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</front><body><![CDATA[  	<font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">      	    <p align="center"><font size="4"><b>A prop&oacute;sito de "No hay silencio que no termine", de Ingrid Betancourt<sup>1</sup></b></font></p>              <p align="center"><font size="3"><b>On "Even silence has an end" by Ingrid Betancourt</b></font></p>              <p align="center"><font size="3"><b>A prop&oacute;sito de "No h&aacute; sil&ecirc;ncio que n&atilde;o termine", de Ingrid Betancourt</b></font></p> 	 	    <p><i>Gilles Bataillon</i>    <br>     EHESS, Paris-Francia</p> 	 	     <p>1 Rese&ntilde;a de la versi&oacute;n en franc&eacute;s: "M&ecirc;me le silence a une fin", Paris, Editions Gallimard, 2010. Traducci&oacute;n de Alberto Valencia Guti&eacute;rrez, profesor Universidad del Valle, Cali, Colombia.</p>    <hr>                 <p>No hay silencio que no termine, es la narraci&oacute;n de los seis a&ntilde;os y medio (febrero de 2002 -julio de 2008) durante los cuales Ingrid Betancourt estuvo prisionera de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). No sobra observar que este libro era esperado. La franco-colombiana se hab&iacute;a convertido al mismo tiempo en la encarnaci&oacute;n de la figura de los &laquo;secuestrados pol&iacute;ticos&raquo;, y en el s&iacute;mbolo de la intransigencia del Presidente Uribe frente a cualquier tipo de negociaci&oacute;n con las FARC. Alrededor de su nombre se condensaban todas las pasiones y los meandros de la opini&oacute;n p&uacute;blica frente a la cuesti&oacute;n de los secuestrados. &iquest;Por qu&eacute; tanta preocupaci&oacute;n de Francia por Ingrid Betancourt y tan poca por los secuestrados &laquo;ordinarios&raquo;? Tengamos en cuenta que el problema es de actualidad. La prensa francesa, como es apenas obvio, recuerda los nombres de los periodistas franceses secuestrados en Afganist&aacute;n desde aproximadamente un a&ntilde;o, pero  no menciona casi nunca el de sus &laquo;tres acompa&ntilde;antes&raquo;. El caso de Ingrid Betancourt ilustraba, por lo dem&aacute;s, todos los intereses en juego en las negociaciones con las FARC. Negociar con este grupo, incluso por razones humanitarias, v&iacute;a Ch&aacute;vez, pod&iacute;a conducir a reconocerles una legitimidad, a &laquo;hacerles el juego&raquo; y de esta manera a promover los secuestros que les permit&iacute;an afianzar su predominio sobre ciertas regiones consideradas &laquo;desmilitarizadas&raquo;. Igualmente, otros secuestrados liberados antes que ella como Clara Rojas, o al mismo tiempo como los militares norteamericanos, hab&iacute;an publicado sus propias memorias y hab&iacute;an construido un retrato a menudo muy poco complaciente de Ingrid Betancourt. Parec&iacute;a poco probable que ella no reaccionara ante estos juicios y que insistiera en mantenerse en las consideraciones que present&oacute; inmediatamente despu&eacute;s de su liberaci&oacute;n: &laquo;Algunas cosas deben permanecer en la selva... porque son bastante desagradables&raquo;. Al presentar, en cerca de 700 p&aacute;ginas, lo que se puede llamar su calvario, no se contenta con describir en detalle los acontecimientos que le toc&oacute; vivir sino que, al hacerlo, ofrece su propia versi&oacute;n de los hechos relacionados con los temas que est&aacute;n en el centro de las pol&eacute;micas, de las condiciones de su secuestro y de las relaciones con los compa&ntilde;eros de cautiverio, sobre todo los norteamericanos.