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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[EL PADRE, EL LAZO SOCIAL Y LAS MUJERES]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="es"><p><![CDATA[En el cruce de caminos de los dos grandes e indisociables interrogantes freudianos: ¿qué es un padre? y ¿qué quiere una mujer? este trabajo da inicio a una reflexión sobre el lugar de las mujeres en la articulación que Freud establece entre el padre y el lazo social. De hecho, el padre freudiano, por mediación de la Ley de la cual él es su agente, tiene por función la regulación del goce que participa en el lazo social para hacer viable la comunidad humana. Ahora bien, el sostén de la comunidad humana es el lazo entre los hermanos, tal como Freud lo presenta en su texto fundador de la Ley. ¿Cómo precisar el lugar de las mujeres en este ordenamiento? La reflexión destaca aquello que excede a la Ley del Padre y que Freud pone a la cuenta de las mujeres, en principio bajo la forma de su oposición a la cultura.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face=verdana size=2>     <p><b>    <center><font face="verdana" size="4">EL PADRE, EL LAZO SOCIAL Y LAS MUJERES</font></center></b></p>      <p>&nbsp; </p>     <p><b>SYLVIA DE CASTRO KORGI*</b></p>     <p>UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA</p>      <p>    <center>Recibido: enero 25 de 2006 Revisado: junio 27 de 2006 Aceptado: julio 17 de 2006</center></p>     <p>&nbsp;</p>  <hr size="1">     <p><b>ABSTRACT</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>On the cross-point of two of the most important and inseparable Freudian questions:    What is a father?   and, What a woman wants?, this paper begins a reflection about the women&acute;s    place in the Freudian   articulation of the relationship between the father and the social bond. In    fact, the Freudian father, thanks   to the law mediation which he is its agent, has as a function the regulation    of the pleasure that participates   in the social bond, making this way possible the human community. On the other    hand, the support of   the human community is the bond among brothers, as well as Freud presents it    in his foundational text   of the Law. How to precise the women&acute;s place in this arrangement? The    reflection stands out this that   exceeds the Father&acute;s Law and that Freud sets on women&acute;s account,    initially under the figure of her   opposition to the culture.     <p>   <b>Keywords:</b> Father&acute;s Law, social bond, women, feminine, edipos&acute;s    complex.</p>     <p>&nbsp;</p>  <hr size="1">     <p><b>RESUMEN</b></p> En el cruce de caminos de los dos grandes e indisociables interrogantes freudianos: &iquest;qu&eacute; es un padre? y &iquest;qu&eacute; quiere una mujer? este trabajo da inicio a una reflexi&oacute;n sobre el lugar de las mujeres en la articulaci&oacute;n que Freud establece entre el padre y el lazo social. De hecho, el padre freudiano, por mediaci&oacute;n de la Ley de la cual &eacute;l es su agente, tiene por funci&oacute;n la regulaci&oacute;n del goce que participa en el lazo social para hacer viable la comunidad humana. Ahora bien, el sost&eacute;n de la comunidad humana es el lazo entre los hermanos, tal como Freud lo presenta en su texto fundador de la Ley. &iquest;C&oacute;mo precisar el lugar de las mujeres en este ordenamiento? La reflexi&oacute;n destaca aquello que excede a la Ley del Padre y que Freud pone a la cuenta de las mujeres, en principio bajo la forma de su oposici&oacute;n a la cultura.</p>     <p><b>Palabras clave:</b> Ley del Padre, lazo social, mujeres, lo femenino, complejo de  Edipo. </p>     <p>&nbsp;</p>  <hr size="1">     <p>He anunciado en el t&iacute;tulo de este trabajo tres elementos:   el padre, el lazo social y las mujeres. Me   interesa iniciar una reflexi&oacute;n sobre el lugar de las   mujeres en la articulaci&oacute;n que f&aacute;cilmente se establece,   en algunos textos de Freud, entre el padre y el   lazo social. De hecho, el padre freudiano, por mediaci&oacute;n   de la ley de la cual &eacute;l es su agente, tiene por   funci&oacute;n la regulaci&oacute;n del goce que participa en el   lazo social para hacer viable la comunidad humana.   Ahora bien, el sost&eacute;n de la comunidad humana   es el lazo entre los hermanos, tal como Freud nos   lo presenta en T&oacute;tem y tab&uacute;, su texto fundador de la   Ley y, por tanto, de la humanizaci&oacute;n. Apenas una   cita de este texto nos permitir&aacute; situar aquello de lo   que se trata: &quot;[...] a los hermanos, si quer&iacute;an vivir   juntos, no les qued&oacute; otra alternativa que erigir   -acaso tras superar graves querellas- la prohibici&oacute;n   del incesto, con la cual todos al mismo tiempo renunciaban   a las mujeres por ellos anheladas y por   causa de las cuales, sobre todo, hab&iacute;an eliminado al   padre&quot; (1987e/1913, p. 146). Es a precisar el lugar   de las mujeres en este ordenamiento que me voy a   ocupar en las siguientes p&aacute;ginas, teniendo siempre   presente que la complejidad del asunto le pone l&iacute;mite   a mi pretensi&oacute;n.</p>     <p>   Las articulaciones que destaco se hallan en el cruce   de caminos de los dos grandes e indisociables   interrogantes freudianos: &iquest;qu&eacute; es un padre?, &iquest;qu&eacute;   quiere una mujer? Interrogantes de los cuales el primero   toma la delantera en su reflexi&oacute;n, por as&iacute; decir:   al menos en referencia a &eacute;l es posible sostener   un enunciado consistente: el de la Ley del Padre. Mientras   que el segundo no dejar&aacute; de ser un enigma, &quot;el   enigma de la feminidad&quot; (Freud, 1932, p. 105), que   Freud prefiere dejar, si no a la ciencia, a los poetas.