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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[From its very beginning during the fifth century B.C. democracy, as a politi-cal regime, has maintained a constant normative nucleus; equality and freedom among its members. But it also presents notorious discontinuities in the institu-tional internal organization. Modern democracies are equally indebted to two traditions; on the one hand popular sovereignty, under the form of either direct democracy or republican mixed constitution, and innate subjective rights on the other. Democracy resolved the dilemmas that emerged from opposed interests through two ways: representation, which enables it to incorporate them in a reduced collegiate body, within which deliberation and consensus is possible, and also through the universal election of representatives and governors by pre-established periods of time. This institutional schema is dangerously falling apart due to domestic tensions within each nation, on the one hand, and the constriction coming from the globalized economy on the other.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2"> <font size="4">    <p align="center"><b>Democracia y justicia global:     <br> obst&aacute;culos y perspectivas</b></p></font>      <p><b>Osvaldo Guariglia</b>    <br> Centro de Investigaciones Filos&oacute;ficas,    <br> Consejo Nacional de Investigaciones Cient&iacute;ficas y T&eacute;cnicas    <br> <a href="mailto:guarigli@retina.ar" target="_blank"><i>guarigli@retina.ar</i></a></p>      <p><b>Fecha de recepci&oacute;n:</b> abril 21 de 2012.    <br> <b>Fecha de aceptaci&oacute;n:</b> mayo 25 de 2012.</p>  <hr>  <font size="3">    <p><b>Resumen</b></p></font>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Desde su origen en el siglo V a.C., la democracia como r&eacute;gimen pol&iacute;tico ha mantenido cierto n&uacute;cleo normativo constante, la igualdad y la libertad entre sus miembros, y fuertes discontinuidades en la organizaci&oacute;n interna de sus instituciones. Las democracias modernas son igualmente deudoras de dos tradiciones: por un lado la de la soberan&iacute;a popular, sea bajo la forma de una democracia directa o bajo la forma de una constituci&oacute;n mixta republicana; y, por otro lado, la de los derechos subjetivos innatos. La democracia resolvi&oacute; los dilemas que le presentaban los intereses contrapuestos por medio de dos recursos: el de la representaci&oacute;n -que permit&iacute;a incorporarlos en un cuerpo colegiado reducido dentro del cual era posible la deliberaci&oacute;n y el acuerdo- y el de la elecci&oacute;n universal de los representantes y mandatarios por per&iacute;odos acotados. Este esquema institucional amenaza quebrarse bajo la tensi&oacute;n insostenible de las exigencias dom&eacute;sticas de cada naci&oacute;n, por una parte, y las potentes constricciones provenientes de una econom&iacute;a globalizada, por la otra.</p>      <p><b>Palabras Clave:</b> <i>Democracia, derechos, constituci&oacute;n mixta, representaci&oacute;n, soberan&iacute;a, globalizaci&oacute;n financiera.</i></p>  <hr>  <font size="3">    <p><b>Abstract</b></p></font>      <p>From its very beginning during the fifth century B.C. democracy, as a politi-cal regime, has maintained a constant normative nucleus; equality and freedom among its members. But it also presents notorious discontinuities in the institu-tional internal organization. Modern democracies are equally indebted to two traditions; on the one hand popular sovereignty, under the form of either direct democracy or republican mixed constitution, and innate subjective rights on the other. Democracy resolved the dilemmas that emerged from opposed interests through two ways: representation, which enables it to incorporate them in a reduced collegiate body, within which deliberation and consensus is possible, and also through the universal election of representatives and governors by pre-established periods of time. This institutional schema is dangerously falling apart due to domestic tensions within each nation, on the one hand, and the constriction coming from the globalized economy on the other.</p>      <p><b>Keywords:</b><i>Democracy, rights, mixed constitution, representation, sovereignty, finance globalization.</i></p>  <hr>       <p><b>1.</b> Comenzar por el origen y la evoluci&oacute;n de su sentido en el caso de la palabra <i>&quot;democracia&quot; </i>no es un simple ejercicio de erudici&oacute;n sino m&aacute;s bien un paso necesario en el esclarecimiento del largo camino que la instituci&oacute;n que conocemos bajo ese nombre ha recorrido desde su inicio hace unos 2500 a&ntilde;os en Grecia. No me extender&eacute;, sin embargo, en los detalles y matices que el significado del t&eacute;rmino tuvo desde su primer uso en el siglo v a.C. hasta la clasificaci&oacute;n de sus varias especies en la <i>Pol&iacute;tica </i>de Arist&oacute;teles, que ya he expuesto en otro trabajo (Guariglia, 2010c), sino que expondr&eacute; brevemente aquellos que a mi juicio son los rasgos fundamentales de este r&eacute;gimen en cada &eacute;poca hist&oacute;rica. Arist&oacute;teles presenta su propia definici&oacute;n de esta manera:</p>     <blockquote>    <p>La democracia que m&aacute;s merece ese nombre y el pueblo verdaderamente democr&aacute;tico, son los que se rigen por el concepto democr&aacute;tico de la justicia admitido por todos, <i>seg&uacute;n el cual la justicia consiste en que todos sean iguales en sentido num&eacute;rico. </i>En efecto, la igualdad consiste en que no gobiernen en mayor medida los pobres que los ricos, sino que todos sean soberanos por igual de acuerdo al n&uacute;mero, pues de esta manera podr&iacute;a juzgarse que efectivamente se dan en el r&eacute;gimen <i>la igualdad y la libertad </i>(Pol. VI 2, 1318a, pp. 3-10).</p> </blockquote>     <p>En todo su an&aacute;lisis de las constituciones hist&oacute;ricas que examina y clasifica en los tres libros centrales de la <i>Pol&iacute;tica, </i>iv-vi, Arist&oacute;teles se atiene a una dicotom&iacute;a entre dos reg&iacute;menes extremos, <i>democracia </i>frente a <i>oligarqu&iacute;a. </i>Mientras que la primera sostiene la igualdad de derechos y de participaci&oacute;n entre todos los ciudadanos, la segunda se caracteriza por mantener la desigualdad que se da en la riqueza de los ciudadanos, tambi&eacute;n en su derecho a participar o no en alguna de las tres partes constitutivas de un r&eacute;gimen pol&iacute;tico: la asamblea que delibera y tiene a su cargo la sanci&oacute;n de las leyes; los cargos ejecutivos de gobierno, y, por &uacute;ltimo, los tribunales de justicia y su conformaci&oacute;n, si por elecci&oacute;n o por sorteo de entre los miembros del pueblo llano <i>(Pol. </i>iv 14, 1297b35;1298a9). La democracia, en cambio, recurri&oacute; a un procedimiento central para preservar la igualdad de los ciudadanos: todos ellos estaban habilitados a participar directamente en la Asamblea legislativa, y el gobierno deb&iacute;a ser <i>rotativo y por turnos </i>por per&iacute;odos fijos, que no exced&iacute;an los dos a&ntilde;os.