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<journal-title><![CDATA[Apuntes: Revista de Estudios sobre Patrimonio Cultural - Journal of Cultural Heritage Studies]]></journal-title>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Destierro, desconsuelo y nostalgia en la crónica del P. Manuel Uriarte, misionero de Maynas (1750-1767)]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[Exile, Distress and Nostalgia in the Chronicle of Father Manuel Uriarte, Missionary in Maynas (1750-1767)]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[The arrival of the Jesuits to the Amazon forest of the Vicero-yalty of Peru in 1638 originated the establishment of the mission of Maynas. Through the hundred and thirty years of their stay, the missionaries founded more than a hundred towns in which they tried to subdue the natives belonging to an extraordinarily complex and varied cultural universe. This situation -combined with others of political and geographical nature- transformed the mission into the most complex and unstable of all the evangelization projects carried out by the Jesuits in Spanish America. The present contribution describes and analyzes through the chronicle of father Manuel Uriarte the final phase of this mission. Undoubtedly it was a moment of deep crisis due to the shortage of missionaries, the extended scourge of various plagues and the cyclic desertions of the natives to the depths of the forest. When the announcement of the expulsion arrived, our chronicler did not lose his spirit and continued up to the last instant building churches and calming down the inhabitants, who felt frightened because of the incoming news. In the narration -at first sight scattered and chaotic- we clarified the feelings of resignation and obedience of the twenty-one Jesuits of Maynas set against the inevitable. These feelings were always accompanied by an intense suffering, caused by the obligation to abandon of their dear spiritual sons and daughters. In spite of all, Uriarte never lost the hope to be able to return to his beloved missions.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[   <font face="verdana" size="2">  <a name="_ini"></a>      <br>    <p align="center"><a name="_cc"></a><font size="4"><b>Destierro, desconsuelo y nostalgia en la cr&oacute;nica del    <br> P. Manuel Uriarte, misionero de Maynas (1750-1767)</b></font><a href="#cc"><sup>*</sup></a></p>      <p><b>Sandra Negro Tua.</b></p>      <p align="justify"><a href="mailto:negro.sandra@gmail.com">negro.sandra@gmail.com</a>    <br> Arquitecta por la Universidad Ricardo Palma, Lima (1977). Inicia su carrera profesional estudiando el desarrollo y evoluci&oacute;n de la arquitectura y urbanismo prehisp&aacute;nicos en los Andes peruanos. A partir de all&iacute; obtiene el Diploma de Estudios Antropol&oacute;gicos y cursa la Maestr&iacute;a en Antropolog&iacute;a, ambos en la Pontificia Universidad Cat&oacute;lica del Per&uacute;. A partir de 1989 cambia de rumbo y se orienta hacia la historia de los siglos XVI al XVIII, incidiendo en el estudio de la arquitectura y su relaci&oacute;n con la sociedad virreinal, tem&aacute;tica en la cual se sit&uacute;a al presente. Paralelamente se ha desempe&ntilde;ado en la pedagog&iacute;a, dictando cursos de historia de la arquitectura, arte y urbanismo en diversas universidades. Actualmente es docente en el Departamento de Humanidades de la Pontificia Universidad Cat&oacute;lica del Per&uacute; y en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Ricardo Palma. En 2005 fue incorporada como miembro de n&uacute;mero en el Instituto Riva Ag&uuml;ero de Lima. Obtuvo su doctorado en Historia del Arte y Gesti&oacute;n Cultural en el Mundo Hisp&aacute;nico por la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla, Espa&ntilde;a). Entre los libros que ha publicado se hallan <i>El arquitecto indio Juan Tom&aacute;s Tuyru T&uacute;pac </i>(1995), <i>Un reino en la frontera. Las misiones jesu&iacute;tas en la Am&eacute;rica colonial </i>(1999) y <i>Esclavitud, econom&iacute;a y evangelizaci&oacute;n, las haciendas jesuitas en la Am&eacute;rica virreinal </i>(2005). Estos dos &uacute;ltimos fueron coeditados con el antrop&oacute;logo Manuel M. Marzal.</p>      <p align="justify"><b>Recepci&oacute;n: </b>14 de marzo de 2007 <b>Evaluaci&oacute;n: </b>28 de mayo de 2007 <b>Aceptaci&oacute;n: </b>04 de julio de 2007</p>  <hr>  <font size="3">     <br>    <p><b>Resumen</b></p></font>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">La llegada de los religiosos de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s a la selva amaz&oacute;nica del virreinato del Per&uacute; en 1638, dio origen al establecimiento de la misi&oacute;n de Maynas. A trav&eacute;s de los ciento y treinta a&ntilde;os de su permanencia, fundaron m&aacute;s de un centenar de pueblos en los cuales intentaron reducir a ind&iacute;genas pertenecientes a un universo cultural extraordinariamente variado. Dicha situaci&oacute;n -aunada con otras de tipo geogr&aacute;fico y pol&iacute;tico- la transformaron en el m&aacute;s complejo e inestable de todos los proyectos evangelizadores llevados a cabo por los jesuitas en la Am&eacute;rica espa&ntilde;ola. La presente contribuci&oacute;n expone y analiza a trav&eacute;s de la cr&oacute;nica del P. Manuel Uriarte la etapa final de dicha misi&oacute;n. Se trat&oacute; de un momento de profunda crisis debido a la escasez de religiosos, el extendido azote de las pestes y las c&iacute;clicas deserciones de los ind&iacute;genas a la espesura de la selva. Llegada la notificaci&oacute;n de la expulsi&oacute;n, nuestro cronista no pierde el &aacute;nimo y contin&uacute;a hasta el &uacute;ltimo instante edificando iglesias y tranquilizando a los naturales, los cuales se sent&iacute;an atemorizados frente a las noticias que iban llegando. En la narraci&oacute;n de los 21 misioneros de Maynas -a primera vista dispersa y desordenada- dilucidamos los sentimientos de resignaci&oacute;n y obediencia frente a lo inevitable. Dichos sentimientos estuvieron siempre acompa&ntilde;ados por un intenso sufrimiento al tener que abandonar a sus hijos espirituales. A pesar de todo, Uriarte no pierde nunca las esperanzas de poder volver a sus amadas misiones.</p>      <p align="justify"><b>Palabras Clave del Autor:</b> Cr&oacute;nica, reducciones, territorio, expulsi&oacute;n, percepciones emocionales.</p>      <p align="justify">Descriptores*: Uriarte, Manuel Joaqu&iacute;n, 1720-1802 - Cr&iacute;tica e interpretaci&oacute;n Maynas (Per&uacute;) - Historia 1750-1767, Ind&iacute;genas de Am&eacute;rica del Sur - Misiones - Maynas (Per&uacute;), 1750-1767</p>  <hr>  <font size="3">     <br>    <p align="center"><b>Exile, Distress and Nostalgia in the Chronicle of Father    <br> Manuel Uriarte, Missionary in Maynas (1750-1767)</b></p></font>  <font size="3">     <p><b>Abstract</b></p></font>      <p align="justify">The arrival of the Jesuits to the Amazon forest of the Vicero-yalty of Peru in 1638 originated the establishment of the mission of Maynas. Through the hundred and thirty years of their stay, the missionaries founded more than a hundred towns in which they tried to subdue the natives belonging to an extraordinarily complex and varied cultural universe. This situation -combined with others of political and geographical nature- transformed the mission into the most complex and unstable of all the evangelization projects carried out by the Jesuits in Spanish America. The present contribution describes and analyzes through the chronicle of father Manuel Uriarte the final phase of this mission. Undoubtedly it was a moment of deep crisis due to the shortage of missionaries, the extended scourge of various plagues and the cyclic desertions of the natives to the depths of the forest. When the announcement of the expulsion arrived, our chronicler did not lose his spirit and continued up to the last instant building churches and calming down the inhabitants, who felt frightened because of the incoming news. In the narration -at first sight scattered and chaotic- we clarified the feelings of resignation and obedience of the twenty-one Jesuits of Maynas set against the inevitable. These feelings were always accompanied by an intense suffering, caused by the obligation to abandon of their dear spiritual sons and daughters. In spite of all, Uriarte never lost the hope to be able to return to his beloved missions.</p>      <p align="justify"><b>Key Words of the Author:</b> Chronicle, Subduing, Territory, Expulsion, Emotional Perceptions.</p>      <p align="justify">Key Words Plus: Uriarte, Manuel Joaqu&iacute;n, 1720-1802 - Criticism and Interpretation Maynas (Peru) - History, 1750-1767, Indians of South America - Missions - Maynas (Peru), 1750-1767</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">* Los descriptores est&aacute;n normalizados por la Biblioteca General de la Pontificia Universidad Javeriana.</p>  <hr>      <p align="center"><img src="img/revistas/apun/v20n1/v20n1a06f00.jpg"></p>      <p align="justify">La presencia de los religiosos de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s en el virreinato del Per&uacute; tiene inicio el 1 de abril de 1568, cuando el primer grupo de seis religiosos hizo su entrada en la ciudad de los Reyes o Lima, entre el clamor y la alegr&iacute;a popular. En breve tiempo estuvieron plenamente establecidos y comenzaron un gran n&uacute;mero de actividades, si bien la evangelizaci&oacute;n de los ind&iacute;genas y la educaci&oacute;n a trav&eacute;s de los colegios fueron siempre su preocupaci&oacute;n principal. El desarrollo de la misionolog&iacute;a jesu&iacute;tica en el virreinato del Per&uacute; -imponderable y ejemplar para algunos, y pol&eacute;mica para otros- lleg&oacute; a su fin dos siglos m&aacute;s tarde, cuando el rey Carlos ni decret&oacute; su extra&ntilde;amiento de los dominios espa&ntilde;oles de Am&eacute;rica, mandato que fue ejecutado al despuntar el alba del 3 de abril de 1767.</p>      <p align="justify">Los estudios realizados en torno a las motivaciones que condujeron a la expulsi&oacute;n de los jesuitas en los territorios americanos gobernados por Espa&ntilde;a y Portugal son numerosos, como tambi&eacute;n aquellos dedicados a analizar las consecuencias hist&oacute;ricas y culturales de dicha expulsi&oacute;n. Existen, sin embargo, algunos temas vinculados con este particular evento, a los cuales los historiadores han prestado una atenci&oacute;n considerablemente menor. Los estudios llevados a cabo en torno a las complejas y dif&iacute;ciles vivencias de los misioneros expulsos, son realmente exiguos. Algo similar ocurre con las investigaciones realizadas en torno a los sentimientos y emociones que los estremecieron en aquellos primeros terribles momentos, que a la postre resultaron permanentes e irreversibles.</p>      <p align="justify">Un testigo presencial de lo ocurrido en la regi&oacute;n amaz&oacute;nica fue sin duda el P. Manuel Uriarte, cuya vida religiosa y desempe&ntilde;o entre los ind&iacute;genas quedaron plasmados en la recopilaci&oacute;n de una copiosa y meritoria cr&oacute;nica, cuya validez se proyecta hasta el presente. La informaci&oacute;n recogida durante sus casi dos d&eacute;cadas de permanencia en diversas reducciones situadas en la misi&oacute;n de Maynas, nos permite aproximarnos a la vida cotidiana de un misionero, con sus momentos trascendentales insertados dentro de muchos otros, tal vez aparentemente menos significativos, pero que constituyeron el andamiaje de la cotidianeidad. Ha sido en realidad dentro del f&aacute;rrago de las nimiedades de cada d&iacute;a, como podemos percibir la esencialidad de las relaciones entre los evangelizadores y los evangelizados en una extensa regi&oacute;n, alejada geogr&aacute;ficamente -por d&iacute;as y semanas enteras de viaje- de todo centro urbano y m&aacute;s aun, de las instituciones virreinales espa&ntilde;olas. A partir de los escritos de este misionero, nos proponemos en la presente investigaci&oacute;n, analizar introspectivamente las vivencias, acercamientos y desencuentros en la misi&oacute;n de Maynas, las cuales hallaron su punto culminante en los d&iacute;as y semanas que siguieron a la llegada de la noticia del extra&ntilde;amiento, que no concluy&oacute; con la partida de los religiosos expulsos a Italia, sino que prosigui&oacute; m&aacute;s all&aacute; de las fronteras del &quot;Mara&ntilde;&oacute;n espa&ntilde;ol&quot;.</p>  <font size="3">     <br>    <p><b>La misi&oacute;n de Maynas<a name="n_01"></a><a href="#n01"><sup>1</sup></a></b></p></font>      <p align="justify">El establecimiento de la misi&oacute;n durante los siglos XVII y XVIII en la regi&oacute;n amaz&oacute;nica no fue un proyecto largamente meditado, sino m&aacute;s bien la consecuencia de una serie de conflictivas situaciones pol&iacute;ticas, as&iacute; como de intentos forzados y otras tantas veces fallidos, de establecer poblaciones estables en el &aacute;rea norte de la selva alta del virreinato del Per&uacute;.