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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[LA INDIVIDUALIDAD DE DON QUIJOTE VISTA POR HEGEL]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="es"><p><![CDATA[The purpose of this essay is, based on elements given by the Aesthetics, to study the ironic construction of individuality in the internalizing of myth, as it happens in Don Quixote. In order to do this, the author will take support on two texts of the Phenomenology of Spirit where correspondences will be shown between Hegel's writings and different passages from Don Quixote.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4"><b>LA INDIVIDUALIDAD DE DON QUIJOTE VISTA POR HEGEL*</b></font></p>     <p align="center"><b><font size="3">THE  INDIVIDUALITY OF DON QUIXOTE SEEN BY HEGEL</font> </b></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><b>Carlos M&aacute;smela**</b></p>     <p>* Conferencia dictada en la Universidad de Estocolmo el 10 de octubre de 2005. ** Universidad de Antioquia. <a href="mailto:bdiaz@epm.net.co"><i>bdiaz@epm.net.co</i></a></p>     <p>** Universidad de Antioquia. <a href="mailto:bdiaz@epm.net.co">bdiaz@epm.net.co</a></p>     <p>Fecha de recepci&oacute;n: noviembre 2007    <br>  Fecha de revisi&oacute;n: enero 2008    <br>  Fecha de aceptaci&oacute;n: marzo 2008</p> <hr>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>RESUMEN</b></p>     <p>El objetivo de este art&iacute;culo consiste en desentra&ntilde;ar, con base en los elementos proporcionados por la Est&eacute;tica, la constituci&oacute;n ir&oacute;nica de la individualidad en la interiorizaci&oacute;n de los mitos, tal como ocurre en El Quijote. Para realizar esta tarea nos apoyaremos en dos textos de la Fenomenolog&iacute;a del esp&iacute;ritu, a saber, &quot;la ley del coraz&oacute;n y el desvar&iacute;o de la infatuaci&oacute;n&quot; y &quot;la virtud y el curso del mundo&quot;, en los cuales se har&aacute; corresponder el despliegue que Hegel ejecuta en ellos a diferentes pasajes del Quijote.</p>     <p>PALABRAS  CLAVE    <br> <i>Ley del Coraz&oacute;n, individualidad, curso del mundo y conciencia virtuosa.</i></p> <hr>     <p><b>ABSTRACT</b></p>     <p>The purpose of this essay is, based on elements given by the Aesthetics, to study the ironic construction of individuality in the internalizing of myth, as it happens in Don Quixote. In order to do this, the author will take support on two texts of the Phenomenology of Spirit where correspondences will be shown between Hegel's writings and different passages from Don Quixote.</p>     <p>KEY WORDS    <br> <i>Law of the heart, individuality, way of the world and virtuous conscience.</i></p> <hr>     <p>Son pocas y escuetas las referencias de Hegel a <i>El Quijote. </i>Estas se encuentran en su <i>Est&eacute;tica, </i>y de manera relevante, en el tercer cap&iacute;tulo de &quot;La forma art&iacute;stica rom&aacute;ntica: La autonom&iacute;a formal de las particularidades individuales&quot;. Hegel determina dicha forma a partir del nuevo contenido que caracteriza el arte rom&aacute;ntico, comprendido como la &quot;interioridad absoluta&quot;, en correspondencia con la cual la forma es &quot;la subjetividad espiritual en cuanto aprehensi&oacute;n de su autonom&iacute;a y libertad&quot; <i>(Vorlesungen &uuml;ber die Asthetik, </i>tomo 14, p. 129) que &quot;ha devorado toda exterioridad&quot; en su elevaci&oacute;n al esp&iacute;ritu desde la naturaleza. A la subjetividad espiritual alcanzada de este modo por el ideal rom&aacute;ntico pertenece una &quot;autonom&iacute;a individual&quot;, con la que Hegel atribuye al individuo una totalidad, mas no en el sentido de una totalidad concreta constitutiva de la individualidad, o bien, de una totalidad concreta que se hace efectiva individualmente, sino de una totalidad que el individuo asume y de la que se apropia. La autonom&iacute;a individual es en este sentido una &quot;autonom&iacute;a aventurera&quot;, propia, seg&uacute;n Hegel, de los &quot;individuos caballerescos&quot;, la cual, en tanto &quot;quiere mantenerse como lo &uacute;nico v&aacute;lido y enderezar entuertos y socorrer a los oprimidos en el sentido de la caballer&iacute;a, cae en el rid&iacute;culo, en el que Cervantes nos presenta a su Don Quijote&quot; (Ib&iacute;d., tomo 13, p. 257). Su autonom&iacute;a es meramente formal y un &quot;aislamiento subjetivo&quot; (Ib&iacute;d., tomo 15, p. 411).