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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[EL NUDO DEL MUNDO. SUBJETIVIDAD Y ONTOLOGÍA DE LA PRIMERA PERSONA]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This paper looks for to show the relevance of the perspective of the first person through a phenomenological approach. As opposed to the refusal of the different tendencies from the analytical philosophy of mind, cognitive sciences and neuroscience to consider the reality of the mental states like subjective phenomena, outline a revision of the question with the purpose of indicating to the relation between the subjective experience and a ontology of the first person.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4"><b>EL NUDO DEL MUNDO. SUBJETIVIDAD Y ONTOLOG&Iacute;A DE LA PRIMERA PERSONA</b></font></p>     <p align="center"><font size="3"><b>THE KNOT OF THE WORLD. SUBJECTIVITY AND ONTOLOGY OF THE FIRST PERSON</b></font></p>     <p><b>Pedro Enrique Garc&iacute;a Ruiz*</b></p>     <p>* Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico. <a href="mailto:enriquegr@correo.unam.mx"><i>enriquegr@correo.unam.mx</i></a></p>     <p>Fecha de recepci&oacute;n: octubre 2008     <br> Fecha de revisi&oacute;n: enero 2009     <br> Fecha de aceptaci&oacute;n: febrero 2009</p> <hr>     <p><b>RESUMEN</b></p>     <p>Este ensayo busca mostrar la relevancia de la perspectiva de la primera persona a trav&eacute;s de un enfoque fenomenol&oacute;gico. Frente a la negativa de las distintas tendencias de la filosof&iacute;a de la mente anal&iacute;tica, las ciencias cognitivas y las neurociencias de considerar la realidad de los estados mentales como fen&oacute;menos subjetivos, se esboza una revisi&oacute;n de la cuesti&oacute;n con la finalidad de se&ntilde;alar la relaci&oacute;n entre la experiencia subjetiva y una ontolog&iacute;a de la primera persona.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>PALABRAS CLAVE    <br> <i>Conciencia, autoconciencia, perspectiva de la primera persona, fenomenolog&iacute;a, neurociencia, ciencia cognitiva, filosof&iacute;a de la mente.</i></p> <hr>     <p><b>ABSTRACT</b></p>     <p>This paper looks for to show the relevance of the perspective of the first person through a phenomenological approach. As opposed to the refusal of the different tendencies from the analytical philosophy of mind, cognitive sciences and neuroscience to consider the reality of the mental states like subjective phenomena, outline a revision of the question with the purpose of indicating to the relation between the subjective experience and a ontology of the first person.</p>     <p>KEY WORDS    <br> <i>Consciousness, self-consciousness, first person perspective, phenomenology, neuroscience, cognitive science, philosophy of mind.</i></p> <hr>     <p align="right">La identidad del sujeto volente con el sujeto cognoscente, por medio de    <br>  la cual (y, por cierto, necesariamente) la palabra &quot;Yo&quot; incluye y designa a    <br>   ambos, es el nudo del mundo, y, por tanto, inexplicable.</p>     <p align="right">A. Schopenhauer     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <i>La cu&aacute;druple ra&iacute;z del    <br>  principio de raz&oacute;n suficiente</i></p>     <p><b>1. A MODO DE INTRODUCCI&Oacute;N</b></p>     <p>&laquo;'Yo soy consciente de m&iacute; mismo'. Este es un pensamiento que contiene ya un doble Yo: el Yo como sujeto y el Yo como objeto. C&oacute;mo es posible que yo, el 'yo pienso', me sea un objeto (de intuici&oacute;n) y pueda diferenciarme as&iacute; de m&iacute; mismo es algo sencillamente imposible de explicar, a pesar de ser un <i>factum </i>indudable&raquo; (Kant, 1804, 31). La perplejidad kantiana por la conciencia de uno mismo, que comparti&oacute; en su momento Schopenhauer, sigue presente en las discusiones contempor&aacute;neas de la filosof&iacute;a de la mente, las ciencias cognitivas y las neurociencias. Despu&eacute;s de varias d&eacute;cadas de hegemon&iacute;a de conductismo, eliminacionismo, fisicalismo, y funcionalismo, el problema de la subjetividad nuevamente ha cobrado importancia, sin que el &quot;problema kantiano&quot; haya desaparecido. Susan Greenfield, reconocida especialista en neurofisiolog&iacute;a de la universidad de Oxford, es un buen ejemplo, entre muchos otros, de la mencionada perplejidad frente a la conciencia de s&iacute; desde una perspectiva cient&iacute;fica. &quot;La conciencia es imposible de definir. Sin embargo, s&eacute; que soy consciente y asumo que la dem&aacute;s gente tambi&eacute;n lo es&quot; (1998, 210). Siendo un fen&oacute;meno por definici&oacute;n subjetivo, la conciencia se ha convertido en un &quot;anatema&quot; para los cient&iacute;ficos &quot;porque la esencia de la ciencia es la objetividad&quot; (1998, 211). Ante este desaf&iacute;o se ha intentado mostrar que el enfoque de la actual ciencia del cerebro puede dar cuenta de la conciencia sin necesidad de ceder a una perspectiva subjetiva. As&iacute;, la conciencia se concibe como una propiedad, o mejor dicho, como un &quot;rasgo neuronal&quot; del cerebro (Koch, 2004, 29). Francis Crick ha llamado a esta tesis la &quot;hip&oacute;tesis revolucionaria&quot;: &quot;'usted', sus alegr&iacute;as y sus penas, sus recuerdos y sus ambiciones, su propio sentido de la identidad personal y su libre voluntad, no son m&aacute;s que el comportamiento de un vasto conjunto de c&eacute;lulas nerviosas y de mol&eacute;culas asociadas&quot; (Crick, 1990, 3). Negar que la perspectiva de la primera persona sea relevante para poder dar cuenta del fen&oacute;meno de lo mental, es un tema presente desde hace mucho tiempo en la filosof&iacute;a de filiaci&oacute;n empirista. Ya Hume, nos recuerda Kripke, sostuvo que en las llamadas experiencias subjetivas como dolores, deseos, creencias, percepciones auditivas y visuales, etc., no se encuentra presente ning&uacute;n &quot;yo&quot; sino s&oacute;lo lo experimentado. De ah&iacute; que Wittgenstein haya suscrito la afirmaci&oacute;n de Lichtenberg: en lugar de decir &quot;yo pienso&quot; habr&iacute;a que decir con mayor precisi&oacute;n &quot;algo piensa&quot; (Kripke, 1982, 134).</p>     <p>Desde el &quot;giro&quot; hermen&eacute;utico-ling&uuml;&iacute;stico de la filosof&iacute;a, que se suele atribuir a Heidegger y Wittgenstein, plantear el tema de la &quot;conciencia&quot; o de la &quot;subjetividad&quot; levanta la sospecha de defender un paradigma cartesiano -el mentalismo- que ya no posee importancia alguna. &quot;Precisamente lo que para la filosof&iacute;a posterior a Occam o a Descartes era lo &uacute;nico cierto del conocimiento humano -la evidencia de mi experiencia interna- es algo ahora irrelevante, si de lo que se trata es de una comprensi&oacute;n del mundo y de s&iacute; mismo v&aacute;lida intersubjetivamente&quot; (Apel, 1991, 55). La contundencia de esta afirmaci&oacute;n es caracter&iacute;stica de las posturas que ven en la &quot;experiencia interna&quot; o &quot;introspecci&oacute;n&quot;, solamente problemas mal planteados, o mejor dicho, falsos problemas. Para Gilbert Ryle esta confusi&oacute;n se resume en la &quot;doctrina oficial&quot;, cuyo origen es cartesiano y &quot;sostiene que, excepto en el caso de los idiotas y los reci&eacute;n nacidos, todo ser humano tiene un cuerpo y una mente&quot; (Ryle, 1949, 25). El error del mentalismo radica en afirmar que lo propio de la subjetividad es su irreductibilidad a criterios f&iacute;sicos, inaccesibles al dominio intersubjetivo. Descartes plante&oacute;, en efecto, que &quot;para ser no tenemos necesidad de extensi&oacute;n, de figura, de ser en alg&uacute;n lugar, ni de alguna cosa semejante que se pueda atribuir al cuerpo, y manifiestamente conocemos que nosotros somos en raz&oacute;n s&oacute;lo de que pensamos&quot; (Descartes, 1644, 25-26). Sin embargo, el dualismo que supone esta afirmaci&oacute;n dista mucho de ser algo claro. Es problem&aacute;tico por muchas razones; una de las m&aacute;s importantes es lo que se conoce como el problema del &quot;interaccionismo&quot; entre sustancias. &iquest;C&oacute;mo puede una sustancia inmaterial ejercer causalidad f&iacute;sica? Descartes no tuvo una respuesta para esta cuesti&oacute;n m&aacute;s all&aacute; de sugerir que posiblemente es en la gl&aacute;ndula pineal donde lo mental y lo f&iacute;sico interact&uacute;an (Descartes, 1649, 102-105). En todo caso, lo cuestionable de la postura cartesiana radica en los supuestos epist&eacute;micos que subyacen a su planteamiento mentalista. En <i>Los principios de la filosof&iacute;a </i>Descartes recurre expl&iacute;citamente a lo que se denomina ahora &quot;psicolog&iacute;a popular&quot;. &quot;No explico en este lugar otros diversos t&eacute;rminos de los que ya me he servido y de los que he de hacer uso adelante, pues no creo que alguno de los lectores de mis escritos sea tan est&uacute;pido que no pueda llegar a comprender por s&iacute; mismo lo que tales t&eacute;rminos significan&quot; (1644, 27). Contra este saber obvio, precient&iacute;fico, van dirigidos los argumentos de la filosof&iacute;a de la mente y las ciencias cognitivas. Al carecer de una explicaci&oacute;n cient&iacute;fica rigurosa el dualismo y el vitalismo &quot;se han visto relegados al basurero de la historia, junto con la alquimia y la astrolog&iacute;a&quot; (Dennett, 1996, 37).</p>     <p>Ahora, gracias a los avances de las neurociencias, sabemos del &quot;error de Descartes&quot;: &quot;la separaci&oacute;n abismal entre el cuerpo y la mente, entre el material del que est&aacute; hecho el cuerpo, medible, dimensionado, infinitamente divisible, por un lado, y la esencia de la mente, que no se puede medir, no tiene dimensiones, es asim&eacute;trica, no divisible&quot; (Damasio, 1994, 286). Paul M. Churchland, uno de los m&aacute;s importantes defensores del &quot;materialismo eliminativo&quot;, sostuvo en un libro ya cl&aacute;sico que el estudio de lo mental ten&iacute;a que realizarse desde el modelo de investigaci&oacute;n que proporcionan las neurociencias. A su juicio, gracias a &eacute;stas, se ha exorcizado para siempre el &quot;fantasma&quot; que habitaba en la m&aacute;quina y, finalmente, tenemos una m&aacute;quina limpia y purificada de todo mentalismo.</p>     <p>El entusiasmo de Churchland es palpable: la nueva ciencia de la mente nos podr&aacute; decir con precisi&oacute;n lo que acontece en lo que antes llam&aacute;bamos &quot;conciencia&quot;, sin recurrir al lenguaje de la &quot;psicolog&iacute;a popular&quot;, tan lastrado de equ&iacute;vocos pero que, no obstante, todav&iacute;a no ha sido posible despachar con los argumentos que han planteado los eliminativistas en su contra. Seg&uacute;n Churchland, en realidad no hay creencias, deseos, intenciones, dolores, expectativas, sentimientos, emociones, etc., no al menos como manifestaciones de una supuesta &quot;alma&quot; o &quot;mente&quot;.