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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[We analyze the role of pathos as emergency condition for both, logos and episteme, which leads us to recognize that along with an intellectual conception of the Platonic theory of knowledge, that demands to abolish all irrational elements which cloud the judgment, there is another perspective, especially supported by the Phaedrus, in which pathos, understood as astonishment, suffering or love madness, is not just a stage to overcome in order to arrive to the intuition of Forms, but it becomes itself a cognitive experience that gives back to knowledge its human nature.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2"> <font size="4">    <p align="center"><b>El papel del <i>Pathos </i>en la teor&iacute;a    <br> plat&oacute;nica del conocimiento</b></p></font>      <p><b>Mar&iacute;a Luisa Bacarlett P&eacute;rez</b>    <br> Universidad Aut&oacute;noma del Estado de M&eacute;xico (M&eacute;xico)     <br> <a href="mailto:mlbacarlettp@uaemex.com"><i>mlbacarlettp@uaemex.com</i></a></p>     <p><b>Angeles M<sup>a.</sup> del Rosario P&eacute;rez Bernal</b>    <br> Universidad Aut&oacute;noma del Estado de M&eacute;xico (M&eacute;xico)    <br> <a href="mailto:amperezb@uaemex.mx"><i>amperezb@uaemex.mx</i></a></p>     <p><b>Fecha de recepci&oacute;n:</b> julio 29 de 2011    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <b>Fecha de aceptaci&oacute;n:</b> junio 28 de 2012</p>  <hr>  <font size="3">    <p><b>Resumen</b></p></font>     <p>Se analiza el papel del pathos como condici&oacute;n de emergencia del logos y de la episteme, lo cual nos lleva a reconocer que a la par de una concepci&oacute;n &quot;intelectualista&quot; de la teor&iacute;a plat&oacute;nica del conocimiento, en la que es necesaria la supresi&oacute;n de todos los elementos irracionales que nublan el juicio, existe otra perspectiva, sobre todo sustentada en el Fedro, en la cual el pathos, expresado sea como asombro, como sufrimiento o como man&iacute;a amorosa, no es solamente una etapa que se debe superar para acceder a la intuici&oacute;n de las Formas, sino que ella misma se convierte en una experiencia cognitiva que devuelve al conocimiento su car&aacute;cter humano.</p>     <p><b>Palabras clave:</b> <i>Pathos, logos, episteme, conocimiento, locura divina.</i></p>  <hr>  <font size="3">    <p><b>Abstract</b></p></font>     <p>We analyze the role of pathos as emergency condition for both, logos and episteme, which leads us to recognize that along with an intellectual conception of the Platonic theory of knowledge, that demands to abolish all irrational elements which cloud the judgment, there is another perspective, especially supported by the Phaedrus, in which pathos, understood as astonishment, suffering or love madness, is not just a stage to overcome in order to arrive to the intuition of Forms, but it becomes itself a cognitive experience that gives back to knowledge its human nature.</p>     <p><b>Keywords:</b> <i>Pathos, logos, episteme, knowledge, divine madness.</i></p>  <hr>  <font size="3">    <p><b>Introducci&oacute;n</b></p></font>     <p>La filosof&iacute;a occidental ha sido, en gran medida, a lo largo de su historia, una cierta forma de cr&iacute;tica, un cierto intento por establecer los lindes de lo que humanamente puede ser pensado, dicho o realizado, siempre en un af&aacute;n de encontrar los confines de lo propiamente humano. Sin duda, sobre todo, ha sido en el &aacute;mbito del conocimiento que tal empresa se ha mostrado m&aacute;s acuciante y extensa. Tal tradici&oacute;n filos&oacute;fica ha tratado, incluso antes de Kant, de esclarecer qu&eacute; es aquello que puede caer bajo el cobijo del entendimiento humano y qu&eacute; queda fuera, en terrenos de la especulaci&oacute;n carente de sustento. Siempre concatenado con tal preocupaci&oacute;n, el tema relacionado con las condiciones de posibilidad del conocimiento es otra de las cuestiones que ha atenazado el imaginario filos&oacute;fico: &iquest;qu&eacute; hay en la antesala del conocimiento?, &iquest;qu&eacute; es aquello que desata nuestra avidez por conocer? Tratar de dar salida a tales cuestiones es, sin duda, otra manera en que la filosof&iacute;a occidental se ha expresado como cr&iacute;tica: tratar de saber si el conocer es un acto que se basta a s&iacute; mismo o encuentra sus condiciones de emergencia m&aacute;s all&aacute; de &eacute;l. No son pocos los fil&oacute;sofos que han simpatizado con la segunda opci&oacute;n, y para nuestra sorpresa, pensadores que calificar&iacute;amos de &quot;positivistas&quot; o &quot;conservadores&quot; defendieron en su momento una concepci&oacute;n del conocimiento que encuentra las condiciones del mismo en algo que al parecer lo niega: el asombro, el <i>pathos, </i>el <i>thauma, </i>la y las pasiones<a name="no_1"></a><a href="#no1"><sup>1</sup></a>.</p>     <p>Sin embargo, en esta ocasi&oacute;n no recurriremos a un fil&oacute;sofo contempor&aacute;neo, ni siquiera moderno. A pesar de su lejan&iacute;a temporal, el pensador que aqu&iacute; nos convoca no ha dejado de actuar como hito -sea desde la diatriba, sea desde la apolog&iacute;a- de buena parte de la filosof&iacute;a occidental hasta nuestros d&iacute;as. Efectivamente, Plat&oacute;n ha fungido como referente de buena parte de las posturas que sobre la naturaleza del conocimiento se han desarrollado en Occidente. Quiz&aacute; la imagen m&aacute;s recurrente de la teor&iacute;a plat&oacute;nica del conocimiento nos lleva a reconocer que, a pesar de todos los obst&aacute;culos y contratiempos que podamos encontrar en el camino -el cuerpo, las falsas creencias, las simples percepciones- existen criterios asequibles para obtener conocimiento verdadero. Con todo, si bien Plat&oacute;n se aleja de caer en el escepticismo, ello no implica que el conocimiento se agote en la parte racional del alma, de hecho, si nos cuestionamos sobre las condiciones de posibilidad del mismo, nos encontramos con que muchas veces estas est&aacute;n m&aacute;s all&aacute; de una esfera propiamente racional. Insistiremos, sin embargo, en que aunque el conocimiento despegue en terrenos no racionales, no discursivos, no tamizados por la dial&eacute;ctica, ello no compromete el car&aacute;cter racional que Plat&oacute;n otorga al conocer, pero escrutar en tales elementos nos puede abrir una visi&oacute;n m&aacute;s amplia, quiz&aacute; menos ortodoxa, de la teor&iacute;a plat&oacute;nica del conocimiento. Sobre todo, porque pensamos que, en ocasiones, en particular en el aula, cuando se trata de mostrar a un Plat&oacute;n asequible did&aacute;cticamente, nos olvidamos de que la concepci&oacute;n plat&oacute;nica del conocimiento y de la filosof&iacute;a est&aacute; muy lejos de ser exclusivamente &quot;intelectualista&quot; -en este punto coincidimos plenamente con estudiosos del <i>corpus </i>plat&oacute;nico como Alfred Edward Taylor o Martha C. Nussbaum; por ejemplo, para el primero, Plat&oacute;n se pronunciaba ya en sus di&aacute;logos contra &quot;el intelectualismo unilateral de los C&iacute;nicos, los continuadores m&aacute;s fieles de la tradici&oacute;n socr&aacute;tica que identifica la virtud con la mera intuici&oacute;n intelectual, y contra el hedonismo de moda que considera que la gratificaci&oacute;n de los deseos a medida que surgen -sin que importe su car&aacute;cter-, es el principal bien del hombre&quot; (Taylor, 2005, p.72).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Por su parte, Nussbaum no dejar&aacute; de subrayar la transformaci&oacute;n que sufre la postura plat&oacute;nica respecto al amor, mutaci&oacute;n que es visible si comparamos dos di&aacute;logos como <i>La Rep&uacute;blica </i>y el <i>Fedro, </i>en este &uacute;ltimo la man&iacute;a amorosa que sufre el enamorado deja de ser un estado perturbador e indeseable para aquel que quiere alcanzar el verdadero conocimiento, y se convierte en la &quot;fuerza motivacional&quot; que le indica el camino para asir la Idea de bien y la intuici&oacute;n de las Formas. En el primer di&aacute;logo, el intelecto es suficiente para alcanzar la aprehensi&oacute;n de la verdad; ello implica estar libres de pasiones y deseos, que lo &uacute;nico que logran es atarnos al cuerpo y nublar nuestro juicio. Pero, en el segundo di&aacute;logo las pasiones alcanzan un estatus positivo, pueden impulsarnos hacia el bien e indicarnos el camino hacia donde se encuentran el bien y la belleza. En suma, Nussbaum (1995) remarca la necesidad de tomar en cuenta las pasiones para tener una concepci&oacute;n m&aacute;s amplia y humana de la teor&iacute;a plat&oacute;nica del conocimiento: &quot;Los elementos no intelectuales desempe&ntilde;an una importante funci&oacute;n de gu&iacute;a en la b&uacute;squeda del saber&quot; (p. 286).</p>     <p>En este af&aacute;n por matizar una lectura en extremo intelectualista de los di&aacute;logos plat&oacute;nicos, en este trabajo nos proponemos esclarecer uno de los aspectos de la relaci&oacute;n existente entre <i>pathos, logos y episteme, </i>haciendo hincapi&eacute; en el primer elemento; para ello nos apoyaremos de manera particular en el <i>Teeteto </i>y el <i>Fedro, </i>tambi&eacute;n recurriremos de manera colateral a di&aacute;logos como el <i>Fe-d&oacute;n, </i>las <i>Leyes I, El Banquete </i>y <i>La Rep&uacute;blica. </i>El componente que nos interesa resaltar de la relaci&oacute;n entre estos tres elementos tiene que ver con las condiciones de emergencia del conocimiento; es decir, nos preguntaremos sobre el lugar que tiene el <i>pathos </i>en el proceso mismo del conocer. Nos interesa indagar c&oacute;mo el <i>pathos </i>se perfila como la condici&oacute;n misma tanto del <i>logos </i>como de la <i>episteme, </i>en el entendido de que el <i>logos </i>puede ser un instrumento did&aacute;ctico y dial&eacute;ctico que permite mostrar el camino para llegar a la posesi&oacute;n de las Formas. En este talante, analizaremos qu&eacute; relaci&oacute;n guardan los tres elementos; en particular vamos a reparar en la manera que el <i>pathos </i>se perfila como la condici&oacute;n de emergencia del <i>logos </i>y de la <i>episteme.