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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[LOS ARCHIVOS DEL DOLOR: ENSAYOS SOBRE LA VIOLENCIA Y EL RECUERDO EN LA SUDÁFRICA CONTEMPORÁNEA ALEJANDRO CASTILLEJO BOGOTÁ: Universidad de los Andes 2009, 430 p]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <font size="2" face="verdana">     <p align="left">RESE&Ntilde;AS</p> </font>     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b>L</b></a><b>OS ARCHIVOS DEL DOLOR: ENSAYOS SOBRE LA  VIOLENCIA Y EL RECUERDO EN LA SUD&Aacute;FRICA CONTEMPOR&Aacute;NEA </b></font></p>     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b><font size="2">ALEJANDRO CASTILLEJO </font></b></font></p>     <p align="center"><font size="2" face="verdana">BOGOT&Aacute;: Universidad de los  Andes 2009, 430 p.</font></p> <font size="2" face="verdana"> <hr align="JUSTIFY" size="1">     <p align="justify">Hablar  de la Rep&uacute;blica de Sud&aacute;frica se hizo frecuente en los &uacute;ltimos veinte a&ntilde;os, en escenarios  acad&eacute;micos y pol&iacute;ticos, especialmente por el protagonismo de las luchas  sociales que libraron miles de personas contra el <i>apartheid </i>y la aparente transici&oacute;n  pol&iacute;tica hacia la democracia que vivi&oacute; el pa&iacute;s. Al protagonismo de estas  luchas, se sum&oacute; un activismo <i>antiapartheid </i>a escala mundial que fue  replic&aacute;ndose como modelo transcontinental. Un modelo conectado al nuevo  evangelio humanitario de la reconciliaci&oacute;n que se nutri&oacute; de acontecimientos  transcendentales, como la liberaci&oacute;n de Mandela, el Premio Nobel de la Paz compartido  entre Mandela y De Klerk, el per&iacute;odo de transici&oacute;n, las primeras elecciones  presidenciales de Sud&aacute;frica en 1994 y la creaci&oacute;n de la Comisi&oacute;n de  la Verdad y la Reconciliaci&oacute;n. Sobre este pa&iacute;s se activ&oacute; una producci&oacute;n  tit&aacute;nica de escritos. Al igual que en Colombia, la guerra y el trauma generaron  no solo muertos sino tambi&eacute;n expertos de todo tipo. La experticia coloniz&oacute; y nombr&oacute;  un campo de estudios sobre la naturaleza y los efectos del <i>apartheid</i>, que fue diseminando su  semilla por el mundo con estudios monogr&aacute;ficos sobre el dolor, la justicia  transicional, las comisiones de verdad y la resoluci&oacute;n de conflictos.</p>     <p align="justify">Frente  a ese panorama, Sud&aacute;frica ser&iacute;a, a primera vista, un escenario de campo y de  investigaci&oacute;n saturado y, en no pocas ocasiones, violentado por una ciencia  social extractiva. Sin embargo, la verdad es que no dejan de martillar en  nuestros o&iacute;dos algunas preguntas pendientes de respuestas m&aacute;s claras, por ejemplo,  &iquest;c&oacute;mo escribir acerca del silencio, la invisibilidad y la muerte?, &iquest;para qu&eacute;  desafiar los c&aacute;nones de la escritura antropol&oacute;gica, sociol&oacute;gica o hist&oacute;rica  acerca de estos t&oacute;picos?, &iquest;qu&eacute; significados e implicaciones tendr&iacute;a concebir  las m&uacute;ltiples maneras y trazos en los que el pasado habita el presente y  viceversa?, &iquest;c&oacute;mo, en la sociedad sudafricana, con violencias acumuladas y silencios  reciclados, logra archivarse el dolor y hacerse inteligible lo ininteligible?  