</p>     <p>   <b>La Ley del Padre</b></p>     <p>   Sobre el tel&oacute;n de fondo del abandono de la caracterizaci&oacute;n   del padre perverso, cuando le resta   car&aacute;cter de verdad objetiva a la denuncia de la   hist&eacute;rica en la llamada teor&iacute;a de la seducci&oacute;n, Freud se   internar&aacute; en su b&uacute;squeda por el camino que lo   conducir&aacute; a la formulaci&oacute;n del complejo de   Edipo, en cuya primera estaci&oacute;n sit&uacute;a al padre   como aquel del que se &quot;adue&ntilde;a&quot; la fantas&iacute;a sexual   infantil. Seg&uacute;n esto, el padre aparece, ya no seduciendo   a la hija y causando histeria, sino como   part&iacute;cipe de una ligaz&oacute;n afectiva, de un lazo que   hace de &eacute;l, para la ni&ntilde;a, el objeto de una investidura   sexual y, para el ni&ntilde;o, el de una investidura hostil   que es consecuencia de su rivalidad en el amor   por la madre. Las cosas no son tan sencillas y, en   efecto, el padre es tambi&eacute;n el objeto al que apunta   una ambivalencia de sentimientos, en virtud de lo   cual el peque&ntilde;o Edipo tendr&aacute; que v&eacute;rselas tanto   con la hostilidad como con la admiraci&oacute;n al padre.   La ni&ntilde;a por su parte, quien no ser&aacute; peque&ntilde;a   Electra en la pluma de Freud precisamente por la   disimetr&iacute;a que finalmente postular&aacute; entre los sexos   (1931, p. 231), abandona la ligaz&oacute;n originaria con   la madre para desembocar &quot;en la situaci&oacute;n ed&iacute;pica   como en un puerto&quot; (Freud, 1932, p. 120), en raz&oacute;n   de lo cual conservar&aacute; el lazo amoroso con el   padre, mientras que experimentar&aacute; un reforzamiento   de la hostilidad dirigida a su madre, a quien   culpa de su propia insuficiencia f&aacute;lica.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Freud no contaba a&uacute;n con toda esa elaboraci&oacute;n   cuando intuy&oacute; que el enamoramiento de la   madre y los celos hacia el padre en el var&oacute;n eran   un &quot;suceso universal de la ni&ntilde;ez temprana&quot;, es   decir, no s&oacute;lo en los neur&oacute;ticos. Fue ah&iacute; cuando el   parentesco con el h&eacute;roe tr&aacute;gico griego se le hizo   evidente (Freud, 1987g). Entonces, mediante el   recurso a la tragedia de S&oacute;focles, relato fundacional   indiscutible de nuestra tradici&oacute;n cultural, Freud   atraviesa el umbral que separa a los neur&oacute;ticos del   resto de los mortales. A partir de los dos elementos   fundamentales de la tragedia, el destino inexorable   que conduce a Edipo a cometer los dos   cr&iacute;menes mayores de la humanidad, y el deseo   suyo de arribar a la verdad al confrontar al otro   desconocido que hay en &eacute;l, Freud convierte la figura   de Edipo en un paradigma simb&oacute;lico que   garantiza la universalidad de su descubrimiento: la   tragedia se&ntilde;ala para cada uno el reconocimiento   de un destino com&uacute;n.</p>     <p>   Freud no dejar&aacute; de afirmar que el complejo   de Edipo es el n&uacute;cleo de las neurosis, lo cual resulta   parad&oacute;jico con respecto a lo dicho anteriormente.   Lo cierto es que este complejo pone a cada   uno frente a una de las mayores tareas en su existencia,   que consiste en despegarse de los padres.</p>     <p>Es tan s&oacute;lo despu&eacute;s de haber realizado una tarea   semejante que podr&aacute; &eacute;l mismo dejar de ser un   ni&ntilde;o. La tarea del var&oacute;n consiste en desprender   de su madre sus propios deseos libidinales para   orientarlos sobre un objeto real &quot;extranjero&quot; y,   simult&aacute;neamente, reconciliarse con su padre si es   que conserv&oacute; una cierta hostilidad hacia &eacute;l, o a   emanciparse de su tiran&iacute;a cuando por reacci&oacute;n   contra su propia rebeld&iacute;a infantil se convirti&oacute; en   su esclavo sometido. En cuanto a la mujer, habiendo   cumplido con la tarea de desprenderse   primero de la madre, tendr&aacute; que desprenderse en   un segundo tiempo de sus deseos libidinales con   los que ha investido al padre para dirigirse a otro   hombre. Estas tareas se imponen para todos y   cada uno de nosotros, y su efectiva realizaci&oacute;n es   tan s&oacute;lo un ideal. Los neur&oacute;ticos manifiestos han   fracasado en ellas y por eso permanecen toda su   vida en calidad de hijos: ellos, bajo el imperio de   la autoridad del padre, incapaces de llevar su libido   sobre una mujer; ellas, aferradas a una posici&oacute;n   de reivindicaci&oacute;n con respecto a la madre o a un   amor desmedido por el padre.</p>     <p>   La constataci&oacute;n de que el n&uacute;cleo de la neurosis   est&aacute; inscrito en cada uno de nosotros no es la &uacute;nica   ense&ntilde;anza que podemos extraer del complejo de   Edipo y, en todo caso, es correlativa de esta otra:   que el deseo est&aacute; fundamentalmente estructurado   por ese n&uacute;cleo ed&iacute;pico, y que es esencialmente una   demanda que tiene fuerza de ley: No desear&aacute;s a aquella   que ha sido mi deseo (Lacan, 1962), en relaci&oacute;n con   un deseo que es el deseo del Otro, de la madre.   Esto muestra la verdad general del deseo, que es   v&aacute;lida para todos, y que el neur&oacute;tico no hace m&aacute;s   que poner de relieve de manera cabal. Muestra tambi&eacute;n   c&oacute;mo el enunciado de la Ley del Padre recoge   la verdad del deseo: sin ley no hay deseo.</p>     <p>   La implicaci&oacute;n del complejo nuclear de las   neurosis en el Complejo de Edipo requiere de la   articulaci&oacute;n de este &uacute;ltimo con el complejo de   castraci&oacute;n, algo que Freud logra cuando introduce   la funci&oacute;n del falo en la econom&iacute;a subjetiva.   De entrada Freud no pens&oacute; la prohibici&oacute;n del incesto   en relaci&oacute;n con el padre. Consider&oacute; al principio   que tal prohibici&oacute;n era una exigencia cultural   (Freud, 1905) y s&oacute;lo poco a poco relacion&oacute; una   cosa con la otra. As&iacute;, en su estudio sobre Un recuerdo   infantil de Leonardo da Vinci (Freud, 1987d/   1910), advert&iacute;a que cuando el padre falta el ni&ntilde;o   queda librado al influjo materno, y hac&iacute;a menci&oacute;n   de la fatalidad que fue para Leonardo la ternura   de la madre, &quot;la violencia de las caricias maternas&quot;,   dando cuenta de la situaci&oacute;n del ni&ntilde;o atrapado   en el deseo del Otro materno. Luego, una   construcci&oacute;n que tiene el valor de mito, le permitir&aacute;   ya no s&oacute;lo reconducir la cultura a la prohibici&oacute;n   del incesto sino poner al padre en el lugar de   la referencia fundamental del progreso cultural;   de la subjetividad humana y del lazo social.