</p>     <p>Pero &quot;la m&aacute;s profunda novela de Cervantes&quot; no es de manera alguna una reivindicaci&oacute;n de los libros de caballer&iacute;a, pues es consciente de que los c&oacute;digos de caballer&iacute;a carec&iacute;an de vigencia y de que el hero&iacute;smo individual y an&aacute;rquico de los mitos caballerescos hab&iacute;a perdido por completo su validez. Esto significa, en t&eacute;rminos de Hegel, que dicha novela &quot;tiene ya a la caballer&iacute;a a sus espaldas como un pasado que s&oacute;lo puede, por consiguiente, entrar en la prosa real y en el presente de la vida como imaginaci&oacute;n aislada y extrav&iacute;o fant&aacute;stico, pero que, seg&uacute;n sus grandes y nobles aspectos, se eleva tambi&eacute;n igualmente a su vez sobre lo en parte torpe, necio, en parte insensato y subordinado de esta prosaica realidad efectiva, y saca vivamente a la luz los defectos de &eacute;sta&quot; (&Iacute;dem). La gran virtud de Hegel, en contraste con las lecturas usuales de <i>El Quijote, </i>consiste en haber comprendido justamente la distinci&oacute;n entre el pasado de las haza&ntilde;as individuales de los caballeros andantes y el presente cr&iacute;tico de esa tradici&oacute;n novelesca, es decir, que Cervantes sab&iacute;a del cambio al que deb&iacute;a sujetarse la visi&oacute;n interna, subjetiva de un mundo que se disuelve en s&iacute; mismo, y de las nuevas formas de conciencia y de organizaci&oacute;n de la &quot;vida ciudadana y pol&iacute;tica civilizada&quot; (Ib&iacute;d., tomo 13, p. 255).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Por ello <i>El Quijote </i>es para Hegel &quot;aut&eacute;nticamente rom&aacute;ntico&quot;, cuyo dominio resalta de tal modo la individualidad espiritual, que la figura externa se convierte en una contingencia, tal como sucede en la caballer&iacute;a, en la que &quot;han de consumarse, en vez de una obra universal, s&oacute;lo fines particulares&quot; (Ib&iacute;d. tomo 14, p. 216), en los que tiene lugar &quot;un retorno del hombre a s&iacute; mismo, un descenso al interior de su propio pecho&quot; (Ib&iacute;d., p. 237), conforme a una interioridad que se satisface en s&iacute;. Hegel ve as&iacute; en el aventurerismo de la caballer&iacute;a una &quot;contradicci&oacute;n c&oacute;mica entre un mundo intelectivo, ordenado por s&iacute; mismo, y un &aacute;nimo aislado que quiere crearse este orden y estabilidad s&oacute;lo por s&iacute;&quot; (Ib&iacute;d. p. 218). Dicho &aacute;nimo es una &quot;aberraci&oacute;n c&oacute;mica&quot; que alberga una perfecta seguridad &quot;de s&iacute; mismo y de su causa&quot;, en su &quot;irreflexiva tranquilidad respecto al contenido y a las consecuencias de su acci&oacute;n&quot; (&Iacute;dem). Hegel atribuye el &aacute;nimo en estos t&eacute;rminos a Don Quijote. El expresa con su autocerteza un desequilibrio entre &eacute;ste y su mundo, y es la clara manifestaci&oacute;n del car&aacute;cter formal de su autonom&iacute;a y de su aislamiento subjetivo. El disparate presente en la autocerteza del &aacute;nimo no se resuelve tr&aacute;gicamente, sino por medio del humor &quot;subjetivo&quot;, esto es, en el cual el sujeto creador s&oacute;lo se deja ver y se exhibe a s&iacute; mismo. El humor radica en instalar lo subjetivamente aparente, es decir, su contingencia interna, en el orden imperturbable de su contenido objetivo, cuya autonom&iacute;a &quot;se anula en s&iacute;&quot; y cuya representaci&oacute;n &quot;no es m&aacute;s que un juego con los objetos, una deformaci&oacute;n y subversi&oacute;n del material tanto como un divagar de un lado para otro, un entrecruzarse de exteriorizaciones, enfoques y actitudes subjetivas&quot; (Ib&iacute;d., p.229). La presencia de este tipo de humor en Don Quijote se trasluce bajo la forma de la aberraci&oacute;n y contradicci&oacute;n c&oacute;micas. Pero, dado que la obra es &quot;una caricatura de la caballer&iacute;a rom&aacute;ntica&quot;, ella es, seg&uacute;n Hegel, &quot;una verdadera iron&iacute;a de principio a fin&quot; (&Iacute;dem). La iron&iacute;a acu&ntilde;ada en el desatino caballeresco encierra no s&oacute;lo una ambig&uuml;edad, sino tambi&eacute;n una disimulaci&oacute;n y una inversi&oacute;n, puesto que ella reviste la apariencia de un prop&oacute;sito contrapuesto a lo que se dice. En el desequilibrio entre lo dicho expresamente y lo que se da a entender, o bien, lo mencionado de manera contrapuesta, se invierte lo que se dice textualmente en la mera apariencia de lo mencionado subjetivamente en forma contrapuesta.</p>     <p>El objetivo de la presente ponencia consiste en desentra&ntilde;ar, con base en los elementos proporcionados por la <i>Est&eacute;tica, </i>la constituci&oacute;n ir&oacute;nica de la individualidad en la interiorizaci&oacute;n de los mitos, tal como ocurre en <i>El Quijote. </i>Para realizar esta tarea nos apoyaremos en dos textos de la <i>Fenomenolog&iacute;a del esp&iacute;ritu, </i>a saber, &quot;La ley del coraz&oacute;n y el desvar&iacute;o de la infatuaci&oacute;n&quot; y &quot;La virtud y el curso del mundo&quot;, en los cuales se har&aacute; corresponder el despliegue que Hegel ejecuta en ellos a diferentes pasajes de <i>El Quijote.