Precisamente a la deconstrucci&oacute;n del sentido y los alcances de estos  interrogantes, Alejandro Castillejo dedica su esfuerzo en este libro, publicado  recientemente y producto de una investigaci&oacute;n de campo y de archivo de tres  a&ntilde;os en Sud&aacute;frica y en otras regiones del subcontinente africano<a href="#pie1" name="spie1"><sup>1</sup></a>, donde adem&aacute;s particip&oacute; en la  conformaci&oacute;n de un archivo de historia social y comparti&oacute; conocimientos y  destrezas en tareas administrativas<a href="#pie2" name="spie2"><sup>2</sup></a> y de reintegraci&oacute;n social y personal con algunas  comunidades.</p>     <p align="justify">Este  libro tiene cuatro partes, cada una de ellas con extensa documentaci&oacute;n  hist&oacute;rica, vi&ntilde;etas etnogr&aacute;ficas sugerentes y reflexiones provocativas para  pensar comparativamente escenarios transcontinentales. La primera parte est&aacute;  dedicada a encuadrar lo que el autor denomina <i>la &eacute;tica de la colaboraci&oacute;n</i>, que supone enfrentar  reflexivamente al antrop&oacute;logo y a un buen n&uacute;mero de los denominados expertos en  traumas y violencias a una meditaci&oacute;n sobre su &quot;man&iacute;a extractiva&quot; de relatos y  testimonios. &Eacute;tica que supone, seg&uacute;n la comprendo, un juego de espejos entre el  valor hermen&eacute;utico de lo narrado para el experto y la densidad&nbsp; hist&oacute;rica de los silencios y los decires de  los sobrevivientes, &nbsp;&nbsp;pero tambi&eacute;n entre  lo callado intencionalmente y lo no revelado en el relato. La segunda parte  toma como pretexto anal&iacute;tico el acontecimiento sociohist&oacute;rico de los Siete de  Gugulethu, relacionado con el asesinato de siete j&oacute;venes activistas en marzo de  1986 ocurrido  en Ciudad del Cabo, y que termin&oacute; por inscribirse en la memoria colectiva de  los sudafricanos, a diferencia de otros hechos tambi&eacute;n tr&aacute;gicos<a href="#pie3" name="spie3"><sup>3</sup></a> que no lograron sedimentarse como veh&iacute;culos de la  memoria, a pesar de que Sud&aacute;frica es centro de m&uacute;ltiples tecnolog&iacute;as y  escenarios del horror. M&aacute;s all&aacute; de lo que han sugerido las comisiones de  verdad, los juicios, los documentales y los memoriales alrededor de este icono  del <i>apartheid</i>, el autor reconstruye y  deconstruye las l&oacute;gicas de representaci&oacute;n que llevaron, por ejemplo, a la  Polic&iacute;a y a los jueces a considerar en su momento a estos j&oacute;venes como enemigos  del r&eacute;gimen; pero tambi&eacute;n las maneras como se los nombr&oacute; y confin&oacute; en los  anales de la memoria, antes y despu&eacute;s de la transici&oacute;n pol&iacute;tica que oper&oacute; en  Sud&aacute;frica. Este episodio le sirve adem&aacute;s para revelar las diversas estrategias  y sentidos de inscripci&oacute;n que produjo la violencia del <i>apartheid </i>en los cuerpos, los lenguajes y  los espacios en Sud&aacute;frica. </p>     <p align="justify">La  tercera parte muestra las pr&aacute;cticas de archivo y localizaci&oacute;n en varios  momentos de la historia sudafricana reciente. Este cap&iacute;tulo puede leerse como  una especie de descripci&oacute;n de las distintas &quot;ofertas de sentido&quot;, tanto  temporales como pol&iacute;tico-instrumentales, que emergen desde los Siete de  Gugulethu. Es posible entender entonces por qu&eacute; razones dicho episodio se  inscribe en el pasado y en el futuro de un pa&iacute;s, ya sea como <i>tragedia </i>o como <i>nuevo comienzo</i>. El autor refiere adem&aacute;s los  distintos <i>discursos institucionales </i>que van a alimentar esas  ofertas de sentido. Por ejemplo, desde los discursos oficiales y durante los  sombr&iacute;os a&ntilde;os del <i>apartheid</i>, el caso de los Siete de  Gugulethu se inserta en el marco de la excepcionalidad y la seguridad nacional.  