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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[In Colombia, the waters of rivers like the Magdalena have become stages for the exposure of terror and loss. However, in this essay I want to propose an alternative approach to water and its relation to violence. Based on the process of fermentation, both as metaphor and material reality, I suggest the possibility of imagining a form of sensual memory brought about by the interaction with waters that contain residues of terror. For this I rely on a series of ethnographic fragments and photographs of daily life in the town of Nueva Venecia, where water impregnated by the residues of a massacre trickles through spaces, instances and stages of the everyday life. These moments open up the possibilities of understanding this relationship with water and its residues as part of a narrative of memory rather than oblivion]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">      <p><font size="4"></font>    <center>   <font size="4"><b>&quot;EN LA CORRIENTE VIAJAN...&quot; </b></font> </center></p>     <p><font size="3">    <center><i>&quot;IN THE CURRENT THEY TRAVEL...&quot;</i> </center></font></p> </font>     <p>&nbsp;  </p>     <p align="center"><font size="2" face="verdana"><b>JUAN ORRANTIA</b>    <br>   ANTROP&Oacute;LOGO VISUAL.     <br>   RESIDENTE POSTDOCTORAL EN EL DEPARTAMENTO DE ARTE DE LA UNIVERSIDAD DE WITWATERSRAND, SUD&Aacute;FRICA     <br>       <a href="mailto:juanorrantia@yahoo.com">juanorrantia@yahoo.com</a>.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center"><font size="2" face="verdana">Fecha de recepci&oacute;n: 12 de diciembre de 2008. Fecha de aceptaci&oacute;n: 15 de marzo de 2010.</font></p> <font face="verdana" size="2"> <hr size="1">     <p align="center"><b>Resumen</b></p>     <p>En Colombia las aguas de r&iacute;os como el Magdalena han sido escenario de la expresi&oacute;n del terror y el olvido. Sin embargo, en este ensayo quiero proponer una mirada alternativa del agua y su relaci&oacute;n con la violencia. A partir del proceso de la fermentaci&oacute;n como met&aacute;fora y realidad material, sugiero la posibilidad de imaginar una forma de memoria sensual que se genera por medio de la interacci&oacute;n con agua saturada con historias de terror. Para esto utilizo una serie de fragmentos etnogr&aacute;ficos y fotograf&iacute;as de la vida diaria en el pueblo de Nueva Venecia en la Ci&eacute;naga Grande, donde el agua que fue impregnada por los residuos de una masacre se filtra en espacios, instantes y escenarios del diario vivir. Estos momentos plantean la posibilidad de leer esta relaci&oacute;n con el agua y sus residuos como parte de una narrativa de memoria en vez de olvido.</p>     <p><b>Palabras clave</b>: agua, terror, narrativas, memoria.</p> <hr size="1">     <p align="center"><b>Abstract</b></p>     <p>In Colombia, the waters of rivers like the Magdalena have become stages for the exposure of terror and loss. However, in this essay I want to propose an alternative approach to water and its relation to violence. Based on the process of fermentation, both as metaphor and material reality, I suggest the possibility of imagining a form of sensual memory brought about by the interaction with waters that contain residues of terror. For this I rely on a series of ethnographic fragments and photographs of daily life in the town of Nueva Venecia, where water impregnated by the residues of a massacre trickles through spaces, instances and stages of the everyday life. These moments open up the possibilities of understanding this relationship with water and its residues as part of a narrative of memory rather than oblivion.</p>     <p><b>Key words: </b>water, terror, narratives, memory.</p> <hr size="1">     <br>     <p align="center"><img src="img/revistas/rcan/v46n1/v46n1a08fig01.gif" width="441" height="312"></p>     <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Cuando los paramilitares declararon que los r&iacute;os de Colombia eran quiz&aacute;s las fosas comunes m&aacute;s grandes del pa&iacute;s, justificaron la pr&aacute;ctica de arrojar cad&aacute;veres al agua como una forma de borrar evidencia. Los testimonios declaraban que si se secaran las aguas de los r&iacute;os colombianos, se encontrar&iacute;a el mayor cementerio del pa&iacute;s. Las cifras para 2006 se refer&iacute;an a 206 cuerpos encontrados en r&iacute;os y estanques, todos con se&ntilde;ales de muertes violentas.<a name="top1"></a><a href="#back1"><sup>1</sup></a> Esta pr&aacute;ctica, y en especial su recurrente uso por parte del aparato de terror paramilitar, quisieron integrar el r&iacute;o y el agua a una estructura para la producci&oacute;n del olvido. Por eso mismo, los r&iacute;os se convirtieron en un espacio simb&oacute;lico que buscaba perpetuar al anonimato de las v&iacute;ctimas cuyos cad&aacute;veres desmembrados eran arrojados a las aguas para desaparecerlos, pero al mismo tiempo para que flotaran a lo largo del territorio como muestra de terror (Comisi&oacute;n Nacional de Reparaci&oacute;n y Reconciliaci&oacute;n, 2008).<a name="top2"></a><a href="#back2"><sup>2</sup></a> Sin embargo, el agua al igual que otros escenarios del terror guarda en s&iacute; la capacidad de generar espacios de memoria.