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<journal-title><![CDATA[Revista Colombiana de Antropología]]></journal-title>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[URBANIZACIÓN POR INVASIÓN. CONFLICTO URBANO, CLIENTELISMO Y RESISTENCIA EN CÓRDOBA (COLOMBIA)]]></article-title>
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<institution><![CDATA[,UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA , DEPARTAMENTO DE ANTROPOLOGÍA ]]></institution>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[THIS ARTICLE EXAMINES THE RELATIONSHIP BETWEEN PATRON-CLIENT CONFIGURATIONS and social movements in a region of the Colombian Caribbean. It traces the historical transformations giving rise to rural migration towards urban centers and its strong connection to local politics, the inhabitants' adjustment to these, and their own adaptation to national politics. It includes an ethnography of a social movement that defies the state, the parameters that define national and local politics, although in its strategic and identity definitions it recurs to idiosyncratic concepts and resources, those purveyed by the state or other hegemonic entities. It emphasizes how social movements can use local definitions of justice, legality and illegality and adjust to circumstances and forces that constrain political expression and social protest.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <font size="2" face="verdana"> </font>     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b>URBANIZACI&Oacute;N POR INVASI&Oacute;N. CONFLICTO URBANO, CLIENTELISMO Y RESISTENCIA EN C&Oacute;RDOBA   (COLOMBIA)</b></font></p> <font size="2" face="verdana">     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><b>G</b><b>LORIA </b><b>I</b><b>SABEL </b><b>O</b><b>CAMPO</b>    <br>   PROFESORA TITULAR, DEPARTAMENTO DE ANTROPOLOG&Iacute;A, UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA    <br> <a href="mailto:giocampo@epm.net.co">giocampo@epm.net.co</a></p> <hr size="1">     <p align="center"><b>Resumen</b></p>     <p align="justify">EL ART&Iacute;CULO   TRATA SOBRE LA RELACI&Oacute;N ENTRE CLIENTELISMO Y MOVIMIENTOS SOCIALES en una regi&oacute;n de la costa Caribe colombiana. Se trazan las   transformaciones hist&oacute;ricas que dan por resultado la migraci&oacute;n rural hacia   centros urbanos y su fuerte v&iacute;nculo con la cultura pol&iacute;tica local, las   adaptaciones de los pobladores a la pol&iacute;tica local y de esta a la pol&iacute;tica   nacional. Incluye la etnograf&iacute;a de un movimiento social que desaf&iacute;a al estado y   los par&aacute;metros que definen nacional y localmente la pol&iacute;tica, aunque en sus   definiciones identitarias y estrat&eacute;gicas recurre a conceptos y recursos   idiosincr&aacute;sicos y a los suministrados por el estado u otras entidades que   ejercen hegemon&iacute;a. Enfatiza en c&oacute;mo los movimientos sociales pueden utilizar   definiciones locales de justicia, legalidad e ilegalidad y acomodarse a   circunstancias y fuerzas que constri&ntilde;en la expresi&oacute;n pol&iacute;tica y la protesta   social.</p>     <p align="justify"><b>Palabras clave</b>: urbanizaci&oacute;n por invasi&oacute;n,   conflicto urbano, clientelismo y resistencia, C&oacute;rdoba (Colombia).</p> <hr size="1">     <p align="center"><b>Abstract</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">THIS ARTICLE   EXAMINES THE RELATIONSHIP BETWEEN PATRON-CLIENT CONFIGURATIONS and social     movements in a region of the Colombian Caribbean. It traces the historical     transformations giving rise to rural migration towards urban centers and its     strong connection to local politics, the inhabitants&#39; adjustment to these, and     their own adaptation to national politics. It includes an ethnography of a     social movement that defies the state, the parameters that define national and     local politics, although in its strategic and identity definitions it recurs to     idiosyncratic concepts and resources, those purveyed by the state or other     hegemonic entities. It emphasizes how social movements can use local     definitions of justice, legality and illegality and adjust to circumstances and     forces that constrain political expression and social protest. </p>     <p align="justify"><b>Key words</b>: urbanization by invasion,   urban conflict, patron client relationships and resistance, C&oacute;rdoba (Colombia).</p> <hr size="1">     <p align="justify">ESTE TRABAJO<a href="#*" name="s*"><sup>*</sup></a> SE INSCRIBE EN LA L&Iacute;NEA QUE POSTULA LA ACTIVACI&Oacute;N DE fuerzas culturales en los actuales movimientos sociales latinoamericanos   (Escobar et al., 2001), pero interroga el car&aacute;cter alternativo respecto al estado y a   lo que es hegem&oacute;nico en la sociedad que dicha perspectiva parece presuponer. En   efecto, los eventos y procesos que examinar&eacute; muestran un movimiento de   raigambre societaria que desaf&iacute;a al estado, al paraestado<a href="#pie1" name="spie1"><sup>1</sup></a> y a la sociedad dominante, pero, para hacerlo, utiliza identidades   propuestas por estas mismas entidades al tiempo que recurre a nociones, pr&aacute;cticas   y discursos en las que se entrecruzan lo estatal, lo paraestatal y lo   societario, lo formal y lo informal, lo legal y lo ilegal. Se trata de un   movimiento social adelantado por gente que demanda vivienda, surgido de un   enfrentamiento que no se define como conflicto de clase, lo cual lo diferencia de   los movimientos sociales de los a&ntilde;os 1970 y de la <i>agitaci&oacute;n p&uacute;blica </i>de comienzos de la d&eacute;cada de 1980, descritos por autores como Archila (1995) y Romero (2003), que implican   una acentuada conciencia de clase –&eacute;lite pol&iacute;tico-terrateniente frente a   campesinos, desempleados y sectores intelectuales medios–. En su desarrollo, el   movimiento enfrenta al estado y sus significados, en lo que puede guardar semejanzas   con otros movimientos sociales m&aacute;s recientes como el de los <i>cocaleros </i>del Putumayo analizado por   Mar&iacute;a Clemencia Ram&iacute;rez (2001), pero si all&aacute; el grupo asume &quot;una identidad adscrita por un   grupo hegem&oacute;nico&quot;, y la asume para contestarla en un proceso de recomposici&oacute;n   identitaria que busca deliberadamente el reconocimiento de sus miembros como   actores sociales (Ibid.: 21), en nuestro caso esa conciencia pol&iacute;tica emergente es m&aacute;s   difusa y menos expl&iacute;cita en cuanto a sus objetivos &uacute;ltimos. No por ello podemos   afirmar que sea menos eficaz en cuanto a la impugnaci&oacute;n del poder, la   construcci&oacute;n societaria y el logro de sus fines.</p>     <p align="justify">Se trata, pues,   de un movimiento que: 1) fund&aacute;ndose en nociones de identidad, tradici&oacute;n pol&iacute;tica e   historia, plantea reivindicaciones materiales y actuales<a href="#pie2" name="spie2"><sup>2</sup></a>; 2) basado en esas nociones, enfrenta al estado y los par&aacute;metros   que definen nacional y localmente la pol&iacute;tica; 3) para el logro de sus fines recurre tanto a sus propios conceptos,   discursos, identidades y modos de acci&oacute;n como a los que definen el estado o   entidades que ejercen alguna forma de hegemon&iacute;a. Para ahondar en su sentido   impl&iacute;cito y en su racionalidad, he tenido en cuenta la sugerencia de Fern&aacute;n   Gonz&aacute;lez (2003) sobre la actuaci&oacute;n en los movimientos sociales de una raz&oacute;n no   instrumental que incorpora tradiciones, sentimientos y valores, incluyendo la   noci&oacute;n de injusticia que &quot;justifica la indignaci&oacute;n de la protesta, que hereda   ciertas tradiciones que son reactualizadas en la experiencia&quot; (Ibid.). Seg&uacute;n   este autor, en los movimientos sociales hay aspectos estructurales y una historia   que enmarcan la construcci&oacute;n de identidades colectivas por los actores sociales   y delimitan los repertorios de su protesta,</p>     <blockquote>       <p align="justify">pero esos marcos     estructurales son siempre construcciones hist&oacute;ricas modificables por las     interrelaciones sociales que van cambiando seg&uacute;n las circunstancias de la     coyuntura. Por eso, los movimientos sociales no se pueden reducir a la din&aacute;mica     de las clases sociales, miradas como un car&aacute;cter cuasiesencial y homog&eacute;neo,     pero tampoco pueden excluir lo clasista para subrayar los &quot;nuevos movimientos sociales&quot;     (Gonz&aacute;lez, Ibid.).</p> </blockquote> </font>     <p align="justify"><font size="3" face="verdana"><b>EL EVENTO Y SU CONTEXTO</b></font></p> <font size="2" face="verdana">     <p align="justify">EN FEBRERO DE 2000 SE INICI&Oacute; EN MONTER&Iacute;A –LA CAPITAL DEL DEPARTAMENTO de C&oacute;rdoba, con   unos 285 mil habitantes– un importante movimiento social: la ocupaci&oacute;n, por   unas treinta mil personas, de m&aacute;s de 80 hect&aacute;reas de terrenos urbanos (<i>El     Tiempo</i>, 12 de marzo de 2000, p. 12 A). Los <i>invasores</i><a href="#pie3" name="spie3"><sup>3</sup></a> reclamaban ayuda del estado para obtener vivienda o, m&aacute;s   precisamente, lotes donde construirla. Ante el llamado del gobierno local para   que el central participara en la soluci&oacute;n del conflicto, este envi&oacute; el Escuadr&oacute;n   Especial Antidisturbios (Esmad) lo que no hizo m&aacute;s que agudizar el conflicto,   pues la gente interpret&oacute; el hecho como una respuesta inapropiada y como una   agresi&oacute;n; en efecto, se trataba de un procedimiento desconocido en este tipo de   situaciones. La reacci&oacute;n que produjo la intervenci&oacute;n del Esmad hizo que el   gobierno municipal tuviera que decretar medidas extraordinarias como el toque   de queda, la ley seca y la suspensi&oacute;n de las actividades escolares. La ciudad,   que se hallaba <i>semiparalizada</i>, fue tambi&eacute;n <i>militarizada </i>(<i>El Meridiano</i>, 9 de marzo de 2000, p. 1A; <i>El Tiempo</i>, 9 de marzo de 2000, p. 8 A). En los d&iacute;as siguientes la situaci&oacute;n se agudiz&oacute;: los   invasores empezaron a ser percibidos como otro<i> </i>amenazante y surgieron ideas de peligro en las fronteras   sociales, que se transformaron en tensi&oacute;n de clase cuando surgi&oacute; el rumor de   que la invasi&oacute;n se trasladar&iacute;a a los barrios de clase alta.</p>     <p align="justify">El movimiento se   levant&oacute; a la tres semanas de iniciado, cuando se lleg&oacute; a un acuerdo con los   invasores basado en la promesa del gobierno central de hacer un empr&eacute;stito al   municipio para la adquisici&oacute;n de lotes que se distribuir&iacute;an entre los   invasores, lo que s&oacute;lo se materializ&oacute; dos a&ntilde;os m&aacute;s tarde, despu&eacute;s de muchas vicisitudes.   El paraestado presion&oacute; esta soluci&oacute;n al ofrecer lotes suburbanos para la   instalaci&oacute;n de los invasores<a href="#pie4" name="spie4"><sup>4</sup></a>; casi simult&aacute;neamente apareci&oacute; un volante firmado por el que se   autodenomin&oacute; <i>Comando del Movimiento Muerte a Invasores</i>, que conminaba a estos a aceptar la &quot;generosa oferta de Funpazcor&quot;   y a abandonar los lotes invadidos (<i>El Tiempo</i>, 13 de marzo de 2000, p. 6 A).</p>     <p align="justify">Lo anterior   sugiere la importancia de considerar el horizonte social y normativo en el que   se ubica la invasi&oacute;n. Aunque buena parte de sus habitantes califica a C&oacute;rdoba   como una especie de <i>isla de paz </i>en un pa&iacute;s donde reinan la   violencia y la inseguridad, y como un lugar donde la seguridad se instaur&oacute;   despu&eacute;s de d&eacute;cadas de abandono e ineficiencia estatales, en el ambiente flota   una sensaci&oacute;n de incertidumbre que surge de lo que algunos consideran como el   car&aacute;cter artificial y, por lo tanto, transitorio de una situaci&oacute;n que no se percibe   como el resultado de condiciones objetivas y de la legitimidad institucional,   sino como el efecto de un juego de fuerzas en el que el estado es solo un actor   m&aacute;s frente al orden paraestatal. Y aunque la vida cotidiana se desarrolla sin   obst&aacute;culos aparentes –es posible movilizarse por las v&iacute;as sin riesgo de secuestro   o de <i>retenes </i>ilegales, y la criminalidad   y la violencia urbanas no est&aacute;n desbordadas como ocurre en muchas otras capitales–,   el departamento est&aacute; rodeado de conflictos y en &eacute;l mismo se producen   permanentemente sucesos que contradicen la idea de <i>paz</i>, de que all&iacute; <i>no pasa nada</i><a href="#pie5" name="spie5"><sup>5</sup></a>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">El control que   ejercen las AUC o, m&aacute;s directamente, las ACCU, llev&oacute; a un acallamiento de la protesta social<a href="#pie6" name="spie6"><sup>6</sup></a> –a pesar de que la pobreza y la insatisfacci&oacute;n de necesidades   b&aacute;sicas han seguido un ritmo creciente–; por eso, la aparici&oacute;n de un movimiento   como el que nos ocupa fue visto como un hecho extraordinario que nadie en su   momento atin&oacute; a interpretar. La invasi&oacute;n no fue, sin embargo, un hecho aislado sino   un evento inscrito en una historia regional entretejida de contradicciones, de   necesidades insatisfechas, de inoperancia de los sectores pol&iacute;ticos y del   estado, donde el desplazamiento y las disputas por la tierra act&uacute;an como hilos   conductores de las reivindicaciones sociales, de la relaci&oacute;n de los subalternos   con el estado, y de la construcci&oacute;n misma de la sociedad sinuana. En efecto, la   invasi&oacute;n de terrenos ha sido el procedimiento utilizado en los &uacute;ltimos   cincuenta a&ntilde;os por los sectores populares de Monter&iacute;a para solucionar el   problema de vivienda.</p>     <p align="justify">No obstante,   como se ver&aacute; m&aacute;s adelante, existen diferencias importantes entre las invasiones   anteriores –las que se hicieron hasta finalizar la d&eacute;cada de 1980– y la que ahora nos ocupa, por varios factores entre los cuales   cabe se&ntilde;alar: la dislocaci&oacute;n entre el orden jur&iacute;dico, sus interpretaciones   populares y las realidades sociales, entre pol&iacute;tica nacional y pol&iacute;tica local;   el desaf&iacute;o al estado, a sus pol&iacute;ticas sociales y a la cultura pol&iacute;tica   dominante basada en el clientelismo y los partidos pol&iacute;ticos; el cuestionamiento   de la legitimidad estatal y la legitimaci&oacute;n de fuerzas e instituciones   paraestatales y populares; el desarrollo de una pol&iacute;tica cultural basada en   significados culturales y en pr&aacute;cticas hist&oacute;ricas que desafiaban los conceptos   oficiales de legalidad, pol&iacute;tica y estado; y la redefinici&oacute;n del liderazgo   popular vinculado a la pol&iacute;tica tradicional.