</i></p> <font size="3">    <p><b>De los l&iacute;mites del <i>logos</i></b></p></font>     <p>El <i>Teeteto </i>es el di&aacute;logo al que tradicionalmente se recurre al tratar de indagar qu&eacute; forma toma el conocimiento en la filosof&iacute;a plat&oacute;nica; sin embargo, lo que encontramos en &eacute;l no es solo la ausencia de una definici&oacute;n positiva de la ciencia o <i>episteme, </i>sino que tambi&eacute;n hallamos la certeza de que <i>logos </i>y <i>episteme </i>no son lo mismo; es decir, el <i>logos </i>no es la ciencia, aunque puede ser uno de los caminos para llegar a ella. Recordemos que en este di&aacute;logo la palabra <i>logos </i>aparece, sobre todo, en el tercer intento por parte de Teeteto para definir el conocimiento. En un primer momento, este hace equiparables conocimiento y sensaci&oacute;n: &quot;Mi opini&oacute;n, pues, es que aquel que sabe alguna cosa tiene la sensaci&oacute;n de eso que sabe y que, tal es al menos la apariencia presente, la ciencia no es otra cosa que la sensaci&oacute;n&quot; <i>(Th&eacute;&eacute;t&egrave;te, </i>151b)<a name="no_2"></a><a href="#no2"><sup>2</sup></a>; sin embargo, una vez que S&oacute;crates le muestra la dificultad de sostener tal concepci&oacute;n, el joven propone una segunda acepci&oacute;n cuando define a la ciencia como opini&oacute;n verdadera: &quot;&#91;...&#93; pero es muy probable que la opini&oacute;n verdadera sea la ciencia y digamos que esa es mi respuesta&quot; <i>(Th&eacute;&eacute;t&egrave;te, </i>187b); despu&eacute;s de reparar en la inviabilidad de tal equiparaci&oacute;n, Teeteto, finalmente, se aventura a precisar que el conocimiento es una opini&oacute;n verdadera acompa&ntilde;ada de un <i>logos (Th&eacute;&eacute;t&egrave;te, </i>201d). Aqu&iacute; <i>logos </i>ha sido frecuentemente traducido como &quot;definici&oacute;n&quot;, &quot;justificaci&oacute;n&quot; o &quot;explicaci&oacute;n&quot;; en este trabajo nos hemos decidido por el primer t&eacute;rmino, en consonancia con las propuestas de Narcy (2001) y de Burnyeat (1998). Sin embargo, sea cual sea la opci&oacute;n que se tome, al concebir a la ciencia como opini&oacute;n verdadera acompa&ntilde;ada de un <i>logos </i>tenemos dos consecuencias importantes: la primera es que con ello Plat&oacute;n deja claro que la ciencia no es el <i>logos, </i>sino que este es un elemento que puede conducirnos a ella; en segundo lugar, si el <i>logos </i>se expresa como lo que acompa&ntilde;a o respalda una opini&oacute;n verdadera, entonces toma la forma de un discurso por el que damos cuenta y respaldamos una opini&oacute;n. Si hemos de tomar <i>logos </i>como definici&oacute;n, lo interesante es ahora preguntarnos qu&eacute; sentidos toma esta palabra en el marco particular del <i>Teeteto, </i>en tanto una definici&oacute;n puede ser expresada de muy distintas maneras. Apoy&aacute;ndonos en Burnyeat, encontramos que <i>logos </i>puede significar, al menos, tres cosas distintas:</p> <ul>    <p>1.&nbsp;Un enunciado por medio del cual se pone en palabras un juicio sobre determinada cosa u objeto (objeto que puede ser material o ideal).</p>     <p>2.&nbsp;Una lista o an&aacute;lisis exhaustivo de todos los elementos que componen dicho objeto.</p>     <p>3.&nbsp;Una diferenciaci&oacute;n del objeto en cuesti&oacute;n en relaci&oacute;n con otros objetos.</p>    </ul>     <p>En los tres casos el <i>logos, </i>como discurso que permite hacer un juicio, analizar o diferenciar lo propio de un objeto, no es a&uacute;n la ciencia, pero, incluso, en este di&aacute;logo encontramos que no es suficiente para llevarnos a ella. Recordemos las objeciones que S&oacute;crates lanza contra las tres concepciones antes mencionadas. En primer lugar, si el <i>logos </i>significa hacer un juicio de una cosa, lo cual Plat&oacute;n describe como nombrar los elementos de esa cosa, nos encontramos con el problema de saber: &iquest;cu&aacute;les son esos elementos? Es decir, cuando nombramos los componentes de una cosa, &iquest;estamos nombrando sus partes primeras o solo las que podemos percibir? Y si &uacute;nicamente nombramos lo que percibimos, &iquest;podremos fiarnos de nuestros sentidos? Aun m&aacute;s, &iquest;nombrar los elementos de una cosa es definirla? La respuesta de S&oacute;crates es negativa: &quot;Pero, de hecho, es imposible que alguno de esos elementos sea expresado por una definici&oacute;n, ya que es lo propio de ellos el s&oacute;lo ser nombrados: ya que ellos s&oacute;lo tienen un nombre&quot; <i>(Th&eacute;&eacute;t&egrave;te, </i>202b). M&aacute;s adelante, el propio S&oacute;crates reconoce la paradoja, seg&uacute;n la cual, suponemos conocer una cosa en su conjunto sin tener el conocimiento de los elementos que la conforman.</p>     <p>Respecto al segundo sentido, las objeciones no son menores y se desprenden, en buena medida, de lo anterior: hacer una enumeraci&oacute;n de los elementos que componen una cosa no nos dice nada de ella si no podemos dar cuenta de los componentes primeros que la conforman; por ejemplo, si quisi&eacute;ramos definir la palabra &quot;rat&oacute;n&quot;, tendr&iacute;amos que enumerar las letras que la componen: &quot;r&quot;, &quot;a&quot;, &quot;t&quot;, &quot;o&quot; y &quot;n&quot;; podr&iacute;amos afirmar que hemos dado con los elementos primarios que conforman la palabra, pero &iquest;son definibles? &iquest;C&oacute;mo habremos de definirlos? Como ya apunt&aacute;bamos, S&oacute;crates negar&aacute; que nombrar algo sea equivalente a definirlo. De hecho, para Plat&oacute;n nombrar no es lo mismo que enunciar, en tanto un enunciado no solo nombra sino que agrega un predicado significativo<a name="no_3"></a><a href="#no3"><sup>3</sup></a> al nombre, por ende, aunque podemos nombrar los elementos de una cosa, no podemos enunciar nada de ellos, es decir, no podemos definirlos. De hecho, la distinci&oacute;n plat&oacute;nica entre nombrar y enunciar tiene repercusiones fundamentales para los fil&oacute;sofos anal&iacute;ticos del siglo XX, por ejemplo. Ah&iacute; est&aacute; el caso de Gilbert Ryle, para quien -seg&uacute;n Myles Burnyeat- Plat&oacute;n dej&oacute; claro desde hace m&aacute;s de veinte siglos que &quot;la oposici&oacute;n establecida &#91;...&#93; entre elementos y complejos, es precisamente la oposici&oacute;n entre eso que puede ser nombrado y eso que puede ser enunciado, entre las cosas de las cuales puede haber denominaci&oacute;n y las cosas de las cuales puede haber enunciado&quot; (Burnyeat, 2008, p. 206). Distinci&oacute;n fundamental dentro del positivismo l&oacute;gico, pues el significado de un enunciado y el de una denominaci&oacute;n no se alcanza de la misma manera.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Por &uacute;ltimo, la tercera opci&oacute;n, la que define una cosa por su diferencia con respecto a otras, tambi&eacute;n es rechazada, pues tal proceso de diferenciaci&oacute;n nos deja un conocimiento meramente relativo, ya que esa cosa con la que comparamos el objeto en cuesti&oacute;n tampoco tiene un car&aacute;cter fijo, su propia definici&oacute;n est&aacute; sujeta a entrar en comparaci&oacute;n con otras igualmente relativas.</p>     <p>En suma, no hay elementos dentro del <i>Teeteto </i>para hacer del <i>logos </i>un requisito seguro e insoslayable para arribar al verdadero conocimiento. Sin embargo, no deja de parecernos parad&oacute;jico que buena parte de los di&aacute;logos plat&oacute;nicos se expresan como la b&uacute;squeda de una definici&oacute;n <i>(logos) </i>que pueda dar cuenta de la Idea de bien, de belleza o de virtud; es decir, muchos de ellos comienzan con la pregunta: &iquest;qu&eacute; es el bien, qu&eacute; es la belleza, etc.?, y luego tratan de darle respuesta. En suma, no se renuncia a tener una definici&oacute;n, pues contar con una es uno de los caminos que, reconocidos por Plat&oacute;n, nos pueden llevar al conocimiento verdadero. En este sentido, pareciera que el <i>logos </i>no siempre tiene el sentido apor&eacute;tico que tiene en el <i>Teeteto. </i>Por ejemplo, en el <i>Fedro, </i>S&oacute;crates insistir&aacute; que una de las armas mayores de la ret&oacute;rica es evitar las definiciones fijas y valerse sobre todo de nociones vagas. Compartir la misma concepci&oacute;n de una cosa, despu&eacute;s de una reflexi&oacute;n dial&oacute;gica, parece estar m&aacute;s cerca de la ciencia que el hecho de a&ntilde;adir a una opini&oacute;n verdadera una definici&oacute;n que no sabemos de d&oacute;nde vino o c&oacute;mo se form&oacute; <i>(Ph&egrave;dre, </i>263a, b, c). La cuesti&oacute;n que queda por resolver es, entonces, &iquest;cu&aacute;ndo una definici&oacute;n puede llevarnos a la ciencia y cu&aacute;ndo no? Para responder a tal pregunta tendr&iacute;amos que comenzar por reconocer la coincidencia de dos elementos propuestos en el <i>Teeteto: </i>el primero es que el <i>logos, </i>ligado a una opini&oacute;n verdadera, es insuficiente para alcanzar la intelecci&oacute;n de las Formas; mientras que el segundo se relaciona con el hecho de que la pregunta que motiva el di&aacute;logo no tiene soluci&oacute;n, es decir, nunca damos con una definici&oacute;n respecto a qu&eacute; es el conocimiento. Estas dos apor&iacute;as, creemos, se conectan, pues ambas se relacionan con dos ausencias igualmente imbricadas: en el di&aacute;logo no hay referencia ni a las Formas ni a la dial&eacute;ctica, ambos requisitos indispensables para alcanzar el verdadero conocimiento, la ciencia. En otros t&eacute;rminos, solo podemos hablar de ciencia cuando se apela al conocimiento de las Ideas o Formas que pudimos contemplar en el <i>Topus Uranus. </i>Una definici&oacute;n puede perfilarse como la antesala de la ciencia solo cuando es producto del ejercicio dial&eacute;ctico-dial&oacute;gico y no cuando es el mero resultado de un movimiento abstracto y solitario de an&aacute;lisis, de diferenciaci&oacute;n o denominaci&oacute;n, pues &quot;s&oacute;lo la dial&eacute;ctica es capaz de conducir al esp&iacute;ritu a la ciencia verdadera de todas las cosas&quot; (Lafrance, 2006, p. 187). As&iacute;, en el marco del <i>Teeteto, </i>el <i>logos </i>no lleva a la ciencia, pues no es producto de un proceso dial&eacute;ctico y porque sin apelar a las Formas no es posible dar con una definici&oacute;n ni fija ni cierta.