<a name="top3"></a><a href="#back3"><sup>3</sup></a> Aqu&iacute; quiero abrir la posibilidad de ver el agua como algo m&aacute;s que un s&iacute;mbolo del olvido y, por el contrario, pensarla como parte de una narrativa de memoria.</p>     <p>En algunos lugares como Nueva Venecia en la Ci&eacute;naga Grande, el agua marcada y saturada tanto material como metaf&oacute;ricamente por los residuos del terror forma parte de la cotidianidad de las personas. Al ser una sustancia con la que existe una relaci&oacute;n diaria, sensual, el agua saturada forma parte del contexto por medio del cual los sobrevivientes de actos de violencia incorporan el evento de terror a la cotidianidad de la vida &mdash;en vez de su exclusi&oacute;n (Das, V., 2006). Como sustancia cargada de residuos, el agua puede as&iacute; formar parte de una narrativa de memoria que se expresa por medio del ambiente, los cuerpos y las cosas. Las aguas mismas de la ci&eacute;naga, donde en la noche de una masacre hace ya m&aacute;s de ocho a&ntilde;os fueron arrojados los cuerpos de hombres asesinados, son escenario y medio para repensar el silencio y explorar lenguajes alternativos para la interrupci&oacute;n del olvido.</p>     <p>Este ensayo es una recolecci&oacute;n de fragmentos etnogr&aacute;ficos y fotograf&iacute;as de la vida cotidiana en el pueblo de Nueva Venecia, en donde la relaci&oacute;n con el agua es una constante diaria. Pero no por eso quiero hablar de una gente anfibia o de una cultura palaf&iacute;tica (Fals Borda, O., 1986) donde el agua determina un estilo de vida, sino de un lugar donde el agua forma parte de la vida ordinaria y por ende de la producci&oacute;n de la memoria, de las formas en que la vida se narra en distintos lenguajes, muchos de ellos, semi-visibles. Aqu&iacute; el agua rodea las casas, se filtra entre las tablas de los pisos y se extiende con la mirada. Todo se arroja al agua; los deshechos, los residuos, los sue&ntilde;os y hasta los recuerdos. Pero no por eso desaparecen. Por el contrario, se disuelven y permanecen transformados dentro de la sustancia. Es esta realidad y su relaci&oacute;n con la idea de una memoria sensual (Seremetakis, N., 1996) la que me permite imaginar la banalidad del contacto con el agua como parte de un escenario de construcci&oacute;n de memoria. Por eso he querido agrupar estos fragmentos de narraciones, memorias, impresiones e im&aacute;genes sobre el agua en la vida diaria en Nueva Venecia con el fin de sacudir, dentro lo posible, la mirada ausente hacia los cuerpos o sus partes que cayeron a las aguas y con lentitud se deshicieron junto con residuos de madera, peces, hojas y otros elementos org&aacute;nicos bajo la sombra de los &aacute;rboles. Quiero utilizar formas narrativas que si bien est&aacute;n basadas en la realidad, trabajan tambi&eacute;n por medio de la evocaci&oacute;n<a name="top4"></a><a href="#back4"><sup>4</sup></a>, para poder enfrentar condiciones como la presencia de la ausencia, para narrar formas de memoria que surgen en la banalidad de la vida despu&eacute;s del terror, cuando lo que en apariencia se ha deshecho y diluido en tiempo y sustancia reclama su espacio en la imaginaci&oacute;n y la realidad se reh&uacute;sa al olvido.</p>     <br>     <p align="center"><font size="3"><b>1</b></font></p>     <p>En la noche del 22 de noviembre de 2000, el recorrido que marcar&iacute;a para siempre la vida de los habitantes del pueblo de Nueva Venecia en la Ci&eacute;naga Grande se inici&oacute; en las orillas de la v&iacute;a que de Santa Marta conduce a Barranquilla. En el punto donde la carretera deja de ser pavimento para convertirse en una telara&ntilde;a de canales y mangles, comenz&oacute; una pesadilla que atraves&oacute; despacio las aguas calmas de la ci&eacute;naga, los silencios de la noche y la penumbra del pantano.</p>     <p>Despu&eacute;s de haber asesinado a varios hombres de la primera canoa interceptada, los paramilitares obligaron al conductor de una de ellas a llevarlos por la mara&ntilde;a de ca&ntilde;os hacia Nueva Venecia. Lista en mano clamaban ir en b&uacute;squeda de &quot;colaboradores&quot;. Mientras tanto, en las aguas del pueblo resonaban los vallenatos que en la noche se escuchan desde los pic&oacute;s y los primeros tiros fueron confundidos con aquellos que alg&uacute;n borracho sol&iacute;a disparar en la euforia de las parrandas que comenzaban para las largas celebraciones del fin de a&ntilde;o.</p>     <p>Las lanchas llenas de hombres en camuflado y armados hasta los dientes, drogados dicen algunos, se repartieron por las diferentes partes del agua profunda en el pueblo. Enardecidos por un odio incomprensible desataron su furia sin medida, porque, seg&uacute;n ellos, los habitantes del pueblo los quer&iacute;an enga&ntilde;ar al no entregarles a los cuatro cuatreros y presuntamente colaboradores del ELN que buscaban. Al llegar a algunas casas los hombres golpeaban, gritaban, entraban a patadas, tumbando, tomando, preguntando siempre por los guerrilleros, &quot;&iexcl;que d&oacute;nde est&aacute;n!, &iexcl;que s&aacute;quenlos!&quot;, y mientras la ira crec&iacute;a tambi&eacute;n los disparos y las torturas. Al escuchar los repetidos disparos, y una vez que de casa en casa ya se pasaba el rumor de que los paramilitares se hab&iacute;an metido, algunas personas saltaron en silencio desde las trojas para esconderse bajo los pisos de las casas, entre el agua y la mierda, mientras ve&iacute;an los fogonazos de luz de las ametralladoras y escuchaban el eco de uno que otro cuerpo arrojado al agua.