</i></p>     <p>En el primer caso, el ser individual se rige por su coraz&oacute;n, esto es, por la singularidad inmediata que act&uacute;a como necesidad universal y que se declara de esta forma como ley del coraz&oacute;n. En esta ley confluyen, por tanto, el ser singular y el ser universal, mas no en el sentido de una singularidad que ha conquistado una universalidad, sino en el sentido de una singularidad que se ha apropiado de ella. El individuo que procede de acuerdo con la ley del coraz&oacute;n, la asume para s&iacute; mismo como una ley interna que &quot;a&uacute;n no se ha realizado&quot;, a la cual se contrapone una ley externa que no solamente le es extra&ntilde;a, sino que, adem&aacute;s, la contradice. El individuo se desdobla en una singularidad, en tanto la ley del coraz&oacute;n es s&oacute;lo para s&iacute; o para la conciencia y en una universalidad, en tanto &eacute;sta es una ley interna, convirti&eacute;ndose as&iacute; en el portador del conflicto con el mundo. La individualidad que se proclama como ley del coraz&oacute;n se enfrenta a una realidad que &quot;oprime a la individualidad singular&quot;, a &quot;un orden del mundo violento que contradice a la ley del coraz&oacute;n&quot; <i>(Fenomenolog&iacute;a del esp&iacute;ritu, stw, </i>tomo 3, p. 275). Dicha individualidad tiende a superar la necesidad opresora que le es extra&ntilde;a, y para ello se apodera de ella al circunscribir una universalidad en una singularidad inmediata, de tal forma que las confunde. Ella es una conciencia desgraciada por cuanto se desdobla en el interior de s&iacute; misma, en su pretensi&oacute;n de vivir conforme a la interiorizaci&oacute;n de la ley del coraz&oacute;n. Ella es desgraciada porque aspira a una unificaci&oacute;n entre lo subjetivo y la ley, y, al mismo tiempo, permanece cautiva de su singularidad, pues no va m&aacute;s all&aacute; de s&iacute; misma. Tiene inmediatamente en s&iacute; la necesidad universal y, al mismo tiempo, tiene que enfrentarse a una realidad extra&ntilde;a que la oprime y que se resiste a ser absorbida por el ser para s&iacute; individual, puesto que alberga una ley que no es producida seg&uacute;n la ley del coraz&oacute;n. Pero la desgracia cobija igualmente a quienes act&uacute;an conforme a esta ley, bien sea porque acatan la ley que se opone a la ley del coraz&oacute;n, o porque la transgreden.</p>     <p>Al contrario, quien se rige por la ley del coraz&oacute;n busca sujetarse a una ley universal cuyo orden brota justamente de la individualidad de su coraz&oacute;n. Pero en dicho intento el individuo debe ajustarse a una exteriorizaci&oacute;n, con la cual no s&oacute;lo se extra&ntilde;a a s&iacute; mismo, sino que tambi&eacute;n tropieza con el orden de una universalidad que surgi&oacute; del coraz&oacute;n y que al mismo tiempo se torna tan coercitiva como la ley de un orden sin coraz&oacute;n. De este modo, la puesta en obra de la ley del coraz&oacute;n pone al descubierto la contradicci&oacute;n inherente a su individualidad. &quot;La ley del coraz&oacute;n deja de ser ley del <i>coraz&oacute;n </i>precisamente al realizarse&quot; (Ib&iacute;d. p. 277). El individuo se entusiasma por salir de s&iacute; y exteriorizar su ley, con el fin de hacerla v&aacute;lida para todos, pero, en realidad, no se da cuenta de que esta exteriorizaci&oacute;n destruye la ley del coraz&oacute;n, pues se somete a una objetividad y a una realidad hostiles, con las cuales se vuelve contra &eacute;l mismo y contradice, al mismo tiempo, la ley universal, puesto que &quot;es su obrar&quot; (Ib&iacute;d. p. 277s.). La pretendida universalizaci&oacute;n de la ley del coraz&oacute;n conduce al individuo a la contradicci&oacute;n entre su obrar y la realidad en la que quiere reconocerse, con lo cual Hegel nos dice: no basta la ley del coraz&oacute;n para lograr una ley que sea v&aacute;lida para todos, no basta el entusiasmo de la interioridad individual para establecer un principio universal del mundo, pues el mundo que emerge de la ley del coraz&oacute;n es un mundo en el cual cada individuo no s&oacute;lo act&uacute;a conforme a la ley de su coraz&oacute;n, sino que, adem&aacute;s, arremete contra los otros, ya que &quot;encuentra contrarios a sus excelentes intenciones los corazones mismos de los hombres, y abomina de ellos&quot; (Ib&iacute;d. p. 278). As&iacute; mismo los unos, quienes tienen igualmente pretensiones de universalidad, se abalanzan contra los otros en el obrar individual de su coraz&oacute;n y se rechazan con ello al mismo tiempo a s&iacute; mismos, lo cual indica que un colectivo de individuos est&aacute; tan poco capacitado por alcanzar la universalidad de la ley en la esfera de la interioridad como el sujeto individual. Tanto aqu&eacute;l como &eacute;ste se disuelven cuando se ponen en obra, esto es, en su extra&ntilde;amiento, puesto que cada quien pretende afianzar su obrar de acuerdo con la ley del coraz&oacute;n, pero cada quien no reconoce la acci&oacute;n del otro, ni su acci&oacute;n es reconocida por el otro. De esta forma, cada quien resulta ser el contrario de lo que procura ser, y se sumerge en un mundo en el que tiene lugar &quot;una lucha de todos contra todos&quot; (Ib&iacute;d., p. 282).