</p>      	    <p>El relato de uno de sus intentos de evasi&oacute;n que aparece en las primeras p&aacute;ginas de su narraci&oacute;n evoca, de manera muy precisa, la brutalidad y la arbitrariedad a la que se ven confrontados los casi 700 cautivos &laquo;pol&iacute;ticos&raquo; de las Farc. Retenidos en condiciones que recuerdan los barcos negreros o las colonias penitenciarias del siglo XIX, no solamente est&aacute;n amenazados con caer abatidos si intentan la fuga, sino que corren el riesgo de ser ejecutados si existe la evidencia de que una operaci&oacute;n de las Fuerzas Armadas puede liberarlos. &iquest;C&oacute;mo se monta una evasi&oacute;n, c&oacute;mo se enga&ntilde;a a los guerrilleros encargados de la vigilancia? &iquest;Qu&eacute; tipo de temores se deben enfrentar cuando se emprende la fuga de noche en una selva poblada de animales peligrosos, jaguares, caimanes, serpientes o tar&aacute;ntulas? &iquest;C&oacute;mo se construyen puntos de referencia para orientarse en la noche, c&oacute;mo aventurarse en territorios desconocidos con la esperanza de encontrar la libertad? &iquest;Qu&eacute; actitud se debe tener frente a las poblaciones civiles que viven en las zonas controladas por los guerrilleros? &iquest;C&oacute;mo son capturados de nuevo y luego castigados despu&eacute;s de una evasi&oacute;n? Todos estos aspectos est&aacute;n muy bien contados y son sutilmente descritos: el p&aacute;nico de la muerte, la huida, el sentimiento de libertad y de j&uacute;bilo por haber burlado la vigilancia de los carceleros o el desespero al ser atrapado de nuevo y condenado a vivir con una cadena en el cuello como un animal. Otros aspectos son, por el contrario, sugeridos de manera p&uacute;dica, como la violaci&oacute;n colectiva a la cual ella se vio sometida despu&eacute;s de una evasi&oacute;n.</p>      	    <p>Sin embargo, la continuaci&oacute;n del libro decepciona, a pesar de la admiraci&oacute;n que se puede experimentar por el coraje y la determinaci&oacute;n de la antigua reh&eacute;n frente a sus guardianes. Despu&eacute;s de este primer cap&iacute;tulo viene un libro desigual que oscila entre reconstrucciones azarosas y contradichas por numerosos testimonios, palabrer&iacute;a in&uacute;til, complaciente y a menudo interminable&nbsp;; y algunas observaciones, que aparecen en medio de ese f&aacute;rrago, muchas veces justas aunque apenas esbozadas, sobre el juego de roles entre prisioneros y guardianes o sobre la sociabilidad interna en las FARC.</p>      	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Si bien la narraci&oacute;n minuciosa de su captura en compa&ntilde;&iacute;a de Clara Rojas es, sin lugar a dudas verdadera o plausible, la autora olvida algo fundamental: el hecho de que no s&oacute;lo las autoridades le negaron la protecci&oacute;n a la que ten&iacute;a derecho como candidata a la presidencia de la Rep&uacute;blica, sino que ella misma escogi&oacute;, de manera muy medi&aacute;tica, asumir los riesgos del desplazamiento a una zona controlada por la guerrilla, cosa que todo el mundo en la &eacute;poca juzgaba insensato. Ella se cuida my bien de no recordar este contexto. Al dejarlo de lado, construye cuidadosamente, por el contrario, el personaje de un candidato en ruptura con el establecimiento pol&iacute;tico tradicional, que la deja perecer y que la abandona porque, como lo sugiere en el libro, ella ten&iacute;a en sus manos la posibilidad de trastornar la situaci&oacute;n pol&iacute;tica. La realidad es m&aacute;s compleja y menos luminosa. Betancourt no era de ninguna manera un alter-ego femenino del antiguo alcalde de Bogot&aacute;, Antanas Mockus, el candidato verde de las &uacute;ltimas elecciones presidenciales, un hombre capaz de hablar en t&eacute;rminos cre&iacute;bles, gracias a que se apoya en una trayectoria personal ejemplar. Ella era una mujer joven, de buena familia, muy integrada a los medios pol&iacute;ticos colombianos y franceses m&aacute;s tradicionales, que no rechazaba tampoco, como ocurre en estos c&iacute;rculos, los contactos con los mundos ilegales del narcotr&aacute;fico, de los paramilitares y, en algunos casos, de la guerrilla. Su originalidad pol&iacute;tica proven&iacute;a sobre todo de su utilizaci&oacute;n met&oacute;dica de todos los recursos medi&aacute;ticos de la democracia de opini&oacute;n; muy poco de su programa o de su capacidad para congregar partidarios de la renovaci&oacute;n; y mucho menos de sus posibilidades de convertirse en una outsider capaz de imponerse sobre los dem&aacute;s candidatos.