</p>     <p>Entre tiros y gemidos aumentaba el p&aacute;nico. Luego, los motores de las canoas romp&iacute;an el silencio, formaban una secuencia entre oleajes y nuevas tandas de r&aacute;faga. As&iacute;, quienes en silencio se escond&iacute;an entre sus casas los oyeron dirigirse hacia la iglesia, donde tres canoas llevaban y arrastraban a aquellos ya sentenciados a muerte. Una vez all&iacute; rompieron el candado de la iglesia y separaron a los hombres en dos grupos. A unos los condujeron al interior del recinto. Pero a los que dejaron afuera los obligaron a tenderse boca abajo sobre el barro, alineados, y quienes viven &mdash;o viv&iacute;an&mdash; cerca de la iglesia sintieron una serie de tiros certeros repetidos, m&aacute;s o menos, 14 veces. Despu&eacute;s hubo un silencio corto, seguido por el sonido de los motores que finalmente dej&oacute;, hacia las 5:00 a.m., una estela de muerte y una mezcla de sangre que se asent&oacute; entre el barro que forma el patio de la iglesia. Lo &uacute;ltimo que se escuch&oacute; fue una voz diciendo: &quot;&iexcl;Aqu&iacute; les dejamos sus aguinaldos, hijueputas!&quot;</p>     <p>Dicen que tres d&iacute;as despu&eacute;s, cuando los militares por fin llegaron al pueblo tuvieron que lavar los residuos de materia humana, los pedazos que yac&iacute;an esparcidos por el patio de arena. As&iacute;, fragmentos de los cuerpos de los inocentes asesinados se mezclaron con los residuos de la p&oacute;lvora mientras se dilu&iacute;an entre el agua de la ci&eacute;naga.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Despu&eacute;s de la masacre la gente huy&oacute;. Los que tuvieron el valor montaron el cuerpo de su compa&ntilde;ero o padre en una canoa junto con una mochila peque&ntilde;a y lo que pudieron agarrar, porque el dolor y el miedo no dejaron tiempo para mirar hacia atr&aacute;s. Algunos se llevaron hasta las tablas de las casas. Pero unos meses despu&eacute;s, aunque para muchos fueron m&aacute;s bien a&ntilde;os, comenzaron a retornar en canoas. Tra&iacute;an de nuevo colchones, abanicos, de pronto una licuadora o una nevera nueva y uno que otro parlante, todos amontonados entre los recuerdos. Lentamente volvieron para colocar sobre los troncos de mangle un piso escu&aacute;lido donde rehacer sus casas mientras el calor golpeaba y hierv&iacute;a sobre el agua y sus historias.</p>     <p>Desde el mismo d&iacute;a de la masacre las personas han reocupado este espacio y han continuado con sus jornadas entre recuerdos, ocurrencias y nuevos sue&ntilde;os. Pero sobre todo, han continuado su vida sobre y, entre estas aguas, ocupado un espacio ya doblemente ocupado donde se acumulan los residuos del terror, donde entre la sustancia se forma una historia que se reh&uacute;sa al cierre.</p>     <br>     <p align="center"><img src="img/revistas/rcan/v46n1/v46n1a08fig02.gif" width="390" height="265"></p>     <br>     <br>     <p align="center"><img src="img/revistas/rcan/v46n1/v46n1a08fig03.gif" width="390" height="265"></p>     <br>     <br>     <p align="center"><img src="img/revistas/rcan/v46n1/v46n1a08fig04.gif" width="336" height="507"></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <p align="center"><b><font size="3">2</font></b></p>     <p>Algunos de los cuerpos fueron desmembrados, me dijo Chepe<a name="top5"></a><a href="#back5"><sup>5</sup></a> mientras miraba una tabla vieja de la troja. La casa donde convers&aacute;bamos, o mejor el cuarto, hab&iacute;a sido una tienda cuyo due&ntilde;o fue sentenciado a muerte por haber, seg&uacute;n rumores, negociado motores y mercanc&iacute;as con los guerrilleros. Otros, de una forma m&aacute;s discreta, comentaban alguna vez que se rumoraba que por aqu&iacute; hab&iacute;an pasado los secuestrados de la Ci&eacute;naga del Torno y la masacre fue en retaliaci&oacute;n a ese evento (Romero, M., 2001). Pero m&aacute;s que el dato en s&iacute; del por qu&eacute;, Chepe miraba la tabla vieja recordando la historia del hombre que yaci&oacute; all&iacute; mismo y cuyo cuerpo fue violentado despu&eacute;s de muerto, para ser finalmente pateado al agua.</p>     <p>En ocasiones otros hablaron de manos, brazos y hasta test&iacute;culos que fueron cercenados en los ca&ntilde;os que conducen hacia el interior de la ci&eacute;naga. Entre el silencio que qued&oacute; despu&eacute;s de la masacre, los ecos de estos sonidos, de estos gritos y lamentos parecieran haberse enredado en el mangle. Sentados en el borde de una canoa y viendo caer la tarde, el sobrino de do&ntilde;a Nora, uno de los pescadores que se adentra varias noches en la profundidad de la ci&eacute;naga donde la pesca es mejor, me cont&oacute; de una rama que es recordada porque, seg&uacute;n algunos, de all&iacute; colg&oacute; una vez un hombre, la piel de sus antebrazos lentamente cortada en cuadraditos, &quot;como chicharr&oacute;n&quot;.</p> <ul>   &mdash;S&iacute; &mdash;me dijo &mdash;es que aqu&iacute;, en el silencio de la ci&eacute;naga y en la quietud de estas aguas a muchos los torturaron porque uno o el otro dijo que este o tal cual era colaborador del ELN. Y entonces, cuando estaban afuera, los interceptaban, los interrogaban y finalmente los jod&iacute;an. Esos ca&ntilde;os eran excelentes para la pesca, pero &iquest;qui&eacute;n se mete por all&aacute; hoy en d&iacute;a? Lo &uacute;nico que se escucha por all&aacute; son lamentos que s&oacute;lo quienes s&iacute; tienen el valor de adentrarse escuchan en las noches, mientras el viento sacude los pedazos de cruces que algunos han dejado sobre estas ramas. Pero, &iquest;para que quiere ir a ver eso, cachaco? Un pedazo e&acute;palo podrido sobre el mangle que pronto se caer&aacute; al agua. No vale la pena, mano, no vale la pena el riesgo&quot;.     </ul>     <p>La historia de quienes desaparecieron, de los muchos pescadores que fueron asesinados con violencia durante el tiempo que los paramilitares a manos de Jorge 40 controlaron los poblados de la Ci&eacute;naga Grande y el interior del margen oriental del r&iacute;o Magdalena, se ha acumulado en estas aguas como un secreto a voces que se ha contado muchas veces s&oacute;lo para ser callado de nuevo, adormecido quiz&aacute;s, hasta que el viento y alguna que otra voz hagan resonar sus ecos. Con el paso del tiempo, la sal que entra cuando la marea baja y el agua dulce del r&iacute;o de la creciente se han juntado con el plomo, los viejos mangles y los pedazos de madera, con la mierda y las bolsas pl&aacute;sticas, las latas y botellas, con los pedazos de pescado y todos los peque&ntilde;os residuos org&aacute;nicos de la vida diaria que junto a una bala perdida y otra siniestramente dirigida se disuelven y caen hacia el fondo del pantano.<a name="top6"></a><a href="#back6"><sup>6</sup></a></p>     <p>Estas aguas son tan parte de lo que queda despu&eacute;s del terror como cualquier otra cosa que forma parte de la vida de las personas, una vez el evento se ha diluido en el tiempo y la gente reocupa el espacio de la devastaci&oacute;n. Las aguas parecen llevar consigo el peso de momentos pasados y reflejan una aparente ausencia que fluye con suavidad por la ci&eacute;naga.</p>     <br>     <p align="center"><img src="img/revistas/rcan/v46n1/v46n1a08fig05.gif" width="440" height="294">    <br>       ]]></body>
<body><![CDATA[<br> </p>     <p align="center"><img src="img/revistas/rcan/v46n1/v46n1a08fig06.gif" width="429" height="256"></p>     <br>     <p align="center"><img src="img/revistas/rcan/v46n1/v46n1a08fig07.gif" width="432" height="291"></p>     <br>     <p>En una visita al cementerio de Sitio Nuevo, mientras visit&aacute;bamos la tumba de su hermano asesinado en la masacre, Angy me dijo:</p> <ul>   Por lo general se les visita una vez al a&ntilde;o, usualmente en el d&iacute;a de los muertos, porque cada vez que se viene a Sitio Nuevo se hace o bien de paso para Barranquilla a visitar alg&uacute;n familiar o para comprar algo de mucha necesidad y el tiempo y la plata no alcanzan para visitar a los muertos, llevarles flores, desyerbar la tumba y pasar un rato con ellos como lo merecen.     </ul>     <p>Luego, como quien no quiere la cosa, enfatiz&oacute;: &quot;La gente quiere construir un hueco y meter ah&iacute; los recuerdos de ese d&iacute;a y luego taparlo para siempre. Pero no se puede&quot;. Por eso son tal vez los instantes m&aacute;s fluidos, los que se mecen en las olas del diario vivir sobre el agua infestada de detrito org&aacute;nico y de recuerdos, cuando la memoria logra sacudir el yugo de la quietud. Son momentos como los que mencionaba Sandra, una joven viuda cuyo marido fue asesinado seis a&ntilde;os despu&eacute;s de la masacre por denunciar los secretos p&uacute;blicos de sus causas, quien me dec&iacute;a que m&aacute;s que en el cementerio, la memoria le jugaba pasadas en ciertos instantes donde vencida por el cansancio y adormecida por el ronroneo del motor de la canoa, ve&iacute;a a su marido sentado en una troja, esper&aacute;ndola, su reflejo en el agua, tan claro como el d&iacute;a. Lo ve&iacute;a por unos segundos, hasta que luego se desvanec&iacute;a sobre el movimiento de las olas.</p>     <br>     <p align="center"><b><font size="3">3</font></b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En Nueva Venecia, el agua cubre y descubre. Durante unos meses el mar entra hacia la ci&eacute;naga y deja el ambiente salado y los ojos ardiendo. La marea baja y la vida se seca. Luego, cuando llegan las lluvias, r&iacute;os como el Magdalena vierten sus excesos hacia la ci&eacute;naga. Los niveles suben, los pisos se humedecen y las islas se pierden. Entre este vaiv&eacute;n lo que ha sido marcado en la arena se convierte en barro y las aguas en su retroceso hacen desaparecer las formas y los objetos que una pisada o un cuerpo dejaron sobre la tierra. Pero el flujo del agua, m&aacute;s que borrar u olvidar, puede asimismo volver a traer, a descubrir lo que ha sido tapado, desatar los recuerdos que se esconden en los olores, las formas y los trazos del tiempo.<a name="top7"></a><a href="#back7"><sup>7</sup></a></p>     <p>Llegado el mes de agosto las aguas subieron y el patio de la iglesia se hizo invisible. Por un instante la imagen que siempre me hab&iacute;a acompa&ntilde;ado, la que se hab&iacute;a aferrado a m&iacute; desde que vi este lugar por primera vez, pareci&oacute; ausente.</p>     <p>La iglesia del pueblo es quiz&aacute;s el lugar m&aacute;s emblem&aacute;tico de la masacre. Fue la imagen que se difundi&oacute; en la prensa, la de los cuerpos alineados bajo la sombra de la iglesia. Era esa la que ve&iacute;a diluida en los diferentes momentos cuando la gente pasaba su vida normal sobre este espacio. Al principio pensaba en lo que significar&iacute;a para ellos jugar y caminar por ah&iacute;. Pero con el pasar de los d&iacute;as comenc&eacute; a ver la iglesia en medio del agua como un escenario m&aacute;s para juegos y risas. Pero tambi&eacute;n es el lugar de residencia de fantasmas que en ocasiones sacuden la arena, salpican el barro y pisan con fuerza las tablas sueltas del puente con sus botas de combate.