A partir de los noventa, se reinscribe nuevamente en el denominado <i>evangelio de la reconciliaci&oacute;n</i>, vehiculizado por la Comisi&oacute;n  Nacional de Verdad y Reconciliaci&oacute;n. Hoy, el mismo icono se resignifica una vez  m&aacute;s a trav&eacute;s de los usos sociales y pol&iacute;ticos que hacen especialmente las  madres y abuelas del Memorial Stone dedicado a las v&iacute;ctimas, y tambi&eacute;n a partir  del despertar de la memoria en la l&oacute;gica de la <i>turificaci&oacute;n</i><a href="#pie4" name="spie4"><sup>4</sup></a>.</p>     <p align="justify">La  cuarta parte cumple la funci&oacute;n de cierre del argumento y el autor la dedica a  analizar la noci&oacute;n de archivo, tomada del fil&oacute;sofo Jacques Derrida (1995), cuyo sentido y alcances  antropol&oacute;gicos se transforman y adaptan para los objetivos intelectuales que se  propone este trabajo. Aqu&iacute; el autor reflexiona alrededor tanto del alcance  &eacute;tico-pol&iacute;tico de la inscripci&oacute;n, consignaci&oacute;n y legibilidad del dolor, como  del desvanecimiento del mismo, realizado desde las denominadas <i>tecnolog&iacute;as de tramitaci&oacute;n </i>que son, por ejemplo, las  comisiones de verdad o los informes de verdad. Al final de este cap&iacute;tulo, el  autor descentra su an&aacute;lisis de Sud&aacute;frica y retorna a sus ra&iacute;ces sudamericanas  para pensar Am&eacute;rica Latina, y en particular los casos de Per&uacute;<a href="#pie5" name="spie5"><sup>5</sup></a> y Colombia<a href="#pie6" name="spie6"><sup>6</sup></a>. Su  apuesta se orienta a la ampliaci&oacute;n del margen comparativo de su ejercicio etnogr&aacute;fico  aunque, como lo reconoce, no logra profundizar lo suficiente en el caso  colombiano, y deja de ese modo cuestiones abiertas que pueden abordarse en  futuras indagaciones.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Mi  percepci&oacute;n es que este libro puede ser le&iacute;do desde varias perspectivas. De una  parte, en tanto ejercicio de antropolog&iacute;a del dolor (Tambiah, 1996), en el que se analizan las  experiencias traum&aacute;ticas de una sociedad, los patrones de sufrimiento, las modalidades  de tramitaci&oacute;n y los procesos de subjetivaci&oacute;n presentes y futuros de los  sobrevivientes. De igual forma, como un <i>escrutinio  reflexivo </i>del oficio etnogr&aacute;fico en  escenarios de aparente posconflicto. Especialmente en sociedades que, como la sudafricana,  se encuentran a&uacute;n escindidas entre las violencias de un pasado que no es lejano  y las tramitaciones forzadas presentes. Tambi&eacute;n como un ejercicio de  convergencia entre una econom&iacute;a pol&iacute;tica de la experiencia de la v&iacute;ctima y del  sobreviviente, una fenomenolog&iacute;a de la violencia y una hermen&eacute;utica de la condici&oacute;n  hist&oacute;rica. Quiz&aacute; pueda leerse como la ampliaci&oacute;n y el refuerzo de un trabajo  previo que el autor hab&iacute;a realizado en el norte de Colombia, con el prop&oacute;sito  de descifrar la producci&oacute;n social de la otredad del desplazado forzado en medio  de una red de discursos y pr&aacute;cticas de control institucionales, legales y  sanitarias (Castillejo, 2000).  Pero m&aacute;s all&aacute; de visibilizar lo sucedido en Sud&aacute;frica o de las apuestas del  autor por pensar el oficio etnogr&aacute;fico posconflicto, encuentro este texto  particularmente relevante y apropiado, cuando se considera su contenido en  clave de <i>desciframiento pol&iacute;tico y  hermen&eacute;utico</i>, para abordar lo que ocurre  hoy en Colombia alrededor de la recuperaci&oacute;n del dolor de las v&iacute;ctimas y la  reconstrucci&oacute;n de la memoria hist&oacute;rica del conflicto. Esta &uacute;ltima lectura,  aunque no es desarrollada por el autor en su texto, s&iacute; permite identificar  nuevas vetas para reflexionar sobre los impactos de la tarea reconstructiva  emprendida por el Grupo de Memoria Hist&oacute;rica<a href="#pie7" name="spie7"><sup>7</sup></a>, en el marco de la reciente Ley  de Justicia y Paz.