<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>1692-7273</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Revista Ciencias de la Salud]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[Rev. Cienc. Salud]]></abbrev-journal-title>
<issn>1692-7273</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Editorial Universidad del Rosario]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S1692-72732007000100010</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El saber de la enfermedad]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[The knowledge of Disease]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[Alzate Echeverri]]></surname>
<given-names><![CDATA[Adriana María]]></given-names>
</name>
<xref ref-type="aff" rid="A01"/>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A01">
<institution><![CDATA[,Universidad del Rosario Escuela de Ciencias Humanas ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[ ]]></addr-line>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>06</month>
<year>2007</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>06</month>
<year>2007</year>
</pub-date>
<volume>5</volume>
<numero>1</numero>
<fpage>104</fpage>
<lpage>108</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S1692-72732007000100010&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S1692-72732007000100010&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S1692-72732007000100010&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>Delaporte, Fran&ccedil;ois, <i>El saber de la enfermedad</i>, editorial Universidad del Rosario-Universit&eacute; de Picardie -Jules Verne-, bogot&aacute;, 2005, 163p.</b></p></font>
<font face="Verdana" size="2">    <p align="center"><b><i>The knowledge of Disease</i></b></p>     <p>Adriana Mar&iacute;a Alzate Echeverri<sup>1</sup></p>     <p>1. PhD Universit&eacute; de Paris 1. Directora Programa de Historia, Escuela de Ciencias Humanas, Universidad del Rosario. Correspondencia: <a href="mailto:adriana.alzateec@urosario.edu.co">adriana.alzateec@urosario.edu.co</a></p>     <p>Recibido: septiembre de 2006 Aprobado: noviembre de 2006</p> <hr>     <p>Merece celebrarse la primera edici&oacute;n en espa&ntilde;ol de esta obra del profesor Fran&ccedil;ois Delaporte; ella ofrece a los lectores de habla hispana un libro rico, agudo y sugestivo, emprendido bajo el ala l&uacute;cida y protectora de Michel Foucault y de Georges Canguilhem, lo que determina una orientaci&oacute;n m&aacute;s tributaria de la epistemolog&iacute;a que de la historia en estricto sentido. <i>El saber de la enfermedad. Ensayo sobre el c&oacute;lera de 1832 en Par&iacute;s</i>, es en esencia, el estudio profundo de un fen&oacute;meno complejo, denso y multiforme como es la epidemia; en este caso espec&iacute;fico, la que azot&oacute; a Par&iacute;s en 1832. A pesar de que la primera edici&oacute;n en franc&eacute;s de esta obra fue publicada en 1990, algunos de sus planteamientos conservan una ingente actualidad.</p>     <p>En su an&aacute;lisis, el profesor Delaporte expone las diversas concepciones elaboradas alrededor de esta epidemia, que se han ido consolidando, poco a poco, como t&oacute;picos para pensar tal tipo de fen&oacute;menos: la epidemia viene de afuera, es un castigo divino, es un complot, ataca la decadencia moral, es un ser imaginario, es depuradora y es reguladora de equilibrios sociales. Estas distintas visiones, algunas de las cuales se inscriben en el imaginario del mal, muestran bien c&oacute;mo el fen&oacute;meno epid&eacute;mico es un crisol, donde se mezclan diferentes creencias, saberes, grupos y procesos sociales. En <i>El saber de la enfermedad</i>, el autor logra mostrar la epidemia como reveladora de estructuras sociales, como un caleidoscopio donde se combinan diversos elementos del tejido social; lo que va m&aacute;s all&aacute; de la aproximaci&oacute;n tradicional, que consist&iacute;a en hacer la descripci&oacute;n del flagelo y el recuento de las muertes que &eacute;l produc&iacute;a.