</p>     <p>&iquest;Qu&eacute; ha quedado y qu&eacute; se ha a&ntilde;adido al r&eacute;gimen pol&iacute;tico que propuso Arist&oacute;teles? En primer lugar, se mantiene el mismo esquema conceptual que nos permite utilizar como criterio una doble relaci&oacute;n de principio entre los miembros de un mismo r&eacute;gimen para que este sea considerado &quot;democr&aacute;tico&quot;: la relaci&oacute;n de simetr&iacute;a entre sus miembros que implica <i>la igualdad rec&iacute;proca de derechos, </i>(lo que Arist&oacute;teles llama &quot;igualdad seg&uacute;n el n&uacute;mero&quot;), por una parte, y la relaci&oacute;n tambi&eacute;n sim&eacute;trica de mutuo rechazo que implica que <i>ninguno de los miembros est&eacute; sometido a la voluntad ajena, </i>(lo que Arist&oacute;teles llama la &quot;libertad del ciudadano&quot;), por la otra. Ya en la Antigüedad surgieron de aqu&iacute; hist&oacute;ricamente dos tradiciones, tan pronto confundidas y tan pronto separadas a veces hasta el extremo de enfrentarse entre s&iacute;: <i>democracia </i>y <i>rep&uacute;blica </i>respectivamente. Pese a las gradaciones y matices que los diferencian, ambos reg&iacute;menes <i>populares </i>ten&iacute;an una caracter&iacute;stica com&uacute;n que usualmente se pasa por alto: dado que se trataba de constituciones en las que <i>todos los que pose&iacute;an el t&iacute;tulo de ciudadanos </i>participaban de <i>modo directo </i>de las instituciones y magistraturas del Estado, las mayor&iacute;as temporarias que se formaban en el &aacute;gora ateniense y m&aacute;s tarde en el Campo de Marte romano tomaban decisiones inapelables, que ten&iacute;an la capacidad de decidir sobre la vida y los bienes de los ciudadanos individuales (Finley, 1985, pp. 18-30; Lintott, 1999, pp. 199 - 208). Precisamente por esta capacidad de ejercer un poder absoluto, desde Arist&oacute;teles hasta Rousseau y Kant, la manera de ejercerlo se convierte en definitoria del r&eacute;gimen: el que usa el poder moderadamente porque presenta un equilibrio mayor entre sus componentes pasar&aacute;a ser preferentemente designado como <i>republicano, </i>mientras que el que tiende a ejercerlo sin frenos, quedar&aacute;clasificado como una <i>democracia extrema, </i>en donde el demos o la plebe decide solo en vista de sus intereses particulares.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Como ya advierte Rousseau, en las naciones modernas ese poder del pueblo soberano frente a sus sujetos, los ciudadanos, se enfrenta a l&iacute;mites estrictos que son los que opone al primero en beneficio de estos &uacute;ltimos el <i>derecho natural(Contr. </i>II, cap. 4). Se trata aqu&iacute; de la gran innovaci&oacute;n, introducida por el jurista holand&eacute;s Hugo Grocio, que consisti&oacute; en revertir la perspectiva en la consideraci&oacute;n de los derechos. En efecto, mientras que Arist&oacute;teles y sus seguidores romanos y renacentistas partieron de la concepci&oacute;n del todo, es decir, de la <i>polite&iacute;a </i>de cada Estado, para definir luego los derechos de los ciudadanos (Pocock, 1975, p. 66 y sig.), Grocio, en cambio, invirti&oacute; la relaci&oacute;n y parti&oacute; de los derechos propios del individuo que como persona cada uno <i>posee </i>desde siempre. Estos derechos son considerados inalienables y se convierten en una &quot;cualidad moral de las personas, facult&aacute;ndolas para tener o hacer algo legalmente&quot; (De <i>iure, </i>I, 1, 4, p. 97). Tenemos as&iacute; los tres principios normativos fundamentales que en su combinaci&oacute;n definen una constituci&oacute;n moderna: los principios de libertad e igualdad de derechos, la forma de auto-gobierno del pueblo soberano y los derechos innatos de los ciudadanos.</p>     <p>Un segundo y muy importante factor de distinci&oacute;n entre la democracia antigua y la moderna se ha a&ntilde;adido a partir de la segunda mitad del siglo xvii con la firma de la Paz de Westfalia en 1648, un pacto que termin&oacute; con las guerras de religi&oacute;n en Europa y dio nacimiento a los <i>Estados nacionales </i>(Guariglia, 2010a, pp. 25-27). El moderno derecho internacional surgido de all&iacute; se basa en el reconocimiento de la soberan&iacute;a de los Estados independientes, en el principio de no interferencia de cada uno de los Estados en los asuntos internos de los otros, y en una premisa de acci&oacute;n estrat&eacute;gica no escrita pero entronizada en todos los ministerios de relaciones exteriores del mundo desde aquel momento hasta la fecha, a pesar de su creciente anacronismo: <i>el equilibrio de poder entre los Estados </i>(Guariglia, 2010a, pp. 68-75).</p>     <p>Por &uacute;ltimo, un tercer elemento que separa dr&aacute;sticamente la democracia moderna de la antigua es lo que un historiador ha denominado recientemente &quot;el ascenso del dinero&quot;, es decir, la progresiva expansi&oacute;n de la econom&iacute;a de mercado a espacios cada vez m&aacute;s amplios: primero de la ciudad a la econom&iacute;a agraria de subsistencia, m&aacute;s tarde a todo el territorio limitado por un Estado soberano; luego incorporando a este &uacute;ltimo sus dependencias, ya sean colonias o Estados asociados por medio de convenios bilaterales; por &uacute;ltimo, incluyendo paulatinamente las finanzas internacionales a trav&eacute;s de la interconexi&oacute;n de los mercados en el &aacute;mbito global (Ferguson, 2008, p. 283 y ss.).