</p>      <p align="justify">Si la creaci&oacute;n de la misi&oacute;n fue dif&iacute;cil, su desarrollo y evoluci&oacute;n a trav&eacute;s del tiempo la convirtieron probablemente en el m&aacute;s complejo e inestable de todos los proyectos evangelizadores desarrollados por los jesuitas en la Am&eacute;rica espa&ntilde;ola. Las razones de ello fueron m&uacute;ltiples y de la m&aacute;s variada &iacute;ndole, conjug&aacute;ndose hasta llegar a situaciones l&iacute;mite una y otra vez. Sin embargo, frente a esta dura empresa que lleg&oacute; en ciertos momentos a tener ribetes tales que hicieron casi imposible su desempe&ntilde;o, los jesuitas perseveraron con una tenacidad inagotable, hasta el &uacute;ltimo instante de su permanencia en Maynas.</p>      <p align="justify">Los viajes de exploraci&oacute;n en la regi&oacute;n amaz&oacute;nica fueron iniciados<a name="n_02"></a><a href="#n02"><sup>2</sup></a> poco tiempo despu&eacute;s del ingreso de los espa&ntilde;oles al territorio pol&iacute;tico del Per&uacute; actual ocurrido en 1532. En breve tiempo, el hallazgo de yacimientos aur&iacute;feros en las orillas de algunos r&iacute;os impuls&oacute; el deseo de los conquistadores al establecimiento de poblados permanentes. Esto trajo consigo frecuentes y sangrientas rebeliones ind&iacute;genas que fueron sistem&aacute;ticamente sofocadas, si bien a costa de un gran n&uacute;mero de muertos.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Considerando que los alzamientos y subsecuentes represalias no hac&iacute;an m&aacute;s que complicar la situaci&oacute;n, el gobernador Pedro Vaca de la Cadena opt&oacute; por intentar pacificar la regi&oacute;n. Para lograrlo, solicit&oacute; al virrey Lu&iacute;s Jer&oacute;nimo de Cabrera y Bobadilla, conde de Chinch&oacute;n, que fuesen enviados religiosos de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s, con la finalidad de apoyar el entendimiento con los habitantes de las distintas etnias, y contempor&aacute;neamente establecer poblados permanentes que facilitasen la tarea de catequesis entre los ind&iacute;genas.</p>      <p align="justify">Fue as&iacute; como en 1638 llegaron a la ciudad de San Francisco de Borja, a orillas del r&iacute;o Mara&ntilde;&oacute;n -en el actual departamento de Loreto, Per&uacute;-, los primeros dos jesuitas, de un total de 161 que bregaron en Maynas. Con la oportuna y permanente llegada de m&aacute;s religiosos y el establecimiento paulatino de las reducciones, se logr&oacute; ampliar progresivamente el &aacute;rea geogr&aacute;fica misional. Esta lleg&oacute; a tener una extensi&oacute;n inmensa, debido principalmente a que avanzaban en territorio no conquistado. En su tesonera labor lograron establecer reducciones a orillas de los r&iacute;os Mara&ntilde;&oacute;n, Pastaza, Paranapuras, Tigre, Napo, Putumayo, Aguarico, Ucayali, Pachitea, Yavar&iacute;, Nanay y naturalmente en las orillas e islas del r&iacute;o Amazonas,<a name="n_03"></a><a href="#n03"><sup>3</sup></a> expandi&eacute;ndose hasta la confluencia con el r&iacute;o Negro en las inmediaciones de Manaos (Brasil).</p>      <p align="justify">A pesar de haber alcanzado una extensi&oacute;n tan impresionante, esta no pudo ser mantenida. Un motivo determinante fue el avance de los soldados portugueses por el r&iacute;o Amazonas, el cual tuvo por finalidad ampliar las posesiones de la corona portuguesa, as&iacute; como el apresamiento de ind&iacute;genas para venderlos posteriormente en el lucrativo comercio de esclavos. Las acometidas fueron frecuentes, concluyendo con la gran invasi&oacute;n en 1710 y la consecuente p&eacute;rdida de un cuantioso n&uacute;mero de reducciones fundadas en el r&iacute;o Amazonas. La consecuencia de estas acciones y la incuria del virrey del Per&uacute;<a name="n_04"></a><a href="#n04"><sup>4</sup></a> desembocaron en el establecimiento de una nueva frontera amaz&oacute;nica para los dominios espa&ntilde;oles, la cual qued&oacute; asentada en la desembocadura del r&iacute;o Yavar&iacute;, debiendo los misioneros replegarse definitivamente hacia el r&iacute;o Mara&ntilde;&oacute;n.</p>      <p align="justify">A pesar de los grandes altibajos en la evoluci&oacute;n de la misi&oacute;n -con ciclos de crecimiento intercalados por periodos de retroceso-, los jesuitas llegaron a fundar m&aacute;s de un centenar de reducciones, las cuales a mediados del siglo XVIII estuvieron organizadas en cuatro grandes zonas:</p>  <ol type="a">     <li>    <p align="justify"> La misi&oacute;n alta del Mara&ntilde;&oacute;n, con la cabecera en la ciudad de San Francisco de Borja y distribuida en 27 reducciones.</p></li>      <li>    <p align="justify"> La misi&oacute;n baja del Mara&ntilde;&oacute;n (Amazonas), con su sede principal en San Joaqu&iacute;n de Omaguas y con 52 reducciones, diecisiete de las cuales se perdieron con la irrupci&oacute;n de los portugueses.</p></li>      <li>    <p align="justify"> La misi&oacute;n del Pastaza conformada por seis reducciones.</p></li>      ]]></body>
<body><![CDATA[<li>    <p align="justify"> La misi&oacute;n del Napo compuesta por 21 reducciones, nueve de las cuales estaban en el r&iacute;o Aguarico (De Velasco, 1981, I).</p></li>     </ol>      <p align="justify">La misi&oacute;n en conjunto nunca logr&oacute; el nivel de permanencia, solidez y autonom&iacute;a que hubiesen facilitado su florecimiento. Por el contrario, tuvo un devenir conflictivo y con logros temporales y espaciales muy aislados, tanto en sentido catequ&iacute;stico, como a nivel de permanencia de las reducciones sobre el territorio. Los principales motivos asociados con dicha inestabilidad pueden sintetizarse en los siguientes puntos:</p>  <font size="3">     <br>    <p><b><i>El medio geogr&aacute;fico en el cual se desarroll&oacute; la misi&oacute;n</i></b></p></font>      <p align="justify">Las dificultades para ingresar a la regi&oacute;n fueron muy grandes. A trav&eacute;s de los a&ntilde;os se lograron establecer hasta siete diferentes rutas de acceso, todas ellas con obst&aacute;culos e inconvenientes considerables. Estas implicaban cruzar r&iacute;os caudalosos, frecuentemente alternados con cuestas abruptas o &aacute;reas pantanosas, con gran frecuencia pobladas por indios hostiles.<a name="n_05"></a><a href="#n05"><sup>5</sup></a></p>      <p align="justify">Las &uacute;nicas v&iacute;as de comunicaci&oacute;n dentro de gran parte de la misi&oacute;n eran los r&iacute;os. Por tal raz&oacute;n los jesuitas establecieron sus reducciones a orillas de ellos. Desafortunadamente estos no solamente eran las rutas de acceso de vituallas y aprovisionamiento, sino tambi&eacute;n constituyeron las sendas a trav&eacute;s de las cuales se propagaron con impresionante celeridad muchas enfermedades epid&eacute;micas, diezmando las poblaciones establecidas y ocasionando la fuga al monte de los sobrevivientes (Figueroa, 1986).</p>  <font size="3">     <br>    <p><b><i>La heterogeneidad cultural de los habitantes y su particular relaci&oacute;n con el medio ambiente</i></b></p></font>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Las regiones de selva alta y baja en las cuales se desarroll&oacute; la misi&oacute;n, estaban habitadas por grupos humanos organizados en sociedades con lenguas heterog&eacute;neas, hecho que agudizaba el problema de la comunicaci&oacute;n entre los ind&iacute;genas y los misioneros.<a name="n_06"></a><a href="#n06"><sup>6</sup></a> De manera concomitante, exist&iacute;a la dificultad generada por la disposici&oacute;n que obligaba a los misioneros a viajar con escolta militar, en particular para realizar expediciones de evangelizaci&oacute;n en territorios no explorados con anterioridad. Los ind&iacute;genas sent&iacute;an temor y perturbaci&oacute;n ante la presencia de los soldados, ya que estos con frecuencia hab&iacute;an aplicado severos castigos a los pobladores en represalia a las sublevaciones. Por &uacute;ltimo, un problema de profunda raigambre amaz&oacute;nica, fue la dispersi&oacute;n de la poblaci&oacute;n ind&iacute;gena, ya que los habitantes se hallaban a distancias considerables entre s&iacute;. Para los misioneros reducir para evangelizar, fue una constante en su estrategia de establecimiento. No obstante, a pesar de los infinitos esfuerzos realizados, frecuentemente los ind&iacute;genas se negaban a sedentarizarse, por no ser este su modo de vida. Los l&iacute;deres ind&iacute;genas no colaboraban por temor a ser entregados a los espa&ntilde;oles para el servicio personal, lo cual complicaba el proyecto general del establecimiento de poblados permanentes.</p>      <p align="center"><a href="img/revistas/apun/v20n1/v20n1a06f01.jpg" target="_blank">Figura 1</a>  <font size="3">     <br>    <p><b><i>Las condiciones de vida de los misioneros</i></b></p></font>      <p align="justify">A lo largo de su devenir, el n&uacute;mero de sacerdotes que misionaron fue considerablemente peque&ntilde;o frente a un territorio tan extenso. Debido a que la geograf&iacute;a resultaba desconocida e inh&oacute;spita para los for&aacute;neos, los desplazamientos eran necesariamente lentos y dif&iacute;ciles, con las reducciones situadas a distancias que variaban entre un d&iacute;a de navegaci&oacute;n y varias semanas. Esto tuvo como consecuencia que un misionero tuviese a su cargo un m&iacute;nimo de dos o tres reducciones, que en ciertos casos y momentos concretos pudieron llegar a ser m&aacute;s, lo cual oblig&oacute; a los religiosos a pasar poco tiempo en algunas de ellas. Esta falta de permanencia desencaden&oacute; el abandono de los poblados y la sistem&aacute;tica dispersi&oacute;n de sus habitantes (Jouanen, 1941, II). Tambi&eacute;n es necesario tomar en cuenta la escasa preparaci&oacute;n de los religiosos para trabajar en un medio natural y cultural tan diferente a todo lo conocido por entonces. Esto se tradujo en una dif&iacute;cil adaptaci&oacute;n, que se hac&iacute;a aun m&aacute;s lenta debido a una alimentaci&oacute;n precaria y con ingredientes totalmente desconocidos por aquel tiempo en Europa. Otra constante fueron las frecuentes y prolongadas enfermedades de los misioneros, expuestos a muchas tribulaciones cotidianas (Medina, 1999, pp. 429-472).</p>  <font size="3">     <br>    <p><b><i>Las dificultades econ&oacute;micas</i></b></p></font>      <p align="justify">Si bien supuestamente deb&iacute;an sustentarse a trav&eacute;s del financiamiento prove&iacute;do por la corona espa&ntilde;ola, lo cierto fue que esta no se hizo efectiva a lo largo de los primeros veinticuatro a&ntilde;os de su establecimiento. Reci&eacute;n a partir de 1662, el rey se&ntilde;al&oacute; una dotaci&oacute;n anual de doscientos pesos, mientras que los despachos de vituallas desde Quito costaban m&aacute;s de mil pesos al a&ntilde;o. Los jesuitas lucharon siempre para intentar que las reducciones fueran econ&oacute;micamente autosuficientes, sin lograrlo nunca plenamente. La producci&oacute;n local estuvo limitada a productos tales como canela, cacao, cera y hamacas, las cuales eran comercializadas en Quito o en Lamas. Cuando las reducciones comenzaron a extenderse hacia la selva baja -multiplic&aacute;ndose el n&uacute;mero de fundaciones a partir de 1690-, la crisis econ&oacute;mica se hizo cada vez m&aacute;s patente. En 1740 la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s adquiri&oacute; cuatro haciendas en las proximidades de Quito, con la finalidad de que sus ingresos sirviesen &iacute;ntegramente para financiar y promover las actividades de los misioneros. La expulsi&oacute;n, casi tres d&eacute;cadas m&aacute;s tarde, previno que estas lograran ser el catalizador econ&oacute;mico de la misi&oacute;n de Maynas (Codina, 2005, pp. 243-260).</p>      <p align="justify">Fue dentro de este complejo mosaico geogr&aacute;fico y cultural, donde se inscribi&oacute; a mediados del siglo XVIII el apostolado del P. Manuel Uriarte.</p>  <font size="3">     <br>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Manuel Joaqu&iacute;n Uriarte, misionero y cronista</b></p></font>      <p align="justify">Naci&oacute; en el pueblo de Zurbano en la provincia de &Aacute;lava (Espa&ntilde;a), el 14 de septiembre de 1720. Su padre, don Juan Jos&eacute; de Uriarte y Lezea fue Caballero de la Orden de Santiago. Creci&oacute; dentro de una familia muy devota que fructific&oacute;, ya que seis de sus hijos ingresaron a la vida religiosa. A la edad de catorce a&ntilde;os fue enviado a Sevilla para servir como paje en la casa del arzobispo don Lu&iacute;s Salcedo y Azcona. Pocos a&ntilde;os m&aacute;s tarde, hacia finales de 1737, ingres&oacute; al noviciado de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s. Corriendo el a&ntilde;o de 1742, mientras se hallaba cursando sus estudios de Letras en Carmona, decidi&oacute; escribirle al P. General solicit&aacute;ndole ser enviado a las misiones americanas. Como consecuencia de ello, fue incorporado a un nutrido grupo de 55 misioneros que parti&oacute; del puerto de C&aacute;diz a comienzos de 1743 con destino a Quito. Ya durante su viaje al Nuevo Mundo era posible prefigurar al cronista de los a&ntilde;os posteriores, pues fue registrando todos los acontecimientos diarios de su traves&iacute;a, lo cual fue un preludio de su desempe&ntilde;o posterior como cronista (Bayle, 1949).</p>      <p align="justify">Instalado en Quito despu&eacute;s de un viaje por mar y tierra lleno de peripecias, concluy&oacute; sus estudios, recibiendo el orden sacerdotal en 1747. Apenas ordenado y en varias oportunidades posteriores, le hizo saber al Provincial de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s su fervoroso deseo de ser enviado a las misiones para catequizar a los indios. A pesar de sus anhelos, tuvo que permanecer en dicha ciudad durante tres a&ntilde;os, desempe&ntilde;&aacute;ndose como docente de Gram&aacute;tica en el Colegio M&aacute;ximo de Quito. Posteriormente fue enviado a ense&ntilde;ar Ret&oacute;rica a los estudiantes jesuitas en Latacunga. A pesar de que aseguraba hallarse contento y satisfecho de su trabajo, tambi&eacute;n anotaba que &quot;&#91;...