</p> </font>     <p align="justify"><font size="3" face="verdana"><b>ESTADO Y MOVIMIENTOS SOCIALES: LOS USOS DE LA IDENTIDAD</b></font></p> <font size="2" face="verdana">     <p align="justify">EN EL ESTUDIO DE   LOS MOVIMIENTOS SOCIALES ES HOY UN HECHO ACEPTADO que identidades sociales pueden asumir una connotaci&oacute;n pol&iacute;tica   cuando se utilizan estrat&eacute;gicamente como fundamento de reivindicaciones de   grupos determinados (Escobar et al., 2001). En este caso, estamos frente a grupos que act&uacute;an   pol&iacute;ticamente y se legitiman en procesos dial&eacute;cticos de contestaci&oacute;n/ sumisi&oacute;n   respecto al poder y al orden establecidos: aprovechan las clasificaciones y   denominaciones establecidas por el estado para lo subalterno as&iacute; como su   l&eacute;xico, sus identidades, sus pr&aacute;cticas y sus s&iacute;mbolos, para acceder a los foros   p&uacute;blicos, plantear demandas y exigir atenci&oacute;n. Utilizando tales recursos en la   tramitaci&oacute;n de sus demandas, los <i>invasores </i>de 2000 en Monter&iacute;a llegaron a ubicarse como prioridad estatal,   disput&aacute;ndole el lugar a los <i>desplazados</i>. De transgresores pasaron a ser reconocidos como interlocutores   leg&iacute;timos del estado bajo una identidad que este mismo les otorg&oacute; en un intento   por desactivar –al menos simb&oacute;licamente– el potencial subversivo del movimiento   y captar la organizaci&oacute;n popular, lo que no logra ocultar el hecho de que los   invasores lograron su objetivo al obtener los lotes, ser reconocidos y   legalizados e imponer sus conceptos y criterios en cuanto a las prioridades en   el uso de los recursos estatales.</p>     <p align="justify"><b>Los subalternos, el   conflicto y la negociaci&oacute;n de identidades</b></p>     <p align="justify">LA INVASI&Oacute;N SE   PRESENT&Oacute; A LA OPINI&Oacute;N P&Uacute;BLICA COMO UN <i>MOVIMIENTO </i><i>de desplazados</i>, es decir, de   gentes llegadas a la ciudad en los &uacute;ltimos a&ntilde;os huyendo de los enfrentamientos   entre la guerrilla y los paramilitares. Tal versi&oacute;n era compatible con la imagen   de Monter&iacute;a como centro receptor de desplazados, que se condensa en la idea de   que all&iacute; existe el asentamiento de desplazados &quot;m&aacute;s grande de Am&eacute;rica latina&quot;;   este es Cantaclaro, uno de los treinta y cinco <i>asentamientos subnormales </i>que en 1999, durante un foro sobre marginalidad en la ciudad, fueron   denominados como <i>La otra Monter&iacute;a</i>. Se trata de   conjuntos de viviendas muy precarias, ubicadas en lugares insalubres,   generalmente alrededor de canales recolectores de aguas lluvias o servidas,   carentes de servicios p&uacute;blicos y sanitarios y con v&iacute;as de acceso rudimentarias.   Se calculaba entonces que ocupaban 33% del &aacute;rea urbana y que albergaban unas 110 mil personas, es decir algo como 40% de la poblaci&oacute;n (Centro de Estudios Sociales y Pol&iacute;ticos, 1999: 68-69).</p>     <p align="justify">Pero la invasi&oacute;n   misma desvirtu&oacute; que se tratara de un movimiento de <i>desplazados </i>en el sentido oficial y   restringido del t&eacute;rmino, aunque los invasores s&iacute; eran el resultado de los   desplazamientos que se hab&iacute;an sucedido hist&oacute;ricamente en la regi&oacute;n. De hecho,   en Monter&iacute;a, los desplazados actuales convergen con los damnificados de las   grandes inundaciones del r&iacute;o Sin&uacute;, con los expulsados por los conflictos   rurales que tuvieron lugar entre las d&eacute;cadas de 1960 y 1970, y con los que podr&iacute;amos llamar <i>desplazados hist&oacute;ricos </i>–o sus   descendientes–, aquellos que llegaron a la ciudad a todo lo largo del siglo   veinte pero de manera m&aacute;s acentuada a partir de los a&ntilde;os 1930, cuando las tierras disponibles para la econom&iacute;a campesina empezaron   a disminuir dr&aacute;sticamente por la expansi&oacute;n de la hacienda ganadera. Esta   constataci&oacute;n nos dio la perspectiva para el an&aacute;lisis: el desplazamiento y las   invasiones no son fen&oacute;menos desligados, ni pueden considerarse como   coyunturales, est&aacute;n imbricados en los procesos que han estructurado social,   econ&oacute;mica y pol&iacute;ticamente la sociedad cordobesa. M&aacute;s adelante mostrar&eacute; la continuidad   de referentes de sentido, de acci&oacute;n pol&iacute;tica e historia entre los antiguos   ocupantes e invasores rurales y los desplazados e invasores urbanos actuales;   sin embargo, de acuerdo con sus pol&iacute;ticas, el estado les atribuye identidades   diferenciadas que ellos utilizan estrat&eacute;gicamente.</p>     <p align="justify">A pesar de la   antig&uuml;edad del fen&oacute;meno, s&oacute;lo en tiempos recientes –cuando adquiri&oacute; dimensiones   dram&aacute;ticas y lleg&oacute; a tener resonancia internacional– el estado ha reconocido el   desplazamiento como un problema social, definido pol&iacute;ticas para su manejo y   dotado a sus v&iacute;ctimas de una identidad oficial: <i>desplazados</i><a href="#pie7" name="spie7"><sup>7</sup></a><i>. </i>El delegado de la Red de Solidaridad indica c&oacute;mo &eacute;stos se   visibilizan en C&oacute;rdoba:</p>     <blockquote>       <p align="justify">A partir ... &#91;de     las masacres&#93; del Tomate, de Mejor Esquina, la mortandad esa que se dio esa vez     en San Jorge ... eso gener&oacute; tambi&eacute;n mucho desplazamiento por ah&iacute; en los a&ntilde;os 87, 88, pero la gente no se quer&iacute;a reconocer como un desplazado, sobre       todo, porque... no hab&iacute;a ning&uacute;n beneficio por parte del Estado para esa       poblaci&oacute;n, o sea, los beneficios comenzaron a surgir desde la d&eacute;cada de...       bueno, desde el a&ntilde;o 95 ... Con el         primer documento Conpes es cuando ya m&aacute;s o menos se hace un reconocimiento por         el estado, se reconoce el problema del desplazamiento. Es cuando la gente &#91;desplazada&#93;       empieza como a medio mostrarse (entrevista, 29 de mayo de 2000).</p>   </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Es as&iacute; como un   concepto que, seg&uacute;n la situaci&oacute;n o el contexto, puede suscitar compasi&oacute;n, temor   o sospecha, devino en un modo de autodefinici&oacute;n estrat&eacute;gica para obtener   atenci&oacute;n estatal o solicitar ayuda de las organizaciones no gubernamentales (ONG). &Eacute;l resume, adem&aacute;s, en la opini&oacute;n p&uacute;blica las complejas situaciones   del campesinado, sus conflictos y frustraciones.</p>     <p align="justify">Que las   identidades definidas institucionalmente puedan ser utilizadas estrat&eacute;gicamente   por los actores sociales es lo que explica que los <i>desplazados </i>no hayan sido actores de la   invasi&oacute;n 2000 (<i>El Meridiano</i>, 26 de febrero de 2000, p. 2B). Ellos trataron de deslindarse de este movimiento para   mantener una identidad que prevalec&iacute;a como objeto de atenci&oacute;n estatal –al menos   en el papel– y para diferenciarse de nuevos actores cuya definici&oacute;n aparec&iacute;a,   entonces, ambigua: sin l&iacute;deres identificados, ni organizaciones y sin   reconocimiento pol&iacute;tico. Adem&aacute;s, muchos no participaron en la invasi&oacute;n por   estar esperando las soluciones de vivienda que por su condici&oacute;n les hab&iacute;an sido   prometidas, las cuales quedaron postergadas en los planes gubernamentales que   se centraron en resolver el problema con los invasores. En efecto, quince meses   despu&eacute;s de la invasi&oacute;n, el asentamiento Ranchos del Inat, que llevaba a&ntilde;os a la   espera de ser reubicado, se inund&oacute; por el desbordamiento de la vecina laguna de   oxidaci&oacute;n –donde se recogen las aguas servidas de Monter&iacute;a– y apareci&oacute; ante la   opini&oacute;n p&uacute;blica como una <i>comunidad de desplazados </i>–lo que corresponde a su autodefinici&oacute;n–. Pero esta identidad   hab&iacute;a disminuido su eficacia al punto de que –aceptando la gravedad del problema   sanitario– el alcalde prometi&oacute; que tratar&iacute;a de reubicar a sus habitantes en los   lotes <i>que sobraran </i>en los terrenos   adquiridos para ubicar a los invasores. El hecho es que ni la gente de los   Ranchos ni la de otros asentamientos en los que la identidad de desplazados   hab&iacute;a primado sobre la de invasores fue incluida en los proyectos de vivienda   que surgieron de la invasi&oacute;n e incluyeron la asignaci&oacute;n de m&aacute;s de seis mil   lotes.</p>     <p align="justify">En este contexto   de competencia por los recursos oficiales no debe sorprender que las pol&iacute;ticas   estatales generen conflicto entre los subalternos, estimulen el surgimiento de   nuevas identidades o la revitalizaci&oacute;n de las antiguas. Esto es lo que ha   sucedido con el programa de <i>reubicaci&oacute;n </i>de desplazados –su instalaci&oacute;n en nuevas tierras–: cuando el   Instituto Colombiano de Reforma Agraria (Incora) adquiri&oacute; un predio para   reubicar desplazados los campesinos impidieron su instalaci&oacute;n en &eacute;l alegando   tener las mismas necesidades y los mismos derechos a la tierra –o a&uacute;n m&aacute;s, por haberla   trabajado ininterrumpidamente durante d&eacute;cadas–<a href="#pie8" name="spie8"><sup>8</sup></a>. De esta manera, la identidad <i>campesinos</i>, que tuvo gran importancia pol&iacute;tica en la d&eacute;cada de 1960, se revitaliza en el marco de la concurrencia por el acceso a   recursos estatales.</p>     <p align="justify">La utilizaci&oacute;n   estrat&eacute;gica de identidades se da pues en contextos de conflicto en los que no   se enfrentan s&oacute;lo los subalternos y el estado; aquellos se definen seg&uacute;n una   pluralidad de identidades –desplazados, destechados, invasores, campesinos, etc&eacute;tera–   que se activan o desactivan y se jerarquizan de acuerdo con las circunstancias.   La fragmentaci&oacute;n de la <i>subalternidad </i>–el conjunto de los subalternos que contiene las distintas identidades–,   auspiciada en buena parte por el estado, revela aspectos del conflicto que   enfoques globales del mismo no pueden aprehender, como la divergencia de   intereses, el car&aacute;cter fluido de las alianzas y de las definiciones   identitarias, la eficacia diferencial de las identidades y las dificultades   para obtener beneficios de un estado que define y redefine permanentemente,   seg&uacute;n la coyuntura pol&iacute;tica, sus prioridades y criterios de atenci&oacute;n. Revela, adem&aacute;s,   que la <i>soluci&oacute;n </i>del conflicto implica un <i>deslizamiento </i>del mismo hacia   otro nivel y su definici&oacute;n –lo mismo que la de sus actores– en otros t&eacute;rminos:   el levantamiento de la invasi&oacute;n no signific&oacute; la erradicaci&oacute;n del problema y,   m&aacute;s bien, dio paso a otras negociaciones y enfrentamientos –presionar al estado   para que cumpla sus compromisos, negociar el significado impl&iacute;cito en estos,   impedir que los pol&iacute;ticos se apropien de las nuevas organizaciones populares–.   En este nuevo escenario los invasores no pod&iacute;an ser ya los transgresores de   antes, de modo que el estado les suministr&oacute; una identidad que le permitiera   considerarlos como interlocutores leg&iacute;timos: <i>miembros     de organizaciones populares de vivienda </i>(OPV), lo cual constituy&oacute;, m&aacute;s que un ejercicio del poder de   denominaci&oacute;n, una estrategia para eximirse de la obligaci&oacute;n de judicializar a   los invasores, &uacute;nica v&iacute;a de soluci&oacute;n al conflicto. Como en tantas otras   circunstancias, el estado se vio constre&ntilde;ido a legalizar lo que no pod&iacute;a   controlar. La legalizaci&oacute;n tuvo su complemento institucional en la elaboraci&oacute;n   de censos de los invasores, en la organizaci&oacute;n de los mismos por medio de las OPV y en la creaci&oacute;n por parte de la alcald&iacute;a de la que se denomin&oacute;,   eufem&iacute;sticamente, <i>oficina para la atenci&oacute;n de personas sin vivienda</i>.</p>     <p align="justify"><b>Tradiciones cambiantes y   estrategia pol&iacute;tica</b></p>     <p align="justify">LOS DESPLAZADOS   ACTUALES NO S&Oacute;LO AGRAVAN SINO QUE PONEN EN evidencia la   situaci&oacute;n de una ciudad que no ha logrado incorporar a los distintos sectores   sociales ni absorber la poblaci&oacute;n expulsada del campo a lo largo de muchas   d&eacute;cadas. Esta ha sido la protagonista de invasiones constantes desde hace ya   m&aacute;s de medio siglo, al punto de que Monter&iacute;a es una ciudad urbanizada, en sus   sectores populares, mediante invasiones. Pero la invasi&oacute;n de tierras no es una   invenci&oacute;n urbana; por el contrario, tiene ra&iacute;ces hist&oacute;ricas y culturales en dos   clases de fen&oacute;menos que se dieron en el medio rural: primero, la <i>ocupaci&oacute;n </i>de tierras bald&iacute;as   –estatales– en el siglo diecinueve, cuando los campesinos se instalaban en los   bosques no con un sentido de reivindicaci&oacute;n de la propiedad o de derechos, sino   de disposici&oacute;n; segundo, la <i>toma </i>de haciendas que tiene lugar en el siglo veinte, ya s&iacute; con un   car&aacute;cter pol&iacute;tico.</p>     <p align="justify">Hay que recordar   que hasta finales del siglo diecinueve, cuando el peque&ntilde;o poblado que era   Monter&iacute;a empez&oacute; a convertirse en eje de la colonizaci&oacute;n, hab&iacute;a grandes extensiones   de bald&iacute;os<a href="#pie9" name="spie9"><sup>9</sup></a>, lo cual, a&ntilde;adido al desfase entre la cantidad de tierra   adjudicada a particulares y su explotaci&oacute;n efectiva, generaba una oferta amplia   que permit&iacute;a a los peque&ntilde;os cultivadores un acceso relativamente libre a la   tierra. Esto era reforzado por la baja densidad de poblaci&oacute;n, la escasez de   mano de obra, la imprecisi&oacute;n de los linderos y una menor juridicidad en las   relaciones sociales. Para los campesinos la tierra no era entonces ni una   mercanc&iacute;a en el sentido estricto, ni un bien extinguible o escaso; por el   contrario, era tan abundante que pod&iacute;an siempre <i>echar pa&#39; lante</i>. Tal es la percepci&oacute;n   que subyace en los relatos: la tierra <i>estaba ah&iacute; </i>y los campesinos la <i>ocupaban </i>en el sentido de disposici&oacute;n como lo expresa la f&oacute;rmula: &quot;me <i>cog&iacute; </i>un pedazo de tierra&quot; (Ocampo, en prensa). Pero m&aacute;s tarde la   presi&oacute;n de la hacienda los coloc&oacute; en una situaci&oacute;n desconocida e inesperada, y   les impuso una nueva representaci&oacute;n de la tierra y de la propiedad: aquella no   era ya algo que <i>estaba ah&iacute;</i>, m&aacute;s o menos disponible, y   tener un terreno no pod&iacute;a ser <i>cogerse </i>un lote sino el resultado de transacciones econ&oacute;micas   formalizadas por medio de t&iacute;tulos legales. Se produjo entonces otra forma de <i>ocupaci&oacute;n</i>: la <i>toma </i>de tierras tituladas o de haciendas, ya s&iacute; con un car&aacute;cter   eminentemente pol&iacute;tico y conflictivo; en efecto, el Sin&uacute; fue uno de los   epicentros del conflicto agrario en los a&ntilde;os 1920 y 1930 (Fajardo, 1983; LeGrand, 1988).