</p>     <blockquote>       <p>Las explicaciones que nos demos rec&iacute;procamente respecto de nuestras conductas tendr&aacute;n que recurrir a elementos tales como los estados neurofarmacol&oacute;gicos, la actividad nerviosa en zonas anat&oacute;micas especializadas y cualquier otro tipo de estados que la nueva teor&iacute;a juzgue pertinentes. Tambi&eacute;n se transformar&aacute; la introspecci&oacute;n personal y tal vez llegue a adquirir un mayor nivel de profundidad en virtud del marco m&aacute;s preciso en el cual tendr&aacute; que trabajar&quot; (Churchland, 1984, 78).</p> </blockquote>     <p>Lo mental es resultado de complejos sistemas nerviosos, redes neuronales, sinapsis, y otros procesos fisiol&oacute;gicos; la falsedad de las concepciones de sentido com&uacute;n sobre lo mental radica en que son pr&aacute;cticamente irreductibles a los criterios de la neurociencia (Stich, 1983).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Frente a la &quot;doctrina oficial&quot; que Ryle identifica con el dualismo cartesiano y sus diversas manifestaciones conceptuales e hist&oacute;ricas, se ha erigido otra tradici&oacute;n a la que Richard Rorty ha denominado la tradici&oacute;n &quot;Ryle-Dennett&quot; (Rorty, 1982, 325), en la que podr&iacute;amos incluir al propio Rorty, D. M. Armstrong, P. Feyerabend, P. M. Churchland, S. P. Stich, entre otros. Lo caracter&iacute;stico de esta tradici&oacute;n es que el tema de lo mental deja de tener inter&eacute;s y se intenta explicarlo a partir de otras instancias alejadas de los presupuestos del dualismo y de todo aquello que implique o suponga un punto de vista subjetivo.</p>     <p>La &quot;nueva tradici&oacute;n&quot; nos invita a deshacernos de la idea de que los acontecimientos que identificamos como subjetivos acontezcan en una especie de &quot;teatro cartesiano&quot; accesible s&oacute;lo por medio de la introspecci&oacute;n (Cf. Baars, 1997; Dennett, 1991, 51). Gran parte de esta problem&aacute;tica parece radicar en los criterios epistemol&oacute;gicos pero, ante todo, ontol&oacute;gicos, en que se plantea la pregunta por lo subjetivo. &iquest;Es la perspectiva de la primera persona la manera correcta de abordar la pregunta por la conciencia y lo mental? Las respuestas que se han dado son distintas dependiendo del compromiso te&oacute;rico del autor. Tenemos desde negativas contundentes con respecto a la realidad y relevancia de la subjetividad para la comprensi&oacute;n de la mente humana, pasando por intentos de reducirla a un &quot;efecto&quot; del acoplamiento de sistemas neuronales v&iacute;a un paradigma funcionalista y representacional de la mente, hasta posturas que a trav&eacute;s de una visi&oacute;n fuertemente cognitivista o afines a ella, intentan mostrar la relevancia metodol&oacute;gica de la perspectiva de la primera persona. En coincidencia con estas &uacute;ltimas tendencias, algunos representantes de la &uacute;ltima generaci&oacute;n de fenomen&oacute;logos se han interesado en establecer v&iacute;nculos con la filosof&iacute;a anal&iacute;tica de la mente, las ciencias cognitivas y las neurociencias. Esta tarea ya hab&iacute;a sido iniciada en la d&eacute;cada de los ochenta a trav&eacute;s de un fecundo acercamiento entre la obra de Frege y la de Husserl que actualmente se realiza por medio de Brentano.</p>     <p>La defensa de la perspectiva de la primera persona como un hiato de sentido subjetivamente orientado desde el cual se estructura la experiencia, es una postura com&uacute;n a fenomen&oacute;logos que, como Husserl, se oponen a la naturalizaci&oacute;n de la conciencia. La subjetividad de la experiencia humana presenta una tesitura que las ciencias a&uacute;n no han sabido tratar, pues no encaja con el criterio b&aacute;sico del objetivismo epist&eacute;mico: lo f&iacute;sico (cf. Nagel, 1986, 27; Frank, 1995). Para la fenomenolog&iacute;a la experiencia humana se define por ser subjetiva: &quot;Es para m&iacute; una evidencia que toda conciencia es conciencia de mi yo&quot; (Husserl, 1925: 315)<sup><a href="#1" name="s1">1</a></sup>. La perspectiva naturalizada de la conciencia parte de la posibilidad de reducir estados mentales a estados f&iacute;sicos, lo que lleva a una &quot;clausura cognitiva&quot;, es decir, a la imposibilidad de indicar el tipo de relaci&oacute;n que se establece entre un acontecimiento subjetivo y su correlato f&iacute;sico, pues los estados de conciencia no son objeto de percepci&oacute;n alguna, no se pueden considerar los procesos neurofisiol&oacute;gicos como estados de conciencia. &quot;En otras palabras: la conciencia es noumenal con respecto a la percepci&oacute;n del cerebro&quot; (McGinn, 1991, 3). Pese a todo, algunos fil&oacute;sofos de filiaci&oacute;n anal&iacute;tica se han esforzado por mostrar lo problem&aacute;tico de esta concepci&oacute;n, por ejemplo H.-N. Casta&ntilde;eda, Th. Nagel, S. Shoemaker, y J. Searle. En lo que sigue indicar&eacute; algunos de los aspectos de esta cuesti&oacute;n y articular&eacute; una propuesta que asume la defensa de una ontolog&iacute;a de la primera persona.</p>     <p><b>2.   DEL YO NEURAL A LA AUTOCONCIENCIA SIN LENGUAJE</b></p>     <p>El panorama actual sobre la subjetividad se caracteriza por una polarizaci&oacute;n entre dos tendencias representativas de la filosof&iacute;a contempor&aacute;nea<sup><a href="#2" name="s2">2</a></sup>. Una, heredera de los problemas que plante&oacute; la temprana filosof&iacute;a anal&iacute;tica de la mente durante la primera mitad del siglo xx, y la otra por la fenomenolog&iacute;a, &uacute;nica tradici&oacute;n filos&oacute;fica contempor&aacute;nea que no dej&oacute; de considerar el problema de la subjetividad como una cuesti&oacute;n de primer orden, actitud que se refleja actualmente en la discusi&oacute;n que mantiene con las ciencias cognitivas y las neurociencias. La filosof&iacute;a de la mente de inspiraci&oacute;n anal&iacute;tica prepar&oacute;, durante d&eacute;cadas de rigurosos an&aacute;lisis conceptuales, el terreno sobre el que ahora trabajan los representantes de la nueva tradici&oacute;n. El recurso a los resultados de la investigaci&oacute;n emp&iacute;rica en los campos de la inteligencia artificial, la ling&uuml;&iacute;stica computacional, la biolog&iacute;a y la fisiolog&iacute;a del cerebro, la percepci&oacute;n visual, las redes neuronales, entre otros, caracteriza este enfoque que bien podr&iacute;amos llamar interdisciplinario. Pese a la enorme diversidad de estrategias, estas posturas comparten la actitud que asumen frente a lo que he llamado &quot;el problema kantiano&quot;. La subjetividad y las cuestiones que se derivan de ella, como la conciencia, la autoconciencia, y la ipseidad <i>(selfhood</i>)<sup><a href="#3" name="s3">3</a></sup>de la experiencia son, generalmente, reducidas, eliminadas, o, en el mejor de los casos, postergadas. Esta estrategia, com&uacute;n a los enfoques materialistas y funcionalistas, en los que se recurre constantemente a la tesis de la causalidad e identidad entre procesos f&iacute;sicos y mentales, ha tenido como uno de sus resultados m&aacute;s s&oacute;lidos la concepci&oacute;n de lo mental como un efecto de complejos sistemas fisiol&oacute;gicos y neuroling&uuml;&iacute;sticos que posibilitan representaciones del mundo, entre las cuales se encuentra, por supuesto, la representaci&oacute;n de uno mismo. Seg&uacute;n esto, un estado mental es una representaci&oacute;n que se genera a partir de una codificaci&oacute;n de informaci&oacute;n a partir de un est&iacute;mulo del entorno, cuyo resultado es una acci&oacute;n, conducta, creencia, o deseo. La &quot;arquitectura&quot; cognitiva de la conciencia nos permite diferenciar objetos, utilizar s&iacute;mbolos, emplear lenguajes, desarrollar capacidades, y manifestar autoconciencia. A esta concepci&oacute;n se le denomina &quot;teor&iacute;a computacional de la mente&quot;. &quot;Hay hechos de la mente de los que esta teor&iacute;a da raz&oacute;n y que, sin ella, no sabr&iacute;amos en absoluto c&oacute;mo explicar. Adem&aacute;s, su idea central -que los procesos intencionales son operaciones sint&aacute;cticas definidas realizadas sobre representaciones mentales- es de una elegancia sorprendente&quot; (Fodor, 2000, 1).</p>     <p>La teor&iacute;a matem&aacute;tica de la informaci&oacute;n y de la codificaci&oacute;n de Shannon, la ling&uuml;&iacute;stica generativa de Chomsky, la teor&iacute;a de las redes neuronales de Von Neumann, la tesis de la m&aacute;quina de Turing, la teor&iacute;a de la evoluci&oacute;n, e incluso en algunos casos la f&iacute;sica cu&aacute;ntica, tal y como lo ha defendido Roger Penrose, conforman el marco te&oacute;rico de la concepci&oacute;n de lo mental como un producto emergente del cerebro en tanto sistema autoorganizado con funciones jerarquizadas altamente diferenciadas, entre las cuales se encuentran los llamados &quot;correlatos neuronales de la conciencia&quot; que dan por resultado, seg&uacute;n Antonio Damasio, un &quot;yo neural&quot;. Esta tesis se sustenta en una concepci&oacute;n representacional de la mente en la que el yo, entendido como sentido de &quot;miedad&quot; <i>(mineness), </i>se genera a partir de la vigilia, la atenci&oacute;n, la formaci&oacute;n de im&aacute;genes del cuerpo propio y la diferenciaci&oacute;n del entorno espacio-temporal. El &quot;yo neural&quot; es un centro de experiencias consistentes dotadas de una perspectiva enriquecida por la memoria. Damasio no habla de &quot;primera persona&quot; y en su lugar prefiere entender la subjetividad de este yo como una suerte de &quot;archivo&quot; de representaciones que se tiene de uno mismo. &quot;En resumen, la reactivaci&oacute;n incesante de im&aacute;genes actualizadas acerca de nuestra identidad (una combinaci&oacute;n de memorias del pasado y del futuro planeado) constituye una parte considerable del estado del yo, tal como yo lo entiendo&quot; (1994, 221). Pero &iquest;de d&oacute;nde proviene la individualizaci&oacute;n de esta memoria? &iquest;Qu&eacute; dota de ipseidad a las experiencias? Seg&uacute;n Damasio, el origen de las representaciones de uno mismo se encuentra en las cortezas sensoriales, las regiones de asociaci&oacute;n corticales sensoriales y motrices, y en los n&uacute;cleos subcorticales (t&aacute;lamo y ganglios basales). La ipseidad es posible por el adecuado funcionamiento de estos sistemas que ofrecen la base biol&oacute;gica del yo cuyo car&aacute;cter es preling&uuml;&iacute;stico, pues el yo es una funci&oacute;n que se deriva de &aacute;reas del cerebro que &quot;no requieren lenguaje&quot;. As&iacute;, tener un &quot;yo&quot; es lograr articular una narraci&oacute;n en torno a un n&uacute;mero finito de acontecimientos desde una perspectiva espec&iacute;fica -la &quot;m&iacute;a&quot;- sin que haya necesidad de utilizar el lenguaje para expresarla. &quot;La narraci&oacute;n puede conseguirse sin lenguaje, empleando las herramientas representacionales elementales de los sistemas sensorial y motor en el espacio y el tiempo. No veo ninguna raz&oacute;n para que los animales sin lenguaje no puedan efectuar dichas narraciones&quot; (1994, 224). Las narraciones &quot;verbales&quot;, propias de los seres humanos, son de segundo orden, se realizan a partir de narraciones no verbales. &quot;Puede que el lenguaje no sea el origen del yo, pero ciertamente es el origen del 'ego'&quot; (1994, 224).