</p>     <p align="justify">A  prop&oacute;sito de las contribuciones del libro, quisiera mencionar r&aacute;pidamente dos  aspectos que considero sustanciales, y que se relacionan, primero, con el  sentido &eacute;tico-pol&iacute;tico y los alcances metodol&oacute;gicos de la producci&oacute;n de  conocimiento sobre el pasado y el presente de violencia en Colombia; y,  segundo, con la deconstrucci&oacute;n de los imaginarios sobre ciertas tecnolog&iacute;as de tramitaci&oacute;n,  especialmente las que despliegan las comisiones de verdad.</p>     <p align="justify">I. En un proceso como el de Justicia  y Paz, sobre el cual se ha tenido que aprender y reaprender en el camino, no  sobran las tensiones, las disputas y las escisiones entre las necesidades pol&iacute;ticas  decretadas <i>oficialmente </i>y las exigencias recreadas <i>socialmente</i>, alrededor de temas como la  recuperaci&oacute;n, la narraci&oacute;n y la tramitaci&oacute;n del pasado y del presente de  nuestra violencia. En ese escenario hay varios actores y discursos. De una  parte, se encuentran los miembros del Grupo de Memoria Hist&oacute;rica que est&aacute;n generando  lecturas interpretativas globales y posicionando la tesis de que en nuestra  historia reciente hay una especie de tr&aacute;nsito desde una <i>guerra de combates </i>hacia una <i>guerra de masacres</i>. As&iacute; lo revelan los informes  emblem&aacute;ticos sobre las masacres de Trujillo, El Salado, La Rochela, Bojay&aacute; y  Bah&iacute;a Portete. De otra parte, la denominada Ley de Justicia y Paz establece  tambi&eacute;n una g&eacute;nesis del pasado que comienza en 1964, con la emergencia de la  guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), y un posible fin en 2005, con las pol&iacute;ticas de cambio  del gobierno de Uribe V&eacute;lez. Con esta Ley, se quiere posicionar en el  imaginario nacional la idea de que estamos ante un horizonte transicional  claro. Pero tambi&eacute;n est&aacute;n las organizaciones de v&iacute;ctimas, cuyas visiones sobre  la memoria hist&oacute;rica disputan con las perspectivas oficiales, especialmente la  manufacturaci&oacute;n que la Ley de Justicia y Paz ha hecho en torno a cierto tipo de  v&iacute;ctimas.</p>     <p align="justify">Estamos  entonces de cara a un contexto con distintas formas de nombrar y manufacturar  el pasado, variedad de actores, intereses y l&oacute;gicas discursivas en juego. En  ese sentido, el texto de Castillejo ayuda a esclarecer anal&iacute;ticamente el  debate. Primero, porque advierte que de la manera como se nombre un pasado pueden  derivar <i>desvanecimientos </i>o <i>silencios</i>. Tambi&eacute;n, propone tener  cuidado con la man&iacute;a de la experticia, de interpretar y traducir el dolor, como  si estuvi&eacute;ramos &uacute;nica y exclusivamente ante una industria extractiva y no  frente a un escenario fenomenol&oacute;gico o experiencial. El asunto es que esta  industria tiene enormes riesgos, los cuales no son debidamente ponderados en el  debate p&uacute;blico. Por ejemplo, al producirse un saber legible, el del experto, se  puede terminar operando una nueva violencia, la <i>simb&oacute;lica</i>, la de la inscripci&oacute;n, que  desconoce el sentido profundo del silencio