</p>     <p><span class=font4>Las democracias modernas son, por lo tanto, igualmente deudoras de las dos tradiciones: la de la soberan&iacute;a popular, sea bajo la forma de una democracia directa o sea bajo la forma de una constituci&oacute;n mixta republicana, por una parte, y la de los derechos subjetivos innatos -para usar la terminolog&iacute;a de Kant -, por la otra. Estos, provenientes del derecho natural, de Grocio a Christian Wolf, hicieron su camino hacia el <i>Bill of Rights </i>de la constituci&oacute;n norte-americana y la <i>Declaraci&oacute;n de los derechos del hombre y del ciudadano </i>de la constituci&oacute;n francesa, hasta ser incorporados paulatinamente en las diversas constituciones democr&aacute;ticas adoptadas por los dem&aacute;s pa&iacute;ses del mundo, comenzando por los de Am&eacute;rica Latina desde la mitad del siglo xix en adelante. La democracia moderna intent&oacute; resolver los dilemas que le presentaban estos encontrados elementos y distintas tradiciones por medio del doble recurso de la <i>representaci&oacute;n </i>que permit&iacute;a incorporar los intereses contrapuestos de la ciudadan&iacute;a en un cuerpo colegiado reducido, dentro del cual era posible la deliberaci&oacute;n y el acuerdo, por un lado, y la elecci&oacute;n universal de los representantes y mandatarios por per&iacute;odos acotados, por el otro (Mill, 1975, p. 272). Si, como se&ntilde;ala un autor del nuevo republicanismo jur&iacute;dico norteamericano, la pol&iacute;tica reside en una forma correcta de deliberaci&oacute;n y discusi&oacute;n acerca del <i>bien p&uacute;blico, </i>este procedimiento no es posible sino por medio de los principios de la representaci&oacute;n: &quot;los mecanismos de responsabilidad prevendr&aacute;n el hecho de que los representantes defiendan intereses diferentes de aquellos de sus representados&quot; (Sunstein, citado por Nino, 1997, p. 144). &iquest;Pero c&oacute;mo hacer para que los representantes no antepusiesen sus propios intereses a los del conjunto de los ciudadanos, m&aacute;s all&aacute;de estar sujetos a dar cuenta de sus actos ante sus representados? &iquest;C&oacute;mo lograr un criterio claro y preciso para justipreciar que el &quot;bien com&uacute;n&quot; beneficie efectivamente al universo de los ciudadanos por igual? &iquest;C&oacute;mo asegurar, por &uacute;ltimo, que las decisiones de la mayor&iacute;a respeten los derechos individuales sin que esto limite la voluntad mayoritaria por encima de toda razonabilidad? (Michelman, 1986, pp. 40-43). La respuesta de la constituci&oacute;n mixta fue la distribuci&oacute;n de pesos y contrapesos entre los poderes del ejecutivo, del legislativo y de una justicia independiente que har&iacute;a lo que la razonabilidad de un &uacute;nico soberano, sea este unipersonal o multitudinario, no podr&iacute;a nunca o muy raramente lograr. Hasta cierto punto es posible afirmar que por largos per&iacute;odos durante el siglo xx la democracia logr&oacute; contener los m&aacute;s agudos conflictos y las prolongadas tensiones dentro de los l&iacute;mites de los Estados nacionales, especialmente luego de la II Guerra Mundial en Europa occidental y durante las &uacute;ltimas dos d&eacute;cadas del mismo siglo en Am&eacute;rica Latina. El revulsivo inicio del nuevo milenio ha hecho aflorar las fallas profundas de los reg&iacute;menes democr&aacute;ticos existentes y la fragilidad de sus estructuras sociales y pol&iacute;ticas. A continuaci&oacute;n har&eacute; una resumida enumeraci&oacute;n de aquellos elementos que a mi juicio inciden de modo directo en esta nueva y fluctuante situaci&oacute;n.</p>     <p> <b>2. </b>La democracia moderna est&aacute;circunscrita desde su origen dentro de los l&iacute;mites de los Estados nacionales, en los que tienen vigencia y legitimidad sus decisiones y leyes en cada caso y dentro de los que est&aacute;n contenidos los sujetos personales y f&iacute;sicos (territorio) de sus decisiones y los beneficiarios de sus derechos. Esta concepci&oacute;n general de la democracia ha sido sobrepasada por el nuevo proceso de <i>globalizaci&oacute;n imperfecta </i>que se ha instalado especialmente desde la &uacute;ltima d&eacute;cada del siglo xx hasta la actualidad. &iquest;En qu&eacute; consiste y cu&aacute;l es el estado de esta globalizaci&oacute;n? A fin de esclarecer el fen&oacute;meno, es necesario distinguir &quot;globalizaci&oacute;n&quot; de &quot;globalismo&quot;. Como se&ntilde;alan dos estudiosos (Keohane y Nye, 2001) de la pol&iacute;tica internacional:</p>     <blockquote>    <p><i>Globalismo </i>&#91;es&#93; un estado del mundo que envuelve una red de interdependencias a distancias intercontinentales, conectada a trav&eacute;s de unos flujos e influjos de bienes y de capital, de informaci&oacute;n e ideas, de personas y de fuerzas, as&iacute; como de sustancias potencialmente perjudiciales para el ambiente y la biosfera. <i>Glo-balizaci&oacute;n </i>y <i>desglobalizaci&oacute;n </i>se refieren al incremento o al decrecimiento del globalismo&quot; (p. 229).</p> </blockquote>     <p>A diferencia, pues, de otras formas internacionales o regionales de interdependencia, el globalismo se distingue por una multiplicidad de conexiones de interdependencia en una dimensi&oacute;n intercontinental, que tiene, adem&aacute;s, distintos niveles y aspectos, ya que no se limita al intercambio econ&oacute;mico y financiero, pese a ser el preponderante, sino que incluye tambi&eacute;n, en un extremo, la influencia militar directa, y en el otro, el influjo de movimientos pol&iacute;ticos o religiosos que se extienden de uno a otro continente. Pese a ello, se debe distinguir &quot;globalismo&quot; de &quot;universalidad&quot;, ya que uno de los efectos de la globalizaci&oacute;n ha sido el enorme aumento de la brecha entre los m&aacute;s ricos y los m&aacute;s pobres, tanto en el interior de los pa&iacute;ses desarrollados como entre estos y los menos desarrollados, sumidos en una pobreza e indigencia ya cr&oacute;nicas.</p>     <p>Ahora bien, como he se&ntilde;alado en mi reciente libro, es propio de una globalizaci&oacute;n imperfecta el hecho de que esta se restrinja a determinados intercambios, como por ejemplo las comunicaciones y, ligado a estas, los mercados financieros internacionales, y pueda, por el efecto que produce la expansi&oacute;n de aquellos intercambios, hacer retroceder otros rubros, mejor regulados, como por ejemplo, el comercio internacional. Esto es lo que ha ocurrido a partir de la crisis desatada por la quiebra del Banco de Inversi&oacute;n Lehman Brothers en 2008, que produjo una restricci&oacute;n enorme del cr&eacute;dito, cuya incidencia se tradujo en una sensible disminuci&oacute;n del comercio internacional y una reca&iacute;da en el proteccionismo que a&uacute;n se mantiene. Por ello, debemos hacer una clara distinci&oacute;n entre las transacciones que se rigen por acuerdos internacionales detalladamente reglados por normas un&aacute;nimemente aceptadas por la comunidad internacional, como es el caso de la Organizaci&oacute;n Mundial del Comercio, y aquellas otras libradas al juego especulativo sin reglas de los capitales financieros internacionales, que pueden llevar a la crisis a una poderosa uni&oacute;n de naciones, como est&aacute;ocurriendo en estos d&iacute;as con la Uni&oacute;n Europea.