</p>     <p>   Eje de la configuraci&oacute;n ya no neur&oacute;tica sino   subjetiva, el padre es quien cumple el encargo cultural   de inscribir la prohibici&oacute;n del goce incestuoso   en el inconsciente del ni&ntilde;o. De este modo, un   nuevo componente se introduce en la ligaz&oacute;n   afectiva con el padre: la identificaci&oacute;n. A la salida   del Edipo, el ni&ntilde;o que ha renunciado a la madre   por la intervenci&oacute;n paterna se identifica con el   padre, portador del falo, y hace propias sus insignias,   que se agrupan en el Ideal del Yo. La ni&ntilde;a, a   su vez, se dirige al padre y en ese recorrido, en el   que el deseo de falo se troca en deseo del hijo (del   padre), encuentra el camino hacia la feminidad.   As&iacute; explicaba Freud la asunci&oacute;n del sexo: en el   cruce entre la investidura sexual y la identificaci&oacute;n,   en referencia al padre.</p>     <p>   El mito que Freud construye en su m&aacute;s querido   texto, T&oacute;tem y tab&uacute; (1987e/1913), obedece a la   exigencia de exponer una infraestructura capaz de   ordenar los aspectos esenciales de la funci&oacute;n paterna,   una vez aislada la relaci&oacute;n entre el padre y la   ley de prohibici&oacute;n. En &eacute;l Freud presenta una figura   del padre que le permite resolver un impasse   importante, se&ntilde;alado por Le Gaufey (1995): resulta   que a la p&eacute;rdida del estatuto del padre perverso   de la hist&eacute;rica, Freud recurri&oacute; a Edipo, pero   Edipo es padre e hijo simult&aacute;neamente, y esa es   precisamente su tragedia. As&iacute; que, antes que evidenciar   la verdadera naturaleza del padre, Edipo   lanz&oacute; el asunto a un atolladero con rostro de   apor&iacute;a. Es como si a la pregunta freudiana por   excelencia, &iquest;qu&eacute; es un padre? se le diera por respuesta:   un hijo, valga decir, en el incesto. As&iacute; pensadas   las cosas, Edipo se constituye en paradigma   no s&oacute;lo de la universalidad del deseo incestuoso, sino de la no soluci&oacute;n    de continuidad entre padre   e hijo. En esos t&eacute;rminos podemos resumir la traves&iacute;a   freudiana del h&eacute;roe tr&aacute;gico.</p>     <p>   Le Gaufey considera que lo que hizo aparici&oacute;n   con Edipo en la elaboraci&oacute;n de Freud es el espectro   que amenaza cualquier pensamiento con pretensiones   de racionalidad: el de la regresi&oacute;n al infinito   que, para el caso, en cada padre descubre inexorablemente   a un hijo. Es esta regresi&oacute;n la que Freud   se vio obligado a interrumpir, de tal modo que   pudiera concebirse un hijo que habiendo llegado a   ocupar el lugar del padre no fuera m&aacute;s que padre,   es decir, que renunciara a su lugar de hijo. T&oacute;tem y   tab&uacute; es la respuesta a aquella amenaza, una respuesta   tan fecunda como cargada de dificultades que, al   proponer efectivamente un padre que no ha sido   hijo, un padre por fuera de la cadena de las generaciones,   resuelve el problema del padre en cuanto   padre, a costa de situarlo en los or&iacute;genes, en los   confines del tiempo y de la historia humana.</p>     <p>   El punto fundamental del texto freudiano en   esto que aqu&iacute; nos interesa, en el que adem&aacute;s recoge   de manera muy resumida toda la rica elaboraci&oacute;n   previa, empieza as&iacute;: &quot;Y si ahora conjugamos   la traducci&oacute;n que el psicoan&aacute;lisis ha dado del t&oacute;tem   [equivalente al padre] con el banquete tot&eacute;mico   [la fiesta que sigue al asesinato del t&oacute;tem durante   la cual los miembros del clan se identifican con &eacute;l   ingiriendo su sustancia] y la hip&oacute;tesis darwiniana   sobre el estado primordial de la sociedad humana   [en la que existe uno -un jefe- que proh&iacute;be el   contacto -el goce- y expulsa a todos los hijos cuando   crecen], obtenemos la posibilidad de un entendimiento   m&aacute;s profundo, la perspectiva de una   hip&oacute;tesis que acaso parezca fant&aacute;stica, pero que   tiene la ventaja de establecer una unidad insospechada   entre series de fen&oacute;menos hasta hoy separadas   (...) [y si, adem&aacute;s] nos remitimos a la   celebraci&oacute;n del banquete tot&eacute;mico podremos dar   una respuesta&quot;. Es aqu&iacute; donde se aventura en su   m&iacute;tica historia: &quot;Un d&iacute;a los hermanos expulsados   se aliaron, mataron y devoraron al padre, y as&iacute;   pusieron fin a la horda paterna. Unidos osaron   hacer y llevaron a cabo lo que individualmente les   habr&iacute;a sido imposible&quot; (Freud, 1987e/1913).</p>     <p>   Esta banda de hermanos no mata a un padre   que fuera el padre de cada cual, y justamente entre   el jefe de la horda que proh&iacute;be a las mujeres y el   padre muerto se sit&uacute;a el inter&eacute;s de la investigaci&oacute;n   freudiana: la cuesti&oacute;n del padre ya no vivo, seduciendo   a sus hijas y causando histeria, sino muerto,   devorado por sus hijos, unidos desde ahora por   el lazo de su sangre. Se trata de un acto que figura,   en sus dos tiempos constitutivos, el odio y el amor   al padre, y del que el acento recae en el segundo,   en el acto de devorarlo, el de la identificaci&oacute;n de   cada uno con el padre, lo que a su vez sostiene la   uni&oacute;n de todos entre s&iacute;: un lazo de doble cara. De   este modo el asesinato no mata al padre, sino que   lo funda, y el padre no recibir&aacute; su nombre sino   por el atajo de su incorporaci&oacute;n, cuya efectividad   propiamente dicha es el lazo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Ya sabemos lo que sigue en esta historia: &quot;El   muerto se volvi&oacute; a&uacute;n m&aacute;s fuerte de lo que fuera   en vida. (...) Lo que antes &eacute;l hab&iacute;a impedido con   su existencia, ellos mismos [los hijos] se lo prohibieron   (...). Revocaron su haza&ntilde;a declarando no   permitida la muerte del sustituto paterno, el t&oacute;tem,   y renunciaron a sus frutos deneg&aacute;ndose las   mujeres liberadas&quot;. As&iacute;, desde la conciencia de   culpa del hijo var&oacute;n, Freud explica el surgimiento   de &quot;los dos tab&uacute;es fundamentales del totemismo,   que por eso mismo necesariamente coincidieron   con los dos deseos reprimidos del complejo de   Edipo&quot; (Freud, 1987e/1913, p. 145) y, correlativamente,   el surgimiento de las limitaciones &eacute;ticas   y de la organizaci&oacute;n social.