</p>     <p>Aqu&iacute; nos topamos con uno de los planteamientos que busca mostrar el car&aacute;cter parad&oacute;jico de la perspectiva de la primera persona a trav&eacute;s de una cr&iacute;tica radical a su formulaci&oacute;n can&oacute;nica. Es lo que Jos&eacute; Luis Berm&uacute;dez ha llamado la &quot;paradoja de la autoconciencia&quot; (1998, 1). La autoconciencia implica la posesi&oacute;n de pensamientos en primera persona <i>(T-Thoughts), </i>es decir, poder emitir proposiciones que muestren una utilizaci&oacute;n competente de los pronombres personales. El dominio de la sem&aacute;ntica de la primera persona es, aparentemente, un requisito indispensable para ser autoconscientes (Strawson, 1997, 210). La paradoja surge precisamente de la base de esta concepci&oacute;n, pues si la autoconciencia depende de la posesi&oacute;n de pensamientos en primera persona tambi&eacute;n es evidente que para tener este tipo de pensamientos es indispensable reconocerse como su autor; se trata entonces de una &quot;capacidad circular&quot; (Berm&uacute;dez, 1998, 21). La sugerencia de Berm&uacute;dez es que la autoconciencia debe plantearse desde un campo de experiencia m&aacute;s b&aacute;sico que el delimitado por los contenidos conceptuales de la primera persona. En este sentido, la autoconciencia es una habilidad que no depende del lenguaje y remite a contenidos &quot;no-conceptuales&quot;. &quot;Hay modos no conceptuales de representaci&oacute;n del mundo que se encuentran a disposici&oacute;n de aquellas criaturas que no poseen los conceptos necesarios para especificar c&oacute;mo se est&aacute; representado el mundo&quot; (Berm&uacute;dez, 1998, 43). De hecho, los ni&ntilde;os peque&ntilde;os y los animales, pese a ser criaturas sin lenguaje poseen contenidos no conceptuales de primera persona en tanto que tienen la capacidad de orientarse y diferenciarse de su entorno a trav&eacute;s de la percepci&oacute;n som&aacute;tica (cf. Niesser, 1991). La paradoja de la autoconciencia se disuelve cuando se acepta que hay pensamientos en primera persona sin que ello implique recurrir a contenidos conceptuales, esto es, ling&uuml;&iacute;sticos. El lenguaje es considerado una &quot;herramienta cognitiva&quot; que aparece &uacute;nicamente con el desarrollo de las capacidades y habilidades conceptuales (Berm&uacute;dez, 2003, 151-164). Las criaturas sin lenguaje, pese a lo que la tradici&oacute;n filos&oacute;fica occidental sostiene al respecto, poseen modos de interacci&oacute;n y socializaci&oacute;n &quot;que no requieren la intervenci&oacute;n del lenguaje&quot; (2003, 152). En suma, lo que nos sugiere Berm&uacute;dez es que no es necesario tener actitudes proposicionales ni pensamientos para ser autoconscientes, postura que podr&iacute;a oponerse a una conocida tesis sostenida por Frege. &quot;El pensamiento, imperceptible en s&iacute;, se viste con el ropaje perceptible de la oraci&oacute;n, con lo que somos capaces de captarlo&quot; (Frege, 1918/19, 200). Esto implica sostener que una criatura autoconsciente debe poder expresar parte de sus pensamientos de manera ling&uuml;&iacute;stica (Davidson, 1982, 148). Se trata del v&iacute;nculo necesario, elevado en ocasiones a <i>conditio sine qua non, </i>entre pensamiento y lenguaje. Frege ya hab&iacute;a reconocido que las representaciones mentales &quot;no pueden ser vistas, ni tocadas, ni olidas, ni gustadas, ni o&iacute;das&quot; (1918/19, 209), por ello &quot;no hay dos personas que tengan la misma representaci&oacute;n&quot; (1918/19, 211). S&oacute;lo a trav&eacute;s del lenguaje se puede eliminar la carga mentalista y subjetivista de las representaciones.</p>     <p>La importancia del lenguaje en la adquisici&oacute;n de la autoconciencia es innegable. Damasio y Berm&uacute;dez coinciden en defender una concepci&oacute;n de la autoconciencia no conceptual. La diferencia que introduce Damasio entre &quot;yo&quot; y &quot;ego&quot; apunta a esa direcci&oacute;n, pero no soluciona en ning&uacute;n modo el problema de la autoconciencia como una competencia que requiere o no contenidos conceptuales. Sostener que existe un &quot;yo neural&quot; al margen de una dotaci&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica, o autoconciencia sin contenidos conceptuales es sugerir que la ipseidad es una construcci&oacute;n meramente representacional y no una instancia constitutiva de la subjetividad. No obstante, desde una perspectiva fenomenol&oacute;gica, es una omisi&oacute;n situar la percepci&oacute;n &quot;precogitativa&quot; al mismo nivel de la ipseidad que ya implica una capacidad simb&oacute;lica y sem&aacute;ntica. Es aqu&iacute; donde la perspectiva de la primera persona no s&oacute;lo debe entenderse en un sentido lato: como el punto de vista subjetivo que posee todo ser dotado de la suficiente especializaci&oacute;n perceptiva-som&aacute;tica, sino tambi&eacute;n en un sentido fuerte en tanto que la utilizaci&oacute;n adecuada del pronombre personal dota de un significaci&oacute;n determinada a las experiencias. A esto se refiere Frege cuando afirma que &quot;la captaci&oacute;n del pensamiento presupone alguien que capta, alguien que piensa. &Eacute;se es, pues, el portador del pensamiento&quot; (Frege, 1918/19, 223). Se trata del punto de vista de la subjetividad que define la experiencia del mundo en general. &quot;El s&iacute; mismo es el origen geom&eacute;trico del mundo, esto es, el centro del universo como un todo experimentado &#91;...&#93; Origen pero no fuente, este es el contraste fundamental en la estructuraci&oacute;n del s&iacute; mismo con el mundo&quot; (Casta&ntilde;eda, 1979, 96). Toda experiencia se presenta siempre desde una subjetividad: indexicalmente se&ntilde;alada, sint&aacute;cticamente configurada, sem&aacute;nticamente significada, corporalmente situada. &quot;El mecanismo de referencia indexical constituye la estructura de la subjetividad&quot; (Casta&ntilde;eda, 1990, 255).</p>     <p>En este punto es plausible tomar en cuenta la sugerencia de Galen Strawson de entender &quot;experiencia&quot; como equivalente de &quot;conciencia&quot; o &quot;consciente&quot;, pues &quot;la expresi&oacute;n 'experiencia consciente' es un pleonasmo&quot; (1994, 22). En la experiencia existen elementos cognitivos y sensoriales que apuntan a un tipo de fen&oacute;meno muy espec&iacute;fico: lo cualitativamente subjetivo. Lo mental designa esta realidad que se presenta en la capacidad de tener experiencias que si bien pueden partir de contenidos no conceptuales no se agotan en ellos porque las experiencias son siempre cualitativas, significativas, en la medida en que poseen la caracter&iacute;stica de ser para alguien. &quot;Consid&eacute;rese una experiencia de dolor. Si hay una experiencia de dolor, tiene que haber, obviamente, alguien o algo que sienta el dolor. No puede haber simplemente un contenido experiencial. Una experiencia es necesariamente experiencia <i>para </i>alguien o algo&quot; (1994, 151). El problema radica en que este aspecto fundamental de la experiencia se cuestiona al punto en que se sostiene que no posee un estatus real, y se busca reducirlo a un efecto de nuestra organizaci&oacute;n neurofisiol&oacute;gica. No estoy sugiriendo que sea balad&iacute; afirmar lo anterior; pero en la b&uacute;squeda de lo objetivo la subjetividad pierde toda relevancia: donde cre&iacute;amos tener sensaciones, percepciones -los temidos <i>qualia- </i>no hay nada en realidad, entendiendo esta &quot;nada&quot; como &quot;nada subjetivo&quot;. Las cualidades son subjetivas y por ello mismo, aparentes, una suerte de ilusi&oacute;n de la percepci&oacute;n. Pues bien, esta &quot;ilusi&oacute;n&quot; tambi&eacute;n puede ser de la propia subjetividad a trav&eacute;s de una &quot;ilusi&oacute;n gramatical&quot; (Amscombe, 1957, 159; Kenny, 1988, 4).<sup><a href="#4" name="s4">4</a></sup> Aparentemente, esto apunta a lo que Hume ya hab&iacute;a indicado al respecto. No hay &quot;yo&quot; alguno en nuestras experiencias, s&oacute;lo datos, impresiones, sensaciones.</p>     <blockquote>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Tiene que haber una impresi&oacute;n que d&eacute; origen a cada idea real. Pero el yo o persona no es ninguna impresi&oacute;n, sino aquello a lo que se supone que nuestras impresiones e ideas tienen referencia. Si hay alguna impresi&oacute;n que origine la idea del yo, esa impresi&oacute;n deber&aacute; seguir invariablemente id&eacute;ntica durante toda nuestra vida. Pero no existe ninguna impresi&oacute;n que sea constante e invariable (Hume, 1739, 399).</p> </blockquote>     <p>Afirmar que nuestras experiencias son subjetivas remite a una herencia conceptual vinculada a una concepci&oacute;n dualista de lo mental de la que todav&iacute;a podemos encontrar algunas apolog&iacute;as contempor&aacute;neas, como la de Karl R. Popper (1994). Para desechar esta opci&oacute;n, se ha optado por un regreso a un atomismo psicol&oacute;gico inspirado en Locke y Hume; esto es particularmente claro en el debate sobre la identidad personal. Derek Parfit, uno de los m&aacute;ximos exponentes en esta tem&aacute;tica, ha sostenido que podemos concebir estados psicol&oacute;gicos sin que ello implique el recurso a un supuesto &quot;yo&quot;. &quot;Las llamadas verdades subjetivas no requieren de ning&uacute;n sujeto de experiencias. Un pensamiento particular puede ser autoreferencial&quot; (1984, 252). Parfit busca dar respaldo a sus argumentos recurriendo a un considerable n&uacute;mero de &quot;casos problem&aacute;ticos&quot; -teletransportaci&oacute;n, fisi&oacute;n, divisi&oacute;n por transplante de hemisferios cerebrales- por medio de los cuales intenta mostrar que nuestra concepci&oacute;n sobre la ipseidad de la experiencia es sumamente problem&aacute;tica. Sin duda, los casos de &quot;personalidad m&uacute;ltiple&quot;, junto a otros des&oacute;rdenes psicol&oacute;gicos graves, constituyen los retos m&aacute;s importantes para una propuesta que intente reformular y enriquecer los temas de la filosof&iacute;a de la mente (Cf. Wilkes, 1988), pues desde el siglo xvn el modelo de an&aacute;lisis filos&oacute;fico ha sido una mente cl&iacute;nicamente sana. Actualmente, se cuestiona este presupuesto con el que ha trabajado la filosof&iacute;a durante m&aacute;s de tres siglos.