</p>     <p>El hecho de que los Estados nacionales est&eacute;n sujetos al juego tanto de un globalismo ya institucionalizado como de una globa-lizaci&oacute;n, cambiante y an&aacute;rquica, que involucra numerosos e importantes factores que escapan a su control, es un aspecto consustanciado con el nuevo orden mundial. Ambos fen&oacute;menos constri&ntilde;en fuertemente el &aacute;mbito de decisi&oacute;n que est&aacute;disponible para las instituciones democr&aacute;ticas en el interior del Estado-naci&oacute;n, y provocan permanentes cambios y desplazamientos en su sociedad civil, favoreciendo a ciertas capas, especial pero no solamente medias y altas de la poblaci&oacute;n, y desfavoreciendo fuertemente a otras, sobre todo a los menos especializados y carentes de educaci&oacute;n o de competencias espec&iacute;ficas. Un efecto ampliamente extendido, tanto en los pa&iacute;ses desarrollados como en desarrollo, es un alto nivel de desocupaci&oacute;n que a su vez conlleva un alto porcentaje de pobreza en la poblaci&oacute;n, porcentaje que se resiste a disminuir pese a las medidas para reducirlo. A su vez, la presi&oacute;n constante sobre los recursos fiscales del Estado amenaza con hacer inviables las conquistas del siglo pasado en la salud p&uacute;blica, la seguridad social y la educaci&oacute;n b&aacute;sica, cuya disminuci&oacute;n traer&iacute;a aparejadas mayores desigualdades (Stiglitz, 2010, pp. 1-18).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Tales transformaciones tienen un fuerte impacto en la actitud de una gran parte de la ciudadan&iacute;a con respecto a la pol&iacute;tica. La situaci&oacute;n de precariedad econ&oacute;mica, de inseguridad social y de ausencia de proyectos estables para el futuro incide tanto en la autoestima de las personas, como en su falta de pertenencia a una comunidad pol&iacute;tica considerada como propia. Como consecuencia, en el mundo desarrollado se ha extendido una mayor apat&iacute;a y pasividad de la ciudadan&iacute;a, que se traduce en cada vez menores porcentajes de participaci&oacute;n en las elecciones de representantes, tanto para los cargos ejecutivos como para las distintas c&aacute;maras legislativas (Hobsbawn, 2007, pp. 95-119). En los pa&iacute;ses en desarrollo o aquellos desarrollados en grave crisis, como ahora los del Sur de Europa, y en Am&eacute;rica Latina, los efectos de esas transformaciones econ&oacute;micas han creado una fuerte decepci&oacute;n en las promesas incumplidas de la democracia, que provoc&oacute; la disponibilidad de amplios sectores de la ciudadan&iacute;a para movimientos populistas, hostiles a las formas institucionalizadas de la democracia y contrarios al equilibrio entre representantes de una mayor&iacute;a y una minor&iacute;a. Especialmente en los pa&iacute;ses en desarrollo, la antigua amenaza de una mayor&iacute;a popular que impusiera su voluntad tir&aacute;nica, supuestamente conjurada por la democracia representativa, vuelve a presentarse en las precarias condiciones de una masa de pobres y marginados que sobreviven en los cinturones perif&eacute;ricos de las grandes urbes, gracias a un aparato clientel&iacute;stico montado al margen del Estado (Guariglia, 2010b, pp. 183-215; 2011, pp. 57-72).</p>     <p>De lo que antecede parecer&iacute;a que se impone una visi&oacute;n sombr&iacute;a para el futuro de la democracia, tal como usualmente se suele escuchar de analistas pol&iacute;ticos, realistas y esc&eacute;pticos, o de ide&oacute;logos nost&aacute;lgicos de una teolog&iacute;a pol&iacute;tica, apenas encubierta por apelaciones a narrativas identitarias o soberanistas (Schmitt, 1934, pp. 43-55). Podemos, sin embargo, preguntarnos si la evoluci&oacute;n del mundo en el &uacute;ltimo medio siglo no ha tra&iacute;do m&aacute;s que desventajas y obst&aacute;culos para el desarrollo de la democracia o si, en cambio, frente a todas las graves contrariedades de esta globa-lizaci&oacute;n imperfecta ha habido tambi&eacute;n una evoluci&oacute;n y consolidaci&oacute;n de aquellas instituciones y organizaciones transnacionales que pueden promover la consolidaci&oacute;n de la democracia en el plano global.</p>     <p><b>3. </b>Uno de los m&aacute;s destacados historiadores de la actualidad ha se&ntilde;alado con bastante exactitud: &quot;La 'globalizaci&oacute;n' &#91;actual a diferencia de la de hace cien a&ntilde;os&#93; reside sobre todo en la desaparici&oacute;n de las fronteras -fronteras culturales y econ&oacute;micas, fronteras f&iacute;sicas y lingü&iacute;sticas- y en el desaf&iacute;o de organizar un mundo en ausencia de ellas&quot; (Judt, 2009, p. 407). Ante esta situaci&oacute;n, ampliamente reconocida, existen dos actitudes fuertemente enfrentadas: un <i>realismo esc&eacute;ptico, </i>que contin&uacute;a aferrado al viejo esquema de los Estados nacionales soberanos, y un <i>cosmopolitismo </i>de nuevo cu&ntilde;o, que considera rebasado aquel viejo esquema pero ofrece dos soluciones alternativas: un cosmopolitismo de <i>individuos </i>y un cosmopolitismo de <i>Estados </i>(Guariglia, 2010a, pp. 122-140).</p>     <p>La tesis central del realismo afirma que la &uacute;nica causa motriz de la pol&iacute;tica internacional es el <i>inter&eacute;s nacional </i>de cada Estado, sin ninguna otra consideraci&oacute;n restrictiva m&aacute;s que aquellas de car&aacute;cter exclusivamente estrat&eacute;gico. Por lo tanto, el &uacute;nico mecanismo inhibitorio que tienen los actores en la arena de la pol&iacute;tica internacional es el <i>balance de poder, </i>que obliga a compensar constantemente avances o retrocesos de alguna de las partes mediante alianzas, distanciamientos, rupturas u otras medidas estrat&eacute;gicas similares por parte de las otras. En tiempos anteriores a las armas nucleares, la guerra, especialmente la guerra <i>preventiva, </i>no era una opci&oacute;n descartable de antemano. Con la aparici&oacute;n de los arsenales at&oacute;micos, la amenaza de destrucci&oacute;n nuclear de ambos contendientes ha impuesto una severa restricci&oacute;n al uso de la agresi&oacute;n armada, limit&aacute;ndola a naciones perif&eacute;ricas. A pesar de ello, la amenaza del empleo de la fuerza militar contin&uacute;a siendo la <i>ultima ratio </i>del orden internacional. En cuanto al orden jur&iacute;dico, en el plano de la pol&iacute;tica internacional, el realismo considera a los <i>Estados nacionales </i>las &uacute;nicas estructuras legales completas, con poder de sancionar y ejercer el derecho estatuido por la autoridad suprema que ostenta la soberan&iacute;a. Desde el punto de vista del realismo los reg&iacute;menes no se distinguen entre