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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[EL DESARROLLO DEL CONCEPTO DE TESTIMONIO EN PAUL RICOEUR]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This paper tries to show that there has been an evolution in Paul Ricoeur's concept of testimony and that also his first juridical definition is different from others of the same origin. To determine this point we will compare his definition with C.A.J. Coady's. We will try to explain the motives, implications and limitations of its differences. Then it will be established that in Remembering, history and oblivion the philosopher leaves the juridical concept of testimony, which main issues are to be a declaration inside a debate, and prefers an other one that define it as a dialogical natural institution. Our hypothesis is that this change was not due to phenomenical but to contextual causes.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4"><b>EL DESARROLLO DEL CONCEPTO DE TESTIMONIO EN PAUL RICOEUR</b></font></p>      <p align="center"><font size="3"><b>THE DEVELOPMENT  OF PAUL RICOEUR'S CONCEPT OF TESTIMONY</b></font> </p>       <p><b>Esteban Lythgoe*</b></p>     <p>* Universidad Cat&oacute;lica de Argentina (UCA) - Consejo Nacional de Investigaciones Cient&iacute;ficas y T&eacute;cnicas (CONICET). <a href="mailto:estebanlythgoe@yahoo.com.ar"><i>estebanlythgoe@yahoo.com.ar</i></a></p>     <p>Fecha de recepci&oacute;n: enero 2008     <br>   Fecha de revisi&oacute;n: julio 2008     <br> Fecha de aceptaci&oacute;n: agosto 2008</p> <hr>     <p><b>RESUMEN</b></p>     <p>El objetivo del presente art&iacute;culo consiste en sostener que ha habido una evoluci&oacute;n en el concepto de testimonio de Paul Ricoeur y que incluso su primera definici&oacute;n jur&iacute;dica se diferencia de otras de la misma ra&iacute;z. Para establecer este &uacute;ltimo punto se compara su definici&oacute;n con de C.A.J. Coady. Se intentar&aacute; dar cuenta de los motivos, implicaciones y limitaciones de sus diferencias. Seguidamente, se afirma que en <i>La memoria, la historia, el olvido </i>el fil&oacute;sofo abandona el concepto jur&iacute;dico de testimonio, caracterizado como una declaraci&oacute;n enmarcada en un debate, para inclinarse por otro que lo define como <i>una instituci&oacute;n natural dial&oacute;gica. </i>Nuestra hip&oacute;tesis es que dicho cambio fue debido no a causas fenom&eacute;nicas sino contextuales.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>PALABRAS  CLAVE     <br>     <i>Memoria, historia, hermen&eacute;utica.</i></p> <hr>     <p><b>ABSTRACT</b></p>     <p>This paper tries to show that there has been an evolution in Paul Ricoeur's concept of testimony and that also his first juridical definition is different from others of the same origin. To determine this point we will compare his definition with C.A.J. Coady's. We will try to explain the motives, implications and limitations of its differences. Then it will be established that in <i>Remembering, history and oblivion </i>the philosopher leaves the juridical concept of testimony, which main issues are to be a declaration inside a debate, and prefers an other one that define it as a <i>dialogical natural institution. </i>Our hypothesis is that this change was not due to phenomenical but to contextual causes.</p>     <p>KEY WORDS     <br>     <i>Memory, history, hermeneutics.</i></p> <hr>     <p><b>LA IMPORTANCIA DEL TESTIMONIO EN LA PROBLEM&Aacute;TICA HIST&Oacute;RICA CONTEMPOR&Aacute;NEA</b></p>     <p>EE n la d&eacute;cada del noventa se modific&oacute; el modo de abordar algunas cuestiones hist&oacute;ricas. Los historiadores comenzaron a tomar distancia de los abordajes con alto grado de abstracci&oacute;n, propios de la historia de larga duraci&oacute;n y de historia de las ideas, y volvieron su atenci&oacute;n a la, en su momento tan repudiada, historia de los acontecimientos. En lugar de interesarse por los avatares de los estados y de las grandes personalidades, su atenci&oacute;n se desplaz&oacute; a las grandes masacres del siglo XX y, en particular, al Holocausto. Haciendo caso omiso a los lineamientos hist&oacute;ricos del post-estructuralismo y del giro ling&uuml;&iacute;stico, estos investigadores se volcaron nuevamente hacia la experiencia de los individuos, en este caso de las v&iacute;ctimas, y por lo tanto, recurrieron a sus testimonios como fuentes de sus investigaciones. En este sentido es pertinente la expresi&oacute;n de Wieviorka, a instancias de Elie Wiesel, de que vivimos en la &quot;era del testimonio&quot;. &quot;Si los griegos inventaron la tragedia, los romanos la ep&iacute;stola y el renacimiento el soneto, nuestra generaci&oacute;n ha inventado una nueva literatura, la del testimonio. Todos hemos sido testigos y sentimos que debemos dejar testimonio para el futuro&quot; (Wiesel, 1977, p. 9)<sup><a href="#1" name="s1">1</a></sup>.</p>     <p>Recurrir a esta fuente hist&oacute;rica para las investigaciones acerca de acontecimientos pasados no es algo muy original, pues su uso es rastreable hasta los or&iacute;genes mismos de la historia. <i>Prima facie </i>la diferencia m&aacute;s importante es que, en lugar de interesarse por los avatares de los estados y de las grandes personalidades, su atenci&oacute;n se ha desplazado hacia las v&iacute;ctimas de dichos acontecimientos. M&aacute;s all&aacute; de la modificaci&oacute;n respecto de qui&eacute;n es el testigo, m&uacute;ltiples han sido los usos que se han hecho de este tipo de declaraciones. No es lo mismo su uso como huella de un acontecimiento pasado a falta, o como complemento de otro tipo de evidencia, que como evidencia de la recepci&oacute;n y la influencia de dicho acontecimiento en la memoria de determinada colectividad, o como v&iacute;a de apaciguamiento de esta misma colectividad. Tampoco es lo mismo considerarlo como manifestaciones de una experiencia individual o representativa de un grupo identitario determinado, ni concebirlo como una simple declaraci&oacute;n de hechos, una invocaci&oacute;n para cambiar un modo de ver las cosas o reclamos de justicia. A ra&iacute;z de este amplio espectro de usos han surgido cuestionamientos acerca del alcance de este concepto. Sin embargo, para llevar a cabo una cr&iacute;tica de esta &iacute;ndole es preciso previamente definir en qu&eacute; consiste el testimonio.</p>     <p>En el presente art&iacute;culo analizaremos diferentes definiciones de testimonio, pero poniendo especial &eacute;nfasis en la evoluci&oacute;n que este concepto ha tenido en la obra de Paul Ricoeur. Partiremos con la propuesta hecha de C.A.J. Coady como un par&aacute;metro de comparaci&oacute;n, para luego volcarnos al fil&oacute;sofo franc&eacute;s. Nuestra primera hip&oacute;tesis de investigaci&oacute;n es que ha habido una evoluci&oacute;n en este concepto a lo largo de la obra de este fil&oacute;sofo, y aun cuando en su primera conferencia acerca del testimonio sostiene el origen jur&iacute;dico de este concepto, su definici&oacute;n difiere bastante de otras definiciones que tambi&eacute;n parten de este origen. Nuestro segundo punto consiste en se&ntilde;alar ciertos t&oacute;picos que conducen a la sospecha de que el desarrollo de este concepto no tiene ra&iacute;ces fenomenol&oacute;gicas sino que es contextual, esto es, funcional a cierto modo de concebir la historia. Esto significa que las modificaciones en su definici&oacute;n no han tenido que ver con la aparici&oacute;n de ciertos obst&aacute;culos que le dificultaron la 'aprehensi&oacute;n de la cosa misma' pero que logr&oacute; ir salvando a lo largo del tiempo, pero s&iacute; est&aacute;n correlacionados con ciertos requerimientos</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>de la tem&aacute;tica tratada. Los resultados de esta investigaci&oacute;n interna a la obra Ricoeur, nos dejar&aacute;n abierta una inc&oacute;gnita acerca de si es posible una definici&oacute;n absoluta de testimonio, o si, por el contrario, siempre ser&aacute; dependiente de la definici&oacute;n de un marco, como en este caso, la definici&oacute;n de historia, que la contenga.