</p>     <p>Antes de proseguir valdr&iacute;a la pena recordar que aquello que Plat&oacute;n entiende por ciencia o <i>episteme </i>est&aacute; lejos de designar la interpretaci&oacute;n contempor&aacute;nea del t&eacute;rmino. En Plat&oacute;n la ciencia se refiere a un <i>corpus </i>dial&eacute;ctico cuyos objetos son las Formas o Ideas y cuya verdad no depende del mundo sensible, en dado caso, tal verdad no tendr&iacute;a nada que ver con los c&aacute;nones modernos de la prueba y la verificaci&oacute;n. Como ya expone Juan Villoro (1982), la justificaci&oacute;n del conocimiento, en el contexto plat&oacute;nico, solo puede darse en su relaci&oacute;n con la reminiscencia y en su encadenamiento con las Ideas primeras, aquellas que pudimos contemplar de manera limpia y directa en el <i>Topus Uranus. </i>Es decir, el objeto privilegiado de conocimiento no lo conforman los fen&oacute;menos de la naturaleza, sino las Ideas o Formas que tienen como elemento rector o principio supremo la Idea de bien: &quot;Conocer la Idea de bien &#91;.&#93; ser&iacute;a entrar en posesi&oacute;n del conocimiento m&aacute;s total que puede desearse, conocimiento al que incluso S&oacute;crates no negar&aacute; el t&iacute;tulo de ciencia, <i>sophia </i>o <i>episteme&quot; </i>(Narcy, 2001, p. 8). Como hemos visto en el <i>Teeteto, </i>es dif&iacute;cil dar con una enunciaci&oacute;n definitiva de aquello que Plat&oacute;n entiende por ciencia: ninguna de las definiciones adelantadas en dicho di&aacute;logo puede dar cuenta de qu&eacute; es la ciencia, precisamente porque ninguna de ellas apela a las Formas.</p>     <p>Por otra parte, si nos restringimos al <i>Teeteto, </i>est&aacute; claro que el t&eacute;rmino <i>logos </i>no puede darnos elementos para concebirlo como la antesala de la ciencia, pero al reparar en otros di&aacute;logos su sentido se ampl&iacute;a. Aunque en ocasiones se ha equiparado a discurso, tambi&eacute;n se ha traducido simplemente como explicaci&oacute;n, palabra o raz&oacute;n. Fuera de los di&aacute;logos plat&oacute;nicos su sentido se extiende, se le llega a traducir como dicho, expresi&oacute;n o proposici&oacute;n, e incluso como proverbio, m&aacute;xima o sentencia, es decir, &quot;todo aquello que se comunica de palabra&quot; (Pab&oacute;n, 2009, p. 371). Inclusive, no descartamos que se le traduzca como discurso, conversaci&oacute;n o coloquio, lo cual nos remarca la implicaci&oacute;n existente entre <i>logos, </i>di&aacute;logo y <i>dial&eacute;ctica. </i>Existen otros casos que ejemplifican lo maleable que ha resultado este t&eacute;rmino en el contexto del mundo griego antiguo; por ejemplo, en un libro de reciente aparici&oacute;n, Paolo Zellini (2010) resalta la cercan&iacute;a existente entre la idea griega de n&uacute;mero y la de <i>logos, </i>cercan&iacute;a que es posible encontrar en los versos de Homero, en algunas tragedias cl&aacute;sicas, en la filosof&iacute;a pitag&oacute;rica y en los propios di&aacute;logos plat&oacute;nicos. En el marco estricto de los di&aacute;logos plat&oacute;nicos, insistiremos en que, a pesar de que el <i>logos </i>no es a&uacute;n la <i>episteme </i>o la posesi&oacute;n de las Ideas, puede servir como instrumento que posibilita seguir el camino correcto hacia el verdadero conocimiento. En Plat&oacute;n el <i>logos </i>conserva, en parte, el sentido heracliteano, como raz&oacute;n ordenadora del universo; sobre todo, apela al discurso, asequible en gran medida solo al fil&oacute;sofo, que permite dar raz&oacute;n de tal ordenamiento. Aunque, como hemos apuntado antes, nos circunscribiremos a equiparar <i>logos </i>con definici&oacute;n, lo cual no lo separa de su car&aacute;cter discursivo y dial&oacute;gico. En este sentido, <i>logos </i>y <i>episteme </i>no pueden aislarse del todo; pues el <i>logos </i>ser&iacute;a un discurso racional y veraz a trav&eacute;s del cual la dial&eacute;ctica nos indica el camino para arribar a la intuici&oacute;n de las Formas. Como producto dial&eacute;ctico, &quot;la definici&oacute;n es una b&uacute;squeda que debe conducirnos al conocimiento de la Realidad <i>(ousia) </i>o de la Forma <i>(eidos) </i>de una cosa&quot; (Lafrance, 2006, p. 170).</p>     <p>Una vez reconociendo en qu&eacute; casos el <i>logos </i>no lleva a la ciencia y en qu&eacute; casos se convierte en la antesala de la intuici&oacute;n de las Formas, valdr&iacute;a la pena preguntarnos, respecto al segundo caso, a pesar de ser un camino v&aacute;lido para llegar a la ciencia, &iquest;la mancuerna <i>logos-episteme </i>basta para dar cuenta del proceso por el cual arribamos al verdadero conocimiento? Adelantamos que la respuesta es negativa, pues para Plat&oacute;n hay algo que se encuentra antes del <i>logos </i>y de la misma ciencia y que los posibilita a ambos, nos referimos al <i>pathos. </i>En suma, el <i>logos, </i>separado de la dial&eacute;ctica, no puede llevarnos al verdadero conocimiento, pero tal pareciera que incluso ligado a la actividad dial&eacute;ctica tampoco puede agotar ni dar cuenta de la complejidad y las condiciones de emergencia de la ciencia. Veamos por qu&eacute;.</p> <font size="3">    <p><b>Sobre la primac&iacute;a del <i>pathos</i></b></p></font>     <p>La filosof&iacute;a no es otra cosa que <i>logos </i>puesto en marcha para despejar el camino que nos lleva del asombro al conocimiento de las Ideas; en este sentido, es dif&iacute;cil concebir al <i>logos </i>separado del conocimiento al que puede llevarnos: el <i>logos </i>es en muchos casos la antesala misma de la <i>episteme, </i>es ya una forma de conocimiento que necesita de las palabras, de las im&aacute;genes e hip&oacute;tesis para representarse. Podemos decir que el <i>logos </i>es parte de un <i>conocimiento discursivo </i>intr&iacute;nsecamente ligado a la dial&eacute;ctica, pero ciertamente no es equivalente a la ciencia. Con todo, <i>logos </i>y <i>episteme </i>parecen apelar a la parte racional del alma, frente a la parte irascible y concupiscente; conocer es siempre un asunto de las funciones m&aacute;s nobles y sublimes del alma, aquellas que se desprenden de su parte racional y que ponen a raya tanto la ira como el deseo irrefrenable a los sentidos y a las pasiones. Entonces, podr&iacute;amos aventurarnos a ubicar al <i>logos </i>y a la <i>episteme </i>como formas de conocimiento: el primero de tipo discursivo, el segundo como ciencia, el conocimiento m&aacute;s alto. Sin embargo, estos dos tipos de conocimiento, en particular en el <i>Teeteto, </i>tienen en la raz&oacute;n su condici&oacute;n necesaria pero no suficiente; as&iacute;, en este di&aacute;logo aparece una mancuerna que en muchos sentidos cruza toda su obra: asombro y conocimiento son dos elementos que dif&iacute;cilmente pueden concebirse aislados. Por ejemplo, S&oacute;crates no duda en manifestar que el <i>thauma </i>es el origen de la actitud propiamente filos&oacute;fica: &quot;Es totalmente propio del fil&oacute;sofo este sentimiento, el asombrarse. La filosof&iacute;a no tiene otro origen y aquel que ha hecho de Iris la hija de Thaumas parece entender bien de genealog&iacute;a&quot; <i>(Th&eacute;&eacute;t&egrave;te, </i>155d). Que Iris sea hija de Thaumas no deja de ser parad&oacute;jico, sobre todo si tenemos en cuenta que la labor de aqu&eacute;lla, como emisaria de los dioses, radica en llevar el mensaje divino mediante un discurso <i>(logos) </i>a los hombres, que si bien no es totalmente asequible a la inteligencia humana -pues se presenta siempre oscuro-, no por ello carece de orden y sentido; mientras que su padre -cuyo nombre puede traducirse como &quot;el magn&iacute;fico&quot;, &quot;el asombroso&quot;-representa la fuerza desbordante del mar y sus maravillas, ciertamente un poder enorme, monstruoso, pero carente de discurso, de <i>logos. </i>As&iacute; pues, Iris -la hacedora de discursos- es hija de Thau-mas -el asombroso, el magn&iacute;fico.</p>     <p>Antes de Plat&oacute;n, ya Esquilo (2006) enfatizaba tal liga en su tragedia <i>Agamen&oacute;n </i>al afirmar que hace falta sufrir para comprender <i>(pathei matos): </i>&quot;Porque Zeus puso a los mortales en el camino del saber, cuando estableci&oacute; con fuerza de ley que se adquiera la sabidur&iacute;a con el sufrimiento&quot; <i>(Agamen&oacute;n, </i>177). Es claro que en esta referencia Esquilo est&aacute; identificando <i>pathos </i>con sufrimiento, mientras que, como podremos ver m&aacute;s adelante, en Plat&oacute;n el sentido de tal palabra es mucho m&aacute;s amplio. M&aacute;s tarde Arist&oacute;teles, en la <i>Metaf&iacute;sica, </i>vuelve sobre tal idea, haciendo del asombro la primera respuesta humana ante eventos m&aacute;s bien mundanos, actitud que luego se dirige a problemas m&aacute;s elevados.</p>     <blockquote>    <p>En efecto, es el asombro lo que empuj&oacute;, tal como ahora, a los primeros pensadores a las especulaciones filos&oacute;ficas. En el inicio, su asombro versa sobre las dificultades que se presentan primeras al esp&iacute;ritu; pero despu&eacute;s, avanzando poco a poco, extender&aacute;n su exploraci&oacute;n a problemas m&aacute;s importantes, como los fen&oacute;menos de la Luna, del Sol y de las estrellas, en fin, los de la g&eacute;nesis de Universo. Ahora bien, percibir una dificultad y asombrarse, es reconocer la propia ignorancia &#91;...