</p>     <p>El autor logra estudiar el c&oacute;lera a partir de lo que se sab&iacute;a de esta enfermedad en los primeros decenios del siglo XIX, sin caer en ning&uacute;n tipo de anacronismo, sin juzgar las formulaciones y concepciones que las sociedades pasadas elaboraron de tal afecci&oacute;n a partir de lo que hoy se conoce, de lo que en la actualidad parece “evidente” sobre ella.</p>     <p>La arquitectura del texto se organiza en cuatro cap&iacute;tulos vinculados por una profunda solidaridad: de la posici&oacute;n de las clases sociales ante la epidemia y su desigualdad ante la enfermedad y la muerte, al estudio de las posibles condiciones favorecedoras de la afecci&oacute;n; de la unidad de las descripciones m&eacute;dicas del c&oacute;lera a las divergencias en cuanto a su patogenia, el libro trata de mostrar la din&aacute;mica de un fen&oacute;meno que desaf&iacute;a al pensamiento m&eacute;dico de la &eacute;poca. En el primer cap&iacute;tulo, el autor aborda dos dimensiones de la problem&aacute;tica epid&eacute;mica, la primera, relativa a la manera como se pensaba la situaci&oacute;n de Francia en relaci&oacute;n con la posibilidad del contagio, y la segunda, vinculada con las diferentes posiciones de los grupos que conformaban la sociedad parisina de entonces, frente a las causas y a los medios para luchar contra la epidemia, haciendo evidente con todo ello, como la epidemia particip&oacute; en la intensificaci&oacute;n del antagonismo de clases. En principio, trata de la posici&oacute;n m&eacute;dica m&aacute;s difundida en Francia, seg&uacute;n la cual el c&oacute;lera, o bien no iba a invadir el pa&iacute;s, o bien su ataque ser&iacute;a leve y atenuado, pues conceb&iacute;a la situaci&oacute;n francesa como superior frente a las condiciones existentes en la India, lugar de donde proven&iacute;a la epidemia. Para sostener esta posici&oacute;n se utilizaban argumentos referidos al clima, a la geograf&iacute;a, al sistema pol&iacute;tico, a las costumbres y h&aacute;bitos higi&eacute;nicos. Ellos serv&iacute;an para marcar la diferencia y la preeminencia de Francia frente a la India. Apelando a la dicotom&iacute;a civilizaci&oacute;n-barbarie, a partir de la asociaci&oacute;n de la idea de barbarie con la de sociedades atrasadas ante la marcha y el desarrollo progresivo de la ciencia y de la historia, esos m&eacute;dicos afirmaban que la India “estaba privada de los privilegios de la civilizaci&oacute;n”.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>A pesar de esta certeza, una zona de incertidumbre permanec&iacute;a en este sentido, por ello se tomaron disposiciones de prevenci&oacute;n, entre las cuales se encuentran las cuarentenas a los barcos y a las mercanc&iacute;as, la exigencia de patentes de sanidad, el establecimiento de cordones sanitarios, y diversas medidas de orden y saneamiento urbano. Pero todas estas gestiones no lograron impedir la fat&iacute;dica llegada de la epidemia; a&uacute;n as&iacute;, el c&oacute;lera apareci&oacute; como un azote fulminante, produciendo una cantidad enorme de muertos y poniendo a la ciudad en un estado de emergencia que las autoridades no acertaban a manejar.