</p>     <p><b>UNA CONCEPCI&Oacute;N EVIDENCIAL DE TESTIMONIO</b></p>     <p>En su obra <i>Testimonio: un estudio filos&oacute;fico </i>C.A.J. Coady propone una definici&oacute;n natural de testimonio que no surge ni de una antropolog&iacute;a cultural o de una intuici&oacute;n eid&eacute;tica, sino del debilitamiento de las condiciones del testimonio legal y cuasi legal. Entre los motivos que conducen al autor a semejante decisi&oacute;n metodol&oacute;gica se encuentra la posibilidad de capitalizar lo que se ha venido discutiendo sobre la cuesti&oacute;n a nivel jur&iacute;dico y que, dadas las caracter&iacute;sticas de la justicia occidental, &eacute;sta se ha visto obligada a volver expl&iacute;citas las condiciones para testificar. De este an&aacute;lisis el autor concluye que un hablante S testifica realizando una declaraci&oacute;n P, si y s&oacute;lo si: <b>a) </b>su declaraci&oacute;n que p es evidencia que p y es ofrecida como evidencia que p. <b>b) </b>S tiene la competencia, autoridad o credenciales relevantes para declarar verdaderamente que p. <b>c) </b>La declaraci&oacute;n de S que p es relevante en alguna disputa o cuesti&oacute;n irresoluta (que puede ser, o tal vez no, p?) y es dirigida a aquellos quienes necesitan una evidencia sobre el tema. (Coady, 1992, p. 42)<sup><a href="#2" name="">2</a></sup>.</p>     <p>De esta definici&oacute;n se desprenden dos elementos relevantes para nuestro an&aacute;lisis posterior. En primer lugar, la relaci&oacute;n testimonial es doblemente asim&eacute;trica. Nos encontramos con una asimetr&iacute;a epist&eacute;mica entre el testigo y su auditorio reconocida por ambas partes, a saber: el testigo sabe algo que su auditorio desconoce, sea porque lo presenci&oacute; o porque posee alguna competencia en determinadas &aacute;reas del saber. Esta asimetr&iacute;a queda empero subordinada a otra inversa que la contiene. Todo testimonio es una forma de evidencia, y por lo tanto, limitada a un contexto en particular, a saber: una disputa irresoluta. La disputa prima por sobre el testimonio. Esto significa que aquello que se declare s&oacute;lo ser&aacute; considerado testimonio si es relevante a la resoluci&oacute;n de la disputa entre dos posiciones antag&oacute;nicas. En la medida en que toda aquella declaraci&oacute;n que no pueda ser encuadrada en la disputa acabe siendo descartada, el auditorio termina primando por sobre el testigo.</p>     <p>El segundo punto digno de destacar es que esta definici&oacute;n no depende ni del v&iacute;nculo de lo declarado con la realidad, ni de la sinceridad del testigo. Si bien existe una pre-condici&oacute;n de confianza dada por la competencia, autoridad o credenciales del testigo, se asume que lo que diga el testigo puede llegar a ser falso debido a problemas en su percepci&oacute;n o memoria, o incluso por dolo. A&uacute;n en este &uacute;ltimo caso, un testigo mentiroso o insincero podr&aacute; ser severamente castigado a nivel judicial e incluso social, pero no por ello se dejar&aacute; de afirmar que ha brindado su testimonio.</p>     <p>Parte del inter&eacute;s de la obra de Coady consiste en que el autor considera la aplicabilidad de su concepto de testimonio a distintas &aacute;reas. En el caso de la historia, el autor considera que aun cuando las declaraciones se realizaron originalmente para un auditorio contempor&aacute;neo y no para la posteridad, es posible extender su aplicaci&oacute;n ya que el testimonio es por definici&oacute;n para todo aquel que le concierna. As&iacute;, &quot;...donde podamos leg&iacute;timamente crear una situaci&oacute;n autor-lector, parecer&iacute;a natural extender la noci&oacute;n de testimonio para cubrir tambi&eacute;n estos casos...&quot; (Coady, 1992, p. 50). Por lo tanto, los 'testimonios documentales', entre los que figuran los registros de nacimientos y muertes, diarios privados, minutas diplom&aacute;ticas, pueden ser utilizados como fuente para la historia.</p>     <p>Ahora bien, si bien en el momento en que se emiten ciertas declaraciones, ellas no tienen implicaciones para disputa alguna, pueden acabar creando el contexto para una nueva disputa. De ah&iacute; que uno pueda preguntarse hasta d&oacute;nde es aplicable la tercera condici&oacute;n a la historia. Coady descarta esta posibilidad y sostiene que el testimonio da lugar a un contexto de disputa y no crea la disputa misma. Consecuentemente, para este autor, el testimonio y la disputa se encuentran en niveles diferentes.</p>     <p><b>HACIA UN TESTIMONIO ABSOLUTO DE LO ABSOLUTO</b></p>     <p>Ricoeur lleva a cabo su primer an&aacute;lisis del testimonio durante el <i>Coloquio de Castelli </i>de 1972 y en el marco de una filosof&iacute;a de lo absoluto. Siguiendo la obra de Jean Nabert, el fil&oacute;sofo intenta responder si, independientemente de las diversas pruebas sobre la existencia de Dios, la reflexi&oacute;n filos&oacute;fica pod&iacute;a elevarse de otro modo a una afirmaci&oacute;n absoluta de lo absoluto. El fil&oacute;sofo rechaza la posibilidad de obtener la experiencia de lo absoluto a partir de la acci&oacute;n ejemplar, porque en ella el caso se desvanece delante de la regla, y la persona se desdibuja delante de la ley, por lo que no se puede constituir en una afirmaci&oacute;n originaria. Tampoco se la puede tener a partir de lo simb&oacute;lico, pero por el motivo inverso, su singularidad y su sentido no se borran del modo como sucede en la acci&oacute;n ejemplar, pero, en tanto producto de la imaginaci&oacute;n productiva, el s&iacute;mbolo carece de espesor hist&oacute;rico. Aquella instancia que recoge la singularidad como el componente hist&oacute;rico es lo <i>injustificable, </i>pues la individualidad de la declaraci&oacute;n confiere la sanci&oacute;n de la realidad a las ideas y los ideales que carece el s&iacute;mbolo. S&oacute;lo dentro de la hermen&eacute;utica del testimonio es posible comprender de qu&eacute; manera se conjuga la interioridad de la afirmaci&oacute;n originaria con la exterioridad de los actos. Por lo tanto, partir&aacute; de la <i>noci&oacute;n ordinaria </i>de testimonio para llegar a explicar esta articulaci&oacute;n.</p>     <p>Ricoeur rechaza que el testimonio sea un concepto hist&oacute;rico o religioso. No es propiamente hist&oacute;rico, pues &quot;...no es una categor&iacute;a espec&iacute;fica del m&eacute;todo hist&oacute;rico, es una transposici&oacute;n caracter&iacute;stica e instructiva de un concepto eminentemente jur&iacute;dico que atesta ac&aacute; su poder de generalizaci&oacute;n. Esta transferencia de lo jur&iacute;dico a lo hist&oacute;rico se&ntilde;ala aspectos hist&oacute;ricos del concepto jur&iacute;dico mismo.&quot;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>(Ricoeur, 1972, p. 40)<sup><a href="#3" name="s3">3</a></sup>. Tampoco religioso, ya que, si bien es cierto que la dimensi&oacute;n prof&eacute;tica y kerygm&aacute;tica le imprime un nuevo sentido, &quot;...el sentido profano no es simplemente abolido, sino, de una cierta manera, conservado e incluso exaltado.&quot; (Ricoeur 1972, p. 44). En lugar de proponer nociones espec&iacute;ficas para cada &aacute;rea en particular, considera que existe <i>una noci&oacute;n ordinaria </i>de testimonio a la base de cada una de sus aplicaciones particulares, cuyo origen es indudablemente jur&iacute;dico. Esta noci&oacute;n se funda en tres pilares:</p>     <p>El primer pilar apunta a la <i>asimetr&iacute;a epist&eacute;mica </i>antes mencionada entre el testigo y su auditorio pero, a diferencia de Coady, Ricoeur la restringe a la presencialidad, excluyendo otro tipo de competencias. As&iacute;, quien declara tiene un privilegio epist&eacute;mico respecto del auditorio por haber presenciado el suceso declarado. Como contraparte, el auditorio debe confiar en la palabra del declarante, pero no lo puede hacer del mismo modo que lo hace con las otras fuentes de conocimiento. A&uacute;n cuando el testimonio sea una narraci&oacute;n de percepciones, su car&aacute;cter s&oacute;lo puede ser <i>cuasi emp&iacute;rico: </i>ampl&iacute;a nuestros conocimientos de un modo que ni la raz&oacute;n, memoria o sentidos puede hacerlo, pero a costa de perder parte de su peso epist&eacute;mico. &quot;El testimonio en tanto que relato se encuentra as&iacute; en una posici&oacute;n intermedia entre una constataci&oacute;n hecha por un sujeto y una creencia asumida por otro sujeto sobre la fe del testimonio del primero.