</p>     <p>Despu&eacute;s de la masacre, en especial las mujeres no quisieron pisar este lugar. Para muchas de ellas, hoy evang&eacute;licas, este sitio est&aacute; asociado a la muerte, al castigo divino y a la idolatr&iacute;a de la iglesia cat&oacute;lica. Pero aun antes de la masacre la iglesia permanec&iacute;a cerrada la mayor&iacute;a del a&ntilde;o, porque el cura que ven&iacute;a desde tierra firme s&oacute;lo lo hac&iacute;a en contadas ocasiones para hacer una marat&oacute;n de bautizos y matrimonios. Entre visita y visita del cura, los despojos de los p&aacute;jaros, el polvo y la humedad se asentaban sobre las estatuas de la iglesia marcando el paso del tiempo. Despu&eacute;s de la masacre el cura no volvi&oacute;. Las paredes de la iglesia se descascararon bajo el sol, a los santos se les cay&oacute; la corona y la estatua del arc&aacute;ngel San Gabriel perdi&oacute; una de sus alas. Los colores de la iglesia se desvanecieron y los vidrios se quebraron ante las muy espor&aacute;dicas visitas. Sin embargo, el cuerpo de la iglesia, m&aacute;s como un cad&aacute;ver en descomposici&oacute;n, permanec&iacute;a como un testigo de un momento tr&aacute;gico.</p>     <p>Con el pasar de los a&ntilde;os la gente comenz&oacute; a retornar a la iglesia, el patio volvi&oacute; a servir como cancha de f&uacute;tbol y escenario para el reinado escolar. La gente pis&oacute; otra vez el mismo lugar marcado por los cuerpos y sus residuos, algunas veces pensando en la imagen y otras no. No obstante, para algunos este lugar es algo mucho m&aacute;s presente. Don Hern&aacute;n, quien fue forzado por los paramilitares a permanecer dentro de una de las canoas mientras asesinaban a los hombres alineados en este patio, me dijo que la primera vez que hab&iacute;a vuelto a pisar este barro fue tan solo unas semanas antes de nuestra charla, cuando decidi&oacute; por fin atender de nuevo una de las reuniones que se llevan a cabo en el sal&oacute;n de la escuela. &mdash;Volver a ese lugar&mdash; dijo &mdash;me produjo escalofr&iacute;os por todo el cuerpo. La mente se me paraliz&oacute; en el momento que sent&iacute; el fr&iacute;o del barro en ese lugar. &iexcl;Uuuuy!, eso me pas&oacute; como un corrientazo por todo el espinazo.</p>     <p>Algo parecido a lo que debi&oacute; sentir don Hern&aacute;n ese d&iacute;a se vivi&oacute; de manera colectiva unas semanas despu&eacute;s. Era una ma&ntilde;ana como cualquier otra cuando las voces de angustia empezaron a recorrer el pueblo. &quot;&iexcl;Lo encontraron!&quot;, gritaba la gente que pasaba por el frente de la casa. Hablaban del cad&aacute;ver de un hombre asesinado tres d&iacute;as antes en una noche de parranda de Viernes Santo. El hombre hab&iacute;a sido arrojado en un mangle cercano para que el barro, los gallinazos y el agua se llevaran su existencia.</p>     <p>Ya en estado de putrefacci&oacute;n, colorido e hinchado, el cad&aacute;ver fue conducido al centro del pueblo y por orden policial dejado en la plaza de la iglesia para realizar el levantamiento oficial. El olor parec&iacute;a filtrarse por todos lados mientras la gente se cubr&iacute;a el rostro para prevenir el contagio con el hedor de la muerte. Esta materia org&aacute;nica en descomposici&oacute;n que emanaba del cad&aacute;ver se disolv&iacute;a en el aire y en el agua que rodea la iglesia y todo lo dem&aacute;s en este lugar.</p>     <p>Cuando el cuerpo del hombre asesinado en una pelea de borrachos fue condenado por orden policial a permanecer en el patio de la iglesia para realizar el levantamiento antes de llevarlo al cementerio de Barranquilla, mientras los olores penetraban los cuerpos y las mentes, entre expresiones de angustia, rabia y llanto la gente repet&iacute;a una y otra vez, &quot;&iexcl;no, otra vez no!&quot;, &quot;&iexcl;no, otra vez!&quot;. Esa ma&ntilde;ana la fetidez de la descomposici&oacute;n se filtr&oacute; sin pedir permiso entre quienes asistieron al levantamiento, rompiendo los l&iacute;mites del paso del tiempo para recrear un escenario de una memoria adormecida, m&aacute;s no ausente.</p>     <br>     <p align="center"><img src="img/revistas/rcan/v46n1/v46n1a08fig08.gif" width="521" height="403"></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br>     <p align="center"><img src="img/revistas/rcan/v46n1/v46n1a08fig09.gif" width="438" height="321"></p>     <br>     <p align="center"><img src="img/revistas/rcan/v46n1/v46n1a08fig10.gif" width="354" height="378"></p>     <br>     <p align="center"><b><font size="3">4</font></b></p> <ul>   <i>Aunque la noche le imped&iacute;a ver a los muertos que arrastraba la corriente, Sayonara los sinti&oacute; pasar, inofensivos en su tr&aacute;nsito lento y blanco. Bajaban de uno en uno, abrazados en pareja o a veces en ronda, tomados de la mano, transformados en esponja, materia porosa que flotaba apacible, p&aacute;lida, por fin impregnada de luna despu&eacute;s de haber derramado en la orilla, hace ya tanto tiempo, todo el desasosiego y el dolor de la sangre. Sayonara, la ni&ntilde;a de los adioses, meti&oacute; los pies entre el agua para estar cerca de ellos y contuvo el p&aacute;nico cuando a su paso le rozaron los tobillos, se le enredaron en las piernas con la viscosidad de algas y le enviaron mensajes en su peculiar lenguaje, que era gorgoteo de sustancia org&aacute;nica deshaci&eacute;ndose en sombras. M&aacute;s tarde, cuando se ocult&oacute; la luna y el cielo se naci&oacute; de estrellas, no quiso apartarse del r&iacute;o ni sacar los pies del agua porque tuvo la seguridad de que la romer&iacute;a silenciosa arrastraba tambi&eacute;n a sus seres amados, su madre ardida, la dulce Claire, su idolatrado hermano, que corr&iacute;an Magdalena abajo purificados por fin y convertidos en recuerdos mansos, despu&eacute;s de tantos a&ntilde;os de sufrir y hacerla sufrir, acech&aacute;ndola como espantos.    <br>   &quot;Por eso no se dejan enterrar&quot;, comprendi&oacute; por fin Sayonara. Por eso buscan el r&iacute;o, porque bajo tierra, solos y quietos, se mueren, mientras que en la corriente viajan, pueden mirar a sus anchas y visitar a los vivos... (Restrepo, L., 1999, p. 363).</i>     </ul>     <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center"><img src="img/revistas/rcan/v46n1/v46n1a08fig11.gif" width="433" height="306"></p>     <p>Al ser arrojado al agua, el cuerpo humano en su expresi&oacute;n m&aacute;s biol&oacute;gica entra en contacto con el elemento como masa org&aacute;nica en descomposici&oacute;n. Los restos org&aacute;nicos en su fase de descomposici&oacute;n y fermentaci&oacute;n se deshacen, fragmentan el cuerpo y facilitan la intangibilidad de las vidas que fueron terminadas con violencia. El proceso de degradaci&oacute;n natural, el rompimiento de sustancias quiso ser as&iacute; incorporado a la l&oacute;gica paramilitar para su propio beneficio y moldear de la historia.</p>     <p>Pero, pensar la muerte y sus procesos org&aacute;nicos como parte de redes sociales ofrece la posibilidad de entender la producci&oacute;n de la memoria desde la interacci&oacute;n entre elementos humanos y no humanos a partir de las relaciones simbi&oacute;ticas, de afecto y reproducci&oacute;n entre estos (Haraway, D., 2004; Raffles, H., 2002). La muerte en s&iacute; no es un fin, por el contrario, puede pensarse como un espacio de regeneraci&oacute;n, de cambio y continuaci&oacute;n (Bataille G., 1993).<a name="top8"></a><a href="#back8"><sup>8</sup></a> Biol&oacute;gicamente, la muerte de un organismo es parte de un proceso de transformaciones por medio de la degradaci&oacute;n de las sustancias; los elementos org&aacute;nicos no s&oacute;lo desaparecen, sino que forman parte de un proceso f&iacute;sico donde la mayor&iacute;a de los materiales de los organismos se vuelven invisibles al ojo humano. Estos elementos est&aacute;n presentes en una combinaci&oacute;n de finas part&iacute;culas org&aacute;nicas que son utilizadas por otros organismos como nutrientes. Este proceso es conocido como detrito. El organismo como tal no desaparece, se transforma y se mantiene, fusionado y utilizado por otros organismos en su propia continuaci&oacute;n. Este detrito, pensado como elemento vivo en las sustancias que son utilizadas para la producci&oacute;n del olvido, se puede concebir como una forma material que nos remite al proceso mismo de la formaci&oacute;n de la historia y a sus posibilidades para la creaci&oacute;n de espacios de memoria.</p>     <p>De esta manera, pensar en la descomposici&oacute;n org&aacute;nica y sus procesos de fermentaci&oacute;n, de transformaciones lentas que impregnan las sustancias, nos permite acercarnos a ese espacio liminal que por lo general asociamos con el fin de la vida, y en este caso, con el olvido. Como concepto te&oacute;rico, la fermentaci&oacute;n ha sido utilizada para pensar el proceso de la creaci&oacute;n de la historia. N. Seremetakis, en un an&aacute;lisis sobre la sensualidad y la memoria, al hablar sobre la importancia para la historia de las sensaciones que se experimentan por medio del cuerpo al entrar en contacto con elementos naturales que culturalmente generan sensaciones, dice: &quot;&iquest;Qu&eacute; es la fermentaci&oacute;n, si no historia? Una forma de maduraci&oacute;n que ocurre por medio de la articulaci&oacute;n de tiempo y sustancia&quot; (1996). En este sentido, el proceso de la descomposici&oacute;n en su materialidad org&aacute;nica puede ser abordado desde su articulaci&oacute;n con la vida social de la violencia y la memoria. Pensar en el deterioro del cuerpo humano, no como momento de terminaci&oacute;n, sino como proceso de fragmentaci&oacute;n org&aacute;nica y prolongaci&oacute;n por medio de la articulaci&oacute;n con sustancias como el agua, nos permite imaginar una manera de continuaci&oacute;n que se da, como dice N. Seremetakis, como forma de maduraci&oacute;n por medio de tiempo y sustancia. Al pensar en la inscripci&oacute;n org&aacute;nica de cosas y sentimientos, en la manera en que las sustancias se impregnan de vidas en deterioro, se crean espacios que permiten la posibilidad de una memoria sensual. Una forma de memoria que se da por medio de los sentidos, cuando el cuerpo entra en contacto con sustancias que pueden generar im&aacute;genes y sensaciones de tiempos pasados. Estos son momentos de contacto org&aacute;nico y sensorial, aquellos que, como W. Benjamin (1999) recuerda por medio de la memoria involuntaria de M. Proust, interrumpen la linealidad del tiempo moderno y abren espacios para extender los l&iacute;mites de la memoria.