biogr&aacute;fico y comunitario. De ah&iacute; su  propuesta de una &eacute;tica de la colaboraci&oacute;n o de la proximidad, que pasa tambi&eacute;n por  procesos consultivos con las comunidades y los sobrevivientes, por aprendizajes  y desaprendizajes, entre los que llegan de afuera en busca de relatos y los  que, dentro de las comunidades, han padecido. Adem&aacute;s, as&iacute; como se archivan  voces, tambi&eacute;n es posible excluir otras de las narrativas hist&oacute;ricas. La  industria extractiva tambi&eacute;n puede hacer creer que la naturaleza y efectos de  la violencia quedan m&aacute;s o menos resueltos en la medida en que existan grupos de  intermediarios especializados (soci&oacute;logos, historiadores, trabajadores  sociales, psic&oacute;logos), prestos a solicitar y extraer el relato, salir de las  comunidades y luego regresar con la compilaci&oacute;n. La lectura de Castillejo nos  invita a pensar sobre la responsabilidad de los acad&eacute;micos en medio de la  guerra y a preguntar siempre, en una especie de terapia autorreflexiva, por la  naturaleza de la producci&oacute;n del pasado y presente que se est&aacute;n archivando.</p>     <p align="justify">2. Las tensiones y disputas no  se generan solo en el terreno de las l&oacute;gicas discursivas sobre la naturaleza  del pasado o la tarea reconstructiva de los expertos; tambi&eacute;n operan alrededor  de los dispositivos transicionales, en este caso, las comisiones de verdad. De entrada  es necesario reconocer que Colombia no tiene ni ha tenido en su historia una  comisi&oacute;n de la verdad, si por ello se entiende un escenario que responda a la  necesidad de esclarecimiento de hechos de violencia pol&iacute;tica en contextos de  transici&oacute;n (Ceballos, 2009).  Lo que tiene actualmente es una Comisi&oacute;n Nacional de Reparaci&oacute;n y  Reconciliaci&oacute;n (CNRR), creada por la Ley 975 de 2005, con un encargo gubernamental  de funciones extremadamente ambiciosas y complicadas por su naturaleza, para  ser realizadas en tan solo ocho a&ntilde;os. Entre ellas, acompa&ntilde;ar los procesos de desmovilizaci&oacute;n  de grupos armados ilegales (paramilitares y guerrillas), facilitar la  reincorporaci&oacute;n de los mismos, atender de manera integral a las v&iacute;ctimas,  ejecutar pol&iacute;ticas de justicia y verdad y generar mecanismos de reparaci&oacute;n  simb&oacute;lico-materiales para ellas. El modo en que est&aacute; dise&ntilde;ada la CNRR impide que se convierta en una  comisi&oacute;n de la verdad<a href="#pie8" name="spie8"><sup>8</sup></a>. Entre la CNRR y el &Aacute;rea de Memoria Hist&oacute;rica  (que hace parte de la CNRR) se tejen dos lecturas a veces  contrapuestas del pasado, en la medida en que una tiende a generar, como se dijo  arriba, un relato explicativo de nuestra guerra de masacres, y otra asume que  estamos m&aacute;s del lado de la transici&oacute;n que del desangre latente. Aun as&iacute;, a  falta de comisiones de la verdad, hemos tenido algunas experiencias de <i>comisiones extrajudiciales</i>, escenarios creados durante el  desarrollo del conflicto, independientemente de que en el horizonte exista un  proyecto de transici&oacute;n o de que se logre pactar la paz entre las partes  implicadas<a href="#pie9" name="spie9"><sup>9</sup></a> &nbsp;(cfr.  Ceballos, 2009).  De otra parte, tambi&eacute;n han sido comunes las <i>comisiones de estudio de la violencia </i>(Jaramillo, 2010)<a href="#pie10" name="spie10"><sup>10</sup></a>. Su objetivo primordial ha  sido cartografiar y radiografiar el pasado o los pasados de nuestras  violencias, vehiculizando ofertas de sentido temporal en funci&oacute;n del escrutinio  p&uacute;blico, a partir de unos informes nacionales con conclusiones y  recomendaciones para los gobiernos de turno.