</p> </font>    <p><font size="2" face="verdana"><b>3.  NO SER NADA: LA NE&Uuml;ROFILOSOF&Iacute;A</b></font></p> <font face="verdana" size="2">    <p>&quot;No ser nada&quot;: con este provocador t&iacute;tulo el fil&oacute;sofo alem&aacute;n Thomas Metzinger ha escrito una obra que pese a su reciente publicaci&oacute;n (2003), se ha convertido en muchos aspectos en una referencia ineludible en el debate actual sobre la subjetividad. Cercano al c&iacute;rculo de neurocient&iacute;ficos y neurofil&oacute;sofos, como se han dado en llamar, formado por Hanna y Antonio Damasio, Paul y Patricia Churchland, Francis Crick, Christof Koch, Vittorio Gallese, entre otros, Metzinger arremete contra la concepci&oacute;n de la subjetividad como una experiencia cualitativamente diferenciada. &quot;Este es un libro sobre la conciencia, el s&iacute; mismo fenom&eacute;nico y la perspectiva de la primera persona. La tesis m&aacute;s importante es que no hay cosas como s&iacute; mismos existiendo en el mundo: nadie ha tenido o ha sido un s&iacute; mismo. Todo lo que ha existido son modelos de s&iacute; conscientes que no se pueden reconocer como modelos&quot; (2003, 1). Esta formulaci&oacute;n parad&oacute;jica busca expresar una tesis sencilla, vista desde la postura funcionalista que sostiene nuestro autor: &quot;el s&iacute; mismo fenom&eacute;nico no es una cosa sino un proceso&quot; (2003, 1), concretamente, una funci&oacute;n de un complejo sistema biol&oacute;gico que codifica informaci&oacute;n. Por ejemplo, cuando se est&aacute;n leyendo estas l&iacute;neas tenemos conciencia de estar haci&eacute;ndolo, pero eso no muestra que exista un s&iacute; mismo (el sujeto que lee); lo que captamos en el acto de la lectura no es ning&uacute;n estado de cosas referido a alguien, sino el contenido del &quot;modelo de ipseidad&quot; que es activado por nuestro cerebro y que nos otorga las experiencias en primera persona, en este caso, la &quot;simulaci&oacute;n&quot; de la lectura por un &quot;yo&quot;. Este es un producto de la &quot;evoluci&oacute;n&quot;, &quot;la mejor invenci&oacute;n que la Madre Naturaleza ha hecho&quot; (2003, 1). Para muchos investigadores en el campo de las ciencias cognitivas y las neurociencias es claro que la perspectiva de la primera persona responde a un cambio de nivel en la evoluci&oacute;n de la especie humana; es el paso de la evoluci&oacute;n biol&oacute;gica a la evoluci&oacute;n cultural. Metzinger afronta lo que considera ya un lugar com&uacute;n: la imposibilidad de reducir la perspectiva de la primera persona a la perspectiva de la tercera persona. Nuestro autor ofrece una soluci&oacute;n funcionalista y representacionalista de la naturaleza de la perspectiva de la primera persona donde su objeto de estudio queda finalmente disuelto en los sistemas autoorganizados de nuestra constituci&oacute;n biol&oacute;gica. Aboga por una &quot;ciencia de la conciencia&quot; pese a lo problem&aacute;tico que puede resultar tal empresa (1995, 3), y propone hacer de lo subjetivo algo explicable en t&eacute;rminos cient&iacute;ficos; para ello se requiere de una &quot;revoluci&oacute;n intelectual&quot; (1995, 3) que ya est&aacute;n llevando a cabo las neurociencias y la inteligencia artificial al desarrollar modelos computacionales de simulaci&oacute;n que reproducen de manera observable lo que la introspecci&oacute;n es incapaz de ofrecernos: datos objetivos sobre la mente que nos librar&aacute;n, a mediano plazo, de todos los errores conceptuales que introdujo el cartesianismo, incluido su antropocentrismo, pues los estudios emp&iacute;ricos que han desarrollado estas investigaciones han logrado mostrar que los animales no humanos y ciertos sistemas artificiales poseen o pueden desarrollar conciencia (2004, 34)</p>     <p>Es dif&iacute;cil esbozar el derrotero argumentativo de un libro de poco m&aacute;s de setecientas p&aacute;ginas pero su estrategia es muy semejante a la desarrollada por Dennett (1991). Seg&uacute;n &eacute;ste, no existe la conciencia como un fen&oacute;meno cualitativo sino que es, b&aacute;sicamente, el efecto que produce una m&aacute;quina virtual de Von Neumann que opera en base a una arquitectura en paralelo: el cerebro (1991, 223). No por nada sigue sosteniendo, a tres lustros de haber publicado esta obra, que la perspectiva de la primera persona es uno de los impedimentos filos&oacute;ficos m&aacute;s importantes para avanzar en la investigaci&oacute;n de la conciencia (cf. Dennett, 2005). De manera an&aacute;loga, Metzinger nos invita a despojarnos de nuestros ropajes subjetivistas y abrazar una teor&iacute;a filos&oacute;fica que tiene la superioridad explicativa, frente a otras, de incorporar la investigaci&oacute;n emp&iacute;rica de la neurofisiolog&iacute;a, las ciencias cognitivas, la inteligencia artificial, los estudios de caso sobre alteraciones de la personalidad, defectos de la percepci&oacute;n relacionados con da&ntilde;o o deformaci&oacute;n cerebral, etc. Se busca crear un puente entre las humanidades y las ciencias para establecer un campo com&uacute;n de trabajo. Esta intenci&oacute;n es, indudablemente, loable. Pero lo que aqu&iacute; interesa, desde un punto de vista filos&oacute;fico, es saber en qu&eacute; medida estas disciplinas m&aacute;s que aclarar nuestro problema lo pueden tornar m&aacute;s engorroso. Por supuesto, esto depende desde qu&eacute; marco conceptual vamos incorporar sus resultados. &quot;No ser nada&quot; significa mostrar que las explicaciones que hasta ahora se han dado en torno a la subjetividad no pueden aceptarse por operar bajo presupuestos dudosos, casi todos ellos debido a la falta de informaci&oacute;n en torno a las investigaciones cient&iacute;ficas sobre la conciencia. Generalmente, no se realizan las adecuadas distinciones anal&iacute;ticas y conceptuales en el tratamiento de lo que puede significar poseer una &quot;perspectiva de la primera persona&quot;. &iquest;Se trata de una cuesti&oacute;n fenom&eacute;nica o cognitiva? &iquest;Posee un estatuto ontol&oacute;gico especial, como sostienen algunos fil&oacute;sofos, o es un mecanismo que se produce por el concurso de los distintos sistemas neurol&oacute;gicos y cuya finalidad es proporcionar un sentido o direcci&oacute;n de unidad a nuestra experiencia?</p>     <p>Se suele considerar que la perspectiva de la primera persona posee una &quot;autoridad&quot; especial que se sustenta en la tesis del &quot;acceso privilegiado&quot;. Seg&uacute;n Bertrand Russell se trata de un conocimiento directo:</p>     <blockquote>       <p>No s&oacute;lo tenemos un conocimiento de las cosas, sino que con frecuencia nos damos cuenta de nuestro conocimiento de las cosas. Cuando veo el sol, con frecuencia me doy cuenta de mi acto de ver el sol; as&iacute;, &quot;mi acto de ver el sol&quot; es un objeto del cual tengo un conocimiento directo &#91;...&#93; Del mismo modo podemos ser conscientes de nuestro sentimiento de placer o de pena, y, en general, de los acaecimientos que ocurren en nuestro esp&iacute;ritu (1912, 49).</p> </blockquote>     <p>De hecho, seg&uacute;n Russell, en el conocimiento directo presente en la introspecci&oacute;n est&aacute;n operando dos momentos: el dato de los sentidos y la captaci&oacute;n reflexiva de estos datos. &quot;As&iacute;, cuando conozco mi acto de ver el sol, el hecho completo cuyo conocimiento tengo es 'Yo-que-conozco-un-dato-de-los-sentidos' &#91;...&#93; Es dif&iacute;cil ver c&oacute;mo podr&iacute;amos conocer esta verdad ni aun comprender lo que significa, si no tuvi&eacute;ramos el conocimiento directo de algo que denominamos 'yo'&quot; (1912, 51). Sin embargo, seg&uacute;n Metzinger hay que distinguir la perspectiva ling&uuml;&iacute;stica de la primera persona que se presenta a trav&eacute;s del dominio del pronombre personal, y, por otro lado, la perspectiva epist&eacute;mica de la primera persona que no requiere de lenguaje o pensamientos conceptuales. Metzinger asume as&iacute; las tesis de Berm&uacute;dez y Damasio en torno al pensamiento no conceptual: la perspectiva de la primera persona posee una estructura diferenciada que va del nivel perceptivo al ling&uuml;&iacute;stico siendo un nivel de orden superior posibilitado por actitudes proposicionales, autoconocimiento v&iacute;a familiarizaci&oacute;n cognitiva con el entorno a trav&eacute;s del cuerpo propio y las interacciones sociales (Metzinger, 2003, 572). La perspectiva fenom&eacute;nica de la primera persona no supone una instancia epist&eacute;mica y ling&uuml;&iacute;stica; desde el &aacute;mbito de la psicolog&iacute;a de la personalidad se ha elaborado un concepto complejo y diferenciado del s&iacute; mismo que va desde la autopercepci&oacute;n som&aacute;tica a la socializaci&oacute;n (Harr&eacute;, 1998, 68-94). De manera que la noci&oacute;n de un &quot;sujeto de la experiencia&quot; no es l&oacute;gicamente primitiva, pues &quot;puedes ser sujeto de experiencia durante toda tu vida sin saber nunca este hecho&quot; (Metzinger, 2003, 577). De ah&iacute; que, en sentido estricto, se deba diferenciar el sujeto de experiencia de otras instancias que se suelen confundir con &eacute;l, como la subjetividad epist&eacute;mica y la ling&uuml;&iacute;stica. Para las neurociencias cognitivas de la conciencia y la psicolog&iacute;a cient&iacute;fica s&oacute;lo existen modelos fenom&eacute;nicos de relaciones intencionales. La subjetividad no es una &quot;cosa&quot; sino una &quot;propiedad de un complejo proceso re-presentacional desplegado en un sistema f&iacute;sico&quot; (2003, 577). La perspectiva de la primera persona presenta as&iacute; tres caracter&iacute;sticas fundamentales:</p> <ol>     <li>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&quot;Miedad&quot; <i>(Mineness). </i>Sus expresiones son t&iacute;picas de la &quot;psicolog&iacute;a popular&quot;. Por ejemplo: mis pensamientos, mis piernas y manos me son tan familiares que no podr&iacute;a confundirlas con las de alguien m&aacute;s.