</p>     <p>Estos fragmentos de historias y momentos donde el agua esta asociada al acto de recordar qu&eacute; sucede en un lugar como Nueva Venecia, permiten una mirada alternativa al agua infestada de cad&aacute;veres en descomposici&oacute;n dentro del contexto del terror y sus residuos. Estos pasajes y momentos donde el agua forma parte de instantes banales y hasta fugaces recuerdan el movimiento err&aacute;tico de la memoria. En vez de ver el movimiento de las aguas de manera progresiva, como un elemento que s&oacute;lo se lleva las cosas, y la descomposici&oacute;n como una forma de desaparici&oacute;n, esta relaci&oacute;n se puede pensar como una forma de narraci&oacute;n tanto metaf&oacute;rica como material, donde la inscripci&oacute;n de residuos en otras sustancias facilita el acto de recordar. El agua como parte del diario vivir, pero sobre todo como sustancia impregnada de residuos materiales e inmateriales, de residuos &quot;reales&quot; e &quot;imaginarios&quot; tiene su decir en la forma en que la historia se forma y se vive, sobre todo en lugares donde el terror se ha diluido en esta sustancia. En lugares donde la cotidianidad se vive en estrecha relaci&oacute;n con sustancias impregnadas, la memoria se construye y se vive de manera sensual. La memoria se ejerce en actos &iacute;ntimos que pueden, como en este caso, estar asociados al movimiento del agua. Esto permite replantear la asociaci&oacute;n del agua con la idea de la desaparici&oacute;n y, por el contrario, puede interrumpir, si no reversar, la l&oacute;gica del olvido por una de memoria. El agua se pasea as&iacute; por los espacios de la devastaci&oacute;n enred&aacute;ndose en la piel, como un cosquilleo de recuerdos que sacuden la presencia de la ausencia.</p>     <p>Muchas veces pregunt&eacute; por el evento en s&iacute;, y en casi todas estas ocasiones la mirada de aquellos que lo vivieron se perd&iacute;a en la inmensidad del horizonte, sobre el agua y bajo el calor sofocante. Era como si vieran algo que, sin duda, jam&aacute;s podr&iacute;a ver. Muchas veces quise voltear mi propia mirada hacia estos lugares donde los fantasmas de la masacre parecen pasearse por la quietud del d&iacute;a a d&iacute;a, silenciosos y sin hacer esc&aacute;ndalo. Ver en estas aguas los residuos del momento de terror es quiz&aacute;s un ejercicio de la imaginaci&oacute;n. Pero es una tarea que implica la susceptibilidad a aquello que los relatos, los momentos y eventos de formas de memoria no convencionales dicen sobre la vida en el despu&eacute;s del horror. Para personas como do&ntilde;a Nora, Angy o don Hern&aacute;n, estas aguas no son m&aacute;s que parte de su vida viaria, su escenario cotidiano, donde el gorgoteo del agua se extiende ordinariamente por entre cosas tan banales como el simple paso del tiempo en la ci&eacute;naga. Pero asimismo, hay momentos cuando el agua saturada de historia sacude algo en su interior y genera una forma de memoria sensual que se reh&uacute;sa al olvido. En este sentido, los muertos se disuelven en el agua, no para ser olvidados como lo quisiera la l&oacute;gica paramilitar, sino por el contrario para recorrer y vivir por medio de la sustancia.</p>     <br>     <p align="center"><img src="img/revistas/rcan/v46n1/v46n1a08fig12.gif" width="447" height="307"></p>     <br> <hr size=”1”>     <p><font size="3"><b>Notas</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a name="back1"></a><a href="#top1">1</a> &quot;Cementerios de agua y piedra&quot;. (2007). <i>Revista Semana</i>. Diciembre.</p>     <p><a name="back2"></a><a href="#top2">2</a> Desde la teor&iacute;a literaria y cr&iacute;tica, el r&iacute;o como tal se ha entendido como un espacio para historias perdidas en el contexto colombiano y, hasta cierto grado, como un lugar para la reflexi&oacute;n de la p&eacute;rdida, como un escenario de duelo nost&aacute;lgico. De esta manera, el r&iacute;o se produce como una figura de constante flujo, asociada con la imposibilidad de crear memoria. No obstante, el r&iacute;o tambi&eacute;n tiene una historia como espacio para la consciencia y la autorreflexi&oacute;n, como espejo donde el sujeto se objetiviza. El r&iacute;o entonces es un espacio dual para la destrucci&oacute;n pero tambi&eacute;n la construcci&oacute;n de subjetividades (Ospina, M., 2009).</p>     <p><a name="back3"></a><a href="#top3">3</a> Ver por ejemplo la obra de G. Posada, Magdalenas por el Cauca (Cort&eacute;s Severino, C., 2009).</p>     <p><a name="back4"></a><a href="#top4">4</a> Aqu&iacute; entiendo la fotograf&iacute;a como un medio que permite utilizar sus propios l&iacute;mites para evocar, para hablar de lo ausente sin tener que dejar de lado la intenci&oacute;n pol&iacute;tica de la tarea de contar y reflexionar sobre historias de personas y situaciones reales (Edwards, E., 1997; Hammond, J., 2004; Klima, A., 2002; MacDougall, D., 2006).</p>     <p><a name="back5"></a><a href="#top5">5</a> Todos los nombres han sido cambiados.</p>     <p><a name="back6"></a><a href="#top6">6</a> Por falta de espacio no me refiero a los a&ntilde;os de historia que nutren esta acumulaci&oacute;n, pero es importante anotar que imaginarios de un exotismo tropical, nostalgia, deseos como la cacer&iacute;a, a&ntilde;os de abandono estatal, la producci&oacute;n del pantano como manto para los secretos, degradaci&oacute;n ambiental, el movimiento de bienes legales e ilegales, corrupci&oacute;n, etc., forman parte de esta historia, y se juntan en la masacre que ocurri&oacute; en noviembre de 2000.