&quot; (Ricoeur, 1972, p. 38).</p>     <p>El segundo pilar es su car&aacute;cter <i>judiciario. </i>Esto equivale a decir que todo testimonio se inserta dentro de una disputa, y que tomar&aacute; posici&oacute;n a favor de alguna de las partes. Puesto en palabras de Ricoeur, &quot;el car&aacute;cter ocular del testimonio no alcanza nunca a constituir su sentido de testimonio; hace falta que haya no s&oacute;lo constataci&oacute;n, sino un relato que sirva para probar una opini&oacute;n o una verdad.&quot; (Ricoeur, 1972, p. 38). Este punto impone serias restricciones a su aspecto casi emp&iacute;rico y, de manera an&aacute;loga a lo que suced&iacute;a con Coady, invierte de alguna manera la asimetr&iacute;a anterior. En efecto, dado que todo testimonio se enmarca dentro de una disputa, s&oacute;lo se cuentan como tales aquellas declaraciones que cumplen el rol de ser pruebas o evidencias.</p>     <p>Existen por lo menos otros dos aspectos que Ricoeur elabora de este car&aacute;cter jur&iacute;dico y que lo alejar&aacute;n progresivamente de una posici&oacute;n como la de Coady. El primero de ellos lo retrotrae al problema acerca de qu&eacute; tipo de argumentaci&oacute;n recurre al testimonio. Aqu&iacute; se nos remite a la posici&oacute;n aristot&eacute;lica de colocarlo dentro del &aacute;mbito de la ret&oacute;rica como un tipo de prueba jur&iacute;dica externa. Esto significa que por medio del testimonio nunca se lograr&aacute; alcanzar deductivamente una conclusi&oacute;n necesaria y, por tanto, cierta, sino solamente una probable, por medio de una lucha de opiniones, en la que se tienen en cuenta la disposici&oacute;n de la audiencia y el car&aacute;cter del orador. El segundo aspecto a tener presente es la introducci&oacute;n del componente moral en el testimonio a trav&eacute;s del decisionismo jur&iacute;dico. En caso de que haya alguna sospeche de que un testimonio es falso, el juez tiene la potestad de invalidarlo. Ricoeur nos recuerda que por este motivo Gary Hart sostuvo que todo enunciado jur&iacute;dico no es una <i>descripci&oacute;n, </i>sino una <i>adscripci&oacute;n.</i></p>     <p>De este modo, encuadrar al testimonio dentro de lo jur&iacute;dico significa para este fil&oacute;sofo concebirlo no s&oacute;lo como un concepto epist&eacute;mico, sino tambi&eacute;n moral. Justamente el tercer pilar se vincula con esta dimensi&oacute;n, que desplaza la atenci&oacute;n del testimonio en s&iacute; y lo dirige hacia el testigo, m&aacute;s precisamente al <i>falso testigo. </i>Curiosamente el falso testimonio no est&aacute; relacionado con errores o falta de precisi&oacute;n no intencional dentro de la declaraci&oacute;n, debidos a problemas de memoria o perceptuales. El enga&ntilde;o empero no alude a la falta de <i>escrupulosidad </i>o <i>exactitud </i>en lo declarado, sino a que el testigo no sea <i>fiel </i>a sus convicciones, a su intenci&oacute;n dolosa de querer enga&ntilde;ar al auditorio: &quot;... &iquest;qu&eacute; es un testigo ver&iacute;dico, un testigo fiel? Todo el mundo comprende que es otra cosa que un narrador exacto, es decir, escrupuloso.&quot; (Ricoeur, 1972, p. 42).</p>     <p>Con el desplazamiento al testigo, Ricoeur busca tomar distancia del testimonio como prueba y concebirlo como un acto. De esta manera, el fil&oacute;sofo intenta romper la caracterizaci&oacute;n del testimonio como una declaraci&oacute;n, para ligarlo en su lugar con todo acto en el que alguien haga p&uacute;blica su convicci&oacute;n. Este tratamiento permite abordar el problema del m&aacute;rtir como el testigo por excelencia, y a la irrupci&oacute;n de la dimensi&oacute;n prof&eacute;tica y kerigm&aacute;tica, pero excede los l&iacute;mites impuestos a nuestra investigaci&oacute;n.</p>     <p>As&iacute; caracterizado, este concepto nos presenta una doble distinci&oacute;n: por una parte, la distinci&oacute;n entre verdad y fidelidad, y ligada con esta, la que existe entre <i>testimonio f&aacute;ctico </i>y del <i>testimonio de la conciencia </i>o <i>de sentido. </i>Por ahora, nos adentraremos a la segunda de ellas, dejando para m&aacute;s adelante a la distinci&oacute;n entre verdad y fidelidad, ya que en esta conferencia s&oacute;lo se la presenta pues a&uacute;n carec&iacute;a de las herramientas conceptuales necesarias para explicarla de manera satisfactoria. Todo testimonio aporta tanto elementos externos, que son descripciones de sucesos, como internos, de &iacute;ndole fundamentalmente moral. Los primeros son objetivamente verificables, y cualquiera que haya presenciado el evento puede corroborarlos. En este espectro de la declaraci&oacute;n es secundario qui&eacute;n haga la declaraci&oacute;n, siempre y cuando haya presenciado el evento en cuesti&oacute;n. Los segundos, en cambio, articulan el relato f&aacute;ctico y le proporcionan un sentido a la historia. Su aporte no es f&aacute;ctico, sino fundamentalmente de corte moral. La identidad de qui&eacute;n declara es importante, pues en su declaraci&oacute;n se exteriorizan sus convicciones. Ricoeur considera que el aporte de este tipo de testimonio es fundamentalmente de corte moral, pues es all&iacute; donde se exteriorizan las convicciones de cada uno. &quot;El sentido del testimonio parece entonces invertido; el t&eacute;rmino no designa m&aacute;s una acci&oacute;n de palabra, el relato oral de un testigo ocular sobre un hecho al cual &eacute;l ha asistido; el testimonio es la acci&oacute;n misma en tanto que ella atesta en la exterioridad el hombre interior mismo, su convicci&oacute;n, su fe.&quot; (Ricoeur, 1972, p. 43). Todo testimonio, sea &eacute;ste una declaraci&oacute;n o un acto en general, es entonces la suma del componente f&aacute;ctico, externo e hist&oacute;rico, y de sentido o de convicci&oacute;n. Como lo explica Ricoeur: &quot;cierto, el hecho es inseparable de su sentido; pero el sentido se inscribe en la historia, ha advenido, ha acontecido: de todo eso ustedes son testigos.&quot; (Ricoeur, 1972, p. 47). Ahora bien, &iquest;por qu&eacute; una hermen&eacute;utica de lo absoluto precisa del testimonio de lo injustificable? Se presenta aqu&iacute; una caracter&iacute;stica de este tipo de acontecimientos, que incide de manera determinante en el testimonio, y que tambi&eacute;n resulta decisivo a la hora de explicar el motivo por el que este fil&oacute;sofo prefiera el testimonio de lo injustificable como v&iacute;a de acceso a lo absoluto. Mientras nuestra actitud frente al ejemplo o lo sublime es fundamentalmente te&oacute;rica, uno no puede quedar impasible frente a lo injustificable. &Eacute;l nos moviliza. &quot;Lo injustificable constri&ntilde;e a un abandono de toda <i>cupido sciendi, </i>que conduce a la reflexi&oacute;n hasta el umbral de la teodicea. Este &uacute;ltimo desprendimiento dispone a la reflexi&oacute;n a recibir el sentido de eventos o de actos perfectamente contingentes que atestar&iacute;an que lo injustificable es superado aqu&iacute; y ahora. &#91;...&#93; ...la testificaci&oacute;n del mal espera, para nuestra regeneraci&oacute;n, m&aacute;s que los ejemplos de sublimidad, espera palabras y sobretodo acciones que ser&aacute;n acciones absolutas, en el sentido que la ra&iacute;z de lo injustificable ser&aacute; manifiesta y visiblemente extirpada&quot; (Ricoeur, 1972, p. 37). De este modo, lo injustificable agrega al testimonio un car&aacute;cter vocativo o de llamado que nos moviliza a realizar cambio en nosotros mismos y en nuestro entorno.</p>     <p>La presentaci&oacute;n de estos tres pilares del testimonio enfrenta al fil&oacute;sofo con dos dificultades que marcar&aacute;n el desarrollo posterior de este concepto en el marco de la filosof&iacute;a de la historia. La primera de ellas es la existencia de un abismo insalvable entre la interioridad del sentido que moviliza a cierta acci&oacute;n y la externalidad de la acci&oacute;n. El testimonio genera una serie de m&uacute;ltiples interpretaciones que se apoyar&aacute;n sobre la declaraci&oacute;n, pero nunca tendremos la certeza del sentido.