s&iacute; por su mayor o menor legitimidad democr&aacute;tica, sino exclusivamente por su capacidad de poner en pr&aacute;ctica el poder discrecional del que disponen. En efecto, el derecho es siempre un derecho sancionado por quien ejerce la autoridad y tiene la capacidad de coaccionar a los sujetos individuales, sean estos ciudadanos de una democracia, s&uacute;bditos de una teocracia o esclavos de una tiran&iacute;a. No hay, en consecuencia, otra noci&oacute;n de &quot;justicia&quot; m&aacute;s que la ley positiva sancionada y puesta en pr&aacute;ctica por la autoridad que retiene el poder. Este relativismo legal se completa con un equivalente relativismo moral, dado que los usos y costumbres son siempre propios de una determinada comunidad que comparte una misma lengua, una misma cultura e id&eacute;nticos valores. Pretender extender estos usos y costumbres a los miembros de otras culturas, con otros usos y otros valores (religiosos, morales, sociales, etc.) es no solo imposible sino contraproducente, ya que impone sobre esas otras culturas exigencias que estas no est&aacute;n dispuestas a admitir como propias: tal es el caso, en especial, de <i>los derechos humanos, </i>que no pueden ser separados de su origen en la cultura democr&aacute;tica de las naciones occidentales. Esta concepci&oacute;n del derecho como un derecho positivo, sancionado y respaldado por una amenaza efectiva de coacci&oacute;n, hace del derecho internacional una especie de derecho laxo, sin un entramado l&oacute;gico y jur&iacute;dico sistem&aacute;tico, dado que no tiene un &oacute;rgano central de sanci&oacute;n ni de ejecuci&oacute;n. Su validez, por &uacute;ltimo, depende exclusivamente del reconocimiento y de la voluntad de someterse a &eacute;l que tengan los Estados nacionales, dado que estos, si tuvieran el poder suficiente como para afrontar las consecuencias, pueden en cualquier momento desacatarlo, como ocurri&oacute; durante la breve existencia de la Liga de las Naciones, y contin&uacute;a ocurriendo, aunque con menor dramatismo, bajo el imperio de las Naciones Unidas.</p>     <p>En dr&aacute;stica oposici&oacute;n al realismo, las corrientes <i>cosmopolitas </i>partieron de un estado de cosas diametralmente distinto al presentado por el realismo. En efecto, desde fines de la II Guerra Mundial y especialmente desde el t&eacute;rmino de la Guerra Fr&iacute;a, el crecimiento de las relaciones de interdependencia entre las naciones no estuvo acompa&ntilde;ado por una ampliaci&oacute;n de la capacidad y de los poderes de intervenci&oacute;n de las instituciones internacionales que hab&iacute;an sido creadas medio siglo atr&aacute;s. En otros t&eacute;rminos, la globalizaci&oacute;n especialmente econ&oacute;mica y financiera no fue acompa&ntilde;ada sino en parte por un correspondiente <i>globalismo </i>institucional, que ha quedado a medio camino. El orden institucional interno, el control pol&iacute;tico, la sanci&oacute;n y ejecuci&oacute;n de leyes siguen siendo procedimientos propios de cada naci&oacute;n, y est&aacute;n sometidos al peso de las tradiciones locales, a su cultura (o incultura) en materia social, pol&iacute;tica y econ&oacute;mica, a su grado de desarrollo en el conocimiento cient&iacute;fico y t&eacute;cnico, en su capacidad administrativa, y en su eficiencia y control estatal. Esta tensi&oacute;n entre el universalismo de los derechos humanos, proclamado en 1948, por un lado, y la fragmentaci&oacute;n pol&iacute;tica del planeta en unidades discretas muy diferentes por su magnitud, cultura, organizaci&oacute;n pol&iacute;tica y social, y desarrollo econ&oacute;mico y t&eacute;cnico, por el otro, ha provocado la aparici&oacute;n de dos enfoques alternativos: uno que se apoya en el <i>derecho moral </i>que todas las personas del mundo tienen en ver satisfechas sus necesidades b&aacute;sicas, sin consideraci&oacute;n de cu&aacute;l sea el pa&iacute;s al que le ha tocado pertenecer, que se ha identificado como <i>cosmopolitismo </i>a secas, pero es preferible llamar <i>cosmopolitismo de individuos </i>(Pogge, 2007, pp. 11-53) y otro que, admitiendo y compartiendo la existencia de ese <i>derecho moral </i>de las personas individuales, considera que el reclamo que ese derecho impone tiene como destinatario inmediato la instituci&oacute;n <i>pol&iacute;tica </i>de la que estas forman parte, que a su vez distribuye esos deberes entre sus distintos poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, que es preferible denominar <i>cosmopolitismo de Estados </i>(Beitz, 2005, pp. 15-19; Guariglia, 2007, pp. 345-359; 2010a, pp. 124-131; Sengupta, 2007, pp. 323-345). La fuerza del cosmopolitismo de individuos es evidente: al extender el horizonte de nuestra responsabilidad moral a todos los habitantes del planeta, sin distinci&oacute;n de fronteras, razas, sexo, cultura o religi&oacute;n, pone directamente frente a nuestros ojos las abismales diferencias que separan a una persona que vive en Hait&iacute; o Malawi, cuyo nivel de vida est&aacute;por debajo de un d&oacute;lar diario de capacidad adquisitiva, y un ciudadano de uno de los pa&iacute;ses desarrollados, cuyo ingreso promedio diario per capita est&aacute;alrededor de los US$ 100 (Pogge, 2007, pp. 17-80). Frente a su fortaleza, se yergue su debilidad, que uno de sus primeros representantes, Ch. Beitz (2005), resumi&oacute; m&aacute;s tarde as&iacute;:</p>     <blockquote>    <p>El cosmopolitismo moral es agn&oacute;stico con respecto al contenido de la justicia pol&iacute;tica global, pues no se compromete ni a favor ni en contra de una propuesta que sostenga la necesidad de una autoridad soberana global. No hay una inferencia autom&aacute;tica que vaya del cosmopolitismo como justificaci&oacute;n moral al cosmopolitismo con referencia a las instituciones. Con ello se abre la pregunta de c&oacute;mo dar cuenta de esa indeterminaci&oacute;n en la pr&aacute;ctica (p. 18).