&#93; <i>(Metaf&iacute;sica, </i>A2, 982b, 12).</p></blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En Arist&oacute;teles el asombro est&aacute; al principio del conocimiento, pero no como una actitud pre-filos&oacute;fica de la que es necesario avergonzarse, sino como parte constitutiva del pensar filos&oacute;fico, a tal grado que ambos se convierten casi en sin&oacute;nimos. De hecho, el <i>pathos </i>no nos abandona cuando ascendemos a la exploraci&oacute;n de problemas m&aacute;s dignos y elevados. As&iacute;, el <i>thauma, </i>el <i>pathos, </i>se presenta como aquella emoci&oacute;n a partir de la cual el <i>logos, </i>y m&aacute;s tarde la ciencia, pueden tener lugar. En el caso concreto de Plat&oacute;n, este reconocimiento del asombro como germen del conocimiento sigue siendo interpretado a partir de una perspectiva intelectualista; habr&aacute; que reparar en otros elementos de su obra para reconocer que la teor&iacute;a plat&oacute;nica del conocimiento implica no solamente lo propio del entendimiento y el saber, sino que se conecta, de alguna manera, con la vida, sus dolores e injusticias. Es pertinente esta aclaraci&oacute;n, pues tal concepci&oacute;n intelectualista del <i>corpus </i>plat&oacute;nico nos lleva a pensar que la filosof&iacute;a comienza en el <i>logos </i>y que el <i>pathos </i>es una especie de sentimiento vergonzoso propio del vulgo; no obstante, en la interpretaci&oacute;n del <i>pathos </i>plat&oacute;nico, esta concepci&oacute;n puede ser vista de otra manera. Como bien lo expone Laurent (2002): &quot;El asombro es el acontecimiento propiamente filos&oacute;fico. Pasi&oacute;n de la raz&oacute;n, placer de la teor&iacute;a, purificaci&oacute;n por la mediaci&oacute;n, hay siempre una dimensi&oacute;n <i>pathica </i>en la actividad del fil&oacute;sofo&quot; (p. 190). Sin embargo, lo anterior no es equivalente a afirmar que el asombro, al ser la actitud propiamente filos&oacute;fica, pueda convertirse en un estado permanente o est&aacute;tico; antes bien, est&aacute; ah&iacute; para ser superado, sea para llegar a la <i>sophrosyne<a name="no_4"></a><a href="#no4"><sup>4</sup></a></i>o para llegar a la ciencia. Con todo, siempre habremos de regresar a &eacute;l para abrir y alimentar de nuevo nuestra inquietud, curiosidad, y actitud filos&oacute;fica; porque quiz&aacute; lo propio del estulto sea precisamente no asombrarse de nada.</p>     <p>Parece, as&iacute;, conformarse la idea de que el germen tanto del <i>logos </i>como de la ciencia est&aacute; precisamente en algo que los trasciende: el asombro, el <i>pathos, </i>el <i>thauma. </i>A ello habr&iacute;a que agregar que en griego <i>thauma </i>tambi&eacute;n significa &quot;marioneta&quot;: el hombre es en el fondo una marioneta cuyo actuar est&aacute; en manos de los dioses, por ende, aquello que lo mueve y maneja es un orden racional, un <i>logos, </i>pero su inteligibilidad es cr&iacute;ptica para la mirada del hombre com&uacute;n (aunque asequible para el fil&oacute;sofo)<a name="no_5"></a><a href="#no5"><sup>5</sup></a>. Es desde este fondo desconocido de donde parte tambi&eacute;n el asombro, que mueve los hilos de nuestras vidas y destinos; es decir, el <i>pathos </i>que acompa&ntilde;a al alma cuando comprende que la realidad depende de algo distinto que no se hace patente en los simples estados de las cosas. Precisamente, es el fil&oacute;sofo quien mejor puede conservar y cultivar su capacidad de asombro, quien no solo se maravilla frente al plan divino, sino tambi&eacute;n frente a los fatuos intentos humanos por dominar una realidad cuya l&oacute;gica le resulta incomprensible: &quot;La acci&oacute;n de los dioses, aunque vuelve irrisoria la libertad humana, impone una cierta racionalidad al desorden. As&iacute;, porque conoce el orden del mundo, el fil&oacute;sofo considera al hombre como un prodigio que provoca el divertimento, el terror o la piedad&quot; (Laurent, 2002, p. 85).</p>     <p>Esta liga constante entre <i>pathos </i>y conocimiento vuelve a aparecer en la idea de <i>may&eacute;utica, </i>ya que la labor de &quot;parir almas&quot; no puede desligarse de un proceso doloroso y agon&iacute;stico. En el mismo <i>Teeteto, </i>el joven que da nombre al di&aacute;logo y que S&oacute;crates se encarga de cuestionar para dar con una definici&oacute;n aceptable de conocimiento, en alg&uacute;n momento expresa su malestar por lo penosa que resulta tal b&uacute;squeda, a lo que S&oacute;crates responde que no debe preocuparse, pues lo &uacute;nico que est&aacute; sintiendo son los dolores propios del alumbramiento, dolores de plenitud y no de vacuidad. Tambi&eacute;n en <i>La Rep&uacute;blica </i>se vuelve a hacer patente tal paridad entre dolor y conocimiento:</p>     <blockquote>    <p>&#91;...&#93; aquel que tiene verdadero amor por la ciencia est&aacute; naturalmente dispuesto a luchar para alcanzar al ser, y lejos de distraerse con los numerosos objetos que s&oacute;lo existen en apariencia, sigue su camino sin flaquear y no ceja en su amor por alcanzar la naturaleza de cada cosa en s&iacute; a trav&eacute;s de la parte de su alma que est&aacute; hecha para asir las esencias, ya que es de la misma naturaleza que &eacute;stas; para que al final, al acercarse esta parte del alma y del ser verdadero y al unirse, se engendre la inteligencia y la verdad; as&iacute;, al gozar del conocimiento, de la verdadera vida y del verdadero alimento, cesan al fin, pero no antes, los dolores del alumbramiento <i>(R&eacute;publique, </i>490b).</p></blockquote>     <p>De hecho, cada di&aacute;logo plat&oacute;nico puede verse como el proceso doloroso por el cual el interpelado intenta, lenta y agon&iacute;sticamente, asir las verdades que su alma posee pero ha olvidado. S&oacute;crates, &eacute;l mismo declar&aacute;ndose est&eacute;ril, es la partera que ayuda en este proceso doloroso de alumbramiento. La idea de &quot;alumbrar&quot; entabla una relaci&oacute;n estrecha entre luz, conocimiento y gozo, mientras que la ignorancia, la falta de conocimiento, estar&aacute; firmemente ligada a la oscuridad; con todo, el sufrimiento no es intr&iacute;nseco de la ignorancia, sino del camino y el esfuerzo que conlleva salir de ella; sufrimiento que como ya ve&iacute;amos en el <i>Teeteto, </i>no es vacuo sino pleno, porque lleva inscrita la recompensa final. Foucault (2001) aborda, con particular insistencia, este car&aacute;cter agon&iacute;stico del conocimiento cuando habla del &quot;conocimiento espiritual&quot; propio de la filosof&iacute;a antigua: conocer no implicaba simplemente que el sujeto entrara en contacto con una parcela de la realidad para describirla o conceptualizarla; conocer requer&iacute;a que el sujeto se comprometiera a s&iacute; mismo, se modificara, se empe&ntilde;ara bajo el peligro de perderse en el proceso. Lo mismo ocurre para Alfred Edward Taylor (2005), para quien <i>la filosof&iacute;a es, a ojos de Plat&oacute;n, un 'modo de vida', una disciplina para el car&aacute;cter no menos que para el entendimiento </i>(p. 35). La gran diferencia respecto a la manera moderna de concebir el conocimiento no es que con la modernidad el conocer no demande algo del sujeto, pero aquello que reclama es ajeno a su espiritualidad, lo que exige es m&aacute;s bien una cuesti&oacute;n metodol&oacute;gica. Foucault (2001) lo plantea en los siguientes t&eacute;rminos:</p>     <blockquote>    <p>Creo que en la era moderna la historia de la verdad comienza a partir del momento en que aquello que permite acceder a la verdad es el conocimiento mismo por s&iacute; s&oacute;lo. Es decir, en el momento en que sin demandarle nada, sin que el ser del sujeto tenga que ser modificado o alterado, el fil&oacute;sofo (o el cient&iacute;fico o simplemente aquel que busca la verdad) es capaz de reconocer en s&iacute; mismo y por sus solos actos de conocimiento, la verdad y puede tener acceso a ella (p. 19).</p></blockquote>     <p>Este conocimiento espiritual, del que habla Foucault, no aspiraba a dar con el n&uacute;cleo objetivo de las cosas, ni buscaba dar con una identidad o positividad que definiera al hombre, sino asombrarse de la &quot;visibilidad&quot; del mismo, no por la materialidad de su cuerpo, sino por lo asombroso de su presencia, por el aliento de la palabra a trav&eacute;s del cual el alma se manifiesta (cf. Laurent, 2002). Foucault no duda de apoyarse en di&aacute;logos como la <i>Apolog&iacute;a </i>y el <i>Alcib&iacute;ades </i>para dar cuenta de que uno de los principales reproches de S&oacute;crates a sus interpelados radica en que no se ocupan de ellos, no tienen ninguna inquietud por s&iacute; mismos. En virtud de ello, los conmina a un trabajo de cuidado y de conocimiento de s&iacute; que siempre lleva las marcas del esfuerzo, del sufrimiento y la lucha. Para alcanzar la verdad hay que ser pacientes, para llegar al conocimiento hay que hacer sacrificios, uno de los cuales -en el que S&oacute;crates insiste- es la satisfacci&oacute;n del deseo sexual. S&oacute;crates podr&iacute;a decir cosas bellas a Alcib&iacute;ades, podr&iacute;a adularlo para obtener sus favores, pero tal proceder en nada ayudar&iacute;a al joven a convertirse en un buen gobernante ni en el trabajo de cuidarse y conocerse a s&iacute; mismo, as&iacute; que prefiere llevarlo por el camino m&aacute;s largo y sinuoso de la may&eacute;utica. As&iacute; pues, estamos ante dos renuncias, la de S&oacute;crates, que bien podr&iacute;a haber aprovechado los favores carnales de Alcib&iacute;ades, y la de este &uacute;ltimo, que bien podr&iacute;a haberse dejado adular por el maestro. Esta manera de vincular <i>pathos </i>y conocimiento, haciendo del primero un camino agon&iacute;stico para llegar al segundo, tiene una connotaci&oacute;n