</p>     <p>En segundo lugar, el autor se detiene en la exploraci&oacute;n de los fantasmas que se construyeron alrededor de la epidemia, y en las medidas colectivas y privadas que pretend&iacute;an controlarla, estudia la manera como diferentes grupos sociales percib&iacute;an el fen&oacute;meno, haciendo hincapi&eacute; en tres aspectos interesantes: el rumor, el miedo y los usos pol&iacute;ticos de la enfermedad. Una serie de miedos atraviesan la epidemia, miedos que est&aacute;n imbricados y cuyas fronteras son dificiles de discernir: miedo al mal, al pobre, a la naturaleza, al gobierno, a las clases altas, al alimento, a la muerte. Miedos que paralizan, que excluyen, que prohiben, que expulsan, que reprimen.</p>     <p>El libro estudia el lugar del miedo en relaci&oacute;n con la epidemia de c&oacute;lera y las dos principales pol&eacute;micas que ocuparon la reflexi&oacute;n m&eacute;dica sobre la muerte entre los siglos XVIII y XIX, a saber: la preocupaci&oacute;n por el espacio de la muerte (lugar del entierro) y la que concierne al tiempo entre la muerte y la inhumaci&oacute;n del cad&aacute;ver (vinculada con el temor de ser enterrado vivo).</p>     <p>Por otro lado, el autor muestra bien como las clases altas tem&iacute;an al mal y a sus supuestos portadores, los pobres; ten&iacute;an miedo al contagio por el aire viciado que emanaba de los barrios populares, y en fin, “todo lo que ven&iacute;a del pueblo constitu&iacute;a para ellas una amenaza”. Pero, a su vez, tambi&eacute;n pone en evidencia que los pobres tem&iacute;an a las clases altas y al gobierno, porque pensaban que esos grupos fraguaban conspiraciones contra ellos. Los pobres cre&iacute;an que la epidemia era una conjura, que estaban siendo v&iacute;ctimas de una confabulaci&oacute;n que ten&iacute;a como objetivo envenenarlos. Hay una serie de razones que explican este temor: la enfermedad atacaba primero y de manera m&aacute;s dram&aacute;tica a los pobres; los s&iacute;ntomas del c&oacute;lera eran muy semejantes a los del envenenamiento; el recuerdo de la Revoluci&oacute;n de 1789 estaba a&uacute;n muy vivo y se pensaba que se quer&iacute;a eliminar a “los vencedores de julio para restablecer la Monarqu&iacute;a”, y adem&aacute;s, los pobres cre&iacute;an que exterminarlos permitir&iacute;a al gobierno evitar una hambruna que se revelaba como inminente. La clase privilegiada, por su parte, mediante el ejercicio de la caridad, pretend&iacute;a comprar la calma, reducir los riesgos de la infecci&oacute;n, separarse de los pobres, excluirlos de ciertas esferas de la vida social. Parec&iacute;a que la epidemia amenazaba a la burgues&iacute;a, ya debilitada a causa de los acontecimientos revolucionarios.</p>     <p>El libro tambi&eacute;n examina el parecer de los te&oacute;ricos de la poblaci&oacute;n, quienes explicaban el acontecimiento epid&eacute;mico diciendo que &eacute;l contribu&iacute;a, sin duda, a equilibrar el excedente de poblaci&oacute;n. La epidemia era entonces vista como un mecanismo depurador, que eliminar&iacute;a de la sociedad a los sujetos improductivos, d&eacute;biles y peligrosos, como un poder auxiliar de las mutaciones sociales, en fin, era percibido por ellos como un dispositivo eugen&eacute;sico que pod&iacute;a servir para los objetivos de una eficiente gesti&oacute;n econ&oacute;mica.</p>     <p>En el segundo cap&iacute;tulo el autor analiza el resultado de algunos estudios realizados por el gobierno franc&eacute;s sobre la epidemia. Ellos revelaron algo que hoy puede parecer evidente, pero que entonces no se pensaba como tal: hay ciertas condiciones de existencia, ciertas condiciones de vida que favorecen la aparici&oacute;n de la enfermedad. La comisi&oacute;n que hab&iacute;a sido encargada de analizar las informaciones recogidas durante la epidemia, busc&oacute; aclarar los factores determinantes de la mortalidad, centrando su atenci&oacute;n en la ciudad y en algunas de sus variables como la densidad de