</p> </blockquote>     <p>Justamente en la precisa determinaci&oacute;n de derechos y deberes que entrelazan el &aacute;mbito estatal y el supra-estatal reside la fuerza del cosmopolitismo de Estados, desde I. Kant hasta J. Rawls. Por oposici&oacute;n al realismo, esta corriente de pensamiento sostiene una continuidad del campo de vigencia normativo m&aacute;s all&aacute;de las fronteras nacionales, mostrando de qu&eacute; modo es posible articular sin fracturas el derecho internacional y los sistemas jur&iacute;dicos estatales, as&iacute; como la existencia de una jerarqu&iacute;a entre las normas internacionales existentes (Guariglia, 2010a, pp. 79-83). Rawls a&ntilde;adi&oacute; un nuevo elemento dentro del proyecto kantiano al incorporar la diversidad de culturas al pacto del derecho de gentes, puesto que este &uacute;ltimo, seg&uacute;n el fil&oacute;sofo norteamericano, debe tambi&eacute;n comprender a los pueblos que no pertenecen a la cultura democr&aacute;tica y liberal pero que poseen una doctrina comprehensiva (religiosa o metaf&iacute;sica) del bien com&uacute;n, respetan los derechos humanos b&aacute;sicos y rechazan toda pol&iacute;tica agresiva o belicosa con relaci&oacute;n a los otros pueblos (Rawls, 1999, p. 62 y ss.). Ahora bien, mediante la admisi&oacute;n directa de las diferencias entre las distintas naciones, tanto en su cultura como en todos los otros aspectos sustantivos que esta conlleva, como el grado de desarrollo educativo, cient&iacute;fico, t&eacute;cnico, de salud, y, por consiguiente, de recursos tanto humanos como materiales, el cosmopolitismo de Estados debe tambi&eacute;n admitir las asimetr&iacute;as entre los distintos pueblos del mundo de acuerdo con sus caracter&iacute;sticas propias y su trayectoria hist&oacute;rica. Esta admisi&oacute;n de las distancias entre las naciones debe tener, sin embargo, un l&iacute;mite, que debe ser precisado mediante un criterio de justicia internacional, para que sea compatible con una interpretaci&oacute;n no pol&eacute;mica de los derechos humanos y pueda servir al mismo tiempo como gu&iacute;a en las negociaciones y los acuerdos en materia econ&oacute;mica entre los distintos pa&iacute;ses, desarrollados, en desarrollo y menos desarrollados.</p>     <p>Acerca de este &uacute;ltimo punto se presenta la mayor dificultad, ya que es imposible establecer en abstracto un criterio que luego sea admitido por todos los involucrados. Un buen modelo de una pr&aacute;ctica alternativa, que ha dado sus frutos en una legislaci&oacute;n global, ha sido la prolongada discusi&oacute;n en torno al comercio mundial que ya lleva m&aacute;s de seis d&eacute;cadas de existencia y se ha institucionalizado en la m&aacute;s democr&aacute;tica de los organismos internacionales, la <i>Organizaci&oacute;n Mundial del Comercio </i>(Guariglia, 2010a, pp. 106-122). Aun as&iacute;, las asimetr&iacute;as entre los Estados involucrados han llevado a prolongados estancamientos, como el de la actual Ronda de Doha, en la que se trata de favorecer a los pa&iacute;ses menos desarrollados en la delicada cuesti&oacute;n del comercio de los productos agrarios y de las barreras y subsidios creados en favor de sus productores por los pa&iacute;ses m&aacute;s desarrollados. En otros t&eacute;rminos, el cosmopolitismo de Estados est&aacute;forzado a tener presentes estos obst&aacute;culos que la creciente asimetr&iacute;a entre los medios financieros a disposici&oacute;n de los pa&iacute;ses desarrollados y aquellos de que disponen los menos desarrollados impone a toda reforma en beneficio de estos &uacute;ltimos. Por otro lado, uno de sus fines m&aacute;s imperiosos es, precisamente, el de impeler a los pa&iacute;ses menos desarrollados a superar sus l&iacute;mites nacionales mediante nuevas y m&aacute;s poderosas asociaciones, a fin de que ellos puedan hacer sentir su peso en la negociaci&oacute;n internacional y disminuir paulatinamente las asimetr&iacute;as con los m&aacute;s ricos.</p>     <p>En las condiciones de la actual crisis de la econom&iacute;a global, la perspectiva de alcanzar una v&iacute;a para hacer converger el nivel de los pa&iacute;ses menos desarrollados con los m&aacute;s desarrollados, por una parte, y el de cumplir con las Metas de Desarrollo del Milenio a fin de erradicar la pobreza de los pa&iacute;ses m&aacute;s pobres, por la otra, ha dejado de ser una mera cuesti&oacute;n de justicia moral o de beneficencia para convertirse en una cuesti&oacute;n de supervivencia para la econom&iacute;a global, como recientemente lo han sostenido los expertos de las Naciones Unidas que redactaron el <i>Informe Stiglitz </i>(Stiglitz, 2010, pp. 3-5). Sin embargo, como se desprende de ese mismo informe, los poderosos sectores financieros que provocaron esta megacrisis son los principales obst&aacute;culos para una salida concertada en el mediano plazo entre todos los pa&iacute;ses involucrados, precisamente por ser los m&aacute;s enconados opositores a asumir la responsabilidad que les cabe en el desencadenamiento de ella. Dado este estado de cosas en el panorama mundial, las perspectivas que se abren para una expansi&oacute;n de la democracia en los distintos planos institucionales, nacional e internacional, son sin duda poco alentadoras.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>4. </b>M&aacute;s arriba hemos se&ntilde;alado que una de las salidas m&aacute;s duraderas a los conflictos de las democracias dentro de los l&iacute;mites del Estado-naci&oacute;n fue transferir la soluci&oacute;n de estos a un cuerpo colegiado de representantes que por medio de la deliberaci&oacute;n y la negociaci&oacute;n llegaran a acuerdos legitimados ante la opini&oacute;n p&uacute;blica. El grave dilema al que se enfrentan las democracias dom&eacute;sticas es que esta salida ya no est&aacute;disponible. En efecto, los representantes de los intereses en conflicto ya no est&aacute;n encerrados dentro de los muros de una c&aacute;mara nacional de representantes y, como advierte en estos d&iacute;as un legislador espa&ntilde;ol ante el parlamento europeo, ni siquiera dentro de una c&aacute;mara de representantes de una uni&oacute;n continental (L&oacute;pez Aguilar, 2011, pp. 21-22). Las decisiones m&aacute;s importantes se toman entre pocos personajes, presidentes de grandes bancos, directores de los bancos centrales de los pa&iacute;ses m&aacute;s importantes, del FMI, etc., a los que se ha a&ntilde;adido en los &uacute;ltimos tiempos esas nuevas parcas del mercado financiero, las agencias de calificaci&oacute;n, que con sus sentencias inapelables alargan o cortan los hilos de los bonos soberanos...</p>     <p>Los mandatarios democr&aacute;ticamente elegidos de los pa&iacute;ses desarrollados en problemas y m&aacute;s a&uacute;n de los pa&iacute;ses en desarrollo quedan atrapados entre las expectativas de sus electores y las imposiciones contrarias a estas, a las que se ven sometidos y normalmente doblegados por parte de ese n&uacute;cleo irresistible de poder, cuya &uacute;ltima correa transmisora suele ser el Fondo Monetario Internacional. Si retornamos por un momento a la definici&oacute;n que Arist&oacute;teles daba de la oligarqu&iacute;a como r&eacute;gimen pol&iacute;tico, es claro que en el marco actual de los reg&iacute;menes pol&iacute;ticos, tanto en el plano dom&eacute;stico como en el internacional, est&aacute;n presentes todos los elementos que el fil&oacute;sofo consideraba definitorios de ese r&eacute;gimen.