que bien podr&iacute;amos llamar &quot;moral&quot;, sobre todo porque aqu&iacute; el conocimiento, como meta, no puede desligarse de la mejora de s&iacute; mismo, del resultado de un trabajo de s&iacute; sobre s&iacute;. Pero, este aspecto &quot;moral&quot; del <i>pathos </i>tiene otra acepci&oacute;n sobre la cual Jean-François Matt&eacute;i ha insistido en al menos dos de sus obras: <i>De l'indignation </i>(2005a) y <i>Platon </i>(2005b). Seg&uacute;n Matt&eacute;i, si atendemos al esquema tripartita del alma plat&oacute;nica, razonable, col&eacute;rica y concupiscente, los juicios a los que podemos acceder a trav&eacute;s del alma razonable solo pueden alcanzar su m&aacute;ximo de dignidad apelando a la c&oacute;lera. Es esta la que nos hace indignar frente a las injusticias del mundo y no contemplarlas &uacute;nicamente. Es cierto que, como sucede en el caso del &quot;conocimiento espiritual&quot;, estamos ante una forma del conocer que no se expresa como mera funci&oacute;n abstracta, sino como un conocimiento destinado a actuar sobre el mundo o sobre nosotros mismos. Es en este punto donde la indignaci&oacute;n hace que la raz&oacute;n pueda alcanzar su mayor nobleza. Afirma Matt&eacute;i (2005b):</p>     <blockquote>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Ella &#91;la indignaci&oacute;n&#93; se opone tanto al car&aacute;cter moderado de la raz&oacute;n, que debe permanecer due&ntilde;a de s&iacute; misma, como al principio de placer que no conoce ning&uacute;n l&iacute;mite. Alz&aacute;ndose contra el mal, del cual resiente la perversidad pero al mismo tiempo su seducci&oacute;n, el alma salvaguarda la posibilidad de que la raz&oacute;n afirme su dignidad (p. 15).</p></blockquote>     <p>La indignaci&oacute;n se presenta como detenci&oacute;n del flujo regular de la vida, dilaci&oacute;n que arranca al sujeto de su cotidianeidad y lo lleva a reflexionar, cuestionar, indagar. Tal <i>pathos </i>se muestra como una fuerte impresi&oacute;n que provocar&aacute; un cambio profundo, una conversi&oacute;n, cuya principal caracter&iacute;stica es su car&aacute;cter instant&aacute;neo, como un golpe repentino. Para Matt&eacute;i, el <i>thaumadzein, </i>la admiraci&oacute;n frente al mundo, es origen de la filosof&iacute;a, al menos en dos sentidos: como asombro y como indignaci&oacute;n; el primero dirigido al interior del alma, pues es la raz&oacute;n la que atestigua la verdad del ser; el segundo abocado al exterior, como juicio enfocado al mundo y sus injusticias. &quot;Es sobre el fondo de esta doble prueba, de asombro y de indignaci&oacute;n, que los hombres vienen al mundo. Tal es su suerte o su ley, seg&uacute;n Plat&oacute;n. Un t&eacute;rmino griego da un sentido universal a la necesidad de tal <i>pathos. </i>Se trata del verbo <i>n&eacute;mesein, </i>&laquo;indignarse&raquo;&quot; (Matt&eacute;i, 2005b, p. 22).</p>     <p>Claramente, estamos frente a una concepci&oacute;n del conocimiento menos abstracta y mucho m&aacute;s mundana, pues encuentra su punto de partida tanto en la indignaci&oacute;n, producto de reparar en las injusticias del mundo, como en el esfuerzo que implica abandonar nuestro estado de estulticia; pero, sobre todo, su car&aacute;cter mundano se subraya cuando reparamos que tal conocimiento vuelve al mundo, sea como juicio y denuncia, sea como mejora y transformaci&oacute;n de nosotros mismos. Con todo, creemos que los ejemplos que hemos revisado hasta aqu&iacute;, en relaci&oacute;n con el <i>pathos </i>como condici&oacute;n del conocimiento, siguen dando un enorme peso al aspecto racional, lo que de alguna manera imprime cierto cariz negativo, sea al asombro, sea al sufrimiento o a la indignaci&oacute;n; estados necesarios para llegar al conocimiento, pero que es deseable abandonar cuanto antes para desplegar las aptitudes m&aacute;s nobles del alma, ya que son parte del camino pero no de la meta. Creemos, sin embargo, que hay una experiencia en la que el <i>pathos </i>no solo es un pelda&ntilde;o para llegar, sino que se convierte en parte de la c&uacute;spide; ah&iacute; toma un car&aacute;cter radicalmente positivo, a la vez como escal&oacute;n y como parte misma del conocimiento.</p> <font size="3">    <p><b><i>Pathos </i>y locura divina</b></p></font>     <p>Hay una experiencia a trav&eacute;s de la cual los hombres pueden llegar a asir la ciencia, el conocimiento de las Formas, en la que el papel del <i>pathos </i>toma un car&aacute;cter radicalmente positivo, en la que deja de ser solo un pelda&ntilde;o inicial y se vuelve una forma de conocimiento, se trata de la locura divina. Si el asombro es lo propio del fil&oacute;sofo, la locura deja de ser espec&iacute;ficamente filos&oacute;fica, pues la comparte con el adivino, el profeta y el poeta; aun as&iacute;, adquiere rasgos &uacute;nicos cuando se liga a la filosof&iacute;a. De hecho, as&iacute; como Nietzsche tiende una liga entre locura, embriaguez y filosof&iacute;a, en Plat&oacute;n tambi&eacute;n encontramos un enlace parecido, pues no descarta emparentar al fil&oacute;sofo con los Bacantes, algo que resalta Monique Dixsaut en su traducci&oacute;n y comentarios al <i>Fed&oacute;n; </i>ah&iacute; encuentra cierta cercan&iacute;a entre los fil&oacute;sofos y los Bacantes, pues los primeros est&aacute;n, a su manera, pose&iacute;dos por lo divino<a name="no_6"></a><a href="#no6"><sup>6</sup></a>. Concretamente, Dixsaut se refiere al par&aacute;grafo 69d del <i>Fed&oacute;n, </i>donde S&oacute;crates le dice a Simmias: &quot;&#91;...&#93; pero los Bacantes son raros. Y, seg&uacute;n mi opini&oacute;n, estos &uacute;ltimos no son otros que aquellos que siempre se han ocupado del filosofar rectamente&quot; <i>(Ph&eacute;don, </i>69d).</p>     <p>Como hemos apuntado, la liga entre embriaguez, locura y filosof&iacute;a es un rasgo que ya destacaba Nietzsche a la hora de analizar a los fil&oacute;sofos presocr&aacute;ticos; sin embargo, la locura tal y como es concebida por el fil&oacute;sofo alem&aacute;n no es el camino que nos lleva al conocimiento de las Formas, sino la experiencia que nos pone en contacto con el caos monstruoso y carente de sentido sobre el cual se sostienen nuestras existencias individuales y nuestras representaciones. No hay Ideas que descubrir en tal fondo monstruoso, el hallazgo es que no hay Ideas ni Formas esperando a dar sustento a nuestros juicios. Mientras la locura filos&oacute;fica a la que apela Plat&oacute;n nos permite sustentar trascendentalmente la verdad del conocimiento, entrar en contacto con el mundo de las Ideas, un mundo que est&aacute; siempre m&aacute;s all&aacute; de esta realidad terrenal y concreta, la locura dionisiaca a la que apela Nietzsche nos invita a desfondar toda aspiraci&oacute;n a la verdad y al conocimiento absolutos; tambi&eacute;n nos autoriza reconocer la inmanencia de todo juicio, su relatividad y su dependencia respecto al cuerpo, la cultura y el lenguaje. En este sentido, la experiencia dionisiaca puede equipararse poco a un acto de conocimiento, pues su finalidad &uacute;ltima no es el conocer, sino la transfiguraci&oacute;n de aquel que conoce; no es tanto un conocimiento sino una experiencia incomunicable. Aunque tendr&iacute;amos que admitir que la locura filos&oacute;fica a la que apela Plat&oacute;n parece tambi&eacute;n compartir cierto rasgo de incomunicabilidad<a name="no_7"></a><a href="#no7"><sup>7</sup></a>, pues aquello que se puede transmitir discursivamente no es nunca equiparable a la intelecci&oacute;n de las Formas; sin embargo, el fil&oacute;sofo siempre puede descender de Forma en Forma para llegar a una definici&oacute;n.</p>     <p>Por otra parte, es cierto que en la locura plat&oacute;nica el individuo tambi&eacute;n se desposee, pero tal abandono est&aacute; compensado por la posesi&oacute;n y gu&iacute;a de la divinidad; en cambio, en Nietzsche este individuo descubre que no hay nada que pueda poseerlo o guiarlo, es una desposesi&oacute;n radical que lo devuelve a su total inmanencia. Es este rasgo pesimista lo que m&aacute;s distingue la postura nietzscheana de la plat&oacute;nica, pues finalmente en Plat&oacute;n, aunque la locura goza de cierto car&aacute;cter incomunicable, siempre est&aacute; guiada por un af&aacute;n de claridad, de dar con definiciones que permitan dibujar el camino hacia la intuici&oacute;n de las Formas. El pesimismo griego -un rasgo claramente antisocr&aacute;tico para Nietzsche- era, despu&eacute;s de todo, producto de una aguda sensibilidad para reconocer y captar este fondo primario y cruel sobre el cual se sostienen fr&aacute;gilmente nuestras individuaciones y representaciones. Pero, para &eacute;l, con la llegada del racionalismo socr&aacute;tico, esta sensibilidad queda empa&ntilde;ada por la hegemon&iacute;a de la belleza y la inteligibilidad: &quot;Todo tiene que ser inteligible para ser bello&quot;, o aun m&aacute;s, &quot;Todo tiene que ser consciente para ser bello&quot; (Nietzsche, 1973, p. 220). El S&oacute;crates que nos presenta Nietzsche es el fil&oacute;sofo racional que al despreciar el instinto y hacer caso omiso del sustrato irracional del mundo, encierra el pensamiento en la estrecha c&aacute;psula de lo inteligible y lo representable. Aunque habr&iacute;a que sospechar que quiz&aacute; el propio Nietzsche se vio tambi&eacute;n atrapado en una concepci&oacute;n demasiado intelectualista de la filosof&iacute;a plat&oacute;nica. Sin embargo, lo que es palpable es que la locura y la embriaguez en Nietzsche y en Plat&oacute;n no pueden hacerse equivalentes, no significan lo mismo, entre otras cosas, por las razones antes expuestas.</p>     <p>Cabr&iacute;a aclarar que lo dicho hasta aqu&iacute; respecto a la locura se circunscribe &uacute;nicamente a aquello que Plat&oacute;n define como la locura propia del fil&oacute;sofo, en tanto hay otros tipos de posesi&oacute;n divina. Es en el <i>Fedro </i>donde encontramos que, de hecho, hay cuatro de ellas:</p> <ul>    <p>1.