</p>     <p>Esta cesura se presenta de manera mucho m&aacute;s expl&iacute;cita casi veinte a&ntilde;os m&aacute;s tarde con la introducci&oacute;n de la distinci&oacute;n de J. Nabert entre un testigo de primer grado, que lleva a cabo una acci&oacute;n y un testigo de segundo grado que interpreta su sentido: &quot;Se esboza aqu&iacute; una estructura dial&oacute;gica del testimonio entre el testimonio-acto y el testimonio-narraci&oacute;n. Alguien dona un signo de lo absoluto, sin quererlo ni saberlo; otro lo interpreta como signo.&quot; (Ricoeur, 1989, p. 27)<sup><a href="#4" name="s4">4</a></sup>. &iquest;Qu&eacute; tipo de creencia le podremos dar entonces al sentido as&iacute; interpretado?</p>     <p>La otra dificultad presente es la tensi&oacute;n que se presenta entre la concepci&oacute;n del testimonio como prueba y su aspiraci&oacute;n vocativa de movilizarnos frente a lo injustificable. El testimonio s&oacute;lo es tal dentro de un marco de debate, pero justamente este marco lo objetiva y, por tanto, rompe cualquier intenci&oacute;n de movilizar al auditorio, debido al hiato entre testimonio y disputa que oportunamente observara Coady<sup><a href="#5" name="s5">5</a></sup>. Pero si esto es as&iacute;, &iquest;de qu&eacute; manera el testimonio as&iacute; definido puede preferirse a los ejemplos o a lo sublime como modo de acceso a lo absoluto, si en el fondo nos est&aacute; tambi&eacute;n ligando a una <i>cupido sciendi?</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>DEL TESTIMONIO COMO DECLARACI&Oacute;N VERIFICABLE AL TESTIMONIO  COMO DIALOGO FIABLE</b></p>     <p>En <i>La memoria, la historia, el olvido </i>Ricoeur vuelve sus pasos sobre la historia luego de un interregno de casi veinte a&ntilde;os, para tratar dos tem&aacute;ticas fuertemente asociadas a las inquietudes hist&oacute;ricas finiseculares, pero que hab&iacute;an pasado a un segundo plano en <i>Tiempo y narraci&oacute;n, </i>a saber: la memoria y el olvido. En esta obra, el testimonio vuelve a tener un rol protag&oacute;nico por constituirse en &quot;la estructura fundamental de transici&oacute;n entre la memoria y la historia.&quot; (Ricoeur, 2000, p. 26), y en gran medida lo podemos tomar como una versi&oacute;n m&aacute;s elaborada y perfeccionada de la presentada en el <i>Coloquio de Castelli. </i>Se nos podr&iacute;a objetar que el planteo de 1972 estaba enmarcado en un contexto fundamentalmente teol&oacute;gico y &eacute;ste en otro laico, pero esta distinci&oacute;n pierde sustento si tenemos presentes dos puntos importantes:</p>     <p><b>a) </b>El primero, que ya mencionamos en el apartado anterior, es que en ambos casos el primer paso de Ricoeur es proporcionar la noci&oacute;n ordinaria de testimonio, es decir, previa al agregado de la dimensi&oacute;n hist&oacute;rica o prof&eacute;tica. Nuestro abordaje de la exposici&oacute;n del coloquio se limit&oacute; a este aspecto, dejando de lado la cuesti&oacute;n teol&oacute;gica. b) La exposici&oacute;n de los setenta est&aacute; signada por la martiriolog&iacute;a de Jes&uacute;s en adelante, subsumida bajo la categor&iacute;a de lo <i>injustificable </i>de J. Nabert. La otra, en cambio, por los genocidios del siglo XX, calificados como lo inaceptable por S. Friedlander. Sin embargo, ambos conceptos y, por lo tanto, ambas experiencias terminan siendo reunidas por Ricoeur como manifestaciones del mal<sup><a href="#6" name="s6">6</a></sup>. M&aacute;s all&aacute; de esta observaci&oacute;n, y desplaz&aacute;ndonos del an&aacute;lisis interno de la obra del fil&oacute;sofo franc&eacute;s, la utilidad de la distinci&oacute;n entre testimonio f&aacute;ctico y de sentido no se limita s&oacute;lo al &aacute;mbito teol&oacute;gico, sino que permite comprender el tipo de abordaje que actualmente realizan los m&aacute;s importantes relatos testimoniales de ese per&iacute;odo. Lo que se valora de estas declaraciones no es su capacidad de describir aquellos acontecimientos que s&oacute;lo estos testigos presenciaron y de los que no quedan otro tipo de rastro. Uno podr&iacute;a discutir esta tesis y sostener que la importancia de los testigos reside en que son lo &uacute;nico que queda de un trabajo sistem&aacute;tico de destrucci&oacute;n de la realidad y de los trazos de ella por parte del Nacionalsocialismo. M&aacute;s all&aacute; de que haya habido pol&iacute;ticas al respecto, podr&iacute;amos decir que su labor no fue completa. Pero de hecho, esto no es as&iacute;. Ha quedado gran cantidad de archivos fotogr&aacute;ficos y documentales, mucho m&aacute;s precisos que los testimonios. Si a los historiadores les interesaran s&oacute;lo los hechos limitar&iacute;an su fuente documental a estos archivos, como lo hicieron hasta la d&eacute;cada de los ochenta. A&uacute;n tomando la hip&oacute;tesis acerca de la destrucci&oacute;n de estos archivos, han quedado miles de sobrevivientes que podr&iacute;an relatar los mismos sucesos u otros similares. Y sin embargo, son pocos los testigos que son tomados en este tipo de investigaciones. Somos de la opini&oacute;n de que este recorte en la cantidad de testigos utilizados se debe justamente que su importancia se encuentra en el sentido que un sobreviviente como Primo Levi nos puede proporcionar sobre este tipo de acontecimientos. Incluso, las reflexiones morales, pol&iacute;ticas y ontol&oacute;gicas de autores como Agamben o Lyotard respecto de problemas como el otro, los l&iacute;mites de la humanidad, el testigo integral, la zona gris, la culpa o la verg&uuml;enza, se restringen a este aspecto del testimonio.</p>     <p>El primer paso del an&aacute;lisis del testimonio en <i>La memoria, la historia, el olvido, </i>es similar al tomado en su conferencia de 1972, es decir, se dirige al uso corriente de este concepto para aprehender sus componentes esenciales. En este proceso distingue seis atributos fundamentales: 1. Existe una articulaci&oacute;n entre la aserci&oacute;n de una realidad factual y la certificaci&oacute;n o autentificaci&oacute;n de lo declarado, 2. La certificaci&oacute;n se garantiza con la autodesignaci&oacute;n del testigo y su presencia en los acontecimientos descritos, 3. Tiene un car&aacute;cter dialogal en el que est&aacute; presente la tensi&oacute;n entre sospecha y confianza, 4. La sospecha crea el espacio para la controversia entre muchos testigos y testimonios, 5. La fiabilidad del testigo se encuentra ligada a su capacidad de reiterar su declaraci&oacute;n, 6. Esta estructura convierte al testimonio en un factor de seguridad en el v&iacute;nculo social, lo que lo lleva a caracterizarla como la 'instituci&oacute;n natural' por antonomasia<sup><a href="#7" name="s7">7</a></sup>.</p>     <p>El fil&oacute;sofo incorpora la problem&aacute;tica de la confianza y sospecha del auditorio en la definici&oacute;n, cosa que, como se&ntilde;alamos m&aacute;s arriba, no ocurr&iacute;a en la definici&oacute;n de Coady. Al igual que en 1972, Ricoeur insiste en basarse en la <i>fiabilidad </i>del testigo y no en su <i>exactitud, </i>a punto tal que hace expl&iacute;cito su rechazo al modelo regulador de la psicolog&iacute;a jur&iacute;dica. De hecho, se critica a todos aquellos que pretenden descalificar el testimonio, utilizando como criterio de comparaci&oacute;n el <i>paradigma </i>de registro, propio del video y del grabador, por una parte, y el del <i>observador no comprometido </i>por la otra<sup><a href="#8" name="s8">8</a></sup>.