&#93; con todo el gusto que ten&iacute;a no se soseg&oacute; mi coraz&oacute;n hasta ver las misiones de infieles&quot;. A lo largo de estos a&ntilde;os de espera, no se perdi&oacute; de &aacute;nimo y comenz&oacute; acuciosamente a estudiar el quechua o &quot;lengua general del inga&quot; (Uriarte, 1986, p. 98).</p>      <p align="justify">Mientras tanto, a principios de 1745, en la conflictiva y violenta misi&oacute;n del Napo, algunos integrantes del grupo &eacute;tnico payaguas se rebelaron, terminando por asesinar al misionero.<a name="n_07"></a><a href="#n07"><sup>7</sup></a> De inmediato todos los pobladores se internaron en la espesura de la selva. El P. Mart&iacute;n Iriarte, fundador de varias reducciones en las orillas del r&iacute;o Napo, intent&oacute; nuevamente reunirlos, pero enferm&oacute; de gravedad y tuvo que ser trasladado al Mara&ntilde;&oacute;n, quedando el sitio a cargo de un Hermano coadjutor.</p>      <p align="justify">En esta coyuntura y habiendo manifestado una vez m&aacute;s Uriarte su deseo de ir a Maynas, el Provincial decidi&oacute; enviarlo a la misi&oacute;n en conflicto en compa&ntilde;&iacute;a del P. Isidro Losa y el H. Lorenzo Rodr&iacute;guez. Parti&oacute; alborozado el d&iacute;a de Navidad de 1750 con el &quot;despacho&quot; de canoas e indios que ven&iacute;an de Maynas a recoger misioneros, alimentos y otras vituallas. Despu&eacute;s de una semana de viaje, llegaron a Archidona y desde all&iacute; se dirigieron a pie hasta el puerto del r&iacute;o Napo, donde embarcaron nuevamente. A los cuatro d&iacute;as llegaron a la reducci&oacute;n de San Lu&iacute;s de Tirir&iacute; y algunos m&aacute;s tarde a la reducci&oacute;n de Nombre de Jes&uacute;s Mar&iacute;a, donde permanecieron durante tres meses para ser instruidos por el H. Salvador S&aacute;nchez. As&iacute; comenz&oacute; la experiencia maynense de Manuel Uriarte, la cual se extendi&oacute; por diecisiete a&ntilde;os. El trabajo principal estaba orientado a la b&uacute;squeda de grupos de ind&iacute;genas, a los cuales era necesario convencer para que aceptasen ser reducidos a poblados permanentes. Paralelamente era necesario desarrollar una articulada labor de catequesis y conversi&oacute;n, matizada con la recompensa espiritual del bautismo de los conversos, la celebraci&oacute;n de matrimonios y honras f&uacute;nebres. Al mismo tiempo, eran frecuentes la congoja e impotencia frente a los azotes epid&eacute;micos y el peligro constante de enfermar gravemente o ser atacado f&iacute;sicamente por algunos ne&oacute;fitos descontentos. Exist&iacute;a, adem&aacute;s, la constante preocupaci&oacute;n de contar con alimentos y otros suministros suficientes en la reducci&oacute;n, aparejada con la incertidumbre de ver a los indios dispersarse y huir en la espesura, lo que significaba tener que ir por ellos para intentar reunirlos nuevamente. Adem&aacute;s, era imprescindible edificar templos y ornamentarlos adecuadamente, as&iacute; como construir otras muchas edificaciones necesarias en cada poblado, con los escasos recursos y exiguos materiales constructivos disponibles. A todo esto habr&iacute;a que agregar la intranquilidad acerca de la amenazadora presencia de los portugueses, que coexist&iacute;a frente a la apremiante urgencia de seguir extendiendo la misi&oacute;n. Se trataba de un proceso permanente que se repet&iacute;a una y otra vez, sin importar los aislados fracasos.</p>      <p align="justify">En medio de este panorama agotador y gratificante al mismo tiempo, hall&oacute; nuestro misionero la manera de mantener incansablemente una actividad por la cual sent&iacute;a particular predilecci&oacute;n desde muy joven. Se trataba de recoger informaci&oacute;n acerca de todo lo que ve&iacute;a a su alrededor y viv&iacute;a cotidianamente realzando la narraci&oacute;n con sus impresiones y sentimientos m&aacute;s profundos. No hay que olvidar que cuando lleg&oacute; a la misi&oacute;n en 1750, esta no se hallaba en su apogeo, sino en un momento de crisis que se prolong&oacute; inexorablemente hasta la ejecuci&oacute;n de la sentencia de extra&ntilde;amiento. Entre los principales motivos que la generaron, hallamos los sistem&aacute;ticos ataques de los portugueses, que desestabilizaban las reducciones en conjunto - aun las m&aacute;s distantes- ya que la noticia se difund&iacute;a con notoria celeridad. Tambi&eacute;n fueron perturbadoras las intensas rebeliones<a name="n_08"></a><a href="#n08"><sup>8</sup></a> que ocurrieron entre 1749 y 1753, las cuales trajeron consigo la destrucci&oacute;n de muchas reducciones mediante incendios masivos. No obstante, la raz&oacute;n determinante que se sum&oacute; a las ya se&ntilde;aladas, fue ocasionada por las epidemias que arrasaron a centenares de &quot;ne&oacute;fitos y catec&uacute;menos&quot;.<a name="n_09"></a><a href="#n09"><sup>9</sup></a></p>      <p align="justify">El texto recopilado por Uriarte y estructurado adem&aacute;s como un diario, lo convierte en &uacute;nico dentro de todos los restantes cronistas de la misi&oacute;n. La afirmaci&oacute;n aprior&iacute;stica de que se trata de una cr&oacute;nica ins&oacute;lita y peculiar, tiene que ver adem&aacute;s con el periodo cronol&oacute;gico en que fue redactada. Debido a que estuvo all&iacute; en la etapa final de ella, tuvo la oportunidad de recoger informaci&oacute;n oral y escrita pr&aacute;cticamente desde su temprano establecimiento en el segundo tercio del siglo XVII. Cuando en 1756 fue destinado como vicesuperior en la reducci&oacute;n de San Joaqu&iacute;n de Omaguas, situada en la Misi&oacute;n Baja -donde permaneci&oacute; por siete a&ntilde;os-,<a name="n_10"></a><a href="#n10"><sup>10</sup></a> pudo llevar a cabo un detallado seguimiento de su evoluci&oacute;n. En 1767 lo hallamos misionando en la reducci&oacute;n de San Ignacio de Pebas. Sin embargo, a los pocos meses fue asignado a la reducci&oacute;n de San Regis de Yameos. Fue al llegar a esta &uacute;ltima cuando tuvo noticias de la expulsi&oacute;n de los jesuitas. En su Diario recoge toda la vivencia del extra&ntilde;amiento forzado y los sucesos y avatares del viaje a Europa en compa&ntilde;&iacute;a de los dieciocho restantes religiosos de Maynas.</p>      <p align="justify">Durante su permanencia en la misi&oacute;n, escribi&oacute; aparentemente otro texto, el cual se titula &quot;Ticunas y modo de confesar Ticunas&quot;. Uriarte lo confirma a lo largo de su Diario al consignar que &quot;&#91;...&#93; hice una breve instrucci&oacute;n con preguntas por medio de un buen int&eacute;rprete &#91;...&#93; (y es el &uacute;nico papel que metido en un libro, traje conmigo en estas materias hasta Italia) Para el catecismo hab&iacute;a cuadernitos y se hac&iacute;a la doctrina en cuatro lenguas&quot; (Uriarte, 1986, ac&aacute;pite 66). Tambi&eacute;n redact&oacute; un considerable n&uacute;mero de cartas. Desafortunadamente no todas fueron conservadas. Las que escribi&oacute; a sus Superiores o a sus hermanos jesuitas se han extraviado o a&uacute;n no han sido localizadas. Sin embargo, se han conservado treinta y dos de las que envi&oacute; a sus familiares desde Maynas. Ellos las guardaron y encuadernaron con el r&oacute;tulo de &quot;Cartas originales de mi hermano el P. Manuel Uriarte de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jhs., misionero apost&oacute;lico en las Indias, i provincia de Quito, destinado el a&ntilde;o de 1750 a la misi&oacute;n del r&iacute;o Napo, i despu&eacute;s a las orillas del gran Mara&ntilde;&oacute;n en las Islas Omaguas&quot; (Bayle, 1986, p. 55). Adem&aacute;s de lo consignado, existen dos paquetes de cartas que, conjuntamente con el Diario, pertenecieron al se&ntilde;or Antonio Gra&iacute;&ntilde;o.<a name="n_11"></a><a href="#n11"><sup>11</sup></a> Uno de ellos conten&iacute;a veintisiete ep&iacute;stolas que hab&iacute;a escrito a sus hermanos Jos&eacute; Agust&iacute;n y Juan Fernando y a su hermana Mar&iacute;a Francisca, religiosa en el convento dominico de Santa Cruz de Vitoria. El otro conten&iacute;a cartas dirigidas a otros misioneros jesuitas en la Amazonia. Los escritos procedentes de tierras americanas eran muy codiciados en Espa&ntilde;a. Estos sol&iacute;an publicarse porque eran el medio a trav&eacute;s del cual el rey difund&iacute;a las noticias del florecimiento de la fe en mundos remotos y peligrosos. Tambi&eacute;n es sabido que los europeos sent&iacute;an una curiosidad inapagable acerca de las tierras situadas &quot;en las ant&iacute;podas&quot;, con una flora y fauna misteriosas y cuyos habitantes ten&iacute;an costumbres &quot;extra&ntilde;as&quot;.<a name="n_12"></a><a href="#n12"><sup>12</sup></a></p>      <p align="justify">Adicionalmente a su cr&oacute;nica y sus cartas, a trav&eacute;s de los a&ntilde;os algunos estudiosos le han adjudicado otras obras, aunque sin mayor sustento hist&oacute;rico. Carlos Sommervogel en su monumental &quot;Biblioteca de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s&quot;, as&iacute; como Cipriano Mu&ntilde;oz y Manzano conde de la Vi&ntilde;aza en la &quot;Bibliograf&iacute;a espa&ntilde;ola de lenguas ind&iacute;genas de Am&eacute;rica&quot;, le atribuyen dos manuscritos. Uno de ellos es la &quot;Doctrina y vocabulario en la lengua del Napo&quot; y el otro &quot;El arte de la lengua quiriqui&quot;. Uriarte nunca hizo referencia alguna en relaci&oacute;n con haber sido el autor, aunque en varias ocasiones retom&oacute; trabajos ya hechos por sus antecesores, los cuales corrigi&oacute; y aument&oacute; con el objeto de ayudar a los misioneros que a&uacute;n estaban por venir. Al presente desconocemos el paradero de ambos manuscritos. Otra obra que con frecuencia se le atribuye es un &quot;Catecismo en lengua omagua&quot;, del cual sabemos con certeza que no fue escrito por Uriarte. El autor a&uacute;n resulta ignoto en la actualidad. Nuestro misionero lo trascribi&oacute; incorpor&aacute;ndole algunas adiciones y luego lo emple&oacute; en la catequesis de los omaguas.</p>      <p align="justify">Dejando de lado las obras se&ntilde;aladas, le han sido atribuidas a trav&eacute;s del tiempo otros escritos diversos, en particular vocabularios de las diversas lenguas amaz&oacute;nicas, as&iacute; como catecismos y manuales para confesar. La dificultad principal estriba en que la mayor parte de ellas se ha extraviado, por lo cual su filiaci&oacute;n resulta poco menos que dudosa.</p>  <font size="3">     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>    <p><b>La vivencia de la expulsi&oacute;n: premoniciones, significados e implicancias</b></p></font>      <p align="justify">Corr&iacute;a el a&ntilde;o de 1766 cuando lleg&oacute; a Maynas el P. Francisco Aguilar, designado como nuevo Superior. Este religioso trajo consigo un proyecto diferente, el cual implicaba enviar a todos los misioneros ancianos a Quito y reemplazarlos con jesuitas j&oacute;venes que siguieran sus m&aacute;ximas, proyectando adem&aacute;s nuevas conquistas espirituales en el r&iacute;o Curarai, un afluente del r&iacute;o Napo situado a tres d&iacute;as de navegaci&oacute;n desde su desembocadura.</p>      <p align="justify">Mientras pon&iacute;a en funcionamiento su nueva estrategia pastoral, decidi&oacute; enviar a nuestro misionero a la reducci&oacute;n de San Pablo de Napeanos en la Misi&oacute;n Baja. Al a&ntilde;o siguiente, sin embargo, el Superior le orden&oacute; tomar posesi&oacute;n de San Ignacio de Pebas, debiendo cuidar adem&aacute;s a las reducciones de Nuestra Se&ntilde;ora de Loreto de Ticunas y Nuestra Se&ntilde;ora del Carmen de Mayorunas. Pocos meses despu&eacute;s, le se&ntilde;al&oacute; que deb&iacute;a ir a San Regis de Yameos. La pol&iacute;tica de cambiar a los misioneros de un poblado a otro es un claro indicativo de la escasez de misioneros disponibles. A&ntilde;adidamente, esta generaba zozobra e inseguridad en los reci&eacute;n reducidos.</p>      <p align="justify">A pesar de lo dif&iacute;cil de la situaci&oacute;n, obedeci&oacute; prontamente llegando un atardecer de octubre de 1767 a su &uacute;ltima reducci&oacute;n, que fue la de San Regis de Yameos. All&iacute; lo esperaba el P. Jos&eacute; Palme, a quien Uriarte dio la buena nueva de que hab&iacute;a sido designado como vice-superior en San Joaqu&iacute;n de Omaguas. Lamentablemente dicho religioso le ten&iacute;a una noticia fatal en respuesta: &quot;&#91;...&#93; ya nos echan a todos de Espa&ntilde;a e Indias. En Quito est&aacute;n arrestando a todos los Padres y les han quitado todo. Esto avisa con gran secreto, el religioso dominico misionero de los Canelos&quot; (Uriarte, 1986, p. 484).</p>      <p align="justify">Qued&oacute; tan impresionado que no pudo articular m&aacute;s palabras. A pesar de la congoja, se hizo cargo por segunda vez y durante el poco tiempo que quedaba, de la reducci&oacute;n se&ntilde;alada. Debido a que los ne&oacute;fitos estaban muy inquietos porque sospechaban lo que estaba sucediendo, trat&oacute; de consolarlos asegur&aacute;ndoles que por su parte nunca los abandonar&iacute;a. Una preocupaci&oacute;n latente era el destino final de toda la extensa informaci&oacute;n que hab&iacute;a logrado reunir &quot;&#91;...