</p>     <p align="justify">Los invasores   actuales de terrenos urbanos en Monter&iacute;a son los directos descendientes de los   antiguos <i>ocupantes </i>de los montes del Sin&uacute; y de   los <i>invasores </i>de haciendas que les   sucedieron. Pero, aparte de continuidad hist&oacute;rica hay continuidades   conceptuales y estrat&eacute;gicas: como sus antecesores, los invasores urbanos   recurren a las expresiones <i>me cog&iacute; un lote </i>o <i>nos tomamos un terreno</i>. Con la primera   establecen un nexo de significaci&oacute;n entre la tierra rural <i>bald&iacute;a </i>y el terreno urbano de   propiedad del estado, que legitima la apropiaci&oacute;n<a href="#pie10" name="spie10"><sup>10</sup></a>; con la segunda f&oacute;rmula evocan las luchas agrarias dando fuerza   y sentido pol&iacute;tico a sus reivindicaciones actuales. De esta manera, para los   sectores subalternos el acto de ocupar terrenos estatales ha sido leg&iacute;timo y   fue considerado como jur&iacute;dico –o, por lo menos, no antijur&iacute;dico– por cuanto   legalmente su manejo compet&iacute;a al alcalde<a href="#pie11" name="spie11"><sup>11</sup></a>, y ya veremos la forma en que las autoridades municipales se   involucraban en las invasiones. Un l&iacute;der comunitario se refiere a los tiempos   &quot;cuando uno pod&iacute;a invadir todav&iacute;a&quot; (Arnulfo Mendoza, entrevista, 24 de junio de 2000), y una mujer   que promovi&oacute; varias invasiones afirma: &quot;Yo nunca he tenido problema &#91;al hacer   invasiones&#93; porque yo tierra ajena no invado, todo el tiempo uno est&aacute; dentro   del gobierno &#91;en tierras estatales&#93;&quot; (Taller Santa Rosa, 8 de julio de 2000).</p>     <p align="justify">La fuerza de la   idea de que lotes estatales –o asimilables a ese car&aacute;cter– pueden ser invadidos   se expresa en hechos como la imposibilidad de reservar zonas de uso p&uacute;blico en   los barrios populares ya que son invadidas invariablemente, o en las peticiones   de protecci&oacute;n preventiva que presentaron a las autoridades en el transcurso de   la invasi&oacute;n de 2000 particulares due&ntilde;os de terrenos donde se proyectaba construir   obras p&uacute;blicas y que, por lo tanto, iban a ser adquiridos por el estado<a href="#pie12" name="spie12"><sup>12</sup></a>. Pero la confirmaci&oacute;n m&aacute;s contundente de esta tendencia se   present&oacute; en 2002 cuando el municipio adquiri&oacute; los lotes para distribuir entre los   miembros de las OPV y estos tuvieron que constituir <i>frentes de seguridad</i>, es decir,   establecer vigilancia comunitaria para impedir que las tierras fueran invadidas   en el intervalo entre la compra por parte del estado y la adjudicaci&oacute;n a los   nuevos propietarios, es decir, mientras figuraran en cabeza del municipio.</p> </font>     <p align="justify"><font size="3" face="verdana"><b>EL DISPOSITIVO DE <i>URBANIZACI&Oacute;N   POR INVASI&Oacute;N</i>: CLIENTELISMO, ESTADO, COMUNIDAD</b></font></p> <font size="2" face="verdana">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">APARTE DE   HACERSE EN TIERRAS ESTATALES, LAS INVASIONES RESPOND&Iacute;AN a otra condici&oacute;n   que actuaba como par&aacute;metro de legalidad: &quot;Es que en ese entonces no hab&iacute;a ese   atropello en cuanto a las invasiones; estaba como m&aacute;s pactado...&quot;, dijo uno de   los fundadores de Paz del R&iacute;o (taller, 9 de julio de 2000). En efecto, la   invasi&oacute;n se <i>pactaba </i>con los pol&iacute;ticos y con las   mismas autoridades, lo cual implicaba, por lo menos, la aquiescencia del   estado. La fuerza p&uacute;blica acud&iacute;a para, supuestamente, desalojar a los invasores   pero esto era m&aacute;s un formalismo o una representaci&oacute;n en la que cada uno de los   actores desempe&ntilde;aba su papel –entendiendo <i>representaci&oacute;n</i>, <i>actores </i>y <i>papel </i>m&aacute;s en el sentido esc&eacute;nico que sociol&oacute;gico–. Un maestro, l&iacute;der   de las invasiones de la d&eacute;cada de 1980, revela los pormenores del dispositivo:</p>     <blockquote>       <p align="justify">Yo me hablaba con     la gente, yo le preguntaba: &iquest;&quot;Usted tiene a d&oacute;nde vivir?&quot;. – &quot;No tengo a d&oacute;nde     vivir&quot;. &quot;–&iquest;C&oacute;mo te llamas t&uacute;?&quot;. –&quot;Fulano de tal&quot;–. Entonces, despu&eacute;s de que yo     ya hac&iacute;a la lista que yo ten&iacute;a cien o doscientas familias inscritas yo los     llamaba a reuni&oacute;n... Entonces, yo reun&iacute;a a la gente, cuatro, cinco, seis,     siete, ocho, diez reuniones; yo las hac&iacute;a personalmente. Cuando ya estaba     creada la junta &#91;c&iacute;vica&#93;, entonces yo ven&iacute;a y me asesoraba con un pol&iacute;tico... Como     &#91;si fuera&#93; ahora, ahora &#91;que&#93; viene la campa&ntilde;a pol&iacute;tica: que van los alcaldes,     van los senadores, van no s&eacute; qu&eacute;... Entonces yo buscaba ese pol&iacute;tico para que     tuviera m&aacute;s seriedad, para que nos colaborara en la toma del terreno que nos     &iacute;bamos a tomar, que era del estado ... Digamos que usted iba a aspirar al     Consejo, se iba conmigo y vamos donde el alcalde: – &quot;Bueno se&ntilde;or, como yo voy a     aspirar al Consejo y el profesor tiene un grupo de amigos que ya aprob&oacute; &#91;la     invasi&oacute;n&#93;, que ya sabe d&oacute;nde est&aacute; el terreno, que ya se habl&oacute; con la polic&iacute;a,     con el comandante del ej&eacute;rcito, y que no va haber ning&uacute;n problema...&quot;. Lo mismo     hicieron estos se&ntilde;ores: me llevaron all&aacute;: &quot;Bueno, este es el l&iacute;der que tenemos     en el barrio, tiene sus familias y van a invadir eso&quot;...; me llevaban a hablar     con la polic&iacute;a, con el teniente del batall&oacute;n, con el comandante de la Sij&iacute;n, con     el DAS, o sea, yo hac&iacute;a mis cosas pero todo era ordenado, ellos me mandaban:       &quot;Vaya all&aacute; y diga esto&quot;. Ya. Entonces yo, despu&eacute;s de que todo estaba listo,       entonces, yo ven&iacute;a &#91;a la comunidad, con el pol&iacute;tico&#93;: &quot;Bueno se&ntilde;ores compa&ntilde;eros       y amigos, tengo el gusto de presentarles aqu&iacute; al doctor <i>julano </i>que va para el         Consejo&quot;. Entonces &eacute;l tomaba la palabra: &quot;Yo les colaboro, ya el profesor tiene         un terreno, que ya lo tiene ya, que lo va a repartir, que ya lo fuimos a ver,         que ya est&aacute; listo. Yo me comprometo en que a ustedes no los vaya a atropellar         la polic&iacute;a, en que ustedes no vayan a tener desalojo&quot;. Entonces ya usted queda         siendo una persona que se compromete con estas familias, en caso de alg&uacute;n         atropello, alg&uacute;n desalojo, usted tiene que responder por nosotros. Aqu&iacute; no hubo         ning&uacute;n desorden ni ning&uacute;n problema (Arnulfo Mendoza, entrevista 24 de junio de 2000).</p>   </blockquote>     <p align="justify">&iquest;C&oacute;mo pod&iacute;a una   persona formarse una idea de ilegalidad sobre un acto realizado en tales   condiciones, es decir, con el consentimiento de los mismos agentes estatales?   El fundador de La Candelaria expone con orgullo:</p>     <blockquote>       <p align="justify">Nosotros mismos     hemos dicho de que si algo hay que acreditarle a Monter&iacute;a es el hecho de que <i>en la toma de esta ... de estos terrenos no se present&oacute; el       tiraje de una sola piedra, ni siquiera la fuerza p&uacute;blica se hizo presente</i>... Era porque en tiempos atr&aacute;s ya estaba desarrollado un         trabajo y eran nuestras relaciones p&uacute;blicas con las entidades del gobierno,         entonces era precisamente uno de los factores que nos daban &aacute;nimo, que nos         anim&oacute; para haber tomado esa decisi&oacute;n... (Hern&aacute;n Kerguelen, entrevista, 26 de junio de 2000; <i>&eacute;nfasis </i>m&iacute;o).</p>   </blockquote>     <p align="justify">M&aacute;s a&uacute;n, la   invasi&oacute;n se conceb&iacute;a como una asociaci&oacute;n entre ciudadanos y el estado: &quot;El   gobierno es el de la tierra y nosotros tenemos material humano &iquest;ya?; as&iacute; que el   material humano le daba m&aacute;s fuerza &#91;valor&#93; a esa tierra que estaba destruida   &iquest;ve? y por eso fue que nos metimos a construir esa tierra&quot;, dijo una l&iacute;der   comunitaria (taller Paz del R&iacute;o, 9 de julio de 2000). Tambi&eacute;n la   opini&oacute;n p&uacute;blica lleg&oacute; a percibir las invasiones, si no como legales, como una   forma corriente de acci&oacute;n pol&iacute;tica, y la gente solidarizaba con los invasores:</p>     <blockquote>       <p align="justify">Estaba la     cuesti&oacute;n de la alimentaci&oacute;n... ah&iacute; entonces ven&iacute;amos al mercado a buscar     alimento, para eso siempre sal&iacute;a don Hern&aacute;n &#91;el fundador&#93;... y la verdad que     los se&ntilde;ores comerciantes del mercado nos extendieron la mano, nos daban yuca,     pl&aacute;tano, arroz, grasa, hasta leche, papa, zanahoria, remolachas, tomates, de     todo. Cuando eso no hab&iacute;a organizaciones &#91;ONG&#93; ... (taller La Candelaria, 8 de junio de 2000).</p>   </blockquote>     <p align="justify">La invasi&oacute;n es   pues un acto leg&iacute;timo para los invasores y aunque es ilegal se <i>legaliza </i>mediante la interpretaci&oacute;n   popular de las leyes y, sobre todo, al ser asimilado por el clientelismo,   elemento definitorio del sistema pol&iacute;tico cordob&eacute;s<a href="#pie13" name="spie13"><sup>13</sup></a>. La invasi&oacute;n permit&iacute;a a la gente obtener un lote y, a la vez,   le proporcionaba la experiencia y el material simb&oacute;lico para la construcci&oacute;n   identitaria: la identidad de cada barrio se funda en la gesta de la invasi&oacute;n,   cuyos protagonistas son el fundador y su comunidad; por esto, para los sectores   populares la historia de Monter&iacute;a es la de las invasiones y estos relatos   conforman la trama identitaria de la sociedad urbana. Puede afirmarse entonces   que al lado de la dimensi&oacute;n propiamente pol&iacute;tica el dispositivo de las   invasiones tiene una dimensi&oacute;n comunitaria que se configura alrededor del l&iacute;der,   quien aglutina, organiza y gu&iacute;a a los invasores. Por esto, al referirnos a las   invasiones como <i>dispositivo </i>entendemos este t&eacute;rmino no   s&oacute;lo como mecanismo para producir una acci&oacute;n sino, en el sentido de Foucault,   como proceso en el que m&uacute;ltiples focos de poder se entrecruzan, se chocan o se   contraponen &quot;como pr&aacute;cticas inscritas en una din&aacute;mica de conflicto que da lugar   a una teor&iacute;a de la verdad que reafirma las posiciones de las pr&aacute;cticas&quot; (Garc&iacute;a   Villegas, 1993: 50). De hecho, la comunidad se conforma en el proceso mismo de   invasi&oacute;n, que puede durar muchos meses, lapso durante el cual la gente se identifica   y cohesiona en torno a un objetivo y a la experiencia compartida que es, por lo   general, extremadamente ruda:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>       <p align="justify">Ya los hombres,     inclusive las mujeres, empezamos a trabajar porque hab&iacute;a unos rastrojales,     hab&iacute;a una cantidad de tierra y hab&iacute;a pantano, hab&iacute;a agua aqu&iacute; y hab&iacute;a agua     aqu&iacute;, la m&aacute;s bajita le llegaba a la rodilla; empezaron los hombres a machetiar,     a mochar y abrir, pero hab&iacute;a un mundo de hormiga candelilla, eso era     cantidades... hab&iacute;a un terrapl&eacute;n que hab&iacute;a ah&iacute; de la tierra que le sac&aacute;bamos al     canal, un terrapl&eacute;n, ah&iacute; se pararon los ranchitos, cada quien fue parando su ranchito     de pl&aacute;stico, de palma, de zinc de lo que fuera... (taller La Candelaria, 8 de julio de 2000).</p>   </blockquote>     <p align="justify">Claro que no   todo se reduce a compartir dificultades. La invasi&oacute;n es, tambi&eacute;n, un espacio de   liminalidad, de sociabilidad y de participaci&oacute;n. Al lado de la dimensi&oacute;n   agon&iacute;stica existe un aspecto festivo y reivindicativo: individualmente se llega   a tener algo propio y, en t&eacute;rminos del colectivo, se logra el objetivo, se   triunfa sobre el estado y se construye comunidad. Los invasores –de todas las   &eacute;pocas– manifiestan haber sentido emoci&oacute;n al contemplar la invasi&oacute;n: &quot;La   invasi&oacute;n, esto era bonito. Eran cambuchitos por todas partes, esto era   tur&iacute;stico&quot;, afirma el fundador de Paz del R&iacute;o (entrevista, 24 de junio de 2000).</p>     <p align="justify">La experiencia   compartida de la invasi&oacute;n es tan intensa que define los l&iacute;mites de la comunidad   al constituir un <i>nosotros </i>que excluye cualquier   circunstancia extracomunitaria. La invasi&oacute;n, territorial e hist&oacute;ricamente   definida, es la que establece las fronteras barriales. En una invasi&oacute;n ya   legalizada existen dos enclaves min&uacute;sculos que a los ojos del observador no   presentan ninguna diferencia respecto al resto del barrio, pero, para sus habitantes,   constituyen entidades claramente diferenciadas que no forman parte de la   comunidad y siguen denomin&aacute;ndose <i>invasiones </i>puesto que se hicieron independientemente y, por sus mismas   condiciones, no pueden acceder a la legalidad –a la transformaci&oacute;n en <i>barrio </i>que se inicia con la   conformaci&oacute;n de una junta de acci&oacute;n comunal–. Una invasi&oacute;n no se funde jam&aacute;s   con otra y aun cuando el estado puede hacerlo al definir los contornos barriales   la gente mantiene y trata de preservar sus propias delimitaciones: cuando la   fundadora de Santa Rosa supo que su invasi&oacute;n iba a quedar subsumida   oficialmente en otro barrio defendi&oacute; la autonom&iacute;a y la identidad de aquella,   recurriendo, como lo expone en la narraci&oacute;n, a las estrategias que el estado mismo   ofrece para ello: constituir la junta de acci&oacute;n comunal:</p>     <blockquote>       <p align="justify">Cuando nos     quer&iacute;an quitar el nombre Santa Rosa yo enseguida me vol&eacute; y reun&iacute; al personal;     le digo: &quot;Nos quieren quitar el nombre, nos van a quitar la invasi&oacute;n, la van a     poner &#91;bautizar&#93; toda: La Candelaria. Vamos a hacer una junta de acci&oacute;n comunal     para que esto se confirme de que es Santa Rosa&quot;... Hicimos el convite     provisional, entonces el convite provisional declar&oacute; la junta de acci&oacute;n     comunal. De ah&iacute; fue que naci&oacute; la junta de acci&oacute;n comunal (taller Santa Rosa, 8 de julio de 2000).