</p>     <p>En la d&eacute;cada de los noventa Ricoeur introduce la categor&iacute;a de la atestaci&oacute;n, con la que explica el tipo de creencia que le debemos dar al componente de fidelidad propio del testimonio. De esta manera, en su obra del a&ntilde;o 2000 ya se encuentra en condiciones de abordar el tipo de creencia que se le debe conceder al testimonio y la relaci&oacute;n entre verdad y fidelidad, que s&oacute;lo hab&iacute;an podido ser propuestas en el Coloquio de Castelli<sup><a href="#9" name="s9">9</a></sup>. Describamos brevemente en qu&eacute; consiste esta categor&iacute;a. El concepto tradicional de conocimiento gira en torno a la verdad. El ideal a alcanzar es la certeza, y se lo garantiza por medio de la justificaci&oacute;n o <i>verificaci&oacute;n. </i>La ret&oacute;rica remite a un discurso que busca persuadir. Hay int&eacute;rpretes que la vinculan a la sof&iacute;stica, lo que supondr&iacute;a caracterizarlo como la ant&iacute;tesis del conocimiento filos&oacute;fico y de cualquier pretensi&oacute;n de verdad. Ricoeur, por su parte, no coincide con esta gradaci&oacute;n, sino que recupera la tradici&oacute;n aristot&eacute;lica que ubicar&iacute;a a la ret&oacute;rica en otro plano que la oposici&oacute;n filosof&iacute;a - sof&iacute;stica. Dicho con sus palabras, &quot;...toda la ambici&oacute;n de Arist&oacute;teles era estabilizar la ret&oacute;rica en medio entre l&oacute;gica y sof&iacute;stica, a favor del v&iacute;nculo entre lo persuasivo y lo <i>veros&iacute;mil en el sentido de probable.&quot; </i>(Ricoeur, 2000, p. 343; la cursiva es m&iacute;a). Finalmente, define a la <i>atestaci&oacute;n </i>como una creencia, pero no una creencia d&oacute;xica, propia de la expresi&oacute;n 'creo que', sino que entra en la gram&aacute;tica del 'creo en'. El v&iacute;nculo entre el testimonio y la atestaci&oacute;n se va a establecer justamente en este punto: &quot;Mientras que la creencia d&oacute;xica se inscribe en la gram&aacute;tica del 'creo que', la atestaci&oacute;n depende de la del 'creo-en'. En esto se aproxima al testimonio, como indica la etimolog&iacute;a, en la medida en que se cree precisamente en la palabra del testigo.&quot; (Ricoeur, 1996, p. XXXV). Esta distinci&oacute;n conduce a que todo aquello que est&eacute; asociado con este concepto quede disociado de los valores propios del conocimiento, como los de certeza, adecuaci&oacute;n o verdad. La atestaci&oacute;n, por el contrario, quedar&aacute; ligada a otro tipo de valores, que incluyen un componente &eacute;tico. Su opuesto es la sospecha, pero no existe ning&uacute;n procedimiento que permita rechazar una creencia sospechosa. Al igual que con el testimonio &quot;.. .no queda m&aacute;s recurso contra la sospecha que una atestaci&oacute;n m&aacute;s <i>fiable&quot; </i>(Ricoeur, 1996, p. XXXV)<sup><a href="#10" name="s10">10</a></sup>. As&iacute;, como el conocimiento se vincula con la <i>verdad, </i>la ret&oacute;rica con la <i>verosimilitud, </i>Ricoeur asocia, aunque muy espor&aacute;dicamente a la atestaci&oacute;n con lo veraz.</p>     <p>Antes de continuar vale la pena detenerse en la propuesta realizada por Jean Greisch respecto a la relaci&oacute;n entre testimonio y atestaci&oacute;n y sus consecuencias en el abordaje de estas tem&aacute;ticas. Seg&uacute;n este int&eacute;rprete, m&aacute;s all&aacute; de las asociaciones expl&iacute;citas entre el testimonio y la atestaci&oacute;n, cada uno de estos conceptos nos reenv&iacute;a a distintos momentos de la obra de Ricoeur y a un modo diferente de concebir la hermen&eacute;utica. El testimonio ligado con una fenomenolog&iacute;a de lo voluntario e involuntario y una fenomenolog&iacute;a de la falibilidad, y la atestaci&oacute;n asociada con el problema de la narratividad. &quot;Mi hip&oacute;tesis de lectura es que la hermen&eacute;utica del testimonio tiene como fondo la cuesti&oacute;n, heredada de Jean Nabert, de la posibilidad de reencontrar en la historia testimonios de lo absoluto. El fen&oacute;meno de la atestaci&oacute;n, al contrario, se relaciona esencialmente al campo de interrogaci&oacute;n que recubre la noci&oacute;n de una 'hermen&eacute;utica del s&iacute;' que se despliega bajo la &eacute;gida de la pregunta: '&iquest;Qui&eacute;n?'&quot; (Greisch, 2001, p. 371)<sup><a href="#11" name="s11">11</a></sup>. A ra&iacute;z de estas diferencias, este int&eacute;rprete acaba por abordarlas de manera paralela. Como se desprende de nuestra exposici&oacute;n, nuestra actitud es la contraria, pues, pese a distinguir el alcance de cada uno de estos conceptos, no evitamos su interrelaci&oacute;n. Ello se debe a que consideramos que, aun cuando desde una perspectiva gen&eacute;tica su origen sea diferente, abordarlos paralelamente nos impedir&iacute;a una cabal comprensi&oacute;n del v&iacute;nculo propuesto entre historia y memoria.</p>     <p>Asociado con el tema de la sospecha y la confianza se presenta el segundo punto que distingue a la definici&oacute;n dada en esta obra, y es el caracterizar al testimonio como un di&aacute;logo, en el que la certificaci&oacute;n del testimonio se completa tras haber sido acreditado por el auditorio.</p>     <p>&iquest;Qu&eacute; aporta de nuevo considerar al testimonio como un di&aacute;logo y no como una declaraci&oacute;n? Pese a no afirmarlo expl&iacute;citamente la tensi&oacute;n entre concepto de di&aacute;logo y el de declaraci&oacute;n nos remite a la oposici&oacute;n gadameriana entre la teor&iacute;a de la demostraci&oacute;n, que podr&iacute;amos asociar al discurso hist&oacute;rico en tanto cient&iacute;fico y al testimonio como declaraci&oacute;n, y la dial&eacute;ctica plat&oacute;nica<sup><a href="#12" name="s12">12</a></sup>. En la primera, el otro en tanto otro pasa a segundo plano subordin&aacute;ndose al marco del debate que en &uacute;ltima instancia depende de quien pregunta. Es cierto que existe una asimetr&iacute;a de conocimiento entre el testigo y el que pregunta pero, como hemos se&ntilde;alado en la definici&oacute;n dada por Coady y por el propio Ricoeur en 1972, esta asimetr&iacute;a queda subsumida bajo el marco de la disputa. Quien interroga al testigo le podr&iacute;a decir: &quot;tu saber es importante siempre y cuando sirva para resolver la disputa en juego&quot;. En realidad la &uacute;nica asimetr&iacute;a pertinente es la que existe entre quien pregunta, que no es simplemente un auditorio, y la posici&oacute;n subordinada del testigo, que proporciona evidencias para la pugna en cuesti&oacute;n. En este contexto no tiene sentido ni la aparici&oacute;n de algo inesperado ni la vocaci&oacute;n o el llamado del testigo a quien le pregunte, porque ese llamado queda anulado bajo la l&oacute;gica del testimonio. Si hay un di&aacute;logo, como ser&iacute;a la segunda alternativa, s&iacute; hay un reconocimiento del otro, y en tanto lo que diga no quede subordinado a cierto tipo de preguntas, su auditorio puede ser llamado a realizar ciertas cosas o sorprendido por lo inesperado.</p>     <p>La tercera particularidad del testimonio, tal como es definido en esta obra, consiste en caracterizarlo como una instituci&oacute;n natural. Ricoeur considera que la estabilidad de la palabra dada es una 'instituci&oacute;n natural' por antonomasia, pues brinda seguridad a las relaciones constitutivas del v&iacute;nculo social y permite que el mundo social devenga un mundo intersubjetivamente compartido. El mundo compartido, a su vez, establece lazos de confianza e interdependencia entre sus miembros. Nos enfrentamos aqu&iacute; con una estrategia doble por parte del fil&oacute;sofo. En primer lugar, toma distancia de la concepci&oacute;n judiciaria del testimonio que &eacute;l mismo defend&iacute;a en la d&eacute;cada del setenta. Si bien, por una parte, esta modificaci&oacute;n ampl&iacute;a este concepto a &aacute;mbitos extrajudiciales, de los cuales estaba excluido, por la otra parte, tambi&eacute;n resulta m&aacute;s restrictivo. En efecto, el testimonio acaba por asociarse con una manifestaci&oacute;n oral entre al menos dos personas, lo que lo aleja de una definici&oacute;n de al estilo de Marc Bloch, quien considera testimonial toda obra humana<sup><a href="#13" name="s13">13</a></sup>. El segundo aspecto de esta estrategia consiste en retrotraer al concepto de testimonio y anclarlo en la antropolog&iacute;a del hombre capaz, lo que permite agruparlo junto con otros actos del habla, como la promesa, que especifican la identidad ipse del ser humano. As&iacute;, leemos: &quot;la actividad de testimoniar, entendida de este lado de la bifurcaci&oacute;n entre su uso judicial y su uso historiogr&aacute;fico, revela entonces la misma amplitud y el mismo alcance que la de narrar en virtud del claro parentesco entre las dos actividades, a lo que habr&aacute; que a&ntilde;adir enseguida el acto de prometer, cuyo parentesco con el testimonio permanece m&aacute;s oculto.