</p>     <p>   En efecto, los hermanos debieron pactar tanto   la renuncia al goce de las mujeres por cuya causa   hab&iacute;an suprimido al padre, como la renuncia a   sucederlo. Esa es la g&eacute;nesis de la ley, seg&uacute;n Freud.   Adem&aacute;s, debieron procurar la reconciliaci&oacute;n y el   apaciguamiento del padre ultrajado a quien   &quot;totemizaron&quot;. Ese es el origen de la religi&oacute;n. Y   Freud contin&uacute;a: &quot;As&iacute; [los hermanos] salvaron la   organizaci&oacute;n que los hab&iacute;a hecho fuertes y que   pod&iacute;a descansar sobre sentimientos y quehaceres   homosexuales...&quot; (1987e/1913, p. 146). Entonces,   la sociedad que ah&iacute; se inaugura puede definirse   como el lazo social entre los hombres -homosexualidad   sublimada- en el que cada hijo debe dar   prueba del amor al padre, en contraposici&oacute;n con   el deseo parricida que lo habita (Pommier, 2002).</p>     <p>Deteng&aacute;monos todav&iacute;a en otras cuantas p&aacute;ginas   de T&oacute;tem y tab&uacute; que tan l&uacute;cidamente nos aportan   elementos para caracterizar aquel modo de   organizaci&oacute;n social sostenido en el amor al padre   y, por ah&iacute; mismo, para tratar de precisar las consecuencias   que entra&ntilde;a la doble presencia del padre   seg&uacute;n este mito, lo que ha conducido a algunos   te&oacute;ricos a sostener que la divisi&oacute;n es la verdadera   consistencia del padre freudiano (Le Gaufey,   1995), o que no se puede avanzar con paso firme   en lo atinente al padre si no se tiene en cuenta la   dualidad de su funci&oacute;n (Pommier, 1995).</p>     <p>   En T&oacute;tem y tab&uacute;, Freud pone en escena la presencia   doble del padre en correspondencia con   los dos actos que conciernen al protopadre, asesinado   y devorado, avasallado y desagraviado. Pero   hay otra divisi&oacute;n, la que se deduce del desarrollo   de las religiones desde sus or&iacute;genes totemistas hasta   su estado posterior, seg&uacute;n lo propone Freud. Lo   que se agrega como novedad al totemismo, dice,   es el dios del linaje, algo que la exploraci&oacute;n psicoanal&iacute;tica   puede explicar en t&eacute;rminos de un enaltecimiento   del padre. Esta creaci&oacute;n nueva de un   dios con forma humana brota de la a&ntilde;oranza del   padre - verdadera ra&iacute;z de toda formaci&oacute;n religiosa,   seg&uacute;n Freud- y fue posible gracias a un cambio   ocurrido a trav&eacute;s de los tiempos en el v&iacute;nculo   con &eacute;l. El deseo de ser como el padre permaneci&oacute;   insatisfecho puesto que ninguno de los miembros   del clan pod&iacute;a ni ten&iacute;a derecho a alcanzar la   perfecci&oacute;n del poder paterno. En ese estado de   cosas creci&oacute; la a&ntilde;oranza por el padre primordial,   lo cual dio lugar a un ideal de plenitud de poder,   coherente con la ilimitaci&oacute;n que s&oacute;lo a &eacute;l puede   reconoc&eacute;rsele. Fue este ideal el que comand&oacute; la   creaci&oacute;n de los dioses: sustitutos venerados del   Padre muerto.</p>     <p>   Pero la transformaci&oacute;n de la relaci&oacute;n con el   padre no se limit&oacute; a las religiones, influy&oacute; sobre el   &aacute;mbito de la organizaci&oacute;n social: &quot;Al introducirse   las divinidades paternas, la sociedad sin padre   (vaterlose) -dice Freud-, se trasmud&oacute; poco a poco   en la sociedad de r&eacute;gimen patriarcal. La familia   fue una restauraci&oacute;n de la antigua horda primordial   y adem&aacute;s devolvi&oacute; a los padres (...) sus anteriores   derechos. Ahora hab&iacute;a de nuevo padres...&quot;   o &quot;permitida la muerte del sustituto paterno, el   t&oacute;tem, y renunciaron a sus frutos deneg&aacute;ndose las   mujeres liberadas&quot;. As&iacute;, desde la conciencia de   culpa del hijo var&oacute;n, Freud explica el surgimiento   de &quot;los dos tab&uacute;es fundamentales del totemismo,   que por eso mismo necesariamente coincidieron   con los dos deseos reprimidos del complejo de   Edipo&quot; (Freud, 1987e/1913, p. 151). No por ello   las conquistas sociales del clan fraterno se perdieron:   se mantuvo la distinci&oacute;n entre los nuevos   padres de familia y el irrestricto padre primordial,   que fue lo bastante grande, como para asegurar la   creaci&oacute;n del Ideal. Hay pues, en el mismo Freud,   el Padre muerto y los padres vivos, en una articulaci&oacute;n   tal que el primero, el padre muerto, idealizado,   es la garant&iacute;a del pacto fraterno. Se trata de   una organizaci&oacute;n social en la que la identificaci&oacute;n   con el padre Ideal, o con el Ideal paterno, facilita   la tramitaci&oacute;n del goce y garantiza, adem&aacute;s, la comunidad   de los hermanos, que adhieren todos al   mismo Ideal. Es esto lo que Pommier recoge en   la siguiente cita: &quot;El complejo paterno implica dos   figuras, la de un muerto y la de un vivo&quot;. Y contin&uacute;a:   &quot;... durante todo el tiempo del monote&iacute;smo,   el padre eterno se mantuvo de pie frente a   los padres vivos&quot; (2002, p. 102).</p>     <p>   T&oacute;tem y tab&uacute; ha ofrecido a Freud el apoyo necesario   para la enunciaci&oacute;n de la ley ed&iacute;pica. El   asesinato del padre primordial funda la cultura y   &eacute;ste, muerto, abre el espacio para el padre ed&iacute;pico,   que tambi&eacute;n se somete a la ley que agencia. As&iacute;   pues, el mito del asesinato del padre aparece en el   origen del mito ed&iacute;pico: a trav&eacute;s de la transmudaci&oacute;n   simb&oacute;lica del padre primordial organiza la   ley de la prohibici&oacute;n del incesto y tambi&eacute;n la del   parricidio, que pronto se generaliz&oacute; adquiriendo   la forma b&iacute;blica conocida: &quot;no matar&aacute;s&quot;. Este es   el marco de la ley cultural. La ley del Padre.</p>     <p>   Pero Freud trae, sin detenerse en ello, un dato   sugestivo: que en el interregno entre el fin de la   tiran&iacute;a del protopadre y el surgimiento de la nueva   organizaci&oacute;n social, nacieron las instituciones   del derecho materno y, con ellas, el matriarcado.   