&#93; en dos tomos abultados en cuarto, desde que fui a la Misi&oacute;n &#91;...&#93;&quot; (Uriarte, 1986, p. 502). Con la llegada de la noticia de que pronto deber&iacute;an abandonar las misiones y salir al exilio, Uriarte supuso que no le habr&iacute;an de permitir llevar sus escritos. En previsi&oacute;n a lo que pudiese suceder y mientras se hallaba en espera de la llegada de las autoridades espa&ntilde;olas competentes, decidi&oacute; hacer una s&iacute;ntesis de su Diario, reduci&eacute;ndolo a un breve compendio en el cual consign&oacute; la informaci&oacute;n m&aacute;s importante.</p>      <p align="justify">Por aquellas fechas Uriarte supo que el Superior de la Misi&oacute;n, P. Francisco Aguilar, hab&iacute;a recibido una carta del Presidente de la Real Audiencia de Quito, don Jos&eacute; Diguja, quien agradec&iacute;a a los jesuitas los grandes esfuerzos desplegados en la cristianizaci&oacute;n de los habitantes de la regi&oacute;n amaz&oacute;nica. En retribuci&oacute;n, les ofreci&oacute; tratar de aliviarles las incomodidades del viaje, disponiendo de ropa blanca y negra para que vistiesen, as&iacute; como las habitaciones necesarias para que pudiesen quedarse a descansar en la Recolecci&oacute;n de Pomasqui, en las afueras de Quito, antes de emprender el viaje a Europa.</p>      <p align="justify">En abril de 1768 lleg&oacute; a San Regis de Yameos, proveniente de San Joaqu&iacute;n de Omaguas, una carta del Gobernador don Antonio de la Pe&ntilde;a, en la cual daba cuenta de la pr&oacute;xima llegada de las autoridades espa&ntilde;olas y al mismo tiempo prodigaba su m&aacute;s sentido p&eacute;same por la forzada salida de los jesuitas de la Misi&oacute;n. Uriarte no se amilan&oacute; y, por el contrario, comenz&oacute; a hacer arreglos en la iglesia para que quedase lo mejor posible despu&eacute;s de su partida y pudiese durar todav&iacute;a muchos a&ntilde;os.<a name="n_13"></a><a href="#n13"><sup>13</sup></a></p>      <p align="justify">A finales del mencionado mes de abril, recibi&oacute; un despacho con la noticia de que hab&iacute;an llegado a San Joaqu&iacute;n de Omaguas diecis&eacute;is cl&eacute;rigos acompa&ntilde;ados por su Superior y Visitador don Manuel Echeverr&iacute;a,<a name="n_14"></a><a href="#n14"><sup>14</sup></a> quien era el encargado de notificarles el decreto de expulsi&oacute;n. Con ellos ven&iacute;a tambi&eacute;n Jos&eacute; Basabe como Comisionado para ejecutar las &oacute;rdenes reales y escoltar a los religiosos durante su salida definitiva de la Misi&oacute;n. Debido al agotador viaje desde Quito, la comitiva decidi&oacute; quedarse descansando en Omaguas por dos meses.</p>      <p align="justify">En julio de 1768, lleg&oacute; a San Regis de Yameos un despacho desde San Joaqu&iacute;n de Omaguas, haci&eacute;ndole saber al misionero que a mediados del mismo mes llegar&iacute;a la comitiva de autoridades. Cuando al fin entraron en la reducci&oacute;n, se hallaba en perfecto orden. Fueron muy bien recibidos en el portachuelo del poblado por los &quot;varayos&quot;,<a name="n_15"></a><a href="#n15"><sup>15</sup></a> quienes los homenajearon en nombre del misionero. A continuaci&oacute;n los acompa&ntilde;aron a la iglesia, sigui&eacute;ndoles las mujeres y los ni&ntilde;os.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Durante su permanencia rezaron, descansaron y pasearon por el poblado, el cual les pareci&oacute; sugestivo, destacando el primor de su iglesia. A la ma&ntilde;ana siguiente pidieron al misionero que convocase a los habitantes de toda la reducci&oacute;n<a name="n_16"></a><a href="#n16"><sup>16</sup></a> para comunicarles las nuevas disposiciones relativas al gobierno misional. Una vez que todos se hallaron reunidos, el Visitador intent&oacute; hacerles comprender lo que estaba sucediendo. No obstante, vencido por la emoci&oacute;n comenz&oacute; a afligirse, terminando en llanto conjuntamente con todos los presentes.</p>      <p align="justify">Ese mismo d&iacute;a, el Comisario se present&oacute; en el alojamiento del religioso y con solamente dos testigos le notific&oacute; el decreto de su Majestad. Tambi&eacute;n le hizo saber dos cosas m&aacute;s. La primera, que deb&iacute;a quedarse encargado de la reducci&oacute;n hasta el d&iacute;a de su partida, y la segunda, que cuando llegase el momento de marchar podr&iacute;a llevar consigo &quot;&#91;...&#93; lo que su uso, y le a&ntilde;ado que lleve cuanto pueda, porque tendr&aacute; necesidades&quot; (Uriarte, 1986, p. 507). A continuaci&oacute;n pas&oacute; a hacer el inventario correspondiente. En este destacan dos casas, la una con siete aposentos y veinticuatro &quot;ventanas de barandilla&quot; y la otra, con dos cuartos que serv&iacute;an como despensa y cocina. La iglesia con su respectivo coro, edificada con pared doble de bajareque<a name="n_17"></a><a href="#n17"><sup>17</sup></a> y cubierta con un techo de hojas de palma. En los muros se abr&iacute;an diecinueve ventanas con balaustres, dos rejas para el comulgatorio, una pila bautismal de madera entallada, tres mesas y diecis&eacute;is bancos para los feligreses. Entre los ornamentos y alhajas del templo sobresalen &quot;dos retablos que sirven de colaterales al mismo altar mayor&quot; (Uriarte, 1986, pp. 508-511), varias esculturas de cuerpo entero, cuatro campanillas de altar y cuatro campanas regulares para llamar a los fieles. Al d&iacute;a siguiente, la comitiva de autoridades parti&oacute; hacia la reducci&oacute;n de San Javier de Urarinas, despu&eacute;s de una c&aacute;lida despedida.</p>      <p align="center"><img src="img/revistas/apun/v20n1/v20n1a06f02.jpg"></p>      <p align="justify">Teniendo en cuenta que el Visitador ya no habr&iacute;a de volver a San Regis de Yameos, Uriarte decidi&oacute; enviar su Diario aprovechando el despacho de un misionero proveniente de Santa B&aacute;rbara de Iquitos, el cual se dirig&iacute;a hacia Santiago de la Laguna. Prepar&oacute; el paquete con los dos voluminosos tomos acompa&ntilde;&aacute;ndolos con una carta de cordial despedida. Agreg&oacute; un texto del P. Miguel Bastida<a name="n_18"></a><a href="#n18"><sup>18</sup></a> titulado &quot;Instrucci&oacute;n de misioneros y vocabularios de diversas lenguas&quot;, suplic&aacute;ndole que los guardase y si corr&iacute;an peligro los quemase. No sabemos si llegaron a manos de Echeverr&iacute;a alguna vez, pero lo cierto es que jam&aacute;s se volvi&oacute; a saber de ellos.</p>      <p align="justify">En la breve etapa de transici&oacute;n ocurrida desde el momento en que los misioneros tuvieron noticias de que ser&iacute;an expulsados de Maynas (octubre de 1767), hasta cuando debieron partir un a&ntilde;o m&aacute;s tarde, se documentan una serie de percepciones significativas.</p>  <font size="3">     <br>    <p><b><i>Acerca de los presagios que se manifestaron</i></b></p></font>      <p align="justify">En el Diario fueron consignados varios presentimientos, los cuales si bien se manifestaron con sucesos de &iacute;ndole muy diversa, nos informan del sentimiento de desaz&oacute;n generalizada que se proyectaba entre los jesuitas. El primero de los consignados por Uriarte sucedi&oacute; en abril de 1765, cuando los religiosos ya estaban al corriente de la expulsi&oacute;n llevada a cabo en los territorios portugueses y franceses. Mientras el misionero se hallaba en la reducci&oacute;n de Santa B&aacute;rbara de Iquitos, tuvo el claro presagio de que todo se acabar&iacute;a pronto. Al respecto escribi&oacute;; &quot;Parece adivinamos lo poco que hab&iacute;a de durar esto, pues contra mi com&uacute;n parecer de dejar los bautismos de los adultos para la hora de la muerte &#91;...&#93; se hizo una solemne fiesta de bautismos, quedando ellos content&iacute;simos &#91;...&#93;&quot; (Uriarte, 1986, p. 431).</p>      <p align="justify">Un vaticinio similar le fue comunicado mediante una misiva escrita por el P. Mauricio Caligari y sucedi&oacute; durante el Mi&eacute;rcoles de Cenizas de 1768. En la reducci&oacute;n de San Javier de Urarinas, los ne&oacute;fitos le hicieron saber al religioso que la monumental cruz de madera que se hallaba hincada en el suelo del atrio de la iglesia, estaba oscilando, pero que no era un temblor de tierra, pues ninguna de las casas se mov&iacute;a. El hecho dur&oacute; como un cuarto de hora y se repiti&oacute; al d&iacute;a siguiente -Jueves Santo- cimbr&aacute;ndose fuertemente frente a los at&oacute;nitos ojos del religioso. El misionero hizo que todos acudiesen a ver el prodigio e hiciesen de inmediato un acto de contrici&oacute;n. Uriarte se&ntilde;ala en su cr&oacute;nica que, cuando respondi&oacute; a la carta, le hizo saber al P. Caligari que se trataba de una exhortaci&oacute;n divina, en el sentido de que la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s ser&iacute;a combatida repetidamente, &quot;&#91;...&#93; pero as&iacute; como la cruz qued&oacute; firme, volver&aacute; a formarse una y otra vez la Compa&ntilde;&iacute;a y las Misiones&quot; (Uriarte, 1986, p. 493). Ciertamente aqu&iacute; se puede advertir que se trata de una reinterpretaci&oacute;n posterior a los hechos, ya que el texto fue re-escrito en Ravena reci&eacute;n en 1775. El Papa Clemente XIV hab&iacute;a disuelto la Orden en 1773 y, sin caer en la cuenta de ello, el cronista interpreta retrospectivamente que el fen&oacute;meno confirmaba los reiterativos intentos de resurgimiento de la Orden.</p>      <p align="justify">Otros anuncios narrados en su cr&oacute;nica son aun m&aacute;s peculiares. Uno de ellos hace referencia a unos indios Omaguas, quienes hallaron en una playa un gran n&uacute;mero de garzas de diversos colores, lo cual era com&uacute;n por aquella &eacute;poca del a&ntilde;o. Excepcionalmente una de ellas era blanqu&iacute;sima y muy corpulenta, tanto que no pod&iacute;a volar con facilidad. Los indios la capturaron y llevaron a la reducci&oacute;n donde la soltaron y en breve el animal comenz&oacute; a comer pececillos en la orilla del r&iacute;o. Todos los pobladores afirmaban que se trataba de un ag&uuml;ero porque &quot;ahora que se van nuestros antiguos Padres, nos dice este p&aacute;jaro grande que nos huyamos, porque los viracochas &#91;que eran blancos como la garza&#93; nos han de azotar&quot; (Uriarte, 1986, p. 501).</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">A mediados de mayo de 1768,<a name="n_19"></a><a href="#n19"><sup>19</sup></a> nuestro misionero vivi&oacute; personalmente una de tales experiencias. Recuerda que debido al gran calor se despert&oacute; a mitad de la noche y con sorpresa vio que su habitaci&oacute;n estaba totalmente iluminada, como si estuviese en pleno d&iacute;a, aunque todav&iacute;a no hab&iacute;a amanecido. Qued&oacute; absorto mirando el fen&oacute;meno que dur&oacute; como media hora, despu&eacute;s de lo cual &quot;&#91;...&#93; volvi&oacute; a oscurecerse y qued&eacute; en l&oacute;brega noche&quot; (Uriarte, 1986, p. 501). A la ma&ntilde;ana siguiente el curaca y el herrero de la reducci&oacute;n le comentaron que hab&iacute;an percibido el mismo fen&oacute;meno en sus casas. Casi una d&eacute;cada m&aacute;s tarde y ya en Ravena, Uriarte teoriz&oacute; sobre el suceso, especulando que la religi&oacute;n cristiana estaba oscurecida como una noche opaca, con &quot;prisiones, destierros y calumnias&quot;. Con la intercesi&oacute;n de San Juan Nepomuceno, ser&iacute;a descubierta la inocencia de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s y volver&iacute;a a amanecer un d&iacute;a claro, durante el cual retornar&iacute;a a las regiones donde hab&iacute;a sido expelida con tanta ignominia. Es interesante observar que cuando vuelve a redactar su Diario por tercera y &uacute;ltima vez en Ravena (Italia), tiene que hacer un gran esfuerzo para rememorar y organizar temporalmente sus recuerdos. Sin embargo, mientras estos vuelven a revivir en su mente, los analiza y sopesa frente a los hechos hist&oacute;ricos ocurridos en el presente y que fueron posteriores al extra&ntilde;amiento. Es as&iacute; como progresivamente va transformando ciertas manifestaciones inusuales en explicaciones razonadas y llenas de significados simb&oacute;licos.</p>  <font size="3">     <br>    <p><b><i>Sobre la persecuci&oacute;n de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s</i></b></p></font>      <p align="justify">Al respecto, Uriarte se&ntilde;ala en la tercera y &uacute;ltima parte del Diario -que abarca entre los a&ntilde;os de 1763 y 1775- que, sabedores ya muchos de los misioneros de la noticia, la aceptaron con resignaci&oacute;n y obediencia. El autor de la cr&oacute;nica procura afirmar en diversos contextos coloquiales -ya sea en primera o tercera persona- que la persecuci&oacute;n ser&iacute;a breve y terminar&iacute;a pronto y que lo importante era armarse de paciencia. En conjunto, la visi&oacute;n manifiesta que a pesar de la tremenda encrucijada del momento hist&oacute;rico, se trataba de un contratiempo temporal. Es una visi&oacute;n positivista, aunada con el profundo ideal del retorno a Maynas de una Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s triunfante y completamente exculpada.