</p>     <p align="justify">Ahora  bien, aunque la perspectiva de Castillejo se ubica en la revisi&oacute;n cr&iacute;tica de  las comisiones de verdad, en especial la sudafricana, su aporte resulta  significativo para comprender de qu&eacute; manera estos escenarios son marcos de  representaci&oacute;n del pasado, donde se instalan formas de narraci&oacute;n oficial; donde  la verdad factual que de ellas se deriva puede incidir en las posibilidades para  concebir un futuro y pensar en la viabilidad de la <i>reparaci&oacute;n</i>, tanto en el sentido  fenomenol&oacute;gico, como en el pol&iacute;tico y legal. Tambi&eacute;n nos ayuda a entender c&oacute;mo  estas comisiones se convierten en espacios rituales en los que se condensan  ciertos silencios y tecnolog&iacute;as globales de tramitaci&oacute;n local, cubiertas por un  evangelio reconciliador global con expresiones y maquillajes locales que la  mayor&iacute;a de las veces tienen efectos muy precarios sobre las realidades  nacionales, especialmente por las voluntades e intereses pol&iacute;ticos que los  motorizan. A trav&eacute;s de dichas comisiones se archiva; se articulan, desarticulan  y editan institucionalmente las lecturas sobre lo ocurrido. Un caso diciente de  edici&oacute;n del pasado que anota Castillejo es el que oper&oacute; en la Comisi&oacute;n  Sudafricana con respecto al desplazado, que no fue considerado una v&iacute;ctima en  el sentido oficial, y con la exclusi&oacute;n del debate p&uacute;blico sobre la restituci&oacute;n  de la tierra, que dej&oacute; intacto el fundamento mismo del <i>apartheid</i>. En el caso colombiano no  estar&iacute;amos muy lejos de esa realidad. Es innegable que el nudo gordiano  hist&oacute;rico de nuestra guerra es la tierra. Para muchos, entre los que me  incluyo, adem&aacute;s de ser el detonante de la violencia, la tierra podr&iacute;a ser la  gran desactivadora del desangre. Pero en el actual proceso, parece que se  conoce m&aacute;s de los cr&iacute;menes que de la tierra usurpada. Y este es un silencio que  no puede perdon&aacute;rsele a un proceso como Justicia y Paz, si se quiere avanzar en  la reconciliaci&oacute;n nacional.</p>     <p align="justify">Para  concluir, es posible asumir que la apuesta de fondo de Castillejo con este  interesante libro es desentra&ntilde;ar <i>la  geopol&iacute;tica de la investigaci&oacute;n</i>,  a trav&eacute;s de la puesta en escena de una &eacute;tica y una epistemolog&iacute;a cr&iacute;ticas del  oficio. Para ello se requiere reflexionar sobre la relaci&oacute;n entre colaboraci&oacute;n  e investigaci&oacute;n como un espacio de encuentro para el investigador, en el que se  piensen las implicaciones de mirar sist&eacute;micamente y hacer inteligible aquello  que constituye los <i>puntos ciegos </i>de la mirada, como lo dice  Bateson (2001).  Esa &eacute;tica y esa epistemolog&iacute;a suponen una confrontaci&oacute;n de lo narrado por el  experto, lo revelado por el activista, pero tambi&eacute;n de lo callado por los  sobrevivientes.</p> <hr align="JUSTIFY" size="1"> </font>     <p align="justify"><font size="3" face="verdana"><b>Notas</b></font></p> <font size="2" face="verdana">     <p align="justify"><a href="#spie1" name="pie1">1</a>. El libro fue premiado recientemente por la Fundaci&oacute;n Alejandro  &Aacute;ngel Escobar en la categor&iacute;a de mejor trabajo de investigaci&oacute;n en ciencias  sociales humanas. Esta Fundaci&oacute;n otorga, desde el a&ntilde;o 1955, los Premios de  Ciencias y Solidaridad en Colombia. Se incluyen ciencias exactas, f&iacute;sicas y  naturales, ciencias sociales y humanas y medioambiente y desarrollo sostenible.