Lo que sugiere es que el espacio dejado por el   padre absoluto a su ca&iacute;da fue ocupado por las   mujeres. Llama la atenci&oacute;n que esta misma idea de fondo se repite en    las reflexiones de Lacan en   su texto La familia (1978), en el que hace una constataci&oacute;n   pesimista sobre el devenir de las sociedades   occidentales modernas, marcadas por el   declinar de la &quot;imago paterna&quot;. Sit&uacute;a este declinar   en directa relaci&oacute;n con la crisis social determinada   por el retorno de los efectos del progreso industrial   sobre el individuo, y sostiene que, organizada   en torno a una nueva bipolarizaci&oacute;n de las categor&iacute;as   de lo masculino y lo femenino, la crisis se   tradujo en un sentimiento de feminizaci&oacute;n de la   sociedad occidental<sup><b><a href="#1">1</a></b></sup> . Como todos los intelectuales   europeos de su &eacute;poca, Lacan participa en ese   momento del temor por la feminizaci&oacute;n del cuerpo   social, pero al tiempo que se&ntilde;ala escandalizado   la tiran&iacute;a dom&eacute;stica a la que dar&iacute;a lugar la   confiscaci&oacute;n por la madre de la autoridad del   padre, ve en ella no propiamente un reconocimiento   social de lo femenino, de aquello que durante   el imperio del patriarcado hubiese sido   objeto de repudio, sino la expresi&oacute;n de una protesta   viril, por donde se afirma el predominio de   un principio masculino: una suerte de ocultaci&oacute;n   del principio femenino bajo el ideal masculino.   Lacan denuncia un movimiento que no podemos   m&aacute;s que constatar en muchas de las luchas   &quot;igualitarias&quot; de las mujeres: como si no tuviesen   otro camino para su &quot;desocultaci&oacute;n&quot; que funcionar   seg&uacute;n logros e ideales masculinos. Me parece   que sobre este asunto volver&aacute; Lacan m&aacute;s tarde,   en un texto titulado Ideas directivas para un congreso   sobre la sexualidad femenina (1985), en el que, refiri&eacute;ndose   a &quot;la instancia social de la mujer&quot; dice de   esto que se trata de algo que trasciende el contrato   de trabajo, es decir, de aquello que la conduce a   rivalizar con los hombres, y que habr&iacute;a que buscar   m&aacute;s bien en los efectos de la particularidad de su   amor y su deseo, tal como ellos se expresan en la   instituci&oacute;n matrimonial, cuyo estatuto se mantiene   a pesar de la declinaci&oacute;n del patriarcado.</p>     <p>   Hist&oacute;ricamente, a nivel de la reflexi&oacute;n, podemos   decir que la oposici&oacute;n entre el matriarcado y   el patriarcado tuvo su punto culminante durante   la segunda mitad del siglo XIX y que, en t&eacute;rminos   generales, los autores no dejaron de relacionar el   supuesto orden matriarcal con la irrupci&oacute;n de lo   femenino, siempre en referencia a la declinaci&oacute;n   irreversible del poder del padre (Roudinesco,   2003). Aunque para Freud este asunto del matriarcado   versus el patriarcado no se trate de una   cuesti&oacute;n que pueda dirimirse ni que le interese estrictamente,   no es menos cierto que &eacute;l adopta la   convicci&oacute;n de que el progreso de la humanidad   est&aacute; determinado por &quot;un triunfo de la espiritualidad   sobre la sensualidad&quot;, por la &quot;vuelta de la   madre al padre&quot;, &quot;pues la maternidad es demostrada   por el testimonio de los sentidos, mientras   que la paternidad es un supuesto edificado sobre   un razonamiento y una premisa&quot;. Pero Freud define   aquello que entiende por triunfo de la espiritualidad   sobre la sensualidad: se trata de la   &quot;renuncia de lo pulsional con sus consecuencias   necesarias para lo ps&iacute;quico&quot; (Freud, 1939, p. 109-   110), es decir, de la castraci&oacute;n simb&oacute;lica. De la   Ley del Padre.</p>     <p>   Freud cree registrar el eco de este pasaje hist&oacute;rico   -al que se refiere en t&eacute;rminos de desarrollo   del lenguaje: &iexcl;logos separador!- en la Orestiada, en la   que Esquilo nos lega un mito de origen del   trastocamiento de las relaciones &quot;jur&iacute;dicas&quot; dominadas   por la ley del tali&oacute;n; es en ese sentido que   Freud la celebra cuando argumenta sobre el progreso   de lo cultural, que supone la instauraci&oacute;n de   la instancia paterna, en cuya referencia la renuncia   de lo pulsional aparece como constitutiva de la   subjetividad y del lazo social.</p>     <p>   La tragedia nos muestra a Orestes el matricida   quien, aterrado por el peso de su audacia, se dispone   a vivir errante, confiado en las palabras del   or&aacute;culo de Apolo que alent&oacute; el acto criminal descont&aacute;ndole   el delito, amparado en la defensa de   los lazos del patriarcado que sostienen los dioses   del Olimpo, en virtud de lo cual consideran como   el peor entre los cr&iacute;menes ese que despoja de la   vida a un padre insigne. Pero all&iacute; est&aacute;n las Erinias,   m&aacute;s poderosas que los mismos ol&iacute;mpicos, atormentando   a Orestes en su camino hacia el templo   de Atenea, adonde se dirige suplicante a esperar   sentencia. Atenea, quien tambi&eacute;n defiende la supremac&iacute;a   de Zeus-Padre, no es sin embargo ciega ante el crimen y, en cambio, objeta la    justicia practicada   por las diosas vengadoras. Y es porque   admite la culpabilidad de Orestes que lo salva, al   tiempo que condena a las Erinias a modificar su   posici&oacute;n, en prueba de lo cual ellas adoptan el   nombre de Eum&eacute;nides, las propiciadoras.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   <b>El dique a lo femenino</b></p>     <p>   Ahora bien, lo que Freud no hace expl&iacute;cito en su   recurso a esta tragedia es que Esquilo muestra que   la derrota de las Erinias no supone su eliminaci&oacute;n.   Bajo el &quot;disfraz cultural&quot; (Freud, 1987f/1893, p.   216) de las Eum&eacute;nides ellas perviven, criaturas   horribles, hijas de la Noche y las Tinieblas, figuradas   en el mito como Gorgonas, una de las cuales   es Medusa: &quot;&iexcl;Sus vestiduras son negras! &iexcl;En sus cabellos   se enroscan multitud de serpientes!&quot;, dice Orestes huyendo   horrorizado ante su mirada que amenaza   con la petrificaci&oacute;n. Imagen terror&iacute;fica y angustiante,   revelaci&oacute;n de eso innombrable, en palabras   de Lacan, &quot;el abismo femenino del que sale toda   vida, como el pozo sin fondo (...) por el que   todo es engullido...