</p>     <p>La presunci&oacute;n demencial del individuo de identificar su interioridad subjetiva con la necesidad universal, de establecer la unidad de coraz&oacute;n y ley, de proclamar la ley interna como p&uacute;blica, lo hace ver el mundo como loco, con lo cual no hace otra cosa que espejearse a s&iacute; mismo en el mundo, pues es, en realidad, otro que lo que pretende ser, a saber, una conciencia a s&iacute; misma demencial que invierte el orden universal y que experimenta su individualidad &quot;como lo no-real y la no-realidad como su realidad&quot; (Ib&iacute;d., p. 281). Es as&iacute; como la locura &iacute;nsita a la ley del coraz&oacute;n, conduce al individuo a la contradicci&oacute;n consigo mismo en su afirmarse a s&iacute; mismo. Intentemos pensar ahora esta contradicci&oacute;n de la ley del coraz&oacute;n a la luz de <i>El Quijote.</i></p>     <p>En esta obra se lleva a cabo una interiorizaci&oacute;n de los mitos de la caballer&iacute;a andante. Estos se arraigan en la vida interior de Don Quijote, de tal manera que crean un conflicto en el hero&iacute;smo individual del Hidalgo de la Mancha, quien lucha por imponer una visi&oacute;n interna subjetiva, entre su ideal caballeresco y el proceder social dominante de una &eacute;poca que no suscitaba el entusiasmo de nadie.</p>     <p>Hay en Don Quijote, en t&eacute;rminos de Hegel, un &quot;disparate&quot; entre su individualidad y la realidad, sin que se presente un reconocimiento entre Don Quijote y su mundo, en el cual busca realizarse, pues en lugar de ajustarse a &eacute;ste, pretende que su individualidad es la que vale universalmente. Pero su idealidad individual no es aceptada por los dem&aacute;s, bajo el convencimiento de que Don Quijote est&aacute; loco y &eacute;stos est&aacute;n cuerdos. Aunque su locura se vuelve contra el mundo, as&iacute; como los dem&aacute;s se vuelven contra &eacute;l, esta resistencia no s&oacute;lo evidencia la contradicci&oacute;n en la que cae la individualidad del caballero andante, sino que deja entrever tambi&eacute;n el intento por superarla con el fin de alcanzar una universalidad verdadera.</p>     <p>La ant&iacute;tesis de locura y cordura es una constataci&oacute;n de la contradicci&oacute;n que recorre la obra. Ella compete tanto a la interioridad de Don Quijote como a la contraposici&oacute;n entre &eacute;ste y su mundo o, en un caso espec&iacute;fico, entre Don Quijote y Sancho. Este le dice a su mujer acerca de &eacute;l: &quot;Es un loco cuerdo y un mentecato gracioso&quot; (II, 36). La aventura de los leones es una prueba para el Caballero del Verde Gab&aacute;n de que Don Quijote es un &quot;cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo&quot; (II, 17). Al escuchar los consejos hechos por Don Quijote a Sancho, los &quot;Duques se admiraron de nuevo de la locura y del ingenio de Don Quijote&quot; (II, 44). La polarizaci&oacute;n entre ambos corresponde a &quot;la locura del amo y &#91;a&#93; la simplicidad del criado&quot; (I, 30). Toda manifestaci&oacute;n de aqu&eacute;l le estimula la contradicci&oacute;n, cuando, por ejemplo, niega lo que &eacute;l le pregunta. &quot;Pero no me negar&aacute;s, Sancho, una cosa: cuando llegaste junto a ella, &iquest;no sentiste un olor sabeo, una fragancia arom&aacute;tica, y un no s&eacute; qu&eacute; de bueno, que yo no acierto a darle nombre?&quot; A lo que Sancho responde: &quot;Lo que s&eacute; decir es que sent&iacute; un olorcillo algo hombruno, y deb&iacute;a ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa&quot; (I, 31). Esta respuesta antes que evidenciar una confrontaci&oacute;n directa y abierta con su amo, refleja su actitud ir&oacute;nica frente al punto de vista idealista de &eacute;ste y, al mismo tiempo, su afirmaci&oacute;n y afianzamiento del mundo ante sus ojos. Sancho adopta ir&oacute;nicamente la postura de su amo: &quot;D&iacute;game vuestra merced qu&eacute; haremos deste caballo rucio rodado, que parece asno pardo, que dej&oacute; aqu&iacute; desamparado aquel Martino que vuestra merced derrib&oacute;&quot; (I, 21). El propio Don Quijote alude a su tajante polaridad con su escudero: &quot;Yo velo cuando duermes, yo lloro cuando cantas, yo me desmayo de ayuno cuando t&uacute; est&aacute;s perezoso y desalentado de puro harto&quot; (II, 68).