</p>  <font size="3">     <br>    <p><b><i>En cuanto a los motivos de la expulsi&oacute;n</i></b></p></font>      <p align="justify">La noticia de que el proceso de expulsi&oacute;n estaba en marcha gener&oacute; entre los misioneros un sentimiento de generalizado des&aacute;nimo. Es com&uacute;n hallar apreciaciones tales como &quot;El P. Plindendolfer, que hab&iacute;a ya armado la nueva iglesia de Xeveros y puesto el techo, no tuvo &aacute;nimo de proseguirlo; el P. Veigl, que estaba en la ciudad de Borja &#91;...&#93; con tanto &aacute;nimo hab&iacute;a proseguido la empresa de poblar el Ucayale, viendo su trabajo fallido, se consum&iacute;a de tristeza &#91;...&#93;&quot; (Uriarte, 1986, p. 489). Resulta interesante observar que, frente al decreto de extra&ntilde;amiento, los misioneros intentaron hallar en ellos mismos los motivos de tal castigo. En ning&uacute;n momento asumieron que se trataba de conflictos ajenos a su quehacer cotidiano. Por el contrario, se adjudicaron la culpa, afirmando que se deb&iacute;a a los muchos pecados que ellos hab&iacute;an cometido. Uriarte mismo se&ntilde;ala haber pasado &quot;&#91;...&#93; estos dos o tres meses entre dos pe&ntilde;as, esperando el &uacute;ltimo golpe, en que por mis grandes pecados hab&iacute;a de entregar este pueblo a extra&ntilde;os&quot; (Uriarte, 1986, p. 502) Sin embargo, eran conscientes de las grandes falsedades que circulaban en la capital del virreinato del Per&uacute;, tales como que se hab&iacute;an encontrado, debajo de los colegios jesuitas, ingentes cantidades de dinero y joyas. A pesar de ello, el sentimiento de culpa fue la emoci&oacute;n prevaleciente, acompa&ntilde;ada por una sensaci&oacute;n general de desconsuelo por haberle fallado a su Madre, la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s, que les hab&iacute;a confiado la evangelizaci&oacute;n de los infieles en el para&iacute;so perdido de la Amazonia.</p>      <p align="justify">Las dificultades relativas a la ejecuci&oacute;n del extra&ntilde;amiento segu&iacute;an acumul&aacute;ndose. En septiembre de 1768 lleg&oacute; a Santiago de la Laguna un despacho, en el cual Jos&eacute; Basabe les hac&iacute;a saber que hab&iacute;a recibido una comunicaci&oacute;n del Presidente de la Audiencia de Quito, en la cual le se&ntilde;alaba que por disposici&oacute;n de la Corte espa&ntilde;ola, los jesuitas maynenses ya no habr&iacute;an de salir pasando por Quito, sino a trav&eacute;s del r&iacute;o Amazonas por el Par&aacute;. El Comisionado recibi&oacute; adem&aacute;s la orden de escoltarlos hasta San Pablo, donde los entregar&iacute;a a las autoridades portuguesas competentes. De esta suerte, deb&iacute;an prepararse todos para el viaje, aun los m&aacute;s ancianos y enfermos. El mensaje tambi&eacute;n les preven&iacute;a de estar listos para partir a mediados del mes de octubre de 1768.</p>      <p align="justify">Prepar&aacute;ndose f&iacute;sica y emocionalmente para el momento final que se aproximaba r&aacute;pidamente, los jesuitas<a name="n_20"></a><a href="#n20"><sup>20</sup></a> decidieron quemar todos los papeles que pod&iacute;an &quot;servir de tropiezo&quot;. El P. Uriarte procedi&oacute; a preparar su magro equipaje. En una caja peque&ntilde;a coloc&oacute; los objetos religiosos indispensables, el compendio de su Diario que hab&iacute;a sido reducido a un peque&ntilde;o tomo, cuatro camisas viejas y un par de sotanas. Pensando en el largo viaje, decidi&oacute; que era necesario disponer algunos vi&aacute;ticos,<a name="n_21"></a><a href="#n21"><sup>21</sup></a> no solamente para &eacute;l, sino para los jesuitas que ven&iacute;an de la misi&oacute;n del Napo, desde donde era imposible traer alimentos perdurables.</p>      <p align="justify">Al caer la tarde del 28 de octubre llegaron varias canoas a San Regis conduciendo los religiosos de la Misi&oacute;n Alta del Mara&ntilde;&oacute;n y la Misi&oacute;n del Pastaza, acompa&ntilde;ados por Basabe Ellos fueron el Superior Francisco Aguilar y Javier Veigl, que ven&iacute;an desde la reducci&oacute;n de San Francisco de Borja; Adam Widman, proveniente de Santiago de la Laguna; Dionisio Ib&aacute;&ntilde;ez, que llegaba desde Presentaci&oacute;n de Chayavitas; Javier Plindendolfer, desde Concepci&oacute;n de Xeveros en el Mara&ntilde;&oacute;n; Mart&iacute;n Sveina, quien arribaba despu&eacute;s de tres meses de viaje de Santo Tom&eacute; de Andoas; Andr&eacute;s Camacho, el cual se hallaba aun m&aacute;s lejos, en Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s de J&iacute;baros; Pedro de Berroeta, proveniente de Nuestra Se&ntilde;ora de Loreto de Paranapuras; Pedro Esquini, proveniente de Concepci&oacute;n de Cahuapanas, a seis d&iacute;as de San Regis, y Mauricio Caligari, quien lleg&oacute; desde San Javier de Urarinas. Es posible que tambi&eacute;n se les uniese el P. Carlos Albrizzi, de San Javier de Chamicuros, aunque Uriarte reconoce en su texto que &quot;no recuerdo si estaba all&iacute;&quot;. Despu&eacute;s de rezar el Rosario y cenar, se recogieron en sus aposentos para marchar al d&iacute;a siguiente.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">El 29 de octubre de 1768, despu&eacute;s de las misas matutinas, partieron todos despidi&eacute;ndose tiernamente de los indios, que estaban espantados, mientras que las indias y los ni&ntilde;os sollozaban. Nuestro misionero decidi&oacute; quedarse un momento m&aacute;s para despedirse a solas de su reducci&oacute;n. Acongojado, realiz&oacute; una &uacute;ltima visita a todo el poblado y reparti&oacute; las &uacute;ltimas peque&ntilde;as baratijas a las mujeres y ni&ntilde;os. La emoci&oacute;n que lo embargaba fue tan fuerte que no pudo continuar, as&iacute; que d&aacute;ndole un abrazo final al nuevo cl&eacute;rigo, le dijo:</p>      <blockquote>     <p align="justify">&#91;...&#93; no tengo coraz&oacute;n para verlos y dejarlos &#91;...&#93; puesto un lienzo en la frente para que no me vieran llorar, avis&eacute; a los bogas y corr&iacute; al puerto, sigui&eacute;ndome aquella grey con sus balidos &#91;...&#93; y rezando la letan&iacute;a y abandonado a una profunda melancol&iacute;a, caminamos ese d&iacute;a hasta que con motivos sobrenaturales me sosegu&eacute; &#91;...&#93; (Uriarte, 1986, p. 526).</p> </blockquote>      <p align="justify">Despu&eacute;s de un d&iacute;a de navegaci&oacute;n llegaron a San Joaqu&iacute;n de Omaguas, donde descansaron dos d&iacute;as. All&iacute; hallaron la iglesia muy descuidada, porque desde la llegada de la noticia del arresto de los jesuitas en Quito -hac&iacute;a m&aacute;s de un a&ntilde;o- no se hab&iacute;a hecho nada por mantenerla en buen estado. A la reiterativa pregunta de los indios &quot;&iquest;Padre, por qu&eacute; te vas?&quot; &eacute;l respond&iacute;a &quot;Porque Dios lo quiere&quot;. La culpa no lo abandonaba. Mientras vislumbraba desde el Amazonas los r&iacute;os Ucayali y Tigre, reflexionaba en voz alta: &quot;Adi&oacute;s delicias m&iacute;as, mayurunas, iquitos, yameos. Dios os provea de mejores misioneros que yo, pobre pecador, no merezco estar ya con vosotros&quot; (Uriarte, 1986, p. 527).</p>      <p align="justify">Cuando retomaron el viaje, se hab&iacute;an incorporado los padres Leonardo Deubler y Jos&eacute; Palme. A los dos d&iacute;as alcanzaron San Pablo de Napeanos, donde se les unieron otros tres religiosos: Juan Saltos, de Santa B&aacute;rbara de Iquitos; el hermano Pedro Schoneman, proveniente de la reducci&oacute;n de Nuestra Se&ntilde;ora de la Luz de Iquitos, y Jos&eacute; Montes, misionero de la reducci&oacute;n. Los &aacute;nimos estaban deca&iacute;dos y se discurr&iacute;a que si Dios no interven&iacute;a pronto con un milagro, la evangelizaci&oacute;n de los indios iquitos se habr&iacute;a de acabar r&aacute;pidamente.</p>      <p align="justify">El 2 de noviembre zarparon nuevamente y, al avanzar hacia San Ignacio de Pebas, al quinto d&iacute;a pasaron delante de la desembocadura del r&iacute;o Napo. Al verla, Uriarte sinti&oacute; que sus diecisiete a&ntilde;os de trabajo misionero se transformaban en un dolor insufrible:</p>      <blockquote>     <p align="justify">&#91;...&#93; ba&ntilde;ados los ojos en l&aacute;grimas me desahogaba as&iacute;: ¡Adi&oacute;s, Napo, primicia de mi apostolado; &iquest;Por qu&eacute; no me dejaste sepultado en tus orillas cuando las rebeliones? &iquest;O sumergido en tus aguas cuando los naufragios? &#91;...&#93; ¡Adi&oacute;s mis hijos primog&eacute;nitos, aguaricos, quajoyas, uncuy&eacute;s, ancuteres, payaguas, tirir&iacute;es! &#91;...&#93; quiz&aacute;s no os volver&eacute; <i>a </i>ver. ¡Oh Nombre Sant&iacute;simo de Jes&uacute;s, mi primer pueblo! ¡Oh, Nombre de Mar&iacute;a, el segundo! ¡Oh, San Lu&iacute;s Gonzaga, el tercero! ¡Oh, San Francisco de Icaguates, el cuarto! ¡Oh, San Miguel, mi anejo y el quinto! ¡Oh, San Pedro de Payaguas, el sexto! Interceded con todos los Santos &Aacute;ngeles Custodios por esos pobres desamparados, m&aacute;s que nunca&quot; (Uriarte, 1986, p. 530).</p> </blockquote>      <p align="justify">Ese dolor no se qued&oacute; en Maynas; sigui&oacute; con Uriarte en todo el viaje del extra&ntilde;amiento y segu&iacute;a a&uacute;n vivo en su mente y esp&iacute;ritu al re-escribir sus memorias en Ravena, a tal punto que cometi&oacute; escasas omisiones y errores al rememorar intensamente estos fat&iacute;dicos momentos.</p>      <p align="justify">Llegaron a Pebas el d&iacute;a 6 de noviembre y, recogiendo al P. Jos&eacute; Bahamonde, que era el misionero del poblado, retomaron la navegaci&oacute;n. Al cuarto d&iacute;a llegaron al &uacute;ltimo de los pueblos de la Misi&oacute;n, el de Nuestra Se&ntilde;ora de Loreto de Ticunas, donde embarc&oacute; su misionero, el P. Segundo del Castillo. Por diversas razones, tres religiosos maynenses no alcanzaron a realizar el viaje con este grupo de expulsados. Debido a ello ser&iacute;an incorporados posteriormente a otro contingente que sali&oacute; de Quito. Estos fueron los padres Jos&eacute; Cenitagoya, Jos&eacute; Romie y Juan Ibusti, que misionaban en las alejadas reducciones de las cabeceras de los r&iacute;os Napo y Pastaza. Estos llegaron a reunirse con los restantes misioneros de Maynas en el hospedaje del puerto de Santa Mar&iacute;a (C&aacute;diz, Espa&ntilde;a).</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">El 8 o 9 de noviembre de 1768 cruzaron la frontera con Portugal en la Amazonia, llegando a la Villa Fuerte de San Jorge de Yavar&iacute;, donde permanecieron unos diez d&iacute;as antes de proseguir hacia San Pablo, donde oficialmente fueron recogidos por los portugueses. Mientras esperaban la llegada de las naves que los llevar&iacute;an al Par&aacute;, el Superior Francisco Aguilar comenz&oacute; a sentirse inquieto, recelando de los portugueses. Tomando en cuenta que varios de los misioneros llevaban consigo los apuntes de sus cr&oacute;nicas con objeto de publicarlas en Europa, les pidi&oacute; que las destruyesen para que no cayesen en manos de los lusos. Es as&iacute; como Leonardo Deubler quem&oacute; todas sus obras en folio. Sin hacer otras precisiones, Uriarte se&ntilde;ala que todos los que llevaban alg&uacute;n escrito lo incineraron. No obstante, los padres Javier Veigl y Javier Plindendolfer escondieron sus notas cosi&eacute;ndolas dentro de sendas almohadas, pudiendo de tal manera llevarlas consigo a pesar que la desobediencia cometida. En cuanto a los papeles y documentos que &eacute;l mismo llevaba, el Superior le pidi&oacute; la llave de su arquita, en la cual conservaba determinados apuntes, casi todos papeles espirituales y algunas notas de lenguas pl&aacute;ticas. De todo ello hizo un peque&ntilde;o montoncito y los quem&oacute;. Sin embargo, nuestro cronista logr&oacute; salvar el compendio de su querido Diario, que entreg&oacute; a un tal Alejo J&aacute;uregui. Este ven&iacute;a acompa&ntilde;ando a Basabe con la intenci&oacute;n de pasar junto con los sacerdotes a Espa&ntilde;a. Desconocemos si muri&oacute; poco despu&eacute;s, como sucedi&oacute; con Basabe, pero lo cierto es que lamentablemente nunca m&aacute;s se volvi&oacute; a saber de &eacute;l ni del compendio del Diario.</p>      <p align="justify">El 2 de diciembre de 1768 fue ejecutada la entrega de los sacerdotes a los portugueses. El hecho exigi&oacute; que se instituyese un acta de entrega, en la cual fueron le&iacute;dos los nombres de todos ellos. A continuaci&oacute;n se procedi&oacute; al primero, de un sinf&iacute;n de minuciosos inventarios de los bienes que llevaban consigo. En dicho inventario no hay noticia de notas o compendios sobre la historia de Maynas, la cual parec&iacute;a de momento estar condenada al olvido.</p>      <p align="justify">Una vez que subieron todos a bordo, se dio inicio al largo viaje de cuarenta d&iacute;as y cuarenta noches al Par&aacute;. El capit&aacute;n decidi&oacute; no detenerse en tierra en ning&uacute;n momento, por temor a que los jesuitas pudiesen huir. Las condiciones a bordo de las cinco embarcaciones eran tremendas, llegando al Par&aacute; el 19 de enero de 1769. Al bajar a tierra, fueron de inmediato custodiados por una doble fila de soldados con las bayonetas caladas. Fueron conducidos inmediatamente al palacio de &quot;cierto Mariscal ausente&quot;, propiedad que Uriarte -siempre incorregible- describi&oacute; minuciosamente, consignando hasta el n&uacute;mero de pelda&ntilde;os de la escalera principal. Vivieron en circunstancias infrahumanas por cincuenta d&iacute;as, a la espera de un nav&iacute;o para trasportarlos. Como este demoraba en llegar, el Gobernador, deseoso de deshacerse de ellos, hizo alistar una corbeta en la que se hab&iacute;an conducido negros esclavos. El viaje comenz&oacute; el 11 de marzo de 1769 y fue peor a&uacute;n que los anteriores, ya que los encerraron en un calabozo oscuro y sin ventilaci&oacute;n, como se usaba en aquellos tiempos en los barcos negreros.