poblaci&oacute;n, las formas de habitaci&oacute;n y los modos de vida. En su investigaci&oacute;n, ella descubre que las condiciones de vida de los grupos subalternos los hac&iacute;a m&aacute;s propensos a la enfermedad, y all&iacute; empieza a hacerse visible como la epidemia hab&iacute;a generado la urgencia de una nueva y estrecha relaci&oacute;n entre medicina, poblaci&oacute;n, vida urbana y pol&iacute;tica, y hab&iacute;a puesto en cuesti&oacute;n las antiguas teor&iacute;as hipocr&aacute;ticas, que sosten&iacute;an una “medicina ambiental” y “meteorol&oacute;gica”, seg&uacute;n la cual las interacciones entre el clima y los otros factores naturales, predisponen a ciertos tipos de enfermedad y ejercen una influencia en el hombre mismo. Ciertos m&eacute;dicos discuten la pertinencia de la noci&oacute;n de “constituci&oacute;n m&eacute;dica”, para dar cuenta de la enfermedad, este era el t&eacute;rmino que empleaba la medicina antigua para designar un conjunto de circunstancias de lugar, del suelo, del clima que, seg&uacute;n las estaciones, los a&ntilde;os y algunas circunstancias particulares, influ&iacute;an en la forma y en la naturaleza misma de las enfermedades que afectaban una regi&oacute;n determinada.<a name="1"></a><sup><a href="#n1">1</a></sup></p>     <p>El discurso m&eacute;dico y administrativo interrogaba entonces los “modos de vida”, y sobre todo las formas de vida popular, que eran juzgadas como inferiores, excesivas e inmorales. Y otorga a la burgues&iacute;a la certeza de que su modo de vida la proteg&iacute;a de la misma. De acuerdo con estas ideas empiezan tambi&eacute;n a pensarse los m&eacute;todos para combatir la enfermedad, &iacute;ntimamente relacionados con una &eacute;tica burguesa: la temperancia, <i>in medio stat virtus</i>, la sobriedad, la moderaci&oacute;n. Toda esta constelaci&oacute;n inscribe la epidemia en una dimensi&oacute;n cultural e hist&oacute;rica, pero tambi&eacute;n confirma que este fen&oacute;meno fue otro de los espacios donde se construy&oacute; una representaci&oacute;n negativa del pueblo: la enfermedad estar&aacute; ligada al desprecio por las costumbres populares y a la tentativa de desmantelar lo popular.</p>     <p>El tercer cap&iacute;tulo se centra en el an&aacute;lisis de los retos que la epidemia de c&oacute;lera le presentaba a la ciencia m&eacute;dica de ese momento, analizando cuidadosamente las teor&iacute;as nosol&oacute;gicas sugeridas por las escuelas m&eacute;dicas existentes a principios del siglo XIX. Hasta entonces, s&oacute;lo los s&iacute;ntomas de la enfermedad eran conocidos y objeto de relativo consenso, pues hab&iacute;an sido descritos de una manera m&aacute;s o menos exacta, la <i>afecci&oacute;n tipo</i> era el c&oacute;lera &aacute;lgido y ci&aacute;nico, cuando la enfermedad llegaba a su completo desarrollo, pero una amplia estela de incertidumbre permanec&iacute;a en otros aspectos. El c&oacute;lera era una enfermedad inquietante, hab&iacute;a revelado nuevos fen&oacute;menos patol&oacute;gicos que deb&iacute;an ser descifrados aprovechando el entonces reciente descubrimiento de m&eacute;todos de exploraci&oacute;n como la auscultaci&oacute;n mediata y la percusi&oacute;n. Hab&iacute;a a&uacute;n interrogantes sobre las diferentes fases de la enfermedad, sobre su intensidad, su duraci&oacute;n y su car&aacute;cter contagioso o infeccioso.