</p>   </blockquote>     <p align="justify">La conformaci&oacute;n   de la junta permite a los invasores deshacerse de la etiqueta de <i>invasores </i>para convertirse en   ciudadanos y a la <i>invasi&oacute;n </i>adquirir el estatus de <i>barrio</i>; es la ruta hacia la legalidad y el reconocimiento:</p>     <blockquote>       <p align="justify">Ya despu&eacute;s,     urbanizamos... la urbanizaci&oacute;n es diferente a una invasi&oacute;n, a una toma, porque     nosotros aqu&iacute; en Monter&iacute;a hablamos de <i>tomas</i>, no hablamos de urbanizaci&oacute;n porque urbanizaci&oacute;n es cuando ya       un barrio va por lo legal. Entonces d&iacute;gase que ya hoy en d&iacute;a el barrio que yo       tengo es una urbanizaci&oacute;n, est&aacute; urbanizado. Cuando yo entr&eacute; no fue urbanizado,       no hab&iacute;a junta comunal ni nada (Arnulfo Mendoza, entrevista, 24 de junio de 2000).</p>   </blockquote>     <p align="justify"><b>Negociando los votos: el   clientelismo como base del sistema pol&iacute;tico</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">LA MANIFESTACI&Oacute;N   M&Aacute;S ESCLARECEDORA DEL FUNCIONAMIENTO DEL SISTEMA pol&iacute;tico   es el periodo preelectoral en Monter&iacute;a. La ciudad se agita alrededor de las   alianzas o las rupturas entre los partidos o grupos pol&iacute;ticos o entre los   candidatos. En los barrios populares el centro de la actividad pol&iacute;tica es la   negociaci&oacute;n de los votos, y en las calles se observan las hojas de zinc –para   los techos– y los t&uacute;mulos de balasto que depositan, frente a las casas o en las   calzadas, las volquetas contratadas por los pol&iacute;ticos para distribuir el   material con que pagan los votos.</p>     <p align="justify">A partir de las   cinco de la tarde una l&iacute;der como M&iacute;lfida Herazo se sienta en una mecedora en el   frente de su casa, donde atiende las peticiones y compromete los votos de la   gente que acude sin cesar, mientras que un ayudante consigna los compromisos en   una vieja m&aacute;quina de escribir. En septiembre de 2000 ella estaba apoyando dos candidatos: el <i>Mono </i>L&oacute;pez, para la gobernaci&oacute;n del departamento, y Luis Jim&eacute;nez   Espitia, para la alcald&iacute;a de Monter&iacute;a; el primero, un ganadero, pol&iacute;tico   liberal controvertido, ex alcalde de esa ciudad y perteneciente a uno de los   clanes pol&iacute;ticos m&aacute;s influyentes en el departamento<a href="#pie14" name="spie14"><sup>14</sup></a>. El segundo, un pol&iacute;tico de origen popular que se present&oacute; como   independiente –respecto a los partidos pol&iacute;ticos– y que bas&oacute; su campa&ntilde;a en la   promesa de un <i>gobierno comunitario </i>con lo cual   atrajo votantes independientes y despert&oacute; el fervor de los sectores populares.   Su posici&oacute;n llevaba a M&iacute;lfida a romper la alianza que hab&iacute;an establecido los   partidos liberal y conservador para obtener los dos cargos; sin embargo, al   apoyar al candidato liberal, la l&iacute;der cumpl&iacute;a con la lealtad hacia su partido,   sus jefes pol&iacute;ticos y su afecto, y al apoyar al candidato independiente cumpl&iacute;a   con su lealtad de clase y obedec&iacute;a a sus convicciones sobre la legitimidad que   el origen popular le confer&iacute;a al candidato. Esta actitud es una consecuencia de   la desarticulaci&oacute;n de los partidos pol&iacute;ticos, de la disoluci&oacute;n de lo que ten&iacute;an   de ideolog&iacute;a y de su reemplazo por lo que se ha denominado <i>empresas </i>o <i>microempresas </i>pol&iacute;ticas –o   mejor, electorales–, que encaja perfectamente con el estilo directo y   patriarcal de las relaciones sociales en C&oacute;rdoba: cada pol&iacute;tico administra personalmente   su peque&ntilde;a o gran red la cual implica relaciones y compromisos concretos con   los l&iacute;deres populares o con los electores.</p>     <p align="justify">M&iacute;lfida, como   los dem&aacute;s l&iacute;deres, gestionaba diariamente las peticiones de los posibles   votantes en las oficinas –<i>sedes</i>– de sus candidatos y, cuando ten&iacute;a alg&uacute;n asunto especial, <i>ma&ntilde;aneaba</i>, es decir, sal&iacute;a muy   temprano de su casa para dirigirse a la del candidato, quien la recib&iacute;a antes   de iniciar su jornada. La lista de peticiones que estaba gestionando en esa   campa&ntilde;a inclu&iacute;a hojas de zinc, cemento, balasto, matr&iacute;culas y uniformes   escolares, dinero, empleo y sillas <i>Rimax</i>; alguien ofrec&iacute;a &quot;dos votos por llantas de triciclo&quot; y muchas   personas ped&iacute;an se les gestionara la obtenci&oacute;n del documento de identidad –la   c&eacute;dula–. Esto es, sin duda, una perversi&oacute;n del sistema pol&iacute;tico, pero tiene tal   arraigo que un joven pol&iacute;tico comentaba la dificultad de hacer otra clase de   pol&iacute;tica, de basarse, por ejemplo, en compromisos abstractos o generales:</p>     <blockquote>       <p align="justify">como dec&iacute;a,     &#91;hay&#93; mucho paternalismo hasta la partida de bautismo que deben sacar uno tiene     que &#91;sac&aacute;rselas&#93; ... A cada uno su problema; la gente no va a esperar que se     resuelvan las cosas en grande, en su soluci&oacute;n macro. Van a resolver problemas     que tienen en ese d&iacute;a, no piensan sino en eso: la matr&iacute;cula, los libros,     &quot;quiero una cita donde el m&eacute;dico&quot;... hasta los conflictos familiares y de     parejas; hasta eso lo llevan &#91;para pedirle al pol&iacute;tico&#93; que le hable al marido     que peli&oacute;, que anda con otra; todo eso, las intimidades de ellos... (Germ&aacute;n     Louis Lakah, entrevista, 17 de       septiembre de 2000).</p>   </blockquote>     <p align="justify">Esa es, adem&aacute;s,   la forma de hacer pol&iacute;tica que se considera aut&oacute;ctona y popular, lo que   explicar&iacute;a la derrota en C&oacute;rdoba del presidente &Aacute;lvaro Uribe (2002-), resultado inesperado si se tiene en cuenta que &eacute;l tiene all&iacute;   fuertes nexos econ&oacute;micos y sociales, que su propuesta de gobierno se bas&oacute; en la   seguridad –un asunto al que son particularmente sensibles los hacendados– y que,   adem&aacute;s, fue presentado por sus opositores, especialmente por Horacio Serpa, el   candidato oficial del Partido Liberal –el partido de Uribe, respecto al cual su   candidatura fue, si no un rompimiento, una disidencia–, como &quot;el candidato de   los paramilitares&quot;, y se sabe la influencia de estos en el departamento. La   derrota pudo considerarse como la demostraci&oacute;n del poder regional de los pol&iacute;ticos   liberales oficialistas, pero un comentario registrado en la prensa local nos   dio una clave para la interpretaci&oacute;n del fen&oacute;meno: se atribu&iacute;a a la manera <i>at&iacute;pica </i>como se hab&iacute;a manejado la   campa&ntilde;a, a que los directivos de esta hab&iacute;an <i>elitizado </i>la candidatura y a &quot;la falta de <i>est&iacute;mulos </i>a los votantes&quot;. Se afirmaba   que en el departamento &quot;no se maneja el voto de opini&oacute;n en toda su extensi&oacute;n y   por ello a la gente <i>hay que ayudarla a solventar alg&uacute;n tipo de situaciones </i>para que puedan acompa&ntilde;ar electoralmente (<i>sic</i>)&quot; (<i>El Meridiano</i>, 28 de mayo de 2002, p. 3A; <i>&eacute;nfasis </i>m&iacute;os). Es decir, no se tuvo   en cuenta el comportamiento electoral previsible y aceptado.</p>     <p align="justify">La negociaci&oacute;n   de los votos puede involucrar tambi&eacute;n a un colectivo. En este caso, los l&iacute;deres   ofrecen los votos <i>que tienen </i>a cambio de alg&uacute;n programa u   obra p&uacute;blica: regar balasto en una calle, instalar transformadores para la   electricidad, construir un aula en una escuela o establecer un programa estatal   en el barrio. As&iacute; relata una l&iacute;der la instauraci&oacute;n del programa de madres   comunitarias del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) que <i>consigui&oacute; </i>para su barrio:</p>     <blockquote>       <p align="justify">Se hizo un     proyecto verbal que nos pusimos de acuerdo 35 mujeres... hicimos el censo &#91;de ni&ntilde;os&#93;... Yo ofrec&iacute; 485 votos que yo ten&iacute;a en &#91;el barrio&#93; Brisas del Sin&uacute;, los ofrec&iacute;       por los hogares de Bienestar para ac&aacute;, para Candelaria, Paz del R&iacute;o, Santa Rosa       y Robinson Pital&uacute;a. Esas madres comunitarias las traje fui yo..., con los votos       de Brisas del Sin&uacute;... Aqu&iacute; por lo menos pod&iacute;a tener algunos cien votos,       entonces ofrec&iacute; los votos de all&aacute; para que me dieran los hogares de Bienestar,       los votos se los ofrec&iacute; a la doctora Gloria P&eacute;rez de Caballero ... votamos       &#91;para el Concejo&#93; por el doctor Caballero (taller Santa Rosa, 9 de julio de 2000)<a href="#pie15" name="spie15"><sup>15</sup></a>.</p>   </blockquote>     <p align="justify">Por su parte, la   comunidad cumple retribuyendo al pol&iacute;tico con el voto. Prestaciones y   contraprestaciones posteriores refuerzan la relaci&oacute;n entre ambos y la prolongan   en el tiempo, dando lugar a redes de clientelas que incluyen pol&iacute;ticos de   distintos niveles seg&uacute;n la organizaci&oacute;n piramidal del sistema pol&iacute;tico, as&iacute;   como redes de parentesco o vecindad. Para referirse al comercio de votos la   gente habla de <i>dar el voto</i>; el voto se le <i>da </i>a alguien, quien debe devolver algo tangible a cambio. Por eso,   las obras p&uacute;blicas y las inversiones estatales se personalizan: refiri&eacute;ndose al   puente sobre el r&iacute;o Sin&uacute; –el &uacute;nico que existe para conectar las m&aacute;rgenes   izquierda y derecha del r&iacute;o en una ciudad que al crecer se extendi&oacute; sobre   ambas– se dice que <i>lo hizo </i>Rojas Pinilla (1953-1957); o para aludir a la entrega de t&iacute;tulos de propiedad por parte   del Inurbe durante el gobierno del presidente Ernesto Samper (1994-1998), la gente dice que este <i>les dio </i>los t&iacute;tulos. Es decir, el gobernante se representa como alguien   que atiende personal y directamente las necesidades tangibles e inmediatas de   sus electores, y el sistema pol&iacute;tico se concibe seg&uacute;n esta idea. En tiempos   recientes el perfil de los pol&iacute;ticos o los funcionarios ha cedido algo ante la   instituci&oacute;n, especialmente cuando se trata de programas –no de obras–; se dice   que el programa de mejoramiento de vivienda fue <i>del Inurbe </i>o que el programa de madres   comunitarias <i>es de Bienestar Familiar </i>–el ICBF–, aun cuando en las relaciones entre el pol&iacute;tico y sus electores   siguen predominando el intercambio directo y la relaci&oacute;n personal.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Aparte de   beneficios materiales, la pertenencia a las clientelas proporciona una idea de   seguridad que no es despreciable para gente tan desprotegida. Cuando   Estherlinda Ascendra invadi&oacute; en Brisas del Sin&uacute; ya militaba en el movimiento   pol&iacute;tico Mayor&iacute;as Liberales:</p>     <blockquote>       <p align="justify">la tierra era     del gobierno, entonces yo fui all&aacute; y me met&iacute; en Brisas del Sin&uacute;, entonces hab&iacute;a     un terreno en la plaza...entonces yo me met&iacute; ah&iacute; y compr&eacute; una casa de     segunda... Bueno, entonces, estando yo ah&iacute; me echaron la polic&iacute;a, la polic&iacute;a     lleg&oacute; pero ya yo estaba dentro del directorio liberal, entonces, como yo era la     jefa del directorio liberal all&aacute;, yo ten&iacute;a una tablilla &#91;del partido&#93; en la     puerta, cuando me echaron cuarenta y ocho soldados, entonces esos cuarenta y     ocho soldados cuando vieron la tablilla dijeron: &quot;&iquest;Qu&eacute; vamos hacer aqu&iacute;?, aqu&iacute;     no tenemos nada que hacer porque eso est&aacute; dentro del Partido Liberal, v&aacute;monos&quot;.     Y se fueron.</p>   </blockquote>     <p align="justify">Orgullosa de su   posici&oacute;n en el partido, la l&iacute;der subraya su contacto personal con dirigentes   locales y, eventualmente, con un dirigente nacional; se jacta de haber estado   &quot;agarrada de las ramas grandes en la pol&iacute;tica&quot; (taller Santa Rosa, 9 de julio de 2000). La idea de   protecci&oacute;n y seguridad que brinda la relaci&oacute;n con los pol&iacute;ticos se extiende,   por medio de los l&iacute;deres, a las clientelas, y esta puede ser una de las razones   que explica el papel preeminente de la pol&iacute;tica en la vida de los monterianos. En   efecto, las incidencias de la pol&iacute;tica local se viven y representan en el orden   cotidiano, en el que los l&iacute;deres populares est&aacute;n en actividad permanente, y el   ciudadano com&uacute;n est&aacute; al tanto de las actuaciones o declaraciones de los   pol&iacute;ticos, los chismes transitan de boca en boca, se hacen c&aacute;balas sobre las alianzas   y c&aacute;lculos sobre los beneficios que podr&iacute;an obtenerse de las mismas, se lee la   prensa y se escucha la radio para mantenerse enterado.