</p></li>     <li>    <p>&quot;Mismidad&quot; <i>(Selfhood). </i>Es un tipo espec&iacute;fico de experiencia fenom&eacute;nica: poseer un sentido de unidad, ser un &quot;yo&quot;, adem&aacute;s tener un acceso inmediato a experiencias que por su misma naturaleza se consideran subjetivamente orientadas en un sentido fuerte. Se sit&uacute;a a un nivel b&aacute;sicamente perceptivo y corporal que genera, no obstante, una identidad a niveles m&aacute;s complejos.</p></li>     <li>    <p>&quot;Perspectividad&quot; <i>(Perspectivalness); </i>se refiere a la situaci&oacute;n espacial donde el entorno se presenta como una totalidad cuyo foco de referencia es el s&iacute; mismo espacialmente definido (Baker, 1998, 328; Metzinger, 2004, 37-38).</p></li>     </ol>     <p>Esta &quot;neurofenomenolog&iacute;a&quot; (Metzinger, 1999, 377-405) intenta abordar la subjetividad desde una &oacute;ptica objetiva, en armon&iacute;a con los par&aacute;metros de la actual visi&oacute;n cient&iacute;fica de la realidad, buscando establecer un marco conceptual que explique las condiciones fisiol&oacute;gicas de la conciencia sin recurrir a ning&uacute;n principio metaf&iacute;sico como la autorreflexi&oacute;n o la introspecci&oacute;n de un supuesto yo, pues la perspectiva de la primera persona puede ser explicada en t&eacute;rminos de correlaci&oacute;n entre procesos mentales y actividades neuronales. Metzinger defiende as&iacute; una interpretaci&oacute;n naturalizada reductivista de la mente que rechaza tajantemente la concepci&oacute;n de la subjetividad como una espontaneidad reflexiva, propia de la tradici&oacute;n metaf&iacute;sica, a favor de la tesis de la autoorganizaci&oacute;n sist&eacute;mica de los organismos biol&oacute;gicos. La concepci&oacute;n tradicional de lo mental como algo accesible por medio de un &quot;acceso privilegiado&quot; o &quot;introspecci&oacute;n&quot; se torna insostenible, pues la manera en que se ha logrado explicar muchos de los procesos mentales se encuentra comprometida con una ontolog&iacute;a objetivista de la realidad. &quot;Introspecci&oacute;n&quot; y &quot;subjetividad&quot; son dos conceptos irreductibles entre s&iacute; pese a lo que la tradici&oacute;n mentalista ha sostenido. La introspecci&oacute;n designa, como se&ntilde;ala Russell, un conocimiento inmediato v&iacute;a una percepci&oacute;n &quot;interna&quot; cuya imagen cl&aacute;sica es la del &quot;teatro cartesiano&quot;. La afinidad entre Dennett y Metzinger es evidente: ambos se decantan por una cr&iacute;tica radical a la tesis del acceso privilegiado y la introspecci&oacute;n, lo que tiene como consecuencia el rechazo de la perspectiva de la primera persona como algo relevante para explicar la subjetividad. La recusaci&oacute;n del modelo &quot;internalista&quot; de lo mental a favor de un modelo &quot;externalista&quot; -&quot;heterofenomenol&oacute;gico&quot;, seg&uacute;n Dennett, o &quot;neurofenomenol&oacute;gico&quot; para Metzinger- plantea la superioridad explicativa de la perspectiva objetiva, ya que &quot;la perspectiva de la primera persona no es m&aacute;s que una traicionera fuente de errores&quot; (Dennett, 1991, 83). Los datos obtenidos desde criterios &quot;exteriores&quot; -v&aacute;lidos intersubjetivamente- son los que nos permiten sortear el peligro del subjetivismo, pues como ya se&ntilde;al&oacute; Wittgenstein, &quot;un proceso interno necesita criterios externos&quot; (1953, &sect; 580).</p>     <p>Este escenario sobre la subjetividad tiene, no obstante, sus excepciones. John Searle sostiene que la conciencia no es la propiedad de una misteriosa sustancia f&iacute;sicamente inaccesible, sino un &quot;rasgo biol&oacute;gico de ciertos organismos en exactamente en el mismo sentido de 'biol&oacute;gico' en el que la fotos&iacute;ntesis, la mitosis, la digesti&oacute;n y la reproducci&oacute;n son rasgos biol&oacute;gicos de los organismos&quot; (1992, 105). Sin embargo, la subjetividad debe considerarse ontol&oacute;gica y no epistemol&oacute;gicamente. Tener dolores, sensaciones, percepciones, creencias, intenciones, etc., no depende de una perspectiva de tercera persona, pues no tiene mucho sentido afirmar que cuando alguien le duele una pierna tiene necesariamente que manifestar una conducta observable que sea considerada como expresi&oacute;n de un dolor. Puedo sentir dolor aunque no lo exprese en una determinada conducta, as&iacute; como puedo tener pensamientos sin que nadie pueda observarlos. El dolor y el pensamiento existen en primera persona. &quot;Aunque puedo observar f&aacute;cilmente a otra persona, no puedo observar su subjetividad. Y, mucho peor, no puedo observar mi propia subjetividad, dado que cualquier observaci&oacute;n que pudiera procurarme ser&iacute;a, ella misma, aquello que se supon&iacute;a que era observado&quot; (Searle, 1992, 110). La ontolog&iacute;a de la primera persona sostiene que no hay observador objetivo, como en el caso de la perspectiva epist&eacute;mica, pues el propio acto de observar es subjetivo. La pregunta que plantea Searle nos introduce a uno de los aspectos m&aacute;s importantes de nuestro problema: &quot;&iquest;c&oacute;mo hacemos para acomodar la realidad de los fen&oacute;menos mentales <i>subjetivos </i>con la concepci&oacute;n cient&iacute;fica de la realidad como algo totalmente <i>objetivo?&quot; </i>(Searle, 1984, 21).</p>     <p><b>4.  EL S&Iacute; MISMO Y LA ONTOLOG&Iacute;A DE LA PRIMERA PERSONA</b></p>     <p>La obra de Metzinger y dem&aacute;s neurofil&oacute;sofos es una muestra de lo que hace ya casi un siglo Husserl denominaba la &quot;naturalizaci&oacute;n&quot; de la conciencia: &quot;Lo que caracteriza a todas las formas de naturalismo extremo y consecuente, que va desde el materialismo popular a las formas m&aacute;s recientes del monismo sensualista y del energetismo, es, por un lado la <i>naturalizaci&oacute;n de la conciencia; </i>por el otro, la <i>naturalizaci&oacute;n de las ideas </i>y, por consiguiente, de todo ideal y de toda norma absoluta&quot; (Husserl, 1911, 14). Este positivismo extremo se sostiene en una premisa ejemplarmente expresada en la neurofilosof&iacute;a: tomar la concepci&oacute;n cient&iacute;fica de la realidad como el criterio para definir los l&iacute;mites de lo verdadero. Gran parte del debate que ha dominado en la filosof&iacute;a de la mente y en las ciencias cognitivas durante los &uacute;ltimos veinte a&ntilde;os parte precisamente de la necesidad de mostrar lo irrelevante del saber precient&iacute;fico sobre la conciencia. Seg&uacute;n esta concepci&oacute;n, somos &quot;personas sin mente&quot; (Rorty, 1979, 73-123) en tanto que el lenguaje intencional por medio del cual expresamos nuestros estados psicol&oacute;gicos no tiene correlato alguno con un criterio f&iacute;sico. Pero la subjetividad se experimenta a trav&eacute;s de las llamadas actitudes intencionales que constituyen la base de las narrativas a trav&eacute;s de las cuales se configura la identidad individual. Poseer un determinado punto de vista sobre nuestras propias experiencias no tiene porque ser interpretado como un supuesto &quot;acceso privilegiado&quot;, mentalista e inverificable. Si se asume una postura eliminacionista tendr&iacute;amos que rechazar gran parte de lo que se entiende con ser una persona; este es uno de los peligros de situarse en un nivel puramente epistemol&oacute;gico sin considerar sus implicaciones antropol&oacute;gicas y &eacute;ticas. &iquest;Qu&eacute; tipo de visi&oacute;n de lo humano nos ofrece el funcionalismo, el eliminacionismo y la neurofenomenolog&iacute;a? Una visi&oacute;n donde las neurociencias tienen la &uacute;ltima palabra sobre lo qu&eacute; es el ser humano pero, parad&oacute;jicamente, despojado de su aspecto m&aacute;s fundamental: la subjetividad. &quot;Si, finalmente, el materialismo est&aacute; en lo cierto, es el marco conceptual de una neurociencia madura que encarnar&aacute; la sabidur&iacute;a esencial sobre nuestra naturaleza interna&quot; (Churchland, 1984, 255). Pero explicar un proceso neuronal no implica comprender la dimensi&oacute;n subjetiva de la experiencia que plantea.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>       <p>Mi mano, partes de mi cuerpo, son aparentes, y aparecen enlaces reales con los datos de mis sentidos. Los l&oacute;bulos de mi cerebro no me aparecen. La coordinaci&oacute;n funcional en la mano y en el campo t&aacute;ctil-mano es tal que, siempre que en la mano experimento un toque (como proceso f&iacute;sico), en mi campo t&aacute;ctil se presentan &quot;sensaciones de toque&quot;, o -en el toque de una mano ajena- concurren ah&iacute; a la manera de la apresencia. El l&oacute;bulo de mi frente no es, empero, portador de un campo t&aacute;ctil y en general para m&iacute; algo aparente (Husserl, 1912/1928, 205).</p> </blockquote>     <p>Los procesos que acaecen en el cerebro no son parte de mi experiencia. No se experimentan redes neuronales, sinapsis, o s&iacute;ntesis de prote&iacute;nas, sino una gama de fen&oacute;menos cualitativamente diferenciados que responden a una determinaci&oacute;n distinta que la ofrecida por la perspectiva de la tercera persona; es lo que Nagel ha llamado el &quot;car&aacute;cter subjetivo de la experiencia&quot; (1974, 276). El &quot;s&iacute; mismo&quot; como expresi&oacute;n de la ipseidad de la experiencia ha sido considerado una &quot;entidad m&iacute;tica&quot;, &quot;un ejemplar de sinsentido filos&oacute;fico&quot; (Kenny, 1989, 129), pero el pronombre personal es indispensable para comprender las diversas manifestaciones de la vida consciente, pues no tenemos otra manera de comprender las actitudes intencionales como reportes de experiencias (cf. Gallagher, 2000; Strawson, 1999).</p>     <p>La subjetividad posee as&iacute; un doble registro: por un lado tenemos una ipseidad preconceptual y, por otro, una ipseidad como construcci&oacute;n narrativa. Como ha se&ntilde;alado correctamente Evans (1970, 145) del hecho de que el yo <i>(self) </i>no sea un objeto de la experiencia no se sigue que no sea ninguna experiencia. La ipseidad designa una dimensi&oacute;n de la experiencia que se experimenta de manera pre-conceptual a trav&eacute;s del cuerpo y la diferenciaci&oacute;n espacio-temporal; lo que denominamos &quot;persona&quot; se refiere, en cambio, a una capa de experiencia m&aacute;s compleja que se asienta sobre esta ipseidad pre-conceptual. La persona es una construcci&oacute;n narrativa, el s&iacute; mismo no; toda narraci&oacute;n supone ya un una ipseidad como centro de experiencias orientadas por &iacute;ndices cualitativos (Zahavi, 2005, 129). De ah&iacute; que se preste a una enorme confusi&oacute;n ambos aspectos, pues el s&iacute; mismo no es meramente, en sentido estricto, una construcci&oacute;n social o una ilusi&oacute;n producto de nuestra constituci&oacute;n neurofisiol&oacute;gica (cf. Wegner, 2002); es una dimensi&oacute;n fundamental de la vida humana sin la cual se torna ininteligible el problema de la conciencia, la autoconciencia, y por ende, el de la experiencia significativa del mundo. Una concepci&oacute;n de la subjetividad coherente tendr&iacute;a que reconocer que una visi&oacute;n puramente biol&oacute;gica no puede dar cuenta de la ipseidad de la experiencia como un centro de narraciones y evaluaciones generadas desde la perspectiva de la primera persona. &quot;Una persona no es explicable en t&eacute;rminos moleculares, teor&eacute;ticos o fisiol&oacute;gicos &uacute;nicamente&quot; (Edelman, 1995, 201).