</p>     <p>La individualidad presente en el mundo idealizado de Don Quijote est&aacute; siempre sujeta al trastocamiento de sentido de las apariencias por obra de los encantadores. &quot;&iquest;Vees? All&iacute; ¡oh amigo! se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde debe estar alg&uacute;n caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa malparada, para cuyo socorro soy aqu&iacute; tra&iacute;do.</p>     <p>&iquest;Qu&eacute; diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuesa merced, se&ntilde;or? —dijo Sancho — . &iquest;No echa de ver que aqu&eacute;llas son ace&ntilde;as que est&aacute;n en el r&iacute;o, donde se muele el trigo?</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Calla Sancho —dijo Don Quijote — ; que aunque parecen ace&ntilde;as no lo son; y ya te he dicho que todas las cosas trastuecan y mudan de su ser natural los encantos. No quiero decir que las mudan de uno en otro ser realmente, sino que lo parece, como lo demostr&oacute; la experiencia en la trasformaci&oacute;n de Dulcinea, &uacute;nico refugio de mis esperanzas&quot; (II, 29).</p>     <p>Don Quijote admite el disparate de las apariencias y la realidad de los fantasmas encantados (II, 35): Dulcinea trasformada en labradora gracias a los encantadores (II, 10). El trastocamiento del disparate desemboca en una paradoja: &quot;admirado qued&oacute; el can&oacute;nigo de los concertados disparates, si los disparates sufren concierto&quot; (I, 50). Despu&eacute;s del discurso de Don Quijote al recluta dice Sancho: &quot;&iquest;Y es posible que hombre que sabe decir tales, tantas y tan buenas cosas como aqu&iacute; ha dicho, diga que ha visto los disparates imposibles?&quot; (II, 24). En Barcelona un castellano se lamenta de que &quot;el buen ingenio que dicen que tiene este mentecato se le desag&uuml;e por la canal de su andante caballer&iacute;a&quot; (II, 62). Esto significa que Cervantes no se limita a relatar los disparates en la vida interior de Don Quijote, ni a mostrar la contradicci&oacute;n inherente a su hero&iacute;smo individual, o a la desarmon&iacute;a entre &eacute;l y su mundo, sino que se&ntilde;ala igualmente las consecuencias positivas desencadenadas por la experiencia negativa de la polaridad que se difunde a trav&eacute;s de la obra, en tanto Cervantes intenta resolver la contradicci&oacute;n en la que cae permanentemente Don Quijote. Comprender este intento quiere decir, desde el punto de vista de Hegel, superar &quot;la individualidad que se ha arrogado la realidad&quot; <i>(Fenomenolog&iacute;a del esp&iacute;ritu, </i>p. 224), por medio de la conciencia <i>virtuosa.</i></p>     <p>Esta plantea un nuevo nivel de reflexi&oacute;n, en vista de que la ley del coraz&oacute;n no puede conservar su individualidad singular, ni puede establecerse tampoco como la ley de todos los corazones. Puesto que ella individualiza lo universal existente y, al mismo tiempo, quiere universalizarse, cae en una contradicci&oacute;n que ella no admite por s&iacute; misma, y desemboca en una locura al afirmarse inmediatamente a s&iacute; misma. Pensar la ley del coraz&oacute;n en estas condiciones no significa tanto superar la individualidad en cuanto tal como en pensarla de manera diferente. Hegel lo hace a partir de la tensi&oacute;n del individuo como virtud y el curso del mundo. Este menciona el orden tradicional de los asuntos humanos, el cual existe como un poder establecido y como una polaridad frente a una individualidad que se retrae frente a dicho poder. La conciencia virtuosa no supera la ley del coraz&oacute;n en tanto se apoya en la virtud para realizar su vida interior, sino en tanto, y en contraste con esa ley, sabe sacrificarse como individualidad para alcanzar precisamente la individualidad, en aras de la esencia com&uacute;n. El individuo virtuoso se sacrifica por &eacute;sta, por lo cual debe exteriorizarse a s&iacute; mismo y proclamar la esencialidad de lo universal, en lugar de identificarlo con su individualidad, como lo hac&iacute;a la ley del coraz&oacute;n. Sin embargo, aunque la conciencia virtuosa est&aacute; expuesta as&iacute; a un movimiento de exteriorizaci&oacute;n en su consideraci&oacute;n del mundo objetivo, permanece &quot;todav&iacute;a conciencia personal&quot; (Ib&iacute;d., p. 224).