</p>     <p align="justify">Bien puede   tratarse de una pasi&oacute;n por la pol&iacute;tica, pero ello no excluye la interpretaci&oacute;n   sociol&oacute;gica: por medio del clientelismo la pol&iacute;tica ha llegado a convertirse en   un elemento estructural de la sociedad sinuana. Pertenecer a una clientela   posibilita el acceso a cargos p&uacute;blicos o a beneficios estatales; los   despose&iacute;dos pueden resolver necesidades inmediatas, muchas veces m&iacute;nimas como   ya se mostr&oacute;, y tener una sensaci&oacute;n de protecci&oacute;n en un rango algo m&aacute;s amplio   que el de la familia y la vecindad; los excluidos tienen la sensaci&oacute;n de   acceder a alguna forma de inclusi&oacute;n pol&iacute;tica. Todo esto, que se hace a t&iacute;tulo   de favor o d&aacute;diva, crea v&iacute;nculos personales y repercute en el mantenimiento del   dispositivo que es, a la vez, la base del sistema pol&iacute;tico y el mecanismo   material e ideol&oacute;gico de su reproducci&oacute;n. Aunque se trata de un fen&oacute;meno   nacional, aqu&iacute; adquiere connotaciones particulares debido a la manera en que se   combinan y entrecruzan factores como los siguientes:</p>     <p align="justify">El parentesco   que, en la elite, refuerza los grupos pol&iacute;ticos conformando <i>clanes </i>que hacen de su actividad   una empresa familiar en la que se amasa un capital pol&iacute;tico transmisible –por herencia   o simple transferencia–<a href="#pie16" name="spie16"><sup>16</sup></a>, mientras que en niveles m&aacute;s bajos influye en los compromisos electorales   que cobijan generalmente a la familia. Adem&aacute;s, el parentesco act&uacute;a como modelo   para las relaciones pol&iacute;ticas por medio de factores como son, de una parte, la   relaci&oacute;n personal y el contacto directo –casi podr&iacute;a decirse, &iacute;ntimo o   familiar– de los pol&iacute;ticos con sus seguidores, en especial con los l&iacute;deres   populares, quienes son atendidos por aquellos en sus propias casas donde tienen   acceso al trato, tambi&eacute;n, con sus familias; y, de otra parte, el papel del sentimiento   en las relaciones pol&iacute;ticas: la proximidad y la intimidad producen el efecto de   amistad, y en la pol&iacute;tica se utiliza el lenguaje del afecto como se observa   permanentemente en las conversaciones.</p>     <p align="justify">Otro factor es   la concepci&oacute;n de la pol&iacute;tica como un sistema de prestaciones y   contraprestaciones que es le&iacute;do en el lenguaje de la solidaridad –puede tambi&eacute;n   implicarla– y fundamenta las lealtades pol&iacute;ticas:</p>     <blockquote>       <p align="justify">S&iacute;, porque     cuando yo tuve las peladas en el ... entonces yo no ten&iacute;a para la matr&iacute;cula de     ese a&ntilde;o. Entonces fui y habl&eacute; con Candelaria. Como Lucho &#91;candidato a la     alcald&iacute;a&#93; hab&iacute;a dicho que iba a regalar matr&iacute;culas... yo fui a hablar con     Candelaria y me dijo: &quot;Yo te voy a ayudar a hablar con Lucho&quot;, se fueron por     all&aacute; ... se fueron a buscarlo y me regalaron los $40.000. Despu&eacute;s fui y habl&eacute; por la otra... y me dio los $30.000. Entonces son cosas que yo agradezco porque si a m&iacute; me dan la       mano, yo le ayudo, a m&iacute; no se me olvida un favor (entrevista, 13 de septiembre de 2000).</p>   </blockquote>     <p align="justify">En este contexto   de relaciones sociales y pol&iacute;ticas surge y se consolida el dispositivo de lo   que hemos llamado de <i>urbanizaci&oacute;n por invasi&oacute;n</i>, que involucra   a los invasores, a sus l&iacute;deres, a los pol&iacute;ticos y al estado mismo que encuentra   en el clientelismo y en mecanismos como los descritos, una manera de construir su <i>versi&oacute;n local </i>y de lograr   cierta funcionalidad, aunque al mismo tiempo –seg&uacute;n la observaci&oacute;n de Daniel   P&eacute;caut– se debilita, al quedar involucrado en las rivalidades por apropiarse de   los puestos y de los recursos (1996: 223).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b>L&iacute;deres populares y   transformaciones del liderazgo</b></p>     <p align="justify">HE PLANTEADO LA   FUNCI&Oacute;N DE LOS L&Iacute;DERES POPULARES<a href="#pie17" name="spie17"><sup>17</sup></a> COMO UN ELEMENTO clave del   sistema pol&iacute;tico. &iquest;Pero, c&oacute;mo se genera y define el liderazgo? En una   perspectiva <i>emic </i>se distingue entre los l&iacute;deres naturales que organizan la   comunidad y <i>cuentan la historia</i>, y los l&iacute;deres <i>de la pol&iacute;tica</i>, intermediarios   entre la comunidad y los pol&iacute;ticos:</p>     <blockquote>       <p align="justify">Yo me considero     una l&iacute;der en la forma de recibir las visitas para contar &#91;la historia&#93; porque     yo empec&eacute; esta invasi&oacute;n, empec&eacute; a vivir aqu&iacute; desde que la invasi&oacute;n empez&oacute;,     entonces ya m&aacute;s o menos yo s&eacute; las necesidades del barrio... Carrascal, ese es     otro tipo de l&iacute;der... un l&iacute;der de pol&iacute;tica &#91;que&#93; es el que cuando llega el     tiempo de elecciones re&uacute;ne el personal que se lanza y presentarle lo votos     m&iacute;os, y si yo voy a darle el voto yo le digo: &quot;Carrascal yo necesito un bulto     de balasto&quot;, &eacute;l me lo trae, &#91;otro dice:&#93; &quot;Necesito tres tejas de zinc&quot;...     (Clementina Mora, 13 de agosto de 2000).</p>   </blockquote>     <p align="justify">Los l&iacute;deres que   organizaron las invasiones en los a&ntilde;os 1970 y 1980 –que podr&iacute;an llamarse <i>l&iacute;deres de la     primera generaci&oacute;n urbana</i>– conjugan, en distinta   proporci&oacute;n en cada caso, caracter&iacute;sticas de los dos tipos. Son, por lo menos,   letrados, pero es excepcional que hayan estudiado secundaria; algunos tienen   una adscripci&oacute;n partidista anterior a su inserci&oacute;n en las clientelas pol&iacute;ticas urbanas   y, aunque en sus comienzos tuvieron la influencia de activistas de izquierda,   su acci&oacute;n pol&iacute;tica se efect&uacute;a por medio de los dos partidos tradicionales. Su   liderazgo se establece y consolida al oficiar como intermediarios entre los   pol&iacute;ticos y las comunidades seg&uacute;n un esquema de liderazgo promovido por la   acci&oacute;n comunal creada en 1958 –ley 19– con el fin de generar redes de vecinos, tanto en el medio   rural –veredas– como urbano –barrios–, que pudieran vehicular programas   oficiales en la <i>lucha contra la pobreza </i>propuesta por la   Alianza para el Progreso<a href="#pie18" name="spie18"><sup>18</sup></a>.</p>     <p align="justify">La nueva   organizaci&oacute;n sobrepuso un esquema oficial y burocr&aacute;tico a las formas   tradicionales y espont&aacute;neas de cooperaci&oacute;n comunitaria (Guti&eacute;rrez y L&oacute;pez de   Mesa, 1994): se crearon organizaciones presididas por <i>juntas</i>, y para que pudieran manejar recursos oficiales se les exigi&oacute;   adquirir personer&iacute;a jur&iacute;dica. La <i>junta </i>se convirti&oacute; en el criterio de reconocimiento estatal de los   barrios populares y de sus comunidades y en el centro de poder barrial. La   transferencia de recursos a las organizciones se hac&iacute;a bajo la figura de <i>auxilios parlamentarios</i>, o sea partidas   del presupuesto nacional que se entregaban a los miembros del Congreso para que   las distribuyeran en sus regiones, mecanismo que se convirti&oacute; en un elemento   clave del clientelismo y la corrupci&oacute;n. Aunque promovi&oacute; la participaci&oacute;n   popular, por medio de las juntas y de la distribuci&oacute;n presupuestal el estado logr&oacute;   controlar la organizaci&oacute;n popular y captar el trabajo comunitario –descarg&oacute; en   los pobladores mismos la ejecuci&oacute;n de obras que en otros estratos efectuaba &eacute;l   mismo, como las v&iacute;as p&uacute;blicas–. Aparte de esto, la acci&oacute;n comunal actu&oacute; como   medio de absorci&oacute;n ideol&oacute;gica y pol&iacute;tica al reproducir en las comunidades el   modo de funcionamiento y los principios del sistema burocr&aacute;tico y bipartidista   oficial.</p>     <p align="justify">Los l&iacute;deres   formados bajo esta influencia aprendieron a conocer las instancias burocr&aacute;ticas   –su estructura, sus procedimientos y su l&eacute;xico– y las leyes para poderse   comunicar con los funcionarios y moverse entre los vericuetos del estado y la   mara&ntilde;a legal. Este patr&oacute;n de liderazgo ha sido una pieza clave en la solidez   del sistema de clientelas en la pol&iacute;tica cordobesa.</p>     <p align="justify">Pero, &iquest;cu&aacute;les   son los factores del liderazgo que influyen en la reproducci&oacute;n del   clientelismo? Aparte de los factores sociol&oacute;gicos antes mencionados, cabe   pensar en factores ideol&oacute;gicos; por ejemplo, en el hecho de que los l&iacute;deres   hayan llegado a percibir al clientelismo y a los pol&iacute;ticos como   imprescindibles:</p>     <blockquote>       <p align="justify">Usted sabe que     la pol&iacute;tica es un vicio en Colombia (...) uno tiene que estar dentro de esos     pol&iacute;ticos para poder conseguir cualquier enga&ntilde;o: la receta m&eacute;dica, la     odontolog&iacute;a, cualquier cosa, y entonces uno tiene que estar pegado al pol&iacute;tico     para que le den la orden m&eacute;dica, para que le den la orden del odont&oacute;logo, para     poder sacarlo del hospital, que para hacer esto y ... &#91;dependiendo&#93; del     concejal, del diputado, del senador, del gobernador, del alcalde, ya uno tiene     que buscarlo porque si no est&aacute; adentro... Todo tiene que ser a trav&eacute;s de la     pol&iacute;tica (Arnulfo Mendoza, 26 de junio de 2000).</p>   </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Sin embargo, los   l&iacute;deres comunitarios no son c&oacute;mplices o v&iacute;ctimas ciegas del sistema. Muchos   viven el drama de ser conscientes, a la vez, del clientelismo y la corrupci&oacute;n   que los subyugan, y de la imposibilidad de romper con ellos:</p>     <blockquote>       <p align="justify">Aqu&iacute; en C&oacute;rdoba los     corruptos, mejor dicho &iexcl;qu&eacute; plata no nos han robado a nosotros!: el agua     &#91;acueducto&#93;. No, &iexcl;miles de plata nos han robado a nosotros! El agua, el     balastro, que la partida para esto, que una partida &iexcl;No... eso se ha perdido!     Entonces nosotros estamos sufriendo las consecuencias de los corruptos     pol&iacute;ticos grandes ... Miren cu&aacute;nta gente no ha podido hacer el mejoramiento &#91;de     las viviendas&#93; porque no ha llegado la plata, nadie ha hecho las ventanas porque     no ha llegado la plata &iexcl;Se la robaron! (Arnulfo Mendoza, 26 de junio de 2000).</p>   </blockquote>     <p align="justify">Por esto, muchos   l&iacute;deres manifiestan decepci&oacute;n respecto a sus jefes. Dicen haber llegado hasta   perder su prestigio e influencia en las comunidades –a <i>quemarse</i>– por el incumplimiento de   las promesas de aquellos. Las comunidades tambi&eacute;n se sienten defraudadas,   utilizadas y burladas. Por esa raz&oacute;n, los l&iacute;deres buscan ahora estrategias para   contrarrestar el <i>enga&ntilde;o </i>de los pol&iacute;ticos:</p>     <blockquote>       <p align="justify">Antes     trabaj&aacute;bamos &#91;as&iacute;&#93;: que ven&iacute;a un concejal aqu&iacute; y hac&iacute;a una reuni&oacute;n con     cincuenta familias, con cien familias entonces ven&iacute;a aqu&iacute; a prometer de que iba     a meter el agua, la luz... Y la gente iba a votar por ese enga&ntilde;o, le daban un     pantal&oacute;n, una camisa, un su&eacute;ter, una botella de ron, y la gente iba a votar. Ya     siendo &eacute;l concejal electo, ya m&aacute;s nunca se acordaba de venir aqu&iacute; al barrio...     Entonces y ahora mismo estamos mirando muchas cosas que vamos a trabajar, vamos     a trabajar con base es en proyectos: si usted que aspira al Senado de la     rep&uacute;blica, yo presento un proyecto a usted y si usted no me hace aprobar este     proyecto, no hay elecciones &#91;votos&#93; aqu&iacute;... (Arnulfo Mendoza, entrevista, 26 de junio de 2000).</p>   </blockquote>     <p align="justify">Lo anterior   coincide con la influencia creciente de las ONG, que expanden un modelo de organizaci&oacute;n y de acci&oacute;n orientado a   asistir a las comunidades, empoderarlas y <i>modernizarlas</i>. Las llevan a cuestionar el clientelismo que las ha   instrumentalizado pero, al hacerlo, desacreditan la pol&iacute;tica, lo cual se   acent&uacute;a con la modificaci&oacute;n que promueven en el perfil de los l&iacute;deres al privilegiar   la funci&oacute;n administrativa o de promoci&oacute;n sobre la funci&oacute;n pol&iacute;tica, lo que   implica nuevas perspectivas en la acci&oacute;n social que, si bien desdibujan su   car&aacute;cter inmediatamente pol&iacute;tico –de incidencia directa sobre el sistema   pol&iacute;tico–, son transformadoras y difunden nuevos valores como sucede   actualmente con los discursos de g&eacute;nero; este es el relato de una mujer   perteneciente a la asociaci&oacute;n Olla Comunitaria:</p>     <blockquote>       <p align="justify">Yo era una de     las mujeres que no sal&iacute;a de la casa, yo era ah&iacute; y no hablaba con nadie, el     marido m&iacute;o andaba en la calle. Cuando lleg&oacute; la asociaci&oacute;n &#91;de mujeres&#93; ... yo     fui... participamos, y entonces me son&oacute; la idea ... Entonces yo, cuando &eacute;l no     estaba, me iba para la calle y me llevaba la ni&ntilde;ita m&aacute;s peque&ntilde;a, pero a veces     no faltaba la gente que le dijera y yo me ve&iacute;a con ese problem&oacute;n. Yo ya dec&iacute;a:     &quot;Qu&eacute; hago &iquest;ser&aacute; que lo dejo?&quot;. Y as&iacute; yo me ven&iacute;a y les comentaba a las     compa&ntilde;eras... y ellas me dec&iacute;an que no me dejara bajar la autoestima que yo era     importante. Y estaba como confundida y no sab&iacute;a a qui&eacute;n obedecerle si a la     corporaci&oacute;n o &eacute;l... &Eacute;l me dec&iacute;a, &quot;&iquest;Eso es lo que a t&iacute; te est&aacute;n ense&ntilde;ando?&quot;, y     yo dec&iacute;a: &quot;No me importa, yo quiero salir de aqu&iacute; de la casa, yo no quiero ser     la misma&quot;. Y as&iacute; como que me fui superando y &#91;en la corporaci&oacute;n&#93; me pusieron un     sic&oacute;logo porque la verdad yo ya no sab&iacute;a qu&eacute; hacer... Le dije a la sic&oacute;loga:     &quot;Yo quiero que usted lo invite, deme una orden&quot; ...y ella le mand&oacute; invitaci&oacute;n y     &eacute;l no vino. Entonces yo le habl&eacute;: &quot;Ni quieres ir a la cita con la sic&oacute;loga, ni     me dejas ir a m&iacute;, y yo ya estoy para volverme loca, entonces &iquest;qu&eacute; quieres? &iquest;Tener     una loca ah&iacute; sentada tirando piedras y los pelados viendo, y t&uacute; tambi&eacute;n otro     loco? Entonces ve t&uacute; y mira qu&eacute; dice la sic&oacute;loga&quot;. Despu&eacute;s ... yo no s&eacute; como     organizaron la idea de un taller para los hombres. Yo me sent&iacute; tan contenta     cuando vi ese taller para los hombres, yo creo que la primera invitaci&oacute;n fue la     m&iacute;a y se la entregu&eacute; y me dijo: &quot;Yo no voy a ir&quot;. &quot;Mira que tal cosa…, mira que     van a trabajar esto&quot;. Yo a veces le inventaba cosas y as&iacute; que lo convenc&iacute; y se     fue para el taller. Te digo que cuando lleg&oacute; de ese taller vino bastante     cambiado: que lo disculpara porque la verdad era que &eacute;l me trataba mal porque     &eacute;l pensaba que me iba era a chismosiar; que estudiara, que yo nunca hab&iacute;a estudiado,     me dijo que estudiara alguna cosa. ... Yo le doy gracias a la asociaci&oacute;n, a la comunidad,     a las compa&ntilde;eras que tambi&eacute;n me han ayudado mucho, me aconsejaron, me dec&iacute;an     que no me saliera, y hoy ... &eacute;l ya llega y me dice: &quot;&iquest;Para d&oacute;nde vas?