</p>     <p><a name="back7"></a><a href="#top7">7</a> Para una discusi&oacute;n y an&aacute;lisis de la idea de las sustancias y olores en la formaci&oacute;n de la historia, ver M. Taussig (2004).</p>     <p><a name="back8"></a><a href="#top8">8</a> Espacios liminales como estos donde lo biol&oacute;gico y lo humano se confunden en el escenario de la muerte, generan posibilidades para repensar la vida misma. Pero esta no es una visi&oacute;n mesi&aacute;nica de la idea de lo que viene despu&eacute;s de la muerte sino una aproximaci&oacute;n a su materialidad, donde el cuerpo mismo nos ayuda a cuestionar los l&iacute;mites de la humanidad y la inhumanidad (Bataille, G., 1993; Uribe, M. V., 2004).</p>     <br> <hr size=”1”>     <p><b><font size="3">REFERENCIAS</font></b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>1. BATAILLE, G. (1993). Death. En G. Bataille, <i>The accursed share: An essay on general economy</i> (Vols. II-III). (pp. 79-86). (Robert Hurley, Trad.). New York: Zone Books.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000103&pid=S0486-6525201000010000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>2. BENJAMIN, W. (1999). On some motifs in Baudelaire. En H. Arendt (Ed.). <i>Illumination</i>s (pp. 152-196). Londres: Pimlico-Random House.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000105&pid=S0486-6525201000010000800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>3. COLOMBIA, COMISI&Oacute;N NACIONAL DE REPARACI&Oacute;N Y RECONCILIACI&Oacute;N, GRUPO DE MEMORIA HIST&Oacute;RICA. (2008). <i>Trujillo. Una tragedia que no cesa</i>. Bogot&aacute;: Planeta.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000107&pid=S0486-6525201000010000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>4. CORT&Eacute;S SEVERINO, C. (2009). Lugares, sustancias, objetos, corporalidades y cotidianidades de las memorias. <i>Revista Errata</i>, 0, 140-162.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000109&pid=S0486-6525201000010000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>5. DAS, V. (2006). <i>Life and words. Violence and the descent into the ordinar</i>y. Berkeley: The University of California Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000111&pid=S0486-6525201000010000800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>6. EDWARDS, E. (1997). Beyond the boundary: a consideration of the expressive in photography and anthropology. En M. Banks & H. Morphy (Eds.). <i>Rethinking visual anthropology</i> (pp. 53-80). New Haven: Yale Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000113&pid=S0486-6525201000010000800006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>7. FALS BORDA, O. (1986). <i>Historia doble de la costa</i>. Bogot&aacute;: Universidad Nacional de Colombia.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000115&pid=S0486-6525201000010000800007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>8. HAMMOND, J. D. (2004). Photography and ambivalence. <i>Visual Studies</i>, 19(2), 135-144.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000117&pid=S0486-6525201000010000800008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>9. HARAWAY, D. (2004). Cyborgs, Coyotes and Dogs. A Kinship of Feminist Figurations. En D. Haraway (Ed.). <i>The Haraway Reader</i> (pp. 321-342). New York: Routledge.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S0486-6525201000010000800009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>10. KLIMA, A. (2002). <i>The Funeral Casino. Meditation, massacre, and exchange with the dead in Thailand</i>. Princeton: Princeton University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S0486-6525201000010000800010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>11. MACDOUGALL, D. (2006). <i>The corporeal image. Film, ethnography, and the senses</i>. Princeton: Princeton University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S0486-6525201000010000800011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>12. OSPINA, M. (2009). <i>Evocar y convocar: Violencia y representaci&oacute;n en la narrativa colombiana de finales de siglo XX (1994-2008)</i> (Disertaci&oacute;n doctoral sin publicar). Departamento de Lenguas Romances y Literaturas, Harvard University, Cambridge (MA).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0486-6525201000010000800012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>13. RAFFLES, H. (2002). <i>In Amazonia. A natural history</i>. Princeton: Princeton University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0486-6525201000010000800013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>14. RESTREPO, L. (1999). <i>La novia oscura</i>. Bogot&aacute;: Editorial Norma.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0486-6525201000010000800014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>15. ROMERO, M. (2001). Movilizaciones por la paz, cooperaci&oacute;n y sociedad civil en Colombia. En M. Archila y M. Pardo (Eds.). <i>Movimientos sociales, estado y democracia en Colombi</i>a (pp. 405-440). Bogot&aacute;: Universidad Nacional de Colombia-Instituto Colombiano de Antropolog&iacute;a e Historia, ICANH.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0486-6525201000010000800015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
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