</p>     <p>La objetividad que exige la perspectiva de la actual neurociencia no hace m&aacute;s que revivir las dudas que ya se hab&iacute;an lanzado contra ese centro de experiencia que es la subjetividad y que se identifica con una entidad misteriosa llamada &quot;yo&quot;. Para Wittgenstein, seg&uacute;n testimonio de Waismann (1974, 33), &quot;la palabra 'yo' pertenece a aquellos t&eacute;rminos que se podr&iacute;an eliminar del lenguaje&quot;; pero &iquest;podemos comprendernos sin utilizar una sem&aacute;ntica de la primera persona? El pronombre &quot;yo&quot; tiene una &quot;prioridad ontol&oacute;gica&quot; frente a otros pronombres y descripciones (Casta&ntilde;eda, 1966, 47). Los informes en primera persona no tienen que ser considerados inverificables dada su naturaleza subjetiva. &quot;Una de las ideas filos&oacute;ficas m&aacute;s peligrosas es, curiosamente, la de que pensamos con la cabeza o en la cabeza. La idea del pensar como un proceso en la cabeza, en un espacio absolutamente cerrado, tiene el car&aacute;cter de algo oculto&quot; (Wittgenstein, 1967, &sect; 605-606). Para Francisco Varela, desde una postura que considera una s&iacute;ntesis entre fenomenolog&iacute;a y ciencia cognitiva, el papel central que juega la primera persona en nuestras explicaciones de la experiencia no es sustituible por una visi&oacute;n neuro-fisiol&oacute;gica o funcionalista. Los informes que nos vienen &quot;de la cabeza&quot; presentan una asimetr&iacute;a epist&eacute;mica con respecto a su justificaci&oacute;n pero ontol&oacute;gicamente son sostenibles en tanto que sin el presupuesto de que son para alguien pierden todo sentido. &quot;La experiencia es claramente un evento personal pero no por esto significa que sea privado en el sentido de que es propiedad de un sujeto aislado &#91;...&#93; En consecuencia, la oposici&oacute;n usual entre primera persona contra tercera persona se presenta como un malentendido&quot; (1998, 37-38). La perspectiva de la tercera persona es la comunidad de perspectivas de primera persona orientadas por principios epist&eacute;micos y normativos compartidos. O en otros t&eacute;rminos: el encuentro entre dos perspectivas de la primera persona constituyen una incipiente estructura de intersubjetividad. Esta es la base ontol&oacute;gica m&iacute;nima que posibilita la existencia de otras formas de relaciones significativas con el mundo. Se rechaza as&iacute; la interpretaci&oacute;n de la subjetividad como resultado de relaciones sociales o ling&uuml;&iacute;sticas que indudablemente conforman el &quot;yo&quot; y la &quot;persona&quot; como indica G. H. Mead (1938, 167-248) y en su estela J. Habermas (1988, 188-239), entre otros. La subjetividad no es resultado de la socializaci&oacute;n y el lenguaje, de otra manera se tendr&iacute;a que aceptar que la subjetividad no existe al margen de estas instancias. Porque hay subjetividad es que puede haber socializaci&oacute;n.</p>     <blockquote>       <p>&iquest;Est&aacute;n Mead y Habermas negando el hecho obvio de que una ni&ntilde;a o un ni&ntilde;o pueden tener subjetividad antes de estar completamente socializados? Si es as&iacute;, me parece mala biolog&iacute;a. Tanto la ni&ntilde;a como el ni&ntilde;o tienen estados subjetivos de conocimiento y se socializan en una sociedad que requiere un lenguaje y el lenguaje es esencialmente social y es socialmente adquirido. Pero no podemos adquirir un lenguaje p&uacute;blico intersubjetivo a menos de que tengamos subjetividad con la que empezar. Tienes que tener un cerebro consciente para poder aprender espa&ntilde;ol o ingl&eacute;s (Searle, 2004, 89-90).</p> </blockquote>     <p>La subjetividad humana est&aacute; comprometida epist&eacute;micamente con una sem&aacute;ntica de los pronombres personales para poder expresar significativamente sus experiencias; la realidad de las actitudes intencionales -actuar, creer, desear, etc.- radica en que son ontol&oacute;gicamente subjetivas. &quot;Su existencia es una existencia para la primera persona&quot; (Searle, 1992, 106). Los estados mentales que subyacen a estas determinaciones de la subjetividad poseen una realidad que, no obstante, los cr&iacute;ticos contempor&aacute;neos del dualismo cartesiano -de Wittgenstein y Ryle a Dennett y Metzinger- se han empe&ntilde;ado en negar una y otra vez. Es necesario reformular el problema mente-cuerpo desde un marco conceptual alejado de las &quot;caricaturas&quot; (Sturna, 1995, 200) que han hecho de los estados mentales algo misterioso y problem&aacute;tico. Ante la &quot;evasividad sistem&aacute;tica&quot; del yo (Ryle, 1949, 210) &iquest;es posible aceptar un &quot;minimalismo cartesiano&quot; (Sturna, 1995, 201) para acceder a una concepci&oacute;n de la subjetividad donde los estados mentales no sean considerados &quot;cuentos de hadas&quot; (Churchland, 1984, 120)? Para ello se tendr&iacute;a que mostrar que una ontolog&iacute;a de la primera persona es plausible pero a condici&oacute;n de 1) rechazar el modelo &oacute;ptico de la percepci&oacute;n para explicar la subjetividad, y 2) aceptar el car&aacute;cter evidente de los estados subjetivos. Ambas condiciones se encuentran estrechamente relacionadas. La primera se refiere a la postura generalizada de considerar que los estados mentales, as&iacute; como el &quot;yo&quot; o el &quot;s&iacute; mismo&quot; son objetos de un tipo de percepci&oacute;n: la percepci&oacute;n interna. Ya desde los sistemas del idealismo alem&aacute;n, especialmente en Fichte y Schelling, se hab&iacute;a se&ntilde;alado que la conciencia no era un objeto de percepci&oacute;n como lo son los objetos f&iacute;sicos, no es algo que se pueda observar, (Frank, 1991, 252-409) pues &iquest;con el concurso de qu&eacute; sentido lo har&iacute;amos? Las paradojas que surgen de esta concepci&oacute;n -el c&iacute;rculo vicioso o el regreso al infinito (Henrich, 1971)- advierten sobre lo problem&aacute;tico de concebir desde criterios objetivos lo mental, pues la propia observaci&oacute;n involucra ya la subjetividad. La evidencia de lo mental como un fen&oacute;meno subjetivo apunta a un problema que una teor&iacute;a de la subjetividad basada en una ontolog&iacute;a de la primera persona tiene que enfrentar: si desde una perspectiva de la tercera persona no podemos acceder al modo de ser de lo subjetivo &iquest;c&oacute;mo superar este obst&aacute;culo? &iquest;Las explicaciones de la actual filosof&iacute;a de la mente, las ciencias cognitivas y las neurociencias son las adecuadas para comprender la naturaleza de la subjetividad? Pero &iquest;no ser&aacute; precisamente los t&eacute;rminos en los que se plantea la cuesti&oacute;n el problema mismo? La experiencia de s&iacute; es un fen&oacute;meno constitutivo de la experiencia del mundo en general. &Uacute;nicamente un ser con una perspectiva de primera persona puede considerar significativamente al mundo, a los otros y a s&iacute; mismo. Y es aqu&iacute; cuando las oposiciones entre mente y cuerpo, interioridad y exterioridad, objetividad y subjetividad comienzan a disolverse, pues desde una perspectiva feno-menol&oacute;gica el problema de la subjetividad se refiere al aparecer del s&iacute; mismo que es simult&aacute;neo al aparecer del mundo: la estructura de la ipseidad (Henry, 1989, 52). &quot;Si, reflexionando sobre la esencia de la subjetividad, la encuentro vinculada a la del cuerpo y a la del mundo, es que mi existencia como subjetividad no forma m&aacute;s que una sola cosa con mi existencia como cuerpo y con la existencia del mundo y que, finalmente, el sujeto que yo soy, tomado concretamente, es inseparable de este cuerpo y de este mundo&quot; (Merleau-Ponty, 1947, 417).</p> <hr>     <p><sup><a href="#s1" name="1">1</a> </sup>Esta postura le ha valido a los fenomen&oacute;logos el siguiente juicio: &quot;&iquest;No presenta el pensamiento filos&oacute;fico a principios de nuestro siglo &#91;xx&#93; rupturas semejantes a las de la pintura en su camino hacia lo abstracto, a las de la m&uacute;sica con su tr&aacute;nsito desde la m&uacute;sica tonal al sistema dodecaf&oacute;nico, y a las de la literatura con la disoluci&oacute;n de las estructuras tradicionales de la narraci&oacute;n? &#91;...&#93; Tambi&eacute;n los fil&oacute;sofos contempor&aacute;neos celebran su propia despedida. Los unos se llaman postanal&iacute;ticos, los otros postestructuralistas o postmarxistas. El que los fenomen&oacute;logos no hayan encontrado todav&iacute;a su 'post' es algo que casi los torna sospechosos&quot; (Habermas, 1988, 13).</p>     <p><sup><a href="#s2" name="2">2</a> </sup>No quiero decir con esto que la fenomenolog&iacute;a, la filosof&iacute;a anal&iacute;tica de la mente, las ciencias cognitivas y las neurociencias sean las &uacute;nicas tendencias que se ocupan actualmente del tema de la subjetividad. Posturas que se inspiran en la hermen&eacute;utica, el neoestructuralismo, y el psicoan&aacute;lisis tambi&eacute;n est&aacute;n realizando importantes aportes a esta cuesti&oacute;n. Cf., por ejemplo, Critchley & Dews 1996; Frie, 1997.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s3" name="3">3</a> </sup>Utilizo el t&eacute;rmino &quot;ipseidad&quot; para referirme a la dimensi&oacute;n subjetiva de la experiencia dotada de una cierta identidad. Paul Ricoeur (1990, xi-xv) distingue entre &quot;identidad-<i>idem&quot; </i>e &quot;identidad-&iacute;pse&quot;. El primer t&eacute;rmino expresa la concepci&oacute;n de la identidad como lo &quot;mismo&quot; <i>(sameness), </i>mientras que el segundo se&ntilde;ala una concepci&oacute;n de identidad m&aacute;s fluente <i>(selfhood). </i>La identidad-i'dem consiste en una identidad num&eacute;rica, cuantitativamente id&eacute;ntica y permanente en el tiempo (Wiggins, 1980). La identidad-&iacute;pse se&ntilde;ala una dimensi&oacute;n de la experiencia cualitativamente diferenciada que se expresa a trav&eacute;s de actitudes, acciones, deseos, creencias, etc., fundadas en una sem&aacute;ntica de la primera persona.