</p>     <p>&iquest;C&oacute;mo reavivar en tiempos menesterosos las promesas y expectativas de la democracia no solo en el plano dom&eacute;stico sino tambi&eacute;n en el global? No es posible entrar en el detalle de una discusi&oacute;n que ya tiene una amplitud considerable (Bohman, 2007; Held, 1995a; 1995b). Me limitar&eacute; a se&ntilde;alar las v&iacute;as que a mi entender est&aacute;n disponibles para rescatar a las democracias de su creciente transformaci&oacute;n en oligarqu&iacute;as de distinto tipo. En primer lugar, es imprescindible volver a encender el debate en el interior de los Estados nacionales, a fin de que unas sociedades solamente preocupadas por sus fines privados y desmoralizadas por su impotencia pol&iacute;tica redescubran el poder de la deliberaci&oacute;n y de la confrontaci&oacute;n p&uacute;blica sobre aquellos bienes que competen a todos. En Am&eacute;rica Latina frecuentemente este anhelo de participaci&oacute;n termina confundido con movilizaciones de los marginados que alimentan nuevas formas de populismo, el cual, ampar&aacute;ndose en una defensa del soberanismo y sus mitos, termina avasallando los escasos espacios deliberativos que a&uacute;n quedan para un ejercicio real de la democracia y se convierte en otra forma de oligarqu&iacute;a plebiscitaria, con su secuela de cliente-lismo, oportunismo y corrupci&oacute;n. Todo lo contrario, un fortalecimiento de la democracia solo provendr&aacute;incluso para los pa&iacute;ses emergentes o en desarrollo a trav&eacute;s de un robustecimiento de las formas institucionalmente establecidas de deliberaci&oacute;n, como los parlamentos, y de una ampliaci&oacute;n de las comunicaciones y los actos argumentativos a c&iacute;rculos cada vez m&aacute;s amplios de la sociedad (Guariglia, 2010b). Una opini&oacute;n p&uacute;blica informada y pol&iacute;ticamente movilizada, que est&eacute; dispuesta a orientar pero tambi&eacute;n a exigir rendiciones de cuentas a sus representantes, es el sost&eacute;n m&aacute;s firme de una democracia y la mayor garant&iacute;a de que los intereses de todos sean efectivamente tenidos en cuenta.</p>     <p>Este robustecimiento de las democracias dom&eacute;sticas deber&aacute;necesariamente estar acompa&ntilde;ado por una extensi&oacute;n a formas transnacionales de institucionalizaci&oacute;n democr&aacute;tica. Como se&ntilde;al&eacute; m&aacute;s arriba, los intereses con mayor peso sobrepasan los l&iacute;mites del Estado nacional, inclusive en las democracias m&aacute;s desarrolladas, por lo que no hay otra posibilidad de enfrentarlos con alguna perspectiva de &eacute;xito si no es a trav&eacute;s de bloques de naciones, coaligadas en vista de un fin com&uacute;n. As&iacute; ocurre ya en instituciones internacionales, como la OMC, en la que se forman asociaciones temporarias como, por ejemplo, el grupo de Cairns, en defensa de los pa&iacute;ses exportadores agr&iacute;colas. La Uni&oacute;n Europea, pese a todas sus vicisitudes actuales, marc&oacute; el camino. El momento dram&aacute;tico que atraviesa en la actualidad la Uni&oacute;n Europea advierte, sin embargo, contra unas formas de integraci&oacute;n basadas exclusivamente en acuerdos econ&oacute;micos sin la contrapartida de una transferencia democr&aacute;tica de poder a &oacute;rganos federales, democr&aacute;ticamente legitimados, con capacidad de imponer leyes y decretos que rijan en todos los Estados miembros. Una integraci&oacute;n parecida de los pa&iacute;ses latinoamericanos deber&iacute;a comenzar por los acuerdos regionales ya existentes, ampliando sus instituciones democr&aacute;ticas como, por ejemplo, un parlamento con capacidad de legislar para toda la regi&oacute;n, por un lado, y de otorgar el poder de negociar en su nombre a un representante ungido por elecci&oacute;n o rotaci&oacute;n entre sus miembros, por el otro, a fin de defender los intereses regionales en el &aacute;mbito de los organismos internacionales. Una meta tan ambiciosa como la reforma del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que actualmente est&aacute;muy lejos del alcance de cualquiera de los Estados miembros, no ser&iacute;a tan ut&oacute;pica si quienes sostienen la propuesta son los representantes de varias asociaciones de naciones que unen sus fuerzas en pos de un nuevo orden internacional m&aacute;s democr&aacute;tico.</p>     <p>No es propio de una reflexi&oacute;n filos&oacute;fica aut&eacute;ntica hacer predicciones, algunas de las cuales frecuentemente caen en fant&aacute;sticos augurios, m&aacute;s propios de la ciencia-ficci&oacute;n que del sobrio examen reflexivo de los hechos hist&oacute;ricos. S&iacute;, en cambio, le est&aacute;permitido mostrar en determinadas circunstancias cu&aacute;l ha sido el derrotero de los acontecimientos y de las instituciones que han llevado a un determinado estado de cosas, y cu&aacute;les son las alternativas posibles que en tales circunstancias se abren para la acci&oacute;n colectiva. Dado que la democracia, desde su origen, es una acci&oacute;n que nos compete a todos, el fil&oacute;sofo puede cumplir como fil&oacute;sofo y como ciudadano mostrando cu&aacute;l de las varias sendas que se abren en el oscuro bosque del mundo global es, a su juicio, el camino m&aacute;s apropiado y m&aacute;s justo para todos.</p>  <hr>  <font size="3">    <p><b>Referencias</b></p></font>      <!-- ref --><p>Arist&oacute;teles. (1957). <i>Pol&iacute;tica. </i>W.D. Ross (Trad.). Oxford: Clarendon Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000049&pid=S1692-8857201200020000500001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Beitz, Ch. R. (2005). Cosmopolitanism and Global Justice. <i>The Journal of Ethics, </i>9, 11-27.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000051&pid=S1692-8857201200020000500002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Bohman, J. (2007). <i>Democracy across Borders. </i>Cambridge, Mass.: The MIT Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000053&pid=S1692-8857201200020000500003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Ferguson, N. (2008). <i>The Ascent of Money: A Financial History of the World. </i>New York: Penguin Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000055&pid=S1692-8857201200020000500004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>Finley, M.I. (1985). <i>Democracy Ancientand Modern. </i>N.J.: New Brunswick.