&quot; (1954-1955, p. 248), a la   que la que la Ley del Padre pondr&aacute; l&iacute;mite.</p>     <p>   No encuentro oportunidad m&aacute;s apropiada   para situar lo medular del asunto que se juega en   la elaboraci&oacute;n freudiana en relaci&oacute;n con lo femenino.   Al mito de Medusa recurre para figurar el   horror ante la castraci&oacute;n femenina (Freud, 1922,   p. 270), que ha sido primero el horror del ni&ntilde;o   ante la falta materna, tal como pudo destacarlo   Lacan: &quot;El agujero abierto de la cabeza de Medusa   es una figura devoradora que el ni&ntilde;o encuentra   como una salida posible en su b&uacute;squeda de la satisfacci&oacute;n   de la madre&quot; (1956-1957, p. 197). Atajo   horroroso al que se ve abocado el ni&ntilde;o si no   cuenta con la presencia de un padre real que pudiese   mantener con su funci&oacute;n la distancia suficiente   entre los tres t&eacute;rminos de la dial&eacute;ctica   imaginaria, madre-ni&ntilde;o-falo, como para conferirle   a la falta la dimensi&oacute;n de una interdicci&oacute;n simb&oacute;lica,   la del incesto.</p>     <p>   Tras la misi&oacute;n que Freud adjudica a la instancia   paterna, inequ&iacute;vocamente aquella de &quot;poner un   dique al sexo femenino&quot; (Andr&eacute;, 2002, p. 71) como   lo que se encuentra del otro lado de la ley y la   racionalidad, se advierte la fuerza de su apuesta   por la eficacia de la castraci&oacute;n como operaci&oacute;n   simb&oacute;lica capaz de ordenar lo real pulsional, como   si &eacute;l mismo no hubiese anticipado el desencuentro,   el desnivel estructural entre la prohibici&oacute;n y el   goce. Pero todo parece indicar que en su recorrido   Freud se topa una y otra vez con eso que excede   a la prohibici&oacute;n y que hace presencia bajo el   &quot;disfraz cultural&quot;, eso que pone a la cuenta de las   mujeres y, en principio, bajo la forma de su oposici&oacute;n   a la cultura. El asunto, sin embargo, reviste   varias paradojas.</p>     <p>   Ya en T&oacute;tem y tab&uacute;, afirma que el goce de las mujeres   tiene un efecto disgregador del lazo social puesto   que causa la rivalidad entre los hombres, y que   la b&uacute;squeda de soluci&oacute;n a esta dificultad es el   motivo pr&aacute;ctico por el cual se adopt&oacute; la exogamia.   Vinculada primero al totemismo, la exogamia fue   luego establecida como norma legal que rige las   alianzas matrimoniales, es decir, la pr&aacute;ctica del intercambio   de las mujeres, cuyo fundamento es la   renuncia exigida a la madre y a las hermanas para   tomar otras en su lugar. Es lo que L&egrave;vi-Strauss   trabaja como la &quot;condici&oacute;n de la cultura&quot;, s&oacute;lo   que en su concepci&oacute;n no se trata de la prohibici&oacute;n   sino de &quot;la regla de donaci&oacute;n por excelencia&quot;   (1981, p. 558)<sup><b><a href="#2">2</a></b></sup> . Siguiendo a Freud, una vez establecida   la prohibici&oacute;n, las mujeres circularon entre   los clanes de hermanos que vinieron a sustituir   a la horda paterna. En estas condiciones ellas conservaron   su car&aacute;cter de objeto sexual, ahora para   los hombres &quot;extranjeros&quot;, a quienes se vincularon   por fuera de los lazos del amor. No pudo   haber sido de otra forma si acordamos en aceptar   que el amor es un hecho contempor&aacute;neo y, no   casualmente, Freud hace una referencia a la esterilidad   de la vida afectiva en el matrimonio, de la   que las mujeres se protegen gracias a los hijos, por   eso, &quot;en caso de no haber hijos, falta una de las   mejores posibilidades de lograr la resignaci&oacute;n requerida&quot;   (1987e/1913, p. 24).</p>     <p>Pero justamente en estas nuevas condiciones   culturales, las luchas fratricidas perdieron su motivo   originario -la rivalidad por las mujeres- mientras   nuevos fundamentos sostuvieron las   convivencia humana: por una parte, el trabajo,   Anank&eacute;; por la otra, Eros, el amor. Este es el giro   que da Freud en El malestar en la cultura, en cuyas   p&aacute;ginas &quot;el amor fund&oacute; la familia&quot; y sigue activo   en la cultura, &quot;tanto en su sesgo originario, sin renuncia   a la satisfacci&oacute;n directa [sexual], como en   su modificaci&oacute;n, la ternura...&quot; (1987h/1930, p.   100). Ahora bien, Freud sugiere que fueron las   mujeres quienes, por los reclamos de su amor,   establecieron inicialmente el fundamento de la   cultura. De este modo, es posible concluir que el   goce de las mujeres antes que disgregar el lazo social   lo garantiza a nivel de la familia, en virtud de que   los hombres se decidieron a mantenerlas a su lado   para asegurarlas como objeto sexual. Las mujeres   acogieron este proyecto social, si podemos decirlo   as&iacute;, porque a su vez ellas no quer&iacute;an separarse   de sus hijos, &quot;carne de su carne&quot;. Freud deja ver   en esto el desacuerdo entre hombres y mujeres a   la hora de sostener su convivencia, y pronto mostrar&aacute;   sus consecuencias.</p>     <p>   Sobre el tel&oacute;n de fondo del reconocimiento   de una discordia en las relaciones entre el amor y   la cultura, pues el car&aacute;cter &quot;segregativo&quot; del amor   hace oposici&oacute;n al af&aacute;n cultural que teje lazos extensos,   Freud revela la parad&oacute;jica posici&oacute;n de las   mujeres: ellas, que contribuyeron a la obra cultural   con su demanda de amor, &quot;pronto entran en oposici&oacute;n   con ella y despliegan su influjo de retardo y   reserva&quot; (1987h/1930, p. 101). Es que ellas, cuyo   inter&eacute;s m&aacute;s alto son sus hijos, defienden la familia   para asegurarse su presencia (&quot;la familia no quiere   desprenderse del individuo&quot;) y en esa b&uacute;squeda   se introducen en una especie de repliegue sobre el   amor que se contrapone a los intereses de la m&aacute;s   amplia vida social. Los hombres, por su parte,   ponen su libido al servicio de metas culturales que   los ocupan, rest&aacute;ndole inter&eacute;s a sus v&iacute;nculos de   esposo y padre. &quot;De esta suerte, la mujer se ve   empujada a un segundo plano por las exigencias   de la cultura y entra en una relaci&oacute;n de hostilidad   con ella&quot; (1987h/1930, p. 101).