&quot; (Ricoeur, 2000, p. 203).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La &uacute;ltima definici&oacute;n de testimonio brindada por Ricoeur, tal como acabamos de describir, es cualitativamente diferente al testimonio jur&iacute;dico, que sirve en &uacute;ltima instancia de modelo al testimonio como fuente documental en la operaci&oacute;n hist&oacute;rica. Es por este motivo que debemos establecer, en primer lugar, c&oacute;mo es posible que el testimonio como instituci&oacute;n natural dial&oacute;gica pueda volverse el testimonio jur&iacute;dico se&ntilde;alado al comienzo. El segundo tema que deberemos abordar es la manera en la que esta definici&oacute;n afecta a la historia en tanto tal.</p>     <p>Con respecto al primer tema, al asociarse al testimonio con una creencia no d&oacute;xica, como lo es la atestaci&oacute;n, se establece un abismo infranqueable entre &eacute;l y las fuentes documentales que utiliza el historiador. Dado que el testimonio se utiliza como fuente de evidencias hist&oacute;ricas, el fil&oacute;sofo debe dar cuenta de c&oacute;mo puede quedar nivelado con las dem&aacute;s fuentes. Para explicarlo recurre a la figura del archivo. El archivista es quien transcribe las declaraciones orales para preservarlas y clasificarlas. El pasaje del medio oral al escrito tambi&eacute;n produce una ruptura con la estructura dial&oacute;gica que defin&iacute;a al testimonio y, en su lugar, se hace presente la l&oacute;gica de la declaraci&oacute;n, que permite introducir aquellos elementos cr&iacute;ticos que aseguren la objetividad de lo dicho. El archivista aplica toda herramienta cr&iacute;tica a su alcance para distinguir <i>la declaraci&oacute;n verdadera de la falsa. </i>El ideal del paradigma de registro con el que se mueven permite preservar el car&aacute;cter contrastable de las pruebas y, por lo tanto, la pretensi&oacute;n de verdad en historia<sup><a href="#14" name="s14">14</a></sup>. &quot;...Estos testimonios orales s&oacute;lo constituyen documentos una vez registrados; dejan la esfera oral para entrar en la de la escritura, se alejan as&iacute; de la funci&oacute;n del testimonio en la conversaci&oacute;n ordinaria. Se puede afirmar entonces que la memoria est&aacute; archivada, documentada. Su objeto ha dejado de ser un recuerdo en el sentido propio del t&eacute;rmino, es decir, retenido en relaci&oacute;n de continuidad y de apropiaci&oacute;n respecto a un presente de la conciencia.&quot; (Ricoeur, 2000, p. 226). M&aacute;s all&aacute; de la cuesti&oacute;n propiamente metodol&oacute;gica, el archivo modifica ontol&oacute;gicamente el car&aacute;cter del testimonio. El testigo tiene un contacto directo con el acontecimiento a trav&eacute;s de la memoria, y lo atesta, pero una vez filtrado cr&iacute;ticamente y fijado de manera escrita se pierde ese v&iacute;nculo directo con el pasado, dejando en su lugar un hecho verificable. Como lo expone el propio autor, &quot;Un recuerdo archivado ha dejado de ser en el sentido propio de la palabra un recuerdo, es decir, algo que mantiene una relaci&oacute;n de continuidad y de pertenencia con un presente del que se es consciente. Ha adquirido el estatuto de resto documental.&quot; (Ricoeur, 1999, p. 45).</p>     <p>La distinci&oacute;n entre esta dimensi&oacute;n fiable del testimonio y el componente contrastable permite elaborar los detalles de c&oacute;mo se lleva a cabo la l&oacute;gica de la tradici&oacute;n que hab&iacute;a sido esbozada en <i>Tiempo y Narraci&oacute;n. </i>En esta obra, Ricoeur busc&oacute; precisar el problema de la receptividad de la eficacia de la historia y la tradici&oacute;n, distinguiendo tres conceptos de tradici&oacute;n. La <i>tradicionalidad </i>como instancia formal que nos remite a una categor&iacute;a trascendental de la historia. Esta dimensi&oacute;n se&ntilde;ala la tensi&oacute;n dentro del espacio de experiencia entre la eficiencia del pasado que sufrimos y la recepci&oacute;n del pasado que realizamos. Este sentido nos conduce a la dial&eacute;ctica entre alejamiento y desdistanciamiento propia de la distancia temporal. Las <i>tradiciones, </i>en cambio, hacen referencia al contenido material transmitido en tanto portadores de sentido. B&aacute;sicamente se trata de la lucha por el <i>reconocimiento del sentido </i>que nos resulta a la vez extra&ntilde;o y familiar. Finalmente, la tradici&oacute;n es la asociaci&oacute;n de las proposiciones de sentido con una pretensi&oacute;n de verdad. Las proposiciones de sentido heredadas se constituyen en los prejuicios sobre los que comprendemos el pasado. Como toda proposici&oacute;n, ellas poseen una pretensi&oacute;n de verdad, pero tambi&eacute;n recibido del pasado. Ricoeur nos advierte que por haber recibido esta <i>presunci&oacute;n de verdad </i>de nuestros antepasados, no debemos convertirla en un principio legitimante o ideol&oacute;gico. Dentro de la eficacia de la historia hay un lugar para la cr&iacute;tica, que se logra tomando conciencia de la situaci&oacute;n hist&oacute;rica del ser humano y gracias al momento de la distanciaci&oacute;n de lo comprendido.</p>     <p>Para comprender el modo en que el concepto de testimonio articula este triple concepto de tradici&oacute;n en la historia, debemos recordar brevemente de qu&eacute; manera el fil&oacute;sofo concibe lo que &eacute;l denomina <i>operaci&oacute;n hist&oacute;rica. </i>Dentro de esta operaci&oacute;n se reconocen tres fases, que no constituyen estadios cronol&oacute;gicamente diferentes, sino momentos metodol&oacute;gicos imbricados el uno en el otro. La primera va desde la declaraci&oacute;n de los testigos oculares a la constituci&oacute;n de los archivos y tiene como programa epistemol&oacute;gico el establecimiento de la prueba documental. En su opini&oacute;n, esta fase posee una primac&iacute;a epistemol&oacute;gica por sobre las otras dos pues &quot;.es aquello que, en historia, se acerca m&aacute;s al criterio popperiano de verificaci&oacute;n o refutaci&oacute;n.&quot; (Ricoeur, 2000, p. 443). La segunda fase, denominada <i>explicativa/comprensiva, </i>hace referencia al encadenamiento entre los hechos documentales por medio de los usos l&oacute;gicamente heterog&eacute;neos del conector porque. Por &uacute;ltimo, la fase <i>representativa </i>hace referencia a la narrativizaci&oacute;n del discurso. En esta &uacute;ltima etapa se declara plenamente la intenci&oacute;n del historiador de representar el pasado <i>tal como </i>se produjo. Existe un cuarto momento dentro de la operaci&oacute;n hist&oacute;rica, en el que hace su aparici&oacute;n el compromiso social e institucional del historiador y es la <i>interpretaci&oacute;n. </i>Siguiendo el ideario hermen&ecirc;utico, Ricoeur no contempla a la interpretaci&oacute;n como una fase m&aacute;s entre las otras fases, sino que, todo lo contrario, &quot;...lejos de constituir, como la representaci&oacute;n, una fase -incluso no cronol&oacute;gica- de la operaci&oacute;n historiogr&aacute;fica, la interpretaci&oacute;n procede m&aacute;s bien de la reflexi&oacute;n segunda sobre todo el curso de esta operaci&oacute;n; re&uacute;ne todas sus fases, subrayando as&iacute; a la vez la imposibilidad de la reflexi&oacute;n total del conocimiento hist&oacute;rico sobre s&iacute; mismo y la validez del proyecto de verdad de la historia dentro de los l&iacute;mites de su espacio de validez.