&quot;. &quot;Voy a una     reunioncita no me demoro&quot;. &quot;No te demores&quot;, me dice as&iacute;. Yo, gracias a Dios,     ... ya me siento como libre, antes no estaba libre, antes estaba como ah&iacute;     amarrada, y a la corporaci&oacute;n...siempre le doy las gracias ... La verdad es que     esto nos ha servido mucho a las mujeres as&iacute; ... &#91;le digo&#93;: nosotros aprendimos     ah&iacute; modales, el respeto (Zoila G&oacute;mez, entrevista, 3 de junio de 2000).</p>   </blockquote>     <p align="justify">El nuevo modelo   de liderazgo genera o expresa, adem&aacute;s, el distanciamiento generacional entre   los l&iacute;deres tradicionales y los emergentes. Los nuevos l&iacute;deres son nacidos o   criados en la ciudad y a diferencia de sus predecesores que debieron aprender a   moverse en los laberintos de la burocracia y del formalismo jur&iacute;dico, tienen   cada vez m&aacute;s como interlocutores y referentes a las ONG, que exigen competencias distintas, especialmente, la t&eacute;cnica de   elaboraci&oacute;n y ejecuci&oacute;n de proyectos. Ellas seleccionan a miembros de la   comunidad que consideran compatibles con sus fines y los encargan de coordinar   sus programas con lo cual la persona empieza a tener figuraci&oacute;n como <i>l&iacute;der</i>, aunque su prestigio no depende del carisma sino que le es   transferido por la instituci&oacute;n. Como se trata de manejar programas concretos   con grupos espec&iacute;ficos –las mujeres, los ni&ntilde;os, etc&eacute;tera– que no conforman clientelas   ni comunidades sino grupos de <i>usuarios</i>, el liderazgo es especializado y circunstancial e implica una   acci&oacute;n social disgregada. Aunque la gente percibe las ONG como apol&iacute;ticas o, incluso, antisistema, ellas no est&aacute;n siempre   desconectadas de la pol&iacute;tica, sobre todo cuando se trata de organizaciones   locales cuyos funcionarios pueden ser asimilados o utilizados por los   pol&iacute;ticos. Estos, por su parte, han empezado a crear organizaciones de ese tipo   y con esa denominaci&oacute;n, y lo mismo ha hecho el paraestado.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Pero el estado   sigue incidiendo decisivamente sobre las formas del liderazgo popular. Para   desarrollar las pol&iacute;ticas actuales –como es, en vivienda, la organizaci&oacute;n de   las OPV– ya no requiere de los l&iacute;deres formados en la l&iacute;nea de la   acci&oacute;n comunal sino de <i>promotores sociales</i>, en lo que coincide con las ONG. Por su parte, los l&iacute;deres tradicionales tratan de mantener su   vigencia adapt&aacute;ndose a los nuevos par&aacute;metros: &quot;En esa &eacute;poca se hac&iacute;a as&iacute;   &#91;invasiones&#93;, ahora ya no, ahora se presenta es proyectos, planes de vivienda;   por eso estoy diciendo que voy a presentar un plan de vivienda para el a&ntilde;o 2001&quot;, dijo un antiguo l&iacute;der. Al hacerlo empiezan a actuar como   promotores y peque&ntilde;os empresarios al punto de que en muchos casos no es f&aacute;cil   determinar qu&eacute; papel est&aacute;n asumiendo cuando adquieren un terreno y venden los   lotes mientras gestionan ayudas oficiales para la construcci&oacute;n de las   viviendas. Esta doble funci&oacute;n genera necesariamente conflictos de inter&eacute;s, crea   desconfianza en la comunidad, privatiza la acci&oacute;n comunitaria y desdibuja la   funci&oacute;n social del liderazgo<a href="#pie19" name="spie19"><sup>19</sup></a>.</p>     <p align="justify">Una variante de   este tipo de liderazgo es la que ejercen los llamados <i>l&iacute;deres de los desplazados </i>–aunque   en m&aacute;s de un caso existen dudas sobre la autenticidad de esta condici&oacute;n–. Ellos   re&uacute;nen un grupo de desplazados en una asociaci&oacute;n con personer&iacute;a jur&iacute;dica. Su   actividad consiste en gestionar ayudas para sus asociados en las instancias   estatales, sobre todo ante la Red de Solidaridad Social y el Incora, pues no   tienen mayor audiencia en las ONG. Su funci&oacute;n respecto a la comunidad es, m&aacute;s que promover su   organizaci&oacute;n y participaci&oacute;n, lograr que ella les delegue su representaci&oacute;n   para poder hablar y actuar en su nombre, lo cual los posiciona frente a las   instituciones. Estas los necesitan como mediadores en la relaci&oacute;n con los   desplazados y para cumplir el principio constitucional de <i>participaci&oacute;n ciudadana, </i>puesto que los   l&iacute;deres asumen la representaci&oacute;n de los desplazados en las instituciones o en   los comit&eacute;s gubernamentales; y los desplazados los necesitan porque saben   expresarse, tienen contactos, conocen la ciudad y, sobre todo, conocen la   legislaci&oacute;n y la administraci&oacute;n p&uacute;blica. Como contraprestaci&oacute;n a su actividad   los l&iacute;deres perciben ingresos<a href="#pie20" name="spie20"><sup>20</sup></a>, lo cual ser&iacute;a la condici&oacute;n para que –legalmente– deje de   reconoc&eacute;rseles como <i>desplazados</i>; a algunos, incluso, se les   han asignado parcelas para su reubicaci&oacute;n en el campo, pero ni las trabajan ni viven   en ellas y contin&uacute;an dedicados a su actividad citadina.</p> </font>     <p align="justify"><font size="3" face="verdana"><b>RUPTURAS Y CONTINUIDADES EN LOS MOVIMIENTOS SOCIALES: LA INVASI&Oacute;N DE 2000</b></font></p> <font size="2" face="verdana">     <p align="justify">A PESAR DE   UBICARSE EN LA TRADICI&Oacute;N QUE HEMOS DESCRITO, LA INVASI&Oacute;N de 2000 expresa y constituye en s&iacute; misma la ruptura del dispositivo de   urbanizaci&oacute;n por invasi&oacute;n que se hab&iacute;a conformado durante medio siglo. Esta   ruptura implica redefiniciones en cuanto a las funciones y conceptos estatales   en relaci&oacute;n con la subalternidad, las pr&aacute;cticas y significados de lo que es <i>invasi&oacute;n</i>, los actores sociales y el   liderazgo popular.</p>     <p align="justify"><b>El contexto normativo,   pol&iacute;tico e ideol&oacute;gico de la invasi&oacute;n</b></p>     <p align="justify">EN EL PRIMER   &Aacute;MBITO DE REDEFINICIONES ENCONTRAMOS LAS NORMAS que   trastocan los conceptos y las pr&aacute;cticas mediante los cuales la gente hab&iacute;a   interpretado la legislaci&oacute;n y desafiado o manipulado las pol&iacute;ticas oficiales.   Se trata de la ley que incrementa las penas a los invasores y urbanizadores   ilegales<a href="#pie21" name="spie21"><sup>21</sup></a>, que fue interpretada popularmente como la <i>prohibici&oacute;n de invadir</i>; y del decreto   presidencial que suspendi&oacute; la construcci&oacute;n de vivienda y la reemplaz&oacute; por   subsidios que se otorgan a personas que demuestren tener un lote –o su   equivalente en dinero–<a href="#pie22" name="spie22"><sup>22</sup></a>. La ley oblig&oacute; tambi&eacute;n a las ciudades a ce&ntilde;ir su desarrollo a   planes de ordenamiento territorial (POT)<a href="#pie23" name="spie23"><sup>23</sup></a>, de manera que en las discusiones del plan para Monter&iacute;a en 2000 se introdujo el problema de las invasiones: se afirm&oacute; que se   opon&iacute;an a &eacute;l porque afectaban la <i>morfolog&iacute;a del     municipio </i>y que se deb&iacute;a obligar a los invasores &quot;a negociar espacios   p&uacute;blicos y cumplir normas elementales de equipamiento urbano&quot; (<i>El Meridiano</i>, 1 de marzo de 2000, p. 3A).</p>     <p align="justify">El hecho es que   para 2000 hab&iacute;an desaparecido las condiciones jur&iacute;dicas, pol&iacute;ticas y   simb&oacute;licas que hab&iacute;an hecho viable el dispositivo de urbanizaci&oacute;n por invasi&oacute;n.   En efecto, los cambios legislativos hab&iacute;an anulado la posibilidad de pensar y   de hacer <i>invasiones legales</i>: la idea de   ilegalidad se hab&iacute;a impuesto, al tiempo que se hab&iacute;a suspendido la adquisici&oacute;n   de tierra para construcci&oacute;n de vivienda por lo que en la ciudad no hab&iacute;a lotes   estatales que fueran susceptibles de ser invadidos. De otra parte, las ACCU hab&iacute;an cohibido dr&aacute;sticamente la protesta social. La conjunci&oacute;n   de estos factores llev&oacute; al represamiento de la necesidad de vivienda y de su   expresi&oacute;n p&uacute;blica; para entonces, el d&eacute;ficit en los estratos uno y dos se   calculaba en 19.048 viviendas (<i>El Meridiano</i>, 1 de marzo de 2000, p. 3 A).</p>     <p align="justify">Las nuevas   circunstancias jur&iacute;dico-pol&iacute;ticas llevaron a los invasores a buscar escenarios   y estrategias para sustraerse a la ilegalidad y al peligro: invadieron lotes   privados pero advirtiendo que no pretend&iacute;an quedarse en ellos –a menos que los   pudieran comprar con apoyo del gobierno–, por lo que la invasi&oacute;n ya no lo fue   en el sentido radical del t&eacute;rmino sino que se transform&oacute; en una manera de   comunicar una necesidad y de presionar una soluci&oacute;n: &quot;No nos hemos tomado   dichos terrenos con fin de robo, sino por una necesidad de vivienda social con   el sano conocimiento de que son predios privados y que debemos pagarlos&quot;, afirmaron   los invasores en un comunicado a la opini&oacute;n p&uacute;blica<a href="#pie24" name="spie24"><sup>24</sup></a>. Conscientes de que la invasi&oacute;n era un delito, la estrategia de   los invasores fue mantenerse en el l&iacute;mite entre la l&iacute;nea de transgresi&oacute;n<a href="#pie25" name="spie25"><sup>25</sup></a> oficialmente definida y las pr&aacute;cticas de invasi&oacute;n tradicionales,   con lo cual pretend&iacute;an darle un matiz –o una perspectiva– legal a su acto y   escapar a una identidad (<i>invasor</i>) que hab&iacute;a devenido judicializable y pod&iacute;a enfrentarlos al paraestado.   Estas circunstancias determinaron la invisibilidad de los l&iacute;deres –en todas las   invasiones se expusieron pancartas anunciando: <i>Todos somos l&iacute;deres</i>–, lo cual significaba   una diferencia fundamental con las invasiones anteriores.</p>     <p align="justify">La conciencia de   la ilegalidad no elimin&oacute;, sin embargo, la idea de legitimidad de la invasi&oacute;n, y   los invasores resaltaron esta condici&oacute;n al impugnar y deslegitimar   instituciones estatales, como aparece en una carta dirigida al alcalde en la   que cuestionan el hecho de que partidas presupuestales para vivienda no hubieran   sido ejecutadas por los municipios (<i>El Meridiano</i>, 24 de febrero de 2000, p. 4B), lo que implicaba desidia o corrupci&oacute;n; invocan el derecho   constitucional –incumplido– a una vivienda digna (art&iacute;culo 51) y, sobre todo, se&ntilde;alan la inmoralidad del estado que conoce   las necesidades de los pobres y puede solucionarlas pero no lo hace, lo cual es   un comportamiento que legitima la invasi&oacute;n: &quot;&eacute;l &#91;el Inscredial&#93; no ve&iacute;a la   necesidad que ten&iacute;a la gente de vivienda, ni la ve&iacute;a ni la ve &#91;porque&#93; el gobierno   tiene esa visi&oacute;n: se hace el que desconoce la necesidad&quot; (taller Candelaria, 8 de julio de 2000).</p>     <p align="justify">Puede afirmarse   entonces que, aunque estructuralmente concatenado en la sucesi&oacute;n de invasiones   urbanas, el movimiento social de 2000 no sigui&oacute; el gui&oacute;n preestablecido y m&aacute;s bien se fue desplegando   entre las encrucijadas de las l&iacute;neas de transgresi&oacute;n definidas por las normas   coexistentes, que influyen decisivamente en el desenvolvimiento del conflicto y   determinan las estrategias.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b>Los actores sociales:   estrategia y legitimidad</b></p>     <p align="justify">EL HECHO DE QUE   LA INVASI&Oacute;N NO SE EFECTUARA EN TERRENOS ESTATALES hizo que en esta ocasi&oacute;n el estado no fuera ya la <i>v&iacute;ctima </i>ni el <i>c&oacute;mplice </i>y que debiera asumir su   papel como &aacute;rbitro y garante de los derechos contradictorios exigidos, de un   lado, por los propietarios de los lotes que demandaban la protecci&oacute;n de sus   bienes y, del otro, por los invasores que invocaban derechos sociales y   constitucionales; pero, incapaz de garantizar unos y otros, respondi&oacute; con la   fuerza desencadenando –en ese momento s&iacute;– el conflicto. La defensora del Pueblo   dijo que la principal lecci&oacute;n de la invasi&oacute;n para el estado era que &quot;las bombas   se tienen que desactivar a tiempo&quot;, y que tiene que &quot;jugarle limpio a la   sociedad&quot;, es decir, no hacer promesas falsas como las que los pol&iacute;ticos –incluido   el presidente de entonces– hab&iacute;an hecho en relaci&oacute;n con la vivienda en la   anterior campa&ntilde;a electoral (Mar&iacute;a Milena Andrade, entrevista, 11 de julio de 2000). Hacia all&iacute;   apuntaron tambi&eacute;n los invasores cuando cuestionaron la intervenci&oacute;n de los   pol&iacute;ticos en el dispositivo de invasi&oacute;n. No s&oacute;lo no se recurri&oacute; a ellos sino   que fueron impugnados abiertamente como se expone en un comunicado enviado a la   prensa:</p>     <blockquote>       <p align="justify">Le decimos a     concejales, diputados, parlamentarios, alcaldes inclusive al mismo presidente     que no cuenten con un solo voto de nosotros los que estamos aqu&iacute; asinados (<i>sic</i>) buscando un lotesito, para       ubicar a nuestros hijos que son el futuro de Colombia en un ma&ntilde;ana<a href="#pie26" name="spie26"><sup>26</sup></a>.