</p>     <p>   Resulta interesante hacer aqu&iacute; el paralelo entre   esta tesis freudiana seg&uacute;n la cual los hombres se   entregan a las tareas culturales, y aquella otra en la   que sostiene que las mujeres tienen una menor aptitud   para la sublimaci&oacute;n de lo pulsional (1932, p.   124), a sabiendas, por supuesto, de que Freud considera   la sublimaci&oacute;n como el resorte de aquellas   actividades a las cuales la sociedad concede gran   valor. Rescatemos la fecunda idea que subyace a   esta segunda tesis en lo relativo a lo pulsional: no   parece que el goce femenino se dejara absorber por las   v&iacute;as apropiadas para lo masculino, que tan r&aacute;pidamente   en cambio ingresa en la Ley del Padre. &iquest;No   responde a esta misma dificultad, a esta resistencia   de lo femenino, la teor&iacute;a de Freud sobre el supery&oacute;   en las mujeres? &iquest;No la revela, al menos? &quot;Excluida   la angustia de castraci&oacute;n [en las mujeres], est&aacute; ausente   tambi&eacute;n un poderoso motivo para instituir el   supery&oacute; e interrumpir la organizaci&oacute;n genital infantil&quot;,   escribe Freud (1924, p. 186) en referencia a la   instancia ps&iacute;quica que toma el relevo de la prohibici&oacute;n   paterna a la salida del Edipo en el var&oacute;n.</p>     <p>   Ahora bien, &iquest;c&oacute;mo pensar m&aacute;s precisamente   este estado de cosas en relaci&oacute;n con lo que se   juega para los dos sexos en su articulaci&oacute;n con el   Padre, es decir, con el r&eacute;gimen patriarcal que su   poder&iacute;o inaugura, y con el lazo social? Si el lazo   social originario es el que se establece entre los   hombres, ordenado sumariamente en la serie rivalidad-   asesinato-amor por el padre, es posible   deducir que los fines culturales masculinos se cargan   a la cuenta de la deuda contra&iacute;da con el padre,   en cuyo pago ingresan tanto las metas   culturales expl&iacute;citas en las que los hombres empe&ntilde;an   la libido sublimada, como las exigencias   de la filiaci&oacute;n (el parentesco) y el reparto de los   bienes (el patrimonio).</p>     <p>   En una reflexi&oacute;n que resulta tanto m&aacute;s valiosa   cuanto que retorna a la concepci&oacute;n freudiana del   Edipo, afirmando por lo dem&aacute;s su vigencia,<sup><b><a href="#3">3</a></b></sup>    Gerard   Pommier (2002), reconoce en la disimetr&iacute;a de la trayectoria ed&iacute;pica    del var&oacute;n y de la mujer, las razones   por las cuales en la sociedad patriarcal &quot;la mujer se   ve empujada a un segundo plano&quot; y c&oacute;mo este   movimiento equivale a un menoscabo de lo femenino.   As&iacute;, sostiene que el var&oacute;n resuelve su diferendo   con el padre por medio de una reparaci&oacute;n simb&oacute;lica   que no tiene por terreno el amor de la pareja,   pero en cambio s&iacute; los hijos, es decir, la filiaci&oacute;n   patrilineal: &quot;el amor tuvo un valor marginal bajo el   reinado patriarcal que exig&iacute;a que el hijo llevara el   nombre del padre y que, de esta manera, pagaba el   error de haber fantaseado con su muerte. De este   modo, la familia patriarcal genera una separaci&oacute;n   entre el amor y el deseo sexual&quot; (2002, p. 94), en   detrimento de lo femenino. Pero, adem&aacute;s, como la   deuda del var&oacute;n se arregla para &eacute;l en el espacio p&uacute;blico,   el lazo social de esa manera reforzado alcanza   ventajas de las que no goza aquel que se regula en el   espacio privado de la familia, al que las mujeres quedan   confinadas. Porque la mujer arregla sus cuentas   con el padre en la escena matrimonial; ella, antes que   por el orden de estructura del parentesco que los   hombres defienden, apuesta por el amor en su conjunci&oacute;n   con el goce, cuya condici&oacute;n de posibilidad   es el abandono del nombre de su padre. As&iacute;, &quot;le   encarga al hombre que reemplace al padre&quot; (p. 95)   y en ese movimiento arraiga sus lazos en el &aacute;mbito   privado que se satisface con la familia.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   La falta de simetr&iacute;a entre la escena p&uacute;blica y la   escena privada y sus correlatos, el nombre y el   goce, le otorg&oacute; ventajas al patriarcado. Pero la   cuesti&oacute;n no se detuvo ah&iacute;: una vez establecido, el   privilegio se puso al servicio de la supresi&oacute;n del   goce femenino. En la escena privada los hombres trataron   a las mujeres como si fueran sus hijas antes   de convertirlas en madres para gratificar a sus propios   padres. Hijas o madres, no mujeres: el repudio   de lo femenino es una caracter&iacute;stica de la sociedad   patriarcal.</p>     <p>   <b>&iquest;Y, entonces?</b></p>     <p>   En el texto de Lacan sobre la sexualidad femenina   al que hice referencia m&aacute;s arriba, la inversi&oacute;n   de la tesis de Freud sobre la oposici&oacute;n de las mujeres   a la cultura, dada su preferencia por la &quot;libido   familiar&quot;, llama la atenci&oacute;n. &iquest;A qu&eacute; puede deberse   que aquella investidura de lo familiar, que a Freud   le parec&iacute;a una fuente de disgregaci&oacute;n, pueda a   Lacan resultarle, precisamente, &quot;contraria a la   entrop&iacute;a social&quot; (1985, p. 715)? Si bien leemos que   el factor que inclina la balanza en una u otra direcci&oacute;n   es el reclamo de amor de las mujeres que all&aacute;   desune mientras que aqu&iacute; enlaza, tal vez no se trate   de un factor que pueda adscribirse a lo femenino   en su estructura, para decir entonces que &quot;eso&quot;   pertenece bien, a T&aacute;natos, bien a Eros, de acuerdo   con sus prop&oacute;sitos fundamentales de separar   y de ligar. Si se trata de la instancia de lo femenino   en la cultura, quiz&aacute;s las mujeres respondan de acuerdo   con una verdad que las habita y las supera. All&iacute;   donde la homogeneidad de lo social apoyada en   la Ley del Padre las oculta, ellas refutan. Aqu&iacute;,   donde la desintegraci&oacute;n de los lazos sociales parece   sin embargo encontrar un &uacute;ltimo residuo en   la familia, ellas insisten.</p>        <p>&nbsp;</p>  <hr size="1">     <p><b><a name="1">1</a></b> No hay que olvidar que Lacan relaciona el reconocimiento   de esta carencia, socialmente inevitable, de la autoridad paterna,   con el nacimiento del psicoan&aacute;lisis.