</p>     <p align="justify"><a href="#spie2" name="pie2">2</a>. Espec&iacute;ficamente, su experiencia en el Direct Action Centre  for Peace and Memory.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#spie3" name="pie3">3</a>. Por ejemplo, el Incidente del Caballo de Troya, ocurrido en la  localidad segregada de Athlone, el 15 de octubre de 1985, donde fueron asesinados tres ni&ntilde;os y j&oacute;venes entre once y  veinti&uacute;n a&ntilde;os de edad. </p>     <p align="justify"><a href="#spie4" name="pie4">4</a>. Con este neologismo me refiero a la inscripci&oacute;n y sedimentaci&oacute;n  de un <i>lugar de memoria </i>en un <i>circuito de turismo</i>.</p>     <p align="justify"><a href="#spie5" name="pie5">5</a>. El autor realiz&oacute; labores de consultor&iacute;a con la Comisi&oacute;n Peruana  de la Verdad y la Reconciliaci&oacute;n, e intercambi&oacute; puntos de vista con colegas  peruanos y comunidades de sobrevivientes y desplazados en Lima y Cuzco.</p>     <p align="justify"><a href="#spie6" name="pie6">6</a>. Adem&aacute;s de su trabajo docente e investigativo en el Departamento  de Antropolog&iacute;a de la Universidad de los Andes, realiza actualmente una  &nbsp;consultor&iacute;a  para el Grupo de Memoria Hist&oacute;rica (ver siguiente nota), alrededor de una  etnograf&iacute;a del proceso de versiones libres de miembros de las Autodefensas  Unidas de Colombia, que relatan sus actividades ante un juez y un fiscal de  Justicia y Paz, quien a su vez se encarga de investigar-corroborar la versi&oacute;n  del <i>testificante </i>o <i>versionado</i>.</p>     <p align="justify"><a href="#spie7" name="pie7">7</a>. Esta &aacute;rea desarrolla sus actividades desde 2006 y est&aacute; conformada por un grupo de  dieciocho investigadores nacionales y un comit&eacute; consultivo de ocho acad&eacute;micos  extranjeros. Su principal objetivo es &quot;elaborar y divulgar una narrativa global  sobre el conflicto armado en Colombia&quot;. La metodolog&iacute;a utilizada son los <i>casos emblem&aacute;ticos </i>que permiten ilustrar, a partir de la reconstrucci&oacute;n de eventos  y situaciones concretas de violencia vividas por determinadas comunidades, la  magnitud de los conflictos, las disputas entre actores, las l&oacute;gicas y mecanismos  de terror, los impactos sobre la poblaci&oacute;n y las iniciativas de resistencia.  Desde 2008 hasta  el presente, se han producido cinco informes sobre masacres (Trujillo, El  Salado, La Rochela, Bojay&aacute; y Bah&iacute;a Portete); tres informes tem&aacute;ticos (sobre  memorias en tiempos de guerra, memoria y g&eacute;nero en la costa Caribe y despojo de  tierras) y unas herramientas metodol&oacute;gicas para reconstruir la memoria  hist&oacute;rica. Para ampliar, se sugiere visitar <a href="http://www.memoriahistorica-cnrr.org.co" target="_blank">http://www.memoriahistorica-cnrr.org.co</a> Alejandro Castillejo: Los archivos del  dolor: ensayos sobre la violencia&nbsp; y el  recuerdo en la Sud&aacute;frica contempor&aacute;nea</p>     <p align="justify"><a href="#spie8" name="pie8">8</a>. En 2009,  la Corte Suprema de Justicia sugiri&oacute; la creaci&oacute;n de una comisi&oacute;n de la verdad.  Su solicitud iba encaminada a esclarecer los cr&iacute;menes cometidos por los  paramilitares que se desmovilizaron al amparo de la Ley de Justicia y Paz. Este  llamado se hizo en el marco de un serio cuestionamiento, luego de cuatro a&ntilde;os,  a la efectividad de los procesos judiciales amparados en esta Ley.  