&nbsp;M&aacute;ntica, que es la propia de aquel que entra en trance y puede adivinar el futuro.</p>     <p>2.&nbsp;Inici&aacute;tica, propia de los iniciados en los ritos mist&eacute;ricos y equivalente al &eacute;xtasis m&iacute;stico, en el que los implicados &quot;danzan, pose&iacute;dos por la divinidad, logrando la salud para el presente y la seguridad de una vida futura de felicidad. Es lo que los griegos denominan 'entusiasmo', es decir, posesi&oacute;n divina que hace al hombre concebir una esperanza sobre la vida futura&quot; (Garc&iacute;a, 2007, p.114).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>3.&nbsp;Po&eacute;tica, locura que viene de las Musas y que sobreviene sobre &quot;un alma tierna y virgen, la despierta y la arroja a un trance b&aacute;quico que se expresa en forma de odas y poes&iacute;as de todas suertes &#91;...&#93;&quot; <i>(Ph&egrave;dre, </i>245a).</p>     <p>4. Amorosa, es la &quot;mejor forma de posesi&oacute;n divina&quot;, seg&uacute;n Plat&oacute;n, pues es propia de aquel que se encuentra &quot;enamorado de lo bello&quot; <i>(Ph&egrave;dre, </i>249e).</p>    </ul>     <p>Nos centraremos en el &uacute;ltimo tipo de locura, pues frecuentemente se le ha reducido a su contenido er&oacute;tico, olvid&aacute;ndose de que esta clase de enamoramiento no puede desligarse de la b&uacute;squeda del bien y del conocimiento. <i>Eros </i>es siempre una &quot;b&uacute;squeda compartida del bien&quot;, a nivel humano, pero sin dejar de estar ligada a la intuici&oacute;n de lo m&aacute;s alto. Recordemos que en el <i>Fedro </i>hay un cambio significativo de la postura plat&oacute;nica respecto a <i>eros, </i>la man&iacute;a amorosa deja de ser eso que nubla nuestro juicio y raz&oacute;n y se convierte en un elemento positivo sin el cual jam&aacute;s llegar&iacute;amos a la intuici&oacute;n de las Formas: &quot;M&aacute;s a&uacute;n, los deseos son necesarios para el conocimiento, porque el intelecto libre de pasi&oacute;n no colma las aspiraciones humanas de verdad, belleza y felicidad. No hay posibilidad de alcanzar la vida buena sin el amor personal&quot; (Garc&iacute;a, 2007, p. 116).</p>     <p>El conocimiento no es algo que se completa de manera abstracta ni solitaria, antes bien, el amor es parte de toda b&uacute;squeda genuina de la verdad y la ciencia; pero no se trata, de nuevo, de un amor abstracto, sino del deseo que lleva al amante a buscar el bien y la belleza en compa&ntilde;&iacute;a del amado. Martha Nussbaum (1995) no se aleja de tal visi&oacute;n, pues amar a un individuo en concreto &quot;es imprescindible para el crecimiento de las alas del alma; en ausencia del amado, la personalidad se seca y todas sus partes cesan de desarrollarse. El bullir del alma es cognoscitivo: un indicador fiable de la presencia de la belleza y de los progresos hacia el verdadero saber&quot; (p. 288).</p>     <p>Para Nussbaum, el <i>Fedro </i>es un di&aacute;logo capital, pues en &eacute;l no solamente la poes&iacute;a es desagraviada o el amor es reivindicado, tambi&eacute;n el conocimiento se humaniza, deja de ser una cuesti&oacute;n meramente intelectual, pues se toman en cuenta los intereses y necesidades concretas de lo humano, que es, al final de cuentas, no solo punto de partida, sino lugar de referencia para toda disertaci&oacute;n y aspiraci&oacute;n a la verdad. As&iacute;, el <i>pathos </i>como man&iacute;a amorosa, como locura divina, no es un mero pelda&ntilde;o del cual debamos deshacernos para arribar al conocimiento m&aacute;s alto, ahora &quot;pasa a ocupar el escal&oacute;n m&aacute;s alto de la jerarqu&iacute;a por excelencia&quot; (Nussbaum, 1995, p. 300). De ser mero camino, el <i>pathos </i>se convierte en parte de la meta, pues sin deseo y sin amor no hay conocimiento ni verdad. En el fondo, apoy&aacute;ndonos de nuevo en Nussbaum (1995), en el <i>Fedro, </i>Plat&oacute;n descubre que &quot;la vida meramente humana es m&aacute;s compleja de lo que hab&iacute;a imaginado, pero tambi&eacute;n m&aacute;s fecunda&quot; (p. 305). Y esa fecundidad est&aacute; en el deseo humano, no solo en el deseo del bien y la belleza en abstracto, sino de estos atributos en los ojos y el ser del amado, pues el amor mismo se convierte en una experiencia cognitiva.</p> <font size="3">    <p><b>El <i>pathos </i>como sufrimiento, asombro y locura</b></p></font>     <p>La manera como <i>pathos, logos </i>y <i>episteme </i>se relacionan en el <i>corpus </i>plat&oacute;nico est&aacute; lejos de ser simple y lineal. En este trabajo hemos puesto particular atenci&oacute;n al papel del <i>pathos </i>como condici&oacute;n de emergencia tanto de <i>logos </i>como de la ciencia; a partir de esto creemos que -por los elementos encontrados en el <i>Teeteto </i>y en el <i>Fedro, </i>particularmente- es posible hallar tres maneras distintas de concebir al <i>pathos </i>a partir de la relaci&oacute;n que guarda con los otros dos elementos:</p> <ul>    <p><i>1. Pathos </i>como asombro: esta es sin duda la concepci&oacute;n m&aacute;s amplia, pues tiene tanto un aspecto epistemol&oacute;gico como uno ontol&oacute;gico; el primero refiere al asombro que provoca la irrupci&oacute;n de lo irregular, de lo inesperado y lo extraordinario, lo cual aviva nuestra curiosidad y necesidad por conocer; pero tambi&eacute;n se expresa como estupefacci&oacute;n al reconocer que detr&aacute;s del aparente caos y desorden del mundo hay una raz&oacute;n que mueve los hilos del mismo; es decir, que por debajo de la realidad fenom&eacute;nica sobre la que se mueven los hombres hay un <i>logos </i>que determina la forma y devenir del mundo.</p>     <p><i>2.&nbsp;Pathos </i>como sufrimiento: puede expresarse al menos en dos sentidos: como el dolor y el esfUerzo que acompa&ntilde;a todo arribo al verdadero conocimiento; as&iacute; como la indignaci&oacute;n que permite a la raz&oacute;n dirigirse y rebelarse contra las injusticias del mundo. Sin duda, estamos hablando de una perspectiva moral del <i>pathos, </i>pues no puede aspirarse al conocimiento sin sufrir una transformaci&oacute;n en el propio ser, a la vez que todo conocimiento solo puede alcanzar su m&aacute;xima dignidad si se pronuncia contra las infamias mundanas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><i>3.&nbsp;Pathos </i>como locura: toma la forma de locura divina y amorosa que, mediante la posesi&oacute;n, permite a los hombres arribar a la intuici&oacute;n de las Formas y a la verdadera ciencia. Aqu&iacute; el <i>pathos </i>alcanza su mayor valor, pues no es solo un pelda&ntilde;o m&aacute;s, sino que adquiere un verdadero car&aacute;cter cognitivo, pasa a <i>ser parte </i>del conocimiento m&aacute;s alto al que podemos aspirar, es decir, de la intuici&oacute;n de las Ideas.</p>    </ul>     <p>Este &uacute;ltimo punto, sin duda, requiere mayor aclaraci&oacute;n. Siguiendo a Nussbaum, no es que el <i>pathos </i>se vuelva equivalente al conocimiento, antes bien, pasa a formar parte de &eacute;l, deja de ser mera antesala que queda atr&aacute;s y adquiere &eacute;l mismo un car&aacute;cter cognitivo. Es como si el proceso no pudiera apartarse de la meta, pues este habilita al alma para la intuici&oacute;n de lo m&aacute;s alto; ese proceso es el amor por el otro, sin el cual el alma no puede abrirse al conocimiento, no puede sensibilizarse hacia la verdad. Este bullir del alma por el otro, este amor que raya en la locura, es un <i>bullir cognoscitivo, forma parte </i>ya del conocimiento al que aspiramos. Es por esta raz&oacute;n que con la locura amorosa el <i>pathos </i>alcanza su mayor valor, no porque sustituya al conocimiento mismo, sino porque deja de ser mero preludio y adquiere &eacute;l mismo un car&aacute;cter intelectual. En este rubro nos apegamos decididamente a la perspectiva defendida por Nussbaum, para quien el <i>Fedro </i>introduce un vuelco significativo en la noci&oacute;n plat&oacute;nica del enamoramiento y la locura, sobre todo si tomamos como referentes <i>La Rep&uacute;blica </i>y el <i>Fed&oacute;n, </i>di&aacute;logos en los que el apetito sexual y las pasiones son rechazadas como gu&iacute;as adecuadas para la acci&oacute;n y el conocimiento, pues solo el intelecto se presenta como el camino adecuado para la estabilidad y el orden racional. &quot;Sin embargo, en el <i>Fedro </i>se afirma que la filosof&iacute;a es una especie de man&iacute;a o locura, una actividad, no puramente intelectual, sino pose&iacute;da: el intelecto es conducido hacia el saber por el amor personal y por una ebullici&oacute;n de toda la personalidad generadora de pasiones&quot; (Nussbaum, 1995, p. 270).