</p>     <p><sup><a href="#s4" name="4">4</a> </sup>Nietzsche ya hab&iacute;a sostenido que el &quot;yo&quot; es &uacute;nicamente una ficci&oacute;n de la voluntad de vida. &quot;El 'yo' se encuentra determinado por el pensamiento, pero hasta ahora se cre&iacute;a en un plano m&aacute;s bien popular, que en el 'yo pienso' hab&iacute;a a manera de una conciencia inmediata, a cuya analog&iacute;a entend&iacute;amos todas las dem&aacute;s relaciones causales. Pero por muy normal y necesaria que sea esta ficci&oacute;n, no es posible olvidar su car&aacute;cter fant&aacute;stico: puede haber una creencia que sea condici&oacute;n de vida y, a pesar de ello, falsa&quot; (1886/88, 278).</p> <hr>     <p><b>REFERENCIAS</b></p>     <!-- ref --><p>Ameriks, K & D. Sturna (Eds.) (1995) <i>The modern subject. Conceptions of the self in Classical German Philosophy. </i>Albany: State University of New York Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000076&pid=S1692-8857200900010000700001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Amscombe, G. E. M. (1957) &quot;The first person&quot;, en <i>Q. Cassam, </i>pp. 140-159.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000077&pid=S1692-8857200900010000700002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Apel, K.-O. (1991) &quot;Wittgenstein y Heidegger. Recapitulaci&oacute;n cr&iacute;tica y complemento de una comparaci&oacute;n&quot;, en <i>Semi&oacute;tica trascendental y filosof&iacute;a</i> <i>primera. </i>Madrid: S&iacute;ntesis, 2002, pp. 51-90. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000078&pid=S1692-8857200900010000700003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Baars, B. J. (1997) <i>In the theater of consciousness: The workspace of the mind.</i> Oxford: Oxford University Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000079&pid=S1692-8857200900010000700004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Berm&uacute;dez, J. L. (1998) <i>The paradox of self-consciousness. </i>Cambridge: MlT Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000080&pid=S1692-8857200900010000700005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Berm&uacute;dez, J. L. (2003) <i>Thinking without words. </i>Oxford: Oxford University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000081&pid=S1692-8857200900010000700006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Cassam, Q. (Ed.) (1994) <i>Self-Knowledge. </i>Oxford: Oxford University Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000082&pid=S1692-8857200900010000700007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Casta&ntilde;eda, H.N. (1966) &quot;'He'. <i>A study in the logic of self-consciousness&quot;, </i>en 1999, pp. 35-60.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000083&pid=S1692-8857200900010000700008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Casta&ntilde;eda, H.N. (1979) <i>&quot;Philosophical method and direct awareness of the</i> <i>self&quot;, </i>en 1999, pp. 96-142.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000084&pid=S1692-8857200900010000700009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Casta&ntilde;eda, H.N. (1990) &quot;I- <i>Structures and the reflexivity of self-consciousness&quot;,</i> en 1999, pp. 251-292.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000085&pid=S1692-8857200900010000700010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Casta&ntilde;eda, H.N.   (1999) <i>The phenomeno-logic of the I. Essays on self-</i><i>sonsciousness. </i>Bloomington: Indiana University Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000086&pid=S1692-8857200900010000700011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Churchland, P. M. (1984) <i>Materia y conciencia. Introducci&oacute;n contempor&aacute;nea</i> <i>a la filosof&iacute;a de la mente. </i>Barcelona: Gedisa, 1989. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S1692-8857200900010000700012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Cooney, B. (1979) &quot;The neural basis of self-consciousness&quot;, en <i>Nature and</i> <i>System, 1</i>, pp. 6-31. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000088&pid=S1692-8857200900010000700013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Cornwell, J. (editor) (1995) <i>Nature's imagination. The frontiers of scientific</i> <i>vision. </i>Oxford: Oxford University Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000089&pid=S1692-8857200900010000700014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Crick, F. (1990) <i>La b&uacute;squeda cient&iacute;fica del alma. </i>Barcelona: Debate, 2003.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000090&pid=S1692-8857200900010000700015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Crick, F. & C. Koch. (1990) &quot;Toward a neurobiological theory of consciousness&quot;, en <i>Seminars in the neurosciences, 2, </i>pp. 263-275.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000091&pid=S1692-8857200900010000700016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Critchley, S. & P. Dews (Eds.) (1996) <i>Deconstructive subjectivities. </i>Albany: State University of New York Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000092&pid=S1692-8857200900010000700017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Damasio, A. (1994) <i>El error de Descartes. Emoci&oacute;n, raz&oacute;n y el cerebro humano.</i> Barcelona: Cr&iacute;tica, 1996. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000093&pid=S1692-8857200900010000700018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Davidson, D. (1982) <i>&quot;Animales racionales&quot;, </i>en 2001, pp. 141-155. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000094&pid=S1692-8857200900010000700019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Davidson, D. (2001) <i>Subjetivo, intersubjetivo, objetivo. </i>Madrid: C&aacute;tedra, 2003.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000095&pid=S1692-8857200900010000700020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Dennett, D.C. (1991) <i>La conciencia explicada. </i>Barcelona: Paid&oacute;s, 1995. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000096&pid=S1692-8857200900010000700021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Dennett, D.C.   (1996) <i>Tipos de mentes.  Hacia una comprensi&oacute;n de la</i> <i>conciencia. </i>Madrid: Debate, 2000. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000097&pid=S1692-8857200900010000700022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Dennett, D.C. (2005) <i>Sweet dreams. Philosophical obstacles to a science of</i> <i>consciousness. </i>Cambridge: MIT Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000098&pid=S1692-8857200900010000700023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Descartes, R. (1644) <i>Los principios de la filosof&iacute;a. </i>Madrid: Alianza, 1995. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000099&pid=S1692-8857200900010000700024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Descartes, R. (1649) <i>Las pasiones del alma. </i>Madrid: Tecnos, 1997. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000100&pid=S1692-8857200900010000700025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Edelman, G.M. (1995) &quot;Memory and the individual soul: Against silly reductionism&quot;, en J. Cornwell (editor), pp. 200-206. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000101&pid=S1692-8857200900010000700026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Evans, C.O. (1970) <i>The subject of consciousness. </i>Londres: George Allen and Unwin.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000102&pid=S1692-8857200900010000700027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Frank, M. (1991) <i>Selbstbewusstsein und Selbsterkenntnis. Essays zur analytischen Philosophie der Subjektivit&aacute;t. </i>Stuttgart: Philipp Reclam.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000103&pid=S1692-8857200900010000700028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Frank, M. (1995) &quot;Is subjectivity a non-thing, an adsurdity? On some difficulties in naturalistic reductions of self-consciousness&quot;, en K. Ameriks & D. Sturna (editores), pp. 177-197.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000104&pid=S1692-8857200900010000700029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Frege, G. (1918/19) &quot;El pensamiento. Una investigaci&oacute;n l&oacute;gica&quot;, en <i>Ensayos de sem&aacute;ntica y filosof&iacute;a de la l&oacute;gica. </i>Madrid: Tecnos, 1998, pp. 196-225.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000105&pid=S1692-8857200900010000700030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Frie, R. (1997) <i>Subjectivity and intersubjectivity in modern philosophy and</i> <i>psychoanalysis. </i>Londres, Nueva York: Roman & Littlefield. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000106&pid=S1692-8857200900010000700031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Fodor, J. (2000) <i>La mente no funciona as&iacute;. Alcance y l&iacute;mites de la psicolog&iacute;a</i> <i>computacional. </i>Madrid: Siglo xxi, 2003. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000107&pid=S1692-8857200900010000700032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Gallagher, S. (2000) &quot;Philosophical conceptions of the self: Implications for cognitive science&quot;, en <i>Trends in Cognitive Science, </i>4/1, pp. 14-21. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000108&pid=S1692-8857200900010000700033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Gallagher & J. Shear (Eds.) (2002) <i>Models of the self. </i>Imprint Academic, Thorverton: Imprint Academic. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000109&pid=S1692-8857200900010000700034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Greenfield, S. (1998) &quot;How might the brain generate consciousness?&quot;, en S. Rose (Ed.), pp. 210-227. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000110&pid=S1692-8857200900010000700035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Habermas, J. (1988) <i>El pensamiento postmetaf&iacute;sico. </i>Madrid: Taurus, 1990. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000111&pid=S1692-8857200900010000700036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Harr&eacute;, R. (1998) <i>The singular self. An introduction to the psychology of</i> <i>personhood. </i>Londres: sage Publications.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000112&pid=S1692-8857200900010000700037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Henrich, D. (1971) &quot;Self-consciousness. A critical introduction to a theory&quot;, en <i>Man and World, </i>4/1, pp. 3-28. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000113&pid=S1692-8857200900010000700038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Henry, M. (1989) &quot;Philosophie et subjectivit&eacute;&quot;, en <i>Ph&eacute;nom&eacute;nologie de la vie</i> <i>II. De la subjectivit&eacute;. </i>Par&iacute;s: puf, 2003, pp. 25-55. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000114&pid=S1692-8857200900010000700039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Hume, D. (1739) <i>Tratado de la naturaleza humana. </i>Madrid: Editora Nacional, 1981.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000115&pid=S1692-8857200900010000700040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Husserl, E. ( 1925) <i>Ph&acirc;nomenologische Psychologie. </i>Husserliana ix. La Haya: Martinus Nijhoff, 1962. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000116&pid=S1692-8857200900010000700041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Husserl, E. (1911) <i>La filosof&iacute;a como ciencia estricta. </i>Buenos Aires: Nova, 1962.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000117&pid=S1692-8857200900010000700042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Husserl, E. (1912/1928) <i>Ideas relativas a una fenomenolog&iacute;a pura y una filosof&iacute;a fenomenol&oacute;gica. Libro segundo: investigaciones fenomenol&oacute;gicas sobre la constituci&oacute;n. </i>M&eacute;xico: UNAM, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000118&pid=S1692-8857200900010000700043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Kant, I. (1804) <i>Los progresos de la metaf&iacute;sica de Leibniz a Wolff. </i>Madrid: Tecnos, 1987.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S1692-8857200900010000700044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Kenny, A. (1988) <i>The Self. </i>Marquette: Marquette University Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000120&pid=S1692-8857200900010000700045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Kenny, A. (1989) <i>La metaf&iacute;sica de la mente. Filosof&iacute;a, psicolog&iacute;a, ling&uuml;&iacute;stica.</i> Barcelona: Paid&oacute;s, 2000. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S1692-8857200900010000700046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Koch, C. (2004) <i>La conciencia. Una aproximaci&oacute;n neurobiol&oacute;gica. </i>Barcelona: Ariel, 2005.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000122&pid=S1692-8857200900010000700047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Kripke, S. A. (1982) <i>Wittgenstein. A prop&oacute;sito de reglas y lenguaje privado.</i> Madrid: Tecnos, 2006.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S1692-8857200900010000700048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>McGinn, C. (1991) <i>The problem of consciousness: Essays toward a resolution. </i>Oxford: Basil Blackwell.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000124&pid=S1692-8857200900010000700049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Mead, G. H. (1938) <i>Esp&iacute;ritu, persona y sociedad. Desde el punto de vista del conductismo social. </i>Barcelona: Paid&oacute;s, 1973.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S1692-8857200900010000700050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Merleau-Ponty, M. (1947) <i>Fenomenolog&iacute;a de la percepci&oacute;n. </i>Barcelona: Pen&iacute;nsula, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S1692-8857200900010000700051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Metzinger, Th. (1999) &quot;Pr&agrave;sentationaler Gehalt&quot;, en F. Esken & D. Heckmann (Eds.) <i>Bewusstsein und Repr&acirc;sentation. </i>Paderborn: Mentis, pp. 377-405.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S1692-8857200900010000700052&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Metzinger, Th. (2003) <i>Be no one. The self model theory of subjectivity.</i> Cambridge: mit Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000128&pid=S1692-8857200900010000700053&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Metzinger, Th. (2004) &quot;The subjectivity of subjective experience: A representationalist analysis of the firts-person perspective&quot;, en <i>Networks,</i> 3/4, pp. 33-64.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S1692-8857200900010000700054&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Nagel, Th. (1974) &quot;&iquest;Qu&eacute; se siente ser murci&eacute;lago?&quot;, en <i>Ensayos sobre la vida</i> <i>humana. </i>M&eacute;xico: fce, 2000, pp. 274-296. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S1692-8857200900010000700055&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Nagel, Th. (1986) <i>Una visi&oacute;n de ning&uacute;n lugar. </i>M&eacute;xico: fce, 1996.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S1692-8857200900010000700056&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Nietzsche, F. (1886/88) <i>La voluntad de poder. </i>Madrid: Edaf.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S1692-8857200900010000700057&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Parfit, D. (1984) <i>Persons and reasons. </i>Oxford: Oxford University Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S1692-8857200900010000700058&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Popper, K. R. (1994) <i>El cuerpo y la mente. Escritos in&eacute;ditos acerca del</i> <i>conocimiento y el problema cuerpo-mente. </i>Barcelona: Paid&oacute;s, 1997. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000134&pid=S1692-8857200900010000700059&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Rose, S. (Ed.). (1998) <i>From brains to consciousness? Essays on the New</i> <i>Sciences of the Mind. </i>Nueva York: Allen Lane, The Penguin Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S1692-8857200900010000700060&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Rorty, R. (1979) <i>La filosof&iacute;a y el espejo de la naturaleza. </i>Madrid: C&aacute;tedra, 1983.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000136&pid=S1692-8857200900010000700061&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Rorty, R. (1982) &quot;Contemporary philosophy of mind&quot;, en <i>Synthese, </i>53, pp. 323-348.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S1692-8857200900010000700062&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ricoeur, P. (1990) <i>S&iacute; mismo como otro. </i>Madrid: Siglo XXI, 1996. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000138&pid=S1692-8857200900010000700063&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Russell, B. (1912) <i>Los problemas de la filosof&iacute;a. </i>Barcelona: Labor, 1970. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000139&pid=S1692-8857200900010000700064&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ryle, G. (1949) <i>El concepto de lo mental. </i>Barcelona: Paid&oacute;s, 2005. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000140&pid=S1692-8857200900010000700065&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Schopenhauer, A. (1847) <i>La cu&aacute;druple ra&iacute;z del principio de raz&oacute;n suficiente.</i> Madrid: Gredos, 1981.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000141&pid=S1692-8857200900010000700066&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Searle, J. (1984) <i>Mentes, cerebros y ciencia. </i>Madrid: C&aacute;tedra, 2001. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000142&pid=S1692-8857200900010000700067&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Searle, J. (1992) <i>El redescubrimiento de la mente. </i>Barcelona: Cr&iacute;tica, 1996.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S1692-8857200900010000700068&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Searle, J. (2004) <i>Lenguaje y ciencias sociales. Di&aacute;logo entre John Searle y</i> <i>CREA. </i>Barcelona: El Roure. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000144&pid=S1692-8857200900010000700069&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Strawson, G. (1994) <i>La realidad mental. </i>Barcelona: Prensa Ib&eacute;rica, 1997. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S1692-8857200900010000700070&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Strawson, G. (1999) &quot;The Self&quot;, en S. Gallagher & J. Shear (Eds.), pp. 1-24.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000146&pid=S1692-8857200900010000700071&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Strawson, P.F. (1997) &quot;The First Person and Others&quot;, en Q. Cassam (Ed.), pp. 210-215.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S1692-8857200900010000700072&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Sturna, D. (1995) &quot;Self and Reason: A Nonreductionist Approach to the Reflective and Practical Transitions of Self-consciousness&quot;, en K. Ameriks & D. Sturna (Eds.), pp. 199-215.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000148&pid=S1692-8857200900010000700073&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Varela, F. (1998) &quot;A Science of Consciousness as if Experience Mattered&quot;, en S.R. Hameroff, A. W. Kaszniak & A. C. Scott (Eds.). <i>Toward a Science of Consciousness II. The Second Tucson Discussions and Debates. </i>Cambridge: MIT Press, pp. 31-44.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S1692-8857200900010000700074&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Waismann, F. (1974) <i>Ludwig Wittgenstein y el C&iacute;rculo de Viena. </i>M&eacute;xico: fce.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000150&pid=S1692-8857200900010000700075&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Wegner, D. (2002) <i>The illusion of conscious will. </i>Cambridge: MIT Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S1692-8857200900010000700076&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="verdana">Wilkes, K.V. (1988) <i>Real people. Personal identity without thought experiments.</i> Oxford: Clarendon Press. </font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000152&pid=S1692-8857200900010000700077&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="verdana">Wiggins, D. (1980) <i>Sameness and substance. </i>Oxford: Blackwell. </font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S1692-8857200900010000700078&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Wittgenstein, L. (1953 - 1967) <i>Zettel. </i>Mexico: unam, 1979.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000154&pid=S1692-8857200900010000700079&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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