</p>      <p align="justify">Despu&eacute;s de 58 d&iacute;as de navegaci&oacute;n llegaron a Portugal el 7 de mayo de 1769, siendo conducidos hasta la Villa de Ageitao, perteneciente al ajusticiado duque de Aveiro.<a name="n_22"></a><a href="#n22"><sup>22</sup></a> En los dos d&iacute;as siguientes murieron exhaustos por los viajes y encarcelamientos, as&iacute; como por su avanzada edad y precario estado de salud, los padres Leonardo Deubler y Adam Widman. El 11 de julio, un total de 17 religiosos provenientes de Maynas comenzaron su viaje hacia Espa&ntilde;a. Apenas descendieron a tierra supieron que hab&iacute;a expirado el Papa Clemente XIII. Inmediatamente fueron conducidos todos al hospicio que ellos hab&iacute;an tenido en dicha ciudad y que al presente hab&iacute;a sido incautado por la corona espa&ntilde;ola y transformado en prisi&oacute;n y &quot;almac&eacute;n de soldados&quot;. Hacia finales de julio o principios de agosto de 1769, llegaron al puerto de Santa Mar&iacute;a los tres misioneros faltantes, quienes eran los padres Jos&eacute; Romei, Juan Ibusti y Jos&eacute; Cenitagoya, los cuales fueron recibidos con gran regocijo por parte de todos.</p>      <p align="justify">Para pasar el tiempo en algo constructivo, pidieron al Marqu&eacute;s de la Ca&ntilde;ada algunos libros para leer y este les hizo llegar un cat&aacute;logo para que escogiesen algunos textos. Uriarte eligi&oacute; varios, entre los que se encontraba La Florida del Inca, de Garcilaso de la Vega. El af&aacute;n de la lectura los involucr&oacute; a todos. Al respecto acota que &quot;&#91;...&#93; estudiamos m&aacute;s en estos catorce meses de c&aacute;rcel, que en muchos a&ntilde;os de Mainas: porque all&aacute; el calor atolondraba &#91;...&#93;&quot; (Uriarte, 1986, p. 578).</p>      <p align="justify">Otros, con alguna habilidad para el arte, se dedicaron a pintar. Entre ellos estuvo el P. Veigl, quien perfeccion&oacute; sus mapas del Mara&ntilde;&oacute;n, mientras que el P. Superior de los mejicanos -que era su conocido- los enmend&oacute; y pint&oacute;. El P. Palme se entreten&iacute;a en la pintura al temple, mientras que el P. Saltos, quien tambi&eacute;n comenz&oacute; a pintar, &quot;sac&oacute; dibujos de los animales, p&aacute;jaros y cosas de la Misi&oacute;n que Albrizzi quer&iacute;a con su historia imprimir en Venecia&quot; (Uriarte, 1986, p. 584).</p>      <p align="center"><a href="img/revistas/apun/v20n1/v20n1a06t01.jpg" target="_blank">Tabla 1</a>     <p align="justify">Poco m&aacute;s de un a&ntilde;o despu&eacute;s, el 4 de octubre de 1770, embarcaron con sus escasos ajuares para ser llevados a las Legaciones Pontificias. En el barco que los habr&iacute;a de transportar, encontraron a toda la provincia de Filipinas y a un nutrido grupo de religiosos del Per&uacute;, acompa&ntilde;ados por el Provincial, lo cual fue causa de gran alegr&iacute;a para todos. Al llegar a La Spezia se consolaron con la visita de los religiosos alemanes e italianos, quienes hab&iacute;an ido a despedirse para poder proseguir viaje a sus provincias de origen. A pesar de este momento de ruptura final y definitiva, todos manifestaron &quot;grandes &aacute;nimos de volver a la misi&oacute;n&quot;. En breve continuaron con su quinto viaje por mar, aunque esta vez fue solamente hasta el puerto de Liorna (hoy Livorno, G&eacute;nova) y desde all&iacute; se desplazaron en calesas hasta Florencia. A los pocos d&iacute;as partieron con destino a Faenza para finalmente llegar al &uacute;ltimo destino de este inmenso periplo de desterrados: la ciudad de Ravena.<a name="n_23"></a><a href="#n23"><sup>23</sup></a> Llegaron el 23 de noviembre de 1770, veinticinco meses despu&eacute;s de haber salido de la reducci&oacute;n de San Regis de Yameos en la misi&oacute;n de Maynas.</p>  <font size="3">     <br>    <p><b>Conclusi&oacute;n de su vida en Italia</b></p></font>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Instalado definitivamente en Ravena, Manuel Uriarte lamentaba tener que aprender una lengua m&aacute;s, el italiano, que se&ntilde;alaba como la decimotercera. Naturalmente entre ellas contaba el espa&ntilde;ol, el vascuence -materna-, lat&iacute;n, griego y hebreo -de su formaci&oacute;n sacerdotal-, y algunas lenguas amaz&oacute;nicas como la iquita, mayoruna, ticuna, payagua y otras tres que no hemos logrado determinar con certeza.</p>      <p align="justify">A los pocos meses de vivir all&iacute; y sin muchas ocupaciones que llenasen su tiempo, decidi&oacute; comenzar a redactar nuevamente su Diario, por tercera vez y de memoria, evocando lentamente todos los sucesos vividos en la Amazonia, a manera de una catarsis personal. Comenz&oacute; a escribir el 12 de diciembre de 1771 y su primera frase escrita reza as&iacute;: &quot;Lo que me acuerdo del Diario en Suma&quot;. Organiz&oacute; el texto en tres partes, la primera de las cuales escribi&oacute; entre los a&ntilde;os 1771 y 1772 y en ella desarroll&oacute; los acontecimientos que sucedieron desde su llegada a Maynas en la Navidad de 1750 hasta abril de 1754, tiempo en el que estuvo evangelizando principalmente en la misi&oacute;n del Napo. La segunda fue redactada durante el a&ntilde;o de 1773 y en ella describe los sucesos ocurridos en la Misi&oacute;n Baja del Mara&ntilde;&oacute;n entre abril de 1754 y diciembre de 1762. La tercera y &uacute;ltima fue producida durante los a&ntilde;os de 1774 y 1775. Es el texto m&aacute;s extenso de los tres. En ella rese&ntilde;a los sucesos en la Misi&oacute;n Baja del Mara&ntilde;&oacute;n desde enero de 1763 hasta la partida definitiva de los jesuitas en 1768. A continuaci&oacute;n expone las vivencias del viaje de extra&ntilde;amiento y los sinsabores y sufrimientos en las diversas prisiones en las que fueron encarcelados. Concluye con su llegada a Italia y posterior desplazamiento a Ravena, ciudad de la cual hace un recuento un tanto impreciso de sus monumentos, historia y tradiciones, para terminar con todo lo que deseaba comunicar a las nuevas generaciones a comienzos de 1775.<a name="n_24"></a><a href="#n24"><sup>24</sup></a></p>      <p align="justify">El contenido de esta obra p&oacute;stuma es al mismo tiempo efervescente, vivaz, rom&aacute;ntico por momentos y con ciertas dosis de candidez. Aun cuando no presenta un claro esquema hist&oacute;rico -situaci&oacute;n muy comprensible si consideramos que lo redact&oacute; de memoria y a la luz de los conflictivos sucesos hist&oacute;ricos vividos-, su contenido es muy rico y sugerente. A pesar de algunos vac&iacute;os cronol&oacute;gicos y situacionales en su narraci&oacute;n, presenta con gran detalle y palmaria claridad el contexto de crisis por la cual estaban atravesando las misiones de Maynas a mediados del siglo XVIII, sustentando las razones principales de tal situaci&oacute;n.</p>      <p align="justify">En cuanto a los motivos que esgrimi&oacute; para escribir nuevamente su Diario, van cambiando con el tiempo y los sucesos hist&oacute;ricos concomitantes. Cuando comenz&oacute; su redacci&oacute;n en 1771, se&ntilde;alaba que lo hac&iacute;a para que pudiese servir de testimonio a los nuevos misioneros que habr&iacute;an de regresar a Maynas y retomar la tarea evangelizadora. A medida que el tiempo transcurr&iacute;a y las relaciones entre el Papado y las cortes de Madrid se complicaban, manifest&oacute; que lo hac&iacute;a para &quot;que quede en la memoria del tiempo venido&quot;. Finalmente, cuando en 1773 sobrevino la Bula del Papa Clemente XIV que aboli&oacute; la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s, nuestro cronista no perdi&oacute; el entusiasmo en cuanto a terminar su obra, aunque ahora declaraba que lo segu&iacute;a haciendo para la diversi&oacute;n y entretenimiento de sus hermanos religiosos. En este &uacute;ltimo enunciado se descubre una cierta dosis de resignaci&oacute;n, amargura y fatalismo frente a los inesperados sucesos que se desenvolv&iacute;an a su alrededor. Tambi&eacute;n es claramente perceptible su desesperado af&aacute;n de asirse a la memoria de un bien conocido -aunque irremediablemente perdido- dentro de un mundo trasfigurado y sorprendente.</p>      <p align="justify">Una vez terminado el Diario en 1775 y desobligado de la vida religiosa en comunidad despu&eacute;s de la disoluci&oacute;n de la Orden, decidi&oacute; conocer un poco el pa&iacute;s en que viv&iacute;a como desterrado. Contando con un poco de dinero que le facilitaron sus hermanos, decidi&oacute; emprender algunos cortos viajes de peregrinaci&oacute;n a los santuarios de Nuestra Se&ntilde;ora de Loreto<a name="n_25"></a><a href="#n25"><sup>25</sup></a> As&iacute;s y Roma. De su vida en los a&ntilde;os posteriores hay escasa informaci&oacute;n, ya que las cartas de este periodo de su vida son muy pocas. La raz&oacute;n de ello fue que el rey de Espa&ntilde;a impuso obst&aacute;culos para la comunicaci&oacute;n entre los jesuitas expulsos -transformados luego en seglares, y sus familiares inmediatos.</p>      <p align="justify">Desconocemos lo que realmente sucedi&oacute; desde 1776 en adelante, porque casi no existe documentaci&oacute;n al respecto. A principios de dicho a&ntilde;o, en una carta dirigida a sus hermanos, se&ntilde;alaba estar viviendo en una &quot;casa sola en Ravena&quot; con otro misionero de Maynas, el P. Jos&eacute; Cenitagoya. Este &uacute;ltimo se hallaba considerablemente enfermo, as&iacute; que les acompa&ntilde;aba un muchacho hu&eacute;rfano que los cuidaba a ambos. El cronista Juan de Velasco lo sit&uacute;a en Bolonia hacia 1778, donde posiblemente permaneci&oacute; durante los siguientes veinte a&ntilde;os de su vida.<a name="n_26"></a><a href="#n26"><sup>26</sup></a></p>      <p align="justify">Cuando dos d&eacute;cadas m&aacute;s tarde, en 1798, los expulsados fueron autorizados a volver a su patria, Uriarte regres&oacute; resueltamente a Espa&ntilde;a, llevando consigo el Diario. Fue a vivir en la ciudad de Vitoria, donde falleci&oacute; en 1802 a los 82 a&ntilde;os de edad,<a name="n_27"></a><a href="#n27"><sup>27</sup></a> habiendo sido sepultado en la capilla de la Concepci&oacute;n de San Francisco de dicha ciudad.</p>      <p align="justify">De esta manera concluy&oacute; la vida de Manuel Uriarte, misionero de Maynas, quien dedic&oacute; una importante parte de su vida a la encomiable obra de evangelizar a los infieles, en los territorios situados en las &quot;ant&iacute;podas&quot; de las Indias Occidentales. Sus memorias nos traen los ecos de un mundo pasado, lleno de fatigas y sacrificios, pero no por ello menos vibrante y lleno de significado. Su tesonera labor entre los indios amaz&oacute;nicos transform&oacute; su &quot;vivencia del otro&quot; en algo totalmente diferente, que puede ser denominado como la &quot;vivencia para el otro&quot;.</p>  <hr>  <font size="3">     <br>    <p><b>Notas</b></p></font>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a name="n01"></a><a href="#n_01"><b>1</b></a> Esta misi&oacute;n debe su nombre a la etnia amaz&oacute;nica mayna, la cual habitaba las estribaciones de los r&iacute;os Morona y Pastaza, afluentes de la margen izquierda del r&iacute;o Mara&ntilde;&oacute;n. A partir de 1638 el nombre de Maynas se extendi&oacute; a todo el alto Amazonas y fue confirmado como territorio de evangelizaci&oacute;n jesu&iacute;tica a partir de las Reales C&eacute;dulas de 1682 y 1683. A pesar de esto, no exist&iacute;a en realidad una frontera totalmente definida, en gran medida debido a la geograf&iacute;a particular de la regi&oacute;n, situaci&oacute;n que ocasion&oacute; algunas disputas con los franciscanos que misionaban al sur y con los dominicos que evangelizaban hacia el oeste.</p>      <p align="justify"><a name="n02"></a><a href="#n_02"><b>2</b></a> Por un lado tenemos las exploraciones que llevaron a cabo varios capitanes espa&ntilde;oles comisionados por Francisco Pizarro en 1535, con la m&uacute;ltiple finalidad de incorporar nuevas regiones a la corona espa&ntilde;ola, aumentar las encomiendas disponibles y encontrar riquezas en metales preciosos. Estas dieron por resultado el establecimiento de algunos poblados estables, a los cuales, dentro de las pol&iacute;ticas de poblaci&oacute;n hispanoamericana, se les denominaba &quot;ciudades&quot;. Entre 1536 y 1570 fueron fundadas hacia el oeste de los r&iacute;os Mara&ntilde;&oacute;n y Huallaga, las ciudades de Loja, Zamora, Valladolid, Loyola, Ja&eacute;n de Bracamoros, Chachapoyas, Moyobamba, Santiago de las Monta&ntilde;as y Santa Mar&iacute;a de Nieva. Muchas fueron abandonas en a&ntilde;os posteriores y de algunas apenas si conocemos su ubicaci&oacute;n, pues no ha quedado ning&uacute;n resto tangible de ellas. Por otra parte, tenemos las exploraciones llevadas a cabo por Francisco de Orellana y su socio Gonzalo Pizarro a la &quot;tierra de la canela&quot;, en busca del legendario El Dorado, cuyos guerreros supuestamente estaban &quot;armados de piezas y joyas de oro&quot;. La expedici&oacute;n, desde la perspectiva del hallazgo de grandes riquezas, fue un total fracaso. Sin embargo, fue esta penosa y terrible expedici&oacute;n la que posibilit&oacute; el descubrimiento del &quot;R&iacute;o Grande de las Amazonas&quot; (Negro, 1999, pp. 251-268).