</p>     <p>Dado que lo universal es para la conciencia virtuosa una conquista, y no una apropiaci&oacute;n, ella s&oacute;lo puede conquistarlo en el mundo gracias a su propia virtud. Pero el individuo que act&uacute;a a partir de la virtud, con el fin de lograr un mundo mejor, se contrapone al curso del mundo y se desliga de &eacute;ste, pues s&oacute;lo as&iacute; puede proclamar lo universal como lo sublime, a lo cual debe elevarse la individualidad para establecerse como virtuosa. Sin embargo, &quot;en el curso del mundo, la individualidad se comporta de modo inverso a como se pon&iacute;a en la conciencia virtuosa, a saber, se hace esencia y, en cambio, supedita a s&iacute; misma el bien y lo verdadero en s&iacute;&quot; (Ib&iacute;d. p. 224s.). &iquest;Qu&eacute; significado y qu&eacute; consecuencias tiene esta inversi&oacute;n para la conciencia virtuosa? Lo invertido no es otra cosa que la relaci&oacute;n entre universalidad e individualidad que se realiza en el mundo. Lo universal adquiere su &quot;verdadera realidad&quot; por la virtud, pues en su tendencia a lo universal y en su sacrificio por lo universal ella quiere superar la individualidad. No obstante, esta intensi&oacute;n depende de &quot;invertir de nuevo el curso invertido del mundo y hacer brotar su esencia verdadera&quot; (Ib&iacute;d., p. 226). Pero este orden ideal no existe realmente en el mundo, y por eso el individuo tiene que limitarse &quot;a <i>creerlo&quot; </i>(&Iacute;dem). Cuando &eacute;ste act&uacute;a con el fin de producir su &quot;esencia verdadera&quot;, tiende a realizar su acci&oacute;n en un mundo que invierte el orden ideal que &eacute;l se esfuerza por instaurar, y que superar&iacute;a la acci&oacute;n de la conciencia virtuosa, en caso de que &eacute;sta alcanzara a ejecutarla.</p>     <p>Hegel explicita esta inversi&oacute;n en la contraposici&oacute;n de la virtud y el curso del mundo mediante una met&aacute;fora de la lucha, en la que las armas de los luchadores constituyen su propia esencia. La virtud proyecta una imagen sobre el curso del mundo, con el fin de conquistar en &eacute;ste una realidad que no existe. El bien que ella quiere realizar en el mundo no es una universalidad real y absoluta, sino abstracta, producto de la representaci&oacute;n de la conciencia virtuosa, con lo cual el bien se encuentra sujeto a &eacute;sta y no &eacute;sta al bien. &quot;La virtud <i>quiere </i>primero llevar a cabo el bien y no da todav&iacute;a al bien mismo como realidad&quot; (&Iacute;dem). El bien que la virtud quiere llevar a cabo es un fin que s&oacute;lo existe en la conciencia individual, por fuera de la realidad. La conciencia virtuosa se encuentra as&iacute; ante la compleja tarea, para cumplir su cometido, de forjar la transici&oacute;n del bien abstracto de su pensamiento al bien en el mundo, pues &quot;el bien surge en la lucha contra el curso del mundo, se presenta as&iacute; como lo que es para <i>un otro, </i>como algo que no es <i>en y para s&iacute; mismo&quot; </i>(&Iacute;dem).</p>     <p>La conciencia virtuosa quiere ciertamente sacrificarse en aras de un bien universal, quiere emprender una lucha para invertir el curso ya invertido del mundo, pero el bien al que aspira es un bien abstracto que exige su realizaci&oacute;n y que necesita para ello de una individualidad &quot;para ser animado y cobrar movimiento&quot; (&Iacute;dem). Pero el bien es remitido con ello a una individualidad en la que &eacute;l aparece simplemente como donaci&oacute;n de sus fuerzas y capacidades individuales, con respecto a las cuales el bien en s&iacute; se mantiene imperturbable, pues la conciencia virtuosa quiere realizarlo por s&iacute; misma. Adem&aacute;s, la &uacute;nica instancia en la que ella puede ejecutar el bien absoluto es un orden dominante solidificado, &quot;una realidad que es su destrucci&oacute;n; una materia carente de vida y sin independencia propia&quot; (Ib&iacute;d., p. 227). Por esta raz&oacute;n su lucha es simplemente un simulacro y, como tal, no puede tomarse en serio, a pesar de que la conciencia virtuosa tiene el convencimiento de la transformaci&oacute;n de la realidad existente en su lucha con el curso del mundo. Procura el bien en s&iacute;, &quot;pone su verdadera fuerza en el hecho de que el bien es <i>en y para s&iacute; mismo, </i>es decir, se cumple por s&iacute; mismo&quot;, aunque &quot;lo que aqu&iacute; se expone son solamente los dones y capacidades indiferentes&quot; (&Iacute;dem), que se mantienen alejados del bien en s&iacute;. Aparece as&iacute; una duplicidad en la lucha entre la virtud y el curso del mundo, en la que aqu&eacute;lla cree encontrar &quot;la unidad originaria de su fin y de la esencia del mundo&quot; (&Iacute;dem), con lo cual aquellas dos posturas del bien no pueden mantenerse distantes una de otra. La creencia de la virtud en la concordancia con la esencia propia del curso del mundo, no s&oacute;lo convierte su lucha en una lucha aparente, sino que tambi&eacute;n se vuelve contra s&iacute; misma, exponi&eacute;ndose a su desgaste as&iacute; como al de su enemigo, quien tambi&eacute;n se ha invertido. El &quot;caballero de la virtud&quot; (&Iacute;dem) se encuentra as&iacute; en una situaci&oacute;n tragic&oacute;mica, ya que debe mantener limpias las armas que debe exponer en la lucha precisamente para la realizaci&oacute;n del bien. El caballero de la virtud queda as&iacute; inmovilizado, porque sus armas, es decir, &quot;estas capacidades y estas fuerzas&quot; (&Iacute;dem), en lugar de caer sobre el enemigo, no pueden ser utilizadas, ya que de lo contrario &eacute;l se apropiar&iacute;a de esa <i>&quot;esencia </i>de los luchadores mismos&quot;, que son las armas, y se lanzar&iacute;a con ellas contra el curso del mundo, cuya manifestaci&oacute;n es la encarnaci&oacute;n del bien por el cual la conciencia virtuosa combate. Por eso tiene que mantener ilesos a sus enemigos y a sus armas.