</p>     <p>La virtud del <i>Fedro </i>es que en este di&aacute;logo no solo se rescata el papel del amor y las pasiones como algo necesario en el af&aacute;n de lograr la visi&oacute;n correcta de las cosas, tambi&eacute;n se rescata a la poes&iacute;a, la cual -en contraste con lo que sucede en <i>La Rep&uacute;blica-</i>si est&aacute; inspirada por los dioses, si es locura divina, puede ser un eficaz recurso pedag&oacute;gico y una forma de inspiraci&oacute;n cercana al saber filos&oacute;fico. No se trata de un intento de rescatar a la antigua poes&iacute;a -l&eacute;ase Homero- de su car&aacute;cter perturbador y carente de sustento, se trata de la defensa de una especie de <i>poes&iacute;a filos&oacute;fica, </i>a la vez producto de la posesi&oacute;n divina, de la inspiraci&oacute;n de las Musas, que al tiempo de utilizar im&aacute;genes y met&aacute;foras, tambi&eacute;n puede dar cuenta de lo que dice, puede explicar y argumentar sobre lo que quiere mostrarnos. Se trata, en suma, de una forma de poes&iacute;a filos&oacute;fica que se dirige, a la vez, al intelecto, a la imaginaci&oacute;n y al sentimiento. A diferencia de la <i>Rep&uacute;blica </i>y el <i>Fed&oacute;n, </i>en el <i>Fedro </i>el fil&oacute;sofo ya no es el personaje que en solitario ocupa la posici&oacute;n m&aacute;s alta en la jerarqu&iacute;a de las vidas, seg&uacute;n su grado de excelencia, ahora se trata de un <i>h&iacute;brido extra&ntilde;o, </i>amante del conocimiento y de la belleza, seguidor de las Musas y entregado a la sabidur&iacute;a. En suma, quiz&aacute; una de las aportaciones m&aacute;s importantes del <i>Fedro </i>en relaci&oacute;n con el tema que aqu&iacute; trabajamos -el <i>pathos </i>y su relaci&oacute;n con el conocimiento-, sea que en este di&aacute;logo se abre una cr&iacute;tica hacia el convencimiento de que las entidades y las especies pueden diferenciarse de manera clara, absoluta y permanente; se abre cierto umbral de indiscernibilidad que se hace patente no solamente entre el poeta y el fil&oacute;sofo, sino entre las diversas facultades humanas. No es que lo irracional y lo racional terminen confundi&eacute;ndose radicalmente, pero s&iacute; ocurre un cierto traslapamiento en el cual las facultades del alma no pueden tomarse por separado o de manera aislada, ante todo, porque nuestra conquista del bien y del conocimiento hace necesaria la colaboraci&oacute;n de todas las partes del alma. En otros t&eacute;rminos, Plat&oacute;n est&aacute; reconociendo que por s&iacute; solos los elementos racionales no son suficientes para alcanzar la intuici&oacute;n de las Formas, que el fil&oacute;sofo necesita ser tambi&eacute;n poeta, necesita del uso del lenguaje po&eacute;tico, de las im&aacute;genes y las met&aacute;foras para dar cuenta de lo que quiere hacer inteligible. Lo mismo ocurre con el amor, pues si bien en otros di&aacute;logos el enamoramiento y la pasi&oacute;n er&oacute;tica cobran un car&aacute;cter abiertamente negativo, en el <i>Fedro </i>tales experiencias son inseparables del proceso por el cual arribamos al conocimiento. Como hemos dicho anteriormente, la experiencia del amor hacia el otro ser&iacute;a como una forma de preparaci&oacute;n hacia la sensibilizaci&oacute;n del alma para poder aprehender el bien y la belleza por s&iacute; mismos; el amor y el gozo que el amado nos inspira y proporciona permiten que las alas de nuestra alma broten y se encuentren motivadas para la intuici&oacute;n de lo m&aacute;s alto. Pero, esta experiencia terrenal, este amor hacia un ser concreto, es para Plat&oacute;n por s&iacute; misma una experiencia cognitiva, ya que nos informa sobre d&oacute;nde se encuentra el bien y la belleza: &quot;El sentido y la pasi&oacute;n son gu&iacute;as hacia el bien e indicativos de su presencia&quot; (Nussbaum, 1995, p. 287). Sin embargo, al llamar al amor y a la pasi&oacute;n er&oacute;tica experiencias cognitivas no estamos solamente concibi&eacute;ndolas como meros preludios del verdadero conocimiento, estamos, en realidad, destacando su car&aacute;cter indiscernible respecto al conocimiento mismo; en otros t&eacute;rminos, ser&iacute;a muy dif&iacute;cil separar al conocimiento de la experiencia misma. Otra vez es Nussbaum (1995) quien da cuenta de esta situaci&oacute;n de manera magistral, pues para ella:</p>     <blockquote>    <p>&#91;Si S&oacute;crates y Fedro&#93; hablan filos&oacute;ficamente como lo hacen, es tambi&eacute;n porque yacen juntos, recostados sobre la hierba junto al r&iacute;o, dispuestos a enloquecer; y su locura les conduce a una nueva visi&oacute;n de la verdad filos&oacute;fica. Ser&iacute;a vano, incluso trivial, intentar decir con precisi&oacute;n qu&eacute; viene antes, si el pensamiento o la experiencia, pues ambos se interpenetran y se iluminan mutuamente. Las vidas de los personajes se convierten en formas de buscar la sabidur&iacute;a &#91;...&#93;. En consecuencia, dentro del di&aacute;logo, desde el punto de vista de los personajes, no cabe trazar una separaci&oacute;n entre este momento y el pensamiento filos&oacute;fico (p. 283).</p></blockquote>     <p>La fusi&oacute;n entre vida y razonamiento que se hace patente en la cita anterior es otra manera de afirmar la insuficiencia del solo intelecto, de la pura raz&oacute;n, para dar cuenta del conocimiento; aun m&aacute;s, nos hace patente que el enamoramiento, la locura, la pasi&oacute;n er&oacute;tica, no son meros instrumentos que pueden desecharse una vez que alcanzamos la meta. Frente a esta concepci&oacute;n instrumental del <i>pathos, </i>en el <i>Fedro </i>se reconoce que las pasiones cumplen un papel activo y preponderante en el camino hacia la posesi&oacute;n de la verdad, que ellas mismas son experiencias cognitivas y que el intelecto por s&iacute; solo es insuficiente para la intuici&oacute;n de las Formas, pues este queda plenamente satisfecho en compa&ntilde;&iacute;a de las pasiones y de la ebullici&oacute;n de la persona.</p>     <p>Sin embargo, el papel del <i>pathos </i>no se reduce a la locura amorosa; hemos visto tambi&eacute;n que puede tomar la forma de asombro o de sufrimiento: el primero ligado a un car&aacute;cter fundamentalmente epistemol&oacute;gico, mientras que el segundo tendr&iacute;a un aspecto m&aacute;s bien moral. Con todo, en los tres casos hemos querido resaltar el papel del <i>pathos </i>en el proceso por el cual arribamos a la ciencia tal y como es concebida por Plat&oacute;n. Hemos encontrado que la actividad del conocer comienza no en un elemento racional o discursivo, sino en una emoci&oacute;n o un <i>pathos, </i>elementos que destacan por su car&aacute;cter no intelectual. Con todo, concebir un elemento <i>pathico </i>como origen del conocimiento no fue extra&ntilde;o a la filosof&iacute;a occidental despu&eacute;s de Plat&oacute;n; de hecho, tal apuesta se ha expresado de maneras muy distintas a lo largo de la historia de la filosof&iacute;a occidental, aunque de igual manera creemos que ha sido, sobre todo, en su aspecto epistemol&oacute;gico que tal elemento se ha hecho m&aacute;s presente. David Hume, Adam Smith o Auguste Comte reiteraron en su momento tal primac&iacute;a; por ejemplo, recordemos que para este &uacute;ltimo el fetichismo es la antesala misma de la actitud positiva, aun m&aacute;s que el estadio religioso<a name="no_8"></a><a href="#no8"><sup>8</sup></a>. M&aacute;s cercanos a nosotros se encuentran Georges Canguilhem y Michel Foucault; recordemos que para el primero la posibilidad de una ciencia m&eacute;dica de lo normal est&aacute; en la experiencia de lo patol&oacute;gico, de la enfermedad (Canguilhem, 2008). Sin ir m&aacute;s lejos, y a pesar de lo que parece ser un declarado antiplatonismo, Gilles Deleuze no puede renunciar a ver en el pensamiento la actividad que sobreviene a la violencia que ejercen sobre nosotros los signos y los acontecimientos. En esta ocasi&oacute;n hemos querido encontrar un ejemplo paradigm&aacute;tico de tal tendencia en Plat&oacute;n, sin pretender paternidad alguna, creemos que este gesto viene a matizar las interpretaciones que hacen excesivo &eacute;nfasis en el cariz intelectualista de su teor&iacute;a del conocimiento. El paso del <i>pathos </i>al conocimiento nos habla, en ocasiones, del proceso por el cual un alma ligada a un cuerpo tiene que esforzarse en separarse de este, de los sentidos y de las pasiones, para arribar al <i>logos </i>que nos haga comprensible el camino a seguir hacia la posesi&oacute;n de las Formas, pues como lo apunta Plat&oacute;n en el <i>Fedro: </i>&quot;Acordarse de tales realidades de all&aacute; a partir de las de ac&aacute; abajo no es cosa f&aacute;cil para ning&uacute;n alma&quot; <i>(Ph&egrave;dre, </i>250a). As&iacute;, en algunos casos, se trata de la superaci&oacute;n de un estado inicial que, con todo, no desmerece el car&aacute;cter racional del conocimiento, aunque puede decirse que el destino de tal origen es ser trascendido. Pero, en otros casos, como hemos visto con la locura divina, se trata no de un pelda&ntilde;o que se debe superar, sino de una verdadera experiencia cognitiva que devuelve al conocer su car&aacute;cter humano, lo ancla en la vida, pues se convierte en un motor y parte insoslayable de la verdad m&aacute;s perfecta. Sin embargo, en cualquiera de sus dos expresiones, el <i>pathos </i>hace referencia a un conjunto de experiencias, sentimientos, sufrimientos y pasiones que se caracterizan por un talante irracional que, con todo, viene a equilibrar y completar el ejercicio de nuestra parte meramente racional.</p>     <blockquote>    <p>Puesto que en el alma misma conviven un factor no racional con otro racional, la excelencia moral completa debe consistir en el mantenimiento de la relaci&oacute;n apropiada entre estos dos factores y la realizaci&oacute;n del desarrollo adecuado para cada uno de ellos. Mas la relaci&oacute;n apropiada entre los dos es que el elemento superior y m&aacute;s valioso deba gobernar y el inferior obedecer (Taylor, 2005, p. 72).</p></blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Esta relaci&oacute;n adecuada entre elementos racionales e irracionales tambi&eacute;n puede leerse como un acuerdo entre actividad y pasividad, entre el talante activo representado por el uso de la raz&oacute;n y el car&aacute;cter pasivo que implica todo <i>pathos. </i>A partir de lo anterior, hemos querido hacer patente, a trav&eacute;s de algunos di&aacute;logos, que en Plat&oacute;n el conocimiento no se agota en estos elementos meramente racionales y activos, sino que encuentra sus condiciones de posibilidad en aspectos m&aacute;s bien pasivos ligados al asombro, al esfuerzo, al sufrimiento o la locura. En otros t&eacute;rminos, encontramos ya en Plat&oacute;n la sospecha de que el acto de conocer no se cierra sobre s&iacute; mismo, de que hay algo que lo antecede, que lo motiva y espolea, que es ajeno a toda palabra y a todo discurso y que, sin embargo, es la fuente de la palabra y del conocimiento. Este acto de sospecha bien puede leerse como un llamado a la prudencia y humildad: si creemos que el conocimiento comienza y se agota en s&iacute; mismo, que poseer la verdad siempre se realiza a trav&eacute;s de caminos familiares y consabidos, que el acto de conocer est&aacute; de principio a fin en manos de la raz&oacute;n, quiz&aacute; estemos equivocados. El conocer comienza en tierras extra&ntilde;as e ignotas, despega en el &aacute;mbito de la pasi&oacute;n, de lo que no controlamos del todo, del asombro, de la locura o del sufrimiento. A pesar de que en el esquema plat&oacute;nico el conocimiento de las Formas siempre remite a un elemento divino y trascendental a la vida mundana, no puede soslayar su componente humano y finito. El conocimiento en Plat&oacute;n es, al final de cuentas, tambi&eacute;n humano, demasiado humano.