</p>      <p align="justify"><a name="n03"></a><a href="#n_03"><b>3</b></a> El misionero P. Samuel Fritz fund&oacute; la reducci&oacute;n de San Joaqu&iacute;n de Omaguas en 1686, la cual fue trasladada varias veces de sitio, constituyendo la segunda misi&oacute;n en importancia despu&eacute;s de Santiago de la Laguna. En 1688 estableci&oacute; el poblado de Nuestra Se&ntilde;ora de las Nieves, entre los Yurimaguas, y en los a&ntilde;os subsiguientes organiz&oacute; 38 -seg&uacute;n otros cronistas, estos fueron cuarenta- poblados a lo largo de las orillas y sobre las islas e islotes del r&iacute;o Amazonas. La distancia desde Santiago de la Laguna hasta la desembocadura del r&iacute;o Negro superaba los 2.900 km de recorrido fluvial.</p>      <p align="justify"><a name="n04"></a><a href="#n_04"><b>4</b></a> Despu&eacute;s de haber estado prisionero en Par&aacute; durante diecinueve meses, Samuel Fritz, que conoc&iacute;a muy bien el problema de la falta de l&iacute;mites precisos en la regi&oacute;n amaz&oacute;nica, decidi&oacute; viajar a Lima en 1692. El objeto era entrevistarse con el virrey Melchor de Portocarrero y Laso de la Vega, conde de la Monclova. Este le recibi&oacute; con gran &quot;compasi&oacute;n y ternura&quot;, pero cuando Fritz le expuso el problema del avance lusitano, el virrey respondi&oacute; que en lo temporal &quot;&#91;...&#93; no fructificaba al rey de Espa&ntilde;a, como otras muchas provincias que con m&aacute;s raz&oacute;n y t&iacute;tulo se deb&iacute;an con todo empe&ntilde;o defender de hostiles invasiones&quot;. Finalmente le se&ntilde;al&oacute; que en estas dilatadas Indias hab&iacute;a suficientes tierras para ambas coronas y le suger&iacute;a que con su santo celo y devoci&oacute;n, no permitiese &quot;&#91;...&#93; la Divina Bondad se mallograsen trabajos tan de su agrado&quot; (Rodr&iacute;guez, 1997, p. 100).</p>      <p align="justify"><a name="n05"></a><a href="#n_05"><b>5</b></a> Estos factores llevaron a privilegiar una de las rutas, la cual ingresaba a Maynas a trav&eacute;s de la ciudad de Archidona, en la gobernaci&oacute;n de los Quijos, jurisdicci&oacute;n de Quito. Casi todas las rutas ten&iacute;an como punto de partida la ciudad de Quito, ya que, entre los siglos XVI y XIX, el acceder a dicha regi&oacute;n desde Lima era una empresa de mayor envergadura, no s&oacute;lo por la gran distancia existente, sino por la imperativa necesidad de cruzar los Andes para alcanzar la Amazonia, todo lo cual repercut&iacute;a negativamente en tiempo y costos. Por estas circunstancias geogr&aacute;ficas, la misi&oacute;n dependi&oacute; siempre de la provincia jesu&iacute;tica de Quito y administrativamente formaba por entonces una &uacute;nica gobernaci&oacute;n (Ardito, 1993).</p>      <p align="justify"><a name="n06"></a><a href="#n_06"><b>6</b></a> Los misioneros desconoc&iacute;an las lenguas locales, las cuales llegaron a ser muchas. Para el P. Antonio Vieyra, el total de lenguas que se hablaban en el Mara&ntilde;&oacute;n superaba las 150, mientras que seg&uacute;n el cronista jesuita Juan de Velasco estas fueron unas cuarenta. El cronista franciscano Fr. Francisco Compte se&ntilde;alaba que fueron solamente veintisiete. Las marcadas diferencias entre las afirmaciones de los diversos cronistas puede residir en el hecho de que en sus escritos no precisaron el &aacute;rea geogr&aacute;fica que ellos denominaban &quot;El Mara&ntilde;&oacute;n&quot;. Por otro lado, una segunda posibilidad es que no se trate en todos los casos de lenguas individuales, sino m&aacute;s bien de grupos ling&uuml;&iacute;sticos. De cualquier manera, el gran n&uacute;mero existente oblig&oacute; a la imposici&oacute;n del quechua como lengua franca. Dicha situaci&oacute;n hizo imprescindible la captura de algunos individuos para ser entrenados en la &quot;lengua general del inga&quot;, para que luego sirviesen de int&eacute;rpretes y promoviesen el establecimiento de las reducciones. El quechua finalmente tampoco se convirti&oacute; en una lengua general para relacionarse con facilidad, ya que la mayor parte de los habitantes nunca la lleg&oacute; a aprender y, por lo tanto, se vieron obligados a depender de terceros para poderse comunicar (Compte, 1885; De Velasco, 1981; Vieira, 1959).</p>      <p align="justify"><a name="n07"></a><a href="#n_07"><b>7</b></a> El misionero asesinado fue el P. Francisco del Real, quien hab&iacute;a logrado reducir a un grupo de indios payaguas en el poblado de San Miguel de Ciecoya. El motivo de la rebeli&oacute;n fue la insistencia del misionero para que los ind&iacute;genas reducidos se limitaran a tener una sola mujer (Jouanen, 1943, II, p. 473).</p>      <p align="justify"><a name="n08"></a><a href="#n_08"><b>8</b></a> En 1749 se rebel&oacute; un grupo de payaguas, los cuales atacaron la reducci&oacute;n de los &Aacute;ngeles de la Guarda de Payaguas. En 1753 casi todas las naciones y poblaciones de la misi&oacute;n del Napo se levantaron, lo que culmin&oacute; con un intento fallido de asesinar al P. Uriarte. El misionero mismo narra el episodio en su Diario (De Velasco, 1981) rese&ntilde;a que estuvo &quot;por tres d&iacute;as enteros, con toda la cabeza abierta, desangrando, inmoble y fuera de sus sentidos, con todas las apariencias de cad&aacute;ver&quot; (Velasco, 1981, p. 512). En ese mismo a&ntilde;o de 1753, los cahumares del Mara&ntilde;&oacute;n mataron al P. Joseph Casado.</p>      <p align="justify"><a name="n09"></a><a href="#n_09"><b>9</b></a>  Durante los primeros 23 a&ntilde;os casi no hubo epidemias en las misiones, pero a partir del a&ntilde;o 1660 estas se multiplicaron. Podemos se&ntilde;alar que entre 1690 y 1720 se documentan doce grandes epidemias que diezmaron intensamente la poblaci&oacute;n, en especial aquella que viv&iacute;a en los asentamientos permanentes. En 1749, poco antes de la llegada del P. Uriarte a la regi&oacute;n, hubo una terrible peste de viruela y sarampi&oacute;n que involucr&oacute; toda la Misi&oacute;n Baja extendi&eacute;ndose luego por la Misi&oacute;n Alta, afect&aacute;ndolas de tal manera que nunca lograron reponerse totalmente. En 1756 una epidemia de viruelas volvi&oacute; a atacar la Misi&oacute;n Alta, afectando intensamente a los pobladores de Borja y Santiago de la Laguna. En 1762 hubo otro brote de viruelas en La Laguna, matando a los pocos que a&uacute;n quedaban (Chantre, 1901; De Velasco, 1981; Uriarte, 1986).</p>      <p align="justify"><a name="n10"></a><a href="#n_10"><b>10</b></a>  Al llegar a la misi&oacute;n del r&iacute;o Napo en 1750 se hizo cargo de la reducci&oacute;n del Nombre de Jes&uacute;s. En 1754 le fue ordenado salir del Napo hacia el Mara&ntilde;&oacute;n, porque era peligroso seguir all&iacute; despu&eacute;s de la rebeli&oacute;n de los payaguas en 1753, en la cual intentaron asesinarle. Como consecuencia de ello fue nombrado compa&ntilde;ero del P. Mart&iacute;n de Iriarte, quien se desempe&ntilde;aba como vicesuperior en San Joaqu&iacute;n de Omaguas. Un a&ntilde;o m&aacute;s tarde se le destin&oacute; como misionero en San Regis de Yameos -en la Misi&oacute;n Baja- por su delicado estado de salud. En 1756 fue se&ntilde;alado como vicesuperior en San Joaqu&iacute;n de Omaguas, de donde saldr&iacute;a en 1764 para hacerse cargo de la reducci&oacute;n de Santa B&aacute;rbara de Iquitos en el r&iacute;o Nanay. Al a&ntilde;o siguiente baj&oacute; nuevamente a San Joaqu&iacute;n de Omaguas y se qued&oacute; brevemente reemplazando al P. Javier Veigl, mientras este se hallaba de viaje. Luego volvi&oacute; a las reducciones del r&iacute;o Nanay en septiembre de 1765. En 1766, cuando el P. Francisco de Aguilar fue designado como nuevo Superior de la misi&oacute;n de Maynas, le fueron se&ntilde;aladas una sucesi&oacute;n de reducciones en cada una de las cuales permaneci&oacute; por corto tiempo.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a name="n11"></a><a href="#n_11"><b>11</b></a> Estas cartas fueron consultadas por Constantino Bayle con la intenci&oacute;n de escribir la biograf&iacute;a de Manuel Uriarte, proyecto que nunca lleg&oacute; a buen t&eacute;rmino. Sin embargo, utiliz&oacute; parte de este material para redactar la extensa introducci&oacute;n al <i>Diario de un Misionero de Maynas.</i></p>      <p align="justify"><a name="n12"></a><a href="#n_12"><b>12</b></a> De Velasco narra acerca de &quot;dos bell&iacute;simas cartas y muy difusas de elogios y de noticias curiosas sobre las Misiones de Mainas del Mara&ntilde;&oacute;n, compar&aacute;ndolas y prefiri&eacute;ndolas &#91;...&#93; a las de China&quot;. El autor de ellas fue el P. Francisco Viba, quien las escribi&oacute; en 1682 a partir de los informes que le hab&iacute;a facilitado el P. Francisco Fern&aacute;ndez, quien a su vez hab&iacute;a salido de la misi&oacute;n para ir a Quito con cincuenta ne&oacute;fitos de la etnia Gaes. (Velasco, 1981, I, p. 348).</p>      <p align="justify"><a name="n13"></a><a href="#n_13"><b>13</b></a> Hizo traer en canoas desde el r&iacute;o Tigre unas hojas fuertes, que eran conocidas como palmiche, y fibras para amarrarlas. Emple&oacute; las hojas para rehacer el techo de la iglesia, ya que este sol&iacute;a durar solamente unos cuatro a&ntilde;os. Tambi&eacute;n mand&oacute; a reparar el muro perimetral o pretil del atrio y procedi&oacute; a rellenar la pendiente del mismo con tierra apisonada con lo cual &quot;qued&oacute; como esta plaza de Ravena, larga m&aacute;s que ancha...&quot; (Uriarte, 1986, p. 491).</p>      <p align="justify"><a name="n14"></a><a href="#n_14"><b>14</b></a> Manuel Echeverr&iacute;a fue un antiguo amigo del P. Uriarte, ya que hab&iacute;a sido maestro en el colegio de San Lu&iacute;s de Quito y posteriormente fue cura en Saquisil&iacute;. Estaba desempe&ntilde;&aacute;ndose como Prebendado de la catedral de Quito cuando se le encomend&oacute; ir a Maynas, llevando consigo a los sacerdotes que deb&iacute;an reemplazar a los jesuitas en las reducciones.</p>      <p align="justify"><a name="n15"></a><a href="#n_15"><b>15</b></a> El &quot;varayoc&quot; era la autoridad de mayor categor&iacute;a en un poblado. Su investidura se realizaba por medio de la elecci&oacute;n comunal. El origen de dicho cargo es probablemente anterior a la llegada de los espa&ntilde;oles al Per&uacute;, aunque hay una determinante influencia espa&ntilde;ola en la fijaci&oacute;n de sus caracteres y funciones durante el virreinato.</p>      <p align="justify"><a name="n16"></a><a href="#n_16"><b>16</b></a> En el momento de dejar la reducci&oacute;n de San Regis de Yameos, esta contaba solamente con unos 500 pobladores. Los motivos de tan escasa poblaci&oacute;n los hallamos en las grandes epidemias que asolaron las misiones unos a&ntilde;os antes.</p>      <p align="justify"><a name="n17"></a><a href="#n_17"><b>17</b></a> Se denomina bajareque o pajareque la construcci&oacute;n de muros hechos con troncos y ramas trenzadas con ca&ntilde;as y barro. El t&eacute;rmino fue tra&iacute;do por los espa&ntilde;oles desde las Antillas. En algunas regiones del virreinato del Per&uacute;, entre las cuales se hallaba Maynas, se le denomin&oacute; tambi&eacute;n &quot;tapia francesa&quot;. Manuel Uriarte se&ntilde;ala que: &quot;De la Trinidad tuve buenas nuevas: el Hermano Lorenzo hab&iacute;a sacado del monte unas ochenta almas &#91;...&#93; Al Hermano Lorenzo envi&eacute; a Tirir&iacute;, donde hizo una curiosa iglesia de tapia francesa, con la ayuda de dos blancos y seis indios portugueses... &quot;(1986, p. 110).</p>      <p align="justify"><a name="n18"></a><a href="#n_18"><b>18</b></a> Este religioso de origen espa&ntilde;ol hab&iacute;a llegado a Maynas en 1738, estableciendo en 1742 y en la misi&oacute;n del Napo las reducciones de San Juan Bautista de Paratoas, Nuestra Se&ntilde;ora de la Soledad de Guajoya y Nombre de Mar&iacute;a de Guajoya y Ancuteres (Jouanen, 1943, II, p. 248).</p>      <p align="justify"><a name="n19"></a><a href="#n_19"><b>19</b></a> Uriarte rememora que dicho suceso ocurri&oacute; estando muy cerca la fiesta de San Juan Nepomuceno, la cual se celebra el 16 de mayo.</p>      <p align="justify"><a name="n20"></a><a href="#n_20"><b>20</b></a> La edad fue un factor determinante para los expulsados de Maynas. En primer lugar debieron enfrentar un viaje de semanas por el r&iacute;o Amazonas, para luego proseguir por mar a Europa, lo cual era demasiado para las escasas fuerzas de varios de ellos, que superaban los 60 a&ntilde;os de edad. Entre ellos podemos mencionar al hermano Pedro Schoneman que contaba con 68 a&ntilde;os, Adan Widman con 74, Javier Veigl de 75, Jos&eacute; Bahamonde con 78 y Leonardo Deubler con 83. El sufrimiento y angustia generalizados se vieron intensificadas ya que el mayor deseo de todos era morir entre sus &quot;amados indios&quot;.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a name="n21"></a><a href="#n_21"><b>21</b></a> Para ello hizo preparar abundante cantidad de vaca marina frita, gamitanas saladas -se trata de un tipo de pescado- y harinas diversas.