</p>     <p>Si bien en su comienzo se pensaba en el triunfo de la virtud sobre el curso del mundo, es finalmente &eacute;ste el que vence en su lucha contra la virtud. Hegel justifica esta victoria como sigue: &quot;La virtud es vencida, pues, por el curso del mundo porque su fin es, de hecho, la <i>esencia </i>abstracta no-real y porque, con vistas a la realidad, su acci&oacute;n descansa sobre lo <i>diferente, </i>que reside solamente en las palabras&quot; (Ib&iacute;d., p. 229). Al final, luego de la &quot;fluctuaci&oacute;n&quot; de la lucha entre &quot;mantener y sacrificar&quot; (Ib&iacute;d., p. 228), vence el curso del mundo &quot;sobre lo que, por oposici&oacute;n a &eacute;l, constituye la virtud&quot; (Ib&iacute;d., p. 229) que, si bien quiere sacrificarse para el bien universal, comprende lo universal como abstracci&oacute;n &quot;carente de esencia&quot;. Pero precisamente por esta raz&oacute;n el triunfo del curso del mundo es p&iacute;rrico, pues no es un triunfo &quot;sobre algo real, sino sobre la invenci&oacute;n de diferencias que no lo son, sobre esas pomposas frases sobre el bien m&aacute;s alto de la humanidad y lo que atenta contra &eacute;l, sobre el sacrificarse por el bien y el mal uso que se hace de los dones: —tales esencias y fines ideales se derrumban como palabras vacuas que elevan el coraz&oacute;n y dejan la raz&oacute;n vac&iacute;a, que son edificantes, pero no edifican nada&quot; (&Iacute;dem). Pues bien, &iquest;qu&eacute; puede significar el resultado de esta reflexi&oacute;n de Hegel sobre la relaci&oacute;n dial&eacute;ctica de la virtud y del curso del mundo en la figura de Don Quijote?</p>     <p>Este es el portador de la virtud o, en palabras de Hegel, el &quot;caballero de la virtud&quot;. La virtud de lo caballeresco se aprecia en la lucha de Don Quijote por imponer una visi&oacute;n interna, subjetiva del mundo, en su inclinaci&oacute;n a hacer el bien. Su lucha indica, entre otras cosas, que en lugar de dedicarse a escribir tratados sobre la caballer&iacute;a andante, y de ce&ntilde;irse a su aspecto libresco, Don Quijote quiere ponerla en pr&aacute;ctica, pues &quot;mejor gobernar&aacute; el tim&oacute;n de una nave el que hubiera sido marinero que no el que se sale de las escuelas de la tierra para ser piloto&quot; <i>(Persiles </i>I, 14). La acci&oacute;n es constitutiva de la virtud de lo caballeresco, tal como la realiza Don Quijote. Sus acciones brotan de su sentirse depositario personal de la virtud, cuya producci&oacute;n es, &quot;como <i>acci&oacute;n, </i>conciencia de la individualidad&quot; <i>(Fenomenolog&iacute;a del esp&iacute;ritu, </i>p. 225). La constante lucha de Don Quijote por imponer su ideal caballeresco acarrea siempre una tensi&oacute;n entre el mundo interno y el mundo externo, de acuerdo con la cual lo universal solamente puede ejecutarse en este &uacute;ltimo gracias a su propia virtud.</p>     <p>Por eso Don Quijote combate a quienes impiden la realizaci&oacute;n del bien en el mundo, y la aplicaci&oacute;n a &eacute;ste de los principios de la caballer&iacute;a andante. Sus acciones no son la manifestaci&oacute;n de una idea, sino de un ideal, a saber, el de la lucha por alcanzar el bien universal, para lo cual requiere &quot;del principio de la individualidad para ser animado y cobrar movimiento&quot; (Ib&iacute;d., p. 226s.). Don Quijote siente la satisfacci&oacute;n del triunfo por sus acciones, pues se adjudica la aplicaci&oacute;n noble del bien, pero, aunque adopta con ello una superioridad sobre los dem&aacute;s, dicho triunfo se hace cuestionable, as&iacute; como su sacrificio por el bien universal, porque &eacute;ste queda sujeto a las acciones individuales del &quot;caballero de la virtud&quot;. Si bien Don Quijote resulta derrotado una y otra vez, y a pesar de que le llueven golpes por todas partes, se mantiene fiel a su prop&oacute;sito de realizar el bien en el mundo, adjudic&aacute;ndoles tales derrotas a encantadores o a fuerzas sobrenaturales. El no se da cuenta de que el bien por el que lucha no puede emerger de &eacute;l mismo, de que &eacute;ste es un bien abstracto, y no universal, que depende de su individualidad. Realizar por s&iacute; mismo el bien es una manifestaci&oacute;n de su obrar demencial, y por eso su lucha resulta fingida. La individualidad caballeresca de Don Quijote es inadecuada con respecto a la realidad del mundo exterior.