</p>   </blockquote>     <p align="justify">Los invasores   contestaron tambi&eacute;n los conceptos oficiales sobre urbanizaci&oacute;n. Cuando,   levantadas las invasiones, el alcalde los reuni&oacute; para informarles las nuevas   pol&iacute;ticas de vivienda y las disposiciones del POT que pretend&iacute;an &quot;un crecimiento arm&oacute;nico y ordenado de la   ciudad... &#91;y&#93; cubrir con servicios p&uacute;blicos b&aacute;sicos los nuevos asentamientos&quot; (<i>El Universal</i>, 10 de abril de 2000, p. 1A), los invasores debatieron estos conceptos hasta lograr que el   dinero que se iba a invertir en la instalaci&oacute;n de servicios p&uacute;blicos se   utilizara en la adquisici&oacute;n de m&aacute;s tierra para ampliar el cupo de los   beneficiados, con lo cual impusieron significados culturales de vivienda y   urbanizaci&oacute;n<a href="#pie27" name="spie27"><sup>27</sup></a> as&iacute; como la definici&oacute;n popular de prioridades: lo esencial es   tener un lugar <i>donde parar un rancho</i>, y se preserv&oacute;   a las comunidades de un conflicto interno por el acceso a recursos escasos,   aunque bajo el punto de vista urban&iacute;stico se acentuaran los problemas de la   ciudad.</p>     <p align="justify">La invasi&oacute;n   muestra, igualmente, el resquebrajamiento del modelo de liderazgo popular que   hab&iacute;a prevalecido hasta entonces como elemento fundamental del sistema   pol&iacute;tico. Surge un tipo de liderazgo que, aun cuando combina elementos de los   anteriores, es moldeado por el contexto mismo de la invasi&oacute;n. Si el dispositivo   tradicional de invasi&oacute;n se basaba en la personificaci&oacute;n y en la representaci&oacute;n de   la comunidad por el l&iacute;der, y en el control ejercido por &eacute;ste sobre los   invasores, en la de 2000 los l&iacute;deres optaron, como ya se dijo, por invisibilizarse o   disolverse en el colectivo como estrategia para sustraerse a la judicializaci&oacute;n   o a una eventual reacci&oacute;n de las <i>fuerzas oscuras</i>, una de las maneras como se denomina a los poderes   paraestatales u ocultos. La ausencia de l&iacute;deres explica el <i>desorden</i><a href="#pie28" name="spie28"><sup>28</sup></a> de la invasi&oacute;n y su car&aacute;cter espont&aacute;neo: &quot;Vi que estaban   invadiendo y yo tambi&eacute;n me met&iacute;&quot;, afirmaron muchos invasores. Adem&aacute;s, el   car&aacute;cter multitudinario que el evento adquiere desborda a quienes van asumiendo   alguna representaci&oacute;n la cual no implica autoridad ya que los invasores s&oacute;lo   los autorizan a actuar como sus voceros, subordin&aacute;ndolos al grupo, como lo   muestra el incidente que se present&oacute; cuando, despu&eacute;s de una reuni&oacute;n de la mesa   de concertaci&oacute;n, se extendi&oacute; el rumor de que algunos voceros hab&iacute;an firmado un   compromiso de desalojo:</p>     <blockquote>       <p align="justify">Cuando salimos,     la gente llorando, y yo: &quot;&iquest;La gente por qu&eacute; llora?&quot;, los de afuera, los de all&aacute;     de Furatena. Y voltea un muchacho y me dice &quot;&iexcl;Firmaste el desalojo!&quot;, llorando.     &#91;Fue porque&#93; el alcalde me cogi&oacute; y me agarr&oacute; as&iacute; y me dijo que no me estuviera     dando tanto la cara as&iacute;, y como que me abraz&oacute;. Cuando yo sal&iacute; me dijo un     hombre: &quot;... T&uacute; estabas abrazada con el alcalde, te vendiste&quot;. Yo dije: &quot;Yo no estaba     abrazada con el alcalde, el alcalde me tom&oacute; la mano y me estaba dando como     especie de consejo&quot;. La gente llorando y dici&eacute;ndome que yo era una traidora...<a href="#pie29" name="spie29"><sup>29</sup></a>.</p>   </blockquote>     <p align="justify">Vemos aqu&iacute; una   diferencia radical con la posici&oacute;n y con el significado emocional y simb&oacute;lico   de los l&iacute;deres en las invasiones del pasado, los cuales se expresan en este   relato:</p>     <blockquote>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Nosotros le     festej&aacute;bamos como l&iacute;der que era y es que entonces nosotros cre&iacute;amos y     confi&aacute;bamos en ella: lo que hiciera estaba bien hecho y lo que dijera estaba bien     dicho y nosotros march&aacute;bamos detr&aacute;s de ella... Ella era como una madre, una     madre para nosotros ... Ella era la l&iacute;der, ella era la que diligenciaba todo (taller     Santa Rosa, 9 de julio de 2000).</p>   </blockquote>     <p align="justify">Se entiende as&iacute;   que el resultado de la invasi&oacute;n de 2000 no hayan sido <i>comunidades </i>aglutinadas en torno a sus l&iacute;deres sino agrupaciones de personas   que por motivos dis&iacute;miles resultaron juntas en la invasi&oacute;n y se organizaron por   medio de OPV. La funci&oacute;n administrativa que asumieron entonces los   directivos de las organizaciones llev&oacute; a que se les reconociera, m&aacute;s que como   l&iacute;deres, como promotores, y fue solo m&aacute;s tarde, en la gesti&oacute;n de los proyectos   de vivienda y al iniciarse la conformaci&oacute;n de los barrios, cuando enfrentaron   el reto de <i>hacer </i>la comunidad y de asumir un liderazgo m&aacute;s asociado con el carisma.</p>     <p align="justify">Mientras tanto,   tuvieron que integrar a su funci&oacute;n de promotores sociales la capacidad que   ten&iacute;an los l&iacute;deres de la primera generaci&oacute;n para moverse en el mapa legal e   institucional del estado. A la vez, desarrollaron sus propias estrategias. Por   ejemplo, la desconfianza respecto a las instituciones locales los llev&oacute; a   contactar directamente el centro administrativo (Bogot&aacute;): los ex invasores   financiaron estad&iacute;as de los directivos en la capital para que gestionaran   directamente en los ministerios el desembolso del pr&eacute;stamo prometido por el   gobierno; su objetivo era impedir que los pol&iacute;ticos <i>sacaran tajada </i>del presupuesto asignado.   Esta capacidad de acceder al centro empoder&oacute; a los l&iacute;deres no s&oacute;lo frente a sus   comunidades sino frente a los funcionarios y pol&iacute;ticos locales lo cual fue,   probablemente, uno de los factores que influy&oacute; para impedir que estos se   apropiaran del triunfo que constituy&oacute; para los invasores el movimiento y de las   organizaciones surgidas de &eacute;l<a href="#pie30" name="spie30"><sup>30</sup></a>.</p>     <p align="justify">No obstante, por   pragmatismo, impotencia o determinaci&oacute;n hist&oacute;rica, estos l&iacute;deres tratan hoy no   tanto de derrotar al clientelismo o a los pol&iacute;ticos como de utilizarlos de   manera que apoyen sus proyectos o las comunidades obtengan beneficios, lo que   indicar&iacute;a que la invasi&oacute;n de 2000, m&aacute;s que la   erradicaci&oacute;n del clientelismo, determin&oacute; una readaptaci&oacute;n del sistema a las nuevas   circunstancias. De hecho, muchos se dicen dispuestos a aceptar los   ofrecimientos de los pol&iacute;ticos y, aunque ya no consideran comprometida su   lealtad ni se sienten obligados a cumplir con <i>darles </i>el voto, lo que cuestionan no es el hecho de negociar el voto   sino la falta de correspondencia entre los t&eacute;rminos del intercambio –la   contraprestaci&oacute;n–. La desconfianza respecto a los pol&iacute;ticos es, sin embargo,   cosa instaurada, y aunque no puede decirse que el cuestionamiento al, y el   enfrentamiento del sistema pol&iacute;tico haya tenido consecuencias definitivas sobre   el mismo o que las costumbres pol&iacute;ticas se hayan transformado, es indudable que   la invasi&oacute;n de 2000 expuso el resquebrajamiento de los discursos y las pr&aacute;cticas de poder   establecidos, cuestion&oacute; emp&iacute;rica y discursivamente al estado y, aun cuando para   hacerlo utiliz&oacute; sus significados, as&iacute; como los del paraestado, ambos fueron   desafiados por la mera realizaci&oacute;n de un movimiento que reivindicaba el poder   de los subalternos<a href="#pie31" name="spie31"><sup>31</sup></a>.</p> <hr size="1"> </font>     <p align="justify"><font size="3" face="verdana"><b>Notas</b></font></p> <font size="2" face="verdana">     <p align="justify"><a href="#s*" name="*"><sup>*</sup></a> El   trabajo de campo se efectu&oacute; en el marco del proyecto <i>Etnograf&iacute;as de casos de juridicidades alternativas en contextos     de conflicto</i>, codirigido por la autora y el antrop&oacute;logo Robert Dover,   financiado por Colciencias, la Universidad de Antioquia y el Instituto   Colombiano de Antropolog&iacute;a e Historia. Participaron en el proyecto en C&oacute;rdoba   la antrop&oacute;loga Mar&iacute;a Luc&iacute;a Sotomayor y los estudiantes Sandra Mendoza y David Esteban Molina.</p>     <p align="justify"><a href="#spie1" name="pie1">1</a>. Este   t&eacute;rmino se usa aqu&iacute; para indicar una organizaci&oacute;n pol&iacute;tico-militar paralela al   estado, en este caso, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC),   confederaci&oacute;n nacional de organizaciones paramilitares, y la organizaci&oacute;n   regional Autodefensas Campesinas de C&oacute;rdoba y Urab&aacute; (ACCU).</p>     <p align="justify"><a href="#spie2" name="pie2">2</a>. En   este sentido desarrolla una <i>pol&iacute;tica cultural</i>,   entendiendo el concepto no en su sentido ortodoxo que explora los v&iacute;nculos con   el poder a partir de formas y an&aacute;lisis textuales sino, como lo propone Escobar,   a partir de las pr&aacute;cticas y las acciones concretas de los movimientos sociales,   es decir, de las intervenciones pol&iacute;ticas (Escobar et al., 2001: 24).</p>     <p align="justify"><a href="#spie3" name="pie3">3</a>. Esta   es la forma como se ha designado en C&oacute;rdoba a las personas que promueven o   participan en la ocupaci&oacute;n de tierras rurales o urbanas; el acto de invadir y   el asentamiento resultante de &eacute;l se denominan <i>invasi&oacute;n</i>.</p>     <p align="justify"><a href="#spie4" name="pie4">4</a> El   ofrecimiento se hizo por medio de la Fundaci&oacute;n para la Paz de C&oacute;rdoba   (Funpazcor) creada a&ntilde;os antes por la familia de Carlos Casta&ntilde;o, el jefe de las AUC.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#spie5" name="pie5">5</a>. Por   ejemplo, asesinatos de los ind&iacute;genas embera del alto Sin&uacute;, acosados tanto por   la guerrilla como por los paramilitares, y homicidios de delincuentes comunes   como <i>limpieza </i>social.</p>     <p align="justify"><a href="#spie6" name="pie6">6</a>. Romero   se refiere a &quot;la desmovilizaci&oacute;n social causada por el terror&quot; (2003: 144). Seg&uacute;n Pearce, entre 1985 y 1987 hubo en el pa&iacute;s un crecimiento de los movimientos populares   -registra cuarenta y tres marchas campesinas, movilizaciones y un paro c&iacute;vico   en el nororiente que moviliz&oacute; 200 mil personas-, pero   desde 1988 la protesta social se atenu&oacute; debido a factores como la represi&oacute;n   estatal, la polarizaci&oacute;n social, el desgaste de las formas de reivindicaci&oacute;n y   la atomizaci&oacute;n de la acci&oacute;n c&iacute;vica; cita datos del Cinep seg&uacute;n los cuales, de   setenta y una huelgas analizadas, treinta y tres fueron enfrentadas con   represi&oacute;n militar -allanamientos, arrestos, toque de queda- (1992: 252-253).</p>     <p align="justify"><a href="#spie7" name="pie7">7</a>. La   ley define al desplazado como &quot;toda persona que se ha visto forzada a migrar   dentro del territorio nacional abandonando su localidad de residencia o   actividades econ&oacute;micas habituales, porque su vida, su integridad f&iacute;sica, su   seguridad o libertad personales han sido vulneradas o se encuentran   directamente amenazadas, con ocasi&oacute;n de cualquiera de las siguientes   situaciones: conflicto armado interno, disturbios y tensiones interiores,   violencia generalizada, violaciones masivas de los derechos humanos,   infracciones al derecho internacional humanitario u otras circunstancias   emanadas de las situaciones anteriores que puedan alterar o alteren   dr&aacute;sticamente el orden p&uacute;blico&quot; (art&iacute;culo 2&deg;,   decreto 2569 de 12 de diciembre de 2000, del Ministerio del   Interior).</p>     <p align="justify"><a href="#spie8" name="pie8">8</a>. La   oposici&oacute;n de los campesinos coincide con la de hacendados, que no quieren tener   desplazados en la vecindad por la sospecha de que sean guerrilleros.</p>     <p align="justify"><a href="#spie9" name="pie9">9</a>. En 1883 el estado de Bol&iacute;var, al que pertenec&iacute;a el actual departamento   de C&oacute;rdoba, ten&iacute;a 3&acute;960.875 ha de bald&iacute;os (Ocampo, en prensa).</p>     <p align="justify"><a href="#spie10" name="pie10">10</a>. Es   por esto que los lotes invadidos eran, invariablemente, de propiedad estatal,   de preferencia aquellos adquiridos para construir viviendas; registr&eacute; un caso   de invasi&oacute;n de terrenos eclesi&aacute;sticos, pero este tipo de propiedad sugiere lo   p&uacute;blico por tratarse de una entidad que puede ser asimilada al estado.</p>     <p align="justify"><a href="#spie11" name="pie11">11</a>. El   alcalde deb&iacute;a iniciar un proceso de restituci&oacute;n demostrando la propiedad y   certificar que se trataba de un bien de uso p&uacute;blico; a los invasores se les   notificaba de la ilegalidad del acto y se les instaba a desocupar   voluntariamente; de no hacerlo, la fuerza p&uacute;blica deb&iacute;a entrar a desalojar.   Pero, como lo expuso el peri&oacute;dico <i>El Tiempo </i>durante   la invasi&oacute;n, la acumulaci&oacute;n de casos en despachos y la lentitud de tr&aacute;mites   judiciales contribu&iacute;an a que un proceso de restituci&oacute;n de bienes -desalojo de invasores-   durara hasta doce a&ntilde;os, cuando no deb&iacute;a pasar de seis meses (<i>El Tiempo</i>, 8 de   marzo de 2000, p. 6 A).</p>     <p align="justify"><a href="#spie12" name="pie12">12</a>. Archivo   Secretar&iacute;a de Gobierno, peticiones recibidas el 15 de   marzo 2000, el 23 de febrero de 2000 y el 10 de   marzo 2000.</p>     <p align="justify"><a href="#spie13" name="pie13">13</a>. M&aacute;s   adelante se caracterizar&aacute; el clientelismo del que nos ocupamos aqu&iacute;. Sin   embargo, opera seg&uacute;n la definici&oacute;n corriente como intercambio interpersonal en   el que diferencias de estatus socioecon&oacute;mico fundamentan una amistad   instrumental en el marco de la cual un patr&oacute;n usa sus recursos para proteger a   clientes que le retribuyen con su apoyo; se basa en la insuficiencia de la   satisfacci&oacute;n institucionalizada de necesidades (Leal y D&aacute;vila, 1990).</p>     <p align="justify"><a href="#spie14" name="pie14">14</a>. Sucedido   actualmente en la gobernaci&oacute;n por su sobrino Jos&eacute; Libardo L&oacute;pez Cabrales,   hermano de Juan Manuel L&oacute;pez Cabrales, senador, jefe del movimiento Mayor&iacute;as   Liberales que representa al oficialismo liberal en el departamento.