</p>  <hr>  <font size="3">    <p><b>Notas</b></p></font>     <p><a name="no1"></a><a href="#no_1"><sup>1</sup></a> Por ejemplo, Augusto Comte y Adam Smith defendieron en su momento que era la religi&oacute;n o el fetichismo lo que estaba en la antesala del pensamiento cient&iacute;fico; ambos no dudaban en resumir ambas expresiones como una forma de asombro a partir de la cual se trataba de dar sentido a los eventos irregulares de la naturaleza.</p>     <p><a name="no2"></a><a href="#no_2"><sup>2</sup></a> Hemos consultado los Di&aacute;logos de Plat&oacute;n en la edici&oacute;n francesa de 2008 a cargo de L. Brisson (Ed.), Platon. Œuvres compl&egrave;tes, Paris: Flammarion. La traducci&oacute;n ha sido realizada por las autoras.</p>     <p><a name="no3"></a><a href="#no_3"><sup>3</sup></a> Por "significativo" entendemos un predicado que agrega informaci&oacute;n nueva sobre el sujeto en cuesti&oacute;n, una informaci&oacute;n que explica o define alg&uacute;n rasgo del mismo. En este talante, no consideramos al "ser" como un predicado significativo.</p>     <p><a name="no4"></a><a href="#no_4"><sup>4</sup></a> "Tiene que ver sobre todo con el buen sentido, la prudencia, la cordura, la sensatez, la inteligencia, la moderaci&oacute;n y la templanza" (Pab&oacute;n, 2009, p. 572).</p>     <p><a name="no5"></a><a href="#no_5"><sup>5</sup></a> El propio Plat&oacute;n recurre al argumento de la marioneta en Las Leyes I: "Demos por hecho que cada uno de nosotros, los vivientes, es una marioneta fabricada por los dioses, que &eacute;l ha construido sea para servirle de juguete sea con un fin serio, eso en realidad nosotros no lo podemos saber &#91;...&#93;" (Lois I. 644d).</p>     <p><a name="no6"></a><a href="#no_6"><sup>6</sup></a> Nos referimos a la nota 107 de la traducci&oacute;n realizada por Monique Dixaut del Fed&oacute;n, publicada por Garnier-Flammarion (1991).</p>     <p><a name="no7"></a><a href="#no_7"><sup>7</sup></a> Por ejemplo, para Luc Brisson (2006): "El t&eacute;rmino ciencia (episteme) debe ser reservado en Plat&oacute;n al conocimiento de la realidad verdadera, a la cual s&oacute;lo el fil&oacute;sofo puede arribar v&iacute;a la intuici&oacute;n, la cual tiene un car&aacute;cter divino. El hecho que este tipo de conocimiento haga intervenir a la intuici&oacute;n, hace imposible una comunicaci&oacute;n de tipo proposicional" (p. 86).</p>     <p><a name="no8"></a><a href="#no_8"><sup>8</sup></a> El fetichismo es para Comte la etapa inicial del primer estadio de la humanidad, el estadio teol&oacute;gico, el mismo que tambi&eacute;n contiene una etapa intermedia, polite&iacute;sta, y una final, monote&iacute;sta. Como la fase m&aacute;s primitiva de la humanidad, el fetichismo se caracteriza porque los hombres atribuyen a todos los objetos una vida an&aacute;loga a la de los humanos, solo que con m&aacute;s fuerza y energ&iacute;a. Las dilucidaciones que se dan de los fen&oacute;menos, sobre todo de la naturaleza, est&aacute;n auspiciados, antes que nada, por el asombro y el miedo, son producto de una reacci&oacute;n involuntaria que viene de la estupefacci&oacute;n ante lo irregular y violento, reacci&oacute;n marcada por una pobr&iacute;sima o nula abstracci&oacute;n.</p>  <hr>  <font size="3">    ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Referencias</b></p></font>     <!-- ref --><p>Arist&oacute;teles. (1997). <i>Metaf&iacute;sica. </i>T. Calvo Mart&iacute;nez (Trad.). Madrid: Gredos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000094&pid=S1692-8857201300010000300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Brisson, L. (2006). Lire Platon. En L. Brisson &amp; F. Fronterotta (Eds.), <i>La science et les savoirs </i>(pp. 83-98). Paris: Puf.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000096&pid=S1692-8857201300010000300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Burnyeat, M. (1998). <i>Introduction au Th&eacute;&eacute;t&egrave;te de Platon. </i>Paris: Coll&egrave;ge International de Philosophie.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000098&pid=S1692-8857201300010000300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Canguilhem, G. (1998). <i>Le normal et le pathologique. </i>Paris: Puf.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000100&pid=S1692-8857201300010000300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Esquilo. (2006). Agamen&oacute;n. En <i>Tragedias </i>(pp. 153-226). B. Perea Morales (Trad.). Madrid: Gredos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000102&pid=S1692-8857201300010000300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Foucault, M. (2001). <i>L'herm&eacute;neutique du sujet. </i>Paris: Seuil-Gallimard.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000104&pid=S1692-8857201300010000300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Garc&iacute;a Castillo, P. (2007). La locura divina de <i>Eros </i>en el <i>Fedro </i>de Plat&oacute;n. <i>Cauriensia, II, </i>93-119.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000106&pid=S1692-8857201300010000300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Lafrance, Y. (2006). Lire Platon. En L. Brisson &amp; F. Fronterotta (Eds.), <i>La connaissance: science et opinion </i>(pp. 167-189). Paris: Puf.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000108&pid=S1692-8857201300010000300008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Laurent, J. (2002). <i>La mesure de l'homme selon Platon. </i>Paris: Vrin.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000110&pid=S1692-8857201300010000300009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Matt&eacute;i, J-F. (2005a). <i>De l'indignation. </i>Paris: La table ronde.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000112&pid=S1692-8857201300010000300010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Matt&eacute;i, J-F. (2005b). <i>Platon. </i>Paris: Puf.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000114&pid=S1692-8857201300010000300011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Narcy, M. (2001). <i>Platon, l'amour du savoir. </i>Paris: Puf.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000116&pid=S1692-8857201300010000300012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Nussbaum, M. (1995). <i>La fragilidad del bien. Fortuna y &eacute;tica en la tragedia y la filosof&iacute;a griega. </i>A. Ballesteros (Trad.). Madrid: Visor.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000118&pid=S1692-8857201300010000300013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p>Nietzsche, F. (1973). <i>El nacimiento de la tragedia. </i>A. S&aacute;nchez Pascual (Trad.). Madrid: Alianza Editorial.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000120&pid=S1692-8857201300010000300014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p>Pab&oacute;n S. de Urbina, J. M. (2009). <i>Diccionario biling&uuml;e-manual. Griego cl&aacute;sico-Espa&ntilde;ol. </i>Barcelona: Vox.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000122&pid=S1692-8857201300010000300015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Plat&oacute;n. (1991). <i>Ph&eacute;don. </i>Monique Dixaut (Trad.). Paris: Garnier-Flammarion.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000124&pid=S1692-8857201300010000300016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Plat&oacute;n. (2008a). La R&eacute;publique. En L. Brisson (Ed.), <i>Œuvres compl&egrave;tes </i>(pp. 1481-1792). Paris: Flammarion.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S1692-8857201300010000300017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Plat&oacute;n. (2008b). Th&eacute;&eacute;t&egrave;te. En L. Brisson (Ed.), <i>Œuvres compl&egrave;tes </i>(pp. 1891-1975). M. Narcy (Trad). Paris: Flammarion.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000128&pid=S1692-8857201300010000300018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Plat&oacute;n. (2008c). Ph&egrave;dre. En L. Brisson (Ed.), <i>Œuvres compl&egrave;tes </i>(pp. 1241-1297). L. Brisson (Trad.). Paris: Flammarion.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S1692-8857201300010000300019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Plat&oacute;n. (2008d). Alcibiades. En L. Brisson (Ed.), <i>Œuvres compl&egrave;tes </i>(pp. 1-41). J-F. Pradeau y C. Marboeuf (Trad.). Paris: Flammarion.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S1692-8857201300010000300020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Plat&oacute;n. (2008e). Le Banquet. En L. Brisson (Ed.), <i>Œuvres compl&egrave;tes </i>(pp. 105-158). L. Brisson (Trad.). 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(1982). <i>Creer, saber, conocer. </i>M&eacute;xico: Siglo xxi.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000142&pid=S1692-8857201300010000300025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p>Zellini, P. (2010). <i>Numero e logos. </i>Milano: Adelphi.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000144&pid=S1692-8857201300010000300026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <p align="center"><img src="img/revistas/eidos/n18/n18a03f01.jpg"></p>  </font>      ]]></body><back>
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