</p>     <p>Pero &eacute;l se enfrenta con su mundo interior, y tiene que despedirse por ello de su convicci&oacute;n de ser el portador de la virtud. Tiene que expiar la desmesura inherente a su conciencia virtuosa. Su <i>hybris </i>lo conduce al abatimiento y a la humillaci&oacute;n, tal como se evidencia en el final conmovedor de la obra. La admisi&oacute;n para s&iacute; de los principios de caballer&iacute;a, su creencia en un bien que quiere ejecutar por s&iacute; mismo y que mantiene una diferencia infranqueable con el bien en s&iacute;, conducen finalmente al &quot;caballero de la virtud&quot;, mediante una serie de dudas y fracasos, al desenmascaramiento del bien abstracto que asume y de su desconexi&oacute;n de lo universal real. El desequilibrio de Don Quijote y su mundo se resuelve con el triunfo, no tanto del curso del mundo, como del orden universal, sobre la individualidad soberana. El desenlace del caballero andante hace desvanecer el mito de su vida interior y disuelve la contradicci&oacute;n, en el doloroso momento en que se declara vencido y reconoce su desfallecimiento como caballero, aunque trata de salvar el mito de Dulcinea. &quot;Dulcinea de Toboso es la m&aacute;s hermosa mujer del mundo, y yo el m&aacute;s desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. ¡Aprieta caballero, la lanza, y qu&iacute;tame la vida, pues me has quitado la honra!&quot; (II, 64). No casualmente afirma Don Quijote: &quot;Los sucesos lo dir&aacute;n, Sancho... que el tiempo, descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no la saque a la luz del sol&quot; (II, 25). Uno es el Quijote que afirma al comienzo de la novela:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&quot;Yo s&eacute; qui&eacute;n soy&quot; (I, 5), y otro el que, abatido y desesperanzado, se lamenta hacia el final: &quot;Ya no puedo m&aacute;s&quot;, &quot;aqu&iacute; se oscurecieron mis haza&ntilde;as; aqu&iacute;, finalmente, cay&oacute; mi ventura para jam&aacute;s levantarse&quot; (II, 66). Pero, a pesar de darse cuenta de su incapacidad de encarnar el &quot;caballero de la virtud&quot;, y de sentirse abandonado a s&iacute; mismo, reconoce los disparates de la caballer&iacute;a andante, &quot;y sus embelecos, y no me pesa sino que este desenga&ntilde;o ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa&quot; (II, 74). El sabe en su desamparo final que no puede realizar el bien por s&iacute; mismo, que su sacrificio individual por la esencia universal no es el camino indicado para procurar el bien. Este saber tiene una connotaci&oacute;n positiva, pues acontece en el viaje de retorno de Don Quijote, luego de su marcha de ida guiado por su propio fantasma, y por el hero&iacute;smo individual de los caballeros andantes. Su viaje de retorno y su elecci&oacute;n de llevar una vida pastoril, son la respuesta a su <i>hybris. </i>El regreso a su aldea ha supuesto el transitar un camino, acerca del cual anota Cervantes que lo importante no es tanto la posada como el camino que hacia ella nos lleva, pues s&oacute;lo por medio de &eacute;ste se logra un saber de s&iacute; mismo. Don Quijote le dice en este sentido a su escudero: &quot;Has de poner los ojos en qui&eacute;n eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el m&aacute;s dif&iacute;cil conocimiento que pueda imaginarse. Del conocerte saldr&aacute; el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey&quot; (II, 42).</p>     <p>Cervantes no permanece sujeto a la polaridad fija de los contrastes. En el camino de retorno se realiza paulatinamente una transformaci&oacute;n de los disparates. El desenlace pone a prueba la individualidad, en el sentido, no de claudicar frente al curso del mundo, sino en el sentido de superar la individualidad que se proclama a s&iacute; misma como soberana. Cervantes no se limita por ello a mostrar la acci&oacute;n negativa de Don Quijote, ni la contradicci&oacute;n inherente a &eacute;sta, pues en la experiencia de su desindividualizaci&oacute;n, &eacute;l no puede aparecer finalmente como una conciencia virtuosa que Hegel equipara con una raz&oacute;n edificante que no edifica nada <i>(Fenomenolog&iacute;a del esp&iacute;ritu, </i>p. 229). Si en el retorno hay una desindividualizaci&oacute;n es porque hay un desencantamiento de la conciencia virtuosa de Don Quijote y, al mismo tiempo, la apertura a una universalidad que desliga al individuo de su interioridad contradictoria y lo ajusta a una unidad inseparable con la realidad.</p> </font>      ]]></body>
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