</p>      <p align="justify"><a name="n22"></a><a href="#n_22"><b>22</b></a> El rey Jos&eacute; I de Portugal se&ntilde;al&oacute; en 1750 como ministro para Asuntos Exteriores a Sebastião Jos&eacute; de Carvalho e Melo, conde de Oeiras. Cuando en 1755 un terremoto devastador asol&oacute; Lisboa, demostr&oacute; su eficiencia al organizar las fuerzas de auxilio y planear la reconstrucci&oacute;n de la ciudad. Debido a sus logros fue nombrado ministro principal ese mismo a&ntilde;o y, a partir de entonces, sus poderes fueron casi absolutos, encarg&aacute;ndose de llevar a cabo un programa pol&iacute;tico de acuerdo con los principios de la Ilustraci&oacute;n. Sin embargo, sus reformas enfrentaron una gran oposici&oacute;n. Cuando se atent&oacute; contra la vida del rey en 1758, Carvalho e Melo logr&oacute; implicar a los jesuitas y a los nobles. Entre los denunciados se hallaba don Jos&eacute; Mascarenhas, duque de Aveiro, quien fue acusado de complicidad y ejecutado el 12 de enero de 1752. En cuanto a los jesuitas, consigui&oacute; que fuesen expulsados de todos los territorios lusos a partir de 1759. Una d&eacute;cada m&aacute;s tarde, el rey le concedi&oacute; el t&iacute;tulo de marqu&eacute;s de Pombal. Cuando muri&oacute; el rey Jos&eacute; I en 1777, su poder casi ilimitado termin&oacute;. Posteriormente fue declarado culpable de abuso de poder y expulsado de la corte. Sin embargo no se le encarcel&oacute; y pudo retirarse a su propiedad rural de Pombal, donde falleci&oacute; el 8 de mayo de 1782 (L&uacute;cio, 2006).     <p align="justify"><a name="n23"></a><a href="#n_23"><b>23</b></a> Las Legaciones Pontificias estaban situadas en el centro de la pen&iacute;nsula y comprend&iacute;an un vasto territorio de 24 mil kil&oacute;metros cuadrados distribuidos entre las regiones del Lacio, Umbr&iacute;a, Marca, las Legaciones de la Roma&ntilde;a, Bolonia y Ferrara, con las ciudades de Benevento y Pontecorvo, lindantes con el reino de N&aacute;poles. Los cardenales enviados a dichas provincias acumulaban poderes casi ilimitados y en ellas se instaur&oacute; un sistema absolutista.</p>      <p align="justify"><a name="n24"></a><a href="#n_24"><b>24</b></a> A pesar de tener el texto concluido en 1775, no logr&oacute; publicarlo y es as&iacute; como lo llev&oacute; consigo cuando retorn&oacute; a Espa&ntilde;a en 1798. No fue hasta casi dos siglos despu&eacute;s -en 1952- cuando fue publicado por primera vez.</p>      <p align="justify"><a name="n25"></a><a href="#n_25"><b>25</b></a> Durante el viaje desde el Par&aacute; hacia Lisboa fueron sorprendidos por una terrible tempestad que dur&oacute; toda la noche. Una vez reconciliados cada cual con su compa&ntilde;ero, hicieron la promesa de que si Dios los libraba de la muerte, visitar&iacute;an en cuanto les fuese posible la Santa Casa de Loreto y visitar&iacute;an durante ocho d&iacute;as c&aacute;rceles y hospitales. En la madrugada vieron aparecer en el cielo unas centellas de fuego, que revoloteaban en el interior del calabozo. Los marineros lusos las denominaban <i>Corpo Santo, </i>mientras que los espa&ntilde;oles las conoc&iacute;an como San Telmo. Uriarte sostiene haberlas visto y confirma que cuando estos fuegos fatuos aparec&iacute;an, las tempestades se dilu&iacute;an, tal como ocurri&oacute; en dicho amanecer. Cumpliendo la promesa hecha en este momento de peligro, nuestro cronista inici&oacute; un periodo de peregrinaciones a lugares santos.</p>      <p align="justify"><a name="n26"></a><a href="#n_26"><b>26</b></a> El autor Jaime Nonell rese&ntilde;a que cierto d&iacute;a, obsesionado y casi fuera de s&iacute; con la idea de un pr&oacute;ximo retorno a la Amazonia, empez&oacute; caminar agitada y desorientadamente por la ciudad de Bolonia. Accidentalmente se top&oacute; con el P. Pignatelli quien le pregunt&oacute; hacia d&oacute;nde se dirig&iacute;a con tanta prisa, a lo que &eacute;l respondi&oacute;: &quot;A Am&eacute;rica, a ver a mis queridos salvajes&quot; (Nonell, 1893, p. 117).</p>      <p align="justify"><a name="n27"></a><a href="#n_27"><b>27</b></a> Cuando el 7 de agosto de 1814, el Papa P&iacute;o vil restableci&oacute; la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s. De los 269 religiosos que pertenecieron a la Provincia de Quito, solamente sobreviv&iacute;an diecisiete. De los veintid&oacute;s expulsados de las misiones de Maynas, solamente quedaba con vida uno de ellos, el P. Pedro Berroeta.</p>  <hr>  <font size="3">     <br>    <p><b>Referencias</b></p></font>      <!-- ref --><p align="justify">Ardito, W. (1993). <i>Las reducciones jesuitas de Maynas. </i>Lima: Centro Amaz&oacute;nico de Antropolog&iacute;a y Aplicaci&oacute;n Pr&aacute;ctica.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000162&pid=S1657-9763200700010000600001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Bayle, C. (1949). <i>Bibliograf&iacute;a sobre las misiones de Maynas. Un misionero mision&oacute;logo. </i>Madrid: s. e.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000163&pid=S1657-9763200700010000600002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Bayle, C. (1951). Las misiones, defensas de fronteras. <i>Missionalia hisp&aacute;nica, 8, </i>417-503.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000164&pid=S1657-9763200700010000600003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><i>Cat&aacute;logo General de la Provincia de Quito (1690-1773). </i>Roma: Archivo Hist&oacute;rico de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s, Provincia Novi regni et Quitensis.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000165&pid=S1657-9763200700010000600004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Codina, M. E. (2005). &quot;Haciendas y misiones: el caso de Maynas&quot;. En: <i>Esclavitud, econom&iacute;a y evangelizaci&oacute;n. Las haciendas jesuitas en la Am&eacute;rica virreinal (pp. </i>243-262). Lima: Pontificia Universidad Cat&oacute;lica del Per&uacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000166&pid=S1657-9763200700010000600005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Compte, F. (1885). <i>Varones ilustres de la Orden Ser&aacute;fica en el Ecuador desde la fundaci&oacute;n de Quito hasta nuestros d&iacute;as. </i>Quito: Imprenta del Clero.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000167&pid=S1657-9763200700010000600006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Chantre y Herrera, J. (1901). <i>Historia de las misiones de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s en el Mara&ntilde;&oacute;n espa&ntilde;ol. </i>Madrid: Avrial.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000168&pid=S1657-9763200700010000600007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">De Borja Medina, F. (1999). &quot;Los Maynas despu&eacute;s de la expulsi&oacute;n de los jesuitas&quot;. En <i>Un reino en la frontera, las misiones jesuitas en la Am&eacute;rica colonial.</i> (pp. 429-472). Lima: Pontificia Universidad Cat&oacute;lica del Per&uacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000169&pid=S1657-9763200700010000600008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">De Campomanes, P. (1977). <i>Dictamen fiscal de la expulsi&oacute;n de los jesuitas de Espa&ntilde;a (1766-1767). </i>Madrid: Fundaci&oacute;n Universitaria Espa&ntilde;ola.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000170&pid=S1657-9763200700010000600009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">De La Condamine, C. (1921 &#91;1743&#93;). <i>Relaci&oacute;n abreviada de un viaje hecho por la Am&eacute;rica Meridional, desde la costa del Mar del Sur hasta las costas del Brasil y de la Guayana, siguiendo el r&iacute;o de las Amazonas. </i>Madrid: s. e.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000171&pid=S1657-9763200700010000600010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">De Velasco, J. (1981). <i>Historia del reino de Quito en la Am&eacute;rica meridional. </i>Quito: Biblioteca Ayacucho.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000172&pid=S1657-9763200700010000600011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Figueroa, F. (1985). <i>Informe de las misiones del Mara&ntilde;&oacute;n, Gran Par&aacute; o R&iacute;o de las Amazonas.</i> Colecci&oacute;n Monumenta Amaz&oacute;nica, tomo 1. Iquitos: Instituto de Investigaci&oacute;n de la Amazonia Peruana y Centro de Estudios Teol&oacute;gicos de la Amazonia.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000173&pid=S1657-9763200700010000600012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Jouanen, J. (1941). <i>Historia de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s en la antigua provincia de Quito (1570-1774).</i> 2 tomos. Quito: Ediciones Ecuatorianas.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000174&pid=S1657-9763200700010000600013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Lucero, J. (1996). &quot;Informe sobre las misiones de Mainas al visitador don Diego Altamirano&quot;. <i>Instituto de Historia Eclesi&aacute;stica Ecuatoriana, 16,</i> 241-248.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000175&pid=S1657-9763200700010000600014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">L&uacute;cio de Azevedo, J. (2006). <i>O marqu&ecirc;s de Pombal e a sua &eacute;poca.</i> San Pablo: Alameda Casa Editorial.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000176&pid=S1657-9763200700010000600015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Magnin, J. (1998). <i>Descripci&oacute;n de la provincia y misiones de Mainas en el Reino de Quito. </i>Quito: Biblioteca Ecuatoriana Aurelio Espinosa Polit.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000177&pid=S1657-9763200700010000600016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Maroni, P. (1988). <i>Noticias aut&eacute;nticas del famoso r&iacute;o Mara&ntilde;&oacute;n. </i>Iquitos: Monumenta Amaz&oacute;nica.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000178&pid=S1657-9763200700010000600017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Mu&ntilde;oz y Manzano, C. conde de la Vinaza (1977). <i>Bibliograf&iacute;a espa&ntilde;ola de lenguas ind&iacute;genas de Am&eacute;rica. </i>Madrid: Atlas.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000179&pid=S1657-9763200700010000600018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Negro, S. (1999). Maynas, una misi&oacute;n entre la ilusi&oacute;n y el desencanto. <i>Un reino en la frontera, las misiones jesuitas en la Am&eacute;rica colonial </i>(pp. 269-300). Lima: Pontificia Universidad Cat&oacute;lica del Per&uacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000180&pid=S1657-9763200700010000600019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Negro, S. (2005). &quot;El urbanismo jesu&iacute;tico en la misi&oacute;n de Maynas&quot;. En <i>Tres grandes cuestiones de la historia de Iberoam&eacute;rica, historia urbana de las reducciones jesu&iacute;ticas sudamericanas, continuidad, ruptura y cambios, siglos XVIII al XX </i>(pp. 98-107). Madrid: Fundaci&oacute;n Mapfre Tavera.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000181&pid=S1657-9763200700010000600020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Nonell, J. (1893-94). <i>El V. P. Jos&eacute; Pignatelli y la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s en su extinci&oacute;n y restablecimiento. </i>Tomo III. Manresa: Boero.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000182&pid=S1657-9763200700010000600021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Ramos G&oacute;mez, L. (1985). <i>Las Noticias secretas de Am&eacute;rica de Jorge Juan y Antonio Ulloa (1735-1745). </i>2 tomos. Madrid: Tierra nueva e cielo nuevo.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000183&pid=S1657-9763200700010000600022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Rodr&iacute;guez Castel&oacute;, J. (coord.) (1997). <i>Diario del Padre Fritz. </i>Quito: Studio21.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000184&pid=S1657-9763200700010000600023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Sommervogel, C. (1890). <i>Bibliotêque de la Compagnie de J&eacute;sus. </i>Par&iacute;s: Nouvelle Edition.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000185&pid=S1657-9763200700010000600024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Uriarte, M. (1986). <i>Diario de un misionero de Maynas. </i>Iquitos: Monumenta Amaz&oacute;nica.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000186&pid=S1657-9763200700010000600025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Veigl, F. J. (1998). Situaci&oacute;n de la provincia de Maynas en la Am&eacute;rica Meridional. <i>Instituto de historia Eclesi&aacute;stica Ecuatoriana, 18, </i>251-254.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000187&pid=S1657-9763200700010000600026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">Vieira, A. (1925). <i>Cartas do P. Antonio Vieira da Companhia da Jesus. </i>Coimbra: Imprenta da Universidade.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000188&pid=S1657-9763200700010000600027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify"><a name="cc"></a><a href="#_cc">*</a> Todas las figuras son propiedad de la autora.</p>      <p><a href="#_ini">Inicio</a></p> </font>      ]]></body><back>
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