&quot; (Ricoeur, 2000, pp. 436-7). Esto significa que la fase documental, en donde se incorpora el testimonio asentado y analizado cr&iacute;ticamente por el archivista, influye en las decisiones del historiador, pero, en &uacute;ltima instancia, el motor y articulador de toda la operaci&oacute;n hist&oacute;rica se apoya en la interpretaci&oacute;n del historiador. De esta manera, el historiador, en su di&aacute;logo con los testigos hereda, su v&iacute;nculo directo con el pasado, que nos remite al sentido de <i>las tradiciones. </i>Finalmente <i>la tradici&oacute;n </i>nos remite al deseo de los testigos de que tomemos los acontecimientos por ellos relatados como verdaderos, y el historiador s&oacute;lo logra tomar una distancia cr&iacute;tica respecto de este relato gracias al archivo. Por todo esto, la fiabilidad, asociada con el testimonio y la memoria, en tanto experiencia con lo sido, precede en &uacute;ltima instancia a la certeza del conocimiento del pasado propia de la historia. &quot;La historia puede ampliar, completar, corregir, hasta refutar el testimonio de la memoria, pero no lo puede abolir.&quot; (Ricoeur, 2000, p. 647).</p>     <p>El segundo tema que analizaremos aqu&iacute; consiste en establecer la incidencia de retrotraer el concepto de testimonio directamente a la antropolog&iacute;a del hombre capaz en el concepto mismo de historia. Por una parte, le cierra el camino a toda definici&oacute;n que se apoye en el ideal cientificista cuyo objeto fuera solamente dar cuenta de los acontecimientos pasados. En su lugar, permite elaborar una concepci&oacute;n que se subordine a los problemas de la vida, tal como oportunamente lo hiciera Nietzsche<sup><a href="#15" name="s15">15</a></sup>. Ricoeur explota esta faceta d&aacute;ndole un giro anal&iacute;tico a la propuesta de Todorov acerca de que la historia no debe buscar una simple verdad factual, sino liberadora<sup><a href="#16" name="s16">16</a></sup>. En su estudio sobre la dimensi&oacute;n pragm&aacute;tica de la memoria, el fil&oacute;sofo recoge la distinci&oacute;n freudiana entre duelo y melancol&iacute;a, enfatizando sobre todo los potenciales peligros de neurosis causados por reprimir ciertos recuerdos. La ausencia de duelo por la desaparici&oacute;n de la persona amada o la abstracci&oacute;n que ocupe ese lugar, acaba por empobrecer y vaciar al yo. Parte del objetivo de la secci&oacute;n dedicada a la condici&oacute;n hist&oacute;rica consiste en establecer la aplicabilidad de estas categor&iacute;as al plano hist&oacute;rico, mostrando que ellas se deben a una estructura de la existencia colectiva.</p>     <p>Para llevar a cabo esta ampliaci&oacute;n, Ricoeur muestra de qu&eacute; manera las estructuras existenciarias como el ser-deudor o el ser-para-la-muerte son aplicables a la historia, y el anclaje del testimonio a la antropolog&iacute;a del hombre capaz se constituye en una instancia fundamental para lograrlo. En efecto, la atestaci&oacute;n es asociada con el modo veritativo de concebir el precursor-estado-de-resuelto heideggeriano. En este existenciario se articulan propia y originalmente los tres &eacute;xtasis temporales: advenir, sido y presente, por lo que Ricoeur debe encontrar tres momentos de la condici&oacute;n hist&oacute;rica que cumplan funciones equivalentes a cada uno de estos &eacute;xtasis: &quot;el rol de posibilizaci&oacute;n asignado a la metacategor&iacute;a de la condici&oacute;n hist&oacute;rica halla la ocasi&oacute;n de ejercerse con la correlaci&oacute;n entre atestaci&oacute;n en el futuro y atestaci&oacute;n en el pasado. A lo que hay que a&ntilde;adir la atestaci&oacute;n en el presente que se refiere al yo puedo...&quot; (Ricoeur, 2000, p. 472). La atestaci&oacute;n ligada con el advenir es la promesa, en tanto el testimonio es el correlato sido de la atestaci&oacute;n: &quot;.es posible considerar el testimonio, tal como lo hemos conocido en la presente obra, bajo sus formas retrospectivas, en la vida cotidiana, en el tribunal o en la historia, como el correlato en el pasado de la atestaci&oacute;n que se refiere al poder-ser aprehendido bajo la figura del 'adelantarse'.&quot; (Ricoeur, 2000, p. 471). Resulta interesante comparar aqu&iacute; la propuesta del testimonio hecha en el coloquio de Castelli, e incluso en su exposici&oacute;n de 1989 mencionada m&aacute;s arriba, con esta &uacute;ltima menci&oacute;n. En las primeras, en el testimonio est&aacute; incorporado el componente vocativo propio de la ontolog&iacute;a heideggeriana. En la obra del 2000, en cambio, el testimonio queda asociado al momento del sido, contraponi&eacute;ndose a la promesa ligada al futuro. Sin embargo, este car&aacute;cter vocativo est&aacute; todav&iacute;a presente, aunque trasladado del testimonio a la estructura del hombre capaz. De lo contrario, no ser&iacute;a posible mantener la distinci&oacute;n de Todorov entre memoria literal y memoria ejemplar en la que tanto insiste Ricoeur.</p>     <p>Realizada esta ampliaci&oacute;n a nivel colectivo de categor&iacute;as de la existencia, Ricoeur est&aacute; en condiciones de sostener que en este nivel tambi&eacute;n es necesario hacer duelo de las heridas del pasado, pues de otra manera nos paralizar&iacute;an. Ello no se logra a trav&eacute;s del olvido en general o la amnist&iacute;a, que nos har&iacute;an caer en la melancol&iacute;a y la compulsi&oacute;n a la repetici&oacute;n, sino el perd&oacute;n. Se trata a grandes rasgos de desligar al agente de su acto, de manera que se perdona al culpable, dejando presente lo imperdonable del acto. Uno de los aspectos necesarios para el apaciguamiento de la memoria es lograr un equivalente escriturario del rito de la sepultura, que ayuda a nivel individual en el proceso del duelo a transformar en presencia interior la ausencia f&iacute;sica del objeto perdido. El fil&oacute;sofo sugiere &quot;considerar la operaci&oacute;n historiogr&aacute;fica como el equivalente escriturario del rito social de la sepultura.&quot; (Ricoeur, 2000, p. 476) y para hacerlo recoge el concepto de 'la inversi&oacute;n literaria de los procedimientos propios de la investigaci&oacute;n' de De Certeau como instancia que posibilita la conversi&oacute;n de la sepultura lugar en sepultura acto. Este concepto conlleva dos aspectos: por una parte, la escritura exorciza a la muerte introduci&eacute;ndola en el discurso; y por la otra, ejerce una funci&oacute;n simbolizadora que permite a la sociedad situarse d&aacute;ndose en el lenguaje un pasado.</p>     <p>&iquest;C&oacute;mo se puede incorporar la muerte en la historia para que el logos del otro haga su aparici&oacute;n y no se convierta en un 'teatro de sombras'? El modo en que se articula memoria e historia, fidelidad y verdad, va a ser esbozado en su propuesta de reunir los conceptos de representaci&oacute;n-objeto y representaci&oacute;n-operaci&oacute;n, como v&iacute;a de evitar la degeneraci&oacute;n del concepto de representaci&oacute;n. El primero est&aacute; asociado al objeto del discurso del historiador. Su estructura tiene estrechos v&iacute;nculos con la imagen mnemot&eacute;cnica respecto al pasado tanto en la ideal de fidelidad a &eacute;l como por sus problemas para lograrlo. El otro, por su parte, est&aacute; vinculado con la tarea literaria del historiador de hacer una obra de historia. El eje de esta reuni&oacute;n se realizar&iacute;a en la actividad mim&eacute;tica: &quot;una hip&oacute;tesis acude entonces a la mente: el historiador, en tanto hace la historia, &iquest;no imitar&iacute;a de manera creadora, al llevar al nivel del discurso erudito, el gesto interpretativo por el cual los y las que hacen la historia intentan comprenderse a s&iacute; mismos y a su mundo? La hip&oacute;tesis es particularmente plausible en una concepci&oacute;n pragm&aacute;tica de la historiograf&iacute;a que cuida de no separar las representaciones de las pr&aacute;cticas por las cuales los agentes sociales instauran el v&iacute;nculo social y lo dotan de identidades m&uacute;ltiples.&quot; (Ricoeur, 2000, p. 295). De esta manera, el testimonio se vuelve a presentar como una instancia clave de articulaci&oacute;n, pues la reuni&oacute;n de la representaci&oacute;n-objeto y la representaci&oacute;n-operaci&oacute;n s&oacute;lo es posible si se abandona la tesis de que el historiador inventa la puesta en intriga, y en su lugar, se sostiene que ellos la toman de los propios actores que vivieron el acontecimiento. De m&aacute;s est&aacute; decir que para que ello sea posible, el historiador debe haber recibido el testimonio directamente de los testigos, y no mediado por el archivo.