</p>     <p>En cuanto al primer aspecto, pronto los m&eacute;dicos convinieron en distinguir tres fases de la enfermedad: <i>un per&iacute;odo de invasi&oacute;n</i> (caracterizado por diarrea, v&oacute;mitos y calambres), un <i>periodo de estado</i> (marcado por la disminuci&oacute;n de las secreciones, la cianosis y la algidez), y un &uacute;ltimo <i>per&iacute;odo de reacci&oacute;n</i> (determinado por el agravamiento del mal o por su restablecimiento); sin embargo persist&iacute;an las diferencias de opini&oacute;n en relaci&oacute;n con la patogenia de la misma. Lo interesante es que esta enfermedad constitu&iacute;a una suerte de modelo, de referente que permit&iacute;a a varios m&eacute;dicos confirmar y dar coherencia a sus doctrinas. En este sentido existieron cuatro teor&iacute;as, la primera, sostenida por Broussais, asemejaba el c&oacute;lera a la gastroenteritis y confirmaba as&iacute; su doctrina m&eacute;dica que fundaba la enfermedad en la inflamaci&oacute;n de las v&iacute;as digestivas. La segunda, defendida por Magendie, lo asimilaba a un trastorno circulatorio, la tercera, a una lesi&oacute;n del sistema nervioso, y la &uacute;ltima a una alteraci&oacute;n de la sangre. Hab&iacute;a otra explicaci&oacute;n patog&eacute;nica, sostenida por los partidarios de la especificidad m&oacute;rbida, que tomaban el c&oacute;lera por una fiebre entero-mesent&eacute;rica, a causa de las lesiones que produc&iacute;a en los tejidos. El libro pone de manifiesto entonces que el debate sobre el c&oacute;lera no se agotaba en el enfrentamiento entre las teor&iacute;as de Broussais y Magendie, sino que rescata la importancia de la escuela especifista de Bretonneau.</p>     <p>Por otro lado, la discusi&oacute;n sobre la naturaleza contagiosa o infecciosa del c&oacute;lera desempe&ntilde;&oacute; un papel importante en el estudio de la manera como se propagaban las epidemias, y este es precisamente el objeto del cuarto y &uacute;ltimo cap&iacute;tulo. Esta pol&eacute;mica ocupa un lugar importante en el texto, porque, de alguna manera, las estrategias desarrolladas para luchar contra la epidemia se basaban en una forma particular de pensar la enfermedad y su transmisi&oacute;n, es decir, ello fundamenta y da sentido a las pr&aacute;cticas de prevenci&oacute;n y de combate frente al mal que se instauraron en la &eacute;poca. A grandes rasgos, existieron dos modelos explicativos de la transmisi&oacute;n hasta finales del siglo XIX, modelos que la tradici&oacute;n ha consagrado como el contagionista y el infeccionista. Para los <i>infeccionistas</i>, las causas de la enfermedad estaban vinculadas con el modo de vida de las gentes y su tratamiento con la desinfecci&oacute;n, mientras que los <i>contagionistas</i> sosten&iacute;an que la enfermedad era transmitida por g&eacute;rmenes, por “semillas vivas” seg&uacute;n la expresi&oacute;n de Fracastoro, y propugnaban por medidas de segregaci&oacute;n: cuarentenas, lazaretos, etc.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Fue &aacute;lgido el debate que suscit&oacute;, en esta &eacute;poca, el enfrentamiento entre estas dos posiciones en relaci&oacute;n con el c&oacute;lera. El autor muestra como tal confrontaci&oacute;n estaba inmersa en un universo complejo, donde se cruzaban no s&oacute;lo aspectos m&eacute;dico-cient&iacute;ficos, sino pol&iacute;ticos y econ&oacute;micos. El contagionismo, que preconizaba medidas de segregaci&oacute;n para protegerse o para detener el avance de la enfermedad, habr&iacute;a sido apoyado por las posiciones pol&iacute;ticas m&aacute;s conservadoras, por “bur&oacute;cratas que actuaban por rutina e inter&eacute;s”, ampar&aacute;ndose en tradiciones y en viejos reglamentos. Paralelamente, desde el punto de vista econ&oacute;mico, el contagionismo era defendido por quienes sosten&iacute;an visiones proteccionistas.