Recientemente, el alto comisionado para la paz, Frank Pearl, asegur&oacute; que no se  necesitaba una comisi&oacute;n de la verdad en el pa&iacute;s, puesto que ya exist&iacute;a un &Aacute;rea  de Memoria Hist&oacute;rica para ello, y crearla equivaldr&iacute;a a duplicar funciones innecesariamente  (cfr. &quot;No necesitamos una comisi&oacute;n de la verdad&quot;, 2010). </p>     <p align="justify"><a href="#spie9" name="pie9">9</a>. Por ejemplo, la Comisi&oacute;n para la Superaci&oacute;n de la Violencia, de  1991;  la comisi&oacute;n creada en 1994 para  investigar las masacres de Trujillo, entre 1988 y 1991;  la Comisi&oacute;n de la Verdad de los Hechos del Palacio de Justicia (2005). Tambi&eacute;n existen otras, lideradas por  sectores y organizaciones de la sociedad civil, como la Comisi&oacute;n &Eacute;tica creada  en 2006 por  iniciativa del Movimiento Nacional de V&iacute;ctimas de Cr&iacute;menes de Estado (Movice).</p>     <p align="justify"><a href="#spie10" name="pie10">10</sup></a>. La Comisi&oacute;n Nacional Investigadora de las Causas y Situaciones  Presentes de la Violencia en el Territorio Nacional (1958) y la Comisi&oacute;n de Estudios sobre la  Violencia (1987).  El Grupo de Memoria Hist&oacute;rica cumplir&iacute;a tambi&eacute;n estas funciones.</p> <hr align="JUSTIFY" size="1"> </font>     <p align="justify"><font size="3" face="verdana"><b>REFERENCIAS</b></font></p> <font size="2" face="verdana">     <p align="justify">1. BATESON, G. (2001). <i>Esp&iacute;ritu y naturaleza. </i>Buenos Aires: Amorrortu Editores.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">2. CASTILLEJO, A. (2000). <i>Po&eacute;tica de lo otro: una  antropolog&iacute;a de la guerra, la soledad y el exilio interno en Colombia. </i>Bogot&aacute;: Instituto Colombiano de  Antropolog&iacute;a, Ministerio de la Cultura / Instituto Colombiano para el  Desarrollo de la Ciencia y la T&eacute;cnica.</p>     <p align="justify">3. CASTILLEJO, A. (2009). Iluminan tanto como  oscurecen: de las violencias y las memorias en la Colombia actual. Ponencia  presentada en el foro nacional &quot;&iquest;Por qu&eacute; recordar en Colombia?&quot;, organizado por  la Universidad Sur Colombiana y la Fundaci&oacute;n Mundos Posibles, Neiva.</p>     <p align="justify">4. CEBALLOS, M. (2009). <i>Comisiones de la verdad:  Guatemala, El Salvador y Sud&aacute;frica, perspectivas para Colombia. </i>Bogot&aacute;: La Carreta.</p>     <p align="justify">5. DERRIDA, J. (1995). <i>Archive Fever: A Freudian  Impression</i>. Baltimore: Johns Hopkins  University.</p>     <p align="justify">6. JARAMILLO, J. (2010). (en prensa). Narrando el  dolor y luchando contra el olvido en Colombia. Recuperaci&oacute;n y tramitaci&oacute;n  institucional de las heridas de la guerra. <i>Revista Sociedad y Econom&iacute;a</i>, 19.</p>     <p align="justify">7. No  necesitamos una comisi&oacute;n de la verdad. (2010, 19 de junio). <i>El Espectador</i>.</p>     <p align="justify">8. TAMBIAH, S. (1996). <i>Leveling  Crowds: Ethnonationalist Conflict and Collective Violence in South East Asia. </i>Berkeley, Los Angeles, London: University  of California Press.</p> <hr align="JUSTIFY" size="1">     <p align="right"><b>JEFFERSON JARAMILLO MAR&Iacute;N</b>    <br>Profesor,  Departamento de Sociolog&iacute;a    <br>   Pontificia  Universidad Javeriana    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <a href="mailto:jefferson.jaramillo@javeriana.edu.co">jefferson.jaramillo@javeriana.edu.co/</a>    <br> <a href="mailto:jefferson.jaramillo@flacso.edu.mx">jefferson.jaramillo@flacso.edu.mx</a></p> </font>      ]]></body>
</article>