</p>      	    <p>En la narraci&oacute;n de sus conflictos con Clara Rojas o con otros secuestrados recurre a un artificio ret&oacute;rico muy utilizado en el mundo de las gentes &laquo;bien educadas": decir las cosas m&aacute;s viperinas en el lenguaje m&aacute;s refinado y con la m&aacute;scara de una cierta compasi&oacute;n. El efecto queda garantizado. &Eacute;l o la primera que la desmienta o que proteste con alguna vehemencia es tratado como un ser vulgar o como una arp&iacute;a de malas maneras; la cuesti&oacute;n de la verdad de los hechos se escamotea de esta manera cuidadosamente. Observemos tambi&eacute;n los aspectos pat&eacute;ticamente superfluos e interminables de las evocaciones de su familia o de sus amigos. Cuando habla de sus padres (su padre muri&oacute; durante el secuestro), de sus hijos, de su ex marido, del petulante de Villepin o de algunos de sus conocidos, su lenguaje suena falso. El relato de sus plegarias es igualmente convencional.</p>      	    <p>El libro se sostiene y no se abandona gracias a algunos excelentes observaciones sobre los juegos de colaboraci&oacute;n y de competencia entre los prisioneros y a algunos comentarios, tambi&eacute;n igualmente precisos pero mucho menos numerosos, sobre sus secuestradores. En varios momentos describe de manera muy fina las condiciones particularmente brutales de la detenci&oacute;n de los secuestrados, la arbitrariedad absoluta de los guerrilleros con respecto a ellos o la organizaci&oacute;n de un sistema de espionaje, aspectos que contribuyen a deteriorar o a debilitar los h&aacute;bitos sociales de solidaridad entre personas  que se encuentran en una competencia permanente por lograr alg&uacute;n tipo de consideraci&oacute;n por parte de sus verdugos. La tendencia es al repliegue o a la apat&iacute;a. Los lazos sociales m&aacute;s s&oacute;lidos son los que existen entre dos o tres personas, bien sean amistosos o amorosos, se construyen d&iacute;a a d&iacute;a durante la detenci&oacute;n pero, por este hecho precisamente son fr&aacute;giles y reversibles; los que se apoyan en un v&iacute;nculo anterior, como en el caso de los militares norteamericanos son, por el contrario, m&aacute;s duraderos. Al leer sus anotaciones sobre la sumisi&oacute;n absoluta de los guerrilleros al Secretariado (el organismo que dirige las FARC), sobre la fascinaci&oacute;n que ejerce sobre algunos de ellos el siniestro &laquo;mono Jojoy&raquo;, sobre los j&oacute;venes reclutados, sobre el rol de la delaci&oacute;n en todos los campos como modo de control dentro de la guerrilla, se pueden apreciar en toda su crudeza las costumbres totalitarias de esta organizaci&oacute;n. Sus observaciones sobre el machismo en vigor &ndash; las &laquo;rangueras&raquo;, las guerrilleras que se promueven gracias al canap&eacute;, la imposibilidad de rechazar las propuestas de los jefes y los servicios sexuales- o sus descripciones de los guerrilleros rasos y de algunos dirigentes aportan mucho al conocimiento de los h&aacute;bitos de la guerrilla.</p>      	    <p>Termino con un reproche y con una pregunta: &iquest;por qu&eacute; nadie ha sido capaz de decir a Ingrid Betancourt, para favorecer sus intereses y los de futuros lectores, que su experiencia de cautividad en las FARC es mucho m&aacute;s importante que un mal escrito? La reconstrucci&oacute;n a trav&eacute;s de la narraci&oacute;n no puede ser un acto de complacencia. &iquest;Por qu&eacute; no se le ha propuesto hacer un libro de entrevistas en el cual, con la ayuda de un entrevistador, pueda contar y resaltar lo esencial sin mezclarlo con lo accesorio?</p>              </font> 	     ]]></body>
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