</p>     <p><b>A MANERA DE CONCLUSI&Oacute;N</b></p>     <p>A lo largo de este trabajo hemos analizado la evoluci&oacute;n del concepto de testimonio de Paul Ricoeur y lo hemos comparado con otra definici&oacute;n tambi&eacute;n jur&iacute;dica, como la de C.A.J. Coady. Hemos visto, de qu&eacute; manera a&uacute;n cuando en su primera conferencia se defend&iacute;a un concepto jur&iacute;dico del testimonio, este concepto inclu&iacute;a otros aspectos ajenos a Coady como su componente moral y la idea de un testimonio de sentido. Apoy&aacute;ndose en esta definici&oacute;n y en el concepto de lo injustificable, el fil&oacute;sofo estuvo en condiciones de esbozar un modo alternativo de elevarse a lo absoluto.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Hemos propuesto que en su obra del a&ntilde;o 2000 el fil&oacute;sofo abandona dos componentes que hasta ese momento hab&iacute;an sido centrales en la definici&oacute;n de testimonio, la idea de que &eacute;ste se encontraba enmarcado por una disputa y que era una declaraci&oacute;n. En su lugar, se propone al testimonio como una <i>instituci&oacute;n naturaldial&oacute;gica </i>independiente. Esta redefinici&oacute;n le result&oacute; lo suficientemente apta como para desarrollar la relaci&oacute;n previamente se&ntilde;alada entre memoria e historia.</p>     <p>De todo este an&aacute;lisis nos han quedado pendientes dos inc&oacute;gnitas. La primera serie de inc&oacute;gnitas tiene que ver con el hecho de que en los dos textos donde aborda la cuesti&oacute;n del testimonio el fil&oacute;sofo haya definido a este concepto teniendo como figuras paradigm&aacute;ticas a las v&iacute;ctimas de lo injustificable. &iquest;Hasta d&oacute;nde estos testigos particulares no inciden en la definici&oacute;n de testimonio? &iquest;Se podr&iacute;a considerar aplicable esta definici&oacute;n a todos los dem&aacute;s casos de testimonio? Y si este fuera el caso, &iquest;c&oacute;mo se podr&iacute;a justificar el car&aacute;cter paradigm&aacute;tico de este tipo de testigos?</p>     <p>La &uacute;ltima inquietud que nos surge aqu&iacute; est&aacute; vinculada con el gran cambio que ha tenido la definici&oacute;n &quot;cotidiana o del sentido com&uacute;n&quot; de este concepto que comienza caracteriz&aacute;ndose como una declaraci&oacute;n en el marco de una discusi&oacute;n y acaba como una <i>instituci&oacute;n natural </i>dial&oacute;gica. Al no haber una explicaci&oacute;n del motivo de este desplazamiento, a uno le surge la sospecha de que las definiciones que nos brinda no surgen de las cosas mismas, sino que m&aacute;s bien est&aacute;n supeditadas a una concepci&oacute;n previa de historia.</p> <hr>     <p><sup><a href="#s1" name="1">1</a></sup> La traducci&oacute;n es de mi autor&iacute;a. </p>     <p><sup><a href="#s2" name="2">2</a></sup> La traducci&oacute;n es de mi autor&iacute;a.</p>     <p><a href="#s3" name="3"><sup>3</sup></a> La traducci&oacute;n es de mi autor&iacute;a.</p>     <p><sup><a href="#s4" name="5">4</a></sup>&nbsp;La traducci&oacute;n es de mi autor&iacute;a.</p>     <p><sup><a href="#s5" name="5">5</a></sup>&nbsp;Cf. 5 de este art&iacute;culo.</p>     <p><a href="#s6" name="6"><sup>6</sup></a> Cf. Ricoeur, 2000, p. 600.</p>     <p><a href="#s7" name="7"><sup>7</sup></a> Cf. Ricoeur, 2000, pp. 211 y ss. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#s8" name="8"><sup>8</sup></a> Cf. Ricoeur, 2000, p. 203.</p>     <p><a href="#s9" name="9"><sup>9</sup></a> Cf. <i>Supra, </i>p. 42.</p>     <p><a href="#s10" name="10"><sup>10</sup></a> La traducci&oacute;n es de mi autor&iacute;a. </p>     <p><a href="#s11" name="11"><sup>11</sup></a> La traducci&oacute;n es de mi autor&iacute;a.</p>     <p><a href="#s12" name="12"><sup>12</sup></a> Cf. Gadamer, 1996, pp. 442 y ss.</p>     <p><sup><a href="#s13" name="13">13</a></sup> Cf. Bloch (1998), p. 172: &quot;La diversidad de los testimonios hist&oacute;ricos es casi infinita. Todo lo que el hombre dice o escribe, todo lo que fabrica, todo lo que toca puede y debe informarnos acerca de &eacute;l.&quot;</p>     <p><a href="#s14" name="14"><sup>14</sup></a> Cf. Ricoeur, 2000, p. 443. Tambi&eacute;n Ricoeur, 1996, p. 71.</p>     <p><sup><a href="#s15" name="15">15</a></sup>&nbsp;Esta subordinaci&oacute;n de la historia a la vida se observa con especial claridad en el aforismo final de Ricoeur: &quot;bajo la historia, la memoria y el olvido. Bajo la memoria y el olvido, la vida. Pero escribir la vida es otra historia. Inconclusi&oacute;n.&quot; (Ricoeur, 2000, p. 657). En la edici&oacute;n espa&ntilde;ola se ha traducido la preposici&oacute;n sous como en, en lugar de bajo, con lo que, creo, el aforismo pierde su sentido.</p>     <p><sup><a href="#s16" name="16">16</a></sup>&nbsp;Cf. Ricoeur, 2000, p. 105: &quot;esta preocupaci&oacute;n enlaza con los objetivos precedentes aprovechando el consejo realmente atinado de Todorov de extraer de los recuerdos traumatizantes el valor ejemplar que s&oacute;lo el trastrocamiento de la memoria en proyecto puede hacer pertinente. Si el traumatismo remite al pasado, el valor ejemplar orienta hacia el futuro.&quot;</p> <hr>     <p><b>REFERENCIAS</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Bloch, Marc (1998) <i>Apolog&iacute;a para la historia o el oficio del historiador,</i>M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000083&pid=S1692-8857200800020000300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Coady, C. A. J. (1992) <i>Testimony - A Philosophical Study, </i>Oxford: Clarendon Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000084&pid=S1692-8857200800020000300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Gadamer, H. G. (1996) Verdad y M&eacute;todo I: Fundamentos de una <i>hermen&eacute;utica filos&oacute;fica, </i>Salamanca: S&iacute;gueme. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000085&pid=S1692-8857200800020000300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Greisch, Jean (2001) <i>Paul Ricoeur, L'itin&eacute;rance du sens, </i>Grenoble: J&eacute;r&ocirc;me Millon.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000086&pid=S1692-8857200800020000300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Lyotard, J. F (1988) <i>The Differend: Phrases in Dispute, </i>Minneapolis: University of Minnesota Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S1692-8857200800020000300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ricoeur, P. (1972) &quot;L'hermeneutique du t&eacute;moignage&quot;, <i>Archivio di</i> <i>Filosofia, </i>42, N&deg; 1 y 2, pp. 35-61. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000088&pid=S1692-8857200800020000300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ricoeur, P. (1989) &quot;Emmanuel L&eacute;vinas, penseur du t&eacute;moignage&quot;, <i>R&eacute;pondre d'autrui Emmanuel Levinas </i>(J.C. Aeschlimann Ed.), Editions de la Baconni&egrave;re, Boudry-Neuch&acirc;tel, pp. 17-40. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000089&pid=S1692-8857200800020000300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ricoeur, P. (1996) <i>S&iacute; mismo como otro, </i>Madrid: Siglo XXI Editores. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000090&pid=S1692-8857200800020000300008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ricoeur, P. (1999) <i>La lectura del tiempo pasado: Memoria y olvido,</i> Madrid: Arrecife. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000091&pid=S1692-8857200800020000300009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ricoeur, P. (2000) La m&eacute;moire, l'histoire, l'oublie, Par&iacute;s, Seuil. Traducci&oacute;n al castellano: (2004) <i>La memoria, la historia, el olvido,</i> Buenos Aires: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000092&pid=S1692-8857200800020000300010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Wiesel, Elie, &quot;The Holocaust as a Literary Inspiration&quot;, en <i>Dimensions</i> <i>of the Holocaust, </i>Evanston: Northwestern University Press, 1977&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000093&pid=S1692-8857200800020000300011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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