacute;n de 2000 –y, obviamente, la traducci&oacute;n al espa&ntilde;ol–, hoy en d&iacute;a har&iacute;a falta   un nuevo cap&iacute;tulo que versara de manera m&aacute;s concreta sobre las relaciones   intr&iacute;nsecas entre la <i>m&uacute;sica tropical </i>y la pol&iacute;tica, que   no la politiquer&iacute;a.</p>     <p align="justify">Pero las   anotaciones anteriores no tienen como fin socavar la inmensa riqueza del texto.   Por &uacute;ltimo, la honestidad del investigador me parece epistemol&oacute;gicamente   proverbial, sobre todo en &eacute;pocas en que algunas vertientes del posmodernismo   radical han terminado banalizando cualquier forma de discurso antropol&oacute;gico, desde   el mismo discurso antropol&oacute;gico. Admirable y conmovedor es este aparte de las   conclusiones, y es mod&eacute;lico en su orientaci&oacute;n:</p>     <blockquote>       <p  align="justify">(...); y el     papel de la academia (que no siempre se logra, dada su dificultad) es     cuestionar tanto las categor&iacute;as utilizadas en el an&aacute;lisis como las utilizadas     por aquellos cuyas historias y vidas est&aacute;n siendo estudiadas. Esto lleva inevitablemente     a una regresi&oacute;n sin fin, a la cr&iacute;tica sin sentido de la deconstrucci&oacute;n     posestructuralista que siempre descubre la agenda escondida en cualquier     an&aacute;lisis, s&oacute;lo para que a su vez ese descubrimiento se sujete a m&aacute;s     deconstrucci&oacute;n. Ante el peligro de una reca&iacute;da en el relativismo se recurre a     algo que est&aacute; en el coraz&oacute;n de la antropolog&iacute;a, una receta pr&aacute;ctica para una cr&iacute;tica     constructiva: cuestionar categor&iacute;as asumidas gratuitamente <i>en un contexto social determinado. </i>Entonces la cr&iacute;tica ni es final ni universal sino que siempre     est&aacute; en relaci&oacute;n con ese contexto, un contexto fluido, por supuesto, en parte     como resultado de esa misma cr&iacute;tica (...) (p. 299).</p> </blockquote>     <p align="justify">Se trata,   entonces, de un libro hermoso. Y como urgen estudios similares sobre otros   g&eacute;neros de nuestras <i>m&uacute;sicas nacionales</i>, es fundamental   que este libro cuente con una difusi&oacute;n m&aacute;s amplia a la que se ha dado a esta   traducci&oacute;n que, desafortunadamente, tiene una circulaci&oacute;n restringida, pues los   editores decidieron no distribuirlo por medio de las librer&iacute;as, lo que limita su   adquisici&oacute;n al <i>c&iacute;rculo de los elegidos </i>por ellos.</p> <hr size="1">     <p align="justify"><font size="3" face="verdana"><b>Notas</b></font></p>     <p align="justify"><a href="#spie1" name="pie1">1</a>. La   primera edici&oacute;n, en ingl&eacute;s, es de 2000: <i>Music, Race, and Nation. </i>M&uacute;sica   Tropical <i>in Colombia</i>. The University of Chicago Press. Chicago.</p> <hr size="1">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="right"><b>Carlos Guillermo P&aacute;ramo</b>    <br>   Antrop&oacute;logo, Universidad Nacional de Colombia.</p> </font>      ]]></body>
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