</p>     <p>El infeccionismo, por el contrario, era favorecido por las tendencias liberales y librecambistas, con el argumento de que s&oacute;lo un poder desp&oacute;tico y oscurantista era capaz de imponer medidas de segregaci&oacute;n que imped&iacute;an el libre movimiento de los individuos y el progreso del comercio. Los infeccionistas pensaban que la segregaci&oacute;n era incompatible con los derechos del hombre y del ciudadano, con el ideal de una sociedad fundada en la fraternidad y libertad.</p>     <p>Desde el punto de vista m&eacute;dico, para los infeccionistas, el origen del c&oacute;lera estaba relacionado con el modo de vida, sobre todo con aquellos que caracterizan la existencia de las clases desfavorecidas, porque en ellos hab&iacute;a una m&aacute;s grande receptividad a las enfermedades, el modelo infeccionista subraya el componente pat&oacute;geno del medio social. Mientras que el sistema del contagio postulaba que el germen o el virus se instalaba en un sujeto y no en otro, a causa de la incompatibilidad entre germen y individuo, y asimila as&iacute; el organismo a un terreno, que es receptivo o no a los agentes pat&oacute;genos.</p>     <p>El examen de los lugares de aparici&oacute;n de las epidemias parec&iacute;a confirmar el modelo de la infecci&oacute;n, pero el an&aacute;lisis de las v&iacute;as de diseminaci&oacute;n apoyaba el sistema del contagio. Sin embargo, los dos sistemas coincid&iacute;an sobre el origen y el itinerario de la epidemia: el c&oacute;lera nac&iacute;a en las orillas del Ganges y su trayecto segu&iacute;a las grandes redes intercontinentales: el c&oacute;lera se desplazaba con los ej&eacute;rcitos, las caravanas, las v&iacute;as de navegaci&oacute;n. El libro examina tambi&eacute;n la manera como los dos sistemas enfrentaron las dificultades que la epidemia de c&oacute;lera les planteaba, mediante la formalizaci&oacute;n de nociones como foco m&oacute;vil, microfocos, y con la explicaci&oacute;n de que los g&eacute;rmenes obedec&iacute;an a las leyes de la distribuci&oacute;n geogr&aacute;fica de los organismos vivos.</p>     <p>Pero m&aacute;s all&aacute; de los pormenores de estas divergencias y pol&eacute;micas, lo que interesa resaltar en relaci&oacute;n con esta epidemia de c&oacute;lera, es la transformaci&oacute;n que justo en este momento se opera, relacionada con la nueva mirada que se construye frente al problema de la transmisi&oacute;n de las enfermedades colectivas. Empieza a dibujarse una nueva visi&oacute;n, a partir de la cual la epidemia no ser&iacute;a ya concebida s&oacute;lo como una “constituci&oacute;n m&eacute;dica”, ni como producto de cierto modo de vida, sino como un amalgama de las dos concepciones.</p>     <p>El texto llega a mostrar c&oacute;mo esta epidemia desempe&ntilde;&oacute; un papel importante en la historia de la medicina, ella permiti&oacute; dar m&aacute;s inteligibilidad a las l&oacute;gicas que subyacen en estos fen&oacute;menos, y desvel&oacute; una realidad que hasta entonces s&oacute;lo se mostraba borrosamente, pues, como lo anota el autor: “El c&oacute;lera de 1832 pone en evidencia una situaci&oacute;n donde el cuerpo, las condiciones de vida, las pol&iacute;ticas de salud y las pr&aacute;cticas m&eacute;dicas son puestos en cuesti&oacute;n”.</p>     <p>Lo anterior constituye s&oacute;lo una peque&ntilde;a muestra de la interesante problem&aacute;tica que el libro aborda, &eacute;l suscita a&uacute;n m&uacute;ltiples y diversas reflexiones. Su lectura es estimulante y produce lo contrario del aburrimiento, y lo opuesto al tedio: la diversi&oacute;n, la gracia, la pasi&oacute;n. </p>     <p><b>NOTAS AL PIE</b></p>     <p><a name="n1"></a><a href="#1">1</a>. Peter, Jean-Pierre, “Constitution m&eacute;dicale”, en: Lecourt, Dominique (dir), <i>Dictionnaire de la pens&eacute;e m&eacute;dicale</i>, Paris, Presses Universitaires de France, 2004, p. 279.</p></font>      ]]></body>
</article>