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#spie15" name="pie15">15</a>. La   apropiaci&oacute;n pol&iacute;tica de las instituciones se constata en hechos como la amenaza   que le hicieron al senador conservador Julio Manzur Abdala los miembros de El   C&iacute;rculo, un grupo pol&iacute;tico de su partido, en caso de que no les entregara la   direcci&oacute;n del ICBF: retirarle el respaldo de un diputado y dos concejales, con la   posibilidad de convencer a otros pol&iacute;ticos y l&iacute;deres de asumir la misma   posici&oacute;n, disminuyendo as&iacute; sus posibilidades de reelecci&oacute;n (<i>El Meridiano</i>, 16 de   mayo de 2001, p. 3A).</p>     <p align="justify"><a href="#spie16" name="pie16">16</a>. Esto   se evidencia, por ejemplo, en el hecho de que congresistas que han sido   despojados de la investidura -lo que significa la <i>muerte pol&iacute;tica</i>- han transferido sus   votos a parientes, quienes han sido elegidos y han tomado as&iacute; su lugar en el   Congreso.</p>     <p align="justify"><a href="#spie17" name="pie17">17</a>. Los <i>l&iacute;deres </i>presentan caracter&iacute;sticas y   ejercen funciones muy dis&iacute;miles, pero acogemos la definici&oacute;n local del   liderazgo cuyo criterio es la capacidad de organizar una comunidad para el   logro de un objetivo, de representarla y de hablar en su nombre. Para una   visi&oacute;n comparativa entre este tipo de liderazgo pol&iacute;tico y el ejercido en el   centro del pa&iacute;s, v&eacute;ase el trabajo de Carlos Miguel Ortiz sobre los gamonales o   jefes pol&iacute;ticos en el Quind&iacute;o (1985). V&eacute;ase tambi&eacute;n Deas, 1973.</p>     <p align="justify"><a href="#spie18" name="pie18">18</a>. La   cual, seg&uacute;n Escobar (1996: 143-144), frustr&oacute; en Am&eacute;rica latina un movimiento ecl&eacute;ctico de   autonom&iacute;a que comprend&iacute;a lo cultural, lo social y lo econ&oacute;mico -econom&iacute;as   nacionales-.</p>     <p align="justify"><a href="#spie19" name="pie19">19</a>. Un   caso muestra a un directivo de una OPV que   admiti&oacute; haber adquirido, con otros directivos, terrenos que colocaron a nombre   de la organizaci&oacute;n, lo que habr&iacute;an efectuado con la aquiescencia del alcalde y   del coordinador del &aacute;rea de vivienda de la alcald&iacute;a; dijo que pensaban pagar   los terrenos con lo recaudado de la venta de los lotes (<i>El Meridiano</i>, 18 de   abril de 2002, p. 1B).</p>     <p align="justify"><a href="#spie20" name="pie20">20</a>. Los   ingresos de los l&iacute;deres comunitarios es un asunto sobre el cual fue imposible   obtener informaci&oacute;n precisa. La mayor&iacute;a asume su funci&oacute;n como actividad   profesional y cuando hay proyectos en curso se dedican a ellos de manera   exclusiva. En general, los asociados est&aacute;n de acuerdo con que perciban una   remuneraci&oacute;n proveniente de sus aportes, pero como no se estipula un monto   exacto y los informes financieros muchas veces no existen o son confusos, se   generan constantemente sospechas y rumores sobre el destino de los fondos.   Cuando el proyecto implica la compra de terrenos se sospecha la posibilidad de   acuerdos fraudulentos entre los vendedores, los l&iacute;deres y los funcionarios   involucrados en la negociaci&oacute;n.</p>     <p align="justify"><a href="#spie21" name="pie21">21</a>. El   c&oacute;digo anterior penalizaba el delito de invasi&oacute;n de tierras o edificios con   pena de entre uno y tres a&ntilde;os de prisi&oacute;n y multa de mil a veinte mil pesos   (decreto 100 de 1980, art&iacute;culo 367). La ley 308 de 1996 aument&oacute; la pena de prisi&oacute;n a entre dos y cinco a&ntilde;os para &quot;el que   con el prop&oacute;sito de obtener para s&iacute; o para un tercero provecho il&iacute;cito, invada   terreno o edificaci&oacute;n ajenos&quot;; adem&aacute;s, aument&oacute; la pena hasta en la mitad para   el promotor, organizador o director de la invasi&oacute;n.</p>     <p align="justify"><a href="#spie22" name="pie22">22</a>. Decreto   presidencial 824 de 1999, Nueva pol&iacute;tica de vivienda: &quot;Cambio para construir la paz&quot;.</p>     <p align="justify"><a href="#spie23" name="pie23">23</a>. Ley 388 de 1997 que define acciones para orientar el desarrollo y regular la   ocupaci&oacute;n y transformaci&oacute;n del territorio y del espacio f&iacute;sico, y decreto 879 de   mayo de 1998 que reglamenta la ley.</p>     <p align="justify"><a href="#spie24" name="pie24">24</a>. Secretar&iacute;a   de Gobierno, recibido el 1 de marzo de 2000.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#spie25" name="pie25">25</a>. <i>L&iacute;nea de transgresi&oacute;n </i>define el l&iacute;mite entre   un comportamiento sociojur&iacute;dico permitido y otro que genera conflicto. El   concepto adquiere relevancia en contextos de yuxtaposici&oacute;n normativa donde la   gente tiene que adquirir la capacidad para reconocer esos l&iacute;mites y orientarse   en ellos (Dover y Ocampo, 2003).</p>     <p align="justify"><a href="#spie26" name="pie26">26</a>. Secretar&iacute;a   de Gobierno, recibido el 1 de marzo de 2000.</p>     <p align="justify"><a href="#spie27" name="pie27">27</a>. Llevaron   al gobierno a aceptar que, contraviniendo las normas de urbanizaci&oacute;n, en vez de   alcantarillados se construyeran letrinas y en lugar de acueducto, fuentes   comunales.</p>     <p align="justify"><a href="#spie28" name="pie28">28</a>. El <i>desorden </i>era en parte real y en parte   aparente; el abigarramiento daba la sensaci&oacute;n de lo primero, pero, como es   usual en las invasiones, cada lote se delimit&oacute; estrictamente con cuerdas, se   se&ntilde;alaron <i>manzanas </i>y se le coloc&oacute; nomenclatura a los   lotes; cada invasi&oacute;n fue dividida en sectores y se hicieron censos de los   participantes.</p>     <p align="justify"><a href="#spie29" name="pie29">29</a>. El   conflicto entre intereses comunitarios y privados, la extensi&oacute;n de los <i>vicios pol&iacute;ticos </i>del medio oficial a   las organizaciones populares, y el contexto general de justicias paralelas,   tuvieron una expresi&oacute;n tr&aacute;gica en 2002 con   el asesinato de la autora de este relato y su compa&ntilde;ero, ambos actores de la   invasi&oacute;n y directivos de una OPV. El homicidio   se produjo en un marco de denuncias de irregularidades que compromet&iacute;an   organizaciones, l&iacute;deres populares y funcionarios estatales (<i>El Meridiano</i>, 5 de   abril de 2002, p.1B; 21 de julio de 2002, p. 1B; 24 de julio, &quot;Editorial&quot;, p. 5A; 31 de julio de 2002, p. 1; 18 de julio de 2002, p. 1B).</p>     <p align="justify"><a href="#spie30" name="pie30">30</a>. El   gobierno municipal pretendi&oacute; intervenir en la adjudicaci&oacute;n de los lotes pero   los directivos de las OPV se opusieron y lo acusaron de desconocer la autonom&iacute;a de las   organizaciones, de propiciar el conflicto -por el descontento que se generar&iacute;a   entre quienes ya ten&iacute;an lotes asignados- y de poner en rid&iacute;culo a los   representantes comunitarios (<i>El Meridiano</i>, 18 de abril de 2002, p. 1B).</p>     <p align="justify"><a href="#spie31" name="pie31">31</a>. Desafi&oacute;,   incluso, concepciones acad&eacute;micas seg&uacute;n las cuales las circunstancias de la <i>ciudadan&iacute;a autoritaria </i>-amenaza latente de   usar la fuerza contra quienes se atrevan a transgredir los l&iacute;mites fijados para   la esfera p&uacute;blica- tienen efectos negativos sobre &quot;las posibilidades   asociativas y de cooperaci&oacute;n civilista de los sectores m&aacute;s pobres o de aquellos   con propuestas de reformas&quot; (Romero, 2003: 161-162).</p> <hr size="1"> </font>     <p align="justify"><font size="3" face="verdana"><b>BIBLIOGRAF&Iacute;A</b></font></p> <font size="2" face="verdana">     <!-- ref --><p align="justify">1. ARCHILA, MAURICIO. 1995. &quot;Tendencias recientes de los movimientos sociales&quot;. En <i>En busca de la estabilidad perdida, actores pol&iacute;ticos y sociales   en los a&ntilde;os noventa. </i>Francisco Leal Buitrago (comp.). Tercer Mundo Editores-Instituto   de Estudios Pol&iacute;ticos y Relaciones Internacionales. Bogot&aacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000161&pid=S0486-6525200300010000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify">2. CENTRO DE ESTUDIOS SOCIALES Y POL&Iacute;TICOS. 1999. <i>Encuentros con la otra Monter&iacute;a</i>. Corporaci&oacute;n Universitaria del Sin&uacute;. Monter&iacute;a.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000163&pid=S0486-6525200300010000800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p align="justify">3. DEAS, MALCOLM. 1973. &quot;Algunas notas sobre la historia del caciquismo en Colombia&quot;. <i>Revista de Occidente</i>. 127.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000165&pid=S0486-6525200300010000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p align="justify">4. DOVER, ROBERT Y GLORIA ISABEL OCAMPO. 2003. &quot;L&iacute;neas de transgresi&oacute;n&quot;. <i>Bolet&iacute;n   de Antropolog&iacute;a. </i>Universidad de Antioquia. Departamento de Antropolog&iacute;a. 17 (34).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000167&pid=S0486-6525200300010000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p align="justify">5. ESCOBAR V., ARTURO. 1998. <i>La invenci&oacute;n del Tercer Mundo. Construcci&oacute;n y deconstrucci&oacute;n del   desarrollo</i>. Editorial Norma. Bogot&aacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000169&pid=S0486-6525200300010000800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p align="justify">6. ESCOBAR, ARTURO, SONIA E. &Aacute;LVAREZ, EVELINA DAGNINO. 2001. <i>Pol&iacute;tica cultural &amp; cultura pol&iacute;tica. Nueva mirada sobre los   movimientos sociales latinoamericanos. </i>Taurus-Instituto   Colombiano de Antropolog&iacute;a e Historia. Bogot&aacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000171&pid=S0486-6525200300010000800006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify">7. FAJARDO, DAR&Iacute;O. 1983. <i>Haciendas, campesinos y pol&iacute;ticas agrarias en Colombia, </i>1920<i>-</i>1980<i>. </i>Oveja Negra. Bogot&aacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000173&pid=S0486-6525200300010000800007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p align="justify">8. GARC&Iacute;A VILLEGAS, MAURICIO. 1993. <i>La eficacia simb&oacute;lica del derecho. Examen de situaciones   colombianas</i>. Ediciones Uniandes. Bogot&aacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000175&pid=S0486-6525200300010000800008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p align="justify">9. GONZ&Aacute;LEZ, FERN&Aacute;N E. 2003. &quot;Acercamiento a una historia <i>desencantada </i>de la movilizaci&oacute;n social en Colombia, 1958-1990&quot;. Presentaci&oacute;n del libro <i>Idas y venidas,   vueltas y revueltas. </i>Mauricio Archila (en prensa). Mimeografiado.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000177&pid=S0486-6525200300010000800009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p align="justify">10. GUTI&Eacute;RREZ ALBERTO Y L&Oacute;PEZ DE MESA BEATRIZ. 1994<i>. </i>&quot;De la acci&oacute;n comunal al movimiento comunal en Antioquia&quot;.   Informe de investigaci&oacute;n. Facultad de Ciencias Sociales y Humanas. Universidad   de Antioquia. Medell&iacute;n.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000179&pid=S0486-6525200300010000800010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p align="justify">11. LEAL, FRANCISCO Y ANDR&Eacute;S D&Aacute;VILA. 1990. <i>Clientelismo: el sistema pol&iacute;tico y su expresi&oacute;n regional. </i>Tercer Mundo. Bogot&aacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000181&pid=S0486-6525200300010000800011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify">12. LEGRAND, CATHERINE. 1988. <i>Colonizaci&oacute;n y protesta campesina en Colombia, </i>1850<i>-</i>1950<i>. </i>Universidad Nacional de Colombia. Bogot&aacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000183&pid=S0486-6525200300010000800012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p align="justify">13. OCAMPO, GLORIA ISABEL. 2004. <i>&quot;Cuando &#39;Marta&#39; era &#39;Marta&#39;....&quot;. Hacienda y colonizaci&oacute;n en el   valle del Sin&uacute; (Caribe colombiano) </i>1881<i>-</i>1956 (en prensa) Universidad de Antioquia. Medell&iacute;n.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000185&pid=S0486-6525200300010000800013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p align="justify">14. ORTIZ, CARLOS MIGUEL. 1985. <i>Estado y subversi&oacute;n en Colombia. La violencia en el Quind&iacute;o a&ntilde;os </i>50. Cerec-Cider. Bogot&aacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000187&pid=S0486-6525200300010000800014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p align="justify">15. PEARCE, JENNY. 1992 (original 1990). <i>Colombia dentro del laberinto</i>. Altamir   Ediciones. Bogot&aacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000189&pid=S0486-6525200300010000800015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p align="justify">16. P&Eacute;CAUT, DANIEL. 1996. &quot;R&eacute;flexions sur la violence en Colombie&quot;. En Fran&ccedil;oise H&eacute;ritier<i>. De la violence</i>. Editions Odile   Jacob. Par&iacute;s.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000191&pid=S0486-6525200300010000800016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify">17. RAM&Iacute;REZ, MAR&Iacute;A CLEMENCIA. 2001. <i>Entre el estado y la guerrilla: identidad y ciudadan&iacute;a en el   movimiento de los campesinos </i>cocaleros <i>del Putumayo</i>. Instituto Colombiano de   Antropolog&iacute;a e Historia-Colciencias. Bogot&aacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000193&pid=S0486-6525200300010000800017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p align="justify">18. ROMERO, MAURICIO. 2003. <i>Paramilitares y autodefensas.</i> 1982<i>-</i>2003. Cinep. Bogot&aacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000195&pid=S0486-6525200300010000800018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <p align="justify"><b>Peri&oacute;dicos</b></p>     <p align="justify"><i>El Tiempo </i>(Bogot&aacute;).</p>     <p align="justify"><i>El Meridiano </i>(Monter&iacute;a).</p>     <p align="justify"><b>Archivos</b></p>     <p align="justify">Secretar&iacute;a de   Gobierno de C&oacute;rdoba.</p>     <p style='text-align:justify'>Seccional   Fiscal&iacute;a de Monter&iacute;a.</p> </font>     ]]></body>
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