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000057&pid=S1692-8857201200020000500005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Guariglia, O. (2007). Enforcing economic and social human rights. En Th. Pogge (Ed.), <i>Freedom from Poverty as a Human Right: Who Owes What to the Very Poor? </i>(pp. 345-357). Oxford: Oxford UP.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000059&pid=S1692-8857201200020000500006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p>Guariglia, O. (2010a). <i>En camino de una justicia global. </i>Madrid: Marcial Pons.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000061&pid=S1692-8857201200020000500007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Guariglia, O. (2010b). La Rep&uacute;blica y la &eacute;tica: una relaci&oacute;n conflictiva. En N. Botana (ed.), <i>Argentina 2010, entre la frustraci&oacute;n y la esperanza </i>(pp.183-215). Buenos Aires: Taurus.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000063&pid=S1692-8857201200020000500008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>Guariglia, O. (2010c). Democracia: origen, concepto y evoluci&oacute;n seg&uacute;n Arist&oacute;teles. Doxa. Cuadernos de Filosof&iacute;a del Derecho, <i>33, </i>157-190.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000065&pid=S1692-8857201200020000500009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>Guariglia, O. (2011). La Democracia en Am&eacute;rica Latina: la alternativa entre populismo y democracia deliberativa. En <i>Isegor&iacute;a, 44, </i>57-72.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000067&pid=S1692-8857201200020000500010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>Held, D. (1995a). <i>Democracy and the Global Order. </i>Stanford: University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000069&pid=S1692-8857201200020000500011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Held, D. (1995b). Democracy and the new international order. En D. Archibugi &amp; D. Held (Eds.), <i>Cosmopolitan Democracy </i>(pp. 96-120). Cambridge: Polity Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000071&pid=S1692-8857201200020000500012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Hobsbawm, E. J. (2007). <i>Globalisation, Democracy and Terrorism. </i>London: Little Brown.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000073&pid=S1692-8857201200020000500013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Judt, T. (2005). <i>Postwar: A History of Europe since 1945. </i>New York: Penguin Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000075&pid=S1692-8857201200020000500014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Judt, T. (2009). <i>Reappraisals: Reflections on the Forgotten Twentieth Century.</i> Londres: Penguin Books.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000077&pid=S1692-8857201200020000500015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>Keohane, R. O. &amp; Nye, J. S. (2001). <i>Power and Interdependence. </i>New York: Longman.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000079&pid=S1692-8857201200020000500016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Lintott, A. (1999). <i>The Constitution of the Roman Republic. </i>New York: Oxford, U.P.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000081&pid=S1692-8857201200020000500017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>L&oacute;pez Aguilar, J. (2011). Grecia no sufre por un exceso de Europa. <i>El Pa&iacute;s. </i>Extra&iacute;do el 26 de septiembre, 2011, de <a href="http://elpais.com/diario/2011/09/26/opinion/1316988004_850215.html"target="_blank">http://elpais.com/diario/2011/09/26/opinion/1316988004_850215.html</a> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000083&pid=S1692-8857201200020000500018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Michelman, F. (1986). Foreword: Traces of Self-Government. <i>Harvard </i><i>Law Review, 100, </i>4-77.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000084&pid=S1692-8857201200020000500019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p>Mill, J. Stuart, R. G. (1975). <i>Considerations on Representative Government.</i> En R. Wollheim (Ed.). Oxford: Oxford U.P.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000086&pid=S1692-8857201200020000500020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>Nino, C. (1989). <i>&Eacute;tica y derechos humanos. </i>Buenos Aires: Astrea.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000088&pid=S1692-8857201200020000500021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>Nino, C. (1997). <i>La constituci&oacute;n de la democracia deliberativa. </i>Barcelona: Gedisa.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000090&pid=S1692-8857201200020000500022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Pocock, J. (1975). <i>The Machiavellian Moment: Florentine Political Thought and the Atlantic Republican Tradition. </i>Londres: Princeton U.P.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000092&pid=S1692-8857201200020000500023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Pogge, Th. (2007). <i>Freedom from Poverty as a Human Right: Who Owes What to the Very Poor? </i>Oxford and New York: Oxford U.P.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000094&pid=S1692-8857201200020000500024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Rawls, J. (1999). <i>The Law of Peoples. </i>Cambridge, Mass. Londres: Harvard U.P.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000096&pid=S1692-8857201200020000500025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Schmitt, C. (1934). <i>Politische Theologie. </i>Berlin: Dunker &amp; Humblot.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000098&pid=S1692-8857201200020000500026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Sengupta, A. (2007). Poverty Eradication and Human Rights. En Th. Pogge (Ed.), <i>Freedom from Poverty as a Human Right: Who Owes What to the Very Poor? </i>(pp. 323-344). New York - Oxford: Oxford UP.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000100&pid=S1692-8857201200020000500027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Stiglitz, J. (Ed.). (2010). <i>The Stiglitz Report. </i>New York - London: The New Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000102&pid=S1692-8857201200020000500028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Weber, M. (1971). <i>Gesammelte Politische Schriften. </i>En J. Winckelmann (Hr.). Tübingen: Mohr.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000104&pid=S1692-8857201200020000500029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p> </font>      ]]></body><back>
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