</p>     <p><b><a name="2">2</a></b> En Freud la Ley de la cultura es claramente la prohibici&oacute;n   del incesto, referida fundamentalmente a la relaci&oacute;n hijo madre,   algo sobre lo cual Lacan ha llamado la atenci&oacute;n en   t&eacute;rminos de la ausencia de un mito anal&iacute;tico de la interdicci&oacute;n   del incesto entre el padre y la hija (Lacan, 1958).</p>     <p><b><a name="3">3</a></b> &quot;El complejo paterno implica dos figuras, la de un muerto   y la de un vivo: durante todo el tiempo del monote&iacute;smo, el   padre eterno se mantuvo de pie frente a los padres vivos.   Hasta que ese padre eterno cay&oacute; en la tierra, en donde el   complejo paterno estall&oacute;. En la postmodernidad, &uacute;nicamente la    segunda de las funciones paternas (religiosa) est&aacute;   desestabilizada y genera no una declinaci&oacute;n, sino una transformaci&oacute;n:   el padre endog&aacute;mico sigue funcionando, en tanto   que el padre del culto es obsoleto (...) Naturalmente que   el complejo de Edipo no desapareci&oacute; en la postmodernidad.   Las familias siguen funcionando, aunque se organicen de   una manera diferente. Lo que pasa es que, una vez que el   patriarcado qued&oacute; en un lugar marginal, el hijo es m&aacute;s que   nunca el hijo del deseo de un hombre y de una mujer&quot;   (Pommier, 2002).</p>        <p>&nbsp;</p>  <hr size="1">     <p>    <b><font face="verdana" size="3">Referencias</font></b></p>     <!-- ref --><p>   Andr&eacute; S. (2002). &iquest;Qu&eacute; quiere una mujer? M&eacute;xico:    Siglo   XXI.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000062&pid=S1657-9267200600020000600001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Freud, S. (1987a). Fragmentos de la correspondencia   con Fliess - Carta 69, en Obras completas.   Buenos Aires: Amorrortu.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000063&pid=S1657-9267200600020000600002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Freud, S. (1987b). Estudios sobre la histeria, en   Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000064&pid=S1657-9267200600020000600003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Freud, S. (1987c). Tres ensayos de una teor&iacute;a sexual,   en Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000065&pid=S1657-9267200600020000600004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Freud, S. (1987d). Un recuerdo infantil de   Leonardo da Vinci, en Obras completas. Buenos   Aires: Amorrortu.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000066&pid=S1657-9267200600020000600005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Freud, S. (1987e). T&oacute;tem y tab&uacute;, en Obras completas.   Buenos Aires: Amorrortu.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000067&pid=S1657-9267200600020000600006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Freud, S. (1987f). La cabeza de Medusa, en Obras   completas. Buenos Aires: Amorrortu.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000068&pid=S1657-9267200600020000600007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Freud, S. (1987g). El sepultamiento del complejo   de Edipo, en Obras completas. Buenos Aires:   Amorrortu.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000069&pid=S1657-9267200600020000600008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Freud, S. (1987h). El malestar en la cultura, en   Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000070&pid=S1657-9267200600020000600009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Freud, S. (1987i). Sobre la sexualidad femenina,   en Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000071&pid=S1657-9267200600020000600010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Freud, S. (1987j). La feminidad, en Obras completas.   Buenos Aires: Amorrortu.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000072&pid=S1657-9267200600020000600011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Freud, S. (1987k). Mois&eacute;s y el monote&iacute;smo, en   Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000073&pid=S1657-9267200600020000600012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Lacan, J. (1978). La familia. Buenos Aires:   Argonauta.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000074&pid=S1657-9267200600020000600013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Lacan, J. (1985). Ideas directivas para un congreso   sobre la sexualidad femenina, en Escritos   II. M&eacute;xico: Siglo XXI.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000075&pid=S1657-9267200600020000600014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Lacan, J. (1984). El seminario, libro II. La relaci&oacute;n de   objeto. Barcelona: Paid&oacute;s.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000076&pid=S1657-9267200600020000600015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Lacan, J. (1962). Seminario 9. La identificaci&oacute;n. (Manuscrito   no publicado).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000077&pid=S1657-9267200600020000600016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Le Gaufey, G. (1995). La evicci&oacute;n del origen. Buenos   Aires: Edelp.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000078&pid=S1657-9267200600020000600017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   L&eacute;vi-Strauss, C. (1981). Las estructuras elementales del   parentesco. Barcelona: Paid&oacute;s.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000079&pid=S1657-9267200600020000600018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Pommier, G. (1995). El orden sexual. Buenos Aires:   Amorrortu.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000080&pid=S1657-9267200600020000600019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Pommier, G. (2002). Los cuerpos ang&eacute;licos de la   postmodernidad. Buenos Aires: Nueva Visi&oacute;n.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000081&pid=S1657-9267200600020000600020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Roudinesco, E. (2003). La familia en desorden. Buenos   Aires: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000082&pid=S1657-9267200600020000600021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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